El cosmopolita escritor Henry James.

Henry James

(Nueva York, 1843 – Londres, 1916) Narrador, crítico y dramaturgo estadounidense de obra psicológica y estructuralmente compleja, considerado uno de los grandes maestros de la ficción moderna. Era hermano del filósofo y psicólogo W. James. Estudió en Nueva York, Londres, París y Ginebra, y en 1875 se estableció en Inglaterra. A los veinte años comenzó a publicar cuentos y artículos en revistas de su país.

Henry James

En sus primeras obras manifestó la influencia de la cultura europea, como en las escritas entre 1875 y 1881: Roderick Hudson (1876), El americano (1877), Daisy Miller (1879) y Retrato de una dama (1881). Esta última, sin duda una de sus obras maestras, es un análisis de los norteamericanos expatriados en Europa. En sus primeros tiempos mostró gran pericia en la escritura de relatos breves, aunque algunos críticos le adjudicaron cierto intelectualismo que lo alejaba de la prosa de argumento o de acción.

Su narrativa en general se caracteriza por el ritmo lento y la descripción sutil de los personajes, más que por los propios acontecimientos; las tramas, aunque no suelen ser complicadas en extremo, cobran densidad por los repliegues de la estructura y el estilo indirecto, como en Los papeles de Aspern (1888) y Otra vuelta de tuerca (1898), que es para muchos la culminación de su obra.

En esta última, por ejemplo, una muchacha es contratada por una familia adinerada para que se encargue de cuidar a sus sobrinos, pues los padres de los niños han muerto. Cuando llega a la casa conoce a Flora, la niña, y a los pocos días llega Miles, el niño, y poco a poco la chica descubre que pasan cosas extrañas en la casa, pues Flora parece estar poseída por Jessel, el fantasma de la antigua niñera que había fallecido, y Miles también parece estarlo por el señor Quint, otro servidor que trabajaba allí años atrás.

En la novela los hechos nunca asumen la gravedad esperada, rasgo propio del autor, que va dilatando la verdad por medio de una prosa morosa, revelando oblicuamente los motivos y conductas de sus personajes, con diálogos y observaciones minuciosas, técnica que siguió empleando en sus últimas creaciones: Las alas de la paloma (1902), Los embajadores (1903) y La copa dorada (1904).

La forma en que narra los procesos mentales de sus personajes lo convierte en uno de los precursores indiscutibles del llamado “monólogo interior”, en lo que se anticipó a maestros como J. Joyce o W. Faulkner; otro de sus avanzados descubrimientos estilísticos fue el empleo de narradores múltiples. Autor prolífico, escribió una veintena de novelas, más de un centenar de relatos, varias obras teatrales e innumerables críticas, además de lúcidos ensayos como El arte de la novela, La imaginación literaria y los Cuadernos de apuntes, que ejercieron un indudable magisterio en muchos autores posteriores.

 Washington Square (1880)

Magistral retrato psicológico de una solterona abrumada entre una problemática relación con un padre dominante y la oportunidad sentimental que le ofrece un joven agraciado, incierto en sus pretensiones puesto que parece más pendiente de la fortuna paterna que de la opaca mujer a la que dice amar.

Catherine Sloper es la opaca hija de un padre inteligente quien nunca la ha perdonado por no haber alcanzado el brillo y la belleza de su madre muerta. Es un médico exitoso que vive junto a su hermana, la viuda Penniman y su única hija. Ésta, a pesar de poseer una fortuna modesta dejada en herencia por su madre y expectativas mayores por el padre, no ha atraído pretendientes. Por fin, a través de su tía, conoce a Morris Townsend, de quien su padre desconfía y más tarde descubre que es un holgazán. Cuando el Dr. Sloper rehúsa aceptar el matrimonio, Catherine permanece fiel a Morris, pero se ve obligada a aceptar pasar 6 meses en Europa en una maniobra del padre por alejarla de su sospechoso pretendiente, cosa que está lejos de lograr.

Graham Greene dijo de ella que quizá era la única novela en la que un hombre había conseguido invadir el campo femenino produciendo una obra comparable a las de Jane Austen. La historia avanza deliberadamente de un modo pausado con un agudo análisis de las costumbres sociales de la época y su clase social que el autor resuelve volcando una fuerte capacidad dramática en la orgullosa firmeza de la joven protagonista ante las presiones de que es objeto tanto por el lado paternal como por parte de la atractiva capacidad de convicción de su pretendiente.

Novela perfecta para iniciarse en la lectura de Henry James, es un relato distinguido y elegante, con un tratamiento realista y agudo de las relaciones humanas y una perspicaz manera de evitar situaciones amaneradas o convencionales, tan en uso en la época en que fue escrita.

 

El expolio de Poynton (1896)

Ejemplo de la genial capacidad de James para convertir una pequeña anécdota casi sin importancia, contada por una amiga al propio escritor en pocas palabras, en una obra compleja y extraordinaria.

Superficialmente, se trata de una disputa familiar en torno a unas propiedades. Poynton es la casa familiar de la señora Gereth, una viuda que junto a su marido logró dotar al lugar de una refinada calidad artística intensa y personal. Su único hijo, Owen, que tiene en poco aprecio los distinguidos enseres familiares, piensa casarse con Mona, una joven que contempla a Poynton tan solo como su futuro hogar familiar, por lo que se sobreentiende que la viuda saldrá de la casa con “lo que necesite”. Y lo que necesita es de tal calibre que deja vacío el antiguo feudo familiar.

La señora Gereth disfruta de la compañía de Fleda Vetch, una joven de gusto exquisito pero de poca fortuna. Será ella la intermediaria entre madre e hijo, puesto que no se hablan entre ellos. De esta suerte, nace una fuerte atracción entre los dos jóvenes, pero Owen está comprometido con Mona, lo que provoca uno de esos conflictos tan del gusto de Henry James, y cuyas consecuencias son a menudo imprevisibles y en cualquier caso complejas. No se trata de un vulgar triángulo amoroso, sino de una relación en la que prevalecen los principios de una mujer, Fleda, en su escrupulosa negativa a aprovecharse de su enamorado Owen y en su capacidad de conservar el respeto de la poco sensible señora Gereth. Lo que Fleda –y Owen- perdió aparece en una de las escenas más convincentes de amor que escribiera James.

