El Castillo de las Lluvias Menguantes

La verdad de los personajes, los míos, los de los otros escritores,
es que están vivos más allá del subconsciente. Yo los he arrancado de su sueño
y los condeno a deambular entre las páginas de mis historias.
Edgar Allan Poe

Por: Carlos Bustos
Terminado de caer el último fruto de luz del atardecer, el viajero que cruzaba el bosque buscó dónde guarecerse de la bestia llamada lluvia. Lo primero que vio fueron los baluartes, rostros fósiles en el exterior de las murallas del castillo. Cruzó el puente levadizo defendido por torreones devastados y llegó a un patio donde la lluvia caía intermitente, igual que dardos de plata iluminados por una luna en cuarto creciente.
Unos palafreneros salieron a recibir al viajero, lo despojaron de su capa sucia de viajes interminables. El viajero subió por unas escalinatas y llegó hasta una sala circular rodeada por vitrales que estilaban su luz como sangre bermellón. Sentados en torno a una mesa de roble macizo, una ronda de personajes singulares conversaban alzando sus copas y bebiendo. El viajero tomó asiento. La cena estaba servida. Vino de Jericó, guisado de ternera en salsa de azafrán, empanadas de emú, frutas confitadas y leche.
Acabada la cena y terminado de beber el penúltimo sorbo de vino, el viajero pudo desviar la vista de otra cosa que no fuera la comida y pudo por fin, estudiar la identidad de cada uno de los otros comensales. Había entre ellos un gigante bordeado de cicatrices, un hombre vestido con un manto y capucha que le ocultaban la mitad del cuerpo, y hasta una joven con el torso desnudo y los senos carentes de los cálices rosados que brotan a flor de piel en las mujeres; seres que de inmediato hubieran atraído la curiosidad de cualquier persona, fueron, si no desapercibidos, sí menos interesantes que el individuo que en verdad atrajo la atención del viajero: un hombre de aspecto encorvado, que no sobresalía ni en apostura ni tampoco en fealdad, y quien le miraba con fijeza desde el otro extremo de la mesa. Aquel hombre, vestido con una levita marrón y tocado con un sombrero que le ocultaba media cara, sonreía con una mueca cínica que torcía sus labios. El viajero reconoció al instante a Jean-Baptiste Grenouille, asesino de mujeres, quien llegó a ser el más prodigioso perfumista de Francia y cuya obsesión era robar los aromas de sus víctimas, para así crear la fragancia ideal. Pero el propio viajero pudo describir los hechos con mejores palabras: «Jean–Baptiste jugueteaba con unos frascos de cristal ambarino, colocándolos sobre la mesa en diferentes posiciones, haciendo sonar su tapas de plata, como las piezas de un ajedrez acústico. No dejaba de mirarme; sus ojos eran lupinos y su rostro un tallado en corteza seca. De pronto, detuvo el movimiento constante de los frascos y retiró el tapón de uno de estos. De inmediato un aroma conspiró contra mis sentidos. Grenouille sonrió maligno; y comprendí que ya no eran míos, le pertenecían a aquel monstruo insignificante. Mi mente se abotagó de olores entremezclados, de bálsamos desconocidos, de delirios que atiborraban mi cabeza. Pude ver extrañas figuras salir meciéndose de la boca del frasco. Sentí un súbito desvanecimiento y las figuras de mi alucinación cayeron desmoronadas al suelo, como palomas batiendo sus alas con desenfreno. Una vez recuperada la razón pude ver que Grenouille había devuelto la tapa al frasco y su actitud volvía a ser taciturna, escondiendo su rostro bajo la sombra del ala del sombrero.
