El retuit como una de las bellas artes

Supongamos que lees un libro; que te gusta; que si tuvieras la oportunidad, te gustaría compartir con el autor tu experiencia de lectura. No es difícil encontrar a los escritores, ni hablar con ellos en las presentaciones de sus libros, o en conferencias y charlas que con tanta frecuencia se organizan. Lo que sí es difícil es mantener una conversación, porque usualmente hay mucha gente que, al mismo tiempo, demanda la atención de la misma persona, o porque te incomoda una situación en la que parezca que tu intención es acosar a alguien, o porque tenías una pregunta que ya hiciste y que ya respondieron, o porque lo que tienes que decir, en realidad, se resume en pocas palabras y si la persona a quien estás elogiando no tiene ganas de platicar entonces el diálogo será tan incómodo como:

–Me gustó mucho tu libro.

–Gracias.

Supongamos ahora que esto sí sucedió, que te acercaste a tu escritor favorito después de una presentación y le dijiste “oye, me gustó mucho tu libro” y la otra persona te respondió “gracias”, pero que allí no acabó la conversación, porque luego de una pausa el escritor te preguntó tu nombre y entonces gritó lo más fuerte posible, para que todos en la sala lo escucharan:

–¡Atención, todos, por favor: a Jorge le gustó mucho mi libro!

Supongamos que los asistentes, que en ese momento disfrutaban del brindis, no hicieron nada. Indiferentes, esperaron a que el escritor terminara de gritar para continuar con lo que estaban haciendo, hasta que de nuevo, unos minutos después, se escuchó la voz ronca del escritor a todo volumen:

–¡Atención, todos, por favor: dice Guadalupe que el final del libro le pareció magnífico e inteligente. Yo agradezco sus cálidos y elogiosos comentarios!

Y así, hasta que todos dejaron de poner atención cada vez que el escritor así lo demandaba y su voz se convirtió en un molesto pero natural sonido de fondo que repetía una y otra vez las mismas cosas, salvo por el nombre de quienes se acercaban a él.

Eso es, con frecuencia, tuiter y la política del retuit: atascar la propia cuenta de las cosas que otros dicen de uno para que nuestros seguidores las lean. Esto no se reduce a los comentarios que, dirigidos a una sola persona, se distribuyen inmediatamente entre muchas más, sino también sucede con artículos de críticos y periodistas. Es difícil que una reseña o un comentario, sobre todo si es favorable, no se convierta por obra del escritor en publicidad para la obra.

Esto no es una queja, ni estoy interesado en caer en la más simple y boba de las “soluciones”: si no te gusta lo que la gente retuitea, desactiva sus retuits. En realidad todo esto ha sido un prólogo para hablar de una práctica paralela, de un tipo particular de tuits que están escritos para que la otra persona, la elogiada, los difunda y que se ven más o menos así:

Tuitero1: Hoy voy a la presentación del libro de @Escritora en el @RecintoCultural de @MinisterioDeGobierno que dirige @FuncionarioCultural. ¡Allí nos vemos!

Tuitera2: Ya empecé la novela de @Escritor, editada por @Editorial y que compré ayer en @Librería. ¡Está buenísima!

Independientemente de que el tuitero conozca a cada una de las instancias mencionadas –lo que en muchos casos no sucede–, este tipo de mensajes dan la impresión de haberse escrito para todos y para nadie, algo que sucede también con los mensajes que la persona pública retuitea.

Si es cierto que el escritor ya no puede concebirse sin la mediación de la (auto)publicidad, ¿se puede decir lo mismo del lector? ¿Será que la lectura es una actividad que en estos tiempos necesita hacerse pública también? Desde esa perspectiva, lo que hacen el escritor y el lector es vender el mismo producto y gozar del prestigio –aunque sea un tipo diferente en cada caso– que ese producto les da: a uno por producirlo y a otro por consumirlo. Sin embargo, la relación entre ellos no existe, no hay diálogo: lo que hay es alguien que dice algo y otro que lo repite para beneficio exclusivo de ambos.

Como lector, ¿qué hacer? De nuevo, lo más fácil sería no hacer nada: leer y seguir leyendo, lo que no implica que estos usos de la lectura se sigan fomentando a costa de lector: la explotación de la lectura.

¿Para qué leemos? ¿Para qué escribimos? Hay quien lo hace porque persigue la fama o el prestigio o el dinero, y qué bien. A mí, en todo caso, me gusta pensar que la mejor respuesta a esas preguntas es: “no lo sé”. Incluso cuando uno lee libros por obligación o por tarea o por trabajo, el motivo de fondo, la causa o el origen de que la lectura se haya convertido en un trabajo o una obligación está comúnmente escondida o es, cuando menos, más difícil de explicar.

Durante mucho tiempo, este blog se ha dedicado a señalar y a analizar vicios y prácticas de lectura cuya intención es, en general, mantener y exaltar el estado jerárquico de la cultura en general y del libro en particular. En lo que el blog ha fallado es en proponer una alternativa porque es muy probable que la alternativa no exista. Si imagináramos un discurso literario completamente despolitizado y, por lo tanto, ajeno a las prácticas sociales que moldean su época, un diálogo entre lector y escritor sería tan absurdo como:

Estimado escritor:

Por motivos que todavía ignoro leí su libro. Puesto que usted lo ha publicado, supongo que una de sus intenciones era que la gente lo leyera, así que decidí escribirle y contarle que yo, en efecto, lo leí. Imagino también que en este mundo raro usted ha cumplido con escribirlo y yo con leerlo, y lo que usted o yo pensemos del libro importa un poco menos. Si aun así a usted le interesa saber mi opinión, con gusto puedo dársela, pero sé que usted no escribió para que yo opinara ni yo me he formado una opinión para que usted pueda seguir escribiendo. El libro, en general, me pareció bueno, lo que no significa más que eso. Usted no me debe nada ni yo a usted, pero igual le agradezco haberlo escrito. Saludos.

Estimado lector:

Me parece increíble que de entre la multitud de libros que existen usted haya decidido leer el que yo escribí. Pasa que por algún motivo o por varios uno se pone a escribir y cuando por fin publica, usualmente las expectativas, si existen, siempre se topan con la realidad del silencio o de la indiferencia. Saber que usted leyó mi libro y saber que le pareció bueno me alegra, pero me alegraría igual si no le hubiera gustado o si hubiera encontrado en él fallas o excesos. Uno nunca escribe lo que quiere, sino lo que puede, pero el esfuerzo no sirve para nada si nunca nadie se acerca. Su lectura, pues, lo ha hecho existir. Usted no me debe nada ni yo a usted, pero igual le agradezco haberlo leído. Saludos.

