El viento de las horas: Angeles Mastretta.

 

La serenidad le ha dado a la escritora Ángeles Mastretta el espacio y el tiempo para disfrutar más de sus horas y de los momentos de su vida, los cuales se almacenan en su memoria fresca, en un viaje al pasado, que se conjuga con el presente, que la mantienen activa y que la conectan con la felicidad.

Explica que contar sus recuerdos en el libro “El viento de las horas” es sentirse vulnerable, pero también es un vínculo con sus lectores.

“Es esta necesidad de contarles a otros que soy vulnerable para contármelo a mí, para sacármelo de adentro, tú no puedes andar diciéndole a los otros que eres feliz, pero puedes contarlo por escrito y sacarte eso del corazón, ¿para qué?, cuando uno busca las memorias —porque otras vienen a ti—, es porque te hacen falta para comprender cosas que no te entiendes y las explicas, los dolores y alegrías te aclaran eso sobre ti y para mi fortuna se las aclaran a otros”.

Señala que hay gente que le gusta que ella haga eso a través de sus textos —contando sus memorias—, pero también hay otra gente que lo considera una impudicia y se lo preguntan, “’¿qué a usted no le avergüenza contar su vida?’, no, no me la da. Compartir con otros lo que te pasa es bueno porque te alivia y alivia a los demás”.

“En el viento de las horas”, Ángeles habla de su infancia, de su reunión con su maestra de la primaria, luego de varias décadas, de cuando su madre fallece y hay una reunión de los hermanos para quedarse con los recuerdos que les causan un gran valor sentimental. Cuando en su casa se comía pasta —de la verdadera italiana—, de donde era su padre.

 

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El viento de las horas, es así: una mezcla de pasado con presente — en la portada aparece sentada en una silla de madera de su abuela y en el interior en una fotografía actual en la misma silla — que hace relativo el tiempo. Surgió de “una continuidad de deseos”.

“Este libro es un divertimento, está hecho de trozos de memoria, yo lo llamo de indulgencias del olvido”, dijo Mastretta. “De repente andas concentrada en el presente y un permiso del olvido te recuerda cosas”.

Mastretta también ha abordado su vida en El cielo de los leones y La emoción de las cosas, al que considera hermano de su más reciente título por compartir esa manera de recordar mezclando el presente y el pasado, sin hacerlo de una manera lineal.

Pero en El viento de las horas el tono en general es de más serenidad y mucha reflexión: “Ahora estoy a mucho más tiempo de haberme vuelto huérfana del que falta para que mis hijos sean huérfanos (.) Así que he de volver a lo de hoy. A las drásticas, efímeras jacarandas”, señala en uno de los capítulos.

“Hay una parte de dolor que se matiza porque ya te pasó lo peor que te podría pasar”, dijo la autora sobre las ventajas de llegar a la tercera edad.

“Vivimos como vivos eternos, entonces se nos olvida que nos vamos a morir, peor aún se nos olvida que se nos van a morir los nuestros”, apuntó. “Yo siempre digo que yo no le tengo miedo a mi muerte porque yo no voy a estar en mi muerte, le temo a la muerte de los otros, esos son los grandes abismos, lo demás casi te diría que son puras alegrías”.

En el libro rescata especialmente a la figura de su hermana Verónica, un año menor que ella, activista ecológica y exdiputada de quien dice que “es un torbellino, esa sí tiene méritos”.

Somos “unas comadres, después de viajar un mes juntas — ella vive en Puebla — en el aeropuerto cuando nos despedimos decimos ‘chau, nos hablamos”’, dijo.

Así como pasa el tiempo en su libro sus lectoras van cambiando y haciéndose más jóvenes, al sumarse nuevas generaciones.

“Tenía 32 años cuando saqué Arráncame la vida y la gente que me venía a pedir autógrafos era gente de mi edad. Después seguían viniendo las de mi edad con sus hijas y ahora a las de mi edad les da un poco de flojera venir, entonces vienen las hijas y me piden para ellas y para sus mamás o incluso para sus abuelas”, relató.

Los despachos del Poder – Ángeles Mastretta

 

 

El escritor de los secretos: Boubacar Boris Diop

Boubacar Boris Diop (Dakar, 1946) es uno de los grandes escritores actuales de África. Autor de varias novelas en francés y wolof desde principios de la década de los ochenta, como Le cavalier et son ombre (1997); Murambi, le livre des ossements (2000); o Doomi Golo (2003), asimismo redactó junto a François-Xavier Verschave y Odile Tobner el libro-respuesta Négrophobie (2005) como crítica a las tesis racistas promovidas desde ciertos ámbitos intelectuales franceses.

Antiguo director del periódico senegalés Le Matin, colabora habitualmente en la prensa internacional, en especial en Le Monde Diplomatique y Courrier international (Francia); Le Quotidien (Senegal); Internazionale (Italia); y Neue Zürcher Zeitung (Suiza). También es autor de guiones cinematográficos (Le prix du pardon de Mansour Sora Wade; Un amour d’enfant de Ben Diogaye Bèye), coordina diversos talleres de escritura en Senegal, Mali, Níger y Burkina Faso y visita regularmente diversas universidades africanas e internacionales como profesor invitado.

Su obra es una meditación sobre la condición humana a través de las tragedias y las esperanzas del continente africano. Fuertemente comprometido con la justicia social en África, es miembro del Foro Social Africano y participó como representante de este en el Foro Social Mundial de Porto Alegre.

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Su más reciente obra: el libro de los secretos

Lamentablemente a este señor hay que presentarle, al menos, al gran público. Boubacar Boris Diop (Dakar, 1946) es uno de los más grandes escritores africanos de la actualidad y, obviamente, de la literatura de su país. Por cierto, este, Senegal, es una nación con particularidades tan edificantes como no haber sufrido nunca un golpe de Estado ni haber estado jamás sometida a una dictadura militar. Boris Diop ha venido, eso sí, siendo traducido en nuestro idioma. Disponibles tenemos, además de El libro de los secretos, los siguientes títulos: África desde el otro lado, El osario o Los tambores de la memoria, novela esta fascinante al igual que la aquí reseñada. Boris Diop, a partir del drama sucedido en las matanzas de Ruanda, participó en 1998 en un proyecto — Rwanda, écrire par devoir de mémoire— junto a otros escritores africanos.

De todo ello Boris Diop entregó Murambi, le libre des ossements, una estremecedora novela no disponible en ninguna lengua de nuestro país. De esa experiencia el escritor senegalés sufrió una transformación esencial. Hasta ese momento todos sus libros habían sido escritos en francés. Sin embargo, El libro de los secretos ya lo escribió en wolof, su lengua materna. Hoy por hoy el senegalés es un militante de que los escritores escriban en su lengua natal, por minoritaria que esta sea.

El libro de los secretos —en wolof Doomi Golo significa “los hijos de la mona” (título que también conservó en la versión francófona)— narra el testimonio del anciano Ngirane Faye. Este, al presentir su muerte, decide dejar por escrito todo aquello que sobre su pueblo, su padre y su familia quiere que Badou, uno de sus nietos, conozca.
El padre de Badou emigró hace años para triunfar como futbolista en el Marsella, pero se lo acaban de devolver dentro de un ataúd. Faye no sabe nada de su nieto y duda que vuelva a verlo. Dicta, habla o escribe estos siete libros, agujeros y puertas que se comunican, nos extravían y hechizan. El argumento realista empieza con la repatriación del cuerpo del padre de Badou y la llegada de la esposa de este, Yacine, y sus otros dos hijos. Aunque en el pueblo de Niarela también está la novia que dejó el padre de Badou.

El marco argumental es casi una excusa —pero, a pesar de ello, el libro se cierra bien— porque más allá de aquel, este libro es un festín de algo que solo con un talento como el de Boris Diop se puede conseguir. El festín de la falsa percepción de la narración oral, una serie de afluentes de un mismo río que te acompaña, te voltea, te arrastra, te hunde y te salva, rico en matices, colores, que —repito— el talento y, claro, también el oficio de escritor, ha conseguido plasmarlo en papel, sin perder vitalidad, esa virtualidad de ir creciendo y explicándose, borrar sus propias huellas, encontrar meandros, oasis y lugares comunes.

Entras en el libro de un modo convencional, pero para disfrutarlo debes participar del aspecto onírico, de ese traspasar el espejo, las orillas de fechas y nombres, de mundo espiritual y realista, escatológico y hermoso, tremendo y vital que nos plantea su autor. El libro de los secretos habla de muchas cosas de dentro y fuera de nosotros, de lo que vemos y lo que no. Y en ese último aspecto, nos sugiere que es así cómo las naciones africanas han conseguido evitar que desaparezca su esencia, manteniendo protegido el corazón de su espiritualidad. De la colonización, de mitos, fábulas políticas, hijos y nietos que van al país de los blancos y de los que no se sabe nada o regresan en forma de fantasmas, aparentemente rotos los vínculos entre un mundo y otro. De la familia. De la pertenencia a un grupo social. Habla del poder y su decadencia. Habla de la pobreza y su mezquindad. De dignidad, de celos, de venganzas, de nietos que sustituyen a hijos, y de locos errantes, de ametralladoras y hombres que se resisten a morir. Y todo ello, con la solvencia magistral de un narrador que te escribe para que le escuches y le leas. No se lo pierdan.

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El libro de los secretos. Boubacar Boris Diop. Traducción de Wenceslao Carlos Lozano González. Almuzara. Córdoba, 2015. 320 páginas. 17 euros

 

Elsa Morante entre la literatura y la historia.

Elsa Morante (Roma, 18 de agosto de 1912 – Roma, 25 de noviembre de 1985) fue una escritora italiana, una de las más importantes de la segunda mitad del siglo XX.

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Infancia y juventud
Natural de Roma, la infancia de Elsa Morante transcurrió en el barrio popular del Testaccio. Hija ilegítima de una maestra judía (Irma Poggibonsi) y de un empleado de correos (Francesco Lo Monaco), fue reconocida como propia por Augusto Morante, vigilante en un instituto correccional de jóvenes. Elsa Morante comenzó muy joven a escribir cuentos y fábulas para niños, poesías y cuentos breves que fueron publicándose a partir de 1933 y hasta principios de la Segunda Guerra Mundial en varias revistas, entre otras en Il Corriere dei Piccoli, Il Meridiano di Roma, I Diritti della Scuola y Oggi.

Su primer libro publicado (Il Gioco Segreto, 1941) fue precisamente una selección de algunos de estos cuentos juveniles. En 1942 publica otro libro para niños, Le Bellissime Avventure di Caterì dalla Trecciolina (posteriormente reescrito en 1959 y publicado con el título de Le Straordinarie Avventure di Caterina).

Matrimonio con Alberto Moravia. Carrera literaria
En 1936 conoció al escritor Alberto Moravia con el que se casó en 1941; el matrimonio frecuentó a los mayores escritores y pensadores italianos de su tiempo, entre ellos a Pier Paolo Pasolini, muy amigo de Elsa y Alberto.

Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, para huir de las represalias nazis, abandonó con su marido la Roma ocupada y se refugiaron en Fondi, un pueblo cercano a Cassino. Esta zona de la Italia meridional aparecerá a partir de ahora de forma frecuente en la obra narrativa de ambos escritores: en el caso de Elsa Morante, especialmente en su novela La Storia. Durante este periodo empezó a traducir al italiano el diario de Katherine Mansfield y sus obras posteriores reflejarán la influencia de Mansfield. Después del final de la guerra, Morante y Moravia conocieron al traductor estadounidense William Weaver, quien les ayudó a ser conocidos por los lectores norteamericanos.

