Los 100 libros que nunca vas a poder leer…

Margaret Atwood y Katie PatersonAtwood tiene libertad de escribir el número de palabras que quiera sobre el tema que prefiera, pero el texto no debe circular ni publicarse hasta 2114.

Margaret Atwood, autora de “El asesino ciego”, “Alias Grace” y “El cuento de la criada”, está trabajando en una obra de ficción.

Para 2015, la obra estará terminada. Pero no podrás leerla. Tus hijos, con suerte, puede que sí.

Creo que es algo que nos retrotrae a esa faceta de la infancia, cuando uno solía esconder pequeñas cosas en el jardín, con la esperanza de que alguien en el futuro las desenterrara y dijera: ‘¡Qué interesante este trozo de metal oxidado, esta bolsa de pelotitas! ¿Me pregunto quién las habrá dejado allí?’

Margaret Atwood, escritora canadiense

Y es que el texto que está escribiendo esta escritora canadiense, ganadora del Premio Booker, uno de los galardones literarios más prestigiosos del mundo de habla inglesa, no verá la luz hasta dentro de 100 años.

No se trata exactamente de un capricho (o sí): el texto de Atwood es el primero de los 100 que formarán parte de “Biblioteca futura”, un proyecto de la artista escocesa Katie Paterson que se propone crear una biblioteca con cien textos inéditos de escritores, científicos y filósofos de ésta y futuras generaciones que serán revelados en 2114.

¿Qué se siente al escribir un libro que nadie podrá leer mientras quien lo escribe está vivo?

“Creo que es algo que nos retrotrae a esa faceta de la infancia, cuando uno solía esconder pequeñas cosas en el jardín, con la esperanza de que alguien en el futuro las desenterrara y dijera: ‘¡Qué interesante este trozo de metal oxidado, esta bolsa de pelotitas! ¿Me pregunto quién las habrá dejado allí?'”, dice Margaret Atwood, feliz al menos de poder evitarse “ese momento en que si las críticas son buenas, el crédito se lo lleva el editor y si son malas, es todo culpa de uno”.

¿Latinoamericanos?

Cada año hasta 2114, una comisión de expertos literarios -en la que Paterson participará mientras viva- nominará a un autor para que escriba un texto.

Cada uno puede escribir lo que quiera, “el largo de la obra depende también de lo que decida el autor. Desde un cuento corto hasta una novela, en cualquier idioma y en cualquier contexto”, explica Paterson.

“Lo único que les pedimos es que tenga que ver con tema del tiempo y la imaginación”, añade.

Hay otra condición: el manuscrito debe ser entregado al cabo de un año desde que el autor recibió la invitación y no puede ser publicado ni circulado hasta su publicación en 2114.

El largo de la obra depende también de lo que decida el autor. Desde un cuento corto hasta una novela, en cualquier idioma y en cualquier contexto

Katie Paterson, creadora de “Biblioteca Futura”

¿Algún latinoamericano en la colección?

“Hay muchos grandes escritores de América Latina”, le dice a BBC Mundo Anne Beate Hovind, directora artística de Bjørvika Utvikling, la organización noruega que comisionó el proyecto, “pero si tenemos en mente a alguno o no, no podría decir, vamos paso a paso. Todavía ni siquiera empezamos a buscar al escritor para el año próximo”.

Un bosque con futuro literario

Al tiempo que va creciendo la “Bibliotecta futura”, también lo van haciendo los árboles que aportarán el papel donde se imprimirán los textos.

Son mil, recién plantados en un bosque en las afueras de Oslo, y los manuscritos que deben esperar un siglo para su publicación permanecerán bajo custodia en una sala creada especialmente para este propósito en la Biblioteca Pública Deichmanske, en la capital, que será inaugurada en unos cuatro años.

Un proyecto de estas características supone una apuesta seria al futuro.

“En esencia, ‘Biblioteca Futura’ es un proyecto esperanzador, confía en que habrá un bosque, un libro y un lector dentro de cien años”, señala Paterson.

Sería genial leer los textos, pero al mismo tiempo es un honor pasarle un tesoro como éste a mis tataranietos

Anne Beate Hovind, directora artística de Bjørvika Utvikling

Y aunque la idea de trabajar en un proyecto del cual uno no podrá ver sus frutos puede parecer frustrante, Anne Beate Hovind no lo ve así.

“Sería genial leer los textos, pero al mismo tiempo es un honor pasarle un tesoro como éste a mis tataranietos”, le dice a BBC Mundo.

“Les contaré la increíble historia de esta idea y me aseguraré de que la transmitan. Esto me parece tan bueno como poder leer los libros en cien años”.

Laura Plitt

BBC Mundo

 

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REGRESO A BABILONIA (cuento)

REGRESO A BABILONIA

(cuento)

Francis Scott Fitzgerald

–¿Y dónde está el señor Campbell? –preguntó Charlie.

–Se ha ido a Suiza. El señor Campbell está muy enfermo, señor Wales.

–Lamento saberlo. ¿Y George Hardt? –preguntó Charlie.

–Ha vuelto a América, a trabajar.

–¿Y qué ha sido del Pájaro de las Nieves?

–Estuvo aquí la semana pasada. De todas maneras, su amigo, el señor Schaeffer, está en París.

Dos nombres conocidos entre la larga lista de hacía año y medio. Charlie garabateó una dirección en su agenda y arrancó la página.

–Si ve al señor Schaeffer, déle esto –dijo–. Es la dirección de mi cuñado. Todavía no tengo hotel.

La verdad es que no sentía demasiada decepción por encontrar París tan vacío. Pero el silencio en el bar del hotel Ritz resultaba extraño, portentoso. Ya no era un bar americano: Charlie lo encontraba demasiado encopetado; ya no se sentía allí como en su casa. El bar había vuelto a ser francés. Había notado el silencio desde el momento en que se apeó del taxi y vio al portero, que a aquellas horas solía estar inmerso en una actividad frenética, charlando con un chasseur junto a la puerta de servicio. En el pasillo sólo oyó una voz aburrida en los aseos de señoras, en otro tiempo tan ruidosos. Y cuando entró en el bar, recorrió los siete metros de alfombra verde con los ojos fijos, mirando al frente, según una vieja costumbre; y luego, con el pie firmemente apoyado en la base de la barra del bar, se volvió y examinó la sala, y sólo encontró en un rincón una mirada que abandonó un instante la lectura del periódico. Charlie preguntó por el jefe de camareros, Paul, que en los últimos días en que la Bolsa seguía subiendo iba al trabajo en un automóvil fuera de serie, fabricado por encargo, aunque lo dejaba, con el debido tacto, en una esquina cercana. Pero aquel día Paul estaba en su casa de campo, y fue Alix el que le dio toda la información.

–Bueno, ya está bien –dijo Charlie–, voy a tomarme las cosas con calma.

Alix lo felicitó:

–Hace un par de años iba a toda velocidad.

–Todavía aguanto perfectamente –aseguró Charlie–. Llevo aguantando un año y medio.

–¿Qué le parece la situación en Estados Unidos?

—Llevo meses sin ir a América. Tengo negocios en Praga, donde represento a un par de firmas. Allí no me conocen.

Alix sonrió.

–¿Recuerda la noche de la despedida de soltero de George Hardt? –dijo Charlie—. Por cierto, ¿qué ha sido de Claude Fessenden?

Alix bajó la voz, confidencial:

–Está en París, pero ya no viene por aquí. Paul no se lo permite. Ha acumulado una deuda de treinta mil francos, cargando en su cuenta todas las bebidas y comidas y, casi a diario, también las cenas de más de un año. Y cuando Paul le pidió por fin que pagara, le dio un cheque sin fondos.

Alix movió la cabeza con aire triste.

–No lo entiendo; era un verdadero dandy. Y ahora está hinchado, abotargado… –Dibujó con las manos una gorda manzana.

Charlie observó a un estridente grupo de homosexuales que se sentaban en un rincón.

“Nada les afecta”, pensó. “Las acciones suben y bajan, la gente haraganea o trabaja, pero ésos siguen como siempre”.

El bar lo oprimía. Pidió los dados y se jugó con Alix la copa.

–¿Estará mucho tiempo en París, señor Wales?

–He venido a pasar cuatro o cinco días, para ver a mi hija.

–¡Ah! ¿Tiene una hija?

En la calle los anuncios luminosos rojos, azul de gas o verde fantasma fulguraban turbiamente entre la lluvia tranquila. Se acababa la tarde y había un gran movimiento en las calles. Los bistros relucían. En la esquina del Boulevard des Capucines tomo un taxi. La Place de la Concorde apareció ante su vista majestuosamente rosa; cruzaron el lógico Sena, y Charlie sintió la imprevista atmósfera provinciana de la Rive Gauche.

Le pidió al taxista que se dirigiera a la Avenue de l’Opera, que quedaba fuera de su camino. Pero quería ver cómo la hora azul se extendía sobre la fachada magnífica, e imaginar que las bocinas de los taxis, tocando sin fin los primeros compases de La plus que lente, eran las trompetas del Segundo Imperio. Estaban echando las persianas metálicas de la librería Brentano, y ya había gente cenando tras el seto elegante y pequeño burgués del restaurante Duval. Nunca había comido en París en un restaurante verdaderamente barato: una cena de cinco platos, cuatro francos y medio, vino incluido. Por alguna extraña razón deseó haberlo hecho.

Mientras seguían recorriendo la Rive Gauche, con aquella sensación de provincianismo imprevisto, pensaba: “Para mí esta ciudad está perdida para siempre, y yo mismo la eché a perder. No me daba cuenta, pero los días pasaban sin parar, uno tras otro, y así pasaron dos años, y todo había pasado, hasta yo mismo”.

Tenía treinta y cinco años y buen aspecto. Una profunda arruga entre los ojos moderaba la expresividad irlandesa de su cara. Cuando tocó el timbre en casa de su cuñada, en la Rue Palatine, la arruga se hizo más profunda y las cejas se curvaron hacia abajo; tenía un pellizco en el estómago. Tras la criada que abrió la puerta surgió una adorable chiquilla

de nueve años que gritó: “¡Papaíto!”, y se arrojó, agitándose como un pez, entre sus brazos. Lo obligó a volver la cabeza, cogiéndolo de una oreja, y pegó su mejilla a la suya.

