George Simeon, «el escritor» que miraba pasar los trenes.

GEORGES SIMENON (1903-1989)Georges Joseph Christian Simenon nació el13 de febrero del año 1903 en Lieja (Bélgica). Era ell hijo mayor de la pareja formada por Henriette Brull y Desire Simenon, contable de una compañía de seguros. Su supersticiosa madre, que siempre intentó evitar que su hijo se dedicase a la escritura, le inscribió en el registro el día 12, evitando la fecha real de su nacimiento, acontecida un viernes 13. En 1906 nació su hermano Christian.
Simenon tuvo que dejar sus estudios en 1919 para ponerse a trabajar y ayudar económicamente a su familia cuando su padre dejó su trabajo a causa de una enfermedad. Se ocupó como panadero y en una librería hasta convertirse en redactor de un periódico de Lieja, “Gazette De Lieja”, una publicación de ideología conservadora.
En su adolescencia se unió a “La Caque”, un grupo de artistas bohemios con inquietudes culturales amantes del alcohol, el sexo y las drogas.
En 1922, un año después de la muerte de su padre, Georges se trasladó a París, en donde mantuvo numerosos encuentros amorosos, entre ellos con muchas prostitutas, la famosa cantante Josephine Baker y su cocinera, llamada Boule.
Su primera boda se produjo con Regine Renchon, “Tigy”, pintora de Lieja con la que se casó en el 24 de marzo de 1923. Por esa época Simenon, un impenitente viajero, llegó a trabajar como secretario personal del Marqués Raymond D’Estutt de Tracy y publicó numerosos libros de diferentes géneros, muchos de ellos con seudónimos, como el de Georges Sim o Jean du Perry.
Su producción literaria fue muy prolífica, alcanzando la popularidad por sus novelas detectivescas protagonizadas por el inspector Jules Maigret, personaje que inició sus pesquisas policiales en “Pedro El Letón” (1929).
Estas obras estaban significadas por la sagacidad psicológica de sus procederes en la indagación de los autores del hecho investigado y por un estilo literario directo y sin florituras.
Con posterioridad aparecieron más de ochenta títulos con Maigret como personaje central, entre ellos “El Difunto Filántropo” (1930), “El Asesinato Del Canal” (1930), “El Carretero De La Providencia” (1931), “Un Crimen En Holanda” (1931), “La Noche En La Encrucijada” (1931), “El Loco De Bergerac” (1932), “El Asunto Saint-Fiacre” (1932), “El Testamento Donadieu” (1937) o “Cécile Ha Muerto” (1939).
Tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, Simenon, que permaneció en Francia tras la ocupación de los nazis, fue acusado de colaboracionista con los alemanes. Su hermano Christian era simpatizante hitleriano, lo que propagó su posible apego a los rumores de colaboracionismo.
Para no soportar estos comentarios Georges decidió marcharse del país galo, residiendo en Canadá y los Estados Unidos, afincándose en Tucson, Arizona, y posteriormente en Lakeville, Connecticut.

En 1949, Simenon, que presumió de haberse acostado con miles de mujeres, la mayoría prostitutas, contrajo matrimonio con la canadiense Denyse Ouimet, con quien tuvo a su hija Marie-Jo.
Algunos títulos de Maigret escritos por el autor belga tras el conflicto bélico fueron “Mi Amigo Maigret” (1949), “Maigret En La Escuela” (1954) o “Una Confidencia De Maigret” (1959).
Al margen del inspector parisino, Georges Simenon mostró su maestría en la creación de historias de intriga y acrecimiento emocional, muchas veces en base al deseo amoroso. Algunos de sus mejores títulos son “Extraños En La Casa” (1940), “Carta a Mi Juez” (1947) “El Hombre Que Miraba Pasar Los Trenes” (1948), “Los Fantasmas Del Sombrerero” (1948), “En Caso De Desgracia” (1956), “El Tren” (1961), “La Habitación Azul” (1964), “Tres Habitaciones En Manhattan” (1965) o “La Mirada Inocente” (1965).
En 1955 el escritor belga abandonó los Estados Unidos para retornar a Europa, residiendo en Cannes. En 1957 se estableció en Suiza. En el país helvético dio inicio a una relación con una muchacha de origen italiano, Teresa Sburelin, con quien permaneció hasta su muerte.
Su querida hija Marie-Jo se suicidó en 1978 a los veinticinco años de edad, hecho que destrozó al escritor, de quien incluso se rumoreaban relaciones incestuosas con su descendiente.
A comienzos de los años 70 abandonó la ficción para escribir preferentemente textos autobiográficos, entre ellos “Memorias Íntimas” (1981). El último título con Maigret de protagonista fue “Maigret y El Señor Charles” (1972).
George Simenón murió en la ciudad suiza de Lausana el 4 de septiembre de 1989. Tenía 86 años.

Sus frases

“En resumidas cuentas, en este mundo, cada cual consigue lo que se merece. Pero sólo quienes alcanzan el éxito lo reconocen”.
“Escribir no es una profesión sino una vocación de infelicidad”.

 

Los vecinos de enfrente

Adil Bey llega a Batum, ciudad del sur de la Unión Soviética, como nuevo cónsul de Turquía. Pero su trabajo en la pequeña ciudad, asfixiada por el régimen comunista, se va pareciendo cada vez más a una trampa: aislado de todo contacto con el mundo, va tomando cuerpo la sospecha de que su antecesor ha sido envenenado, y siente que sus vecinos de en­frente le vigilan día y noche. Cautivo de una obsesiva soledad, se siente atraído por Sonia, su secretaria, con la que inicia una relación de terribles consecuencias.

Comentarios de la prensa
“Una novela magníficamente traducida por Carlos Pujol ambientada en los años treinta en pleno estalinismo, en una república soviética, es una obra increíble en la que parece que Simenon se funde con Graham Greene salvo que fue publicada en 1933, cuando el gran narrador británico todavía no había escrito sus principales obras. No es una novela policiaca, aunque tiene misterio y lleva al lector de un desconcierto a otro: es sobre todo una narración llena de tipos memorables. Tiene 160 páginas y se lee de un tirón”.
Guillermo Altares, El País

“Leer a Simenon es un extraño y doble placer. El placer de leer unos relatos magistralmente escritos, una prosa maravillosa (un brindis aquí por los traductores), y el placer de unas historias que tienen la virtud de inquietarnos desde el primer momento. Las de Simenon son novelas que desazonan, que inquietan, que seducen, novelas, en definitiva, que se leen como novelas, un género que todavía no se había pervertido, y del que Simenon fue un maestro indiscutible”.

Manuel Arranz, Gestión Clínica y Sanitaria

“George Simenon es uno de los grandes literatos europeos. Parece que por fin se le reconoce no ya su popularidad, sus millones de lectores, sus cientos de obras, sino la extraordinaria calidad de sus novelas y relatos”.
Fernando R. Lafuente, ABC

“Los libros de Simenon deberían advertir en la portada de que crean adicción. Leer un primer libro de Simenon que casualmente cae en tus manos representa que se desee leer todos los demás. Con la mayor rapidez posible”.
Luis Eduardo Siles, El Correo de Andalucía

«Uno de los escritores más importantes de nuestro siglo».
Gabriel García Márquez

«La primera vez que leí una novela de Simenon me quedé impresionado por su extraordinaria calidad. Es uno de los grandes novelistas del siglo XX».

