Julia Franck: ¨La única constante en mi vida es la escritura¨.

La única constante en mi vida es la escritura.
Julia Franck
Julia Franck nació en 1970 en Berlín Este. En 1978, con su madre y sus tres hermanas, emigró a Berlín Oeste. Al principio vivieron en un asilo de refugiados, antes de que la familia hiciera de su hogar una granja en Schleswig-Holstein. A los 13 años se fue a vivir con amigos de su madre a Berlín Oeste. Terminó el bachillerato, cursó estudios americanos y literatura comparada alemana en la Freie Universität de Berlín. La autora trabajó como enfermera, camarera, mecanógrafa y ayudante de dirección para la radio. Algunas temporadas residió en los Estados Unidos y en Centroamérica. A parte de sus trabajos literarios también trabaja como periodista. Julia Franck vive y trabaja en Berlín.

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A esta autora berlinesa siempre le ha gustado crear mundos nuevos. En 1994 se presentó por primera vez a un concurso literario para jóvenes convocado por la Neue Gesellschaft für Literatur y lo ganó. En 1997 realizó su debut literario con la novela Der neue Koch. En 1999 siguió Liebediener, descrita como „la historia de amor de los 90“ por el periódico Süddeutsche Zeitung. Un año más tarde publica Bauchlandung (2000). En su novela histórica-política Zona de tránsito (Lagerfeuer) Julia Franck cuenta —marcada por su experiencia autobiográfica en el asilo de refugiados de Marienfelde— una parte de la historia entre las dos Alemanias de finales de los años 70, hasta entonces pasada por alto. La novela Die Mittagsfrau (2007) trata de un secreto familiar. A través de la narración, Julia Franck descubre las huellas y rompe el silencio.

”Creo imágenes y así el lector tiene la sensación que ve a las personas, dónde se encuentran, como se mueven, como hablan. Esta manera plástica del cuento tiene su origen en un gesto de narración relativamente estricto. Esto significa que en la superficie del texto no busco explicaciones psicológicas por la conducta de las personas. Hago que el lector vea las cosas a través de su ojo interior”.

Julia Franck ha ganado numerosas becas y premios, entre otras la beca Alfred-Döblin (1999) y el Premio 3-sat en el concurso Ingeborg- Bachmann en Klagenfurt (2000). En 2007 recibió el Premio Alemán del Libro.

 

Zona de tránsito

Antes de la caída del Muro, en los precarios edificios del lager de Marienfelde, en Berlín occidental, donde se alojan los refugiados llegados de países del otro lado del Telón de Acero, se cruzan los destinos de numerosas personas que aspiran a integrarse en la sociedad que les ha acogido. Entre ellas, se encuentra la atractiva Nelly Senff, una joven viuda que abandona la República Democrática Alemana junto con sus dos hijos; Krystyna Jablonovska, violonchelista polaca que ha huido de su país para procurarle a su hermano, enfermo de cáncer, un tratamiento mejor, y el joven Hans Pischke, actor y antiguo presidiario. Un cuarto personaje, John Bird, miembro del servicio secreto estadounidense, que, junto con agentes de numerosos países, toma declaración a los refugiados, está más interesado en el pasado de éstos (para averiguar si alguno trabajó –o sigue trabajando– para la Stasi) que en el incierto futuro que les espera.

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La joven escritora Julia Franck presenta de manera magistral, con delicadeza a la vez que con humor desesperado, el drama que viven sus personajes. En las estrecheces del lager se agudizan las relaciones entre las personas, y Julia Franck lo sabe muy bien, no en balde vivió durante tres meses en Marienfelde cuando tenía ocho años.

El príncipe Húngaro: Péter Esterházy:

Durante años, antes de llegar la democracia a su país, y antes de que la lengua húngara fuera coronada en 2002 con el Premio Nobel de Literatura a través del recientemente fallecido Imre Kertész, Péter Esterházy fue junto al checo Milan Kundera el autor más difundido internacionalmente de los antiguos países pertenecientes al Telón de Acero.

Disidente político, crítico vitriólico de los totalitarismos, defensor de una gran libertad e innovación creativa en sus obras, Esterházy fue un gran amigo de Kertész en vida. Algo parecido a un cómplice literario y a ese hijo que el Premio Nobel, judío sobreviviente de Auschwtiz, jamás tuvo.

En 2005 publicaron conjuntamente el libro «Una historia: dos relatos» (Galaxia Gutenberg), en el que partiendo de una anécdota auténtica, ambos reflexionaban en torno a un individuo, indefenso y humillado, enfrentado al poder arbitrario y la fuerza bruta. Alguien que no sólo se tenía que enfrentar a ello en épocas totalitarias, sino también posteriormente, en momentos aparentemente banales en los que aún persistían las huellas de tiempos peores.

FRACASÉ COMO INTELECTUAL ME GUSTA EL FÚTBOL”

por Javier Rodríguez Marcos (Madrid 2010)
Peter Esterházy (Budapest, 1950) es como una iglesia con un tiovivo dentro: serio solo por fuera. Sus libros son justo lo contrario: solo superficialmente son humorísticos. En el último, Sin arte (publicado por Acantilado en traducción de Adan Kovacsics), cuenta la pasión futbolística y la muerte de su madre durante la dictadura comunista con un tono irónico que contrasta con la gravedad del tema. ¿Forma de distanciamiento o cuestión de carácter?
“El humor”, responde Esterházy, “no disminuye el grado de dolor, pero la comedia está siempre a un paso de la tragedia. En mis libros van juntas. Por eso a veces el lector llora cuando debería reír. Y viceversa”.
En Sin arte, la madre del escritor aparece como una erudita del fútbol húngaro, amiga de Puskas y obsesionada con hacer de su hijo un delantero de provecho. Corrían los años gloriosos del “equipo de oro”, la selección que ganó los Juegos Olímpicos de Helsinki en 1952 para caer dos años después ante Alemania en la final del Mundial de Suiza. Peter Esterházy no llegó muy lejos corriendo por la banda derecha. Su hermano Márton, sin embargo, sí. Creció “como la mala hierba” al margen de la vigilancia materna, y terminó jugando en México 86.
“Mi madre pegaba en un cuaderno las noticias sobre mi hermano. Nunca lo hizo con las reseñas de mis libros, pero sobreviví a la afrenta”, dice el escritor sonriendo.

El opio del pueblo

Para los Esterházy el fútbol fue una vía de escape: “En una dictadura todo el mundo busca un camino de huida. Luego llega la libertad y la gente no sabe qué hacer con ella: está preparada para sobrevivir, no para vivir. El comunismo terminó con las incertidumbres, y eso es asfixiante pero tranquilizador”.
¿La evasión política se ha convertido en distracción social?
“El fútbol es un opio, sí. Hasta que acabe el Mundial no hablaremos de la crisis, solo de si Xavi movió bien la pelota. Cuando aplastaron la revolución del 56 se produjo una depresión en Hungría, pero para muchos saber que Puskas jugaba en el Real Madrid era una señal de que había que seguir luchando. Fue un autoengaño, claro, pero así funcionan los mitos”.

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Autor de títulos como Pequeña pornografía húngara o Armonía celestial, Peter Esterházy insiste en que su relación con el fútbol no es la de un intelectual sino la de un jugador, aunque sea uno fracasado: “Los que desprecian el fútbol tienen razón, su degradación es objetiva, pero yo no veo las cosas repugnantes que lo rodean, solo lo que sucede en el campo, y el juego en sí puede ser tan refinado como para complacer las exigencias del intelectual más pedante. No me interesa la violencia, la corrupción… O sea que sí, podríamos decir que fracasé como intelectual: me gusta el fútbol”.
En un pasaje de Sin arte, el novelista fantasea con un partido en el cielo promovido por Dios -“que es húngaro”- entre ángeles y escritores. Cuando se le pide la alineación matiza: “Los buenos escritores van a terminar en el infierno. Quizás se colasen en el cielo Cervantes y Chesterton, pero por un malentendido”. Y si Dios es húngaro, ¿por qué Hungría no se clasificó para Sudáfrica? ¿Siguiente pregunta?”.

 

El legado de Estérhazy

Fantástico maestro de las amalgamas textuales, en la obra de Estérhazy  se mezclan sin cesar la autobiografía y la historia durante y después del comunismo, las parodias humorísticas e iconoclastas junto a la presencia permanente de una magnífica erudición en todos los campos.

En sus libros humor, crónica histórica, represión política, recuerdos del Imperio Austrohúngaro, deconstrucciones sobre el amor y el sexo, pasión por el fútbol, viajes y emocionados homenajes literarios como el que le dedicó a su admirado Bohumil Hrabal («El libro de Hrabal», 1990), convivían con los recuerdos de la célebre estirpe magiar de la que provenía: la Casa Estérhazy. Una familia que protagonizaba, a lo largo de 150 años, su monumental obra maestra «Armonía celestial», de 2000. Otras de sus más célebres obras son: «Los verbos auxiliares del corazón» (1985), «La mirada de la condesa Hahn-Hahn» (1992), «Una mujer» (1995) y «Sin arte» (2008).

Hay que decir que este escritor tuvo un acto de valentía singular. Poco después de ser publicada «Armonía celestial», en la que su padre, el conde Esterházy, ocupaba un importante papel simbólico de represaliado por el comunismo, se abrieron los archivos de la policía secreta. Allí se descubrió que, tras la fallida revolución democrática de 1956, su progenitor trabajó durante años como confidente del Misterio del Interior. Ante esa noticia, probablemente la más amarga de su existencia, Péter Estérhazy publicaría una dolorosa réplica a su anterior obra, titulada en esta ocasión «Versión corregida» (2002).

 

Su obra maestra: Armonia celestial

Los Esterházy, una de las familias aristocráticas más grandes e influyentes de Europa, se inscribieron durante siglos en la historia de Hungría y del imperio de los Habsburgo. La procedencia de esta familia es historia nacional y la monumental novela Armonía celestial fue saludada en las listas de best sellers como una epopeya nacional (Corriere della Sera). Dividida en dos partes, en la primera de ellas, Frases numeradas de la vida de la familia Esterházy, el autor aborda en 371 párrafos la historia de los Esterházy en los últimos 500 años, analizando ampliamente la conciencia de la nación húngara y de la monarquía de los Habsburgo. En la segunda parte, Las confesiones de una familia Esterházy, se narra la historia de la familia durante los siglos XIX y XX.

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Cecelia Ahern y la novela romántica.

Cecelia Ahern (n. 30 de septiembre de 1981 en Dublín, Irlanda) es una novelista irlandesa. Ha publicado varias novelas y una serie de historias cortas. Es hija del que fue Primer Ministro de Irlanda, Bertie Ahern. Su hermana mayor Georgina, está casada con Nicky Byrne, del grupo pop irlandés Westlife.
Antes de comenzar su carrera como escritora, obtuvo su Licenciatura en Periodismo y Medios de Comunicación en el Griffith College de Dublín. En 2004 publicó su primer novela PostData: Te amo, que fue best-seller en Irlanda, Reino Unido, Estados Unidos, Alemania y Holanda, y se vendió en más de cuarenta países. El libro se convirtió en una película dirigida por Richard LaGravenese, que se estrenó en EE.UU. el 21 de diciembre de 2007.

Posdata: Te Amo

 

Su segundo libro, Dónde termina el Arco Iris la cual también llegó a número uno en Irlanda y Reino Unido, y ganó el Premio alemán CORINE en 2005. En 2014 se convirtió en película bajo el título “Love, Rosie”.