Alcé la cabeza hacía los tres siguientes personajes que llenaron mi visión. Estaban dispuestos a un costado de la mesa, dos sentados en sillas de respaldo alto y un tercero, el gigante monstruoso, permanecía de pie, con un rostro que era al mismo tiempo sentimental y lánguido, a quien de inmediato reconocí como Calveros. Los otros dos eran el Dr. Talos, hombre pequeño y vivaz, de pelo color lava —director de la diminuta compañía teatral donde viajaba el gigante—, y el más impresionante de los tres: Severian, torturador del gremio de los torturadores. Era un hombre corpulento; la amplia capa echada hacia atrás revelaba un tórax rudo y voluminoso, mientras la cara permanecía oculta dentro de un capucha que mostraba sólo una oscuridad sin rasgos distintivos, pues estaba entintada con un color más profundo que el mismo negro. Severian guardaba un silencio tempestuoso que amagó mi alma y por unos cuantos instantes pude vislumbrar el cadalso donde el Torturador ayudaba a los hombres a que abandonaran la vida, el pellejo que les servía como morada; también vi la sangre púrpura serpenteando por las arenas del desierto, cabezas desprendidas cayendo sobre un colchón de nieve blanca que poco a poco se manchaba de un sucio charco marrón. Tuve estas visiones y otras más terribles que no me atrevería a describir, cuando un extraño silbido me arrancó de mí abstracción. En el extremo derecho, la mujer del torso desnudo alimentaba a lo que en un principio confundí con un infante de brazos, pero al acercarme más pude ver que el niño era en realidad una pequeña pirámide azul, tenía seis apéndices ondulantes y tres ojos que pestañeaban en los extremos de tres estructuras. La pirámide era alimentada por medio de un cono de latón que derramaba gotas de leche; eso explicaba la ausencia de los pezones en los pechos de la mujer: el niño —porque lo era a pesar de su extravagante apariencia— no podía ser amamantado como los demás ya que era especial y tenia que ser alimentado con un instrumento también especial.
La pirámide se sentó sobre el regazo de la mujer y tendió un zarcillo azul hacia el último y más sombrío de los comensales. He aquí la descripción de aquel individuo sobrecogedor: delgado, un manto negro con capucha le bajaba desde la cabeza al suelo; la parte derecha estaba echada hacia atrás, descubriendo la mitad del rostro, en tanto que a la izquierda parecía que todo estaba escondido y envuelto en los bordes y pliegues del amplio ropaje. De súbito, una ráfaga que se colaba del exterior inflamó sus ropas y por un breve momento pude observar que el hombre estaba demediado, es decir: fragmentado en dos, separado de la otra parte de su cuerpo por un cañonazo de los Turcos. Entonces el nombre del temido debía de ser Medardo de Terralba, y si era la mitad buena o la mala, no pude saberlo en ese instante, porque una pregunta pugnaba por dejar mis labios. Sorbí un poco del vino y resuelto dije:
—Caballeros, a todos conozco sin haberos visto nunca, vuestras referencias son únicas, pero díganme ¿qué hacen aquí?
Grenouille, el asesino, tomó la palabra con acritud.
—Resulta que somos los Menguantes Contados, monsieur. Gire su cabeza tanto como le sea posible y dígame qué ve en aquel rincón.
Hice lo que me pidió.
—Veo ocho sillas de marfil dispuestas alrededor de una mesa similar a ésta, en donde los alimentos servidos sobre fuentes de latón no han sido tocados por el apetito; sobre la madera reposan platos y copas dejados ahí por alguna mano indulgente que espera a la llegada de unos comensales, por el momento, desconocidos.
—Ése es el lugar de los Inconclusos —dijo amargo, Grenouille—, ya que su historia no está terminada aún de contar; de los Incorpóreos porque la materia de que están hechos no puede verse con los simples ojos; a los que nosotros llamamos con desprecio, los Insomnes, pues erran libres por el mundo sin dormir nunca en espera de que un escritor los atrape al vuelo y comience a construir con tinta inmoderada los corredores y galerías de sus cuerpos sobre el papel en blanco.
Severian el Torturador, indicó riguroso.
—A diferencia de nosotros que ya hemos sido contados, tenemos un cuerpo que ha vivido con desenfreno en las pasiones de la carne del que nos ha descrito, pero por lo mismo estamos atrapados aquí, en este Castillo donde siempre es lluvia, viviendo en decadencia, mermando por la ausencia de libertad.
