Optimistas

Rosa Beltrán
VV. AA. (2001). Día de muertos. Antología del cuento mexicano, México: Plaza & Janés Editores.

portada-muertos.jpg Hay quienes invierten en la bolsa. Mi tío Au­relio era más inteligente; invertía en los puestos de revistas. Así podía ahorrarse lo que otros gastaban en médicos y en las dichosas terapias psicoanalíticas. «Haga amigos sin frecuentar a nadie.» «Siete pasos en la ingesta del salvado en nuestro cuerpo.» He aquí el summum de la sabiduría, nos decía mi tío Aurelio: el manejo que uno hace de su tiempo libre. Hacía un rato que él y papá se habían vuelto unos pensadores positivos.

Ninguno de nosotros sabía qué había sido pri­mero, si la gallina del miedo o el huevo de las re­vistas. Tal vez un temor difuso había llevado a papá hacia el tío Aurelio (y este a las revistas), aun­que también era posible que las revistas solas lo hubieran empujado a alimentar la idea de que el mundo conspiraba en su contra y que sólo el uso de la mente lo llevaría a librarse de este sino. Mi padre tenía sobradas razones para probar su teoría y, según él, gente que lo odiaba para constatarla: Este le tenía tirria, Aquel lo había visto feo y así, ad infinitum. O más bien hasta llegar a la afrenta del Primer Motor Inmóvil, mi madre, origen de todos, o casi todos, sus males. Porque también es­taba el cuerpo. Su cuerpo. Y después del Primer Motor ese cúmulo de nervios, ese magma con vida y voluntad que parecía actuar a sus espaldas era el Rey de los Traidores.

Desde que se volvió un pensador positivo, el tema favorito de mi papá eran sus enfermedades y las estrategias para sufrirlas con dignidad, humi­llando al resto del mundo con su fortaleza. «En esta vida lo que importa es la actitud con la que to­mamos las cosas.» Este era su lema. Y se lo decía a la tía Mayo, por ejemplo, después de mostrarle El gran libro de la salud y explicarle que el tipo de diabetes que ella padecía era degenerativa e incurable, en fin, que no tenía remedio.

A pesar de sus juicios implacables, mi papá go­zaba de una credibilidad a toda prueba entre los pa­rientes porque padecía o había padecido de todo: hipoglucemia, parásitos, alzas frecuentes del ácido úrico o del azúcar. Y a su experiencia de viejo lobo de mar de las dolencias se unía el que desde su jubi­lación se había vuelto un meticuloso explorador de Internet donde consultaba las enfermedades y los modos más novedosos de tratarlas.

Mi madre había tomado la nueva faceta de papá como tomó las demás, con una tranquilidad que algunos consideraban heroica. Y desde luego mi padre por poco se desquicia. No podía enten­der que a la persona que más debía angustiarle la dejaran tan indiferente datos que en cualquier reu­nión de amigos causaban conmoción. «La verdad es que le importo un pito», se quejaba. Y rencoroso, se guardaba el secreto de una alergia incipiente para comentar sus síntomas ante un público más receptivo.

Sentado en su sillón papá miraba a mi indife­rente madre. Con una actitud así, decía, no había manera de no arruinarse la vida… o lo que quedaba de ella. Había aprendido que la actitud de los otros es la prueba más clara del complot y por eso él lu­chaba y oponía a la calma resignada, aunque tristo­na, de mi madre, su destino de reveses y dolencias.

Un día mi tío Aurelio habló para informarnos que le había salido una hernia. Esa noche mi papá se presentó en casa del tío con la novedad de una úlcera a punto de reventar. Tres semanas después, en Pascua, tía Tita apareció haciendo eses y aga­rrándose del aire. Le habían descubierto el síndro­me de Menier. No había acabado de explicar el ho­rror que era vivir permanentemente con vértigo cuando vimos a mi papá salir doblado en dos del cuarto de la tele, donde había ido por El gran libro de la salud para enseñarle a la tía. Un movimiento brusco, un estirón de más y sin saber ni cómo, se había pellizcado el nervio ciático.

—Les juro que no hay nadie que pueda tolerar un dolor como este —exhaló, desfalleciente, cuan­do el antiinflamatorio que le puso el doctor empe­zó por fin a hacerle efecto.

—Ay, Goyo, ahora sí que nos ganaste a todos —dijo la tía Tita, olvidada de su sensación de ir flotando por el mundo sin salvavidas—. A mí al menos no me duele nada, en cambio tú… Eso sí es lo peor que le puede pasar a uno.

Pero mi padre reaccionó a tiempo:

—Bueno… lo peor, no sé, Tita. Tú sabes que todo problema es susceptible de empeorar.

En ese momento, se oyó un ruido. Mi mamá, tan silenciosa normalmente, se desplomó de la si­lla. Vino el médico, le revisaron la presión y vieron que no había nada que hacer. Estaba muerta.

El pasmo general duró un buen rato. En una familia de tíos tan enfermizos nadie podía enten­der que alguien muriera estando sano.

¿Cómo le había podido ocurrir algo así?, dijo por fin mi padre. ¿A él?

