Vicky Baum música y literatura la combinación perfecta.

Hasta la década de los 60 del siglo XX, las novelas de Vicki Baum (Viena, 1888 – Hollywood, 1960) fueron extraordinariamente populares en toda Europa y América. Pese a tan duradero éxito, o quizá a causa de él, siempre fue considerada como una autora “menor”, sin calidad literaria; y hoy, sumida en el olvido, apenas se la reedita. Nunca se ha hecho, pues, justicia a una novelista que, sin imitar a nadie, desarrolló una nutrida obra narrativa cuya altura literaria resulta sorprendente. Lectores del siglo XXI: dejad de lado los prejuicios, y dadle una oportunidad. Se la merece.
En sus memorias, que se publicaron póstumamente bajo el título “It was all quite different” (Todo era muy distinto), Vicki Baum dice de sí misma:
“Cuando he escrito libros estrictamente alimenticios, lo he hecho a posta, para afinar mis herramientas y demostrar mis habilidades, y naturalmente, porque necesitaba dinero. También he escrito unos cuantos libros buenos. Sé lo que valgo: soy una escritora de segunda, aunque, dentro de mi clase, soy de primera fila.”

Una opinión pesimista, que casi se coloca del lado de quienes la han descalificado sistemáticamente, desde sus primeros éxitos en lengua alemana, que fueron tratados de “Trivialliteratur” o ficción popular, ligera, sentimental. Cuando, ya establecida en Estados Unidos, continúa vendiendo millones de ejemplares a lo largo y ancho del mundo, la crítica la ignora, o la trata con un paternalismo que bordea el desprecio, como a una autora de romances cosmopolitas, destinados a un público femenino ávido de emociones. Nada que ver con la verdad de la escritora Vicki Baum, coetánea de Stefan Zweig y de Erich Maria Remarque, cuya ingente obra, si bien no carece de altibajos, está animada por un gran vigor narrativo y por un estilo extraordinariamente personal.

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La carrera literaria de Hedwig Baum (que firmará todos sus escritos como Vicki) es de comienzo más bien tardío: su padre se opuso firmemente a que cultivara la afición por la literatura que sentía desde niña, convencido de que escribir no llevaba a nada útil. En cambio, nada tuvo que objetar Herr Baum a que su única hija se dedicara profesionalmente a la música, como deseaba su madre, ansiosa por asegurar a Vicki la independencia económica y personal que ella siempre echó en falta. Tras largos años de concienzuda preparación en el Conservatorio, en 1907 Fraülein Baum debuta como arpista en la Vienna Konzertverein, precedente de la actual Orquesta Sinfónica de Viena. A sus diecinueve años, es la única mujer entre los ochenta músicos. Su sensibilidad artística y su tesón hacen que pronto llegue a ser una solista de éxito, que en 1911 es especialmente requerida para estrenar una pieza de Mahler en Münich. Por esa época Vicki Baum ya ha perdido a su padre, que abandonó a la familia para empezar una nueva vida con otra mujer; y a su madre, precozmente fallecida en 1908. Quizá para huir de la soledad, se casa con un periodista de poca monta, Max Prels; y este matrimonio, aunque será de breve duración, le servirá para conocer el mundillo literario y dar sus primeros pasos como escritora. Tras divorciarse de Prels, Vicki Baum vuelve a casarse en 1916: su marido es ahora Richard Lert, director de orquesta, y la pareja se establece sucesivamente en Hannover, en Mannheim, y por fin en Berlín. De este matrimonio nacerán dos hijos, y aunque Baum abandonará su propia carrera musical para centrarse en apoyar la de su marido, no sucederá lo mismo con sus aspiraciones literarias.

En 1920, Vicki Baum había escrito “Camino a escena”, una novela de personajes apasionadamente caracterizados que se desarrolla entre los pasillos del Conservatorio y los grandes teatros de Viena, tal y como ella los había conocido en sus años juveniles. Las virtudes de ésta y de otras obras tempranas de la autora convencieron a la mayor editorial europea de la época, Ullstein, que en 1926 le ofreció un trabajo como redactora para las numerosas revistas del grupo, comprometiéndose además a publicar “Camino a escena” y otros tres libros más. Así fueron naciendo un libro tras otro, algunos publicados por entregas en revistas y periódicos, otros lanzados como volúmenes independientes; y el nombre de Vicki Baum fue, poco a poco, dándose a conocer.