Primeras novelas
La primera novela que Elsa Morante publicó fue Menzogna e sortilegio («Mentira y sortilegio», 1948), que ganó el Premio Viareggio. Esta novela se publicó en 1951 en Estados Unidos con el título de House of Liars.

Su novela siguiente, L’isola di Arturo («La isla de Arturo»), se publicó en Italia en 1957, obtuvo el Premio Strega y alcanzó gran éxito de ventas. Damiano Damiani dirigió en 1962 la adaptación cinematográfica de la novela.

Años 60
Durante los años 60 Elsa Morante reflexionó sobre su narrativa y destruyó buena parte de lo que había escrito hasta aquel momento. Entre las obras que conservó se encuentra la poesía L’Avventura. En 1963 publicó una nueva selección de sus cuentos Lo scialle andaluso («El chal andaluz»). En su siguiente obra, Il mondo salvato dai ragazzini («El mundo salvado por los jóvenes», 1968), mezcla poesía, canciones y teatro.

Separación de Moravia y últimas novelas
Morante y Moravia se separaron en 1961 y ella continuó escribiendo sólo de forma esporádica. Trabajó durante estos años en una novela que no se publicó jamás: Senza i conforti della religione («Sin los consuelos de la religión»). Sí terminó y publicó en 1974 La Storia, una novela ambientada en Roma durante la Segunda Guerra Mundial. Tuvo gran fama internacional, pero recibió reproches despiadados por parte de algunos críticos. Luigi Comencini adaptó el texto para la televisión, con Claudia Cardinale como protagonista.

La última novela de Elsa Morante fue Aracoeli , publicada en 1982 (Premio Médicis) en 1984. Enferma tras una fractura del fémur, intentó suicidarse en 1983. Murió en 1985 por un infarto tras una segunda operación quirúrgica.

Hay un premio literario que lleva su nombre.

Bibliografía
Il gioco segreto, 1941
Le bellissime avventure di Caterì Dalla Trecciolina, 1942
Menzogna e sortilegio, 1948
L’isola di Arturo, 1957
Alibi (poesía), 1958
Lo scialle andaluso, 1963
Il mondo salvato dai ragazzini, 1968
La Storia, 1974
Aracoeli, 1982, premio Médicis de novela extranjera.
Pro o contro la bomba atomica e altri scritti (ensayos), 1987
Diario 1938, 1989
Opere, 1988-1990
Racconti dimenticati, 2002
Piccolo Manifesto dei Communisti (senza classe né partito), 2004
Ediciones en español
Araceli. Gadir Editorial. 2008.
El chal andaluz. Ediciones Cátedra. 2006.
Las extraordinarias aventuras de Caterina. Gadir Editorial. 2005.
La Historia. Círculo de Lectores. 1992.
La isla de Arturo. Espasa-Calpe. 2004.
Mentira y sortilegio. Lumen. 2012.

 

Araceli, obra de madurez de Elsa Morante y su cuarta y última novela, galardonada en su día con el premio Médicis, es una novela “española” en muchos sentidos. Su narrador, Manuele, nacido en Roma, es hijo de la española Araceli, que dejó su Almería natal al casarse. Tras la muerte de su madre, Manuele emprende un viaje en busca de sus desconocidas raíces y su perdida infancia feliz. Parte así hacia Almería, la tierra de su madre que, de niño, le hablaba y le cantaba en español. La acción se sitúa en noviembre de 1975, durante la agonía de Franco, un contexto que refuerza la reconstrucción de los recuerdos familiares de Araceli. En definitiva, una excelente novela, rica en todas sus facetas, en la que la memoria, la busca de la identidad, el encuentro con la madre perdida y la sensualidad constituyen elementos conductores.

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El Reino de Emmanuel Carrère

¿Cómo escribe Carrère?

Su estilo es mordaz y directo, desprejuiciado, cruzado por vidas que reflejan la precariedad del ser humano. Tramas envueltas por sucesos reales. “Evito calificarlo como novela. Ese género lleva el peso de la ficción y lo que yo hago no es ficción puramente, aunque estén escritas como tales, con sus trucos, pero sin inventiva”, ha comentado Carrère de su trabajo narrativo.

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Entre la novela y el ensayo, hay un territorio que podría confundirse con el relato autobiográfico, la investigación no académica, la realidad reelaborada por la ficción y la literatura de viajes. En ese espacio se despliega la obra de autores como Sebald, Chatwin, Knausgård y los últimos libros de Emmanuel Carrère (París, 1957). Carrère no muestra esa preocupación por el estilo que suele ser el sello característico de las letras francesas. Su prosa es sencilla, directa, humorística, sin afectación, casi periodística. Su experiencia como guionista de series televisivas se refleja en el carácter chispeante de sus libros. El Reino es un ambicioso trabajo que le ha ocupado siete años. Es la crónica de una efímera conversión al cristianismo y una minuciosa reconstrucción de la peripecia de Pablo de Tarso, que en ningún caso pretende usurpar el rigor del historiador profesional. En su juventud, Carrère experimentó una crisis personal. Después de publicar varios libros con un éxito discreto, se tambaleó su relación de pareja y su inspiración declinó. Jacqueline, su madrina, le incitará a buscar la Verdad y la Vida en Cristo, asegurándole que no hay otro camino para sobrellevar la existencia como “una carga ligera” y “un yugo suave”. Jacqueline no es una beata ni una fanática, sino una viuda joven e inteligente que compone una poesía “mitad amorosa mitad mística”. Con un notable conocimiento de las sabidurías orientales, practica el yoga y ha compuesto una parte “nada desde desdeñable de los cánticos que se usan en las iglesias católicas desde el Vaticano II”. Carrère admite que ha sido una de las personas más influyentes en su vida.
Durante algo más de cien páginas, el escritor narra su conversión al catolicismo. En el momento de escribir El Reino, apenas recuerda esa vivencia, que duró tres escasos años, pues el escepticismo acabó derrotando a la fe. De hecho, esa época le avergüenza, pues la idea de un dios encarnado, crucificado y resucitado le parece una tremenda insensatez, casi un atentado contra la razón y el sentido común. Afortunadamente, conserva unos cuadernos escritos en ese tiempo, cuando asistía a misa a diario y comulgaba con verdadera unción. La conversión de Carrère se produce en Le Levron, un pueblecito suizo donde pasa algunos veranos con su amigo Hervé. Un viejo sacerdote ortodoxo leerá un pasaje del Evangelio de San Juan que encenderá la llama de la fe: “En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven tú mismo te ceñías la cintura e ibas donde querías: pero cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te la ceñirá y te llevará a donde tú no quieras”. Carrère escribe a su madrina para transmitirle la buena nueva: “Desde hará pronto treinta y tres años, apoyándome sólo en mí mismo, no he dejado de tener miedo, y hoy descubro que se puede vivir sin miedo –no sin sufrimiento, pero sí sin miedo-, y no doy crédito a esta buena noticia. […] Ahora es Cristo el que me conduce. Soy muy torpe para cargar con su cruz, ¡pero sólo de pensarlo me siento tan ligero!”.
Carrère convencerá a su mujer para casarse por el rito católico y bautizará su segundo hijo con el nombre de Jean Baptiste. Todos los días leerá un pasaje del Evangelio de San Juan y anotará sus reflexiones. Comenzará a frecuentar a los escritores católicos: Bernanos, Bloy, Simone Weil, Edith Stein, Chesterton. Aunque se siente atraído por Santa Teresa de Jesús, su mujer, que ha crecido en un hogar profundamente católico, le recomienda que se acerque primero a Thérèse de Lisieux, más conocida como Santa Teresita, pues murió con sólo veinticuatro años. Sus cartas, poemas y oraciones son un inmejorable sostén en los momentos de vacilación. Santa Teresita conoció la “noche de la fe”, pero no perdió sus creencias. Atormentada por las dudas y por una incipiente tuberculosis, escribe: “Mi cielo es sonreír al Dios que adoro cuando él trata de ocultar mi fe”. Mientras agoniza, abraza fuertemente un crucifijo y exclama: “¡Oh, le amo!… Dios mío… te amo…”. En una de sus últimas cartas, afirma: “Yo no muero, yo entro en la vida”. La historia de Santa Teresita no afianza la reciente fe de Carrère. Al revés, le produce espanto y le recuerda los aspectos más sombríos del catolicismo: “el horror al sexo, el tormento de los escrúpulos, la tristeza que lo envuelve todo”. Su madrina intenta combatir sus dudas con las reflexiones de Edith Stein, fenomenóloga y carmelita de origen judío asesinada en Auschwitz: “Detrás de la cruz está la alegría y una alegría inexpugnable”. Eso sí, la fe exige sacrificarlo todo, imitar a Abraham, que aceptó inmolar a su hijo Isaac en el Monte Moriah. Carrère entiende que en su caso se trataría de sacrificar el eje de su vida: “la obra, la gloria, el rumor de mi nombre en la conciencia ajena”. Le parece excesivo e ilógico.
Carrère, que simultanea las misas diarias con dos sesiones semanales de psicoanálisis, lee un día en Liberation un breve artículo sobre un niño de cuatro años que se ha quedado paralizado, sordo, mudo y ciego a consecuencia de la anestesia en una operación rutinaria. Desde hace dos años, vive en esa situación. No está en coma, sino consciente, pero sin poder comunicarse con el exterior. El desgraciado niño se llama Gabriel, igual que el primer hijo de Carrère. El escritor llora con grandes convulsiones ante su psicoanalista, confesándole que la última palabra, el fondo de lo real, no es el amor infinito de un Dios inexistente, sino “el horror absoluto, el espanto innombrable de un niño condenado a una oscuridad eterna”. Su fe se desvanece. La última anotación de su cuaderno es desgarradora: “Te abandono, Señor. Tú no me abandones”. Aunque parezca que prevalece un aire trágico, Carrère nunca pierde el sentido del humor ni la frescura. No es –ni pretende ser- Dostoievski.
La segunda –y más extensa- parte del libro es una investigación fluida, brillante y desenfadada sobre Pablo de Tarso y Lucas, el médico macedonio que le acompañó en sus viajes, escribiendo un Evangelio y los Hechos de los Apóstoles. Aunque no recupera la fe, Carrère entiende lo que es el Reino. El Reino ya ha comenzado y se halla en cualquier lugar donde aparezca el amor (o ágape) del que habla San Pablo en la Primera Epístola a los Corintios: “El amor [o caridad] todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. Con una sinceridad conmovedora, Carrère finaliza su excepcional libro reconociendo que ha intentado entrar en el Reino, pero no lo ha conseguido. Muchos se identificarán con estas palabras, preguntándose si la fe no es una hermosa locura y la razón sólo una triste pordiosera.

RAFAEL NARBONA

Le livre qui a changé votre vie – Emmanuel Carrère

 

Emmanuel Carrère Le Royaume

 

Emmanuel Carrère (París, 1957) es un escritor, guionista y realizador francés, diplomado por el Instituto de Estudios Políticos de París. De niño, quiso ser arponero de ballenas, pero al final se dedicó a escribir. Hoy es uno de los narradores más relevantes de Francia.

Sus obras son como los relatos de un gran reportero. Novelas de no ficción que dan forma literaria a lo que ocurre a su alrededor, aventuras documentadas con el fin de ser claro para que el lector no especializado lo entienda.
Entre la biografía, el reporterismo, la autoficción, ha desarrollado un estilo propio, que ha dejado un buen puñado de libros magistrales, hondos, emocionantes, paradójicos.
Varios de sus libros han sido llevados al cine, y en 2005, dirigió la adaptación cinematográfica de su novela La moustache (1986).
Es autor de ocho novelas, entre ellas El curso de invierno (La classe de neige, 1995), De vidas ajenas (D’autres vies que la mienne, 2009), y las biografías: Werner Herzog (1982); Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos: Philip K. Dick 1928-1982 (Je suis vivant et vous êtes morts, 1993),y Limónov (2011), además de varios guiones para el cine y la televisión.
El adversario (L’adversaire, 1999) supuso su consagración indiscutible.

