José Emilio Pacheco: A mares llueve sobre el mar

    • Reproducción con autorización de SM Editores México
    • Adelanto editorial

Conoce un adelanto de la biografia de José Emilio Pacheco (1939-2014), de la autoría de Laura Emilia Pacheco

GUADALAJARA, JALISCO (NOV/2014).- Enamórate de esta biografía de José Emilio Pacheco (1939-2014), de la autoría de Laura Emilia Pacheco e ilustrada por Mario Rosales, a través de la cual chicos y grandes pueden adentrarse en detalles de la vida este autor.

Llegué aquí, como ocurre con todos nosotros, por una serie de coincidencias, realidades, eventos, circunstancias y azares que podrían rastrearse hasta el principio de los tiempos. Todos tenemos nuestra propia historia, distinta a la de los demás, porque cada uno de nosotros es irrepetible.

Puede decirse que la mía comienza cuando, muy pequeño, conocí a José Emilio. A primera vista no pensé que podría llevarme bien con él. Me pareció algo tímido, distraído. Siempre inmerso en la lectura de un libro, sentado ante la máquina de escribir —y después, frente a la computadora— terminando un artículo; apoyado sobre su codo izquierdo, con manchones de tinta en algunos de los dedos de la mano derecha. Siempre usa pluma fuente para escribir sus poemas. Solo lo hace de noche para no molestar a los vecinos con el ruido de las teclas de la máquina de escribir y, aun cuando desde hace mucho usa computadora —que casi no hace ruido—, se le quedó la costumbre de escribir su poesía mientras el mundo duerme, no suena el teléfono y nadie llama a la puerta. No sé ustedes, pero a mí me cuesta mucho trabajo concentrarme y lo peor que me puede suceder cuando estoy ocupado es, justamente, pararme a abrir la puerta. Grrrrrr.

José Emilio vive inmerso en la escritura. Le encanta la música y leer poesía, historia o sobre nuestro destino como personas y como habitantes de este planeta. Piensa, todo el tiempo piensa. Quizá por eso en un principio imaginé que era distante, frío. Pero no hay que juzgar a las personas sin conocerlas.

Muy pronto comprendí que la realidad era otra. Casi de inmediato me percaté de nuestras similitudes: nos sentimos fascinados por la Luna, nos gusta el silencio, nos invade una perpetua curiosidad por todas las cosas (lo cual tiene un lado bueno y otro no tan bueno), estamos alertas a cuanto ocurre a nuestro alrededor y, sin embargo, a la vez habitamos nuestro mundo propio.

La luna rota

Nevó toda la noche de plenilunio y al despertar

Y ver el bosque hundido en la nieve

Parece irreal

Que ya amanezca y aún siga intacta la Luna

Si ha caído en pedazos para llenar de blanco este día.

Debo ser sincero. Cuando llegué, su expresión no era nada amigable.

—¡No! ¡Un gato! No quiero ni verlo —dijo, llevándose la mano a la frente, sin saber que yo lo escuchaba desde el interior de mi taxi para mascotas. José Emilio había sufrido mucho por la muerte de su adorada Emma, una gatita que vivió 15 años (eso, en tiempo-gato, ¡es como tener cien años humanos!). Lo cierto es que José Emilio tiene una larga historia de amor por los animales (perros, tortugas, aves, guacamayas… ¡hasta una ratita blanca y un conejo!), y cuando les pasa algo o se mueren, se entristece.

Decidí actuar. Mi estabilidad física y emocional estaban en juego. No podía arriesgarme a quedar sin casa, en el desamparo: esponjé mi pequeña cola peluda, posé una patita fuera del taxi —claro, asegurándome de exhibir mis almohadillas nuevas color de rosa— y, cuando todo mi cuerpo quedó expuesto, comencé a hacer lo que me sale mejor: ronronée y ronronée y ronronée: prrrrr… prrr… ¡prrrrrrrrrrrrr!

En verdad creo que me excedí un poco. El volumen de mis ronroneos fue desproporcionado en relación a mi tamaño. En ese momento yo era talla chica. Ahora que ya crecí me siento cómodo en mediana o grande, dependiendo de cómo esté mi día. (Para jornadas largas o difíciles prefiero llevar una talla holgada que no me apriete.)

José Emilio quedó desconcertado. Ahora o nunca, pensé. Dice mi abuelita que las oportunidades hay que “tomarlas por los pelos”, es decir, no podemos dejar que se escapen porque no sabemos si volverán, y yo tengo mucho pelo, José Emilio también: ¡los dos tenemos muchísimo!

Aproveché su confusión. Él me miró. Me impulsé para dar un salto enorme. Grácil y suavemente aterricé en su hombro. Me posé allí. ¡José Emilio no lo esperaba! El factor sorpresa fue decisivo. Al principio se quedó inmóvil, muy serio. Luego se inclinó un poco, como para evitarme una caída, y sonrió: la verdad es que siempre ha tenido un gran corazón. Con mucho cuidado me tomó en su mano enorme, suave, con venas por donde casi puede verse un desfile de letras pasando a toda velocidad por el torrente sanguíneo en su viaje hacia el cerebro: a, w, z, ü, m, e, o, c, ñ… (Como ocurre con los poetas y los escritores, a José Emilio las letras le dan vida.)