—Creo que este no es momento para eso, Goyo —intervino mi tío Aurelio, ayudándolo a sobreponerse—. Más bien hay que ver el lado po­sitivo: mira, ya nada puede ser peor.

Pero el tío Aurelio se equivocó. No habían pasado ocho meses cuando nos llegó un comuni­cado del nuevo gobierno avisándonos que se iban a exhumar «sin excepción» los restos de quienes descansaban en el Panteón Jardín, y reubicarlos, a fin de maximizar el espacio. La Secretaría de Re­distribución y Control de Recursos había hecho un estudio topográfico de áreas contra costos y solicitaba que los parientes acudieran a reconocer el sitio donde descansaban sus familiares. El co­municado traía una fecha en la que había que pre­sentarse para acreditar el traslado. Sólo que había un problema. La fecha límite estaba vencida y el panteón cerrado «por remodelación» hasta el día de Muertos.

—¡Me lleva la chingada! —dijo mi papá, en un claro atentado contra el pensamiento positivo—. ¡Como si uno no tuviera nada que hacer!

Por un momento, el tío Aurelio lo secundó:

—Y tener que arreglarlo en pleno día de Muertos…

Las semanas previas al traslado estuvieron lle­nas de quejas y recriminaciones hechas por mi pa­dre a un destino impreciso. Pero luego, poco a poco, fue afinando la dirección. Cada vez que le preguntábamos algo, mi papá contestaba con frases rabiosas que iban dirigidas a mi difunta madre. De pronto, lo sorprendíamos en la cocina, sacando a ciegas algo del refrigerador y diciendo al ver lo que había sacado: «¡Tiro por viaje, siempre llevándome la contra…!» Luego subía las escaleras, se metía al baño, hacía girar la llave del agua y la dejaba correr, metía el pie en el agua hirviente y entonces oíamos una amenaza: «¡Sigúele, si al fin…!» No nos hacía­mos a la idea de un cambio tan radical en su perso­na. Pero el golpe de haber visto a mi madre irse an­tes que él, dijo mi tío, debía doblegarlo al menos por un tiempo en su propósito de programar la mente.

El día 2 nos levantamos temprano. Cuando lle­gamos al panteón eran cerca de las nueve apenas y sólo para acercarnos a la puerta tuvimos que ape­ñuscamos y avanzar entre un tumulto. Las vende­doras de cempasúchil, terciopelo y nube protesta­ban junto con los deudos: no los dejaban entrar con flores. La gente, que de todos modos entraba con sus ramazos, insultaba, amenazaba con baldes y escobas y uno de los vigilantes se defendía seña­lando un letrero que habían puesto a la entrada: proivido poner agua o flores en recipientes abiertos. Que por el dengue, dicen, dijo una se­ñora. Un gordo a la moda de la onda grupera (o sea con bucles, botas de pico y hebillaza perforándole el ombligo) se coló hasta la puerta y dijo: dengue, mis huevos.

—Ábrete o te rompo la madre, cabrón. —Y se le fue encima al vigilante.

Dos jóvenes rapados lo secundaron.

—Si no vas a respetar tu vida, al menos respe­tas la de nuestros muertos.

A empujones nos movimos detrás de ellos es­quivando gente, restos de figuras de yeso, ramas podridas y montones de tierra. Ni de chiste era la ciudad en miniatura con sus mausoleos de granito o de mosaicos de baño azules donde enterramos a mi mamá. El desorden de la gente coincidía con un intento militar de acomodar a los difuntos en montones de tierra idénticos, en filas. Las que es­taban en el ala norte tenían unos letreros de plásti­co con los nombres de los muertos recién removi­dos. Otra parte estaba intacta. Y la porción más grande tenía tumbas abiertas a medio trasladar junto a montones nuevos y trozos de figuras, cas­cajo, vasijas regadas y losas de mármol rotas y re­cargadas en un muro.

Recorrimos, no una vez, sino varias, el pasillo en que mi madre debía estar. Repasamos, fiján­donos bien, las calles aledañas. Mirábamos con en­vidia a la gente que se agolpaba en los restos de lápidas o en los nuevos montones de tierra, entre las perpetuidades, y acomodaba anafres, comida, papel de china y velas de sebo. Mi mamá no estaba por ninguna parte.

Abriéndonos paso entre el tumulto llegamos al fin hasta el encargado, le pedimos ver los registros. Nos alarmamos. Las criptas no correspondían a los números de lote. Ahora aparecía un número enorme de inscripciones en terrenos donde antes había diez, doce tumbas. El responsable de inhu­maciones nos explicó que por disposición oficial se habían reubicado los restos, enterrando a los di­funtos de perfil.

—Es para eficientar costos —explicó, como si ya nadie fuera capaz de hablar con otro lenguaje.

La Comisión de Evaluación de Procesos de la Secretaría de Redistribución y Control de Recur­sos concluyó que había mucha superficie desapro­vechada y decidió imitar el ejemplo de inhumación de la India, donde se ponía un difunto junto a otro. Nos escandalizó la falta de sensibilidad de un go­bierno que ahora disponía hasta de los muertos ajenos sin pedir permiso. Pero mi tío Aurelio con­servó la calma. Desde que se hizo un pensador po­sitivo era un convencido de que provocamos lo que ponemos en palabra o idea.