Bajo perfil.

Desde hace un año y medio mantengo en mis redes sociales un bajo perfil y desde entonces me siento mucho mejor. Ya no tengo la presión de estar informando sobre los acontecimientos más relevantes de mi vida ni de lo que hago o dejo de hacer. Deje de estar al pendiente de la realidad de otros, de estar husmeando en sus vidas y sobre todo de perder un tiempo valiosísímo que ahora trato de emplear de la mejor manera posible. Otro de los factores que influyó en mi decisión fue el asedio constante de facebook con sus correos en mi celular para informarme quien había actualizado o no su status, o sus correos donde me avisaba que había pasado mucho tiempo desde mi última visita y que había faltado importantes eventos de mis contactos. Comenzó hartarme. Después de haber sufrido una adicción moderada de esta red social comprendí de que se trataba el juego y me enfade mucho conmigo misma por no haber puesto un alto antes. Comprendí que mi vida privada es algo preciosos, una joya que no tiene precio y que no tiene por que ser más exhibida. Puse limites. Ahora, de vez en cuando subo una que otra foto. Y en mis correos o de voz propia les he informado a mis familiares y amigo más cercanos que se comuniquen conmigo por mi correo electrónico, por mi celular o bien por skype o face time cuando el tiempo lo permite. En el pasado varias personas me cuestionaban por que no subía mas fotos, o por que no estaba al tanto de la noticia del momento. !Que flojera! !Que perdida de tiempo! Incluso los primeros meses en que adopté mi bajo perfil varias personas me preguntaron si acaso estaba enferma, o si pasaba por alguna crisis existencial, o si me había divorciado. Me sorprendí del poder de embelesamiento de esta red en particular, para muchos se ha vuelto un medio de comunicación indispensable. No se dan cuenta que todo es ilusorio. Que no hay nada mejor que el contacto cara a cara o escuchar la voz de nuestro interlocutor. Desafortunadamente, si miramos a nuestro alrededor, sin importar el lugar o las circunstancias la mayoría de la gente esta al pendiente de sus celulares inteligentes, la gente se vuelve más y más anti-social paradójicamente. Sus relaciones personales están on-line
En mi caso, deje de ser parte de ese juego perverso de enajenamiento colectivo que parece haber embrujado a millones de personas en el planeta. La única razón por la cual sigo conectada a mis tres cuentas de redes sociales (facebook, twitter y google plus) es para postear artículos de mis dos blogs, o algo relacionado con mis libros o mi trabajo literario o bien cuando quiero compartir alguna información que considero importante o interesante. En mi celular eliminé las aplicaciones y cuando tengo el tiempo accedo a través de mi ordenador, por que así lo decido no por que me este presionando una alerta.

Kiev, Ukraine - May 20, 2013 - Hand pointing on keyboard with social media logotype collection of well-known social network brand's placed on keyboard buttons. Include Facebook, YouTube, Twitter, Google Plus, Instagram and more other logos.

Actualmente, disfruto del momento presente, de la compañía de las personas que veo y no estoy preocupada por subir la mejor foto, ni los obligo a que posen en una sesión forzada para obtenerla. Cuando la ocasión lo amerita tomó la foto para mi, para tener un recuerdo tangible. También invierto más tiempo en ejercitarme o bien salgo a caminar lo que me permite observar los cambios que se suscitan en mi entorno, y saludar o regalar una sonrisa a las personas que voy encontrando. Y por supuesto, ahora soy más productiva, tengo menos distracciones y puedo avanzar mucho más en mis proyectos. En resumidas cuentas, ha sido un cambio para bien. Y me da mucho gusto ver que poco a poco hay más personas que se están dando cuenta que pueden tener una vida plena después de alejarse de las redes sociales, o que de plano deciden cerrar sus perfiles como ha sido el caso de un amigo, de mi hermana y más recientemente mi esposo. A las redes sociales hay que controlarlas, utilizarlas inteligentemente y no permitir que gobiernen nuestra vida.

Y para despedirme les comparto un video que encontré que va muy adhoc con mi artículo. !Que tengan una excelente semana!

 

HAY TODA UNA VIDA SIN LAS REDES SOCIALES

 

 

Lorena Lacaille

Longueuil, Enero 12, 2016.

Los retos de lectura a los que puedes unirte en 2016.

Uno de los propósitos clásicos de año nuevo es el de leer más. Pero como ocurre con la dieta, el ejercicio y dejar Twitter de una vez por todas, a menudo todo queda en una bienintencionada promesa que no llega a cumplirse. Una posible ayuda son los retos de lectura, que nos proponen llegar a un objetivo anual y que, como todos los desafíos, pueden suponer un aliciente. Te puedes proponer algunos como estos:

Lee 50 libros al año

Los retos de lectura van dando vueltas por internet al menos desde 2004, cuando comenzó a circular entre los blogs el de leer 50 libros al año, casi uno por semana. Había algunas normas:

No leas para llegar a la cifra.
Nada de rellenos. Debes leer libros que te apetezca leer.
Algunas relecturas valen.
No hay límites de géneros.
Nada de planificación previa. Viva la flexibilidad. (Aunque puede ayudar algo de programación, como apuntaba en Verne J. J. Merelo).
Pasa de las reglas.
Ponte tu propio número

Si 50 te parecen pocos (o muchos) puedes acudir a Goodreads, que te deja que pongas tu propio número: ¿cuántos libros te ves capaz de leer en un solo año? En 2016 de momento participan casi 600.000 personas, con una media de 49 libros como objetivo. La ventaja de Goodreads es que la propia web te permite hacer seguimiento de los libros que vas leyendo, además de puntuarlos y escribir una reseña, si eso te anima.

Lee más variado

Pero hay retos de lectura que no consisten solo en poner un número de libros a leer, sino que intentan que este objetivo incluya variedad y nos lleve a leer a autores en los que muchas veces no nos fijaríamos.

En español tenemos el del blog Librópatas, que nos propone 24 condiciones diferentes como excusa “para buscar nuevas lecturas, decidirnos a salir de nuestra zona de confort literaria y, en definitiva, disfrutar aún más y mejor de los libros”. Su propuesta anima a cumplir estos 24 puntos con nuestras lecturas del año:

Lee un libro de un género que te de algo de pereza.
Un libro escrito en alguna lengua cooficial del estado español (pero puedes leerlo traducido, claro).
Un bestseller.
Un libro de un autor que haya ganado un premio Nobel.
Un libro escrito antes de 1800.
Un libro de una autora africana.
El libro favorito de algún amigo o familiar.
Un libro que deberías haber leído en el colegio/instituto/universidad, pero no lo hiciste.
Un libro de no-ficción.
Un libro cuyo protagonista tenga la misma profesión que tú.
Una novela gráfica publicada este año (2016).
Un libro ambientado en un país limítrofe con el tuyo.
Un libro cuya adaptación cinematográfica llegue este año a los cines.
Un libro escrito por alguien de tu ciudad.
Un libro de uno de tus autores favoritos cuando eras niño.
Un libro ambientado en el futuro.
Un libro cuyo protagonista esté de vacaciones.
Un libro de relatos.
Un libro cuyo autor sea de un país del que no hayas leído a ningún otro escritor.
El libro favorito de uno de tus escritores favoritos.
Un libro publicado póstumamente.
Un clásico del siglo XX.
Un clásico de la literatura asiática.
Un libro de un autor contemporáneo de tu país.
El reto de Book Riot sigue la misma línea, animando a “explorar temas, formatos o géneros que de otro modo no probarías”. Esto tiene un beneficio muy claro: “Nos gustan los libros porque nos permiten ver el mundo desde una nueva perspectiva y a veces necesitamos ayuda incluso para saber qué perspectivas probar”. Propone 24 tareas:

Lee un libro de terror.
Un libro que no sea de ficción sobre ciencia.
Un ensayo.
Lee a alguien un libro en voz alta.
Lee un libro para estudiantes de secundaria.
Una biografía (que no sea autobiografía).
Una novela postapocalíptica o una distopía.
Un libro publicado en la década de tu nacimiento.
Un audiolibro que haya ganado un premio Audie.
Un libro de más de 500 páginas.
Uno de menos de 100.
Una libro de o sobre una persona que se identifique como transgénero.
Un libro que transcurra en Oriente Próximo.
Un libro de un autor del sudeste asiático.
Una ficción histórica que transcurra antes de 1900.
El primer libro de una serie escrita por una persona de color.
Un cómic que no sea de superhéroes y que se haya publicado en los últimos tres años.
Lee un libro que se haya llevado al cine y luego mira la peli. Debate acerca de cuál es mejor.
Lee un libro de no ficción sobre feminismo o que trate de temas feministas.
Un libro sobre religión (sea o no ficción).
Un libro sobre política, sea o no de tu país y sea o no ficción.
Lee una autobiografía culinaria.
Lee una obra de teatro.
Lee un libro cuyo protagonista tenga una enfermedad mental.
Bustle nos ofrece otras 20 propuestas con especial atención a mujeres y autores negros. Aunque un mismo libro podría servir para tachar varias características, la autora del reto, Kristian Wilson, recomienda contar solo una por libro, precisamente para leer más y más variado. Nos propone:

Un libro escrito por una mujer de menos de 25 años.
Un libro de historia no occidental.
Un ensayo.
Un libro sobre cultura indígena.
Lee un libro antes de ver la película.
Un libro de un autor de color.
Un libro cuya historia transcurra en Oriente Próximo.
Un libro sobre mujeres en guerra.
Una novela gráfica escrita por una mujer.
Un libro sobre un inmigrante o un refugiado que llega a Estados Unidos (es un reto estadounidense, así que lo puedes cambiar por España).
Lee un libro para niños en voz alta.
Relee tu libro favorito de la infancia.
Lee las memorias de alguien que se identifique como LGBTQIA (lesbiana, gay, bisexual, transgénero, queer, intersexual, asexual, aliado).
Una ficción postapocalíptica escrita por una mujer.
Una novela de ciencia ficción feminista.
Lee el primer libro de una serie que no hayas leído hasta ahora.
Un libro ambientado en África de un autor africano.
Lee un libro traducido.
Un libro de poesía contemporánea.
Un libro de una autora modernista.
PopSugar también plantea su propio desafío:

Un libro basado en un cuento de hadas.
Un ganador del National Book Award.
Un bestseller para jóvenes adultos.
Un libro que no hayas leído desde el instituto.
Un libro que transcurra en tu comunidad autónoma (en el original se refiere al estado de Estados Unidos).
Un libro traducido.
Un libro de amor que tenga lugar en el futuro.
Un libro que transcurra en Europa (dado que el reto es americano, lo podemos cambiar por uno que tenga lugar en América).
Un libro de menos de 150 páginas.
Un bestseller del New York Times.
Un libro cuya película se vaya a estrenar este año.
Un libro recomendado por alguien que acabes de conocer.
Un libro de superación personal.
Un libro que puedas terminar en un día.
Un libro escrito por un famoso.
Unas memorias políticas.
Un libro al menos 100 años más viejo que tú.
Un libro de más de 600 páginas.
Un libro del Club de Oprah.
Una novela de ciencia ficción.
Un libro recomendado por un familiar.
Una novela gráfica.
Un libro publicado en 2016.
Un libro con un protagonista que tenga tu misma profesión.
Un libro que transcurra en verano.
Un libro y su precuela.
Una novela policiaca.
Un libro escrito por un cómico.
Una distopía.
Un libro con portada azul.
Un libro de poesía.
El primer libro que veas en una librería.
Un clásico del siglo XX.
Un libro de la biblioteca.
Una autobiografía.
Un libro sobre un viaje en carretera.
Un libro sobre una cultura con la que no estés familiarizado.
Un libro satírico.
Un libro que transcurra en una isla.
Un libro que te garantice algo de alegría.
Hay más: para lectores lentos, por ejemplo, o con tres niveles de dificultad, como propone A Book Challenge.