Mi cuerpo pequeño, tibio y suave se amoldó a la palma de su mano, y quedé convertido en una “O”. Ya con otro semblante, acarició mi cabeza y me miró detenidamente:

—Orso. Te vas a llamar Orso —dijo.

—Prrrrrrr… —contesté.

Gato

Ven, acércate más.

Eres mi oportunidad

de acariciar al tigre

—y de citar a Baudelaire.

A José Emilio le encanta el mar; le gusta todo lo que sea de agua: ríos, lagos, nubes, lluvia, la perfección de una gota. Tal vez se debe a que, por parte de su mamá, Carmen Berny, su familia está íntimamente ligada al océano. José Emilio se apellida Pacheco Berny. Los Berny son originarios de Marsella, Francia, donde muchos de ellos eran capitanes de barco, marineros. Algunos cruzaron el Atlántico y llegaron a la Península de Yucatán.

Otra de las cosas que más le gustan es la música. Hermenegildo, su abuelo paterno, era muy pobre. Sobrevivió gracias a un gran don: tocaba todos los instrumentos. El papá de José Emilio, Jose María Pacheco Chí, era militar y notario, pero también excelente músico. Sobre todo le gustaba tocar el clarinete. El tío Julián era un virtuoso del violín. Supongo que de ahí le viene a José Emilio el oído para la poesía.

Después de conocer la historia marítima de su familia y su amor por el océano (en especial le gusta el mar embravecido), imaginé que José Emilio habría llegado al mundo en un barco, en medio de una tormenta, a bordo de un buque, o en una panga, en la ribera de un río sinuoso que se adentra en la espesura de la selva. ¡No, qué va! Él nació el 30 de junio de 1939 en la ciudad de México y pasó los primeros años de su vida en la colonia Roma.

Mar eterno

Digamos que no tiene comienzo el mar:

empieza en donde lo hallas por vez primera

y te sale al encuentro por todas partes.

Mucho tiempo después, en 1981 escribió una novela corta o un cuento largo (como quieran llamarlo) que se desarrolla ahí, acerca de un niño que se enamora de la mamá de uno de sus compañeros de escuela. El libro se llama Las batallas en el desierto.

Anuncios

Entrevista a GUADALUPE NETTEL (“El matrimonio de los peces rojos”)

Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973) es autora de las novelas El huésped (finalista del Premio Herralde 2005) y sus posteriores y muy celebradas obras Pétalos y otras historias incómodas y la novela El cuerpo en que nací, publicadas en Anagrama. También ha escrito El matrimonio de los peces rojos (Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero). Ha sido traducida a más de diez lenguas. Sus libros han obtenido, además, diversos galardones, como el Premio Nacional de Narrativa Gilberto Owen, el Antonin Artaud y el Ana Seghers. Entre las reseñas dedicadas a su obra cabe destacar: «Guadalupe Nettel revela la belleza subliminal que hay en los seres de comportamientos extraños y sondea minuciosamente la intimidad de su alma» (Le Magazine Littéraire); «Los lectores avezados disfrutarán de esa nueva voz literaria, tan sofisticada como original, en el panorama de las letras latinoamericanas» (Arcadia, Colombia); «Una de las más singulares escritoras mexicanas» (J. A. Masoliver Ródenas, La Vanguardia); «La mirada que posa sobre las locuras suaves o destructoras, las manías, las desviaciones es de una agudeza tal que nos remite a nuestras propias obsesiones» (Xavier Houssin, Le Monde).

EL MATRIMONIO DE LOS PECES ROJOS

En estas cinco narraciones intensas y de atmósfera delicada, Guadalupe Nettel nos propone un cruce de caminos entre el mundo animal y el universo humano para hablar de temas tan naturales como la ferocidad de la vida en pareja, la maternidad –cuando es deseada y cuando no lo es–, las crisis existenciales de la a dolescencia o los lazos inimaginables que pueden establecerse entre dos enamorados. Su mirada proyecta lo subterráneo y lo secreto de sus personajes, lo anómalo, lo inconfesable. Los cuentos de El matrimonio de los peces rojos son espacios magistralmente construidos en los que nos preguntamos cómo y en qué momento se fraguan en nosotros las decisiones más íntimas y soterradas, aquellas que, sin sospecharlo, marcarán de manera definitiva nuestra existencia.

4 libros básicos de Sergio Ramírez

Sugerimos la lectura de cuatro fundamentales del reciente ganador del Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en el Idioma Español.

Al nicaragüense, Sergio Ramírez se le considera uno de los mayores prosistas del idioma. A lo largo de su carrera ha cultivado, casi siempre con buenos resultados, la novela, el cuento, el ensayo y el testimonial.
A continuación proponemos cuatro lecturas básicas y diversas del narrador ganador de los premios Latinoamericano de Cuento 1971, Internacional de Novela Alfaguara 1998, Casa de las Américas 2000, José Donoso 2011 e Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en el Idioma Español 2014.