–Mi cielo –dijo Charlie.

–¡Papaíto, papaíto, papaíto, papi!

La niña lo llevó al salón, donde esperaba la familia, un chico y una chica de la edad de su hija, su cuñada y el marido. Saludó a Marion, intentando controlar el tono de la voz para evitar tanto un fingido entusiasmo como una nota de desagrado, pero la respuesta de ella fue más sinceramente tibia, aunque atenuó su expresión de inalterable desconfianza dirigiendo su atención hacia la hija de Charlie. Los dos hombres se dieron la mano amistosamente y Lincoln Peters dejó un momento la mano en el hombro de Charlie.

La habitación era cálida, agradablemente americana. Los tres niños se sentían cómodos, jugando en los pasillos amarillos que llevaban a las otras habitaciones; la alegría de las seis de la tarde se revelaba en el crepitar del fuego y en el trajín típicamente francés de la cocina. Pero Charlie no conseguía serenarse; tenía el corazón en vilo, aunque su hija le transmitía tranquilidad, confianza, cuando de vez en cuando se le acercaba, llevando en brazos la muñeca que él le había traído.

–La verdad es que perfectamente –dijo, respondiendo a una pregunta de Lincoln–. Hay cantidad de negocios que no marchan, pero a nosotros nos va mejor que nunca. En realidad, maravillosamente bien. El mes que viene llegará mi hermana de América para ocuparse de la casa. El año pasado tuve más ingresos que cuando era rico. Ya sabes, los checos…

Alardeaba con un propósito preciso; pero, un momento después, al adivinar cierta impaciencia en la mirada de Lincoln, cambió de tema:

–Tenéis unos niños estupendos, muy bien educados.

–Honoria también es una niña estupenda.

Marion Peters volvió de la cocina. Era una mujer alta, de mirada inquieta, que en otro tiempo había poseído una belleza fresca, americana. Charlie nunca había sido sensible a sus encantos y siempre se sorprendía cuando la gente hablaba de lo guapa que había sido. Desde el principio los dos habían sentido una mutua e instintiva antipatía.

–¿Cómo has encontrado a Honoria? —preguntó Marion.

–Maravillosa. Me ha dejado asombrado lo que ha crecido en diez meses. Los tres niños tienen muy buen aspecto.

–Hace un año que no llamamos al médico. ¿Cómo te sientes al volver a París?

–Me extraña mucho que haya tan pocos americanos.

–No quieres un cóctel antes de la cena? —preguntó Lincoln.

–Sólo tomo una copa por las tardes, y por hoy ya está bien.

–Espero que te dure —dijo Marion.

La frialdad con que habló demostraba hasta qué punto le desagradaba Charlie, que se limitó a sonreír. Tenía planes más importantes. La extraordinaria agresividad de Marion le daba cierta ventaja, y podía esperar. Quería que fueran ellos los primeros en hablar del asunto que, como sabían perfectamente, lo había llevado a París.

Durante la cena no terminó de decidir si Honoria se parecía más a él o a su madre. Sería una suerte si no se combinaban en ella los rasgos de ambos que los habían llevado al desastre. Se apoderó de Charlie un profundo deseo de protegerla. Creía saber lo que tenía que hacer por ella. Creía en el carácter; quería retroceder una generación entera y volver a confiar en el carácter como un elemento eternamente valioso. Todo lo demás se estropeaba.

Se fue enseguida, después de la cena, pero no para volver a casa. Tenía curiosidad por ver París de noche con ojos más perspicaces y sensatos que los de otro tiempo. Fue al Casino y vio a Josephine Baker y sus arabescos de chocolate.

Una hora después abandonó el espectáculo y fue dando un paseo hacia Montmartre, subiendo por Rue Pigalle, hasta la Place Blanche. Había dejado de llover y alguna gente en traje de noche se apeaba de los taxis ante los cabarets, y había cocottes que hacían la calle, solas o en pareja, y muchos negros. Pasó ante una puerta iluminada de la que salía música y se detuvo con una sensación de familiaridad; era el Bricktop, donde había dejado tantas horas y tanto dinero. Unas puertas más abajo descubrió otro de sus antiguos puntos de encuentros e imprudentemente se asomó al interior. De pronto una orquesta entusiasta empezó a tocar, una pareja de bailarines profesionales se puso en movimiento y un maître d’hòtel se le echó encima, gritando:

–¡Está empezando ahora mismo, señor!

–Yo estoy encantada –dijo Marion con vehemencia–. Ahora por lo menos puedes entrar en las tiendas sin que den por sentado que eres millonario. Lo hemos pasado mal, como todo el mundo, pero en conjunto ahora estamos muchísimo mejor.

–Pero, mientras duró, fue estupendo –dijo Charlie–. Éramos una especie de realeza, casi infalible, con una especie de halo mágico. Esta tarde, en el bar –titubeó, al darse cuenta de su error–, no había nadie, nadie conocido.

Marion lo miró fijamente.

–Creía que ya habías tenido bares de sobra.

–Sólo he estado un momento. Sólo tomo una copa por las tardes, y se acabó.

Pero Charlie se apartó inmediatamente.

“Tendría que estar como una cuba”, pensó.

El Zelli estaba cerrado; sobre los inhóspitos y siniestros hoteles baratos de los alrededores reinaba la oscuridad; en la Rue Blanche había más luz y un público local y locuaz, francés. La Cueva del Poeta había desaparecido, pero las dos inmensas fauces del Café del Cielo y el Café del Infierno seguían bostezando; incluso devoraron, mientras Charlie miraba, el exiguo contenido de un autobús de turistas: un alemán, un japonés y una pareja norteamericana que se quedaron mirándolo con ojos de espanto.

Y a esto se limitaba el esfuerzo y el ingenio de Montmartre. Toda la industria del vicio y la disipación había sido reducida a una escala absolutamente infantil, y de repente Charlie entendió el significado de la palabra “disipado”: disiparse en el aire; hacer que algo se convierta en nada. En las primeras horas de la madrugada ir de un lugar a otro supone un enorme esfuerzo, y cada vez se paga más por el privilegio de moverse con mayor lentitud.

Se acordaba de los billetes de mil francos que había dado a una orquesta para que tocara cierta canción, de los billetes de cien francos arrojados a un portero para que llamara a un taxi.

Pero no había sido a cambio de nada.

Aquellos 3 billetes, incluso las cantidades más disparatadamente despilfarradas, habían sido una ofrenda al destino, para que le concediera el don de no poder recordar las cosas más dignas de ser recordadas, las cosas que ahora recordaría siempre: haber perdido la custodia de su hija; la huida de su mujer, para acabar en una tumba en Vermont.

A la luz que salía de una brasserie una mujer le dijo algo. Charlie la invitó a huevos y café, y luego, evitando su mirada amistosa, le dio un billete de veinte francos y cogió un taxi para volver al hotel.

II

Se despertó en un día espléndido de otoño: un día de partido de fútbol. El abatimiento del día anterior había desaparecido, y ahora le gustaba la gente de la calle. Al mediodía estaba sentado con Honoria en Le Grand Vatel, el único restaurante que no le recordaba cenas con champán y largos almuerzos que empezaban a las dos y terminaban en crepúsculos nublados y confusos.

–¿No quieres verdura? ¿No deberías comer un poco de verdura?

–Sí, sí.

–Hay épinards y chou-fleur, zanahorias y haricots.

–Prefiero chou-fleur.

–¿No prefieres mezclarla con otra verdura?

El camarero fingía sentir una extraordinaria pasión por los niños.

Qu’elle est mignonne la petite! Elle parle exactement comme une française.

—¿Y de postre? ¿O esperamos?

El camarero desapareció. Honoria miró a su padre con expectación.

–¿Qué vamos a hacer hoy?

—Primero iremos a la juguetería de la Rue Saint-Honoré y compraremos lo que quieras. Luego iremos al vodevil, en el Empire.

La niña titubeó.

–Me gustaría ir al vodevil, pero no a la juguetería.

–¿Por qué no?

–Porque ya me has traído esta muñeca –Se había llevado la muñeca al restaurante–. Y ya tengo muchos juguetes. Y ya no somos ricos, ¿no?

–Nunca hemos sido ricos. Pero hoy puedes comprarte lo que quieras.

–Muy bien —asintió la niña, resignada.

Cuando tenía a su madre y a una niñera francesa, Charlie solía ser más severo; ahora se exigía mucho más a sí mismo, procuraba ser más tolerante; tenía que ser padre y madre a la vez y ser capaz de entender a su hija en todos los aspectos.

–Me gustaría conocerte –dijo con gravedad–. Permítame primero que me presente. Soy Charles J. Wales, de Praga.

–¡Papá! –no podía aguantar la risa.

–¿Y quién es usted, si es tan amable? –continuó, y la niña aceptó su papel inmediatamente:

–Honoria Wales, Rue Palatine, París.

–¿Casada o soltera?

–No, no estoy casada. Soltera.

Charlie señaló la muñeca.

–Pero, madame, tiene usted una hija.

No queriendo desheredar a la pobre muñeca, se la acercó al corazón y buscó una respuesta:

–Estuve casada, pero mi marido murió.

Charlie se apresuró a continuar:

–¿Cómo se llama la niña?

–Simone. Es el nombre de mi mejor amiga del colegio.

–Este mes he sido la tercera de la clase –alardeó–. Elsie –era su prima– sólo es la dieciocho y Richard casi es el último de la clase.

–Quieres a Richard y a Elsie, ¿verdad?

–Sí. A Richard lo quiero mucho y a Elsie también.

Con cautela y sin darle mucha importancia Charlie preguntó:

–¿Y a quién quieres más, a tía Marion o a tío Lincoln?

–Ah, creo que a tío Lincoln.

Cada vez era más consciente de la presencia de su hija. Al entrar al restaurante los había acompañado un murmullo: “… adorable”, y ahora la gente de la mesa de al lado, cada vez que interrumpían sus conversaciones, estaba pendiente de ella, observándola como a un ser que no tuviera más conciencia que una flor.

