Ya casi termina el año…

Ya estamos a sólo dos días de terminar este 2016, que ha estado de lo más intenso, y a pesar de que este año ha sido de muchos cambios acelerados, de crisis agudas y hechos inesperados, lo terminaré bajo una buena nota, todas estas situaciones que pudieran parecer adversas siempre traen su equivalente positivo. En la adversidad se fortalece el espíritu y el alma.

Desde mi último post me dio por retomar la lectura de Desarrollo personal así que en esta ocasión no sólo les compartiré de literatura. Curiosamente estos libros que ahora poseo estaban apunto de tirarlos a la basura. Durante el pasado verano estaban renovando una de las oficinas donde trabaja mi esposo, y como él sabe que los libros son una de mis pasiones me invitó a visitarlo para salvar dicho tesoro. Debo confesarles que había muchos más libros, y me limité a tomar sólo aquellos que podían servirme como mentores. Algunos como Napoleón Hill (a quién ya conocía) pues en el pasado leí su libro best-seller «Piense y Hágase rico» y ahora terminé de leer en francés «Accomplisez des miracles» que me cayo como anillo al dedo sobre todo por que no esta de más un empujoncito para el alma y el espíritu cuando se esta a punto de embarcar en una nueva aventura. Es un libro que se los recomiendo es una lectura metafísica y espiritual que les agradará sin duda y que les ayudara a reestructurar su filosofía de vida. Siempre escuché hablar de Og Mandino pero nunca había leído algo sobre él hasta que cayó en mis manos esta versión francesa: «Le plus grand succès du monde» una historia ficticia que se desarrolla en los tiempos en que vivió Jesús y que termina poco después de su crucifixión. Los diez mandamientos que deja como legado Zachée son simples, profundos y nos recuerdan que venimos a algo más a este mundo, que todos tenemos un rol único y una misión por cumplir. Otro libro que aún no termino, pero se los recomiendo es el de «Les regles pour réussir en affaires» de Martha Stewart, la ama de casa que se volvió millonaria, una mujer visionaria y creativa de la cual se puede aprender algo en este libro, sobre todo si tu intención es lanzarte como empresario (a). Me quedan algunos títulos más por leer, ahora me siento culpable de no haber salvado todos los libros que había en la pequeña biblioteca de la cafetería. Sin embargo, convencí a mi marido de donarlos a: L´Armé du salut, un organismo de servicios sociales que ayuda a los más desfavorecidos. De todas formas los libros han caído en buenas manos.

Cambiando de tema, en cuanto a literatura descubrí y leí un cuento de Patricia Highsmith titulado: «La señorita perfecta» y de inmediato supe mucho antes de buscar referencias sobre ella que estaba frente una maestra. Thea, el personaje principal de dicha historia en un ángel perverso sin corazón, de belleza inmaculada, la historia es breve, pero me dejo atónita por la maldad que puede habitar en un ser, más bien por la maldad que puede anidar en cada uno de nosotros. Por algo Highsmith es una de las mejores escritoras de la novela negra. De ahí que entre mi lista de libros a leer en el 2017 estén sus relatos o novelas. A ver que me traen los reyes magos…

Otro libro que todavía estoy leyendo es «Madame Bovary» y no es por falta de interés, la historia es buena, Flaubert otro maestro de la literatura, el problema ha sido la falta de tiempo, y mi mal hábito de estar leyendo varios libros al mismo tiempo. Así que me he quedado en que al fin Emma ha caído en la tentación, en los brazos del mal intencionado de Rodolph. Me preguntó que pasara con su marido, ¿la descubrirá?

El año ya casi termina, y aprovecho este espacio para agradecerles el estarme acompañando en esta aventura literaria que espero duré muchos años más, este espacio lo disfruto mucho, leer y escribir están en mi ADN es algo que es más fuerte que yo, y aunque la vida me lleva por otros lares, de algo estoy segura que aunque haga otras actividades que complementan mi vida, este rinconcito que he creado lo seguiré manteniendo y aunque tarde un poquito más seguiré creando personajes, nuevos mundos y nuevas historias. En estos momentos ando cortejando con «el tiempo» una vez que caiga en mis redes y sea mi aliado, sé que podré hacer mucho más de lo que hasta ahora he hecho.

Me despido deseándoles un excelente cierre de año 2016 y que el 2017 este lleno de buena literatura para todos lo que amamos los libros.

p.d. Aquí les dejo una selfie que me tomé ayer mientras caminaba bajo la tormenta de nieve. Una experiencia que cada vez que puedo la repito, respiro aire fresco, la blancura de la nieve me maravilla, los copos de nieve en mi cara me pintan una sonrisa, y el placer lúdico de dejar mis huellas sobre los caminos vírgenes que la Dama de blanco crea es indescriptible…

img_0179Una sonrisa sincera con todo y mis brackets

 

 

 

!Hasta muy pronto!
Lorena Lacaille

Longueuil, diciembre 30, 2016.

Derechos de autor
Este artículo es de libre distribución siempre y cuando respetes el nombre del autor y no alteres la información.
© Lorena Lacaille, 2016.

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Jack London entre el realismo, Darwin y Marx.

Marinero, buscador de oro, socialista, vagabundo, corresponsal de guerra, escritor a destajo y autor de ciencia ficción. Quien nació en 1876 en San Francisco como John Griffith Chaney se construyó un personaje extraordinario llamado Jack London a la altura de sus mejores ficciones.

Durante varias generaciones, el cajón de sastre denominado ‘literatura juvenil’ tuvo en su canon obras suyas como Colmillo Blanco y La llamada de la selva, dos fábulas darwinistas narradas desde el punto de vista de un lobo y un perro respectivamente, en cuyas páginas London escenifica la supervivencia del más apto, concepto que luego aplicaría a la sociedad humana.

Sus fábulas darwinistas ‘Colmillo Blanco’ y ‘La llamada de la selva’, narradas desde el punto de vista de un lobo y un perro, son clásicos de la literatura juvenil
La primera pieza que vendió a un editor pertenecía al género de la ciencia ficción. Le siguieron una docena de cuentos y cuatro novelas en los que explora temas que hoy nos suenan familiares: la reanimación de cadáveres (A thousand deaths); el megalómano inventor del arma definitiva (The enemy of all the world); la búsqueda de la fórmula de la invisibilidad (The shadow antd the flash); el derrumbe de la civilización a causa de una pandemia global (La plaga escarlata); la guerra bacteriológica entre una potencia asiática y las naciones de raza blanca (The unparalell invasion); y, mucho menos usual, una parábola sobre el origen de la desigualdad social ambientada en la era de las cavernas (La fuerza de los fuertes).

American author Jack London (1876-1916) reclines next to his desk in a wooden chair, smiling, his legs crossed.   (Photo by Hulton Archive/Getty Images)

American author Jack London (1876-1916) reclines next to his desk in a wooden chair, smiling, his legs crossed. (Photo by Hulton Archive/Getty Images)

Pionero de la ficción prehistórica

El mundo cavernícola le sirvió de escenario también en Antes de Adán (1906), obra que lo situó, junto a los hermanos J.H. Rosny, entre los pioneros de la novela prehistórica. Apoyándose en los sueños atávicos de un joven contemporáneo, el autor remonta el pleistoceno medio y nos sumerge en la vida desagradable, corta y brutal de tres clases de homínidos: el simiesco Pueblo del Árbol, el más evolucionado Pueblo del Fuego, y la Gente, a medio camino de ambos.

A esta última pertenece Diente Grande, el yo ancestral del joven soñador. Con su compañera La Rápida, vive a salto de mata esquivando a los tigres de dientes de sable y otros peligros, hasta que los suyos y el Pueblo del Árbol son arrinconados por el agresivo Pueblo del Fuego –nuestros antepasados–. Pese a su credo darwinista, London no oculta sus simpatías por los perdedores en la lucha evolutiva.

En ‘El talón de Hierro’, el Gobierno de EE UU impone una reforma autoritaria de la Constitución que le permite arrasar las libertades y controles democráticos
La épica del socialismo contra la plutocracia

De sus escritos de anticipación el más memorable es el Talón de Hierro (1908). Esta aventura socialista de proporciones épicas gira en torno a dos revolucionarios, la pareja formada por Everhard y Avis, que en un futuro cercano dirigirán al pueblo americano en su combate contra la oligarquía de los plutócratas.

Los hechos se precipitan cuando una huelga general simultánea en EE UU y Alemania obliga a los gobiernos a desistir de una guerra de rapiña. El Ejecutivo estadounidense, furioso de que hayan frustrado sus planes expansionistas, reacciona culpando a Everhard, flamante diputado, de un atentado al Congreso montado por sus propios esbirros. A continuación, impone una reforma autoritaria de la Constitución que le permite arrasar las libertades y controles democráticos.

El Talón de Hierro –así se llama el régimen de la plutocracia– se dota de una policía secreta y con la ayuda de sindicatos corruptos consigue sojuzgar a la población.

Como observa H. Bruce Franklin, “el clímax llega en una de las grandes escenas de la literatura apocalíptica”: el sangriento aplastamiento de la rebelión popular en Chicago a manos de mercenarios paramilitares.

El desolador desenlace es atenuado por el epílogo, escrito siglos más tarde desde la perspectiva de una sociedad libre y socialmente justa, la Hermandad del Hombre.

Propaganda por el progreso social

Publicada en una coyuntura convulsa de Estados Unidos, de concentración de la economía en grandes monopolios, empobrecimiento masivo, corrupción galopante, enriquecimiento obsceno de una minoría de magnates y auge del Partido Socialista –cuyo candidato Eugene Debs quedó tercero en las elecciones presidenciales de 1904–, la novela no pasó desapercibida.

Unos críticos la tacharon de panfletaria, los socialistas moderados condenaron su escepticismo en las políticas reformistas, mientras otros celebraron su eficacia propagandística en aras del progreso social.

Algunos lectores avispados observaron que su argumento consistía en una recreación actualizada del enfrentamiento expuesto en Antes de Adán, con las clases populares en lugar de los homínidos desplazados y la oligarquía ocupando la posición del Pueblo del Fuego.

Orwell, otro gran creador de distopías, la consideraba una de sus principales influencias; y Trotsky alabó su agudeza visionaria
Años más tarde, le atribuyeron un valor premonitorio: haber anticipado el fascismo antes de que este cobrara existencia. La imputación a Everhard del atentado al Congreso prefigura el complot inventado por los nazis a raíz del incendio del Reichstag, la excusa usada para instaurar su dictadura.

Tremendista… o no tanto

En 1937, León Trostky saludó la agudeza visionaria de su “amenazadora profecía”. George Orwell, otro gran creador de distopías, la consideraba una de sus principales influencias.

Hoy, muchos ven en El Talón de Hierro la obra maestra del autor de San Francisco. En ella se sacudió los prejuicios que lastran parte de su legado, como el desdén por las razas de color, una visión machista de la aventura y el culto socialdarwinista al más fuerte.

A London, el escritor mejor pagado de su época, la vivencia de la injusticia en carne propia y la solidaridad con los desposeídos le decantaron en contra de los poderosos, aguzando su intuición de la reacción latente en su país para mayor riqueza de un texto que en su día sonó tremendista y hoy no lo parece tanto.

“El Talón de Hierro”está considerada como una de las más brillantes obras pertenecientes a la “literatura de anticipación” o “distópica”, al ofrecer un enfoque visionario de lo que habrá de venir en un futuro, que el autor describe como un pasado ya superado, pero que sirve para criticar el capitalismo imperante.

 

eltalondeh

 

Novelas

Portada de Turtles of Tasman, escrito por Jack London.
The Cruise of the Dazzler (1902)
A Daughter of the Snows (1902)
Children of the Frost (1902)
La llamada de lo salvaje (The Call of the Wild) (1903)
The Kempton-Wace Letters (1903) Publicado anónimamente, co-escrito junto a Anna Strunsky.
El lobo de mar (The Sea-Wolf) (1904)
Cuentos de la Patrulla Pesquera (Tales of the Fish Patrol) (1905)
The Game (1905)
Colmillo Blanco (White Fang) (1906)
Antes de Adán (Before Adam) (1907)
El talón de hierro (The Iron Heel) (1908)
Burning Daylight (1910)
Adventure (Aventura) (1911)
El Mexicano (1911)
Smoke Bellew (1912)
The Scarlet Plague (1912)
The Abysmal Brute (1913)
The Valley of the Moon (1913)
The Mutiny of the Elsinore (1914)
The Star Rover (1915) (publicado en Inglaterra bajo el título “The Jacket”)
El Vagabundo de las Estrellas (The wanderer of the Stars) (1915)
The Little Lady of the Big House (1916)
The Turtles of Tasman (1916)
Jerry de las islas (Jerry of the Islands) (1917)
Michael, Brother of Jerry (1917)
Hearts of Three (1920) (adaptación de un guion hecho por Charles Goddard)
Asesinatos S.L. (The Assassination Bureau, Ltd) (1963) (incompleta; completada por Robert Fish)
Memorias autobiográficas[editar]
The Road (1907)
Martin Eden (1909)
John Barleycorn (1913)
No ficción y ensayos[editar]
La gente del abismo (1903)
Revolution, and other Essays (1910)
How I became a socialist
El Crucero del Snark (The Cruise of the Snark) (1911)
Relatos
El hijo del lobo (1900)
Encender una hoguera (To Build a Fire, 1902, modificada en 1910)
“Diable”
“An Odyssey of the North”
“To the Man on Trail”
“The Law of Life”
“Moon-Face”
“The Leopard Man’s Story” (1903)
“Love of Life”
“All Gold Canyon”
“The Apostate”
El chinago (“The Chinago”)
Por un biftec “A Piece of Steak”
“Good-by, Jack”
“Samuel”
“Told in the Drooling Ward”
“The Mexican”
“The Red One”
El silencio blanco (“The White Silence”)
“The Madness of John Harned”
“A Thousand Deaths”
“The Rejuvenation of Major Rathbone”
“Even unto Death”
“A Relic of the Pliocene”
“The Shadow and the Flash”
“The Enemy of All the World”
“A Curious Fragment”
“Goliah”
“The Unparalleled Invasion”
“When the World was Young”
“The Strength of the Strong”
“War”
La peste escarlata (“The Scarlet Plague”)
“The Red One”

 

Amor a la vida
[Cuento – Texto completo.]

Jack London
Solo esto, de todo, quedará.
Arrojaron los dados, y vivieron.
Parte de lo que juegan, ganarán
Pero el oro del dado lo perdieron.

Los dos hombres descendían el repecho de la ribera del río cojeando penosamente, y en una ocasión el que iba a la cabeza se tambaleó sobre las abruptas rocas. Estaban débiles y fatigados y en su rostro se leía la paciencia que nace de una larga serie de penalidades. Iban cargados con pesados fardos de mantas atados con correajes a los hombros y que contribuían a sostener las tiras de cuero que les atravesaban la frente. Los dos llevaban rifle. Caminaban encorvados, con los hombros hacia delante, la cabeza más destacada todavía, y la vista clavada en el suelo.

-Ojalá tuviéramos aquí dos de esos cartuchos que hay en el escondrijo -dijo el segundo.

Hablaba con voz monótona y totalmente carente de expresión. Su tono no revelaba el menor entusiasmo y el que abría la marcha, cojeando y chapoteando en la corriente lechosa que espumeaba sobre las rocas, no se dignó responder. El otro lo seguía pegado a sus talones. No se detuvieron a quitarse los mocasines ni los calcetines, aunque el agua estaba tan fría como el hielo, tan fría que lastimaba los tobillos y entumecía los pies. En algunos lugares batía con fuerza contra sus rodillas y les hacía tambalearse hasta que conseguían recuperar el equilibrio.

El que marchaba en segundo lugar resbaló sobre una piedra pulida y estuvo a punto de caer, pero logró evitarlo con un violento esfuerzo, mientras profería una aguda exclamación de dolor. Se le veía cansado y mareado, y mientras se tambaleaba extendió la mano que tenía libre en el vacío como buscando apoyo en el aire. Cuando se enderezó dio un paso al frente, pero resbaló de nuevo y casi cayó al suelo. Luego se quedó inmóvil, y miró a su compañero, que ni siquiera había vuelto la cabeza. Permaneció clavado en el suelo un minuto entero, como debatiéndose consigo mismo. Luego gritó:

-¡Bill, me he dislocado el tobillo!

Bill continuó avanzando a trompicones en el agua lechosa. No se volvió. El hombre lo vio alejarse con su habitual carencia de expresión, pero su mirada era la de un ciervo herido.

Su compañero ascendió cojeando la ribera opuesta del río y siguió su camino sin mirar atrás. El hombre lo contemplaba con los pies hundidos en la corriente. Sus labios y el tupido bigote castaño que los cubría temblaban visiblemente. Se humedeció los labios con la lengua.

-¡Bill! -llamó.

Era aquella la súplica de un hombre fuerte en peligro, pero Bill no se volvió. Su compañero lo vio alejarse cojeando grotescamente y subiendo con paso inseguro la suave pendiente que ascendía hacia el horizonte que formaba el perfil de una pequeña colina. Lo vio alejarse hasta que atravesó la cima y desapareció. Luego volvió la vista y miró lentamente en torno suyo al círculo de mundo que, al haberse ido Bill, era exclusivamente suyo.

Cerca del horizonte el sol ardía débilmente, casi oscurecido por la neblina y los vapores informes que daban la impresión de una densidad y una masa sin perfil ni tangibilidad. El hombre descansó el peso de su cuerpo sobre una sola pierna y sacó su reloj. Eran las cuatro en punto y por ser aquellos días los últimos de julio o los primeros de agosto (no sabía con exactitud qué fecha era, pero podía calcularla dentro de un margen de error de unas dos semanas), el sol tenía que apuntar más o menos hacia el noroeste. Miró hacia el sur. Sabía que en algún lugar, a espaldas de aquellas colinas desoladas, se hallaba el Lago del Gran Oso; sabía también que en esa dirección el Círculo Polar Ártico trazaba su temible camino entre los yermos canadienses. El riachuelo en que se hallaba era un afluente del Río de la Mina de Cobre que a su vez fluía hacia el norte e iba a desembocar en el Golfo de la Coronación y en el Océano Ártico. No conocía aquellos lugares, pero los había visto marcados una vez en una carta de navegación de la Compañía de la Bahía de Hudson.

De nuevo recorrió con la mirada el circulo de mundo que tenía en torno a él. No era un espectáculo alentador. Por todas partes lo rodeaba un horizonte blando y suavemente curvado. Las colinas eran bajas. No había ni árboles, ni arbustos, ni hierba… nada sino una desolación tremenda y aterradora que atrajo inmediatamente el miedo a sus ojos.

-¡Bill! -susurró una y dos veces- ¡Bill!

Se agazapó en medio del agua lechosa como si la vastedad del paisaje ejerciera sobre él una fuerza avasalladora y lo aplastara brutalmente, consciente del horror que provocaba. Comenzó a temblar como un palúdico, hasta que la escopeta se le deslizó de entre las manos y cayó al agua salpicándolo. Aquello lo despertó. Luchó con el miedo, se dominó, y buscó a tientas bajo el agua hasta recuperar el arma. Corrió un poco el fardo hacia el hombro izquierdo, con el fin de liberar del peso a su tobillo dislocado. Luego, encogiéndose de dolor, avanzó lenta y cautelosamente hasta la orilla.

No se detuvo. Con una desesperación que rayaba en la locura, sin hacer caso del dolor, subió presuroso la pendiente hasta alcanzar la cima de la colina tras de la cual había desaparecido su compañero. Sólo que su andar era aún más grotesco y cómico que la cojera vacilante del que lo había precedido. Al llegar a la cresta, lo que se ofreció a su vista fue un valle somero totalmente desprovisto de vida. Luchó de nuevo contra el miedo, lo dominó, corrió el fardo aún más hacia el hombro izquierdo y bajó a trompicones la pendiente.