 

Leer nunca será solamente leer porque –a diferencia de los que creen y defienden una literatura fuera de la esfera política– escribir nunca será solamente escribir, por más ingenua y obtusa que sea la persona que escribe. Esto no significa que debamos aceptar prácticas y vicios como algo predeterminado. Se trata, en todo caso, de llamar la atención a oposiciones como la de leer/vender para que su inevitable repetición sea, para unos cuantos y en alguna medida, consciente.

 

 

Fuente: Jorge Téllez, blog El Grafólego, Letras libres, Agosto 23, 2014.

Booktrailer del libro “CeroCeroCero” de Roberto Saviano

Mira la cocaína: verás polvo. Mira a través de la cocaína: verás el mundo. «Escribir sobre la cocaína –en palabras del autor– es como consumirla. Cada vez quieres más noticias, más información, y las que encuentras son suculentas, ya no puedes prescindir de ellas… Cuanto más desciendo en los círculos blanqueados de la coca, más me percato de que la gente no sabe. Hay un río que corre bajo las grandes ciudades, un río que nace en Sudamérica, pasa por África y se ramifica hacia todas partes. Hombres y mujeres pasean por la Via del Corso y por los bulevares parisinos, se reúnen en Times Square y caminan con la cabeza gacha por las avenidas londinenses. ¿No oyen nada? ¿Cómo lo hacen para soportar todo ese ruido?»

CeroCeroCero

CeroCeroCero
¿De qué maneras gobierna la cocaína al mundo?  El autor de “Gomorra” presenta, en su nueva novela —editada en español por Anagrama—, de la que presentamos un fragmento, un retrato difícil pero indispensable para comprender las maneras en que el tráfico de esta droga se ha logrado posicionar como uno de los negocios más rentables, infalible a prácticamente cualquier embate en su contra.
Por Roberto Saviano

Coca No. 1

La coca la consume quien ahora está sentado a tu lado en el tren y la ha tomado para despertarse esta mañana, o el conductor que está al volante del autobús que te lleva a casa porque quiere hacer horas extra sin sentir calambres en las cervicales. Consume coca quien está más próximo a ti. Si no es tu padre o tu madre, si no es tu hermano, entonces es tu hijo. Si no es tu hijo, es tu jefe. O su secretaria, que esnifa sólo el sábado para divertirse. Si no es tu jefe, es su mujer, que lo hace para dejarse llevar. Si no es su mujer es su amante, a quien él se la regala en lugar de pendientes y aún mejor que diamantes. Si no son ellos, es el camionero que trae toneladas de café a los bares de tu ciudad y no podría resistir todas esas horas de autopista sin coca. Si no es él, es la enfermera que está cambiándole el catéter a tu abuelo y la coca hace que le parezca todo más liviano, hasta las noches. Si no es ella, es el pintor que está repintando la habitación de tu chica, que ha empezado por curiosidad y luego se ha encontrado con que ha contraído deudas.

Quien la consume está ahí contigo. Es el policía que está a punto de pararte, que esnifa desde hace años y ahora ya se han enterado todos y lo escriben en cartas anónimas que mandan a los oficiales esperando que lo suspendan antes de que haga alguna gilipollez. Si no es él, es el cirujano que está despertándose ahora para operar a tu tía y con la coca es capaz de abrir hasta a seis personas en un día, o el abogado al que tienes que ir para divorciarte. Es el juez que se pronunciará sobre tu causa civil y no considera que eso sea un vicio, sino sólo una ayuda para disfrutar de la vida. Es la cajera que está dándote el billete de lotería que esperas que pueda cambiar tu suerte. Es el ebanista que te está montando un mueble que te ha costado el sueldo de un mes. Si no es él, la consume el montador que ha venido a tu casa a instalar el armario de Ikea que tú solo no sabrías ensamblar. Si no es él, es el administrador de la comunidad de vecinos de tu edificio que está a punto de llamarte por el portero automático. Es el electricista, precisamente ese que ahora está intentando cambiarte de sitio el enchufe del dormitorio. O el cantautor al que estás escuchando para relajarte.

Consume coca el cura al que te diriges para preguntarle si puedes confirmarte porque tienes que bautizar a tu sobrino, y se sorprende de que todavía no hayas recibido ese sacramento. Son los camareros que te servirán en la boda del sábado próximo, que si no esnifaran no podrían tener tanta energía en esas piernas durante horas. Si no son ellos, es el concejal que acaba de adjudicar las nuevas islas peatonales, y la coca se la dan gratis a cambio de favores. La consume el aparcacoches, que ahora ya sólo se siente contento cuando esnifa. Es el arquitecto que te ha remozado el chalé de las vacaciones, la consume el cartero que te ha traído la carta con tu nueva tarjeta de débito. Si no es él, es la chica del centro de llamadas, que te contesta con voz sonora preguntándote en qué puede ayudarte. Esa viveza, igual en todas las llamadas, es efecto del polvo blanco. Si no es ella, es el ayudante que ahora está sentado a la derecha del profesor y espera para hacerte el examen. La coca le ha puesto nervioso. Es el fisioterapeuta que está intentando ponerte la rodilla en su sitio; a él, en cambio, la coca le vuelve sociable. Es el delantero quien la consume, ese que ha marcado un gol arruinándote la quiniela que estabas ganando a pocos minutos del final del partido.

Consume coca la prostituta a la que vas antes de volver a casa, cuando tienes que desahogarte porque ya no puedes más. Ella toma la coca para no ver más a quien tiene delante, detrás, encima o debajo. La toma el gigoló que te has regalado por tus cincuenta años. Tú y él. La coca le da la sensación de ser el más macho de todos. Consume coca el sparring con el que te entrenas en el ring, para tratar de adelgazar. Si no es él quien la consume, es el instructor de equitación de tu hija, la psicóloga a la que va tu mujer. Consume coca el mejor amigo de tu marido, ese que te corteja desde hace años y que no te ha gustado nunca. Si no es él, es el director de tu escuela. Esnifa coca el bedel. El agente inmobiliario que se está retrasando precisamente ahora que habías podido escaparte para ver el piso. La consume el guardia jurado, ese que todavía se peina con emparrado cuando ya todos se afeitan el pelo. Si no es él, es el notario al que preferirías no volver nunca más, que consume coca para no pensar en las pensiones alimenticias que tiene que pagar a las mujeres que ha dejado. Si no es él, es el taxista que despotrica contra el tráfico pero luego vuelve contento. Si no es él, la consume el ingeniero al que estás obligado a invitar a casa porque quizá te ayude a dar un salto en tu carrera.

