La poeta enclaustrada: Emily Dickinson.

Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro.

Todo lo que sabemos del amor es que el amor es todo lo que hay.

Emily Dickinson

 

Considerada como una de las mejores poetisas de la literatura norteamericana del siglo XIX, la vida y la obra de Emily Dickinson fueron misteriosas y extrañas. Solamente cinco de sus poemas fueron publicados en vida, la mayoría de forma anónima; el resto, más de ochocientos poemas, fueron encontrados tras su muerte en su casa, donde había permanecido recluida los últimos años de su vida. El aislamiento voluntario sigue siendo a día de hoy un misterio para los estudiosos de la escritora. Un amor imposible o una enfermedad mental, son muchas las suposiciones que rodean la vida privada de una de las escritoras más excepcionales de la literatura universal.

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La hija modelo
Emily Elizabeth Dickinson nació el 10 de diciembre de 1830 en Amherst, Massachusetts. Su padre, Edward Dickinson, ejercía como juez y era representante de la Cámara de Diputados de Massachusetts. Su madre, Emily Norcross, estuvo postrada los últimos años de su vida y tanto Emily como su hermana pequeña Lavinia, tuvieron que hacerse cargo de ella. Ambas tenían un hermano mayor, William.

Aunque de su infancia se tienen pocos datos, sabemos que Emily creció en un ambiente profundamente puritano y que en algún momento decidió que quería estudiar, algo poco común entre las jovencitas de su círculo.
El corazón pide placer primero,
Luego excusa del dolor,
Luego los pequeños detalles
Que matan el dolor.

Luego irse a dormir,
Y luego, si tiene que ser
El deseo de su inquisidor,
El privilegio de morir.

En 1840, cuando Emily tenía diez años, fue inscrita por sus padres en la Academia de Amherst, un centro educativo masculino que dos años antes había abierto sus puertas por primera vez a las niñas. La pequeña aprovechó aquella oportunidad única. Historia, literatura, matemáticas, lenguas clásicas, todo lo que estuvo a su alcance fue estudiado por Emily con mayor o menor dificultad y superando la exigencia que ella misma se auto imponía y las deficiencias de salud que sufría.

Siete años después abandonaba el centro y el hogar familiar para ingresar en el Seminario para Señoritas Mary Lyon de Mount Holyoke donde además recibió formación religiosa. Su estancia en el seminario fue breve pues pocos meses después enfermó y tuvo que volver a casa. Emily no volvería a estudiar nunca más en un centro educativo.
Casa natal de Emily, hoy convertida en un museo sobre la escritora
La poetisa en la sombra
Desde muy pequeña, Emily dio rienda suelta a su creatividad en forma de versos. Poesías y más poesías que dejaba leer a muy pocas personas escogidas. Algunas de ellas, como la también escritora Helen Hunt Jackson o su editor Thomas Niles, intentaron una y otra vez sin éxito, que Emily aceptara publicar sus poemas. Ella se negó de modo que Helen solamente consiguió que Emily aceptara publicar un poema en una antología pero sin que apareciera su nombre. Los otros cuatro poemas que se publicaron en vida de la escritora aparecieron un un diario local también anónimamente y puede que sin el consentimiento de la autora.

Hay una languidez de la vida
Más inminente que la pena,
Es sucesora de la pena
Cuando el alma ha sufrido
Todo lo que puede.

Parecía que Emily solamente quería tener una vida tranquila, alejada del seguro éxito que le hubiera supuesto la publicación de su obra. Desde que abandonara el seminario, la joven vivió en el hogar familiar cuidando de sus padres y llevando una existencia austera. Hasta que algo sucedió en su vida y Emily se recluyó para siempre.

La poetisa de blanco

Última imagen de Emily,
ya vestida de blanco
En 1861, cuando apenas había alcanzado la treintena, Emily Dickinson empezó a reducir sus salidas y a limitar las visitas en casa y a vestir solamente de blanco. Pocos meses después, ya nadie la vio. Su extraña fobia a los demás y a salir de casa la llevó a recluirse en su habitación los últimos quince años de su vida.

Emily fallecía el 15 de mayo de 1886 después de años de sufrimiento causado por el Mal de Bright, al haber permanecido tanto tiempo inactiva.

La poetisa misteriosa
La personalidad de Emily Dickinson continúa siendo a día de hoy un misterio para los apasionados de su obra. Existen dos grandes misterios, el primero, no querer publicar nada de lo que escribía y siempre creyendo que sus versos no eran dignos de ser compartidos con el público. El segundo, por qué se recluyó de por vida sin una razón aparente.

Poco tiempo después de su muerte, su hermana descubrió en la habitación en la que había vivido Emily los últimos años ni más ni menos que cuarenta volúmenes que parecían haber sido encuadernados por la propia escritora. Aquellas joyas habían escondido en el silencio de sus páginas más de ochocientos poemas que el mundo pudo disfrutar cuando Emily ya no estaba. Poemas la mayoría de los cuales recogían versos de amor. De un amor secreto que, según algunos estudiosos, podría haber sido la causa de su extraño aislamiento del mundo.
Portada de la primera edición
de los poemas de Emily de 1890
En mi dedo tenía una sortija.
La brisa entre los árboles erraba.
El día estaba azul, cálido, bello.
Y me quedé dormida sobre la suave hierba.

