‘La charla’ de Linda Rosenkrantz

Se publica por primera vez en español “La charla” (Anagrama), la novela mítica de Linda Rosenkrantz escrita a partir de conversaciones reales entre tres jóvenes en los años 60

“Asquerosamente pornográfica”, así es como calificó La charla el primer editor que leyó y que —por supuesto— rechazó el arriesgado manuscrito que Linda Rosenkrantz acababa de mandarle.


Es probable que “arriesgado” sea una palabra demasiado suave para definir lo que Rosenkrantz tenía entre manos. Su novela no era una narración convencional. Ni siquiera era una ficción. ¡Ni tampoco, que no, una novela! Sin embargo, ella quería asumirla así como tal. Porque, en palabras de la autora “¿hay más arte en el arte o en la realidad”.

La charla, en verdad, no era un libro que Linda Rosenkrantz hubiera escrito desde su imaginación, sino más bien desde su atrevimiento. Una buena idea —llevarse una grabadora 24 horas durante un viaje de tres amigos y registrar cada conversación— y una buena ejecución —seleccionar las más sorprendentes de esas charlas, para hacer un retrato generacional y sincero de lo que significó ser joven en los 60—.

Fue en 2015 cuando este texto, que hasta el momento había aparecido en publicaciones muy marginales de Estados Unidos y después de que Rosenkrantz llegara a desesperarse, se volvió a reeditar. Tuvieron que pasar casi 50 años, toda una vida, para que en el mercado anglosajón su obra ya no estuviera tan mal vista. Y al contrario de lo que ocurrió en su momento, gran parte de la crítica celebró lo original del proyecto, así como su vínculo con buena parte de la producción literaria o audiovisual moderna.
Para muchos críticos, de hecho, empezando por el escritor Stephen Koch, los ejercicios de representación de la amistad y la juventud y las conversaciones eternas y alocadas de series como Broad City o novelas como ¿Cómo debería ser una persona?, de Sheila Heti, son una herencia de Linda Rosenkrantz.

Heredados o no, lo cierto es que esta reedición de Rosenkrantz sí ha coincidido con un movimiento feminista en las nuevas letras estadounidenses, así como con una recuperación de la estética sesentera que puede leerse en novelas como Las chicas de Emma Cline. Aquí, los 60 se reivindican como un espacio femenino, libre, esperanzador. Una época en la que las mujeres se liberaron sexualmente y en la que aún no se conocía el lado más oscuro de ciertas drogas que en aquel tiempo se empezaron a consumir.

Obviamente, esa visión de aquella década está bastante idealizada, sin embargo leyendo La charla uno logra ver lo mejor y lo peor de esos años en su apogeo.

Tras un clic —aquel que lleva a Linda Rosenkrantz a encender su grabadora y documentar cada instante de un viaje de tres amigos— estas conversaciones dan cuenta de cómo pensaban las chicas de aquel momento, sus filias y sus fobias, sus manías amorosas, sus aspiraciones vitales —alejadas de la maternidad y el papel silencioso y secundario que hasta entonces se otorgaba a la mujer—.
La charla es, entonces, la historia de tres amigos treintañeros, dos chicas y un chico, que no tienen miedo de contárselo todo, incluso los secretos más sucios, porque saben que entre ellos no van a juzgarse, ni a insultarse, ni a censurarse.

Así, entre parloteo y parloteo, Rosenkrantz divide su novela en varios capítulos en donde las conversaciones abordan temas tan dispares como el consumo de drogas, las relaciones sentimentales fallidas, el gusto por la gastronomía y sus manías a la hora de comer, la idea del duelo, lo solos y estúpidos que nos sentimos cuando alguien nos deja, o lo estresante que es intentar caer bien a todo el mundo, cuando la verdadera amistad sólo existe en círculos muy cerrados.