Adiós muchachos. Aguilar.
Con la pérdida de las elecciones generales en 1990, el proceso iniciado por la revolución sandinista contra el dictador Somoza en 1979 se detuvo en seco, y con él también se difuminaron los sueños, anhelos y esperanzas de cientos de miles de ciudadanos que participaron en aquel proceso transformador. Sergio Ramírez, miembro de la dirigencia revolucionaria y vicepresidente en la fórmula con Daniel Ortega, fue testigo excepcional de una utopía que se extendió más allá de las fronteras nicaragüenses.
Adiós muchachos es la memoria de una generación que luchó por unos ideales de rebeldía comunes, y que, si bien no pudo ver cumplidos todos sus objetivos de justicia, riqueza y desarrollo, siente el orgullo de haber traído la democracia a su país, Nicaragua, cuando las ideologías parecen desvanecerse.

4 libros básicos de Sergio Ramírez

Cuentos completos. Fondo de Cultura Económica.
Fruto de cinco décadas de insuperable oficio, estos cuentos narran con tono irónico los más comunes sucesos de la cultura latinoamericana. Destacándose por su sentido de lo visual, la cuentística de Sergio Ramírez logra crear, mediante un juego de perspectivas, efectos y sensaciones contrapuestas en el lector de sus historias. Historias frescas, personajes y diálogos pulidos, muestran el gran talento del nicaragüense y la madurez que ha alcanzado su trabajo.

Las mil y una muertes. Alfaguara.
Castellón fue un fotógrafo que anteponía el objetivo a la emoción. A salto de mata entre realidad y ficción, el nicaragüense cuenta la historia de este hombre que presenció el derrumbe de la segunda revolución francesa y terminó en los campos de exterminio europeo. Con Rubén Darío como compañero de viaje, el lector descubrirá a través de la cámara del artista la falsificación alucinante de nuestras nacionalidades, la fantasía derrotada de los ideales y las utopías. El mercenario Walker, el rey mosco, la reina Victoria, Napoleón el pequeño, el Archiduque Luis Salvador y su extravagante cortejo, Flaubert, Turguéniev y George Sand, sin olvidar a Chopin, se dan cita en una desbordante novela.

Margarita, está linda la mar. Alfaguara.
La acción oscila entre los años 50 y principios del siglo XX. La pieza ganadora del Premio Alfaguara de Novela en 1998, supone una visión de la historia moderna de Nicaragua, basada tanto en la realidad como en los añadidos de la leyenda.
Con perfecto engranaje, el narrador va abandonando y retomando la trama somocista, para adentrarse en la memoria del cartapacio de Rigoberto (hagiografía de Rubén Darío), en una suerte de flash-backs que se van entretejiendo con el presente, en una sutil filigrana. Se trata, así, de un ejercicio sobre la narración, sobre el poder de la memoria, sobre la intervención del pasado (ficticio o no) en la realidad.

Vida

Nació en Masatepe, Nicaragua, en 1942.
Ingreso en 1959 a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de León.
Fundó la revista Ventana en 1960, y encabezó el movimiento literario del mismo nombre. Al mismo tiempo participó en la resistencia cívica de los estudiantes contra la dictadura de la familia Somoza.
Se graduó con el título de doctor en derecho en 1964, Medalla de Oro como mejor estudiante de su promoción.
Fue electo dos veces, en 1968 y en 1976, Secretario General de la Confederación de Universidades Centroamericanas (CSUCA), con sede en Costa Rica.
En 1968 fundó la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA).
En 1977 encabezó el grupo de los Doce, formado por intelectuales, empresarios, sacerdotes y dirigentes civiles, en respaldo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en lucha contra el régimen de Somoza.
En 1979, al triunfo de la revolución, integró la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional. Fue electo vicepresidente en 1984. Desde el gobierno, presidió el Consejo Nacional de Educación y fundó la Editorial Nueva Nicaragua en 1981. En 1996 se retiró de la política para retomar su vida de escritor.

Cuentos y novelas

  • Cuentos, Editorial Nicaragüense, Managua, 1963
  • Tiempo de fulgor, novela, Editorial Universitaria de Guatemala, 1970
  • De tropeles y tropelías, cuentos, 1971
  • Charles Atlas también muere, cuentos, Editorial Joaquín Mortiz, México, 1976
  • ¿Te dio miedo la sangre?, novela, Monte Ávila Editores, 1977 (reeditado en 1998 por la Editorial Anama, Managua)
  • Heiliger Bimbam (novela, 1984), en: Erkundungen. 50 Erzähler aus Mittelamerika, Berlín Este, 1988, p. 36-46
  • Castigo divino, novela, Mondadori, Madrid, 1988
  • Clave de sol (cuentos, 1992)
  • Un baile de máscaras, novela, Alfaguara México, 1995
  • Cuentos completos, Alfaguara México, 1997
  • Margarita, está linda la mar, novela, Alfaguara, 1998
  • Catalina y Catalina, Alfaguara México, 2001. Contiene 11 cuentos:
    • La herencia del bohemio, El pibe Cabriola, La partida de caza, Aparición en la fábrica de ladrillos, Perdón y olvido, Gran Hotel, Un bosque oscuro, Ya todo está en calma, La viuda Carlota, Vallejo y Catalina y Catalina
  • Sombras nada más, novela, Alfaguara México, 2002
  • Mil y una muertes, novela, Alfaguara México, 2004
  • El reino animal, relatos, Alfaguara, 2006
  • Ómnibus, antología personal, cuentos, Editorial Universidad de Puerto Rico, San Juan, 2008
  • Juego perfecto, Editorial Piedra Santa / Amanuense Editorial, Guatemala, 2008; 11 cuentos
  • El cielo llora por mí, novela policiaca, Alfaguara, 2009
  • Perdón y olvido, antología de cuentos: 1960-2009; Leteo Ediciones, Managua, 2009
  • La fugitiva, novela, Alfaguara, 2011
  • La jirafa embarazada, cuento infantil, Granada, 2013
  • Flores oscuras, Alfaguara, 2013. Contiene 12 relatos:
    • Adán y Eva, La puerta falsa, La cueva del trono de la calavera, Ya no estás más a mi lado corazón, Las alas de la gloria, La colina 155, No me vayan a haber dejado solo, Ángela, el petimetre y el diablo, El mudo de Truro, Iowa, El autobús amarillo, Abbott y Costello y Flores oscuras
  • Lo que sabe el paladar. Diccionario de los alimentos de Nicaragua, compendio en comidas y recetas, 2014

