La poesía sensual y sempiterna de José Watanabe.

Hace 70 años nació en el pueblo peruano de Laredo uno de los poetas mayores del continente americano. Aunque un poeta —me corrijo— no es un lugar, sino una lengua; entonces: hace 70 años nació para el castellano el gran José Watanabe (1946-2007). Tuvo una vida tan fugaz como el hielo expuesto a los rayos que derretían su poema El guardián del hielo. “Ama rápido, me dijo el sol / Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino / a cumplir con la vida”.

Pero la existencia no debiera contarse en años, sino en visiones. Y si así fuera, la suya fue generosa. No sólo con él, sino con nosotros. “Tiendo a la noche”, escribió, implicándonos en el insomnio. Y parece extraño saber de su boca que vivía de noche, con el espacio corrido, porque hay mucha luz en su materia.

Leer su Poesía completa nos enfrenta a su manera particular, un modo físico, de mirar el mundo. Porque Watanabe no sólo ve, vuelve táctiles las palabras, “Hubiera querido inscribir mi poema en todo el paisaje / pero mi ojo, arbitrariamente, lo ha excluido / y sólo vuelve con obsesiva precisión / a aquel bello y extremo problema de texturas: / el muslo contra la roca”, escribe en Mi ojo tiene sus razones. Poeta que disecciona el plano y se centra en dos ideas que conviven en su extrañeza, el muslo y la roca. De ella se guarda el detalle.

Nacido de un japonés emigrado a Perú que leía entre gallinas haikús de Basho y de una madre difícil, dos hermanos muertos lo antecedieron. En una de sus últimas notas, concedida a la escritora chilena Andrea Jeftanovic en 2007, para la revista Quimera, José Watanabe contaba hasta qué punto la muerte nacía a diario en su infancia en boca de su madre. “Me decía: ‘En ese rincón, en esa silla pequeña se sentaba tu hermanito de tres años, era muy blanco, tenía una vena azul en la frente, era castaño, y al sol su pelo era aún más castaño. Antes de morir estaba sentado ahí’. Los idealizaba mucho, ‘el sol los hacía brillar”. Empezar el mundo con la síntesis y la muerte como asunto cotidiano parece haber dejado un contraste en su poesía, entre el pudor y la pena. Mejor la noche, amparo en la oscuridad, con el mundo en silencio para hacer trepidar las palabras.

Se inicia en la escritura con Álbum de familia (1971) para enfrentar 18 años después un libro estremecedor, El huso de la palabra (1989). Torcedor texto donde confluyen su propia enfermedad, el decaimiento y la delicada observación con la que oscilan otros seres, tan capitales como su dolencia. “Aquí está todo muerto, sólo el aire / gira levemente vivo / pero a veces se agita y mueve las plumas y las pieles / y por un segundo nos hace creer en movimientos más ostensibles / donde el águila carnicera devore al petirrojo indefenso y sólo bello / o la pantera complete su salto sobre el anca de la gacela”.

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Watanabe continúa con Historia natural (1994): cauces secos, orugas y esqueletos. La belleza en la instancia original de su descomposición. Así, describe en Camposanto la rebelión de la naturaleza frente a la ceremonia del muro corrompido: “Las grietas y el desprendimiento del revoque / le han dibujado duras facciones casuales / y la columna es un ángel marcial y mutilado de alas / un resentido”. Cierra el libro con un poema perturbador, titulado ‘Arte poética’: “La palabras, o mejor, las vampiro / ya vienen volando con lujurioso suspiro / Pronto serás tú, entre gozoso y aterrado / el mamado”.

En Cosas del cuerpo (1999) hay animales y órganos secretos, úteros que humean, bocas, miedo, lechugas, reinas doctas y cuevas: “En este mundo pétreo / nadie se alegrará con mi despertar. Estaré yo solo / y me tocaré / y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña / sabré / que aún no soy la montaña”.

La piedra alada (2005) y Banderas detrás de la niebla (2006) son sus últimas tentativas antes de que se derrita el hielo y caiga para él la noche. Pero es sabido, la luz refulge otra vez, cada vez que volvemos a su poesía. El mal de la vigilia se enciende leyendo.