John Banville

«Adoro leer a Simenon».
William Faulkner

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

 

«Diarios del Sáhara» de Sanmao.

Tuvieron que pasar 25 años desde la trágica muerte de la escritora china San Mao para que su figura, tan popular en Asia, empiece a conocerse en España, el país que tanto amó y divulgó en Oriente, pero un libro y un documental han empezado a llenar ese inexplicable vacío.

La primera traducción al español de uno de sus libros, Diarios del Sáhara, por parte de la editorial Rata, y el estreno del documental sobre su conmovedora biografía, San Mao: La vida es el viaje, dirigido por la escritora y realizadora canaria Susi Alvarado, han desenterrado esta historia de amor chino-española.

San Mao fue la escritora más famosa de China, y su fama se debe sobre todo a los libros en los que habla de sus viajes a España, concretamente a Canarias y la antigua provincia del Sáhara” (actual Sáhara Occidental), contó a Efe la directora en la proyección del documental en Pekín, este miércoles, que atrajo a numerosos admiradores de la autora.

“De la misma manera que contribuyó a que mucha gente, sin salir de aquí, conociese la existencia de Canarias o del Sáhara, espero que ahora, con este documental, se la conozca mucho más en España”, subrayó la realizadora al público.

Nacida en 1943 en Chongqing (centro de China), a orillas del Yangtsé, la escritora emigró con su familia a Taiwán en 1949, como muchos chinos tras el fin de la guerra civil en el país, y pronto comenzó a mostrar pasión por la literatura, cambiando su nombre de nacimiento, Chen Maoping, por el seudónimo San Mao (Tres Pelos).

Culta, independiente y viajera, San Mao llegó a hablar con fluidez alemán, inglés y castellano, viajó en busca de inspiración y vivencias, y en los años 60 llegó a Madrid, donde comenzó su intensa relación con lo español.

“Llegué a España en 1967 y me enamoré de su paisaje, de su gente y de esa maravillosa lengua, el español, que sonaba a libertad y llenaba el cielo de pájaros y de luz”, cuenta el documental, en el que la directora recrea un diario de San Mao en primera persona.

Gran parte de la culpa de su amor por España la tuvo José María Quero, un buzo andaluz de Jaén con el que la escritora se casó y vivió en Las Palmas de Gran Canaria, en Puerto de la Cruz, en el Sahara Español (que tuvieron que abandonar en 1975 por la Marcha Verde de Marruecos tras la que España dejó el territorio) y en La Palma.

En esta última isla fue donde llegó la dramática muerte de Hexi, como San Mao llamaba a su marido, cuando éste se ahogó en el mar en 1979, una tragedia de la que la escritora china nunca se recuperó del todo: regresó a Taiwán en los 80 y se quitó la vida el 4 de enero de 1991.

“Era una persona muy especial y me pareció que era de justicia que en España se supiera lo que supuso San Mao”, resumió Alvarado.

La directora del Cervantes pequinés, Inmaculada González Puy, residente en Pekín desde los 80, resaltó la gran vinculación entre San Mao y España recordando que hace 30 años, cuando ella nombraba el país de donde venía en Pekín, todo el mundo le mencionaba emocionado a la escritora.

San Mao contribuyó a que España se viera en China, Taiwán, Japón o Corea del Sur rodeada de un halo de romanticismo y nostalgia que aún hoy sigue atrayendo a muchos asiáticos.

Entre ellos la joven traductora de español Nai Chen, quien decidió estudiar la lengua de Cervantes tras leer las obras de San Mao y vio este miércoles el documental.

“Con sus libros conocí España, me pareció por ellos que la gente de allí tiene mucha pasión por la vida, y por eso quise estudiar español, para poder ir a los lugares donde fue ella”, contó a Efe.

Muchos turistas de Asia viajan a la isla canaria de La Palma para visitar la tumba de José María, el gran amor español de San Mao, donde nunca faltan flores frescas de estos admiradores ni mensajes en chino, japonés o coreano de recuerdo.

“Muchos chinos, al llegar al Aeropuerto de La Palma, lo primero que hacen es ir al mostrador de información a preguntar donde está el cementerio”, recuerda la directora, quien también vivió, de niña, en el mismo Sahara Español que inspiró a San Mao.

 

España reencuentra a San Mao, la autora que nos amó y dio a conocer en China

 

Andrés Caicedo y su «pacto con la muerte».

Escritor y cineasta nacido en Cali, en 1951, y muerto allí mismo, el 4 de marzo de 1977. Alguna vez Andrés Caicedo Estela dijo que vivir más allá de los 25 años era una vergüenza. Y lo cumplió, se murió a los 25 años de edad. Fue uno de esos pocos genios que hizo lo que predicó. Hizo cine y escribió cine, hizo teatro y escribió teatro, escribió cuentos y una novela y reflexionó sobre el arte de escribir.

Para él estaba primero la acción y después la reflexión; eso hizo que produjera a una marcha vertiginosa, hasta el punto en que él como persona casi no existía, porque era más grande su obra. Sus críticos lo han visto como un desarraigado, un desadaptado o un ser trágico, pero más allá de la mirada superficial, estaba el artista afanado por vivir intensamente.

La producción intelectual de Andrés Caicedo empezó desde los 10 años. A finales de los sesenta se conocieron sus primeras piezas dramáticas: “La piel del otro héroe” y “Recibiendo al nuevo alumno”; al mismo tiempo montó piezas como “La noche de los asesinos”, de José Triana y “Las sillas”, de Eugenio Ionesco; también adaptó al teatro “Moby Dick”, la novela de Hermann Melville. Mientras tanto, empezaban a aparecer sus primeros cuentos en los suplementos dominicales de los periódicos de Cali. Participó en las reuniones del grupo de escritores llamado Los Dialogantes, cuyos miembros eran, entre otros, Gustavo Alvarez Gardeazábal, Carmiña Navia, Eduardo Serrano y otros.

Andrés Caicedo era un adicto al cine; fundó y dirigió (junto con Ramiro Arbeláez, Hernando Guerrero y Luis Ospina, entre otros) el Cine-Club de Cali, que funcionaba los sábados a las 12:30 p.m., primero en la sala del Teatro Experimental de Cali (TEC), después en el Teatro Alameda, y finalmente en el San Fernando. En 1972 intentó llevar al cine su guión Angelita y Miguel Angel, en codirección con CarIos Mayolo, pero este fue un intento frustrado. Consignó su experiencia como espectador de cine en artículos de prensa aparecidos en El Diario de Occidente y El Pueblo, de Cali; y después comenzó a publicar la revista Ojo al Cine, que se convertiría en 1974 en la revista especializada más importante del país, pero sólo llegó a editar cinco números de ella.

Andrés Caicedo en el Teatro San Fernando

Caicedo era un trabajador compulsivo. Por sus diarios observamos que sus horarios eran estrictos en lo que tenía que ver con lecturas, montajes teatrales y escritura. Desde las primeras horas de la mañana hasta las últimas de la noche, Andrés parecía no pensar en otra cosa que en forjar su propia obra, inventar su propio universo, darle vuelta a sus propios caprichos y tratar de acumular la mayor cantidad de escritos, películas vistas y obsesiones, para llegar bien armado a la hora de la muerte […]

La precocidad de Andrés se delata en la insólita disciplina que mantuvo para todos sus proyectos, comenzando desde muy temprana edad. Valga anotar que sus lecturas están todas consignadas en un fólder considerablemente voluminoso, donde da cuenta de cada libro leído con un comentario de más o menos una cuartilla de extensión, sobre el texto. En dichas notas podemos ver casi que un plan de lecturas impuesto por sí mismo desde sus once o doce años, como si de antemano supiera que debía llenar todos los baches en su cultura tan rápido como fuera posible, cuentan Sandro Romero y Luis Ospina.