Fuentes:

http://aristeguinoticias.com/1211/lomasdestacado/4-libros-basicos-de-sergio-ramirez/

http://www.sergioramirez.com

 

 

La tragicomedia de mi país: México

Hace nueve años que me exilié voluntariamente de México, sin embargo nunca he dejado de estar al tanto de lo que acontece en él. Tengo muchas razones: aún añoro a mi patria, a su gente, a su rica cultura, a su gastronomía, a su clima, a sus hermosas playas y bosques y claro el resto de mi familia y amigos siguen viviendo ahí. Cuando partí, era el último año del gobierno de Fox, y la esperanza de un cambio hace tiempo ya se había esfumado. Aunque era una realidad vaticinada desde que se supo que el PAN (partido de ultraderecha) estaría en el ejecutivo, la mayoría de los mexicanos no pudieron ver que todo era una farsa, un espejismo urdido por la mafia del poder. Y el gobierno del cambio sólo empeoró la situación. Con Felipe Calderón el país se convulsionó, no hubo mano firme, ni pasión por México, y mucho menos se pudo vivir mejor. Las promesas de campaña no se cumplieron, la imagen del país se deterioró como nunca con una lucha antinarco equivoca que solamente incremento los índices de violencia y demás actos delincuenciales que todos conocemos. En materia de economía no hubo estrategia que hiciera frente a la recesión y dejo un legado de pobreza, de precarización laboral y como nunca los escándalos de corrupción se multiplicaron. Aprovechando este panorama desolador el PRI volvió al escenario político con más fuerza, era vox pupuli que el grupo Atlacomulco ya tenía a su presidenciable: Enrique Peña Nieto y el retorno del PRI al poder era cuestión de tiempo. La izquierda con López Obrador no pudo remontar pese a haber atraído al voto joven, a la clase media y a los intelectuales del país. Y con toda clase de artimañas Peña Nieto ganó las elecciones. Todavía recuerdo con estupor los titulares de la prensa local (La presse de Montréal, la Gazette, le Journal de Montréal: «Enrique peña Nieto est le nouveau président du Mexique» la pesadilla había comenzado. De nada sirvió el movimiento #Yo Soy 132, la llamada primavera mexicana había sido debilitada por el gobierno (infiltrando encapuchados y anarquistas) y la dictadura mediática (Televisa-Tv Azteca) y como consecuencia el movimiento social-estudiantil quedo en un buen intento. Lo inevitable se hizo realidad. México tenía un sexenio de telenovela. La pareja de vodevil conformada por el Peña-Rivera nos dejaba claro a los mexicanos que este sexenio podía ser el tiro de gracia para el país.
Desde que este personaje patético, ignorante, sin escrúpulos, cofrade de la peor estirpe política del país y de un pasado nefando llamado presidente de México ha tomado las riendas del país ha quedado en evidencia su falta de visión, de compromiso, de sensibilidad para atajar los problemas sociales, de seguridad y que decir de la economía que esta por los suelos. Y se me estaba olvidando algo no menos importante y que salta a la vista: su falta de amor por México. No le han bastado los catorce años de servidor público para llenarse los bolsillos. El saqueo de los bienes de la nación, la impunidad y la corrupción son las características de este gobierno indolente. En el extranjero la imagen del país esta hecha trizas, desprestigiados como nunca. En muchas ocasiones he tenido varias discusiones con gente de mi entorno que estereotipa a los mexicanos con clichés bien conocidos: fiesta, tequila, sombrerudos que no trabajan, agachados, narcotraficantes, drogas, playas paradisíacas entre otros tantos. En esas diatribas les he hablado a mis interlocutores que México es una gran nación, que no sólo un lugar para vacacionar, que tiene gente de gran valía, profesionales comprometidos, gente honesta, que no todo esta podrido como parece, que gracias a ellos es que el país no ha sucumbido. Como mexicana me duelen los calificativos negativos hacia México. Pero ante los hechos es cada vez más difícil sacar la cara, todo parece en contra. Para colmo los hechos acontecidos en Ayotzinapa han terminado por desenmascarar la realidad del país. México esta al garete, en manos de una élite perversa, de una mafia a la que únicamente le interesa proteger sus intereses y acrecentar sus ganancias. El país y el resto de los mexicanos que se chinguen. Esa es la triste realidad. Sin embargo, ante este paisaje desolador y futuro incierto a los que si amamos Mexico aún nos queda esperanza de un cambio. Que los últimos acontecimientos sirvan para “el despertar de la nación” necesitamos una revolución de conciencias y si eso no basta una revolución social. Honestamente yo no veo otra salida. La población ya no puede más, ya basta de tantos abusos, ya no más desaparecidos, no más corrupción, queremos justicia, paz, oportunidades para todos. Hoy es el momento, no podemos bajar los brazos y agachar la cabeza como siempre, tenemos que luchar con los medios que están a nuestro alcance, un cambio sincero de adentro hacia fuera, aunque parezca insignificante ese granito de arena que podamos aportar hará la diferencia en el futuro, por que las nuevas generaciones lo merecen, merecemos los mexicanos una patria digna. Peña me das pena, renuncia que los mexicanos no te elegimos fuiste producto del dedazo y ya estuvo. Déjate de arengas y de discursos falaces que el único que ha desestabilizado el país eres tú y la camorra política que te apadrina.