Ha contribuido a obras benéficas con los libros de cuentos como Las niñas son irlandeses, Vuelta en la Ciudad y Ladies’ Night. Es cocreadora, junto con Donald Todd, y productora de la comedia de ABC Samantha Who?.
Novelas
PS: I love you, 2004 (Postdata: Te Amo)
Where rainbows end = Rosie Dunne, 2004 (Donde termina el arcoiris)
A silver lining = If You could see me now, 2006 (Si pudieras verme ahora)
A place called here = There’s no place like here, 2006 (Un lugar llamado aquí)
Mrs. Whippy, 2006
Thanks for the memories, 2008 (Recuerdos prestados)
The gift, 2008 (Un regalo del cielo)
The book of tomorrow, 2009 (El mañana empieza hoy)
The time of my life”, 2011 (Una cita con mi vida)
One hundred names, 2012 (Cien nombres)
How to fall in love, 2013 (Como enamorarse)
The year I met you ,2014 (El año en que te conoci)
The marbel collector,2015 (El coleccionista de canicas)

 

Cuentos en ANTOLOGÍAS

“The calling” in Irish Girls Are Back In Town, 2005 (con Patricia Scanlan, Gemma O’Connor and Sarah Webb)
“The end” in Girls’ Night Out, 2006 (con Wendy Holden, Freya North, Cathy Kelly, …)

 

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Un hombre desesperado. Una mujer decidida. Dos semanas para enamorarse…

Una historia inolvidable que lleva el sello personal de la autora de Posdata: te quiero, Cecelia Ahern.

Sólo tiene dos semanas. Dos semanas para enseñarle a Adam a enamorarse… de su propia vida.

Adam Basil y Christine Rose se conocen una noche, ya tarde, cuando Christine está cruzando el puente de Ha’penny, en Dublín. Lo ve allí, suspendido en el aire, amenazando con arrojarse al río. Está desesperado, pero Christine llega a un alocado acuerdo con él: le apuesta a que antes de que Adam cumpla los treinta y cinco años –para lo cual falta poco– le habrá demostrado que la vida merece la pena.

Pese a su determinación, Christine sabe lo peligrosa que es la promesa que ha hecho. Ambos se embarcan contra el reloj en locas aventuras, y Adam parece estar enamorándose de nuevo de su vida. Ahora bien, ¿ha conseguido Christine que cambie de actitud para siempre? Y ¿es eso lo único que está empezando a ocurrir?

Una mágica historia de amor y esperanza, como solo podría contarla Cecelia Ahern.

«Personajes vívidos y una historia de la que enamorarse; una de nuestras novelas favoritas de Ahern.» Heat

«Asegúrate de tener un paquete de pañuelos a mano cuando empieces a leerlo.» Woman’s World

«Una novela reflexiva, maravillosamente escrita, con momentos de humor y un mensaje digno de ser recordado.» Novelicious

«Una obra maestra al más puro estilo de Cecelia Ahern, que infunde esperanza, alegría, amor y fe en los milagros.» The Star

 

 

Enrique Serna de prosa contenía, redonda y subyugante.

En las ocho novelas que ha escrito hasta ahora, Enrique Serna ha dejado constancia de su calidad literaria. Allí están como prueba Señorita México, Uno soñaba que era rey, El seductor de la patria, Fruta verde, La sangre erguida y la muy reciente La doble vida de Jesús; pero con sólo tres libros de cuentos: Amores de segunda mano, El orgasmógrafo y La ternura caníbal, Serna se ha situado como uno de los grandes cuentistas mexicanos.

Enrique Serna ha creado con los años su propia definición del cuento, asegura que es una narración breve, generalmente impredecible, que narra el momento en que una vida se transforma y ya no vuelve a ser la misma.

El narrador y ensayista nacido en 1959 que radica desde hace más de 15 años en Cuernavaca, Morelos, tiene en su haber también dos recopilaciones de ensayos y notas periodísticas. Es, sin duda, uno de los escritores más notables y uno de los cuentistas mayores de nuestro país, con una prosa contenida, redonda y subyugante, que posee una gran eficacia literaria.

“En efecto yo he escrito más novelas que libros de cuentos porque me parece más difícil reunir diez o doce buenas ideas, que es lo que se requiere normalmente para escribir un libro de cuentos. Yo tardó mucho también en madurar esas ideas porque muchas de ellas no están completas, son ideas un poco a medias, las dejó madurar sin esforzarme en completarlas, hasta que en algún momento de revelación encuentro la manera de madurar esos cuentos, porque muy raramente me siento a escribir uno sin tenerlo resuelto en la cabeza”, afirma el narrador en una entrevista concedida a EL UNIVERSAL para reflexionar sobre la situación actual del cuento en México, sobre su estilo de cuentista y su madurez literaria.

Eso le ocurrió en “Borges y el ultraísmo” uno de los cuentos de Amores de segunda mano. Escribió más o menos la mitad, se detuvo porque no sabía cómo continuarlo y a los tres meses en una noche de insomnio se le ocurrió cómo podía ser el desenlace y entonces lo terminó.

¿El proceso que te rige como cuentistas es que nunca emprendes una historia hasta que no lo tienes plenamente claro en la cabeza?

Es muy angustioso eso de sentarse a escribir sin saber cómo va a ir uno a acabarlo, sobre todo en un género donde es tan necesario el efecto, la contundencia del final, donde todo puede caerse si uno no logra satisfacer las expectativas del lector. El del cuento es un lector ávido de sorpresas y de iluminaciones sobre la condición humana, por eso he sido menos pródigo en ese género que en la novela. La novela además es un género que cuando uno se mete en ella trabaja de tiempo completo hasta acabarlo.

El cuento no, uno puede pasar cuatro o cinco o hasta más años en el transcurso para tener un libro de cuentos. No se presentan las ideas una detrás de otra, puede pasar entre ellas uno o varios años y entonces hay que dejarlas llegar, hay que tener paciencia y esperar. Lo que sí creo que puede ocurrir a veces es que cuando uno ya tiene cinco o seis ideas puede ser que las nuevas ideas que se le ocurren ya las piense solamente para cuentos no para novelas.

Me comentaron algunos amigos que en mi libro La ternura caníbal había varios cuentos que hubieran podido ser novelas porque tenían historias bastante intrincadas, tramas complejas y demás, y es probable que sí, que si yo hubiera podido alargarlos los hubiera escrito como novelas. Pero creo que es más interesante incluso como desafío literario hacer un esfuerzo por condensar al máximo, de modo que esas historias que hubieran podido quedar un poco más aguadas, queden más concentradas. Creo que hay cierto tipo de lectores que eso lo agradecen.

¿Tienes muy claro cuándo es una historia para cuento y cuándo es una historia para novela?

Generalmente sí, pero a veces en que el material me obliga a extenderme y entonces uno incursiona en el género de la novela corta o de la noveleta, que también es un género que me parece muy interesante. Hay escritores que han hecho maravillas en él como Stefan Sweig; también las he escrito, en El orgasmógrafo hay una que es “La palma de oro”, y quizás otras que llegan a las 40 ó 50 páginas y que también podrían ser calificados como novelas cortas como el mismo cuento deEl orgasmógrafo.

¿Y con sólo tres libros de cuentos eres considerado uno de los mejores cuentistas de México?

Hay muchos años detrás de tratar de luchar con el género. A los 18 años empecé a escribir cuento pero mi primer libro de cuentos lo publiqué hasta los 31. En ese tiempo escribí muchos cuentos que se fueron la mayoría de ellos a parar al basurero, no estaba satisfecho con ellos, a veces los mandaba a concursos de cuento donde perdía, o a revistas donde me los rechazaban y yo me daba cuenta que era porque no había podido desarrollar las ideas que yo tenía en la cabeza para darles una forma literaria atractiva; entonces con un esfuerzo de autocrítica fui mejorando hasta escribir cuentos más legibles.

José Emilio Pacheco decía que a veces se pensaba un género para escritores principiantes, ¿qué opinas?

Yo también me inicie con el cuento como he contado en mi novela Fruta verde. Mi primer cuento era un cuento fantástico que ocurría dentro de una cajetilla de cerillos y los personajes eran los cerillos, era un cuento fantástico inspirado en mis autores de cabecera, que eran los clásicos de la literatura fantástica: Edgar Allan Poe, Lovecraft, H. G. Wells, creo que buscaba imitarlos, tratar de aprender su técnica. Aunque era un cuento muy malo me lo publicaron en el suplemento cultural del periódico El Nacional, yo creo que me lo publicaron porque no les llegaba ninguna colaboración, era un periódico que casi nadie leía pero fue importante para fortalecer mi vocación porque a partir de entonces yo decidí que quería ser escritor.

¿Cómo está hoy el cuento?, ¿a las editoriales les interesa o lo desdeñan?

Conozco algunas editoriales, no sólo aquí en México, que no publican libros de cuentos, pero creo que de cualquier manera sigue habiendo espacio para el cuento en revistas, suplementos culturales y también dentro de otras editoriales. Por supuesto que no es el género más leído de la actualidad porque los cartabones de mercadotecnia han privilegiado a la novela extensa. El best seller siempre es un ladrillo de 500 páginas, a la gente les gusta que les duren mucho porque generalmente los llevan a leer en la playa, en las vacaciones y tiende a creerse que cuanto más larga mejor.

El cuento va a contracorriente de esa tendencia porque el cuento obliga al lector a renovarse en esfuerzo imaginativo al principio de cada nueva historia; probablemente para los hábitos de pereza mental que tienen la mayoría de los lectores sea algo que los desanima, pero curiosamente entre los niños sí hay esa disposición a renovar ese esfuerzo imaginativo porque cuando uno le cuenta un cuento a un niño en la noche, antes de dormirse, quiere otro y otro y otro y realmente es agotador tener que estar inventando tantos cuentos para satisfacer esa curiosidad inagotable de los niños. Digamos que el cuento es un género entonces que trata de refrescar la imaginación de los adultos para que recuperen esa gran agilidad mental que tuvieron en la infancia.

¿Tiene cabida en revistas y suplementos?

Sí, yo he visto que publican con mucha frecuencia cuentos en la Letras Libres, en el Confabulario, en la revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla, en Luvina de la Universidad de Guadalajara, en Nexos; lo que sí creo que es muy difícil que los lectores de esas revistas se interesen mucho por los cuentos porque generalmente van por artículos breves. Yo sí procuro leer muchos cuentos cuando los encuentro en esos medios porque el género siempre me ha cautivado y trato de estar más o menos al día en cuanto a los cuentistas que van surgiendo.

¿Además de los escritores de literatura fantásticas, quiénes son tus otras influencias?

En mi adolescencia fueron los escritores de literatura fantástica, unos diez o quince años después descubrí a los clásicos del cuento cruel, a Villiers de L’Isle Adam, a Baudelaire, el Baudelaire de El Spleen de París, a Joaquim Maria Machado de Assis, más recientemente a Rubem Fonseca, a Virgilio Piñera, Raymond Carver y de todos ellos he tratado de aprender algo sin que eso signifique presumir que lo he logrado.

¿México sigue siendo un país de cuentistas?

En el siglo XX tuvimos una gran pléyade de cuentistas, digamos que es el Siglo de oro del cuento mexicano con Rulfo, Arreola, Revueltas, Carlos Fuentes que tiene un libro de cuentos extraordinario que es Cantar de ciegos; Salvador Elizondo, Sergio Pitol, Eraclio Zepeda, José de la Colina, el mismo José Agustín que tiene muy buenos cuentos; entonces realmente hay una tradición importante en ese género.

Sigue habiendo muy buenos cuentistas, los que he leído recientemente Eduardo Antonio Parra, que es uno de nuestros mejores cuentistas; leí hace poco un libro muy bueno de Tryno Maldonado, Metales pesados; Guadalupe Nettel que es una cuentista espléndida. Creo que el género está muy vivo y no ha decaído, sigue teniendo muy buenos cultivadores.

¿Hoy escribes cuento?, ¿alternas historias largas con la escritura de cuentos?

Desde que publiqué La ternura caníbal no he vuelto a escribir cuento porque he tenido que hacer otras cosas, se me atravesó el argumento de una telenovela y después mi novela La doble vida de Jesús, de modo que ahorita estoy alejado del cuento como escritor. Como lector no, acabó de leer un segundo libro de Etgar Keret, este cuentista israelí que me parece fabuloso, con una imaginación muy poderosa y ese es uno de mis descubrimientos más recientes. Otro que me parece magnífico es un chileno Carlos Franz, que publicó hace seis o siete años un libro de cuentos maravillosos, La prisionera, que es excelente.

