LAS LETRAS DE LA CONTROVERSIA: Michel Houellebecq

Michel Houellebecq está, de nuevo, en el ojo del huracán. El lanzamiento de “Soumission” (“Sumisión”), su esperada nueva novela, ha desatado una gran polémica. En ella, el novelista francés imagina a su país en el futuro, bajo un régimen islamista. El lanzamiento de la novela estaba previsto para esta semana. Pero debido a los ataques contra la revista “Charlie Hebdo” y la crisis en París, el novelista debió cancelar la gira de promoción y abandonar el país bajo fuertes medidas de seguridad. Esta no es, sin embargo, la primera vez que Houellebecq afronta una situación de este tipo. Este es un perfil del provocador escritor (Publicado en el libro “16 retratos excéntricos”, Planeta).

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A pesar de lo que uno pudiera imaginar, Michel Houellebecq es un ser inofensivo. Detrás de su fama de misógino, racista, homofóbico y excéntrico, se esconde un hombre tímido y amable, que se ríe de sus propios chistes con una inocencia que recuerda a un niño de ocho años.

Nos encontramos una mañana de noviembre, en Casa del Lago, uno de los centros culturales más importantes de la Ciudad de México. El edificio, construido en el siglo XIX, está situado en medio del impresionante bosque de Chapultepec y sirvió, durante varios años, como casa de recreo de los presidentes mexicanos. Ahí me espera Houellebecq, sentado en un sillón de cuero negro, en un rincón de una sala de ventanales inmensos que miran hacia un lago. Se ve frágil y demasiado delgado, tiene grandes ojeras —como si sufriera de insomnio crónico— y su mirada es triste. Viste un abrigo oscuro, de invierno, a pesar de que es un día caluroso. Cuando lo saludo, apenas me mira y murmura algo que no logro entender. Habla muy bajo y piensa con detenimiento cada una de las palabras que utiliza.

Prende un cigarrillo y lo fuma con placer. Aspira el humo con fuerza y, mientras lo hace, cierra los ojos. Muerde el filtro, casi hasta romperlo. Parece que dirá algo y, en seguida, se reprime. Le hago una pregunta que ignora. Pasa varios minutos en silencio, mientras la colilla crece. Sus uñas, sus dedos y sus labios tienen manchas de color naranja, por la nicotina.

Pide una copa de vino tinto y enciende otro cigarrillo. Mientras espero a que diga algo, descubro que Houellebecq no es el monstruo que todos creen. Es un hombre atormentado, que no podría hacerle daño a nadie.

Michel Houellebecq adora los escándalos. Es tal vez la figura literaria que despierta sentimientos más encontrados entre sus compatriotas. Los franceses ven en él la oportunidad de tener un nuevo escritor de relevancia mundial. Ellos siempre han estado obsesionados con la figura del gran intelectual y sienten que Houellebecq podría llegar a serlo: tiene todas las características para convertirse en el héroe que va a sacar al mundo de la literatura francesa del aburrimiento en el que se encuentra desde hace tiempo.

Es muy poco lo que se sabe sobre su vida. Pasa la mitad del año en Andalucía y la otra mitad en Irlanda, por una cuestión de impuestos. Está separado, tiene un hijo y su mejor amigo es Clément, su perro de raza Jack Russell. Varias veces ha dicho que la relación con Clément es una de las más estimulantes que ha tenido, a pesar de que éste “sólo come croquetas y es negado para la gastronomía”. Houellebecq prefiere pasar horas jugando con él en el parque y en las playas a perder el tiempo con editores o periodistas.

Siempre ha sido un tipo solitario. Cuando niño sus padres lo abandonaron en la casa de su abuela, una mujer de ideas comunistas. A los dieciséis años tuvo su primer encuentro literario definitivo: leyó los cuentos completos de H.P. Lovecraft. Su visión de mundo pesimista lo cautivó: varias veces ha dicho que Lovecraft es uno de los escritores que mejor entendió la enorme tristeza de la existencia humana. Esto lo llevó a escribir, en 1991, su primer libro: una biografía del autor estadounidense llamada Contra el mundo, contra la vida.

