Drama, cuento y letras: Griselda Gambaro.

Griselda Gambaro

Novelista y dramaturga. Nació en Buenos Aires en 1928. Comenzó a escribir tempranamente, dedicándose en principio a la narrativa, género que alternó después con la dramaturgia. Desempeñó distintos trabajos hasta que la obtención de premios y la percepción de sus derechos de autor le permitieron, hacia 1982, vivir de su tarea específica. Durante la dictadura militar argentina, un decreto del general Videla prohibió su novela “Ganarse la muerte” por encontrarla contraria a la institución familiar y al orden social. Debido a esto y a la situación imperante, se exilió en Barcelona, España. Actualmente reside en un barrio suburbano de la provincia de Buenos Aires. Entre sus obras se encuentran: Real envido – La malasangre – Del sol naciente – Dar la vuelta – Información para extranjeros – Puesta en claro – Sucede lo que pasa – Viaje de invierno – Nosferatu – Cuatro ejercicios para actrices – Acuerdo para cambiar de casa – Sólo un aspecto – La gracia – El miedo – El nombre – El viaje a Bahía Blanca – El despojamiento – Decir sí – Antígona furiosa – Las paredes – El desatino – Los siameses – El campo – Nada que ver – Efectos personales – Desafiar al destino – Morgan – Penas sin importancia – Atando cabos – La casa sin sosiego – Es necesario entender un poco-Viejo matrimonio – Una felicidad con menos pena – Nada que ver – Cada cosa en su lugar – De profesión maternal. En lo que se refiere Narrativa publicó: “Madrigal en ciudad”. Ed. Goyanarte, 1963 Premio Fondo Nacional de las Artes, “El Desatino”. Emecé Editores, 1965 Premio Emecé, “Una felicidad con menos pena”. Ed. Sudamericana, 1967. Mención especial en el concurso de novela Primera Plana- Sudamericana, “Nada que ver con otra historia”. Ediciones Noé, 1972. 2da.edición, Torres Agüero Editor, 1987 y “Ganarse la muerte”. Ed. De la Flor, 1976.

En el Teatro San Martín, Griselda Gambaro estrenó muchas de sus obras: Nada que ver (1972), Puesta en claro (1986), Antígona furiosa (1988), Morgan (1989), Penas sin importancia (1990), La casa sin sosiego (1992), Es necesario entender un poco (1995) y Dar la vuelta (1999).
“Griselda Gambaro practica un teatro ético. Le importa la condición humana. Se pregunta qué está bien y qué está mal. Qué pasa en el mundo con la justicia y con la dignidad. Se plantea qué lugar hay para el perdón, la rebelión o la solidaridad. Pero no lo hace con interrogaciones abstractas sino mostrando su funcionamiento concreto, su materialidad en las relaciones humanas. Bucea en el vínculo entre madres y padres, con los hijos, entre hermanos, en grupos de amigos, de parejas, entre jefes y empleados. El lazo de amor, sanguíneo o fraternal, no da garantías o certezas. Lo que muestra no son relaciones armónicas, sino capaces de engendrar odios, injusticias, arbitrariedades, sumisión. Pero también abre la posibilidad de la esperanza, y siempre hay víctimas y victimarios” (Nora Mazziotti en la Revista Teatro N° 48, septiembre de 1995).
Entre sus últimas obras estrenadas figuran La señora Macbeth y Lo que va dictando el sueño (ésta última en el año 2002, en la Sala Casacuberta del Teatro San Martín).

 

Otra trama – Griselda Gambaro y su faceta de cuentista

Es una leyenda viva de la cultura argentina. Reconocida unánimemente como dramaturga, Griselda Gambaro es también una exquisita cuentista. La reciente publicación de “Relatos reunidos”, una compilación de 40 textos de ficción -muchos de ellos inéditos hasta ahora-, la confirma como una de las grandes escritoras de nuestro país. La adaptación de los cuentos al teatro, la enorme heterogeneidad de sus temas y registros de escritura, la vejez en la literatura y otros temas en un charla de entrecasa entre Gambaro y Quiroga.

 

Relatos reunidos (2016)
Griselda Gambaro

Este libro permite descubrir la faceta menos conocida de Griselda Gambaro: su extraor-dinaria obra cuentística. El volumen incluye tanto sus mejores relatos publicados y pre-miados -prácticamente inconseguibles hoy- así como una gran cantidad de cuentos iné-ditos: cuarenta relatos que confirman a Gambaro como una narradora brillante e impres-cindible para apreciar el panorama de la literatura argentina. Con prólogo de la ensayista Soledad Quereilhac.

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Este libro contiene 40 relatos de Griselda Gambaro reunidos en tres
secciones: “El odio es poca cosa”, “Lo mejor que se tiene” y “Un cuento
italiano, dos cuentos rusos”. Casi la mitad de los cuentos son inéditos
en libro.
En estas narraciones encontramos la recurrencia de varios temas que han
sido abordados por Gambaro desde distintas épocas y ópticas: la pulsión
por la libertad que mueve a sus personajes, lo fantástico y la emulación
de cuentos legendarios, la vejez o cómo hombres y mujeres enfrentan el
paso del tiempo, la soledad, la inmigración, entre otros.
El volumen viene a hacer justicia sobre una parte de la obra de Gambaro
poco conocida al echar luz y descubrir ese mosaico secreto de la
narrativa que pulsa detrás de la mayor visibilidad de sus obras teatras
y aun de sus novelas. Un volumen que amplía el territorio ficcional de
una las escritoras fundamentales de la literatura argentina.

 

Arte y poesía en la obra de Nathaniel Hawthorne.

Diremos enfáticamente de los cuentos de Mr Hawthorne que pertenecen a la más alta esfera del arte. (…) Los rasgos distintivos de Mr Hawthorne son la invención, la creación, la imaginación y la originalidad, rasgos que, en la literatura de ficción, valen acentuadamente más que todo el resto. Edgar Allan Poe

 

(Salem, EE UU, 1804-Plymouth, id., 1864) Novelista estadounidense. Nacido en el seno de una familia de vieja estirpe puritana, tanto su vida como su obra se vieron marcadas por la tradición calvinista. Su temprana vocación literaria lo obligó a afrontar numerosos problemas económicos, ya que sus obras no le daban lo suficiente para vivir.
Nathaniel Hawthorne

Su primera novela, Fanshawe (1928), protagonizada por un héroe de corte byroniano que posee rasgos biográficos del propio Hawthorne, evidencia las influencias del Romanticismo europeo; entre 1837 y 1842 publicó con regularidad los Cuentos narrados dos veces, en que aborda con detenimiento los que serían algunos de sus temas recurrentes, como la idea del pecado y el problema del mal.

Durante este período trabajó en la Aduana de Boston, en una granja comunal cercana a la misma ciudad, y en 1843 se estableció en Concord, tras contraer matrimonio (1842); allí escribió la colección de cuentos Musgos de una vieja granja (1846), que incluye el célebre relato La hija de Rapaccini. En 1846 volvió a trabajar en aduanas, pero al poco optó por aislarse de nuevo en una humilde casa de Massachusetts, donde compuso su obra más célebre, La letra escarlata (1850) y, un año después, La casa de las siete torres.

En 1853 describió su experiencia durante su visita a una colonia de filántropos inspirados por el socialismo utópico en La granja de Blithedale, y ese año fue nombrado cónsul en Liverpool por su amigo Pierce, entonces presidente de Estados Unidos, lo que le permitió viajar por Europa. Durante un viaje a Italia empezó El fauno de mármol (1860), última novela que, además de sus preocupaciones morales, revela una creciente dedicación al estilo narrativo y un acercamiento a la poesía.

 

CITAS, FRASES, DECLARACIONES Y POÉTICA:
– (Sobre su propia infancia): “Yo no vivía, sólo soñaba que vivía”.

– “En este mundo, la felicidad, cuando llega, llega incidentalmente. Si la perseguimos, nunca la alcanzamos. En cambio, al perseguir otro objeto, puede ocurrir que nos encontremos con ella cuando menos lo esperábamos”.

– “Las abejas se asfixian a veces en la miel que acumulan. De igual manera, algunos escritores se pierden en los conocimientos que han ido reuniendo”.

– “Las caricias son tan necesarias para la vida de los sentimientos como las hojas para los árboles. Sin ellas, el amor muere por la raíz”.

– “Cada individuo tiene un puesto que ocupar en el mundo, y es muy importante si lo ocupa o lo deja vacante”.

 

Su última novela:

Sinopsis de El fauno de mármol:

 

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Tres jóvenes artistas americanos conocen a un conde italiano en Roma y se establece entre ellos una extraña relación: Donatello, el conde de Monti Beni, se enamora locamente de Miriam, una hermosa pintora americana. Sin embargo, ésta arrastra un horrible pasado, y, como consecuencia, alguien le persigue dondequiera que va. Una noche su acosador se acerca a ella, y Donatello lanza a éste por un precipicio. Hilda, la amiga íntima de Miriam, es testigo del incidente, y su alma pura se corrompe. Bajo este inocente argumento, Hawthorne nos habla de la relación entre la vida y el arte, del sentimiento de culpa, de las tentaciones, todo ello enmarcado en un momento convulso de la historia americana (los inicios de la guerra de Secesión) e italiana (el Risorgimento)

 

 

El entierro de Roger Malvin
[Cuento – Texto completo.]

Nathaniel Hawthorne
Uno de los pocos sucesos de las guerras contra los indios susceptibles de recibir la luz de luna de lo novelesco, fue la expedición emprendida en defensa de las fronteras en el año de 1725, que terminó con la célebre “batalla de Lovell”. La imaginación, si tiene el juicio de dejar en la sombra ciertos incidentes, encuentra mucho que admirar en el heroísmo de la pequeña tropa que combatió en proporción de dos a uno en las entrañas del territorio enemigo. La evidente valentía desplegada por ambos bandos se ajustó a la concepción civilizada del coraje; y los propios anales de la caballería podrían sin bochorno registrar las hazañas de uno o dos individuos. La batalla, fatal para quienes lucharon, no tuvo consecuencias tan infortunadas para el país, pues dispersó las fuerzas de una tribu y condujo a la paz que reinó en los años siguientes. La historia y la tradición son extraordinariamente detalladas en sus recuentos de este suceso; y el capitán de una avanzada de colonizadores adquirió tanta fama militar como los victoriosos caudillos de legiones. Pese al empleo de nombres ficticios, algunos hechos contenidos en las páginas siguientes serán reconocidos por quienes han oído, de labios de los viejos, acerca de la suerte de los pocos combatientes que quedaron en condiciones de replegarse tras la “batalla de Lovell”.