El fondo del valle estaba encharcado de un agua que el espeso musgo mantenía, a modo de esponja, sobre la superficie. Con cada paso saltaban pequeños chorros, y cada vez que levantaba un pie la acción culminaba en sonido de succión, como si el musgo se resistiera a soltar su presa. Avanzó de pantano en pantano, siguiendo las huellas de su compañero a lo largo y a través de las abruptas hileras de rocas que emergían como islotes en un mar de musgo.

Aunque estaba solo no estaba perdido. Sabía que más adelante llegaría allí donde unos cuantos abetos y unos pinos pequeños y marchitos bordeaban la orilla de una laguna, el lugar que los indígenas llamaban el titchinnichilie o «tierra de los palitos». Y en aquella laguna desembocaba un riachuelo de agua clara. En las riberas del riachuelo (lo recordaba bien), había juncos pero no árboles. Lo seguiría hasta ver brotar el primer hilillo de agua en una divisoria de cuencas, atravesaría esa divisoria hasta dar con el primer hilillo de agua de otra corriente que fluía hacia el oeste, y seguiría ésta hasta su desembocadura en el río Dease. Allí tenían él y su compañero provisiones y vituallas ocultas bajo una canoa invertida y cubierta de piedras. En aquel escondrijo hallaría munición para su escopeta vacía, anzuelos y cañas, una pequeña red…, todo lo necesario para poder cazar y conseguir alimento. También allí encontraría harina (no mucha), un pedazo de tocineta y frijoles.

Bill estaría esperándolo y juntos remarían Dease abajo hasta llegar al Lago del Gran Oso. Y hacia el sur seguirían, siempre hacia el sur, hasta llegar al Mackenzie. Hacia el sur, siempre hacia el sur, y el invierno correría vanamente tras ellos, y el hielo se formaría en los remolinos, y los días se harían fríos y transparentes… Siempre hacia el sur, hacia alguna factoría de la Compañía de la Bahía de Hudson, allá donde la temperatura era templada y los árboles crecían altos y generosos y había alimentos sin fin.

Así pensaba el hombre mientras adelantaba en su camino. Y del mismo modo que trabajaba con el cuerpo trabajaba también con la mente, tratando de convencerse de que Bill no lo había abandonado, de que sin duda alguna lo esperaría junto al escondrijo. O lograba convencerse de ello o de lo contrario le sería inútil seguir adelante y más le valdría tenderse en el suelo a esperar a la muerte. Y mientras la bola opaca del sol se hundía lentamente por el noroeste, estudió con la imaginación (y repetidas veces) cada pulgada de terreno que él y Bill recorrerían en su huida hacia el sur, antes de que el invierno se cerniera sobre ellos. Y una y otra vez vio ante sus ojos las provisiones ocultas en el escondrijo y las que hallarían en la factoría. Hacía dos días que no probaba alimento y muchos que no comía tanto como hubiera deseado. De vez en cuando se detenía y recogía pálidas «bayas de pantano» que se metía en la boca, masticaba y tragaba. Una «baya de pantano» es una semilla diminuta envuelta en una gota de agua. En la boca el agua se disuelve y la semilla cobra un sabor punzante y amargo. El hombre sabía que aquellas semillas no proporcionaban alimento alguno, pero las masticaba pacientemente con una esperanza que vencía al conocimiento y desafiaba a la experiencia.

A las nueve en punto tropezó con un saliente rocoso y por simple debilidad y cansancio se tambaleó y cayó. Permaneció inmóvil en el suelo durante algún tiempo, tendido sobre un costado. Luego se desembarazó de los correajes y consiguió sentarse arrastrándose torpemente. No había oscurecido todavía y a la luz del largo crepúsculo buscó entre las rocas briznas de musgo seco. Una vez que hubo acumulado un montón de ellas hizo una hoguera, una hoguera sucia y sin llama, y sobre ella puso a hervir una ollita de agua.

Desató el fardo y lo primero que hizo fue contar los fósforos. Tenía treinta y siete. Los contó tres veces para asegurarse. Los dividió en tres montones, los envolvió en papel encerado y colocó un paquete en la bolsa de tabaco vacía, otro bajo la cinta de su raído sombrero y el tercero se lo metió bajo la camisa en contacto con su pecho. Hecho esto le invadió el pánico, desenvolvió los fósforos y volvió a contarlos. Seguía habiendo treinta y siete.

Secó los mocasines al calor del fuego. No eran ya sino jirones empapados. Los calcetines de lana estaban agujereados en varios lugares, y los pies, en carne viva, le sangraban. Sentía fuertes punzadas en el tobillo y decidió examinarlo. Se le había hinchado hasta alcanzar el volumen de la rodilla. De una de las dos mantas que tenía rasgó una tira de lana y con ella se vendó fuertemente el tobillo. Luego hizo dos tiras más y se envolvió con ellas los pies, pensando que le servirían a la vez de mocasines y de calcetines. Hecho esto se bebió el agua humeante, dio cuerda al reloj y se introdujo, a gatas, entre las mantas.

Durmió como un tronco. La breve oscuridad que sobrevenía alrededor de la media noche llegó y pasó. El sol se levantó por el noroeste, o mejor sería decir que amaneció por aquel cuadrante, porque el sol estaba oculto por espesas nubes grises.

A las seis en punto se despertó y permaneció echado en silencio boca arriba. Miró directamente al cielo grisáceo y adquirió conciencia del hambre que lo acuciaba. Mientras se volvía de un lado apoyándose en un codo, lo sorprendió oír un gruñido y vio a un caribú macho que lo miraba con curiosidad. El animal se hallaba a unos cincuenta pies de distancia, y por la mente del hombre cruzó instantáneamente la visión de un buen trozo de caribú crepitando y asándose al fuego. Mecánicamente alargó la mano hacia el rifle vacío, apuntó y apretó el gatillo. El caribú gruñó y escapó dando un salto. Sus pezuñas chocaban y tamborileaban contra las rocas en su huida. El hombre profirió una maldición y arrojó al suelo su rifle vacío. Mientras pugnaba por ponerse en pie se quejó en voz alta. Fue aquella una tarea lenta y ardua. Sus articulaciones eran como goznes mohosos que rozaran contra los casquillos, provocando una enorme fricción. Cada movimiento, cada giro, obedecía a un esfuerzo supremo de su voluntad. Cuando al fin logró ponerse en pie tardó un minuto más en alcanzar la posición erecta que corresponde al ser humano.

Trepó a una pequeña eminencia y estudió el panorama. No había árboles ni arbustos; nada sino un océano gris de musgo apenas salpicado de rocas grises, lagunas grises y arroyuelos grises. El cielo era gris. No había ni sol ni el más leve indicio de su existencia. No tenía idea de dónde se hallaba el norte, y había olvidado por qué camino había llegado hasta allí la noche anterior. Pero no se había perdido. De esto estaba seguro. Pronto llegaría a «la tierra de los palitos»: Intuía que ese lugar se hallaba hacia la izquierda, no muy lejos…, quizá al otro lado de la próxima colina.

Volvió a liar el fardo para el viaje. Se aseguró de que aún tenía en su poder los tres paquetes de fósforos, aunque esta vez no se entretuvo en contarlos. Pero sí se detuvo dudoso a la vista de una bolsa rechoncha de piel de gacela. Se trataba de un saquito de reducidas dimensiones. Podía taparlo con las dos manos, pero sabía que pesaba unas quince libras (tanto como el resto del fardo), y eso le preocupaba. Al fin lo dejó a un lado y comenzó a liar el fardo. Se detuvo de nuevo a contemplar el saco de piel de gacela. Lo recogió con aire desafiante, como si aquella desolación tratara de arrebatárselo, y cuando se levantó para adentrarse en el día con paso vacilante, lo llevaba cargado a la espalda en el interior del fardo. Se dirigió hacia la izquierda, deteniéndose una y otra vez a comer bayas de pantano. El tobillo dislocado se le había entumecido y su cojera era más pronunciada que la del día anterior, pero el dolor que aquello le producía no era nada comparado con el que sentía en el estómago. Las punzadas del hambre eran agudas. Roían y roían hasta el punto en que ya no le permitieron concentrarse en qué camino seguir para llegar a «la tierra de los palitos». Las bayas de los pantanos no sólo no aplacaban su apetito, sino que con su sabor punzante le irritaban la lengua y el paladar.

Llegó por fin a un valle donde la perdiz blanca se elevaba con aleteo estremecido sobre las rocas y los cenagales. «Quer, quer, quer…», graznaban. Arrojó piedras contra ellas, pero no logró alcanzarlas. Dejó el fardo en el suelo y se dispuso a cazarlas al acecho, como cazan los gatos a los ruiseñores. Las rocas abruptas fueron desgarrando sus pantalones hasta que fue dejando con las rodillas un rastro de sangre, pero aquel dolor se perdía en el dolor mayor que le causaba el hambre. Avanzó serpenteando sobre el musgo empapado; sus ropas se mojaron y se enfrió su cuerpo, pero tan grande era su ansia de comer que ni cayó en la cuenta. Y mientras tanto las perdices blancas seguían elevándose en el aire, hasta que su «quer, quer…» le sonó a burla, y las maldijo y les gritó en voz alta imitando su graznido.

En una ocasión casi se arrastró sobre una perdiz que debía estar dormida. No la vio hasta que ésta levantó el vuelo de su escondrijo rocoso y le pegó en la cara con las alas. Tan asombrado como la propia perdiz, cerró la mano y en el interior del puño quedaron tres plumas de la cola del ave. Siguió su vuelo con la mirada, odiándola como si le hubiera hecho algo terrible. Luego retrocedió y se cargó el fardo a la espalda.

Conforme el día avanzaba se adentró en valles y bajíos, donde la caza era más abundante. No muy lejos de él pasó una manada de unos veinte caribús tentadoramente a tiro. Sintió un deseo ciego de correr tras ellos y la certeza de que podía abatirlos. Un zorro negro se aproximó a él llevando entre los dientes una perdiz blanca. El hombre gritó. Fue un grito temible aquel, pero el zorro huyó de su lado sin soltar su presa.

Más tarde, pasado el mediodía, siguió un arroyo lechoso de limo que corría entre juncales. Cogiendo los juncos con fuerza por la base logró arrancar algo semejante a un cebollino no más grande que la cabeza de un clavo. Era tierno, y sus dientes se hundieron en él con un crujido que prometía un sabor delicioso. Pero las fibras eran duras. Estaba compuesto, como las bayas, de filamentos saturados de agua, y, como aquéllas, no proporcionaba ningún alimento. Arrojó al suelo el fardo y se lanzó a cuatro patas sobre los juncos, mordiendo y rumiando como un bovino.

Estaba muy cansado y a veces sentía la tentación de descansar, de echarse al suelo y dormir, pero seguía adelante acuciado más por el hambre que por el deseo de llegar a «la tierra de los palitos». Inspeccionó los charcos en busca de ranas y excavó la tierra con las uñas para encontrar gusanos, aunque sabía que en aquellas latitudes ya no había ni ranas ni gusanos.

Buscó vanamente en todas las charcas de agua hasta que, cuando ya lo envolvía el largo crepúsculo, descubrió en una de ellas un diminuto pez solitario. Hundió el brazo en el agua hasta el hombro, pero el pez lo esquivó. Lo buscó con ambas manos y revolvió el barro lechoso que estaba depositado en el fondo. En su avidez cayó al agua, empapándose hasta la rodilla. Ahora la charca estaba demasiado turbia para poder ver el pez, y tuvo que esperar a que el barro volviera a sedimentarse.

Continuó la búsqueda hasta que el agua se enturbió de nuevo. Pero esta vez ya no pudo esperar más. Desató del fardo el cubo de estaño y comenzó a achicar el agua, salvajemente al principio, salpicándose la ropa y arrojando el agua a tan poca distancia que volvía a vertirse en la charca; más cautelosamente después, pugnando por dominarse, aunque el corazón le saltaba en el pecho y las manos le temblaban. Al cabo de media hora la charca estaba casi seca. No quedaría más de un tazón de agua. Pero el pez había desaparecido. Entre las piedras halló un pequeño orificio por el que éste había escapado a una charca contigua y más grande, una charca que no podría desecar ni en un día y una noche. Si hubiera sabido de la existencia de ese orificio lo habría tapado con una piedra y el pez habría sido suyo.

Mientras esto pensaba se incorporó para derrumbarse después sobre la tierra húmeda, y allí lloró, silenciosamente primero, para su capote, y luego en alta voz, para la desolación despiadada que se extendía en torno a él. Durante largo tiempo lo sacudieron sollozos profundos y sin lágrimas.

Hizo después una hoguera, bebió un poco de agua hirviendo para calentarse y acampó sobre una roca del mismo modo que lo había hecho la noche anterior. Lo último que hizo aquel día fue comprobar si los fósforos estaban secos y dar cuerda al reloj. Las mantas estaban húmedas y viscosas. El tobillo le latía de dolor. Pero él sólo sentía el hambre, y en su dormir inquieto soñó con festines y banquetes y con manjares servidos y aderezados de todas las formas imaginables.

Despertó helado y enfermo. No había sol. El gris del cielo y de la tierra era ahora más intenso, más profundo. Soplaba un viento crudo y los primeros copos de nieve blanquearon las crestas de las colinas. El aire se fue haciendo más espeso y blanquecino, mientras él encendía una hoguera en que puso a hervir más agua. Era una nieve blanda, mitad agua, y los copos eran grandes y acuosos. Al principio se derretían tan pronto como entraban en contacto con la tierra, pero pronto comenzaron a caer en mayor cantidad y cubrieron el suelo, apagaron la hoguera y mojaron sus provisiones de musgo seco.

Aquello le indicó que era hora de echarse el fardo a la espalda y seguir su vacilante camino no sabía hacia dónde. Ya no le preocupaban ni «la tierra de los palitos», ni Bill, ni las vituallas ocultas bajo la canoa volcada junto al río Dease. Se hallaba totalmente a merced del verbo «comer». Estaba loco de hambre. No le importaba qué dirección seguir con tal de que su camino atravesara la zona más profunda del valle. Caminó entre la nieve blanda, buscando a tientas las bayas acuosas de pantano y arrancando al tacto los juncos por la raíz. Pero todo aquello carecía de sabor y no le calmaba el apetito. Halló una hierba de sabor amargo y devoró todas las que pudo encontrar, que no fueron muchas, porque crecía a ras de tierra y por ello se ocultaba fácilmente bajo la nieve, que alcanzaba ya varias pulgadas de espesor.

Aquella noche no hubo ni hoguera ni agua caliente, y durmió entre las mantas el sueño roto de los hambrientos. La nieve se convirtió en una lluvia fría. Las muchas veces que se despertó la sintió caer sobre su rostro vuelto hacia el cielo. Y llegó el nuevo día, un día gris y sin sol. Había dejado de llover y la punzada del hambre había desaparecido. Su sensibilidad en ese aspecto había llegado al límite. Sentía, eso sí, un dolor pesado y sordo en el estómago, pero eso no le preocupaba demasiado. Volvía a imperar la razón y una vez más su principal interés consistía en hallar «la tierra de los palitos» y el escondijo junto al río Dease. Rasgó lo que le quedaba de una manta en tiras y se envolvió con ellas los pies ensangrentados. Se vendó también el tobillo dislocado y se preparó para un largo día de camino. Cuando llegó la hora de liar el fardo volvió a detenerse frente a la bolsa de piel de gacela, pero al fin cargó de nuevo con ella.

La nieve se había derretido bajo la lluvia, y sólo las crestas de las colinas mostraban su blancura. Salió el sol y pudo localizar los puntos cardinales, aunque ahora estaba ya cierto de que se había perdido. Quizá en aquellos días de vagar sin dirección determinada se había desviado demasiado hacia la izquierda. Decidió dirigirse hacia la derecha, con el fin de compensar esa posible desviación de su camino.

Aunque las punzadas del hambre no eran ahora tan agudas, se dio cuenta de que estaba muy débil. Tenía que pararse con frecuencia para recuperar fuerzas, paradas que aprovechaba para recoger bayas y raíces de juncos. Sentía la lengua seca e hinchada y como cubierta de un vello muy fino, y le sabía amarga en la boca. El corazón lo atormentaba. En cuanto caminaba unos minutos comenzaba a batir sin compasión, «tam, tam, tam», para brincar después en dolorosa confusión de latidos que lo asfixiaban, lo debilitaban y le producían una especie de vértigo.

A mediodía encontró dos peces diminutos en una charca. Era imposible achicar toda el agua, pero al menos ahora se hallaba más tranquilo y pudo pescarlos con ayuda de su cubo de estaño. No eran mayores que su dedo meñique, pero lo cierto era que no sentía demasiada hambre. El dolor que sentía en el estómago se hacía cada vez más tenue y lejano. Era como si se hubiera adormecido. Comió el pescado crudo masticando con cautela, concienzudamente, porque el comer se había convertido ahora para él en un acto de puro raciocinio. Aunque no le molestaba el hambre sabía que tenía que comer para seguir viviendo.

Por la tarde pescó otros tres pececillos; comió dos y reservó el tercero para el desayuno. El sol había secado algunos jirones de musgo y pudo entrar en calor bebiendo agua caliente. Aquel día no recorrió más de diez millas; el siguiente, caminando sólo cuando el corazón se lo permitía, no pudo avanzar más de cinco. Pero el estómago no le causaba ya ninguna molestia. Decididamente se había dormido. Había llegado el hombre a una región desconocida donde los caribús eran cada vez más abundantes y también los lobos. Sus aullidos flotaban a la deriva en medio de la desolación, y en una ocasión vio a tres de ellos huir ante su paso.

Otra noche. A la mañana siguiente, obedeciendo al imperio de la razón, desató los cordones de cuero que cerraban la bolsa de piel de gacela. De sus fauces abiertas brotó un chorro amarillo de polvo y pepitas de oro. Dividió el oro en dos montones, ocultó uno de ellos envuelto en un trozo de manta bajo una roca, y devolvió el otro a la bolsa. Rasgó también unas cuantas tiras de la manta que le quedaba para envolverse con ellas los pies. El rifle lo conservó porque quedaban cartuchos ocultos bajo la canoa volcada junto al Dease.

Fue aquel un día de niebla, un día en que el hambre volvió a despertar en su interior. Se sentía muy débil y a veces lo atacaba un vértigo que lo dejaba totalmente ciego. Ahora tropezaba y caía cada vez con mayor frecuencia. En una ocasión cayó de bruces sobre un nido de perdices blancas. Había en él cuatro crías nacidas el día anterior, cuatro partículas de vida, no mayores que un bocado; las devoró ansiosamente, metiéndoselas vivas en la boca y triturándolas con las muelas como si de cáscaras de huevo se tratase. La perdiz madre lo atacó graznando furiosamente. Trató de abatirla utilizando el rifle a modo de palo, pero ella escapó a su alcance. Comenzó entonces a arrojarle piedras y una de ellas, por mera casualidad, le rompió un ala. La perdiz huyó entonces arrastrando el ala rota y perseguida por el hombre. Las crías no habían conseguido más que abrirle a éste el apetito. Corrió saltando a la pata coja, brincando sobre el tobillo dislocado, arrojando piedras, insultando violentamente al ave unas veces y callando otras, levantándose sombría y pacientemente cuando caía y frotándose los ojos con las manos cuando el vértigo amenazaba con dominarlo. Aquella persecución lo condujo a lo más profundo del valle donde, sobre el musgo húmedo, descubrió huellas de pisadas. No eran suyas, eso era evidente. Debían ser de Bill, pero no pudo detenerse a averiguarlo, porque la perdiz seguía adelante. Primero la cogería y luego regresaría a investigar.

