Hombres sin mujeres: Haruki Murakami

HOMBRES SIN MUJERES
Autor: HARUKI MURAKAMI

Editorial: TUSQUETS EDITORES

En su obra más reciente, Haruki Murakami ofrece a los lectores siete relatos en torno al aislamiento y la soledad que preceden o siguen a la relación amorosa: hombres que han perdido a una mujer, o cuya relación ha estado marcada por el desencuentro, asisten inermes al regreso de los fantasmas del pasado, viven el enamoramiento como una enfermedad letal, son incapaces de establecer una comunicación plena con la pareja, o ven extrañamente interrumpida su historia de amor. Otros experimentan atormentados amores no correspondidos o, incluso, como en el relato protagonizado por una metamorfosis kafkiana, desconocen todavía los mecanismos del afecto y del sexo. Sin embargo, las verdaderas protagonistas de estos relatos —llenos de guiños a los Beatles, el jazz, Kafka, Las mil y una noches o, en el caso del título, Hemingway—, son ellas, las mujeres, que, misteriosas, irrumpen en la vida de los hombres para desaparecer, dejando una huella imborrable en la vida de aquellos que las han amado, o de los que, al menos, intentaron amarlas.

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Biografía del autor
Haruki Murakami (Kioto, 1949) estudió literatura en la Universidad de Waseda y regentó durante varios años un club de jazz. Es, en la actualidad, el autor japonés más prestigioso y reconocido en todo el mundo, merecedor de premios como el Noma, el Tanizaki, el Yomiuri, el Franz Kafka o el Jerusalem Prize. En España, ha recibido el Premio Arcebispo Juan de San Clemente, concedido por estudiantes gallegos, así como la Orden de las Artes y las Letras del Gobierno español y el Premi Internacional Catalunya 2011. Tusquets Editores ha publicado ocho novelas de este autor, así como su libro de relatos Sauce ciego, mujer dormida (II Premio Frank O’Connor) y la personalísima obra De qué hablo cuando hablo de correr. Escrita inmediatamente después de Tokio blues. Norwegian Wood, la novela Baila, baila, baila alterna la intriga, el sexo y el rock and roll con los densos y poéticos silencios del mejor Murakami.

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“El sexo con una mujer madura parece proscrito”: David Trueba

Su última novela ‘Blitz’ narra el naufragio sentimental y vital de un joven paisajista español que ahoga su desamor con una alemana que le dobla la edad.

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Un joven arquitecto, paisajista, recibe un mensaje en su móvil. Está en la barra de un bar de Múnich, adonde ha ido a un congreso como invitado y con la idea de olvidar por unos días las miserias profesionales que padece en su país, España. Su preciosa novia, exbailarina reconvertida en secretaria para ganarse la vida, se encuentra a unos metros, en una mesa, esperándole. Es ella la que ha enviado el mensaje, pero él no era el destinatario. Ambos se dan cuenta al instante del error y de que la vida que compartían hasta entonces se ha roto en mil pedazos.

Así arranca la última novela de David Trueba (Madrid, 1969), Blitz (Anagrama), una tragicomedia vibrante que habla de la infidelidad, el amor con una mujer madura, el sexo, la soledad, los móviles, la arquitectura, la corrupción urbanística, el alzhéimer… “La novela surge de los muchos festivales y congresos a los que he ido a lo largo del tiempo y en los que te sientes un tipo solo en un lugar impersonal. Nace también de la observación de la generación de 30 años, que se siente huérfana de patria y de futuro”, explica el escritor, director de cine y guionista.

Parto de unos personajes que pueden representar algo más, pero no trato de hacer sociología. Cuando se escribe o se hace una película, lo más importante son los detalles. Su última novela, ‘Blitz’, narra con humor un naufragio vital y sentimental
A esa orfandad su suma la soledad sentimental del protagonista, que pretende paliar con un tórrido y detallado encuentro sexual con una alemana que podría ser su madre. “Me divertía la escena posterior. La del joven que está como obligado a avergonzarse por haber mantenido relaciones con una mujer mayor. Parece como si el sexo con una mujer madura fuera proscrito. Y con un hombre mayor y una joven, no tanto, claro. Y la sexualidad no tiene edades. Negarla es hacer infeliz a la gente. Además, me gusta experimentar con la paciencia del lector para soportar a un personaje que se comporta de manera miserable. No me gustan las películas y las novelas que eluden aquello que puede molestar al espectador”.

Blitz evidencia la incisiva capacidad de observación de la realidad, siempre sin perder el humor, de un autor que con su anterior novela, Saber perder, ganó en 2008 el Premio Nacional de la Crítica. “Parto de unos personajes que pueden representar algo más, pero no trato de hacer sociología. Cuando se escribe o se hace una película, lo más importante son los detalles. Y yo siempre voy de lo pequeño hacia lo grande”, señala el también columnista de EL PAÍS.

Acaba de regresar helado de la sesión de fotos en un parque madrileño que el realizador de Vivir es fácil con los ojos cerrados ha elegido en busca de un escenario consecuente con el oficio de paisajista de su protagonista. “¿Para qué sirve un jardín?”, pregunta en la novela un gurú de la disciplina. “Para besarse”, responde una alumna, que se gana la aprobación de su maestro.

Me gusta experimentar con la paciencia del lector para soportar a un personaje que se comporta de manera miserable.
Trueba introduce entre las páginas de su libro algunos bocetos arquitectónicos, además de fotografías, como una postal de una acogedora cala de Mallorca que da nombre a la novela, y reproducciones de cuadros de Otto Dix. ¿Por qué este pintor expresionista alemán? “Me gusta. Para mí representa muy bien la belleza, que no tiene que ser perfecta, asociada al arte”, responde. “Hoy solo tiene prestigio social la gente atractiva, guapa, sin ningún otro valor, frente a una presencia más defectuosa. Las presentadoras de los telediarios tienen que ser guapísimas, en las portadas de las revistas… Bajo la excusa de la belleza hay una especie de nazismo encubierto. Si no eres perfecto, parece que no tengas derecho a tener sentimientos”, añade.

Trueba no practica mucho el culto al cuerpo, al menos el que se esculpe con pesas: “Al contrario de la gente que se machaca en el gimnasio, yo me machaco en las columnas. Tengo así mi ventana para decir cosas del mundo. En los libros y en las películas te preservas más para lo que crees que tiene un aliento más largo. Creo que la literatura española tiene un género brillante en el articulismo, aunque este género también ha arruinado muchos talentos”.