La fama le llegó en 1928 con “Helene Willfur, estudiante de química”, una historia juvenil de esfuerzo y superación personal, ambientada en la ciudad universitaria de Heidelberg. La protagonista de esta breve novela es el prototipo de la “Nueva Mujer” de la Alemania de Weimar: independiente, capaz de sacrificarse por su futuro, de conseguir el éxito en su profesión y hasta de afrontar en solitario la maternidad. Sin embargo, la envuelve también un halo de encanto romántico, y vive una historia de amor poco convencional, aspectos que muy probablemente fueron la clave del enorme éxito de ventas que alcanzó la obra. “Helene Willfur, estudiante de química” es sin duda el fruto de una transacción entre autora y editorial, quizá una de las novelas a las que aquélla se referirá más adelante como “alimenticias” y en las que busca, con habilidades de buena artesana, dar al público exactamente lo que quiere. Años antes, en los fríos y hambrientos tiempos de la inmediata posguerra y la gran inflación, Vicki Baum había cultivado una literatura mucho más sombría y reflexiva, en novelas como “Las danzas de Ina Raffay” o “Ulle, el enano,” ambas centradas en la íntima soledad de seres marginales.

Vicki Baum ya es, pues, una autora popular entre los lectores en lengua alemana cuando, en 1929, publica la novela que le cambiará la vida. Algunas fuentes afirman que trabajó de incógnito durante algunos meses como camarera de piso en el Hotel Adlon de Berlín, para documentarse. Sea como fuere, lo cierto es que ya en el año 1930 este libro, el gran best-seller de la época, fue adaptado al teatro por Max Reinhardt; en 1932 fue llevado al cine en Hollywood, con un reparto lleno de estrellas, entre ellas Greta Garbo, John Barrymore y Joan Crawford; en 1936 ya había sido traducido a dieciséis idiomas, vendiendo millones de ejemplares en todos ellos. En 1958 volvería a ser adaptado, bastante libremente, por Hollywood bajo el título “Weekend at the Waldorf”; y sobre los escenarios de Broadway conocería dos adaptaciones al género musical, la primera en 1957 y la segunda, más reciente, en 1989. Estamos hablando de la novela con la que ya siempre se identificará el nombre de nuestra autora: “Grand Hotel”.

La idea central de esta obra consiste en presentar un establecimiento hotelero como el microcosmos donde se entrecruzan las vidas de diversos personajes, en un marco temporal reducido. Viene de otra novela anterior de la autora, “El lago de las damas”, si bien aquí se encuentra más depurada: el tiempo de desarrollo se reduce todavía más (es un fin de semana), el número de personajes crece y su procedencia se diversifica (trabajadores del hotel, clientes habituales, huéspedes primerizos), y en lugar de encontrarnos en un balneario a orillas de un lago, estamos en un hotel de lujo situado en Berlín. Más allá de la bien trabada anécdota argumental, se percibe una sutil desesperanza a lo largo de las páginas de este libro; sin criticarla expresamente, se retrata una sociedad donde la carencia de valores está apenas cubierta por una pátina de falso refinamiento. El representante de la clase media es un enfermo terminal que intenta gozar por primera vez en su vida de los lujos y comodidades que siempre le han estado vedados; el joven aristócrata arruinado se ha convertido en ladrón de guante blanco para sobrevivir; la gran bailarina ante la que se rendían los públicos del mundo entero ha entrado en decadencia y ya no llena los teatros; el doctor que regresó desfigurado de la Gran Guerra coquetea con el suicidio mientras espera noticias que no llegan nunca. Europa está mortalmente herida; bajo una superficie brillante, atractiva, cosmopolita, late cansinamente un interior podrido.