Logró agotar a la perdiz madre, pero al hacerlo se agotó él también. La perdiz yacía ahora en el suelo sobre un costado. Y él yacía en idéntica posición a doce pies de distancia, incapaz de arrastrarse hasta ella. Cuando logró reponerse, la perdiz se había repuesto también, y así, cuando se lanzó sobre ella, el ave pudo escapar a su mano hambrienta. La caza se reanudó. Al fin llegó la noche y la perdiz huyó. El hombre se tambaleó de debilidad y cayó al suelo de bruces, con su fardo a la espalda, hiriéndose en la mejilla. Permaneció durante largo tiempo inmóvil en el suelo. Luego se dio la vuelta, se echó sobre un costado, dio cuerda a su reloj y se durmió allí mismo, tal como estaba, hasta la mañana siguiente.

Otro día de niebla. La mitad de la manta la había empleado ya en hacer vendas para los pies. No pudo volver a hallar las huellas de Bill. No importaba. El hambre lo impulsaba a seguir adelante sin dejarle opción, sólo que… sólo que se preguntaba si Bill también se habría perdido. Hacia el mediodía el peso del fardo que llevaba a la espalda se hizo demasiado opresivo. Volvió a dividir el oro y esta vez abandonó la mitad sobre el suelo sin preocuparse ya de esconderlo. Por la tarde se deshizo del resto. Ya sólo le quedaba media manta, el cubo de estaño y el rifle.

Una alucinación comenzó a torturarle. Tenía la seguridad de que le quedaba un cartucho. Estaba en el cargador del rifle, y se le había pasado por alto. Mientras ese pensamiento lo invadía sabía a ciencia cierta que el cargador estaba vacío. Pero la alucinación seguía asediándolo. Luchó contra ella durante horas; al fin decidió examinar el cargador. Lo abrió de golpe y se enfrentó con la realidad: estaba vacío. Su desencanto fue tan grande como si de verdad hubiera esperado hallar dentro el cartucho.

Siguió andando trabajosamente, y a la media hora la alucinación lo atacó de nuevo. Otra vez luchó contra ella, y de nuevo ésta persistió hasta que tuvo que volver a examinar el rifle para convencerse. A ratos la mente del hombre desvariaba. Entonces continuaba avanzando penosamente como un simple autómata, mientras que extrañas ideas y fantasías roían su cerebro como gusanos. Pero estos desvaríos solían ser de poca duración, porque las punzadas del hambre lo atraían de nuevo a la realidad. En una ocasión, lo que lo sacó de golpe de sus fantasías fue un espectáculo que casi lo hizo desvanecerse. Las piernas le flaquearon, tropezó y tuvo que tambalearse como un borracho para no caer. ¡Frente a él tenía a un caballo! ¡Un caballo! No podía dar crédito a sus ojos. Lo separaba de él una espesa neblina entretejida con puntos brillantes de luz. Se frotó los ojos salvajemente para aclararse la vista y entonces pudo ver que se trataba no de un caballo, sino de un oso que lo contemplaba con curiosidad belicosa.

El hombre había iniciado ya el gesto maquinal de colocarse el rifle al hombro, cuando se dio cuenta de la inutilidad de su acción. Lo bajó y desenfundó el cuchillo que llevaba colgado a la cintura en una funda adornada con cuentas. Ante él tenía carne y vida. Rozó el filo del cuchillo con la yema del pulgar. Estaba perfectamente afilado. La punta también lo estaba. Se arrojaría sobre el oso y lo mataría. Pero el corazón comenzó a golpear en su pecho como un tambor de alerta: tam, tam, tam… Siguió después el salvaje brincar dentro del pecho, la confusión de latidos, la presión sobre la frente, como si se la apretaran con una banda de hierro, y el vértigo que se apoderaba de su cerebro.

Su valentía desesperada cedió al empuje del miedo. Con la debilidad que sentía, ¿qué pasaría si el animal lo atacaba? Se levantó y, con la postura más imponente que pudo adoptar, empuñó el cuchillo y miró al oso sin pestañear. El animal avanzó torpemente un par de pasos, retrocedió y soltó al fin un gruñido, con el fin de sondear las intenciones de su rival. Si el hombre corría, correría tras él; pero el hombre no se movió. Lo animaba ahora el valor que proporciona el miedo. Gruñó también él de una manera salvaje, terrible, que expresaba el temor inherente a la vida y entramado con las raíces más profundas del vivir.

El oso se hizo a un lado gruñendo amenazadoramente, y sorprendido ante aquella misteriosa criatura erguida y sin miedo. Pero el hombre no se movió. Permaneció erguido como una estatua, hasta que hubo pasado el peligro. Sólo entonces se dejó dominar por el temblor y se hundió en el musgo mojado.

Al fin se tranquilizó y siguió su camino, invadido por miedo distinto. Ya no temía morir pasivamente de inanición. Ahora lo asustaba morir violentamente antes de que el hambre hubiera extinguido la última partícula de ánimo que lo impulsaba a seguir luchando por la supervivencia. Además, estaban los lobos. Sus aullidos cruzaban la desolación, tejiendo en el aire una red amenazadora, tan tangible que el hombre se encontró batiendo los brazos en el aire para apartarla de su alrededor como si de las lonas de una tienda de campaña azotadas por el viento se tratara.

Una y otra vez se cruzaban en su camino los lobos en grupos de dos o de tres. Pero al verle huían. No iban en número suficiente y además andaban a la caza del caribú, que no ofrecía resistencia, mientras que aquella extraña criatura que caminaba en posición erecta podía arañar y morder.

A última hora de la tarde halló unos cuantos huesos desperdigados en un lugar donde los lobos habían llevado a cabo una matanza. Sólo una hora antes, aquel montón de carroña había sido una cría de caribú que corría y coceaba llena de vida. Contempló los huesos limpios y pulidos, rosados por las células de vida que aún no habían muerto en ellos. ¿Podría ocurrirle lo mismo a él antes de que acabara el día? Así era la vida, ¿no? Un sueño vano y pasajero. Sólo la vida dolía. En la muerte no existía el dolor. Morir era dormir. Morir significaba el cese, el descanso. Entonces, ¿por qué no se resignaba a la muerte?

Pero no moralizó por mucho tiempo. Se hallaba en cuclillas sobre el musgo con un hueso en la boca chupando aquellas briznas de vida que aún lo teñían de un rosa difuminado. El sabor dulce de la carne, tenue y esquivo como un recuerdo, lo enloqueció. Cerró las quijadas sobre el hueso y apretó. Unas veces era el hueso lo que partía, otras sus propias muelas, pero siguió masticando. Luego machacó con piedras los huesos que quedaban hasta convertirlos en una especie de pulpa, y los devoró. En su avidez se machacó también los dedos, pero cayó en la cuenta, con asombro, de que aquello no le provocaba demasiado dolor.

Llegaron días terribles de nieve y de lluvia. Ya no sabía cuándo acampaba y cuándo levantaba el campamento. Viajaba tanto de noche como de día. Descansaba allá donde caía, y seguía arrastrándose cuando la vida que agonizaba en él se reavivaba para arder con algo más de viveza. En cuanto hombre, ya no luchaba. Era la vida que había en él y que se resistía a morir lo que lo impulsaba a seguir adelante. Ya no sufría. Tenía los nervios embotados, adormecidos, y la mente repleta de visiones extrañas y sueños deliciosos.

Pero siguió chupando y masticando los huesos machados del caribú. Lo poco que quedaba lo guardó y lo llevó consigo. Ya no cruzó más montes ni divisorias de cuencas, sino que siguió automáticamente un ancho río que fluía a través de un valle amplio y profundo. No veía ni el río ni el valle. No veía sino visiones. Cuerpo y espíritu caminaban, o mejor sería decir que se arrastraban, el uno junto al otro y, sin embargo, separados, tan tenue era el hilillo que los unía.

Se despertó completamente lúcido, tendido boca arriba sobre una roca. Brillaba el sol y hacía calor. A lo lejos oyó el mugido de las crías de caribú. Tenía un recuerdo vago de lluvias, de vientos y de nieve, pero si la tormenta había durado dos días o dos semanas, eso no lo sabía.

Durante algún tiempo yació inmóvil, dejando que aquel sol amigo se derramara sobre él y saturara su pobre cuerpo en calor. Hacía buen día, pensó. Quizá pudiera al fin orientarse. Con un esfuerzo doloroso rodó sobre sí mismo hasta tenderse sobre un costado. A sus pies fluía un río ancho y perezoso. El hecho de que le resultara totalmente desconocido lo sorprendió. Siguió lentamente con la mirada los meandros que serpenteaban entre colinas yermas y desoladas, más yermas y desoladas que ninguna que hubiera visto jamás. Lenta y fríamente, sin emoción, con una indiferencia casi total, siguió el curso de la corriente hasta el horizonte y allí la vio desembocar en un océano claro y fulgurante. No se conmovió. ¡Qué raro, pensó, es una visión o un espejismo! No, tenía que ser una visión, una nueva jugarreta de mente desvariada. La presencia de un barco anclado en medio del brillante océano lo confirmó en su idea. Cerró los ojos un segundo y los volvió a abrir. ¡Era extraño cómo persistía la visión! Y, sin embargo, no podía ser otra cosa. Sabía que no había ni océanos ni barcos en el corazón de aquella tierra desolada, como antes había sabido que no había cartuchos en el cargador de su fusil.

De pronto oyó un resuello a sus espaldas, una especie de jadeo entrecortado semejante a una tos. Muy lentamente, a causa de su debilidad extrema y la rigidez de sus músculos, se volvió hacia el otro lado. No vio nada, pero esperó pacientemente. De nuevo volvió a oír el jadeo y la tos, y, al fin, entre dos rocas distinguió a una veintena de pies la cabeza gris de un lobo. No tenía las orejas enhiestas como sus compañeros. Tenía los ojos apagados e inyectados en sangre, y la cabeza le colgaba tristemente hacia un lado. El animal parpadeaba continuamente, cegado por la luz del sol. Parecía estar enfermo. Mientras lo miraba resolló y volvió a toser.

Aquello al menos era real, se dijo el hombre, y luego se volvió hacia el otro lado para enfrentarse con la realidad que la visión anterior le había velado. Pero el mar seguía brillando en la distancia, y el barco se divisaba claramente. ¿Sería cierto, después de todo? Cerró los ojos largo tiempo, meditó, y de pronto comprendió. Había avanzado hacia el noroeste, alejándose del río Dease y adentrándose, en cambio, en el Valle de la Mina de Cobre. Ese río ancho y perezoso era el de la Mina de Cobre. Aquel mar brillante era el Océano Ártico y el barco era un ballenero que se había desviado demasiado hacia el este de la boca del MacKenzie y había anclado en el Golfo de la Coronación. Recordó la carta de navegación de la Compañía de la Bahía de Hudson que había visto hacía largo tiempo, y de pronto todo le pareció claro y razonable. Se sentó y dedicó toda su atención a los problemas más inmediatos. Tenía los pies transformados en trozos informes de carne sanguinolenta. Había terminado con los restos de la ultima manta, y tanto el rifle como el cuchillo habían desaparecido. Había perdido el sombrero con el paquete de fósforos bajo la cinta, pero los que llevaba junto al pecho seguían secos y a salvo en su envoltura de papel de cera y dentro de la bolsa de tabaco. Miró el reloj. Marcaba las once en punto y seguía andando. Indudablemente durante todos aquellos días no había dejado de darle cuerda.

Estaba tranquilo y sosegado. A pesar de su extrema debilidad no sentía dolor. Tampoco sentía hambre. Ni siquiera le resultaba atractivo pensar en comer, y todos sus actos obedecían exclusivamente al imperio de la razón. Se rasgó los pantalones hasta la rodilla, y con los jirones se vendó los pies. Por fortuna había logrado conservar el cubo de estaño. Bebería un poco de agua caliente antes de comenzar lo que preveía iba a ser un viaje terrible hasta el barco.

Se movió con lentitud. Temblaba como un palúdico. Cuando quiso reunir un puñado de musgo seco encontró que no podía ponerse en pie. Lo intentó una y otra vez, y al fin se contentó con gatear. En una ocasión se aproximó al lobo enfermo. El animal se hizo a un lado con desgana, lamiéndose las fauces con la lengua, una lengua que no parecía tener siquiera la fuerza suficiente para enroscarse. El hombre se dio cuenta de que no la tenía del rojo acostumbrado entre esos animales. Era de un marrón amarillento y parecía cubierta de una mucosa áspera y medio reseca.

Después de beber un cuartillo de agua caliente, el hombre pudo ponerse en pie y hasta caminar del modo que camina el agonizante. A cada minuto tenía que detenerse a descansar. Sus pasos eran inciertos y vacilantes, tan inciertos y vacilantes como los del lobo que le seguía, y aquella noche, cuando el mar se ennegreció bajo el borrón de la oscuridad, supo que no había recorrido ni siquiera cuatro millas.

Toda la noche oyó la tos del lobo enfermo, y de vez en cuando los mugidos de los caribús. La vida bullía en torno a él, pero una vida fuerte, sana y pujante. Sabía que el lobo enfermo se pegaba a la huella del hombre enfermo con la esperanza de que éste muriera primero. Por la mañana, al abrir los ojos, lo encontró contemplándolo con una mirada en que se reflejaban el hambre y la melancolía. Estaba agazapado con el rabo entre las piernas como un perro triste y abatido. Temblaba al viento frío de la mañana, e hizo una mueca desanimada cuando el hombre le habló con una voz que no pasó de ser un bronco susurro.

El sol se elevó radiante, y toda la mañana el hombre avanzó hacia el barco y el mar brillante, arrastrándose y cayendo. El tiempo era perfecto; se trataba del veranillo de San Martín de aquellas latitudes. Podía durar una semana o quizá uno o dos días.

Por la tarde el hombre encontró un rastro de huellas. Eran de un ser humano que no andaba, sino que se arrastraba a cuatro patas. Pensó que quizá se tratara de Bill, pero lo pensó de forma vaga e indiferente. No sentía la más mínima curiosidad. De hecho, sensaciones y emociones lo habían abandonado. Ya no era susceptible al dolor. El estómago y los nervios se le habían adormecido, pero la vida que latía en él lo impulsaba a seguir. Estaba agotado, pero se resistía a morir. Y porque se resistía a morir continuó comiendo bayas de pantano y peces diminutos, bebiendo agua caliente y vigilando con mirada desconfiada al lobo enfermo.

Siguió el rastro del hombre que lo había precedido arrastrándose y pronto llegó al final: un montón de huesos frescos, en torno al cual unas huellas marcadas en el musgo fresco delataban la presencia de innumerables lobos. Vio una bolsa de piel de alce, hermana de la suya y desgarrada por colmillos afilados. La recogió, aunque el peso era excesivo para la debilidad de sus dedos. Bill había cargado con ella hasta el final. ¡Ja, ja, ja! Ahora podía reírse de Bill. Él sobreviviría y la llevaría hasta el barco anclado en aquel mar rutilante. Su carcajada resonó ronca y fantasmal como el graznido de un cuervo, y el lobo enfermo lo secundó aullando lúgubremente. De súbito el hombre se interrumpió. ¿Cómo podía reírse de Bill? ¿Y si aquellos huesos rosáceos y pulidos fueran efectivamente los de su amigo?

Volvió la espalda. Bill lo había abandonado, pero él no le robaría el oro ni chuparía sus huesos. Aunque Bill no hubiera dudado en hacerlo si hubiera sucedido a la inversa, pensó mientras se apartaba de allí con paso vaciante.

Al poco rato llegó junto a una charca de agua. Al inclinarse sobre la superficie en busca de posible pesca echó atrás la cabeza como si hubiera recibido una picadura. Había visto su propio rostro reflejado en el agua. Tan horrible fue la visión que su sensibilidad despertó el tiempo suficiente para asombrarse. Había tres peces en la charca, pero ésta era demasiado grande para poder achicarla. Después de intentar pescarlos con el cubo, sin resultado, desistió. Se sabía muy débil y temió caer en el agua y ahogarse. Por esa misma razón no quería dejarse arrastrar por la corriente del río montado a horcajadas sobre uno de los muchos troncos atascados en los bancos de arena.

Aquel día redujo tres millas la distancia que lo separaba del barco, y al día siguiente dos, porque ahora se arrastraba como Bill se había arrastrado. La noche del quinto día lo halló aún a siete millas de distancia del barco e incapaz de recorrer siquiera una milla diaria.

Pero el veranillo de San Martín se mantenía y él seguía adelante arrastrándose y desvaneciéndose y volviéndose una y otra vez para vigilar al lobo enfermo que seguía pegado a sus talones tosiendo y jadeando. Tenía las rodillas en carne viva, igual que los pies, y aunque las llevaba envueltas en jirones que arrancaba de la camisa, iba dejando sobre el musgo y sobre las rocas un reguero de sangre. Una vez, al volverse, vio al lobo lamer ávidamente su rastro sangriento, e imaginó con toda lucidez cuál sería su final a menos…, a menos que fuera él quien acabara con el lobo. Así comenzó una existencia trágica, tan lúgubre como jamás se haya visto sobre la tierra; un hombre enfermo arrastrándose ante un lobo también enfermo que cojeaba. Dos criaturas que remolcaban, acechándose mutuamente, a través de la desolación sus esqueletos moribundos.

Si el lobo hubiera estado sano, al hombre no le hubiera importado tanto, pero la idea de convertirse en alimento de aquel bulto horrible y muerto le repugnaba. Aún tenía remilgos. Su mente había comenzado a divagar de nuevo; las alucinaciones lo asediaban, mientras que los períodos de lucidez se iban haciendo cada vez más cortos e infrecuentes.

En una ocasión vino a sacarle de su desvanecimiento un resuello muy cercano a su oído. El lobo se echó atrás, perdió pie y cayó a causa de su debilidad. La escena era ridícula, pero no lo divirtió. Ni siquiera sintió miedo. Estaba demasiado cansado para ello. Pero en aquel momento tenía la mente despejada y se puso a meditar. El barco estaba a unas cuatro millas de distancia. Podía verlo claramente cuando se frotaba los ojos para disipar la niebla que los cegaba, y hasta divisaba la vela blanca de una barcaza que surcaba las aguas brillantes del mar. Pero no podía recorrer a rastras esas cuatro millas. Lo sabía y aceptaba el hecho con toda serenidad. Sabía que no podía arrastrarse ya ni media milla, y, sin embargo, quería vivir. Sería una locura morir después de todo lo que había soportado. El destino le exigía demasiado. Y aun muriendo se resistía a morir. Quizá fuera una completa locura, pero al borde mismo de la muerte se atrevía a desafiarla y se negaba a perecer.

Cerró los ojos y se serenó con infinitas precauciones. Se revistió de fuerza y se dispuso a mantenerse a flote en aquella languidez asfixiante que inundaba como una marea ascendente todos los recovecos de su ser. Era como un océano esa languidez mortal que subía y subía y poco a poco anegaba su conciencia. A veces se veía casi sumergido, nadando con torpes brazadas en el mar del olvido; otras, gracias a alguna extraña alquimia de su espíritu, hallaba un miserable jirón de voluntad y volvía al ataque con renovada fuerza.

Inmóvil permaneció echado en el suelo, boca arriba, oyendo la respiración jadeante del lobo enfermo que se acercaba más y más, lentamente, a través de un tiempo infinito…, pero él no se movía. Lo tenía ya junto al oído. La áspera lengua ralló como papel de lija su mejilla. El hombre lanzó las manos contra el lobo… o al menos quiso hacerlo. Los dedos se curvaron como garras, pero se cerraron en el aire vacío. La rapidez y la destreza requieren fuerza, y el hombre no la tenía.

La paciencia del lobo era terrible. La paciencia del hombre no lo era menos. Durante medio día permaneció inmóvil, luchando contra la inconsciencia y esperando al ser que quería cebarse en él o en el que él, a su vez, quería cebarse. A veces el océano de languidez lo inundaba y le hacía soñar sueños interminables, pero en todo momento, en el sueño y en la vigilia, permanecía atento al jadeo entrecortado y a la áspera caricia de la lengua lupina.