En 1969 Caicedo escribió siete versiones del cuento “Los dientes de Caperucita”, ganador del segundo premio del Concurso Latinoamericano de la Revista Imagen de Caracas. En 1972, el relato “El tiempo de la ciénaga” fue laureado en el concurso Universidad Externado de Colombia de Bogotá. En 1974 viajó a Estados Unidos con cuatro guiones de largometraje escritos por él y dispuesto a vendérselos a Roger Corman, director que admiraba profundamente; sin embargo, aunque traducidos por su hermana, los guiones nunca llegaron a manos de Corman.

En Estados Unidos, Caicedo se dedicó a ver cine, comenzó a escribir la única novela que terminó: “Que viva la música!”, inició un diario que pretendía convertir en novela (Pronto: “Memorias de una cinesífilis”), y profundizó su afición por la música (blues y rock, especialmente los Rolling Stones). Regresó a Colombia y en 1975, con el patrocinio de su madre, publicó el relato “El atravesado”. Siguió escribiendo compulsivamente y entregó a Colcultura la versión final de “Que viva la música!” para su publicación. Alcanzó a recibir un ejemplar de la novela, antes de suicidarse en la tarde del 4 de marzo de 1977.

“Que viva la música!” se convirtió, rápidamente, en un éxito y en símbolo del sentimiento de los jóvenes; la novela fue reeditada y apareció publicada también en Italia. La producción inédita de Andrés Caicedo abarca decenas de cuentos, varias novelas, obras de teatro, adaptaciones para el cine; guiones de largometrajes, reflexiones y numerosa correspondencia. Los temas predominantes en su obra son las locuras juveniles en medio del desvarío y la perdición que produce la ciudad concebida como suburbio. Pocos años después de morir, sus familiares y amigos crearon una fundación para publicar toda su obra inédita

 

Andrés Caicedo es uno de los escritores colombianos más populares, debido a su talento y su obra sumamente original y también a su prematura muerte (25 años) que lo convirtió inmediatamente en un mito.

Su cuento más popular es probablemente Infección, cuento que pertenece a su libro Calicalabozo, uno de sus primeros libros, donde nos narra un monologo sobre el amor y el odio y los sueños de un personaje que no puede soportarse ni a sí mismo.

  • Infección
    Bienaventurados los imbéciles,
    porque de ellos es el reino de la tierra

El sol. Cómo estar sentado en un parque y no decir nada. La una y media de la tarde. Camino caminas. Caminar con un amigo y mirar a todo el mundo. Cali a estas horas es una ciudad extraña. Por eso es que digo esto. Por ser Cali y por ser extraña, y por ser a pesar de todo una ciudad ramera.

-Mirá, allá viene la negra esa.

-Francisco es así, como esas palabras, mientras se organiza el pelo con la mano y espera a que pasa ella. Ja! Ser igual a todo el mundo.

Pasa la negra-modelo. Mira y no mira. Ridiculez. Sus 1,80 pasan y repasan. Sonríe con satisfacción. Camina más allá y ondula todo, toditico su cuerpo. Se pierde por fin entre la gente, ¿y queda pasando algo? No nada. Como siempre.

(Odiar es querer sin amar. Querer es luchar por aquello que se desea y odiar es no poder alcanzar por lo que se lucha. Amar es desear todo, luchar por todo, y aún así, seguir con el heroísmo de continuar amando. Odio mi calle, porque nunca se rebela a la vacuidad de los seres que pasan por ella. Odio los buses que cargan esperanzas con la muchacha de al lado, esperanzas como aquellas que se frustran en toda hora y en todas partes, buses que hacen pecar con los absurdos pensamientos, por eso, también detesto esos pensamientos: los míos, los de ella, pensamientos que recorren todo lo que saben vulnerable y no se cansan. Odio mis pasos, con su acostumbrada misión de ir siempre con rumbo fijo, pero maldiciendo tal obligación. Odio a Cali, una ciudad que espera, pero que no le abre las puertas a los desesperados)

Todo era igual a las otras veces. Una fiesta. Algo en lo cual uno trata desesperadamente de cambiar la tediosa rutina, pero nunca puede. Una fiesta igual a todas, con algunos seductores que hacen estragos en las virginidades femeninas… después, por allá… por Yumbo o Jamundí, donde usted quiera. Una fiesta con tres o cuatro muchachas que nos miran con lujuria mal disimulada. Una fiesta con numeritos que están mirando al que acaba de entrar, el tipo que se bajó de un carro último modelo. Una fiesta con uno que otro marica bien camuflado, y lo más chistoso de todo es que la que tiene al lado trata inútilmente de excitarlo con el codo o con la punta de los dedos. Una fiesta con muchachas que nunca se han dejado besar del novio, y que por equivocación son lindas. Y también con F. Upegui que entra pomposamente, viste una chaqueta roja, hace sus poses de ocasión y mira a todos lados para mirar-miradas. Una fiesta con la mamá de la dueña de casa, que admira el baile de su hijita pero la muy estúpida no se imagina si quiera lo que hace su distinguida hija cuando está sola con un muchacho, y le gusta de veras. Una fiesta donde los más hipócritas creen estar con Dios, maldita sea, y lo que están es defecándose por poder amachinar a la novia de su amigo… piensan en Dios y se defecan con toda calma mientras piensas en poder quitársela.

Sí, odio a Cali, una ciudad con unos habitantes que caminan y caminan… y piensan en todo, y no saben si son felices, no pueden asegurarlo. Odio a mi cuerpo y mi alma, dos cosas importantes, rebeldes a los cuidados y normas de la maldita sociedad. Odio mi pelo, un pelo cansado de atenciones estúpidas, un pelo que puede originar las mil y una importancias en las fuentes de soda. Odio la fachada de mi casa, por estar mirando siempre con envidia a la de la casa del frente. Odio a los muchachitos que juegan fútbol en las calles, y que con crueldades y su balón mal inflado tratan de olvidar que tienen que luchar con todas sus fuerzas para defender su inocencia. Sí, odio a los culicagados que cierran los ojos a la angustia de más tarde, la que nunca se cansan de atormentar todo lo que encuentra… para seguir otra vez así: con todo nuevamente, agarrando todo, todo !. Odio a mis vecinos quienes creen encontrar en un cansado saludo mío el futuro de la patria. Odio todo lo que tengo de cielo para mirar, sí, todo lo que alcanzo, porque nunca he podido encontrar en él la parte exacta donde habita Dios.

Conozco un amigo que le da miedo pensar en él, porque sabe que todo lo de él es mentira, que él mismo es una mentira, pero que nunca ha podido –puede- podrá aceptarlo. Sí, es un amigo que trata de ser fiel, pero no puede, no, lo imposibilita su cobardía.

