Maria Luisa Puga prosa veloz y clemente.

Maria Luisa Puga (ciudad de México, febrero 3, 1944 – diciembre 25, 2004) vivió la mayor parte de sus 60 años con la sensación de ser fuereña, de habitar sin pertenecer en distintos lugares del mundo. Nunca viajó sola. La acompañaban sus diarios, incontables cuadernos donde vaciaba su escritura para así explicarse el mundo.

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Escribió en ellos con intensidad y disciplina, sin pretextos para interrumpir su oficio o posponer el momento de la creación. Su rutina, que mantuvo aún con enfermedades, desvelos o dolor, consistió en levantarse todos los días, sin tregua de días festivos ni fines de semana, a las cuatro de la madrugada (“la hora donde no hay nada que perturbe el acto de escribir”) a llenar algunas cuartillas con sus reflexiones.

Recorrió ciudades europeas, africanas y mexicanas. Al final, se instaló en una cabaña en medio del bosque a orillas del lago michoacano de Zirahuén. Ahí, frente a “Esteban”, el inmenso árbol que se veía desde la ventana de su estudio, compartió sus circunstancias, su forma de entender el silencio, su percepción de la realidad social y de los sentimientos humanos, que quedaron plasmados en el último tercio de su obra literaria.

Nació en la colonia Anzures de la Ciudad de México pero los recuerdos de su más tierna infancia transcurrieron en Acapulco, “cuando todavía era más un pueblo que una ciudad”; vivió un tiempo en Mazatlán y después regresó a la ciudad de México.

Su única ilusión era la de ser escritora. Al tiempo que leía historias de Corín Tellado, escribía las suyas propias, donde ella y su hermana eran las heroínas. Luego conoció el Diario de Ana Frank y comenzó a escribir un diario personal, donde daba orden a los sentimientos que transcurrían en su vida.

”Es como si ese diario fuera mi mamá, a la que recurro para acusar al mundo de todas las cosas que me hacen”, diría María Luisa Puga muchos años después para justificar la presencia de ese diario, que se había convertido en cientos de cuadernos que cubrían las paredes de cualquier casa que habitara.

Escribía a todas horas del día y, llegada la noche: “Poco antes de acostarme, tecleo lo que escribíré en la madrugada, para tener la escena más o menos fresca y, según yo, me acuesto condicionando mi mente para que durante la noche y en el sueño piense la siguiente escena. No sé si suceda o no”.

En abril de 1968 María Luisa Puga dejó la ciudad de México y se trasladó a Europa. Ahí, transitó durante diez años por distintos países; tuvo problemas económicos y de relaciones personales, lo que la empujó hasta la capital de Kenia, Nairobi. Entonces, afirmaba Puga, pudo conocer el subdesarrollo de una forma distinta que en México “porque antes estaba tan inmersa que no lo podía ver”.

Escribió entonces Las posibilidades del odio, novela que narra las formas de vida y de identidad que se originan en el colonialismo desde la perspectiva de un joven blanco, heredero de ingleses, que vive en Nairobi. El relato expone de manera descarnada las injusticias y corrupción que acontecen a diario en el tercer mundo.

En Nairobi, decía Puga, “vi la realidad en que crecí de niña: la realidad del hambre, la injusticia, la corrupción y el lujo sin límites. Descubrí que en Nairobi yo era la corrupta, la impune, la poderosa. Por eso escribí mi primera novela. Sí, en el odio y en el rencor hay posibilidades creativas y no vengativas”.

Luego, con la novela escrita, Puga regresó a Oxford, donde se reencontró con un amigo que volvería a México a entregar un manuscrito a la Editorial Siglo XXI. Puga le entregó el suyo propio con la consigna de llevarlo a la editorial.

En 1978 se publicó Las posibilidades del odio y causó gran expectación entre los críticos literarios, que consideraron el tema un tanto exótico; pero sobre todo, elogiaron el estilo de escritura fluida y precisa de María Luisa Puga, quien volvió a México con la convicción de convertirse en escritora y con la “aspiración de tener la influencia en mis letras de Virginia Woolf y el aire deprimente de Elías Canetti”.

Al llegar a México se afilió al Partido Comunista Mexicano y fue candidata a diputado suplente de su distrito. Dos años después publicó Cuando el aire es azul (1980), novela de una sociedad utópica, que habita un pueblo aislado donde el aire que se respira es de color azul, los días son de 28 horas (la población utiliza las cuatro horas extras para realizar sus actividades preferidas) y la gente ha logrado desarrollarse en la coherencia social y económica.

Por esas fechas publicó dos libros de cuentos: Inmóvil sol secreto (1979) y Accidentes (1981), donde expone las posibilidades del azar que rigen la vida humana. Escritora incansable, Puga descubrió en la escritura de cuentos el descanso a escribir novelas: “Mis cuentos los realizo al tiempo en que trabajo sobre una novela y es una especie de descanso de la misma. Algo opuesto y refrescante. Dentro de la escritura de la novela, siento la necesidad de echar algo fuera y lo hago por el cuento.”

