Arte, conocimiento y ficción en la prosa de Eduardo Lalo.

 

Hay algo magnético con los nombres en Simone, la novela del portorriqueño Eduardo Lalo que recibió en el 2013 el Premio Rómulo Gallegos, y que ahora vuelve a circular en su edición argentina. Hay algo con los nombres desde el título, ese seudónimo con que Li Chao, una inmigrante china en Puerto Rico, firma los mensajes en clave que va dejando por la ciudad para que el narrador, escritor frustrado y sin nombre, devele. Pero ni “en clave” ni “develar” son las palabras más adecuadas en este caso. Porque si bien es cierto que sobre esos mensajes se construye el enigma que moviliza la primera mitad de la novela, el nombre Simone (tomado de Simone Weil) es, antes que una máscara que oculta, otra capa más que se agrega sobre un rostro y un nombre que deambulan inadvertidos por una ciudad isleña igualmente inadvertida en el mundo. Es imposible disimular lo que ya es invisible.

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El narrador de la novela permanece anónimo. Quizá por eso anota anécdotas en su libreta constantemente, que giran alrededor del modo en que alguna gente nombra o es nombrada, como premio o castigo. Una empleada de una galería de arte, por ejemplo, no repara en que su nombre, Arles Pages, remite a la ciudad que hizo famosa Van Gogh y la palabra “páginas” en francés. Carmen Lindo, una profesora universitaria que se ganará de pronto su lugar en la historia, insiste en pronunciar equivocadamente el nombre de Derrida, como si fuera un mantra que, mal dicho, no se sabe qué invoca. Una alumna del narrador se hace llamar a sí misma Cindinet: “Ese nombre inventado y absurdo”, confirma, “parecería abrir entre nosotros una distancia infranqueable”. Él mismo, sobre el final, recibe un apodo: El Que Camina Mirando el Piso.

El problema de la identidad se vuelve una vía de escape para una literatura que ya no reclama para sí más lugar, sino que se pliega sobre ese espacio imperceptible produciendo una diferencia mínima que busca decirlo todo.

En efecto, el nombre que organiza la novela es el de San Juan, la ciudad sobre cuyas paredes, calles y negocios, Li inscribe muchos de esos mensajes que ponen en marcha la historia de amor del libro. Y San Juan es también el nombre que organiza buena parte de la obra de Eduardo Lalo, y sobre la cual ensaya distintas modulaciones para su voz. En La inutilidad, novela anterior de Lalo que también ahora edita Corregidor en nuestro país, el punto de vista es el del emigrado que vuelve a una ciudad que lo recibe como extranjero: el trayecto va desde Puerto Rico a París, y de allí de nuevo a Puerto Rico. En Simone, esa condición de extrañeza se radicaliza. Todos son igualmente extranjeros en esta San Juan, el narrador lo mismo que Li.

San Juan aparece como un lugar al que nadie puede pertenecer, y por eso mismo resulta la cifra de ese problema de invisibilidad que aqueja a Li y al narrador. A Li, debido a su condición de inmigrante y su reclusión en un restaurante chino de familiares lejanos que han costeado su llegada a Puerto Rico. “He estado siempre en ese mundo”, dice Li Chao al presentarse frente al narrador, “el planeta cuya población total está constituida solo por mí: una china entre más de un billón de chinos, una china en una isla en la que no hay chinos fuera de los restaurantes, una china que lee y hace garabatos”. Al narrador, debido a que siente que su escritura es igualmente invisible: nadie lo lee, sus libros se imprimen apenas para que estén ahí y escribe desde una posición extraña a toda tradición. Escribe, de hecho, desde un conjunto de islas desde el que, es cierto, rara vez nos llegan novedades literarias, una zona decididamente marginal dentro del panorama cultural latinoamericano. También La inutilidad pone en escena ese problema, a partir de una disyuntiva de los escritores portorriqueños: ¿irse de la isla en busca de público o quedarse? ¿Y a qué precio se ejerce cada opción? La puesta en circulación de la obra de Lalo parece así, paradójicamente, un tema implícito de sus propias novelas.

El problema, ya se intuía desde el comienzo, tiene que ver con la identidad, es decir, con los nombres (y San Juan ha sido llamada así, de hecho, por El Bautista). La imagen de la ciudad que Lalo traza, tanto aquí como en La inutilidad, discute con otra imagen, impuesta por la fuerza del mercado y, en el caso de Puerto Rico, por la dominación colonial directa: la de un Caribe alegre, paradisíaco, de folleto turístico, contra la que el mismo Lalo se ha pronunciado en numerosos ensayos e intervenciones públicas. En cambio, El Que Camina Mirando el Piso, en Simone, imprime sobre la ciudad una nostalgia que es profunda porque añora, justamente, algo que nunca ha existido, una promesa que nunca se cumplió (y que ya no se sabe bien quién hizo). No tiene, por ejemplo, la furia de El Gramático, el narrador de las novelas de Fernando Vallejo; tampoco la liviandad de Bellatin, en cuyo interior se diluye todo resto identitario. El narrador de Simone, aunque esté harto, todavía espera algo. ¿Qué ha pasado acá para que nada pase?, se pregunta una y otra vez, al anotar sus pensamientos cotidianos en un diario fragmentario.

La imagen de la ciudad que Lalo traza, tanto en Simone aquí como en La inutilidad, discute con otra imagen, impuesta por la fuerza del mercado y, en el caso de Puerto Rico, por la dominación colonial directa: la de un Caribe alegre, paradisíaco, de folleto turístico, contra la que el mismo Lalo se ha pronunciado en numerosos ensayos e intervenciones públicas.

En los pasajes menos logrados de la novela, ese problema de identidades se vuelve queja, “pataleo”, para usar un término de Lalo. Así ocurre en un encendido e (innecesariamente) largo diálogo que, casi sobre el final, sostienen el narrador y otro escritor portorriqueño con un galardonado escritor español. Pero en otros momentos del libro, en los mejores, ese problema, esa carencia, se vuelve una vía de escape para una literatura que ya no reclama para sí más lugar, sino que se pliega sobre ese espacio imperceptible produciendo una diferencia mínima que busca decirlo todo. Es lo que sucede con los dibujos de Li Chao, unos caligramas chinos reproducidos infinitamente sobre papel, hasta que se borran a sí mismos, enormes cantidades de tintas empleadas en no decir nada o, más improductivo todavía, en tachar lo que recién se ha escrito. O la especie de performance que el narrador imagina para inscribir su propio cuerpo y su vida en esa ciudad donde la experiencia parece imposible: “He pensado a propósito de ciertas calles y aceras que si las suelas de mis zapatos tuvieran pintura quizá para esta época mis pisadas habrían cubierto por completo su superficie”.

Pero hay una discordancia evidente entre el narrador y Li. Como el punto de vista es el del escritor, ambas situaciones (ambas invisibilidades) quedan equiparadas, cuando el sentido común indicaría que la autopercepción de un escritor y profesor universitario sin público y la tragedia de una inmigrante china casi esclava son inconmensurables. Se ha criticado en este punto la novela de Lalo (y no sin razón se ha señalado, en ella, cierto heterocentrismo). También entre ellos, como entre el narrador y la alumna de nombre absurdo, se abre una distancia infranqueable. Podría creerse que solo el egoísmo del narrador puede pretender que esa distancia no existe, y entonces el protagonista de Simone se nos revela hasta repulsivo por momentos: un pequeño hombre con su pequeña tragedia. Pero tal vez también pueda leerse la relación entre el narrador y Li como la exploración, no exenta de patetismo y ensimismamiento, de ese abismo que los separa. Si un escritor debe ser, como leemos en la novela, “un atleta de la derrota”, la misma exigencia parecería valer para los amantes, condenados a correr hacia una meta a la que, lo saben, nunca se llega a tiempo.

 

Chema a las 11 – Entrevista a Eduardo Lalo

Publicado el 18 jul. 2013
Eduardo Lalo es un escritor puertoriqueño que acaba de ganar el premio Internacional Rómulo Gallegos (2013), gracias a su libro “Simone”, historia de una china en Puerto Rico donde nos cuenta sobre la sociedad en ese país.

 

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16 autores británicos que devorar

El marxista John Berger
John Berger (Hackney, Londres, 1926). Empezó siendo pintor, carrera que abandonó a los 30 años para dedicarse a la escritura, pero siguió interesado en las artes visuales y escribió textos admirables sobre el dibujo, la escultura y la fotografía, sobre todo Modos de ver (1972), que fue fundamental para toda una generación de artistas. Poco después se instala en un pueblo de los Alpes franceses y durante 15 años escribe una trilogía de novelas sobre la transformación del mundo rural bajo el título de De sus fatigas: Puerca tierra, Una vez en Europa y Lila y Flag. “Soy, entre otras cosas, marxista”, declaró Berger, y su obra incluye textos que tacha de políticos, como Hacia la boda, un texto sobre el sida; King, una crónica de los sin vivienda, y El tamaño de una bolsa, que incorpora la correspondencia de Berger con el subcomandante Marcos. Sus Poemas completos fueron publicados en 2014.