Odio a mis amigos… uno por uno. Unas personas que nunca han tratado de imitar mi angustia. Personas que creen vivir felices, y lo peor de todo es que yo nunca puedo pensar así. Odio a mis amigas, por tener entre ellas tanta mayoría de indiferencia. Las odio cuando acaban de bailar y se burlan de su pareja, las odio cuando tratan de aparentar el sentimiento inverso al que realmente sienten. Las odio cuando no tratan de pensar en estar mañana conmigo, en la misma hora y en la misma cama. Odio a mis amigas, porque su pelo es casi tan artificial como sus pensamientos, las odio porque ninguna sabe bailar go go mejor que yo, o porque todavía no he conocido a ninguna de 15 años que valga la pena para algo inmaterial. Las odio porque creen encontrar en mí el tónico ideal para quitar complejos, pero no saben que yo los tengo en cantidades mayores que los de ellas… por montones. Las odio, y por eso no se lo dejo de hacer porque las quiero y aún no he aprendido a amarles.

No sé, pero para mí lo peor de este mundo es el sentimiento de impotencia. Darse cuenta uno de que todo lo que hace no sirve para nada. Estar uno convencido que hace algo importante, mientras hay cosas mucho más importantes por hacer, para darse cuenta que se sigue en el mismo estado, que no se gana nada, que o se avanza terreno, que se estanca, que se patina. Rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr——————rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr———————rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr no poder uno multiplicar talentos, estar uno convencido que está en este mundo haciendo un papel de estúpido, para mirar a Dios todos los días sin hacerle caso.

¿Y qué? ¿Busca algo positivo uno? ¿Lo encuentras? Ah, no. Lo único que hace usted es comer mierda. Vamos hombre, no importa en que forma se encuentra su estómago, piense en su salvación, en su destino, por Dios, en su destino, pero esta bien, eso no importa. ¿Qué no? Vea, convénzase: por más que uno haga maromas en esta vida, por más que se contorsione entre las apariencias y haga volteretas en medio de los ideales, desemboca uno a la misma parte, siempre lo mismo… lo mismo de siempre. Pero eso no importa, no lo tome tan en serio, porque lo más chistoso, lo más triste de todo es que UD. Se puede quedar tranquilamente, s u a v e m e n t e, d e f e c á n d o s e, p u d r i é n d o s e, p o c o a p o c o, t ó m e l o c o n c a l m a… ¡Calma! ¡Por Dios, tómelo con calma!

Odio la avenida sexta por creer encontrar en ella la bienhechora importancia de la verdadera personalidad. Odio el Club Campestre por ser a la vez un lugar estúpido, artificial e hipócrita. Odio el teatro Calima por estar siempre los sábados lleno de gente conocida. Odio al muchacho contento que pasa al lado que perdió al fin del año cinco materias, pero eso no le importa, porque su amiga se dejó besar en su propia cama. Odio a los maricas por estúpidos en toda la extensión de la palabra. Odio a mis maestros y sus intachables hipocresías. Odio las malditas horas de estudio por conseguir una maldita nota. Odio a todos ellos que se cagan en la juventud todos los días.

¿Es que sabes una cosa? Yo me siento que no pertenezco a este ambiente, a esta falsedad, a esta hipocresía. Y ¿Qué hago? No he nacido en esta clase social, por eso es que te digo que no es fácil salirme de ella. Mi familia está integrada en esta clase social que yo combato, ¿Qué hago? Sí, yo he tragado, he cagado este ambiente durante quince años, y, por Dios, ahora casi no puedo salirme de él. Dices que por qué vivo yo todo angustiado y pesimista? ¿Te parece poco estar toda la vida rodeado de amistades, pero no encontrar siquiera una que se parezca a mí? No sé que voy a poder hacer. Pero a pesar de todo, la gloria está al final del camino, si no importa.

La odio a ella por no haber podido vencer a su propia conciencia y a sus falsas libertades. La odio porque me demostró demasiado rápido que me quería y me deseaba, pero después no supo responder a estas demostraciones. La odio porque no las supo demostrar, pero ese día se fue cargando con ellas para su cama. Yo la quiero muchacha estúpida, ¿no se da cuenta? Pero apartándonos de eso la odio porque me originó un problema el berraco y porque siempre se iban con mis palabras, con mis gestos y mis caricias, con todo… otra vez para su cama. Pero, tal vez, para nosotros exista otra gloria al final del camino, si es que todavía nos queda un camino… quién sabe…

Odio a todas las putas por andar vendiendo añoraciones falsas en todas sus casas y calles. Odio las misas mal oídas… Odio todas las misas. Me odio, por no saber encontrar mi misión verdadera. Por eso me odio… y a ustedes ¿les importa?

Sí, odio todo esto, todo eso, todo. Y la odio porque lucho por conseguirla, unas veces puedo vencer, otras no. Por eso la odio, porque lucho por su compañía. La odio porque odiar es querer y aprender a amar. ¿Me entienden?. La odio, porque no he aprendido a amar y necesito de eso. Por eso odio a todo el mundo, no dejo de odiar a nadie, a nada…

A nada

A nadie

Sin excepción!

Entrevista Andrés Caicedo

 

 

María del Carmen Huertas terminará por abandonar definitivamente sus andanzas, para finalmente refugiarse en un mugriento cuarto del centro, donde se dedicará a la prostitución, repartirá consuelo entre algunos de los despechados amigos que le quedaron, y escribirá sus memorias …esta novela. Todo había comenzado en el exclusivo barrio Versalles de Cali, desde donde la adolescente partió un buen día para conocer, y de qué manera, el mundo real. Por eso María del Carmen probó de todo. Su incursión por el bajo mundo la hizo conocer la verdadera cara de una ciudad que nunca antes le presentaron. Al ritmo de la “salsa”, y de fiesta en fiesta, la jovencita practicaría de todo; incluyendo el sexo y la drogadicción. Historia realista, cruda y descarnada que muestra el verdadero rostro de una sociedad decadente.

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

‘La charla’ de Linda Rosenkrantz

Se publica por primera vez en español “La charla” (Anagrama), la novela mítica de Linda Rosenkrantz escrita a partir de conversaciones reales entre tres jóvenes en los años 60

“Asquerosamente pornográfica”, así es como calificó La charla el primer editor que leyó y que —por supuesto— rechazó el arriesgado manuscrito que Linda Rosenkrantz acababa de mandarle.


Es probable que “arriesgado” sea una palabra demasiado suave para definir lo que Rosenkrantz tenía entre manos. Su novela no era una narración convencional. Ni siquiera era una ficción. ¡Ni tampoco, que no, una novela! Sin embargo, ella quería asumirla así como tal. Porque, en palabras de la autora “¿hay más arte en el arte o en la realidad”.

La charla, en verdad, no era un libro que Linda Rosenkrantz hubiera escrito desde su imaginación, sino más bien desde su atrevimiento. Una buena idea —llevarse una grabadora 24 horas durante un viaje de tres amigos y registrar cada conversación— y una buena ejecución —seleccionar las más sorprendentes de esas charlas, para hacer un retrato generacional y sincero de lo que significó ser joven en los 60—.

Fue en 2015 cuando este texto, que hasta el momento había aparecido en publicaciones muy marginales de Estados Unidos y después de que Rosenkrantz llegara a desesperarse, se volvió a reeditar. Tuvieron que pasar casi 50 años, toda una vida, para que en el mercado anglosajón su obra ya no estuviera tan mal vista. Y al contrario de lo que ocurrió en su momento, gran parte de la crítica celebró lo original del proyecto, así como su vínculo con buena parte de la producción literaria o audiovisual moderna.
Para muchos críticos, de hecho, empezando por el escritor Stephen Koch, los ejercicios de representación de la amistad y la juventud y las conversaciones eternas y alocadas de series como Broad City o novelas como ¿Cómo debería ser una persona?, de Sheila Heti, son una herencia de Linda Rosenkrantz.