¿Seguirás cultivando el cuento aunque pasen muchos años?

Yo espero que todavía pueda escribir más cuentos en un futuro próximo, aunque ahora lo que quiero es descansar y no escribir nada de ficción en uno o dos años, creo que mis lectores ya están un poco saturados de libros míos.

¿Ahora te dedicarás sólo a leer y leer y leer?

Leer y dejar que las ideas lleguen y tratar de no forzar la máquina porque yo creo que cuando uno ordeña la imaginación sale un producto un poco adulterado.

Su más reciente colección de cuentos

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Los protagonistas de este álbum de pesadillas sólo encuentran satisfacción cuando se imponen a los demás o cuando conquistan un reducto de supremacía a costa de sus amantes, de sus amigos, o de su propia cordura. La mordaz ironía con que Enrique Serna escudriña los tumores del alma nos muestra al desnudo las secretas intenciones que todos tratamos de ocultar en los avatares cotidianos de nuestra guerra fría con el prójimo: la lucha por el poder en las relaciones de pareja, la fuga hacia delante del rencor solitario, la imposibilidad de conciliar el individualismo hedonista con la entrega amorosa, los crueles espejismos de la vanagloria, las pequeñas y grandes traiciones que socavan la vida conyugal hasta convertirla en un campo minado.

 

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Autor de algunos de los cuentos crueles más aclamados de la literatura mexicana contemporánea, en este libro de madurez Serna afina su vena satírica, más negra que nunca, y la astucia narrativa que han cautivado al público de varias generaciones.

Su más reciente novela:

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La doble vida de Jesús cuenta la historia de Jesús Pastrana, político cuarentón de intachable trayectoria con 20 años de militancia en su partido, el conservador PAD, que funge como síndico en Cuernavaca. Luchando a contracorriente y en calidad de fiscal del uso de los recursos públicos de su ciudad, Pastrana ha sido el azote de sus colegas sobornables, sean o no de su partido. Convencido de que tanto Cuernavaca como México entero, aquejados por una ola de ejecuciones, asesinatos, extorsiones, intensa corrupción y pactos entre el narco y los gobiernos, deben sacudirse su clase política para refundar el estado, aspira a alcanzar, primero, la alcaldía y después, por qué no, la presidencia de la república.

Narrada en tercera persona y ubicada siempre en la perspectiva de Jesús, la novela da cuenta de los arduos esfuerzos del protagonista por lograr una candidatura exitosa sin contar siquiera con el apoyo de la organización política que lo postula y en medio del enfrentamiento entre dos bandas criminales que pretenden utilizarlo, a la vez que atraviesa una metamorfosis personal que lo lleva de ser un esposo y padre respetado al impresentable amante clandestino de una prostituta transexual.

La doble vida de Jesús es una novela política: aunque ambientada en Cuernavaca, la ciudad funciona como sinécdoque de un país en descomposición, cuyos gobernantes no tienen escrúpulos en aliarse con el crimen y en repartir prebendas para obtener beneficios personales. La corrupción está tan arraigada que, aun con las mejores intenciones, un político honesto y abocado a servir a su comunidad, casi un fenómeno de circo en tal contexto, tiene pocas posibilidades de triunfar contra un sistema avieso que extiende sus tentáculos más allá de la administración y el partido en turno, y que incluye a los ciudadanos.

Pero el libro también es una novela de autoconocimiento, volcada hacia la intimidad del personaje. El epígrafe de Ortega y Gasset –“Podemos perfectamente desertar de nuestro destino más auténtico, pero es para caer prisioneros en los pisos inferiores de nuestro destino”– no puede ser más oportuno para cifrar la trayectoria vital de Jesús Pastrana, quien en una etapa temprana de su vida renuncia a satisfacer sus deseos profundos en favor del deber, de lo que la sociedad espera de él, por temor de ser un marginado. El planteamiento recuerda a Fruta verde (2006), donde los protagonistas se debaten también entre la tentación de un deseo poderoso y los imperativos sociales que los limitan.

Tanto la estructura como el lenguaje de La doble vida de Jesús hacen pensar en el dominio reposado de un arte de narrar austero y muy eficaz. Aunque lineal, la estructura está trazada de forma cuidadosa, de modo que los dos conflictos centrales de la novela –la batalla por arrebatar el poder a los políticos venales y el rescate de una vida más auténtica– entren pronto en juego y capten la atención del lector. Hay una sabia distribución de la información, mucha tensión, giros inesperados y cero episodios fortuitos. Serna controla los elementos característicos del thriller y los utiliza en favor de una historia con mucha mayor espesura que la ofrecida por la novela de suspenso común, y muestra una vez más que la novela “seria” no está peleada de ninguna forma con el legítimo placer lector.

En cuanto al lenguaje, no olvida que su cometido es contar y dejar que sea el lector quien saque sus propias conclusiones sobre lo narrado, pero tampoco que el lenguaje figurado de la poesía, empleado con oportunidad y mesura, puede dar mayor contundencia a la prosa: véase, como ejemplo, el bello final del libro, que cifra y potencia su centro. Alejado de esos prosistas que a fuerza de ser elevados o sublimes en todo momento y de buscar “la densidad de la poesía para la prosa” caen en la afectación y restan persuasión a sus imágenes por reiterativos, Serna hace avanzar la acción y guarda sus mejores vuelos líricos para el momento oportuno.

Si hay que hacerle un reproche al libro, se impone mencionar la relación de sangre entre dos personajes importantes que desafía un tanto nuestra credulidad y sobre todo el rescate militar digno de película de acción hollywoodense de las últimas páginas (evito dar más detalles para no perjudicar el argumento): defectos menores en una novela que cumple en varios frentes: el del mero esparcimiento, el de la crítica social, el de la indagación en nuestros dobles escondidos, maniatados, heridos, ávidos siempre por asomar el rostro y respirar aire puro.

“La doble vida de Jesús”, una entrevista a Enrique Serna

 

Maria Luisa Puga prosa veloz y clemente.

Maria Luisa Puga (ciudad de México, febrero 3, 1944 – diciembre 25, 2004) vivió la mayor parte de sus 60 años con la sensación de ser fuereña, de habitar sin pertenecer en distintos lugares del mundo. Nunca viajó sola. La acompañaban sus diarios, incontables cuadernos donde vaciaba su escritura para así explicarse el mundo.

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Escribió en ellos con intensidad y disciplina, sin pretextos para interrumpir su oficio o posponer el momento de la creación. Su rutina, que mantuvo aún con enfermedades, desvelos o dolor, consistió en levantarse todos los días, sin tregua de días festivos ni fines de semana, a las cuatro de la madrugada (“la hora donde no hay nada que perturbe el acto de escribir”) a llenar algunas cuartillas con sus reflexiones.

Recorrió ciudades europeas, africanas y mexicanas. Al final, se instaló en una cabaña en medio del bosque a orillas del lago michoacano de Zirahuén. Ahí, frente a “Esteban”, el inmenso árbol que se veía desde la ventana de su estudio, compartió sus circunstancias, su forma de entender el silencio, su percepción de la realidad social y de los sentimientos humanos, que quedaron plasmados en el último tercio de su obra literaria.

Nació en la colonia Anzures de la Ciudad de México pero los recuerdos de su más tierna infancia transcurrieron en Acapulco, “cuando todavía era más un pueblo que una ciudad”; vivió un tiempo en Mazatlán y después regresó a la ciudad de México.

Su única ilusión era la de ser escritora. Al tiempo que leía historias de Corín Tellado, escribía las suyas propias, donde ella y su hermana eran las heroínas. Luego conoció el Diario de Ana Frank y comenzó a escribir un diario personal, donde daba orden a los sentimientos que transcurrían en su vida.

”Es como si ese diario fuera mi mamá, a la que recurro para acusar al mundo de todas las cosas que me hacen”, diría María Luisa Puga muchos años después para justificar la presencia de ese diario, que se había convertido en cientos de cuadernos que cubrían las paredes de cualquier casa que habitara.

Escribía a todas horas del día y, llegada la noche: “Poco antes de acostarme, tecleo lo que escribíré en la madrugada, para tener la escena más o menos fresca y, según yo, me acuesto condicionando mi mente para que durante la noche y en el sueño piense la siguiente escena. No sé si suceda o no”.

En abril de 1968 María Luisa Puga dejó la ciudad de México y se trasladó a Europa. Ahí, transitó durante diez años por distintos países; tuvo problemas económicos y de relaciones personales, lo que la empujó hasta la capital de Kenia, Nairobi. Entonces, afirmaba Puga, pudo conocer el subdesarrollo de una forma distinta que en México “porque antes estaba tan inmersa que no lo podía ver”.

Escribió entonces Las posibilidades del odio, novela que narra las formas de vida y de identidad que se originan en el colonialismo desde la perspectiva de un joven blanco, heredero de ingleses, que vive en Nairobi. El relato expone de manera descarnada las injusticias y corrupción que acontecen a diario en el tercer mundo.

En Nairobi, decía Puga, “vi la realidad en que crecí de niña: la realidad del hambre, la injusticia, la corrupción y el lujo sin límites. Descubrí que en Nairobi yo era la corrupta, la impune, la poderosa. Por eso escribí mi primera novela. Sí, en el odio y en el rencor hay posibilidades creativas y no vengativas”.

Luego, con la novela escrita, Puga regresó a Oxford, donde se reencontró con un amigo que volvería a México a entregar un manuscrito a la Editorial Siglo XXI. Puga le entregó el suyo propio con la consigna de llevarlo a la editorial.

En 1978 se publicó Las posibilidades del odio y causó gran expectación entre los críticos literarios, que consideraron el tema un tanto exótico; pero sobre todo, elogiaron el estilo de escritura fluida y precisa de María Luisa Puga, quien volvió a México con la convicción de convertirse en escritora y con la “aspiración de tener la influencia en mis letras de Virginia Woolf y el aire deprimente de Elías Canetti”.

Al llegar a México se afilió al Partido Comunista Mexicano y fue candidata a diputado suplente de su distrito. Dos años después publicó Cuando el aire es azul (1980), novela de una sociedad utópica, que habita un pueblo aislado donde el aire que se respira es de color azul, los días son de 28 horas (la población utiliza las cuatro horas extras para realizar sus actividades preferidas) y la gente ha logrado desarrollarse en la coherencia social y económica.

Por esas fechas publicó dos libros de cuentos: Inmóvil sol secreto (1979) y Accidentes (1981), donde expone las posibilidades del azar que rigen la vida humana. Escritora incansable, Puga descubrió en la escritura de cuentos el descanso a escribir novelas: “Mis cuentos los realizo al tiempo en que trabajo sobre una novela y es una especie de descanso de la misma. Algo opuesto y refrescante. Dentro de la escritura de la novela, siento la necesidad de echar algo fuera y lo hago por el cuento.”

Puga encontró entonces una voz propia, que consistía en hacer hablar a distintos personajes sujetos a sus circunstancias; en una mezcla de autobiografía, ficción y reflexión. En su literatura hay una profunda preocupación social; sin embargo, siempre separó el trabajo de las letras del de la militancia política:

“Escribo por necesidades de compensación, por motivos muy subjetivos. Quiero que mi escritura sea responsabilidad únicamente de mi existencia y no de mis ideologías. Aunque una ideología política es creativa, son dos necesidades que, en lo que se refiere a mí, nacen de distintos puntos de mi persona”.

En 1983 publicó Cuando rinde el horno, una entrevista-semblanza sobre la cerámica de Hugo X. Velásquez. Por primera vez, Puga sintió que vivía como escritora. Trabajó como correctora de galeras en la editorial siglo XXI e impartió talleres literarios.