Pero antes de que eso sucediera, su vida dio muchas vueltas. Después de salir del liceo se inscribió en la Escuela Superior de Agronomía de París, donde obtuvo el título de Agrónomo en 1980. Por supuesto, jamás sintió el más mínimo deseo de ejercer su carrera, lo que lo llevó a una crisis profunda. Durante un largo periodo estuvo desempleado y varias veces fue internado en clínicas psiquiátricas. En medio de uno de sus peores momentos, un médico le aconsejó que escribiera relatos para superar la depresión. “La mayoría de los psiquiatras ven con buenos ojos los garabatos de sus pacientes. No porque les atribuyan el menor valor artístico; pero piensan que más vale eso que herirse los brazos con una cuchilla de afeitar”, escribió sobre aquella época. Pero todo parece indicar que fue un consejo valioso: al poco tiempo se recuperó y entró a trabajar en la Asamblea Nacional de Francia como Secretario Administrativo. De ese contacto extremo con la burocracia salió su primera novela, Ampliación del campo de batalla. En esta obra de 1994, Houellebecq recrea, con una precisión un poco escalofriante, lo oscura que puede resultar la existencia de un funcionario público en un país europeo.

Ampliación del campo de batalla causó un gran revuelo. Para algunos se trataba de una voz renovadora en la literatura francesa, mientras que otros consideraron a su autor como un farsante que se apoderaba de las ideas de Schopenhauer y Nietzsche. A Houellebecq le importaron muy poco las críticas y se describió a sí mismo —sin pudor alguno— como el heredero natural de Baudelaire.

—En sus novelas usted describe una sociedad europea que, a pesar de tener todas las comodidades y facilidades, se encuentra deprimida. ¿A qué razones le atribuye esta tristeza?
—Hay muchas causas. La fundamental, sin duda, es el declive de las religiones y la pérdida de la fe. El hecho de que la gente ya no crea en cosas como la vida eterna o el paraíso, crea un vacío muy difícil de llenar. Y, por otro lado, si bien la situación económica en Europa no es catastrófica en este momento, la gente ya no vive tan bien como hace algunas décadas. En los treinta, por ejemplo, hubo un crecimiento económico sorprendente. Ese auge que vivió la generación de nuestros padres no es tan lejano, y la gente todavía recuerda ese pasado glorioso. Fue un momento de la historia muy optimista en Europa, en el que las personas conocieron el progreso y la riqueza. Era una época en la que, aunque suene increíble ahora, el desempleo ni siquiera existía. Pero, de repente, esa situación ideal se agotó; algo se rompió en sus vidas. Desde la Segunda Guerra Mundial, los europeos tenemos la sensación de que ese cuento de hadas se acabó y que ahora vamos cuesta abajo. Hoy en día es muy difícil encontrar un trabajo y el dinero está muy mal distribuido. Eso hace que los europeos estemos deprimidos.

—¿Cómo se siente usted en medio de esta crisis?
—Esa situación es muy desfavorable para mí como escritor. Porque cuando las personas están deprimidas, buscan una literatura que los haga sentir bien. Autores como Camus o Beckett escribieron sus obras más angustiantes cuando la situación mundial no era tan oscura y la gente toleraba sus libros. Ahora que las cosas no marchan bien, la gente quiere leer libros que los hagan sentir felices.

—En este contexto, ¿qué semejanzas y qué diferencias encuentra entre América Latina y Europa?
—En América Latina, creo, todavía hay esperanza. En estos países las personas todavía sienten que tienen un futuro, mientras que en Europa tienen la sensación de que sólo les queda su pasado. Que los años gloriosos ya pasaron: ésa es la gran diferencia. Aunque no estoy muy enterado de los detalles específicos, pienso que la economía es más fuerte y que los países latinoamericanos son más estables que hace cuarenta años. La verdad es que lo que ocurre en Latinoamérica no es muy conocido en Europa, no es un tema relevante. De hecho, creo que lo que más se conoce es su literatura.