Gritar el subtexto
Admirador de Philip Roth, Vladimir Nabokov o Pío Baroja, el escritor insiste en su idea de arte: “Me interesa que la propuesta sea humilde. Ahora hay un abuso del subtexto, de considerar tonto al espectador o al lector. Para mí, el espectador debe sacar sus conclusiones. Mucho arte contemporáneo solo se dedica hoy a gritar el subtexto, a gritar ‘soy arte’, como sucede en las películas de Lars von Trier, pero la pasión por el detalle es lo que hace algo interesante. Plácido cuenta lo que fue el franquismo mejor que nadie”.

Rafael Azcona, guionista de esa película de Luis García Berlanga, le dio un consejo a Trueba que sigue fielmente. “Me dijo: ‘No empieces a escribir sin saber el título y el final”. En el caso de su última novela, Blitz, que además de una espléndida cala significa “relámpago” en alemán, es el principio y la clave del desenlace.

AMARRES PERROS: UNA AUTOBIOGRAFIA

Amarres perros es el testimonio de la vida política y cultural de México, desde los años cuarenta del siglo pasado hasta nuestros días. Es un minucioso análisis político, histórico, familiar y personal de un hombre que ha sido pieza clave en el camino hacia la democracia en México, Jorge G. Castañeda. En Amarres perros, Castañeda nos da cuenta del movimiento del 68, sus años en París, su encuentro y amistad con Carlos Fuentes y García Márquez, de quien dice, pensé haber sido su amigo, sin haberlo sido nunca. Nos revela temas y personajes de relevancia en la vida nacional e incluso en el orden internacional Elba Esther Gordillo, el TLC, Cuba y los Castro, así como Salinas de Gortari, el fraude de 1988, la campaña de Fox, su nombramiento como secretario de Relaciones Exteriores, la guerra de Irak, el famoso comes y te vas. Leer su autobiografía es tener una conversación de fondo con Jorge Castañeda, en la que nos cuenta sus amores, sus manías, sus debilidades, su ambición por el poder, su entorno íntimo y familiar, en él siempre está presente la figura del padre, el ejemplo a seguir y a superar, lo cual se convirtió en la obsesión de su vida la Cancillería. En Amarres perros, Castañeda tiende puentes entre el pasado y el presente, es un juez severo de sus decisiones y de su estilo de vida. Es un testimonio en el que también da cabida a los hubiera y en el que nos ayuda a entender nuestro entramado sistema político y financiero, pero sobre todo, Amarres perros es un libro reflexivo sobre los mexicanos ante la Historia.

LAS LETRAS DE LA CONTROVERSIA: Michel Houellebecq

Michel Houellebecq está, de nuevo, en el ojo del huracán. El lanzamiento de “Soumission” (“Sumisión”), su esperada nueva novela, ha desatado una gran polémica. En ella, el novelista francés imagina a su país en el futuro, bajo un régimen islamista. El lanzamiento de la novela estaba previsto para esta semana. Pero debido a los ataques contra la revista “Charlie Hebdo” y la crisis en París, el novelista debió cancelar la gira de promoción y abandonar el país bajo fuertes medidas de seguridad. Esta no es, sin embargo, la primera vez que Houellebecq afronta una situación de este tipo. Este es un perfil del provocador escritor (Publicado en el libro “16 retratos excéntricos”, Planeta).

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A pesar de lo que uno pudiera imaginar, Michel Houellebecq es un ser inofensivo. Detrás de su fama de misógino, racista, homofóbico y excéntrico, se esconde un hombre tímido y amable, que se ríe de sus propios chistes con una inocencia que recuerda a un niño de ocho años.

Nos encontramos una mañana de noviembre, en Casa del Lago, uno de los centros culturales más importantes de la Ciudad de México. El edificio, construido en el siglo XIX, está situado en medio del impresionante bosque de Chapultepec y sirvió, durante varios años, como casa de recreo de los presidentes mexicanos. Ahí me espera Houellebecq, sentado en un sillón de cuero negro, en un rincón de una sala de ventanales inmensos que miran hacia un lago. Se ve frágil y demasiado delgado, tiene grandes ojeras —como si sufriera de insomnio crónico— y su mirada es triste. Viste un abrigo oscuro, de invierno, a pesar de que es un día caluroso. Cuando lo saludo, apenas me mira y murmura algo que no logro entender. Habla muy bajo y piensa con detenimiento cada una de las palabras que utiliza.

Prende un cigarrillo y lo fuma con placer. Aspira el humo con fuerza y, mientras lo hace, cierra los ojos. Muerde el filtro, casi hasta romperlo. Parece que dirá algo y, en seguida, se reprime. Le hago una pregunta que ignora. Pasa varios minutos en silencio, mientras la colilla crece. Sus uñas, sus dedos y sus labios tienen manchas de color naranja, por la nicotina.

Pide una copa de vino tinto y enciende otro cigarrillo. Mientras espero a que diga algo, descubro que Houellebecq no es el monstruo que todos creen. Es un hombre atormentado, que no podría hacerle daño a nadie.

Michel Houellebecq adora los escándalos. Es tal vez la figura literaria que despierta sentimientos más encontrados entre sus compatriotas. Los franceses ven en él la oportunidad de tener un nuevo escritor de relevancia mundial. Ellos siempre han estado obsesionados con la figura del gran intelectual y sienten que Houellebecq podría llegar a serlo: tiene todas las características para convertirse en el héroe que va a sacar al mundo de la literatura francesa del aburrimiento en el que se encuentra desde hace tiempo.

Es muy poco lo que se sabe sobre su vida. Pasa la mitad del año en Andalucía y la otra mitad en Irlanda, por una cuestión de impuestos. Está separado, tiene un hijo y su mejor amigo es Clément, su perro de raza Jack Russell. Varias veces ha dicho que la relación con Clément es una de las más estimulantes que ha tenido, a pesar de que éste “sólo come croquetas y es negado para la gastronomía”. Houellebecq prefiere pasar horas jugando con él en el parque y en las playas a perder el tiempo con editores o periodistas.