Heredados o no, lo cierto es que esta reedición de Rosenkrantz sí ha coincidido con un movimiento feminista en las nuevas letras estadounidenses, así como con una recuperación de la estética sesentera que puede leerse en novelas como Las chicas de Emma Cline. Aquí, los 60 se reivindican como un espacio femenino, libre, esperanzador. Una época en la que las mujeres se liberaron sexualmente y en la que aún no se conocía el lado más oscuro de ciertas drogas que en aquel tiempo se empezaron a consumir.

Obviamente, esa visión de aquella década está bastante idealizada, sin embargo leyendo La charla uno logra ver lo mejor y lo peor de esos años en su apogeo.

Tras un clic —aquel que lleva a Linda Rosenkrantz a encender su grabadora y documentar cada instante de un viaje de tres amigos— estas conversaciones dan cuenta de cómo pensaban las chicas de aquel momento, sus filias y sus fobias, sus manías amorosas, sus aspiraciones vitales —alejadas de la maternidad y el papel silencioso y secundario que hasta entonces se otorgaba a la mujer—.
La charla es, entonces, la historia de tres amigos treintañeros, dos chicas y un chico, que no tienen miedo de contárselo todo, incluso los secretos más sucios, porque saben que entre ellos no van a juzgarse, ni a insultarse, ni a censurarse.

Así, entre parloteo y parloteo, Rosenkrantz divide su novela en varios capítulos en donde las conversaciones abordan temas tan dispares como el consumo de drogas, las relaciones sentimentales fallidas, el gusto por la gastronomía y sus manías a la hora de comer, la idea del duelo, lo solos y estúpidos que nos sentimos cuando alguien nos deja, o lo estresante que es intentar caer bien a todo el mundo, cuando la verdadera amistad sólo existe en círculos muy cerrados.

Quizá por esto último Linda Ronsenkrantz decidiera invitarnos a su círculo intimísimo —un reality show protagonizado por Vincent, Marsha y Emily— en un verano del 65 en East Hampton. Al entregarnos su privacidad de esta manera, nos demostró que la vida, bien mirada, puede ser arte en sí misma.

O como se confiesa en una de las páginas finales:

«MARSHA: Luego, después de decirle que no tenía sentimientos me he venido a casa y me he puesto a llorar.

EMILY: Querida, todos sabemos que tienes sentimientos, eres una persona muy compleja. Y, en ciertos aspectos, has tenido un verano muy positivo.

MARSHA: La única finalidad de este verano era escribir un libro.

EMILY: Y lo has hecho.

MARSHA: He escrito el libro, sí.»

¿Y por qué rescatar este libro ahora? Ante todo porque sigue plenamente vivo, con sus ágiles diálogos que mezclan reflexión, hilaridad, lubricidad, dudas y contradicciones; en segundo lugar porque es el valioso testimonio de una época convulsa; y también por ser un audaz experimento de literatura de lo real, cuya influencia puede rastrearse hoy en series como Girls, de Lena Dunham, o en el humor deslenguado -¿de una obscenidad asquerosa?- de Amy Schumer. La charla es la vida misma, con toda su crudeza, impudor y paradojas. Y casi cincuenta años después sigue tan fresca y provocadora como el primer día.

«¿Son los neoyorquinos los mejores conversadores del mundo? Nos hemos familiarizado con este modo de conversar a base de agudezas, ingeniosidades, ironía, sobrentendidos y chismes en comedias televisivas como Friends, pero Rosenkrantz fue de las primeras en darse cuenta de que es una forma de arte por derecho propio» (Brandon Robshaw, The Independent).

«Una chisporroteante ventana warholiana a la procaz escena neoyorquina de mediados de los sesenta. Me han entrado ganas de meterme en una máquina del tiempo» (Simon Doonan).

«Un libro sobre la comunicación, sobre el amor -tanto romántico como platónico- y sobre el momento de dejar atrás la juventud. Es fascinante» (Amelia Fisher, The Literary Review).

«Documenta una era de liberación» (Anna Wiener, New Republic).

«Elocuente y convincente» (Norman Schrapnel, The Guardian).

«Fresco, divertido y delicioso» (John Williams, The New York Times).

INTRODUCCIÓN

Lector, tienes en las manos una loncha gruesa, jugosa y, sobre todo, auténtica de la década legendaria de 1960, ejemplo temprano de un experimento literario que funcionó entonces y aún sigue funcionando. El siglo XXI ha visto el auge de la telerrealidad. Publicada en 1968, La charla es una novela reality. Ni uno solo de sus diálogos es inventado, o recordado vagamente, o fruto de la fantasía de un escritor. Poco antes del verano de 1965, Linda Rosenkrantz tuvo una idea realmente original: ¿por qué no comprobar si la vida imita de verdad al arte? Tres amigos -no tres personajes ficticios sino tres personas reales- pasan sus vacaciones de verano en East Hampton. ¿Cómo «capturar» su experiencia?

Grabándola. Haciéndola real.

«Tuve la grabadora encendida todo el verano», recuerda Rosenkrantz. «Hasta me llevaba el abultado monstruo a la playa. Al principio había veinticinco personajes y unas mil quinientas páginas de original a un solo espacio; me llevó cerca de dos años reducir esa cantidad a tres personajes y doscientas cincuenta páginas.»

Lo que Rosenkrantz cosechó del mar sin fin de las charlas sobre sexo, el cotilleo playero y las mariscadas veraniegas fue una novela en la que sólo hay diálogo. El resultado es un documento único en los anales de la amistad y el amor disfuncional, lleno de irresistibles agudezas verbales -golosinas literarias- que oscilan entre la reflexión profunda y la hilaridad. Estas charlas a veces son impresionantes, a veces graciosas. Nunca inanes. Siempre divertidas.

[Principio del libro]

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

 

Dias de lluvia

La meteo local ha anunciado que toda la semana tendremos lluvias, lo cual me provoca un cierto desánimo. Los días de sol anteriores me habían inyectado una buena dosis de energía y optimismo: —Al fin la primavera se instala— pensaba. Sin embargo, fue una ilusión que duro bien poco. Una vez que me encontré al exterior, el viento gélido, una caída breve de «neige fondante» me recordaron que aún quedaban rescoldos de un invierno, que a diferencia de otros años había sido «doux et bienviellant». El frío extremo estuvo ausente en esta estación, así que no podía quejarme tanto.
Como cada semana organicé mi agenda y ello me recordó y me obligaba a que pese a los imprevistos del clima, tenía que cumplir con mi meta (entre otras) de caminar mínimo 3 días por semana. Era lunes, y los lunes están siempre saturados de mil pendientes. Este día de la semana lo visualizo como una gran pendiente; y obvio, comenzar mi día me cuesta el doble de esfuerzo. Y para rematar: el escenario externo que apreciaba desde mi ventana, no ayudaba ni me motivaba en lo más mínimo. El cielo color plomo, el viento frío y violento, las casas con una halo de tristeza y el graznido crispante de los cuervos. Todo era perfecto para escribir una historia macabra. Así que opté por algo más «light»: comencé a leer otra novela de Amélie Nothomb, mucho más ad hoc con el momento. Desde hace dos meses que cada semana divago en los claroscuros de sus historias. Me imagino que también es un reflejo de mi estado de ánimo (esta autora ejerce en mi una fascinación extraña y adictiva). «Tuer le père» aligero el escenario fatal que había visto desde el umbral de la ventana.