***

Los primeros rayos del sol bañaban con su luz alegre las copas de los árboles, bajo los cuales se habían dejado caer aquella víspera un par de hombres heridos y agotados. Su lecho de hojas secas de roble se esparcía sobre el pequeño espacio llano al pie de una roca, situada cerca de la cima de uno de los suaves promontorios que moldean los contornos de esa parte del país. La mole de granito, que levantaba su lisa superficie unos seis u ocho metros sobre sus cabezas, no dejaba de asemejarse a una enorme lápida, sobre la cual las vetas parecían componer una inscripción en caracteres olvidados. En un trecho de varios acres a la redonda, los robles y otros árboles de madera dura tomaban el lugar de los pinos que poblaban aquella zona. Cerca de nuestros caminantes se erguía un robusto roblecillo.

La grave herida del hombre mayor probablemente lo había privado de sueño, ya que se enderezó penosamente hasta quedar sentado tan pronto dio el primer rayo de sol en la copa del árbol más alto. Las hondas líneas de su rostro y sus cabellos entrecanos denotaban que había pasado de la edad madura; pero su musculatura, salvo por los efectos de la herida, habría sido tan capaz de soportar fatigas como en el vigor temprano de la vida. La debilidad y el agotamiento marcaban ahora sus rasgos; y la mirada desesperanzada que dirigió a las profundidades del bosque probaba su convencimiento de que se aproximaba el fin de su peregrinaje. A continuación volvió los ojos hacia el compañero recostado a su lado. El joven -pues escasamente era un hombre crecido- reposaba con la cabeza sobre el brazo, inmerso en un sueño agitado que a cada momento parecía estar a punto de romperse debido a las punzadas de sus heridas. Con la mano derecha agarraba un mosquete y, a juzgar por la violenta expresión de su semblante, en su sopor volvía a presenciar el conflicto del cual era uno de los pocos sobrevivientes. Un grito -potente y penetrante en el delirio de su sueño- se abrió camino como un murmullo imperfecto entre sus labios y, sobresaltándose hasta de oír el delgado sonido de su propia voz, despertó súbitamente. El primer acto de revivir recuerdos fue preguntar lleno de ansiedad por el estado del compañero herido. Este último sacudió la cabeza.

-Rubén, mi chico -dijo-, la roca a cuya sombra nos sentamos será la lápida de un viejo cazador. Todavía nos faltan leguas y leguas de monte desolado; y de nada me serviría que el humo de mi propia chimenea estuviera al otro lado de aquel cerro. La bala india era más mortífera de lo que yo creía.

-Está cansado por estas tres jornadas -replicó el joven-, y otro poco de descanso lo recuperará. Quédese aquí sentado mientras busco en el bosque las hierbas y raíces que tienen que servirnos de sustento. Cuando hayamos comido se apoyará en mí y enderezaremos nuestras caras rumbo a casa. No dudo que con mi ayuda podrá aguantar hasta algún fuerte fronterizo.

-No me quedan dos días de vida, Rubén -dijo con calma el otro-, y no pienso agobiarte más con mi inútil cuerpo, cuando a duras penas puedes con el tuyo. Tus heridas son hondas y vas con rapidez perdiendo fuerzas. Sin embargo, si te apresuras solo, puedes salvarte. Para mí no hay esperanza. Voy a aguardar la muerte aquí.

-Si ha de ser así, me quedo entonces a cuidarlo -dijo Rubén, resuelto.

-No, hijo mío, no -objetó su compañero-. Deja que el deseo de un moribundo tenga influencia en ti. Dame una vez la mano y ándate. ¿Piensas que aliviará mis últimos momentos la idea de que te abandono a una muerte más lenta? Te he amado como un padre, Rubén; y en una ocasión como ésta debo tener algo de la autoridad de un padre. Te ordeno que te vayas, para poder morir en paz.

-¿Y porque ha sido un padre para mí debo entonces dejarlo que perezca y quede sin enterrar en la espesura?-exclamó el joven-. No. Si es verdad que se acerca su fin, voy a cuidar de usted y voy a recibir sus últimas palabras. Cavaré cerca de esta roca una tumba en la que, si la debilidad me rinde, yaceremos los dos; o, si el cielo me da fuerzas, me abriré camino a casa.

-En las ciudades y dondequiera que residen los hombres -respondió el otro-, entierran a los muertos; los esconden de la vista de los vivos. Pero aquí, donde quizás no va a oírse un paso en cien años, ¿por qué no descansar a cielo abierto, cubierto sólo por las hojas de roble cuando el viento de otoño las esparza? En cuanto a un monumento, aquí está esta roca gris, en la que labraré con mano moribunda el nombre de Roger Malvin; y el caminante en días futuros sabrá que duerme aquí un cazador y un guerrero. No tardes, pues, por este despropósito; y apresúrate, si no por tu bien, por el de la que se sentirá desconsolada.

Malvin pronunció estas últimas palabras con voz quebrada y su efecto sobre el compañero fue más que evidente. Le recordaban que había otros deberes menos cuestionables que compartir la suerte de un hombre a quien de nada beneficiaría con su muerte. Tampoco puede aseverarse que ningún sentimiento egoísta pugnó por penetrar al corazón de Rubén, aunque la conciencia lo hacía resistirse con mayor ahínco a los ruegos de su compañero.

-¡Qué horrible es esperar el lento paso de la muerte en estas soledades! -exclamó-. El bravo no se acobarda en la batalla; y, cuando hay amigos alrededor del lecho, incluso una mujer puede morir sin perder el aplomo; pero aquí…

-No voy a amilanarme, ni aun aquí, Rubén Bourne -lo interrumpió Malvin-. No soy un hombre de débil corazón y, si lo fuera, existe un soporte más seguro que el de los amigos terrenales. Eres joven y amas la vida. Vas a necesitar más consuelo que yo en tu lance postrero. Y cuando me hayas depositado en la tierra y estés solo, y la noche descienda sobre el bosque, vas a sentir toda la amargura de mi muerte, que ahora puedes esquivar. Pero no quiero incitar un motivo egoísta en tu naturaleza generosa. Déjame por mi bien, de modo que, tras rezar una oración por tu seguridad, me quede tiempo para rendir cuentas sin que me perturben las penas de este mundo.

-Y su hija, ¿cómo me atreveré a mirarla a los ojos? -inquirió Rubén-. Va a preguntarme por la suerte de su padre, cuya vida juré defender con la mía. ¿Debo decirle que marché con él tres días desde el campo de batalla y que lo abandoné para que pereciera en la espesura? ¿No sería mejor recostarme y morir a su lado que regresar a salvo y contarle esto a Dorcas?

-Dile a mi hija -dijo Roger Malvin- que aunque tú mismo estabas gravemente herido, y débil, y agotado, por varias leguas dirigiste mis pasos vacilantes y que me abandonaste sólo a instancias de mis sinceras súplicas, porque yo no quería que tu sangre me manchara el alma. Dile que fuiste leal en el dolor y en el peligro y que si tu flujo vital hubiera podido salvarme, se habría derramado hasta la última gota. Y dile que serás algo más preciado que un padre, que mi bendición cae sobre ambos y que mis ojos moribundos columbran un camino largo y placentero que habrán de recorrer en compañía.

Mientras hablaba, Malvin casi se levantó; y el vigor de sus palabras finales pareció colmar el bosque agreste y desolado con una visión de felicidad. Pero cuando se desplomó, exhausto, en el lecho de hojarasca, se extinguió la luz que se había encendido en los ojos de Rubén. Éste sentía que era pecaminoso y necio pensar en la felicidad en aquellos momentos. Su compañero observaba cómo cambiaba de expresión y trató, con generosa maña, de inducirlo a su propio bien.

-Tal vez me equivoco respecto al tiempo que tengo por vivir -continuó-. Puede ser que, con pronta ayuda, me recupere de mi herida. Los fugitivos delanteros ya deben de haber llevado noticias del combate fatal a las fronteras y van a enviar partidas de socorro para quienes estamos en estas condiciones. Si te encuentras con una de éstas y los traes aquí, ¿quién quita que pueda sentarme otra vez frente a la chimenea?

Una sonrisa lastimera cruzó el rostro del moribundo al insinuar aquella esperanza infundada; la cual, empero, no dejó de producir efecto en Rubén. Ni el mero egoísmo ni la afligida situación de Dorcas lo habrían impelido a abandonar al compañero en esa coyuntura; pero sus deseos se apresuraron a adoptar la idea de que podía salvarse la vida de Malvin y su temperamento optimista elevó casi hasta ser certeza la remota posibilidad de conseguir ayuda humana.

-Ciertamente hay razones, poderosas razones, para esperar que haya amigos no muy lejos -dijo a media voz-. A las primeras escaramuzas salió huyendo un cobarde, ileso y de seguro a muy buen paso. Todo hombre recto en las fronteras se terciaría el mosquete al oír la noticia; y, aunque ningún grupo va a adentrarse tanto en los bosques, tal vez me los encuentre a un día de camino.

-Aconséjeme con sinceridad -dijo, dirigiéndose a Malvin, dudoso de sus propios motivos-. ¿Si se encontrara en mi lugar, me abandonaría mientras hubiera vida?

-Hace ya veinte años -replicó Roger Malvin suspirando, pues era consciente de la gran diferencia entre ambos casos-, hace veinte años que escapé junto con un amigo del cautiverio de los indios cerca de Montreal. Caminamos muchos días por el bosque hasta que al fin, rendido por el hambre y el cansancio, mi amigo se echó al suelo y me rogó que lo dejara, pues sabía que si yo me quedaba ambos pereceríamos. Y, con pocas esperanzas de obtener socorro, hice una almohada de hojas secas bajo su cabeza y partí apretando el paso.

-¿Y volvió a tiempo para salvarlo? -preguntó Rubén, pendiente de las palabras de Malvin como si fueran a profetizarle éxito.

-Sí -respondió el otro-. Llegué al campamento de unos cazadores antes del anochecer de ese mismo día. Los conduje al lugar donde mi camarada esperaba la muerte; y ahora vive sano y vigoroso en su granja, en tierras colonizadas, mientras yo estoy herido aquí en las profundidades del territorio inexplorado.

Este ejemplo, de mucho peso sobre la decisión de Rubén, venía robustecido, sin que él lo supiera, por la fuerza oculta de muchos otros motivos. Roger Malvin se daba cuenta de que estaba a punto de obtener la victoria.

-Ahora vete, hijo mío, y que el cielo te ayude -dijo-. No te regreses con tus compañeros cuando te los encuentres, sino que manda aquí a tres o cuatro que estén disponibles para buscarme; y créeme, Rubén, mi corazón estará más alegre con cada paso que des en dirección a casa.

Pero se dio, tal vez, un cambio en su expresión y en su voz mientras decía esto; puesto que, después de todo, era un sino espantoso quedarse agonizando en la espesura.