El título original de esta novela en alemán, más descriptivo y menos sofisticado que el de su traducción, es “Menschen im Hotel” (Gentes en un hotel); pero lleva además un subtítulo irónico y corrosivo, en el que merece la pena detenerse: “Ein Kolportageroman mit Hintergründen”. Con él la autora se adelanta a la previsible reacción de los críticos, que ya le han dado muestras más que suficientes de que no valoran su trabajo, y prefiere ser ella misma quien califique su novela como de género ínfimo, recurriendo al término Kolportageroman: una vieja vertiente de la literatura popular alemana, que consistía en noveluchas baratas y sentimentales, ofrecidas de pueblo en pueblo por vendedores ambulantes. Por su parte, la voz Hintergründen puede ser traducida como “varios trasfondos”, y hace alusión a la diversidad de historias que se desarrollan en la novela, cada una de ellas representativa de una faceta distinta de la sociedad. En su conjunto, pues, el subtítulo diría algo así como “novela barata con varios trasfondos”. Un alarde de ironía que no sobrevivió a la traducción.

Gracias al éxito de “Grand hotel”, Vicki Baum visitó los Estados Unidos por primera vez en 1931, en un viaje de promoción organizado por su editor norteamericano, Doubleday. Desde el primer momento pensó en cuánto le gustaría que sus hijos pudieran gozar de las oportunidades que ofrecía América, en contraste con una Alemania convulsa, donde que tanto ella como su marido se sentían cada vez más incómodos. No dudaron en aprovechar la ocasión, y a partir de 1932 la familia se estableció definitivamente en las cercanías de Los Ángeles. Richard Lert sería uno de los directores más apreciados y recordados que ha tenido la Pasadena City Orchestra, y Vicki Baum continuaría escribiendo con éxito, no sólo novelas sino también guiones cinematográficos, para productoras como la Metro y la RKO. La decisión no pudo ser más afortunada: tan sólo un año después, los libros de Vicki Baum, judía y defensora de la emancipación de la mujer, ardieron en la pira nazi.

En 1936 adquiere la nacionalidad norteamericana y, al no estar demasiado satisfecha con las traducciones de sus libros al inglés, comienza a escribir directamente en este idioma. Muchos de los títulos que publicará a partir de este momento estarán ambientados en el mundo del teatro, la danza y la música, que tan bien conocía la autora. El primero de este estilo es “La carrera de Doris Hart” (1936) que transcurre en un barrio de artistas de Nueva York, y cuyos personajes son en su mayoría europeos expatriados: músicos, escultores, cantantes, que huyendo del infierno de Europa buscan, con mayor o menor fortuna, abrirse camino en el Nuevo Mundo.

También en Nueva York se ambienta la singular “Entreacto” (1942), que, extremando el recurso de unidad de tiempo y lugar ya típico en la autora desde “Grand Hotel”, se desarrolla en el Metropolitan Opera House, durante una representación de la ópera “Carmen”. En esa única noche se suceden todo tipo de acontecimientos, unos en el escenario, otros entre bastidores, que la autora enlaza muy hábilmente, sin faltar en ningún momento a la verosimilitud, y ofreciendo además una perfecta ambientación, gracias a la cual el lector casi puede oler y palpar el ambiente del teatro. También es llamativo el elenco de personajes, destacando el de Pierre Colin, el director de orquesta que sufre de miedo escénico; y el de Madame Kouczowska, la gran diva de la ópera que es también una mujer práctica, una superviviente, de vuelta de casi todo.
Ya fuera de los ambientes teatrales, otra novela notable es “Lo que los hombres nunca saben” (1937). En ella, Vicki Baum vuelve a Alemania para relatarnos una historia sencilla y trágica: la irrupción de un hombre de negocios norteamericano en el aparentemente tranquilo matrimonio de un juez berlinés y una joven a la que todos creen apocada y enfermiza. La narración de este triángulo amoroso, de sorpresivo desarrollo e impactante final, ilustra a la perfección la cita de Rudyard Kipling que figura como pórtico:
“Todos somos islas, gritándonos unos a otros mentiras a través de mares de incomprensión…”
Pero lo más llamativo de esta obra es la originalidad de la técnica narrativa empleada, que en cierta medida se adelanta a lo que treinta años después hará Lawrence Durrell en “El cuarteto de Alejandría”: a lo largo de seis días, de lunes a sábado, los mismos acontecimientos van siendo narrados desde tres puntos de vista sucesivos, los de los tres personajes que los viven. El lector, que de este modo penetra en lo más profundo de la intimidad de todos ellos, casi siente pudor ante tal caleidoscopio de percepciones y sentimientos. Esta novela no es un melodrama; es casi una tragedia griega, tocada de una desoladora lucidez. Una narración extraordinariamente original, que la crítica, una vez más, ignoró.