“Todos somos Ayotzinapa”, “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”.

Lorena Lacaille
Montreal, noviembre 2014.
Para sugerencias y comentarios sobre mis artículos, escritos y sobre la información que encuentras en el blog, escríbeme al siguiente correo y te responderé a la brevedad posible.
-Lorenalacaille79@gmail.com

Derechos de autor
Este artículo es de libre distribución siempre y cuando respetes el nombre del autor y no alteres la información.
© Lorena Lacaille, 2014.

Un novelista sin etiquetas: Álvaro Enrigue

Un novelista sin etiquetas
Álvaro Enrigue es uno de los escritores más prestigiosos de México. El autor de libros como Muerte súbita (ganadora del Premio Herralde), Decencia, Vidas perpendiculares y La muerte de un instalador, entre otros, será uno de los protagonistas del próximo Hay Festival en Xalapa. Enrigue recibió a Gatopardo en Nueva York, ciudad en la que vive hace varios años y que define como “un suburbio acomodado del DF”. Habló sobre su oficio, su obsesión con ciertos personajes del pasado, su interés en la historia y la política, el cambio de los medios mexicanos y las resonancias del humor jalisciense en su prosa.
Texto: Gatopardo / Fotografía: Livia Corona / Coordinadora de moda — Luz Arredondo / Locación — The Peninsula New York
 Gatopardo: Escribiste Muerte súbita con el apoyo de instituciones como la Biblioteca Pública de Nueva York y la Universidad de Princeton. ¿Qué significa llegar a un momento de tu carrera en el que puedes dedicarte a escribir en condiciones inmejorables?Álvaro Enrigue: Hay una paradoja en el oficio: nunca hay condiciones inmejorables para ponerte a escribir y cada minuto es el minuto inmejorable para escribir. Es una cuestión de marcos mentales, más bien misteriosa. Terminé Muerte súbita en junio de 2013, mientras revisaba las pruebas de Valiente clase media y Un samurái ve el amanecer en Acapulco. Tenía el cerebro hecho plastilina —por no hablar de la espalda y los riñones—. Me tomé el verano para descansar y empezar en septiembre el libro en el que estoy trabajando. Tenía dinero para sobrevivir un año y no lo quería desperdiciar. Lo desperdicié. Estuve trabajando en la investigación del libro nuevo, escribí muchas notas, llené un cuaderno, emborroné unas ochenta páginas cerradas de ficción —un buen tramo para mí, que suelo escribir libros de entre 250 y 300 páginas—. A fines de agosto de este año empecé a trabajar en la Universidad de Columbia, no con una beca de investigación como la de la Biblioteca Pública sino con un trabajo de verdad, que arranca a las ocho de la mañana, termina a las seis e implica dar clases, asistir a reuniones, atender estudiantes. La novela no vino como debía hasta entonces, hasta que tuve que empeñarle de nuevo las noches, agotado, robándole tiempo a la vida real. Tiré a la basura las ochenta páginas que tenía y volví a empezar, en esas condiciones totalmente adversas. Lo que está quedando en el cuaderno ya funciona. Algo así me pasó con Muerte súbita, aunque de una manera menos obvia. En la Biblioteca Pública había las mejores condiciones del mundo para levantar un libro: un cubículo, cafetera exprés, silencio absoluto, las conversaciones más estimulantes que voy a tener en la vida durante el almuerzo —estaba en el Cullman Center con autores a los que admiro muchísimo, como Ian Buruma, Darryl Pinckney o James Fenton. Pero la verdad es que escribí muy poco —70 páginas más o menos—. Leí como nunca, pero la escritura sucedió realmente al año siguiente, cuando ya estaba en Princeton —que es un trabajo demandante: las mejores bibliotecas del mundo, pero también los mejores estudiantes y los más demandantes; viaje en tren dos o tres veces a la semana y así—. Tengo la sospecha de que los libros se inscriben en el cerebro en los periodos de condiciones inmejorables, que son periodos mayormente ociosos en términos productivos —leer me da tanto placer que no lo puedo enumerar entre las actividades productivas—. Luego viene el periodo del dictado, en el que te sientas y escribes, así, como si fuera obvio que lo que querías decir necesitaba esa forma, ese ritmo, ese léxico, esos personajes.