La calidad dramática de la novela, asentada en unas situaciones donde los personajes despliegan todo un surtido de sentimientos, desde la terquedad de la viuda a la honestidad de la joven Fleda enfrentada a la confusión entre amorosa y social del desdichado Owen, muestra al frustrado autor teatral que fue Henry James, cuya primera concepción de esta historia fue una obra dramática en tres actos que se evidencia afortunadamente en una novela donde las secuencias -o actos– se adaptan al argumento con innegable talento.

Ejemplo de la genial capacidad de James para convertir una pequeña anécdota casi sin importancia, contada por una amiga al propio escritor en pocas palabras, en una obra compleja y extraordinaria.

Superficialmente, se trata de una disputa familiar en torno a unas propiedades. Poynton es la casa familiar de la señora Gereth, una viuda que junto a su marido logró dotar al lugar de una refinada calidad artística intensa y personal. Su único hijo, Owen, que tiene en poco aprecio los distinguidos enseres familiares, piensa casarse con Mona, una joven que contempla a Poynton tan solo como su futuro hogar familiar, por lo que se sobreentiende que la viuda saldrá de la casa con “lo que necesite”. Y lo que necesita es de tal calibre que deja vacío el antiguo feudo familiar.

La señora Gereth disfruta de la compañía de Fleda Vetch, una joven de gusto exquisito pero de poca fortuna. Será ella la intermediaria entre madre e hijo, puesto que no se hablan entre ellos. De esta suerte, nace una fuerte atracción entre los dos jóvenes, pero Owen está comprometido con Mona, lo que provoca uno de esos conflictos tan del gusto de Henry James, y cuyas consecuencias son a menudo imprevisibles y en cualquier caso complejas. No se trata de un vulgar triángulo amoroso, sino de una relación en la que prevalecen los principios de una mujer, Fleda, en su escrupulosa negativa a aprovecharse de su enamorado Owen y en su capacidad de conservar el respeto de la poco sensible señora Gereth. Lo que Fleda –y Owen- perdió aparece en una de las escenas más convincentes de amor que escribiera James.

La calidad dramática de la novela, asentada en unas situaciones donde los personajes despliegan todo un surtido de sentimientos, desde la terquedad de la viuda a la honestidad de la joven Fleda enfrentada a la confusión entre amorosa y social del desdichado Owen, muestra al frustrado autor teatral que fue Henry James, cuya primera concepción de esta historia fue una obra dramática en tres actos que se evidencia afortunadamente en una novela donde las secuencias -o actos– se adaptan al argumento con innegable talento.

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

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La escritora predilecta de Hichtcockc

La luna entre las nubes, el portalón de hierro de la gran casa… «Anoche soñé que volvía a Manderley». Todo el mundo recuerda el inicio de Rebeca y ha visto la película. Daphne du Maurier comenzó a escribir Rebeca en Alejandría en 1936, adonde había acompañado a su marido, el alto militar Frederick Browning, con el que se había casado cuatro años antes y con el que ya había tenido al primero de sus tres vástagos.

La historia de la jovencita sin nombre que se casa con el maduro señor De Winter y que no imagina el calvario que le espera en la mansión de Manderley, acechada por la vigilante y hostil presencia de la señora Danvers, el ama de llaves obsesionada por la anterior, perversa y fallecida -¿asesinada?- esposa del amo de la casa, fue el mayor y más perenne éxito de Daphne du Maurier.

Pero la escritora, dos años antes, ya había conocido un éxito resonante con La posada de Jamaica (1936), cuya versión cinematográfica fue la última película inglesa de Alfred Hitchcock antes de instalarse en Hollywood. Cuando Hitchcock filmó en 1940 Rebeca, su primera película americana, Daphne du Maurier era para él un valor seguro. Hitchcock, sin duda, contribuyó mucho a la fama de Du Maurier, pero Du Maurier le proporcionó novelas ya consagradas, tramas muy eficaces para los propósitos del cineasta.

De modo que Hitchcock repitió. En 1962, el director rodó Los pájaros -otro éxito, otro clásico- adaptando muy libremente, con el novelista y guionista Evan Hunter-tuvieron una tormentosa relación-, un relato publicado por Daphne du Maurier 10 años antes. Podemos leerlo, para comprobar las enormes diferencias entre el texto y la película, en Los mejores relatos de terror llevados al cine, una antología elaborada por Juan José Plans para Alfaguara.

¿Terror? Du Maurier, que también escribió novelas históricas, de aventuras y hasta de ciencia-ficción, utilizó, sí, el terror en varias de sus narraciones más conocidas o, si se prefiere, el misterio y el suspense, sobre bases enraizadas en el goticismo y en el drama romántico y sentimental decimonónico, creando atmósferas angustiosas generalmente en el ambiente de una gran casa situada en el paisaje de Cornualles -donde residió tantos años en un histórico casoplón-, al suroeste de Inglaterra, y dando protagonismo a mujeres fuertes, ambiguas, manipuladoras y malévolas, que tal vez actúan en agresiva defensa propia.

Mucho de todo esto puede degustarse en Mi prima Rachel (1951), otro de los grandes éxitos de Du Maurier, que el cineasta Henry Koster llevó al cine en 1952 con el protagonismo de un joven Richard Burton y de Olivia de Havilland y que ahora acaba de publicar Alba Editorial.

Las novelas de Du Maurier han sido adaptadas a la pantalla más de una docena de veces, y eso no es precisamente un mérito para los críticos e historiadores de la literatura, que han dejado a la escritora fuera de los manuales, confinada en el apartado de pioneros del best-seller. Lo cierto es que Du Maurier -magnífica creadora de argumentos, personajes, diálogos, clímax y escenarios- fue una escritora anclada en el pasado, totalmente ajena a la modernidad y a la renovación de las letras inglesas.