Es el guardia municipal que está poniéndote una multa y mientras habla suda muchísimo aunque sea invierno. O el limpiacoches de los ojos hundidos, que logra comprarla pidiendo préstamos, o ese chico que llena los coches de octavillas, cinco en cada uno. Es el político que te ha prometido una licencia comercial, ese al que has enviado al Parlamento con tus votos y los de tu familia y que siempre está nervioso. Es el profesor que te ha echado de un examen al primer titubeo. O es el oncólogo con el que ahora vas a hablar, que te han dicho que es el mejor y esperas que pueda salvarte. Él, cuando esnifa, se siente omnipotente. O es el ginecólogo que se está olvidando de tirar el cigarrillo antes de entrar en la habitación para visitar a tu mujer, que tiene los primeros dolores. Es tu cuñado, que nunca está contento, es el novio de tu hija, que, en cambio, siempre lo está. Si no son ellos, entonces es el pescadero que se luce arreglando el pez espada, o es el empleado de la gasolinera que derrama la gasolina fuera de los coches. Esnifa para sentirse joven, pero ya ni siquiera es capaz de volver a poner en su sitio la pistola de la manguera. O es el médico del seguro al que conoces desde hace años y que te hace pasar primero sin esperar turno porque en Navidad sabes qué regalarle.

La consume el portero de tu edificio, pero si no la consume él entonces la está consumiendo la profesora que da clases particulares a tus hijos, el profesor de piano de tu sobrino, el sastre de la compañía de teatro a la que irás a ver esta noche, el veterinario que cura a tu gato. El alcalde con el que has ido a cenar. El constructor de la casa en la que vives, el escritor al que lees antes de dormir, la periodista a la que escucharás en el telediario. Pero si, pensándolo bien, crees que ninguna de esas personas puede esnifar cocaína, o bien eres incapaz de verlo, o mientes. O bien, sencillamente, la persona que la consume eres tú.

1. La lección

—Estaban todos alrededor de una mesa, justo en Nueva York, no lejos de aquí.
—¿Dónde? —pregunté instintivamente.

Me miró como diciendo que no creía que fuera tan idiota como para hacer semejantes preguntas. Las palabras que estaba a punto de oír eran un intercambio de favores.

La policía, unos años antes, había detenido a un chico en Europa. Un mexicano con pasaporte estadounidense. Tras enviarlo a Nueva York, lo habían dejado al baño María, inmerso en las aguas de las operaciones de tráfico de la ciudad y evitándole la cárcel. De vez en cuando largaba alguna que otra cosa, y a cambio no lo detenían. No exactamente como un confidente, sino más bien como algo muy próximo que no le hiciera sentirse un infame pero tampoco un afi liado silencioso y omertoso  duro como el granito. Los policías le preguntaban cosas genéricas, no detalladas hasta el punto de poderlo comprometer en su grupo. Bastaba con que informara de un aire, un talante, rumores de reuniones o de guerras. No pruebas, no indicios: rumores. Los indicios ya irían a buscarlos en un segundo momento. Pero ahora eso ya no bastaba: el chico había grabado una conversación en su iPhone durante una reunión en la que había participado. Y los policías estaban inquietos. Algunos de ellos, con los que me relacionaba desde hacía años, querían que yo escribiera sobre ello. Que escribiera sobre ello en alguna parte, haciendo ruido, para comprobar las reacciones, para saber si la historia que estaba a punto de escuchar había sido de veras tal como decía el muchacho, o era, en cambio, una puesta en escena, un guiñol montado por alguien para embaucar a chicanos e italianos. Yo tenía que escribir sobre ello para crear movimiento en los ambientes donde aquellas palabras se habían pronunciado, donde se habían escuchado.

El policía me esperó en Battery Park en un pequeño muelle, sin sombreros de gabardina ni gafas de sol. Nada de ridículos disfraces: llegó vestido con una camiseta llena de colorido, chanclas, y la sonrisa de quien no ve el momento de contar un secreto. Hablaba un italiano lleno de inflexiones dialectales, pero comprensible. No buscó ninguna forma de complicidad: había recibido órdenes de contarme aquel hecho y lo hizo sin meditarlo demasiado. Lo recuerdo perfectamente. Aquel relato me ha quedado dentro. Con el tiempo me he convencido de que las cosas que recordamos no las conservamos sólo en la cabeza, no están todas en la misma zona del cerebro: me he convencido de que también otros órganos tienen memoria. El hígado, los testículos, las uñas, el costado… Cuando escuchas palabras decisivas, se quedan enganchadas allí. Y cuando estas partes recuerdan, le envían lo que han registrado al cerebro. Aún con más frecuencia me percato de que recuerdo con el estómago, que almacena lo hermoso y lo horrible.

Sé que ciertos recuerdos están allí, lo sé porque el estómago se mueve. Y a veces se mueve también la barriga. Es el diafragma que produce ondas: una lámina sutil, una membrana ahí clavada, con las raíces en el centro de nuestro cuerpo. Es de ahí de donde parte todo. El diafragma hace jadear, estremecerse, pero también orinar, defecar, vomitar. Es de ahí de donde parte el impulso durante el parto. Y también estoy seguro de que hay sitios que recogen lo peor: conservan los desechos. Yo no sé dónde estará ese sitio dentro de mí, pero está lleno. Y ahora está saturado, tan colmado que ya no cabe nada más. Mi lugar de los recuerdos, o mejor de los desechos, está ahíto. Parecería una buena noticia: ya no hay espacio para el dolor. Pero no lo es. Si los desechos ya no tienen un sitio adonde ir, empiezan a colarse también donde no deben. Se meten en los sitios que acogen recuerdos distintos. El relato de aquel policía ha colmado definitivamente esa parte de mí que recuerda las peores cosas. Esas cosas que afloran de nuevo cuando crees que todo está yendo mejor, cuando se abre ante ti una luminosa mañana, cuando vuelves a casa, cuando piensas que en el fondo merecía la pena. En esos momentos, como una regurgitación, como una exhalación, de alguna parte resurgen recuerdos oscuros, tal como los residuos de un vertedero, enterrados bajo tierra, cubiertos de plástico, encuentran de un modo u otro su camino para salir a flote y envenenarlo todo. De ahí que precisamente en esa zona del cuerpo conserve el recuerdo de aquellas palabras. Y es inútil buscar su latitud exacta, porque, aunque encontrara ese sitio, no serviría de nada apretarlo entre los puños, acuchillarlo, estrujarlo para hacer salir palabras como pus de una ampolla. Todo está allí. Todo debe quedarse allí. Y punto.