G: En Muerte súbita hay tres personajes que cambiaron la Historia, no sólo en sus disciplinas, sino en la evolución del pensamiento. ¿Cómo tomaste la decisión de escribir sobre Caravaggio, Quevedo y Hernán Cortés en un mismo libro?AE: Llevaba años con ganas de escribir una novela sobre Caravaggio como tenista y Quevedo me parecía un contrincante digno. Era unos años más joven que el pintor e igualmente fascinante: el poeta
 más inteligente en toda la historia de la 
lengua y al mismo tiempo un salvaje
—perdulario y putañero, facilito con la espada—. Ya había salido en otras novelas. Lo de Cortés, que es lo que más le gusta a la banda, vino de la nada, se gestó en ese periodo de incubación del que te hablaba. Es una novela que funciona por parejas que compiten entre sí y yo sabía desde el principio que Caravaggio iba a tener una de sus contrapartes en un amateca —un artista tenochca que trabajaba con plumas y no con pigmentos—. Sabía que ése iba a ser el episodio mexicano del libro y sabía que en algún momento Caravaggio iba a ver una de las alucinantes mitras de plumas que Vasco de Quiroga llevó a Europa como regalos para la jerarquía eclesiástica cuando lo invitaron al Concilio de Trento. El nexo se estableció casi solo cuando, en esos días deliciosos, nomás leyendo en la Biblioteca Pública, descubrí que la esposa de Pedro Girón, el duque de Osuna, gran amigo, jefe y protector de Quevedo, estaba casado con una de las nietas de Cortés, que el dinero que ambos se quebraban en las farras criminales por culpa de las cuales se pasaron la juventud bajo arresto domiciliario, era la herencia del Conquistador. Fue como estar papando moscas en el área y que te caiga un servicio de Rafa Márquez: nomás le pegas a la Chicharito —con cualquier parte del cuerpo— y es gol.

G: Has dicho que tu relación con Caravaggio es obsesiva, ¿por qué?

AE: ¿Qué quieres que te diga? Se le ocurrió la idea en la que se basa todo el arte moderno: la obra es el proceso y la pieza sólo el registro de ese proceso, la parte vendible. Para Caravaggio la obra era la representación de una escena bíblica en su estudio; el momento en que juntaba a sus amigos —mayormente ladrones, mendigos y putas— en su cámara oscura, los vestía de nobles, y los copiaba directamente al óleo según se iba modificando la luz, que controlaba con espejos y cortinas. El cuadro resultante no le importaba, lo vendía rapidito, al principio por nada y luego por mucho dinero —era famosísimo—. Además era un pandillero y un asesino, un borracho, una celebridad abiertamente bisexual —en el año 1600— y un tenista notable; su panita de farras en su periodo de máxima producción era Galileo Galilei. Imposible no escribir sobre él.

G: Caravaggio y Quevedo, a pesar de su lado oscuro, fueron artistas brillantes. Cortés, en cambio, aparece como tibio y asustado por un rol que le queda grande. ¿Por qué escogiste retratarlo así?

AE: Yo creo que así era, pero es una especulación novelística. Una teoría que sólo puede proponer alguien a quien no se le exigen pruebas —los géneros del arte son eso, métodos de conocimiento verificable a través de procedimientos no estadísticos—. Que fuera un melancólico es la única forma en que se explica que un tipo tan cualquiera, más bien ya madurito —en el siglo XVI un hombre de cuarenta años ya tiraba a viejo—, tome la decisión de conquistar él solo un imperio y lo consiga. Es por un lado un gesto de locura casi cómico; por el otro, es la gran epopeya que abre la modernidad. La caída de Tenochtitlan no sólo produjo el imperio más grande de todos los tiempos, abrió una vía segura para el comercio con China. El mundo se globalizó porque el indolente de Cortés un día tuvo un rapto y se metió en el berenjenal de convertir unilateralmente su expedición de reconocimiento en una de población y gobierno. Siguió en automático y luego nunca supo qué hacer con la victoria. Mientras más leía sus biografías —primero buscando información sobre sus hijas, pero luego ya alucinado por su personalidad—, más quería escribir sobre él. Terminó siendo irresistible.

G: Decencia, dijiste alguna vez, es el resultado de una conversación que tu generación aún no se animaba a tener. ¿Qué más le faltará a tu generación por enfrentar en terrenos literarios?