Ese año (1983) fue intervenida quirúrgicamente por un problema de espalda y mientras convalecía, encerrada en su cuarto y casi sin poder moverse, volvió a fugarse de su realidad con la escritura. Así surgió la novela Pánico o peligro, donde narra a modo de diario personal la historia de tres amigas entrañables y su crecimiento, en un recorrido a través de la Avenida Insurgentes en la Ciudad de México. Por esta novela recibió el Premio Xavier Villaurrutia.

Fue en ese mismo año y en uno de sus talleres, que conoció a quien sería su pareja hasta el día de su muerte: Isaac Levín, que hasta entonces se había desempeñado como contralor de multinacionales, auditor del gobierno estadounidense en Centroamérica, y había decidido dejarlo todo para dedicarse a escribir. Asistió a un taller de Puga, y decidieron recorrer juntos la vida dentro de la literatura, única forma en que María Luisa podía explicarse su pertenencia al mundo:

“Escribo para entender, para entender y para tocar. Toda la gente tiene distintas maneras de vivir y de sentirse parte activa del mundo. Escribir es una de esas maneras. Si yo no me traigo las cosas que veo a la escritura, siento que me quedo afuera. Escribiéndolas las hago reales y las puedo tocar”.

“Los personajes de la novela son yo misma y ninguna”, explicaría Puga. Pánico o peligro narra la lucha constante de los capitalinos por darle sentido a sus actos, en una lucha entre los ritos diarios de una “clase media colonizada”, que proporciona seguridad, y los incidentes de una violencia inagotable en la megalópolis. También aborda el sentir de la clase burócrata, que se deja manipular al tiempo que pierde identidad.

En la presentación de Pánico o peligro, Elena Poniatowska refirió: “Con ternura, la voz profunda, amorosa de María Luisa nos va uniendo, nos va diciendo que sí, que nada es despreciable, que se puede soñar con hacer amigos, que la empleada va a sonreír mientras se arregla los tirantes del sostén, y que no tenemos porqué sentirnos los mexicanos, islotes ajenos los unos a los otros.”

Pánico o peligro le valió a Puga el Premio Xavier Villaurrutia de ese año; y la impulsó hacia el reconocimiento como una de las grandes escritoras de la literatura mexicana. Comenzó a impartir conferencias sobre la mujer en la literatura y el rol social de la mujer; encabezó eventos literarios y en 1985, realizó junto a Mónica Mansour, un recorrido por los poblados rurales del norte del país. Al volver a la Ciudad, Puga estaba aterrada: “No existe la literatura en las zonas rurales. No saben quién es Elena (Poniatowska) ni (José) Agustín, no conocen a Rulfo…”

Entonces María Luisa Puga tomó partido y se dedicó a criticar en diversos foros la política cultural y la propuesta educativa de la nación: “Pareciera que los proyectos culturales hasta ahora existentes tienen por objeto mostrarnos la cultura que otros pueblos producen para que la aprendamos, no para que la conozcamos. No para que nos enriquezcamos con ella sino para que nos dobleguemos”.

A propuesta de Isaac Levín abandonó la ciudad de México y cambió el ruido urbano por el silencio del bosque. Partió a una cabaña construida por su pareja frente al lago michoacano de Zirahuén. El motivo que la decidió a abandonar la vida urbana: “Lo hice por amor. Lo digo en voz baja porque hay quienes creen que es un argumento poco serio”.

Desde su cabaña, ubicada a un kilómetro y medio de Zirahuén, siguió con su disciplina de trabajo: escribir por las madrugadas, transcribir por las noches. Poco a poco se adaptó al silencio del bosque. Al principio, engañó a la soledad colocando numerosos espejos en su estudio de trabajo, para combatir el silencio con el reflejo de su imagen. Luego fue sustituyendo poco a poco los espejos por las imágenes internas.

“Durante la escritura, pero sobre todo en el momento de comenzarla, hay una angustia, algo que hace sufrir, pero así como tiene la escritura malos momentos, tiene otros fantásticos. Los mejores son cuando a uno se le olvida que está escribiendo; estás escribiendo pero ya no eres tú, ya no es tu mano, tu computadora, tu pluma, sino la historia se está contando a través de ti, y esos son los momentos maravillosos. Y hay otros de mucho esfuerzo, muy pedregosos, muy dificultosos…pero todos hay que vivirlos.”

En 1987 publicó desde su cabaña La forma del silencio, donde hace un juego de paralelismos entre los personajes (una niña citadina y un par de viejos rurales) los escenarios (Acapulco y el Distrito Federal) y las culturas (la mexicana y la estadounidense). Además, al tiempo que narra la historia, analiza lo que se desarrolla mientras la vida transcurre, lo que surge en el acto justo que propicia la escritura.

Sobre esta novela, María Luisa Puga explicaba: “Cuando decidí, hace treinta y tres años, que iba a ser escritora, era ésta la novela que quería escribir. No la hice antes porque le tenía miedo; había cosas que quería olvidar y que son las que me empujaron a irme de México a los 24 y permanecer fuera durante diez años”.

En su libro, Puga expone la importancia del silencio como eje central de la sociedad actual, en perpetua crisis: “Se desestructuran las cosas: la pareja, la familia, la sociedad, el país. Se viene abajo todo en un torrente de palabras inútiles, cada vez más especializadas; más secas e incomprensibles, más ajenas al sentir humano. En los años 40 la guerra sacudió al mundo. En los 50 el plástico lo llenó de esperanza. En los 60 fue el amor. En los 70 la muerte hizo nuevamente su aparición. Y en los 80 la crisis. Las palabras suenan a ya dichas, ya probadas, ya fallidas. El ser humano sigue igual de vulnerable que siempre”.

Sobre La forma del silencio, Silvia Molina escribió : “Desde la orilla del lago de Zirahuen, María Luisa nos cuenta una forma de silencio, que también es una forma de decirse las cosas, de atrapar a las ciudades y las personas. Su libro, es una forma de juego que nos acerca a la crisis del país.”

Alejada de los centros culturales del país y de su actividad, María Luisa Puga se rodeó de literatura. Su tiempo lo repartía entre su pareja, sus perros de nombres sugerentes (“Coma”, “Punto”, “Novela”, “Cuento”), sus cuadernos de apuntes, y los talleres literarios que impartía a niños y adolescentes en la escuela del pueblo.

“Me fui a vivir a Zirahuén porque quería organizar mi propia austeridad, vivir en una pobreza voluntaria y controlada que me permitiera ver el proceso de crisis del país. He logrado encontrar una manera de sostenerme y luchar porque la gente desarrolle un espíritu más crítico para analizar la crisis. Lo que escogí fue el espacio para escribir, no para ser escritora con éxito. Me estorbaría el ser excesivamente conocida, en el sentido de que dejaría de oír mi escritura y empezaría a oír mi imagen.”

En su búsqueda por encontrar distintos puntos de vista para narrar historias, Puga escribió sobre las circunstancias de su vida y del mundo que la rodeaba, adentrándose en la mente y preocupaciones de distintos personajes.

En Intentos (1987) explora desde distintas perspectivas, la llegada súbita de la muerte ( Una, dos, tres por mi ), su aparición igualmente inesperada por quien la medita sin conocer el trasfondo ( Malentendidos ); la ceguera infantil que encarrila la crueldad egoísta a lo desconocido ( Nuevos caminos); el hurto inconsciente de una muchacha utilizada ( Lucrecia ), la mente de una mujer clasemediera con una familia disfuncional ( ¿Te digo qué? ).

Después publicó Antonia (1989), que narra desde la primera persona la relación de dos amigas de la infancia y su transcurrir por Mazatlán y Londres, en un recorrido que lleva a Antonia, mujer joven y llena de vitalidad, a la muerte por un cáncer de pecho.

En Las razones del lago (1991) recrea el pueblo de Zirahuén desde la visión de un par de perros raquíticos que deambulan entre mujeres que lavan ropa en el río, al tiempo que cuentan sus desventuras y descubren sus odios.

La viuda (1994) expone el terrible problema de ser mujer sumisa y lo que sucede al encontrar una nueva libertad en la muerte del marido. La anécdota de la historia surgió luego de que una persona de edad avanzada, muy cercana a Puga, perdió a su esposo y durante el funeral, mencionó una sola frase: “Ya me cansé de ser reina madre”.

Le siguieron La reina (1995) (la vida de una joven tremendamente bella y atormentada por lo sórdido de su entorno) e Inventar ciudades (1998) (historia de una niña huérfana que tiene que abandonar la ciudad para ir a vivir con dos ancianos de provincia).

En 1996 recibió el Premio Juan Ruiz de Alarcón por el conjunto de su obra publicada y comenzó ese mismo año la impartición del primer taller literario de México vía internet.

En 1990 publicó, además, una pequeña autobiografía en la colección de De cuerpo entero, donde explicó el inicio de su relación con la escritura: “La literatura se iba convirtiendo en algo de carne y hueso. Una manera de vivir, de ponerse ante las cosas, que en realidad no tenía nada de juego. Era mucho más que un compromiso. Era un poco hacerse a un lado, uno con sus circunstancias, dolores, anhelos, para usar la existencia propia; como ventana, claro”.

Nueve madrugadas y media (2002) es su relato más autobiográfico. Es un extenso diálogo que transcurre en ese tiempo sugerido por el título, que mantienen dos personajes: Hernández, joven (¿escritor?, ¿escritora?) y una escritora madura, sobre los procesos de creación. En un rincón del texto, María Luisa Puga hace referencia a un evento que le traería secuelas importantes pero al que prefería no referirse: Una mañana de 1995 fue secuestrada en su cabaña. Aunque no fue golpeada, aseguraba que sufrió estrepitosas caídas al ser conducida a través del bosque por sus captores.

Debido a ese secuestro, Puga comenzó a sufrir de artritis reumatoide, que se le conjugó con un enfisema pulmonar causado por su costumbre de fumar inagotablemente. En 2002 sufrió los estragos de la artritis y quedó prácticamente inmóvil, postrada en una silla de ruedas que hizo pintar de rojo y que era empujada por Isaac Levín.

Para combatir el dolor, María Luisa Puga recurrió a su mejor escape. Escribió su relación con ese dolor y lo hizo un personaje de su vida, con el que convivía y al que a veces ganaba algunas partidas. Con su pluma, evadió el miedo de romperse las articulaciones y así surgió así Diario del dolor (2004), último libro que publicaría, que consta de 100 pequeños fragmentos sobre esa relación con Dolor, un personaje siempre presente.

El libro fue editado por Alfaguara y contenía un disco compacto, con la voz de Puga leyendo el relato. La intención era llevar la publicación a las clínicas del dolor de la Secretaría de Salud como parte de las terapias a los enfermos desahuciados.

Sobre Diario del dolor Puga se refirió así el día de la presentación: “Comencé a escribir para desahogarme, hasta que se empezó a crear la presencia del dolor como algo que estaba siempre ahí conmigo. Me dije: Si yo estoy acorralada aquí con él, pues él igual conmigo. No se va a poder ir.”

En diciembre del 2004 ya comenzaba a caminar, ayudada de un bastón o una andadera, y en uno de los chequeos de rutina por los que la escritora viajaba a México, se le detectó de manera tardía un cáncer avanzado en los ganglios y el hígado. Tres semanas después fallecía, el día de Navidad a las 15:00 horas en el Instituto Nacional de Nutrición de la ciudad de México. Dejó inéditas cuatro novelas.

Sus innumerables cuadernos de apuntes, a los que fue tan devota, quedaron resguardados por su hermana Patricia. Su última petición fue ser incinerada y sus cenizas enterradas al pie de su árbol “Esteban”, frente a la cabaña que guardaba su colección de Diarios, el recuerdo de un velero que naufragó y el amor que le profesó hasta el fin su pareja inseparable, Isaac Levín.