Daphne du Maurier nació en Londres en 1907 y fue una de las tres hijas -su hermana Ángela también fue novelista- del matrimonio formado por el actor y director teatral Gerald du Maurier y la actriz Muriel Beaumont. Creció, pues, en un entorno culto y refinado, con preceptores particulares, rodeada de libros y de los artistas y escritores amigos de sus padres. Escribió desde muy joven -publicó su primera novela a los 24 años- y amplió sus estudios en París, lugar de origen de su familia.

Si su padre era amigo de James Barrie, el creador de Peter Pan, y había interpretado al capitán Garfio en el teatro -además de ser hermano de Sylvia Llewelyn Davies, cuyos hijos inspiraron la obra de Barrie-, su abuelo, el escritor y dibujante George du Maurier, fue el autor de Peter Ibbetson, la novela que entusiasmó a los surrealistas. Daphne escribiría sendos libros sobre su familia y, una vez muerto, sobre su padre. Y aquí empezamos a meternos en harinas, sí, movedizas.

Años después de su muerte, en 1989, Margaret Forster publicó una muy contestada biografía sobre Daphne du Maurier que documentaba con presuntas cartas inéditas la bisexualidad de la escritora, afirmando que mantuvo relaciones lésbicas con, al menos, otras dos mujeres casadas, la gran actriz británica Gertrude Lawrence y Ellen Doubleday, esposa de su editor americano, a la que conoció, por cierto, cuando tuvo que responder en Nueva York ante los tribunales por una acusación de plagio, por Rebeca, formulada por la novelista Edwina L. McDonald. De lo mismo la acusó la escritora brasileña Carolina Nabuco. Du Maurier salió airosa e inocente de ambos lances, y también de la imputación -un tanto absurda- de que Rebeca se parecía demasiado a Jane Eyre.

El caso es que la biografía de la Forster organizó una buena. Una hija de Gertrude Lawrence llegó a decir que su madre, lejos de ser lesbiana, fue ninfómana perdida. Un telefilme inglés de 2007, Daphne, de Clare Beaven, desarrolló la relación de Du Maurier con Gertrude y Ellen, a quien algunos identifican como la Rachel de Mi prima Rachel, de la que está por estrenarse en España una nueva versión cinematográfica protagonizada por Rachel Weisz.

El padre. Está absolutamente confirmado por la escritora que su padre era un homófobo autoritario, que quiso que ella hubiera nacido varón, que le prohibía salir con jovencitos y que mantuvo con ella una relación posesiva al borde del incesto. El marido, el gran militar elevado al título de Sir por la reina Isabel -Daphne fue nombrada Lady-, volvió de la Segunda Guerra Mundial alcoholizado y con amantes, y acabó petando con una crisis nerviosa. ¿Ocasionó lo uno más lo otro que Daphne du Maurier sintiera predilección por las mujeres? Siempre se ha dicho que el fervor de la señora Danvers por la difunta Rebeca tenía su miga.

 

Du Maurier también escribió relatos, teatro y ficción fantástica. Y recibió premios y reconocimientos como el National Book Award  en Estados Unidos y la Orden del Imperio Británico. No obstante, sus títulos más famosos y universales fueron estos.

La posada de Jamaica (1937)

Es la historia de Mary Yellan que, tras la muerte de sus padres, va a vivir con sus tíos, a los que apenas conoce. Su tío es propietario de La posada de Jamaica en Cornualles. Cuando Mary llega, se encuentra con una realidad muy dura. Su tío es un borracho que maltrata a su tía y la posada es un antro de mala muerte al que acuden parroquianos de la peor calaña: borrachos, contrabandistas y criminales.

Mary empieza a sospechar que su tío tiene negocios turbios entre manos. A su vez aparece Jem Merlyn, un oficial de la Marina que investiga quién puede estar detrás de los continuos naufragiosde embarcaciones a las que roban sus botines. Sus pesquisas pronto pondrán su vida en peligro. Mary será la única que pueda ayudarlo.

Fue la primera novela de Du Maurier y obtuvo gran éxito. Ha sido objeto de muchas adaptaciones al cine y series de televisión con la misma buena acogida por lectores y público en general. Pero sin duda la más famosa tuvo la dirección de Alfred Hitchcock, admirador confeso de Du Maurier.  No sería la única vez que el legendario director británico adaptara una de sus obras. Contó con un reparto extraordinario encabezado por Charles Laughton, Robert Newton o Maureen O’Hara en su primer papel. Se estrenó en 1939.

Rebeca (1938)

Du Maurier posiblemente alcanzó la inmortalidad literaria con Rebeca (1938), título que de nuevo adaptó Hitchcock para hacerla también inmortal en el cine. Y sir Laurence Olivier, Joan Fontaine y la inolvidable Judith Anderson fueron las mejores caras que pudieron tener el señor Maxim de Winter, la segunda señora de Winter y narradora de la historia, y la señora Danvers, la inquietante ama de llaves de la mansión Manderley, propiedad del señor De Winter.

Durante una estancia en Montecarlo la protagonista conoce a Maxim de Winter, aristócrata viudo muy atractivo cuya esposa murió en extrañas circunstancias. Se enamora de él, que, aunque mucho mayor, le propone matrimonio. Se casan sin apenas conocerse y se trasladan a vivir a Manderley.

Pero allí la presencia de la difunta Rebecca (la primera mujer de Maxim) empieza a enrarecer la relación entre los esposos. Joven e insegura, la segunda señora de Winter se sientecontinuamente comparada con Rebecca, sobre todo por la señora Danvers, quien la considera una intrusa y le hace la vida imposible.

Suspense, romance, drama psicológico, acción e intriga a partes iguales se entrelazan para atrapar al lector y desde luego también al cinéfilo.

 

Los pájaros (1962)

Relato corto con final abrupto que Du Maurier pudo dejar así para la imaginación del lector, esta terrorífica historia quedó plasmada en la retina de todos gracias a la obra maestra del cine que, otra vez, firmó Hitchcock. Con Tippi Hedren y el australiano Rod Taylor como protagonistas.