—Acuérdate del epitafio que le mandaste ha­cer —le recriminó a mi padre.

En efecto, en un arranque poético, mi papá ha­bía dispuesto una lápida en forma de libro con una inscripción que decía: «Puede ser que esté o que no esté. Su cuerpo no la contiene entera.»

—Y ahora, ¿dónde la buscamos? —preguntó como si se disculpara.

El encargado levantó los hombros.

Mi tío sugirió ir detrás de un cuidador que ca­minaba entre tumbas. Aconsejó a mi papá que le diera «para sus refrescos» y que no abriera la boca.

—Nomás que hay que esperar turno, si me ha­cen el favor —dijo el anciano señalando a un tu­multo, y se guardó el dinero.

Nada más de ver el gentío que se había juntado en el panteón tuve la sensación de que iba a des­mayarme. Entre los deudos que arreglaban sus tumbas había familias enteras, ancianas solas, ni­ños, parejas. Un despliegue hormiguil vistiendo de amarillo y morado el camposanto. Una familia que le había traído música a su difunto caminaba bus­cando entre escombros seguida de un grupo de mariachis que venía tocando De qué manera te ol­vido.

De pronto, mi padre tuvo un arranque de de­sesperación:

—¡Te apuesto a que no aparece! —dijo.

—¡Si sigues pensando así, claro que no apare­ce! —le respondió mi tío, alarmado.

Decidimos buscar por el ala oeste. Comenza­mos el recorrido peinando la zona de las tumbas que colindaban con el muro. Mi padre no paraba de hablar de los caprichos de mi madre; que si siempre fue así, que si nunca se podía contar con ella. Y mientras buscábamos a nuestro alrededor, oíamos crecer el descontento. Una anciana acomo­daba flores en la tumba que había sido de su espo­so y que ahora correspondía a alguien más. Le habían explicado que tenía que moverse unos cen­tímetros, «nomás treinta», pero como el florero le había quedado en el espacio anterior ella seguía re­cogiendo las flores tiradas y poniéndolas donde siempre. Alguien, de lejos, le gritó:

—¡Comodina!

Un viejo de sombrero y bigote le dijo a mi tío (que se había agachado a verificar el nombre de una inscripción):

—Si causan ese daño entre los vivos, imagínese el que no le causarán a nuestros muertos… Fíjese nomás —y señaló el montón de tierra sobre el que había puesto una cruz con flores, papel picado y unas velas— esta niña de catorce años, enterrada de perfil, a un ladito de este viejo de cincuenta.

Al ver que tampoco en esa calle estaba el nom­bre de mi madre mi tío fue por mi papá que se había ido a sentar sobre unas varas, como si ya la búsqueda hubiera dejado de importarle. No se sorprendió cuando el tío le confirmó su fracaso.

—¿Qué te dije? Es por llevarme la contra.

Ya para entonces mi tío no hablaba.

Nos cansamos de buscar todo el día y parte de la noche, recorriendo las avenidas, los corredores pequeños; revisamos todos los registros. Vimos el panteón llenarse y luego irse quedando vacío.

Serían cerca de las cinco cuando me despertó el olor a la cera de las velas consumidas. Junto con los primeros rayos del sol llegó el encargado.

—Ya apareció —¿Apareció? ¿Dónde?

—Está en una tumba, con otro señor.

Explicó que por una confusión de apellidos la habían puesto con los Ramírez-López siendo ella Ramírez-Contreras. Pero esto y no sé qué cosas sobre las fallas humanas en tiempos del orden glo­bal lo oí sólo yo. Hacía horas que mi padre y mi tío se habían ido, llevando en la sonrisa el secreto orgullo de los pensadores positivos.

 
Rosa Beltrán es licenciada en Literatura Hispánica por la UNAM y doctora en Literatura Comparada por la Universidad de California, Los Ángeles. Es autora de las novelas La corte de los ilusos (Premio Planeta 1995), El paraíso que fuimos, (2002) y Alta infidelidad (2006), así como de los volúmenes de cuentos Optimistas (2006), Amores que matan (1996) y La espera (1986). Una versión ampliada de sus cuentos Amores que matan apareció en 2005. Su libro de ensayos América sin americanismos (1997) le valió el prestigioso Florence Fishbaum Award, y en 1994 recibió un reconocimiento de la American Association of University Women por sus ensayos sobre escritoras del siglo XX. Su obra ha sido traducida al inglés, italiano, francés, alemán y holandés, y sus cuentos aparecen en antologías publicadas en España, Italia, Holanda, Canadá, Estados Unidos y México. Ha sido profesora en UCLA, Universidad Hebrea de Jerusalén, Universidad de Ramón Llull de Barcelona, Universidad de Colorado, y actualmente en el posgrado en Literatura Comparada en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Fue subdirectora de La Jornada Semanal y miembro del Sistema Nacional de Creadores. Es Directora de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM y colabora quincenalmente en suplemento cultural Laberinto del diario Milenio.

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