AE: Imagínate si podría sentirme con derecho a proponer los temas de toda una generación, si de por si siempre he sido un solitario en una camada que creyó que afiliarse en grupos iba a hacer más fácil su carrera editorial. Dije esto que citas porque en la escuela nos enseñaron una serie de generalizaciones sobre la Novela de la Revolución Mexicana. Decían que era la carta de madurez de la Literatura Nacional —así, con mayúscula—; que el único Género Nacional del siglo XX; que nuestra entrada en la Literatura Global. Sentencias sin pies ni cabeza. Pero eso no quita que haya habido grandes novelas: El águila y la serpiente de Guzmán, La Tormenta de Vasconcelos —tan ampuloso en todos sus demás libros— o Cartucho de Nellie Campobello, por citar tres entre muchas. Mi generación tuvo una experiencia maravillosa, que fue ver al régimen Nacionalista Revolucionario humillado por los votantes. Pudo ver al PRI en el pasado: algo que no pudieron ver millones y millones de mexicanos. Ponerlo en perspectiva. Decencia se montaba en la tradición de los escritores de la Revolución para meditar en clave de ficción sobre la corrupción e impunidad que instaló el régimen cleptocrático del PRI, en plan de que no se nos olvidara que lo que estábamos sufriendo —los horrores de la guerra contra el narco— venían de esa matriz única, de los mismos ladrones y asesinos que nunca fueron juzgados —en México los niños no juegan a policías y ladrones porque todos son los mismos—. Todo esto lo digo con una rotunda sensación de fracaso, por supuesto: no sólo no los juzgamos, les devolvimos el gobierno.G: Tus últimas novelas revisitan el pasado. ¿Qué tan buen punto de partida es la Historia para escribir ficción?

AE: No te imaginas cómo me sorprendió que con Muerte súbita se hablara de mi como un autor de novelas históricas: cuando menos en México, es el más rascuache de los géneros comerciales. Ni siquiera supe reaccionar: eran observaciones cándidas de periodistas que a mí me parecían directamente una agresión —no lo eran, nomás me agarraron de bajada en un tema que ni había pensado—. Desde mi punto de vista, Muerte súbita no indaga en la historia; es un montaje de materiales antiguos que indaga en las fronteras del género “novela”. ¿Qué hay que hacer para que el lector no esté seguro de si lo que está leyendo es un ensayo o un relato?, ¿qué puertas se abren si la meditación directa sobre un asunto forma parte esencial de una trama? ¿Si el narrador no tiene ese aplomo idiota de los novelistas —siempre esforzándonos por ser convincentes—, sino las inseguridades propias de quien está tratando de entender algo? Es curioso, y supongo que afortunado, que la mayoría de los críticos, cuando leen las páginas en que el narrador confiesa que no sabe de qué se trata ese libro que está escribiendo, piensen que soy yo el que se lo está preguntando. No lo soy: yo siempre supe de qué se trataba. El narrador es otro, un hombre mayor que yo, víctima de la violencia del narco y exiliado en Nueva York, que está reflexionando sobre el baño de sangre que supuso el parto de la modernidad en Europa y América —fue lo primero que hicimos juntos europeos y americanos, apenas nos conocimos: parir la modernidad cortando cabezas como si fueran elotes (y ahí seguimos)—. Pero gente cuya inteligencia admiro mucho ha ido argumentando de manera más convincente sobre el hecho de que Muerte súbita es una novela histórica. Y bueno, si libros como Noticias del Imperio de Fernando del Paso también lo son, no tengo el menor empacho en subirme a esos hombros.

G: ¿Cómo ha influido en tu trabajo la experiencia de vivir tanto tiempo en Estados Unidos, ha cambiado en algo tu proceso creativo?

AE: Ver en directo la decadencia de una de las grandes literaturas del mundo tiene beneficios incontables en el sentido de que me aclara qué no quiero hacer: no quiero escribir sobre cosas chiquitas, no quiero escribir sobre gente con la que es fácil simpatizar, no quiero que la legibilidad y el aseo sean los criterios rectores de mi prosa, no quiero estar sustraído de la historia y la política, no quiero que la peculiaridad de mis personajes emane sólo del hecho de que tienen cierta información genética y cultural. Y la verdad es que en Nueva York no me siento lejos de casa: desde cierta perspectiva, es un suburbio acomodado del DF.

G: Y hablando del pasado: ¿cómo era el Álvaro Enrigue que escribía para Vuelta? Mirando hacia atrás, ¿qué significó pasar por esa revista?

AE: Era un punkete de Coyoacán, un mocoso de camiseta negra, cinturón de estoperoles y botas de tractor. Mandé una reseña con David Medina Portillo, que trabajaba ahí y a quien había conocido en El Hijo del Cuervo. Al poco me llamó Aurelio Asiain para decirme que la iba a publicar. Fue un momento muy emocionante para mí. Imagínate lo que se sentía ver tu nombre impreso en esa tipografía. Algo que no volví a sentir hasta que vi mi apellido en el canto de un libro de la NRF de Gallimard veinte años después. Era un milagro. Fue un caso de llegar en el momento preciso con la tuerca precisa en la bolsa. Mi reseña era sobre un novelista español desconocido que me parecía genial y del que, al parecer, se empezaba a hablar muy bien en la redacción de Vuelta. Se llamaba Enrique Vila–Matas —imagínate—. Hace poco revisé esas reseñas para algo que me pidieron en el New York Times. También escribí de un jovenazo: Juan Villoro; o de un norteño rarísimo que contaba juegos de béisbol en octavas reales: Daniel Sada.  Por entonces los artículos se mandaban por fax y cuando iba a cobrar no pasaba por la redacción porque no sabía qué era una redacción. Aún así, me compré una camisa con cuello y botones para ir por mis cheques con José Luis, el contador.