Un planteamiento de una pregunta: ¿Qué haríamos si un día esas criaturas aparentemente inofensivas que son los pájaros alteraran su comportamiento sin razón y empezaran a atacar a los seres humanos? Pues bien, aquí todos ellos, pequeños, medianos o grandes, se vuelven letales.El protagonista de la historia intentará salvar a su familia, resguardándose como puede de los ataques de miles de pájaros que llegan de todas partes.

El desasosiego, la perturbación y la angustia ante un hecho incomprensible alcanza las cotas insuperables que supo reflejar exactamente el maestro británico del suspense y el terror.

¿Por que leer a Daphne du Maurier? Por lo prolífico y variado de sus novelas, que convencen por igual a amantes de géneros como la novela romántica, de terror, de misterio o de ficción fantástica.

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

Ryū Murakami y «Los chicos de las taquillas».

No lo confundas con Haruki Murakami. Ryu Murakami es un escritor extravagante a quien le gusta ahondar en los rincones oscuros de Japón, abordando temas como la delincuencia, el individualismo y los defectos de la sociedad japonesa. Se le facilita ser pesimista sobre su propio país.

Hashi y Kiku fueron abandonados por sus madres en las taquillas de una estación de tren. A Kiku lo encontraron porque el calor le hizo gritar. A Hashi, porque el calor le hizo heder. Y eso marcó para siempre el rumbo de sus vidas. Hashi busca un sonido concreto, el latido del corazón de su madre. Huye de la casa de sus padres adoptivos y se instala en el Toxicentro, el paraíso para los proscritos en Tokio. Se pinta las uñas de verde, se prostituye, y entre cliente y cliente recibe lecciones de canto. Hasta que un coche negro aparece en El Mercado, el lugar donde todo lo que se vende se vende ahí, y de él baja D, el cazatalentos. Bajo la piel fresca de Hashi halla la voz más hipnótica que encontró jamás. “Haré de ti una estrella, niño”, le asegura. Contrata a un detective para que busque a la madre de Hashi. El encuentro será en un programa en directo de televisión. D podrá comprarse otro rascacielos. Kiku, porque quiere correr y volar, se hace saltador de pértiga. Entrena su cuerpo, vigila su mente, y durante un instante separa los pies de un mundo que aborrece, un mundo lleno de gente con aspecto de globo hinchado al que le encantaría reventar. Y porque lo aborrece, recuerda una palabra: datura. Un amigo le aconsejó que no la olvidara si alguna vez quería reducir Tokio a cenizas. Y quiere. Delicada y cruda, voraz y discreta, la novela de Murakami transporta al lector a los confines del desaliento. Con parsimonia, y sin estridencias ni concesiones, dibuja a sus personajes de forma tan precisa que no sólo comprendemos por qué desean la destrucción, sino que nos hace partícipes de esa explosión que cubrirá el mundo de blanco.

Ryu Murakami nace en Sasebo, donde realiza sus primeros estudios y forma parte como baterista de una banda de rock.En 1970 se traslada a Tokio para estudiar serigrafía en la Escuela de Arte Gendaishichosha, pero al poco tiempo abandona la carrera y se traslada a Fussa para estudiar en la Universidad de Arte Musashino.

Siendo alumno de la facultad, Ryu Murakami publica su primera obra, “Azul casi transparente” (1976) y gana el Premio Akutagawa.

Tiempo después publicaría “Los chicos de las taquillas” (1980), “Piercing” (1994) y “Sopa de Miso” (1997), entre otros.

Las obras de Ryu Murakamise se caracterizan por la crudeza en las descripciones y la violencia de las situaciones narradas.

Ryu Murakami – Kyoko.flv

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

Amélie Nothomb nous présente son dernier ouvrage « frappe toi le coeur »

 

L’histoire est celle de Diane, une jeune fille supérieurement intelligente, sensible et généreuse, mais traitée avec dureté par Marie, sa mère, qui lui voue, depuis le jour de sa naissance, une jalousie proche de la haine. L’enfant observe que sa mère déborde par contre d’amour pour son frère et, surtout, pour sa sœur. Elle cherche tout d’abord à se faire, elle aussi, aimer de Marie, avant de comprendre la vanité de l’entreprise et d’en tirer les conséquences…
À travers l’histoire de Diane, c’est à une exploration de la maternité, et plus encore de la relation mère-fille, qu’Amélie Nothomb nous convie. Dans Frappe-toi le cœur, les pères sont des hommes faibles, effacés, qui laissent toute latitude à leurs épouses. Lesquelles se révèlent des mères cruelles, envahissantes, destructrices. Des monstres.

 

Premier Chapitre

Marie avait 19 ans, son heure était venue. Une existence formidable l’attendait, elle le sentait. Elle étudiait le secrétariat, ce qui ne présageait rien – il fallait bien étudier quelque chose. On était en 1971. « Place aux jeunes », entendait-on partout.

Elle fréquentait les gens de son âge aux soirées de la ville, elle n’en manquait pas une. Il y avait une fête presque chaque soir pour qui connaissait du monde. Après une enfance calme et une adolescence ennuyeuse, la vie commençait. « Désormais, c’est moi qui compte, c’est enfin mon histoire, ce n’est plus celle de mes parents, ni de ma sœur. » Son aînée avait épousé un brave garçon l’été d’avant, elle était déjà mère, Marie l’avait félicitée en pensant : « Fini de rire, ma vieille ! »

Elle trouvait grisant d’attirer les regards, d’être jalousée des autres filles, de danser jusqu’au bout de la nuit, de rentrer chez elle au lever du jour, d’arriver en retard au cours. « Marie, vous avez encore fait la vie, vous », disait à chaque fois le professeur avec une fausse sévérité. Les laiderons qui étaient toujours à l’heure la contemplaient rageusement. Marie éclatait de son rire lumineux.