A la mañana siguiente, muy temprano tomé mi agenda y volví a re-leer los pendientes que tenía. Aproveché para subrayar con un marcador rosa fosforescente aquellos que ya había realizado. Y de nuevo vi, «aquel pendiente» esperando su turno. Después de trabajar varias horas de corrido frente al ordenador, me dije que sería un buen tiempo para caminar. Mis piernas entumecidas me lo exigían. Pero, en eso un ¨reminder¨ de mi teléfono inteligente me recordó que esa tarde cenaríamos con los abuelitos de mi esposo. Miré el reloj y después de hacer unos cálculos mentales deduje que apenas tendría el tiempo necesario para ir al banco, recoger a los niños al colegio y pasar a la SAQ ( Société des Alcools du Québec) por una botella de vino rosado que tanto le gusta a la abuelita. Así que de nuevo tenía una nueva excusa, pero algo en mi me lo reprochaba, me condenaba mi falta de disciplina. Y para reconfortarme volví a asomarme por la ventana: «Il pleut à boire debout» llovía con intensidad, seguramente si hubiera salido habría regresado toda empapada.
Es jueves y esta vez me digo: —«no habrá excusa que valga, tengo que salir a caminar» «necesito re-cargarme»—. Instantes después vuelvo a mirar por la ventana como cae la lluvia, sus gotas acompasadas como una dulce sonata, son como una canción de cuna que me arrulla. La noche anterior me acosté hasta muy tarde y mi cuerpo lo resiente, el escenario es perfecto para una siesta vespertina. Mis ojos se dan por vencidos. Mi alarma suena media hora más tarde, adormilada aún miro la hora, me pongo de pie, bajo las escaleras a tientas y luego me dirijo a mi escritorio, ahí sentada, la ventana me llama de nuevo, cavilo sobre lo que haré el resto de la tarde. De un golpe me levanto, me pongo el abrigo, las botas y mis guantes,. En un abrir y cerrar me encuentro sobre mi calle caminando, respiro varias veces y de inmediato una sensación de bienestar invade todo mi cuerpo. Camino a buen ritmo, esta velocidad me permite observar mi alrededor lo suficiente e identificar los cambios en el mismo. Una lluvia intermitente cae, el cielo continua con la cortina grisácea de los últimos días, los pájaros cantan, los árboles comienzan a llenarse de retoños. El césped y las plantas se despiertan tranquilamente de un largo sueño. A mi paso encuentro aún vestigios del invierno: algunos montones de nieve sucia, hace tiempo que su blancura virginal ha sido mancillada. Sobre el asfalto «Les nids-de-poules» abundan y algunos automovilistas logran pasar los obstáculos con gran maestría, otros menos expertos y distraídos vociferan todo tipo de obscenidades al darse cuenta que pasaron uno sin evitarlo, entre la lluvia que camuflajea el hoyo y entre que miran el móvil, un vrai danger. La lluvia se vuelve pertinaz y poco a poco sube su intensidad. Me mojo. Lo disfruto. Mis pasos y la lluvia me ponen como en un estado de levitación profundo, siento una gran paz, medito, me re-conecto con mi fuente. Me siento agradecida con la vida y con el universo, caminar bajo la lluvia, un jueves de un cierto día del mes de abril del 2017, a las 14 horas y 35 minutos es un privilegio. Sobre todo cuando pienso que hay más de 3000 millones de seres humanos que en estos momentos están trabajando, y no tienen el privilegio que yo tengo: de caminar bajo la lluvia. En la recta final de mi recorrido, un tipo de casita en madera pintada en color morado a las afueras de una propiedad llama mi atención. Al principio pensé que era para el correo, pero ya estando más cerca, a través de la vitrina puedo ver algunos libros en su interior y leo los anuncios: «Si tu veux un libre-poses en-un!» Bibliothèque de rue. —!Que excelente idea!—pienso. Sin embargo, no me atrevo a abrir la vitrina y tomar uno, la presencia de un viandante me intimida y continuo mi camino hasta casa. Me reprocho mi cobardía, pero me consuelo pensando que tengo una nueva motivación para seguir haciendo mis caminatas, y en caso de que me quede sin bouquins ya tengo una nueva opción. No cabe duda que los días de lluvia son especiales…

Lorena Lacaille

Longueuil, abril 13, 2017

 

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© Lorena Lacaille, 2017.

La exquisita sensibilidad de Blanca Wiethüchter

Blanca Wiethuchter

Poetisa boliviana

Nació en la ciudad de La Paz en 1947.

Cursó estudios de Literatura en la Universidad Mayor de San Andrés, en La Paz, donde después fue docente y directora, y se graduó en Ciencias de la Educación en Universidad de La Sorbona, en París, y en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de París.

Dedicada a la docencia, escribió sobre todo poesía: ‘Asistir Al Tiempo’ (1975), ‘Travesía’ (1978), ‘Noviembre 79’ (1979), ‘Madera Viva y Árbol Difunto’ (1982), ‘Territorial’ (1983), ‘En Los Negros Labios Encantados’ (1989), ‘El Verde no es un Color’ (1992), ‘El Rigor de la Llama’ (1994), ‘La Lagarta’ (1995), ‘Sayariy’ (1995) y ‘Qantatai’ (1996).
Entre los libros de relatos publicó ‘Memoria Solicitada’ (1989), ‘En el aire de navegación de las montañas’ (1992) y ‘A manera de Prólogo’ (1993). También escribió ensayo, entre cuyos libros destaca ‘La Estructura de lo Imaginario en la Obra Poética de Jaime Saenz’ (1976).

Fue distinguida con varios premios y es considerada una de las poetisas contemporáneas más completas de Bolivia. Formó parte del grupo de poetas próximos al gran poeta Jaime Saenz, sobre quien realizó un estudio muy dedicado, llamado Memoria solicitada.

Casada con el compositor Alberto Villalpando, con quien tuvo tres hijas.

Blanca Wiethüchter falleció el 16 de octubre de 2004 a los 57 años en su domicilio de la ciudad de Cochabamba, a causa de un cáncer.
Obras

Poesía

Asistir al tiempo, 1975
Travesía, 1978
Noviembre 79, 1979
Madera viva y árbol difunto, 1982
Territorial, 1983
El verde no es un color: A la luz de una provincia tropical, 1992
Los negros labios encantados, 1992
El rigor de la llama, 1994
La Lagarta, 1995
‘Sayariy’, 1995
Qantatai, 1996
Antología La Piedra que labra otra piedra, 1999
Ítaca, 2000
Luminar, 2005
Ángeles del miedo, 2005

Cuentos

Memoria Solicitada, 1989, reedición 1992

En el aire de navegación de las montañas, 1992
A manera de Prólogo, 1993

Novela

El jardín de Nora 1998

Ensayos

La Estructura de lo Imaginario en la Obra Poética de Jaime Saenz, 1976
Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia I y II, 2002
Pérez Alcalá, o los melancólicos senderos del tiempo, 1997
Alma madre de la cruz lavada
territorio tatuado por redondas gargantas
tibia morada despojada en el monte
a golpes de barreno a golpes de vacío
fijas el centro en tu falta padre- no ves
discurso de astros agoniza
en todos los padres una y otra vez
padre empozado por el sol
padre ahogado por los cascos marinos
padre pez en tu estrella de púas
gira la obscena astronomía de otra sangre
no engendras la múltiple geometría de la raíz
en la intemperie de tu sexo
la sombra desolada de tus días
sólo el polvo sólo el frío la sangre errante y todas las horas anteriores
a ese día nuestro
muerto
por ti.