G: Eres novelista  y columnista. ¿Cómo separas esos dos oficios que, aunque tienen que ver con la escritura, son tan diferentes?

AE: He sido las dos cosas toda la vida. Y también profe y, con menos constancia, editor. Tengo demasiada pila para nada más escribir aun si cada tanto me tomo años ociosos. Creo que nadie puede escribir ficción diez horas al día siempre. No sé cómo se podría ser novelista sin ser columnista y al revés. No recuerdo cómo era la vida sin tener que detenerla una vez a la semana para escribir mi columna. Supongo que cuando llegue el fin inexorable de los periódicos —creo que está a la vuelta de la esquina, si no es que ya sucedió pero no lo hemos asumido— por fin sabré qué se siente ser nomás novelista.

G: La ironía y el humor siempre se asoman en tu obra. ¿Quiénes son tus principales influencias en esa área?AE: Disfruto mucho una novela que, además de ser buena, me hace reír. Pero no prefiero a Vonnegut sobre McCarthy o a García Márquez sobre Rulfo, aunque los primeros me hagan rodar de risa y los segundos tengan el sentido del humor de una mata de epazote. Creo que la cosa viene de otro lado: los Enrigue son una estirpe de conversadores. Crecí en mesas muy largas en las que la botana se desplegaba a la una en punto y se conectaba, por supuesto, con la comida, pero también con la cena y el recalentado de la media noche. Los parientes, los amigos, iban llegando y yéndose en oleadas y la conversación seguía y seguía y seguía. Es una familia que aprecia la elocuencia y la habilidad para contar una historia pero, sobre todo, que valora notablemente la capacidad para hacer reír a los demás. Crecí oyendo historias que te podían tirar de la silla de risa, contadas por narradores orales realmente muy dotados. Además son jaliscienses y de pueblo —aunque ya nadie viva en Autlán—, así que hablan un español muy antiguo y hermoso. Yo creo que viene de ahí.

G: Has dicho que no te gusta la etiqueta de escritor y que perteneces a la corriente de escritores descarriados. ¿Qué quieres decir con eso?

AE: Lo que me gusta es escribir, no ser escritor. Eso es todo. Mi oficio me obliga a aceptar cierto número de compromisos en los que tengo que actuar como si representara algo más que a mí mismo, así que lo hago a la apache: voy, me robo los caballos, me regreso a la aldea. Si me pude ahorrar las balas, mejor: al rato las voy a necesitar. No me meto en polémicas, no opino sobre casi nada porque sólo sé de libros, prefiero dar clases de gramática que de teoría y ser extranjero a un mandarín de la República de las Letras. Tengo poco tiempo para mí: soy padre de tres chavitos deslumbrantes, doy clases, siempre debo mil artículos, estoy enamorado como una piedra de mi mujer y me sigue pareciendo un privilegio salir a dar un paseo con ella —y lo uso—. Vivo en una ciudad agotadora. Prefiero usar el poco tiempo que tengo sólo para mí leyendo y escribiendo que siendo escritor.

G: ¿Qué tema te interesa en este momento desde el punto de vista narrativo?, ¿estás trabajando en algo en particular?

AE: Es de pésima suerte decirlo.

Stephen King retrata a un asesino en ‘Mr Mercedes’

El maestro del suspense y del terror se pasa al género negro con un asesinato múltiple

Es América, pero podría ser cualquier ciudad europea. Antes del amanecer, cientos de parados esperan la apertura de una oficina de empleo en la que se han anunciado 1.000 puestos de trabajo. Han hecho cola durante toda la noche. De pronto, invisible hasta que lo tienen prácticamente encima, un Mercedes surge de la fría niebla de madrugada. Su conductor atropella y aplasta a todos los que se encuentra a su alcance. ¿Huye? No, da marcha atrás y vuelve a arremeter contra ellos dejando en el asfalto ocho muertos y 15 heridos.

Stephen King (Portland, Maine, 1947) narra en Mr Mercedes (Plaza&Janés), que sale a la venta mañana en España,  esta historia en la que Bill Hodges, un policía jubilado, obsesionado por este caso sin resolver, recibe una carta anónima de una persona que se declara culpable de la masacre. Es el inicio de un juego en el que no se sabe quién es el cazador y quién el cazado.

El maestro de la narrativa de terror y suspense, Stephen King tiene medio centenar de libros publicados. En 2003 fue galardonado con la Medalla del National Book Award Foundation por su contribución a las letras estadounidenses. Entre sus títulos más conocidos se encuentran El resplandor, Carrie o La milla verde. Sus últimos libros publicados son : Doctor Sueño, continuación de El resplandor, Todo oscuro, sin estrellas y La cúpula.

Fuente: Aurora Intxausti, El País, Literatura, Noviembre 5, 2014