¨Una falta menor¨ y ¨Maldad¨ cuentos del cuentista Roberto Pérez-Franco

Una falta menor

Traicionado, enfurecido, lleno de celos y de indignación, no pude creer lo que me decía. Me alejé de ella, dejándola sola en la sala, y me encerré en su cuarto. Cuando vi mi rostro en el espejo, sentí lástima por mí mismo y aparté la vista. Sin poder soportarlo más, me rasgué la camisa en dos partes y me arrojé al piso a llorar. Mi corazón estaba en pedazos. Mi mundo y mi vida, tal como los conocía, se habían acabado. Mis manos y mis pies -no sé por qué- comenzaron a adormecerse con un tipo de cosquilleo anestésico que lentamente aumentaba, creciendo hacia el centro, hacia mi torso. Salí del cuarto, buscando bajo la regadera una manera de refrescar mis ansias, y permanecí bajo el chorro de agua fría durante varios minutos, respirando penosamente. Cuando entendí que si me quedaba, todo iba a empeorar, le pedí a mi novia que llamara a una amiga suya que me estima mucho, para que me llevara a mi casa; y en un par de minutos ella llegó en su carro. Cuando entré al auto y me vio empapado y sin camisa, con el alma revuelta entre el llanto y la rabia, entendió que ya me había enterado de todo, y que había reaccionado de muy mala manera. Partimos, sin rumbo al principio, y luego tomamos rumbo a su casa. Creo que ella pretendía arreglarlo todo con un té y unos minutos de desahogo. Y debo confesar que comenzaba a calmarme, o al menos a respirar más tranquilamente, al tiempo que viajábamos lentamente en el auto, mientras yo miraba las calles a través del cristal de la ventana masticando mi desgracia. Pero cuando ya nos habíamos alejado del centro de la ciudad, ella sin querer, cometió la imprudencia de tratar de justificar los hechos con palabras y de hacerme creer que nada había pasado.

– ¡Detente aquí! -le ordené, mirándola con ojos de fuego.

Ella cayó en cuenta de su error y trató de disculparse, pero no pudo arreglar nada. Bajé del auto, hirviendo por dentro, y comencé a caminar en cualquier dirección, mientras ella intentaba convencerme de que volviera a subir. No la escuché. En realidad, no podía escuchar nada ni a nadie en ese momento. Caminaba como un bobo, como un borracho, sin saber dónde ir o a quién buscar. Lo único que necesitaba en esos instantes era ser escuchado por alguien que no tratase de consolarme, para dejar salir aquella ira inmensa que me carcomía por dentro y que envenenaba mi corazón. Irónicamente, el lugar en donde me había bajado del auto distaba sólo unas cuantas calles de la casa de él, de ese mal nacido que había estado por varias semanas viéndose con mi novia y enamorándola por teléfono, cortejándola a escondidas. Rondé por varios minutos la entrada de su casa. Incluso, en un momento en que la ira me cegó, me acerqué a la puerta y llamé. Su padre me abrió. Le pregunté por él y me contestó que no estaba en ese momento. Fue su mirada de desconcierto la que me hizo caer en cuenta de mi pésima apariencia. Hacía pocos días me había hecho un corte de cabello casi al ras del cráneo; y sin camisa y con el pantalón mojado, debí parecerle un loco escapado del hospital psiquiátrico.

Le agradecí y salí de la casa, y me quedé pensativo frente a la calle. No sabía qué hacer. Mi noviazgo estaba en pedazos, y me sentía muy herido y engañado. Y eso me trastornaba grandemente. No tenía ganas de pensar ni de hacer nada. Ni siquiera de irme a dormir. Recordé que mi automóvil estaba aún estacionado frente al apartamento de mi novia. Si quería volver a mi casa, debía ir a recogerlo, y no tenía dinero para un taxi. Así que comencé a caminar hacia allá, mirando al cielo y pidiendo a Dios un poco de calma y de tranquilidad para el resto de la noche.

o – O – o

Cuando lo vi pensé que estaba drogado, o al menos muy ebrio. Venía caminando por la acera, mirando al cielo como perdido, y no traía camisa. A medida que se acercaba, pude ver que su cara corroboraba mis pensamientos anteriores, y que traía el cabello y los pantalones empapados. Eran más de las nueve. De hecho, con esa apariencia lo habrían detenido aunque fuesen las doce del día. Así que le llame, le hice un par de preguntas de rutina, y cuando escuché sus respuestas disparatadas, no tuve más salida. Aunque no lo hubiese querido, por ética de mi oficio tenía que pedirle que me acompañara. No se resistió y en ningún momento se mostró reacio, sino que colaboró amablemente. Y caminaba con normalidad, como el hombre más sobrio del mundo. Yo esperaba otra cosa, así que dudé de mis conclusiones y de mi decisión de llevarlo al cuartel. Pero en fin, caminaba por una vía pública semidesnudo y eso es una falta.

o – O – o

No lo culpo. Mis respuestas, a pesar de ser la más pura verdad, parecían tan sospechosas como las de Pinocho. Me preguntó, por ejemplo, por qué no tenía camisa. Le respondí, sin rodeos, que andaba así porque me la había quitado en la casa de mi novia, acalorado en una discusión con ella.

Luego de reprenderme por la facha y la hora, me preguntó dónde vivía mi novia. Le respondí que ella vivía cerca de la Iglesia, y esto fue lo que debió parecerle un disparate. Cuando él me detuvo yo venía cruzando frente al cuartel de policía caminando hacia la Iglesia, y no como si viniese de ella, como era de esperarse. Él notó la incongruencia y me preguntó: “¿De dónde vienes?”. Traté de responderle, pero sinceramente no sabía el nombre de aquel lugar en donde me había bajado del automóvil. “Vengo de por allá”, le respondí.

Con tal enredo de preguntas y respuestas, no lo culpo por haber pensado que había algo sospechoso en todo aquello. Así que no me resistí a que me llevara al cuartel, pues a fin de cuentas, él no era más que el policía del portón que daba a la calle frente al edificio. Y como yo tenía certeza absoluta de que no había hecho nada malo, confié en que todo se arreglaría pronto y sin problemas.

Me llevó frente a un oficial. Por su expresión y su actitud, supe al instante que era el superior allí o al menos el de mayor rango en aquel turno nocturno. Me miró con indiferencia al principio, como si no me viese siquiera. Pero al mirarme por segunda vez, su rostro cambió: se iluminó con un matiz que me hizo sentirme como una presa cazada. Se acercó y me miró con más detenimiento, y al instante sonrió complacido. En ese momento yo también lo reconocí. Lo recordé como si hubiese sido ayer la última vez que vi su odiado rostro: aquel hombre había sido uno de los perseguidores anti-civilistas, uno de los matones de alto rango militar que hostigaron a mi familia y a muchos otros sediciosos, llegando al extremo de allanar nuestra casa y encarcelarnos sin razón durante varios días, en una guerra de terror y de miedo, en los días de las luchas de la Cruzada Civilis ta contra el régimen del Dictador. Bajé el rostro, maldiciendo mi suerte. No lograba entender cómo aquella bestia todavía tenía un puesto -y mucho menos un puesto con poder- en un gobierno de supuesta renovación y democracia. En ese momento, todo aquello dejó de parecerme sencillo e irrelevante. Y sonreí de los dientes hacia afuera, temiendo en el fondo por mi suerte.

“Lo encontré caminando por la calle sin camisa, Señor”, le dijo el guardia del portón al otro que yo había identificado como su superior. Me ofreció una silla junto a la amplia entrada, y se fue a cuidar su puesto en el portón. El edificio distaba unos cincuenta metros de la calle. Entre el portón de salida y el edificio, había un patio con árboles y arbustos, cercado por una alta estructura de metal. Soplaba un frío viento nocturno, que empezó a causarme escalofríos, pues estaba desnudo de la cintura hacia arriba y empapado de pies a cabeza. El policía de rango superior, que no se había movido ni un milímetro del lugar que ocupaba frente a mí, me miraba entonces con un poco más de disimulo. En ese momento, viéndolo con más calma, tuve la angustiante sensación de que aquel hombre estaba plenamente convencido de ser indiscutiblemente superior, no sólo a sus subalternos, sino a todos los demás seres vivientes. Sacó un cigarrillo de su bolsillo, lo encendió y se perdió tras unas puertas sin decir una palabra.

o – O – o

El Teniente entró a la oficina con un cigarrillo en la boca. Hacía mucho que no fumaba en el cuartel. Desde que lo decretaron prohibido, se vio forzado a fumar bajo los árboles del patio o a esperar hasta la hora de salida. Así que, apenas le vi con el cigarrillo en la boca entrando a la oficina, supe que pasaba algo, que sucedía algo que le tenía nervioso, o muy ansioso. El Teniente es un hombre frío. Tenía que ser algo grande, que le preocupó o emocionó hondamente, para hacerlo fumar en el cuartel a pesar de todo.

De un salto quedé en pie. “Dígame, Señor”, me adelanté. Él me dijo: “Ven, quiero que interrogues a un muchacho”. Ahora recuerdo su cara: sus ojos tenían el brillo de la muerte. Su voz no logró disimular la turbación que lo consumía. Salió y yo lo seguí. Entonces vi al muchacho, sentado en las sillas verdes de la entrada, sin camisa y con la cabeza baja apoyada en las manos, como mirando al suelo. Era joven, de dieciocho o más años, y tenía un corte de cabello que supongo debía estar de moda. Estaba empapado y tiritaba de frío. Pero cuando levantó la cabeza y me miró de frente, me estremecí. Miraba de frente, sin miedo. Me avergüenza confesarlo, pero me sentí vulnerable. Inmediatamente supe que aquel muchacho no había hecho nada malo. Pero el Teniente había sido muy claro.

Le pedí una identificación, y sin hacerme esperar me mostró su cédula, su licencia de conducir, su carné del Seguro Social y su carné de la universidad. Los revisé y, tal como yo esperaba, todo coincidía sin problemas. “¿Cómo te llamas?”, le pregunté. Me contestó al instante – con el mismo aplomo que he referido – que se llamaba Luis Alberto Hernández Ruiz, que era hijo del Doctor Luis Alberto Hernández Saldaña y la Doctora Elena Ruiz de Hernández. Le pregunté entonces el motivo por el cual transitaba por la calle, medio desnudo, a esas horas de la noche. Su respuesta fue un poco complicada, pero yo le creí sin problemas. Me habló de un disgusto con su novia y de una serie de situaciones posteriores que, a pesar de sonar un poco precipitadas, encajaban perfectamente. El muchacho temblaba de frío, y se mostraba dócil y coherente. Era claro que no había drogas ni alcoho l de por medio, y por tratarse de una falta menor, a mí me parecía innecesario dejarlo en el cuartel por más tiempo.

Habiendo, pues, cumplido la orden, me acerqué al Teniente – que estaba al lado mío, fumándose el segundo cigarrillo – y le inquirí, en voz baja y respetuosa: “¿Algo más, Señor?”. Me contestó que no. Entonces miré al muchacho y le hablé en un tono diferente, menos tenso. Le expliqué que aquello era una falta menor, pero que no se debía repetir. Hubiese querido dejarle ir sin más retraso, pero por ley él debía abandonar la institución debidamente vestido. Así que le pedí el número de teléfono de alguien que pudiese traerle o mandarle de alguna forma una camisa, prometiéndole que cuando llegase la prenda, yo mismo le llevaría en una patrulla a la casa de su novia a buscar su carro. Él me dio el número de teléfono de sus padres. Cuando le di la espalda, disponiéndome a llamar desde la oficina, el chico me llamó.

– ¿Me permite usted usar el baño? – me preguntó, – Quisiera orinar.