De pronto dejó de oír aquella respiración, y poco a poco emergió de su sueño al sentir en su mano el contacto de la lengua reseca que lo lamía. Esperó. Los colmillos presionaron suavemente; la presión aumentó; el lobo aplicaba sus últimas fuerzas a la tarea de hundir los dientes en la presa tanto tiempo deseada. Pero el hombre había esperado también largo tiempo y la mano lacerada se cerró en torno a la quijada. Lentamente, mientras el lobo se resistía débilmente y el hombre aferraba con igual debilidad, la otra mano se arrastró subrepticiamente hacia el cuello del animal. Cinco minutos después el hombre estaba echado sobre el animal. Las manos no tenían la fuerza suficiente para ahogarlo, pero su rostro estaba hundido en la garganta del lobo, y su boca estaba llena de pelos. Media hora después, el hombre notó que un líquido caliente se deslizaba por su garganta. No era una sensación agradable. Era como plomo derretido lo que entraba a la fuerza en su estómago, y esa fuerza obedecía exclusivamente a un esfuerzo de su voluntad. Más tarde el hombre se tendió boca arriba y se durmió.

En el ballenero Bedford iban varios miembros de una expedición científica. Desde la cubierta divisaron un extraño objeto en la costa. El objeto se movía por la playa en dirección al agua. A primera vista no pudieron clasificarlo y, llevados por su curiosidad científica, botaron una chalupa y se acercaron a la playa para investigar. Y allí encontraron a un ser viviente que apenas podía calificarse de hombre. Estaba ciego y desvariaba. Serpenteaba sobre la arena como un gusano monstruoso. La mayoría de sus esfuerzos eran inútiles, pero él persistía, retorciéndose, contorsionándose y avanzando quizá una veintena de pies por hora.

Tres semanas después el hombre yacía sobre una litera del ballenero Bedford, y con lágrimas surcándole las enjutas mejillas, refería quién era y la odisea que había pasado. Balbucía también palabras incoherentes acerca de su madre, de las tierras templadas del sur de California y de una casa rodeada de flores y naranjales.

No pasaron muchos días antes de que pudiera sentarse a la mesa con los científicos y los oficiales del barco. Se regocijó ante el espectáculo que ofrecía la abundancia de manjares y miró ansiosamente cómo desaparecían en las bocas de los comensales. La desaparición de cada bocado atraía a su rostro una expresión de amargo desencanto. Estaba perfectamente cuerdo y, sin embargo, a las horas de las comidas odiaba a aquellos hombres. Lo perseguía el temor de que las provisiones se agotaran. Preguntó acerca de ello al cocinero, al camarero de a bordo y al capitán. Todos le aseguraron infinidad de veces que no tenía nada que temer, pero él no podía creerlo, y se las ingenió para poder ver la despensa con sus propios ojos.

Pronto se dieron cuenta todos de que el hombre engordaba. Cada día que pasaba su cintura aumentaba. Los científicos meneaban la cabeza y teorizaban. Lo pusieron a régimen, pero el hombre seguía engordando e hinchándose prodigiosamente bajo la camisa.

Los marineros, mientras tanto, sonreían para su capote. Ellos sí sabían. Y cuando los científicos se decidieron a vigilar al hombre, supieron también. Lo vieron escurrirse al acabar el desayuno y acercarse como un mendigo a un marinero con la palma de la mano extendida. El marinero sonrió y le alargó un trozo de galleta. El hombre cerró el puño codicioso, miró la galleta como un avaro mira el oro y se la metió bajo la camisa. Lo mismo hizo con lo que le entregaron los otros marineros.

Los científicos fueron prudentes y lo dejaron en paz. Pero en secreto registraron su litera. Estaba llena de galletas de munición; el colchón estaba relleno de galleta; cada hueco, cada hendidura estaba llena de galleta… Y, sin embargo, el hombre estaba cuerdo. Sólo tomaba precauciones contra una posible repetición de aquel período de hambre; eso era todo. Se restablecería, dictaminaron los científicos. Y así ocurrió aun antes de que el ancla del ballenero Bedford se hundiera en las arenas de la bahía de San Francisco.

“Love of Life”

MÁS CUENTOS DE JACK LONDON

La pionera del género de ciencia ficción y del gótico: Mary Shelly.

Mary Wollstonecraft Shelley

Escritora británica

Nació el 30 de agosto de 1797 en Londres.

Hija del filósofo William Godwin y de la escritora y feminista Mary Wollstonecraft.

A los pocos días de su nacimiento su madre, quien había escrito Vindication of Women Rights, murió de unas fiebres dejando a su marido al cuidado de Mary y de su hermana de tres años y medio Fanny Imlay. Casado Godwin posteriormente con una viuda que ya tenía dos hijas con la que el filósofo alumbraría un nuevo vástago.

Mary Shelley (Mary Wollstonecraft Godwin era su nombre de soltera) recibió una educación avanzada para una niña de su época. Aunque fuera una educación algo informal, su padre le instruyó en muchas materias. Mary estaba siempre en contacto con la biblioteca, además de que hablaba muy a menudo con un gran número de intelectuales que venían a visitar a la familia, entre los que se encontraban el escritor Samuel Taylor Coleridge y el vicepresidente estadounidense Aaron Burr. Además, tuvo una institutriz y una tutora, y leyó varios de los libros para niños de su padre sobre historia antigua de Roma y Grecia en su lengua original. Desde pequeña fue una chica muy inteligente y curiosa, con una forma de pensar libre y siempre dispuesta a seguir aprendiendo. Cuando tenía 15 años, su padre escribió sobre ella:
[Mary] es singularmente valiente, un tanto imperiosa, y de mente abierta. Sus ansias de conocimiento son enormes, y su perseverancia en todo lo que hace es casi invencible”

– En esa misma época, su padre la envió a Escocia, para que viviera con la familia del radical William Baxter. El motivo de este viaje es desconocido (se cree que pueden ser motivos de salud, económicos, políticos…), pero lo cierto es que estos viajes fueron fundamentales para su vida. Entre otras cosas, Mary afirma haber obtenido la inspiración para su obra magna “Frankenstein o el Moderno Prometeo” en ese lugar:
“Imaginé este libro allí. Fue bajo los árboles que rodean la casa, o en las desiertas laderas de las montañas cercanas, en donde tuvieron lugar mis primeras ideas genuinas y los primeros vuelos de mi imaginación”
– Pero una consecuencia más importante aún de estos viajes a Escocia en la vida de Mary es que en ellos conocería a Percy Bysshe Shelley, su futuro esposo. Percy Shelley visitaba con frecuencia al padre de Mary por motivos económicos, con quien se acabó enfadando y peleando. Sin embargo, Mary y Percy se acabaron enamorando y empezaron a verse en secreto. Su padre, que no aprobaba esta relación, siempre se mostró reacio a que Mary se viera con Percy, por lo que los dos enamorados se escaparon secretamente a Francia y viajaron por toda Europa.

– Al volver a Inglaterra, las cosas no hicieron sino empeorar. Mary resultó estar embarazada, pero tanto ella como Percy vivían una situación económica realmente penosa. Además, el padre de Mary, que se sentía decepcionado por la escapada de su hija, se negó a prestarles dinero. Mary tuvo a su hijo en malas condiciones, y éste acabó muriendo muy pronto, causándole una gran depresión.

– A pesar de este bache en la vida de Mary, pronto se recuperaría con unas buenas noticias. El abuelo de Percy había muerto, dejando una herencia considerable para ellos y recuperando la economía de la pareja. Al mismo tiempo, Mary se vuelve a quedar embarazada y da a luz a un hijo sano llamado William.

– El origen de Frankenstein: En cierta ocasión, la pareja pasó un verano con el poeta Lord Byron (escritor del que ya hablamos aquí). El clima del lugar donde estaban asentados era bastante malo, por lo que en ocasiones debían pasar varios días encerrados en casa. En uno de esos períodos de aislamiento, Lord Byron propuso que cada uno de ellos escribiera una historia de terror, como si fuera un concurso. Sin duda, la que más destacó fue Mary Shelley, con su novela Frankenstein o el Moderno Prometeo, que en un principio tenía pensado ser un relato corto.

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– Con el tiempo, los Shelley acabaron convirtiéndose en una familia “nómada” por así decirlo, ya que iban constantemente viajando por Europa, viviendo durante cortos períodos de tiempo en las casas de sus amigos escritores y filósofos.

– Uno de los lugares que en los que más tiempo pasaron fue Italia, donde tenía más libertad que en Inglaterra para expresar sus polémicas ideas políticas (por ejemplo, Mary era muy feminista, y así lo demuestran varios libros y ensayos suyos). Allí, Mary vio cómo morían varios hijos suyos, pero también alcanzó un gran momentos de creatividad literaria.

– Percy Shelley murió en un accidente de navegación, hundiendo a Mary en una nueva depresión (como habréis adivinado, era muy propensa a deprimirse, pero tampoco se puede decir que tuviera suerte). Sin embargo, la carrera literaria de Mary no paró de crecer, sino más bien todo lo contrario, al mismo tiempo que ella empezaba a tener más romances (aunque nunca volvió a casarse).

– A la edad de 53 años, murió plagada de enfermedades una de las escritoras más importantes que ha dado la literatura.

– Por último, cabe destacar que Frankenstein ha tapado en cierto modo el resto de la carrera literaria de Mary Shelley. Sin embargo, ella escribió una buena cantidad de novelas. Ahí va una selección:

· Valperga o Vida y Aventuras de Castruccio, Príncipe de Lucca.
· El último hombre.
· The Fortunes of Perkin Warbeck, un romance.
· Lodore.
· Falkner. Una novela.
· Mathilda.

 

Mary Shelley falleció en Londres, mientras dormía, el 1 de febrero de 1851. Su última voluntad fue ser enterrada junto a sus padres. Descansan en el cementerio de St Peter, Bournemouth.

 

La prueba de amor
[Cuento – Texto completo.]

Mary Shelly
Después de conseguir el permiso de la priora para salir unas horas, Angeline, interna en el convento de Santa Anna, en la pequeña ciudad lombarda de Este, se puso en camino para hacer una visita. La joven vestía con sencillez y buen gusto; su faziola le cubría la cabeza y los hombros, y bajo ella brillaban sus grandes ojos negros, extraordinariamente hermosos. Quizá no fuera una belleza perfecta; pero su rostro era afable, noble y franco; y tenía una profusión de cabellos negros y sedosos, y una tez blanca y delicada, a pesar de ser morena. Su expresión era inteligente y reflexiva; parecía estar en paz consigo misma, y era ostensible que se sentía profundamente interesada, y a menudo feliz, con los pensamientos que ocupaban su imaginación. Era de humilde cuna: su padre había sido el administrador del conde de Moncenigo, un noble veneciano; y su madre había criado a la única hija de éste. Los dos habían muerto, dejándola en una situación relativamente desahogada; y Angeline era un trofeo que buscaban conquistar todos los jóvenes que, sin ser nobles, gozaban de buena posición; pero ella vivía retirada en el convento y no alentaba a ninguno.

Llevaba muchos meses sin abandonar sus muros; y sintió algo parecido al miedo cuando se encontró en medio del camino que salía de la ciudad y ascendía por las colinas Euganei hasta Villa Moncenigo, su lugar de destino. Conocía cada palmo del camino. La condesa de Moncenigo había muerto al dar a luz su segundo hijo y, desde entonces, la madre de Angeline había residido en la villa. La familia estaba formada por el conde, que, salvo algunas semanas de otoño, estaba siempre en Venecia, y sus dos hijos. Ludovico, el primogénito, había sido enviado en edad temprana a Padua para recibir una buena educación; y sólo vivía en la villa Faustina, cinco años menor que Angeline.

Faustina era la criatura más adorable del mundo: a diferencia de los italianos, tenía los ojos azules y risueños, la tez luminosa y los cabellos color caoba; su figura ágil, esbelta y nada angulosa recordaba a una sílfide; era muy bonita, vivaz y obstinada, y tenía un encanto irresistible que empujaba a todos a ceder alegremente ante ella. Angeline parecía su hermana mayor: se ocupaba de ella y le consentía todos los caprichos; una palabra o una sonrisa de Faustina lo podían todo. «La quiero demasiado -decía a veces-, pero soportaría cualquier cosa antes que ver una lágrima en sus ojos.» Era propio de Angeline no expresar sus sentimientos; los guardaba en su interior, donde crecían hasta convertirse en pasiones. Pero unos excelentes principios y la devoción más sincera impedían que la joven se viera dominada por ellas.

Angeline se había quedado huérfana tres años antes, cuando había muerto su madre, y Faustina y ella se habían trasladado al convento de Santa Anna, en la ciudad de Este; pero un año más tarde, Faustina, que entonces tenía quince años, había sido enviada a completar su educación a un famoso convento de Venecia, cuyas aristocráticas puertas estaban cerradas a su humilde compañera. Ahora, a los diecisiete años, después de finalizar sus estudios, había vuelto a casa; y se disponía a pasar los meses de septiembre y octubre en Villa Moncenigo con su padre. Los dos habían llegado aquella misma noche, y Angeline había salido del convento para ver y abrazar a su amiga del alma.

Había algo muy maternal en los sentimientos de Angeline; cinco años es una diferencia considerable entre los diez y los quince años, y muy grande entre los diecisiete y los veintidós.

«Mi querida niña -pensaba Angeline, mientras iba andando-, debe de haber crecido mucho, e imagino que estará más hermosa que nunca. ¡Qué ganas tengo de verla, con su dulce y pícara sonrisa! Me gustaría saber si ha encontrado a alguien que la mimara tanto como yo en su convento veneciano… alguien que asumiera la responsabilidad de sus faltas y que le consintiera sus caprichos. ¡Ah, aquellos días no volverán! Ahora estará pensando en el matrimonio… Me pregunto si habrá sentido algo parecido al amor -suspiró-. Pronto lo sabré… estoy segura de que me lo contará todo. Ojalá pudiera abrirle mi corazón… detesto tanto secreto y tanto misterio; pero he de cumplir mi promesa, y dentro de un mes habrá acabado todo… dentro de un mes conoceré mi destino. ¡Dentro de un mes! ¿Lo veré a él entonces? ¿Volveré a verlo algún día? Pero será mejor que olvide todo eso y piense únicamente en Faustina… ¡mi dulce y entrañable Faustina!»

Angeline subía lentamente la colina cuando oyó que alguien la llamaba; y en la terraza que dominaba el camino, apoyada en la balaustrada, se hallaba la querida destinataria de sus pensamientos, la bonita Faustina, la pequeña hada… en la flor de la vida, sonriendo de felicidad. Angeline sintió un cariño aún mayor por ella.

No tardaron en abrazarse; Faustina reía con ojos chispeantes, y empezó a contarle todo lo sucedido en aquellos dos años, y se mostró obstinada e infantil, aunque tan encantadora y cariñosa como siempre. Angeline la escuchó con alegría, contemplando extasiada y en silencio los hoyuelos de sus mejillas, el brillo de sus ojos y la gracia de sus ademanes. No habría tenido tiempo de contarle su historia aunque hubiese querido, Faustina hablaba tan deprisa…

-¿Sabes, Angelinetta mía -exclamó-, que me casaré este invierno?

-Y ¿quién será tu señor esposo?

-Todavía no lo sé; pero lo encontraré en el próximo carnaval. Debe ser muy noble y muy rico, dice papá; y yo digo que debe ser muy joven, tener buen carácter y dejarme hacer lo que yo quiera, como siempre has hecho tú, querida Angeline.

Finalmente, Angeline se levantó para despedirse. A Faustina no le agradó que se marchara -quería que pasara la noche con ella-, y señaló que enviaría a alguien al convento para conseguir permiso de la priora. Pero Angeline, sabiendo que esto era imposible, estaba decidida a irse y convenció a su amiga de que la dejara partir. Al día siguiente, Faustina visitaría personalmente el convento para ver a sus antiguas amistades, y Angeline podría regresar con ella por la noche si lo permitía la priora. Una vez discutido este plan, las dos jóvenes se separaron con un abrazo; y, mientras bajaba con paso ligero, Angeline levantó la mirada y vio cómo Faustina, muy sonriente, le decía adiós con la mano desde la terraza. Angeline estaba encantada con su amabilidad, su hermosura, la animación y viveza de su conducta y de su conversación. Faustina ocupó al principio todos sus pensamientos, pero, en una curva del camino, cierta circunstancia le trajo otros recuerdos. «¡Oh, qué feliz seré si él demuestra haberme sido fiel! -pensó-. ¡Con Faustina e Ippolito, será como vivir en el Paraíso!»

Y luego rememoró cuanto había ocurrido en los dos últimos años. Del modo más breve posible, seguiremos su ejemplo.

Cuando Faustina partió para Venecia, Angeline se quedó sola en el convento. Aunque era una persona retraída, Camilla della Toretta, una joven dama de Bolonia, se convirtió en su mejor amiga. El hermano de Camilla vino a visitarla, y Angeline la acompañó al locutorio para recibirlo. Ippolito se enamoró desesperadamente de ella, y consiguió que Angeline le correspondiera. Todos los sentimientos de la joven eran sinceros y apasionados; sin embargo, sabía atemperarlos, y su conducta fue irreprochable. Ippolito, por el contrario, era impetuoso y vehemente: la amaba ardientemente y no podía tolerar que nada se opusiera a sus deseos. Decidió contraer matrimonio, pero, como pertenecía a la nobleza, temía la desaprobación de su padre. Mas era necesario pedir su consentimiento; y el anciano aristócrata, presa del temor y de la indignación, llegó a Este, dispuesto a adoptar cualquier medida que separase para siempre a los dos enamorados. La dulzura y la bondad de Angeline mitigaron su cólera, y el abatimiento de su hijo le movió a compasión. Desaprobaba el matrimonio, pero comprendía que Ippolito deseara unirse a tanta hermosura y gentileza. Pero después pensó que su hijo era muy joven y podía cambiar de parecer, y se reprochó a sí mismo haber dado tan fácilmente su consentimiento. Por ese motivo llegó a un compromiso: les daría su bendición un año más tarde, siempre que la joven pareja se comprometiera, con el más solemne juramento, a no verse ni escribirse durante ese intervalo. Quedó sobreentendido que sería un año de prueba; y que no habría ningún compromiso hasta que éste expirara, y si permanecían fieles, su constancia sería premiada. No hay duda de que el padre creía, e incluso esperaba, que, en aquel período de ausencia, los sentimientos de Ippolito cambiarían, y que éste entablaría una relación más conveniente.

Arrodillados ante una cruz, los dos enamorados prometieron un año de silencio y de separación; Angeline, con los ojos iluminados por la gratitud y la esperanza; Ippolito, lleno de rabia y desesperación por aquella interrupción de su felicidad, que jamás habría aceptado si Angeline no hubiera empleado todas sus dotes de persuasión y de mando para convencerlo; pues la joven había afirmado que, a menos que obedeciera a su padre, ella se encerraría en su celda, y se convertiría voluntariamente en una prisionera, hasta que terminara el tiempo prescrito. De modo que Ippolito prestó juramento e inmediatamente después partió hacia París.

Faltaba sólo un mes para que expirara el año, y no es de extrañar que los pensamientos de Angeline pasaran de su dulce Faustina al destino que la esperaba. Además del voto de ausencia, habían prometido mantener su compromiso y cuanto se relacionaba con él en el más profundo secreto durante ese período. Angeline accedió de buena gana (pues su amiga se hallaba lejos) a guardar silencio hasta que transcurriera el año; pero Faustina había regresado, y ella sentía el peso de aquel secreto en su conciencia. Pero no importaba: tenía que cumplir su palabra.

Ensimismada en sus pensamientos, había llegado al pie de la colina y empezaba a subir la ladera que conducía a la ciudad de Este cuando en los viñedos que bordeaban un lado del camino oyó un ruido… de pisadas… y una voz conocida que pronunciaba su nombre.