Siempre pensé que la vida
tenía que ser algo más
la vida algo más que los muertos
la vida algo más que la madre
la vida algo más
para en la noche poder dormir
para con el día
para vivir por vivir nomás.

Algo más que ese cuerpo
mirando ese cuerpo
ese cuerpo que esperas demás
ese cuerpo definitivo que deseas
definitivamente
desde cualquier altura
definitivamente
desde Cota-Cota o el Montículo
ese cuerpo desde el Alto o Llojeta
ese cuerpo definitivamente en tu deseo
ese cuerpo que te expulsa y vomita
ese cuerpo que miras y comprendes
sin decir ese cuerpo no es mío
no es tuyo y es tuyo también
espacio áspero roca profunda
que no posees y te engendra
y te quema y te exige y te ciega
ese cuerpo deseoso de muerte
girando entre manos precisas:
la sangre sembrando fango
el golpe horadando el fuego
ese cuerpo se descubre y anuda
crece y te hace crecer
ese cuerpo venciendo su cuerpo
se pierde y vuelve a perderse
perdiéndote para siempre a ti.

De pronto llega
cabalgando las noches
agotando murallas
-al fin y al cabo a cualquiera
acuérdate nomás del cura
el del cine y los periódicos.
-Uno nunca sabe y todo puede ser
te despojan de tu alma
-tu sorpresa de ciervo oculto
para que todo pueda ser
-en pleno día-

Y asombra tanto pasado de un día
tanto pasado de una semana
mientras dicen estamos a punto de ser
quemando la certidumbre de ser
al cerrar los ojos.

Mientras miras deslizándose hacia abajo las luces
por lo mismo hacia abajo con los ríos
resistiendo entre pedazos y lluvias
ese cuerpo delirante por vivir
resistiendo mientras desciendes
mientras ese cuerpo extiende las manos
y las estira y las extiende para caer
en esa mano y otra mano
en esos ojos mirando la ciudad
mientras sufres y dejas de esperar
para esperar en otra vez.
Del libro Madera Viva y Árbol Difunto

 

BLANCA WIETHUCHTER EN VIDA Y OBRA

 

 

 

Reposo

Entro en mi casa
y me alojo en su centro
esperando la temperatura
que enmudece los ruidos inútiles.

En un andar del silencio
comienza el mundo
en un olor a fuego
en una hoja
en un cambio de sábanas
en una gana de hacer cosas
no siempre precisas.

Ya no soy la misma
y mis pasos en la voz
resuenan más oscuros.

Otro es el sol que arde
en los crepúsculos que contemplo
viajera inmóvil
pienso
sólo quiero cuidar de lo vivo
y tener luz
para él
y mis niñas.

 

Territorial (Fragmento)

Sólo tengo este cuerpo. Estos ojos y esta voz
Esta larga travesía de sueño cansada de morir.
Conservo el temor al atardecer.
No se comunica con nadie.

Por mi modo de andar
algo descubierto un poco esperando
cambio frecuentemente de parecer
conmigo no puedo vivir segura.

Habito un jardín de palabras
que han dejado de nombrarme
para nombrarla. No me atrevo
pero es necesario decirlo. Es un secreto.
En realidad somos dos.

Ahora debo inventar a la otra.

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

 

Pía Barros, combatiendo la violencia desde la literatura.

A través de sus distintos libros, reconocemos en la escritura de Pía Barros un continuo, donde los temas abordados en sus últimas publicaciones han ido gestando la brevedad como recurso narrativo y las escasas palabras condensan, como puntada que hila con seda, fragmentos que por sí solos nos evocan intensos nudos narrativos. En Las Tristes (Ediciones Asterión, 2015), su última publicación, a través de 64 microcuentos recorremos diversas voces que habitan la obra de la autora. Entre estos, como una trama de archipiélagos podemos reconocer tres micronovelas bajo los títulos “Muchacha llorando en un tren”, “Máscaras” y “Bocas cosidas”. Es sobre ellos que, principalmente, referiremos su libro Las Tristes.

Variados arquetipos de lo femenino se despliegan a través de estos microcuentos. Su apertura a través de historias donde la espera de una mujer -tan recurrente en referencia al género- es narrada desde diversos ángulos en la micronovela “Muchacha llorando en un tren”, que rápidamente nos sumerge en una trama en que las mujeres permanecen en un lugar brumoso, melancólicas y bordeando el filoso arquetipo de Penélope. Aquí la nostalgia nos convoca a revisitar este imaginario de la amante que espera mientras la vida trascurre ante su mirada perdida y anacrónica; las tristes circulan como susurro que nos recuerda rutas de lo femenino de las que hemos huido –quizá-, buscando silenciosas y etéreas lo que no se encontrará. No son ninfas, son fantasmas dulces, almas melancólicas, imagen romántica de lo amoroso. Su pulsión conlleva el ánimo del desencuentro que navega en la representación que, de algún modo, nos recuerda a la clásica Casablanca: el andén en que se despliega (también) lo amoroso imposible y una mujer doliente.

Estas tristes de “Muchacha…” son, a la vez, un fetiche: fotografiadas, cosificadas, quedan atrapadas en el tiempo fangoso de la repetición. Inamovibles, como la muerte. Cubiertas con una elegante capa de melancolía, ocupan un sitial sobre lo femenino que es interesante observar. Nos preguntamos por la incuestionable atemporalidad de algunos arquetipos y cómo la escritura de Barros nos empuja a transitar por estas formas que conviven y que, algunas anquilosadas, otras en pleno movimiento, son una especie de rizoma de la complejidad de roles y capas significantes de lo femenino a las que nos enfrentamos. Como es de esperar en la obra de Barros, no refiere a lo femenino sin dar cuenta de la violencia estructural (cómo no), aunque esta irrumpe fuera de esta colección de muchachas tristes, abriendo otras zonas en el despliegue de este libro.

Nos preguntamos, también, desde qué lugar se lee lo femenino en los diálogos transgeneracionales, porque las tristes de “Muchacha llorando en un tren” remiten, también, a un arquetipo antes dominante y hoy parte de una gama más amplia de formas de lo femenino y, por suerte, no único representante de este género. Aquí hay una interpelación a nosotras mismas ya que, gracias a la construcción cultural, en parte no menor portamos una amalgama de encargos y estructuras, y los arquetipos parecen guardados en algún lugar recóndito esperando aparecer, mandato cultural que acecha. Las tristes –de esta primera micronovela- son el recuerdo, ensoñación de lo que no fue; representan a su vez las decisiones de lo que se denomina como “adulto”, lo que no se supo enfrentar por inexperiencia o egoísmo. Lo que no se resolvió y nos deja anclado al pasado. Pero las tristes, cuenta Barros, a veces nos sorprenden y recuerdan que la vida puede continuar de otro modo: dejan el lugar en que les situaron y emprenden nuevas rutas. Toman cuerpo, se mueven, y gracias a ese movimiento aparece el fantasma de la traición, dicen quienes las recriminan. Conservadores, por cierto.