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Un guía intelectual llamado Steiner
George Steiner (París, 1929). Posiblemente el crítico literario más importante de nuestro tiempo. Erudito y brillante lector, Steiner ha sabido desarrollar una obra crítica original, perspicaz y justa, respetando la inteligencia de sus lectores y abriéndoles nuevos horizontes. Cualquiera de sus libros más importantes —La muerte de la tragedia, Después de Babel, En el castillo de Barba Azul, Nostalgia del absoluto, Gramática de la creación, Los libros que nunca he escrito— bastaría para colocarlo en la cúspide del arte de la crítica. Sus temas abarcan la biblioteca universal: la literatura griega, el concepto de Europa, el arte de la traducción, la literatura china clásica, la poesía alemana, el Holocausto, la Biblia, la obra de Heidegger, Borges, Céline, Kafka y muchos otros. No podemos concebir la actividad intelectual de nuestro tiempo sin el pensamiento de George Steiner.

Le Carré, maestro del espionaje
John Le Carré (Poole, Dorset, 1931). La novela de espionaje cuenta con ilustres antepasados —El agente secreto, de Conrad, y Kim, de Kipling—, pero hoy John Le Carré es el maestro indiscutido del género. A lo largo de su carrera, empezando con El espía que surgió del frío y siguiendo con la saga de George Smiley, hasta los libros escritos después de la disolución de la Unión Soviética como El jardinero fiel y El hombre más buscado, Le Carré convirtió la novela de espionaje en una exploración existencial que busca un comportamiento ético en un mundo corrupto e injusto. En el universo de Le Carré, que perteneció al cuerpo diplomático británico en los sesenta, los justos no vencen ni los infames son derrotados, pero a pesar de ello una persona íntegra puede lograr mantener una posición casi intachable, sin dejarse contaminar (o poco) por las abominaciones del mundo en que vivimos.

El Nobel estilista Naipaul
V. S. Naipaul. Nacido en Trinidad en 1932, obtuvo el Premio Nobel en 2001. Su carrera literaria se inició con dos espléndidas novelas —El sanador místico y Los simuladores— que describen con humor sardónico lo que Naipaul ha llamado “una suerte de esquizofrenia colonial”. Si bien su ficción es admirable, su obra más importante consiste en una serie de libros de viajes —a India, a los países árabes, a América del Sur— en los que analiza el mundo contemporáneo: La pérdida de El Dorado, Guerrilleros, La vuelta de Evita Perón, Entre los creyentes. Naipaul no es antropólogo ni sociólogo: sus opiniones son caprichosas y sus fuentes de información poco fiables. Pero en sus libros la veracidad histórica importa menos que la esmerada calidad de su escritura. Naipaul es sobre todo un estilista, autor de ficciones que bajo la apariencia de ensayos imaginan o inventan un preocupante universo.

Stoppard, diestro dramaturgo
Tom Stoppard (Zlín, República Checa, 1937). Heredero del humor y de la destreza verbal de Oscar Wilde, fue reconocido desde temprano como uno de los mayores talentos del teatro inglés. Cuando en 1967 estrenó Rosencrantz y Guildenstern han muerto, el crítico del Times de Londres concluyó que “con esta obra, Stoppard exige ser reconocido como uno de los grandes genios de la escena dramática”. Siguieron otras piezas que son hoy clásicas —Jumpers, Farsas, Todo buen chico merece un favor, Arcadia, La invención del amor, La costa de Utopía— que demuestran su poder como filósofo del lenguaje y diestro dramaturgo. Con elegancia y originalidad, Stoppard logra poner en escena ideas metafísicas y conceptos matemáticos, juegos temporales y teorías lingüísticas que parecían estar firmemente limitados a otros campos. A sus obras de teatro debemos agregar sus piezas radiofónicas que dieron nueva vida a un género dramático considerado menor.

Barker, novelista de la historia
Pat Barker (Thornaby-on-Tees, Yorkshire, 1943). Una trilogía de novelas sobre la Primera Guerra Mundial, publicadas entre 1991 y 1995, consagró a Pat Barker como una de las mejores autoras de novelas históricas británicas. Regeneración, El ojo en la puerta y El camino fantasma trazan la historia, basada en hechos reales, del psicólogo William Rivers. En su clínica en Escocia, Rivers fue encargado de curar a pacientes afectados por la guerra para que pudiesen volver al campo de batalla. Entre ellos se encontraba el héroe y poeta pacifista Siegfried Sassoon, y la misión oficial de Rivers era comprobar que Sassoon se oponía a la guerra por razones de dese­quilibrio mental. Barker, ganadora del Premio Booker en 1995, utiliza esta historia verídica como punto partida para describir los horrores y consecuencias de la violencia organizada, y crear una de las más extraordinarias y ambiciosas sagas del siglo XX.

El psicogeógrafo Sinclair
Iain Sinclair (Cardiff, 1943). Novelista y cinematógrafo, Iain Sinclair es un especialista en psicogeografía, la ciencia que estudia la relación entre nuestra forma de pensar y de sentir, y el mundo físico en el que vivimos. Sus primeras ficciones tomaron como tema el caso de Jack el Destripador en la novela White Chappell, y la Inglaterra de Margaret Thatcher —personaje a quien Sinclair atribuyó el nombre de La Viuda— en Downriver. Si bien las ficciones de este escritor son admirables, su colección de ensayos Lights Out for the Territory es su obra más original e importante, entrelazando crítica literaria, argumentación política y un conocimiento profundo de los mitos ocultos de la ciudad de Londres. Entre sus películas, no puede dejar de destacarse The Falconer, la historia de un documentalista en una Inglaterra desolada a finales del siglo XX.

Crace y la visión cálida del ateísmo
Jim Crace (St Albans, Hertfordshire, 1946). Uno de los novelistas más originales de su generación, Crace investiga los grandes temas metafísicos a través de argumentos históricos. Cosecha, novela que transcurre en la Inglaterra de la Edad Media, es una interrogación sobre la formación de nuestras sociedades; Quarentine es un evangelio cristiano narrado por el diablo, quien busca explorar la cuestión del bien y del mal; Y amanece la muerte es una reflexión sobre el fin de la vida a través de la crónica de varios abominables asesinatos. Jim Crace ha definido sus novelas como “la obra de fe de un ateo”. En una discusión sobre sus ficciones, el escritor explicó: “Quería que la pasión y la creencia entraran en mi vida aunque siguiera sin confiar en un creador. Por eso escribí un libro sobre la muerte: para encontrar una visión más cálida del ateísmo”.

La cultura popular, según Warner
Marina Warner (Londres, 1946). Novelista e investigadora de la cultura popular, esta escritora británica ha publicado estudios revolucionarios sobre los cuentos de hadas y sus orígenes, y sobre otros temas de literatura fantástica como Las mil y una noches y los mitos transformativos desde Ovidio en adelante. Su interés por las mitologías de nuestro tiempo está reflejado en colecciones de ensayos como Six Myths of Our Time y Signs and Wonders, donde estudia nuestras definiciones culturales de la sexualidad, los juegos infantiles y otros temas relativos a la vida de hoy. Los libros de esta escritora sobre tres mujeres famosas —la emperatiz Tz’u-hsi en The Dragon Empress, Juana de Arco en el libro homónimo y la Virgen María en Tú sola entre las mujeres— son ensayos fundamentales. Marina Warner es también novelista, autora de obras como The Skating Party y The Lost Father.

Barnes, heredero de Flaubert
Julian Barnes (Leicester, 1946). Cuando publicó El loro de Flaubert, en 1984, el público creyó descubrir un nuevo género literario cuyos precursores secretos eran Diderot y Lawrence Sterne (y también el Nabokov de Pálido fuego): una suerte de ensayo literario crítico sobre la obra de Flaubert propuesto por un narrador irreverente y fanfarrón. Siguieron otras ficciones en las cuales la forma trataba de disimular o contradecir el contenido: Una historia del mundo en 10 capítulos y medio, El puercoespín y El sentido de un final. En todas ellas Barnes demuestra una maestría extraordinaria en el planteamiento de ideas inauditas que desarrolla con una precisa elegancia heredada de Flaubert, su maestro. Su mejor novela sea quizás Arthur & George, inspirada por un caso verídico investigado por el inventor de Sherlock Holmes, Arthur Conan Doyle. Julian Barnes es sin duda uno de los escritores esenciales de nuestro tiempo.

