Dias de lluvia

La meteo local ha anunciado que toda la semana tendremos lluvias, lo cual me provoca un cierto desánimo. Los días de sol anteriores me habían inyectado una buena dosis de energía y optimismo: —Al fin la primavera se instala— pensaba. Sin embargo, fue una ilusión que duro bien poco. Una vez que me encontré al exterior, el viento gélido, una caída breve de «neige fondante» me recordaron que aún quedaban rescoldos de un invierno, que a diferencia de otros años había sido «doux et bienviellant». El frío extremo estuvo ausente en esta estación, así que no podía quejarme tanto.
Como cada semana organicé mi agenda y ello me recordó y me obligaba a que pese a los imprevistos del clima, tenía que cumplir con mi meta (entre otras) de caminar mínimo 3 días por semana. Era lunes, y los lunes están siempre saturados de mil pendientes. Este día de la semana lo visualizo como una gran pendiente; y obvio, comenzar mi día me cuesta el doble de esfuerzo. Y para rematar: el escenario externo que apreciaba desde mi ventana, no ayudaba ni me motivaba en lo más mínimo. El cielo color plomo, el viento frío y violento, las casas con una halo de tristeza y el graznido crispante de los cuervos. Todo era perfecto para escribir una historia macabra. Así que opté por algo más «light»: comencé a leer otra novela de Amélie Nothomb, mucho más ad hoc con el momento. Desde hace dos meses que cada semana divago en los claroscuros de sus historias. Me imagino que también es un reflejo de mi estado de ánimo (esta autora ejerce en mi una fascinación extraña y adictiva). «Tuer le père» aligero el escenario fatal que había visto desde el umbral de la ventana.


A la mañana siguiente, muy temprano tomé mi agenda y volví a re-leer los pendientes que tenía. Aproveché para subrayar con un marcador rosa fosforescente aquellos que ya había realizado. Y de nuevo vi, «aquel pendiente» esperando su turno. Después de trabajar varias horas de corrido frente al ordenador, me dije que sería un buen tiempo para caminar. Mis piernas entumecidas me lo exigían. Pero, en eso un ¨reminder¨ de mi teléfono inteligente me recordó que esa tarde cenaríamos con los abuelitos de mi esposo. Miré el reloj y después de hacer unos cálculos mentales deduje que apenas tendría el tiempo necesario para ir al banco, recoger a los niños al colegio y pasar a la SAQ ( Société des Alcools du Québec) por una botella de vino rosado que tanto le gusta a la abuelita. Así que de nuevo tenía una nueva excusa, pero algo en mi me lo reprochaba, me condenaba mi falta de disciplina. Y para reconfortarme volví a asomarme por la ventana: «Il pleut à boire debout» llovía con intensidad, seguramente si hubiera salido habría regresado toda empapada.
Es jueves y esta vez me digo: —«no habrá excusa que valga, tengo que salir a caminar» «necesito re-cargarme»—. Instantes después vuelvo a mirar por la ventana como cae la lluvia, sus gotas acompasadas como una dulce sonata, son como una canción de cuna que me arrulla. La noche anterior me acosté hasta muy tarde y mi cuerpo lo resiente, el escenario es perfecto para una siesta vespertina. Mis ojos se dan por vencidos. Mi alarma suena media hora más tarde, adormilada aún miro la hora, me pongo de pie, bajo las escaleras a tientas y luego me dirijo a mi escritorio, ahí sentada, la ventana me llama de nuevo, cavilo sobre lo que haré el resto de la tarde. De un golpe me levanto, me pongo el abrigo, las botas y mis guantes,. En un abrir y cerrar me encuentro sobre mi calle caminando, respiro varias veces y de inmediato una sensación de bienestar invade todo mi cuerpo. Camino a buen ritmo, esta velocidad me permite observar mi alrededor lo suficiente e identificar los cambios en el mismo. Una lluvia intermitente cae, el cielo continua con la cortina grisácea de los últimos días, los pájaros cantan, los árboles comienzan a llenarse de retoños. El césped y las plantas se despiertan tranquilamente de un largo sueño. A mi paso encuentro aún vestigios del invierno: algunos montones de nieve sucia, hace tiempo que su blancura virginal ha sido mancillada. Sobre el asfalto «Les nids-de-poules» abundan y algunos automovilistas logran pasar los obstáculos con gran maestría, otros menos expertos y distraídos vociferan todo tipo de obscenidades al darse cuenta que pasaron uno sin evitarlo, entre la lluvia que camuflajea el hoyo y entre que miran el móvil, un vrai danger. La lluvia se vuelve pertinaz y poco a poco sube su intensidad. Me mojo. Lo disfruto. Mis pasos y la lluvia me ponen como en un estado de levitación profundo, siento una gran paz, medito, me re-conecto con mi fuente. Me siento agradecida con la vida y con el universo, caminar bajo la lluvia, un jueves de un cierto día del mes de abril del 2017, a las 14 horas y 35 minutos es un privilegio. Sobre todo cuando pienso que hay más de 3000 millones de seres humanos que en estos momentos están trabajando, y no tienen el privilegio que yo tengo: de caminar bajo la lluvia. En la recta final de mi recorrido, un tipo de casita en madera pintada en color morado a las afueras de una propiedad llama mi atención. Al principio pensé que era para el correo, pero ya estando más cerca, a través de la vitrina puedo ver algunos libros en su interior y leo los anuncios: «Si tu veux un libre-poses en-un!» Bibliothèque de rue. —!Que excelente idea!—pienso. Sin embargo, no me atrevo a abrir la vitrina y tomar uno, la presencia de un viandante me intimida y continuo mi camino hasta casa. Me reprocho mi cobardía, pero me consuelo pensando que tengo una nueva motivación para seguir haciendo mis caminatas, y en caso de que me quede sin bouquins ya tengo una nueva opción. No cabe duda que los días de lluvia son especiales…

Lorena Lacaille

Longueuil, abril 13, 2017

 

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© Lorena Lacaille, 2017.

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