Yo le hubiese dejado, sin ningún recelo, que fuese las veces que quisiera. Pero el Teniente intervino inmediatamente, negándose. En ese momento yo creí que era desconfianza de él hacia el muchacho. Por Dios que eso fue lo que creí. Nunca me hubiera imaginado que el Teniente iba a hacer algo como lo que hizo. “Es mejor que vayas a aquellos árboles”, le dijo, señalando los árboles sembrados frente al edificio; y no le dio explicaciones sobre el porqué.

El chico se encogió de hombros y sin reclamar nada, se levantó y comenzó a caminar hacia ellos. Caminaba muy lentamente, cubriéndose con los brazos por el frío. El Teniente arrojó la colilla del cigarrillo y se llevó la mano a la cintura. Desabrochó la correa del estuche de su revólver, lo sacó, apuntó a la cabeza del muchacho, echó el martillo atrás y disparó. Yo, espantado, vi al muchacho caer sobre la hierba, y miré luego al Teniente. Tenía una sonrisa muy leve en el rostro, en su rostro de asesino, de loco. Y se giró para mirarme. Su mirada era amenazante. No tuve palabras.

– ¿No lo ves? – me dijo – Estaba drogado, me arrebató un arma y trataba de escapar.

El pavor me heló la sangre. No me atreví a decir ni una palabra. Llegaron los otros oficiales que había en el cuartel, agitados y armados, preguntando por la causa de aquel disparo. El Teniente los largó diciendo que el peligro había pasado ya, y que todo estaba en orden nuevamente. Ellos obedecieron ciegamente, como siempre. El Teniente me miró con ojos aún más desafiantes, y yo bajé la mirada. “Llama a los padres y diles que vengan”, me ordenó, “y entonces vienes a ayudarme con el cuerpo”. Yo obedecí. Por última vez obedecí a aquel ser despreciable que me hizo odiar a los de mi linaje militar, a mí mismo y a nuestra cobardía. Al día siguiente vi sobre el pupitre del Teniente un reporte oficial acerca del incidente, donde se declaraba que el Teniente le había decomisado al muchacho un paquetito con droga – algo que en realidad nunca sucedió – y que el chico, drogado, había forcejado con el Teniente y le había arrebatado un arma, tratando luego de escapar. También ese día, sobre el mismo pupitre, dejé yo mi arma, mi placa y mi renuncia.
Roberto Pérez-Franco
1995

 

Maldad

a mi hermana

Chino, mi único hermano, es tres años mayor que yo. Dice mi mamá que Chino no es tonto, sino un poco necio y duro de cabeza. Es un buen niño, según la opinión de mamá. Tal vez lo es con ella, o al menos ante sus ojos, pero con otros – conmigo especialmente – siempre ha sido perverso. Recuerdo que, cuando cumplió ocho años, mis papás le regalaron una bicicleta. Paseó con ella unos días y, como era típico, se aburrió pronto. Pero nunca quiso prestármela.

– Viste, Chino, préstame la bici – le rogaba yo.

Mi madre le habría dicho algo, moviéndolo a compasión para convencerlo de prestármela, pero la última palabra la tenía él. Si decía ‘no’, era no y hasta ahí llegó el asunto. Mis padres no gustaban de contrariarlo. En mi caso, era lo opuesto. Si yo tenía un juguete nuevo, y Chino se antojaba de jugar con él, mi madre me diría como un rayo:

– Nena, préstale el juguetito a Chino. ¡No seas mala!

Mala yo, ¡imagínese! Cuando ponía mi cara de ¡fo!, mamá alzaba las cejas, como diciéndome en un lenguaje secreto: ‘Recuerda que tu hermano es especial’. Así, yo cedía y Chino arrancaba a jugar con mi juguete nuevo, sin que yo pudiera siquiera estrenarlo. Invariablemente, me lo devolvería cuando le diera la gana, sucio y roto. Recibía yo los restos de mi regalo, lo que Chino había dejado, las piltrafas.

En cariño me llegaban las piltrafas también, o al menos eso sentía yo. Mi madre sólo tenía ojos para Chino: que cuidado se va para la calle, que ojo al Cristo que se quema con la estufa, que si Chino hizo esto, que si dijo lo otro… Y a mí, que me comiera el perro. Mi padre igual: cuando llegaba del trabajo, cansado, me daría un beso en la cabeza y me haría alguna pregunta sobre la escuela. Sin escuchar la respuesta, se iría a preguntarle a mi mamá cómo le había ido a Chino en clase. Eso se lo podía responder yo. ¿Cómo le va a ir, hombre? ¡Pues mal!

Estábamos juntos en primer grado, yo adelantada un año y Chino atrasado dos, porque él, como he dicho, era ‘un poco necio y duro de cabeza’. Estábamos en el mismo salón y teníamos la misma maestra. Ella, al igual que yo, verificó rápidamente cuán ‘necio y duro de cabeza’ era Chino. Más que duro, era hermético: no le entraba nada. Estaba enemistado a muerte con las letras y los números.

Recuerdo que una vez la maestra hizo una clase especial sobre los planetas. A cada alumno le regaló un confite por cada nombre que memorizaba. A mí me tuvo que dar nueve, pues me los aprendí todos: desde Mercurio hasta Plutón. A Chino sólo le dio un pedacito de melcocha, y eso al final de la clase, porque tras una mañana de esfuerzo lo más que logró fue que dijera ‘jépete’ en vez de ‘Júpiter’.

Su hora favorita era el recreo, que aprovechaba para pelearse con los otros varones y para subirles las faldas a las niñas. Se portaba tan mal que una vez le pusieron una estrellita verde en la frente por el único mérito de no haberle subido la falda a ninguna esa mañana. Mis papás le celebraron esa estrella como si fuese la que anunció la llegada del Niño Dios. Ahora que lo pienso, él era en casa una especie de Niño Dios. Yo, por el contrario, era como el buey que ponen al lado del pesebre, que está ahí pero no hace mucho bulto: ya ni me decían nada por las estrellitas doradas que traía diariamente en la frente, por ser una santa en el salón y mantener calificaciones inmaculadas.

– Es que los varones son distintos a las niñas – decía mi madre. – ¡Son más activos!

Me resigné pronto a que Chino y yo éramos medidos con varas asimétricas. A lo que no me resigné nunca fue a que él me hiciera tantas maldades. En mi barrio le llamamos ‘maldad’ a las travesuras infantiles que buscan, por placer perverso, hacer daño a un semejante o a un animalito. Chino, que no podría definir la palabra, sacó desde temprano un doctorado en hacerme maldades de todo tipo.

– Chino, no le hagas maldades a tu hermanita – diría mi madre, sin mucho énfasis, cada vez que me veía venir llorando. – Déjala, que ella está tranquila con su muñeca…

Mi hermano, por supuesto, le hacía tanto caso como al reloj cucú que da la hora. Me pellizcaba los brazos, me escupía, me tiraba del pelo, decapitaba a mis muñecas, ¡en fin! Si hay algo ilimitado en el universo es el número y variedad de maldades que un niño ‘un poco necio y duro de cabeza’ puede hacerle a su hermanita menor. Parecía ir refinando el arte de molestarme, y dedicaba gran parte de su tiempo a hacerme la vida difícil.

El día que cumplió ocho años, cuando le regalaron la bicicleta, fue particularmente memorable en cuanto a las maldades: le arrancó las orejas a un perro de peluche rosado que me había regalado mi abuela Pita en navidad; me tiró un jabón en el ojo, mientras me bañaba; y después remató el golpe, arrojándome a la cara un pastelito de maíz congelado. ¡Y con qué puntería!

Recuerdo bien que eso ocurrió el día de su cumpleaños, porque mi llanto no surtió ningún efecto en mis padres. Él gozaba de una especie de inmunidad por ser el cumpleañero. También me acuerdo del día específico porque hicieron un sancocho grande para la fiesta, y mi mamá le pidió a mi papá comprar pollitos para repoblar el gallinero. Aunque otros días se trastocan en la neblina de la memoria, yo no confundo ese día de mi infancia con ningún otro: fue el día que juré solemnemente, ante las orejas mutiladas de mi peluche, vengar todas las maldades de Chino.

Mi papá trajo los pollitos esa tarde: doce bolitas de plumas amarillas. Chino los correteó en el patio a su gusto, tratando de pisarlos. Los pollitos corrían aleatoriamente bajo sus pies, evadiendo las zancadas con gran habilidad. Hasta que Chino pisó a uno. Creo que se arrepintió enseguida: con lágrimas en los ojos, lo vio retorcerse un poquito y después quedarse quieto. Ese llanto de culpa me hizo entender que había, tal vez, algo de bondad en su corazón.

Había otras cosas en su corazón; entre ellas, el egoísmo ocupaba un sitial eminente. Al atardecer, durante la celebración del cumpleaños, Chino fue el primero en golpear la piñata. Era una cabeza de payaso, con flecos de papel crespón y una mota de lana en el gorro. Chino le metió un palazo con todas sus fuerzas y la piñata, que mi padre había amarrado pobremente, se soltó de la soga. Chino la apañó en el aire, y salió corriendo hasta su cuarto. Allí se quedó por media hora, comiéndose él solo los confites, hasta que la promesa de mi padre de una bolsa de caramelos para él solo lo convenció de liberar al rehén, que aún conservaba parte de su contenido.

El azúcar se le debió haber subido a la cabeza, porque Chino anduvo como loco hasta que un chico le dio su merecido. Le levantó la falda a la niña equivocada, creo yo, porque un niño (tal vez el hermano o el noviecito) vino y le metió un trompón en la boca a Chino, que lo hizo sangrar y caer de espaldas. Hasta ahí llegó la fiesta. Lo llevaron al hospital y le cosieron varios puntos en la parte interior del labio. Le untaron una pomada en el chichón de la cabeza y lo dejaron una noche en observación. Cuando supo que tenía que dormir en el hospital, rompió a llorar. Mis padres para consolarlo, le preguntaron:

– ¿Qué quieres para entretenerte?

A lo que Chino respondió: ‘un pollito’. Mis padres fueron a la casa, y tomaron a uno de los once pollitos sobrevivientes y se lo trajeron a mi hermano. ‘A éste lo va a matar también’, pensé. Pero estaba equivocada. Creo que algo en su cabeza se descompuso (o se compuso) con el golpe en el suelo, porque agarró al pollito con una ternura inusitada y lo acarició por horas, hasta quedarse dormido.

Desde entonces ese pollo en particular fue su favorito. Cuando llegaba de la escuela, le daba agua y comida, lo acariciaba y le contaba cosas. Diría, a riesgo de sonar ridícula, que él lo consideraba su amigo. Hasta le puso un nombre, muy original por cierto, que nadie adivinaría en un millón de años: ‘Pollito’. Ya sea por el golpe en la cabeza, o a propósito de esta nueva amistad, se dio un cambio en la personalidad de mi hermano: ya casi no peleaba en la escuela con los niños, y rara vez le alzaba las faldas a las niñas.

Sus maldades hacia mí, sin embargo, no disminuyeron. Mis padres se alegraron tanto por su recién adquirido comportamiento en la escuela, que le permitieron la libertad de seguirme molestando a mí en casa. Sin embargo, creo que no se preguntaron nunca la razón del cambio, y no conocieron – hasta donde sé – de la amistad de Chino con Pollito. De hecho, creo que nadie lo supo, excepto yo.

Mi hermano me aseguraba que era capaz de reconocer a Pollito entre todas las demás aves. Al principio pensé que era una más de sus locuras, pero con el tiempo me di cuenta de que ciertos rasgos eran diferentes entre los pollos y que mi hermano, en efecto, parecía siempre alimentar y acariciar al mismo individuo. Incluso cuando crecieron y se convirtieron en gallinas, Chino seguía reconociendo a Pollito entre las demás aves de corral. Pollito resultó ser una gallina, por cierto, y no un gallo como esperaba mi hermano, pero su afecto mutuo no disminuyó por el inesperado giro en los eventos.