La tercera micronovela, “Bocas cosidas”, nos lleva abruptamente al no tiempo (en tanto desconocemos con certeza la escena primordial) inaugural del patriarcado y la violencia sexual, constituyente en distintos planos de esta violencia estructural. Cómo leer su inicial “Maldita, soy hija de mi padre” y no escuchar sus significados a través del eco en el espacio en blanco que le acompaña en la página, como el silencio aplastante que rodea al incesto u otras formas del sexismo, podemos pensar. Esta frase se transforma en imagen significante en sí misma al centro de la página. Ese lugar de enunciación nos recuerda que se es parte de una genealogía e indica inscripción en un linaje. Es a la vez provocación, apertura de sentidos y declaración esencial.

“Bocas cosidas”, imagen de la clausura forzada de las palabras, tensa la inenarrabilidad sin escapatoria posible y desafía la ruptura de los hilos que devinieron en mordaza. No dejará de existir la huella de cada puntada en la piel, pero será posible emitir palabras. La narración de nuestra memoria nos ayudará a repensarnos ante la violencia. Barros nos muestra mujeres de luto riguroso que en un loop se resisten a lavar la ropa manchada con las huellas violentas del patriarcado. ¿Máculas de qué?, pensamos de inmediato, y emergen capas y capas de los rastros que no desaparecen de la historia de la casta de la infamia y la violencia patriarcal. Vestigios imborrables de un eje de la cultura. La barbarie se inscribió a través del cuerpo, también, y los cuerpos portan la huella, signo como testimonio que en tanto circula en el espacio público, denuncia y se asume. Parte de una historia que para detenerse necesita ser expuesta.

“En todas las casas ensombrecidas por la pobreza y el secreto hay un mueble que solo contiene sábanas manchadas. Jamás se lavan. Tienen la ignominia de la derrota en la sangre que ostentan.

Y las madresniñas cosen sacos blancos para reponerlas en los tendidos, pidiendo la tregua de paz que nunca llega.” (34)

Lugar medular de lo que históricamente ha sido territorio femenino condensa dos significantes en “Bocas cosidas”: se nombra a las madresniñas a propósito del quiebre violento ante la niñez robada por la violencia, que las fuerza a la maternidad sin escapatoria. ¿Acaso el incesto y la violencia sexual no han sido parte de la historia de la humanidad hasta hoy? Se sigue violentando lo que no corresponde a lo masculino patriarcal. Y acá no nos referimos sólo a lo femenino, si no que podemos pensar en los diversos géneros. Chile, hoy aún discutiendo sobre la legalización del aborto, ilegal en todas sus formas, cuando sabemos que se practica y la clase es lo que lleva a las mujeres pobres a estar expuestas a prácticas riesgosas, que dejan su vida en un hilo. Chile, donde el femicidio permanece y parte importante de nuestra sociedad y el Estado lo invisibilizan. Acá podemos entender que están las tristes, también. Acá pueden llegar, herederas del silencio de las bocas cosidas, transmutadas y quietas.

En “Bocas cosidas” la condena no se resuelve a través del saber transmitido. De particular interés nos resulta un personaje entrañable que emerge hacia el final de esta micronovela, que nos lleva a una salida y es significativamente llamativo en tanto rompe el género: está travestido. Para salir de la condena del género mandatada desde el patriarcado, llega quien desviste el género y lo viste con nuevos ropajes (género/tela; si quieren hacemos el juego de palabras): el cuerpo se viste y se trasviste. Y calma regresar a la certeza de que aún nos queda intentar la ruptura como gesto de resistencia, pudiendo escapar o abandonar la escena descarnada de la violencia, incluso la de género. Se deben romper los hilos que atan el cuerpo, grafica Barros, para romper las cosificaciones y condenas del género.

Pero no sólo esta insistencia apuntala la escritura de Barros, ya que nos regala momentos de redención, donde despliega la belleza del lenguaje. Ahí, donde el horror clausuró, deja aparecer en susurros palabras que refieren imágenes. Breves, como estos microcuentos, precisas para llevarnos a rumbos que salvan y permiten seguir. Barros ya nos ha mostrado su destreza en estas escrituras breves y se ha encargado de difundir esta forma escritural convocando a escribir a otros y otras en sus Antologías Basta! Más de cien cuentos contra el abuso infantil y Basta! Cien mujeres contra la violencia de género, por ejemplo.

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Los microcuentos de Las Tristes operan como fragmentos que devienen mosaico, memoria hilada que compone múltiples escenarios de nuestras historias, y en estos circulan los estudiantes, el nudo profundo de nuestra tensa relación con los pueblos originarios visto desde el bestial modelo económico chileno (y desde el exitismo de una mujer, a la vez, en la micronovela “Máscaras”), las y los migrantes, la historia de nuestro pasado reciente a través del exilio o las familias clamando por justicia en nuestras calles. La ciudad cubierta de pisadas y palabras en búsqueda de dignidad, aquella que tantos nos recuerdan en sus luchas, pequeñas o gigantes. La escritura registra las palabras para que no las olvidemos, han dicho. Y la escritura aparece como pregunta abierta en estos microcuentos, acto fantasma que brota en diversos pasajes del libro.

El sueño se gesta como escenario de oleaje suave y omnipresente en los textos de Barros, las imágenes creadas en ese espacio onírico rondan el libro y lo atraviesan: los sueños de las tristes, el mito fundante en “Bocas cosidas”, las imágenes que no se dejan reprimir y emergen a través del sueño como espacio que se habita y nos invade, a veces perturbador, otras indicando misterios o anhelos. Como ya otras veces nos lo ha ofrecido Pía Barros con su escritura.

 

 

Pía Barros

Dejó Melipilla, la ciudad donde creció, “sin pena”, junto con “un destino de niña bien y el recuerdo de la yegua a la que, desde los 7 años, le declamó sus poemas”, y lo hizo para ir a estudiar pedagogía en Castellano a Santiago. Allí asistió también al taller de Carlos Ruiz-Tagle (más tarde, ella misma se convertiría en una famosa tallerista), quien le recomendó que se dejara “de perpetrar poemas a la gente indefensa” y se dedicara a la narrativa.1 En 1989 fue profesora visitante en la Universidad de Oregón, Estados Unidos.2

Pía Barros, que se declara “feminista a mucha honra”, ha destacado en el cuento, aunque también ha escrito algunas novelas. Además, ha publicado una treintena de libros-objeto con material literario ilustrado por destacados artistas gráficos chilenos, lo que le ha valido la obtención del Fondart (Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y las Artes) en dos oportunidades. Obtuvo también la beca de la Fundación Andes, con la que escribió la primera novela de difusión digital en Chile, Lo que ya nos encontró, y la del Escritor, del Consejo Nacional del Libro y la Lectura.

Sus cuentos han sido publicados en más de treinta antologías, tanto de Chile, como de Alemania, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos (algunos traducidos por Martha Manier, Diane Russell, Analisa Taylor, Amanda Powell, Jacquline Nanfito, Resha Cardone y Jane Griffin), Francia, Italia, Rusia, Venezuela, entre otros. En Chile, ellos comparten publicación con cuentos de escritores como Roberto Bolaño, Alberto Fuguet, Antonio Skármeta, Diamela Eltit e Isabel Allende.

Dirige los talleres literarios Ergo Sum desde 1976; también es directora de Ediciones Asterión.

Está casada con el poeta y periodista Jorge Montealegre; son pareja desde principios de los años 1980 y han tenido dos hijas: Abril, artista textil, y Miranda, escritora.

Entrevista con Pía Barros, escritora y activista chilena

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.