Puga encontró entonces una voz propia, que consistía en hacer hablar a distintos personajes sujetos a sus circunstancias; en una mezcla de autobiografía, ficción y reflexión. En su literatura hay una profunda preocupación social; sin embargo, siempre separó el trabajo de las letras del de la militancia política:

“Escribo por necesidades de compensación, por motivos muy subjetivos. Quiero que mi escritura sea responsabilidad únicamente de mi existencia y no de mis ideologías. Aunque una ideología política es creativa, son dos necesidades que, en lo que se refiere a mí, nacen de distintos puntos de mi persona”.

En 1983 publicó Cuando rinde el horno, una entrevista-semblanza sobre la cerámica de Hugo X. Velásquez. Por primera vez, Puga sintió que vivía como escritora. Trabajó como correctora de galeras en la editorial siglo XXI e impartió talleres literarios.

Ese año (1983) fue intervenida quirúrgicamente por un problema de espalda y mientras convalecía, encerrada en su cuarto y casi sin poder moverse, volvió a fugarse de su realidad con la escritura. Así surgió la novela Pánico o peligro, donde narra a modo de diario personal la historia de tres amigas entrañables y su crecimiento, en un recorrido a través de la Avenida Insurgentes en la Ciudad de México. Por esta novela recibió el Premio Xavier Villaurrutia.

Fue en ese mismo año y en uno de sus talleres, que conoció a quien sería su pareja hasta el día de su muerte: Isaac Levín, que hasta entonces se había desempeñado como contralor de multinacionales, auditor del gobierno estadounidense en Centroamérica, y había decidido dejarlo todo para dedicarse a escribir. Asistió a un taller de Puga, y decidieron recorrer juntos la vida dentro de la literatura, única forma en que María Luisa podía explicarse su pertenencia al mundo:

“Escribo para entender, para entender y para tocar. Toda la gente tiene distintas maneras de vivir y de sentirse parte activa del mundo. Escribir es una de esas maneras. Si yo no me traigo las cosas que veo a la escritura, siento que me quedo afuera. Escribiéndolas las hago reales y las puedo tocar”.

“Los personajes de la novela son yo misma y ninguna”, explicaría Puga. Pánico o peligro narra la lucha constante de los capitalinos por darle sentido a sus actos, en una lucha entre los ritos diarios de una “clase media colonizada”, que proporciona seguridad, y los incidentes de una violencia inagotable en la megalópolis. También aborda el sentir de la clase burócrata, que se deja manipular al tiempo que pierde identidad.

En la presentación de Pánico o peligro, Elena Poniatowska refirió: “Con ternura, la voz profunda, amorosa de María Luisa nos va uniendo, nos va diciendo que sí, que nada es despreciable, que se puede soñar con hacer amigos, que la empleada va a sonreír mientras se arregla los tirantes del sostén, y que no tenemos porqué sentirnos los mexicanos, islotes ajenos los unos a los otros.”

Pánico o peligro le valió a Puga el Premio Xavier Villaurrutia de ese año; y la impulsó hacia el reconocimiento como una de las grandes escritoras de la literatura mexicana. Comenzó a impartir conferencias sobre la mujer en la literatura y el rol social de la mujer; encabezó eventos literarios y en 1985, realizó junto a Mónica Mansour, un recorrido por los poblados rurales del norte del país. Al volver a la Ciudad, Puga estaba aterrada: “No existe la literatura en las zonas rurales. No saben quién es Elena (Poniatowska) ni (José) Agustín, no conocen a Rulfo…”

Entonces María Luisa Puga tomó partido y se dedicó a criticar en diversos foros la política cultural y la propuesta educativa de la nación: “Pareciera que los proyectos culturales hasta ahora existentes tienen por objeto mostrarnos la cultura que otros pueblos producen para que la aprendamos, no para que la conozcamos. No para que nos enriquezcamos con ella sino para que nos dobleguemos”.

A propuesta de Isaac Levín abandonó la ciudad de México y cambió el ruido urbano por el silencio del bosque. Partió a una cabaña construida por su pareja frente al lago michoacano de Zirahuén. El motivo que la decidió a abandonar la vida urbana: “Lo hice por amor. Lo digo en voz baja porque hay quienes creen que es un argumento poco serio”.

Desde su cabaña, ubicada a un kilómetro y medio de Zirahuén, siguió con su disciplina de trabajo: escribir por las madrugadas, transcribir por las noches. Poco a poco se adaptó al silencio del bosque. Al principio, engañó a la soledad colocando numerosos espejos en su estudio de trabajo, para combatir el silencio con el reflejo de su imagen. Luego fue sustituyendo poco a poco los espejos por las imágenes internas.