Quizá por esto último Linda Ronsenkrantz decidiera invitarnos a su círculo intimísimo —un reality show protagonizado por Vincent, Marsha y Emily— en un verano del 65 en East Hampton. Al entregarnos su privacidad de esta manera, nos demostró que la vida, bien mirada, puede ser arte en sí misma.

O como se confiesa en una de las páginas finales:

«MARSHA: Luego, después de decirle que no tenía sentimientos me he venido a casa y me he puesto a llorar.

EMILY: Querida, todos sabemos que tienes sentimientos, eres una persona muy compleja. Y, en ciertos aspectos, has tenido un verano muy positivo.

MARSHA: La única finalidad de este verano era escribir un libro.

EMILY: Y lo has hecho.

MARSHA: He escrito el libro, sí.»

¿Y por qué rescatar este libro ahora? Ante todo porque sigue plenamente vivo, con sus ágiles diálogos que mezclan reflexión, hilaridad, lubricidad, dudas y contradicciones; en segundo lugar porque es el valioso testimonio de una época convulsa; y también por ser un audaz experimento de literatura de lo real, cuya influencia puede rastrearse hoy en series como Girls, de Lena Dunham, o en el humor deslenguado -¿de una obscenidad asquerosa?- de Amy Schumer. La charla es la vida misma, con toda su crudeza, impudor y paradojas. Y casi cincuenta años después sigue tan fresca y provocadora como el primer día.

«¿Son los neoyorquinos los mejores conversadores del mundo? Nos hemos familiarizado con este modo de conversar a base de agudezas, ingeniosidades, ironía, sobrentendidos y chismes en comedias televisivas como Friends, pero Rosenkrantz fue de las primeras en darse cuenta de que es una forma de arte por derecho propio» (Brandon Robshaw, The Independent).

«Una chisporroteante ventana warholiana a la procaz escena neoyorquina de mediados de los sesenta. Me han entrado ganas de meterme en una máquina del tiempo» (Simon Doonan).

«Un libro sobre la comunicación, sobre el amor -tanto romántico como platónico- y sobre el momento de dejar atrás la juventud. Es fascinante» (Amelia Fisher, The Literary Review).

«Documenta una era de liberación» (Anna Wiener, New Republic).

«Elocuente y convincente» (Norman Schrapnel, The Guardian).

«Fresco, divertido y delicioso» (John Williams, The New York Times).

INTRODUCCIÓN

Lector, tienes en las manos una loncha gruesa, jugosa y, sobre todo, auténtica de la década legendaria de 1960, ejemplo temprano de un experimento literario que funcionó entonces y aún sigue funcionando. El siglo XXI ha visto el auge de la telerrealidad. Publicada en 1968, La charla es una novela reality. Ni uno solo de sus diálogos es inventado, o recordado vagamente, o fruto de la fantasía de un escritor. Poco antes del verano de 1965, Linda Rosenkrantz tuvo una idea realmente original: ¿por qué no comprobar si la vida imita de verdad al arte? Tres amigos -no tres personajes ficticios sino tres personas reales- pasan sus vacaciones de verano en East Hampton. ¿Cómo «capturar» su experiencia?

Grabándola. Haciéndola real.

«Tuve la grabadora encendida todo el verano», recuerda Rosenkrantz. «Hasta me llevaba el abultado monstruo a la playa. Al principio había veinticinco personajes y unas mil quinientas páginas de original a un solo espacio; me llevó cerca de dos años reducir esa cantidad a tres personajes y doscientas cincuenta páginas.»

Lo que Rosenkrantz cosechó del mar sin fin de las charlas sobre sexo, el cotilleo playero y las mariscadas veraniegas fue una novela en la que sólo hay diálogo. El resultado es un documento único en los anales de la amistad y el amor disfuncional, lleno de irresistibles agudezas verbales -golosinas literarias- que oscilan entre la reflexión profunda y la hilaridad. Estas charlas a veces son impresionantes, a veces graciosas. Nunca inanes. Siempre divertidas.

[Principio del libro]

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

 

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