«La casa del dolor ajeno», Julián Herbert.

Julián Herbert, reconocido escritor nacido en 1971 en Acapulco, Guerrero, pero coahuilense por elección, se considera migrante al haber vivido en Nuevo León y Coahuila.

El escritor narra que a los 6 años emigró de Acapulco para ir a vivir por poco tiempo a la ciudad de Monterrey, para después llegar entre el año de 1978 y 1979 a la ciudad de Frontera, Coahuila, y vivir su adolescencia en Monclova con algunas intermitencias, y finalmente llegar en 1988 a Saltillo, donde decidió quedarse al sentir que era su casa, y ahora es donde están sus hijos, sus amigos, su esencia.

“Pasé mi infancia y adolescencia entre Frontera y Monclova y llegué a vivir a Saltillo en 1988, soy coahuilense de toda la vida, por elección, y me encanta vivir en Coahuila; cuando llegué a vivir aquí sentí como que llegaba a mi casa, me hallé de inmediato, es mi territorio; pasar la adolescencia en Monclova ‘te hace’ de una manera particular, por el calorón, los fríos, el ‘peladero’ te da una visión distinta de las cosas”, dice.

Julián Herbert se nombra migrante por el hecho de haber nacido en el sur y luego haberse desarrollado en el noreste de México, donde su rango de movimiento era Monterrey, Saltillo, Monclova y Torreón, principalmente.

Su biografía dice que es licenciado en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC), además de ser un poeta, novelista, cuentista, ensayista, cronista, músico y promotor cultural, aunque confiesa que aún le faltan otros géneros por explorar y aportar su granito de arena a la literatura.

Como músico ha sido miembros de las bandas de rock Los Tigres de Borges y vocalista de Madrastras. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

Entre sus obras están los cuentos Soldados Muertos (1993), Cocaína (2006), Tratado Sobre la Infidelidad (2010), así como las novelas Un Mundo Infiel (2004) y Canción de Tumba (2011).

También destacan los poemarios Chili Hardcore (1994), El Nombre de Esta Casa (1999), La Resistencia (2003), Autorretrato a los 27 (2003), Kubla Khan (2005), Pastilla Camaleón (2009), Álbum Iscariote (2012), Jesus Liebt Dich Nicht / Cristo No Te Ama (2014).

Sus obras han obtenido premios tanto nacionales como extranjeros y algunos de sus textos han sido traducidos a varios idiomas. Recibió además una mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 1999, con El Nombre de Esta Casa.

También fue reconocido con el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2003, la Presea Manuel Acuña 2004, el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2006, el Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2008 (compartido con León Plascencia Ñol), el Premio Jaén de Novela Inédita 2011 por Canción de Tumba, y el Premio de Novela Elena Poniatowska 2012.

En 2009 fundó el colectivo de arte interdisciplinario Taller de la Caballeriza, con el que publicó la colección de videopoemas Depósito Salvado (2009-2010). También realizó junto a Jorge Rangel Soundsystem en Provenza: Performance de Electropoesía, el cual fue presentado en ciudades de México, Francia, España y Alemania.

Su última obra, La Casa del Dolor Ajeno (2015), narra un episodio nacional del que poco se habla: la matanza de 303 chinos en la ciudad de Torreón en 1911.

“Yo empecé escribiendo poesía, publiqué varios poemarios y con el paso del tiempo he escrito cada vez más prosa, igual escribí cuentos y publiqué una novela, que fue Canción de Tumba, en esa búsqueda de ampliar o abarcar todos los géneros literarios, y ahora está esta crónica periodística e histórica que es La Casa del Dolor Ajeno”, declaró.

Julián Herbert señala que el título de La Casa del Dolor Ajeno hace referencia, sin lugar a duda, al estadio de futbol del Club Santos, ya que refiere una metáfora con aquel que viene de fuera, acerca de la migración y de la violencia, además de que la referencia es la impresión que le causó la antigua casa de campo del doctor Walter J. Lim, que es un chalet de tejados color verde y muros de ladrillo rojo intenso, ahora convertida en el Museo de la Revolución de Torreón.

Explica que lo que narra su última novela se relaciona con aspectos del México contemporáneo, con aspectos que tienen que ver con la violencia contra los migrantes, los poderes fácticos ejerciendo violencia contra otros ciudadanos, también, con las versiones encontradas de los fiscales.

“Esta historia, que es incómoda para algunos, recupera la historia de la masacre de 303 chinos en Torreón ocurrida en 1911, donde también expone cómo se conformó la comunidad china en La Laguna y la fundación de Torreón.

“Me gustó mucho una cosa que dijo el historiador de Torreón, Carlos Castañón Cuadros, que La Casa del Dolor Ajeno le recuerda los poemas de Efraín Huerta de declaración de amor y declaración de odio; es un libro que en Torreón va a tener poca aceptación por un sector conservador, pero por otro lado una muy buena recepción”, agrega.