“Durante la escritura, pero sobre todo en el momento de comenzarla, hay una angustia, algo que hace sufrir, pero así como tiene la escritura malos momentos, tiene otros fantásticos. Los mejores son cuando a uno se le olvida que está escribiendo; estás escribiendo pero ya no eres tú, ya no es tu mano, tu computadora, tu pluma, sino la historia se está contando a través de ti, y esos son los momentos maravillosos. Y hay otros de mucho esfuerzo, muy pedregosos, muy dificultosos…pero todos hay que vivirlos.”

En 1987 publicó desde su cabaña La forma del silencio, donde hace un juego de paralelismos entre los personajes (una niña citadina y un par de viejos rurales) los escenarios (Acapulco y el Distrito Federal) y las culturas (la mexicana y la estadounidense). Además, al tiempo que narra la historia, analiza lo que se desarrolla mientras la vida transcurre, lo que surge en el acto justo que propicia la escritura.

Sobre esta novela, María Luisa Puga explicaba: “Cuando decidí, hace treinta y tres años, que iba a ser escritora, era ésta la novela que quería escribir. No la hice antes porque le tenía miedo; había cosas que quería olvidar y que son las que me empujaron a irme de México a los 24 y permanecer fuera durante diez años”.

En su libro, Puga expone la importancia del silencio como eje central de la sociedad actual, en perpetua crisis: “Se desestructuran las cosas: la pareja, la familia, la sociedad, el país. Se viene abajo todo en un torrente de palabras inútiles, cada vez más especializadas; más secas e incomprensibles, más ajenas al sentir humano. En los años 40 la guerra sacudió al mundo. En los 50 el plástico lo llenó de esperanza. En los 60 fue el amor. En los 70 la muerte hizo nuevamente su aparición. Y en los 80 la crisis. Las palabras suenan a ya dichas, ya probadas, ya fallidas. El ser humano sigue igual de vulnerable que siempre”.

Sobre La forma del silencio, Silvia Molina escribió : “Desde la orilla del lago de Zirahuen, María Luisa nos cuenta una forma de silencio, que también es una forma de decirse las cosas, de atrapar a las ciudades y las personas. Su libro, es una forma de juego que nos acerca a la crisis del país.”

Alejada de los centros culturales del país y de su actividad, María Luisa Puga se rodeó de literatura. Su tiempo lo repartía entre su pareja, sus perros de nombres sugerentes (“Coma”, “Punto”, “Novela”, “Cuento”), sus cuadernos de apuntes, y los talleres literarios que impartía a niños y adolescentes en la escuela del pueblo.

“Me fui a vivir a Zirahuén porque quería organizar mi propia austeridad, vivir en una pobreza voluntaria y controlada que me permitiera ver el proceso de crisis del país. He logrado encontrar una manera de sostenerme y luchar porque la gente desarrolle un espíritu más crítico para analizar la crisis. Lo que escogí fue el espacio para escribir, no para ser escritora con éxito. Me estorbaría el ser excesivamente conocida, en el sentido de que dejaría de oír mi escritura y empezaría a oír mi imagen.”

En su búsqueda por encontrar distintos puntos de vista para narrar historias, Puga escribió sobre las circunstancias de su vida y del mundo que la rodeaba, adentrándose en la mente y preocupaciones de distintos personajes.

En Intentos (1987) explora desde distintas perspectivas, la llegada súbita de la muerte ( Una, dos, tres por mi ), su aparición igualmente inesperada por quien la medita sin conocer el trasfondo ( Malentendidos ); la ceguera infantil que encarrila la crueldad egoísta a lo desconocido ( Nuevos caminos); el hurto inconsciente de una muchacha utilizada ( Lucrecia ), la mente de una mujer clasemediera con una familia disfuncional ( ¿Te digo qué? ).

Después publicó Antonia (1989), que narra desde la primera persona la relación de dos amigas de la infancia y su transcurrir por Mazatlán y Londres, en un recorrido que lleva a Antonia, mujer joven y llena de vitalidad, a la muerte por un cáncer de pecho.

En Las razones del lago (1991) recrea el pueblo de Zirahuén desde la visión de un par de perros raquíticos que deambulan entre mujeres que lavan ropa en el río, al tiempo que cuentan sus desventuras y descubren sus odios.

La viuda (1994) expone el terrible problema de ser mujer sumisa y lo que sucede al encontrar una nueva libertad en la muerte del marido. La anécdota de la historia surgió luego de que una persona de edad avanzada, muy cercana a Puga, perdió a su esposo y durante el funeral, mencionó una sola frase: “Ya me cansé de ser reina madre”.