Si on lui avait dit qu’appartenir à la jeunesse dorée d’une ville de province n’augurait rien d’extraordinaire, elle ne l’aurait pas cru. Elle ne prévoyait rien de particulier, elle savait seulement que ce serait immense. Quand elle s’éveillait le matin, elle sentait dans son cœur un appel gigantesque, elle se laissait porter par cet enthousiasme. Le jour neuf promettait des événements dont elle ignorait la nature. Elle chérissait cette impression d’imminence.

Lorsque les filles du cours parlaient de leur avenir, Marie s’esclaffait en son for intérieur : mariage, enfants, maison – comment pouvaient-elles se contenter de cela ? Quelle sottise de mettre des mots sur son espérance, à plus forte raison des mots aussi mesquins ? Marie ne nommait pas son attente, elle en savourait l’infini.

Aux fêtes, elle aimait que les garçons n’en aient que pour elle, elle veillait à ne donner la préférence à aucun – qu’ils soient tous pâles d’angoisse de ne pas être choisis. Quel plaisir d’être cent fois respirée, mille fois convoitée, jamais butinée !

Il y avait une joie encore beaucoup plus puissante : il s’agissait de susciter la jalousie des autres. Quand Marie voyait les filles la regarder avec cette envie douloureuse, elle jouissait de leur supplice au point d’en avoir la bouche sèche. Au-delà même de cette volupté, ce que disaient ces yeux amers posés sur elle, c’était que l’histoire en cours était la sienne, c’était elle qu’on racontait, et les autres souffraient de se découvrir figurantes, invitées au festin pour en récolter les miettes, conviées au drame pour y mourir d’une balle perdue, c’est-à-dire d’une brûlure qui ne leur était pas destinée.

La destinée ne s’intéresserait qu’à Marie et c’était cette exclusion des tiers qui la faisait suprêmement jubiler. Si l’on avait tenté de lui expliquer que l’envers de la jalousie équivalait à de la jalousie et qu’il n’y avait pas de sentiment plus laid, elle eût haussé les épaules. Et aussi longtemps qu’elle dansait au centre de la fête, la joliesse de son sourire pouvait donner le change.

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

‘La luz que no puedes ver’, de Anthony Doerr.

Título: La luz que no puedes ver.

Autor: Anthony Doerr.

Editorial: Suma de letras.

Páginas: 658

¿Por qué se habla tanto de este libro?

Porque la novela ganó el Premio Pulitzer de ficción 2015 y The New York Times la incluyó entre los mejores diez libros del año en 2014.

Además, desde su lanzamiento ha sido todo un bestseller. Ocupa la cuarta posición en la lista de los libros más vendidos del 2015 en Amazon y la sexta en el ranking de USA Today.

 

¿Quién debería leerlo?

Quienes se sientan atraídos por la II Guerra Mundial, los que busquen una novela que les mantenga enganchados, los amantes de los libros de Julio Verne y quienes busquen conocer a unos personajes entrañables para acompañarlos en sus desventuras por el Viejo Continente.

Sinopsis de La luz que no puedes ver, de Anthony Doerr

La historia gira en torno a dos personajes cuyas vidas se entrecruzan en un momento determinado.

Por otro lado, Werner Pfennig, un joven huérfano, que vive junto a su hermana Jutta en Zollverein, un pueblo minero del noreste de Alemania. Werner posee una inteligencia innata y una increíble capacidad para arreglar artefactos mecánicos. Él y su hermana encuentran una vieja radio, que repara y con la cual oyen unas peculiares transmisiones hechas por un hombre mayor desde Francia, en la que habla de ciencia en un lenguaje sencillo que los jóvenes pueden entender.

La invasión de Francia por parte de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial cambia sus vidas, como las de otros millones de personas, y da inicio al nudo argumental de La luz que no puedes ver, de Anthony Doerr.

 Así, Marie-Laure y su padre deben abandonar París, para terminar refugiándose en el pueblo costero y fortificado de Saint-Malo, en el piso de su tio-abuelo, Ettiénne, un hombre traumatizado por su participación como soldado en la Primera Guerra Mundial. Al padre de Marie-Laure le han confiado, en secreto, la custodia de un inmenso diamante, llamado Mar de Llamas, sobre el que además existe una leyenda maldita: quien lo posea vivirá con una salud envidiable, pero sus personas queridas serán presa de todo tipo de desgracias.

Allí también llega simultáneamente el sargento mayor Reinhold von Rumpel, un experto en joyas comisionado por el ejército alemán para encontrar el Mar en Llamas, aunque para él se convierte en un asunto personal: aquejado de un cáncer avanzado, ve en la posibilidad de poseer el diamante la única vía para recuperar su salud. Atando cabos, va llegando hasta Marie-Laure.

Todo esto último ocurre en el verano de 1944, cuando las tropas aliadas han cercado a los alemanes y comienzan un feroz bombardeo sobre Sant-Melo, que amenaza la vida de los protagonistas. Y hasta aquí podemos contarles. desvelarles el desenlace de esta historia y el destino final de Marie-Laure, Werner y el Mar en Llamas sería arruinarles la lectura de La luz que no puedes ver, de Anthony Doerr.

El trasfondo de La luz que no puedes ver, de Anthony Doerr

A diferencia de muchas otras novelas que transcurren durante la Segunda Guerra Mundial (o cualquier otro conflicto bélico), Anthony Doerr no hace hincapié en los horrores del conflicto como centro de su narración. Aunque las muertes, el sufrimiento y las limitaciones materiales están allí, en La luz que no puedes ver resaltan otras cosas. Básicamente la calidad humana de esos dos adolescentes que la protagonizan: la inocencia y a la vez la fortaleza de Marie-Laure, esa niña ciega que logra salir adelante con determinación y entereza; o la inteligencia y la bondad de Werner, obligado a formar parte de lo que él precisamente detesta, hasta que tiene la posibilidad de redimirse.

Se trata, pues, de esa luz que no puedes ver, pero que está detrás de una oscuridad que no será nunca capaz de cubrirlo todo.