–¿Por qué no vivo contigo? –preguntó Honoria de repente–. ¿Por qué mamá ha muerto?

Debes quedarte aquí y aprender mejor el francés. A mí me hubiera sido muy difícil cuidarte tan bien.

–La verdad es que ya no necesito que me cuiden. Hago las cosas sola.

A la salida del restaurante, un hombre y una mujer lo saludaron inesperadamente.

–¡Pero si es el amigo Wales!

–¡Hombre! Lorraine… Dunc…

Eran fantasmas que surgían del pasado: Duncan Schaeffer, un amigo de la universidad. Lorraine Quarrles, una preciosa, pálida rubia de treinta años; una más de la pandilla que lo había ayudado a convertir los meses en días en los pródigos tiempos de hacía tres años.

–Mi marido no ha podido venir este año –dijo Lorraine, respondiéndole a Charlie–. Somos más pobres que las ratas. Así que me manda doscientos dólares al mes y dice que me las arregle como pueda… ¿Es tu hija?

–¿Por qué no te sientas un rato con nosotros en el restaurante? –preguntó Duncan.

–No puedo.

Se alegraba de tener una excusa. Seguía notando el atractivo apasionado, provocador, de Lorraine, pero ahora Charlie se movía a otro ritmo.

–¿Y si quedamos para cenar? —preguntó Lorraine.

–Tengo una cita. Dadme vuestra dirección y ya os llamaré.

–Charlie, tengo la completa seguridad de que estás sobrio –dijo Lorraine solemnemente–. Estoy seguro de que está sobrio, Dunc, te lo digo de verdad. Pellízcalo para ver si está sobrio.

Charlie señaló a Honoria con la cabeza. Lorraine y Dunc se echaron a reír.

–¿Cuál es tu direccion? –preguntó Dunc, escéptico.

Charlie titubeó; no quería decirles el nombre de su hotel.

–Todavía no tengo dirección fija. Ya os llamaré. Vamos al vodevil, al Empire.

–¡Estupendo! Lo mismo que yo pensaba hacer –dijo Lorraine–. Tengo ganas de ver payasos, acróbatas y malabaristas. Es lo que vamos a hacer, Dunc.

–Antes tenemos que hacer un recado –dijo Charlie–. A lo mejor nos vemos en el teatro.

–Muy bien. Estás hecho un auténtico esnob… Adiós, guapísima.

¿Tomamos una copa?

–Muy bien, pero no en la barra. Busquemos una mesa.

–El padre perfecto.

Mientras oía, un poco distraído, a Lorraine, Charlie observó cómo la mirada de Honoria se apartaba de la mesa, y la siguió pensativamente por el salón, preguntándose qué estaría mirando. Se encontraron sus miradas, y Honoria sonrió.

–Está buena la limonada –dijo.

¿Qué había dicho? ¿Qué se esperaba él? Mientras volvían a casa en un taxi la abrazó, para que su cabeza descansara en su pecho.

–¿Te acuerdas de mamá?

–Algunas veces —contestó vagamente.

–No quiero que la olvides. ¿Tienes alguna foto suya?

–Sí, creo que sí. De todas formas, tía Marion tiene una. ¿Por qué no quieres que la olvide?

–Porque te quería mucho.

–Yo también la quería.

Callaron un momento.

–Papá, quiero vivir contigo —dijo de pronto.

–Adiós.

Honoria, muy educada, hizo una reverencia.

Había sido un encuentro desagradable. Charlie les caía simpático porque trabajaba, porque era serio; lo buscaban porque ahora tenía más fuerza que ellos, porque en cierta medida querían alimentarse de su fortaleza.

En el Empire, Honoria se negó orgullosamente a sentarse sobre el abrigo doblado de su padre. Era ya una persona, con su propio código, y a Charlie le obsesionaba cada vez más el deseo de inculcarle algo suyo antes de que su personalidad cristalizara completamente. Pero era imposible intentar conocerla en tan poco tiempo.

En el entreacto se encontraron con Duncan y Lorraine en la sala de espera, donde tocaba una orquesta.

A Charlie le dio un vuelco el corazón; así era como quería que ocurrieran las cosas.

–¿Es que no estás contenta?

–Sí, pero a ti te quiero más que a nadie. Y tú me quieres a mí más que a nadie, ¿verdad?, ahora que mamá ha muerto.

–Claro que sí. Pero no siempre me querrás a mí más que a nadie, cariño. Crecerás y conocerás a alguien de tu edad y te casarás con él y te olvidarás de que alguna vez tuviste un papá.

–Sí, es verdad –asintió, muy tranquila.

Charlie no entró en la casa. Volvería a las nueve, y quería mantenerse despejado para lo que debía decirles.

–Cuando estés ya en casa, asómate a esa ventana.

–Muy bien. Adiós, papá, papaíto.

Esperó a oscuras en la calle hasta que apareció, cálida y luminosa, en la ventana y lanzó a la noche un beso con la punta de los dedos.

III

 

Lo estaban esperando. Marion, sentada junto a la bandeja del café, vestía un elegante y majestuoso traje negro, que casi hacía pensar en el luto. Lincoln no dejaba de pasearse por la habitación con la animación de quien ya lleva un buen rato hablando. Deseaban tanto como Charlie abordar el asunto. Charlie lo sacó a colación casi inmediatamente:

–Me figuro que sabéis por qué he venido a veros, por qué he venido a París.

Marion jugaba con las estrellas negras de su collar, y frunció el ceño.

–Tengo verdaderas ganas de tener una casa –continuó–. Y tengo verdaderas ganas de que Honoria viva conmigo. Aprecio mucho que, por amor a su madre, os hayáis ocupado de Honoria, pero las cosas han cambiado… –titubeó y continuó con mayor decisión–, han cambiado radicalmente en lo que a mí respecta, y quisiera pediros que reconsideréis el asunto. Sería una tontería negar que durante tres años he sido un insensato…

Marion lo miraba con una expresión de dureza.

–… pero todo eso se ha acabado. Como os he dicho, hace un año que sólo bebo una copa al día, y esa copa me la tomo deliberadamente, para que la idea del alcohol no cobre en mi imaginación una importancia que no tiene. ¿Me entendéis?

–No –dijo Marion sucintamente.

–Es una especie de artimaña, un truco que me hago a mí mismo, para no olvidar la medida de las cosas.

–Te entiendo –dijo Lincoln–. No quieres que el alcohol sea una obsesión.

–Algo así. A veces se me olvida y no bebo. Pero procuro beber una copa al día. De todas maneras, en mi situación, no puedo permitirme beber. Las firmas a las que represento están más que satisfechas con mi trabajo, y quiero traerme a mi hermana desde Burlington para que se ocupe de la casa, y sobre todas las cosas quiero que Honoria viva conmigo. Sabéis que, incluso cuando su madre y yo no nos llevábamos bien, jamás permitimos que nada de lo que sucedía afectara a Honoria. Sé que me quiere y sé que soy capaz de cuidarla y… Bueno, ya os lo he dicho todo. ¿Qué pensáis?

Sabía que ahora le tocaba recibir los golpes. Podía durar una o dos horas, y sería difícil, pero si modulaba su resentimiento inevitable y lo convertía en la actitud sumisa del pecador arrepentido, podría imponer por fin su punto de vista.

“Domínate”, se decía a sí mismo. “No quieres que te perdonen. Quieres a Honoria”.

Lincoln fue el primero en responderle:

–Llevamos hablando de este asunto desde que recibimos tu carta el mes pasado. Estamos muy contentos de que Honoria viva con nosotros. Es una criatura adorable, y nos alegra mucho poder ayudarla, pero, claro está, ya sé que ése no es el problema…

Marion lo interrumpió súbitamente.

–¿Cuánto tiempo aguantarás sin beber, Charlie? –preguntó.

–Espero que siempre.

–¿Y qué crédito se les puede dar a esas palabras?

–Sabéis que nunca había bebido demasiado hasta que dejé los negocios y me vine aquí sin nada que hacer. Luego Helen y yo empezamos a salir con…

Charlie la miró severamente; nunca había estado muy seguro de hasta qué punto se habían apreciado las dos hermanas cuando Helen vivía.

–Me dediqué a beber un año y medio poco más o menos: desde que llegamos hasta que… me derrumbé.

–Mucho es.

–Mucho es —asintió.

–Lo hago sólo por Helen –dijo Marion–. Intento pensar qué le gustaría que hiciera. Te lo digo de verdad, desde la noche en que hiciste aquello tan horrible dejaste de existir para mí. No puedo evitarlo. Era mi hermana.

–Ya lo sé.

–Cuando se estaba muriendo, me pidió que me ocupara de Honoria. Si entonces no hubieras estado internado en un sanatorio, las cosas hubieran sido más fáciles.

Charlie no respondió.

–Jamás podré olvidar la mañana en que Helen llamó a mi puerta, empapada hasta los huesos y tiritando, y me dijo que habías echado la llave y no la habías dejado entrar.

Charlie apretaba con fuerza los brazos del sillón. Estaba siendo más difícil de lo que se había esperado. Hubiera querido protestar, demorarse en largas explicaciones, pero sólo dijo:

–La noche en que le cerré la puerta…

Y Marion lo interrumpió:

–No pienso volver a hablar de eso.

Tras un momento de silencio Lincoln dijo:

–Nos estamos saliendo del tema. Quieres que Marion renuncie a su derecho a la custodia y te entregue a Honoria. Yo creo que lo importante es si puede confiar en ti o no.

–Comprendo a Marion –dijo Charlie despacio–, pero creo que puede tener absoluta confianza en mí. Mi reputación era intachable hasta hace tres años. Claro está que puedo fallar en cualquier momento, es humano. Pero si esperamos más tiempo perdería la niñez de Honoria y la oportunidad de tener un hogar –Negó con la cabeza–. Perdería a Honoria, ni más ni menos, ¿no os dais cuenta?

–Sí, te entiendo –dijo Lincoln.

–¿Y por qué no pensaste antes en estas cosas? —preguntó Marion.