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Ponte tu propio reto

También puedes hacerte tus retos a medida, escogiendo las tareas que más te gusten o prestando atención a los géneros y autores a los que tienes más olvidados o que te apetezca más leer. Quizás solo lees novela, puede que lleves años sin leer un clásico ruso, o a lo mejor lees a pocas mujeres y te apetece hacer caso a María Barrios, que lleva un tiempo leyendo solo a autoras, como explicaba en Verne. Por poner otro ejemplo, el año pasado Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, confeccionó su propio reto anual, con el objetivo de leer un libro cada dos semanas. Todos ensayos.

Eso sí, a pesar de que has llegado hasta este párrafo, es posible que estos retos sigan sin convencerte. Por supuesto, no estás solo: tienen sus detractores, como Sarah Davis, que también colabora con Book Riot, y Richard Lea, de The Guardian, que expone alguno de los problemas que tiene con estos retos, empezando por el hecho de que sean retos: ¿no se supone que leer es divertido? Ponerse objetivos con cifras para él es “otro paso en la mercantilización de la experiencia del lector”, como si leer el doble que el año pasado nos hiciera ser dos veces mejores lectores. En este contexto importa más la cantidad que la calidad y lo que nos impliquemos en la lectura.

A lo mejor no estás de acuerdo con Lea y consideras que estos desafíos son solo un estímulo más, una ayuda. Pero ten su artículo a mano por si en diciembre ves que no vas a cumplir y necesitas excusas.

Fuente: El País, Verne, Enero 2016.

El escritor esteta, provocador, el de los ojos desorbitados: Rodolfo Fogwill.

 

En 1999 la editorial Alfaguara hizo una encuesta entre escritores y críticos que tuvieron que elegir cuál era, en su opinión, el mejor cuento argentino del siglo XX. El cuento “Muchacha Punk”, de Rodolfo Fogwill, quedó en la decimosegunda posición.
MUCHACHA PUNK

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(cuento)