El idioma poético vigoroso de Padel
Ruth Padel (Londres, 1946). Bisnieta de Charles Darwin, hija del psicoanalista John Hunter Padel, poeta y clasicista, Ruth Padel es una de las voces más originales de la poesía británica actual, junto con Alice Oswald, Cioran Carson y Sam Meekings. Su vasta obra consiste en seis volúmenes de crítica, cuatro obras ensayísticas, una novela y diez colecciones de poemas, entre las cuales se destaca una biografía de Darwin en verso, compuesta de frases tomadas de los escritos del científico, y Aprendiendo a construir un oud en Nazaret, una investigación lírica de la guerra en Palestina. En su poesía, como en sus ensayos, esta escritora se interroga sobre nuestras responsabilidades políticas y ecológicas a través de un sutil uso de metáforas narrativas, empleando crónicas de eventos contemporáneos y mitos griegos para ilustrar situaciones problemáticas en un idioma poético singular y vigoroso.

McEwan, el mejor de su generación
Ian McEwan (Aldershot, Hampshire, 1948). Desde sus primeros relatos —oscuras pesadillas fantásticas reunidas en dos volúmenes imprescindibles, Primer amor, últimos ritos y Entre las sábanas—, Ian McEwan se estableció como un estilista admirable y como el mejor escritor de su generación, rango que sus posteriores novelas confirmaron. El jardín de cemento, El placer del viajero, Niños en el tiempo extendieron la idea de la vida como un relato cruel y sorprendente, sin explicaciones satisfactorias ni consolación aparente. Obras más recientes como Amor perdurable, Expiación, Sábado y La ley del menor refinaron y profundizaron esa visión desoladora. McEwan maneja su lengua materna con una destreza que la literatura inglesa parecía haber perdido después de los últimos escritos de Conrad. A la perfección de McEwan como novelista debemos agregar su habilidad como escritor de guiones de cine basados en sus propias obras.

Hollinghurst, más que literatura gay
Alan Hollinghurst (Stroud, Gloucestershire, 1954). Si bien este crítico literario es considerado como un destacado representante de la literatura llamada “gay”, sus novelas escapan a una definición tan estrecha. Empezando con La biblioteca de la piscina, un doble retrato del mundo homosexual de Londres a principios del siglo XX y después en los años ochenta, y siguiendo con La estrella de la guarda, El hechizo, La línea de la belleza y El hijo del desconocido, sus novelas trazan, en un estilo refinado y con un lenguaje elegante y justo, el universo de la clase alta y media de la Inglaterra contemporánea. Como Henry James, su modelo literario, Alan Hollinghurst evita ofrecer moralejas a sus lectores. “No hago juicios morales”, dijo al ganar en 2004 el Premio Booker por La biblioteca en la piscina. “Prefiero dejar que las cosas resuenen solas con sus propias ironías e implicaciones”.

Winterson y el espíritu crítico
Jeanette Winterson (Mánchester, 1959). “No puedo recordar un momento en el que no sabía que yo era alguien especial” es la primera frase de Fruta prohibida, la novela que Jeanette Winterson publicó a los 24 años, en la cual narraba cómo, ocho años antes, se había enamorado de otra muchacha, y cómo su madre la obligó a elegir entre su amor y su hogar. Winterson, adoptada por una pareja evangélica y criada en Accrington, Lancashire, se fue de casa y empezó su deslumbrante carrera literaria. Su estilo picaresco, su agudo espíritu crítico, su interés en la tensión entre nuestras convenciones y nuestros deseos, en obras como La pasión, Espejismos, La mujer de púrpura y ¿Por qué ser feliz cuando se puede ser normal? han valido a Winterson comparaciones con Jane Austen y Muriel Spark. “Nuestros sueños de felicidad”, ha dicho Winterson, “son una suerte de Arcadia inventada”.

La elevada ciencia-ficción de Miéville
China Miéville (Norwich, 1972). La ciencia-ficción, género denigrado en sus primeras décadas, cobró rápidamente una merecida aristocracia literaria. Hoy su prestigio es indiscutible y China Miéville es uno de sus representantes más destacados. Dentro de ese campo, la obra de Miéville abarca varios géneros: el horror, la distopía, los universos paralelos, los vampiros y zombis. Ficciones que Miéville opone a la de Tolkien, autor que juzga reaccionario. Sus novelas más notables son El Rey Rata, El azogue, Kraken y, sobre todo, Embassytown y La ciudad y la ciudad, donde teorías lingüísticas influyen o determinan la organización de una sociedad futura. En La estación de la calle Perdido se puede sentir la influencia de juegos vídeo, para los cuales Miéville ha escrito escenarios originales. Además de gran novelista, Miéville es miembro de la organización trotskista British Socialist Workers Party y firma un blog político llamado La Tumba de Lenin.

Precisa y lírica Oyeyemi
Helen Oyeyemi (Nigeria, 1984). Incluida en 2013 en la lista Granta de mejores novelistas británicos jóvenes, esta escritora se destaca por su poder de invención y su lenguaje preciso y lírico. Su universo es el de los cuentos de hadas, pero con un trasfondo cristiano —Oyeyemi ha declarado que es “profundamente creyente”—, a la vez subvertido por su implacable reconocimiento de la crueldad en las relaciones humanas. Sus puntos de partida son las leyendas griegas, la historia de Barba Azul, los relatos folclóricos cubanos, los cuentos de Grimm, todas narraciones míticas que Oyeyemi transforma en novelas de invención fantástica y psicológicamente justas. Entre sus varios libros se destacan La niña Ícaro, que escribió cuando aún estaba en el colegio, y Boy, Snow, Bird. Quizás la más lograda sea El señor Fox, escrita —ha dicho Oyeyemi— bajo la doble influencia de Edgar Allan Poe y Henry James.

Fuente: Babelia, El País, noviembre 21, 2015.

Jeanette Winterson – Women Writers: Voices in Transition

 

 

A Conversation with John le Carré

 

 

El secreto de los grandes escritores: su diario personal.

Escribir es vivir. Quienes buscan vivir de las letras lo hacen con tanta intensidad cuando plasman tinta en las hojas o, en tiempos más recientes, letras a través de la computadora. Es cierto que si alguien desea ser escritor debe leer, pero también debe escribir.

Luchar contra el bloqueo creativo es bastante difícil, es por eso que en el libro Bird by Bird, Anne Lamott da algunos consejos para la escritura y para la vida. En ese libro Lamott dice que si deseas ser escritor, escribas toda tu vida; que comiences desde tu infancia y continúes narrando y narrando hasta llegar al día en que te encuentres, y así continúes.

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En esencia los diarios son la herramienta perfecta del escritor. Un confidente y un registro que al tiempo que mejoran la habilidad, permiten practicar y vaciar la mente para descansar el alma. En estos días la forma de llevar un diario puede ser bastante fácil, pero el ajetreo de la vida diaria hace que se convierta en una práctica bastante difícil. Lo que tuiteas o publicas en Facebook pocas veces se comparará con la intimidad y el detalle que un diario proveerá. Es por eso que si eres aspirante a escritor, estudiante o simplemente quieres mejorar tu vida de manera significativa, las siguientes palabras de los grandes de la literatura universal te pueden servir para convencerte de llevar un diario.

Anaïs Nin (1903 – 1977)

La escritora profundamente erótica escribió diarios desde que tenía once años y dejó de hacerlo hasta su muerte a los 74. Es imposible no generar una mente creativa cuando se escribe sobre cada aspecto de la vida. Con prácticamente toda su vida escrita, la mujer se acercaba cada vez más a ser Funes el memorioso, uno de los más entrañables personajes de Borges que recordaba –simplificando horriblemente una magnífica historia- todo. Es por eso que dijo cosas como la siguiente acerca de la importancia del diario:
“Fue mientras escribía un diario que descubrí la forma de capturar movimientos con vida”.
“Llevar un diario toda mi vida me ayudó a descubrir elementos básicos esenciales para la vitalidad de mis escritos”.
“Cuando hablo de la relación entre mi diario y la escritura, no pretendo generalizar para validar la necesidad de llevar un diario, ni aconsejar que lo hagan, simplemente extraer de este hábito los descubrimientos que fácilmente pueden ser transportados a otras cosas aparte de escribir”.