-¡Virgen Santa! ¡Ippolito! -exclamó-. ¿Es ésta tu promesa?

-Y ¿es éste tu recibimiento? -respondió él en tono de reproche-. ¡Qué cruel eres! Como no soy lo bastante frío para seguir alejado… como este último mes ha durado una intolerable eternidad, te alejas de mí… deseas que me vaya. Son ciertos, entonces, los rumores… ¡amas a otro! ¡Ah! Mi viaje no será en vano… descubriré quién es y me vengaré de tu falsedad.

Angeline le lanzó una mirada de asombro y desaprobación; pero guardó silenció y prosiguió su camino. Tenía miedo de romper su juramento, y que la maldición del cielo cayera sobre su unión. Decidió que nada le induciría a decir otra palabra; si seguía fiel a la promesa, perdonarían a Ippolito por haberla incumplido. Caminó muy deprisa, sintiéndose alegre y desgraciada al mismo tiempo… aunque esto no es exacto… lo que le embargaba era una felicidad sincera, absorbente; pero temía en cierto modo la cólera de su amado, y sobre todo las terribles consecuencias que podría tener la ruptura de su solemne voto. Sus ojos resplandecían de amor y de dicha, pero sus labios parecían sellados; y, resuelta a no decir nada, escondió el rostro bajo su faziola, para que él no pudiera verlo, y continuó andando con la vista clavada en el suelo. Loco de ira, vertiendo torrentes de reproches, Ippolito se mantuvo a su lado, ora reprochándole su infidelidad, ora jurando venganza, o describiendo y elogiando su propia constancia y su amor inalterable. Era un tema muy grato, aunque peligroso. Angeline tuvo la tentación de decirle más de mil veces que sus sentimientos no habían cambiado; pero logró reprimir ese deseo y, cogiendo el rosario en sus manos, empezó a rezar. Se acercaban a la ciudad y, consciente de que no podría persuadirla, Ippolito decidió finalmente alejarse de ella, afirmando que descubriría a su rival, y se vengaría por su crueldad e indiferencia. Angeline entró en el convento, corrió a su celda y, poniéndose de rodillas, pidió a Dios que perdonara a su amado por romper la promesa; luego, radiante de felicidad por la prueba que él le había dado de su constancia, y recordando lo poco que faltaba para que su dicha fuera perfecta, apoyó la cabeza en sus brazos y se sumió en una especie de ensueño celestial. Había librado una amarga lucha resistiéndose a las súplicas del joven, pero sus dudas se habían disipado: él le había sido fiel y, en la fecha acordada, vendría a buscarla; y ella, que durante aquel largo año le había amado con ferviente, aunque callada, devoción, ¡se vería recompensada! Se sentía segura… agradecida al cielo… feliz. ¡Pobre Angeline!

Al día siguiente, Faustina fue al convento: las monjas se apiñaron a su alrededor. «Quanto é bellina», exclamó una. «E tanta carina!», dijo otra. «S’é fatta la sposina?»… ¿Está ya prometida en matrimonio?, preguntó una tercera. Faustina respondía con sonrisas y caricias, bromas inocentes y risas. Las monjas la idolatraban; y Angeline estaba a su lado, admirando a su encantadora amiga y disfrutando de los elogios que le prodigaban. Finalmente, Faustina tuvo que partir; y Angeline, tal como habían previsto, consiguió permiso para acompañarla.

-Puedes ir a la villa con Faustina, pero no quedarte allí a pasar la noche -señaló la priora, pues iba en contra de las reglas del convento.

Faustina suplicó, protestó y consiguió, mediante halagos, que dejara regresar a su amiga al día siguiente. Entonces iniciaron el regreso juntas, acompañadas de una vieja criada, una especie de señora de compañía. Mientras andaban, un caballero las adelantó a caballo.

-¡Qué guapo es! -exclamó Faustina-. ¿Quién será?

Angeline se puso roja como la grana, pues se dio cuenta de que era Ippolito. Él pasó a gran velocidad, y no tardaron en perderlo de vista. Estaban subiendo la ladera, y ya casi divisaban la villa, cuando les alarmó oír toda clase de gritos, berridos y bramidos, como si unas bestias salvajes o unos locos, o todos a la vez, hubieran escapado de sus guaridas y manicomios. Faustina palideció; y pronto su amiga estuvo tan asustada como ella, pues vio un búfalo, escapado de su yugo, que se lanzaba colina abajo, llenando el aire de rugidos, perseguido por un grupo de contadini chillando y dando alaridos… y enfilaba directamente hacia las dos amigas. La anciana acompañanta exclamó: «O, Gesu Maria!» y se tiró al suelo. Faustina lanzó un grito desgarrador y cogió a Angeline por la cintura; ésta se puso delante de su aterrorizada amiga, dispuesta a afrontar ella todo el peligro para salvarla… y el animal se acercaba. En ese momento, el caballero bajó galopando la ladera, adelantó al búfalo y dándose media vuelta, se enfrentó al animal salvaje con valentía. Con un bramido feroz, la bestia se desvió bruscamente a un lado y cogió un sendero que salía a la izquierda; pero el caballo, despavorido, se encabritó, arrojó el jinete al suelo y huyó a galope tendido colina abajo. El caballero quedó tendido en el suelo, completamente inmóvil.

Le llegó entonces el turno de gritar a Angeline; y ella y Faustina corrieron angustiadas hacia su salvador. Mientras esta última le daba aire con el enorme abanico verde que llevan las damas italianas para protegerse del sol, Angeline se apresuró a ir a buscar agua. A los pocos minutos, el color volvió a las mejillas del joven, que abrió los ojos; y entonces vio a la hermosa Faustina e intentó levantarse. Angeline apareció en ese instante y, ofreciéndole agua en una calabaza, la acercó a sus labios. Él apretó su mano, y ella la retiró. Fue entonces cuando la anciana Caterina, extrañada de aquel silencio, empezó a mirar a su alrededor y, al ver que sólo estaban las dos jóvenes inclinadas sobre un hombre en el suelo, se levantó y fue a reunirse con ellas.

-¡Se está usted muriendo! -exclamó Faustina-. Me ha salvado la vida y se ha matado por ello.

Ippolito trató de sonreír.

-No, no me estoy muriendo -dijo-, pero estoy herido.

-¿Dónde? ¿Cómo? -gritó Angeline-. Mi querida Faustina, enviemos a buscar un carruaje y llevémoslo a la villa.

-¡Oh, sí! -repuso Faustina-. Vamos, Caterina, corre… cuéntale a papá lo ocurrido… que un joven caballero se ha matado por salvarme la vida.

-No me he matado -le interrumpió Ippolito-; sólo me he roto el brazo y, tal vez, la pierna.

Angeline adquirió una palidez cadavérica y se dejó caer al suelo.

-Pero morirá antes de que consigamos ayuda -afirmó Faustina-; esa estúpida Caterina es más lenta que una tortuga.

-Iré yo a la villa -exclamó Angeline-, Caterina se quedará contigo y con Ip… Buon Dio! ¿Qué estoy diciendo?

Se alejó presurosa y dejó a Faustina abanicando a su amado, que volvió a sentirse muy débil. En seguida se dio la alarma en la villa, el señor Conde envió a buscar un médico y ordenó que sacaran un colchón, entre cuatro hombres, para ir en ayuda de Ippolito. Angeline se quedó en la casa; por fin pudo abandonarse a sus sentimientos y llorar amargamente, abrumada por el miedo y el dolor.

-¿Oh, por qué rompería su promesa para ser castigado? ¡Ojalá pudiera yo expiar su culpa! -se lamentó.

No tardó, sin embargo, en recobrar el ánimo; y, cuando entraron con Ippolito, le había preparado la cama y había cogido las vendas que había creído necesarias. Pronto llegó el médico; y vio que el brazo izquierdo estaba claramente roto, pero que la pierna no había sufrido más que una contusión. Entonces redujo la fractura, sangró al paciente y, dándole una pócima para serenarlo, ordenó que estuviera tranquilo. Angeline pasó toda la noche a su lado, pero Ippolito durmió profundamente y no se dio cuenta de su presencia. Jamás lo había amado tanto. Comprendió que su desgracia, sin duda fortuita, hacía honor al cariño que sentía por ella, y contempló su hermoso rostro, apaciblemente dormido.

«¡Que el cielo guarde al amante más leal que jamás haya bendecido las promesas de una joven», pensó.

A la mañana siguiente, Ippolito se despertó sin fiebre y muy animado. La herida de la pierna apenas le dolía, y quería levantarse; recibió la visita del médico, quien le rogó que guardara cama un día o dos para evitar una infección, y le aseguró que se curaría antes si obedecía sus órdenes sin reservas. Angeline pasó el día en la villa, pero no volvió a verlo. Faustina no dejó de hablar de su valentía, heroísmo y simpatía. Ella era la heroína de la historia. El caballero había arriesgado su vida por ella; era ella a quien había salvado. Angeline sonrió un poco ante su egotismo y pensó que se sentiría humillada si le contaba la verdad; así que guardó silencio. Por la noche, se vio obligada a regresar al convento; ¿entraría a despedirse de Ippolito? ¿Era correcto? ¿No significaba romper su promesa? Y, sin embargo, ¿cómo resistirse a hacerlo? Así, pues, entró en la habitación y se acercó sigilosamente a él; Ippolito oyó sus pasos, levantó ilusionado la mirada y sus ojos reflejaron cierta decepción.

-¡Adiós, Ippolito! -dijo Angeline-. He de volver al convento. Si empeoras, ¡Dios nos libre!, vendré a cuidarte y atenderte, y moriré contigo; si te restableces, como parece ser la voluntad divina, antes de un mes te daré las gracias como mereces. ¡Adiós, querido Ippolito!

-¡Adiós, querida Angeline! Cuanto piensas es bueno y justo, y tu conciencia lo aprueba: no temas por mí. Siento mi cuerpo lleno de salud y de vigor, y, puesto que tú y tu dulce amiga están a salvo, ¡benditas sean las incomodidades y los dolores que sufro! ¡Adiós! Pero espera, Angeline, tan sólo unas palabras… mi padre, según he oído, se llevó a Camilla de vuelta a Bolonia el año pasado… ¿ustedes se escriben, tal vez?

-Te equivocas, Ippolito; de acuerdo con los deseos del Marqués, no hemos intercambiado ninguna carta.

-Has obedecido tanto en la amistad como en el amor… ¡qué bondadosa eres! Pero yo también quiero que me hagas una promesa… ¿la cumplirás con la misma firmeza que la de mi padre?

-Si no va en contra de nuestro voto…

-¡De nuestro voto!. ¡Pareces una novicia! ¿Acaso nuestros votos tienen tanto valor? No, no va en contra de nuestro voto; sólo te pido que no escribas a Camilla o a mi padre, ni dejes que este accidente llegue a sus oídos. Les inquietaría inútilmente… ¿me lo prometes?

-Te prometo que no les enviaré ninguna carta sin tu permiso.

-Y yo confío en que serás fiel a tu palabra, de igual modo que lo has sido a tu promesa. Adiós, Angeline. ¡Cómo! ¿Te vas sin un beso?

La joven se apresuró a salir del cuarto para no ceder a la tentación; pues acceder a aquella demanda habría sido un quebrantamiento mucho mayor de su promesa que cualquiera de los ya perpetrados.

Regresó a Este, preocupada y, sin embargo, alegre; convencida de la lealtad de su amado y rezando fervorosamente para que no tardara en recuperarse. Durante varios días acudió regularmente a Villa Moncenigo para preguntar por su salud, y se enteró de que el joven mejoraba poco a poco; finalmente, le comunicaron que Ippolito tenía permiso para abandonar su habitación. Faustina le dio la noticia, con los ojos brillantes de alegría. Hablaba sin cesar de su caballero, así le llamaba, y de la gratitud y admiración que sentía por él. Lo había visitado a diario acompañada de su padre, y siempre tenía alguna nueva historia que contar sobre su ingenio, elegancia y amables cumplidos. Ahora que él podía reunirse con ellos en la sala, se sentía doblemente feliz. Después de recibir esa información, Angeline renunció a sus visitas diarias, ya que corría el peligro de encontrarse con su amado. Enviaba todos los días a alguien y tenía noticias de su restablecimiento; y todos los días recibía un mensaje de su amiga, invitándola a Villa Moncenigo. Pero ella se mantuvo firme: sentía que obraba bien. Y, aunque temía que él estuviera enfadado, sabía que trascurridos quince días -lo que quedaba del mes- podría expresarle sus verdaderos sentimientos; y, como él la amaba, la perdonaría en seguida. No llevaba ningún peso en el corazón, nada que no fuera gratitud y alegría.

Todos los días, Faustina le suplicaba que fuera y, aunque sus ruegos se volvieron cada vez más apremiantes, Angeline siguió dándole excusas. Una mañana su joven amiga entró atropelladamente en su celda para llenarla de reproches y mostrarle su extrañeza por su ausencia. Angeline se vio obligada a prometer que la visitaría; y entonces se interesó por el caballero, a fin de descubrir cuál era la mejor hora para evitar su encuentro. Faustina se sonrojó… un adorable rubor se extendió por todo su rostro mientras exclamaba:

-¡Oh, Angeline! ¡Quiero que vengas por él!

Angeline enrojeció a su vez, temiendo que Ippolito hubiera traicionado su secreto, y se apresuró a decir:

-¿Te ha dicho algo?

-Nada -respondió alegremente su amiga-; por eso te necesito. ¡Oh, Angeline! Papá me preguntó ayer si Ippolito me gustaba, y añadió que, si su padre lo aprobaba, no veía ninguna razón por la que no pudiéramos casarnos. Tampoco yo… pero ¿me querrá él? Oh, si no me ama, no dejaré que se hable del asunto, ni que pregunten a su padre… ¡no me casaría con él por nada del mundo!

Y los ojos de la delicada joven se llenaron de lágrimas, y se arrojó a los brazos de Angeline.

«Pobre Faustina -pensó su amiga-, ¿seré yo la causante de su sufrimiento?»

Y empezó a acariciarla y a besarla con palabras cariñosas y tranquilizadoras. Faustina prosiguió. Estaba convencida, dijo, de que Ippolito la amaba. Angeline se sobresaltó al oír su nombre así pronunciado por otra mujer; y palideció y se estremeció mientras se esforzaba por no traicionarse a sí misma. El joven no daba demasiadas muestras de amor, pero parecía tan feliz cuando ella entraba, e insistía tanto en que se quedara… y luego sus ojos…

-¿En alguna ocasión te ha dicho algo de mí? -inquirió Angeline.

-No… ¿por qué iba a hacerlo? -replicó Faustina.

-Me salvó la vida -contestó su amiga, ruborizándose.

-¿De veras? ¿Cuándo? ¡Oh, sí, ahora lo recuerdo! Sólo pensaba en mí; pero lo cierto es que tu peligro fue tan grande… no, más grande, pues me protegiste con tu cuerpo. Mi amiga del alma, no soy una desagradecida, aunque Ippolito me vuelva tan olvidadiza…

Todo esto sorprendió, mejor dicho, dejó estupefacta a Angeline. No dudó de la fidelidad de su amado, pero temió por la felicidad de su amiga, y cualquier idea que se le ocurría daba paso a ese sentimiento… Prometió visitar a Faustina aquella misma tarde.

Y ahí está de nuevo, subiendo lentamente la colina, con el corazón encogido a causa de Faustina, confiando en que su amor repentino y no correspondido no comprometa su felicidad futura. Al doblar una curva, cerca de la villa, oyó que la llamaban; y, cuando levantó los ojos, volvió a contemplar, asomado a la balaustrada, el rostro sonriente de su hermosa amiga; e Ippolito estaba junto a ella. El joven se sobresaltó y dio un paso atrás cuando sus miradas se encontraron. Angeline había ido decidida a ponerle en guardia, y estaba ideando el mejor modo de explicarle las cosas sin comprometer a su amiga. Fue una labor inútil; cuando entró en el salón, Ippolito se había marchado, y no volvió a aparecer.

«No querrá romper su promesa», pensó Angeline.

Pero se quedó terriblemente angustiada por su amiga, y muy confusa. Faustina sólo podía hablar de su caballero. Angeline estaba llena de remordimientos, y no sabía qué hacer. ¿Debía revelar la situación a su amiga? Quizá fuera lo mejor, y, sin embargo, le parecía muy difícil; además, a veces tenía casi la sospecha de que Ippolito la había traicionado. El pensamiento venía acompañado de un dolor punzante que luego desaparecía, hasta que creyó enloquecer, y fue incapaz de dominar su voz. Regresó al convento más inquieta y acongojada que nunca.

Visitó la villa en dos ocasiones, e Ippolito volvió a eludirla; y el relato de Faustina sobre el modo en que él la trataba se tornó más inexplicable. Una y otra vez, el miedo de haberlo perdido la atormentó; y de nuevo se tranquilizó a sí misma pensando que su alejamiento y su silencio eran debidos al juramento, y que su misterioso comportamiento con Faustina sólo existía en la imaginación de la joven. No dejaba de dar vueltas al modo en que debía comportarse, mientras el apetito y el sueño la abandonaban; finalmente, cayó demasiado enferma para ir a la villa y, durante dos días, se vio obligada a guardar cama. En aquellas horas febriles, sin fuerzas para moverse, y desconsolada por la suerte de Faustina, tomó la decisión de escribir a Ippolito. Él se negaría a verla, así que no tenía otro modo de comunicarse. Su promesa lo prohibía, pero la habían roto ya de tantas maneras… Además, no lo hacía por ella, sino por su querida amiga. Pero, ¿qué pasaría si su carta llegaba a manos extrañas? ¿Y si Ippolito pensaba abandonarla por Faustina? Entonces el secreto quedaría enterrado para siempre en su corazón. Por ese motivo, resolvió escribir su misiva sin que nada la traicionara ante una tercera persona. No fue una tarea fácil, pero finalmente la llevó a cabo.

El señor caballero sabría disculparla, confiaba. Ella era… siempre había sido como una madre para la señorita Faustina… la amaba más que a su vida. El señor caballero estaba actuando, quizá, de un modo irreflexivo. ¿Comprendía sus palabras? Y, aunque no tuviese ninguna intención, la gente haría conjeturas. Todo cuanto le pedía era permiso para escribir a su padre, a fin de que aquella situación de incertidumbre y misterio terminara lo antes posible.

Angeline rompió diez notas… y, aunque no estaba satisfecha con esta última, la cerró; y luego se arrastró fuera de la cama para enviarla inmediatamente por correo.

Aquel acto de valentía tranquilizó su ánimo, y fue muy beneficioso para su salud. Al día siguiente se sentía tan bien que decidió ir a la villa para descubrir el efecto que había producido su carta. Con el corazón palpitante, subió la ladera y, al doblar la curva de siempre, levantó la mirada. No había ninguna Faustina en la balaustrada. Y no era de extrañar, pues nadie la esperaba; sin embargo, sin saber por qué, se sintió muy desgraciada y los ojos se le llenaron de lágrimas.

«Si pudiera ver a Ippolito un momento… y él me diera la más pequeña explicación, ¡todo se arreglaría!», caviló.

Con esos pensamientos llegó a la villa y entró en el salón. Oyó unos pasos rápidos, como si alguien huyera de ella. Faustina estaba sentada delante de una mesa leyendo una carta… sus mejillas rojas como la grana, su pecho palpitando de agitación. El sombrero y la capa de Ippolito se hallaban a su lado, e indicaban que acababa de abandonar precipitadamente la estancia. La joven se volvió… divisó a Angeline… sus ojos despidieron fuego… y arrojó la misiva que estaba leyendo a los pies de su amiga; Angeline comprendió que era la suya.