Rodolfo Fogwill

En diciembre de 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir “hice el amor” es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y aquello que ella y yo hicimos, ese montón de cosas que “hicimos” ella y yo, no eran el amor y ni siquiera –me atrevería hoy a demostrarlo–, eran un amor: eran eso y sólo eso eran. Lo que interesa en esta historia es que la muchacha punk y yo nos “acostamos juntos”.
Otro decir, porque todo habría sido igual si no hubiésemos renunciado a nuestra posición bípeda, –integrando eso (¿el amor?) al hábitat de los sueños: la horizontal, la oscuridad del cuarto, la oscuridad del interior de nuestros cuerpos; eso.
Primera decepción del lector: en este relato soy varón. Conocí a la muchacha frente a una vidriera de Marble Arch. Eran las diez y treinta, el frío calaba los huesos, había terminado el cine, ni un alma por las calles. La muchacha era rubia: no vi su cara entonces. Estaba ella con otras dos muchachas punk. La mía, la rubia, era flacucha y se movía con gracia, a pesar de su atuendo punk y de cierto despliegue punk de gestos nítidamente punk. El frío calaba los huesos, creo haberlo contado. Marcaban dos o tres grados bajo cero y el helado viento del norte arañaba la cara en Oxford Street y en Regent Street. Los cuatro –yo y aquellas tres muchachas punk– mirábamos esa misma vidriera. En el ambiente cálido que prometía el interior de la tienda, una computadora jugaba sola al ajedrez. Un cartel anunciaba las características y el precio de la máquina: 1.856 libras. Ganaban blancas, el costado derecho de la máquina. Las negras habían perdido iniciativa, su defensa estaba liquidada y acusaban la desventaja de un peón central.
Blancas venían atacando con una cuña de peones que protegía su dama, repatingada en cuatro torre rey. Cuando las tres muchachas se acercaron era turno de negras. Negras dudaron quince según dos o tal vez más; era la movida 116 ó 118, y los mirones –nadie a esas horas, por el frío–, habrían podido recomponer la partida porque una pequeña impresora venía reproduciendo el juego en código de ajedrez, y un gráfico, que la máquina componía en su pantalla en un par de segundos, mostraba la imagen del tablero en cada fase previa del desenvolvimiento estratégico del juego. Las muchachas hablaron un slang que no entendí, se rieron, y sin prestarme la menor atención siguieron su camino hacia el oeste, hacia Regent Street. A esas horas, uno podía mirar todo a lo largo de la ciudad arrasada por el frío sin notar casi presencia humana, salvo las tres muchachas yéndose.
Cerca de Selfridges alguien debía esperar un ómnibus, porque una sombra se coló en la garita colorada de esperar ómnibus y algún aliento había nublado los cristales. Quizás el humano se hallase contra el vidrio, frotándose las manos, escribiendo su nombre –garabateando un corazón o el emblema de su equipo de fútbol; quizá no.
Confirmé su existencia poco después, cuando un ómnibus rumbo a Kings Road se detuvo y alguien subió. Al pasar frente a nuestra vidriera, semivacío, pude ver que la sombra de la garita se había convertido en una mujer viejísima, harapienta, que negociaba su boleto.
Pocos autos pasaban. La mayoría taxis, a la caza de un pasajero, calefaccionados, lentos, diesel, libres. Pocos autos particulares pasaban; Daimlers, Jaguars, Bentleys. En sus asientos delanteros conducían hombres graves, maduros, sensibles a las intermitentes señales de tránsito.
A sus izquierdas, mujeres ancestrales, maquilladas de party o de ópera, parecían supervisarlos. Un Rolls paró frente a mi vidriero de Selfridges y el conductor hechó un vistazo a la computadora (ensayaba la jugada 127, turno de blancas), y dijo algo a su mujer, una canosa de perfil agrio y aros de brillantes. No pude oírlo: las ventanillas de cristal antibalas de estos autos componen un espacio hermético, casi masónico: insondable.
Poco después el Rolls se alejó tal como había llegado y en la esquina de Glowcester Street vaciló ante el semáforo, como si coqueteara con la luz verde que recién se prendía. Primera decepción del narrador: la computadora decretó tablas en la movida 147. Si yo fuese blancas, cambiando caballo por torre y amenazando jaque en descubierto, reclamaría a negras una permuta de damas favorable, dada mi ventaja de peones y mi óptima situación posicional. Me fui con rabia: había dormido toda la tarde de aquel viernes y era temprano para meterme en el hotel.
El frío calaba los huesos. Traía bajo los jeans un polar–suit inglés que había comprado para un amigo que navega a vela en Puerto Belgrano y decidí estrenarlo aquella noche para ponerlo a prueba contra el frío atroz que anunciaba la BBC.
Sentía el cuerpo abrigado, pero la boca y la nariz me dolían de frío. Las manos, en los hondos bolsillos de la campera de duvet, temían tanto un encuentro con el aire helado que me obligaron a resistir a la feroz jauría de ganas de fumar, que aullaba y se agitaba detrás de la garganta, en mi interior. En mi exterior, las orejas estaban desapareciendo: tarde o temprano serían muñones, o sabañones, si no las defendía; intenté guarecerlas con las solapas de mi campera. Sin manos, llevaba las puntitas de las solapas entre los dientes y así, mordiente y frío, entré a un taxi que olía a combustible diesel y a sudor de chofer, y una vez instalado en el goce de aquel tufo tibión, nombré una esquina del Soho y prendí un cigarrillo.
Afuera, nadie. El frío calaba los huesos. El inglés, adelante, manejando, era una estatua llena de olor y sueño. Antes de bajar, verifiqué que hubiesen taxis por la zona; vi varios. Pagué con un papel y sólo después de recibir el cambio abrí mi puerta. El aire frío me ametralló la cara y la papada se me heló, pues las solapas, chorreadas de saliva, habían depositado sobre mi piel una leve película de baba, que ahora me hería con sus globitos quebradizos de escarcha.
Vi poca gente en el barrio chino de Londres: como siempre, algunos árabes y africanos salían rebotando de los tugurios porno. En una esquina, un grupo de hombres –obreros, pinches de vigilancia, tal vez algunos desgraciados sin hogar se ilusionaban alrededor de un fueguito de leñas y papeles improvisado por un negro del kiosco de diarios. Caminé las tres o cuatro cuadras del barrio que sé reconocer y como no encontré dónde meterme, en la esquina de Charing Cross abrí la puerta trasera izquierda de un taxi verde, subí, di el nombre de mi hotel, y decidí que esa noche comería en mi cuarto una hamburguesa muy condimentada y una ensalada bien salada para fortalecer la sed que tanto se merece la cerveza de Irlanda. ¡Lástima que la televisión termine tan temprano en Londres! Miré el reloj: eran las once; quedaba apenas media hora de excelente programación británica.
Conté del frío, conté del polar–suit. Ahora voy a contar de mí: el frío, que calaba los huesos, desalentaba a cualquier habitante y a cualquier visitante de la antigua ciudad, pues era un frío de lontananza inglesa, un frío hecho de tiempo y de distancia y –¿por qué no?– hecho también de más frío y de miedo, y era un frío ártico y masivo, resultante de la ola polar que venía siendo anunciada y promovida durante días en infinitos cortes informativos de la radio y la televisión. En efecto, la radio y la televisión, los diarios y las revistas y la gente, los empleados y los vendedores, los chicos del hotel y las señoras que uno conoce comprando discos –todos no hablaban sino de la ola de frío y de la asombrosa intensidad que había alcanzado la promoción de la ola de frío que calaba los huesos.
Yo soy friolento, normalmente friolento, pero jamás he sido tan friolento como para ignorar que la campaña sobre el frío nos venía helando tanto, o más aún, que la propia ola de frío que estaba derramándose sobre la semiobsoleta capital.
Pero yo estaba ya en la calle, no tenía ganas de volver a mi hotel y necesitaba estar en un lugar que no fuese mi cuarto, protegido del frío y protegido cuidadosamente de cualquier referencia al frío. Entonces vi, dos cuadras antes del hotel, un local que días atrás me había llamado la atención. Era una pizzería llamada The Lulu, que no existía en oportunidad de mi último viaje.
Yo recordaba bien aquel lugar porque había sido la oficina de turismo de Rumania en la que alguna vez hice unos trámites para mis clientes italianos.
Desde el taxi leí el cartel que probaba que el boliche permanecía abierto, vi clientes comiendo, noté que la decoración era mediocre pero honesta, y de las mesas y las sillas de mimbre blanco induje una noción de limpieza prometedora.
Golpeé los vidrios del chofer, pagué 60 pence, bajé del auto y me metí en la pizzería.
Era una pizzería de españoles, con mozos españoles, patrones españoles y clientes españoles que se conocían entre sí, pues se gritaban –en español–, de mesa a mesa, opiniones españolas, y frases españolas. Me prometí no entrar en ese juego y en mi mejor inglés pedí una pizza de espinaca y una botella chica de vino Chianti. El mozo, si ya había padecido un plazo razonable de exilio en Londres, me habrá supuesto un viajero del continente, o un nativo de una colonia marginal del Commonwealth, tal vez un malvinero.
Yo traía en el bolsillo de la campera la edición aérea del diario La Nación, pero evité mostrarla para no delatar mi carácter hispano–parlante. El Chianti –embotellado en Argelera delicioso: entre él y el aire tibio del local se estableció una afinidad que en tres minutos me redimió del frío.
Pero la pizza era mediocre, dura y desabrida. La mastiqué feliz, igual, leyendo mis recortes del Financial Times y la revista de turismo que dan en el hotel. Tuve más hambre y pedí otra pizza, reclamando que le echasen más sal. Esta segunda pizza fue mejor, pero el mozo me había mirado mal, tal vez porque me descubrió estudiando sus movimientos, perplejo a causa de la semejanza que puede postularse en un relato entre un mozo español de pizzería inglesa, y cualquier otro mozo español de pizzería de París, o de Rosario. He elegido Rosario para no citar tanto a Buenos Aires. Querido.
Masqué la pizza número dos analizando la evolución de los mercados de metales en la última quincena; un disparate. Los precios que la URSS y los nuevos ricos petroleros seguían inflando con su descabellada política de compras no auguraban nada bueno para Europa Occidental. Entonces aparecieron las tres muchachas punk. Eran las mismas tres que había visto en Selfridges. La mía eligió la peor mesa junto a la ventana; sus amigotas la siguieron. La gorda, con sus pelos teñidos color zanahoria, se ubicó mirando hacia mi mesa. La otra, de estatura muy baja y con cara de sapo, tenía pelos teñidos de verde y en la solapa del gabán traía un pájaro embalsamado que pensé que debía ser un ruiseñor. Me repugnó. Por fortuna, la fea con pájaro y cara de sapo se colocó mirando hacia la calle, mostrándome tan solo la superficie opaca de la espalda del grasiento gabán. La mía, la rubia, se posó en su sillita de mimbre mirando un poco hacia la gorda, un poco hacia la calle: yo sólo podía ver su perfil mientras comía mi pizza y procuraba imaginar cómo sería un ruiseñor.
Un ruiseñor: recordé aquel soneto de Banchs.
El otro tipo también decía llamarse Banchs y era teniente de corbeta o fragata. Era diciembre; lo había cruzado muchas veces durante el año que estaba terminando. Esa misma mañana, mientras tomaba mi café, se había acercado a hablarme de no sé qué inauguración de pintores, y yo le mencioné al poeta, y él, que se llamaba Banchs juró que oía nombrar al tal Enrique Banchs por primera vez en su vida. Entonces comprendí por qué el teniente desconocía la existencia de los polar–suit (al ver mi paquetito con el Helly Hansen, se había asombrado) y también entendí por qué recorría Europa derrochando sus dólares, tratando de caerle simpático a todos los residentes argentinos y buscando colarse en toda fiesta en la que hubiese latinoamericanos. Fumaba Gitanes también en esto se parecía al Nono.
Jamás vi un ruiseñor. Estaba por terminar la pizza y desde atrás me vino un vaho de musk.
Miré. La más fea de las gallegas de la mesa del fondo estaba sentándose. Vendría del baño; habría rociado todo su horrible cuerpo con un vaporizador de Chanel, de Patou, o de –alguna marquita de esas que ahora le agregan musk a todos sus perfumes. ¿Cómo sería el olor de mi muchacha punk? Yo mismo, como el tal Banchs, me había condenado a averiguar y averiguar; faltaba bien poco para finiquitar la pizza y el asuntito de las cotizaciones de metales. Pero algo sucedía fuera de mi cabeza.
Los dueños, los mozos y los otros parroquianos, en su totalidad o en su mayoría españoles, me miraban. Yo era el único testigo de lo que estaban viendo y eso debió aumentar mi valor para ellos.
Tres punks habían entrado al local, yo era el único no español capaz de atestiguar que eso ocurría, que no las habían llamado, que ellos no eran punk y que no había allí otro punk salvo las tres muchachas punk y que ningún punk había pisado ese local desde hacía por lo menos un cuarto de hora. Sólo yo estaba para testimoniar que la mala pizza y el excelente vino del local no eran desde ningún punto de vista algo que pudiera considerarse punk. Por eso me miraban, para eso parecían necesitarme aquella vez.
Trabado para mirar a mi muchacha –pues la forma de la de pájaro embalsamado y cara de sapo la tapaba cada vez más– me concentré sobre mi pizza y mi lectura desatendiendo las miradas cómplices de tantos españoles. Al termianar la pizza y la lectura, pedí la cuenta, me fui al baño a pishar y a lavarme las manos y allí me hice una larga friega con agua calentísima de la canilla. Desde el espejo, miré contento cómo subían los tonos rosados de los cachetes y la frente reales. Habían vuelto a nacer mis orejas; fui feliz.
Al volver, un rodeo injustificable me permitió rozar la mesa de las muchachas y contemplar mejor a la mía: tenía hermosos ojos celestes casi transparentes y el ensamble de rasgos que más irte gusta, esos que se suelen llamar “aristocráticos”, porque los aristócratas buscan incorporarlos a su progenie, tomándolos de miembros de la plebe con la secreta finalidad de mejorar o refinar su capital genético hereditario. ¡Florecillas silvestres! ¡Cenicientas de las masas que engullirán los insaciables cromosomas del señor! ¡Se inicia en vuestros óvulos un viaje ala porvenir soñado en lo más íntimo del programa genético del amo). Es sabido, en épocas de cambio, lo mejor del patrimonio fisiognómico heredable (esas pieles delicadas, esos ojos transparentes, esas narices de rasgos exactos “cinceladas” bajo sedosos párpados y justo encima de labios y de encías y puntitas de lengua cuyo carmín perfecto titila por el inundo proclamando la belleza interior del cuerpo aristocrático) se suele resignar a cambio de un campo en Marruecos, la mayoría accionaria del Nuevo Banco tal, una Acción heroica en la guerra pasada o un Premio Nacional de Medicina, y así brotan narices chatas, ojos chicos, bocas chirlonas y pieles chagrinadas en los cuerpitos de las recientes crías de la mejor aristocracia, obligando a las familias aristocráticas o recurrir a las malas familias de la plebe en busca de buena sangre piara corregir los rasgos y restablecer el equilibrio estético de las generaciones que catapultarán sus apellidos y un poco de ellas mismas, a vaya a saber uno dónde en algún improbable siglo del porvenir.
La chica me gustó. Vestía un traje de hombre holgado, tres o más números mayor que su talle.
De altura normal, no pesaría más de 44 kilos. su piel tan suave (algo de ella me recordó a Grace Kelly, algo de ella me recordó a Catherine Deneuve) era más que atractiva para mí. Calzaba botitas de astrakán perfectas, en contraste con la rasposa confección de su traje de lana. Una camisa de cuello Oxford se le abría a la altura del busto mostrando algo que creí su piel y comprobé después que era tina campera de gimnasta. Ella, a mí, ni me miró.
Pero en cambio, su amiga, la más gorda, la del pelo teñido color naranja, venía emitiendo una onda asaz provocativa. No quise sugerir sexual: provocativo, como buscando riña, como buscando o planificando un ataque verbal, como buscando tina humillación, como ella misma habría mirado a un oficial de la policía inglesa. Así mirábame la gorda de pelo zanahoria. La mía, en cambio no me miraba. Pero. . .