El policía me contaba que el chico, su informador, había escuchado la única lección que merece la pena escuchar y la había grabado a hurtadillas. No para traicionar, sino para volverla a escuchar a solas. Una lección acerca de cómo hay que estar en el mundo. Y se la había hecho escuchar toda: un auricular en su oreja, el otro en la del chico, que con el corazón a mil había puesto en marcha el audio del discurso.

—Ahora tú escribe sobre ello, veamos si alguien se cabrea… Si es así significa que esta historia es cierta y tenemos confirmación. Si escribes sobre ello y nadie hace nada, entonces, o es una gran bola de algún actor de serie B y nuestro chicano nos ha tomado el pelo, o bien… nadie se cree las chorradas que escribes, y en ese caso estamos jodidos.

Y se echó a reír. Yo asentí. No prometía nada, trataba de entender. El que dio aquella presunta lección habría sido un viejo capo italiano, delante de un consejo de chicanos, italianos, italoamericanos, albaneses y excombatientes kaibiles, los legionarios guatemaltecos. Al menos eso decía el chico. Nada de informaciones, cifras y detalles. Nada que se aprendiera de mala gana. Entras en una habitación de una forma y sales de otra. Llevas la misma ropa, llevas el mismo corte de pelo, llevas los pelos de la barba igual de largos. No tienes señales de adiestramiento, cortes en los arcos supraciliares o la nariz rota, no te han lavado el cerebro con sermones. Entras, y a primera vista sales igual a como eras cuando te empujaron dentro. Pero igual sólo por fuera. Por dentro todo es distinto. No te han revelado la verdad última, sino que simplemente han puesto en su sitio exacto unas cuantas cosas. Cosas que hasta aquel momento no habías sabido cómo utilizar, que no habías tenido el coraje de abrir, de acomodar, de observar.

El policía me leía de una agenda la transcripción que se había hecho del discurso. Se habían reunido en una habitación, no muy lejos de donde estamos ahora. Sentados al azar, sin ningún orden, no en forma de herradura como en las funciones rituales de afiliación. Sentados como uno se sienta en los círculos recreativos de los pueblos de provincias del sur de Italia o en los restaurantes de Arthur Avenue, para ver un partido de fútbol en televisión. Pero en aquella habitación no había ningún partido de fútbol ni ninguna reunión entre amigos, todos eran gente afiliada con distintos grados a las organizaciones criminales. El viejo italiano se levantó. Sabían que era hombre de honor y que había venido a Estados Unidos después de haber vivido mucho tiempo en Canadá. Empezó a hablar sin presentarse; no había motivo. Hablaba una lengua espuria, italiano mezclado con inglés y español, y a veces empleaba el dialecto. Me habría gustado saber su nombre, así que probé a preguntárselo al policía fingiendo una curiosidad momentánea y casual. El policía no intentó siquiera contestarme. Sólo se oyeron las palabras del capo.

“El mundo de los que creen que se puede vivir con la justicia, con las leyes iguales para todos, con un buen trabajo, la dignidad, las calles limpias, las mujeres iguales a los hombres, es sólo un mundo de maricas que creen que pueden engañarse a sí mismos. Y también a quienes les rodean. Las chorradas sobre el mundo mejor dejémoselas a los idiotas. Los idiotas ricos que se compran ese lujo. El lujo de creer en el mundo feliz, en el mundo justo. Ricos con sentimiento de culpa o con algo que esconder. Who rules just does it, and that’s it. Quien manda lo hace y basta. O bien puede decir, en cambio, que manda por el bien, por la justicia, por la libertad. Pero ésas son cosas de mujeres, dejémoselas a los ricos, a los idiotas. Quien manda, manda. Y punto.”

Traté de preguntar cómo iba vestido, cuántos años tenía. Preguntas de poli, de cronista, de curioso, de obsesivo, que cree que con esos detalles puede deducir la tipología del capo que pronuncia esa clase de discurso. Mi interlocutor me ignoró y continuó. Yo lo escuchaba y tamizaba las palabras como si fueran arena para encontrar la pepita, el nombre. Escuchaba aquellas palabras, pero buscando otra cosa. Buscando indicios.

—Quería explicarles las reglas, ¿comprendes? —me dijo el policía—. Quería que les entraran bien adentro. Yo estoy seguro de que éste no ha mentido. Garantizo que el mexicano no es un cabrón. Juro sobre mi alma por la suya, aunque nadie me crea.

Volvió a mirar la agenda y siguió leyendo.

“Las reglas de la organización son las reglas de la vida. Las leyes del Estado son las reglas de una parte que quiere joder a la otra. Y nosotros no nos dejamos joder por nadie. Hay quien hace dinero sin riesgos, y esos señores siempre tendrán miedo de quien, en cambio, el dinero lo hace arriesgándolo todo. If you risk all, you have all, ¿estamos? Si piensas en cambio que te tienes que proteger o que puedes librarte sin cárcel, sin escapar, sin esconderte, entonces es mejor aclararlo pronto: no eres un hombre. Y si no sois hombres, salid de inmediato de esta habitación y tampoco nos esperéis, que por más que os hagáis hombres, jamás de los jamases seréis hombres de honor.”

El policía me miró. Sus ojos eran dos rendijas, entornados como para concentrarse en aquello que recordaba muy bien: había leído y escuchado aquel testimonio decenas de veces.

“¿Crees en el amor? El amor se acaba. ¿Crees en tu corazón? El corazón se detiene. ¿No? ¿No amor y no corazón? ¿Entonces crees en el coño?  Pero hasta el coño después de un tiempo se seca. ¿Crees en tu mujer? En cuanto se te acabe el dinero te dirá que la descuidas. ¿Crees en los hijos? En cuanto dejes de darles dinero dirán que no los quieres. ¿Crees en tu madre? Si no le haces de niñera dirá que eres un hijo ingrato.

Escucha lo que digo: tienes que vivir. Hay que vivir para uno mismo. Es por uno mismo por lo que hay que saber ser respetado y luego respetar. La familia. Respetar a quien os sirve y despreciar a quien no sirve. El respeto lo conquista quien puede daros algo, lo pierde el que es inútil. ¿Acaso no sois respetados por quien quiere algo de vosotros? ¿Por quien os tiene miedo? ¿Y cuando no podéis dar nada? ¿Cuando ya no tenéis nada? ¿Cuando ya no servís? Se os considera ba- sura. Cuando no podéis dar nada, no sois nada.”