-¡Cógela! -dijo Faustina-. Te pertenece. Por qué motivo la has escrito… y qué significa… es algo que no preguntaré. Ha sido algo despreciable por tu parte, además de inútil, te lo aseguro… No soy alguien que entregue su corazón antes de que se lo pidan, ni que pueda ser rechazada cuando mi padre me ofrece en matrimonio. Coge tu carta, Angeline. ¡Oh! ¡Yo nunca creí que te comportarías así conmigo!

Angeline seguía allí como si la escuchara, pero no oía una sola palabra; completamente inmóvil… las manos enlazadas con fuerza, los ojos anegados en lágrimas y fijos en su carta.

-Te digo que la cojas -exclamó Faustina con impaciencia, dando una patada en el suelo con su pequeño pie-; ha llegado demasiado tarde, fueran cuales fueran tus intenciones. Ippolito ha escrito a su padre pidiéndole su consentimiento para nuestra boda; mi padre también lo ha hecho.

Angeline se estremeció y miró con ojos desorbitados a su amiga.

-¡Es cierto! ¿Acaso lo dudas? ¿Quieres que llame a Ippolito para que confirme mis palabras?

Faustina se dirigió a ella exultante. Angeline, muda de espanto, se apresuró a coger la carta; y abandonó la sala… y la casa; bajó la colina y regresó al convento. Con el corazón al rojo vivo, sintió su cuerpo poseído por un espíritu que no era el suyo: no lloraba, pero sus ojos parecían a punto de salirse de las órbitas… y sus miembros se contraían espasmódicamente. Corrió a su celda, se arrojó al suelo, y entonces pudo estallar en llanto; después de derramar torrentes de lágrimas, consiguió rezar, y más tarde… cuando recordó que su sueño de felicidad había terminado para siempre, deseó la muerte.

A la mañana siguiente, abrió los ojos de mala gana y se levantó. Era de día; y todos debían levantarse y seguir adelante, y ella entre los demás, aunque el sol ya no brillase como antes y el dolor convirtiera su vida en un tormento. No pudo evitar sobresaltarse cuando, poco después, le informaron que un caballero deseaba verla. Buscó refugio en un rincón, y rehusó bajar al locutorio. La portera regresó un cuarto de hora más tarde. El joven se había marchado, pero le había escrito una nota; y le entregó la misiva. Estaba sobre la mesa, delante de Angeline… pero le traía sin cuidado abrirla… todo había terminado, y no necesitaba aquella confirmación. Finalmente, muy despacio, y no sin esfuerzo, rompió el sello. Estaba fechada el día en que expiraba el año. Las lágrimas asomaron a sus ojos, y entonces nació en su corazón la cruel esperanza de que todo fuera un sueño, y de que ahora que la Prueba de Amor llegaba a su fin, él la reclamara como suya. Empujada por esta incierta suposición, se enjugó las lágrimas y leyó las siguientes palabras:

He venido a excusarme por mi bajeza. Rehúsas verme y yo te escribo; pues, aunque siempre seré un hombre despreciable para ti, no pareceré peor de lo que soy. Recibí tu carta en presencia de Faustina y ella reconoció tu letra. Conoces bien su obstinación, su impetuosidad; no pude impedir que me la arrebatara. No añadiré nada más. Debes de odiarme; y, sin embargo, tendrías que compadecerme, pues soy muy desdichado. Mi honor está ahora comprometido; todo terminó antes de que yo empezara a ser consciente del peligro… pero ya no se puede hacer nada. No encontraré la paz hasta que me perdones, y, sin embargo, merezco tu maldición. Faustina no sabe nada de nuestro secreto. Adiós.

El papel cayó de las manos de Angeline.

Sería inútil describir los diversos sufrimientos que soportó la infortunada joven. Su piedad, resignación y carácter noble y generoso acudieron en su ayuda, y le sirvieron de apoyo cuando sentía que sin ellos podía morir. Faustina le escribió para decirle que le hubiera gustado verla, pero que Ippolito era reacio a la idea. Habían recibido la respuesta del marqués de la Toretta, un feliz consentimiento; pero el anciano se hallaba enfermo y todos se marchaban a Bolonia. A la vuelta, hablarían.

Su partida ofreció cierto consuelo a la desdichada joven. Y no tardó en prodigárselo también una carta del padre de Ippolito, llena de alabanzas de su conducta. Su hijo se lo había confesado todo, escribía; ella era un ángel… el cielo la premiaría, pero su recompensa sería aun mayor si se dignaba perdonar a su infiel enamorado. Responder a esa misiva alivió el dolor de la joven, que desahogó su pena y los pensamientos que la atormentaban escribiéndola. Perdonó de buen grado a Ippolito, y rezó para que él y su adorable esposa gozaran de todas las bendiciones.

Ippolito y Faustina contrajeron matrimonio y pasaron dos o tres años en París y en el sur de Italia. Ella fue inmensamente feliz al principio; pero pronto el mundo cruel y el carácter ligero e inconstante de su marido infligieron mil heridas en su joven corazón. Echaba de menos la amistad y la comprensión de Angeline; apoyar la cabeza en su pecho y ser consolada por ella. Propuso una visita a Venecia, Ippolito accedió y, de camino, pasaron por Este. Angeline había tomado el hábito en el convento de Santa Anna. Se sintió muy complacida, por no decir feliz, de su visita; escuchó con gran sorpresa las penas de Faustina, y se esforzó por consolarla. También vio a Ippolito con enorme serenidad, pues sus sentimientos habían cambiado; no era el ser que ella había amado, y comprendió que, de haberse casado con él, con su profunda sensibilidad y sus elevadas ideas sobre el honor, se habría sentido incluso más decepcionada que Faustina.

La pareja llevó la vida que suelen llevar los matrimonios italianos. Él era amante de las diversiones, inconstante, despreocupado; ella se consolaba con un cavaliere servente. Angeline, consagrada a Dios, se asombraba de todo aquello; y de que alguien pudiera cambiar, con tanta ligereza sus afectos, para ella tan sagrados e inmutables.

FIN

Las principales inspiraciones de Kobo Abe: La soledad y el miedo.

Kobo Abe (Tokio, 1924-1993) es uno de los grandes autores de la literatura japonesa contemporánea, un escritor que, sin fuegos de artificio, fue capaz de crear historias inclasificables y con una carga de profundidad que las convierten en rarezas inquietantes y subersivas. Pero que nadie piense que se trata de un autor plomizo o aburrido. Todo lo contrario.

Las novelas de Kobo Abe se caracterizan por explorar temas como la identidad, la soledad o el miedo. Conocido por sus novelas La mujer de arena (1962), El rostro ajeno (1964), Idéntico al ser humano (1967) o el conjunto de relatos Los cuentos siniestros (1954-1964), Abe utiliza ambientes asfixiantes y desconcertantes para abordar la psicología del hombre contemporáneo, sometido en la mayoría de los casos a situaciones extremas.

Una de las obras más célebres del escritor tokiota es sin duda La mujer de arena (Suna no onna, 1962), novela que fue adaptada al cine en 1964, galardonada con el Premio especial del jurado en el Festival de Cannes de ese año y nominada al Premio Oscar como mejor película de habla no inglesa.

En La mujer de arena Kobo Abe narra la historia de un profesor aficionado a la entomología que un día de verano llega hasta un pueblo de pescadores de la costa japonesa en busca de algunos insectos para su colección particular. El paisaje es desértico, rodeado de dunas de arena y hoyos (casi tumbas) en los que los individuos deben cavar y apartar la arena todos los días, obligados por una comunidad que impone la esclavitud de ese trabajo. El profesor es así secuestrado por los habitantes del lugar, que le dejan junto a una extraña mujer que le obliga a excavar una y otra vez la arena que cada día se deposita en sus casas y que amenaza con sepultar el pueblo de pescadores.

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Kobo Abe

En este sentido, La mujer de arena tiene un cierto anclaje con las historias kafkianas en las que un personaje tiene que enfrentarse a una situación extraña o absurda, situación de la que Abe se sirve para plantear el sinsentido de unas existencias que combaten un elemento como la arena, que inevitablemente saldrá victoriosa de la lucha que han decidido entablar con ella los habitantes del pueblo. Así, en la historia de Abe los hombres no son sino insectos que luchan contra un destino fijado de antemano.

Si algo carateriza a esta novela es la sensación de opresión y aislamiento. La mujer de arena es una novela hipnótica donde la arena lo invade todo. La narración tiene una cadencia lineal como el paso de la arena, avanzando inexorablemente a través de la angustia y el desconcierto del personaje protagonista. Abe sabe transmitir el horror y el tedio de una existencia abocada a la rutina de una acción sinsentido y repetitiva, pero también es capaz de construir una novela sensual y táctil, donde se puede apreciar incluso las texturas de la piel, la arena y la sequedad de la boca del protagonista. Abe es minucioso en la recreación de las imágenes sensoriales: el calor del sol, la suavidad de la piel desnuda de la mujer de arena, la sed, el cansancio, el miedo… Y, mientras, el tiempo pasa con la cadencia de un reloj de arena.

La mujer de arena es, en definitiva, una novela sugerente en forma y contenido, y su significación, como sucede con las buenas obras, queda abierta a la interpretación del lector. Kobo Abe juega en otra liga. De lectura obligatoria.

Suna no onna — original Japanese trailer

Claudia Piñeiro entre el drama y la escritura.

Claudia Piñeiro es escritora, dramaturga, colaboradora en distintos medios gráficos.
Nació en el Gran Buenos Aires, en el seno de una familia que no estaba vinculada con el arte. Estudió y ejerció la carrera de Contadora pública hasta que un día descubrió que la literatura era su verdadera pasión. Luego de diez años dedicados a aquella carrera inicial y justo en el momento en el que ejercía un cargo gerencial en una consultora de primera línea, sintió la extrema necesidad de volcarse de lleno a la escritura como una forma de recuperar la felicidad en su vida.

En el año 1991 escribió su primera novela, El secreto de las rubias, para el certamen La sonrisa vertical, de la editorial Tusquets, la cual quedó entre las diez finalistas pero nunca llegó a publicarse. En 2000 editó el libro infantil Serafín, El escritor y la bruja, y en 2004 Un ladrón entre nosotros, hasta que en el año 2005 le otorgaron el Premio Clarín por Las viudas de los jueves, novela que se convirtió en un clásico popular y fue llevada al cine por el director Marcelo Piñeyro. A este gran suceso, le siguieron otras novelas como Tuya, Elena sabe, Las grietas de Jara y Betibú, publicadas por Alfaguara.

Claudia Piñeiro también escribió guiones para ciclos televisivos como Yago, pasión morena y Resistiré, columnas para medios gráficos como el Diario Clarín y la Agencia de Noticias Télam, y obras de teatro como Cuánto vale una heladera, Un mismo árbol verde y Verona.
Su obra literaria, periodística y teatral ha sido reconocida con diversos premios nacionales e internacionales y sus libros han sido traducidos a varios idiomas.
Acaba de entregar a la editorial el texto de su último libro, una novela que habla sobre la relación entre padres e hijos. Se prevee que esta historia pueda ser presentada al público en la Feria del Libro de este año.

Desde que Claudia Piñeiro encontró en las letras la realización profesional que buscaba, cuenta historias desde diferentes lenguajes en las que incluye el humor, el suspenso, la emoción y realidades sociales de la Argentina.

 

Narrativa
El secreto de las rubias, novela inédita, 1991
Serafín, el escritor y la bruja, literatura infantil, Edebé, 2000
Un ladrón entre nosotros, literatura juvenil, Norma, 2004
Tuya, novela policial, Ediciones Colihue, 2005
Las viudas de los jueves, novela policial, Alfaguara, 2005
Elena sabe, novela policial, Alfaguara, 2006
Tuya, novela policial, Alfaguara, 2008
Las grietas de Jara, novela policial, Alfaguara, 2009
El fantasma de las invasiones inglesas, narrativa histórica, Norma, 2010
Betibú, novela policial, Alfaguara, 2011
Un comunista en calzoncillos, Alfaguara, 2013
Una suerte pequeña, Alfaguara, 2015
Teatro
Cuánto vale una heladera, 2004; antología 2002-2004 del ciclo Teatro X la identidad, Ministerio Educación, Ciencia y Tecnología
Un mismo árbol verde, 2006
Verona, 2007; antología de Teatro de Humor de Zapala
Morite, gordo, 2008
Tres viejas plumas, 2009

 

Su última novela

Un poderoso thriller familiar por la autora de Las viudas de los jueves, elogiada por José Saramago y Rosa Montero y consagrada por la crítica extranjera, con más de medio millón de lectores.

Después de veinte años una mujer vuelve a Argentina, de donde partió escapando de una desgracia. Pero la que regresa es otra: no luce igual, su voz es diferente. Ni siquiera lleva el mismo nombre. ¿La reconocerán quienes la conocieron entonces? ¿La reconocerá él?

Mary Lohan, Marilé Lauría o María Elena Pujol -la que es, la que fue, la que había sido alguna vez- vuelve al suburbio de Buenos Aires donde formó una familia y vivió hasta que decidió huir. Aún no termina de entender por qué aceptó regresar al pasado que se había propuesto olvidar para siempre. Pero a medida que lo comprenda, entre encuentros esperados y revelaciones inesperadas, entenderá también que a veces la vida no es ni destino ni casualidad: tal vez su regreso no sea otra cosa que una suerte pequeña.

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Claudia Piñeiro sorprende y cautiva con esta novela aguda y conmovedora donde la realidad y la intimidad tejen la cerrada urdimbre en que el lector queda atrapado una vez más.

Claudia Piñeiro, Una suerte pequeña

 

¿Qué leen los que escriben? Claudia Piñeiro – Audiovideoteca de Escritores

 

La escritura delicada y lirica de Yasunari Kawabata.

Yasunari Kawabata (1899-1972) es uno de los escritores japoneses más reconocidos y célebres fuera de las fronteras del País del Sol Naciente. Su obra y su estilo han hecho de él uno de los mejores representantes de la literatura contemporánea nipona, y sus novelas han sido capaces de ejercer una gran influencia en varias generaciones de escritores.

El escritor japonés Kawabata Yasunari, se destacó en el panorama literario del siglo XX por la delicadeza y el refinado lirismo de sus obras.
Kawabata nació en Osaka el 11 de junio de 1899. La soledad en que pasó su infancia tras la muerte de sus seres más queridos marcó profundamente su personalidad. Huérfano a los 3 años, insomne perpetuo, cineasta en su juventud, lector voraz tanto de los clásicos como de las vanguardias europeas, fue un solitario empedernido
Tras finalizar sus estudios en 1924 fundó Bungei Jidai (La Edad Artística). Fue precisamente en esa revista donde apareció, en 1926, “Izu no odoriko” (“La danzarina de Izu”), relato lleno de imágenes líricas y sugerentes, en el que se apreciaban ecos de las escrituras budistas y de los poetas medievales japoneses, que para el autor constituían “la más elevada literatura del mundo”.
La soledad, la angustia ante la muerte, la búsqueda de la belleza y la atracción por la psicología femenina, expresado todo ello en un estilo simbólico y lírico, fueron temas centrales en torno a los cuales giraron Yukiguni (1948; País de nieve), Yama no oto (1949-1954; El clamor de la montaña) y Nemureru bijo (1961; Bellas adormecidas), obras de plenitud artística que lo hicieron merecedor, en 1968, del Premio Nobel de literatura.
Kawabata Yasunari se suicidó en Zushi el 16 de abril de 1972. Su obra, que él mismo definió como un intento de hallar la armonía entre el hombre, la naturaleza y el vacío, permanece entre las más altas de la narrativa del siglo XX.

Gabriel García Márquez se enamoró de él, de su agitada vida y su hermosa forma de narrar. Le dedicó artículos, ensayos y declaró muchas veces que era uno de sus escritores favoritos y una de sus mayores influencias.

“Las novelas japonesas tienen algo en común con las mías. Algo que no podría explicar, que no sentí en la vida del país durante mi única visita al Japón, pero que a mí me parece más que evidente”, sostuvo el Nobel colombiano en alguna ocasión.

La casa de las bellas durmientes (1961), de Kawabata, es considerado uno de los relatos eróticos más sorprendentes de la literatura.

Sinopsis:

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La casa de las bellas durmientes sobresale en la obra de Yasunari Kawabata por su perfección formal. Comienza con la visita del viejo Eguchi a una casa secreta gobernada por una mujer ordinaria y práctica que, alfinal, como él mismo, revelará su esencia inhumana. En ese burdel, el protagonista, de sesenta y siete años, pasa varias noches junto a los cuerpos de jóvenes vírgenes narcotizadas. A la vez que admira el esplendor de lasfiguras dormidas, rememora su relación con las mujeres: su esposa, su madre, su amante, sus hijas…Erotismo, lujuria masculina, vejez y violencia se entretejen en esta fulgurante novela breve que amalgama, como es típico en la obra del Premio Nobel de Literatura, motivos tradicionales de la estética japonesa con temas modernos en ambientes casi irreales. Magnífica pero profundamente perturbadora, La casa de las bellas durmientes es una escalofriante meditación sobre la sexualidad y la muerte.

 

Un brazo
[Cuento – Texto completo.]

Yasunari Kawabata
-Puedo dejarte uno de mis brazos para esta noche -dijo la muchacha. Se quitó el brazo derecho desde el hombro y, con la mano izquierda, lo colocó sobre mi rodilla.

-Gracias -me miré la rodilla. El calor del brazo la penetraba.

-Pondré el anillo. Para recordarte que es mío -sonrió y levantó el brazo izquierdo a la altura de mi pecho-. Por favor -con un solo brazo era difícil para ella quitarse el anillo.

-¿Es un anillo de compromiso?

-No, un regalo. De mi madre.

Era de plata, con pequeños diamantes engarzados.

-Tal vez se parezca a un anillo de compromiso, pero no me importa. Lo llevo, y cuando me lo quito es como si estuviera abandonando a mi madre.

Levanté el brazo que tenía sobre la rodilla, saqué el anillo y lo deslicé en el anular.

-¿En éste?

-Sí -asintió ella-. Parecería artificial si no se doblan los dedos y el codo. No te gustaría. Deja que los doble por ti.

Tomó el brazo de mi rodilla y, suavemente, apretó los labios contra él. Entonces los posó en las articulaciones de los dedos.

-Ahora se moverán.

-Gracias -recuperé el brazo-. ¿Crees que me hablará? ¿Me dirigirá la palabra?

-Sólo hace lo que hacen los brazos. Si habla, me dará miedo tenerlo de nuevo. Pero inténtalo, de todos modos. Al menos debería escuchar lo que digas, si eres bueno con él.

-Seré bueno con él.

-Hasta la vista -dijo, tocando el brazo derecho con la mano izquierda, como para infundirle un espíritu propio-. Eres suyo, pero sólo por esta noche.

Cuando me miró, parecía contener las lágrimas.

-Supongo que no intentarás cambiarlo con tu propio brazo -dijo-. Pero no importa. Adelante, hazlo.

-Gracias.

Puse el brazo dentro de mi gabardina y salí a las calles envueltas por la bruma. Temía ser objeto de extrañeza si tomaba un taxi o un tranvía. Habría una escena si el brazo, ahora separado del cuerpo de la muchacha, lloraba o profería una exclamación.

Lo sostenía contra mi pecho, hacia el lado, con la mano derecha sobre la redondez del hombro. Estaba oculto bajo la gabardina, y yo tenía que tocarla de vez en cuando con la mano izquierda para asegurarme de que el brazo seguía allí. Probablemente no me estaba asegurando de la presencia del brazo sino de mi propia felicidad.