Algunos de sus libros

Las posibilidades del odio (1978), de María Luisa Puga, aumenta la bibliografía sobre el antiguo país de los mau-mau y se inscribe como una de las escasas novelas mexicanas en las que no figuran personajes ni paisajes locales . En este libro el lector puede observar de primera mano la fisonomía de un pueblo sometido, humillado y colonizado, en el momento en que descubre el camino hacia su autonomía y la recuperación de su identidad. Comprenderá también que las únicas posibilidades de avance son el compartido anhelo de cambio, así como la lucha, impulsada por uno de los motores más poderosos: el odio.

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A diferencia de los escritores que tomaron a Kenia como tema, Puga no pone distancia entre ella y sus personajes. La lucha no le es ajena en su calidad de ciudadana de un país donde los problemas han sido y son muy semejantes. El descubrimiento de este vínculo entre naciones remotas, en el que participan autora y lector, presta una dimensión especial a una novela de suyo actual e interesante.

 

La forma del silencio

El hombre vive desgarrado entre rechazo y aceptación, nihilismo y utopía, analogía e ironía. Vive exiliado dentro de un mundo que detesta y, al no poder escapar de él, lo recrea mediante la ficción, contribuyendo de ese modo a complementarlo. Precisamente de esta imperfección de la realidad trata esta novela.

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José Camilo Cela, un escritor innovador y experimental.

El nombre completo de Camilo José Cela es Camilo José Manuel Juan Ramón Francisco de Gerónimo Cela Trulock. Nació el 11 de mayo de 1916 en Padrón (La Coruña, España).

Fue un escritor español autor de una vasta obra que comprende más de 70 libros, entre novelas, ensayos, cuentos, poesía y libros de viajes. Ejerció además como periodista e impartió también numerosas conferencias.

El estilo literario de Cela sorprendió en su momento por su carácter innovador y experimental. Defendía la libertad del escritor para no verse obligado a seguir ninguna norma literaria y aplicaba esta idea en sus escritos, utilizando técnicas novedosas que dan como resultado textos rompedores. De prosa tremendamente rica e intensa, supo retratar en sus obras con desgarro y compasión el miedo y la amargura de una sociedad inmersa en momentos duros. Tanto su obra, que traspasaba los límites censurables de la época, como su figura pública estuvieron rodeados de polémica.

CARACTERISTICAS DE SU ESTILO

La intención de Cela es reflejar en todo momento la sociedad española de la posguerra, y más concretamente el reflejo de la vida cotidiana de la gente de Madrid, el cuál, consigue reducir a un ambiente de tipo rural. Para mostrarnos estas ideas recurre a varias técnicas literarias como el decoro poético, variedad de registros lingüísticos…

En líneas generales, se puede decir que cultiva el arte del retrato o de la pintura de ambientes con gran maestría. Un ambiente con pinceladas impresionistas y descripciones relativamente detalladas, aunque nunca largas. Lo descriptivo no abunda, pero son detalles muy intencionados. También maneja magistralmente la técnica del diálogo con la adaptación del habla a los personajes y la variedad de registros que veremos más adelante. El estilo está cuidadosamente trabajado sea cuál sea el tono que adopte, encontrando gran diversidad: ironía demoledora, frases crueles y duras, ternura, reflexión… e incluso pasajes auténticamente poéticos, tales como el final del capítulo VI.

Críticas no le han faltado. La estilización deformante que pone en práctica en sus descripciones y la selección de la realidad son los objetivos principales de sus críticos.

En cuanto a la primera, se acerca al esperpento de Valle-Inclán: muñequizaciones, animalizaciones… y es legítimo artísticamente. Se acerca también al tremendismo, pero todo o casi todo lo que presenta se da también en la realidad.

La selección es necesaria. La acumulación de ciertos aspectos circunstanciales puede hacer que la misma “novela” pierda realidad. Es más, “la realidad siempre supera a la ficción”, pero también es cierto que la realidad no tiene por qué ser realismo.

Cela es un gran estilista recordando las características del realismo social, movimiento literario en el cual esta encuadrado La Colmena, los diálogos expresan el habla de cada estrato social. Así el discursista, utilizará frases largas con muchas aposiciones y poco contenido y significado.

· Como primer recurso estilístico que caracteriza la obra, nos encontramos con el decoro poético:

Doña Rosa dice con frecuencia, “leñe, nos ha merengao” (Lenguaje normal de una tabernera) (Pág. 21)

· También es normal la presencia de la ironía, a la que se une el humor y la burla:

”…que nació de mala uva… pero, en fin, paciencia y barajar. Estas tías gordas y medio bebidas suelen durar mucho” (Pág. 120)

· Es constante la presencia de la estética de lo feo que es característica de la literatura de posguerra:

“[…]con sus dientecillos ennegrecidos llenos de basura” (Pág. 23)

Quizá lo que más destaca de la obra es el profundo realismo que exige y muestra para poder expresar la realidad de la vida de la posguerra, en este caso la pobreza.

Pero lo que realmente parece más destacable es la cantidad de localizaciones espaciales y temporales que nos da el autor acerca de la época “en” y “sobre” la que escribe, también hace referencia a diferentes realidades de la época, como serían la política o la población de España:

“Vino la guerra y con ella el final de su carrera política.” (Pág. 31)

Encontramos vulgarismos, coloquialismos y diminutivos afectivos y despectivos, así como algún aumentativo propio del decoro poético.

El proceso que sigue para descubrir a los personajes consiste en presentar al personaje, hablar brevemente de él para después dejarlo y retomarlo más tarde.

Utiliza también circunloquios, lítotes, antítesis, paralelismos, reiteraciones, comparaciones, polimorfismos, hipérbole y toda clase de recursos propios de un libro de estas características, entre las que destacan las onomatopeyas que le dan a la obra un carácter realista: “Ja, ja, …, psché” (Pág. 29)

Esta obra no ha sufrido evolución fonética ya que la lengua ha llegado al sistema morfológico y sintáctico actual.

Cela nos introduce cantidad de registros que dan lugar a una gran diversificación entre las que destacan las siguientes: introducción de palabras foráneas al castellano, correspondientes al francés o al inglés, como water.

Para darnos a entender la simplicidad del lenguaje del que habla produce la apócope de la “j” final de algunas palabras (reloj), lo mismo sucede con la “t” (vermut).

Lógicamente, al distanciarse esa época de la actual, habrá alguna diferencia con la actualidad en cuanto al léxico. Así pues, el hecho de que veamos arcaísmos en la obra es fruto del distanciamiento de la época:

– “Ande, líe un pitillo y no las pie” (Pág. 58)

– “…casi tan deprisa como amontona los cuarto” (Pág. 64)

Por último, se puede decir que el título de la obra responde a la idea de aglomeración masiva que el autor expresa, insertando en muy poco espacio, gran cantidad de cosas con la consiguiente dificultad que esto supone tanto para el escritor como para el lector. Es un conglomerado de secuencias; como un conjunto de “celdillas” que conforman la colmena.

 

Este autor, algunas de cuyas obras se encuentran entre las más importantes de las escritas en lengua española, fue galardonado en multitud de ocasiones. Suyas son, entre otras muchas, las novelas “La familia de Pascual Duarte” y “La colmena”.

Cela cupó uno de los sillones de la Real Academia Española (el de la Q) y en 1987 obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, el Premio Nobel de Literatura en 1989, el Premio Cervantes en 1995 y en 1996 se le otorgó el Marquesado de Iria Flavia en reconocimiento a su carrera literaria.

Camilo José Cela falleció el 17 de enero de 2002 en Madrid (España).
CURIOSIDADES:
– Camilo José Cela fue un escritor políticamente activo. Este autor fue nombrado Senador en las primeras Cortes Generales de la transición democrática.

– Este escritor gustaba de viajar por las tierras españolas haciendo largos recorridos mochila al hombro. Alguno de sus libros están basados en estas experiencias, como “Viaje a la Alcarria”.

– Cela comenzó a escribir sus memorias a los 50 años. Este proyecto se concretó en dos tomos: el primero de ellos se titula “La rosa” y comprende el periodo de su infancia y el segundo trata sobre parte de su infancia, su adolescencia y juventud.
OBRAS PRINCIPALES:
– Mazurca para dos muertos
– Pabellón de reposo
– Mrs Caldwell habla con su hijo
– La colmena
– Viaje a la Alcarria
– La familia de Pascual Duarte

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La colmena, seguramente la obra más valiosa de Camilo José Cela, es un testimonio fiel de la vida cotidiana en las calles, cafés y alcobas de aquel Madrid de 1943, pero es también una amarga crónica existencial. Un aire de rutina y fatalidad ha invadido la conciencia de las gentes. Todos creen que las cosas pasan porque sí y que nada tiene remedio. Entre la abigarrada multitud se oye el solitario zumbido de muchos seres confusos y a la deriva. Como es habitual en su obra, Cela presenta la vida española sin piedad, con agria ironía y humorismo atroz. Sin embargo, de vez en cuando, un soplo compasivo alivia la áspera y dolorida realidad. Eduardo Alonso, que ha preparado esta edición, es novelista y profesor de literatura.

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Con el morral a la espalda y la cantimplora sujeta a la hebilla del cinturón, el viajero recorre las carreteras y los pueblos de la Alcarria. Es el suyo un caminar lento, con mañanas de atmósfera limpia, mediodías calurosos y noches que se le echan encima, como con susto. De pueblo en pueblo el viajero va viviendo curiosos encuentros, minúsculas anécdotas y sorprendentes conversaciones que, impertérrito, transcribe con una suave prosa que aúna realismo, comicidad y ternura. Pero el viaje termina. El viajero dejó atrás la Alcarria con sus notas a cuestas y un algo de pena. A cambio, nos queda un libro que demuestra una de las más arraigadas afirmaciones de Cela: «El escritor, aun el que más sedentario pudiera parecer, es siempre un irredento vagabundo y ése es su mayor timbre de gloria y libertad».

 
CITAS, FRASES, DECLARACIONES Y POÉTICA:
– “La más noble función de un escritor es dar testimonio, como acta notarial y como fiel cronista, del tiempo que le ha tocado vivir”.

– “Para escribir sólo hay que tener algo que decir”.

– “Si el escritor no se siente capaz de dejarse morir de hambre, debe cambiar de oficio. La verdad del escritor no coincide con la verdad de quienes reparten el oro”.

– “Estas páginas accesorias con las que suele ser costumbre presentar las nuevas salidas de los libros, se agostan sobre la marcha y con ellas no valen vitaminas, ni testovirones, ni paños calientes”.

– “La duda, esa vaga nubecilla que, a veces, habita los cerebros, también puede entenderse como un regalo. Y no es -lo que queda dicho- una aseveración, ya que, sobre ella, tengo también mis dudas”.

– “El humor es la gran coraza con la que uno se defiende en este valle de lágrimas”.

– “Pensar en viejo me abruma y, sin embargo, pensar en joven, en sano y arrogante joven, me parece tan insípido…”

– “En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano”.

Camilo José Cela. Reportaje sobre el nobel de

 

«La Loteria y otros cuentos», Shirley Jackson ( La gran dama de la literatura gótica).

 

La Lotería es un relato corto nacido de la mente de la que sin duda es una de las mejores escritoras estadounidenses del siglo pasado. Publicado por primera vez en 1948 en The New Yorker, su acogida por parte del público no pudo ser peor: muchos lectores cancelaron su suscripción a la revista y la autora recibió durante meses cartas en las que fue duramente criticada e insultada debido a la dureza del cuento. Pero, ¿qué cuenta esta historia exactamente? Cuenta la tradición que se lleva a cabo en un pequeño pueblo estadounidense, que consiste en sortear un premio entre todos los habitantes del pueblo. ¿Y qué es ese premio? La lapidación, por eso de quitarse el stress de encima y de que la cosecha de ese año sea buena y porque oye, es una tradición y las tradiciones hay que respetarlas.