Un verdadero canto a la victoria del bien sobre el mal, y un gran elogio de la sensibilidad artística, la inteligencia y la bondad escondidas en el corazón de la mayoría de los seres humanos.

El estilo y la técnica de Anthony Doerr en La luz que no puedes ver

La luz que no puedes ver está escrita en tercera persona, en la tradicional voz de un narrador omnisciente, y no en primera persona, como pareciera ser la moda actual. Son capítulos muy cortos, en los que se intercala la vida de cada uno de los dos protagonistas, tanto en París como en Zollverein, hasta juntarse en Sant-Melo.

Está narrada cronológicamente, salvo por unos capítulos introductorios, comenzando en 1934 y desarrollándose fundamentalmente entre 1942 y 1944. No utiliza, pues (con la excepción mencionada) anacronías.

Todo ello hace que el libro se desarrolle a un ritmo bastante rápido, casi cinematográfico, y que el lector se interese por continuar y descubrir la continuación de la historia. Adicionalmente, Doerr ha utilizado profusión de diálogos en La luz que no puedes ver, y describe objetos, ciudades y momentos con prolijidad, recreando el ambiente de la época de manera muy gráfica.

 

Doerr (Ohio, Estados Unidos, 1973) es un novelista norteamericano que comenzó su carrera con la publiación de un libro de relatos, The Shell Collector (2002). Muchas de las historias estaban ambientadas en Nueva Zelanda y en África, lugares donde vivió durante un tiempo. Dos años después publicó su primera novela, About Grace. Desde entonces ha escrito unas memorias, Four Seasons in Rome (2007), otro libro de relatos, Memory Wall (2010), y la novela La luz que no puedes ver (2014). Esta última le ha valido el Premio Pulitzer de ficción 2015.

 Sus obras han logrado diversos premios, entre ellos cuatro O. Henry Prizes, el Barnes & Noble Discover Prize y un Story Prize, consider

Anthony Doerr presenta su libro La luz que no puedes ver

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille

«Miradas», de Karina Pacheco.

Karina Pacheco Medrano (Cusco, 1969) es una de las voces femeninas más importantes de la narrativa peruana actual. Prueba de ello es una obra que ha recibido el reconocimiento de la crítica y especialmente de los lectores que han ido descubriéndola a pesar de la insuficiente atención que ha recibido en la prensa cultural limeña. Su inclusión en la antología de cuentos El fin de algo, presentada hace poco por editorial Santuario, es una prueba más de que los elogios no son gratuitos.

Antropóloga de profesión y experta en temas de cooperación y desarrollo, la incursión de Karina Pacheco en la narrativa no es tan reciente. En 2006 había publicado su primera novela, La voluntad del molle, a la que le siguió otra titulada No olvides nuestros nombres (2008), y su primer libro de cuentos, Alma alga, publicado en 2010 con Borrador Editores. Es en esta faceta de cuentista en la que quiero centrarme en esta oportunidad a propósito de la publicación de Miradas. Antología de cuentos, una edición a cargo del Gobierno Regional del Cusco, que con un tiraje de 3 mil ejemplares forma parte de un proyecto de promoción de la lectura en dicha zona del país. El texto reúne ocho relatos publicados en los últimos cinco años, y podemos decir que se trata de una atractiva manera de introducirnos en el universo narrativo de esta autora.

La lectura de estos cuentos ha sido un cambio refrescante de escenario, pues los ambientes que nos presenta el libro están marcados por el lugar de origen de la escritora y por la cosmovisión del ande. Como ella misma lo había comentado en la mesa que compartimos sobre literatura regional, en la Feria del Libro de Lima, tanto el Cusco como el habla de la gente, sus mitos y la realidad social son unas huellas presentes en sus relatos y novelas. Los textos que el lector encontrará en Miradas son de una sensibilidad y un vínculo con la circunstancia local que seduce no solo por eso, pues Karina Pacheco maneja muy bien la tensión y porque es el punto de vista de los personajes –a veces desde la primera, segunda o tercera persona– el que guía cada una de estas historias.

De los ocho relatos disfruté con particular deleite El violinista de las montañas, Azafrán, La venganza y El sendero de los rayos, este último que da el título a su cuentario publicado en 2013. ¿Cuáles son las razones por las que la lectura de estos cuentos resulta fascinante? Además del estilo, es porque la narradora combina con una sensibilidad especial el asombro de sus personajes ante lo sobrenatural o inexplicable. Además, contra lo que podría pensarse, estos son en muchos casos masculinos, un desafío que sortea sin inconvenientes. El lector va descubriendo junto a los protagonistas las distintas exploraciones individuales que cada uno de ellos realiza. Se percibe la fuerza que tiene el medio que los rodea y las circunstancias contra las cuales ellos quieren rebelarse, como en el bello relato El sendero de los rayos, donde dos hermanos universitarios estudian antropología para vincularse más con su comunidad. Las referencias a la violencia política sirven solamente para contextualizar y no son en lo absoluto artificial.

El terreno del cuento es siempre un desafío para cualquier narrador y en este género Karina Pacheco ha demostrado solvencia, la cual se traslada también en la novela, especialmente en la más reciente, El bosque de tu nombre, de 2013. Estamos ante una narradora que debemos seguir el rastro para así poder ampliar nuestra mirada y conocer la producción literaria más allá de Lima.

 

Karina Pacheco / El escritor de la semana

 

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

 

 

« Fantasía, terror y ciencia ficción», los temas favoritos de Ray Bradbury.

Ray Douglas Bradbury; Waukenaun, Illinois, 1920 – Los Ángeles, California, 2012) Novelista y cuentista estadounidense conocido principalmente por sus libros de ciencia ficción.