–Me figuro que alguna vez pensaría en estas cosas, de cuando en cuando, pero Helen y yo nos llevábamos fatal. Cuando acepté concederle la custodia de la niña, y no me podía mover del sanatorio, estaba hundido, y la Bolsa me había dejado en la ruina. Sabía que me había portado mal y hubiera aceptado cualquier cosa con tal de devolverle la paz a Helen. Pero ahora es distinto. Estoy trabajando, estoy de puta madre, así que…

–Te agradecería que no utilizaras ese lenguaje en mi presencia.

La miró, estupefacto. Cada vez que Marion hablaba, la fuerza de su antipatía hacia él era más evidente. Con su miedo a la vida había construido un muro que ahora levantaba frente a Charlie. Aquel reproche insignificante quizá fuera consecuencia de algún problema que hubiera tenido con la cocinera aquella tarde. La posibilidad de dejar a Honoria en aquella atmósfera de hostilidad hacia él le resultaba cada vez más preocupante. Antes o después saldría a relucir, en alguna frase, en un gesto con la cabeza, y algo de aquella desconfianza arraigaría irrevocablemente en Honoria. Pero procuró que su cara no revelase sus emociones, guardárselas; había obtenido cierta ventaja, porque Lincoln se dio

cuenta de lo absurdo de la observación de Marion y le preguntó despreocupadamente desde cuándo la molestaban expresiones como “de puta madre”.

–Otra cosa –dijo Charlie–: estoy en condiciones de asegurarle ciertas ventajas. Contrataré para la casa de Praga a una institutriz francesa. He alquilado un apartamento nuevo

Dejó de hablar: se daba cuenta de que había metido la pata. Era imposible que aceptaran con ecuanimidad el hecho de que él ganara de nuevo más del doble que ellos

–Supongo que puedes ofrecerle más lujos que nosotros –dijo Marion–. Cuando te dedicabas a tirar el dinero, nosotros vivíamos mirando por cada moneda de diez francos… Y supongo que volverás a hacer lo mismo.

—No, no. He aprendido. Tú sabes que trabajé con todas mis fuerzas diez años, hasta que tuve suerte en la Bolsa, como tantos. Una suerte inmensa. No parecía que tuviera mucho sentido seguir trabajando, así que lo dejé. No se repetirá.

Hubo un largo silencio. Todos tenían los nervios en tensión, y por primera vez desde hacía un año Charlie sintió ganas de beber. Ahora estaba seguro de que Lincoln Peters quería que él tuviera a su hija.

De repente Marion se estremeció; una parte de ella se daba cuenta de que ahora Charlie tenía los pies en la tierra, y su instinto de madre reconocía que su deseo era natural; pero había vivido mucho tiempo con un prejuicio: un prejuicio basado en una extraña desconfianza en la posibilidad de que su hermana fuera feliz, y que, después de una noche terrible, se había transformado en odio contra Charlie. Todo había sucedido en un período de su vida en el que, entre el desánimo de la falta de salud y las circunstancias adversas, necesitaba creer en una maldad y un malvado tangibles.

–Me es imposible pensar de otra manera –gritó de repente–. No sé hasta qué punto eres responsable de la muerte de Helen. Es algo que tendrás que arreglar con tu propia conciencia.

Charlie sintió una punzada de dolor, como una corriente eléctrica; estuvo a punto de levantarse, y una palabra impronunciable resonó en su garganta. Se dominó un instante, un instante más.

–Ya está bien –dijo Lincoln, incómodo–. Yo nunca he pensado que tú fueras responsable.

–Helen murió de una enfermedad cardíaca –dijo Charlie, sin fuerzas.

–Sí, una enfermedad cardíaca –dijo Marion, como si aquella frase tuviera para ella otro significado.

Entonces, en el instante vacío, insípido, que siguió a su arrebato, Marion vio con claridad que Charlie había conseguido dominar la situación. Miró a su marido y comprendió que no podía esperar su ayuda, y, de pronto, como si el asunto no tuviera ninguna importancia, tiró la toalla.

–Haz lo que te parezca —exclamó levantándose de pronto–. Es tu hija. No soy nadie para interponerme en tu camino. Creo que si fuera mi hija preferiría verla… –consiguió frenarse–. Decididlo vosotros. No aguanto más. Me siento mal. Me voy a la cama.

Salió casi corriendo de la habitación, y un momento después Lincoln dijo:

–Ha sido un día muy difícil para ella. Ya sabes lo testaruda que es… –parecía pedir excusas–: cuando a una mujer se le mete una idea en la cabeza…

–Claro.

–Todo irá bien. Creo que sabe que ahora tú puedes mantener a la niña, así que no tenemos derecho a interponernos en tu camino ni en el de Honoria.

–Gracias, Lincoln.

–Será mejor que vaya a ver cómo está Marion.

–Me voy ya.

Todavía temblaba cuando llegó a la calle, pero el paseo por la Rue Bonaparte hasta el Sena lo tranquilizó, y, al cruzar el río, siempre nuevo a la luz de las farolas de los muelles, se sintió lleno de júbilo. Pero, ya en su habitación, no podía dormirse. La imagen de Helen lo obsesionaba. Helen, a la que tanto había querido, hasta que los dos habían empezado a abusar de su amor insensatamente, a hacerlo trizas. En aquella terrible noche de febrero que Marion recordaba tan vivamente, una lenta pelea se había demorado durante horas. Recordaba la escena en el Florida, y que, cuando intentó llevarla a casa, Helen había besado al joven Webb, que estaba en otra mesa; y recordaba lo que Helen le había dicho, histérica. Cuando volvió a casa solo, desquiciado, furioso, cerró la puerta con llave. ¿Cómo hubiera podido imaginar que ella lle­garía una hora más tarde, sola, y que caería una nevada, y que Helen va­gabundearía por ahí en zapatos de baile, demasiado confundida para encontrar un taxi? Y recordaba las consecuencias: que Helen se recupe­rara milagrosamente de una neumonía, y todo el horror que aquello trajo consigo. Se reconciliaron, pero aquello fue el principio del fin, y Marion, que lo había visto todo con sus propios ojos e imaginaba que aquélla sólo había sido una de las muchas escenas del martirio de su her­mana, nunca lo olvidó.

Los recuerdos le devolvieron a Helen, y, en la luz blanca y suave que cuando empieza a amanecer rodea poco a poco a quien está medio dormido, se dio cuenta de que volvía a hablar con ella. Helen le decía que tenía razón en el problema de Honoria y que quería que Honoria viviera con él. Dijo que se alegraba de que estuviera bien, de que le fuera bien. Le dijo muchas cosas más, amistosas, pero estaba sentada en un columpio, vestida de blanco, y cada vez se balanceaba más, cada vez más deprisa, así que al final no pudo oír con claridad lo que Helen decía.

 

IV

Se despertó sintiéndose feliz. El mundo volvía a abrirle las puertas. Hizo planes, imaginó un futuro para Honoria y para él, y de repente se sintió triste, al recordar los planes que había hecho con He­len. Helen no había planeado morir. Lo

importante era el presente: el trabajo, alguien a quien querer. Pero no querer demasiado, pues cono­cía el daño que un padre puede hacerle a una hija, o una madre a un hijo, si los quiere demasiado: más tarde, ya en el mundo, el hijo bus­caría en su pareja la misma ternura ciega y, al no poder encontrarla, se rebelaría contra el amor y la vida.

Volvía a hacer un día espléndido, vivificador. Llamó a Lincoln Peters al banco donde trabajaba y le preguntó si Honoria podría acom­pañarlo cuando regresara a Praga. Lincoln estuvo de acuerdo en que no había ninguna razón para aplazar las cosas. Quedaba una cuestión: el derecho a la custodia. Marion quería conservarlo durante algún tiem­po. Estaba muy preocupada con aquel asunto, y se sentiría más tran­quila si supiera que la situación seguía bajo su control un año más. Charlie aceptó: lo único que quería era a la niña, tangible y visible.

También estaba la cuestión de la institutriz. Charlie pasó un buen rato en una agencia sombría hablando con una bearnesa malhu­morada y con una tetuda campesina bretona, a ninguna de las cuales hubiera podido soportar. Había otras candidatas a quienes vería al día siguiente.

Comió con Lincoln Peters en el Griffon, intentando dominar su alegría.

–No hay nada comparable a un hijo –dijo Lincoln–. Pero tú comprendes cómo se siente Marion.

–Ya no se acuerda de todo lo que trabajé durante siete años en América —dijo Charlie—. Sólo recuerda una noche.

–Eso es distinto –titubeó Lincoln–. Mientras tú y Helen derrochabais dinero por toda Europa, nosotros luchábamos por salir adelante. No he sido ni remotamente rico, nunca he ganado lo sufi­ciente para permitirme algo más que un seguro de vida. Yo creo que Marion pensaba que aquello era una especie de injusticia… Tú ni si­quiera trabajabas entonces y cada vez eras más rico.

–El dinero se fue tan rápido como vino –dijo Charlie.

–Sí, y mucho fue a parar a manos de los chasseurs y los saxo­fonistas y los maitres d’hotel… Bueno, se acabó la gran fiesta. Te he dicho esto para explicarte cómo se siente Marion después de estos años de locura. Si pasas un momento por casa a eso de las seis, antes de que Marion esté demasiado cansada, acordaremos los últimos detalles sin ningún problema.

De vuelta al hotel, Charlie encontró un pneumatique que le ha­bían enviado desde el bar del Ritz, donde Charlie había dejado su di­rección para un antiguo amigo.

«Querido Charlie:

»Estabas tan raro cuando nos vimos el otro día, que me pregunté si había hecho algo que pudiera molestarte. Si es así, no me he dado cuenta. La verdad es que me he acordado mucho de ti durante el año pasado, y siempre he abrigado la esperanza de que nos viéramos de nuevo cuando yo volviera a París. Lo pasamos muy bien en aquella primavera disparata­da, como aquella noche en que tú y yo robamos la bicicleta de reparto del carnicero, y aquella vez que intentamos hablar por teléfono con el presidente, cuando usabas bombín y bas­tón. Todos parecen haber envejecido últimamente, pero yo no me siento ni un día más vieja. ¿No podríamos vernos hoy, aunque sólo sea un rato, en honor de aquellos viejos tiempos? Ahora tengo una resaca miserable. Pero me sentiré mucho mejor esta tarde, y te esperaré a eso de las cinco en el Ritz, an­tro de explotación.