—En sus novelas usted se burla de la imagen un poco ingenua que tienen los europeos de América Latina…
—Sí, le repito que los europeos no saben muy bien qué es lo que pasa en Latinoamérica. Tienen una idea vaga y la impresión, me parece, de que es un lugar bueno y feliz. Es una visión lúdica y sin fundamentos. Específicamente del Brasil: creemos que todo el tiempo están haciendo el amor, bailando Samba y jugando fútbol. Una imagen que no es seria: creo que también ocurren cosas trágicas allá.

Con la publicación de Las partículas elementales, en 1998, se convirtió en una figura mundial. La novela, escrita con un tono aún más salvaje y descarnado, narra la vida de dos hermanos: un científico y un profesor de literatura. Según su autor, estos personajes son los dos arquetipos que simbolizan la sociedad francesa de finales del siglo XX. Houellebecq puso en evidencia la decepción de un país educado y culto que, sin embargo, fracasa. Además, describe los encuentros sexuales de sus personajes con una minuciosidad que se sumerge, por instantes, en lo pornográfico. Pero nadie, incluso sus peores enemigos, pudo negar su lucidez. El escritor Philippe Djian, por ejemplo, afirmó que: “Houellebecq ha tomado el lugar que dejó libre Albert Camus”. Algunos pasajes de la novela son decididamente racistas —“Fue entonces cuando empecé a odiar a los negros (…) en mi clase había sólo uno, un tipo macizo al que llamaban Ben. Siempre llevaba gorra y zapatillas Nike, y estoy seguro de que tenía una polla enorme (…) ¿qué podía entender aquel mono?”—, homofóbicos —“Es un error hablar de homosexuales. Él nunca había conocido homosexuales; por el contrario conocía muchos pederastas. Los homosexuales prefieren a los jóvenes de entre quince y veinticinco años; más allá, para ellos sólo hay culos viejos y reventados”— y misóginos —“La humanidad está progresando: hoy uno podría llegar a desear una mujer mayor de cuarenta años. Creo que es una cuestión de alimentación”—. El tono desafiante del libro generó una avalancha de críticas, pero también un interés mediático sin igual. Cuentan que la revista Time envió a una reportera a París para entrevistarlo. Fueron a comer a un restaurante y Houellebecq se emborrachó tanto que perdió el conocimiento. Antes de caer inconsciente sobre su plato, le dijo a la reportera que sólo le respondería más preguntas si se acostaba con él.

Ese año, el jurado del prestigioso Prix Novembre decidió otorgarle a Las partículas elementales el premio a la mejor novela. Entre los miembros del jurado se encontraban Julian Barnes y Mario Vargas Llosa, quien calificó el libro de “brillante, pero insolente”. Houellebecq llegó a la premiación vestido con unos jeans sucios y un saco viejo. Un conocido editor comentó que la novela no era tan escandalosa, que lo escandaloso era que Houellebecq se presentara “sin bañarse ni pasar por la tintorería”.

Después de la tormenta mediática, Houellebecq decidió alejarse un poco de las cámaras. Pero no pudo cerrar la boca por mucho tiempo. En septiembre de 2002, durante el lanzamiento de su tercera novela, Plataforma, dijo que el Islam era “la religión más estúpida del mundo”. Sus declaraciones generaron toda suerte de protestas e incluso un par de amenazas de muerte: pocos días después de su desafortunada declaración, Houellebecq apareció en un acto público en Berlín acompañado de dos guardaespaldas.

