«Cortocircuito»

Cuento
«Cortocircuito»

Sucedió en una mañana húmeda y calurosa de verano del presente año. Como cada día me desperté al alba, pero de repente un malestar en general y una profunda pereza me hicieron vacilar por unos minutos si debía continuar con mi ritual matutino. No escuché a mi cuerpo y a marchas forzadas me levanté de la cama tratando de no hacer ruido para evitar despertar a mi marido. Con pasitos tácitos y mesurados caminé sobre el piso de madera antiguo, descendí las escaleras con los ojos entreabiertos y agarrándome del pasamanos. Luego me dirigí a la biblioteca que se encuentra al centro de la casa. Instantes después, encendí la luz, y me encaminé hacia el escritorio. Una vez sentada, prendí mi laptop para trabajar en mis escritos y en mis blogs, o al menos esa fue mi firme intención inicial. En eso tuve la irresistible sensación de hambre por lo que me puse de pie y me fui a la cocina a buscar un yogur. De regreso, comencé a abrir los archivos en los que trabajaba desde hacía algunos días. Mientras trabajaba me sentí sofocada y traté de abrir la ventana en forma de guillotina enfrente del escritorio, pero nada, no pude hacerlo, pues tenía que mover el mueble para ello y la tarea me resultó complicada por lo que se quedo en un intento. Y así indispuesta seguí trabajando, hacía esfuerzos colosales por concentrarme y teclear algunas líneas, la fatiga inexplicable de hace días se acumulaba y me pesaba como una cruz.
Cerca de la 6:30 a.m. escuché las voces de mi hija y mi esposo cuchicheando en las escaleras, tiempo después entraron a la biblioteca, nos saludamos y después cada quien siguió en sus asuntos como habitualmente. Crystal se puso a leer unos libros infantiles y Mathieu cogió su Ipad para leer la presse y ponerse al día de lo que pasaba en el mundo y en la provincia. Así pasaron unos minutos hasta que mi hija aburrida, supongo, se fue a la sala a ver una caricatura y mi esposo tomó camino hacia el baño. En segundos me encontraba sola, por más que trataba de trabajar en un artículo para mi blog la inspiración no llegaba y cada vez me sentía peor. Cansada de auto-torturarme opté por navegar por la red sin objetivo alguno. Y de vez en cuando tomaba el yogur líquido, sin embargo, el último trago me cayó mal, me dieron nauseas y allí comenzó mi suplicio. Empecé a sudar frio, me sentí mareada, por lo que mi último pensamiento fue de pedirle ayuda a Mathieu… pero las fuerzas me abandonaron, por que después ya no supe más de mí… fue como un cortocircuito, no había nada, ni colores, ni olores, ni personas, ni vacio, absolutamente nada. Perdí consciencia total.