Le siguieron La reina (1995) (la vida de una joven tremendamente bella y atormentada por lo sórdido de su entorno) e Inventar ciudades (1998) (historia de una niña huérfana que tiene que abandonar la ciudad para ir a vivir con dos ancianos de provincia).

En 1996 recibió el Premio Juan Ruiz de Alarcón por el conjunto de su obra publicada y comenzó ese mismo año la impartición del primer taller literario de México vía internet.

En 1990 publicó, además, una pequeña autobiografía en la colección de De cuerpo entero, donde explicó el inicio de su relación con la escritura: “La literatura se iba convirtiendo en algo de carne y hueso. Una manera de vivir, de ponerse ante las cosas, que en realidad no tenía nada de juego. Era mucho más que un compromiso. Era un poco hacerse a un lado, uno con sus circunstancias, dolores, anhelos, para usar la existencia propia; como ventana, claro”.

Nueve madrugadas y media (2002) es su relato más autobiográfico. Es un extenso diálogo que transcurre en ese tiempo sugerido por el título, que mantienen dos personajes: Hernández, joven (¿escritor?, ¿escritora?) y una escritora madura, sobre los procesos de creación. En un rincón del texto, María Luisa Puga hace referencia a un evento que le traería secuelas importantes pero al que prefería no referirse: Una mañana de 1995 fue secuestrada en su cabaña. Aunque no fue golpeada, aseguraba que sufrió estrepitosas caídas al ser conducida a través del bosque por sus captores.

Debido a ese secuestro, Puga comenzó a sufrir de artritis reumatoide, que se le conjugó con un enfisema pulmonar causado por su costumbre de fumar inagotablemente. En 2002 sufrió los estragos de la artritis y quedó prácticamente inmóvil, postrada en una silla de ruedas que hizo pintar de rojo y que era empujada por Isaac Levín.

Para combatir el dolor, María Luisa Puga recurrió a su mejor escape. Escribió su relación con ese dolor y lo hizo un personaje de su vida, con el que convivía y al que a veces ganaba algunas partidas. Con su pluma, evadió el miedo de romperse las articulaciones y así surgió así Diario del dolor (2004), último libro que publicaría, que consta de 100 pequeños fragmentos sobre esa relación con Dolor, un personaje siempre presente.

El libro fue editado por Alfaguara y contenía un disco compacto, con la voz de Puga leyendo el relato. La intención era llevar la publicación a las clínicas del dolor de la Secretaría de Salud como parte de las terapias a los enfermos desahuciados.

Sobre Diario del dolor Puga se refirió así el día de la presentación: “Comencé a escribir para desahogarme, hasta que se empezó a crear la presencia del dolor como algo que estaba siempre ahí conmigo. Me dije: Si yo estoy acorralada aquí con él, pues él igual conmigo. No se va a poder ir.”

En diciembre del 2004 ya comenzaba a caminar, ayudada de un bastón o una andadera, y en uno de los chequeos de rutina por los que la escritora viajaba a México, se le detectó de manera tardía un cáncer avanzado en los ganglios y el hígado. Tres semanas después fallecía, el día de Navidad a las 15:00 horas en el Instituto Nacional de Nutrición de la ciudad de México. Dejó inéditas cuatro novelas.

Sus innumerables cuadernos de apuntes, a los que fue tan devota, quedaron resguardados por su hermana Patricia. Su última petición fue ser incinerada y sus cenizas enterradas al pie de su árbol “Esteban”, frente a la cabaña que guardaba su colección de Diarios, el recuerdo de un velero que naufragó y el amor que le profesó hasta el fin su pareja inseparable, Isaac Levín.

Algunos de sus libros

Las posibilidades del odio (1978), de María Luisa Puga, aumenta la bibliografía sobre el antiguo país de los mau-mau y se inscribe como una de las escasas novelas mexicanas en las que no figuran personajes ni paisajes locales . En este libro el lector puede observar de primera mano la fisonomía de un pueblo sometido, humillado y colonizado, en el momento en que descubre el camino hacia su autonomía y la recuperación de su identidad. Comprenderá también que las únicas posibilidades de avance son el compartido anhelo de cambio, así como la lucha, impulsada por uno de los motores más poderosos: el odio.

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A diferencia de los escritores que tomaron a Kenia como tema, Puga no pone distancia entre ella y sus personajes. La lucha no le es ajena en su calidad de ciudadana de un país donde los problemas han sido y son muy semejantes. El descubrimiento de este vínculo entre naciones remotas, en el que participan autora y lector, presta una dimensión especial a una novela de suyo actual e interesante.

 

La forma del silencio

El hombre vive desgarrado entre rechazo y aceptación, nihilismo y utopía, analogía e ironía. Vive exiliado dentro de un mundo que detesta y, al no poder escapar de él, lo recrea mediante la ficción, contribuyendo de ese modo a complementarlo. Precisamente de esta imperfección de la realidad trata esta novela.

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