Así estaban las cosas cuando llegó el siguiente cumpleaños de Chino, con la respectiva euforia en su ánimo. La abuela Pita vino de visita la noche anterior y nos trajo regalos. Me dio los míos inmediatamente, y guardó los de Chino para la fiesta del día siguiente. Entre mis regalos estaba otro peluche. Aunque lo escondí para que Chino no lo encontrara, de alguna manera logró dar con él y destrozarlo antes de irse a la escuela. Ese crimen fue el último insulto a mi dignidad, y recordé mi juramento.

Entonces mi cerebro de niña de seis años puso en marcha un plan maestro para ejecutar mi venganza. Comencé por fingir tos y debilidad, para convencer a mis padres de dejarme en casa descansando. Una vez que ellos se fueron a trabajar, y que Chino estaba en la escuela (tal vez tratando inútilmente de aprender el nombre de algún planeta que tuviese menos de tres sílabas), procedí con el segundo paso: engatusar a la abuela Pita. Llegué en mi camisón de florecitas hasta la cocina, donde ella – con delantal y todo – hacía los preparativos para la fiesta.

– ¿Cómo te sientes, Nena? – me preguntó la abuela Pita.

Le indiqué ‘más o menos’ con la manito que tenía desocupada. Para completar el cuadro, traía a rastras en la otra el peluche mutilado, que había sucumbido entre las manazas de Chino en su día de estreno. Mi abuela me alzó entre sus brazos y me dijo una serie de tonterías dulces en tono de puchero, de esas que la abuelazón, por motivos ignotos, hace creer a las viejitas que encantan a los niños. Le dije que tenía hambre, mientras me restregaba los ojitos con la mano y tosía.

– Te voy a hacer una sopita de pollo para que te sientas mejor – sentenció Pita.

Yo sonreí. Sacó de la despensa un paquete de sopa de pollo deshidratada.

– Esa no me gusta – dije, redoblando la tos.

La abuela se detuvo un momento, como meditando. Yo esperé pacientemente. Ella miró por la ventana hacia el patio, y el rostro se le iluminó cuando vio el gallinero. Me dijo que la esperara un momento en la cocina y se fue con un cuchillo. Por supuesto, salí detrás de ella. Creo que la emoción hizo que me olvidara de toser mientras corría, con peluche y todo, hacia el patio.

La abuela Pita tenía buena intención, pero malos reflejos, y le faltaban fuerzas. El gallinero es grande y por varios minutos trató en vano de capturar alguna gallina, pero éstas ágilmente esquivaban sus manos. Todas estaban entrenadas en las artes del escapismo, acostumbradas al acoso de Chino. Todas, excepto una: Pollito, que siendo la favorita del demonio, no había tenido nunca que correr por su vida. Hasta ahora.

– Agarra esa de allá, güelita Pita, que está quieta – le dije.

– ¿Cuál, m’ija? – preguntó inocente, con el rostro sudado y luchando por respirar.

Se la señalé con el dedito y tosí un par de veces para darle gravedad al momento. Ella la divisó, y saltándole por detrás logró agarrarla por el rabo. La trajo colgando de cabeza hacia la cocina. Sacó una olla grande, y puso a hervir agua. Yo miraba, desde la puerta, el bullir del agua sobre la estufa, y el parpadeo paciente del ave sobre el piso.

– Vaya a acostarse, m’ija, para que se mejore rápido – insistió ella.

Cuando llegó mi mamá, la abuela le dijo que había preparado sancocho para el almuerzo, porque ‘la sopita de pollo es buena para el resfriado y Nena sigue con la tos’. Mi mamá, que venía cargada de paquetes y con una piñata para el cumpleaños, asintió con la cabeza y no le dio importancia al asunto. Chino llegó tras ella, y dejó la mochila con los cuadernos tirada en el pasillo: se fue directo a mi cuarto a molestarme. Me pareció que sintió algo de pena por mí (él también creía que estaba enferma), y me asaltó el remordimiento. Pero luego, para alivio de mi conciencia, comenzó a hacerme maldades. Yo tosí, estoica, y le comenté de soslayo:

– ¿Sabes qué hizo güelita Pita para el almuerzo?

Él alzó los hombros, como diciendo ‘y a mí qué diablos me importa’, y siguió molestándome con insistencia de zagaño.

– Hizo sopa de pollito – rematé.

Un poco necio y duro de cabeza, dice mi madre. Medio minuto tardó Chino en comprender la indirecta. Yo había dicho ‘sopa de pollito’, en vez de ‘sopita de pollo’ como decía la abuela. Súbitamente, Chino abrió los ojos, levantó las cejas y salió corriendo hacia el patio. Desde el cuarto escuché la rabieta que formó. Yo, abrazando mi peluche roto, tosí tiernamente con la cabeza sobre la almohada.

Roberto Pérez-Franco
2006

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Roberto Pérez-Franco. Escritor panameño, nacido en Chitré, el 26 de abril de 1976. Su principal contribución literaria se da en el género de cuento. Egresado de la Universidad Tecnológica de Panamá y del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Mereció el Premio Nacional de Cuento José María Sánchez en 2005. Ha publicado cinco colecciones de cuento: Cuando florece el macano (Chitré, 1993), Confesiones en el cautiverio (Chitré, 1995), Cierra tus ojos (Panamá, 2000), Cenizas de ángel (Panamá, 2006) y Catarsis (Boston, 2008). Ha publicado también tres compilaciones del período 1993-2008: Cuentos Selectos (Boston, 2008), Textos Escogidos (Boston, 2008) y Textos selectos sobre la Heroica Villa de Los Santos (Boston, 2008). Es nieto de la poetisa Raquel Muñoz de Franco y hermano de la poetisa Eka Pérez-Franco.

Actualmente reside en Cambridge, Massachusetts, junto a su esposa y su hija, como estudiante de doctorado en MIT.

Las voces femeninas de la escritura en Latinoamérica.

 

Cristina Rivera-Garza, Wendy Guerra, Guadalupe Nettel, Lina Meruane, Claudia Piñeiro, Gabriela Wiener, Samanta Schweblin, Rosa Beltrán, Claudia Amengual…

La onda de silencio que ha cubierto a las escritoras latinoamericanas se ha roto del todo. Sus voces, diversas y de todas las generaciones avanzan por el umbral de una época dorada para la literatura al abrirse paso contra las etiquetas, el machismo, la discriminación, los tópicos, los prejuicios, la incultura o la inercia del ninguneo del mundo del libro, la sociedad y los medios de comunicación. Aunque la visibilidad y el reconocimiento de esas autoras es mayor en España que en su propio continente.

…Piedad Bonnett, Leila Guerriero, Sofía Segovia, Aurora Venturini, Yolanda Arroyo, Zoé Valdés, Laia Jufresa, Flavia Company, Marbel Sandoval Ordóñez…

Son algunos de los nombres de narradoras que ya tienen un lugar en la memoria de los lectores, unas cuantas empiezan abrirse paso y muchas más que no cesan en su empeño de publicar. Pertenecen a una estirpe de creadoras de un continente que la gente relaciona sobre todo con grandes poetisas como Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, Rosario Castellanos, Blanca Varela o Ida Vitale.

“Al sabernos excluidas de la tradición nos sentimos libres del imperativo de honrar sus convenciones”, dice Carolina Sanín
“La suerte es que hablamos de mujeres de generaciones muy diversas: De Hebe Uhart (1936) o Griselda Gambaro (1928), pasando por Laura Restrepo (1950) hasta llegar a Gisela Leal (1987), por dar solo unos pocos nombres. Están ubicadas a lo largo de toda la geografía de la lengua, es decir, no es un fenómeno que se da solo en tal o cual país. Visitan todos los géneros: el teatro, la poesía y la novela por supuesto. Y sus temas son tan amplios como nombres hay. Me parece que sienten la libertad de contar cualquier cosa y de hacerlo sin responder a ningún deber ni estereotipo”. Este es el mapa descrito por Pilar Reyes, que lleva dos décadas oteando y analizando la literatura latinoamericana en su condición de lectora y editora, primero en Alfaguara Colombia y desde hace unos años en España.

…Selva Almada, Carolina Sanín, Isabel Mellado, Valeria Luiselli, Rita Indiana, Mayra Santos-Febres, Pola Oloixarac, Giovanna Rivero, Betina González…

Esa proliferación y normalización de nombres en la literatura rompe y desafía lo establecido. Varias de estas narradoras denuncian la prolongación de prácticas de otras épocas: creen que la historia literaria sigue sin hacer justicia a las mujeres, se sienten excluidas de la tradición, perciben un trato que mezcla la condescendencia y el asombro ante sus libros y notan cierta desigualdad frente a los hombres.

“Tengo la impresión de que en ocasiones el interesante, y fundamental, matiz político de la narrativa escrita por mujeres en Latinoamérica ha alejado su obra de los lectores más acomodados de nuestro país (España), que cuando se han acercado a parte de la literatura latinoamericana lo han hecho buscando aún ‘lo real maravilloso’, lo exótico’ o cierta forma de ‘empalago emocional’, es decir, las propuestas menos interesantes de una literatura rica, riquísima”, explica Julián Rodríguez, editor de Periférica, atento a la creación e innovación literaria en español.
mujer+sola+trsite+preocupada+escribiendo+libro+vela+
Nombres que conviven con los clásicos y con los de narradoras contemporáneas y populares que empezaron a romper hace unas décadas ese silencio sobre la literatura latinoamericana escrita por mujeres. Entre esos nombres contemporáneos figuran las chilenas Isabel Allende, Marcela Serrano y Diamela Eltit; las argentinas Clara Obligado y Ana María Shua; la colombiana Laura Restrepo; las nicaragüenses Claribel Alegría y Gioconda Belli; la cubana Reina María Rodríguez; las uruguayas Cristina Peri Rossi y Carmen Posadas y las mexicanas Ángeles Mastretta, Margó Glanz y Elena Poniatowska, segunda latinoamericana Premio Cervantes y única narradora, la otra fue la poeta cubana Dulce María Loynaz. Y, detrás de ellas, las argentinas Victoria y Silvina Ocampo, la chilena María Luisa Bombal o la mexicana Elena Garro que abrieron desde la primera mitad del siglo XX ese universo más allá de lo masculino o femenino donde lo que cuenta es la literatura.

…Sabina Berman, Karla Suárez, Consuelo Triviño, Andrea Jeftanovic, Mayra Montero, Daniela Tarazona, Gisela Leal, Reina Roffé, Bárbara Jacobs…

Cada vez que la argentina Leila Guerriero, autora de Una historia sencilla (Anagrama), escucha la palabra “mujeres” relacionada con la palabra “literatura” no puede —ni quiere— evitar erizarse un poco: “Más allá de que es verdad que antes había menos mujeres escritoras —y menos mujeres astronautas, chefs, presidentas, empresarias, conductoras de autobuses—, seguir pensando cualquier universo creativo en términos de género no hace más que reproducir un punto de vista perimido que transforma un hecho evidente (que las mujeres somos capaces de conducir un autobús, ir al espacio o escribir novelas y ensayos) en motivo de sorpresa o admiración. Algunos de mis escritores favoritos son mujeres pero jamás pensaría en ellas como ‘mujeres’ sino como ‘personas que están entre mis escritores favoritos’. Prefiero pensar que si hoy la presencia de mujeres en la literatura de nuestros países es mayor a la de hace algunos años, no se debe a una moda, ni a que las editoriales tienen que cumplir con determinado cupo femenino como consecuencia de la corrección política que nuestro siglo ha erigido como el único dios ante el que hay que prosternarse, sino a que, como en todos los demás ámbitos, esas mujeres pueden ejercer su vocación sin pedir permiso ni disculpas y, sobre todo, a que están escribiendo (como sus colegas varones, sin que eso le llame la atención a nadie) buenos libros”.
La calidad literaria es lo único que también interesa a Claudio López de Lamadrid, director editorial de Literatura del Grupo Penguin Random House, sin ocultar algunas sombras en el ecosistema del libro: “No distingo entre la literatura hecha por mujeres y aquella hecha por hombres, y sin embargo es un tema que me preocupa porque creo en las cuotas y procuro siempre incorporar voces femeninas a mis catálogos. Algunos de los escritores que edito cuya carrera más me interesa son mujeres. De todos modos, sí es cierto que la tendencia es a ningunear un poco a las autoras frente a los autores, y una tendencia es a olvidarse de ellas en balances, repasos y menciones”.