»Siempre tuya,

»Lorraine»

La primera sensación de Charlie fue de espanto: espanto de haber robado, ya en edad madura, una bicicleta de reparto para peda­lear, con Lorraine a bordo, por la plaza de L’Étoile, de madrugada. Al recordarlo, parecía una pesadilla. Haberle cerrado la puerta a Helen no armonizaba con ningún otro episodio de su vida, pero el incidente de la bicicleta,

í: sólo era uno entre muchos. ¿Cuántas semanas o me­ses de disipación habían sido necesarios para llegar a ese punto de ab­soluta irresponsabilidad?

Intentó recordar qué le había parecido Lorraine entonces: muy atractiva; a Helen le molestaba, aunque no dijera nada. Hacía veinticuatro horas, en el restaurante, Lorraine le había parecido vul­gar, ajada, estropeada. No tenía ninguna, ninguna gana de verla, y se alegraba de que Alix no le hubiera dado la dirección de su hotel. Y era un consuelo pensar en Honoria, imaginar domingos dedicados a ella, y darle los buenos días y saber que pasaba la noche en casa y respiraba en la oscuridad.

A las cinco tomó un taxi y compró regalos para la familia Pe­ters: una graciosa muñeca de trapo, una caja de soldados romanos, flo­res para Marion, pañuelos de hilo para Lincoln.

Cuando llegó al apartamento, comprendió que Marion había aceptado lo inevitable. Lo recibió como si fuera un pariente díscolo, más que una amenaza ajena a la familia. Honoria sabía ya que se iba con su padre, y Charlie disfrutó al ver cómo, con tacto, la niña procu­raba disimular su alegría excesiva. Sólo sentada en sus rodillas le dijo en voz baja lo contenta que estaba y le preguntó, antes de volver con los otros niños, cuándo se irían.

Marion y Charlie se quedaron solos un instante y, dejándose llevar por un impulso, él se atrevió a decirle:

–Las peleas de familia son muy desagradables. No respetan ninguna regla. No son como el dolor ni las heridas: son más bien co­mo llagas que no se curan porque les falta tejido para hacerlo. Me gus­taría que tú y yo nos lleváramos mejor.

–Es difícil olvidar ciertas cosas –contestó Marion–. Es cuestión de confianza –Charlie no contestó y Marion preguntó en­tonces–: ¿Cuándo piensas llevártela?

–Tan pronto como encuentre una institutriz. Pasado mañana, espero.

No, es imposible. Tengo que prepararle sus cosas. Antes del sábado es imposible.

Charlie cedió. Lincoln, que acababa de volver a la habitación, le ofreció una copa.

–Bueno, me tomaré mi whisky diario.

Se notaba el calor, era un hogar, gente reunida junto al fuego. Los niños se sentían seguros e importantes; la madre y el padre eran serios, vigilaban. Tenían cosas importantes que hacer por sus hijos, mucho más importantes que su visita. Una cucharada de medicina era, después de todo, más importante que sus tensas relaciones con Marion. Ni Marion ni Lincoln eran estúpidos, pero estaban demasia­do condicionados por la vida y las circunstancias. Charlie se preguntó si no podría hacer algo para librar a Lincoln de la rutina del banco.

Sonó un largo timbrazo: llamaban a la puerta. La bonne a tout faire atravesó la habitación y desapareció en el pasillo. Abrió la puerta después de que volviera a sonar el timbre, y luego se oyeron voces, y los tres miraron hacia la puerta del salón con curiosidad. Lincoln se asomó al pasillo y Marion se levantó. Entonces volvió la criada, segui­da de cerca por voces que resultaron pertenecer a Duncan Shaeffer y Lorraine Quarrles.

Estaban contentos, alegres, muertos de risa. Por un instante Charlie se quedó estupefacto: no podía entender cómo habían podido conseguir la dirección de los Peters.

–Eeehhh –Duncan agitaba el dedo pícaramente en direc­ción a Charlie.

Dunc y Lorraine soltaron un nuevo aluvión de carcajadas. Nervioso, sin saber qué hacer, Charlie les estrechó la mano rápi­damente y se los presentó a Lincoln y Marion. Marion los saludó con un gesto de la cabeza y apenas abrió la boca. Retrocedió hacía la chimenea; su hijita estaba cerca y Marion le echó el brazo por el hombro.

Cada vez más disgustado por la intromisión, Charlie esperaba que le dieran una explicación. Y, después de pensar las palabras un mo­mento, Duncan dijo:

Charlie se les acercó más, como si así quisiera empujarlos ha­cia el pasillo.

–Lo siento, pero no puedo. Decidme dónde vais a estar y os llamaré por teléfono dentro de media hora.

No se inmutaron. Lorraine se sentó de pronto en el brazo de un sillón y, concentrando toda su atención en Richard, exclamó:

–¡Que niño tan precioso! ¡Ven aquí, cielo!

Richard miró a su madre y no se movió. Lorraine se encogió de hombros ostensiblemente, y volvió a dirigirse a Charlie:

–Ven a cenar. Estoy segura de que tus parientes no se moles­tarán. O te veo poco o te veo apocado.

–No puedo –respondió Charlie, cortante–. Cenad voso­tros, ya os llamaré por teléfono.

La voz de Lorraine se volvió desagradable:

–Vale, vale, nos vamos. Pero acuérdate de cuando aporreaste mi puerta a las cuatro de la mañana y yo tuve el suficiente sentido del humor para darte una copa. Vámonos, Dunc.

Con movimientos pesados, con las caras descompuestas, irri­tados, con pasos titubeantes, se adentraron en el pasillo.

–Buenas noches —dijo Charlie.

–¡Buenas noches! —respondió Lorraine con retintín.

Cuando Charlie volvió al salón, Marion no se había movido, pero ahora echaba el otro brazo por el hombro de su hijo. Lincoln se­guía meciendo a Honoria de acá para allá, como un péndulo.

–¡Que poca vergüenza! –estalló Charlie–. ¡No hay derecho!

Ni Marion ni Lincoln le respondieron. Charlie se dejó caer en el sillón, cogió el vaso, volvió a dejarlo y dijo:

–Gente a la que no veo desde hace dos años y tiene la increí­ble desfachatez de…

Se interrumpió. Marion había dejado escapar un “Ya”, una especie de suspiro sofocado, rabioso; le había dado de repente la espal­da y había salido del salón.

Lincoln dejó a Honoria en el suelo con cuidado.

–Niños, vayan a comer. Empezad a tomaros la sopa –dijo, y, cuando los niños obedecieron, se dirigió a Charlie–: Marion no está bien y no soporta los sobresaltos. Esa clase de gente la hace sentirse fí­sicamente mal.

–Yo no les he dicho que vinieran. Alguien les habrá dado vuestro nombre y dirección. Deliberadamente han…

–Bueno, es una pena. Esto no facilita las cosas. Perdóname un momento.

Solo, Charlie permaneció en su sillón, tenso. Oía comer a los niños en el cuarto de al lado: hablaban con monosílabos y ya habrían olvidado la escena de los mayores. Oyó el murmullo de una conversa­ción en otro cuarto, más lejos, y el ruido de un teléfono al ser descol­gado, y, aterrorizado, se cambió a otra silla para no oír nada más.

Lincoln volvió casi inmediatamente.

–Charlie, creo que dejaremos la cena para otra noche. Ma­nn no se encuentra bien.

–¿Se ha disgustado conmigo?

–Más o menos –dijo Lincoln, casi con malos modos–. No es fuerte y…

–¿Quieres decir que ha cambiado de opinión sobre Honoria?

–Ahora está muy afectada. No sé. Llámame al banco mañana.

–Me gustaría que le explicaras que en ningún momento se me ha pasado por la cabeza traer aquí a esa gente. Estoy tan ofendido como tú.

–Ahora no le puedo explicar nada.

Charlie dejó la silla. Cogió su abrigo y su sombrero y atravesó el pasillo. Abrió la puerta del comedor y dijo con una voz rara:

–Buenas noches, niños.

Honoria se levantó y corrió a abrazarlo.

–Buenas noches, corazón –dijo, ensimismado, y luego, in­tentando poner más ternura en la voz, intentando arreglar algo, aña­dió–: Buenas noches, queridos niños.

V

Charlie se dirigió directamente al bar del Ritz con la idea fu­ribunda de encontrarse con Lorraine y Duncan, pero no estaban allí, y cayó en la cuenta de que, en cualquier caso, nada podía hacer. No ha­bía tocado el vaso de whisky en casa de los Peters, y ahora pidió un whisky con soda. Paul se acercó para saludarlo.

–Todo ha cambiado mucho –dijo con tristeza–. Ahora el negocio no es ni la mitad de lo que era. Me han dicho que muchos de los que volvieron a América lo perdieron todo, si no en el primer hun­dimiento de. la Bolsa, en el segundo.

He oído que su amigo George Hardt perdió hasta el último céntimo. ¿Usted ha vuelto a América?

–No, trabajo en Praga.

–Me han dicho que perdió una fortuna cuando se hundió la Bolsa.

–Sí –asintió con amargura—, pero también perdí todo lo que quise cuando subió.

–¿Vendiendo a la baja?

–Más o menos.

El recuerdo de aquellos días volvía a apoderarse de Charlie como una pesadilla: la gente que había conocido en sus viajes, y la gente que era incapaz de hacer una suma o de pronunciar una frase co­herente. El hombrecillo con quien Helen había aceptado bailar en la fiesta del barco, y que luego la insultó a tres metros de su mesa; las mujeres y las chicas que habían sido sacadas a rastras de los estableci­mientos públicos, gritando, borrachas o drogadas…

Hombres que dejaban a sus mujeres en la calle, cerrándoles la puerta, en la nieve, porque la nieve de 1929 no era real. Si no querías que fuera nieve, bastaba con pagar lo necesario.

Fue al teléfono y llamó al apartamento de los Peters; Lincoln descolgó.