Virginia Woolf (1882- 1941)

Lamentablemente tenía trastorno bipolar, pero sus ensayos y novelas muestran la lucidez que escribir le daba. Una de las mujeres más importantes de la literatura que difícilmente podrá ser superada gracias a un intelecto e erudición como nunca se ha visto. Ella dijo acerca de los diarios lo siguiente:
“El hábito de escribir sólo para mis ojos es buena práctica. Eso afloja los ligamentos. No importan los accidentes ni los tropiezos”.
La escritura personal ayuda a ver los errores de la vida y de la escritura, enseña que somos nuestro pasado, refresca nuestra memoria, pero también nos permite analizar nuestros cambios.
“Sin embargo noto que escribir este diario no cuenta como escribir, pues acabo de releer el diario de mi año y estoy muy impresionada por el galope desordenado con el que se balancea, algunas veces dando sacudidas casi intolerables sobre los adoquines. Aun así si no lo hubiera escrito con rapidez, nunca lo habría escrito”.

André Gide (1869 – 1951)

El escritor francés y Premio Nobel de Literatura dijo lo siguiente acerca de la importancia de su registro de actividades diarias:
“Siempre que me preparo para escribir notas realmente sinceras en este cuaderno, voy a tener que llevar a cabo un desenredo tal en mi desordenado cerebro que aleje todo el polvo. Estoy esperando por una serie de bastas horas vacías, una larga edad, convaleciente durante la cual mis curiosidades constantemente despiertas estén en reposo. Estoy esperando por el momento en que mi único cuidado esté en redescubrirme a mi mismo”.
“Un diario es útil durante concisas, intencionales y dolorosas evoluciones espirituales. Entonces sabes donde te encuentras… un diario íntimo es interesante especialmente cuando registra el despertar de las ideas; o el despertar de los sentidos durante la pubertad; o si no, cuando sientes que estás muriendo”.

Ana Frank (1929 – 1945)

Es claro que el diario más importante del mundo tendría algo que decir acerca de la importancia de estos artefactos. Tal vez no es el mensaje, sino la intención y el contexto de lo que vivió que nos hace pensar en la importancia de sus palabras.
“Para alguien como yo, es muy extraño escribir en un diario. No sólo es que nunca he escrito antes, pero me afecta que luego yo, o alguien más, se interese por la vida de una estudiante de trece años”.

Oscar Wilde (1854 – 1900)

No podía faltar el escritor que estaba adelantado a su época, e incluso a la nuestra. Wilde era agudo y preciso con sus palabras. No necesitaba muchas palabras para transmitir lo que quería, no dejaba que se le escapara nada y es por eso que siempre necesitaba algo para escribir, como lo demuestra en estas palabras:
“Nunca viajo sin mi diario. Uno siempre debe tener algo sensacional que leer en el tren”.

 

Taller de Escritura – El cuaderno de notas

 

 

“¡Llegaron!” la nueva novela del controvertido escritor Fernando Vallejo

Hay libros que se escriben para morir en el punto final. Otros forman un interrogante. Y sólo unos pocos se elevan entre exclamaciones. Este es el caso de ¡Llegaron!, la última y exuberante obra de Fernando Vallejo (Medellín, 1942), que ahora publica la editorial Alfaguara. Su historia es la de su autor, su familia y, sobre todo, los recuerdos de infancia en la colombiana finca de Santa Anita, junto a sus abuelos. Pero lejos de quedarse en un paseo por un tiempo perdido, el texto sirve para un ajuste de cuentas con el presente. Ese universo amorfo e inagotable al que el narrador pasa a cuchillo página tras página. Desde Colombia hasta Dios. A veces lo hace con humor, otras con saña, pero siempre con voz propia. Una primera persona (el autor detesta el uso del narrador omnisciente) que, sentada en un avión con destino desconocido, rememora la vida y muerte de los suyos, se muestra a sí mismo sin pudor y hace estallar con su torrencial estilo todo lo que toca.

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—Hablo como pienso y escribo como hablo.

Vallejo vive en la Ciudad de México. Allí, en la frondosa avenida de Ámsterdam, pasea cada día a su perra, Brusca. Es un hombre elegante, de talante bondadoso, pero que, en su conversación, guarda siempre una navaja bien afilada. Preguntarle es verla brillar. Salvaje y tropical.

También es una empresa criminal eso que llaman pomposamente el islam: mahometanos asesinos y rezanderos
PREGUNTA. El libro se abre y cierra con exclamaciones. ¿Hay algo así como un ritmo exclamativo?

RESPUESTA. Exacto. Con exclamaciones. Solo que antitéticas. La de entrada es “¡Llegaron!”. Y la de salida “¡Se fueron!”. Claro que llegamos, claro que nos fuimos, como llegamos todos y nos habremos de ir todos. La literatura se escribe en prosa y la prosa antes que nada es ritmo. Pero del bueno. No los octosílabos asonantes y sonsonetudos de García Lorca. Esto que le digo es uno de los grandes descubrimientos míos, hecho después del agua tibia, que se lo debo a México, ya cumplidos mis 27 años, pues en Medellín nos bañábamos siempre con agua fría.

P. Su estilo es enormemente fluido. ¿Cómo trabaja un texto?

R. Lavando platos y paseando a mi perra, Brusca, por el camellón de la avenida de Ámsterdam de la Ciudad de México para que haga en público sus necesidades porque en privado, en la casa, no le gusta a la maldita. O mejor dicho bendita, porque la amo.

P. ¿Se identifica con la voz central del libro?

R. Mil por mil. Cien por cien. Ciento por ciento.

P. ¿Es un viaje por sus recuerdos?

R. Sí. Un viaje en avión tratando de ganarle la carrera a mi médico, el doctor Alzhéimer.

P. ¿Le gusta viajar en avión?

R. Mucho. Ahí o cuando lavo platos se me ocurren los libros. Viajo en clase turista y lavo platos más que por falta de dinero por humildad. A mí que no me venga el papa Francisco a dárselas de humilde, que él no lava platos y viaja en jet privado. Ah, no, perdón, calumnio, miento. Lava patas.

P. El libro tiene mucho humor. ¿Cómo se consigue?

R. Esa es una interpretación errada. Yo nunca escribo en burla: siempre en serio.

P. A la Iglesia le dedica constantes dardos. Por ejemplo: “Dios, como Pablo Escobar, no mata por mano propia, Él no se ensucia: para eso tiene sus sicarios”. ¿Le falta humor a la religión?

Los políticos son corruptos; los dictadores, corruptos; los tiranos, corruptos; los reyes, zánganos y corruptos…
R. Según Marx, la religión es el opio del pueblo. ¡Qué va! Ojalá. Me la fumaría enterita. La religión es una plaga. Todas, empezando por el cristianismo y el mahometismo, a las que hoy pertenece la mitad del género humano. El cristianismo no es una civilización, es una empresa criminal, y lo mismo eso que llaman pomposamente el islam: mahometanos asesinos y rezanderos. No hay Dios, Bergoglio, y nunca ha habido un Cristo de carne y hueso, sacado de una costilla de Adán o de un chorro de luz de las entrañas de la Virgen fecundada luminosamente por el Espíritu Santo. A la religión no le falta humor, lo que le falta es castigo.

P. Cuando ataca, lo hace con nombre y apellidos. Putin, Sarkozy y hasta Santos (“más estúpido que una película de avión”)… ¿Le gusta la polémica?

R. Yo con nadie polemizo. No soporto que me contradigan.

P. Dice usted de los colombianos que son “chusma carnívora y paridora, cristiana y futbolera”. ¿Existe posibilidad de que usted se reconcilie con Colombia?

R. Nunca me he peleado con esa mala patria. Simplemente, le ajusto cuentas cada vez que puedo.

P. ¿Es Santa Anita su infancia, la otra Colombia?

R. Así es. La más hermosa.

P. Dice su protagonista sobre Colombia: “Ya sé que por maldición eterna habré de volver a morir a ese moridero”. ¿Lo cree usted?

R. Estoy seguro, porque como yo soy el que voy a decidir mi muerte… A mí no me va a matar Diosito con un cáncer de páncreas o mandándome un sicario. No le pienso dar gusto a ese Viejo.

P. “El Homo sapiens es una fábrica de mierda”. ¿No le gusta el género humano?
El escritor colombiano, en su casa en la Ciudad de México. / JAIME NAVARRO
R. Me gusta que haya dicho “género humano” y no “raza humana” como muchos ignorantes traduciendo del inglés the human race; o “especie humana” como dicen los escrupulosos aduciendo que la del Homo sapiens es una especie y no un género. Sí, reparones, pero en términos biológicos, no de lenguaje. Las lenguas son caprichosas. Y la española ni se diga. Este es un idioma loco.