Al despertar miré sobresaltada
Mi mano pura en aquella tarde clara.
La sortija entre mis dedos ya no estaba.
Cuanto poseo ahora en este mundo
Es sólo un recuerdo de color dorado.

Dos son los hombres que podrían haber roto el corazón de la poetisa. Algunos afirman que fue un amor de juventud que su padre prohibió tajantemente mientras que otros aseguran que fueron los sentimientos hacia un pastor protestante casado los que rompieron el corazón de Emily. Los más osados apuntan a una relación más allá de la familiar con su cuñada, Susana Huntington, una de las pocas personas que tuvo acceso a la obra de Emily en vida.

Pero solamente ella, la gran Emily Dickinson supo la verdad. Lo más importante sin embargo, fue el legado excepcional que regaló al mundo de la literatura y a los amantes de la poesía.

Algunos de sus poemas

Él era débil y yo era fuerte…

Él era débil y yo era fuerte,
después él dejó que yo le hiciera pasar
y entonces yo era débil y él era fuerte,
y dejé que él me guiara a casa.

No era lejos, la puerta estaba cerca,
tampoco estaba oscuro, él avanzaba a mi lado,
no había ruido, él no dijo nada,
y eso era lo que yo más deseaba saber.

El día irrumpió, tuvimos que separarnos,
ahora ninguno de los dos era más fuerte,
él luchó, yo también luché,
¡pero no lo hicimos a pesar de todo!

Versión de L.S.
Embriaguez

En jarros tallados en nácar
apuro un licor ignorado…
Tal vez ni del Rhin en las cavas
pudiera mi sed encontrarlo.

Con una embriaguez de rocío,
borracha de incógnitos hálitos,
tabernas de azul diluido
recorro en perpetuos veranos.

Cuando las abejas
y las mariposas,
agobiadas, ebrias,
vuelen de las pomas,
aún libaré yo mi vaso
de extraño licor…
Hasta que los ángeles
me agiten su níveo penacho,
y a los ventanales
celestes se asomen los santos
para contemplarme
borracha de azul y de sol.

Versión de Carlos López Narváez

 

En mi flor me he escondido…

En mi flor me he escondido
para que, si en el pecho me llevases,
sin sospecharlo tú también allí estuviera…
Y sabrán lo demás sólo los ángeles.

En mi flor me he escondido
para que, al deslizarme de tu vaso,
tú, sin saberlo, sientas
casi la soledad que te he dejado.

Versión de L.S.

 

En mi jardín avanza un pájaro…

En mi jardín avanza un pájaro
sobre una rueda con rayos –
de música persistente
como un molino vagabundo –

jamás se demora
sobre la rosa madura-
prueba sin posarse
elogia al partir,

cuando probó todos los sabores –
su cabriolé mágico
va a remolinear en lontananzas-
entonces me acerco a mi perro,

y los dos nos preguntamos
si nuestra visión fue real-
o si habríamos soñado el jardín
y esas curiosidades-

¡pero él, por ser más lógico,
señala a mis torpes ojos-
las vibrantes flores!
¡Sutil respuesta!

Versión de Silvina Ocampo

 

Ensueño

Para fugarnos de la tierra
un libro es el mejor bajel;
y se viaja mejor en el poema
que en el más brioso y rápido corcel

Aun el más pobre puede hacerlo,
nada por ello ha de pagar:
el alma en el transporte de su sueño
se nutre sólo de silencio y paz.

Versión de Carlos López Narváez

 

Es la dicha un abismo por lo tanto…

¿Es la dicha un abismo por lo tanto
que no me deja dar un paso en falso
por miedo a que el calzado se me arruine?

Prefiero que mis pies se den el gusto
a cuidar los zapatos-
porque en cualquier zapatería una
puede comprar
un nuevo Par-

Mas la dicha se vende una vez sola.
Perdida la patente
nadie podrá comprarla nunca más-
Díganme, pies, decidan la cuestión
¿debe cruzar la señorita, o no?
¡Expídanse, Zapatos!

Versión de Roberto Facceti

 

Estatura

Poder discrecional tuve en mi mano
y con denuedo contra el mundo fui;
dos veces temeraria lo he afrontado
tan sólo con la honda de David.

Aunque la piedra le arrojé segura
fui sólo yo la que me desplomé :
¿de Goliat fue muy grande la estatura
o quizá fue mayor mi pequeñez?

Versión de Carlos López Narváez

 

La sortija

En mi dedo tenía una sortija.
La brisa entre los árboles erraba.
El día estaba azul, cálido y bello.
Y me dormí sobre la yerba fina.

Al despertar miré sobresaltada
mi mano pura entre la tarde clara.
La sortija entre mi dedo ya no estaba.
Cuanto poseo ahora en este mundo
es un recuerdo de color dorado.

Versión de Eduardo Carranza

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