Con la publicación de Plataforma quedó claro que no le asustaba tocar ningún tema: la novela gira en torno al turismo sexual en los países asiáticos. “La prostitución infantil no me parece ningún drama. En Tailandia, por ejemplo, el turismo sexual está bien. El dinero se reparte de manera más o menos justa y no es realmente un tema dramático”, dijo también durante el lanzamiento del libro. Para entonces parecía encantado de hablar de temas sórdidos y de chocar, cada vez más, a su público. Como si fuera poco, la primera frase de la novela, “Mi padre murió el año pasado”, es una referencia directa a la famosísima primera frase de El Extranjero de Albert Camus. Houellebecq no sintió nada de vergüenza en parodiar uno de los libros más apreciados en la historia de las letras francesas.

Pero en esta nueva ocasión la fórmula no le resultó y la crítica lo hizo pedazos. Los críticos coincidieron en que su estilo se estaba volviendo repetitivo y que su obsesión por el escándalo era cada vez más desesperada. Houellebecq, herido en lo más profundo de su ser, anunció que jamás volvería a su país, que se exiliaría en su casa en España y que escribiría una larguísima novela que sería “el resumen de toda mi obra anterior y la suma de todas mis neurosis”.

—Las partículas elementales fue publicado en 1998, hace más de diez años. ¿Cómo ve su novela hoy en día?
—No vuelvo a leer lo que escribo, nunca. Pero no creo que mi opinión sobre el libro, o sobre lo que me costó escribirlo, haya cambiado demasiado. Hice un esfuerzo heroico por entender asuntos de física cuántica durante la escritura y no creo que ahora estuviera dispuesto a hacer un trabajo similar. Lo veo como algo que ya está hecho, que ya terminó y sobre lo que no vale la pena volver. Quizás a veces pienso que exageré en algunas cosas, pero ya no me doy cuenta de esos problemas. No soy alguien tan inteligente, aunque tampoco soy tonto, y escribí ese libro al límite de mis capacidades intelectuales.

—Hay una constante en los personajes de sus novelas. Ellos están atrapados en sus propios instintos. ¿Cree que la sociedad es prisionera de sus deseos más básicos?
—En Las partículas elementales hay un personaje, Michel, que sólo desea el conocimiento. Y eso no necesariamente resulta mejor. Lo que sí se puede decir, sin equivocación, es que el problema del deseo es muy importante en la vida. Pero no sé si es algo malo o bueno. Cuando a Platón le preguntaban en su vejez si se entristecía por no tener más deseos sexuales, respondía que no, que, al contrario, era muy afortunado de haberse liberado de ellos. Mis libros giran, en gran parte, sobre esa ambivalencia: la voluntad del hombre de ser prisionero o estar libre de deseo.

—Otro tema recurrente es la soledad. ¿Le gusta ser solitario?
—Los seres humanos son una compañía muy difícil, pues hay que entretenerlos constantemente. Yo, en lo personal, no tengo la necesidad de que me distraigan. Nunca me aburro, es un sentimiento que no conozco: siempre encuentro una actividad o algo en qué pensar. Uno de los principales problemas de los seres humanos es que, cuando uno está con ellos, siempre corre el riesgo de aburrirlos.

—¿Cree que la soledad es fundamental para un escritor?
—Sí, indiscutiblemente. Uno no puede tener una vida muy agitada cuando está escribiendo una novela, tiene que reducir sus actividades al mínimo. Ahora, algunos lo logran hacer: pueden escribir libros y tener una vida social muy agitada al mismo tiempo, por ejemplo. Yo no. Creo que una buena solución es compartir la vida con una persona que trabaja también en un oficio creativo y que necesita la soledad para trabajar.