Rubén Bourne, apenas medio convencido de estar obrando correctamente, se levantó por fin y se dispuso a partir. Pero antes, contra la voluntad de Malvin, recogió una provisión de hierbas y raíces, lo único que habían comido en los dos últimos días.

Colocó estas inútiles raciones al alcance del moribundo, para quien igualmente apiló un lecho de hojas secas de roble. Luego, subiendo a la cima de la roca, que por un lado era áspera y escabrosa, arqueó el roblecillo y amarró su pañuelo de la rama más alta. Tal precaución no era innecesaria para guiar a quien viniera en busca de Malvin, pues ningún flanco de la roca, excepto el amplio y liso frente, se podía ver desde cierta distancia debido a la tupida broza del bosque. El pañuelo había servido para vendar una herida en el brazo de Rubén. Cuando lo ató al árbol juró por la sangre que lo manchaba que iba a regresar, bien a salvar la vida de su compañero, bien a depositar su cadáver en la tumba. Bajó después y esperó cabizbajo las palabras de despedida de Malvin.

La veteranía de este último le dictó prolijos consejos acerca del viaje del joven por el bosque no hollado. Hablaba sobre el tema con calmosa seriedad, como si enviara a Rubén al combate o de caza mientras él se quedaba en la seguridad del hogar, y no como si el rostro humano que pronto iba a desampararlo fuera el último que jamás contemplara. Pero antes de terminar flaqueó su entereza.

-Lleva mi bendición a Dorcas y dile que mi última oración será por ella y por ti. Pídele que no guarde aversión porque me dejaste, pues la vida no te habría pesado si con su sacrificio me hubieras hecho un bien. Se casará contigo después de haber llorado un rato por su padre. ¡Que el cielo les conceda largos años felices y que los hijos de sus hijos estén al pie de su lecho mortuorio! Y, Rubén -añadió, mientras por fin se abría paso el desaliento de la mortalidad-, regresa, cuando hayan sanado tus heridas y otra vez tengas bríos, regresa a esta roca agreste, entierra mis huesos en una sepultura y reza una oración por ellos.

Los colonos de aquellas fronteras guardaban un respeto casi supersticioso por los ritos de entierro, proveniente tal vez de las costumbres de los indios, que guerreaban con los muertos igual que con los vivos. Y hay muchos casos de sacrificio de la vida en un intento por sepultar a quienes habían sido derribados por la “espada de la selva”. Rubén, por tanto, reconocía la enorme importancia de la promesa que con toda solemnidad hizo de regresar y efectuar las exequias de Roger Malvin. Era patente que este último, al expresarse de todo corazón en el adiós, ya ni siquiera trataba de convencer al joven de que la ayuda más rápida serviría para preservar su vida. Rubén sabía en su fuero interno que nunca más vería la cara viva de Malvin. Su generosidad lo habría constreñido a demorarse, hasta pasar la escena de la muerte; pero las ganas de vivir y la esperanza de la dicha le habían animado el corazón y era incapaz de resistirlas.

-Es suficiente -dijo Roger Malvin tras escuchar la promesa de Rubén-. Ándate, y que Dios te dé alas.

Sin decir nada el joven le apretó la mano, dio media vuelta y se alejó. Empero, cuando con paso lento y vacilante había recorrido un corto trecho, lo hizo volver la voz de Malvin.

-Rubén, Rubén -llamaba débilmente.

Rubén se arrodilló junto al agonizante.

-Levántame y recuéstame en la roca -fue su último ruego-. Así mi cara queda mirando a casa y podré verte por un momento más mientras te pierdes entre los árboles.

Habiendo hecho la deseada modificación en la postura de su compañero, Rubén reemprendió el solitario peregrinaje. Al principio caminó más rápido de lo que era compatible con sus fuerzas, pues una especie de sentimiento de culpa, que en ocasiones atormenta a los hombres en sus acciones más justificadas, lo impelía a ocultarse de los ojos de Malvin. Pero después de haber pisado un largo rato la crujiente hojarasca regresó a hurtadillas, movido por una curiosidad desenfrenada y lancinante y, escondido tras la raíz terrosa de un árbol descuajado, acechó atentamente al hombre abandonado. No se nublaba el sol de la mañana y árboles y arbustos inhalaban el dulce aire del mes de mayo. Sin embargo, la faz de la naturaleza parecía ensombrecida, como si se compadeciera de la agonía mortal y del dolor. Roger Malvin levantaba las manos en fervorosa oración, algunas de cuyas frases se deslizaban por la quietud del bosque y penetraban en el corazón de Rubén, atormentándolo con ramalazos indecibles. Pedían, con acentos quebrantados, por la felicidad de éste y la de Dorcas. Al oír esto el joven, la conciencia, o algo parecido, lo urgía fuertemente a regresar y otra vez reclinarse al pie de la roca. Sentía cuán duro era el destino de aquel ser bueno y generoso que había abandonado en la adversidad. La muerte llegaría como un cadáver que se acercara lentamente, reptando por el bosque y asomando de árbol en árbol, cada vez más cerca, sus espantosos y congelados rasgos. Pero igual suerte habría corrido Rubén de haberse demorado otro crepúsculo. ¿Quién puede reprocharle que rehuyera tan inútil sacrificio? Mientras lanzaba una mirada de despedida, un soplo de brisa agitó el pequeño pendón que colgaba del roblecillo y le hizo recordar a Rubén su promesa.

***

Varias circunstancias se aunaron para retardar al caminante herido en su regreso a la frontera. Al segundo día las nubes, encapotando el cielo, le hicieron imposible ajustar el rumbo según la posición del sol. Sólo sabía que cada impulso de sus ya casi extintas fuerzas lo alejaba aún más del hogar que buscaba. Las bayas y otros frutos silvestres le suministraban el escaso sustento. Es cierto, a veces pasaban saltando frente a él manadas de venados y las perdices al oír sus pisadas batían las alas y volaban, pero había agotado sus municiones en la batalla y no tenía con qué derribarlos. Las heridas, inflamadas por el constante esfuerzo del que dependían sus esperanzas de sobrevivir, corroían su fibra y a ratos le confundían la razón. Pero, incluso en los extravíos de la mente, el joven corazón de Rubén se aferraba a la existencia; y sólo cuando por fin fue incapaz de dar un paso más, se desplomó bajo un árbol, obligado a esperar allí la muerte.

En esta situación fue descubierto por una partida que a las primeras nuevas del combate fue despachada a socorrer a los sobrevivientes. Lo condujeron a la colonia más cercana, que resultó ser su lugar de residencia.

Dorcas, con la sencillez característica de antaño, veló al pie del lecho del pretendiente herido y administró ese bálsamo que es don exclusivo de la mano y del corazón de la mujer. Por varios días la memoria de Rubén vagó soñolienta entre los peligros y fatigas que había atravesado y no pudo dar respuestas claras a las preguntas con que muchos estuvieron prontos a importunarlo. No habían circulado detalles de primera mano sobre la batalla, ni tampoco sabían las madres, las esposas y los hijos si los seres queridos estaban retenidos en cautiverio o bajo la más firme cadena de la muerte. Dorcas abrigó sus temores en silencio, hasta una tarde en que Rubén despertó de un sueño agitado y pareció reconocerla más conscientemente que en ningún momento previo. Percibió ella que su mente se había aclarado y no pudo seguir reprimiendo la ansiedad filial.

-¿Y mi padre, Rubén? -comenzó a decir; pero un cambio en la expresión de su enamorado la detuvo.

El joven se crispó como por un dolor agudo y la sangre fluyó violentamente a sus mejillas macilentas. Su primer impulso fue cubrirse la cara; pero, al parecer con un esfuerzo extremo, se enderezó a medias y habló con vehemencia, defendiéndose de una acusación imaginaria.

-Tu padre fue herido de gravedad en el combate, Dorcas; y me pidió que no cargara con él, únicamente que lo llevara a la orilla del lago para poder calmar la sed y allí morir. Pero yo no quería abandonarlo en ese trance y, aunque yo también sangraba, le di apoyo. Le presté la mitad de mis fuerzas y partí con él. Caminamos juntos tres días y tu padre aguantó más de lo que yo esperaba; pero, cuando desperté al amanecer del cuarto día, lo encontré débil y agotado. No podía seguir. Su vida se escapaba rápidamente

-¡Murió! -gimió Dorcas desmayadamente.

A Rubén le pareció imposible admitir que su egoísta amor a la vida lo había hecho alzar el vuelo antes de que se consumara el destino del padre. No habló más. Se limitó a agachar la cabeza y, entre la vergüenza y el agotamiento, se recostó de nuevo y hundió la cara en la almohada. Dorcas lloró al ver confirmados sus temores; pero, habiéndolo previsto tanto tiempo, el golpe no fue tan violento.

-¿Cavaste en la espesura una tumba para mi pobre padre, Rubén? -fue la pregunta con que manifestó su devoción filial.

-Mis manos estaban débiles, pero hice lo que pude -contestó el joven con acento apagado-. Sobre su cabeza se levanta una noble lápida. ¡Quisiera el cielo que mi sueño fuera tan profundo como el suyo!

Dorcas, notando el extravío de las últimas palabras, por el momento no hizo más preguntas; pero su corazón encontró alivio pensando que a Roger Malvin no le faltaron los ritos funerales que fue posible conferirle. La historia del coraje y la lealtad de Rubén no perdió nada cuando ella la repitió a sus amigos; y el infeliz muchacho, cuando salía tambaleándose a tomar el aire, recibía de todas las bocas la miserable y humillante tortura del elogio inmerecido. Todos convenían en que se había ganado el derecho de pedir la mano de la doncella a cuyo padre le había sido “fiel hasta la muerte”; y, como mi relato no es de amor, baste decir que en unos pocos meses Rubén se convirtió en el esposo de Dorcas Malvin. Durante la boda la novia se cubría de rubores, pero el rostro del novio estaba pálido.