—Yo —me dijo el policía— he deducido que el capo, el italiano, era alguien que contaba, alguien que conocía la vida. Que la conocía de verdad. El mexicano no puede haber grabado ese discurso él solo. El chicano fue al colegio hasta los dieciséis años y lo pescaron en una timba en Barcelona. Y el calabrés de este tío ¿cómo iba a inventárselo un actor o un fanfarrón? Que si no fuera por la abuela de mi mujer tampoco yo habría entendido esas palabras.

Yo había escuchado ya discursos de filosofía moral mafiosa a decenas en las declaraciones de los arrepentidos, en las escuchas policiales. Pero éste tenía una característica insólita, se presentaba como un adiestramiento del alma. Era una crítica de la razón práctica mafiosa.

“Yo os hablo, y alguno de vosotros hasta me cae simpático. A algún otro, en cambio, le partiría la cara. Pero hasta al más simpático de vosotros, si tiene más coños y dinero que yo, lo prefiero muerto. Si uno de vosotros se convierte en mi hermano y yo lo elijo en la organización como mi igual, el destino es indudable, intentará joderme. Don’t think a friend will be forever a friend. Seré asesinado por alguien con quien he compartido comida, sueño, todo. Seré asesinado por quien me ha dado refugio, por quien me ha escondido. No sé quién será, de lo contrario ya lo habría eliminado. Pero sucederá. Y si no me mata, me traicionará. La regla es la regla. Y las reglas no son las leyes. Las leyes son para los cobardes. Las reglas son para los hombres. Por eso nosotros tenemos reglas de honor. Las reglas de honor no te dicen que tienes que ser justo, bueno, correcto. Las reglas de honor te dicen cómo se manda. Qué tienes que hacer para manejar gente, dinero, poder. Las reglas de honor te dicen qué hacer si quieres mandar, si quieres joder al que tienes encima, si no quieres que te joda el que tienes debajo. Las reglas de honor no hay que explicarlas. Están y basta. Se han hecho solas con la sangre y en la sangre de cada hombre de honor. ¿Cómo puedes elegir?”

Aquella pregunta iba por mí? Busqué la respuesta más justa. Pero esperé prudentemente antes de hablar, pensando que quizá el policía todavía estaba repitiendo las palabras del capo.

“¿Cómo puedes elegir en pocos segundos, en pocos minutos, en pocas horas lo que tienes que hacer? Si eliges mal, pagas durante años una decisión tomada en cuestión de nada. Las reglas están, están siempre, pero has de saber reconocerlas y has de saber cuándo rigen. Y luego las leyes de Dios. Las leyes de Dios están dentro de las reglas. Las leyes de Dios: pero las verdaderas, no las utilizadas para hacer temblar a un pobre infeliz. Pero recordad esto: pueden existir todas las reglas de honor que queráis, pero sólo cabe una certeza. Sois hombres si dentro de vosotros sabéis cuál es vuestro destino. Un pobre infeliz se arrastra para estar cómodo. Los hombres de honor saben que todo muere, que todo pasa, que nada permanece. Los periodistas empiezan con ganas de cambiar el mundo y terminan con ganas de llegar a ser directores. Es más fácil condicionarlos que corromperlos. Cada cual vale sólo para sí y para la Onorata Società.  Y la Onorata Società te dice que sólo cuentas si mandas. Después, puedes elegir la forma. Puedes controlar con dureza o puedes comprar el consentimiento. Puedes mandar sacando sangre o dándola. La Onorata Società sabe que todo hombre es débil, vicioso, vanidoso. Sabe que el hombre no cambia, y por eso la regla lo es todo. Los vínculos basados en la amistad sin la regla no son nada. Todos los problemas tienen una solución, desde tu mujer que te deja hasta tu grupo que se divide. Y esa solución sólo depende de cuánto ofrezcas. Si os va mal es sólo porque habéis ofrecido poco, no lo suficiente, no busquéis otras motivaciones.”

Parecía un seminario para aspirantes a capos. Pero ¿cómo era posible?

“Se trata de saber quién quieres ser. Si atracas, disparas, violas, traficas, ganarás durante un tiempo, luego te cogerán y te machacarán. Puedes hacerlo. Sí, puedes hacerlo. Pero no por mucho tiempo, porque no sabes qué puede pasarte, las personas sólo te temerán si les metes la pistola en la boca. Pero ¿y en cuanto te des la vuelta? ¿En cuanto un atraco salga mal? Si eres de la organización, sabes en cambio que cada cosa tiene una regla. Si quieres ganar hay maneras de hacerlo, si quieres matar hay motivos y métodos, si quieres abrirte paso puedes, pero tienes que ganarte el respeto, la confianza, y hacerte indispensable. Hay reglas incluso si quieres cambiar las reglas. Cualquier cosa que hagas al margen de las reglas no puedes saber cómo acabará. Cualquier cosa que hagas que siga las reglas de honor, en cambio, sabes exactamente adónde te llevará. Y sabes exactamente cuáles serán las reacciones de los que te rodean. Si queréis ser hombres normales y corrientes seguid igual. Si queréis convertiros en hombres de honor debéis tener reglas. Y la diferencia entre un hombre normal y corriente y un hombre de honor es que el hombre de honor siempre sabe lo que pasa, y al hombre normal y corriente le da por culo el azar, la mala suerte, la estupidez. Le pasan cosas. En cambio, el hombre de honor sabe que esas cosas pasan y prevé cuándo. Sabes exactamente lo que te incumbe y lo que no, sabrás exacta- mente hasta dónde podrás llegar incluso si quieres llegar más allá de toda regla. Todos quieren tres cosas: poder, pussy y dinero. Hasta el juez cuando condena a los malos, y también los políticos, que quieren dinero, pussy y poder, pero lo quieren obtener mostrándose indispensables, defensores del orden o de los pobres o de quién sabe qué otra cosa. Todos quieren money diciendo que quieren otra cosa o haciendo cosas por los demás. Las reglas de la Onorata Società son reglas para mandar sobre todos. La Onorata Società sabe que puedes tener poder, pussy y dinero, pero sabe que el hombre que sabe renunciar a todo es el que decide sobre la vida de todos. La cocaína. La cocaína es esto: all you can see, you can have it. Sin cocaína no eres nadie. Con la cocaína puedes ser como quieras. Si esnifas cocaína te jodes con tus propias manos. Si no estás en la organización nada del mundo existe. La organización te da las reglas para subir en el mundo. Te da las reglas para matar y te da también las que te dicen cómo te matarán.