Siempre ha sido un tipo solitario. Cuando niño sus padres lo abandonaron en la casa de su abuela, una mujer de ideas comunistas. A los dieciséis años tuvo su primer encuentro literario definitivo: leyó los cuentos completos de H.P. Lovecraft. Su visión de mundo pesimista lo cautivó: varias veces ha dicho que Lovecraft es uno de los escritores que mejor entendió la enorme tristeza de la existencia humana. Esto lo llevó a escribir, en 1991, su primer libro: una biografía del autor estadounidense llamada Contra el mundo, contra la vida.

Pero antes de que eso sucediera, su vida dio muchas vueltas. Después de salir del liceo se inscribió en la Escuela Superior de Agronomía de París, donde obtuvo el título de Agrónomo en 1980. Por supuesto, jamás sintió el más mínimo deseo de ejercer su carrera, lo que lo llevó a una crisis profunda. Durante un largo periodo estuvo desempleado y varias veces fue internado en clínicas psiquiátricas. En medio de uno de sus peores momentos, un médico le aconsejó que escribiera relatos para superar la depresión. “La mayoría de los psiquiatras ven con buenos ojos los garabatos de sus pacientes. No porque les atribuyan el menor valor artístico; pero piensan que más vale eso que herirse los brazos con una cuchilla de afeitar”, escribió sobre aquella época. Pero todo parece indicar que fue un consejo valioso: al poco tiempo se recuperó y entró a trabajar en la Asamblea Nacional de Francia como Secretario Administrativo. De ese contacto extremo con la burocracia salió su primera novela, Ampliación del campo de batalla. En esta obra de 1994, Houellebecq recrea, con una precisión un poco escalofriante, lo oscura que puede resultar la existencia de un funcionario público en un país europeo.

Ampliación del campo de batalla causó un gran revuelo. Para algunos se trataba de una voz renovadora en la literatura francesa, mientras que otros consideraron a su autor como un farsante que se apoderaba de las ideas de Schopenhauer y Nietzsche. A Houellebecq le importaron muy poco las críticas y se describió a sí mismo —sin pudor alguno— como el heredero natural de Baudelaire.

—En sus novelas usted describe una sociedad europea que, a pesar de tener todas las comodidades y facilidades, se encuentra deprimida. ¿A qué razones le atribuye esta tristeza?
—Hay muchas causas. La fundamental, sin duda, es el declive de las religiones y la pérdida de la fe. El hecho de que la gente ya no crea en cosas como la vida eterna o el paraíso, crea un vacío muy difícil de llenar. Y, por otro lado, si bien la situación económica en Europa no es catastrófica en este momento, la gente ya no vive tan bien como hace algunas décadas. En los treinta, por ejemplo, hubo un crecimiento económico sorprendente. Ese auge que vivió la generación de nuestros padres no es tan lejano, y la gente todavía recuerda ese pasado glorioso. Fue un momento de la historia muy optimista en Europa, en el que las personas conocieron el progreso y la riqueza. Era una época en la que, aunque suene increíble ahora, el desempleo ni siquiera existía. Pero, de repente, esa situación ideal se agotó; algo se rompió en sus vidas. Desde la Segunda Guerra Mundial, los europeos tenemos la sensación de que ese cuento de hadas se acabó y que ahora vamos cuesta abajo. Hoy en día es muy difícil encontrar un trabajo y el dinero está muy mal distribuido. Eso hace que los europeos estemos deprimidos.

—¿Cómo se siente usted en medio de esta crisis?
—Esa situación es muy desfavorable para mí como escritor. Porque cuando las personas están deprimidas, buscan una literatura que los haga sentir bien. Autores como Camus o Beckett escribieron sus obras más angustiantes cuando la situación mundial no era tan oscura y la gente toleraba sus libros. Ahora que las cosas no marchan bien, la gente quiere leer libros que los hagan sentir felices.

—En este contexto, ¿qué semejanzas y qué diferencias encuentra entre América Latina y Europa?
—En América Latina, creo, todavía hay esperanza. En estos países las personas todavía sienten que tienen un futuro, mientras que en Europa tienen la sensación de que sólo les queda su pasado. Que los años gloriosos ya pasaron: ésa es la gran diferencia. Aunque no estoy muy enterado de los detalles específicos, pienso que la economía es más fuerte y que los países latinoamericanos son más estables que hace cuarenta años. La verdad es que lo que ocurre en Latinoamérica no es muy conocido en Europa, no es un tema relevante. De hecho, creo que lo que más se conoce es su literatura.

—En sus novelas usted se burla de la imagen un poco ingenua que tienen los europeos de América Latina…
—Sí, le repito que los europeos no saben muy bien qué es lo que pasa en Latinoamérica. Tienen una idea vaga y la impresión, me parece, de que es un lugar bueno y feliz. Es una visión lúdica y sin fundamentos. Específicamente del Brasil: creemos que todo el tiempo están haciendo el amor, bailando Samba y jugando fútbol. Una imagen que no es seria: creo que también ocurren cosas trágicas allá.

Con la publicación de Las partículas elementales, en 1998, se convirtió en una figura mundial. La novela, escrita con un tono aún más salvaje y descarnado, narra la vida de dos hermanos: un científico y un profesor de literatura. Según su autor, estos personajes son los dos arquetipos que simbolizan la sociedad francesa de finales del siglo XX. Houellebecq puso en evidencia la decepción de un país educado y culto que, sin embargo, fracasa. Además, describe los encuentros sexuales de sus personajes con una minuciosidad que se sumerge, por instantes, en lo pornográfico. Pero nadie, incluso sus peores enemigos, pudo negar su lucidez. El escritor Philippe Djian, por ejemplo, afirmó que: “Houellebecq ha tomado el lugar que dejó libre Albert Camus”. Algunos pasajes de la novela son decididamente racistas —“Fue entonces cuando empecé a odiar a los negros (…) en mi clase había sólo uno, un tipo macizo al que llamaban Ben. Siempre llevaba gorra y zapatillas Nike, y estoy seguro de que tenía una polla enorme (…) ¿qué podía entender aquel mono?”—, homofóbicos —“Es un error hablar de homosexuales. Él nunca había conocido homosexuales; por el contrario conocía muchos pederastas. Los homosexuales prefieren a los jóvenes de entre quince y veinticinco años; más allá, para ellos sólo hay culos viejos y reventados”— y misóginos —“La humanidad está progresando: hoy uno podría llegar a desear una mujer mayor de cuarenta años. Creo que es una cuestión de alimentación”—. El tono desafiante del libro generó una avalancha de críticas, pero también un interés mediático sin igual. Cuentan que la revista Time envió a una reportera a París para entrevistarlo. Fueron a comer a un restaurante y Houellebecq se emborrachó tanto que perdió el conocimiento. Antes de caer inconsciente sobre su plato, le dijo a la reportera que sólo le respondería más preguntas si se acostaba con él.