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Si bien hoy en día no nos vamos a asustar por el argumento del cuento, todo que lo lea quedará encantado por la manera en que éste está escrito. Shirley Jackson confirma con esta pequeña obra que sabe crear ambientes como nadie y consigue, en apenas doce páginas, estremecer al lector con la propia historia, con las interpretaciones que se pueden leer entre líneas y con el oscuro sentido del humor que contiene.

Pero La lotería es, además de un cuento fabuloso, el broche de oro de esta colección de relatos que reúne 26 piezas en las que Jackson muestra (por si no había quedado claro en Siempre hemos vivido en el castillo o La maldición de Hill House) la gran imaginación que posee (que poseía, más bien) y toda su maestría a la hora de contar historias. Las narraciones que encontramos en este volumen están siempre ambientadas en la realidad más cotidiana, en una rutina diaria que aparentemente nada tiene de especial… hasta que todo cambia.

A pesar de que no encontramos en estos relatos elementos sobrenaturales o las características propias de los cuentos de terror (que nadie espere encontrar aquí a una versión antigua de Stephen King, por mucho que él se haya declarado fan absoluto de la autora), todos los escritos de Jackson nos dejan un regusto amargo, así como una inquietud que no sabemos muy bien de dónde viene y que nos cuesta bastante quitarnos de encima.

Quizá porque se encarga de enseñarnos las cosas terribles que se esconden en cada lugar que creemos seguro, o porque nos hace pensar en todo lo malo que tenemos dentro de nosotros, los relatos de Shirley Jackson resultan ser fáciles de leer y dificilísimos de olvidar. Y yo creo que no se le puede pedir más.

También de Shirley Jackson: Siempre hemos vivido en el castillo, La maldición de Hill House y Las brujas de Salem.

Conociendo a: Shirley Jackson

Shirley Jackson tenía un don. Una mirada. En principio esto sería un rasgo inherente a cualquier escritor, pero, como ocurre en algunos autores adscritos al género fantástico, cabe decir que en ella fue un atributo próximo a lo sobrenatural. Shirley Jackson veía más allá. Tenía poderes. Al menos los que al resto le faltaban. Había fundado su visión en la ceguera del mundo.

Shirley Jackson nació en San Francisco en 1916, aunque ella solía decir que lo había hecho en 1919 para darle ventaja a su marido Stanley Edgar Hyman, un judío intelectual que desarrolló carrera como crítico y académico al que permaneció unida toda su vida. Hyman se acercó a ella subyugado por su primer cuento, Janice, apenas una página dialogada sobre una tentativa de suicidio que se publicó en 1938, en una recopilación de la clase de escritura creativa de la universidad de Syracuse.
Su primera novela, The Road Through the Wall, vería la luz diez años después, y era una historia coral donde nadie, como en las mejores historias, era de fiar. La había escrito preñada de su favorita Sally, tercera de sus cuatro hijos, en una casa a rebosar de libros, risas y gatos, un hogar frecuentado por amigos y partidas de bridge de las que Shirley, experta jugadora, se ausentaba alguna vez para sentarse a la máquina de escribir y volver al rato con un relato entre manos.

Así se gestó El embriagado, por ejemplo, un cuento en torno a la conversación sobre el futuro del mundo que un borracho y una jovencita mantienen en el aparte de una fiesta. El personaje de la chica, a decir de todos los allegados de la familia, era un trasunto preciso y exacto de Sally, solo que por entonces Sally todavía estaba por nacer.

Recordando a la mujer multitud
‘Cuentos escogidos’ Minúscula
Shirley manejaba unas informaciones a las que sus contemporáneos no tenían acceso. Entendió la escritura como “la extensión lógica de la ensoñación adolescente, una manera de transformar la rutina diaria en algo magnífico y extraordinario”, y en su cultivo de un realismo esotérico, de lo que está oculto, se distinguió de la caterva de psicologistas y costumbristas místicos que rondaban las páginas de revistas como The New Yorker.
Su método era explorar la normalidad y detectarle la anomalía, manifestar los secretos, incorporarle a la plácida realidad el elemento antitético que nos haría llevarnos la mano a la boca, arrojaría luz y nos ayudaría a ver.

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Con ella llegó el escándalo

El 26 de junio de 1948, los suscriptores de The New Yorker abrieron su semanario favorito y desarrollaron una úlcera. El relato causante sucedía -a petición del editor- en la mañana clara y soleada del día siguiente, un 27 de junio en que Shirley Jackson localizaba una escalofriante perversión de la democracia cuya mecánica no desvelaremos aquí por respeto a quienes todavía no la hayan leído.

Aquella narración folclórica que Shirley había escrito en un par de horas suscitó cientos de cartas cursando baja de fidelidad a la publicación, mensajes de lectores eventuales que mostraban su desamparo o ponían el grito en el cielo y un aluvión de opinadores que exigían poco menos que el cese de aquella juntaletras que había osado turbar su inercia intelectual. La publicación de La lotería supuso un alboroto nacional que acreditaba el talento para la subversión de una autora a quien la realidad no le gustaba demasiado, precisamente porque la comprendía en su plenitud.

En su día Shirley fue una escritora respetada pero muy cuidadosa de su privacidad. La idea de que su trabajo estuviera expuesto a la crítica y el juicio le causaba molestia, detestaba las entrevistas y rechazó siempre la llamada de la universidad cuando esta se interesó en tenerla en sus filas. Apenas impartió un par de cursos de tres semanas a finales de los 40, cubriendo una baja, y cedió a alguna lectura ocasional. En otra ocasión declinó participar en un debate en torno a la tragedia del alcoholismo aduciendo que tenía más argumentos a favor que en contra.

Bruja, más que bruja

En la única antología de sus cuentos que vio publicada en vida, La lotería. Aventuras del amante diablo, Shirley citaba varias veces el Saducismus triumphatus, un tratado del siglo XVII donde Joseph Glanvill predicaba la existencia de las brujas y el poder de lo sobrenatural. Para Shirley la magia fue un método de pensamiento que podía explicar y en parte enmendar nuestro fracaso como especie, promoviendo razonamientos más estimulantes que los científicos donde dos y dos no tenían por qué ser necesariamente cuatro.

Iniciada en sistemas de conocimiento como el tarot, del que se cuenta fue una buena intérprete, vivió rodeada de amuletos y talismanes y acumuló medio millar de libros de ocultismo, algunos en lenguas que no podía descifrar. Son intereses que incluso cuando no emergen laten en toda su obra, una bibliografía de personajes expósitos y afligidos pero exultantes de vida, íncubos y dulces lunáticos que se abren paso, con herramientas de romance gótico, hacia los rincones ocultos de la realidad, donde las identidades zozobran y las relaciones humanas dan lugar a la inquietud. Leyendo a Shirley Jackson, llevados por su prosa diáfana y presciente, puede escucharse el murmullo de un cauce subterráneo entre líneas, un sistema alegórico que en su fluir nos recuerda que también las alondras y las chicharras sueñan.

 

Pese a que todos sus protagonistas son invariablemente mujeres incómodas y activas en un mundo que no aceptan, Shirley pudo ser un poco bruja pero no llegó a ser una mujer feminista. No al menos abanderada. Tal vez sí lo fue de una manera seria, interior, ajena al runrún que se expandía en los 60 y nunca cayendo en la murga ni en la ligereza con que se propaga hoy el término. En opinión de su biógrafa Judy Oppenheimer su visión fue personal, nunca política, y aunque hubiera sobrevivido a una época en que lo personal y lo político se fundían en una sola cosa, se habría resistido a que su trabajo fuera leído bajo esos códigos. Primero porque a su yo convencional le habría espantado, segundo porque podría haberse sentido herida en la singularidad que la definía.

Shirley alternó su literatura más siniestra con relatos alegres y mundanos, piezas de no-ficción basadas en su propia vida doméstica para publicaciones como The Ladies’ Home Journal, Mademoiselle, Good Housekeeping o Woman’s Home Companion, con la que llegó a mantener un contrato anual de colaboración.

En aquellos relatos da testimonio del júbilo pero también de la dificultad de ser madre de cuatro y ama de casa, retrata el entorno caótico que era su hogar y practica una prosa cálida y ligera, sin sentimentalismos, que entronca con su obra más seria en crónicas como Charles, donde explica cómo su hijo Laurence le narra todos los días, a la vuelta de la guardería, las travesuras de un compañero llamado Charles, un perla que dice palabrotas, pega a los compañeros y responde al profesor. Cuando durante una reunión de padres Shirley se interesa por el compañero de su hijo, la respuesta del maestro entrará de lleno en la dimensión desconocida: “¿Charles? No hay ningún Charles en esta guardería”.

Alfombras rojas raídas

Pese a que La lotería aparece hoy en todas la antologías de prosa breve que se publican en EEUU, forma parte del acervo cultural del país y ha afectado a varias generaciones que en buena parte conocieron el relato a través del ya clásico cortometraje de Larry Yust para la Enciclopedia Británica The Lottery (1969), la obra de Shirley Jackson sigue siendo uno de los secretos mejor guardados de aquella literatura.

El reconocimiento que alcanzó en vida con novelas como La maldición de Hill House (1959), un éxito de crítica y público que Robert Wise llevó al cine en 1963 en La casa encantada, se atenuó a su muerte y solo colegas como Ralph Ellison, Kurt Vonnegut, Norman Mailer, Roald Dahl, Richard Matheson, Joyce Carol Oates o Stephen King, quien le dedicó su novela Ojos de fuego, mantendrían radiante su recuerdo, lustrado en las últimas décadas gracias a las ediciones de Penguin, a la instauración de un premio que lleva su nombre y a la reivindicación propuesta por autores jóvenes como Jonathan Lethem o Ruth Franklin, quien a lo largo de 2016 presentará una nueva biografía de la escritora.
La lotería
El cine, entretanto, ha seguido interesado en su obra sin demasiada fortuna. En los últimos tiempos Michael Douglas ha intentado promover una adaptación de su última y magnética novela Siempre hemos vivido en el castillo, la historia de las hermanas Blackwood, aisladas junto a su anciano tío y un gato en el caserón donde el resto de su familia murió por envenenamiento.
El nombre del actor y productor nos remite al de su padre, Kirk Douglas, que a finales de los 50 amparó con su productora una serie B hoy olvidada, Lizzie, donde Eleanor Parker ofrecía un recital de interpretación en la piel de una mujer con tres personalidades distintas. Aquella adaptación de su novela The Bird’s Nest (1954) no satisfizo a Shirley como tal vez lo habría hecho la más que apreciable producción magiar Long Twilight (1997), basada en su alucinado relato The Bus, pero si hablamos de decepciones solo podemos dar gracias porque nunca llegase a ver La guarida (1999), donde Jan de Bont, Liam Neeson y Catherine Zeta-Jones retomaban La maldición de Hill House para mancillarla hasta el ultraje.

Queremos tanto a Shirley

Shirley, que bajo su cama guardaba un cuaderno de papel amarillo (escribió siempre en papel amarillo) al que en alguna ocasión llegó a acudir en estado de sonambulismo, murió de un ataque al corazón con 48 años. Fue una tarde de agosto de 1965, mientras hacía la siesta y tras una penosa etapa de ansiedad y psicosis complicada por sus rutinas de tranquilizantes, anfetaminas, alcohol y dos o tres paquetes diarios de Pall Mall sin filtro. La obesidad, la colitis, los ataques de asma y la artritis le proporcionaron un penoso declive durante el que se habló de claustrofobia, de agorafobia y de ansiedad extrema. Como fuera, Shirley Jackson moría de miedo, víctima de un tumulto mental que, según escribía poco antes a sus padres, le impedía “confiar en mis propias reacciones y opiniones; todo cambia de un día para otro sin ningún sentido de la proporción…”.