¿Quieres llevar una vida normal?
¿Quieres no contar para nada? Puedes. Basta con no ver, con no oír. Pero recordad una cosa: en México, donde puedes hacer lo que quieras, drogarte, follarte a niñas, subirte a un coche y correr tan rápido como te apetezca, sólo manda de verdad quien tiene reglas. Si hacéis pendejadas no tenéis honor, y si no tenéis honor no tenéis poder. Sois como todos.”

Luego el policía señaló con el dedo:
—Mira, mira aquí… 2013me indicó una página de su agenda especialmente maltratada2013. Éste quería explicarlo absolutamente todo. Cómo hay que vivir, no cómo ser un mafioso. Cómo hay que vivir.

“Trabajas, y mucho. You have some money, algo de dinero. A lo mejor tendrás mujeres bonitas. Pero luego las mujeres te dejan por uno más guapo y con más dinero que tú.

Podrás llevar una vida decente, poco probable. O quizá una vida asquerosa, como todos. Cuando termines en la cárcel los de fuera te insultarán, los que se consideran limpios, pero habrás mandado. Te odiarán, pero te habrás comprado el afecto y todo lo que querías. Tendrás a la organización contigo. Puede suceder que durante un tiempo sufras y tal vez te maten. Es evidente que la organización está con el más fuerte. Podéis escalar montañas con reglas de carne, sangre y dinero. Si os volvéis débiles, si os equivocáis, os joderán. Si lo hacéis bien, os recompensarán. Si os equivocáis al aliaros os joderán, si os equivocáis al hacer la guerra os joderán, si no sabéis mantener el poder os joderán. Pero esas guerras son lícitas, are allowed. Son nuestras guerras. Podéis ganar y podéis perder. Pero sólo en un caso perderéis siempre y del modo más doloroso posible. Si traicionáis. Quien intenta ponerse en contra de la organización no tiene esperanza de vida. Se puede huir de la ley, pero no de la organización. Se puede huir hasta de Dios, que, total, Dios espera siempre al hijo huido. Pero no se puede huir de la organización. Si traicionas y huyes, si te joden y huyes, si no res- petas las reglas y huyes, alguien pagará por ti. They will look for you. They will go to your family, to your allies. Estarás para siempre en la lista. Y nada podrá borrar jamás tu nombre. Nor time, nor money. Estás jodido para siempre, tú y tu descendencia.”

El policía cerró la agenda.
—El chico salió como de un trance —dijo.

Recordaba de memoria las últimas palabras del mexicano: “¿Y yo ahora no estoy traicionándoles dejándote escuchar esas palabras?”

—Escribe sobre ello —añadió el policía—. Nosotros no lo perdemos de vista. Le pongo tres hombres pegados al culo, las veinticuatro horas del día. Si alguien intenta acercarse a él sabremos que no ha contado tonterías, que esta historia no era una payasada, que el que hablaba era un verdadero jefe.

Aquel relato me asombró. En mi tierra siempre lo han hecho así. Pero me resultaba extraño oír aquellas mismas palabras en Nueva York. En mi tierra no te afilias sólo por dinero, te afilias sobre todo para formar parte de una estruc- tura, para actuar como en un tablero de ajedrez. Para saber exactamente qué peón mover y en qué momento. Para re- conocer cuándo te han hecho jaque. O cuándo eres un alfil y tú y tu caballo habéis jodido al rey.

—Creo que es peligroso —le dije.
—Hazlo —insistió él.
—No creo —respondí.

No paraba de dar vueltas en la cama. No podía dormir.
No me había impresionado el relato en sí. Era toda la cadena la que me había dejado perplejo. Habían contactado conmigo para que escribiera el relato de un relato de un relato. La fuente, me refiero exactamente al viejo capo italiano, me parecía instintivamente fiable. En parte porque, cuando estás lejos de la propia tierra que habla tu lengua, me refiero exactamente a tu lengua, con los mismos códigos, las mismas locuciones, los mismos vocablos, las mismas omisiones, lo reconoces de inmediato como uno de los tuyos, como alguien a quien puedes escuchar. Luego porque aquel discurso se había producido en el momento exacto, justo delante de la gente que debía escucharlo. De ser verídicas, aquellas palabras señalarían el más temible de los cambios de rumbo posibles.

Fuente: http://www.gatopardo.com/ReportajesGP.

Juan Villoro rechaza el consumo y materialismo actuales

Lo que une en buena medida al planeta es este interés monetario que me parece vacío y banal’, dice el escritor y periodista mexicano

PANAMÁ, PANAMÁ (24/AGO/2014).- El escritor mexicano Juan Villoro, que trabaja en un libro de no ficción sobre la historia del crecimiento urbanístico de México, confesó este fin de semana en Panamá su rechazo a la manía consumista y materialista de estos tiempos.”Una cosa que me preocupa es que después de las utopías y las ilusiones de los años 60, el mundo se ha concentrado excesivamente en la materialización y en el consumo”, dijo Villoro.

Villoro, que participa en la X Feria Internacional del Libro (FIL) de Panamá, dedicada a México, consideró que esto es así ya que “los viejos sueños de transformar la sociedad, de llegar a situaciones más igualitarias y de tener una vida comunitaria más rica creo que se han abandonado y hemos entrado demasiado apasionadamente al ‘shoping'”.

En ese sentido, el autor mexicano remarcó que “lo que une en buena medida al planeta es este interés monetario que me parece vacío y banal, y la gente que se define por lo que tiene y no por lo que es”.

Sin embargo, en otra perspectiva, Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) dijo que le gusta la capacidad de comunicación que hoy en día se tiene y la velocidad de mantener contacto con personas que están distantes.

Admitió que jamás nadie pudo haber imaginado que se pudiera estar en comunicación directa con personas en Alaska, Indonesia y “en los más distintos confines del mundo a través de las redes”.

“Entonces creo que esta transformación de la información y esta conectividad es formidable, tiene sus defectos, pero me parece que es una de las cosas más interesante de nuestro tiempo”, apuntó.

El escritor y periodista mexicano, que acaba de publicar el libro “Balón dividido” (2014), que trata sobre su pasión por el futbol con “historias reales” de futbolistas contemporáneos, adelantó que prepara para 2015 una nueva publicación de no ficción sobre la historia del desarrollo urbanístico de Ciudad de México.

Explicó que este libro, titulado “El vértigo horizontal”, se compondrá de testimonios y crónicas sobre los 50 años de lo que dijo “es este fenómeno urbano único”.