 

En su ponencia, Bradbury relata cómo, a lo largo de su vida como escritor, rechazó grandes cantidades de dinero en encargos, porque sabía que si escribía algo que no le interesaba por dinero, esto lo iba a “destruir”. “Mi esposa y yo teníamos 37 años cuando nos pudimos comprar nuestro primer automóvil”. Debes escribir lo que a ti te gustaría leer.  Ray Bradbury

Alcanzó la fama con la recopilación de sus mejores relatos en el volumen Crónicas marcianas (1950), que obtuvieron un gran éxito y le abrieron las puertas de prestigiosas revistas. Se trata de narraciones que podrían calificarse de poéticas más que de científicas, en las que lleva a cabo una crítica de la sociedad y la cultura actual, amenazadas por un futuro tecnocratizado. En 1953 publicó su primera novela, Fahrenheit 451, que obtuvo también un éxito importante y fue llevada al cine por François Truffaut. En ella puso de manifiesto el poder de los medios de comunicación y el excesivo conformismo que domina la sociedad.

Biografía

Ray Bradbury se graduó en la escuela secundaria en 1938, y se ganó la vida como vendedor de periódicos hasta 1942. Comenzó a escribir desde niño, pero publicó su primera historia en 1938, en una revista de aficionados. Adquirió la certeza de lo que sería su estilo cuando compuso The Lake.

En 1943 dejó el trabajo de vendedor de periódicos y se dedicó a escribir a tiempo completo, publicando en diversos medios numerosos relatos breves, hasta que en 1950, con la aparición de Crónicas marcianas, comenzó su ascendente fama literaria. En sus páginas, que relatan los intentos de los terrestres por colonizar el planeta Marte, se reflejan las angustias y ansiedades que existían en la sociedad norteamericana de la década de los cincuenta, ante el peligro de una guerra nuclear.

Considerados un clásico de la ciencia ficción, este conjunto de relatos interdependientes recoge no sólo las vicisitudes de la colonización del planeta Marte sino también la caída de su civilización, abarcando un período comprendido entre 1999 y 2026. Los marcianos poseen notables poderes telepáticos, lo que causa graves contratiempos a las tres primeras expediciones. La cuarta aporta al planeta la varicela, que contagia a los indígenas y acaba con su resistencia.

A continuación, se desarrolla la obra colonizadora, que aporta al planeta los aspectos más negativos de la cultura occidental. Sólo un mexicano, que conserva las esencias de su cultura indígena, consigue establecer una auténtica comunicación con un marciano que, a su vez, es depositario de las tradiciones desplazadas por la hegemonía de los colonizadores. Éstos han degradado a tal punto la civilización autóctona que en uno de los relatos un marciano utiliza sus poderes telepáticos para divertir a los nuevos amos adoptando las personalidades que le solicitan. También los negros estadounidenses establecen asentamientos para huir de la discriminación. Finalmente, el planeta casi se despuebla porque una amenaza bélica en la Tierra induce a los colonos a regresar. Los pocos que permanecen en Marte se convierten en los “nuevos” marcianos.

En 1951 publicó uno de sus libros mayores, El hombre ilustrado, compuesto por varios relatos de naturaleza fantástica, y dos años más tarde otro de los más representativos, Fahrenheit 451 (título que alude a la temperatura en que los libros empiezan a arder). Fahrenheit 451 narra la historia de una ciudad del futuro dominada por los medios audiovisuales, en la que se acosa el individualismo, están prohibidos los libros, y los bomberos, brazos ejecutores de un Estado totalitario, son los encargados de quemarlos. Al margen de la sociedad, un grupo de hombres recluidos en los bosques decide memorizar textos enteros de filosofía y literatura para preservar la cultura.

Esta fábula moralizante ha sido considerada como una gran obra antiutópica y acaso premonitoria, y fue llevada al cine por François Truffaut. En el relato de Bradbury se exponen de forma minuciosa las razones de la prohibición de los libros en boca del jefe de bomberos, Guy Montag. Frente a sus argumentos se expone el punto de vista de un profesor que aconseja a Montag y que pone de relieve las características positivas de la lectura. De este modo se desarrolla una reflexión que se enriquece con referencias a los clásicos.

Bradbury advierte de los peligros y las amenazas que incumben a una sociedad enteramente automatizada, olvidada de los valores tradicionales de la cultura, y próxima al exterminio atómico. Consigue climas sardónicamente alucinantes en cuentos como There will come soft rains (1950), donde una casa robotizada prosigue realizando los movimientos programados, en un mundo carente ya de vida, hasta su postrer quema liberadora, o en The Veldt (1950), donde otra casa automatizada, casi dotada de vida propia, masacra, con la complicidad de los niños, a los padres de éstos.

Pero Bradbury no sólo cultivó la ciencia ficción y la literatura de corte fantástico, sino que escribió también libros realistas e incluso incursionó en el relato policial. Su prosa se caracteriza por la universalidad, como si no le importara tanto perfeccionar un género como escribir acerca de la condición humana y su temática, a través de un estilo poético.

 

Precisamente por este rasgo algunos críticos no lo consideran un escritor de ciencia ficción como tal y les resulta difícil catalogarlo en uno u otro campo de la literatura. Como ejemplo de ello suelen citarse relatos breves, muy sutiles y tiernos, como Casa dividida y El robo del siglo, o la poética novela El vino del estío. Además del problema de una guerra atómica, de la censura en un mundo por venir y del peligro implícito en las técnicas y la ciencia, trató temas más cotidianos como el racismo, el miedo a la muerte, el amor y la infancia.

Escribió también guiones de cine, como el de la película Moby Dick, de John Huston, así como guiones para series televisivas como Alfred Hitchcock presenta y La dimensión desconocida. En 1963 se publicaron sus obras teatrales, reunidas bajo el título The Anthem Sprinters. Sus relatos cortos han sido incluidos en más de 700 antologías. Aparte de los mencionados, son también muy conocidos títulos como El árbol de las brujas o Cementerio para lunáticos.

 

La última noche del mundo

[Cuento – Texto completo.]

Ray Bradbury

¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo?

-¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?

-Sí, en serio.

-No sé. No lo he pensado.

El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo las niñas jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz de las lámparas verdes. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a café tostado.

-Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.

-¡No lo dirás en serio!

El hombre asintió.