En el pecho de Rubén Bourne había ahora un relato inconfesable, algo que había de ocultar con suma cautela a la mujer que más quería y en quien más confiaba. Deploraba honda y amargamente la cobardía moral que había refrenado sus palabras cuando estuvo a punto de revelarle la verdad a Dorcas. Pero el orgullo, el temor de perder su cariño, el miedo del desprecio general, le prohibían enmendar su falsedad. No creía merecer censura alguna por haber abandonado a Roger Malvin. Su presencia, el vano sacrificio de su vida, sólo habría añadido otra agonía innecesaria a la hora final del moribundo; pero el encubrimiento le había impartido a un acto justificable muchos de los efectos de la culpa. Así, Rubén, mientras que la razón le decía que había obrado bien, padecía en alto grado los horrores mentales que castigan al autor de un crimen secreto. Ciertas asociaciones de ideas a veces lo llevaban a imaginarse casi que era un asesino. También, durante años, lo rondó un pensamiento que, aunque se daba cuenta de cuán insensato y extravagante era, no estaba en su poder desterrar de su mente. Era la obsesiva y atormentadora fantasía de que su suegro todavía esperaba, al pie de la roca, sobre las hojas secas, vivo, la ayuda prometida. Estos espejismos, sin embargo, se iban como venían y él nunca los tomaba por realidades; pero en los estados de ánimo más tranquilos y lúcidos era consciente de tener una promesa por cumplir y de que un cadáver insepulto lo llamaba desde la espesura. No obstante, las consecuencias de su engaño eran tales que le impedían obedecer aquel llamado. Ahora era demasiado tarde, no podía pedir la ayuda de los amigos de Roger Malvin para efectuar la postergada inhumación; y los temores supersticiosos, de los que nadie era más susceptible que las gentes de los poblados fronterizos, le impedían ir solo. Tampoco sabía cómo buscar en el ilimitado bosque virgen la piedra lisa y con una inscripción en cuya base reposaba el cadáver: los recuerdos de cada etapa de su trayectoria eran confusos y del último tramo no quedó en su mente impresión alguna. Había, sin embargo, un impulso continuo, una voz que sólo él oía, que le ordenaba ir a cumplir con su promesa; y tenía la impresión de que, en caso de decidirse a abrir trocha, sería conducido derecho hasta los huesos de Malvin. Pero año tras año, sin oírlo pero sí sintiéndolo, pasaba sin atender el llamamiento. Su obsesión secreta llegó a ser como una cadena que le agarrotaba el alma y como una serpiente que le roía el corazón. Se convirtió en un hombre triste, desalentado e irritable.

Pasados unos años tras su boda, comenzaron a hacerse visibles ciertos cambios en la prosperidad material de Rubén y Dorcas. Las únicas riquezas del primero habían sido su recio corazón y su potente brazo; pero ella, única heredera de su padre, hizo a su marido amo de una granja, cultivada por más tiempo, más grande y más bien surtida que la mayoría de las de la frontera. Rubén Bourne, sin embargo, era un negligente labrador. Y mientras las tierras de los otros colonos cada año eran más productivas, las suyas se deterioraban al mismo ritmo. Los obstáculos para la agricultura habían disminuido grandemente con el cese de las hostilidades de los indios, durante las cuales los hombres sostenían el arado en una mano y el mosquete en la otra, y corrían con suerte si el salvaje enemigo no arruinaba, en el campo o en el granero, los frutos de su labor riesgosa. Pero Rubén no se benefició de la cambiada situación del país. Tampoco puede negarse que las ocasiones en que atendió con diligencia sus asuntos fueron recompensadas con muy poco éxito. La irritabilidad que últimamente lo había distinguido fue otra causa de la mengua de su prosperidad, pues daba pie a frecuentes disputas en el inevitable roce con los colonos vecinos. El resultado fueron incontables litigios, ya que las gentes de Nueva Inglaterra, en las primeras etapas y en las circunstancias más incivilizadas del país, recurrían, cuando podían, a las vías legales para dirimir sus pleitos. En resumen, al mundo no le iba bien con Rubén Bourne; y, aunque no fue sino muchos años después del matrimonio, por fin llegó a arruinarse. Contaba sólo con un último recurso contra el mal sino que lo perseguía. Desnudaría al sol algún rincón profundo de los bosques y buscaría la subsistencia en el regazo virgen de la tierra.

Rubén y Dorcas tenían un hijo único de quince años cumplidos, bello en la juventud y promesa de una espléndida hombría. Estaba especialmente dotado, y ya empezaba a sobresalir en ellas, para las bravías faenas de la vida de frontera. Su pie era ligero, su puntería certera, alerta su sentido, alegre y noble el corazón; y todos los que esperaban un regreso de las guerras de los indios hablaban de Cyrus Bourne como un futuro caudillo del país. Su padre lo quería con un fervor profundo y silencioso, como si todo lo que fuera bueno y dichoso en su persona hubiese sido traspasado al hijo, llevándose consigo su cariño. Incluso Dorcas, amorosa y amada, le era asaz menos querida; ya que los pensamientos secretos de Rubén y sus emociones retraídas lo habían ido convirtiendo en un hombre egoísta. Ya no podía amar intensamente, excepto cuando percibía o imaginaba un reflejo o parecido de su propia mente. Reconocía en Cyrus lo que él había sido en otros tiempos; y de vez en cuando parecía compartir el espíritu del muchacho y reanimarse con una vida lozana y festiva. Rubén partió en compañía de su hijo en una expedición que tenía el propósito de escoger una extensión de tierra y de talar y quemar la broza, condición necesaria para el trasteo de los enseres domésticos. En estas estuvieron dos meses de otoño, tras los cuales Rubén Bourne y el joven cazador regresaron para pasar el último invierno en el asentamiento.

***

Corrían los primeros días del mes de mayo cuando la reducida familia partió en dos los lazos afectivos que los ligaban a las cosas y se despidió de los pocos que en el infortunio decían llamarse sus amigos. La tristeza del adiós tuvo para cada uno de los peregrinos mitigaciones particulares. Rubén, taciturno y huraño por la infelicidad, arrancó a paso largo, con su habitual ceño fruncido, cabizbajo, lamentando muy poco y sin dignarse a reconocerlo. Dorcas, aunque lloró profusamente el rompimiento de los vínculos con que su espíritu sencillo y afectuoso se aferraba de todo, sentía que los habitantes de las entrañas de su corazón se mudaban con ella y que lo demás se repondría donde quiera que fuese. Y el muchacho, tras derramar una lágrima, pensaba en los azarosos placeres del bosque inexplorado.

¿Quién, en el fervor de la ilusión, no ha deseado ser un nómada en un mundo silvestre y soleado, con un ser tierno y puro que se apoye liviano en su brazo? Para la marcha libre y jubilosa de la juventud no habría más barreras que el agitado océano y las montañas coronadas de nieve. La más serena madurez escogería una morada donde la naturaleza hubiera derramado sus riquezas por partida doble en el valle de un arroyo transparente. Y cuando la vejez, tras largos años de vida sana, se arrimara furtiva y allí lo sorprendiera, encontraría al padre de una raza, al patriarca de un pueblo, al fundador de una nación en ciernes. Al sobrevenir la muerte, como el dulce sueño que nos embarga tras un día de dicha, sus lejanos descendientes llorarían ante el polvo venerable. Revestido de misteriosos atributos por la tradición, los hombres de las generaciones venideras lo mirarían como a un dios y la remota posteridad vería su figura, vagamente gloriosa, erguida en las lejanías del valle de cien siglos.

El enmarañado y lóbrego bosque que atravesaban los personajes de mi relato era harto distinto de la tierra de fantasía del soñador. Pero en el modo de vivir de éstos había algo que la naturaleza reclamaba como suyo y los atenazantes cuidados que habían traído del mundo eran los únicos estorbos de su felicidad. El alentado y brioso caballo que cargaba todos sus haberes no se plantaba bajo el peso añadido de Dorcas, aunque la recia crianza la sostenía a ella, en el último tramo de cada jornada, al lado del marido. Rubén y el hijo, mosquetes al hombro y hachas a las espaldas, marchaban a paso vigoroso, cada uno a la mira de la caza que les proporcionaba alimento. Al dictado del hambre hacían un alto y preparaban la comida a la orilla de alguna corriente cristalina que, cuando se arrodillaban a beber con labios sedientos, murmuraba con dulce renuencia como una doncella ante el primer beso de amor. Dormían bajo una enramada y despertaban al despuntar el alba, repuestos para las faenas de otro día. Dorcas y el muchacho avanzaban llenos de alborozo; y hasta el ánimo de Rubén reflejaba a ratos alegría exterior, aunque adentro había una helada pesadumbre que él comparaba con los ventisqueros en las hoyas y vegas de los riachuelos mientras la fronda arriba era de un verde claro.

Cyrus Bourne era tan buen baquiano de los bosques como para saber que su padre no se ceñía a la ruta que habían seguido en la expedición del otoño anterior. Ahora caminaban más hacia el norte, alejándose directamente de los poblados y penetrando en una región cuyos únicos dueños seguían siendo las bestias salvajes y los hombres salvajes. El muchacho a veces insinuaba sus opiniones al respecto y Rubén escuchaba con atención, llegando a cambiar de rumbo en una o dos ocasiones, según el consejo del hijo. Pero después de hacerlo parecía incómodo. Lanzaba vistazos rápidos y erráticos, como al acecho de enemigos ocultos tras los árboles; y, al no descubrir nada, miraba atrás como con miedo de que alguien lo siguiera. Cyrus, dándose cuenta de que el padre poco a poco retomaba la antigua dirección, dejó de intervenir; y, aunque algo empezó a pesarle en el pecho, su temple aventurero le impedía lamentar que el camino se hiciera más largo y misterioso.

Hicieron alto en la tarde del quinto día y organizaron el sencillo campamento casi una hora antes de la puesta del sol. En las últimas leguas el territorio se había ido diversificando con suaves ondulaciones que parecían las enormes olas de un mar petrificado; y en una de las correspondientes hondonadas, en un lugar agreste y romántico, la familia levantó el cobertizo y encendió la hoguera. Algo nos hace estremecer -y sin embargo nos caldea el corazón- cuando pensamos en los tres, unidos por los fuertes lazos del amor y separados de todos los que vivían por fuera de este vínculo. Los negros pinos los miraban desde arriba y cuando el viento soplaba entre sus copas se escuchaba por el bosque un sonido compasivo. ¿O gemían esos añosos árboles por miedo a que por fin hubieran venido los hombres a hundir el hacha en su corteza? Mientras Dorcas alistaba la cena, Rubén y el hijo se proponían dar una vuelta en busca de la caza que no habían podido conseguir durante la jornada. El chico, luego de prometer que no se alejaría del campamento, partió con paso tan ligero y elástico como el del venado que pensaba derribar; en tanto que su padre, sintiendo una dicha pasajera al seguirlo con la vista, se dispuso a tomar el rumbo opuesto. Dorcas, mientras tanto, se había acomodado cerca de la fogata de chamizas, sobre el musgoso y carcomido tronco de un árbol desarraigado años atrás. Su ocupación, interrumpida por un vistazo ocasional a la olla que empezaba a hervir en las llamas, era la lectura del Almanaque de Massachusetts de ese año, el cual, con la excepción de una vieja Biblia en letra gótica, componía el acervo literario de la familia. Nadie presta más atención a las divisiones arbitrarias del tiempo que quienes están apartados de la sociedad; y Dorcas comentó, como si el dato tuviera importancia, que ese día era doce de mayo. Su marido dio un bote.