Ese olvido al que se refiere López de Lamadrid sucede más en el propio continente latinoamericano. “En México y en general en América Latina la narrativa escrita por mujeres se abrió camino a mediados de los años 50, con Elena Garro, seguida de Rosario Castellanos y un nutrido grupo de mujeres cultas y creadoras de grandes obras que padecieron (y lo siguen padeciendo después de muertas) el machismo exacerbado de los hombres que dominaban la vida intelectual”, explica Nubia Macías, directora del Grupo Planeta para México, Centroamérica y EEUU y exdirectora de la Feria del Libro de Guadalajara. “En nuestro continente”, añade Macías, “siempre se habla de los ‘grandes autores’ cómo si sólo fueran hombres. La historia sigue sin hacerles justicia a las mujeres escritoras, salvo por Sor Juana, a la que se le rinde culto… y sobre todo gracias al ensayo sobre ella escrito por Octavio Paz. Esta actitud no ha cambiado: Elena Poniatowska, la más reciente Premio Cervantes fue denostada por más de un intelectual latinoamericano justo cuando le dieron el galardón. Ahora hay un grupo muy amplio de mujeres que, a fuerza de talento y del reconocimiento de los lectores, ha ganado terreno, pero a quienes el establishment sigue escatimándoles el reconocimiento: Mayra Santos-Febres, Wendy Guerra, Mónica Lavín, Brenda Lozano, Liliana Blum, o Carmen Boullosa”.

…Luisa Valenzuela, Carla Guelfenbein, María Eugenia Ramos, Patricia de Souza, Fernanda García Lao, Yanitzia Canetti, Laura Esquivel, Ema Wolf, Alejandra Costamagna…

Un lastre histórico cuyo presente analiza Carolina Sanín, crítica literaria y autora colombiana de Los niños (Siruela), desde la esquina de la ironía y el pragmatismo: “Al sabernos relativamente excluidas de la tradición literaria de nuestra región, las escritoras latinoamericanas podemos sentirnos libres del imperativo de honrar las convenciones de esa tradición y ser ajenas a la aspiración de que se nos reconozca como sus representantes”. A veces, afirma Sanín, “en la emoción con la que se reciben las obras de estas escritoras no encuentro la celebración de un descubrimiento liberador, sino una mezcla de condescendencia y asombro. Otras veces, me parece que se percibe a la escritora como fraudulenta”. En la fantasía latinoamericana, añade Sanín, “quien escribe es un hombre; la mujer pretende ser escritora. Quizás se piensa que, al escribir, ella en realidad hace otra cosa: algo misterioso, una suerte de brujería amenazante, un sabotaje. Y tal vez así es”.
La escritora mexicana Guadalupe Nettel.
Solo que su hechizo creativo es el mismo de cualquier sexo. Un asomo a ese mundo más innovador y arriesgado lo ofrece la chilena Diamela Eltit, cuya última novela es Fuerzas especiales (Periférica): “Resulta fundamental la relación entre escritura y literatura. Es precisamente la escritura como gesta o como gesto la que puede ampliar lo que entendemos por literatura: remodelar sus bordes, ampliar sus fronteras, registrar en sus movimientos el estado y hasta el estallido de las técnicas. Se trata de ingresar en la letra como un territorio estético para provocar un tumulto de imágenes entre las que sin embargo se aloja el silencio. La unión entre el exceso y el silencio no deja de ser un desafío”. Eltit reconoce que le interesa mantener una política de escritura que “afronte el riesgo y hasta el abismo que puede producir el goce de la letra con la letra”. Las posibilidades son muchas, aunque ella prefiere transitar “por algo parecido a una literatura okupa, ocasional, en constante movimiento, aunque esté cerca de ser desalojada letra a letra o frase a frase, justo en medio de la calle”.

…Nona Fernández, Myriam Moscona, Natalia Berbelagua, Julia Álvarez, Damaris Calderón, Inés Mendoza, Daína Chaviano, Pilar Quintana, Gabriela Alemán…

“En los años cincuenta, las mujeres se abrieron camino ante el machismo de la vida intelectual”, sostiene Nubia Macías
La mexicana Brenda Lozano, autora de Cuaderno ideal, no cree que haya historias o frases ideales, “y pareciera que escribir, como leer, mucho tienen de cuaderno, más como un camino y sus desviaciones que un punto final. (¡Ese Apocalipsis!)”. El pasado y el presente lo ve en Josefina Vicens, “que abrió puertas en México”. Recuerda que “en tiempos en los que lo mexicano era el gran tema (pienso en Rulfo, Paz, el joven Carlos Fuentes), escribió El libro vacío, una bellísima novela más cercana a lo que se escribe hoy, mirando los temas de la vida cotidiana y la imposibilidad de escribir”. No duda en afirmar que en México, Argentina, Chile o Colombia hay cosas muy buenas, y le interesa, sobre todo, lo que se escribe ahora.

Narrativas más tradicionales o más innovadoras, pareciera que la edición de libros creados por mujeres estuviera normalizada. Casi un centenar de ellas copan las librerías latinoamericanas y españolas. Pese a ello, surge, inevitable, el interrogante: “¿Es difícil publicar?”, se pregunta la colombiana Marbel Sandoval Ordóñez, autora en su país de En el brazo del río, y contesta: “Mucho y más cuando se es mujer. La voz de las mujeres en la literatura colombiana sigue siendo marginal y lo digo como buena lectora, que siempre busca voces nuevas, y como escritora”. Sandoval Ordóñez, que vive ahora en Madrid, cuenta que la industria editorial colombiana “ha abierto más espacios a la poesía escrita por mujeres, quizá porque la consideran femenina, que a la narrativa”. Su experiencia en España no es muy diferente: “Aquí, una voz nueva tiene dificultad para abrirse camino, más si no se escribe, como en mi caso, lo que el mercado quiere. ¿Y que quiere el mercado?, le pregunté a un editor experimentado. Historias como las de la crisis, me respondió. Sin palabras. Para ese tipo de historias vuelvo al periodismo que es mi cuna”.

…Lucía Puenzo, Lena Yau, Ana Nuño, Alia Trabucco, Ángela Becerra, Andrea Maturana, Brenda Lozano, Mónica Lavín, Fietta Jarque…

Escribir, escribir. No cesan en su empeño, como cualquier escritor. La ruta de la uruguaya Claudia Amengual, autora de Cartagena (Alfaguara), es la búsqueda de superar desafíos estéticos en cada nueva obra. Insiste en que su condición de mujer nada tiene que ver con la calidad de esas obras, “aunque sí con una textura distinta que enriquece el universo literario en el que aún predominan los escritores”. Admite que es posible intentar una definición de literatura femenina y de literatura masculina, “pero desde una teoría seria y no con meros clichés de género”. Así es que mientras el tema no se aborde con esa seriedad, Amengual prefiere hablar de la calidad literaria “sin pensar en otras etiquetas reductoras”. Tiene la convicción de que la única y mejor manera de reivindicar sus derechos como escritora es comprometiéndose con su trabajo y con sus lectores: “Es decir: escribiendo”. Como los hombres.

…Carmen Boullosa, Inés Bortagaray, María Fernanda Ampuero, Karina Sainz, Lilián Pallarés, Jacinta Escudos, Dorelia Barahona, Teresa Dovalpage, Carolina Sborovsky, Inés Fernández Moreno, Dolly Mallet, …

Wasap a una joven bloguera

LAURA RESTREPO
A Laura Quinceno, que en su blog me pregunta cómo pinta hoy el panorama para las mujeres escritoras.
Creo que bien, tocaya, siempre y cuando no incurras en uno de estos tres noes:
1. No pretender volverte rica con las letras. Ganarte el pan, sí, eso es otra cosa y es tu derecho elemental, como lo es para cualquier carpintero, dentista o astronauta.
2. No dejarte apabullar por el carrusel de los prestigios. La cultura que no tiene qué comer se alimenta de vanidad. Y del reciclaje de antiguos prestigios: tú, mi amigo, tú eres como Kafka. Gracias, gracias, pero ¿tú? Tú, en cambio, eres como Joyce. Y este que ahora publicamos, este es de la altura de Faulkner. ¡Y miren este nuevo Proust en el cielo de los suplementos culturales! Y así va pasando la pelota, como en el fútbol de las grandes ligas: entre varones.
3. No apostar a los premios, que hoy por hoy no significan mucho. Han proliferado tanto, que los entregan más fácilmente que las tarjetas de crédito. A estas alturas hay más premios literarios que escritores, y lo que es más grave, parece haber más escritores que lectores.
Laura Restrepo es escritora colombiana, autora de Hot Sur (Planeta) y Delirio (Alfaguara).

Fuente: Winston Manrique Sabogal, El País, Libros, 22 de agosto del 2015.

 

 

 

 

 

 

El escritor ermitaño: Herman Hesse

“Sólo unas pocas familias de lobos vivían allí, y la necesidad las empujó hacia una unión más fuerte. Durante el día salían solos. Aquí y allá, uno de ellos cruzaba la nieve, flaco, hambriento y vigilante, silencioso y temeroso como un fantasma. Su sombra delgada se deslizaba a su lado sobre la superficie nevada. Levantaba el hocico puntiagudo en el viento y de vez en cuando emitía un llanto seco, tortuoso. Pero de noche salían todos juntos y rodeaban los pueblos con aullidos roncos”.
EL LOBO

Herman Hesse (Alemania, 1877-1962)