 

Algunos de sus poemas:

Animal de invierno

Otra vez es tiempo de ir a la montaña
a buscar una cueva para hibernar.

Voy sin mentirme: la montaña no es madre, sus cuevas
son como huevos vacíos donde recojo mi carne
y olvido.
Nuevamente veré en las faldas del macizo
vetas minerales como nervios petrificados, tal vez
en tiempos remotos fueron recorridos
por escalofríos de criatura viva.
Hoy, después de millones de años, la montaña
está fuera del tiempo, y no sabe
cómo es nuestra vida
ni cómo acaba.

Allí está, hermosa e inocente entre la neblina, y yo entro
en su perfecta indiferencia
y me ovillo entregado a la idea de ser de otra sustancia.

He venido por enésima vez a fingir mi resurrección.
En este mundo pétreo
nadie se alegrará con mi despertar. Estaré yo solo
y me tocaré
y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña
sabré
que aún no soy la montaña.

El inocente

Bien voluntarioso es el sol
en los arenales de Chicama.
Anuda, pues, las cuatro puntas del pañuelo sobre tu cabeza
y anda tras la lagartija inútil
entre esos árboles ya muertos por la sollama.
De delicadezas, la del sol la más cruel
que consume árboles y lagartijas respetando su cáscara.
Fija en tu memoria esa enseñanza del paisaje,
y esta otra:
de cuando acercaste al árbol reseco un fosforito trivial
y ardió demasiado súbito y desmedido
como si fuera de pólvora.
No te culpes, quien iba a calcular tamaño estropicio!
Y acepta: el fuego ya estaba allí,
tenso y contenido bajo la corteza,
esperando tu gesto trivial, tu mataperrada.
Recuerda, pues, ese repentino estrago (su intraducible belleza)
sin arrepentimientos
porque fuiste tú, pero tampoco.
Así
en todo.

En el desierto de Olmos

El viejo talador de espinos para carbón de palo
cuelga en el dintel de su cabaña
una obstinada lámpara de querosene,
y sobre la arena
se extiende un semicírculo de luz hospitalaria.

Este es nuestro pequeño espacio de confianza.

Más allá de la sutil frontera, en la oscuridad,
nos atisba la repugnante fauna que el viejo crea,
los imposibles injertos de los seres del aire y la tierra
y que hoy son para su propio y vivo miedo:
La imaginación trabaja sola, aun en contra.

La iguana sí es verdadera, aunque mítica. El viejo la decapita
y la desangra sobre un cacharro indigno,
y el perro lame la cuajarada roja como si fuera su vicio.

Rápida es olorosa
la blanca carne de la iguana en la baqueta de asar.
el viejo la destaza y comemos
y el perro espera paciente los delicados huesos.

Impensadamente
arrojo los huesos fuera de la luz
y tras ellos el animal entra en el país nocturno y enemigo.

Desde la oscuridad aúlla estremecido
y seguramente queriendo alcanzar
entre la inestable arena
con ansia
nuestro pequeño espacio de confianza.
Oigo entonces el reproche del viejo: deja los huesos cerca,
el perro
también es paisano.

Simeón el estilita

Hagámosle caso a Simeón, oigamos
sus consejos, sus prédicas, sus advertencias
porque nos habla desde un sitio perfecto.
La sabiduría
consiste en encontrar el sitio desde el cual hablar.

Simeón nos habla desde lo alto de una columna
de piedra marmórea
que ha tallado
y plantado en medio del desierto.

No está, pues, ni en el cielo ni en la tierra.

Arriba, en el cielo,
vuelan los ángeles de ojos blancos
con sus pensamientos purísimos que
ninguna pasión humana agita
o enturbia.

Cuando Simeón baja la mirada a tierra
ve a los peregrinos
rodeando la base de su elevada columna, esperando
ansiosos
su palabra.
Observa tristemente
esos rostros demasiado afectados
por la inevitable vulgaridad de la vida terrestre, y luego
habla
y su palabra
es un fragor llameante que funde ángeles y rampantes.

 

Entrevista al escritor José Watanabe – Juan Claudio Lechín

 

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