-¡El doce de mayo!, y bien que debería recordarlo -murmuró, mientras numerosos pensamientos le confundían momentáneamente el cerebro-. ¿Dónde estoy? ¿Adónde me dirijo? ¿En dónde lo dejé?

Dorcas, demasiado acostumbrada a los accesos caprichosos del marido como para notar alguna rareza en su conducta, puso a un lado el almanaque y le habló con el tono compungido que los de tierno corazón asignan a las penas que hace tiempo se enfriaron y murieron.

-Fue por estas fechas, hace dieciocho años, que mi padre dejó este mundo por uno mejor. Contó con un brazo amable que le sostuviera la cabeza y una voz bondadosa que lo animara, Rubén, en la hora final. Y el pensamiento del fiel cuidado que le prestaste me ha consolado en muchas ocasiones desde entonces. ¡Oh, morir sería horrible para un hombre solo en un lugar salvaje como este!

-Pídele al cielo, Dorcas -dijo Rubén con voz entrecortada-, pídele al cielo que ninguno de nosotros muera solo y quede sin enterrar en este bosque lúgubre.

Y se alejó de prisa, dejándola que vigilara el fuego bajo los tristes pinos.

Rubén Bourne aflojaba el paso a medida que se hacía menos aguda la punzada que sin intención le habían causado las palabras de Dorcas. Sin embargo, lo abrumaban numerosas y extrañas reflexiones; y, caminando más como sonámbulo que como cazador, no puede atribuirse a sus designios el hecho de que su tortuosa orientación lo hubiera mantenido en las cercanías del campamento. De modo imperceptible sus pasos fueron trazando un círculo; tampoco se dio cuenta de que estaba en los límites de un terreno muy poblado de vegetación, pero no de pinos. En lugar de estos últimos había robles y otras maderas duras; y rodeaban sus raíces tupidos matorrales que dejaban, empero, claros entre los árboles, cubiertos por una gruesa capa de hojarasca. Cuando se oía el susurro de las ramas o el crujir de los troncos, como si el bosque despertara de un sueño, Rubén alzaba por instinto el mosquete que descansaba en su brazo y echaba una mirada rápida y aguda a cada lado; pero, convencido en su atención parcial de que allí no había animal alguno, volvía a sumirse en sus cavilaciones. Meditaba en la extraña influencia que lo había desviado del curso prefijado hasta este recóndito paraje. Incapaz de penetrar en el rincón secreto del alma donde yacían escondidos sus motivos, creía que una voz sobrenatural lo había llamado y que una fuerza sobrenatural le había impedido retroceder. Confiaba en que el propósito del cielo fuera darle la oportunidad de expiar su pecado; tenía la esperanza de encontrar los huesos insepultos hacía tanto tiempo y de que, tras cubrirlos de tierra, la paz bañaría con su luz el sepulcro de su corazón. Fue despertado de estos pensamientos por un chasquido en la maleza, a cierta distancia del sitio por donde vagaba. Percibiendo que algo se movía tras las espesas frondas, disparó con el instinto de un montero y con la puntería de un tirador. Un gemido apagado, prueba de que había dado en el blanco, y mediante el cual hasta los animales expresan la agonía de la muerte, pasó inadvertido para Rubén Bourne. ¿Qué recuerdos lo asaltaban ahora?

El matorral hacia donde Rubén había disparado quedaba cerca de la cima de un promontorio y se enmarañaba al pie de una roca que, por la forma y lisura de uno de sus flancos, no dejaba de asemejarse a una enorme lápida. Su imagen persistía en la memoria de Rubén como reproducida en un espejo. Incluso reconoció las vetas que parecían componer una inscripción en caracteres olvidados. Todo seguía igual, con la excepción de que un espeso monte bajo envolvía la parte inferior de la roca y habría ocultado a Roger Malvin de haber estado aún recostado en ella. Pero a continuación Rubén echó de ver otro cambio efectuado por el tiempo desde que estuvo allí escondido en ese mismo sitio, tras la raíz terrosa del árbol descuajado. El roblecillo en el que había atado el símbolo ensangrentado de su promesa había crecido bastante, convirtiéndose en un árbol ciertamente distante del pleno desarrollo, pero con una nada exigua extensión del umbroso ramaje. Exhibía una peculiaridad que hizo temblar a Rubén. Las ramas del medio para abajo eran de una vitalidad exuberante y el follaje excesivo orlaba el tronco casi hasta el suelo; pero una plaga al parecer había atacado la parte superior del roble y la rama más alta aparecía marchita, privada de savia y por completo muerta. Rubén recordó cómo ondeaba la pequeña bandera en esa última rama, verde y lozana dieciocho años atrás. ¿De quién era la culpa que la había maldecido?

***

Dorcas, tras la partida de los dos cazadores, continuó preparando la comida de esa noche. La rústica mesa era el tronco invadido de musgo de un gran árbol derribado. En la parte más ancha había extendido un mantel de blancura inmaculada y había dispuesto lo que quedaba de los relucientes cubiertos de peltre que habían sido su orgullo en el asentamiento. Extraña vista la de aquel limitado rincón de solaz hogareño en la desierta entraña de la naturaleza. El sol se demoraba todavía en las ramas más altas de los árboles que crecían en las lomas; pero las sombras de la noche se hacían más oscuras en la hondonada donde habían instalado el campamento y la lumbre se ponía más roja mientras reverberaba en los altos troncos de los pinos y oscilaba en los negros matorrales que bordeaban el paraje. El corazón de Dorcas no se sentía triste, puesto que presentía que era mejor viajar por la espesura con dos seres queridos que ser una mujer desamparada en medio de un gentío indiferente. Mientras se ocupaba en componer asientos de madera carcomida cubriéndolos con hojas para Rubén y el hijo, su voz danzaba por el sombrío bosque al compás de una tonada que había aprendido en la juventud. La tosca melodía, creación de un bardo que no alcanzó la fama, se refería a una noche de invierno en una cabaña en la frontera, en la que, protegida de incursiones salvajes por la nieve apilada, la familia se reunía llena de contento junto al fuego. La canción poseía el anónimo encanto del pensamiento que no se tomó en préstamo, pero en particular había tres o cuatro versos repetidos que fulguraban aparte de los otros como las llamas del hogar cuyos placeres celebraban. En ellos, con la magia de unas pocas y sencillas palabras, el poeta había infundido la mismísima esencia del amor doméstico y la dicha hogareña. Eran al mismo tiempo poesía y retrato. Mientras Dorcas cantaba, las paredes del hogar abandonando volvían a rodearla; ya no veía más los tristes pinos ni escuchaba el viento que, al iniciarse cada verso, soplaba gravemente entre las ramas y que se extinguía con un sordo quejido por el peso de aquella tonada. La espabiló el estallido de un arma en las cercanías; y el sonido repentino, o bien su soledad junto a la hoguera, la hizo temblar violentamente. Al momento siguiente echó a reír con el orgullo de un corazón materno.

-¡Mi hermoso cazador! ¡Mi niño ha matado un venado! -exclamó, recordando que Cyrus había salido en la dirección de donde procedió el disparo.

Esperó un rato prudente a que se oyeran los ligeros pasos de su hijo, saltando por la crujiente hojarasca para contarle de su éxito. Pero él no aparecía, de modo que envió en su busca un alegre llamado entre los árboles.

-¡Cyrus, Cyrus!

Todavía demoraba en llegar, así que, puesto que la detonación parecía haber venido de muy cerca, decidió ir a buscarlo en persona. Además, podría necesitar su ayuda para traer la carne de venado que, en su ilusión, había conseguido. Partió pues, dirigiendo los pasos por el sonido recordado y cantando al andar para que el muchacho se percatara de su aproximación y corriera a su encuentro. Detrás de cada árbol y en cada escondrijo entre los matorrales esperaba toparse el rostro de su hijo, riendo con la malicia juguetona que nace del cariño. El sol ahora se había puesto tras el horizonte y la luz mortecina que se filtraba entre las hojas bastaba para conjurar múltiples espejismos en su acuciosa fantasía. Varias veces le pareció ver su cara borrosa atisbando entre el follaje; y en una ocasión le pareció que él le hacía señas al pie de un peñasco. Pero al fijar la mirada en aquella figura descubrió que no era más que el tronco de un roble orlado hasta el suelo de ramitas, una de las cuales sobresalía entre las otras y era mecida por la brisa. Bordeando la base de la roca se encontró de pronto al lado de su esposo, que había llegado por otro lado. Apoyado en la culata del mosquete, cuya boca apuntaba contra las hojas secas, parecía absorto en la contemplación de un objeto a sus pies.

-¿Qué es esto, Rubén? ¿Mataste un venado y te dormiste sobre él? -exclamó Dorcas, riendo con alegría tras dar una ojeada superficial a su postura y su semblante.

Él no se movió ni volvió sus ojos hacia ella; y un temor escalofriante, vago en su origen y en su objeto, comenzó a helarle la sangre en las venas. Entonces se dio cuenta de que la cara de su esposo mostraba una palidez cadavérica y de que sus rasgos estaban tiesos, como si no pudieran asumir una expresión distinta del terrible desespero que había cuajado en ellos. No daba la menor muestra de haber notado su llegada.

-¡Por amor al cielo, Rubén, háblame! -gritó Dorcas; y el extraño sonido de su propia voz la asustó más que el silencio total.

Su marido reaccionó, la miró a la cara, la condujo al frente de la roca y señaló con el dedo.

¡Ay, allí yacía el muchacho, dormido, pero no soñando, sobre las hojas secas del bosque! La mejilla descansando en el brazo; los rizos echados hacia atrás, despejada la frente; los miembros levemente relajados. ¿Lo había rendido un súbito cansancio? ¿Lo iría a despertar la voz de la madre? Pero ella sabía que se trataba de la muerte.

-Esta piedra anchurosa es la lápida de tu sangre cercana, Dorcas -dijo su esposo-. Verterás tus lágrimas al mismo tiempo por tu padre y tu hijo.

Ella no lo escuchó. Profiriendo un alarido desgarrado que parecía venir de las profundidades de su alma doliente, perdió el sentido y se desplomó al lado de su muchacho muerto. En ese instante la rama marchita del roble se desprendió en el aire quieto y cayó hecha pedazos en la roca, en las hojas, en Rubén, en la mujer y el hijo, en los huesos de Roger Malvin. Y fue así que se abrió el corazón de Rubén y brotaron las lágrimas como agua de una piedra. El desdichado adulto vino a pagar la promesa hecha por el joven herido. Reparó su pecado… se había levantado la maldición que pesaba sobre él. En la misma hora en que derramó sangre más preciada que la propia, una oración, la primera en años, subió al cielo salida de los labios de Rubén Bourne.

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

 

Angélica Gorodischer, una de las voces más importantes de la ciencia ficción en Iberoamérica.