(cuento)
Nunca antes las montañas francesas habían sufrido un invierno tan frío y largo. Hacía semanas que el aire se mantenía claro, áspero y helado. Durante el día, los grandes campos de nieva, color blanco mate, yacían inclinados e interminables bajo el cielo estridentemente azul; de noche los atravesaba la luna, pequeña y clara, una luna helada, furibunda, con un brillo amarillento cuya luz fuerte se volvía azul y sorda sobre la nieve, y que parecía la escarcha en persona. Los seres humanos evitaban todos los caminos y, sobre todo, las alturas; apáticos y maldiciendo, permanecían en las cabañas, cuyas ventanas rojas, de noche, aparecían empañadas y turbias junto a la luz azul de la luna, y se apagaban pronto.
Fue un tiempo difícil para los animales de la zona. Los más pequeños murieron congelados en grandes cantidades; también los pájaros sucumbieron a la helada, y sus cadáveres enjutos se convirtieron en botín de águilas y lobos. Pero aun éstos sufrían terriblemente de frío y de hambre. Sólo unas pocas familias de lobos vivían allí, y la necesidad las empujó hacia una unión más fuerte. Durante el día salían solos. Aquí y allá, uno de ellos cruzaba la nieve, flaco, hambriento y vigilante, silencioso y temeroso como un fantasma. Su sombra delgada se deslizaba a su lado sobre la superficie nevada. Levantaba el hocico puntiagudo en el viento y de vez en cuando emitía un llanto seco, tortuoso. Pero de noche salían todos juntos y rodeaban los pueblos con aullidos roncos. Allí estaban a buen resguardo el ganado y las aves, y detrás de los postigos se apoyaban las escopetas. En escasas ocasiones les tocaba una presa menor, por ejemplo un perro, y ya habían sido muertos dos lobos de la manada.
La helada persistía. Muchas veces los lobos se echaban juntos, en silencio y pensativos, calentándose uno contra el otro, y escuchaban acongojados el vacío mortal que los rodeaba, hasta que uno, martirizado por los maltratos espantosos del hambre, pegaba de pronto un salto con un alarido terrorífico. Entonces todos los demás dirigían sus hocicos hacia él, temblaban, y rompían al unísono en un aullido terrible, amenazador y quejumbroso.
Por fin la parte más chica de la manada decidió partir. Abandonaron sus madrigueras al despuntar el alba, se reunieron y olisquearon excitados y temerosos el aire helado. Luego partieron al trote, rápido y con un ritmo parejo. Los que quedaban atrás los miraron con ojos muy abiertos y vidriosos, los siguieron una docena de pasos, se detuvieron indecisos y desorientados, y regresaron lentamente a sus cuevas vacías.
Los emigrantes se separaron al mediodía. Tres de ellos se dirigieron hacia el oeste, a los montes del Jura suizo; los otros siguieron hacia el sur. Los tres primeros eran animales hermosos, fuertes, pero terriblemente flacos. El estómago de color claro, combado hacia dentro, era delgado como una correa; en el pecho se destacaban tristemente las costillas; las bocas estaban secas y los ojos abiertos y desesperados. De tres en tres se internaron lejos en los montes; al segundo día cazaron un carnero, al tercero, un perro y un potrillo, y fueron perseguidos en todas partes por los campesinos furiosos. En la zona, rica en pueblos y ciudades, se diseminó el miedo y el temor ante los invasores desacostumbrados. La gente armó los trineos del correo; nadie iba de un pueblo a otro sin su arma. En esa zona desconocida, tras tan buen botín, los tres animales se sentían a la vez temerosos y a gusto; se volvieron más arriesgados de lo que jamás habían sido en casa, y asaltaron el corral de una granja a plena luz del día. Mugidos de vacas, crujido de listones de madera que se partían, sonido de cascos y una respiración caliente, jadeante, llenaron el ambiente angosto y cálido. Pero esta vez interfirieron los humanos. Habían puesto un precio a la cabeza de los lobos, lo que duplicó el coraje de los granjeros. Mataron a dos de ellos: a uno le perforó el cuello una bala de escopeta, el otro fue muerto con un hacha. El tercero escapó y corrió hasta que se desplomó sobre la nieve, casi muerto. Era el más joven y hermoso de los lobos, un animal orgulloso con formas armónicas y una fuerza imponente. Durante un rato largo quedó echado, jadeando. Delante de sus ojos se arremolinaban círculos rojos y sanguinolentos, y de vez en cuando emitía un quejido silbante, doloroso. Un hachazo le había dado en el lomo. Pero se recuperó y pudo volver a levantarse. Sólo entonces vio cuán lejos había corrido. En ningún lado podían verse personas o casas. Delante de él se encontraba una montaña imponente, nevada. Era el Chasseral. Decidió rodearlo. Atormentado por la sed, comió pequeños pedazos de la corteza congelada y dura que cubría la nieve.
Más allá de la montaña se topó de inmediato con un pueblo. Estaba anocheciendo. Esperó en un tupido bosque de pinos. Luego rodeó con cuidado los cercos de los jardines, persiguiendo el olor de los establos tibios. No había nadie en la calle. Arisco y anhelante, espió por entre las casas. Entonces sonó un disparo. Levantó la cabeza hacia lo alto y se dispuso a correr, cuando ya estalló el segundo tiro. Le habían dado. El costado de su abdomen blancuzco estaba manchado de sangre, que caía a goterones. A pesar de todo, logró escapar con unos grandes saltos y alcanzar el bosque más alejado de la montaña. Allí esperó un instante, atento, y oyó voces y pasos provenientes de varios lados. Temeroso, miró hacia la montaña. Era escarpada, boscosa y difícil de trepar. Pero no tenía opción. Con respiración agitada escaló la pared empinada mientras que abajo, a lo largo de la montaña, avanzaba una confusión de insultos, órdenes y luces de linternas. El lobo herido trepó temblando a través del bosque de pinos, casi a oscuras, mientras la sangre marrón corría despacio por su costado.
El frío había cedido. Al oeste, el cielo estabas brumoso y parecía prometer nieve.
Por fin el animal, agotado, alcanzó la cima. Ahora se encontraba sobre un gran campo de nieve, levemente inclinado, cerca de Mont Crosin, muy por encima del pueblo del que había escapado. No sentía hambre, pero sí un dolor turbio y punzante en las heridas. Un ladrido seco y enfermo nació de su hocico entregado; su corazón latía pesado y dolorido, y el lobo sentía que la mano de la muerte lo presionaba como una carga indescriptiblemente pesada. Un pino aislado, de ramas anchas, lo atrajo; allí se sentó y clavó sus ojos perdidos en la noche gris de nieve. Pasó media hora. Una luz roja y apagada cayó sobre la nieve, extraña y blanda. El lobo se levantó con un quejido y dirigió su cabeza hermosa hacia la luz. Era la luna, que se levantaba por el sudoeste, gigantesca y color rojo sangre, y subía lentamente por el cielo cubierto. Hacía muchas semanas que no se la había visto tan roja y grande. El ojo del animal moribundo se aferraba con tristeza al astro opaco, y en la noche volvió a oírse un estertor débil, doloroso y ronco.
Un poco más tarde surgieron luces y pasos. Campesinos con abrigos gruesos, cazadores y muchachos jóvenes con gorros de piel y botas toscas avanzaban por la nieve. Se oyeron gritos de alegría. Habían descubierto al lobo moribundo, le dispararon dos tiros y ambos fallaron. Entonces vieron que el animal ya estaba a punto de fallecer y se le echaron encima con palos y garrotes. Él ya no los sintió.
Lo arrastraron hacia abajo, a Sankt Immer, con los miembros quebrados. Reían, alardeaban, se alegraban por el aguardiente y el café que beberían, cantaban, maldecían. Ninguno vio la belleza del bosque nevado, ni el brillo de la alta meseta, ni la luna roja que colgaba sobre el Chasseral y cuya luz débil se reflejaba en los cañones de las escopetas, en los cristales de nieve y en los ojos quebrados del lobo muerto.
“Der Wolf”, 1903.
Relatos esenciales, trad. Gabriela Adamo et alii, Barcelona, Edhasa, 2003, págs. 9-13.

ARCHIV - Undatierte Aufnahme des deutschen Schriftstellers Hermann Hesse bei der Lektüre in seinem Arbeitzimmer in Montagnola. Er ist bis heute ein Bestseller-Autor. Mit rund 125 Millionen verkauften Büchern ist Hermann Hesse einer der meistgelesenen deutschsprachigen Schriftsteller. Der Todestag des in Calw geborenen Dichters jährt sich am 9. August zum 50. Mal. dpa (nur s/w, zu dpa-Themenpaket vom 03.08.2012)  +++(c) dpa - Bildfunk+++

Hermann Hesse fue un buscador durante toda su vida. Lo demuestra no sólo su gran obra poética, que en 1946 le hizo merecedor del Premio Nobel, sino también su biografía. En Calw, su ciudad natal, donde vino al mundo el 2 de julio de 1877, Hesse pasó sus años de juventud en el ambiente de la familia, que le marcaron y que se reflejan en muchos pasajes de sus libros. Maulbronn, Tubingia y Basilea fueron ciudades donde pasó otras etapas de su vida. En 1904 se trasladó a una granja en Gaienhofen, junto al lago de Costanza, para seguir viviendo allí como escritor autónomo. En 1911 realizó un viaje a la India y poco después se trasladó a Suiza, primero a Berna y después, en 1919, a Montagnola (Tessin), donde inició su periodo creativo más rico y donde murió en 1962. La superación de las crisis personales es uno de los puntos focales en la obra de Hesse, que también trata cuestiones de la religión y la política.

 

Sus frases más célebres:

“Hay millones de facetas de la verdad, pero una sola verdad”.

“Cuando alguien que de verdad necesita algo, lo encuentra, no es la casualidad quien lo procura, sino él mismo. Su propio deseo y su propia necesidad le conducen a ello”.

“La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero”.

“Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros”.

“Cuando se teme a alguien es porque a ese alguien le hemos concedido poder sobre nosotros”.

“Hago mi camino cansado y polvoriento, y detenida y dudosa queda tras de mí la juventud, que baja su hermosa cabeza y se niega a acompañarme”.

“Hay quienes se consideran perfectos, pero es sólo porque exigen menos de sí mismos”.

“La divinidad está en ti, no en conceptos o en libros”.

“La belleza no hace feliz al que la posee, sino a quien puede amarla y adorarla”.

“Hacer versos malos depara más felicidad que leer los versos más bellos”.

“Lo blando es más fuerte que lo duro; el agua es más fuerte que la roca, el amor es más fuerte que la violencia”.

“Alguno no llega jamás a ser hombre, y sigue siendo rana, ardilla u hormiga”.

“La felicidad es amor, no otra cosa. El que sabe amar es feliz”.

“Las palabras no sirven para explicar un sentido secreto”.

“Si para divertirte necesitas el permiso de los demás, entonces eres verdaderamente un pobre diablo”.

 

 

Gonçalo M. Tavares, el escritor polifacético más rutilante de las letras portuguesas

Gonçalo M. Tavares es uno de esos autores verdaderamente inclasificables de recorrido hasta cierto punto misterioso y autodidacta; aprovechando cualquiera de sus capacidades intelectuales, ha forjado un mundo literario personalísimo, nuevo, en el que la palabra original recobra su sentido. Nacido el año 1970 en Luanda, Angola, y crecido en Aveiro, Tavares estudió física y arte y enseñó epistemología en la Universidad de Lisboa. En el 2001 publicó su primer libro, de poesía, bajo el título Livro da dança, seguido de una serie de libros agrupados bajo el nombre de Cadernos de Gonçalo M. Tavares.

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Desde entonces no ha parado de escribir, y de publicar. A estas alturas, su obra consta ya de una treintena de libros y es de una variedad genérica abrumadora: libros enciclopédicos, de teatro, poemas, ensayos, y novelas agrupadas en varias series. Una de ellas, “O Reino”, por ejemplo, de la que se han traducido dos libros al castellano: Un hombre: Klaus Klump (2006) y La máquina de Joseph Walser (2007). En otra de esas series novelescas, “O bairro”, en el que a partir de un juego que mezcla realidad y ficción, pergeñando fábulas que podrían clasificarse casi como Fábulas críticas, hallamos títulos con otros escritores como protagonistas: es el caso de El señor Henri (2007) o El señor Brecht (2007). La serie llamada “Bloom Books” consta de un sólo libro, A perna Esquerda de Paris seguido de Roland Barthes e Robert Musil (2004), aún no traducido al español.

Estamos, pues, sin duda, ante un mundo literario inagotable; Tavares constituye, a sus cuarenta y pocos años, un auténtico desafío literario. Seguido de cerca, desde aquí, por Enrique Vila-Matas, que lo recomienda vivamente, valorado como uno de los mejores escritores portugueses de reciente eclosión -a estas alturas suena ya a chiste hablar de revelación o de autor nuevo-, su obra se encuentra entre lo mejor de la producción contemporánea europea; si Tavares fuera norteamericano sus apellidos podrían ser Foster Wallace perfectamente. Es un honor poder contar con su presencia el día 5 de marzo en La Central de la calle Mallorca para presentar su último título traducido, Aprender a rezar en la era de la técnica, una novela que ha recibido el premio al mejor libro extranjero publicado en Francia en 2012 -galardón que comparten autores de la talla de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Philip Roth o Günter Grass, entre otros.