Ese año, el jurado del prestigioso Prix Novembre decidió otorgarle a Las partículas elementales el premio a la mejor novela. Entre los miembros del jurado se encontraban Julian Barnes y Mario Vargas Llosa, quien calificó el libro de “brillante, pero insolente”. Houellebecq llegó a la premiación vestido con unos jeans sucios y un saco viejo. Un conocido editor comentó que la novela no era tan escandalosa, que lo escandaloso era que Houellebecq se presentara “sin bañarse ni pasar por la tintorería”.

Después de la tormenta mediática, Houellebecq decidió alejarse un poco de las cámaras. Pero no pudo cerrar la boca por mucho tiempo. En septiembre de 2002, durante el lanzamiento de su tercera novela, Plataforma, dijo que el Islam era “la religión más estúpida del mundo”. Sus declaraciones generaron toda suerte de protestas e incluso un par de amenazas de muerte: pocos días después de su desafortunada declaración, Houellebecq apareció en un acto público en Berlín acompañado de dos guardaespaldas.

Con la publicación de Plataforma quedó claro que no le asustaba tocar ningún tema: la novela gira en torno al turismo sexual en los países asiáticos. “La prostitución infantil no me parece ningún drama. En Tailandia, por ejemplo, el turismo sexual está bien. El dinero se reparte de manera más o menos justa y no es realmente un tema dramático”, dijo también durante el lanzamiento del libro. Para entonces parecía encantado de hablar de temas sórdidos y de chocar, cada vez más, a su público. Como si fuera poco, la primera frase de la novela, “Mi padre murió el año pasado”, es una referencia directa a la famosísima primera frase de El Extranjero de Albert Camus. Houellebecq no sintió nada de vergüenza en parodiar uno de los libros más apreciados en la historia de las letras francesas.

Pero en esta nueva ocasión la fórmula no le resultó y la crítica lo hizo pedazos. Los críticos coincidieron en que su estilo se estaba volviendo repetitivo y que su obsesión por el escándalo era cada vez más desesperada. Houellebecq, herido en lo más profundo de su ser, anunció que jamás volvería a su país, que se exiliaría en su casa en España y que escribiría una larguísima novela que sería “el resumen de toda mi obra anterior y la suma de todas mis neurosis”.

—Las partículas elementales fue publicado en 1998, hace más de diez años. ¿Cómo ve su novela hoy en día?
—No vuelvo a leer lo que escribo, nunca. Pero no creo que mi opinión sobre el libro, o sobre lo que me costó escribirlo, haya cambiado demasiado. Hice un esfuerzo heroico por entender asuntos de física cuántica durante la escritura y no creo que ahora estuviera dispuesto a hacer un trabajo similar. Lo veo como algo que ya está hecho, que ya terminó y sobre lo que no vale la pena volver. Quizás a veces pienso que exageré en algunas cosas, pero ya no me doy cuenta de esos problemas. No soy alguien tan inteligente, aunque tampoco soy tonto, y escribí ese libro al límite de mis capacidades intelectuales.

—Hay una constante en los personajes de sus novelas. Ellos están atrapados en sus propios instintos. ¿Cree que la sociedad es prisionera de sus deseos más básicos?
—En Las partículas elementales hay un personaje, Michel, que sólo desea el conocimiento. Y eso no necesariamente resulta mejor. Lo que sí se puede decir, sin equivocación, es que el problema del deseo es muy importante en la vida. Pero no sé si es algo malo o bueno. Cuando a Platón le preguntaban en su vejez si se entristecía por no tener más deseos sexuales, respondía que no, que, al contrario, era muy afortunado de haberse liberado de ellos. Mis libros giran, en gran parte, sobre esa ambivalencia: la voluntad del hombre de ser prisionero o estar libre de deseo.

—Otro tema recurrente es la soledad. ¿Le gusta ser solitario?
—Los seres humanos son una compañía muy difícil, pues hay que entretenerlos constantemente. Yo, en lo personal, no tengo la necesidad de que me distraigan. Nunca me aburro, es un sentimiento que no conozco: siempre encuentro una actividad o algo en qué pensar. Uno de los principales problemas de los seres humanos es que, cuando uno está con ellos, siempre corre el riesgo de aburrirlos.

—¿Cree que la soledad es fundamental para un escritor?
—Sí, indiscutiblemente. Uno no puede tener una vida muy agitada cuando está escribiendo una novela, tiene que reducir sus actividades al mínimo. Ahora, algunos lo logran hacer: pueden escribir libros y tener una vida social muy agitada al mismo tiempo, por ejemplo. Yo no. Creo que una buena solución es compartir la vida con una persona que trabaja también en un oficio creativo y que necesita la soledad para trabajar.

*
Mucho antes de ser publicada, La posibilidad de una isla se convirtió en un fenómeno editorial pocas veces visto en Europa. Desde 1994, Houellebecq había publicado todos sus libros con Flammarion, una de las casas editoriales más grandes de Francia. Su enorme éxito lo convirtió en el autor estrella de la editorial, hasta el punto que empezó a intervenir en asuntos internos de la empresa. Antes de publicar Plataforma, por ejemplo, hizo despedir al editor general, Raphaël Sorin. En su lugar, Houellebecq exigió que nombraran a su amigo, el también escritor Frédéric Beigbeder, autor de la famosa novela El amor dura tres años. “Un día me llamó y me dijo: ‘Frédéric, es hora de que tengas un trabajo de verdad. A partir de la próxima semana serás el editor general de Flammarion’”, contó Beigbeder.

