“La corte de los ilusos” de Rosa Beltrán

“La corte de los ilusos”

En el México de los siglos XVII y XVIII se acostumbraba a señalar a algunas mujeres como ilusas, histéricas, místicas o locas. Las ilusas eran aquellas que creían hablar con dios, o con el diablo, disfrazado de joven hermoso. Las histéricas sufrían de neurosis, proveniente de la matriz. Las místicas se entregaban a visiones en donde se unían a Dios. A las locas les tocaba el hospital y, a las brujas, la cárcel o la hoguera. La línea entre una clasificación y otra era muy tenue; así pues, la problemática femenina se resumía a que las mujeres eran consideradas unas menores de edad, débiles mentales.
Sobre la problemática descrita, Rosa Beltrán basa su primera novela: La corte de los ilusos. La narración de cada capítulo va precedido por un documento de la época, consejas, refranes, recetas etc., estos documentos tienen la función de introducir y resumir los capítulos cortos; organización que alude a la novela por entregas. La historia es lineal y narrada omniscientemente; así pues, inicia con los preparativos de la coronación de Iturbide y termina con el funeral del emperador, más una acotación. La atmósfera recrea un mundo femenino agobiado por la histeria, la ilusión y la locura; pero estas patologías, consideradas como femeninas, se presentan de igual manera en el comportamiento masculino; la intensidad narrativa aumenta conforme avanza la narración, recíprocamente al paso de una patología a otra. De tal manera que pasamos de la ilusión a la histeria y de la histeria a la locura, y de allí, a la muerte.
La escritora recrea la corte del único emperador que ha tenido México, Iturbide. Comienza presentando a una costurera francesa, la cual tiene el encargo de confeccionar el traje del emperador, implícita alusión al cuento infantil, el cual nos remite a un traje inexistente y a una persona demasiado ingenua para creer que de verdad ese traje es posible. Tal y como el emperador del cuento, Iturbide creerá en un traje que no existe y finalmente pasará por ingenuo y loco ante el pueblo. Del mismo modo, como cortados por la misma tijera, se presentan a los miembros de la corte del emperador; por supuesto, quienes tienen más peso son las mujeres, Nicolasa, la histérica, Ana María, esposa ilusa, Rafaela, viuda, enamorada de Fray Servando y, el obispo de Puebla, Antonio Joaquín Pérez, el tragón. Los personajes son delineados como bosquejos. Rosa Beltrán los traza figurines en unas cuantas líneas. El narrador omnisciente describe los comportamientos y los pensamientos burdos de títeres atrapados en sus fantasías; en su visión estrecha, centrada en el ego. Sin embargo, debido a la sutileza del dibujo, los efectos producidos en el lector distan de ser duros; pues los personajes inspiran compasión; por la ironía suave con la cual se les construye. No se escapan a ese manejo ni personajes históricos considerados símbolos de intelectualidad o heroicidad. En la corte de los ilusos, todos los personajes actúan marionetas, manipuladas por sus anhelos (el mundo de las apariencias); de allí que parezcan sombras. Deambulan inseguros, ridículos e histéricos. Por ejemplo, observamos a Fray Servando, fuera de sí; a Guerrero sin patillas, obligado a bailar con la “princesa”; a Guadalupe Victoria, sin saber cómo actuar después de recibir el reloj de Iturbide; a Santa Anna, esforzándose por quedar dentro de la clase alta a través del cortejo a una princesa ajada y sin dientes; misma que luce un vestido amarillo, escotado, propio para jovencitas. En el caso de la princesa, la descripción alcanza la figura de esperpento, esta condición es el símbolo de toda la corte. En el esperpento, la descripción grotesca comprende diversos sentimientos, mismos que pueden ser encontrados: asco, horror, rechazo, compasión. El esperpento es un desgarramiento. Por supuesto, la princesa Nicolasa es el único personaje que se siente claramente como una fractura, pues es innegable que se trata de una histérica, ávida de amor, completamente sola y completamente engañada por su necesidad de afecto; es inevitable sentir horror por su boca desdentada y sus pechos marchitos, pero es también inevitable sentir ternura y compasión por la pobre mujer ansiosa de amar y ser amada. Al igual que ella, los personajes de la corte del emperador son seres maltrechos, manipulados, agobiados por el peso que ellos mismos se impusieron; sin saber de finanzas ni de las implicaciones de obtener títulos nobiliarios; sin saber de las necesidades de un país, cuya gente, es imagen de esa corte de fantasía.

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La intensidad narrativa aumenta conforme transcurre la historia. Al final triunfa la locura. A través del contrapunto la autora crea un lazo de locura y muerte, además del lazo filial entre Agustín de Iturbide y la princesa Nicolasa. Si esta última ha viajado de la seducción de un hombre a la creación de espejismos en los cuales dialoga con Santa Anna; Agustín va de la seducción del poder a la creencia de que instaurará de nuevo el imperio. Ambos caen en la crisis, Nicolasa, contorsionada por el deseo, febril, muere presa de su amor deshilachado; mientras que su hermano Agustín, deforme por el ansia de fama y poder, cae fusilado. Los discursos en contrapunto se confunden, el discurso de Nicolasa podría ser el de Agustín y viceversa. Finalmente, la costurera, el personaje presentado al inicio de la historia, aparece para coser la mortaja del iluso que creyó ser emperador de México. Ana María, la esposa perpetuamente embarazada, también aparece y deja un halo de incertidumbre por el peso de ocho hijos huérfanos.
Si bien La corte de los ilusos no es lo mejor que se ha escrito respecto a las figuras controversiales de la historia del país, sí es una buena propuesta de lectura, está escrita cuidadosamente, con base en documentación seria y los vínculos que establece la escritora con la tradición popular de la época están bien trazados. La visión que nos transmite es la de una corte de ilusos, podríamos resumir, una corte de pobres diablos.

Rosa Beltrán se vende con “La corte de los ilusos”

 

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