En un ambiente que evoca el clima político de la Europa Central de entreguerras, Lenz Buchmann comienza su carrera como cirujano. A diario toma decisiones de vida o muerte sin mostrar un atisbo de compasión por sus pacientes. Con el tiempo, se convierte en un cirujano de prestigio que considera, no obstante, que el cuerpo humano es un campo de acción demasiado limitado. Resuelve entonces dedicarse a la política, pero algo terrible ocurre, y de ser un actor principal pasa a convertirse en un paciente, una víctima. Con un lenguaje abrupto y descarnado, Tavares nos habla del mal, personificado en Lenz Buchmann.

Hay que seguir de cerca a Tavares. Veintiséis de sus obras han sido traducidas a veintidós lenguas, y eso habla muy a favor del interés global que puedan tener sus historias. Los libros de Tavares, de hecho, son protagonistas de una única patria: la literaria.

Su última novela: Un viaje a la India

La obra justifica y explica a su autor. ‘Un viaje a la India’ (Seix Barral), novela en verso que ha desatado todos los elogios, –“uno de los grandes libros de la literatura europea reciente”, califica Le Monde; “te deja estupefacto y maravillado de tanta virtuosidad divertida y desesperada”, añade Le Temps; “un libro para la eternidad”, apostillan los críticos del Jornal das Letras– confirma la esencia de Gonzalo M. Tavares (Luanda, 1970): reflexivo y defensor de la cultura por la cultura; intelectual de raza a fin de cuentas.
Profesor de Teoría de la Ciencia en la Universidad de Lisboa, desde que en 2001 publicase su primer texto, Tavares se ha convertido en un referente de la creación literaria. En ese sentido son determinantes las palabras que en su día le brindó Saramago: “Ganará el Premio Nobel en menos de treinta años. Estoy convencido. No tiene derecho a escribir tan bien… Dan ganas de pegarle”.

Nada afectado, “escribo por pura necesidad orgánica, no porque haya lectores. Si nadie me leyese, seguiría escribiendo” –declara quien ha sido ya publicado en más de 45 países–, sin embargo, y como sin quererlo, adosa una carga de profundidad en cada una de sus frases. “Leer no es un pasatiempo. Es un espacio de humanidad y de reflexión que requiere un esfuerzo”, “la escritura y la publicación son dos mundos muy distintos” o “la lógica de la cultura no tiene nada que ver con la retribución inmediata” o aquello de que “Europa está retrocediendo, perdiendo algunas leyes humanistas que va a costar mucho recuperar o acaso no se recuperen nunca”.

Huyendo de compartimentos estancos y sin saber autodefinirse porque siente que “todo está mezclado en el hombre: la narrativa, la filosofía, el arte, la poesía, la historia…”, Gonzalo M. Tavares deja claro en su discurso que la escritura marca la razón de su vida y que la lectura es el alimento que prefiere.

¿Por qué en verso Un viaje a la India, su última novela?

Tenía la idea de recuperar géneros literarios ya pasados. “¿Por qué no rescatar la epopeya como género, pero de otra forma?”, me preguntaba. La estructura inicial era en cierta forma un homenaje a Os Lusíadas, de Camões, considerando el mismo número de cantos, etc. Pero, claro, era imposible escribir una epopeya de la misma forma, porque la epopeya del siglo XX es en cierto sentido una microepopeya, pues ya no tenemos los héroes clásicos. El héroe de Un viaje a la India es un microhéroe particular, ya que es un criminal. Es un hombre aparentemente normal que intenta huir de un crimen, pero con todos los cambios que el tiempo instaura, quise darle el aire de aquellos grandes relatos.

Repite usted que la libertad es fundamental a la hora de escribir, ¿en qué sentido?

A la hora de escribir me agrada la idea de que tienes una gran, gran, gran libertad. Escribo de una forma muy intuitiva. Cuando estoy escribiendo no pienso, para mí es algo muy físico. Puede parecer paradójico pero para mí escribir no es un acto intelectual, es puramente físico. Lo puedo hacer durante tres o cuatro horas seguidas sin mirar lo que he escrito. Lo hago después. Habitualmente cuando acabo un texto, un libro, lo dejo aparcado y años después regreso a él para corregir, cortar y emitir un juicio crítico.

¿Ha sido así también con Un viaje a la India?

Sí. La materia bruta de este libro la acabé en el año 2003 y hasta 2010, siete años después, no fue publicado. Guardo durante años el texto que será libro y voy regresando a él para limar cosas, eliminar otras… haciendo un trabajo de concreción. El resultado final de cualquiera de mis libros es consecuencia de haber tirado a la basura muchas cosas. Me cuesta mucho menos escribir que eliminar y corregir. Si puedo decir algo en cinco palabras en lugar de en quince, prefiero hacerlo en cinco. Defiendo la idea de que si, por ejemplo, tengo energía para completar cien metros cuadrados, la concentro en diez, en un metro, a veces en unos pocos centímetros cuadrados. Intento que la misma energía creativa ocupe mucho menos espacio. De esta forma intento que la frase tenga mucha mas potencia. En mi opinión, de esta forma el lector puede hacer el camino inverso y volver a transformar esos centímetros cuadrados en cien metros al desarrollar la frase, pensar y reflexionar sobre lo que está leyendo.

¿Por qué se llama Bloom el protagonista de este viaje?

Obviamente, en principio es un homenaje a James Joyce y a su Ulises, un intento de dibujar un Ulises contemporáneo, pero sobre todo busqué algo sonoro y Bloom, como sonido, me gustaba, porque también me parece un nombre muy lúdico que puede entenderse como un nombre no real y Un viaje a la India es ante todo una ficción. La verdad es que el nombre de los personajes de mis libros son muy aleatorios.

Como ya había hecho usted en obras anteriores, propone distintas formas de leer Un viaje a la India. ¿A qué se refiere?

Me gusta la idea de que puedas abrir el libro por cualquier página y que tenga sentido lo que se lee. Que el lector pueda interrumpir su lectura. Para mí, cualquier lectura tiene dos momentos y el esencial tal vez sea aquel en que no estás encima de las palabras, aquel en el que no estás físicamente leyendo. Cuando suspendes la lectura, levantas la cabeza del texto y estás pensando en algo a partir de lo que acabas de leer. Eso es lo esencial de la lectura para mí. Eso es algo que diferencia claramente la literatura y el cine. Cuando estas viendo una película, la cinta no se detiene, está siempre avanzando y no puedes apartar la vista de la pantalla porque te pierdes. Con la lectura no pasa eso porque la frase siguiente está esperando por ti. Cuando leo lo hago siempre con un lápiz en la mano.

La lectura tiene un tiempo individual muy distinto de otros tiempos, como el de la televisión o el que comentaba del cine. Una persona puede demorarse unas horas, o días, o incluso años en leer un libro que a otra persona le lleva un tiempo completamente distinto. La duración de lectura de un libro es muy personal. Sin embargo, cuando nos dicen que tal película dura una hora y media, se nos está diciendo que durante ese tiempo concreto somos receptores. Por el contrario, la lectura no es una recepción. La lectura no es pasividad, es actividad. La lectura es una actividad que requiere esfuerzo. Yo no soy capaz de leer cuando estoy fatigado. No me gusta nada la idea de que leer es un pasatiempo. No es consumir algo sino un espacio de humanidad, de reflexión, de cambio…

A veces se utiliza como un elogio el hecho de leer de un tirón, pasando una hoja detrás de otra a toda velocidad. Para mí eso no es un elogio. Me gusta la idea de que la lectura obliga a interrumpir la propia lectura. Ojalá el lector de Un viaje a la India tenga que pararse, regresar a otro pasaje, volver a leer lo ya leído o abrir el libro por donde quiera y que ese fragmento le de algo, una idea, que haga que no precise saber lo que venía antes o vendrá después en el texto. Que eso que lee en ese momento tenga sentido en sí mismo. Eso significaría que todo tiene contenido, que todo es materia consistente. La literatura es mucho más que contar una historia. Es algo que tiene que dejar un eco en el lector, un rumor que le acompañe.

Además de huir, el protagonista de Un viaje a la India busca en Oriente reencontrar el amor y la sabiduría. ¿Por qué en la India?

La India es para Portugal un espacio simbólico y Bloom, el protagonista, tiene una idea espiritual de la India. Eso tiene que ver con el concepto de que aquellas son latitudes muy espirituales y que, por el contrario, los occidentales somos muy materialistas. En cierto modo he intentado combatir esa idea. He viajado y llegado a la conclusión de que ese concepto espiritual que admiramos desde Occidente es muchas veces consecuencia de una pobreza material extrema. Lo que admiramos desde aquí a menudo no existiría si las personas no tuviesen hambre.

A menudo y en muchas zonas la única garantía que tienen las madres de que sus hijos van a comer es llevarlos a escuelas y a instituciones religiosas. Vemos a personas aparentemente muy espirituales que surgen de una falta de libertad muy profunda, como es no tener cubiertas las necesidades materiales mínimas. Admiro las creencias, pero cuando son consecuencia de una elección individual libre. Cuando una persona tiene hambre, no tiene libertad para escoger. Debemos admirar la creencia que parte de la libertad.

En ese sentido, se declara usted muy europeísta…

Y me gusta que me den la oportunidad de expresarlo y razonarlo porque Europa es algo muy bien conseguido. Tenemos que luchar, especialmente en los difíciles tiempos que atravesamos, por no perder lo esencial. Desafortunadamente, la crisis ha cambiado algunas leyes importantes y Europa está perdiendo logros sociales y humanísticos importantes. Eso es muy peligroso. Tenemos que defender lo que tenemos, por ejemplo, las constituciones europeas, que son las más nobles del mundo. Todavía me identifico mucho más con las leyes europeas que con las de otros continentes. Hay que tener en cuenta que el hombre es muy semejante en todas partes, lo que cambia son las leyes y las constituciones y, como he dicho, las de Europa son aquellas con las que más me identifico.

Es curioso que siendo usted profesor de Teoría de la Ciencia sus libros estén plagados de conceptos filosóficos, ¿cómo casan ambas vertientes?

No son, ni mucho menos, cuestiones antagónicas. Para mí, el pensamiento, la ciencia, la historia y la narrativa están mezclados. Es artificial decir que ahora voy a narrar, ahora voy a reflexionar, ahora voy a escribir un poema. El teclado del ordenador nos está enseñando mucho porque tiene letras, sin más, y eso es mi material de trabajo. No tiene una A para el pensamiento, ni una A para la poesía, ni otra para la filosofía, es la misma A. Unido a eso, considero artificial la idea de género literario. Todo está mezclado; todo es, en el fondo, lo mismo.

¿Sigue usted escribiendo en cafés y bares?

He escrito mucho en cafeterías. Ahora lo hago más en casa, aunque sigo escribiendo pequeñas cosas en tabernas y cafés. Me gusta mucho el ambiente de los cafés lisboetas porque tienen un rumor particular, no hay silencio pero tampoco escuchas las voces de otras personas. Ese rumor me incita a pensar, a escribir, a sentirme a gusto.

Hablemos de su proyecto de biografiar ficticiamente a escritores…

Es un proyecto interminable. En Portugal y en México se han publicado los 10 primeros de la serie. En cierto modo la idea es hacer una historia de la literatura, pero en ficción. Es la utopía de construir un barrio de escritores, de artistas e intelectuales. Un barrio que intenta resistir a la barbarie. Un barrio en el que se perciban cosas tan obvias como que es mejor leer que no leer o que ser culto no es un problema porque lo que es un problema es ser inculto.