Por un tiempo, la dupla Houellebecq-Beigbeder se convirtió en la más chic del mundo literario parisino. Juntos organizaban fiestas y eventos en los que los dos, por supuesto, eran los protagonistas. Pero la diversión duró poco: Houellebecq estaba muy descontento con la editorial y decidió, en secreto, que era hora de irse. Al parecer se sintió muy mal cuando la editorial vendió los derechos para cine de Las partículas elementales, que se estrenó en 2006. Varias veces el escritor ha dicho que el guión le pareció muy mediocre y que la dirección del alemán Oskar Roehler fue inadecuada.

En diciembre de 2003 se reunió con su agente, François Samuelson, y con los editores de Fayard —la competencia de Flammarion— en el café de Soufflot, muy cerca del Panteón. Houellebecq les dijo que estaba muy interesado en firmar un contrato con ellos, pero que tenía en mente unas pequeñas exigencias. Y al parecer los directivos de Fayard no dudaron ni un segundo en aceptar todas las peticiones del divo: tiempo ilimitado para entregar su nueva novela, todos los derechos sobre ella para un eventual guión y para ser su director, 20 por ciento del porcentaje de las ventas en Europa y, sobre todo, un cheque adelantado por un millón y medio de euros.

La firma del contrato entre Houellebecq y Fayard se anunció al día siguiente, en una rueda de prensa. Los últimos en enterarse fueron los directivos de Flammarion y el mismo Beigbeder. El escritor confesó que se había enterado por los diarios y dos semanas después renunció a su puesto: “En un principio no aceptaron mi renuncia, pero este asunto me puso muy triste. Sin embargo, no logro odiar a Michel: él es brillante, genial y muy extraño. Aunque hubiera preferido que me llamara antes”. La llamada nunca llegó.

Dos años después, Houellebecq anunció que su novela, de casi quinientas páginas, estaba terminada. En una entrevista con la revista Les Inrockuptibles —uno de los pocos medios con los que habló— dijo que durante el proceso de escritura había perdido casi todo el cabello y un par de dientes. Y, para sorpresa de muchos,
que se había inscrito en la secta religiosa de los Raelianos. Pero que todo estaba bien ahora y que La posibilidad de una isla era una obra maestra. Muy pocos críticos recibieron ejemplares de lectura y se obligó a los elegidos a firmar un contrato de confidencialidad. El diario Le Figaro, que no recibió el libro, publicó un artículo en el que un periodista contaba que había encontrado un ejemplar perdido en un parque y definió La posibilidad de una isla como “el Harry Potter para adultos deprimidos”.

La novela, que se desarrolla en varios niveles, es la historia de Daniel, un humorista exitoso que no puede encontrar el amor. En medio de su angustia se une a una secta religiosa que, gracias a una innovadora técnica, les garantiza a sus fieles que serán clonados infinitamente hasta que encuentren la felicidad. Cada vez que uno de los clones muere, otro nacerá. En una segunda parte del relato, dos mil años después, aparecen Daniel 24 y Daniel 25, dos clones del humorista. Viven en un mundo arrasado por una hecatombe nuclear y se esconden en España, uno de los pocos lugares habitables del planeta. Ninguno de los dos es feliz, pues “el ser humano no ha sido concebido en absoluto para la felicidad y el único destino posible es propagar la desgracia a su alrededor”.

No obstante, la novela no tuvo el éxito esperado. Sus ventas fueron muy mediocres y no recibió, a pesar de lo que pensaban la editorial y el autor, el codiciado premio Goncourt. Porque es evidente que La posibilidad de una isla tiene momentos interesantes, pero es demasiado larga y pretenciosa. La crítica fue muy tibia también. Marcos Giralt Torrente escribió en el diario El País: “Es quizás el escritor actual que más radicalmente ha plasmado las contradicciones del ser contemporáneo; apresado en esa misma falta de certezas”.

Pero las críticas más duras llegaron de una persona inesperada. En 2007, su madre, Lucie Ceccaldi —con quien no hablaba desde su niñez—, publicó sus memorias. En ellas destrozaba a su hijo y lo llamaba “mentiroso, impostor y farsante”. Houellebecq nunca ha respondido a este ataque y dice que nunca leerá lo que su madre escribió sobre él. Es más: dice que jamás lee nada de lo que se escribe sobre él.

A principio de 2008 se estrenó en cine la adaptación de La posibilidad de una isla que el mismo Houellebecq escribió y dirigió. Según su director, la película —que tuvo un presupuesto de 4.5 millones de euros— tenía una influencia directa de 2001: Odisea del espacio de Stanley Kubrick y de Stalker de Andréi Tarkovsky. Sin embargo los críticos no parecieron apreciar su trabajo: cuentan que, durante el estreno, muchos de ellos rieron a carcajadas y dijeron que era un desastre.

—Claude Lévi-Strauss acaba de morir. Él era uno de los últimos grandes intelectuales del siglo XX. A partir de eso, ¿cree que todavía quedan grandes pensadores en Francia?
—No. Siento que ya no hay intelectuales excepcionales como Lévi-Strauss. Tal vez quedan algunos en el campo de las ciencias y las matemáticas. Pero no son pensadores que le hablen al gran público. Aparte de eso ya no quedan figuras de peso como las que había hace tres o cuatro décadas. Ya no hay alguien como Jean-Paul Sartre que, por cierto, no era un mal escritor. No creo, por otro lado, que figuras como Sartre fueran necesariamente positivas. Por su culpa el compromiso político se volvió algo obligatorio para los intelectuales, y eso fue nefasto. Además desconocía muchos campos del conocimiento fundamentales para un filósofo. Fue un pensador mediocre, para decirlo brutalmente, pero un buen escritor. Para mí es delicado criticar eso, pues tal vez estoy en su misma situación.

—¿Qué pensadores franceses recientes rescataría entonces?
—Creo que Deleuze tiene cosas excepcionales: efectos de estilo muy interesantes. Y, también Roland Barthes, que es un caso particular. Él no era un filósofo, más bien un teórico de la literatura, pero leerlo es delicioso.

—¿Qué le gusta leer?
—Ahora me gusta leer novelas policíacas. Es un género que me divierte y que tiene una gran tradición en Europa. Me gustan pues creo que en el fondo el crimen permite acercarse, y entender, las grandes pasiones del ser humano.

Al día siguiente de nuestra conversación, Houellebecq se presenta en un festival de poesía. Frente a un público entusiasta, el francés lee varios de sus poemas, acompañado de un grupo de música experimental. Mientras declama sus versos —con una voz firme y potente que nunca escuché durante nuestra charla—, mueve su cuerpo al ritmo de la música: tal vez es su forma, muy peculiar, de bailar.