Tampoco miraba a sus acompañantes. Miraba hacia la calle vacía de transeúntes, con las pupilas extraviadas en el paso del viento. Así me dije: “se pierde su mirada pincelando el frío viento de Oxford Street”. Era etérea. Esa nota, lo etéreo, es la que mejor habría definido a mi muchacha para mí, de no mediar aquellas actitudes punk y los detalles punk, que lucía, punk, como al descuido, negligentemente punk, ella. Por ejemplo: fumaba cigarrillos de hoja; los tomaba con el gesto exhultante de un europeo meridional, pitaba fuerte el humo y lo tiraba insidiosamente contra el cristal de la vidriera. Al pasar por su mesa había visto en sus manos una mancha amarilla, azafranada, de alquitrán de tabaco. ¡Y jamás vi manitas sucias de alquitrán de tabaco como las de mi muchachita punk! El índice, el mayor y el anular de su derecha, desde las uñas hasta los nudillos, estaban embebidos de ese amarillo intenso que sólo puede conseguir algún gran fumador para la primer falange del dedo índice, tras años de fumar y fumar evitando lavados. Me impresionó. Pero era hermosa, tenía algo de Catherine Deneuve y algo de Isabelle Adjani que en aquel momento no pude definir: me estaba confundiendo. Pagué la cuenta, eché las rémoras de mi botella de Chianti en la copa verde del restaurante, y copa en mano –so british–, como si fuese un parroquiano de algún pub confianzudo, me apersoné a la mesa de las muchachas punk asumiendo los riesgos. Antes de partir había calculado mi chance: una en cinco, una en diez en el peor de los casos; se justificaba. voy a contarlo en español: –¿Puedo yo sentarme? Las tres punk se miraron. La gorda punk acariciaba su victoria: debió creer que yo bajaba a reclamar explicaciones por sus miradas punk provocativas. Para evitar un rápido rechazo me senté sin esperar respuestas. Para evitar desanimarme eché un trago de vino a mi garguero. Para evitar impresionarme miré hacia arriba, expulsando de mi campo visual al pajarito embalsalmado. La gorda reía. La punk mía miró a la del pelo verde, miró a la gorda, sopló el humo de su cigarro contra la nada, no me miró, y sin mirarme tomó un sorbito de aquella mezcla de Coca Cola y Chianti que estuvo preparando en la página anterior, pero que yo, con esta prisa por escribirla, había olvidado registrar. Habló la punk con pájaro
–¿Qué usted quiere?
–Nada, sentarme… Estar aquí como una sustancia de hecho… –dije en cachuzo inglés.
Sin duda mi acento raro acicateó los deseos de saber de la gorda: –¿Dónde viene usted de…? –ladró.
La pregunta era fuerte, agresiva, despectiva.
–De Sudamérica… Brasil y Argentina –dije, para ahorrarles una agobiante explicación que llenaría el relato de lugares comunes. Me preguntaba si era inglés: se asombraba “¿Cómo puede venir uno de Brasil y Argentina sin ser británico?”, imaginé que habría imaginado ella.
¿Sería un inglés?
–No. Soy sudamericano, lamentado –dije.
–Gran campo Sudamérica –se ensañaba la gorda.
–Sí: lejos. Así, lejos. Regresaré mes próximo –le respondí.
–Oh sí… Yo veo dijo la gorda mirando fijo a la cara de sapo que hamacó su cabeza como si confirmase la más elaborada teoría del universo. Entonces habló por vez primera y sólo para mí mi Muchacha Punk. Tenía voz deliciosa y tímbrica en este párrafo:
–¿Qué usted hace aquí? –quiso saber su melodía verbal.
–Nada, paseo –dije, y recordé un modelo que siempre marchó bien con beatniks y con hippys y que pensé que podía funcionar con punks. Lo puse a prueba: –Yo disfruto conocer gente y entonces viajo… Conocer gente, ¿Me entiende?… Viajar… Conocer… ¡Gente!.. ¿Eh.? ¡Ah..! ¡Así..! ¡Gente..!
Funcionó: la carita de mi Muchacha Punk se iluminaba.
–Yo también amo viajar –fue desgranando sin mirarme–. Conozco África, India y los Estados (se refería a USA). Yo creo que yo conozco casi todo. ¡Yo no nunca he ido yo a Portugal! ¿Cómo es Portugal? –me preguntó.
Compuse un Portugal a su medida:
–Portugal es lleno de maravilla… Hay allí gente preciosamente interesante y bien buena. Se vive una ola en completo distinta a la nuestra…
“seguí así, y ella se fue envolviendo en mi relato. Lo percibí por la incomodidad que comenzaban a mostrar sus punks amigas. Lo confirmé por esa luz que vi crecer en su carita aristocráticamente punk. Susurraba ella:
–Una vez mi avión tomó suelo en Lisboa y quise yo bajar, pero no permitieron –dijo–: Encuentro que la gente del aeropuerto de Lisboa son unos cerdos sucios hijos de perra. ¿Es no, eso …Lisboa, Portugal?–. La duda tintineaba en su voz.
–Sí –adoctriné, pero en todos los aeropuertos son iguales: son todos piojosos malolientes sucios hijos de perra.
–Como los choferes de taxi, así son –me interrumpió la gorda, sacudiendo el humo de su Players.
–Como los porteros del hotel, sucios hijos de perra –concedió la pajarófora gorda cara de sapo, quieta.
–Como los vendedores de libros –dijo la mía –¡Hijos de una perra!–. Y flotaba en el aire, etérea.
–Sí, de curso –dije yo, festejando el acuerdo que reinaba entre los cuatro. Entonces ocurrió algo imprevisto; la de pelo verde habló a la gorda:
–Deja nosotros ir, dejemos a estos trabajar en lo suyo, eh… –y desenrolló un billete de cinco libras, lo apoyó en el platillo de la cuenta, se paró y se marchó arrastrando en su estela a la cara de sapo. Bien había visto yo que ellas habían con sumido diez o quince libras, pero dejé que se borraran, eso simplificaba la narración.
–Bay, Borges –me gritó la cara de sapo desde la vereda, amagando sacar de su cintura una inexistente espadita o un puñal; entonces yo me alegré de ver tanta fealdad hundiéndose en el frío, y me alegré aún más, pensando que asistía a otra prueba de que el prestigio deportivo de mi patria ya había franqueado las peores fronteras sociales de Londres. Pregunté a mi muchacha por qué no las había saludado: –Porque son unas ceras sucias hijas de perra.
¿Ve? –dijo mostrándome los billetitos de cinco libras que iba sacando de su bolsillo para completar el pago de la cuenta. Asentí.
Como un cernícalo, que a través de las nubes más densas de un cielo tormentoso descubre los movimientos de su pequeña presa entre las hierbas, atraído por el fluir de las libras, un mozo muy gallego brotó a su lado, frente a mí. Guiñó un ojo, cobró, recibió los pocos penns de propina que mi muchacha dejó caer en su platillo, y yo pedí otra botella de Chianti y dos de Coke y ella me devolvió un hermoso gesto: abrió la boca, frunció un poquito la nariz, alzó la ceja del mismo lado y movió la cabeza como queriendo devolver la pelota a alguien que se la habría lanzado desde atrás.
Conjeturé que sería un gesto de acuerdo. Poco después, su manera golosa de beber la mezcla de vino y Coca Cola, acabó de confirmándome aquella presunción de momento: todo había sido un gesto de acuerdo.
Me contó que se llamaba Coreen. Era etérea: al promediar el diálogo sus ojos se extraviaban siguiendo tras la ventana de la pizzería española de Graham Avenue al viento de la calle. Tomamos dos botellas de Chianti, tres de Coke. Ella mezclaba esos colores en mi copa. Yo bebía el vino por placer y la Coke por la sed que habían provocado la pizza, el calor del local y este mismo deseo de averiguar el desenlace de mi relato de la Muchacha Punk. La convidé a mi hotel. No quiso. Habló:
–Si yo voy a tu hotel, tendrás que a ellos pagar mi permanencia. Es no sentido –afirmó y me invitó a su casa. Antes de salir pagamos en alícuotas todo lo bebido; pero yo necesito hablar más de ella. Ya escribí que tenía rasgos aristocráticos. A esa altura de nuestra relación (eran las 12.30, no había un alma en la calle, el frío inglés del relato, calaba, los huesos, argentinos, del narrador), mi deseo de hacerla mía se había despojado de cualquier snobismo inicial. Mi Muchacha –aristocrática o punk, eso ya no importaba–, me enardecía: yo me extraviaba ya por ese ardor creciente, ya era un ciego, yo. Yo era ya el cuerpo sin huellas digitales de un ahogado que la corriente, delatora, entra boyando al fiord donde todo se vuelve nada. Pero antes, cuando la vi frente a mi vidriera de Selfridges había notado detalles raros, nítidamente punk, en su tenue carita: su mejilla izquierda estaba muy marcada, no supe entonces cómo ni por qué, y el lado derecho de su cara tenía una peculiaridad, pues sobre el ala derecha de su nariz, se apoyaba –creí– una pieza de metal dorado (creí) que trazando una comba sobre la mejilla derecha ascendía hasta insertarse en la espiga de trigo, que creí dorada, afeando el lóbulo de su oreja a la manera de un arete de fantasía. Del tallo de esa espiga, de unos dos centímetros, colgaba otra cadena, más gruesa, que caía sobre su cuello libremente y acababa en la miniatura de la lata de Coke, de metal dorado y esmalte rojo que siempre iba y venía rozándole los rubios pelos, el hombro, y el pecho, o golpeaba la copa verde provocando una música parecida a su voz, y algunas veces se instalaba, quieta, sobre su hermosa clavícula blanca, curvada como el alma de una ballesta, armónica como un golpe de tai chi. Durante nuestra charla aprendí que lo que había creído antes metal dorado era oro dieciocho kilates, y descubrí que lo que había creído un grano de maíz de tamaño casi natural aplicado sobre el ala de su nariz era una pieza de oro con forma de grano de maíz y tamaño casi natural, sostenido por un mecanismo de cierre delicadísimo, que atravesaba sin pudor y enteramente la alita izquierda de su bella nariz. Ella misma me mostró el orificio, haciendo un poco de palanca con la uña azafranada de su índice, entre el maíz y la piel, para lucir mejor su agujerito en forma de estrella, de unos cuatro milímetros de diámetro. ¡Estaba chocha de su orificio… ! Del lado izquierdo, lo que temprano en Oxford Street me había parecido una marca en su mejilla, era una cicatriz profunda, de unos tres centímetros de largo, que parecía provocada por algo muy cortante. Surcaban ese tajo tres costuras bien desprolijas, trabajo de un aficionado, o de algún practicante de primer año de medicina más chapucero que el común de los practicantes de medicina ingleses y en ausencia de los jefes de guardia. Segunda decepción del narrador: la cicatriz de la izquierda, a diferencia de las cositas de oro de su lado derecho, era falsa. La había fraguado un maquillador y mi muchachita se apenaba, pues había comenzado a deshacerse por la humedad y por el frío y ahora necesitaba un service para recuperar su color y su consistencia original.
Poco antes de irnos, ella fue al baño y al volver me sorprendió cavilando en la mesa: .
–¿Cuál es el problema con tú? –me preguntó en inglés–. ¿Qué eres tú pensando?
–Nada –respondí–. Pensaba en este frío maldito que estropea cicatrices…
Pero mentí: yo había pensado en aquel frío sólo por un instante. Después había mirado la calle que se orientaba hacia la nada, y había tratado de imaginar qué andaría haciendo la poca gente que, de cuando en cuando, producía breves interrupciones en la constancia de aquel paisaje urbano vacío. Toqué el cristal helado; olí los bordes de la copa verde de ella para reconocer su olor, y volví a pensar en las figuras que iban pasando tras los cristales, esfumadas por el vapor humano de la pizzería. Entonces quise saber por qué cualquier humano desplazándose por esas calles, siempre me parecía encubrir a un terrorista irlandés, llevando mensajes, instrucciones, cargas de plástico, equipos médicos en miniatura y todo eso que ellos atesoran y mudan, noche por medio, de casa en casa, de local en local, de taller en taller, y hasta de cualquier sitio en cualquier otro sitio. “¿Por qué?” –me preguntaba” ¿Por qué será?” Trataba de entender, mientras mi bella Muchachita estaría cerquísima pishando, o lavándose con agua tibia, y cuando apenas tironeé del hilito de la tibieza de su imagen, estalló en mil fragmentos una granada de visiones y asociaciones íntimas, intensas, pero por rúas, por argentinas y por inconfesables, poco leales hacia ella. ¿Hay Dios? No creo que haya Dios, pero algo o alguien me castigó, porque cuando advertí que estaba siendo desleal e innoble con mi Muchachita Punk y sentí que empezaba a crecer en mi cuerpo –o en mi alma–, la deliciosa idea del pecado, cruzó por la vidriera la forma de un ciclista, y lo vi pedalear suspendido en el frío y supe que ése era el hombre cuyo falso pasaporte francés ocultaba la identidad del ex jesuita del IRA que alguna vez haría estallar con su bomba de plástico el pub donde yo, esperando algún burócrata de BAT, encontraría mi fin y entonces cerré los ojos, apreté los puños contra mis sienes y la vi pasar a ella apurada por la vereda del pub, zafé de allí, corrí tras ella respirando el aire libre y perfumado de abril en Londres, y en el instante de alcanzarla sentimos juntos la explosión, y ella me abrazaba, y yo veía en sus ojos –dos espejos azules que ese hombre que rodeaban los brazos de mi Muchacha Punk no era más yo, sino el jesuita de piel escarbada por la viruela, y adiviné que pronto, entre pedazos de mampostería y flippers retorcidos, Scotland Yard identificaría los fragmentos de un autor’ que jamás pudo componer bien la historia de su Muchacha Punk. Pero ella ahora estaba allí, salía del texto y comenzaba a oír mi frase: ‘ –Nada… pensaba en este frío maldito que arruina cicatrices… –oía ella.
Y después inclinaba la cabeza (¡chau irlandeses!), me clavaba sus espejos azules y decía “gracias”, que en inglés (“agradecer tú”, había dicho en su lengua con su lengua), y en el medio de la noche inglesa, me hizo sentir que agradecía mi solidaridad; yo, contra el frío, luchando en pro de la consevación de su preciosa cicatriz, y que también agradecía que yo fuera yo, tal como soy, y que la fuera construyendo a ella tal como es, como la hice, como la quise yo.
Debió advertir mis lágrimas. Justifiqué:
–Tuve gripe. . . además. . . ¡El frío me entristece, es un bajón…! “¡lt downs me!” traduje–. ¡Eso abájame! –¡Vayamos al hotel! –dije yo, ya sin lágrimas.
–¡Hotel no! –dijo ella, la historia se repite.
No insistí. Entonces no sabía –sigo sin saber–, cómo puede alguien imponer su voluntad a una muchacha punk. Salimos al frío; calaba. Los huesos. Ni un alma. Por las calles. Llamé a un taxi. El no paró. Pronto se acercó otro. Se detuvo y subimos. Olía a transpiración de chofer y a gas oil. Mi Muchacha nombró una calle y varios números. imaginé que viviría en un barrio bajo, en una pocilga de subsuelo, o en un helado altillo y calculé que compartiría el cuarto con media docena de punks malolientes y drogados, que a esa altura de la noche se arrastrarían por el suelo disputando los restos de la comida, o, peor, los restos de una hipodérmica sin esterilizar que circularía entre ellos con la misma arrogante naturalidad con que nuestros gauchos se dejan chupar sus piorreicas bombillas de mate frío y lavado. Me equivoqué: ella vivía en un piso paquetísimo, frente a Hyde Park. En la puerta del edificio decía “Shadley House”. En la puerta de su apartamento –doble batiente, de bronce y de lujuria –decía “R. H. Shadley”.
–Es la casa de mi familia –dijo humilde mi Punk y pasamos a una gran recepción. A la derecha, la sala de armas conservaba trofeos de caza y numerosas armas largas y cortas se exhibían junto a otras, más medianas, en mesas de cristal y en vitrinas. A la izquierda, había un salón tapizado con capitoné de raso bordeaux que brillaba a la luz de tres arañas de cristal grandes como Volkswagens. El pasillo de entrada desembocaba en un salón de música, donde sonaban voces. Al pasar por la puerta ella gritó “hello” y una voz le devolvió en francés una ristra de guarangadas. Detrás pasaba yo, las escuché, memoricé nuestra oración “queterrecontra” y con una mirada relámpago, busqué la boca sucia y gala en el salón. No la identifiqué. En cambio vi dos pianos, una pequeña tarima de concierto, varios sillones y dos viejos sofás enfrentados.
Entre ellos, sobre almohadones, media docena de punks malolientes fumaban haschich disputando en francés por algo que no alcancé a entender.
Un negro desnudo y esquelético yacía tirado sobre la alfombra purpúrea. Por su flacura y el color verdoso de su piel me pareció un cadáver, pero después vi sus costillas que se movían espasmódicamente y me tranquilicé: epilepsia.
Imaginé que el negro punk entre sus sueños estaría muriéndose de frío, pero no sería yo quien abrigase a un punk esa noche de perros, estando él, punk, reventado de droga punk entre tantos estúpidos amigos punk.
Copamos la cocina. Mi Muchacha me dijo que los batracios del salón de música eran “su gente” y mientras trababa la puerta me explicó que estaban enculados (“angry”, dijo) con ella, porque les había prohibido la entrada a la cocina. Ellos argumentaban que era una “zorra mezquina”, creyendo que la veda obedecía a su deseo de impedir depredaciones en heladeras y alacenas, pero el motivo eran las quejas y los temores de los sirvientes de la casa, que en varias oportunidades habían topado contra semidesnudos punks que comían con las manos en un área de la casa que el personal consideraba suya desde hacía tres generaciones y en la que siempre debían reinar las leyes de El Imperio. Ese día había recibido nuevas quejas del ama de llaves, pues uno de los punks, el marroquí, había estado toqueteando las armas automáticas de la colección y cuando el viejo mayordomo lo reprendió, el punk le había hecho oler una daga beduina, que siempre llevaba pegada con cinta adhesiva en su entrepierna. Coreen estaba entre dos fuegos y muy pronto tendría que elegir entre sus amigos y la servidumbre de la casa. Vacilaba:
–Son unos cerdos malolientes hijos de perra –me dijo refiriéndose a los dos franceses, el marroquí, el sudanés y el americano, quien además –contenía “costumbres repugnantes”. No pude saber cuáles, pero me senté en un banquito a imaginar media docena de posibilidades punk, mientras ella filtraba un delicioso café con canela. Cuando la cafetera ya borboteaba, me contó que aquel departamento había sido de los abuelos de su madre, que era una crítica de museos que trabajaba en New York. El padre, veinte años mayor, se había casado por prestigio, tomando el apellido de la mujer cuando lo hicieron caballero de la reina vieja en recompensa de sus ‘sevicios de espía, o policía, en la India.