P. ¿De dónde le viene el interés por la gramática?

R. De Colombia, que está loca. Durante 50 años la gobernaron presidentes gramáticos del partido conservador, que creían en Dios y vivían en guerra permanente contra el que y los gerundios galicados. Y que no se le podía quitar la preposición a a las ciudades ni a los países cuando eran complemento directo. “Mas independizó Cataluña”. ¡Qué horror! Eso es incorrectísimo. Debe ser: “Mas independizó a Cataluña”. Cuando se consume esta separación vuelvo a España. Antes ni muerto.

P. No se fía de los políticos, o eso parece. ¿Pero se puede vivir sin ellos?

R. Los políticos son corruptos; los dictadores, corruptos; los tiranos, corruptos; los reyes, zánganos y corruptos; los curas, maricas y corruptos; el Papa, farsante y corrupto; los ayatolás, asesinos y corruptos; Castro, traidor y corrupto; Berlusconi, pederasta y corrupto; Putin, asesino y corrupto… Y así. Y todos ellos carnívoros.¡Hideputas!, les habría dicho don Quijote.

P. Colombia, la Iglesia, la podredumbre política, la muerte… ¿Se puede decir que forman parte de sus obsesiones?

R. La Iglesia y los políticos son roñas incurables. Y Colombia, una mala patria. Esta es la hora en que no acabo de ajustarle las cuentas.

P. ¿Cómo ve Colombia ahora? ¿Y México?

R. Igual de jodidos. Casi como España. En ese par de paisuchitos la gente se reproduce como animales, y se come a los animales. “¡No se reproduzcan como conejos!”, dijo Bergoglio. ¡Ah, sí! ¿Y la encíclica Humanae vitae de su predecesor Pablo VI en que este Papa prohibía el sexo no solo por fuera del matrimonio sino también dentro de él cuando no estaba destinado a la reproducción? Así que si usted quiere tener 20 coitos en su vida tiene que tener 20 hijos. Mi papá y mi mamá fabricaron 24. En la portada de ¡Llegaron! puede ver usted unos cuantos de ellos. Ahí estoy yo con gafitas. Mi papá, manejando. Mi mamá, con su benjamincito en brazos.

Toda mi familia tiene cuentas pendientes conmigo que no acaban de saldar. De libro en libro se las voy cobrando
P. Dentro del libro hay otro libro: ‘La libreta de los muertos’. ¿Los cuenta y recuerda usted?

R. Voy en el 858, que se dicen rápido pero que me costaron una vida y años de esfuerzos de la memoria. Son los que vi por lo menos una vez, pero en persona (no en el periódico o por televisión), y que sé con certeza que se murieron. Me dicen que Buñuel llevaba una libreta así. La llevaría, pero no como la mía, ni de lejos: en la mía hay putas, gigolós, travestis, políticos, atracadores, ladrones, sicarios. Y dos papas: Giovanni Battista Montini, alias Pablo VI, y Karol Wojtyla, alias Juan Pablo II. A uno lo vi con la capa al viento, a 20 metros, en la plaza de Bolívar de Bogotá; y al otro pasando en papamóvil por la avenida de los Insurgentes de la Ciudad de México, también a tiro de piedra. No sabe la alegría con que los anoté.

P. La muerte es una constante en su texto. ¿Le produce miedo? ¿Angustia? ¿Sensación de absurdo? ¿Soledad?

R. Terror, porque dejaría a mi perra, Brusca, huérfana.

P. ¿Es usted un hombre familiar? En el libro le da mucha importancia a la familia.

R. Toda mi familia tiene cuentas pendientes conmigo que no acaban de saldar. De libro en libro se las voy cobrando.

P. “Vivo para contener el caos”, dice su protagonista. ¿Es la literatura una forma de poner orden en las cosas?

R. No. Por el contrario. Nada de orden. Que se acabe la humanidad y volvamos al caos, que el orden cuesta mucho, inmenso esfuerzo, no paga el sacrificio.

P. ¿Cuándo sabe que ha terminado un libro? ¿Cuándo lo supo de este?

R. Cuando llego a la página 180. Más es mucho y menos poco.

“¡Llegaron!”

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En las afueras de Medellín, a mitad de camino entre los pueblos de Envigado y Sabaneta y entre naranjos y limoneros, en la falda de una montaña se alzaba la finca de la infancia, Santa Anita, mirando hacia la carretera. Desde su corredor delantero los abuelos los veían venir. «¡Llegaron!», decían aterrados cuando en la primera curva aparecía el Fordcito atestado, como si fueran la plaga de la langosta. No. A Santa Anita no la tumbaron ellos, el narrador y sus hermanos: la tumbó el derrumbe de la montaña en que se alzaba, que en una temporada de lluvias se vino abajo y se la llevó. Hoy que el narrador tiene la edad de los abuelos, al recordar, los días turbios del presente se tiñen de un color azul.

Quién es…

Fernando Vallejo Rendón (Medellín, 24 de octubre de 1942) es un escritor y cineasta colombiano, nacionalizado mexicano. Ha recibido numerosos reconocimientos por sus obras ―incluido los premios Rómulo Gallegos y FIL de Literatura en Lenguas Romances―, y se distingue por ser un asiduo crítico de la Iglesia católica, la manera de hacer política en Colombia, la falsa moral, la física, los formalismos. Es un acérrimo opositor del expresidente Álvaro Uribe. Dos novelas suyas ―El desbarrancadero y La Virgen de los sicarios― figuran en los 15 primeros lugares de la lista confeccionada en 2007 por 81 escritores y críticos hispanoamericanos y españoles con los mejores 100 libros en lengua castellana de los últimos 25 años.2 Este escritor es ateo declarado.

En 2012 fue reconocido como uno de los «diez intelectuales más influyentes de Iberoamérica 2012» por los lectores de la revista Foreign Policy.3

Vallejo ha destacado mundialmente por sus novelas, pero ―además de nueve de ellas (cinco de las cuales conforman un ciclo autobiográfico)―, ha publicado tres libros de ensayos, una gramática del lenguaje literario, dos biografías de poetas de su país (José Asunción Silva y Porfirio Barba Jacob) y una del filólogo colombiano Rufino José Cuervo. Su actividad como director y cinematógrafo, anterior a toda su obra literaria, dejó tres películas, dos de tema colombiano, pero producidas en México.

Los cinco libros de su autobiografía titulada El río del tiempo son: Los días azules (1985), que refleja varios episodios de la infancia del autor en los escenarios de la finca de sus abuelos (Santa Anita) y el tradicional barrio Boston de Medellín; El fuego secreto (1987), donde explora como adolescente los caminos de la droga y la homosexualidad en Medellín y Bogotá; Los caminos a Roma (1988) y Años de indulgencia (1989) narran sus experiencias en Europa, especialmente en la capital italiana, y en Nueva York; Entre fantasmas (1993) comprende los años en que ha residido en Ciudad de México, donde vive desde 1971.

Vallejo es autor de la biografía del poeta antioqueño Miguel Ángel Osorio, mejor conocido como Porfirio Barba Jacob. Titulada El mensajero (1987), es el producto de más de diez años de constante y rigurosa investigación por Colombia, Centroamérica y México.

En 1994 publicó una novela fuera de su ciclo biográfico, La Virgen de los sicarios, sobre la violencia del narcotráfico en Medellín. Fue llevada al cine por Barbet Schroeder y recibió críticas encontradas.

Con El desbarrancadero ganó el Premio Rómulo Gallegos, uno de los más prestigiosos de la lengua española, en 2003. En medio de alusiones autobiográficas y con la inaudita fuerza de un lenguaje descarnado, Vallejo describe en esta obra la enfermedad y la muerte de su hermano Darío, presentando reflexiones sobre los temas de la enfermedad (el sida concretamente), la crisis de la familia, la violencia cotidiana y la iglesia católica como mal social.

En La rambla paralela (2002) un cadáver ambulante circula alucinadamente por una Barcelona asfixiada por el calor y que en la voz del narrador se confunde con Medellín y México, por medio de una prosa llena de furia y nostalgia, donde se funden en uno pasado, presente y futuro.

Mi hermano el alcalde (2004) ―novela inspirada en la figura de su hermano Carlos, alcalde del municipio de Támesis, en Antioquia―, describe irónica pero festivamente los rituales electorales sudamericanos: promesas irrealizables, votos comprados, electores fantasmas y compadrazgos. Tras luchar a brazo partido con su ingénita honradez, el protagonista es elegido alcalde y su gestión, saturada de problemas económicos y judiciales, redunda en un gran progreso para la ciudad.

Como cineasta, escribió y dirigió en México dos películas sobre la violencia en Colombia: Crónica roja (1977) y En la tormenta (1980). Un tercer film La derrota (1984), coescrito con Kado Kostzer, significó su último trabajo como director. En 1985 Procultura publicó su edición de la Poesía completa de Porfirio Barba-Jacob. Diez años más tarde publica el resultado de su extensa pesquisa tras el recuerdo de quien fuera uno de los grandes poetas colombianos: José Asunción Silva; esta biografía, llamada Almas en pena, chapolas negras, describe el desfalco financiero del poeta y refleja el ambiente bogotano para finales del siglo XIX. Con esta obra renueva el género.