Ella se había quitado el brazo en el punto que más me gustaba. Era carnoso y redondo; ¿estaría en el comienzo del hombro o en la parte superior del brazo? La redondez era la de una hermosa muchacha occidental, rara en una japonesa. Se encontraba en la propia muchacha, una redondez limpia y elegante como una esfera resplandeciente de una luz fresca y tenue. Cuando la muchacha ya no fuese pura, aquella gentil redondez se marchitaría, se volvería fláccida. Al ser algo que duraba un breve momento en la vida de una muchacha hermosa, la redondez del brazo me hizo sentir la de su cuerpo. Sus pechos no serían grandes. Tímidos, sólo lo bastante grandes para llenar las manos, tendrían una suavidad y una fuerza persistentes. Y en la redondez del brazo yo podía sentir sus piernas mientras caminaba. Las movería grácilmente, como un pájaro pequeño o una mariposa trasladándose de flor en flor. Habría la misma melodía sutil en la punta de su lengua cuando besara.
Era la estación para llevar vestidos sin manga. El hombro de la muchacha, recién destapado, tenía el color de la piel poco habituada al rudo contacto del aire. Tenía el resplandor de un capullo humedecido al amparo de la primavera y no deteriorado todavía por el verano. Aquella mañana yo había comprado un capullo de magnolia y ahora estaba en un búcaro de cristal; y la redondez del brazo de la muchacha era como el gran capullo blanco. Su vestido tenía un corte más radical que la mayoría de vestidos sin mangas. La articulación del hombro quedaba al descubierto, así como el propio hombro. El vestido, de seda verde oscuro, casi negro, tenía un brillo suave. La muchacha estaba en la delicada inclinación de los hombros, que formaban una dulce curva con la turgencia de la espalda. Vista oblicuamente desde atrás, la carne de los hombros redondos hasta el cuello largo y esbelto se detenía bruscamente en la base de sus cabellos peinados hacia arriba, y la cabellera negra parecía proyectar una sombra brillante sobre la redondez de los hombros.

Ella había intuido que la consideraba hermosa, y me había prestado el brazo por esta redondez del hombro.

Cuidadosamente oculto debajo de mi gabardina, el brazo de la muchacha estaba más frío que mi mano. Mi corazón desbocado me causaba vértigo, y sabía que tendría la mano caliente. Quería que el calor permaneciera así, pues era el calor de la propia muchacha. Y la fresca sensación que había en mi mano me comunicaba el placer del brazo. Era como sus pechos, aún no tocados por un hombre.

La niebla se espesó todavía más, la noche amenazaba lluvia y mi cabello descubierto estaba húmedo. Oí una radio que hablaba desde la trastienda de una farmacia cerrada. Anunciaba que tres aviones cuyo aterrizaje era impedido por la niebla estaban sobrevolando el aeropuerto desde hacía media hora. Llamó la atención de los radioescuchas hacia el hecho de que en las noches de niebla los relojes podían estropearse, y que en tales noches los muelles tenían tendencia a romperse si se tensaban demasiado. Busqué las luces de los aviones, pero no pude verlas. No había cielo. La presión de la humedad invadía mis oídos, emitiendo un sonido húmedo como el retorcerse de millares de lombrices distantes. Me quedé frente a la farmacia, esperando ulteriores advertencias. Me enteré de que en noches semejantes los animales salvajes del zoológico, leones, tigres, leopardos y demás, rugían su malestar por la humedad, y que no tardaríamos en oírlos. Hubo un bramido como si bramara la tierra. Y entonces supe que las mujeres embarazadas y las personas melancólicas debían acostarse temprano en tales noches, y que las mujeres que perfumaban directamente su piel tendrían dificultades en eliminar después el perfume.

Al oír el rugido de los animales empecé a andar, y la advertencia sobre el perfume me persiguió. Aquel airado rugido me había puesto nervioso, y seguí andando para que mi inquietud no se transmitiera al brazo de la muchacha. Esta no estaba embarazada ni era melancólica, pero me pareció que esta noche en que tenía un solo brazo debía tener en cuenta el consejo de la radio y acostarse temprano. Esperé que durmiera plácidamente.

Mientras cruzaba la calle apreté mi mano izquierda contra la gabardina. Sonó un claxon. Algo me rozó por el lado y tuve que escabullirme. Tal vez la bocina había asustado el brazo. Los dedos estaban crispados.

-No te preocupes -dije-. Estaba muy lejos, no podía vernos. Por eso hizo sonar la bocina.

Como sostenía algo importante para mí, había mirado en ambas direcciones. El sonido del claxon fue tan lejano que pensé que iba dirigido a otra persona. Miré hacia la dirección de donde procedía, pero no pude ver a nadie. Solamente vi los faros, que se convirtieron en una mancha de color violeta pálido. Un color extraño para unos faros. Me detuve en la acera y lo vi pasar. Conducía el coche una mujer vestida de rojo. Me pareció que se volvía hacia mí y me saludaba con la mano. Sentí el deseo de echar a correr, temiendo que la muchacha hubiera venido a recuperar el brazo. Entonces recordé que no podía conducir con uno solo. Pero, ¿acaso la mujer del coche no había visto lo que yo llevaba? ¿No lo habría adivinado con su intuición femenina? Tendría que ser muy cauteloso para no enfrentarme a otra de su sexo antes de llegar a mi apartamento. Las luces de detrás eran también de un color violeta pálido. No distinguí el coche. Bajo la niebla cenicienta, una mancha color de espliego surgió de pronto y desapareció.

«Conduce sin ninguna razón, sin otra razón que la de conducir. Y mientras lo hace, desaparecerá –murmuré para mí mismo-. ¿Y qué era lo que iba sentado en el asiento trasero?»

Nada, al parecer. ¿Sería porque me paseaba llevando brazos de muchachas por lo que me sentía tan nervioso por la vaciedad? El coche conducido por aquella mujer llevaba consigo la pegajosa niebla nocturna. Y algo que había en ella había prestado a los faros un tono ligeramente violeta. Si no era de su propio cuerpo, ¿de dónde procedía aquella luz purpúrea? ¿Podía el brazo que yo ocultaba envolver en vaciedad a una mujer que conducía sola en una noche semejante? ¿Habría hecho ésta una seña al brazo de la muchacha desde su coche? En una noche así podía haber ángeles y fantasmas por la calle, protegiendo a las mujeres. Tal vez aquélla no iba en un coche, sino en una luz violeta. Su paseo no había sido en vano. Había espiado mi secreto.

Llegué al apartamento sin encuentros ulteriores. Me quedé escuchando ante la puerta. La luz de una luciérnaga pasó sobre mi cabeza y desapareció. Era demasiado grande y demasiado intensa para una luciérnaga. Retrocedí. Pasaron varias luces semejantes a luciérnagas, que desaparecieron incluso antes de que la espesa niebla pudiera absorberlas. ¿Se me habría adelantado un fuego fatuo, una especie de fuego mortífero, para esperar mi regreso? Pero entonces vi que se trataba de un enjambre de pequeñas polillas. Al pasar frente a la luz de la puerta, las alas de las polillas brillaban como luciérnagas. Demasiado grandes para ser luciérnagas, y sin embargo, tan pequeñas, como polillas, que invitaban al error.

Evitando el ascensor automático, me escabullí por las estrechas escaleras hasta el tercer piso. Como no soy zurdo, tuve cierta dificultad en abrir la puerta. Cuanto más lo intentaba, más temblaba mi mano, como si estuviera dominada por el terror que sigue a un crimen. Algo estaría esperándome dentro de la habitación, una habitación donde vivía solo; ¿y no era la soledad una presencia? Con el brazo de la muchacha ya no estaba solo. Y por eso, tal vez, mi propia soledad me esperaba allí para intimidarme.

-Adelante -dije, descubriendo el brazo de la muchacha cuando por fin abrí la puerta-. Bienvenido a mi habitación. Voy a encender la luz.

-¿Tienes miedo de algo? -pareció decir el brazo-. ¿Hay algo aquí dentro?

-¿Crees que puede haberlo?

-Percibo cierto olor.

-¿Olor? Debe ser el tuyo. ¿No ves rastros de mi sombra allí arriba, en la oscuridad? Mira con atención. Quizá mi sombra esperara mi regreso.

-Es un olor dulce.

-¡Ah!, la magnolia -contesté con alivio.

Me alegró que no fuera el olor mohoso de mi soledad. Un capullo de magnolia era digno de mi atractivo huésped. Me estaba acostumbrando a la oscuridad; incluso en plenas tinieblas sabía dónde se encontraba todo.

-Permíteme que encienda la luz -una extraña observación, viniendo del brazo-. Aún no conocía tu habitación.

-Gracias. Me causará una gran satisfacción. Hasta ahora nadie más que yo ha encendido las luces aquí.

Acerqué el brazo al interruptor que hay junto a la puerta. Las cinco luces se encendieron inmediatamente: en el techo, sobre la mesa, junto a la cama, en la cocina y en el cuarto de baño. No me había imaginado que pudieran ser tan brillantes.

La magnolia había florecido enormemente. Por la mañana era un capullo. Podía haberse limitado a florecer, pero había estambres sobre la mesa. Curioso, me fijé más en los estambres que en la flor blanca. Mientras recogía uno o dos y los contemplaba, el brazo de la muchacha, que estaba sobre la mesa, empezó a moverse, con los dedos como orugas, y a recoger los estambres en la mano. Fui a tirarlos a la papelera.

-Qué olor tan fuerte. Me penetra la piel. Ayúdame.

-Debes estar cansado. No ha sido un paseo fácil. ¿Y si descansaras un poco?

Puse el brazo sobre la cama y me senté a su lado. Lo acaricié suavemente.

-Qué bonita. Me gusta -el brazo debía referirse a la colcha, que tenía flores estampadas de tres colores sobre un fondo azul. Algo animado para un hombre que vivía solo-. De modo que aquí es donde pasaremos la noche. Estaré muy quieto.

-¿Ah, sí?

-Permaneceré a tu lado y no a tu lado.

La mano cogió la mía, suavemente. Las uñas, lacadas con minuciosidad, eran de un rosa pálido. Los extremos sobrepasaban con mucho los dedos.

Junto a mis propias uñas, cortas y gruesas, las suyas poseían una belleza extraña, como si no pertenecieran a un ser humano. Con tales yemas de los dedos, quizás una mujer trascendiera la mera humanidad. ¿O acaso perseguía la feminidad en sí? Una concha luminosa por el diseño de su interior, un pétalo bañado en rocío, pensé en los símiles obvios. Sin embargo, no recordé ningún pétalo o concha cuyo color y forma fuesen parecidos. Eran las uñas de los dedos de la muchacha, incomparables con otra cosa. Más traslúcidos que una concha delicada, que un fino pétalo, parecían contener un rocío de tragedia. Cada día y cada noche las energías de la muchacha se dedicaban a dar brillo a esta belleza trágica. Penetraba mi soledad. Tal vez mi soledad, mi anhelo, la transformaba en rocío.

Posé su dedo meñique en el índice de mi mano libre, contemplando la uña larga y estrecha mientras la frotaba con mi pulgar. Mi dedo tocaba el extremo del suyo, protegido por la uña. El dedo se dobló, y el codo también.

-¿Sientes cosquillas? -pregunté-. Seguro que sí.

Había hablado imprudentemente. Sabía que las yemas de los dedos de una mujer son sensibles cuando las uñas son largas. Y así había dicho al brazo de la muchacha que había conocido a otras mujeres.

Una de ellas, no mucho mayor que la muchacha que me había prestado el brazo, pero mucho más madura en su experiencia de los hombres, me había dicho que las yemas de los dedos, ocultas de este modo bajo las uñas, eran a menudo extremadamente sensibles. Se adquiría la costumbre de tocar las cosas con las uñas y no con las yemas, y por lo tanto éstas sentían un cosquilleo cuando algo las rozaba.

Yo había demostrado asombro ante este descubrimiento, y ella continuó:
-Si, por ejemplo, estás cocinando, o comiendo, y algo te toca las yemas de los dedos y das un respingo, parece tan sucio…

¿Era la comida lo que parecía impuro, o la punta de la uña? Cualquier cosa que tocara sus dedos le repugnaba por su suciedad. Su propia pureza dejaba una gota de trágico rocío bajo la sombra larga de la uña. No cabía suponer que hubiera una gota de rocío para cada uno de los diez dedos.

Era natural que por esta razón yo deseara aún más tocar las yemas de sus dedos, pero me contuve. Mi soledad me contuvo. Era una mujer en cuyo cuerpo no se podía esperar que quedasen muchos lugares sensibles.

En cambio, en el cuerpo de la muchacha que me había prestado el brazo serían innumerables. Tal vez, al jugar con las yemas de los dedos de semejante muchacha, ya no sentiría culpa, sino afecto. Pero ella no me había prestado el brazo para tales desmanes. No debía hacer una comedia de su gesto.

-La ventana -no advertí que la ventana estaba abierta, sino que la cortina estaba descorrida.

-¿Habrá algo que mire hacia adentro? -preguntó el brazo de la muchacha.

-Un hombre o una mujer, nada más.

-Nada humano me vería. Si acaso sería un ser. El tuyo.

-¿Un ser? ¿Qué es eso? ¿Dónde está?

-Muy lejos -dijo el brazo, como cantando para consolarme-. La gente va por ahí buscando seres, muy lejos.

-¿Y llegan a encontrarlos?

-Muy lejos -repitió el brazo.

Se me antojó que el brazo y la propia muchacha se hallaban a una distancia infinita uno de otra. ¿Podría el brazo volver a la muchacha, tan lejos? ¿Podría yo devolverlo, tan lejos? El brazo reposaba tranquilamente, confiando en mí; ¿dormiría la muchacha con la misma confianza tranquila? ¿No habría dureza, una pesadilla? ¿Acaso no había dado la impresión de contener las lágrimas cuando se separó de él? Ahora, el brazo estaba en mi habitación, que la propia muchacha aún no había visitado.

La humedad nublaba la ventana, como el vientre de un sapo extendido sobre ella. La niebla parecía retener la lluvia en el aire, y la noche, al otro lado de la ventana, perdía distancia, pese a estar envuelta en una lejanía ilimitada. No se veían tejados, no se oía ninguna bocina.

-Cerraré la ventana -dije, asiendo la cortina.

También ella estaba húmeda. Mi rostro apareció en la ventana, más joven que mis treinta y tres años. Sin embargo, no vacilé en correr la cortina. Mi rostro desapareció.

De pronto, el recuerdo de una ventana. En el noveno piso de un hotel, dos niñas vestidas con faldas amplias y rojas jugaban ante la ventana. Niñas muy parecidas con ropas similares, occidentales, tal vez mellizas. Golpeaban el cristal, empujándolo con los hombros y empujándose mutuamente. Su madre tejía, de espaldas a la ventana. Si la gran hoja de cristal se hubiera roto o desprendido de su marco, habrían caído desde el piso noveno. Sólo yo pensé en el peligro. Su madre estaba totalmente distraída. De hecho, el cristal era tan sólido que no existía el menor peligro.

-Es hermosa -dijo el brazo desde la cama, cuando me aparté de la ventana. Quizás hablara de la cortina, cuyo estampado era el mismo que el de la colcha.

-¡Oh! Pero el sol la ha descolorido y casi habría que tirarla -me senté en la cama y coloqué el brazo sobre mi rodilla-. Eso sí que es hermoso. Más hermoso que todo.

Tomando la palma de la mano en mi propia palma derecha, y el hombro en mi mano izquierda, doblé el codo y lo volví a doblar.

-Pórtate bien -dijo el brazo, como sonriendo suavemente-. ¿Te diviertes?

-Nada en absoluto.

Una sonrisa apareció efectivamente en el brazo, cruzándolo como una luz. Era la misma sonrisa fresca de la mejilla de la muchacha.
Yo conocía esta sonrisa. Con los codos en la mesa, ella solía enlazar las manos con soltura y apoyar en ellas el mentón o la mejilla. La posición hubiera debido ser poco elegante en una muchacha; pero había en ella una cualidad sutilmente seductora que hacía parecer inadecuadas expresiones como «los codos en la mesa». La redondez de los hombros, los dedos, el mentón, las mejillas, las orejas, el cuello largo y esbelto, el cabello, todo se juntaba en un único movimiento armonioso. Al usar hábilmente el cuchillo y el tenedor, con el primer dedo y el meñique doblados, los levantaba de modo casi imperceptible de vez en cuando. La comida pasaba por los pequeños labios y ella tragaba; yo tenía ante mí menos a una persona cenando que a una música incitante de manos, rostro y garganta. La luz de su sonrisa fluyó a través de la piel de su brazo.

El brazo parecía sonreír porque, mientras yo lo doblaba, olas muy suaves pasaron sobre los músculos firmes y delicados para enviar ondas de luz y sombra sobre la piel tersa. Antes, cuando había tocado las yemas de los dedos bajó las largas uñas, la luz que pasaba por el brazo al doblarse el codo había atraído mi mirada. Fue aquello, y no un impulso cualquiera de causar daño, lo que me incitó a doblar y desdoblar el brazo. Me detuve, y lo contemplé estirado sobre mi rodilla. Luces y sombras frescas seguían pasando por él.

-Me preguntas si me divierto. ¿Te das cuenta de que tengo permiso para cambiarte por mi propio brazo?

-Sí.

-En cierto modo, me asusta hacerlo.

-¿Ah, sí?
-¿Puedo?

-Por favor.

Oí el permiso concedido y me pregunté si lo aceptaría.

-Dilo otra vez. Di «por favor».

-Por favor, por favor.

Me acordé. Era como la voz de una mujer que había decidido entregarse a mí, no tan hermosa como la muchacha que me había prestado el brazo. Tal vez existía algo extraño en ella.

-Por favor -me había dicho, mirándome. Yo puse los dedos sobre sus párpados y los cerré. Su voz temblaba-. «Jesús lloró. Entonces dijeron los judíos: “¡Miren cuánto la amaba!»

Era un error decir «la» en vez de «le». Se trataba de la historia del difunto Lázaro. Quizá, siendo ella una mujer, lo recordaba mal, o quizá la sustitución era intencionada.

Las palabras, tan inadecuadas a la escena, me trastornaron. La miré con fijeza, preguntándome si brotarían lágrimas en los ojos cerrados.

Los abrió y levantó los hombros. Yo la empujé hacia abajo con el brazo.

-¡Me haces daño! -se llevó la mano a la nuca.

Había una pequeña gota de sangre en la almohada blanca. Apartando sus cabellos, posé los labios en el punto de sangre que se iba hinchando en su cabeza.

-No importa -se quitó todas las horquillas-. Sangro con facilidad. Al menor contacto.

Una horquilla le había pinchado la piel. Un estremecimiento pareció sacudir sus hombros, pero se controló.

Aunque creo comprender lo que siente una mujer cuando se entrega a un hombre, sigue habiendo en el acto algo inexplicable. ¿Qué es para ella? ¿Por qué ha de desearlo, por qué ha de tomar la iniciativa? Jamás pude aceptar realmente la entrega, aun sabiendo que el cuerpo de toda mujer está hecho para ella. Incluso ahora, que soy viejo, me parece extraño. Y las actitudes adoptadas por diversas mujeres: diferentes, si se quiere, o tal vez similares, o incluso idénticas. ¿Acaso no es extraño? Quizá la extrañeza que encuentro en todo ello es la curiosidad de un hombre más joven, o la desesperación de uno de edad avanzada. O tal vez una debilidad espiritual que padezco.

Su angustia no era común a todas las mujeres en el acto de la entrega. Y con ella ocurrió solamente aquella única vez. El hilo de plata estaba cortado, la taza de oro, destruida.

«Por favor», había dicho el brazo, recordándome así a la otra muchacha; pero ¿eran realmente iguales ambas voces? ¿No habrían sonado parecidas porque las palabras eran las mismas? ¿Hasta este punto se habría independizado el brazo del cuerpo del que estaba separado? ¿Y no eran las palabras el acto de entregarse, de estar dispuesto a todo, sin reservas, responsabilidad o remordimiento?

Me pareció que si aceptaba la invitación y cambiaba el brazo con el mío, causaría a la muchacha un dolor infinito.