No es la primera vez que participa en un espectáculo de este tipo: en 2008 se presentó en un programa de televisión junto a Iggy Pop. Entonces cantaron juntos varias canciones que el músico estadounidense compuso, inspirado en La posibilidad de una isla.

A Houellebecq le gusta ser una estrella. A sus lectores también: les encanta hablar de sus extravagancias y de sus provocaciones. Pero todos desearían, en el fondo, que la gran figura mediática fuera también un mejor escritor.

 

Fuente: Gatoparto, reportaje, diciembre 2014.

El Quijote ya se puede leer en el cuarto idioma del mundo: el hindi

Los hablantes de hindi oscilan entre 380 y 490 millones
Vibha Maurya, académica del Instituto Cervantes en Nueva Dehli, concluyó la traducción de las dos partes del Quijote tras más de diez años de trabajo.

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NUEVA DELHI, INDIA (16/FEB/2015).- Las aventuras del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ya se pueden leer completas en hindi, tras diez años de intenso trabajo de la académica india Vibha Maurya para hacer la obra universal de Miguel de Cervantes “lo más cercana posible” a los hablantes del cuarto idioma del mundo.

“Mancha ki ek jagah mein…” empieza “El Quijote” en hindi, cuya primera parte tradujo Maurya en 2005 y una década después ha concluido la segunda, explicó la catedrática durante su presentación en el Instituto Cervantes de Nueva Delhi.

“Es la primera traducción completa, de las dos partes, y directa del español, no desde el inglés como hasta ahora”, aseguró la profesora de estudios hispánicos de la Universidad de Delhi y miembro de la Real Academia Española (RAE) de las Letras.

Esta experta en la obra cervantina reconoció que “no es fácil la traducción directa, sin pasar por una tercera lengua, porque tienes que ser hispanista en el sentido de conocer la historia, la cultura y todo el contexto del libro”, escrito entre 1605 y 1615.

La traductora, no obstante, no ha ‘domesticado’ la obra en el sentido de adaptarla al acervo cultural de los hablantes de hindi, entre 380 y 490 millones según las fuentes, la mayoría en la India y países vecinos pero también en otros como Malasia, Fiyi o Sudáfrica.

“Está traducido en el contexto en que fue escrito, pero al hindi actual, no al del siglo XVII, y de una forma asequible para el lector común y corriente, sin concesiones personales sobre el contenido pero intentando trasladar el humor que contiene”, subrayó la autora.

”El Quijote” completo en hindi ocupa unas 900 páginas, frente a las casi mil 400 del texto original de Cervantes, y fue presentado en un acto ante representantes de embajadas como la de España en la India, críticos literarios indios y alumnos de español de varios países.

La traducción de la primera parte se presentó en la ciudad india de Calcuta en 2006 y ahora la presentación de la obra entera en Nueva Delhi coincide con la celebración en 2015 del cuarto centenario de la segunda parte del libro, uno de los más traducidos en todo el mundo tras la Biblia, a más de cincuenta idiomas.

Vibha Maurya tardó en realizar la traducción prácticamente el mismo tiempo que Cervantes entre una y otra parte. Las aventuras de Don Quijote y Sancho Panza también están traducidas al bengalí, el gujarati, el malayalam y otros idiomas de la India.

Hacer escritores

“¿El escritor nace o se hace?”. La pregunta, ya clásica, no ha tenido mejor respuesta que la dada en su día por Augusto Monterroso: “No recuerdo a ningún escritor que no haya nacido”. Más allá de la anécdota, que Clara Obligado recuperaba semanas atrás en su repaso a la historia de los talleres literarios en España, el debate vuelve a estar de actualidad: por la muerte de José Manuel Lara, un ‘hacedor’ de escritores que encontraron en su modelo el camino hacia la profesionalidad; por los innumerables reportajes que ha propiciado el boom de la enseñanza de la escritura (el último, en La 2 de TVE bajo el título Aprender a escribir); por la diversificación de internet, que ha permitido que la red pretenda formar a escritores mediante blogs, vídeos, podcasts, app’s e incluso perfiles de Twitter y Facebook… Desde el año 2005, en el que Andrés Ibáñez dictaminaba desde un debatido análisis en Revista de Letras que “suponer que los escritores no tienen que aprender su oficio es, en el fondo, suponer que los escritores no tienen oficio”, las cosas han cambiado.

Las escuelas de escritura se expanden como la pólvora en su dimensión virtual y aguardan su homologación
En sólo una década, la denominación original de ‘taller literario’ se ha ido restringiendo a la oferta de ciertos profesores, muchos de ellos autores (como la veterana Obligado, que importó el modelo desde Argentina), y ha dado paso a la más ambiciosa ‘escuela de escritura’, buena parte de la cual se ha expandido como la pólvora en su dimensión virtual. Así, referentes tan sonados en España como la Escuela de Escritura del Ateneo Barcelonés (la más grande de Europa y la segunda del mundo, con más de 2.000 alumnos el último curso, la mayoría en el itinerario de narrativa) y la madrileña Escuela de Escritores (hermanada con la primera y creadora de un conocido máster de narrativa) no han dejado en los últimos tiempos de potenciar sus cursos a distancia, creando prestigiosos itinerarios on line que, además, se promocionan sin cesar en las redes (por ejemplo, con clips como este en Youtube).

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En la misma línea, casos intermedios como los de Fuentetaja, Hotel Kafka o el máster en creación literaria de la Universitat Pompeu Fabra (admitido, como las escuelas barcelonesa y madrileña, en la European Association of Creative Writing Programmes) suponen hoy la punta de un iceberg que jamás ha tenido parangón en nuestro país, y que reclama con fuerza estudios reglados u homologados como en los países anglosajones (en Estados Unidos hay ejemplos como el MFA de Ana Merino en Iowa).

Mientras, en Latinoamérica, cuna del fenómeno en los 70, la proliferación de alternativas no impide que la mexicana Escuela de SOGEM, vinculada a la sociedad de autores del país, y la argentina Casa de Letras, también con aula virtual, se alcen como insoslayables. Es el momento de navegar y explorar, si les gusta escribir; como dice Alessandro Baricco, creador de la exitosa Scuola Holden, sólo hacen falta dos cosas: saberse hacedor de historias, en el formato que sea, y aceptar que vivimos malos tiempos. Los buenos para escribir, para aprender a hacerlo.