–Te llamo porque no me puedo quitar el asunto de la cabe­za. ¿Ha dicho Marion algo?

–Marion está enferma –respondió Lincoln, cortante–. Ya sé que tú no tienes toda la culpa, pero no puedo permitir que esto la destroce. Me temo que tendremos que aplazarlo seis meses; no puedo arriesgarme a que pase otro mal rato como el de hoy.

–Ya.

–Lo siento, Charlie.

Volvió a su mesa. El vaso de whisky estaba vacío, pero negó con la cabeza cuando Alix lo miró, interrogante. Ya no le quedaba mucho por hacer, salvo mandarle a Honoria algunos regalos; al día si­guiente se los mandaría. Más bien irritado, pensó que sólo era dinero: le había dado dinero a tanta gente…

–No, se acabó –dijo a otro camarero–. ¿Cuánto es?

Algún día volvería; no podían condenarlo a estar pagando sus deudas eternamente. Pero quería a su hija, y al margen de eso ninguna otra cosa le importaba. No volvería a ser joven, lleno de las mejores ideas y los mejores sueños, sólo suyos. Estaba absolutamente seguro de que Helen no hubiera querido que estuviese tan solo.

 

Escritor americano, Francis Scott Fitzgerald es uno de los mejores exponentes de la literatura norteamericana del siglo XX. Sus novelas, situadas en las décadas de 1920 y 30, están consideradas como auténticas obras maestras.

Miembro de la llamada Generación Perdida Americana, sus cinco novelas retratan un paisaje de personajes brillantes y efímeros, de juventud y también de desesperación.

Using Graphic Novels in the Classroom

Kids read graphic novels – walk into any library or bookstore and you will find young readers hanging out in the manga and comics aisles. So, why aren’t teachers using more graphic novels in their classrooms? One of the main reasons is due to a bias against graphic novels as a “legitimate” text; however, this bias is being chipped away as research supports the efficacy of using graphic novels in the classroom. Yildirim (2013) writes, “The increasing popularity of graphic novels has transformed it into a powerful medium of expression. Once regarded as only a means of amusement lacking literary insight and merit, graphic novels have evolved into a respected and well-regarded genre of literature which deserves a permanent place in the literary world” (122).

Graphic novels are popular and prevalent today because these texts offer a diverse range in complexity and topics/issues in addition to crossing genres. Today’s graphic novels are about more than just superheroes, science-fiction and fantasy (Gorman, 2002) – they can be used in all content areas as there are graphic novels about history, science, and major literary works. Furthermore, graphic novels not only target teen readers, but are also making an impact in the early/emerging reader markets (Brown, 2013). Simply put, there is a graphic novel for everyone.

WorldLit_Odyssey_RoyThomascomic

The Odyssey comic written by Roy Thomas.

There are many benefits to using graphic novels in the classroom.

1. They can be used to build students’ reading and writing skills (Frey and Fisher, 2004; Yildirim, 2012; Brown, 2013). They offer multilevel reading experiences, as reading the words and images builds students’ basic reading skills and analytical skills (Yildirim, 2013).

2. Graphic novels provide support for struggling readers, including English learners, by addressing multiple learning modalities. Hassett & Schieble (2007) indicate that graphic novels facilitate comprehension by combining images with texts, making them particularly helpful for visual learners. Graphic novels also provide a path for more complex reading by building reading fluency and reading confidence (Yildirim, 2013).

3. Graphic novels build students’ reading habits; for example, Schwarz (2002) found that graphic novels were a source of motivation and stimulation for struggling and reluctant readers.

4. Graphic novels can boost students’ critical thinking skills, creativity, and imagination (Yildirim, 2013).

Graphic novels benefit all readers. As McTaggert (2008) indicated, “[Graphic novels] enable the struggling reader, motivate the reluctant one, and challenge the high-level learner” (32). Reading a graphic novel requires students to make inferences and draw conclusions from the images and text while being supported by visuals and pacing. I would argue that in some ways, reading a graphic novel is more complicated than reading a traditional novel in that graphic novel readers have to rely on non-textual cues to derive meanings and they also have to rely more heavily on their inferring skills.

It makes sense that today’s digitally-oriented students would find graphic novels appealing. These students are used to surfing the internet, navigating multiple open windows of content, and reading messages from various social media sources. Our students have been reading graphically for years!

Resources for Using Graphic Novels in Your Literature Classroom

Annenberg Learner provides several resources to graphically enhance your classroom instruction. Invitation to World Literature is a comprehensive resource for learning about literature from around the world and across time. There are several programs within the series that could support learning about graphic novels.

1. “Journey to the West” is a classic Chinese story about the Stone Monkey King. In this program, you’ll find videos, texts, maps, slideshow of images, and connections to graphic novels. This unit would pair nicely with a study of Gene Luen Yang’s “The Shadow Hero,” a graphic novel about the Asian-American superhero, The Green Turtle. (Also, make sure to check out Yang’s other graphic novels.)

2. The video introducing “The Epic of Gilgamesh” presents comic book artist Jim Starlin. Starlin wrote a comic book series, “Gilgamesh II,” for DC Comics. Students might find it interesting to learn more about him as he is best known for re-inventing Marvel Comics superheroes, Captain Marvel and Adam Warlock. He also co-created Thanos and Shang-Chi, Master of Kung Fu.

3. Roy Thomas is another comic book artist featured in the program “The Odyssey.” Thomas was Stan Lee’s first successor as editor-in-chief of Marvel Comics. He is famous for writing graphic novels for “X-Men,” “Conan the Barbarian,” and “The Avengers.” He has also written titles for “The Odyssey” and “The Iliad.”

4. Lastly, the program on “The Thousand and One Nights” also features a comic novelist, Bill Willingham. He created the DC comics series “Fables” and wrote a comic novel entitled “1001 Nights of Snowfall,” which would be a nice pairing for this program. Students might get a kick out of studying how Willingham puts a unique spin on classic stories.

 

 

References

Brown, S. (2013). A blended approach to reading and writing graphic novels. The Reading Teacher, 67(3), 208-219.

Gorman, M. (2002). What teens want. School Library Journal, 48, 42-47.

Hassett, D. D, & Schieble, M. B. (2007). Finding space and time for the visual in K-12 literacy instruction. The English Journal, 97(1), 62-68.

Frey, N., & Fisher, D. (2004). Using graphic novels, anime, and the Internet in an urban high school. The English Journal, 93(3), 19-25.

McTaggert, J. (2008). Graphic novels: The good, the bad, and the ugly. In N. Frey, & D. Fisher (Eds.), Teaching visual literacy: Using comic books, graphic novels, anime, cartoons, and more to develop comprehension and thinking skills (pp. 27-46). CA: Corwin Press.

Schwarz, G. E. (2002). Graphic books for diverse needs: Engaging reluctant and curious readers. The ALAN Review, 3(1), 54-57.

Yidirim, A.H. (2013). Using graphic novels in the classroom. Journal of Language and Literature Education, 8. 118-131.

– See more at: http://learnerlog.org/acrossthecurriculum/how-to-use-graphic-novels-in-the-classroom/#sthash.VOYqNVXB.dpuf

Literatura televisada

Carlton Cuse, el creador junto a Damon Lindelof de Perdidos, todavía recuerda su paso por Madrid para dar una clase magistral. “Se me acercó un alumno y me contó que se había encerrado con una bolsa de maría y toda la serie,y así la vio completa. Había sido otra lectura”, dice riéndose al comentar esa otra experiencia. Lo de menos en esta anécdota jocosa es la marihuana, el productor ejecutivo y guionista se refiere a esta historia para hablar de “la experiencia” en la que se ha convertido el medio televisivo: “Vivimos en una era en la que las series tienen una vida que no tenían antes. Ha habido una evolución en el medio, se consume de otro modo, como una historia completa, y a tu propio ritmo. Por eso creo que las series son los nuevos libros, una nueva forma de literatura”, dice para resumir un sentimiento que baña la llamada edad de oro de la televisión.

Esta misma idea de la nueva literatura televisada la comparten tanto el público como la crítica, pero sobre todo los autores, los creadores o showrunners, término por el que se les conoce en inglés y que engloba el trabajo como escritor, productor y en algunos casos hasta como director. “Es el mejor trabajo: aúna las labores de producción, con el manejo de toda la serie, pero ante todo está la escritura”, detalla Lindelof, pareja creativa de Cuse en Perdidos. “Disfrutamos de un modelo que nos permite hacer lo que hasta ahora las novelas han hecho a la perfección: contar historias largas, con personajes sólidos, y un arco dramático cambiante, algo que Dickens hacía muy bien. Este es un estilo al que hemos vuelto”, explica Elwood Reid, showrunner de la serie The Bridge.

El punto de inflexión en la transformación que ha experimentado la llamada caja tonta hasta convertirse en una nueva literatura llegó hace diez o quince años. No hay una fecha exacta, pero sí un nombre: el de David Chase y su drama televisivo, Los Soprano. Antes hubo series que hicieron historia, como Canción triste de Hill Street o Twin Peaks. Y a principios de los noventa también destacaron nombres como el de J. J. Abrams o el de Joss Whedoncon series como Alias o Buffy cazavampiros. Pero Los Soprano, además de marcar el comienzo de la edad de oro, cambió la forma de narrar, acercándose más a lo que conocemos como literatura. “No hay duda de que, tanto en el desarrollo de los personajes como en el de las historias, la televisión de la última década está muy por encima de lo que puedes ver en cine”, constata Nic Pizzolatto, novelista y autor de True detective. No es el suyo el único caso de novelista-guionista: Dennis Lehane, uno de los grandes de la literatura negra, es además productor y guionista de Boardwalk Empire. Como dice Jodie Foster, la actriz que ha dirigido algunos episodios de House of Cards y Orange is the new black, la televisión actual es un nuevo universo especialmente atractivo porque en él es la historia lo que cuenta. “Ann Biderman es ante todo y sobre todo una escritora”, subraya el actor Liev Schreiber sobre la creadora de Ray Donovan, otra de las series que ha destacado por el inteligente uso de las palabras.