En 1939 vio la luz “Shanghai Hotel”, fruto de un viaje y de un cuidadoso estudio de la sociedad y la cultura de aquella ciudad de aluvión, que había crecido a fuerza de oleadas sucesivas de inmigración europea, y que al estallar la guerra chino-japonesa albergaba una Concesión Internacional. La autora elige el momento de la caída de las primeras bombas, el 13 de agosto de 1937, como punto en torno al cual girará una novela de curiosa estructura. La primera parte, “Los personajes”, está formada por nueve relatos independientes, en los que se cuentan las vidas de los nueve personajes que, procedentes de diversos rincones del mundo, terminan reuniéndose en el Shanghai Hotel. La segunda parte, “La ciudad”, embarca a esos seres desarraigados en una trama común, marcada por lo convulso del momento histórico, donde los conflictos generacionales y culturales salen a la luz en toda su crudeza. Y, como se anuncia desde las primeras líneas, es la muerte la que pone fin a la historia. El lector que se sumerja en las páginas de este libro nunca podrá olvidar esa ciudad que ya no existe: esa ciudad de contrastes, corrupta, bulliciosa, irrepetible, cuya pestilencia dulzona deja huella en el alma y en los sentidos. Es, con mucho, la mejor novela de Vicki Baum, donde la habilidad de esta autora en la construcción de personajes y en la pintura de ambientes alcanza su más alta cota.

 

8

En los años posteriores, Vicki Baum experimentará con diversos estilos y subgéneros dentro de la novela. En “Marion” (1941) emplea numerosos elementos autobiográficos, si bien la historia no deja de ser ficción, y consigue un libro de apasionante lectura, protagonizado por uno de sus mejores personajes femeninos. “El bosque que llora” (1944) es un exhaustivo recorrido por el mundo de la industria del caucho, donde se tratan todas las repercusiones de esta explotación, tanto las de tipo económico, como las de carácter social y hasta ecológico. “El ángel sin cabeza” (1948) representa su única incursión en la novela histórica y de aventuras, narrando las peripecias vividas por una condesa alemana en la guerra de la independencia de México, donde ha ido a parar siguiendo a un noble español dueño de minas de plata. “¡Cuidado con el ciervo!” (1941), que sigue una línea aparentemente folletinesca, está en realidad llena de encanto y de ironía, y contiene reflexiones muy interesantes sobre el contraste entre la cansada sabiduría de la vieja Europa y la pujanza infantil de los Estados Unidos. Tras dibujar en “El grano de mostaza” (1953) un cuadro de la sociedad norteamericana de la época, ya al final de su carrera Vicki Baum vuelve al mundo del teatro con “Ballerina” (1958), donde nos ofrece un profundo y preciso estudio psicológico del personaje protagonista, la bailarina de origen ruso casada con un científico norteamericano, y lo adereza con los familiares elementos cosmopolitas del ambiente artístico, que tan bien sabe la autora utilizar.

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille,

 

 

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Un comentario en “Vicky Baum música y literatura la combinación perfecta.

  1. ¡Me encantó! No recuerdo haberla visto en la librería pero la quiero leer. Contemporánea de Zweig ❤ Me da cólera que los críticos de su época la subestimaran. Mi lado musical me dice que tengo que leerlo. Gracias por presentarnos a Vicky Baum.

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