“Cuando una tiene la necesidad de escribir, es escritora”. Angélica Gorodischer

Angélica Gorodischer presentó “Las nenas”, un libro de cuentos donde las protagonistas son niñas que desafían las reglas de “nuestra sociedad falogocéntrica”, escapando de situaciones opresivas impuestas por la lógica masculina.

En su extensa obra narrativa, figuran las novelas “Opus dos”, “Kalpa Imperial”, “Jugo de Mango” y “La noche del inocente”, y los libros de relatos “Cuentos con soldados”, “Trafalgar” y “Menta”. La máxima figura femenina de la ciencia ficción anglosajona, Ursula K. Le Guin, realizó la traducción al inglés de su novela “Kalpa Imperial”.

La escritora de 87 años, que vive en Rosario y en su visita a Buenos Aires terminó de escribir otro libro, habló con Télam sobre el origen de este volumen de cuentos (Emecé) donde las niñas tienen un rol central: “Una nena también puede revelarse desde su lugar en la sociedad, que no es solamente obedecer a mamá”.

– ¿Cómo nació este libro?
– Fue naciendo de a poquito: estaba trabajando en una novela que me daba varios disgustos, cosa rara porque yo largo todo de una y después me meto con el trabajo verdadero del escritor: la reescritura y la corrección. Pero estaba harta de esta novela y me puse a escribir un cuento: el de la nena que trabaja en la cosecha. Lo terminé, no estaba mal. Pero cuando lo volví a leer me di cuenta que ya había escrito un cuento parecido. Lo busqué y encontré el punto en común: la protagonista es una nena.
Entonces junté algunos cuentos más y me dije ‘tengo un libro’, y cómo se iba a llamar el libro: “Las nenas”. No se me había ocurrido antes, pero me interesó una vez que estuvo hecho porque me di cuenta que estas nenas no eran unas boluditas que juegan con muñecas, sino que se dan cuenta que algo pasa aunque no sepan qué es.
La verdad es que estoy cansada de las mujeres vencidas en nuestra sociedad falogocéntrica, que terminan muertas, alcohólicas, suicidadas, quería cortar con eso literariamente hablando. Una nena también puede revelarse desde su lugar en la sociedad, que no es solamente obedecer a mamá.

– Si bien los temas de los cuentos son opresivos, algunos incluso siniestros, no falta el humor para retratar situaciones que llegan a ser desopilantes…
– El humor me sale solo, no lo salgo a buscar, es un anzuelo para atrapar lectores y otra cara de la realidad. De alguna manera termina de construir la parte siniestra, me parece una manera de enriquecer el texto. Cuando una escribe, tiene que estar lo más lejos posible del texto, en absoluta distancia y frialdad, a nadie le importa lo que yo siento o cuáles son mis ideas. Yo escribo las peripecias de los personajes que invento a medias porque también hay elementos de la realidad.
Hay otra cosa importante: la voz del personaje. Yo tuve un gran amigo poeta, murió hace unos años, que una vez tuvo que llevarlo a Borges a dar una conferencia. Mi amigo, que era muy joven, le preguntó a Borges si el personaje de “Funes el memorioso” le había dado mucho trabajo. Borges, que era más malo que una araña, se dio cuenta que el poeta era un muchacho ingenuo, buena persona, entonces lo trató como si fuera un colega y le dijo seriamente que el cuento le había dado mucho trabajo y que lo pudo terminar sólo cuando oyó hablar a Funes.

– Son cuentos que ofrecen a sus protagonistas la posibilidad de una salida que muchas veces no está en la realidad…
– A pesar de las cosas terribles que todavía pasan, me interesaba decir que no siempre estamos vencidas: se puede salir, siempre hay un resquicio en alguna parte, a veces no se puede ver, pero existe, existe en la misma persona que está en una situación espantosa, es el derecho a decir ‘no quiero’. Hasta en los momentos más tremendos puede haber un puerta de salida.

– ¿Cómo empezaste a relacionarte con la literatura?
– Supe siempre que iba a ser escritora. Nací entre libros, lo cual no quiere decir nada. Griselda Gambaro, la mejor escritora argentina, nació en una casa sin libros. Yo aprendí a leer de muy chiquita, no entendía un carajo porque agarraba los libros de sociologia y filosofia de mis padres, pero leer ya me hacía poderosa. A los 7 años supe que iba a dedicarme a escribir.
Aldous Huxley, que algo sabía del asunto, decía que una persona que quiere escribir tiene que leer todo, no solamente literatura, ciencia, física, química, botánica, filosofía, hasta matemáticas, yo, que veo dos números seguidos y me desmayo. De esa manera el panorama del lenguaje se te va haciendo cada vez más amplio.

– ¿Qué le decís a las nuevas generaciones que comienzan a escribir?
– Justamente el otro día estuvo en casa una amiga del barrio donde vivo. Vino a decirme que la nena de ella lee mucho y quiere escribir cuentos. Entonces me preguntó si le convenía mandarla a un taller. Puse el grito en el cielo y le dije que no. Que lea, que lea todo lo que pueda. No es que piense tan mal de los talleres, creo que son útiles en cierto sentido y en cierto momento, pero los únicos que pueden enseñarte a escribir son los grandes escritores.
“Me enorgullece lo que he escrito pero mucho más lo que leído”, dijo Borges, y tenía razón. Hace poco lo leía a Italo Calvino, “Por qué leer los clásicos”, un libro maravilloso. Claro que hay que leer a los clásicos, es mucho más importante que la televisión y las novelas histórico-románticas que se venden tanto, qué horror.

9789500438001

 

Resumen y sinopsis de Las nenas de Angélica Gorodischer

A sus 87 años la prolífica escritora argentina presenta un nuevo libro de relatos que hacen pie en la infancia, con una prosa clara y transparente que invita a sumergirse en un mundo donde la lógica puede suspenderse de a ratos. No son cuentos para niños: si es verdad que la infancia es la patria, Gorodischer nos invita a no resignarnos a ser desterrados y volver a ver el mundo con ojos de nena.

CONTENIDO:

Absit

Todavía me río

Cosecha

Buen hijo

Azotacalles

Sustancias peligrosas

Conodio

Abila y Calpe

Benito

Scotland Yard

Somos dos

Las cosas que pasan en los jardines

El kiosco de la esquina

 

 

Club de lectura de Rosario 3: Angélica Gorodischer
Rosario3.com

compilación realizada por Lorena Lacaille

 

«El maestro del relato corto» Sherwood Anderson.

Es un escritor menor pero de gran importancia en las letras estadounidenses, tanto por su obra más importante, Winseburg, Ohio (1919), como por su apoyo a escritores más jóvenes que él, como William Faulkner quien ayudó a publicar su primera novela. Anderson nació en Ohio en 1876 y llegó a ver la transición de la vida agraria a la mecanizada. Tarde en la vida, con casí 40 años, decidió por fin dedicarse a la literatura tras una vida en los negocios.

A fines de noviembre de 1912, cuando ya casi era invierno en el pequeño pueblo de Elyria, Ohio, la vida de Sherwood Anderson cambió abruptamente. Tenía 36 años y era el director y fundador del Anderson Manufacturing Company, una empresa que distribuía pintura para techos cuyo depósito se levantaba en los límites del pueblo, cerca de las vías del tren. Anderson estaba casado y tenía tres hijos. Había nacido en Ohio y desde chico trabajó, aunque siempre fue lector y muy observador, con una alma sensible. Su educación fue salteada, estuvo en el ejército unos años, fue publicista en Chicago. Todo parecía estar bastante bien, pero un miércoles 27 de noviembre, según cuenta la leyenda, Anderson salió de su oficina y se puso a caminar por las vías del tren. De alguna manera estaba dormido. Cuando se despertó unos días después, en la ciudad de Cleveland, a 50 kilómetros, se dio cuenta de que en realidad siempre había estado dormido. Decidió dejar atrás su vida materialista y dedicarse a la literatura, sin importarle las consecuencias.

Una de las gracias de ser escritor es que nada en tu vida resulta en vano (incluyendo el tiempo perdido) si lográs convertir tu experiencia en literatura. Esa es la gran apuesta. Redimirse. Así sucedió con Anderson que, tras dos novelas de aprendizaje, publicó uno de esos libros que justifican una existencia. Winesburg, Ohio (1919) es una colección de 22 cuentos (hay quienes argumentan que funciona como una novela) que operan como una radiografía, un censo espiritual, y un retrato existencial de un pequeño pueblo en Ohio a principios del siglo XX. Lleva de subtítulo “Un grupo de cuentos sobre la vida de los pueblos pequeños en Ohio”.

Winesburg, Ohio es lo mejor que hizo Anderson en su vida de escritor, aunque después publicó varias novelas, una autobiografía y decenas de excelentes cuentos. En ese sentido, Anderson es como si James Joyce hubiera llegado a la cúspide de su arte con Dublinenses. Aunque lo intentó, Anderson nunca llegó a escribir su Ulises. No escribió un Moby Dick. Anderson es un escritor menor que logró una obra mayor.

Sus contemporáneos reconocieron su grandeza y también sus limitaciones. El importante crítico Newton Arvin, contemporáneo de Anderson, escribió: “Sherwood Anderson está intentando –más o menos inconcientemente, sin duda– de ocupar el puesto del poeta bárdico: de poner en formas simples y bellas los dolores de gente apabullada, de personalizar una vida mecanizada, de dar nuevos valores a un mundo que ha descartado el viejo mundo como inválido”.

El pueblo ficcional de Winesburg tiene 1800 residentes. Varios de ellos aún recuerdan la Guerra Civil (1861-1865). Está en transición de la era pastoral-agrícola hacia la moderna y mecanizada. Hay una calle principal en el centro del pueblo, Main Street; las calles residenciales, que están pobladas de arces, terminan en campos donde se cultivan frutos, trigo y maíz que el tren lleva a los centros comerciales como Cleveland y Chicago. En el invierno, un viento helado del Lago Eyre (con un área de 9.500 kilómentros) llega desde el norte. En la primavera, las semillas de los arces caen en sus hojas hélice y cubren las calles con una alfombra verde fosforescente. Pero en invierno también nieva y el pueblo logra su máxima quietud. Y silencio.

Las vidas de los habitantes parecen sencillas. No les falta nada material. No hay grandes conflictos sociales. No hay hambre ni pobreza. Y sin embargo hay un enorme vacío. Son, literalmente, grotescos. Precisamente, el primer cuento se llama “El libro de los grotescos” y trata de un viejo veterano de la Guerra Civil, que está escribiendo un libro llamado, también, “El libro de los grotescos”. El narrador omnisciente de Winesburg, Ohio cuenta: “El libro tenía un pensamiento central que es muy extraño, del cual nunca me he olvidado”. Es que en el principio del mundo hubo muchos pensamientos pero ninguna verdad. Las verdades fueron hechas por el hombre y consistían en un compuesto de varios pensamientos ambiguos. Eventualmente, las personas se adueñaban cada una de una verdad; algunas personas más fuertes agarraban para sí mismas decenas de verdades.