Algo en lo que coinciden todos los showrunners —ya sea Michelle Ashford, creadora de Masters of sex; Ronald D. Moore, al frente de Outlander, o Matthew Weiner, autor de Mad Men— es en que se describen como escritores. Son un grupo de autores unidos por un uso particular de las palabras, que expresan a través de imágenes, y para quienes la regla de oro es “seguir lo que está escrito”, no separarse del guion. “Yo te llegaría a decir que la televisión es el mejor teatro que se puede ver en la actualidad”, añade otro de los creadores entrevistados por Babelia, el reverenciado Aaron Sorkin, guionista y dramaturgo además de showrunner de series como The Newsroom o El ala oeste de la Casa Blanca.

El espacio donde afloran las diferencias es en el proceso creativo. Por ejemplo, para Sorkin lo fundamental es el ritmo, el diálogo. Se considera un pésimo narrador, pero sus diálogos fluyen como si fueran música. Y, como buen escritor, le gusta trabajar a solas. Lo mismo les ocurre a otros autores como Pizzolatto con su True Detective o a Julian Fellowes y Downton Abbey. Dicen que lo que más aprecian de su trabajo es poder disfrutar de la soledad del escritor. Un caso notable fue el de Reid, quien no disimuló ante la prensa su alegría tras la marcha de Meredith Stiehm, cocreadora de The Bridge: “Finalmente estoy escribiendo la serie que quería escribir”, declaró entonces.

Todos vienen del campo de la literatura y esto puede explicar su búsqueda de la soledad, pero es algo excepcional entre los showrunners. La mayoría de los creadores aprecia el trabajo en grupo. “Lo mío es la colaboración. En la actualidad con Tom Perrotta y, por lo general, en una habitación llena de escritores. Las ideas son mejores si vienen de cinco o seis mentes”, dice Lindelof, en cuya última serie, The Leftovers, ha unido su destino profesional al del novelista de Juegos secretos. Para Lindelof, la vida de un novelista es “una existencia muy solitaria”. Para Cuse, “un dolor de muelas”. Otros, como el matrimonio King —Robert y Michelle—, ni se plantean lo de encerrarse a escribir a solas: trabajan al alimón en el drama The good wife y se llevan la historia a casa, compartiéndola incluso con su hija durante las cenas familiares. Lo mismo ocurre con David Crane y su pareja, Jeffrey Klarik, autores de Episodes. “El proceso de creación es constante, en el coche, en la cocina… ¿Qué

asaría si…? Un infierno lleno de amor”, dice Crane, que también estuvo detrás de la serie Friends.

Los Soprano, además de marcar el comienzo de la edad de oro, cambió la forma de narrar, acercándose más a lo que conocemos como literatura.

El llamado Writer’s Room o sala de guionistas es el centro de la creatividad para todos ellos. “El resto de la producción es el mal necesario”, agrega Ashford. Lo importante son esas páginas que salen de la sala. Una habitación en la que, a juzgar por algunas de las descripciones, lo que ocurre es más parecido al baño de sangre de Juego de tronos que a un intercambio de ideas. Hay autores que dividen el trabajo por capítulos, según quién esté disponible. Otros —como los King— se fijan más en la temática, para dar con el experto en la materia. Ashford reescribe el texto una vez recibe el trabajo de los que están con ella en esa habitación. Weiner va a la defensiva cuando toca descuartizar el episodio que él ha escrito, pero acepta correcciones (aunque no siempre las siga). “Al final es tu nombre el que representa la serie”, explica la autora de Masters of sex, contenta con esta continua colaboración, pero consciente de que escribir una serie no es algo que se ajuste a los mismos parámetros de un régimen democrático. “Lo ideal es alcanzar ese punto en el que todos pensamos como si fuéramos una sola mente”, detalla Biderman.

 

Donde más se ve la mano del autor, donde su trabajo es más comparable al de un novelista, es en el piloto y en el final. La mayor parte de las veces ese primer episodio se escribe en solitario o llega muy perfilado a la sala de guionistas para encontrar allí más palabras, más diálogos. Los finales también suelen quedar reservados al autor. Hay quien jura y perjura conocer el final de la historia desde que esta arranca. “Ann es una visionaria”, dijo el veterano intérprete Jon Voight sobre la creadora de Ray Donovan, quien, pese al férreo control que ejercía sobre su obra, ha aceptado “accidentes felices” como las improvisaciones del actor en el set. Pero saber adónde van con su obra no elimina la angustia del final. Así lo recuerda Vince Gilligan, autor de Breaking Bad, quien, pese a las buenas críticas recibidas por el final de su serie, vivió su puesta en página, primero, y luego en pantalla como una verdadera pesadilla, con una voz en su cabeza que le decía que no iba a ser lo suficientemente bueno.

En el caso de Cuse y Lindelof la voz fue real, la de los seguidores de Perdidos desencantados con un final que para sus creadores fue una “catarsis” que recibieron con lágrimas en los ojos. “Lo que también ha cambiado en la televisión es ese contacto más directo con tus seguidores”, explica Lindelof, sabedor de que los escritores de series han perdido el anonimato en el que se movían. Ahora los showrunners son las nuevas estrellas. “Sabes que detrás de Breaking Bad está Vince Gilligan, y detrás de Los Soprano, David Chase. Hay un verdadero sentimiento de autor”, añade. Un autor que nunca se puede permitir el temor a la página en blanco. No hay tiempo. Y que, curiosamente, a pesar de hablar todo el tiempo de la nueva literatura, apenas menciona un libro como fuente de inspiración. El cine europeo de Antonioni o Fellini es el referente de Cuse. E Ingmar Bergman, el de Ann Biderman, a pesar de que su madre era íntima de Allen Ginsberg y ella formó parte de la escena artística del hotel Chelsea. Cabe convenir con Reid en que al final la televisión hoy es el centro de una conversación “como la que antes manteníamos sobre libros y cine”.

 

 

 

Fuente: Rocio Ayuso, El Pais, Babelia, septiembre 2013.

Emmanuel Carrère, el escritor perturbador

La sombra de una patología casi siempre oscurece los relatos de Carrère, un perturbador profesional que parece haber leído muy bien a Kafka porque saca sobrado provecho de la vida cotidiana para cimentar en ella los edificios de desasosiego y de angustia que acaba levantando. Desde El adversario (1999), la historia de la vida ficticia de Jean-Claude Romand y de su truculento final, y con Una novela rusa (2007) optó por una suerte de novela de no ficción cercana al reportaje o la crónica novelada, en la línea de Truman Capote en A sangre fría, convencido como estaba de que la novela no tiene por qué verse asociada por defecto a la imaginación, a la ficción, un criterio ciertamente interesante a estas alturas de la película, cuando “novela” ya es todo aquello que se lee como tal.

Desequilibrio e inestabilidad, y un carácter enfermizo que ahoga tramas engañosas que crecen en el libro como hiedras o enredaderas por la pared de una historia en apariencia trivial. Anagrama edita en español El bigote, cuyo original publicó POL en 1986, la inquietante historia de un hombre que, tras años de lucirlo, se afeita el bigote ante la inexplicable y sospechosa indiferencia de su esposa, Agnès, que le inyecta entonces una extraña y perturbadora sensación de enajenación, de hipotética locura, de pesadillesca aprensión, de posibilidad de confabulación. Carrère sitúa a su protagonista entre una broma insulsa y el horror absoluto con la facilidad aparente con la que un escritor novel redacta: “Era de noche y sin embargo llovía”, o con la que Fredric Brown escribió en 1948 su célebre precedente del microrrelato: “El último hombre sobre la faz de la Tierra se sentó solo en una habitación. Alguien llamó a la puerta”: una frase banal, pero una frase extraña. El desasosiego nacido de la normalidad. Y en el caso de Carrère en la novela que nos ocupa, el horror nacido de una

situación doméstica, como efectivamente sucedía en Kafka, y en Camus, y en esos curiosos textos de Roald Dahl Relatos de lo inesperado. Con El bigote se ha recuperado una obra de Carrère del tiempo en que su creación dependió de la imaginación y la ficción se imponía en el texto, como sucede en la otra novela recuperada ahora, Una semana en la nieve (1995), una inquietante semana de colonias del Petit Nicolas, trufada de presagios y de augurios, como le gusta a Carrère y les gusta a sus miles de lectores.

El protagonista
se afeita el bigote
ante la inexplicable y sospechosa indiferencia de su esposa

Tal vez lo sea provocar tristeza o suscitar risa, pero no es fácil crear ansiedad o malestar de la mano de operaciones paradigmáticas y sintagmáticas, esto es, alineando palabras previamente seleccionadas en un texto que altere el estado emocional de un lector. Eso lo sabe hacer Carrère francamente bien, sin necesidad de acudir a la literatura de género, simplemente eliminando lo superfluo y quedándose con lo útil, explotando hasta el final la idea de espontaneidad ficticia, jugando al ready made narrativo, escribiendo prosa con una naturalidad inusual, sin los abalorios que pudieran hacerle recordar al lector que lo que está leyendo es retórica narra

situación doméstica, como efectivamente sucedía en Kafka, y en Camus, y en esos curiosos textos de Roald Dahl Relatos de lo inesperado. Con El bigote se ha recuperado una obra de Carrère del tiempo en que su creación dependió de la imaginación y la ficción se imponía en el texto, como sucede en la otra novela recuperada ahora, Una semana en la nieve (1995), una inquietante semana de colonias del Petit Nicolas, trufada de presagios y de augurios, como le gusta a Carrère y les gusta a sus miles de lectores.

El protagonista
se afeita el bigote
ante la inexplicable y sospechosa indiferencia de su esposa

Tal vez lo sea provocar tristeza o suscitar risa, pero no es fácil crear ansiedad o malestar de la mano de operaciones paradigmáticas y sintagmáticas, esto es, alineando palabras previamente seleccionadas en un texto que altere el estado emocional de un lector. Eso lo sabe hacer Carrère francamente bien, sin necesidad de acudir a la literatura de género, simplemente eliminando lo superfluo y quedándose con lo útil, explotando hasta el final la idea de espontaneidad ficticia, jugando al ready made narrativo, escribiendo prosa con una naturalidad inusual, sin los abalorios que pudieran hacerle recordar al lector que lo que está leyendo es retórica narrativa que pretende ser real. Pocos lectores presagian el gore en una narración límpida y en apariencia costumbrista y con toques de humor, en la que Carrère escribe con la neurótica meticulosidad, el laconismo y la parataxis del nouveau roman. El bigote es un ejercicio kafkiano de narración psicopática que juega desde el principio con el pacto narrativo y la fingida ingenuidad adánica del lector, que aguarda que la solución que tiene en su cabeza sea la que el autor ha pensado, en una suerte de extraña pero tentadora partida de ajedrez en la que perder no resulta una derrota porque llegar al movimiento final de El bigote ya de por sí resulta una recompensa.