En Coloquio, un relato que había escrito veinte años atrás, la protagonista visitaba a un psiquiatra para que le aclarase cómo saber cuándo está uno volviéndose loco: “Verá, doctor… No entiendo cómo vive la gente. Antes era todo muy sencillo. Cuando era niña…, ¿había entonces términos como ‘medicina psicosomática’, ‘cárteles internacionales’ o ‘centralización burocrática’? ¿De veras todo el mundo menos yo se ha vuelto loco?”.
Shirley, que en 2016 cumpliría cien años, moría dejando atrás seis novelas conmovedoras de las que solo dos se han traducido al castellano, un centenar de cuentos crueles, dos libros de crónicas domésticas ( Life Among the Savages y Raising Demons) y otro infantil ( Nine Magic Wishes), un musical en un acto, The Bad Children, donde Hansel y Gretel eran entregados por sus padres a la bruja, y una treintena de artículos, reseñas y pequeños ensayos sobre la creación literaria tan vivaces, generosos e inspiradores como lo es toda su obra.
La gran dama de la literatura gótica se iba hace medio siglo dejando inacabada una novela, Come Along With Me, donde una cuarentona trasunto literal de la autora se deshacía de todos sus bienes, desechaba su nombre y partía rumbo a lo desconocido. Apenas un puñado de páginas donde quedaba claro que, como toda persona en su sano juicio, Shirley Jackson nunca se sintió cómoda siendo ella, lo que no implica que estuviera dispuesta a ser ninguna otra.

 

 

 

La lotería
[Cuento. Texto completo.]

Shirley Jackson

La mañana del 27 de junio amaneció clara y soleada con el calor lozano de un día de pleno estío; las plantas mostraban profusión de flores y la hierba tenía un verdor intenso. La gente del pueblo empezó a congregarse en la plaza, entre la oficina de correos y el banco, alrededor de las diez; en algunos pueblos había tanta gente que la lotería duraba dos días y tenía que iniciarse el día 26, pero en aquel pueblecito, donde apenas había trescientas personas, todo el asunto ocupaba apenas un par de horas, de modo que podía iniciarse a las diez de la mañana y dar tiempo todavía a que los vecinos volvieran a sus casas a comer.

Los niños fueron los primeros en acercarse, por supuesto. La escuela acababa de cerrar para las vacaciones de verano y la sensación de libertad producía inquietud en la mayoría de los pequeños; tendían a formar grupos pacíficos durante un rato antes de romper a jugar con su habitual bullicio, y sus conversaciones seguían girando en torno a la clase y los profesores, los libros y las reprimendas. Bobby Martin ya se había llenado los bolsillos de piedras y los demás chicos no tardaron en seguir su ejemplo, seleccionando las piedras más lisas y redondeadas; Bobby, Harry Jones y Dickie Delacroix acumularon finalmente un gran montón de piedras en un rincón de la plaza y lo protegieron de las incursiones de los otros chicos. Las niñas se quedaron aparte, charlando entre ellas y volviendo la cabeza hacia los chicos, mientras los niños más pequeños jugaban con la tierra o se agarraban de la mano de sus hermanos o hermanas mayores.

Pronto empezaron a reunirse los hombres, que se dedicaron a hablar de sembrados y lluvias, de tractores e impuestos, mientras vigilaban a sus hijos. Formaron un grupo, lejos del montón de piedras de la esquina, y se contaron chistes sin alzar la voz, provocando sonrisas más que carcajadas. Las mujeres, con descoloridos vestidos de andar por casa y suéteres finos, llegaron poco después de sus hombres. Se saludaron entre ellas e intercambiaron apresurados chismes mientras acudían a reunirse con sus maridos. Pronto, las mujeres, ya al lado de sus maridos, empezaron a llamar a sus hijos y los pequeños acudieron a regañadientes, después de la cuarta o la quinta llamada. Bobby Martin esquivó, agachándose, la mano de su madre cuando pretendía agarrarlo y volvió corriendo, entre risas, hasta el montón de piedras. Su padre lo llamó entonces con voz severa y Bobby regresó enseguida, ocupando su lugar entre su padre y su hermano mayor. La lotería -igual que los bailes en la plaza, el club juvenil y el programa de la fiesta de Halloween- era dirigida por el señor Summers, que tenía tiempo y energía para dedicarse a las actividades cívicas.

El señor Summers era un hombre jovial, de cara redonda, que llevaba el negocio del carbón, y la gente se compadecía de él porque no había tenido hijos y su mujer era una gruñona. Cuando llegó a la plaza portando la caja negra de madera, se levantó un murmullo entre los vecinos y el señor Summers dijo: «Hoy llego un poco tarde, amigos». El administrador de correos, el señor Graves, venía tras él cargando con un taburete de tres patas, que colocó en el centro de la plaza y sobre el cual instaló la caja negra el señor Summers. Los vecinos se mantuvieron a distancia, dejando un espacio entre ellos y el taburete, y cuando el señor Summers preguntó: «¿Alguno de ustedes quiere echarme una mano?», se produjo un instante de vacilación hasta que dos de los hombres, el señor Martin y su hijo mayor, Baxter, se acercaron para sostener la caja sobre el taburete mientras él revolvía los papeles del interior.

Los objetos originales para el juego de la lotería se habían perdido hacía mucho tiempo y la caja negra que descansaba ahora sobre el taburete llevaba utilizándose desde antes incluso de que naciera el viejo Warner, el hombre de más edad del pueblo. El señor Summers hablaba con frecuencia a sus vecinos de hacer una caja nueva, pero a nadie le gustaba modificar la tradición que representaba aquella caja negra. Corría la historia de que la caja actual se había realizado con algunas piezas de la caja que la había precedido, la que habían construido las primeras familias cuando se instalaron allí y fundaron el pueblo. Cada año, después de la lotería, el señor Summers empezaba a hablar otra vez de hacer una caja nueva, pero cada año el asunto acababa difuminándose sin que se hiciera nada al respecto. La caja negra estaba cada vez más gastada y ya ni siquiera era completamente negra, sino que le había saltado una gran astilla en uno de los lados, dejando a la vista el color original de la madera, y en algunas partes estaba descolorida o manchada. El señor Martin y su hijo mayor, Baxter, sujetaron con fuerza la caja sobre el taburete hasta que el señor Summers hubo revuelto a conciencia los papeles con sus manos. Dado que la mayor parte del ritual se había eliminado u olvidado, el señor Summers había conseguido que se sustituyeran por hojas de papel las fichas de madera que se habían utilizado durante generaciones.

Según había argumentado el señor Summers, las fichas de madera fueron muy útiles cuando el pueblo era pequeño, pero ahora que la población había superado los tres centenares de vecinos y parecía en trance de seguir creciendo, era necesario utilizar algo que cupiera mejor en la caja negra. La noche antes de la lotería, el señor Summers y el señor Graves preparaban las hojas de papel y las introducían en la caja, que trasladaban entonces a la caja fuerte de la compañía de carbones del señor Summers para guardarla hasta el momento de llevarla a la plaza, la mañana siguiente. El resto del año, la caja se guardaba a veces en un sitio, a veces en otro; un año había permanecido en el granero del señor Graves y otro año había estado en un rincón de la oficina de correos y, a veces, se guardaba en un estante de la tienda de los Martin y se dejaba allí el resto del año.

Había que atender muchos detalles antes de que el señor Summers declarara abierta la lotería. Por ejemplo, había que confeccionar las listas de cabezas de familia, de cabezas de las casas que constituían cada familia, y de los miembros de cada casa. También debía tomarse el oportuno juramento al señor Summers como encargado de dirigir el sorteo, por parte del administrador de correos. Algunos vecinos recordaban que, en otro tiempo, el director del sorteo hacía una especie de exposición, una salmodia rutinaria y discordante que se venía recitando año tras año, como mandaban los cánones. Había quien creía que el director del sorteo debía limitarse a permanecer en el estrado mientras la recitaba o cantaba, mientras otros opinaban que tenía que mezclarse entre la gente, pero hacía muchos años que esa parte de la ceremonia se había eliminado. También se decía que había existido una salutación ritual que el director del sorteo debía utilizar para dirigirse a cada una de las personas que se acercaban para extraer la papeleta de la caja, pero también esto se había modificado con el tiempo y ahora solo se consideraba necesario que el director dirigiera algunas palabras a cada participante cuando acudía a probar su suerte. El señor Summers tenía mucho talento para todo ello; luciendo su camisa blanca impoluta y sus pantalones tejanos, con una mano apoyada tranquilamente sobre la caja negra, tenía un aire de gran dignidad e importancia mientras conversaba interminablemente con el señor Graves y los Martin.

En el preciso instante en que el señor Summers terminaba de hablar y se volvía hacia los vecinos congregados, la señora Hutchinson apareció a toda prisa por el camino que conducía a la plaza, con un suéter sobre los hombros, y se añadió al grupo que ocupaba las últimas filas de asistentes.

-Me había olvidado por completo de qué día era -le comentó a la señora Delacroix cuando llegó a su lado, y las dos mujeres se echaron a reír por lo bajo-. Pensaba que mi marido estaba en la parte de atrás de la casa, apilando leña -prosiguió la señora Hutchinson-, y entonces miré por la ventana y vi que los niños habían desaparecido de la vista; entonces recordé que estábamos a veintisiete y vine corriendo.

Se secó las manos en el delantal y la señora Delacroix respondió:

-De todos modos, has llegado a tiempo. Todavía están con los preparativos.

La señora Hutchinson estiró el cuello para observar a la multitud y localizó a su marido y a sus hijos casi en las primeras filas. Se despidió de la señora Delacroix con unas palmaditas en el brazo y empezó a abrirse paso entre la multitud. La gente se apartó con aire festivo para dejarla avanzar; dos o tres de los presentes murmuraron, en voz lo bastante alta como para que les oyera todo el mundo: «Ahí viene tu mujer, Hutchinson», y, «Finalmente se ha presentado, Bill». La señora Hutchinson llegó hasta su marido y el señor Summers, que había estado esperando a que lo hiciera, comentó en tono jovial:

-Pensaba que íbamos a tener que empezar sin ti, Tessie.

-No querrías que dejara los platos sin lavar en el fregadero, ¿verdad, Joe? -respondió la señora Hutchinson con una sonrisa, provocando una ligera carcajada entre los presentes, que volvieron a ocupar sus anteriores posiciones tras la llegada de la mujer.

-Muy bien -anunció sobriamente el señor Summers-, supongo que será mejor empezar de una vez para acabar lo antes posible y volver pronto al trabajo. ¿Falta alguien?

-Dunbar -dijeron varias voces-. Dunbar, Dunbar.

El señor Summers consultó la lista.

-Clyde Dunbar -comentó-. Es cierto. Tiene una pierna rota, ¿no es eso? ¿Quién sacará la papeleta por él?

-Yo, supongo -respondió una mujer, y el señor Summers se volvió hacia ella.

-La esposa saca la papeleta por el marido -anunció el señor Summers, y añadió-: ¿No tienes ningún hijo mayor que lo haga por ti, Janey?

Aunque el señor Summers y todo el resto del pueblo conocían perfectamente la respuesta, era obligación del director del sorteo formular tales preguntas oficialmente. El señor Summers aguardó con expresión atenta la contestación de la señora Dunbar.

-Horace no ha cumplido aún los dieciséis -explicó la mujer con tristeza-. Me parece que este año tendré que participar yo por mi esposo.

-De acuerdo -asintió el señor Summers. Efectuó una anotación en la lista que sostenía en las manos y luego preguntó-: ¿El chico de los Watson sacará papeleta este año?

Un muchacho de elevada estatura alzó la mano entre la multitud.

-Aquí estoy -dijo-. Voy a jugar por mi madre y por mí.

El chico parpadeó, nervioso, y escondió la cara mientras varias voces de la muchedumbre comentaban en voz alta: «Buen chico, Jack», y, «Me alegro de ver que tu madre ya tiene un hombre que se ocupe de hacerlo».

-Bien -dijo el señor Summers-, creo que ya estamos todos. ¿Ha venido el viejo Warner?

-Aquí estoy -dijo una voz, y el señor Summers asintió.

Un súbito silencio cayó sobre los reunidos mientras el señor Summers carraspeaba y contemplaba la lista.