Así sigue el narrador: “Eran las verdades que convertían a la gente en grotescos. El viejo tenía una teoría muy elaborada sobre el tema. Su idea era que en el momento en que una de las personas tomaba una verdad para sí, que la llamaba su verdad y intentaba vivir su vida según ella, se convertía en un grotesco, y la verdad que había abrazado, en una mentira.”

Claramente, esta es la clave para leer Winesburg, Ohio. Cada relato muestra un personaje diferente luchando con sus propias verdades y falsedades. Los personajes reaparecen en varios de los cuentos. George Willard, un joven reportero, es el hilo conductor de todo el libro. Por su trabajo está en todas las actividades del pueblo y por su carácter –se encuentra en el crepúsculo entre la niñez y la vida adulta– la gente confía en él.

Winesburg, Ohio es una gran novela crepuscular. Tiene la belleza y la melancolía de la última luz del día, de ese momento de luz azul cuando el tiempo de veras parece estar suspendido mientras que, a la vez –y contradictoriamente– todo parece imaginario, frágil, al borde de la inexistencia.

Hay que decir que Sherwood Anderson es una figura central en la literatura estadounidense del siglo XX no sólo por Winesburg, Ohio, sino también porque fue un mentor para Ernest Hemingway y William Faulkner, quienes publicaron sus primeras novela gracias a la ayuda de Anderson.

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Faulkner mismo dijo sobre Anderson:

“Escribía no por una sed implacable de gloria por la cual cualquier artista destruiría a su madre vieja, sino por lo que para él era más importante y urgente: ni siquiera por la verdad, sino por la pureza, la exactitud de la pureza. El no poseía el poder y la ráfaga de Melville, que era su abuelo; ni el humor lujurioso de Twain, que era su padre; no tenía nada de la pesada indiferencia por las sutilezas que tenía su hermano mayor, Dreiser. Lo suyo fue una torpe exactitud, la palabra y frase exacta dentro del alcance de su vocabulario limitado, controlado y hasta reprimido por él mismo hasta un fetichismo de simplicidad, para penetrar la esencia final de un pensamiento.”

Es un elogio medio retorcido que lo ubica en una gran tradición literaria de su país y, a la vez, critica sus limitaciones, pero no dijo nada que Anderson mismo no supiera. Hacia el final de su vida, escribió en una carta: “Sé que he tenido gran fortuna por más que no puedo situar mi obra entre la de mis héroes. Ha habido una lucha pero no mucho heroísmo en mi vida. A pesar de mi egotismo yo sé que soy una figura menor.”

Puede ser. Pero hay centenares de miles de autores olvidados que hubieran vendido su alma por ser un escritor tan menor como Sherwood Anderson. Apostó su vida para escribir una gran obra y lo logró.

 

El jóven George Willard, reportero del periódico local, observa la vida de los habitantes de su pequeño pueblo, Winesburg. La mirada del narrador construye, a partir de lo cotidiano y gris, un fascinante retrato humano, pulcro y detallado, de enorme realismo poético y finísima penetración.

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Más o menos una mañana en mi vida…

Más o menos una mañana en mi vida…
En esta ocasión no seguiré con mis artículos epistolares sobre mis lecturas de los últimos meses, ahora tengo ganas de compartirles un poco de lo que hago en mi vida.

…Me levanto aún somnolienta, en el último año levantarme a las 4:45 a.m. se ha convertido en todo un reto, y para ser sincera a veces pasan 5,10, y hasta 15 minutos antes de que me ponga de pie. Después, mientras voy bajando las escaleras empiezo a pensar en que es lo que haré una vez que esté sentada enfrente de la pantalla de mi ordenador. Hay días en que todo lo tengo muy claro, ya sea poner al día mis blogs, o bien hacer búsquedas sobre algún tema, o continuar mis dos proyectos que actualmente están en estado intermitente. En la novela me he detenido por que ya no me convence la estructura narrativa, la comencé en forma de diario, pero a medio camino me he dado cuenta que mi historia es muy ambiciosa, y este formato me limita. Razón por la que he decidido tomarme un tiempo antes de recomenzar. La historia en si me encanta, es sólo que mi bloqueo esta en como presentarla. Así que mientras supero este blocage creatif retomo otro proyecto que también había dejado a medias por meterme en la novela: una colección de relatos, ahora ya me siento con la motivación necesaria para continuar escribiendo pequeñas historias.

Por otra lado, estas situaciones me han llevado a darme cuenta que disfruto más del cuento que de la novela, si bien también realizo un trabajo de investigación importante, es menos extenuante que cuando me meto en una novela. Además, como siempre ando con muchas ideas al mismo tiempo el cuento me permite aterrizarlas más rápidamente. Otros días simplemente me pierdo entre el ciberespacio, a veces termino leyendo las noticias del día, o leyendo algún artículo que me haya interesado, o en banalidades como la moda y el último gadget tecnológico. También tengo días en que la inspiración y la organización me abandonan y no sé por donde empezar, (pese a mi agenda semanal), cuando veo que de plano no poder avanzar, me reconforto leyendo. No hay nada mejor para calmar a mi espíritu. Siempre he creído que leer un buen libro es la mejor terapia para nuestros males.

…Sin otra opción, a las 6:30 a.m. debo detener lo que este haciendo en mi computadora, lo cual a veces me causa mucha frustración por que me encuentro metida en la escritura o en la investigación, pero como otro de mis oficios es ser madre, el deber me llama. Afortunadamente, esta fase no dura mucho, y una vez que estoy en las habitaciones de mis vástagos, los despierto de poco a poco, con mimos y besos, les hablo en español para que sus mentes frescas sigan reteniendo y aprendiendo el idioma de Cervantes. En mi hogar se hablan tres idiomas: el francés (lengua materna de mi esposo e hijos), el inglés por que nuestros críos desde que comenzaron su educación escolar van a una escuela anglófona y el español por que tienen una madre mexicana. Así que en casa de repente hablo spanglish y quebeco-franchute, un verdadero revoltijo, total que a veces no sé ni que digo, pero a pesar de mis pifias con los idiomas mi familia me perdona con amor y paciencia, eso sin desaprovechar la ocasión para corregirme de la forma más cortés posible.

img_0016Mon café latte délicieux!

Después es el desayuno, mi esposo se encarga de hacer los sándwiches o bien de recalentar lo que haya quedado de comida del día anterior y lo pone en un termo. Mientras que yo me encargo de darles de comer a nuestros hijos, y de la colaciones para escuela. A las 7:25 a.m. en punto estamos en la parada del autobús escolar, el cual demora entre entre 5 a 10 minutos. Cuando regreso a casa mi esposo me recibe con un café latte espumoso y calientito, mi recompensa por el sprint matutino. Y para disfrutarlo de la mejor manera: un buen libro, otrora leía las noticias en mi tableta electrónica, pero llegué a la conclusión que el mundo seguirá de cabeza irremediablemente, y en lugar de deprimirme o enojarme por las malas noticias, he optado por leer lo que yo quiero y me place, no lo que los medios quieren que «sepa». Luego de mi pausa converso un poco con mi marido, nos apapachamos, hacemos picardías cuando los tiempos nos los permiten, (tiempo de calidad en pareja, importante y necesario) nos ponemos al día sobre nuestras agendas y seguimos con el corre—corre cotidiano tratando de estar los más positivos, no siempre es fácil por que la vida tiene sus altas y bajas, sin embargo, estoy convencida que estar en este mundo de nuevo, es un verdadero privilegio. Me despido y les deseo !un excelente día!
Lorena Lacaille.

Longueuil, Noviembre 16, 2016.

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© Lorena Lacaille, 2016.

Josef Kronz y «La otra muerte del doctor».

Javier Vásconez, ni qué decir, no es un desconocido. O tal vez debería ser más preciso: no todo el mundo lo conoce, pero los que están al día de la buena literatura que se escribe en América latina sabemos de él. Vásconez es un notable autor y, además, uno de esos escritores transidos de letras, o sumamente literarios. No me refiero a que él escriba obras metaliterarias, esos textos que se pierden en divagaciones o en tinglados pretenciosos destinados a que el autor haga alarde de su manera de mirarse el ombligo. Nada de eso. Su literatura es narrativa pura, en toda la regla; vale decir, sus libros nos cuentan historias, pero con un discurso vívido y que fluye en un mar de guiños literarios, porque Vásconez ha vivido, y vive, en olor de efervescencia literaria. Paso a dar pruebas que afianzan esta opinión.

Vásconez nació en Ecuador, país que se halla atravesado por una línea imaginaria, la línea del Ecuador. ¡Qué más literario que esto! Todo el mundo comparte la fantasía de esa línea, aunque nadie la ha visto. Tal línea la sentimos real, al igual que sentimos real a Dios, como si este de veras existiera. A propósito de ello, y no sin razón, el gran Jorge Luis Borges sostenía que las religiones son una rama de la literatura fantástica. Con nuestro país vecino, el Ecuador, la geografía también puede serlo, y más aún si este se nos ofrece bajo la mirada y la atmósfera de las narraciones de Vásconez.

¿Y por qué digo que Vásconez es tan literario? Veamos. El personaje de su última novela, La otra muerte del doctor, se llama Josef Kronz e indudablemente es judío. Este dato, de por sí, ya es literario. Entre los primeros escritores del mundo, han sido los judíos quienes dieron origen, junto a los griegos, a la civilización occidental. Pues nos legaron poesía, crónica histórica, sermones morales y, sin lugar a dudas, relatos con ráfagas de literatura fantástica. Ahora bien, Josef Kronz no solo es judío, sino que incluso su nombre evoca las iniciales de quien es el judío literario más célebre entre las literaturas de nuestro extremo occidente, JK, que alude al Josef K de Franz Kafka, el protagonista de El Proceso. ¿Qué más literario que Kafka en el siglo XX, y lo que va del XXI? Tanto Kafka, al entregarnos una nueva manera de mirar el mundo, como James Joyce, al entregarnos una multitud de técnicas narrativas para aprehender las distintas realidades de ese mundo, han sido escritores revolucionarios. De ellos, querámoslo o no, venimos todos los que estamos en el oficio de urdir ficciones. El gran novelista William Faulkner, por ejemplo, recogió las lecciones de Joyce y, naturalmente, como corresponde a todo creador, les dio otras vueltas de tuerca para definir su propia autonomía expresiva.