Al final señala que con esta crónica se busca hacer un cierre con una historia que no es cómoda para los coahuilenses y que no se ha dado a conocer; es una gestión de la memoria para tener una visión más precisa de la sociedad en la que vivimos, como ver quiénes somos y de dónde venimos.

Su último trabajo:

Bajo el sugerente título, La casa del dolor ajeno (Random House, 2015, y coincidentemente 303 páginas), Julián Herbert acaba de publicar un libro que relata el principal episodio tabú en la historia de Torreón: la matanza de 303 chinos en mayo de 1911. Su libro es una oportuna actualización a uno de los momentos más vergonzosos y terribles en la historia de México durante el siglo XX. Armado de un rigurosa investigación, y sobre todo, una excelente pluma, Herbert ahonda en el pasado como quien relata el presente. Masacres impunes, fosas clandestinas y hasta una “verdad histórica”. Si bien, el libro aborda la matanza de los chinos en Torreón, es imposible sustraernos a nuestra realidad inmediata. La desaparición forzada de 43 estudiantes en Guerrero. La masacre sucedida en San Fernando, Tamaulipas, donde 72 migrantes fueron asesinados. De la misma manera, un grupo criminal arrasó con casas y personas en Allende, Coahuila. ¿Cuántos? El gobierno prefiere callar. En La Laguna tenemos docenas y docenas de personas desaparecidas como lo ha documentado Fundec y el Grupo Vida. En ese sentido, el libro más reciente de Herbert interesa no sólo a historiadores y académicos, sino a un público más amplio, que por momentos, vive en un país delirante y barbárico. De esa manera, la historia es importante en tanto nos ofrece lecturas, perspectivas y dimensiones del presente.
El libro está narrado como un auténtico western. El escenario es el Torreón porfiriano, industrioso, empresarial. La tierra prometida del capitalismo que devora a sus propios hijos. Lejos quedan las imágenes idílicas de La Laguna o complacientes de la historia de bronce. Herbert confronta al lector con los muertos. Son ellos los que hablan y habitan sus páginas. Más vale escucharlos, aunque sus testimonios desgarren.
El libro transita por varios géneros. Crónica, ensayo, entrevista, por momentos novela histórica. Y lo que más disfruté: las digresiones personales del autor que nos adentran en la escritura de la historia. Es así como nos enteramos de circunstancias, detalles, pormenores del libro y hasta la vida personal del autor. El libro revisa y discute bibliografía fundamental del tema; recurre a fuentes de primera mano como el archivo mismo de la matanza, un escalofriante expediente que rebasa las mil fojas. En el camino, también toma esa fuente maravillosa y sorprendente que son los taxistas. Es así como el autor reproduce un diálogo luminoso. “¿Tú sabes quién mató a los chinos? En la puerta del hotel desciendo del auto, doy las buenas noches y pago. Al darme el cambio, el muchacho murmura sin mirarme: “Han de haber sido los Zetas, ¿no? Esos weyes son los que matan a todos”.
El libro de Herbert se inserta en la tradición revisionista, en tanto describe el “pequeño genocidio” lagunero y lo confronta de manera crítica con la interpretación de los historiadores, y sobre todo, la que hicieron las siguientes generaciones de torreonenses. Ocultar, tergiversar la verdad. Negarla. Enterrarla. Guardar un silencio cómplice. Es lo que el historiador francés, Pierre Vidal-Naquet, ha llamado “los asesinos de la memoria”. No es casualidad que la casa del Dr. Lim, un personaje extraordinario y sobreviviente de la matanza, sea un museo más de la revolución.
Por supuesto, la crítica de Herbert ya genera polémica en algunos sectores muy conservadores de Torreón. Es un libro que no deja tranquila a la “casta intelectual” lagunera, y corta más de una cabeza. Julián dibuja bien a Torreón y los laguneros como una sexualidad violenta. Su relación con la ciudad me recordó dos poemas de Efraín Huerta: Declaración de amor y Declaración de odio.
Los fallidos memoriales a la colonia china en Torreón hablan por sí mismos. La última vez, la escultura del hortelano chino en el Bosque Venustiano Carranza, terminó con una soga al cuello. Los ladrones no alcanzaron a robar el monumento para venderlo al kilo. Sobre la ausencia de esa escultura, Herbert escribe: “lejos de la vista de una sociedad liberal, abierta y migrante que todavía hoy se niega a reconocer ante sí misma lo que sucedió a la colonia china entre el 13 y el 15 de mayo de 1911”.
La publicación de La casa del dolor ajeno llega en momento muy oportuno después de la exposición “303: La matanza de chinos en Torreón”, que a principios del año, abrió el prestigioso e inquietante Museo Memoria y Tolerancia en la ciudad de México. Pienso que interpretaciones críticas como el libro Julián Herbert y la exposición en su momento, contribuyen a entendernos mejor, pero sobre todo, a dignificar la memoria. Por supuesto, nunca faltará quien prefiera vivir en una mentira tranquilizadora.

“La casa del dolor ajeno” de Julián Herbert

 

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