Vinculado a la compañía de petróleo del gobierno, el viejo había hecho una apreciable fortuna y ahora pasaba sus últimos años en África, administrando propiedades. Mi Muchacha Punk lo admiraba. También admiraba a su madre. No obstante, al referirse a las relaciones de los dos viejos con ella y con su hermana mayor, puntualizó varias veces que eran unos “hijos de perra malolientes”. Creí entender que había un banco encargado de los gastos de la casa, los sueldos de los sirvientes y choferes y las cuentas de alimentos, limpieza e impuestos, y que las dos muchachas –la mía y su hermana recibían cincuenta libras. “Cerdos malolientes”, había vuelto a decir tocándose la cicatriz y explicando que el service –que en tiempos de humedad debía realizarse semanalmente le costaba veiticinco libras, y que así no se podía vivir. Pedía mi opinión. Yo preferí no tomar el partido de sus padres, pero tampoco quise comprometerme dando a su posición un apoyo del que, a mí, moralmente, no me parecía merecedora. Entonces la besé.
Mientras bebía el café la muchacha salió a arreglar algunos asuntos con sus amigos. Yo aproveché para mirar un poco la cocina: estábamos en un cuarto pilo, pero uno de los anaqueles se abría a un sótano de cien o más metros cuadrados que oficiaba de bodega y depósito de alimentos. Había jamones, embutidos y ciento cuarenta y cuatro cajas con latas de bebidas sin alcohol y conservas. vi cajones de whisky, de vinos y champañas de varias marcas.
Contra la pared que enfrentaba a mi escalera, dormían millares de botellas de vino, acostadas sobre pupitres de madera blanca muy suave.
Había olor a especias en el lugar. Calculé un stock de alimentos suficiente para que toda una familia y sus amigos argentinos sitiados pudiesen resistir el asedio del invasor normando por seis lunas, hasta la llegada de los ejércitos libertadores del Rey Charles, y al avanzar los atacantes, obligándonos a lanzar nuestras últimas reservas de bolas de granito con la gran catapulta de la almena oeste, apareció otra vez mi princesita punk, que repuesta del fragor del combate, volvía a trabar la puerta con dos vueltas de llave y me miraba, carita de disculpa.
Yo dije, por decir, que me parecía justificado el temor de sus sirvientes. “Nunca se sabe”, dije en español, y le aclaré en inglés “es no fácil saber”. Ella se encogió de hombros y dijo que sus amigos eran capaces de cualquier cosa, “como pobre Charlie”. Quise saber quién era “pobre Charlie” y me contó que era un pariente, que se había hecho famoso cuando arrancó las orejas de una bebita en Gilderdale Gardens pero que ahora envejecía olvidado en un asilo cercano a Dundall, fingiéndose loco, para evitar una condena.
Entonces volvió a preguntar mi nombre y el de mis padres y se rió. También volvió a hablarme de su cicatriz que había costado cincuenta libras: el precio de su pensión semanal, “como una substancia de hecho”. El banco le liquidaba cincuenta libras por semana a mi Muchacha y otras tantas a su hermana mayor, pero el maquillaje requería service. (Estoy seguro de haberlo escrito, pero ella volvía a contármelo y yo soy respetuoso de mis protagonistas. El arte –pienso debe testimoniar la realidad, para no convertirse en una torpe forma de onanismo, ya que las hay mejores.) Necesitaba service la cicatriz y le impedía, entre otras cosas, la práctica de natación y de esquí acuático. Coreen adoraba el esquí y las largas estadías al aire libre en tiempo de humedad y me invitó con un cigarrillo de marihuana: un joint. Lo rechacé porque había bebido mucho, me sentía ebrio de planes, y no quería que una caída súbita de mi presión los echara a perder. Mi Muchacha empapaba el papel de su pequeño joint con un líquido untuoso que guardaba en la miniatura de Coke de su colgante de oro. “Aceite de heroína”, explicó. Ella había sido adicta y friendo ese juguito que impregnaba el papel y la yerba, tranquilizaba sus deseos.
Hacía un año que venía abandonando el hábito, temía recaer en los pinchazos que habían matado a sus mejores amigos una noche en París –septicemia y ahora quería curarse y salir de aquello porque su pensión no le alcanzaba para solventar el hábito: ya bastantes problemas le traía el service de su maquilladora. Después volvió a dejarme solo en la cocina, fue al baño y yo robé del sótano una lata de queso cammembert, y a medida que me lo iba comiendo con mi cuchara de madera, hice una recorrida por las dependencias de la cocina: arte testimonial.
Amén de varios hornos verticales, y un gran hogar revestido de barro para hacer pan en la sala contigua tenían una máquina de asar eléctrica, con un spiedo que mediría tres metros de ancho por uno de circunferencia. Calculé que un pueblo en marcha hacia la liberación podía asar allí media docena de misioneros mormones ante un millar de fervientes watussi desesperados por su alícuota de dulzona carne de misionero mormón rotí. Más allá de la sala estaba el depósito de tubos de gas, leñas, carbón y especias. Olía a ajo el lugar, pero no vi ajo sino ramas de laurel y bolsas de yute con hierbas aromáticas que no supe calificar. ¿Romero? ¿Peter Nollys? ¿Kelpsias? ¡vaya uno a distinguir las sofisticadas preferencias de esos maniáticos magnates británicos…! Cuando Coreen –mi Muchacha Punk, dueña y señora de la casa volvía del –baño, trabó la puerta que separaba la cocina del office –al que ella llamaba “hogar” en inglés de los salones donde seguían gritándose barbaridades sus amigos. Ignoro lo que habrán dicho ellos, pero como resumen dijo que eran unos piojos hijos de perra; grave. Prendió otro joint con la brasa de mis 555, y –¡Achalay!– nos fuimos con él a apestar el dormitorio de su hermana, donde, dormiríamos, pues el suyo venía desordenado de la tarde anterior.
El pasillo que llevaba a los cuartos, estaba custodiado por grandes cuadros que parecían de buena calidad. Reparé en el piso: listones de roble enteros se extendían a lo largo de quince o veinte metros. Sin alfombra ni lustre alguno, la madera blanca repulida me evocó la cubierta de aquellos clippers que se hacía construir la pandilla de nobles que rondaba a Disraeli para gastar sus vacaciones en Gibraltar. ¡Un derroche! El cuarto de la hermana era amplio, sobriamente alfombrado, y en un rincón había una piel de tigre, en otro, una de cebra viel y otras pieles gruesas que supuse serían de algún lanar exótico, pues eran más grandes que las pieles de las ovejas más grandes que mis ojos han visto y que las que cualquier humano podría imaginar con o sin joints embebidos en substancias equis.
Nos acostamos. Tercera decepción del narrador: mi Muchacha Punk era tan limpia como cualquier chitrula de Flores o de Belgrano R. Nada previsible en una inglesa y en todo discordante con mis expectativas hacia lo punk. ¡Las sábanas…! ¡Las sábanas eran más suaves que las del mejor hotel que conocí en mi vida! Yo, que por mi antigua profesión solía camouflarme en todos los hoteles de primera clase y hasta he dormido –en casos de errores en las reservas que de ese modo trataron los gerentes de repararen suites especiales para noches de bodas o para huéspedes VIP, nunca sentí en mi piel fibras tan suaves como las de esas sábanas de seda suave, que olían a lima o a capullitos de bergamota en vísperas de la apertura de sus cálices. Tercera decepción del lector: Yo jamás me acosté con una muchacha punk. Peor: yo jamás vi muchachas punk, ni estuve en Londres, ni me fueron franqueadas las puertas de residencias tan distinguidas. Puedo probarlo: desde marzo de 1976 no he vuelto a hacer el amor con otras personas. (Ella se fue, se fue a la quinta, nunca volvió, jamás volvió a llamarme. La franquean otros hombres, otros. Nos ha olvidado; creo que me ha olvidado).
Cuarta decepción del narrador: no diré que era virgen, pero era más torpe que la peor muchacha virgen del barrio de Belgrano o de Parque Centenario. Al promediar eso (¿el amor?) le largó a declamar la letanía bien conocida por cualquier visitante de Londres: “ai camin ai camin ai camin ai camin ai camin”, gritaba, gritaba, gritaba, sustituyendo los conocidos “ai voi ai voi ai voi ai voi” de las pebetas de mi pago, que sumen al varón en el más turbado pajar de dudas sobre la naturaleza de ese sitio sagrado hacia el que dicen ir las muchachas del hemisferio sur y del que creen venir sus contrapartidas británicas. Pero uno hace todo esto para vivir y se amolda. ¡vaya si se amolda! Por ejemplo: Y después se durmió. Habrá sido el vino o las drogas, pero durmió sonriendo, y su cuerpo fue presa de una prodigiosa blandura. Miré el reloj: eran las 5.30 y no podía pegar un ojo, tal vez a causa del café, o de lo que agregamos al café.
Revisé los libros que se apilaban en la mesa de luz del cuarto de la hermana (lee mi Muchacha Punk. ¡Buenos libros! Blake, Woolf, Sollers: buena literatura. ¡Cortázar en inglés! (¡Hay que ver en una de esas camas señoriales lo que parece el finado Cortázar puesto en inglés!) Había manuales de física y muchos números de revistas de ciencias naturales y de Teoría de los Sistemas.
Separé algunas para informarme qué era esa teoría que yo desconocía pero que justificaba una publicación mensual que ya iba por el número ciento treinta y cuatro. Las miré. interesante: enriquecería mi conversación por un tiempo.
Andaba en eso citando llegó la hermana de mi Muchacha Punk con su novio. La chica dijo llamarse Dianne y era naturista, marxista, estudiaba biología, odiaba las drogas, despreciaba a los punks y no tomó nada bien que estuviésemos acostados en su cuarto, pero disimuló. Cuando le hablé, su expresión se hizo aún más severa como reprochando que un desnudo, desde su propia cama, se dirigiese a ella en un inglés tan choto.
No le gusté y ella no pudo disimularlo más.
En cambio el novio me mostró simpatía. Era estudiante de biología, naturista, marxista, odiaba profundamente a las punks y manifestó un intenso desprecio hacia las drogas y sus clientes.
Creo que de no haber mediado el episodio del encuentro y la irritación de su novia, habríamos podido entablar tina provechosa amistad. Me convidaron con sus frutas, algo muy delicioso, parecido al níspero y muy refrescante, que erradicó de mis encías el gustito a Coreen. Ella, a pesar de nuestra conversación en voz muy alta, mis gritos angloargentinos, mis carcajadas y los mendrugos de risa que alguno de mis chistes lograron de la bióloga, no despertaba.
Dije a los chicos que me vestiría y que debía partir pues me –esperaban en mi hotel. Ellos dijeron que no era necesario, que siempre dormían en el suelo por motivos higiénicos y que yo podía seguir leyendo, pues “la luz de la luz no nos molesta”. Así dijeron. Se desnudaron, se echaron sobre una piel de oso y se cubrieron hasta los ojos con una manta hindú. De inmediato entraron en un profundo sueño y los vi dormir y respirar a un mismo ritmo, boca arriba y agarraditos de las manos. Pero yo no podía dormir; apagué la luz de la luz y estuve un rato velando y escuchando el contraste entre las respiraciones simétricas de la pareja, y la de Coreen, más fuerte y de ritmo más que sinuoso.
Prendí la luz y revisé el reloj: serían las siete, pronto amanecería. Acaricié los pelos de mi Muchacha, su carita, sus lindísimos hombros y sus brazos, y casi estuve a punto de hacer el amor una vez más, pero temí que un movimiento involuntario pudiese despertarla. Aproveché para mirar su piel delicada y suave. Nada punk, muy aristocrática la piel de mi Muchacha. Le estudié bien el agujerito de la nariz: medía seis milímetros de ancho y formaba una estrella de cinco puntas. ¿O eran cinco milímetros y la estrella tenía seis puntas? Nunca lo volveré a mirar. Para esta historia basta consignar que estaba dibujado con precisión y que debió ser obra de algún cirujano plástico que habrá cargado no menos de quinientos pounds de honorarios. ¡Un derroche! Miré la cicatriz de la mitad izquierda de mi chica: había perdido más color y estaba apelmazada por el roce de mi mentón que la barba crecida de dos días tornó abrasivo. Me apenó imaginar que en la tarde siguiente, al despertar, mi Muchachita Punk me guardaría rencor por eso. Escribí un papelito diciendo que el service quedaba a mi cargo y lo dejé abrochado con un clip junto a un billete de cincuenta libras que había comprado tan barato en Buenos Aires, en la garganta de su botita de astrakán. Así asumía mi responsabilidad, y ella no necesitaría esperar otra semana para poner su cicatriz a cero kilómetro. Actué como hombre y como argentino y aunque nadie atine nunca a determinar qué espera un punk de la gente, yo no podía permitir que al otro día mi Muchachita se amargase y anduviera por todas las discotheques de Londres insinuando que nosotros somos unos hijos de perra que perturbamos sus cicatrices y no pagamos el service, desmereciendo aún más la horrible imagen de mi patria que desde hace un tiempo inculcan a los jóvenes europeos. Me vestí. Al dejar el cuarto apagué las luces. Para salir destrabé la cerradura de la cocina pero volví a cerrarla y deslicé la llave bajo la puerta. Los punks seguían peleando: el africano reprochaba a los otros no haberlo despertado para la cena. Otro lloraba, creo que era el francés.
Después oí una sílabas rarísimas: era alguien que hablaba en holandés.
Gracias a Dios no me vieron y encontré un taxi no bien salí a la calle, fría como una daga rusa olvidada por un geólogo ruso recién graduado en la heladera de un hotel próximo a las obras suspendidas de Paraná Medio.
La tarde siguiente, leí en The Guardian que durante la noche catorce vagabundos, a causa del frío, habían muerto, o crepado, estirando sin rencor sus veintitantas vagabundas patas inglesas, en pleno corazón de la ciudad de Londres.
Hicieron no sé cuántos grados Farenheit; calculo que serían unos diez grados bajo cero, penique más, penique menos. En el hotel me pegué un baño de inmersión y calentito y con el agua hasta la nariz leí en la edición internacional de Clarín las hermosas noticias de mi patria. Quise volver.
Al día siguiente volé a Bonn y de allí fui a Copenhague. Al cuarto día estaba lo más campante en Londres y no bien me instalé en el hotel quise encontrar a mi Muchacha Punk. No tenía su teléfono; su nombre no figura en el directorio de la vieja ciudad. Corrí a su casa. Me recibió amistosamente Ferdinand, el novio de la hermana: mi Muchacha estaba en New York visitando a la madre y de allí saltaría a Zambia, para reunirse con el padre. Volvería recién a fines de abril, y él no me invitaba a pasar porque en ese momento salía para la universidad, donde daba sus clases de citología. Tipo agradable Ferdinand: tenía un Morris blanco y negro y manejaba con prudencia en medio de la rough hour de aquel atardecer de invierno. Se mostró preocupado porque hacía un año le venían fallando las luces indicadoras de giro del autito. Le sugerí que debía ser un fusible, que seguramente eso era lo más probable que le sucedería al Morris. Rumió un rato mi hipótesis y finalmente concedió:
–No lo sé, tal vez tengas razón…
Me dejó en victoria Station, donde yo debía comprar unos catálogos de armas y unos artículos de caza mayor para mi gente de Buenos Aires.
Nos despedimos afectuosamente. El armero de Aldwick era un judío inglés de barbita con rulos y trenzas negras, lubricadas con reflejos azules.
Entre él y el librero de victoria Embankment –un paquistaní– acabaron de estropearme la tarde con su poca colaboración y su velada censura a mi acento. El judío me preguntó cuál era mi procedencia; el pakistano me preguntó de dónde yo venía. Contesté en ambos casos la verdad. ¿Qué iba a decir? ¿Iba a andar con remilgos y tapujos cuando más precisaba de ellos? ¿Qué habría hecho otro en mi lugar…? ¡A muchos querría ver en una situación como la de aquel atardecer tristísimo de invierno inglés…! Oscurecía. Inapelable, se nos estaba derrumbando la noche encima. Cuando escuchó la palabra “Argentina”, el armero judío hizo un gesto con sus manos: las extendió hacia mí, cerró los puños, separó los pulgares y giró sus codos describiendo un círculo con los extremos de los dedos. No entendí bien, pero supuse que sería un ademán ritual vinculado a la manera de bautizar de ellos.
El paqui, cuando oyó que decía “Buenos Aires, Argentina, Sur” arregló su turbante violeta y adoptó una pose de danzarín griego, tipo Zorba (¿O sería una pose de danza del folklore de su tierra…?). Giró en el aire, chistó rítmicamente, palmeó sus manos y (cantó muy desafinado la frase “cidade maravilhosa dincantos mil”, pero apoyándola contra la melodía de la opereta Evita.
Después volvió a girar, se tocó el culo con las dos manos, se aplaudió, y se quedó muy contento mostrándome sus dientes perfectos de marfil.
Sentí envidia y pedí a Dios que se muriera, pero no se murió. Entonces le sonreí argentinamente y él sonrió a su manera y yo miré el pedazo visible de Londres tras el cristal de su vidriera: pura noche era el cielo, debía partir y señalé varias veces mi reloj para apurarlo. No era antipático aquel mulato hijo de mala perra, pero, como todo propietario de comercio inglés, era petulante y achanchado: tardó casi una hora para encontrar un simple catálogo de Webley & Scott. ¡Así les va…!
(1979)