-¿Una guerra?

El hombre sacudió la cabeza.

-¿No la bomba atómica, o la bomba de hidrógeno?

-No.

-¿Una guerra bacteriológica?

-Nada de eso -dijo el hombre, revolviendo suavemente el café-. Solo, digamos, un libro que se cierra.

-Me parece que no entiendo.

-No. Y yo tampoco, realmente. Solo es un presentimiento. A veces me asusta. A veces no siento ningún miedo, y solo una cierta paz -miró a las niñas y los cabellos amarillos que brillaban a la luz de la lámpara-. No te lo he dicho. Ocurrió por vez primera hace cuatro noches.

-¿Qué?

-Un sueño. Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una voz irreconocible, pero una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a detenerse en la Tierra. No pensé mucho en ese sueño al día siguiente, pero fui a la oficina y a media tarde sorprendí a Stan Willis mirando por la ventana, y le pregunté: “¿Qué piensas, Stan?”, y él me dijo: “Tuve un sueño anoche”. Antes de que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ese. Podía habérselo dicho. Pero dejé que me lo contara.

-¿Era el mismo sueño?

-Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por la oficina, sin darnos cuenta. No concertamos nada. Nos pusimos a caminar, simplemente cada uno por su lado, y en todas partes vimos gentes con los ojos clavados en los escritorios o que se observaban las manos o que miraban la calle. Hablé con algunos. Stan hizo lo mismo.

-¿Y todos habían soñado?

-Todos. El mismo sueño, exactamente.

-¿Crees que será cierto?

-Sí, nunca estuve más seguro.

-¿Y para cuándo terminará? El mundo, quiero decir.

-Para nosotros, en cierto momento de la noche. Y a medida que la noche vaya moviéndose alrededor del mundo, llegará el fin. Tardará veinticuatro horas.

Durante unos instantes no tocaron el café. Luego levantaron lentamente las tazas y bebieron mirándose a los ojos.

-¿Merecemos esto? -preguntó la mujer.

-No se trata de merecerlo o no. Es así, simplemente. Tú misma no has tratado de negarlo. ¿Por qué?

-Creo tener una razón.

-¿La que tenían todos en la oficina?

La mujer asintió.

-No quise decirte nada. Fue anoche. Y hoy las vecinas hablaban de eso entre ellas. Todas soñaron lo mismo. Pensé que era solo una coincidencia -la mujer levantó de la mesa el diario de la tarde-. Los periódicos no dicen nada.

-Todo el mundo lo sabe. No es necesario -el hombre se reclinó en su silla mirándola-. ¿Tienes miedo?

-No. Siempre pensé que tendría mucho miedo, pero no.

-¿Dónde está ese instinto de autoconservación del que tanto se habla?

-No lo sé. Nadie se excita demasiado cuando todo es lógico. Y esto es lógico. De acuerdo con nuestras vidas, no podía pasar otra cosa.

-No hemos sido tan malos, ¿no es cierto?

-No, pero tampoco demasiado buenos. Me parece que es eso. No hemos sido casi nada, excepto nosotros mismos, mientras que casi todos los demás han sido muchas cosas, muchas cosas abominables.

En el vestíbulo las niñas se reían.

-Siempre pensé que cuando esto ocurriera la gente se pondría a gritar en las calles.

-Pues no. La gente no grita ante la realidad de las cosas.

-¿Sabes?, te perderé a ti y a las chicas. Nunca me gustó la ciudad ni mi trabajo ni nada, excepto ustedes tres. No me faltará nada más. Salvo, quizás, los cambios de tiempo, y un vaso de agua helada cuando hace calor, y el sueño. ¿Cómo podemos estar aquí, sentados, hablando de este modo?

-No se puede hacer otra cosa.

-Claro, eso es; pues si no estaríamos haciéndolo. Me imagino que hoy, por primera vez en la historia del mundo, todos saben qué van a hacer de noche.

-Me pregunto, sin embargo, qué harán los otros, esta tarde, y durante las próximas horas.

-Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televisión, jugar a las cartas, acostar a los niños, acostarse. Como siempre.

-En cierto modo, podemos estar orgullosos de eso… como siempre.

El hombre permaneció inmóvil durante un rato y al fin se sirvió otro café.

-¿Por qué crees que será esta noche?

-Porque sí.

-¿Por qué no alguna otra noche del siglo pasado, o de hace cinco siglos o diez?

-Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 2069, y ahora sí. Quizá porque esa fecha significa más que ninguna otra. Quizá porque este año las cosas son como son, en todo el mundo, y por eso es el fin.

-Hay bombarderos que esta noche estarán cumpliendo su vuelo de ida y vuelta a través del océano y que nunca llegarán a tierra.

-Eso también lo explica, en parte.

-Bueno -dijo el hombre incorporándose-, ¿qué hacemos ahora? ¿Lavamos los platos?

Lavaron los platos, y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces del cuarto y entornaron la puerta.

-No sé… -dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa entre los labios.

-¿Qué?

-¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre un poco de luz?

-¿Lo sabrán también las chicas?

-No, naturalmente que no.

El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron, juntos, las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media. Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado la velada cada uno a su modo.

-Bueno -dijo el hombre al fin.

Besó a su mujer durante un rato.

-Nos hemos llevado bien, después de todo -dijo la mujer.

-¿Tienes ganas de llorar? -le preguntó el hombre.

-Creo que no.

Recorrieron la casa y apagaron las luces y entraron en el dormitorio. Se desvistieron en la fresca oscuridad de la noche y retiraron las colchas.

-Las sábanas son tan limpias y frescas…

-Estoy cansada.

-Todos estamos cansados.

Se metieron en la cama.

-Un momento -dijo la mujer.

El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento después estaba de vuelta.

-Me había olvidado de cerrar los grifos.

Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.

La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.

-Buenas noches -dijo el hombre después de un rato.

-Buenas noches -dijo la mujer.

FIN

 

 

 

 

Recopilaciones de relatos

Bradbury en 2009.

Novelas

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.