Recuerdo que poco a poco volví a la vida, a lo lejos escuchaba la voz de mi esposo hablándome, aunque no entendía nada, lo veía borroso y a la zaga de él vi a mi hija llorando y gritando algo, pero no escuchaba qué. Después volví a fijar mi mirada sobre mi esposo que tenía el rostro desencajado y pálido y en su mano derecha el teléfono, él estaba hablando con alguien. Todo esto en un tris, de un golpe comprendí que algo grave me había pasado, la cabeza me dolía mucho y estaba tirada sobre el piso boca arriba por lo que traté de incorporarme pero no pude. Mis extremidades inferiores y superiores estaban engarrotadas y no respondían a mis órdenes. Me asusté, el corazón me aporreaba, y una gran angustia se apoderó de mí. Pensé que probablemente nunca más podría moverme, que quedaría paralizada. Muchas ideas pasaron por mi mente en segundos: también pensé que había sufrido un derrame cerebral o algo parecido. En mis oídos había un zumbido estridente y constante. Tuve mucho miedo. Miedo de morir tan súbitamente, con tantos pendientes y tantos sueños por cumplir. Miedo de no volver a acariciar a mis hijos y a mi esposo ni ver sus hermosas sonrisas, miedo de ya no volver a ver más atardeceres ni anocheceres, y tantas otras cosas más que pasaron por mi mente como una película. En resumidas cuentas, me invadió un miedo cerval indescriptible. Al mismo tiempo, mi esposo recibía instrucciones del 911. —Lore la ambulancia ya viene, aguanta mon amour, todo va estar bien— me dijo y partió para abrir la puerta principal para que los ambulancieros pasaran ipso facto. Sus palabras me llenaron de pavor y me vencí y ya no hice más intentos por levantarme. Crystal no dejaba de gimotear, estaba traumatizada. Al poco tiempo entraron los ambulanciers uno de ello me tomó la presión y preguntó que es lo qué me había pasado. Mathieu tomó la palabra y le relató que él escuchó un fuerte golpe en la biblioteca y pensó que nuestra hija había dejado caer varios libros. Pero no fue así. Crystal al escuchar el golpe fue de inmediato a la biblioteca y me encontró tirada en el piso, convulsionándome. Aterrada, corrió al baño a pedirle ayuda a su padre. Éste trató de reanimarme pero al ver que yo no reaccionaba llamó de inmediato al servicio de urgencias. Les explicó que durante más de cinco minutos estuve inconsciente, con la mirada extraviada, en el limbo, con las pupilas dilatadas, que hablaba en otro idioma, con las extremidades entumecidas, y que no respondía a su llamado. Él creía que estaba agonizando y en repetidas ocasiones me cerró los ojos para evitar que nuestra hija me viera en tal estado, pero yo los volvía abrir según dijo. Una vez que terminó el recuento de los hechos me subieron a la camilla, Mathieu les dio mi tarjeta de assurance maladie y me dio mi celular para comunicarnos, después partimos rumbo al hospital.
En casa se quedaron mis hijos y mi esposo, les dijeron que les llamarían para darles noticias de mi salud, que no tenía caso que fueran, pues los estudios tomarían todo el día. Y así fue. Durante el traslado casi vuelvo a desvanecerme, pero me pusieron una mascarilla de aire para ayudarme. Ya en la sala de urgencias me llevaron a practicarme un electrocardiograma, el cual salió negativo, no había daños. —Elle fait seulement la baisse pression— confirmó una enfermera. Como el dolor de cabeza continuaba les pedí algo para mitigarlo y me dieron una aspirina.
El resto de la mañana la pasé en un pasillo gris y tétrico de la sala de urgencias, oyendo quejidos de otros pacientes, y viendo el ir y venir de enfermeras y médicos, estaba hecha un manojo de nervios y preguntándome que más me harían. Al medio día un médico fue a verme y le repetí la misma historia que mi esposo contó a los ambulancieros y claro mi propia versión de los hechos. El médico me dijo que para estar seguros que no había daños en mi cerebro me harían un scan. Y por la tarde o noche cuando el neurólogo pudiese me pasaría a ver para informarme de los resultados. Las horas pasaron lentamente, de hecho me parecieron eternas. De vez en cuando, a hurtadillas le mandaba mensajes a mi esposo informándolo de los estudios y otros pormenores para al menos disminuir su zozobra sobre mi estado de salud. Y él, de igual forma me refirió como iban las cosas en casa, me escribió que William mi hijo pequeño no dejaba de preguntar por mí, y que Crystal había llorado por horas hasta que la vecina de enfrente la invitó a jugar.
Como mi presión estaba muy baja me pusieron suero para estabilizarla. Cerca de las dos de la tarde me moría de hambre y le solicité a la enfermera en turno que me trajese algo de comer, pero ella me respondió que no podía comer alimentos hasta que lo autorizara el médico. Deprimida, exangüe, me quedé dormida el resto de la tarde. Ya por la noche el bullicio en el pasillo me despertó, era el cambio de turno, y al fin me trajeron algo que comer, lo devoré todo, incluso el estofado de carne que no me gusta. Todo indicaba que pasaría la noche en el hospital, miré la hora en el celular y justo cuando estaba escribiendo un mensaje para mi marido llegó la especialista quien me interrogó de nuevo para saber que había pasado. La neuróloga checó en mi presencia mis estudios de sangre, el scan del cerebro y por último me hizo unos exámenes de reflejos. Todo en su lugar. No había nada de que alarmarse. Esboce una leve sonrisa y me tranquilice. Y fue entonces que le pregunté a la neuróloga –¿Qué fue lo que me pasó? ¿Por qué no puedo recordar nada?– ella me respondió que lo que me había pasado fue un síncope. La baja presión de varios días hizo su efecto sobre mi cuerpo, de ahí la fatiga, las nauseas y la temperatura de ese momento (en plena canícula) se confabularon para darme ese terrible susto. No había nada que hacer. Solamente me dio unas recomendaciones para controlar la baja presión agregando más sal a mi dieta, tomar más líquidos y cítricos. Eso fue todo. Apenas se fue la especialista llamé de inmediato a mi Mathieu, el pobre estaba tan preocupado, pero al escuchar las buenas nuevas hasta el tono de voz le cambió. Media hora después me recogió junto con mis hijos, ya en casa nos dimos un abrazo, nos apapachamos y le di gracias a Dios y a la vida de que esta vivencia había quedado en sólo en una amarga experiencia. Esa noche dormí profundamente. Al día siguiente me levanté y concluí que todo había sido una horrible pesadilla ¡que alivio!

Longueuil, Quebec,  Octubre 2014.

Lorena Lacaille

 

 

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© Lorena Lacaille, 2014.

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