La palabra intelectual es casi como un insulto. Esa idea que defiende que el cine, el teatro, la lectura no son para pensar. Hay una corriente que casi desprecia o pone en ridículo a las personas que leen, que son cultas, etc. Eso es inaceptable. También lo es esa idea actual de que hacer algo humanamente útil es hacer algo que en el momento siguiente tenga una retribución o un retorno monetario. El problema de la lectura es que cuando terminas un libro no has recibido dinero. La cultura no es algo que tenga una retribución inmediata y eso en tiempos económicamente violentos es algo que no se comprende. Es peligrosa la idea de que si lees pierdes el tiempo. Muy peligrosa.

Hay que decir muy alto una obviedad tan palmaria como que la lógica de la cultura, de ver una exposición de un artista, de asistir a una obra de teatro, a una buena película o leer es algo que no tiene que ver con la retribución inmediata. La retribución llegará más tarde y de otra forma que no es económica. En Portugal ya han cerrado salas, grupos de teatro, cines, editoriales, etc. que va a ser muy difícil o imposible que vuelvan a abrir. Es terrible.

Ha ganado usted buen número de premios y, sin embargo, declara que el reconocimiento no le preocupa demasiado, ¿es así?

Escribo por pura necesidad orgánica. Me satisface mucho sentir que tengo esa necesidad porque cuando no escribo estoy inquieto, casi irritado. Escribir no tiene que ver con los lectores. Yo no escribo porque haya lectores, escribo porque tengo necesidad de hacerlo. Entre los dieciocho y los treinta años escribí mucho. Me levantaba muy temprano para escribir libros que nunca vieron la luz pues publiqué mi primer texto a los 31 años.

La escritura y la publicación son para mí dos mundos muy distintos. El tiempo de la escritura y el de la vida pública, que corresponderían a la edición y a la publicación, son dos tiempos muy distintos. Eso me permite tener una cierta distancia en relación con lo exterior. En ese sentido estoy marcado por Séneca y por los estoicos. Es decir, recibes una buena noticia, como es la concesión de un premio, y esa alegría dura un tiempo y luego tienes que volver a tu estado natural. Tu camino no puede depender solo de lo que sucede a tu alrededor. Dicho esto, claro que es muy gratificante que grandes escritores estén atentos a lo que haces y, por supuesto, que te otorguen premios, sobre todo cuando son concedidos por personas que respetas. Eso me da mucha energía.

La deslumbrante epopeya de Tavares
En Un viaje a la India se refleja un viaje-viaje, argumenta el propio Tavares: “Antes viajar era muy distinto a lo que es ahora. Hoy el viaje es el destino y antes era también el recorrido hasta llegar a un punto. Antes uno viajaba a lo desconocido y ahora generalmente cuando uno viaja sabe que va a ver lo que ya ha visto muchas veces”.

Un viaje de los de antes –“un viaje horizontal, pero también vertical”– es el que emprende Bloom, el protagonista de Un viaje a la India. Un a modo de Ulises contemporáneo que huye de su Lisboa natal tras cometer un terrible crimen. Su destino es Oriente, la India, donde espera encontrar la sabiduría y reencontrarse consigo mismo. Pero el trayecto es largo y complejo, y en esa deslumbrante epopeya Bloom recalará en Londres, París, Viena y Praga.

Vida pura en estas cuatrocientas y pico páginas estructuradas en diez cantos en los que el lector tiene la oportunidad de trasladarse codo con codo con Bloom en su arriesgada búsqueda.

Un periplo salpicado por la melancolía, la fantasía, el humor y los peligros; por la vida, en definitiva. Porque, recogiendo el sentir del propio Tavares, “vivir tiene que ver con enfrentar los peligros, que es mucho mejor que enfrentarse al tedio, al aburrimiento, a lo de siempre. El tedio es el peligro mayor”.

9788432221071

 

 

Obra traducida al español
Un hombre : Klaus Klump (Mondadori, 2006)
El señor Valery (Mondadori, 2006)
El señor Henri (Mondadori, 2006)
La máquina de Joseph Walser (Mondadori, 2007) en traducción de Ana Rita Costa García
Biblioteca (Xordica, 2007) en traducción de Félix Romeo
Historias falsas (Xordica, 2008 y Paradiso Editores, 2013) en traducción de Ana María García Iglesias
Jerusalén (Mondadori, 2009) en traducción de Rita da Costa

Gabriela Wiener y los excesos…

Gabriela Wiener (Lima, 1975) es una cronista empotrada en la vida. En la suya y en la de los demás. A veces no se sabe si fue antes el relato (o el deseo de relatar) o la experiencia, pero ambos se disuelven en el texto como dos fluidos miscibles, de manera que resulta imposible discernir si flota la realidad o el zumo que extrae de ella.

Gabriela Wiener dice: “Escribo sobre la gente que tengo cerca, a la que quiero más. A veces puede ser un poco cruel escribir sobre una persona desde tu subjetividad, por eso los literatos cambian los nombres de sus personajes y lo llaman ficción. Yo escribo así porque nunca me han gustado las cosas artificiosas. Prefiero la verdad, porque en cada historia siempre hay una búsqueda. Una revelación”.

Gabriela Wiener es una periodista gonzo. A la gente, cuando escucha el término, le vienen a la cabeza los pasotes de Hunter S. Thompson, el de Miedo y Asco en Las Vegas, primer expedicionario del género. O sea, el escritor como actor, aunque ella no ejerce de mera actriz sino de protagonista de la historia. Historias que hablan de los pliegues recónditos del sexo, de las aproximaciones a la muerte, de los nueve meses con alguien dentro.

Gabriel Wiener dice: “No soy exhibicionista. Puedo ser exagerada, pero no me exagero más de lo que soy en la vida. Eso no significa que en mis textos, más allá de la honestidad, también puede haber algo de autoengaño. Sea como fuere, la gente se me acerca como si me conociera, porque le inspiro confianza. Y es verdad: si se han leído mis libros, ya me conocen mucho”.
Gabriela Wiener es una literata del yo que habla sobre las frágiles paredes de los hoteles limeños que frecuentaba con sus amantes; sobre su cuerpo en el espejo (sufre dismorfia corporal, un trastorno que le lleva a preocuparse en exceso por su físico) o en el espejo de otras (cuando, desde la penumbra de la habitación, proyecta su imagen en la mujer que copula con su marido); sobre los piojos que le quita a su hija mientras le pregunta en qué le gustaría reencarnarse.

Gabriela Wiener dice: “Solamente le pasan cosas a la gente que quiere que le pasen cosas. La inmersión implica una transformación del protagonista. Pero hay maravillosos escritores de la nada. Leonardo Faccio estuvo cinco minutos con Messi y escribió un libro sobre el futbolista. Gay Talese hizo un perfil de Frank Sinatra sin hablar con él. Yo, en cambio, soy más de acción”.

Gabriela Wiener es una trasegadora de realidad. Su oficio consiste en trasvasar el papel que desempeña en su vida al papel impreso que le da la vida. Siempre ha escrito de sí misma, pero su autobiografía (todos sus textos son uno solo) no provoca pudor ajeno sino que se lee como una novela. Sólo hay una Gabriela, nadie es unívoco, dice mientras el viento encabrita su falda y ella amansa su melena, que se precipita por su pecho como una cascada negra.

Gabriela Wiener dice: “También escribo sobre seres que no le importan a nadie. Personajes en los márgenes que terminan siendo grandes. A ellos también los expones y, no por ser unos desconocidos, no dejan de merecer un respeto. Es injusto ser escrupulosa sólo con gente importante, por lo que procuro tener el mismo cuidado con ellos. Hay asuntos que no es necesario contarlos y, si hay un detalle que va a iluminar la historia, lo negocio y lo peleo. Eso sí, me callo muchísimas cosas, porque la gente es una caja de secretos”.

Gabriela Wiener es la esposa de Jaime, la madre de Lena, la pareja de Rocío. Viven en un bajo con apariencia de garaje más allá del río. Su cama mide como dos camas. Jaime es poeta y ha publicado Canción de Vic Morrow. Rocío, en pie de guerra contra la nabocracia, es la cantante de Miguel Ángel Mainstream. Lena, a sus ocho años, se ha inventado un término para explicarlos en el cole: la tripareja. Gabriela lo cuenta todo en Llamada perdida, su último libro.

Gabriela Wiener dice: “A Jaime los hombres le dan palmaditas en la espalda porque piensan que es polígamo, pero no tiene nada que ver con eso. Son tres relaciones en una, muy distintas y desiguales, porque el amor no puede ser similar con una persona que con otra. El poliamor, a falta de mejor término, es complicado. No hay salida para lo que nos está pasando”.

Gabriela Wiener es la autora de Sexografías. En un antes difuso, llevaba una doble vida agotadora. Algunos lectores esperan encontrarse con una tipa, dice, dura, salvaje, de orgía diaria. Nada que ver con la realidad, o sea, con esa otra realidad que trasciende sus textos, la de una mujer de hablar pausado, que a veces rehuye la mirada, calma como un esbozo de Gauguin.

Gabriela Wiener dice (en su libro): “Bebo, fumo, salgo de noche, me emborracho una vez a la semana y una vez a la semana muero de resaca, a veces me drogo, como comida basura, soy madre, no estoy bautizada, odio a la raza humana, soy esposa de alguien, veo series de TV en streaming hasta las tres de la mañana […], soy una periodista especializada en meterse en sitios y escribir en primera persona sobre experiencias extremas. Ah, y casi olvido lo más importante: adoro la sal”.

Gabriela Wiener es una expatriada: llegó a Barcelona en busca de fortuna literaria, encontró el acomodo periodístico en una revista femenina de Madrid y terminó dejándolo todo para refugiarse en el sur (al menos en un sur más allá del Manzanares: nos fuimos del centro de las cosas, dice). Allí, en su Gabcueva (Gabcave en inglés), teclea para El País Semanal, La República o Etiqueta Negra.

Gabriela Wiener dice: “No me imaginaba lo puteada que iba a estar, trabajando en negro hasta conseguir el permiso de residencia. Te cansas de trabajar en precario y, cuando estás en una redacción, de ser tan esclava. Yo iba mejorando y España, empeorando, hasta que al final nos nivelamos. Pero los periodistas están dejando la profesión porque la situación es dramática. Si escribes en castellano, lo tienes crudo. Antes, para destacar como escritor en Suramérica, te tenías que consagrar aquí. Todo ha cambiado y ahora nadie entiende por qué no me vuelvo a Perú”.

Gabriela Wiener considerada una de las nuevas y destacadas figuras del periodismo narrativo latinoamericano y entre sus obras sobresalen títulos como “Sexografías”, “Kit de supervivencia para el fin del mundo”, “Nueve Lunas”, “Cosas que deja la gente cuando se va” y “Mozart, la iguana con priapismo y otras historias”.

Wiener es corresponsal de la revista Etiqueta Negra de Madrid y es redactora jefe de la publicación femenina “Marie Claire”. Sus textos han sido publicados en medios de Italia, España, México y Estados Unidos y sus crónicas han aparecido en las colecciones “Mejor que ficción. Crónicas ejemplares” y “Antología de la crónica latinoamericana actual”.

Gabriela Wiener se desnuda en llamada perdida

 

Gabriela Wiener: una escritora del siglo XXI 28.03.2014 Presencia Cultural

 

John Green, el escritor adolescente.