*
Mucho antes de ser publicada, La posibilidad de una isla se convirtió en un fenómeno editorial pocas veces visto en Europa. Desde 1994, Houellebecq había publicado todos sus libros con Flammarion, una de las casas editoriales más grandes de Francia. Su enorme éxito lo convirtió en el autor estrella de la editorial, hasta el punto que empezó a intervenir en asuntos internos de la empresa. Antes de publicar Plataforma, por ejemplo, hizo despedir al editor general, Raphaël Sorin. En su lugar, Houellebecq exigió que nombraran a su amigo, el también escritor Frédéric Beigbeder, autor de la famosa novela El amor dura tres años. “Un día me llamó y me dijo: ‘Frédéric, es hora de que tengas un trabajo de verdad. A partir de la próxima semana serás el editor general de Flammarion’”, contó Beigbeder.

Por un tiempo, la dupla Houellebecq-Beigbeder se convirtió en la más chic del mundo literario parisino. Juntos organizaban fiestas y eventos en los que los dos, por supuesto, eran los protagonistas. Pero la diversión duró poco: Houellebecq estaba muy descontento con la editorial y decidió, en secreto, que era hora de irse. Al parecer se sintió muy mal cuando la editorial vendió los derechos para cine de Las partículas elementales, que se estrenó en 2006. Varias veces el escritor ha dicho que el guión le pareció muy mediocre y que la dirección del alemán Oskar Roehler fue inadecuada.

En diciembre de 2003 se reunió con su agente, François Samuelson, y con los editores de Fayard —la competencia de Flammarion— en el café de Soufflot, muy cerca del Panteón. Houellebecq les dijo que estaba muy interesado en firmar un contrato con ellos, pero que tenía en mente unas pequeñas exigencias. Y al parecer los directivos de Fayard no dudaron ni un segundo en aceptar todas las peticiones del divo: tiempo ilimitado para entregar su nueva novela, todos los derechos sobre ella para un eventual guión y para ser su director, 20 por ciento del porcentaje de las ventas en Europa y, sobre todo, un cheque adelantado por un millón y medio de euros.

La firma del contrato entre Houellebecq y Fayard se anunció al día siguiente, en una rueda de prensa. Los últimos en enterarse fueron los directivos de Flammarion y el mismo Beigbeder. El escritor confesó que se había enterado por los diarios y dos semanas después renunció a su puesto: “En un principio no aceptaron mi renuncia, pero este asunto me puso muy triste. Sin embargo, no logro odiar a Michel: él es brillante, genial y muy extraño. Aunque hubiera preferido que me llamara antes”. La llamada nunca llegó.

Dos años después, Houellebecq anunció que su novela, de casi quinientas páginas, estaba terminada. En una entrevista con la revista Les Inrockuptibles —uno de los pocos medios con los que habló— dijo que durante el proceso de escritura había perdido casi todo el cabello y un par de dientes. Y, para sorpresa de muchos,
que se había inscrito en la secta religiosa de los Raelianos. Pero que todo estaba bien ahora y que La posibilidad de una isla era una obra maestra. Muy pocos críticos recibieron ejemplares de lectura y se obligó a los elegidos a firmar un contrato de confidencialidad. El diario Le Figaro, que no recibió el libro, publicó un artículo en el que un periodista contaba que había encontrado un ejemplar perdido en un parque y definió La posibilidad de una isla como “el Harry Potter para adultos deprimidos”.

La novela, que se desarrolla en varios niveles, es la historia de Daniel, un humorista exitoso que no puede encontrar el amor. En medio de su angustia se une a una secta religiosa que, gracias a una innovadora técnica, les garantiza a sus fieles que serán clonados infinitamente hasta que encuentren la felicidad. Cada vez que uno de los clones muere, otro nacerá. En una segunda parte del relato, dos mil años después, aparecen Daniel 24 y Daniel 25, dos clones del humorista. Viven en un mundo arrasado por una hecatombe nuclear y se esconden en España, uno de los pocos lugares habitables del planeta. Ninguno de los dos es feliz, pues “el ser humano no ha sido concebido en absoluto para la felicidad y el único destino posible es propagar la desgracia a su alrededor”.