 

Fuente: El Pais, Babelia, Febrero, 2015.

Los mejores cuentos, de Sergio Pitol

I.
Por arriba, por abajo, en los márgenes de la obra escrita de Sergio Pitol (Puebla, 1933) circula una iconografía que va de los retratos del joven intenso que desafía a la cámara mientras padece fríos cuando menos austriacos, hasta los del autor maduro vestido de manera levemente excéntrica, dueño de la ligereza de los que están de regreso. La célebre foto de Alberto Tovalín en la que Pitol está sentado en el rincón de un patio, con el bastón en una mano y una gallina de barro casi abrazada por la otra —foto que sirve de portada a Los mejores cuentos, la antología personal publicada recientemente por Anagrama— podría ser un emblema.
La orientación francamente contrapicada del retrato quiebra los ejes: todo va en descenso y está cargado. El pantalón de pana, el saco de tweed, los zapatos de cordones y la corbata sólida producen una visión de conjunto distinguida, pero no elegante (un valor de pedantes): hay un desdén casi aristocrático, una comodidad consigo mismo, en el hecho de que la camisa sea a cuadros y esté desfajada, en que las pestañas de las bolsas del blazer estén hechas bolas. El escritor descansa en una sola pierna —en primer plano— y mantiene el equilibrio sostenido al mismo tiempo por la vertical apolínea del bastón y la redondez felizmente grotesca de la gallina. Tiene los brazos abiertos y esa sonrisa franquísima que ilumina los auditorios en los que se presenta a leer.
De primera impresión la fotografía representa un gesto de bienvenida, pero una mirada más atenta remite a otra cosa: Pitol está tirado hacia atrás, la cara el punto más distante de la cámara, como alejándose del espectador. Es la risa más ambigua y literaria: refleja una alegría envidiable, pero es distante; no queda claro qué la produce, a costa de quién se va a desgranar en una carcajada.
Tenemos la manía, cada vez más injustificada y a ratos hasta majadera, de pensar en Sergio Pitol como un escritor casi secreto. Hay ciertas razones históricas que lo han cristalizado ahí: durante años publicó libros sin promoverlos porque estaba destacado en alguna misión extranjera; a pesar de la suma de premios y traducciones que ha acumulado, nunca ha servido de imagen a los consorcios editoriales con la obscenidad con que lo hicieron algunas figuras del Boom —Fuentes, García Márquez, Benedetti— y los grupos de generaciones posteriores que han elegido presentarse como derivativas suyas —los novelistas de MacOndo, del Crack, del Boomerang. Aun así, los libros de Pitol ni han sido nunca difíciles de conseguir, ni han sido ignorados por los lectores serios. Tal vez la idea del autor como privilegio de los happy few tenga fundamento entonces en la iconografía: más que minoritario, Pitol es un autor distante, genuinamente aislado en su biblioteca, cercado por la risa. Es sólo que el medido carnaval de su presencia genera una imagen contraria.
II.
Toda la obra de Pitol, ahora que la vamos pudiendo ver como conjunto, ha asediado con variaciones el problema de que lo real sólo adquiere sentido cuando se transforma en algo contado. Un recuerdo o un sueño son materiales dispersos e inútiles que sólo pueden decir algo si forman una tercera atmósfera en la que las cosas sí significan. “La inspiración —anota en uno de los momentos más inteligentes de El mago de Viena— es el fruto más delicado de la memoria.”
En el corazón del cuento “El regreso”, un joven estudiante mexicano que va a ser expulsado de su habitación del Hotel Bristol de Varsovia, en la que vive modestamente, recuerda, mientras come con un amigo cazador, una historia de su propia infancia: un tlacuache se ha estado robando gallinas y los niños son comisionados para cazarlo, cosa que hacen con sus propios brutales medios. Cuando el animal está agonizando, salen de su cuerpo seis o siete crías, que son exterminadas. Nada relaciona en el cuento a la expulsión del Bristol con la historia del tlacuache, pero se genera esa tercera atmósfera en la que la habitación de hotel y el seno materno proponen una teoría del mundo: toda mudanza es siempre una expulsión del paraíso y la vida es una mudanza perpetua; vamos en picada. Basta, para comprobarlo, pensar en los dos ambientes que se confrontan en el relato: la exuberancia de la infancia en el trópico contra el rigor del invierno en la Polonia comunista. ¿Qué puede seguir que sea peor? Siempre sigue algo y siempre es peor.

III.
El mago de Viena es un libro trabajoso. Podría formar parte del cuarto volumen de las Obras reunidas de Pitol (Escritos autobiográficos) en cuyas páginas se siguen las ediciones definitivas de la Autobiografía precoz (1966), El arte de la fuga (1996) y El viaje (2001), en la medida en que es un libro de recortes, muchos de los cuales son memoriosos. No tiene la estatura formal de los dos últimos, en los que los ensayos literarios, las meditaciones sobre la poética propia y los diarios íntimos reverberan delicadamente unos sobre los otros generando esa tercera atmósfera llena de ideas que no podrían articularse de manera directa, pero tiene una consistencia en la que comulgan libros tan disímbolos como el Oráculo manual de Gracián o la Trilogía de Henry Miller. Más que obras para sentarse a leer de un tirón, son volúmenes de compañía: devocionarios laicos que se dirigen directamente —sin depender del truco de la trama— a la conciencia del lector y dejan grabada ahí su sabiduría para regresar cuando más los necesitamos.
O podría leerse como una suma intermedia de ensayos y notas, tal como lo fue Pasión por la trama (Era, 1998), que por un lado dejó constancia de una serie de lecturas pitolianas en la hora apoteósica de su canonización, y por el otro sirvió para distender las presiones formales que hicieron de El viaje el sitio donde comienza el siglo xxi para las letras mexicanas: lo he leído en las versiones sucesivas de Era, Anagrama y el Fondo, y cada vez estoy más seguro de que no hay una maquinaria literaria tan delicadamente tramada como ésa en las letras hispánicas recientes. Es al mismo tiempo una lección de sutileza y un ardid de dinamitero: el trabajo de “un maestro”, diría Vila-Matas con reverencia inopinada y justa en el prólogo de Los mejores cuentos.
Hay un tramo de El viaje al que no dejo de recurrir: el libro —no hay otra forma de llamar este tipo de volúmenes que en la edición del Fondo han sido agrupados mediante la etiqueta aproximada de “autobiográficos”— se presenta como un ejercicio de voluntad memoriosa: Pitol va a escribir sobre la ciudad de Praga porque, a pesar de ser su favorita entre aquellas en que ha vivido, nunca ha podido trazar una sola línea sobre ella; incluso sus entradas de diario del tiempo en que vivía allí hablan de lecturas y conversaciones,nunca de la ciudad misma. Entonces cuenta una escena, entre terrible y cómica: en un callejón cercano a la Embajada, un viejo tirado en el suelo increpa a los peatones sin poderse levantar. Cuando el novelista se aproxima, descubre que no es que el viejo esté borracho, sino que se ha resbalado en su propia caca y cada que se intenta alzar patina en ella. El episodio termina de cualquier modo y nunca regresa, igual que la ciudad en que sucedió: El viaje tiene una trama, pero nada que ver con Praga.