“Pertenezco a una generación única que ha visto cómo su ciudad pasa de tener cuatro millones de habitantes a tener una cifra, que no podemos precisar exactamente pero que sería entre 18 y 20 millones” de habitantes.

“Nunca en la historia de la civilización -agregó- las ciudades había crecido de manera tan vertiginosa en tan poco tiempo”.

Destacó que haber sido testigo de todo este crecimiento y de cómo se ha reconfigurado todo ese espacio urbano le parece “apasionante”, aunque reconoció que su libro sobre este tema ha crecido un poco semejante a su ciudad “con mucho caos” y que tendrá que ponerle un “orden urbanístico”.

Según Villoro, este libro “creció como la misma ciudad” porque, indicó, “llevo 16 años escribiendo textos sobre la ciudad de México, todos ellos testimonios y memorias personales, es un libro sin ficción”.

Villoro, Premio Herralde de Novela por “El testigo” (2004) y Premio Internacional de Periodismo Manuel Vázquez Montalbán por su libro “Dios es redondo” (2006), asistió el viernes a la puesta en escena de su monólogo teatral “Conferencia sobre la lluvia” en la sala La Huaca del Centro de Convenciones Atlapa, sede de la Feria del Libro de Panamá, y que fue ovacionado por el público.

 
Fuente:http://www.informador.com.mx/cultura/2014/545210/6/juan-villoro-rechaza-el-consumo-y-materialismo-actuales.htm

 

‘Booktubers’, la pasión en vídeo por los libros

Cristina tiene veintidós años y vive en Barcelona, es una chica morena, con una sonrisa enorme y actualmente cursa estudios de inglés y español en la universidad. Como la mayoría de las personas en estos tiempos, confiesa no tener claro su futuro, pero ocurra lo que ocurra, tiene claro cómo quiere que sea: siempre entre libros.
Esta pasión por los libros la llevó hace unos años a abrir un blog sobre literatura, donde reseña libros y demuestra su afición a la lectura. Este año, inspirada por otras personas que, como ella, comparten su amor por la literatura y los libros con los demás, decidió comenzar a grabar vídeos sobre su gusto por leer, y los libros. En febrero de este año subió su primera grabación a YouTube: en ese momento comenzó a formar parte de la comunidad de lectores conocida como BookTubers.
Las booktubers son amantes de los libros que graban vídeos hablando de libros, y no solo de los libros, ni de la literatura que contienen, también de todos los actos que rodean al libro: desde el deseo y la espera, la compra, el regalo, la lectura, hasta el coleccionismo y el almacenamiento. Hablan del placer de leer, del placer de comprar, del placer de ordenar. Se quejan del exceso de deseo, de la falta de fondos, de la falta de espacio, de las malas ediciones, del exceso de novedades, de la falta de tiempo.
La comunidad es activa y amistosa, comparten libros físicos entre ellos, graban vídeos en común, se motivan unos a otros e incluso disfrutan y hablan de la comunidad misma, del hecho de ser booktuber, muestran con orgullo su pertenencia al grupo; y con razón.

Muestra lo que has comprado
El fenómeno booktuber viene una vez más de los países de habla inglesa, es difícil precisar cuándo y de quién nació pero parece ser un subgrupo de los Video Hauls. Haul significa botín, y hace más de seis años en YouTube comenzaron a aparecer vídeos de compradoras, principalmente de ropa, que se grababan mostrando su más reciente botín. Ya por ese entonces muchos aficionados a los productos electrónicos comenzaban a crear vídeos de Unboxing (grabaciones de la apertura de la caja de un producto mostrando todo lo que trae y cómo lo trae) y reseñas de productos comprados. Es muy probable que de esos vídeos de compras naciese el primer vídeo exclusivo de compras de libros, el primer Book Haul, un vídeo en el que una ávida lectora-compradora, muestra sus libros recién comprados y explica las razones que le han motivado a realizar la compra. Paralelamente en la blogosfera literaria existía el IMM (del inglés In My Mailbox: en mi buzón) una suerte de Book Haul que consistía en mostrar al menos una foto de la pila de libros adquiridos, tomados de una biblioteca o recibidos de una editorial; hoy en día la diferencia entre un vídeo de Book Haul y un vídeo de IMM es prácticamente solo una preferencia de terminología.

Montones de temáticas
Un ejemplo de Book Haul/IMM de parte de Ligeia (Laura) una de las booktubers más seguidas en España.
Los book hauls no son el único tema de la comunidad de booktubers, de hecho hay tantos temas diferentes, que es difícil que una booktuber realice un vídeo de temática libre, probablemente por la falta de tiempo, o quizás porque los temas son tan precisos y están tan probados por la experiencia, que cubren todos los aspectos del proceso de un libro en la vida de una lectora.
Siguiendo ese proceso cronológico del libro, una vez una booktuber ha grabado el vídeo de sus adquisiciones, no olvidemos que hablamos de personas que devoran libros, grabarán un vídeo de reseña de muchos de esos libros, una vídeo de reseña o crítica (Book review).
-May R. Ayamonte reseña El encanto del cuervo, de María Martínez.
No solo se comparte con la comunidad la lectura de un libro una vez hecha, en ocasiones se comparte el acto de la lectura con otra gente.
Lectoradetot, del canal y el blog Momentos de Silencio Compartido, comenta su experiencia en una lectura simultánea.
Una vez se ha terminado un mes de lectura, se hace un resumen o wrap up de los libros leídos ese mes.
Fly like a butterfly, una de las pioneras y de las más seguidas en español, comenta los últimos libros que ha leído en septiembre.
A veces no solo se habla de los libros adquiridos o los leídos, también de los que están en la lista de espera para ser leídos (TBR, del inglés to be read).
Para una amante de los libros el universo del libro tiene muchas facetas y no se deja de explorar ninguna. En una comunidad como esta se plantean retos de unas a otras, son los Book challenges y los Book Tags (Un tag es un “tú lo llevas” o un “te toca”, tu turno) y las cazas del tesoro, book scavenger hunts.
-Sara C., de Nube de palabras, una de tantas que toma el relevo del Book Tag El libro perdido.
Hay varias temáticas más, mostraremos un par más: los tours por la estantería (shelf tours).
Laspalabrasdefa, probablemente la booktuber más famosa e influyente en español, nos muestra su colección:

 

Andvari Leiton, nos lee un extracto de una novela; nos regala un suvenir literario:
Si estás buscando una manera amena y fiable de encontrar tu próxima lectura, si quieres una reseña del libro que te han recomendado, o simplemente quieres compartir tu pasión por los libros y la lectura, sigue a estas y muchas otras booktubers.
En nuestro canal de YouTube podrás encontrar una selección de nuestra booktubers favoritas en español.
Puedes seguirlas en Twitter a través de nuestra lista de Booktubers.
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Además en Facebook puedes seguir a la comunidad de Booktube en español y en concreto la de Booktubers chilenos.