No obstante, la novela no tuvo el éxito esperado. Sus ventas fueron muy mediocres y no recibió, a pesar de lo que pensaban la editorial y el autor, el codiciado premio Goncourt. Porque es evidente que La posibilidad de una isla tiene momentos interesantes, pero es demasiado larga y pretenciosa. La crítica fue muy tibia también. Marcos Giralt Torrente escribió en el diario El País: “Es quizás el escritor actual que más radicalmente ha plasmado las contradicciones del ser contemporáneo; apresado en esa misma falta de certezas”.

Pero las críticas más duras llegaron de una persona inesperada. En 2007, su madre, Lucie Ceccaldi —con quien no hablaba desde su niñez—, publicó sus memorias. En ellas destrozaba a su hijo y lo llamaba “mentiroso, impostor y farsante”. Houellebecq nunca ha respondido a este ataque y dice que nunca leerá lo que su madre escribió sobre él. Es más: dice que jamás lee nada de lo que se escribe sobre él.

A principio de 2008 se estrenó en cine la adaptación de La posibilidad de una isla que el mismo Houellebecq escribió y dirigió. Según su director, la película —que tuvo un presupuesto de 4.5 millones de euros— tenía una influencia directa de 2001: Odisea del espacio de Stanley Kubrick y de Stalker de Andréi Tarkovsky. Sin embargo los críticos no parecieron apreciar su trabajo: cuentan que, durante el estreno, muchos de ellos rieron a carcajadas y dijeron que era un desastre.

—Claude Lévi-Strauss acaba de morir. Él era uno de los últimos grandes intelectuales del siglo XX. A partir de eso, ¿cree que todavía quedan grandes pensadores en Francia?
—No. Siento que ya no hay intelectuales excepcionales como Lévi-Strauss. Tal vez quedan algunos en el campo de las ciencias y las matemáticas. Pero no son pensadores que le hablen al gran público. Aparte de eso ya no quedan figuras de peso como las que había hace tres o cuatro décadas. Ya no hay alguien como Jean-Paul Sartre que, por cierto, no era un mal escritor. No creo, por otro lado, que figuras como Sartre fueran necesariamente positivas. Por su culpa el compromiso político se volvió algo obligatorio para los intelectuales, y eso fue nefasto. Además desconocía muchos campos del conocimiento fundamentales para un filósofo. Fue un pensador mediocre, para decirlo brutalmente, pero un buen escritor. Para mí es delicado criticar eso, pues tal vez estoy en su misma situación.

—¿Qué pensadores franceses recientes rescataría entonces?
—Creo que Deleuze tiene cosas excepcionales: efectos de estilo muy interesantes. Y, también Roland Barthes, que es un caso particular. Él no era un filósofo, más bien un teórico de la literatura, pero leerlo es delicioso.

—¿Qué le gusta leer?
—Ahora me gusta leer novelas policíacas. Es un género que me divierte y que tiene una gran tradición en Europa. Me gustan pues creo que en el fondo el crimen permite acercarse, y entender, las grandes pasiones del ser humano.

Al día siguiente de nuestra conversación, Houellebecq se presenta en un festival de poesía. Frente a un público entusiasta, el francés lee varios de sus poemas, acompañado de un grupo de música experimental. Mientras declama sus versos —con una voz firme y potente que nunca escuché durante nuestra charla—, mueve su cuerpo al ritmo de la música: tal vez es su forma, muy peculiar, de bailar.

No es la primera vez que participa en un espectáculo de este tipo: en 2008 se presentó en un programa de televisión junto a Iggy Pop. Entonces cantaron juntos varias canciones que el músico estadounidense compuso, inspirado en La posibilidad de una isla.

A Houellebecq le gusta ser una estrella. A sus lectores también: les encanta hablar de sus extravagancias y de sus provocaciones. Pero todos desearían, en el fondo, que la gran figura mediática fuera también un mejor escritor.

 

Fuente: Gatoparto, reportaje, diciembre 2014.

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