En Javier Vásconez vemos las huellas de Kafka y las de Faulkner, igualmente decantadas según sus necesidades. Kafka escribía novelas cortas, o novelas gigantescas que no terminaban nunca y que quedaron inconclusas. Faulkner, creador de atmósferas densas y extraordinariamente complejas, mezclaba voces o puntos de vista entre saltos temporales. Vásconez, en La otra muerte del doctor, opta por la novela corta y narra su historia de Josef Kronz como quien avanza en la bruma de un sueño, en cuyos claros del camino el lector va descubriendo tramos cruciales que establecen lazos que desconocíamos entre sus personajes. De ese modo nos atrapa por partida doble: primero con su intensidad narrativa, que nos impide detener la lectura para un respiro, y segundo, con una densidad que nos hace pensar que estamos leyendo una novela larga llena de vericuetos. En Vásconez, por si fuera poco, hay fusión de géneros. No solo hace realismo, o novela psicológica, sino también cuaja ese clima confuso y perturbador característico de la novela negra. El Josef Kronz de La otra muerte del doctor, como su pariente literario, padece también una investigación, que nos muestra, de un lado, el respeto a las jerarquías, representada por la compañía de seguros, y de otro, los laberintos burocráticos y anímicos de su personaje. Kronz, hombre dedicado a la medicina, es un checo inmigrante de esos que pudieron huir a tiempo del totalitarismo comunista y que logra refugiarse en el Ecuador. En sus inicios, que serán difíciles como suelen serlo para todo inmigrante que se abre paso, vive en el páramo del Ecuador, en las alturas casi inhóspitas de la cordillera de los Andes, un territorio en el que hasta caminar resulta difícil. Cito un párrafo de la novela: “De todas las humillaciones a las que la vida lo había sometido, ninguna le había provocado más aflicción que el hecho de respirar como un asmático para hurtarle un poco de oxígeno al aire. Por fin había emprendido la marcha hacia el límite nublado de la cordillera, tratando de apurar el paso, pero el aire era tan denso que parecía retenerlo. Tardó en habituarse a la pesadez del ambiente”.

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Kronz es un especialista en el “mal de altura.” Sobre ese tópico, tan puntual, el doctor Kronz ha sido invitado a dar una conferencia en Nueva York. Pero allí un joven desconocido intenta matarlo. No pretende robarle, ni darle un escarmiento: quiere asesinarlo. Más adelante, un agente de seguros investigará el caso y descubrirá el móvil de ese intento de homicidio, que oculta por detrás una serie de experiencias del pasado de Kronz, en las que prevalece una extraña y olvidada historia de amor. Pero volvamos al principio de la novela. ¿Por qué un médico, un sujeto que lleva una vida común y corriente, se encuentra de pronto en un trance tan peligroso? ¿Todo se debe a una confusión? ¿Acaso lo ataca un loco? Kronz se nos presenta en una pesadilla diurna: una situación kafkiana. Si Vásconez nos hubiera contado su historia en forma lineal, yendo al grano, esta le habría tomado a lo sumo tres o cuatro párrafos, pero al contarla mediante fragmentos y atisbos yuxtapuestos, yendo y viniendo del pasado al presente o viceversa, consigue construir una atmósfera, un notable diseño de personajes y una intriga que desde la primera a la última página sumen al lector en la curiosidad y el desasosiego. La novela, en realidad, transcurre en dos escenarios: la ciudad de Nueva York, una de las más populosas del mundo, y el páramo, uno de los lugares más solitarios. Hay, también, unos pasajes circunstanciales en la ciudad de Quito, pero son simples conectores de esa dualidad entre el páramo andino y la gran ciudad norteamericana.

Me gustaría hablar más sobre el argumento de La otra vida del doctor, en la que Kronz asumirá el incidente del desconocido que le dispara en Nueva York como una muerte simbólica, pero me abstengo, pues no quisiera revelar misterio que los lectores tendrían que esclarecer. Solo voy a precisarles que estamos ante un libro de gran nivel, narrado por un autor en total dominio de sus facultades, y cuyo argumento y construcción de situaciones, llenas de serpenteos y filosas aristas, se nos ofrece como un festín literario. La otra vida del doctor es una novela literaria incluso desde el diseño de la cubierta, que muestra un dibujo de Zelda Fitzgerald. Hay en ese dibujo anuncios, letreros de establecimientos, pero también vemos un nombre, Xavier. Javier Vásconez vio en esto último una señal que lo aludía.

Escrito por: Fernando Ampuero

La voz de los libros: Javier Vásconez PARTE 1

La voz de los libros: Javier Vásconez PARTE 2

 

Javier Vásconez nació en Quito. Estudió literatura en la Universidad de Navarra y posteriormente en Vincennes en París. En 1982 publicó Ciudad lejana, y en 1983 ganó la Primera Mención en la revista Plural de México con el cuento “Angelote, amor mío”. Su obra comprende El hombre de la mirada oblicua (1989), la novela El viajero de Praga (1996), la nouvelle El secreto. En 1998 apareció Un extraño en el puerto. En 1999 publicó la novela La sombra del apostador (finalista del Premio Rómulo Gallegos). En 2001 el cuento “Angelote, amor mío” fue elegido por el diario El País para aparecer junto con otros veinticuatro cuentos de escritores españoles y latinoamericanos como uno de los representantes del género en lengua española en Internet. En 2004, Invitados de honor y en 2005 su novela El retorno de las moscas. En 2007 publicó Jardín Capelo (finalista del Premio Rómulo Gallegos).En 2009 apareció en la editorial Veintisieteletras una selección de sus cuentos con prólogo del escritor argentino Horacio Vázquez Rial bajo el título Estación de lluvia. En 2010 la editorial Alfaguara publicó una edición especial de El viajero de Praga con prólogo de Juan Villoro. En 2010 Planeta de Colombia, y Viento Sur en España, publicaron su novela La piel del miedo. Algunos de sus cuentos han sido traducidos al alemán, francés, inglés, hebreo, sueco, griego y búlgaro.

“Tan poca vida” de Hanya Yanagihara.

La autora de ‘Tan poca vida’ reclama su derecho a describir con crudeza escenas duras en una obra que ha conmovido a la crítica y el público norteamericanos

Hanya Yanagihara (Los Ángeles, 1975) tenía 10 años y vivía en Texas cuando su padre, un médico hawaiano, la llevó a presenciar la autopsia de un cadáver. “Fue realmente maravilloso”, recordaba la sorprendente escritora de la que todo el mundo habla en una entrevista a The Guardian. “La enfermedad me fascina, lo que el invasor puede hacerle al cuerpo anfitrión…Me encanta descubrir hasta qué punto un cuerpo es capaz de protegerse a sí mismo, a toda costa. Lo duro que lucha por sobrevivir”.

Los lectores de ‘Tan poca vida’ deben luchar también para salir vivos de una novela durísima, por momentos casi insoportable. Porque, una vez empezada, abandonarla no es una opción. En las primeras páginas la historia parece girar en torno a cuatro amigos treintañeros de Nueva York, excompañeros de piso universitario y de escaso éxito laboral: JB, un artista negro gay, Malcolm, arquitecto mestizo y niño de papá, Willem, un apuesto actor del Medio Oeste y Jude, un brillante y atormentado abogado.

Pero de pronto el objetivo acota la panorámica y enfoca a uno de ellos, Jude, víctima de espeluznantes abusos sexuales descritos con una prolijidad intolerable. Que una novela semejante sobre la amistad masculina, el maltrato y la homosexualidad se erigiera en 2015 en Estados Unidos en bestseller es un fenómeno digno de estudio. Que también la crítica se rindiera ante ella parece un milagro. Finalista del Man Booker Prize y del National Book Award, ambos segundos puestos fueron señalados como manifiestamente injustos por medios como The Washington Post, The Wall Street Journal, Vanity Fair o The Guardian que dictaminaron que ‘Tan poca vida’ era la mejor novela del año en EE.UU.

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Pobre masculinidad
Aunque la igualdad no ha alcanzado aún los altos centros decisorios, las mujeres copan ya sin competencia la mayoría de las plazas universitarias de los países avanzados y su ascenso social es imparable. Mujeres inteligentes, competitivas, fuertes, comienzan a ser la norma en lugar de la excepción mientras los hombres desalojan su endémica posición de dominio entre la desorientación y el pasmo. Su desesperada respuesta suena al ritmo de los nuevos movimientos populistas de derechas que ejemplifica el inesperado ascenso del misógino y racista Donald Trump. Hombre, blanco y asustado: tal es el retrato robot del ‘loser’ del siglo XXI.

¿Qué les pasa por la cabeza a los hombres? ¿Qué será de ellos? Ha sido sorpresivamente una mujer la encargada de ejecutar la más elocuente autopsia de la doliente masculinidad moderna en un novelón de más de mil páginas en su traducción española. Hanya Yanagihara vio volar su infancia en moteles de carretera, esperando a que su madre regresara con la compra, publicó una primera novela -‘The People in the trees’ (2013)- que pasó sin pena ni gloria, escribió la torrencial ‘Tan poca vida’ en estado febril todas las noches al llegar del trabajo durante 18 meses y se batió a cara de perro con su editor para mantener intacto todo el horror de la historia de Jude.
El reseñista de Los Angeles Times escribió que ‘Tan poca vida’ había sido el único libro en toda su vida que le había hecho llorar y la habitualmente sobria The New Yorker advirtió que la novela podía volverte loco, consumirte y cambiar tu vida para siempre. Sólo se alzó una voz discordante en la crítica, la de Daniel Mendelsohn en The New York Review of Books y fue más moral que literaria. Según el crítico, la obra de Yanagihara pinta una cultura del victimismo e incapacita a los homosexuales para el logro de la felicidad.

 

Abandono, pederastia, mutilación
La vida de Jude ha sido atroz. Los episodios de autolesión gráficamente descritos tienen su origen en un misterioso pasado, que poco ha poco es desvelado. Abandonado recién nacido en un contenedor de basura, violado por los curas que lo acogieron, carne de prostitución para los camioneros, aquejado de enfermedades venéreas y mutilado por un psiquiatra sádico en un coche. Todo este horror se alterna en las páginas de ‘Tan poca vida’ con la narración paradójica de los estilos de vida de los ricos y famosos, una extraña combinación que funciona sin embargo espléndidamente.
Hanya Yanagihara admira a la escritora inglesa Hillary Mantel por haber cambiado radicalmente su carrera de novelista en la madurez, como, asegura, ella misma tras su decepcionante primera novela. Y defiende la extrema violencia de su ‘Tan poca vida’ sin titubear: “No lleva a ninguna parte adivinar cuánto puede soportar un lector y cuánto no. No puedes refrenarte por miedo a ofenderlo. La violencia del libro puede ser exagerada pero es que todo el libro lo es, yo lo quise así. Es exagerado el amor, la empatía, la compasión y sí, también el horror…”