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Después, conforme avanza el libro —que es al mismo tiempo un registro sobre el proceso de escritura de Domar a la divina garza y un ensayo sobre literatura rusa—, el lector se va dando cuenta de que el tema que palpita en sus fondos es, sin que se diga nunca, la mierda: una puesta en narrativa de los rituales asociados al deshecho y una reflexión sobre la creación como un sitio liberador y no siempre presentable al que servimos revolcándonos una y otra vez en él. Los libros son a los hombres lo que el oro a los dioses: santo excremento.
En la conmovedora escena final, Pitol se describe como niño en Potrero, Veracruz. Entre fiebre y fiebre entra al ingenio azucarero y se tira sobre una montaña inmensa de bagazo. Ahí, enterrado en los deshechos, se vislumbra como un niño ruso. Luego confiesa que de todas las imágenes que ha tenido de sí mismo, ésa —la más delirante— es la que aún le “parece ser auténtica verdad”. Entre la trama del libro, el viejo que se revuelca en su caca y el niño que se vislumbra como ruso, se ha creado una tercera atmósfera que revienta de revelaciones. Lo que sucede es que no son visibles sin el matiz de la creación literaria.
No en balde El arte de la fuga comienza con la descripción miope de Venecia: para poder ver lo que hay de verdadero en el mundo, hay que dejar los lentes de diario olvidados en el escritorio. Más adelante, en el corazón mismo del libro, que es el centro poderosísimo de la obra de Pitol, la historia que explica todas las historias se vacía en el cuento perfecto sobre la muerte de la madre del narrador, que sólo puede ser recordada en una sesión de hipnosis. La realidad está ahí, pero sólo se puede entender desde su representación: sin lentes, en sueños, como niño ruso.

IV.
Lo cual me regresa a la sonrisa con que Pitol mira a sus lectores desde las fotografías. Tango la impresión de que, como sucedió durante muchos años con Borges, el autor de “Vals de Mefisto” ha sido leído con una seriedad que tal vez no se justifique: la atmósfera de soledad y enfermedad que suele permitir el estallido de sus tramas, la complejidad emocional de sus personajes —que nunca son lo que quieren ser y nunca dicen cuál es el secreto que los castiga— y la densidad de las atmósferas en que los sitúa, imponen un respeto que puede despojar a sus cuentos de la calidad de comedias —la sonrisa está distanciada.
Pitol ha escrito incansablemente para hacer escarnio de lo que lo enerva: los funcionarios de medio pelo, los vividores que se las dan de príncipes, las parejas disfuncionales que torturan a los amigos con sus batallas, los idealistas que estaban nada más esperando la oportunidad para venderse. Es cierto que la mayoría de sus personajes tienen un fin trágico, pero también lo es que se lo han buscado con insistencia: de la seriedad con que el fantasma de un idiota confunde su penar con una misión diabólica en “Victorio Ferri cuenta un cuento”, a la felicidad del escritor sordo cuando le toca sentarse con una señora cuya única conversación consiste en decir “Is good” en “El oscuro hermano gemelo”, pasando por la tontera del dictado divino en “La pantera”, hay siempre en los cuentos de Pitol un espíritu de mofa que previene contra tomárselos demasiado en serio.
El autor es, en el sentido anterior, un lector maestro de la gestualidad tan cara a las literaturas del XIX y tan olvidada por la pereza del XX, que quién sabe a qué hora dictó que había que escribir de manera eficaz, transparente y democrática. Pitol ha estudiado con un cuidado único en la lengua la manera en que se desplazan las criaturas de James, la forma torcida en que los madrileños de Pérez Galdós expresan los vicios que creen ocultar, la lentitud con que Chéjov descompone a sus víctimas. Y lo ha puesto todo al servicio de una prosa que se alza hasta una parodia de lo sublime para después gozarse en el ramalazo de la caída. Sus personajes, herederos uno tras otro del Príncipe Myshkin de Dostoievsky, siempre aparecen protegidos por toda clase de credenciales y siempre son traicionados por las manías que creen normales. Han hecho del autogol una forma de vida, pero sobre todo, una obra de arte.
Como todos los comediantes con rango clásico, Pitol sabe cuándo entrar a escena y cuándo salir, cuándo abrir la llave del delirio y cuándo cerrarla para quetenga sentido, dónde poner una bomba de tiempo: un tramo del relato que lo explique cuando pase la risa, casi siempre cuando ya terminamos de leer.
Hay una historia memorable en el diario habanero con que concluye El mago de Viena: siendo muy joven y de camino a Europa en barco, Pitol pasa por Cuba. Durante su primera noche en La Habana levanta una borrachera de marino y pierde la consciencia. A la mañana siguiente amanece con unos zapatos ajenos, lo cual le preocupa hasta que descubre que son italianos, nuevos, están magníficamente cortados y le quedan a la perfección. Para el autor de la Trilogía del carnaval el genio que mueve la literatura es el de la correspondencia: lo experimentado, según dice él mismo, es apenas “un conjunto de fragmentos de sueños no del todo entendidos”. La escritura está ahí para generar un destilado de racionalidad entre el revoltijo de la experiencia: que nos queden los zapatos, que sean mejores que los nuestros y que nos gane la risa. –