La mayor parte de sus novelas tienen por escenario Colombia y sus temas recurrentes son la violencia, la homosexualidad, la adolescencia, las drogas, la muerte y la defensa de los animales.

Vallejo también ha cultivado el ensayo: en 1983, el Fondo de Cultura Económica publicó en México Logoi: una gramática del lenguaje literario, un ambicioso proyecto investigativo sobre la escritura literaria, en el que resaltan puntos de vista originales y críticos sobre el lenguaje, su uso y sus límites; en La tautología darwinista (1998) intenta refutar la teoría darwinista de la selección y adaptación como causas de la evolución, que acepta pero teniendo como causa exclusiva las modificaciones que aleatoriamente pueden producirse en el ADN a nivel molecular, sin intervención ni influjo del medio ambiente ni de ninguna causa exterior.

Como narrador ofrece una visión insolente, iconoclasta, negra y profundamente pesimista del mundo. Su estilo es áspero y vigoroso y en conjunto representa una de las cumbres de la actual narrativa colombiana. Un ensayo más, el Manualito de imposturología física (2005), ofrece una discusión, en forma de sátira, de las construcciones teóricas de la física; en la voz de un erudito narrador, Vallejo acusa de impostores a los máximos representantes de la física con la ayuda de la ‘imposturología’, una ciencia de la impostura inventada por él. El libro ha sido objeto de críticas especializadas.11 12

El año 2007 publicó La puta de Babilonia, un ensayo histórico extenso y prolijo, en el que Vallejo expone una crítica al cristianismo y la Iglesia Católica. Él ha definido el libro como un prontuario de crímenes del Vaticano. En principio debería haber sido publicado por Santillana, la editorial del Grupo Prisa, pero esta le pidió que eliminara «referencias antimusulmanas, por miedo a las represalias. Él se negó y fue a Planeta, que se la publicó tal como él la escribió.13

En 2011 ganó el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances otorgado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, por ser un escritor que expresa «su emoción con la voz de un artista en el que coinciden la realidad de un mundo raro con la imaginación».

Fernando Vallejo resalta la tradición contestataria de la intelectualidad antioqueña, prosiguiendo a nombres como el mismo Barba-Jacob y Fernando González. El gran amor de su vida son los animales y su única causa es su defensa.

Novelas

El río del tiempo (edición completa en 1999) es una pentalogía compuesta por las novelas:
Los días azules, Santillana, México, 1985
El fuego secreto, Santillana, México, 1987
Los caminos a Roma, Santillana, México, 1988
Años de indulgencia, Santillana, México, 1989
Entre fantasmas, Alfaguara, México, 1993
La Virgen de los sicarios, Alfaguara, Bogotá, 1994
El desbarrancadero, Alfaguara, 2001; Premio Rómulo Gallegos 2003
La rambla paralela, Alfaguara, 2002
Mi hermano el alcalde, Alfaguara, 2004
El don de la vida, Alfaguara, 2010
Casablanca la bella, Alfaguara, 2013
¡Llegaron!, Alfaguara, 2015

 

 

El manifiesto de Fernando Vallejo

 

 

Entrevista realizada por Babelia, El País, noviembre 2015.

 

¿Quieres escribir bien? ¡Santiago Roncagliolo te cuenta cómo hacerlo!

“Tengo muchas ideas para una novela, pero no sé cómo pasar del pensamiento a la acción”
“¿Cómo desarrollo personajes?”
“Me gustaría saber cómo acercarme a las editoriales”
Éstas son algunas de las cientos de dudas de nuestros lectores dirigidas al escritor peruano Santiago Roncagliolo. Muchos de ustedes quieren saber cómo escribir bien y llegar a ser un escritor o escritora exitosos.
Recibimos tantísimas preguntas que decidimos agruparlas (¡nos hubiese encantado poder poner cada uno de sus nombres!) y volar a Barcelona para que el autor de “Abril Rojo” les ayudase en esta tarea.
Santiago Roncagliolo, limeño residente en España, dio este taller de escritura virtual en el marco del festival digital HayFestivalMéxico@bbcmundo, del que BBC Mundo es co-productor.
Roncagliolo es novelista, periodista, guionista, dramaturgo y traductor y el tema principal de sus libros es el miedo. Ha sido galardonado con el Premio Alfaguara de Novela (2006) y el Independent Foreign Fiction Prize (2011).
—-
El Hay Festival México es un encuentro entre distintos pensadores y personalidades para debatir sobre el mundo de hoy e imaginar el de mañana.

 

http://www.bbc.com/mundo/video_fotos/2015/10/151020_hay_festival_mexico_santiago_roncagliolo_taller_interactivo_cof/embed

 

Cynthia Ozick una escritora entre las sombras…

Los caprichos de la industria editorial española han hecho que Cynthia Ozick (Nueva York, 1928), una de las grandes de la literatura anglosajona del siglo XX, haya pasado más o menos desapercibiba. «Los papeles de Puttermesser» (Mardulce), novela inédita hasta ahora en español, es una espléndida oportunidad para reivindicar la figura de esta «Emily Dickinson del Bronx».

Su obra, crecida al amparo de Henry James (su héroe literario), ha definido como pocas las sombras de la inmigración, las cicatrices del Holocausto (ella es judía) y la construcción de la identidad cuando todo, salvo uno mismo, está perdido. A sus 86 años, Ozick sigue escribiendo sin premura ni descanso y respondió, vía e-mail, la llamada de ABC Cultural. Lo hizo a su manera, tomándose «la libertad de abordar muchas» de las preguntas que recibió «como un todo puntillista, en lugar de tratar de responderlas una a una».

«Para empezar -asegura la escritora-, su pregunta más intrigante: sí, creo en la verdadera existencia de la musa; conozco bien su carácter y la puedo describir. Es implacable. Acecha siempre en segundo plano, suspendida del techo o agazapada bajo una silla. Si intentas asustarla, permanece obstinadamente presente, molestando, reprendiendo, exigiendo. Interrumpe las comidas, no te deja dormir, y si echas una cabezadita, te persigue en sueños.»

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«El Holocausto me busca y me atrapa, incluso contra mi voluntad»
«A mí me invadió por primera vez -añade Ozick- cuando era muy joven, y nunca desde entonces me ha concedido un momento de paz. La reconocí de inmediato, incluso de niña. Así que cuando me preguntan, como usted ahora, qué me lleva a escribir una novela y si he nacido para ser novelista, sólo puedo decir que yo no he tenido nada que ver, me ha sido impuesto; nunca ha sido una cuestión de personalidad.»
«En cualquier caso -concluye la autora-, pasaron años antes de que me sintiese capaz de afirmar que era escritora. Aunque escribía constantemente, no me permití dicha afirmación hasta que dispuse de un número adecuado de publicaciones. Para entonces, por supuesto, me había convertido en una especie de fanática, ‘‘normal’’ en apariencia, pero una anomalía en la sociedad (como lo es, por naturaleza, todo escritor obsesionado con las palabras), y prefería las ideas a la cháchara, y respirar libre en soledad y en el silencio de la noche. Es entonces cuando uno se libera de la musa y de sus incesantes arengas: viendo que ya no es útil (¡como si alguna vez lo hubiese sido, esa bribona!), huye al fin.»

– ¿Alguna vez ha pensado en el alivio que supondría decir basta, ya no escribo más?

– Me pregunto si esta cuestión está relacionada con la famosa confesión de Philip Roth: «Se acabó la lucha». Esto da a entender que el escritor ha estado, casi en todo momento, libre de la abrumadora interrupción externa. Un escritor que está sometido a interrupciones constantes no encontrará alivio en que se le permita parar, sino en que se le permita seguir, seguir y seguir.

– Ha escrito poesía, novelas, relatos cortos, ensayos…

– Escribí poesía de manera obsesiva en la adolescencia y hasta mediada la treintena. Alguien -¿T. S. Eliot o Goethe?- comentó que todo autor es poeta hasta los 35, pero sólo los verdaderos poetas lo siguen siendo; los demás pasan a ser meros escritores. La atracción de los relatos era, supongo, mayor. Un relato corto, construido como está sobre un solo destello revelador, su «epifanía», se acerca más en esencia a un poema. Pero una novela permite muchos de esos destellos, porque teje y teje su complejidad con múltiples hilos.

– ¿Cree usted en la literatura?