PD: Una frase clave: “¿Para qué limpiar los instrumentos del crimen si el cadáver se ve a la legua?”.

El bigote. Emmanuel Carrère. Traducción de Esther Benítez. Anagrama. Barcelona, 2014. 179 páginas. 14,90 euros

Abren biblioteca flotante en barco atracado en Nueva York

    • La única prohibición es usar dispositivos electrónicos

El espacio busca brindar a sus visitantes la oportunidad de leer al aire libre

NUEVA YORK, ESTADOS UNIDOS.- El pasado 7 de septiembre la artista estadounidense Beatrice Glow inauguró  en un barco atracado en Nueva York, una ‘biblioteca flotante’ que busca darles a los habitantes de la ciudad la oportunidad de reencontrarse con la lectura, en un espacio público y al aire libre.Montada durante el mes de septiembre en el barco museo Lilac, anclado en el lado oeste de Manhattan, el proyecto de arte ‘Biblioteca Flotante’ intenta ofrecer a los neoyorquinos la oportunidad de convivir en un espacio ajeno al consumismo, donde la única prohibición es usar dispositivos electrónicos.

“Hace como 18 meses, sentí que ya no existían espacios públicos en la ciudad de Nueva York por la excesiva privatización de los espacios, y que la gente ya no tenía lugar para pensar o soñar sin necesidad de un teléfono celular o sin tener que interactuar con una pantalla”, dijo Glow.

En entrevista, la artista indicó que el concepto de crear una biblioteca en un barco resulta muy adecuado porque ofrece a las personas la sensación de que ya no están en tierra firme y de que pueden tomarse la libertad de desconectarse de sus dispositivos electrónicos y relajarse.

La librería incluye unos 50 títulos, muchos de los cuales son libros artesanales, hechos a mano, o ediciones únicas de escritores emergentes, aunque se pueden también encontrar obras de literatos consagrados, como Paul Auster. Glow se considera la iniciadora de un proyecto en construcción, que fue montado por el trabajo de más de 40 voluntarios y artistas que donaron su tiempo y su obra para acondicionar un espacio colectivo, donde se llevaran a cabo performances y mesas redondas, en las que cualquiera tiene cabida.

“Lo que hice fue crear un infraestructura para interactuar, con muchos espacios, para que la gente se pueda sentar a leer o a conversar. Pero lo más importante es que tenemos muchos talleres y mesas redondas, donde no puede haber personas en un nivel por encima de otras”, asentó.

La artista resaltó que al final de cuentas la biblioteca flotante es “un experimento social” para ofrecer un remanso de tranquilidad en un espacio de convivencia horizontal, donde nada se debe comprar o consumir y donde la interacción directa tiene preeminencia sobre la comunicación virtual.

Laura Hernández, visitante al proyecto, declaró que una iniciativa como la de Glow atrae a “todo tipo de personas” en Nueva York, desde artistas y editores, hasta personas que se interesan primariamente en las actividades marítimas y los barcos.

“La gente esta absorta en la tecnología y en sus propios problemas. Están muy centrados en sí mismos porque no quieren molestar a otras personas ni nada parecido, así que creo que el barco es una buena manera de que la gente se desconecte de la tecnología y recupere su espacio”, dijo Hernández.

The Mothers Who Killed Jewish Children: Wendy Lower on Hitler’s Furies

Nir Cohen met Wendy Lower during a visit to London to discuss how ordinary women became murderers in service of the Nazi regime
Wendy Lower’s Hitler’s Furies (Chatto&Windus) tells the largely overlooked history of women who helped facilitate and often took an active role in the murderous project of the expanding Reich. Exploring the lives of 13 individuals, Lower weaves a complex story that goes against the well-trodden narrative of women – those employed in the camps excepted – being merely bystanders and often innocent victims of a cruel and sadistic regime. It purports to revise a history that has portrayed German women as loving wives and dotting mothers, oblivious – for the most part – to the atrocities carried out by their government and its agencies.


The book takes a similar approach to Christopher Browning’s Ordinary Men (1992). Lower attempts to square the violent actions of German perpetrators with their alleged normality. She focuses on the female counterparts of Browning’s men. Her subject matter is the young secretaries, nurses, teachers, wives and lovers, who moved eastward in the early 1940s in search of a career or romance. For many, however, the eastern sojourn was more than just about bettering their lives as they became immersed in Nazi ideology and implicated in the regime’s killing machine.
“You can’t understand genocide as a collective, state-sponsored crime and leave half of the population out of it,” says Lower. “In the case of male perpetrators, there are many well-researched and defined types – ordinary men, desk murderers, sadists, soldiers, doctors. This book is an attempt to think about how women also fulfilled various roles and suggest new typologies that would not only include women but also women and men working together”.
Q. While the book has academic depth and scope, you write in a biographical and accessible style.
A. Yes, I wanted to attach human faces to events. I intentionally selected individuals who represent the different groupings I wanted to discuss – the wives, secretaries, nurses etc. I was interested in writing about these women’s pre-war years of socialization as well as what happened to them after the war – how they talked about their experiences in the east, if they did at all, and what they did or was done to them.
These women were young and they had ambitions and career aspirations. We can all relate to the idealism and naïveté they had as young women. But then they volunteered to be in these actual operations. I wanted to show that transformation because of course after the war they didn’t go on to become homicidal maniacs. It’s important to see how normal, ordinary women got sucked into this horrific setting.
Q. Do you think they ever saw their actions as morally wrong?
A. It’s hard to get into their heads. As you might expect, evidence suggests that women who showed remorse – that’s too strong a word, maybe I should say shame – also felt dismayed at what they saw during the war but they felt helpless. So there is some continuity there. But I can’t tell what those who were strongly implicated and bloodied their hands felt about it after the war. They didn’t confess unless under duress – they lied about or denied their past, or simply remained silent. I suspect that they were resistant to feelings of remorse. The individuals who became perpetrators were invested in the Nazi ideology and they wanted that revolution to be successful. Their identities were totally wrapped in that. Some of the individuals still got together after the war through social networks, which shows a complete lack of repentance.
Q. How do you explain the reluctance of the West German legal system right after the war to prosecute and convict those who took part in the Nazi killing machine?
A. There were so many issues to be dealt with after the war. There was a generational shift in term of persecutors who were pushing these cases but couldn’t get convictions because of older and conservative judiciary. They tried to push convictions of murder based on a much older system. Simply put, their laws didn’t fit the crimes. And not enough time had passed for people to want to push convictions and start seeing Nazi perpetrators with vengeance and animosity. The gender issue made things even more complicated. In the case of women defendants, perceptions of culpability get wrapped up in the image of women’s innocence, the belief that they couldn’t commit such crimes.
Q. It was very different in East Germany.
A. Yes. The Soviet and German systems were mixed in East Germany and the crime of genocide was incorporated into the East German system. Erna Petri, one of the women whose stories I tell in the book, was convicted of multiple crimes, not just murder but also crimes against humanity.
Q. You describe horrible cases of violence and sadism in the book. As a long-term Holocaust scholar, have you become immune to dealing with such atrocities?
A. No, you don’t become immune. It’s true that over time – especially as you focus on numbers – you can lose sight of the magnitude of the Holocaust and the individual impact it has had. But then you read a testimony of a survivor and it all takes another dimension. That is why I was trying to focus in my book on individual stories.
Q. How would you answer to those who claim that we suffer from Holocaust fatigue?
A. I do hear it a lot, also in the publishing world, where some think it’s a popular topic that sells but others believe the market is flooded. I am concerned that there will soon be an assumption that we know all that there is to know. The Holocaust is the best-documented genocide and there is still so much that can be discovered and studied. My book is one example, and I hope it will lead other researchers to go back to other genocides and ask similar questions. Or go back to the Holocaust and look at more case studies. There are many histories that haven’t been written yet about the Holocaust: immigration of both perpetrators and survivors after the war, juridical issues and courtroom cases, medical issues related to physical depravation and starvation. Only recently we learned that there were in fact 40,000 camps throughout the German empire, we need to know the history of these places. We’re still in the aftermath of it all and I’m still talking to survivors and perpetrators. Every day they’re passing, but the landscape is still there. 70 years is nothing in the grand scheme of things especially for something of that magnitude.
Q. On a more personal note, what attracted you to this specific issue of the Holocaust?
A. I don’t have a Jewish background. I came to the subject matter because I was interested in German history. I studied in Vienna in 1985-86 at the time Kurt Waldheim was elected as President, and I took note of the controversy about his past. I was aware of the Holocaust from an early age, I remember a survivor coming to my school in New Jersey to talk to us. Later as an academic I started researching it in archives and through testimonies. It feels like a moral duty, to bring these stories out. We all share some responsibility for what happened and that is what keeps me going.
Q. You live part of the year in Munich. Is the war still felt on the German street today?
A. Yes, it’s ever present though there is awkwardness about it and people may not like to talk about it. Germany is a model for how a post-genocidal society can deal with its past. It’s not perfect and there is a lot I can criticise – lack of convictions in West Germany is one thing, although it was even worse in Austria – but the resources are there and investigations are carried out. The memorial work that has been done is wonderful but it is not going to sustain research in the future. There is currently an initiative to set up a research institute similar to those at Yad Vashem in Jerusalem and the Holocaust Museum in Washington DC. Memorials are important but we need to think about training the tour guides of tomorrow and developing the curriculum for future generations.
Hitler’s Furies: German Women in the Nazi Killing Fields is out now.
Author:
Nir Cohen