Rodolfo Fogwill
(1941/07/15 – 2010/08/21)

Escritor argentino

Nació el 15 de julio de 1941 en Quilmes.

Licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires donde después trabajó como profesor titular. Autor de poemas, cuentos, novelas, ensayos. Formó parte de docentes de la Facultad Libre de Rosario. También fue empresario de publicidad y marketing.

En 1980 su cuento Muchacha Punk obtuvo un importante premio patrocinado por la empresa Coca-Cola, que le permitió dedicarse a la escritura. Autor de la novela que le dio fama, Los pichiciegos, en seis días, cada uno de ellos con una dosis de 12 gramos de cocaína. Junto a César Aira y Ricardo Piglia, es uno de los escritores argentinos más destacados después de que en los ochenta murieran Borges y Julio Cortázar.

Escribió más de 20 libros, entre ellos los poemarios El efecto de realidad (1979) y Lo dado (2001), los libros de cuentos Música japonesa (1982) y Cuentos completos (2009) y las novelas (1992) y Vivir afuera (1998), por el que ganó el Premio Nacional de Literatura de Argentina seis años después.

También creó su propia editorial, Tierra Baldía, desde que la promovió la poesía. Forma parte de diversas antologías publicadas en varios países. En 2003 ganó la beca Guggenheim.

Rodolfo Fogwill falleció en Buenos Aires el 21 de agosto de 2010, a causa de un enfisema pulmonar, resultado de su adicción al cigarrillo.
Obras

Novela

Los Pichiciegos (1983)
La buena nueva (1990)
Una pálida historia de amor (1991)
Vivir Afuera (1998)
Cantos de marineros en las pampas (1998)
La experiencia sensible (2001)
En otro orden de cosas (2002)
Urbana (2003)
Runa (2003)
Un guion para Artkino (2009)

Cuentos

Mis muertos punk (1980)
Música japonesa (1982)
Ejércitos imaginarios (1983)
Pájaros de la cabeza (1985)
Muchacha punk (1992)
Restos diurnos (1993)

Poesía

El efecto de realidad (1979)
Las horas de citas (1980)
Partes del todo (1990)
Lo dado (2001)
Canción de paz (2003)
Últimos movimientos (2004)

Entrevista a Fogwill: “Los Pichiciegos” y la literatura – Ver para Leer

Obra en Construcción: Rodolfo Fogwill 1/2 – Audiovideoteca de Escritores