-¿Todos preparados? -preguntó-. Bien, voy a leer los nombres (los cabezas de familia, primero) y los hombres se adelantarán para sacar una papeleta de la caja. Guarden la papeleta cerrada en la mano, sin mirarla, hasta que todo el mundo tenga la suya. ¿Está claro?

Los presentes habían asistido tantas veces al sorteo que apenas prestaron atención a las instrucciones; la mayoría de ellos permaneció tranquila y en silencio, humedeciéndose los labios y sin desviar la mirada del señor Summers. Por fin, este alzó una mano y dijo, «Adams». Un hombre se adelantó a la multitud. «Hola, Steve», le saludó el señor Summers. «Hola, Joe», le respondió el señor Adams. Los dos hombres intercambiaron una sonrisa nerviosa y seca; a continuación, el señor Adams introdujo la mano en la caja negra y sacó un papel doblado. Lo sostuvo con firmeza por una esquina, dio media vuelta y volvió a ocupar rápidamente su lugar entre la multitud, donde permaneció ligeramente apartado de su familia, sin bajar la vista a la mano donde tenía la papeleta.

-Allen -llamó el señor Summers-. Anderson… Bentham.

-Ya parece que no pasa el tiempo entre una lotería y la siguiente -comentó la señora Delacroix a la señora Graves en las filas traseras-. Me da la impresión de que la última fue apenas la semana pasada.

-Desde luego, el tiempo pasa volando -asintió la señora Graves.

-Clark… Delacroix…

-Allá va mi marido -comentó la señora Delacroix, conteniendo la respiración mientras su esposo avanzaba hacia la caja.

-Dunbar -llamó el señor Summers, y la señora Dunbar se acercó con paso firme mientras una de las mujeres exclamaba: «Animo, Janey», y otra decía: «Allá va».

-Ahora nos toca a nosotros -anunció la señora Graves y observó a su marido cuando este rodeó la caja negra, saludó al señor Summers con aire grave y escogió una papeleta de la caja. A aquellas alturas, entre los reunidos había numerosos hombres que sostenían entre sus manazas pequeñas hojas de papel, haciéndolas girar una y otra vez con gesto nervioso. La señora Dunbar y sus dos hijos estaban muy juntos; la mujer sostenía la papeleta.

-Harburt… Hutchinson…

-Vamos allá, Bill -dijo la señora Hutchinson, y los presentes cercanos a ella soltaron una carcajada.

-Jones…

-Dicen que en el pueblo de arriba están hablando de suprimir la lotería -comentó el señor Adams al viejo Warner. Este soltó un bufido y replicó:

-Hatajo de estúpidos. Si escuchas a los jóvenes, nada les parece suficiente. A este paso, dentro de poco querrán que volvamos a vivir en cavernas, que nadie trabaje más y que vivamos de ese modo. Antes teníamos un refrán que decía: «La lotería en verano, antes de recoger el grano». A este paso, pronto tendremos que alimentarnos de bellotas y frutos del bosque. La lotería ha existido siempre -añadió, irritado-. Ya es suficientemente terrible tener que ver al joven Joe Summers ahí arriba, bromeando con todo el mundo.

-En algunos lugares ha dejado de celebrarse la lotería -apuntó la señora Adams.

-Eso no traerá más que problemas -insistió el viejo Warner, testarudo-. Hatajo de jóvenes estúpidos.

-Martin… -Bobby Martin vio avanzar a su padre.- Overdyke… Percy…

-Ojalá se den prisa -murmuró la señora Dunbar a su hijo mayor-. Ojalá acaben pronto.

-Ya casi han terminado -dijo el muchacho.

-Prepárate para ir corriendo a informar a tu padre -le indicó su madre.

El señor Summers pronunció su propio apellido, dio un paso medido hacia adelante y escogió una papeleta de la caja. Luego, llamó a Warner.

-Llevo sesenta y siete años asistiendo a la lotería -proclamó el señor Warner mientras se abría paso entre la multitud-. Setenta y siete loterías.

-Watson… -el muchacho alto se adelantó con andares desgarbados. Una voz exhortó: «No te pongas nervioso, muchacho», y el señor Summers añadió: «Tómate el tiempo necesario, hijo». Después, cantó el último nombre.

-Zanini…

Tras esto se produjo una larga pausa, una espera cargada de nerviosismo hasta que el señor Summers, sosteniendo en alto su papeleta, murmuró:

-Muy bien, amigos.

Durante unos instantes, nadie se movió; a continuación, todos los cabezas de familia abrieron a la vez la papeleta. De pronto, todas las mujeres se pusieron a hablar a la vez:

-Quién es? ¿A quién le ha tocado? ¿A los Dunbar? ¿A los Watson?

Al cabo de unos momentos, las voces empezaron a decir:

-Es Hutchinson. Le ha tocado a Bill Hutchinson.

-Ve a decírselo a tu padre -ordenó la señora Dunbar a su hijo mayor.

Los presentes empezaron a buscar a Hutchinson con la mirada. Bill Hutchinson estaba inmóvil y callado, contemplando el papel que tenía en la mano. De pronto, Tessie Hutchinson le gritó al señor Summers:

-¡No le has dado tiempo a escoger qué papeleta quería! Te he visto, Joe Summers. ¡No es justo!

-Tienes que aceptar la suerte, Tessie -le replicó la señora Delacroix, y la señora Graves añadió:

-Todos hemos tenido las mismas oportunidades.

-Vamos, Tessie, cierra el pico! -intervino Bill Hutchinson.

-Bueno -anunció, acto seguido, el señor Summers-. Hasta aquí hemos ido bastante deprisa y ahora deberemos apresurarnos un poco más para terminar a tiempo.

Consultó su siguiente lista y añadió:

-Bill, tú has sacado la papeleta por la familia Hutchinson. ¿Tienes alguna casa más que pertenezca a ella?

-Están Don y Eva -exclamó la señora Hutchinson con un chillido-. ¡Ellos también deberían participar!

-Las hijas casadas entran en el sorteo con las familias de sus maridos, Tessie -replicó el señor Summers con suavidad-. Lo sabes perfectamente, como todos los demás.

-No ha sido justo -insistió Tessie.

-Me temo que no -respondió con voz abatida Bill Hutchinson a la anterior pregunta del director del sorteo-. Mi hija juega con la familia de su esposo, como está establecido. Y no tengo más familia que mis hijos pequeños.

-Entonces, por lo que respecta a la elección de la familia, ha correspondido a la tuya -declaró el señor Summers a modo de explicación-. Y, por lo que respecta a la casa, también corresponde a la tuya, ¿no es eso?

-Sí -respondió Bill Hutchinson.

-Cuántos chicos tienes, Bill? -preguntó oficialmente el señor Summers.

-Tres -declaró Bill Hutchinson-. Está mi hijo, Bill, y Nancy y el pequeño Dave. Además de Tessie y de mí, claro.

-Muy bien, pues -asintió el señor Summers-. ¿Has recogido sus papeletas, Harry?

El señor Graves asintió y mostró en alto las hojas de papel.

-Entonces, ponlas en la caja -le indicó el señor Summers-. Coge la de Bill y colócala dentro.

-Creo que deberíamos empezar otra vez -comentó la señora Hutchinson con toda la calma posible-. Les digo que no es justo. Bill no ha tenido tiempo para escoger qué papeleta quería. Todos lo han visto.

El señor Graves había seleccionado cinco papeletas y las había puesto en la caja. Salvo estas, dejó caer todas las demás al suelo, donde la brisa las impulsó, esparciéndolas por la plaza.

-Escúchenme todos! -seguía diciendo la señora Hutchinson a los vecinos que la rodeaban.

-¿Preparado, Bill? -inquirió el señor Summers, y Bill Hutchinson asintió, después de dirigir una breve mirada a su esposa e hijos.

-Recuerden -continuó el director del sorteo-: Saquen una papeleta y guárdenla sin abrir hasta que todos tengan la suya. Harry, tú ayudarás al pequeño Dave.

El señor Graves tomó de la manita al niño, que se acercó a la caja con él sin ofrecer resistencia.

-Saca un papel de la caja, Davy -le dijo el señor Summers. Davy introdujo la mano donde le decían y soltó una risita-. Saca solo un papel -insistió el señor Summers-. Harry, ocúpate tú de guardarlo.

El señor Graves tomó la mano del niño y le quitó el papel de su puño cerrado; después lo sostuvo en alto mientras el pequeño Dave se quedaba a su lado, mirándolo con aire de desconcierto.

-Ahora, Nancy -anunció el señor Summers. Nancy tenía doce años y a sus compañeros de la escuela se les aceleró la respiración mientras se adelantaba, agarrándose la falda, y extraía una papeleta con gesto delicado-. Bill, hijo -dijo el señor Summers, y Billy, con su rostro sonrojado y sus pies enormes, estuvo a punto de volcar la caja cuando sacó su papeleta-. Tessie…

La señora Hutchinson titubeó durante unos segundos, mirando a su alrededor con aire desafiante y luego apretó los labios y avanzó hasta la caja. Extrajo una papeleta y la sostuvo a su espalda.

-Bill… -dijo por último el señor Summers, y Bill Hutchinson metió la mano en la caja y tanteó el fondo antes de sacarla con el último de los papeles.

Los espectadores habían quedado en silencio.

-Espero que no sea Nancy -cuchicheó una chica, y el sonido del susurro llegó hasta el más alejado de los reunidos.

-Antes, las cosas no eran así -comentó abiertamente el viejo Warner-. Y la gente tampoco es como en otros tiempos.

-Muy bien -dijo el señor Summers-. Abran las papeletas. Tú, Harry, abre la del pequeño Dave.

El señor Graves desdobló el papel y se escuchó un suspiro general cuando lo mostró en alto y todos comprobaron que estaba en blanco. Nancy y Bill, hijo, abrieron los suyos al mismo tiempo y los dos se volvieron hacia la multitud con expresión radiante, agitando sus papeletas por encima de la cabeza.

-Tessie… -indicó el señor Summers. Se produjo una breve pausa y, a continuación, el director del sorteo miró a Bill Hutchinson. El hombre desdobló su papeleta y la enseñó. También estaba en blanco.

-Es Tessie -anunció el señor Summers en un susurro-. Muéstranos su papel, Bill.

Bill Hutchinson se acercó a su mujer y le quitó la papeleta por la fuerza. En el centro de la hoja había un punto negro, la marca que había puesto el señor Summers con el lápiz la noche anterior, en la oficina de la compañía de carbones. Bill Hutchinson mostró en alto la papeleta y se produjo una reacción agitada entre los congregados.

-Bien, amigos -proclamó el señor Summers-, démonos prisa en terminar.

Aunque los vecinos habían olvidado el ritual y habían perdido la caja negra original, aún mantenían la tradición de utilizar piedras. El montón de piedras que los chicos habían reunido antes estaba preparado y en el suelo; entre las hojas de papel que habían extraído de la caja, había más piedras. La señora Delacroix escogió una piedra tan grande que tuvo que levantarla con ambas manos y se volvió hacia la señora Dunbar.

-Vamos -le dijo-. Date prisa.

La señora Dunbar sostenía una piedra de menor tamaño en cada mano y murmuró, entre jadeos:

-No puedo apresurarme más. Tendrás que adelantarte. Ya te alcanzaré.

Los niños ya tenían su provisión de piedras y alguien le puso en la mano varias piedrecitas al pequeño Davy Hutchinson. Tessie Hutchinson había quedado en el centro de una zona despejada y extendió las manos con gesto desesperado mientras los vecinos avanzaban hacia ella.

-¡No es justo! -exclamó.

Una piedra la golpeó en la sien.

-¡Vamos, vamos, todo el mundo! -gritó el viejo Warner. Steve Adams estaba al frente de la multitud de vecinos, con la señora Graves a su lado.

-¡No es justo! ¡No hay derecho! -siguió exclamando la señora Hutchinson. Instantes después todo el pueblo cayó sobre ella.

FIN