– Ah (suspira), sí. Por eso no acepto ningún enfoque, aparentemente literario, sobre la edad de un escritor. La palabra y la obra son intemporales. De modo que cuando me pregunta si el sentimiento que experimenté con mi primera publicación es distinto al que siento ahora, me siento sencillamente perpleja. La publicación (¡impresión, semiobsoleta impresión!) produce un sentimiento de culminación del que ningún escritor, novato o veterano, puede prescindir.

– ¿Tiene una noción platónica del escritor?

– Sí. La palabra disuelve el tiempo. Con ella podemos asociarnos con los antiguos, y penetrar en todos los credos y mensajes del mundo, y atisbar indicios del conocimiento y la sabiduría y, en último término, del amor y la mortalidad.

– ¿Puede un escritor evitar la ambición? ¿Qué opina del reconocimiento? ¿Piensa que sus libros la sobrevivirán?

– La ambición no tiene importancia literaria; es ansia de poder y fama. Aun así, puede ir, y a menudo ha ido, asociada con la escritura. Pero el de escritor es en esencia un trabajo humilde, plagado de hirientes dudas sobre uno mismo; aunque escribir sin reconocimiento significa un eclipse demoledor y doloroso. Estoy segura de que mis libros no me sobrevivirán: ¿con qué frecuencia lo hemos visto entre nuestros contemporáneos, aquellos que en otro tiempo estuvieron en boca de todos (y yo no lo estoy) y, al morir, mueren dos veces?

– El Holocausto figura en muchos de sus relatos. ¿Siente que es un tema que debe afrontar en su obra?

– Es un «tema» (qué palabra tan anodina para una matanza tan masiva y brutal) que me busca y me atrapa, incluso contra mi voluntad. Pero es Europa en particular, a pesar de las beaterías de sus múltiples monumentos, la que debería afrontar de nuevo su despiadada historia. En especial en este momento, cuando el «nunca más» se ha transformado en el «hagámoslo otra vez» de Hamás. Un sentimiento cordialmente, a veces alegremente, acompañado por un aterrador resurgimiento del antisemitismo en las grandes capitales de Europa.

– ¿Cuáles son las razones de ese antisemitismo?

– Siguen dando viejas «razones» como el libelo de sangre, nuevas «razones» como las mentiras, los engaños y los bulos demonizadores del antisemitismo, que hoy lleva la máscara fraudulenta del antisionismo. No faltan las falsedades derogatorias que adoptan la apariencia de una «razón». Quizá todo antijudío mantenga oculto un retrato de su propia alma y, al reflejarse en él, le revele la verdadera razón para odiar a los judíos: la depravación hasta la médula del que odia.

Mujer para archivar
POR RODRIGO FRESÁN
«Los papeles de Puttermesser» (*****)
Como el Patt Hobby de Francis Scott Fitzgerald, el Harry Towns de Bruce Jay Friedman, el Henry Bech de John Updike, y el Arthur Fidelman de Bernard Malamud, la Ruth Puttermesser de Cynthia Ozick (Nueva York, 1928) comenzó siendo carne de cuento para –recopilada en libro luego de varios años de andar suelta por ahí, en revistas como The Atlantic Monthly, The New Yorker, Salmagundi y en alguna de sus colecciones anteriores como Levitation— acabar configurando una especie de novela poliédrica y/o atomizada para armar o desarmar.
Y posiblemente sea aquí, en estos «papeles» –cinco legajos admirados y subrayados por David Foster Wallace, quien los consideraba textos claves para lo suyo– donde la ensayista y narradora Cynthia Ozick divierte más y más se haya divertido en toda su vida y obra. Lo anterior –que quede claro—no implica en ningún caso que su autora desatienda sus muy serias obsesiones de siempre y para siempre: la «locura del arte» de su maestro Henry James; la sombra luminosa de mártires por la causa en como Isaac Babel (cuya obra completa prologó con brillantez) y Bruno Schulz (cuya leyenda resucitó para su novela El mesías de Estocolmo); la inteligencia proto-feminista de George Eliot (y su modo de insertar fina erudición y potencia ensayística en sus ficciones); un muy particular tratamiento de los ancestrales mitos hebreos hasta alcanzar y fundirlos la épica trágica del Holocausto, una «idea» de Manhattan como territorio que, aunque se lo respete, no tiene por qué conformarse con lo estrictamente woodyallenesco; y, a partir de ahí, un muy personal sentido del tempo de la comedia judeo-neurótica.
Así, aquí viene Ruth Puttermesser: treintañera y ácida abogada de la gran ciudad, prisionera de un kafkiano escritorio en la intendencia municipal y víctima en serie de complots burocráticos que la van hundiendo más y más en una existencia gris. De pronto una joven sin techo muere de una sobredosis en su piso y a Puttermesser –presten atención, no se asusten — no le queda otra que, haciendo uso de la tierra en las macetas de sus plantas de interior, devolverla a la vida siguiendo las instrucciones de aquel rito que ponía en movimiento al Golem. A partir de entonces, esta criatura cabalística obedecerá sus mandatos leyendo el cerebro de su ama y saciará una demorada sed de venganza y elevará a Puttermesser hasta el trono de una implacable y justiciera alcaldesa. Y esto es solo el principio. A lo largo de varias décadas –luego de conseguir desactivar a su monstruo justiciero– Puttermesser se verá románticamente relacionada con el copista de pinturas maestras Rupert Rabeeno revisitando –en su imaginación y corazón—el romance tardío de su idolatrada creadora de Middlemarch; recibirá y soportará la visita de una vulgar prima de Moscú (tramo basado en un episodio de la vida real y familiar de Ozick, lo que le trajo algún que otro problema con sus parientes en Rusia); para morir casi septuagenaria y violada y asesinada. Lo que no significa que todo acabe aquí para nosotros y ahí para la pobre Ruth: una última entrega nos revela a Puttermesser habitando un Paraíso donde se le concede la dudosa recompensa de que todos sus sueños se hagan realidad. Así, Ruth se casa con aquel hombre de sus sueños que se le escapó hace medio siglo y tiene el hijo que nunca tuvo. Pero, por supuesto, cabía esperarlo: ese cielo también está lleno de nubes de tormenta. Y, al final, sólo hay tiempo y espacio para una epifanía: Ruth descubre que su apellido significa, en yiddish, «cuchillo para la mantequilla». Es decir: algo suave sobre lo que deslizar algo afilado, algo que se supone útil e inofensivo pero que, si se lo clava con fuerza, deja huella y derrama sangre. Como el genio y el ingenio de Cynthia Ozick para cortar y hacer pedazos –una y otra vez, hasta cinco veces– a Ruth Puttermesser.

 

LOS PAPELES DE PUTTERMESSER (EN PAPEL)
CYNTHIA OZICK , MARDULCE, 2014

Considerada por David Foster Wallace y Alice Munro, entre otros, como la mejor escritora norteamericana contemporánea, los libros de la autora americana han sido abundantemente traducidos al castellano. Sin embargo, esta obra, novela imprescindible en su obra, permanecía inédita en español. Verdadera maestra en el arte de n arrar, la autora se divierte y nos divierte con un universo cargado de humor judío, erudición centro-europea, y un gusto por los personajes absolutamente singulares y desopilantes. En esta obra se narra la historia de una funcionaria neoyorquina, relegada en el escalafón estatal. Para salvar lo que ella siente como una humillación, inventa un Golem y gracias a él? ¡Llega a ser alcalde! Pero su carrera ascendente durará poco, e inmediatamente acontece la caída, igualmente llena de ironía.

Los-papeles-de-Puttermesser

 

 

¨Quinteto de Mogador¨: Alberto Ruy Sánchez

Joaquín Ruy Sánchez, su padre, nació en Navojoa, Sonora, en el norte de México. Lo mismo que su madre, María Antonieta Lacy, que nació en Cajeme (Ciudad Obregón), ambos de familias sonorenses por muchas generaciones. Alberto fue el primero de cinco hijos; sus hermanos son Joaquín, Ernesto, Martha y María Antonieta. Por los azares del trabajo del padre, la familia vivía parte del año en la ciudad de México y otra en el norte, incluyendo estancias más largas en Ciudad Obregón y en Villa Constitución (pequeña población en pleno desierto de Baja California Sur). Eso le dio a Alberto una temprana y rica experiencia del desierto, iniciado en ella por las exploraciones de su padre y por un guía, un indígena del pueblo yaqui que siempre le contaba historias.