Lleva tres años y medio sin publicar un libro. Y, sin embargo, John Green (Indianapolis, 1977) es uno de los autores del momento. No es una contradicción, sino que ambas cuestiones están muy relacionadas. Porque el exitazo de sus anteriores novelas sobre adolescentes –Bajo la misma estrella (Nube de tinta) fue el libro más vendido en España en 2014- ha atrapado al estadounidense en un huracán de fama y adoración de los fans que le deja menos margen para su oficio. Aunque, en otra contradicción solo aparente, sus triunfos también le han permitido ganar tiempo: “En los últimos cinco años, sobre todo, he abandonado muchas novelas. He empezado a sentirme distinto respecto a la escritura. Estoy en una condición afortunada, sin fechas límites. Así que si no estoy contento con algo no tengo que compartirlo”.

Es decir, que antes sí lo hizo. “El teorema Katherine tuve que terminarlo por obligación. Estoy contento del resultado, pero si hubiese podido lo habría dejado”. Ahora que Green ha logrado salir de la cadena de producción literaria piensa tomárselo con una calma que aterrará a muchos seguidores: “Mi editor hace que no sienta la presión. Si tardo 10 años para el próximo libro, así sea”. Mientras, puede seguir cabalgando la ola de sus superventas, como Ciudades de papel, segunda adaptación al cine de sus obras –se estrenó el viernes- y razón por la que acude a Madrid.

El libro lleva, cómo no, el sello Green. Protagonistas jóvenes, cercanía a sus dramas y alegrías, un amor arrollador. Hasta el punto de que sus críticos le acusan de escribir siempre el mismo libro. ¿Qué responde? “Que se jodan. ¿Puedo decirlo? Varias de mis obras son distintas. De acuerdo, mis libros siempre hablan de adolescentes y están escritos por mí. No soy uno de esos autores genios capaces de meterse en muchas identidades diferentes. Deseo desesperadamente ser mejor, usar mejor el lenguaje, pero lo único que puedes hacer es esmerarte”.

Mapas e ilusiones

Una ciudad de papel es un espejismo y una trampa. Así se llaman aquellas urbes ficticias que un cartógrafo puede incluir en su mapa para desenmascarar las eventuales copias ilegales. De la misma forma, Margo, el personaje clave del libro Ciudades de papel, de John Green y de su adaptación cinematográfica, también es una peligrosa ilusión. Porque el protagonista masculino, Quentin, cree que la joven es una suerte de ángel, el “milagro” que le ha tocado.
“Es muy dañino idealizar a una persona y colocarla en un pedestal. Para quien lo hace, porque va a llevarse una decepción. Y para quien lo sufre, porque no se le consiente tener defectos y ser simplemente humano”, tercia el escritor.
Un esfuerzo significativo también es necesario para seguir las rapidísimas ráfagas de palabras de Green. Tanto que a veces el autor pide disculpas a su interlocutor. Aun así, 10 minutos no dan para contestar a muchos asuntos, por lo que él mismo pide prolongar la charla. Así, Green agrega que no tiene una fórmula áurea para vender millones de ejemplares, aunque sí se apunta un mérito. No es que crea entender a los adolescentes. De hecho, tampoco lo hacía cuando tenía su edad y tuvo que cambiarse de escuela porque sufría bullying. La clave es otra: “Me tomo en serio a los adolescentes”. Hasta se dirige constantemente a ellos en las redes sociales animándolos a participar y opinar sobre sus obras, en una operación a medias entre simpatía y promoción.

Pese a su buena relación, quizás su sequía creativa se deba justamente a su público. ¿No es un peso escribir un libro que puede ser el primero que un joven lea en su vida? “Hay algo especial en lo que lees como adolescente. Yo todavía pienso en El guardián entre el centeno. Siento la responsabilidad hacia mi público, pero no un peso. Hay otras cosas en mi vida que sí lo son”. ¿Por ejemplo? “El hecho de que los vídeos educacionales que hago sean rigurosos me mantiene despierto muchas noches”.

He aquí el otro perfil de Green. Buscar su nombre online devuelve una infinidad de resultados. Aparte de libros y filmes, y de escribir a su vez reseñas para medios como The New York Times, están su hiperactiva cuenta de Twitter y sus grabaciones en YouTube: por un lado, Green y su hermano Hank llevan años subiendo vídeos en los que se cuentan mutuamente lo que se les ocurra. Cada una de estas misivas digitales acumula miles de visitantes, autodenominados nerdfighters. Y, por otro lado, el autor también sube vídeos donde trata de explicar a los estudiantes desde la Revolución Francesa hasta el capitalismo.

De todos modos, sus otras ocupaciones no sustituyen la principal. “Cuando escribo estoy más feliz. O, bueno, menos loco”, asegura. El autor se refiere al trastorno obsesivo compulsivo que padece, y que le obliga a pelear con la ansiedad. Antes, de joven, también luchó contra una depresión que le anclaba a la cama. Medicinas, terapias y el paso del tiempo le han ayudado a llevarlo mejor. “En esta entrevista estoy bien. En mi familia también la mayoría del tiempo no me afecta. Pero los lugares a medias entre público y privado, como una sala de cine, siempre han sido un reto para mí, incluso antes de ser conocido”.

Ahora que le paran por la calle, seguramente le resulte más complicado. Green asegura que su fama apabullante no ha modificado su vida íntima, pero sí le cuesta explicar un triunfo que define como “asombroso”. En realidad, tampoco el autor se interroga más de la cuenta. Y con la misma lógica se relaciona con su fe. Antes de ser escritor, Green se planteó ordenarse sacerdote y estudiar religión. Hoy mantiene su religiosidad, acude a misa, pero no le interesa responder a las preguntas clave: si hay un Dios, qué significado tiene la vida… ni muchísimo menos cuándo sacará el próximo libro.

Un Rey Midas del libro y las salas

John Green ha publicado hasta la fecha cuatro novelas en solitario. La más célebre es la más reciente, Bajo la misma estrella (Nube de tinta), editada en EE UU en 2012 y que catapultó el autor a una fama planetaria. El libro fue el más vendido en España en 2014, arrasó por todo el mundo y su adaptación cinematográfica recaudó 280 millones de euros.
Su novela anterior, Ciudades de papel, debutó en el quinto puesto en la lista de los libros más vendidos de The New York Times y su recién estrenada adaptación lleva ya casi 50 millones recaudados en las salas.
Su primera novela, Buscando Alaska, se editó en 2005. Recibió varios premios, entre ellos el Michael L. Printz a la mejor obra de literatura juvenil, y también será llevada al cine.
El teorema Katherine, de 2006, es quizás la obra menos conocida de Green. De hecho, el propio escritor subraya que la terminó porque obligado por la editorial.

Paper Towns TRAILER 2 (2015) – John Green Romance Movie HD

Paula Hawkins, la escritora del tren

PAULA HAWKINS

Paula Hawkins nació en Harare, Zimbabwe, hija de un profesor y periodista de Economía. Se mudó a Londres en 1989, con 17 años. Aunque sus padres retornaron a Zimbabwe, permaneció para estudiar Economía, Políticas y Filosofía en Oxford. Siguiendo la estela de su padre, ha trabajado como periodista más de quince años, colaborando en una gran variedad de publicaciones y medios de comunicación, entre los que destaca The Times. Tras seis años intentando hacerse un hueco en como escritora con escasos réditos, probando si conseguía éxito en el género de novela romántica con el pseudónimo de Amy Silver, envió desesperada una novela que aún no había terminado a sus posibles editores: era completamente diferente, un thriller imprevisible… esta vez acertó. La chica del tren, es ya su primera novela de éxito tras convertirse en un fenómeno boca a oreja. Ha logrado tener célebres admiradores de su novela como Gywneth Paltrow, Stephen King o Reese Witherspoon. Paula Hawkins se ha convertido ya en un fenómeno popular. “La chica del tren” es ya la novela con más rápidas ventas de la historia de Estados Unidos y un auténtico fenómeno editorial en Reino Unido.

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¿Que tiene este libro que no tengan otros?

Para empezar el favor de lectores muy conocidos, algunos de ellos escritores como Stephen King, otros, famosas actrices de Hollywood como Gywneth Paltrow, y Reese Witherspoon. Su novela, la primera de este género que escribe ha sido comparada con Perdida, de Gillian Flynn, y por su sorpendente manejo del suspense se la ha comparado también con la forma de narrar del director Alfred Hitchcock. Algo de cinematográfico tiene esta historia, de la que ya se ha hecho con los derechos Dreamworks para dejar el proyecto en manos de Marc Platt, productor entre otras películas de Into the woods.o las películas de Una rubia muy legal que ha fichado como guionista a Erin Cressida Wilson.

Parece que momentaneamente La chica del tren no resistió el número uno ante el millonario escritor James Patterson, uno de los pesos pesados, pero para consolarse se sabe que entró directamente al número uno en su publicación en el Reino Unido, y que también lo hizo en Canadá o también que en Estados Unidos. Habiendo salido ya en varios países se acerca ya a los 5 millones de ejemplares, una barrera que atravesará rápidamente. Aunque el editor en inglés es Penguin este sorprendente bombazo editorial llegó a España a principios de junio, de la mano del sello Planeta Internacional, con traducción de Aleix Montoto, en su primer mes en España se han tenido que lanzar 7 ediciones ante la avalancha de peticiones de las librerías, según ha declarado Elena Ramírez, directora de ficción internacional en Planeta.
¿ESTABAS EN EL TREN DE LAS 8.04? ¿VISTE ALGO SOSPECHOSO?
RACHEL, SÍ
La autora tiene una biografía bastante convencional excepto por una cosa: su origen. Paula Hawkins nació en la cálida ciudad de Harare, la ciudad más importante de Zimbabwe. Formada en la Universidad de Oxford en Filosofía, Economía y Políticas destacó, al igual que su padre como periodista económica, en su caso hablando de finanzas personales en The Times. Todo esto lo dejó hace seis años para dedicarse a la literatura, escribió un libro sobre el tema que dominaba y luego trató de escribir literatura chick-lit, ocultándose bajo un pseudónimo: Amy Silver, pero pese a meterse en un género de moda no lograba nada salvo penurias económicas. Cambió de táctica y decidió escribir el libro que a ella le gustaría leer; casi sin terminar lo envió a los editores. Suponía un giro radical hacia la novela negra, hacia una historia trepidante y paranoica.

Con un personaje borderline, en una situación de crisis total y en un juego de varios narradores vemos como el personaje principal asiste a un suceso terrible como testigo, desde la ventanilla de un tren. Esta lectora temprana de Agatha Christie, parece traernos el aroma de una película mítica: La ventana indiscreta. Stephen King la considera una gran novela de suspense y ha alabado el uso del alcoholismo para construir un narrador que considera perfecto. Algunas referencias y comparaciones han sido ya realizadas sobre esta obra, conducida por una protagonista absolutamente derrotada y que lo ha perdido prácticamente todo, sin embargo la autora ha confesado recientemente quién es su verdadero referente en el género: Donna Tartt, y su novela El secreto.

En un año en el que se nos han ido Doris Lessing y Ruth Rendell, el género negro podría tener una nueva embajadora e impulsora en esta hasta ahora desconocida autora nacida en África.
La tirada inicial del libro en Estados Unidos fue de 40.000 libros, la demanda fue tal que debieron imprimir otros 450.000 de forma inmediata. Según una publicación francesa el pasado 11 de mayo ya se habían llegado a imprimir 2,3 millones en todo el mundo.
El primer manuscrito que envió Paula Hawkins al editor estaba incompleto y contenía sólo 45.000 palabras, lo que le produjo una sensación extrema de nervios.
La autora está ya escribiendo un nuevo thriller, en este caso, de carácter gótico y protagonizado por tres hermanas.

 

Paula Hawkins On Writing The Girl On The Train | Loose Women