Yo dije:
—Creí que eso era lo que querían, que por esa razón revoloteaban al oído del hombre que pudiera darles un cuerpo, un rostro, una muerte.
—Muerte no hay —increpó avieso el Vizconde demediado, poniendo en su rostro incompleto una medía sonrisa que despedía un olor agrio, mientras me miraba con un solo ojo tortuoso. Así comprendí que quien hablaba era la mitad mala de Medardo—. Y es verdad que anhelábamos ser atrapados en las redes de la inspiración de un hombre que nos sacara de nuestro desvelo etéreo y nos diera una historia propia, pero lo que ignorábamos es que una vez completado el trabajo, la narración, nuestro cuerpo vendría a dar a este lugar para menguar de por libro.
Repetí lento y despacio las últimas palabras del innoble de Medardo. La pirámide azul me miró con tres ojos brillantes y entonces produjo el extraño silbido (quizá era su forma de llorar) que había escuchado antes y que me seguía pareciendo impropio de un niño. La lluvia se aplastaba contra los vitrales rojos de la estancia iluminada a medias, y afuera se adivinaba la presencia de una luna que se desmoronaba en trozos de gis. Grenouille me sacó de mi abstracción.
—Y usted, monsieur, que parece conocernos tanto, acorte nuestra desventaja y díganos quién es y de dónde viene.
Traté de sonreír pero lo único que logré fue sacar un gesto apesadumbrado, Derritiéndose el silencio alcé el rostro y los miré a todos.
—Soy un viajero; vengo del interior del mundo, atravesando fronteras y líneas ecuatoriales, dando tumbos por el bosque hasta topar con estos muros. Allá fuera ha sucedido una catástrofe y poca ha sido la gente salvada.
Severian se levantó de su asiento apoyando los nudillos sobre la mesa
—¿Un desastre, dice? —afirmé con lentos movimiento de la cabeza—. ¿Qué ha ocurrido? ¡Cuéntenos! ¿Una guerra, una plaga, el Apocalipsis?
Suspiré negando con movimientos repetitivos de mi cabeza.
—No lo sé; quizás ha sido todo lo que usted ha mencionado, o algo distinto o mucho peor, pero yo no estuve presente. Escuché un clamor de cielo y tierra; la marea de la destrucción aplastarlo todo vertiginosamente y al cielo abrirse como un paraguas con pétalos de luto. Y en mi huida he venido a parar a este Castillo pidiendo posada para protegerme de la lluvia.
La voz de Calveros se dejó escuchar como una cuerda de contrabajo pulsada en la oscuridad.
—¡Su nombre, dígalo ya!
—No hay nombre que pronunciar. No tengo. Soy sólo un viento que en su recorrido habitual ha escuchado de la hecatombe, y en mi huida vertiginosa he venido a parar a este Castillo para ampararme de la lluvia.
Sentí muy cerca de mi rostro el medio aliento del dividido, y era porque éste se me acercaba reptando fuera de su asiento,
—Decidme entonces —siseo el Vizconde con su media lengua abriéndose paso entre los pocos dientes que le quedaban—, ¿es verdad que el mundo ha dejado de existir en su totalidad?
—Aún no —dije—. Es cierto que ha sido arrasado y pocos son los hombres que han sobrevivido a la tragedia; yo diría que sus fuerzas son pocas y sus esperanzas son también mínimas; según creo no durarán mucho, y una vez desaparecidos ellos, la civilización, los contadores de relatos, las hojas rellenas de letras cautiverio de vuestras historias, entonces ustedes podrían…
Callé dejando la frase sin terminar. Tomé mi copa y la llené de nuevo ante la mirada de ensimismamiento de mis siete acompañantes. El vino se derramó por mi mano —el néctar frío de un mundo que agonizaba— cuando alcé el cristal y bebí sin decir palabra. Todos repitieron mi ejemplo y bebieron profusamente en silencio, escuchando el chicoteo de la lluvia a través de los vitrales sangrantes del Castillo en espera de que, de un momento a otro, en el cielo comenzara a escampar».


Publicado en la Revista Prima Littera: Especial Gótico 2, Madrid, España.

Tambien puedes visitar su site:http://carlosbustos-escritor.webs.com/cuentos.htm

 

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s