La memoria involuntaria y el descubrimiento de Otro México
Alberto Ruy Sánchez había olvidado esa primera infancia hasta que, en 1975, al visitar el Sahara por primera vez, todo vino a su mente de golpe. De ese acto de memoria involuntaria él construyó una relación especial con el desierto de Marruecos y particularmente con una ciudad que fue alguna vez puerta de las caravanas transaharianas: el antiguo puerto de Mogador, desde 1955 renombrado Essaouira. E hizo de él escenario de la mayoría de sus novelas y relatos. Como explica en su ensayo.1 Los nueve regalos que me dio Marruecos: «Mi primer viaje a Mogador se hizo más profundo y prolongado de lo que yo podía haber sospechado. Primero tuve el impacto de descubrir un lugar que a pesar de la distancia geográfica de México me provocaba una potente sensación de reconocimiento, mucho más grande que la que cualquier mexicano tiene al llegar a España. Una extraña combinación de lenguaje corporal, arquitectura, geografía y objetos artesanales me hacían sentir que me adentraba en Otro México (…) Nuestra cultura se deriva sin duda de cinco siglos de mestizaje entre pueblos indios y españoles, pero no debemos dejar de lado el hecho de que una amplia vena árabe corre en nuestra venas y que nos llegó a través de los cuerpo españoles. No se puede olvidar que durante ocho siglos dos terceras partes de lo que ahora son España y Portugal fueron árabes en sus maneras y vivieron, hicieron cerámica y ropa y edificios al modo de la civilización andalusí.»

La cultura barroca y el valor de los sentidos
Alberto Ruy Sánchez recibió una seria educación humanística en los colegios jesuitas. De ahí obtiene «una tenaz noción barroca del mundo como una realidad compleja que sólo puede ser comprendida y vivida plenamente tanto a través de la inteligencia como de los sentidos». Así, en su poética narrativa siempre está presente como un principio artístico el modo barroco de escuchar con los ojos, mirar con los dedos y los oídos, gustar con el olfato.2

El placer de escuchar y contar historias
La extensa familia sonorense emigrada a la ciudad de México se reunía con frecuencia a contar historias. De ahí surgió su deseo de convertirse en escritor, «a partir del enorme placer de escuchar y contar historias y admirando tanto la destreza de quienes lo hacían como el valor de lo compartido».3 Un deseo confirmado muchos años después, cuando visitó Marruecos y estuvo en la Plaza Xemaá-el-Fná de Marrakech, cuyos contadores de cuentos tradicionales han sido considerados por la Unesco Patrimonio Oral de la Humanidad (junio de 1977).4

Una búsqueda doble
Un cuarto hilo biográfico presente en su trabajo (después del descubrimiento de otro México, el valor barroco de los sentidos y el placer de contar historias) es el hecho de que Alberto Ruy Sánchez considera que sus novelas son parte de una búsqueda. Por una parte, búsqueda de conocimiento en el doble sentido de saber más sobre la vida y también en el sentido de ir más allá de una realidad condicionada: investigación y trascendencia. Su búsqueda tiene un nombre: el deseo. Comenzó a escribir en un esfuerzo por comprender el deseo femenino a través de historias que las mujeres le contaban o de las que le tocó ser testigo. Y de ahí surgió su novela Los nombres del aire. Con ella inauguró un ciclo que incluiría más tarde En los labios del agua; los jardines secretos de Mogador; Nueve veces el asombro; y algunos otros títulos mogadorianos. Todos ellos escritos a lo largo de veinte años aproximadamente. Como cada libro publicado provocaba una respuesta masiva de correo de lectoras que hacía suyo el relato, Alberto Ruy Sánchez comenzó a integrar una parte de esa reacción en cada nuevo libro de la serie.5 Podría haber una explicación de esta obsesión de hacer de la obra una búsqueda, en el hecho de que, entre los múltiples trabajos que llevó a cabo como estudiante en París, fue estudiante de Tantra y después instructor. El doble sentido de la palabra Búsqueda en sus libros, como investigación sobre el deseo sexual y como trascendencia espiritual a través del cuerpo tiene tal vez en el tantra una de sus explicaciones aunque el autor no lo hace explícito. De todo esto se deriva un tercer sentido de la palabra búsqueda: la búsqueda de producir un objeto artesanal y artístico de alta calidad, cuando declara que sus libros son «objetos materiales, composiciones geométricas y artesanales que pueden ayudar a los lectores a pensar, a sentir, a vivir, a comprender y mejorar sus vidas»

Iniciación
De 1975 a 1983 vivió en París, donde estudió con Roland Barthes, su director de tesis. Siguió los seminarios de los filósofos Michel Foucault, Jacques Rancière, Gilles Deleuze, Francois Châtelet, y del historiador del arte André Chastel. Recibió el doctorado en la Universidad de París VII. De regreso en México, de 1984 a 1987 fue jefe de redacción y luego editor de libros en la revista Vuelta, dirigida por Octavio Paz, quien lo consideraba «uno de nuestros mejores ensayistas: su escritura es nerviosa y ágil, su inteligencia aguda sin ser cruel, su ánimo compasivo sin condescendencia ni complicidad (…) es también el más raro de los escritores mexicanos, un verdadero poeta cosmopolita que cuenta historias desde un territorio más amplio que un país, porque es el poeta de la piel. Por eso su lenguaje es el tacto, el sentido que implica a todos los demás». Y el cubano Severo Sarduy escribió: «inventó no sólo novelas sino un nuevo modo de aprender a leer, desde la fulguración».

Obras

Novelas

1987. Los nombres del aire.
1996. En los labios del agua
1998. De agua y Aire. Disco.
2001. Los jardines secretos de Mogador.
2005. Nueve veces el asombro.
2007. La mano del fuego.
2014. “Quinteto de Mogador.”
Relatos y cuentos

1987. Los demonios de la lengua.
1994. Cuentos de Mogador.
1999. De cómo llegó a Mogador la melancolía.
2001. La huella del grito.

Ensayos

1981. Mitología de un cine en crisis.
1988. Al filo de las hojas.
1990. Una introducción a Octavio Paz. Nueva edición en 2013.
1991. Tristeza de la verdad: André Gide regresa de Rusia.
1992. Ars de cuerpo entero.
1995. Con la Literatura en el cuerpo.
1997. Diálogos con mis fantasmas.
1999. Aventuras de la mirada.
2000. Cuatro escritores rituales.
2011. La página posible.
2011. “Elogio del insomnio”
2014. “Octavio Paz: cuenta y canta la higuera.”
Poesía

1990. La inaccesible.
2006. “Lugares Prometidos”.
2006. “El bosque erotizado”.
2011. “Decir es desear.”

El Librero de Alberto Ruy Sánchez

Vista de fuera, nadie imaginaría que dentro de esa casa hay una gran biblioteca dividida por autores y en orden alfabético. Se trata de los libros del escritor mexicano Alberto Ruy Sánchez (1951), quien admite que no los colecciona. El autor de volúmenes como Los demonios de la lengua, En los labios del agua, Los jardines secretos de Mogador, Elogio del insomnio y, recientemente, Quinteto de Mogador, nos contó esto sobre su(s) librero(s).

 

Quinteto de Mogador

Sobre el hecho de que amar es como leer un libro erótico que en nuestras manos constantemente se transforma.Sobre la absoluta imposibilidad de describir con certeza el fuego desde el fuego.Essaouira o Mogador, ciudad marina, amura­llada y laberíntica, ciudad de deslumbrante belleza, deseable, de­seante y nunca de verdad poseída, metáfora de la búsqueda amo­rosa y a la vez de la mujer amada. ¿Pero de verdad existe Mogador o, como aseguran algu­nos, es el nombre de una mujer descrita como un puerto? ¿Por qué dicen que ella siempre seduce pero nunca se la posee com­pletamente?El deseo se dibuja en Mogador con cinco colores o cinco elementos: aire, agua, tierra, fuego y la quintaesencia, el asombro. Los cinco libros que forman el Quinteto de Mogador —Nueve veces el asombro, Los nombres del aire, En los labios del agua, Los jardines secretos de Mogador y La mano del fuego—, reunidos por primera vez en un solo volumen, construyen un microcosmos en cuyo centro late la búsqueda del amor y, a la vez, de la mujer amada.Aire devorado por el agua que absorbe la tierra y sus jardines, que consume ávidamente el fuego. Vista en su conjunto y con asombro, piensa ella recorriendo con la mirada los círculos espirales del Quinteto de Mogador, esta habitación de azulejos y caligrafía que hemos construido es como una máquina para ayudarnos a vivir y pensar el deseo. Un lugar donde mil y una historias, revelaciones e ideas, desde hace más de veinte años se nos entretejen. Y uno puede deambular entre los círculos y las piezas con enorme desenvoltura. El gusto de leer a saltos y a ratos, mirar al azar, escuchar por placer lo que nos plazca de todo lo que nos ofrecen.

9786073130516