Fuente: http://escritoras.com/

“Casa tomada”, de Julio Cortázar,

“Casa tomada”, de Julio Cortázar, fue elogiado por José Donoso en la entrevista que le hizo Mempo Giardinelli para Así se escribe un cuento (Suma de Letras, 2003, página 237). “Casa tomada”apareció por primera vez en la revista Anales de Buenos Aires, publicada por Jore Luis Borges, y luego fue incluida en el libro Bestiario, en 1951.
CASA TOMADA
(cuento)
Julio Cortázar

Julio Cortázar
Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

Cuento: ‘Deir Yassin’

Deir Yassin una de las primeras masacres a mano de la banda sionista Irgún y Stern del 9 al 11 de abril de 1948 y el principio de la ocupación sionista del territorio palestino.

Una  mujer palestina sostiene la llave de su casa de la que fue expulsada durante la Nakba de 1948. (Foto: AFP – Hazem Bader)

Los nueve de abril, Abu Omar no iba a trabajar. Se levantaba al amanecer y emprendía el camino desde el campamento Aida hacia Deir Yassin. Abandonaba la carretera y se introducía por entre las colinas esquivando piedras y matorrales. No podía aproximarse a la aldea. Los caminos permanecían vigilados. Los soldados incursionaban constantemente en el lugar y él no estaba de humor para que lo hostigasen. Prefería pasar algún tiempo oculto en las cuevas de los cerros, hasta ver la senda despejada y entonces reanudaba el viaje. Después de varias horas de andar por entre los montes, sentía cómo los rayos del sol golpeaban con fuerza su cabeza. A cada paso, el calor y el cansancio se apoderaban de sus pies y lo agobiaba pensar en emprender el viaje de regreso.

Año tras año, en la entrada de la aldea, a la misma hora, lo esperaban dos hombres, que al igual que él, habían sobrevivido al exterminio. Intentaban ver su hogar otra vez. Ahora, en el lugar jugaban y reían otros niños y alrededor de las mismas mesas en las que ellos comieron, se reunían colonos israelíes, que los encañonaban obligándolos a retirarse. Entonces se les hacía más difícil el retorno a la vida que les habían impuesto.

Un nueve de abril hacía veintiséis años, en el hogar de Abu Omar, la tetera hervía y las camas estaban sin hacer. Su mujer esperaba un nuevo hijo y el otro tenía dos años. Sobre la mesa había; aceitunas, queso de oveja, aceite de oliva, zahtar, una paila de carne con tomates y cebolla y el pan árabe recién horneado sobre la panera. Después de desayunar, Abu Omar besó al hijo que dormía y se dispuso a ir a su oficina de contabilidad. Él había estudiado en Beirut, para encargarse de la empresa familiar cuando eran los tiempos de bonanza. Ya habían transcurrido algunos años desde que se comercializara el salitre proveniente de Chile para los campos de naranjales de exportación de la zona de Gaza y Yafa.
En ese minuto, la banda Irgun irrumpió en su casa. Eran fuerzas uniformadas, adolescentes armados con pistolas, ametralladoras, bombas y cuchillos. Dos hombres inmovilizaron a Abu Omar que intentó soltarse. Gritó, pidió ayuda, mientras lo acallaban a culatazos y a puntapiés. Registraron la casa, voltearon los muebles y bajo una cama encontraron al hijo de Abu Omar, temblando y mojado en su propia orina. Lo arrastraron del pelo y tiraron el mantel de la mesa. Los trastos y la comida cayeron al suelo. Después pusieron al niño sobre el mueble y una muchacha de ojos enrojecidos, lo degolló de un solo tajo. La madre gritaba desesperada. Invocaba a Dios mientras afirmaba su vientre y miraba aterrada a su esposo. Abu Omar logró soltarse y abrazó el cuerpo de su hijo, mientras veía la sangre caer al suelo. Los soldados lo golpearon hasta aturdirlo y afirmándolo de los brazos, fue obligado a ver cómo un uniformado vació el arma en la cabeza de Um Omar y luego le abrió el vientre sacándole el bebé que aún se movía. El soldado les mostró a los demás su arma que escurría sangre.
Desnudaron a Abu Omar, lo subieron a un camión junto a dos hombres para ser exhibidos en los poblados próximos. A su paso vio muchos cuerpos tirados, mujeres, niños, hombres, ancianos; los estaban degollando. Una delegación de de la Cruz Roja internacional encabezada por Jack Rinier representante de la organización en Jerusalén intentaba entrar a la aldea. A pesar que él ubicaba a Jack, no advirtió su presencia, sólo tenía en la cabeza las imágenes de los asesinos de su familia. Y en ese minuto dejó de ser creyente.
El camión avanzó hacia los poblados de los alrededores. La noticia de lo ocurrido en Deir Yassin se había esparcido. Por megáfono, los soldados ordenaron a la gente abandonar el lugar, amenazando con iniciar la operación limpieza. La personas huyeron despavoridas. Algunos cargaron almohadas que confundieron con los bebés. Llevaban las llaves de sus casas colgando al cuello, para regresar cuando todo se calmase.
Cientos de miles de familias se encaminaron hacia los países fronterizos.
Ya había anochecido. Abu Omar regresó al campamento Aida. Se disponía a dormir cuando los vecinos tocaron la puerta en forma insistente. Que cubriera los vidrios con diarios, que apagara las luces. “Los helicópteros se acercan, se escucha el ruido de los motores” gritaban. Abu Omar no sabía cuánto iba a durar esta vez la incursión del ejército israelí por Beit Jala. Fue a buscar el pan que guardaba tostado para estas ocasiones y algunas latas de conservas. Cerró la puerta de un golpe y pensó “el ser humano se acostumbra a todo… a todo; eso es lo que ellos creen”.

Sobre la autora: Farha Nasra es escritora y Licenciada en Artes Plásticas. Ha participado en exposiciones pictóricas. Desde hace 10 años figura en antologías de cuentos. Investigadora literaria. Autora de artículos de actualidad. Deir Yassin es un cuento que retrata ese capitulo de historia Palestina y sirvió de inspiración para uno de los capítulos de su novela El rugir de las piedras.