Miré el brazo que tenía sobre la rodilla. Había una sombra en la parte interior del codo. Me dio la impresión de que podría absorberla. Apreté mis labios contra el codo, para sorber la sombra.

-Me haces cosquillas. Pórtate bien -el brazo estaba en torno a mi cuello, rehuyendo mis labios.

-Precisamente cuando bebía algo bueno.

-¿Y qué bebías?

No contesté.

-¿Qué bebías?

-El olor de la luz. De la piel.

La niebla parecía más espesa; incluso las hojas de la magnolia se antojaban húmedas. ¿Qué otras advertencias emitiría la radio? Caminé hacia mi radio de sobremesa y me detuve. Escucharla con el brazo alrededor de mi cuello parecía excesivo. Pero sospechaba que oiría algo similar a esto: a causa de las ramas mojadas, y de sus propias alas y patas mojadas, muchos pájaros pequeños han caído al suelo y no pueden volar. Los coches que estén cruzando un parque deben tomar precauciones para no atropellarlos. Y si se levanta un viento cálido, es probable que la niebla cambie de color. Las nieblas de color extrañó son nocivas. Por consiguiente, los radioescuchas deben cerrar con llave sus puertas si la niebla adquiere un tono rosa o violeta.

-¿Cambiar de color? -murmuré-. ¿Volverse rosa o violeta?

Aparté la cortina y miré hacia fuera. La niebla parecía condensarse con un peso vacío. ¿Acaso se debía al viento que hubiera en el aire una oscuridad sutil, diferente de la habitual negrura de la noche? El espesor de la niebla parecía infinito, y no obstante, más allá de ella se retorcía y enroscaba algo terrorífico.

Recordé que antes, mientras me dirigía a casa con el brazo prestado, los faros delanteros y traseros del coche conducido por la mujer vestida de rojo aparecían indistintos en la niebla. Una esfera grande y borrosa de tono violeta parecía aproximarse ahora a mí. Me apresuré a retirarme de la ventana.
-Vámonos a la cama. Nosotros también.

Daba la impresión de que nadie más en el mundo estaba levantado. Estar levantado era el terror.
Después de quitarme el brazo del cuello y colocarlo sobre la mesa, me puse un kimono de noche limpio, de algodón estampado. El brazo me observó mientras me cambiaba. Me avergonzaba ser observado. Ninguna mujer me había visto desnudándome en mi habitación.

Con el brazo en el mío, me metí en la cama. Me acosté a su lado y lo atraje suavemente hacia mi pecho. Se quedó inmóvil.

Con intermitencias podía oír un leve sonido, como de lluvia, un sonido muy ligero, como si la niebla no se hubiera convertido en lluvia, sino que ella misma estuviera formando gotas. Los dedos entrelazados con los míos bajo la manta adquirieron más calor; y el hecho de que no se hubieran calentado a mi propia temperatura me comunicó la más serena de las sensaciones.

-¿Estás dormido?

-No -replicó el brazo.

-Estabas tan quieto que pensé que te habrías dormido.

-¿Qué quieres que haga?

Abriendo mi kimono, llevé el brazo a mi pecho. La diferencia de calor me penetró. En la noche algo sofocante, algo fría, la suavidad de la piel era agradable.

Las luces seguían encendidas. Había olvidado apagarlas al meterme en la cama.

-Las luces -me levanté, y el brazo se cayó de mi pecho.

Me apresuré a recogerlo.

-¿Quieres apagar las luces? -me dirigí hacia la puerta-. ¿Duermes a oscuras o con las luces encendidas?

El brazo no respondió. Tenía que saberlo. ¿Por qué no contestaba? Yo no conocía las costumbres nocturnas de la muchacha. Comparé las dos imágenes: dormida a oscuras y con la luz encendida. Decidí que esta noche, sin el brazo, dormiría con luz. En cierto modo, yo también prefería tenerla encendida. Quería contemplar el brazo. Quería mantenerme despierto y mirar el brazo cuando estuviera dormido. Pero los dedos se estiraron y apretaron el interruptor.

Volví a la cama y me acosté en la oscuridad, con el brazo junto a mi pecho. Guardé silencio, esperando que se durmiera. Ya fuese porque estaba insatisfecho o temeroso de la oscuridad, la mano permanecía abierta a mi lado, y poco después los cinco dedos empezaron a recorrer mi pecho. El codo se dobló por propia iniciativa, y el brazo me abrazó.

En la muñeca de la muchacha había un pulso delicado. Reposaba sobre mi corazón, de forma que los dos pulsos sonaban uno contra otro. El suyo era al principio un poco más lento que el mío, y al poco rato coincidieron. Y algo después ya sólo podía sentir el mío. Ignoraba cuál era más rápido y cuál más lento.

Tal vez esta identidad de pulso y latido fuera para un breve período en el que yo podía intentar cambiar el brazo con el mío. ¿O acaso estaría durmiendo? Una vez oí decir a una muchacha que las mujeres eran menos felices en las angustias del éxtasis que durmiendo pacíficamente junto a sus hombres; pero jamás una mujer había dormido tan pacíficamente junto a mí como este brazo.

Yo era consciente del latido de mi corazón gracias al pulso que latía sobre él. Entre un latido y el siguiente, algo se alejaba muy de prisa y, también muy de prisa, volvía.

Mientras yo escuchaba los latidos, la distancia pareció aumentar, y por mucho que este algo se alejara, por muy infinitamente lejos que se fuera, no encontraba nada en su destino. El próximo latido lo hacía volver. Yo debía haber tenido miedo, pero no lo tenía. No obstante, busqué el interruptor que estaba junto a la almohada.

Antes de oprimirlo, enrollé la manta hacia abajo. El brazo continuaba dormido, ignorante de lo que ocurría. Una dulce franja del más pálido blanco rodeaba mi pecho desnudo, y parecía surgir de la misma carne, como el resplandor que antecede a la salida de un sol caliente y diminuto.

Encendí la luz. Puse mis manos sobre los dedos y el hombro, y estiré el brazo. Le di unas vueltas en silencio, contemplando el juego de luces y sombras desde la redondez del hombro hasta la finura y turgencia del antebrazo, el estrechamiento de la suave curva del codo, la sutil depresión en el interior del codo, la redondez de la muñeca, la palma y el dorso de la mano,y después los dedos.

«Me lo quedaré.» No tuve conciencia de haber murmurado las palabras. En un trance, me quité el brazo derecho y lo sustituí por el de la muchacha.

Hubo un ligero sonido entrecortado -no pude saber si mío o del brazo- y un espasmo en mi hombro. Así fue como me enteré del cambio.

El brazo de la muchacha, ahora mío, temblaba y se movía en el aire. Lo doblé y lo acerqué a mi boca.

-¿Duele? ¿Te duele?

-No. Nada, nada -las palabras eran vacilantes.

Un estremecimiento me recorrió como un relámpago.

Tenía los dedos en la boca.

De algún modo proferí mi felicidad, pero los dedos de la muchacha estaban sobre mi lengua, y dijera lo que dijese, no formé ninguna palabra.

-Por favor. Todo va bien -replicó el brazo. El temblor cesó-. Me dijeron que podías hacerlo. Y no obstante…

Me di cuenta de algo. Podía sentir los dedos de la muchacha en la boca, pero los dedos de su mano derecha, que ahora eran los de mi propia mano derecha, no podían sentir mis labios o mis dientes. Presa del pánico, sacudí mi mano derecha y no pude sentir las sacudidas. Había una interrupción, un paro, entre el brazo y el hombro.

-La sangre no fluye -prorrumpí-. ¿Verdad que no?

Por primera vez, el miedo me atenazó. Me incorporé en la cama. Mi propio brazo había caído junto a mí. Separado de mí, era un objeto repelente. Pero más importante, ¿se habría detenido el pulso? El brazo de la muchacha estaba caliente y palpitaba; el mío parecía estar quedándose frío y rígido. Con el brazo de la muchacha, tomé mi propio brazo derecho. Lo tomé, pero no hubo sensación.

-¿Hay pulso? -pregunté al brazo-. ¿Está frío?

-Un poco. Algo más frío que yo. Yo estoy muy caliente.

Había algo especialmente femenino en la cadencia. Ahora que el brazo estaba sujeto a mi hombro y se había convertido en mío, parecía más femenino que antes.

-¿El pulso no se ha detenido?

-Deberías ser más confiado.

-¿Por qué?

-Has cambiado tu brazo por el mío, ¿verdad?

-¿Fluye la sangre?
-«Mujer, ¿a quién buscas? ¿Conoces el pasaje?»

-«Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»»

-Muy a menudo, cuando estoy soñando y me despierto en plena noche, me lo susurro a mí mismo.

Esta vez, naturalmente, quien hablaba debía ser la propietaria del atractivo brazo unido a mi hombro. Las palabras de la Biblia parecían pronunciadas por una voz eterna, en un lugar eterno.

-¿Le resultará difícil dormir? -yo también hablaba de la propia muchacha-. ¿Tendrá una pesadilla? Esta niebla invita a perderse en miles de pesadillas. Pero la humedad hará toser hasta a los demonios.

-Para que no puedas oírles -el brazo de la muchacha, con el mío todavía en su mano, cubrió mi oreja derecha.

Ahora era mi propio brazo derecho, pero el movimiento no parecía haber procedido de mi voluntad sino de la suya, de su corazón. Pese a ello, la separación distaba de ser tan completa.

-El pulso. El sonido del pulso.

Escuché el pulso de mi propio brazo derecho. El brazo de la muchacha se había acercado a mi oreja con mi propio brazo en su mano, y tenía mi propia muñeca junto al oído. Mi brazo estaba caliente; como el brazo de la muchacha había dicho, sólo perceptiblemente más frío que sus dedos y mi oreja.

-Mantendré alejados a los demonios -traviesamente, con suavidad, la uña larga y delicada de su dedo meñique se movió en mi oreja. Yo meneé la cabeza. Mi mano izquierda, la mía desde el principio, tomó mi muñeca derecha, que era la de la muchacha. Cuando eché atrás la cabeza, advertí el meñique de la muchacha.

Cuatro dedos de su mano asían el brazo que yo había separado de mi hombro derecho. Solamente el meñique -¿diremos que sólo él podía jugar libremente?- estaba doblado hacia el dorso de la mano. La punta de la uña apenas tocaba mi brazo derecho. El dedo estaba doblado en una posición posible únicamente para la mano flexible de una muchacha, descartada para un hombre de articulaciones duras como yo. Se elevaba en ángulos rectos desde la base. En la primera articulación se doblaba en otro ángulo recto, y en la siguiente, en otro. De este modo trazaba un cuadrado, cuyo lado izquierdo estaba formado por el dedo anular.
Formaba una ventana rectangular al nivel de mis ojos. O más bien una mirilla, o un anteojo, demasiado pequeño para ser una ventana; pero por alguna razón pensé en una ventana. La clase de ventana por la que podría mirar una violeta. Esta ventana del dedo meñique, este anteojo formado por los dedos, tan blanco que despedía un débil resplandor, lo acerqué lo más posible a uno de mis ojos, y cerré el otro.

-¿Un mundo nuevo? -preguntó el brazo-. ¿Y qué ves?

-Mi oscura habitación. Sus cinco luces -antes de terminar la frase, casi grité-. ¡No, no! ¡Ya lo veo!

-¿Y qué ves?

-Ha desaparecido.

-¿Y qué has visto?

-Un color. Una mancha púrpura. Y en su interior, pequeños círculos, pequeñas cuentas rojas y doradas, describiendo círculos una y otra vez.

-Estás cansado -el brazo de la muchacha dejó mi brazo derecho, y sus dedos me acariciaron suavemente los párpados.

-¿Giraban las cuentas rojas y doradas en una enorme rueda dentada? ¿He visto algo en la rueda dentada, algo que iba y venía?

Yo ignoraba si realmente había visto algo en ella o sólo me lo había parecido: una ilusión efímera, que no permanecía en la memoria. No podía recordar qué había sido.

-¿Era una ilusión que querías enseñarme?

-No. Al final la he borrado.

-De días que ya pasaron. De nostalgia y tristeza. Sus dedos dejaron de moverse sobre mis párpados. Formulé una pregunta inesperada.

-Cuando te sueltas el cabello, ¿te cubre los hombros?

-Sí. Lo lavo con agua caliente, pero después, tal vez una manía mía, lo mojo con agua fría. Me gusta sentir el cabello frío sobre mis hombros y brazos, y también contra los pechos.

Naturalmente, volvía a hablar la muchacha. Sus pechos nunca habían sido tocados por un hombre, y sin duda le hubiera resultado difícil describir la sensación del cabello frío y mojado sobre ellos. ¿Acaso el brazo, separado del cuerpo, se había separado también de la timidez y la reserva?

En silencio posé la mano izquierda sobre la suave redondez de su hombro, que ahora era mío. Se me antojó que tenía en la mano la redondez, aún pequeña, de sus pechos. La redondez de los hombros se convirtió en la suave redondez de los pechos.

Su mano se posó suavemente sobre mis párpados. Los dedos y la mano permanecieron así, impregnándose, y la parte interior de los párpados pareció calentarse a su tacto. El calor penetró en mis ojos.
-Ahora la sangre está fluyendo -dije en voz baja-. Está fluyendo.

No fue un grito de sorpresa, como cuando advertí que había cambiado mi brazo por el suyo. No hubo estremecimiento ni espasmo, ni en el brazo de la muchacha ni en mi hombro. ¿Cuándo había empezado mi sangre a fluir por el brazo, y su sangre, en mi interior? ¿Cuándo había desaparecido la interrupción del hombro? La sangre pura de la muchacha estaba fluyendo, en este preciso momento, a través de mí; pero, ¿no habría algo desagradable cuando el brazo fuera devuelto a la muchacha, con esta sangre masculina y sucia fluyendo por él? ¿Qué pasaría si no se adaptaba a su hombro?

-No semejante traición -murmuré.

-Todo irá bien -susurró el brazo.

No se produjo la conciencia dramática de que la sangre iba y venía entre el brazo y mi hombro. Mi mano izquierda, envolviendo mi hombro derecho, y el propio hombro, ahora mío, tenían una comprensión natural del hecho. Habían llegado a conocerlo. Este conocimiento los adormeció.

Me quedé dormido.

Flotaba sobre una enorme ola. Era la niebla envolvente cuyo color se había tornado violeta pálido, y había rizos de un verde pálido en el lugar donde yo flotaba, y sólo allí. La húmeda soledad de mi habitación había desaparecido. Mi mano izquierda parecía reposar ligeramente sobre el brazo derecho de la muchacha; Parecía como si sus dedos sostuvieran estambres de magnolia. Yo no podía verlos, pero sí olerlos. Los habíamos tirado, ¿y cuándo y cómo los recogió ella? Los pétalos blancos, de un solo día, aún no habían caído; ¿por qué, pues, los estambres? El coche de la mujer vestida de rojo pasó muy cerca, dibujando un gran círculo conmigo en el centro. Parecía vigilar nuestro sueño, el de la muchacha y el mío.

Nuestro sueño fue probablemente ligero, pero nunca había conocido un sueño tan cálido y dulce. Dormía siempre con inquietud, y aún no había sido bendecido con el sueño profundo de un niño.

La uña larga, estrecha y delicada arañó suavemente la palma de mi mano, y el tenue contacto hizo más profundo mi sueño. Desaparecí.

Me desperté gritando. Casi me caí de la cama, y caminé tambaleándome tres o cuatro pasos.

Me había despertado el contacto de algo repulsivo. Era mi brazo derecho.

Mientras recobraba el equilibrio, contemplé el brazo que estaba sobre la cama. Contuve el aliento, mi corazón se disparó y todo mi cuerpo fue recorrido por un estremecimiento. Vi el brazo en un instante, y al siguiente ya había arrancado de mi hombro el brazo de la muchacha y colocado nuevamente el mío propio. El acto fue como un asesinato provocado por un impulso repentino y diabólico.

Me arrodillé junto a la cama, apoyé el pecho contra ella y froté mi corazón demerite con la mano recobrada. A medida que los latidos se calmaban, cierta tristeza brotó desde una profundidad mayor que lo más profundo de mi ser.

-¿Dónde está su brazo? -levanté la cabeza.

Yacía a los pies de la cama, con la palma hacia arriba sobre el ovillo de la manta. Los dedos estirados no se movían. El brazo era débilmente blanco bajo la luz opaca.

Con una exclamación de alarma lo recogí y apreté con fuerza contra mi pecho. Lo abracé como se abraza a un niño pequeño a quien la vida está abandonando. Llevé los dedos a mis labios. ¡Ojalá el rocío de la mujer manara de entre las largas uñas y las yemas de los dedos!

FIN

La escritura pudorosa y eficaz de Leila Slimani.

El jurado del Goncourt ha otorgado el premio literario del mejor libro editado en francés en 2016 a Leïla Slimani por su novela Chanson douce, publicado con el sello de la editorial Gallimard. Se trata tan solo de la segunda novela de la joven escritora francesa de origen marroquí, un thriller sobre la historia de una niñera que asesina a los dos niños que cuida, y que ya antes del premio se había convertido en un récord de ventas. Slimani era también finalista al premio Renaudot que ha recaído finalmente en Yasmina Reza, autora de Babylone.

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Slimani, que comenzó a trabajar en 2008 como periodista en Jeune Afrique, una revista de la actualidad en el continente africano, ha intentado con esta novela rendir homenaje a la figura de las niñeras y “el lugar extraño que ocupan en las casas”. “Siempre me emocionó el lugar difícil, a veces incluso humillante que pueden llegar a tener”, explicó la recién galardonada, que opina que se trata de “un personaje novelesco” que “dice mucho de nuestra sociedad”. Su obra precedente, Dans le jardin de l’ogre (En el jardín del ogro, traducido literalmente), publicada también en Gallimard hace un año y medio, cuenta la vida de Adèle, una joven periodista adicta al sexo. Una historia, por cierto, inspirada en el escándalo sexual de Dominique Strauss-Kahn.

Un perfil de la autora, publicado en Libération en septiembre de 2014, bajo el título Madame Bovary X, da algunos detalles de su vida privada: casada con un banquero con el que comparte “el gusto por la fiesta” -él mismo la puso en contacto con el periodista que realizó la entrevista que supuso una de las primeras apariciones en prensa de la autora-, la pareja tiene un hijo de cinco años y vive en el pintoresco barrio de Montmartre, a los pies del tempo del Sagrado Corazón. Slimani llegó a París con 18 años, en 1999, desde Rabat, donde había realizado sus estudios en el Lycée Francés. Apenas habla árabe. La carrera de escritora no fue inmediata: estudió Letras y Estudios orientales en Sciences-Po y viajó con su madre por Europa del Este y Rusia siguiendo las huellas de algunos de sus escritores favoritos. En Francia se daría por vencida en su intento de ser actriz -“era una actriz mediocre y la industria del cine dejó de interesarme”, relató-, y pronto entró en contacto con el mundo de la prensa donde ha trabajado estos últimos años.Tanto a la hora de recibir la noticia del premio como en varias entrevistas publicadas recientemente, Slimani insiste en la influencia de sus padres, que educaron a sus tres hijos en “la libertad y la laicidad”. Su padre, banquero y Secretario de Estado de Asuntos Económicos en Marruecos en los años 70, se vio implicado en un escándalo financiero que supuso el fin de su carrera, aunque él siempre reivindicó su inocencia. Un cáncer se lo llevó en 2004. Su madre, franco-argelina, es médico. “Una de las primeras mujeres médico de Marruecos”, como contaba orgullosa su hija en el periódico galo. “En mi casa no había imperativos ideológicos ni a la hora de vestir. Éramos libres, hablábamos de todo”.

 

« Chanson douce », aimer à la folie

 

Nota: Por el momento sus obras sólo son disponible en francés.

Compilación realizada por Lorena Lacaille