Marguerite Vallette-Eymery, ‘Rachilde’:’hombre de letras’.

Marguerite Vallette-Eymery, ‘Rachilde’ (1860-1953), una escritora que pese a un pseudónimo de aires femeninos, se presentaba a sí misma como ‘hombre de letras’. Bisexual y aficionada a vestir como un hombre, su obra causó un gran escándalo en la época y acabó por caer en el olvido.

Hija única de un oficial militar que nunca ocultó su deseo de haber tenido un hijo varón, Marguerite Vallette-Eymery nació durante el Segundo Imperio, en 1860, en la región de Aquitania, al sudoeste de Francia. Víctima, como su madre, de abusos físicos y psicológicos, lectora voraz de la biblioteca familiar, su vocación literaria empezó muy temprano, en contra del deseo paterno y, escapando de los mandatos familiares, llegó a los veinte años a París, la ciudad en la que por ese entonces crecía el interés por los estados ocultos de la mente y la alteración de la conciencia de la mano de los simbolistas. Allí tomó contacto con algunos artistas de la época –quienes llegaron a llamarla “mademoiselle Baudelaire”–, frecuentó a los excéntricos Alfred Jarry y Jean Lorrain, y adoptó definitivamente, para sus primeros escritos por encargo, el seudónimo de Rachilde, alegando que era un noble sueco –y no ella– el que le dictaba los relatos. Publicó muchísimo en Francia y fue traducida muy poco; su segunda novela, Monsieur Venus, de 1884, es considerada su obra clave: editada en Bruselas, cuenta la historia de una mujer de la alta sociedad que se traviste, y contiene escenas explícitas de sadomasoquismo y otras prácticas sexuales macabras que le valieron una acusación de obscenidad. Rachilde aprovechó el escándalo para alentar la circulación de su obra y hacerse más conocida.

En 1889 se convirtió en la esposa de Alfred Vallette, responsable de la revista literaria Mercure de France, alrededor de la cual se reunían escritores e intelectuales destacados de la época. Todos los martes, en el salón parisino del matrimonio, se juntaba el comité editor con personalidades como Jules Renard y los decadentistas Remy de Gourmont y Villiers de L’Isle-Adam. Junto a ellos, Rachilde despuntó su labor como periodista, alimentando hasta 1926 una columna en la revista en la que comentaba y promocionaba la obra de jóvenes talentos. A diferencia de otras mujeres de su tiempo como Colette o Anaïs Nin, Rachilde se mantuvo alejada de los amores escandalosos y se dedicó exclusivamente a escribir, a profundizar su poética. Entre sus novelas, colecciones de relatos y obras de teatro se destacan Madame la mort (1891), Le demon de l’absurde (1893), La tour d’amour (1899), La maison Vierge (1920) y la novela autobiográfica La Marquise de Sade, que demuestran cómo supo declinar en clave de género algunos tópicos de la literatura gótico-romántica, sumándole elementos decadentes y malditos, atenta también a la experimentación surrealista de comienzos del siglo XX. En todas sus obras e intervenciones puso en juego su propio modelo femenino que se acercaba a la femme maudit baudelaireana, y se oponía por completo a la mirada masculina alimentada por los simbolistas. Aunque nunca se plegó a los movimientos feministas, ni es leída por ellos, su obra se anticipó a muchos ejes críticos como la división sexual patriarcal, la institución familiar y la independencia ante los modelos preestablecidos, evitando los estereotipos y alentando la inversión de roles, con una prosa pulida que explicita su atracción por la perversión y lo siniestro. Pero la fama de Rachilde empezó a declinar después de la Primera Guerra Mundial, y durante la Segunda los nazis la persiguieron pensando que era judía. Murió olvidada, en condiciones precarias, hace casi sesenta años.

Monsieur Venus

Este libro es bastante abominable, sin embargo, no puedo decir que me disguste”. Con este cínico ademán, abría el muy conservador Maurice Barrès su prólogo a la edición francesa de Monsieur Venus, donde contrastaba la vida virginal de la autora con su perturbadora imagen del mundo. Y eso que el libro venía ya censurado, pues cuando, en 1884, se publicó por primera vez en Bruselas, había terminado ante los tribunales belgas, que condenaron en rebeldía a la escritora a dos años de prisión bajo la acusación de pornografía y escándalo público. Era la consecuencia de una voluntad expresamente desafiante desde el título mismo, que se presentaba como la suma paradójica de lo masculino y lo femenino, para apuntalarse en el subtítulo no menos provocador de Novela materialista, entendiendo materialismo como el rechazo moral y filosófico de cualquier orden burgués.

El libro salió al mercado bajo el nombre de Rachilde, seudónimo de Marguerite Vallette-Eymery, una joven de 24 años, hija de un oficial de caballería, que había llegado desde provincias al París de fin de siglo para hacerse un hueco literario entre simbolistas y decadentistas. El nombre impostado le serviría como carta de presentación, pero también de parapeto para esquivar responsabilidades y atribuir los desmanes de su escritura a un noble sueco del siglo XVI. Pero lo cierto es que, en su afán por publicitarse y acordar su vida con su obra, llegó a conseguir una autorización de la prefectura de policía para vestirse de hombre y diseñó sus tarjetas bajo la divisa de “Rachilde. Homme de Lettres”.El libro (1884) le valió a la escritora una condena en rebeldía a dos años de prisión por pornografía  y escándalo público

KRK Ediciones acaba de recuperar esta novela inteligente y singular en la finísima traducción de Rodrigo Guijarro, estampada y encuadernada con esmero, para traer a los lectores hispánicos del siglo XXI la historia de Raoule de Vénérande, la joven aristócrata que se adentra en un oscuro laberinto de pasiones y somete a Jacques Silvert, un hermosísimo obrero, a sus antojos. Con ello, Raoule no solo pone patas arriba el orden social establecido, sino que asume el papel de una artista que moldea a su mantenido masculino, reducido a un mero objeto de deseo: “¡He aquí el hombre! No Sócrates ni la grandeza de la sabiduría, no Cristo ni la majestad de la entrega, no Rafael ni el resplandor del genio, sino un pobre despojado de sus harapos, la epidermis de un patán”.

Y, en efecto, con una inteligencia fría y exaltada, la joven recrea el mito de Pigmalión asignándose a sí misma el papel de hombre dominante, de húsar sexual, y convirtiendo al hermosísimo Jacques, hasta en el mismo atuendo, en una mujercita subyugada: “Jacques llevaba la existencia ociosa de las mujeres orientales confinadas en su harén que no sabían nada más allá del amor y que todo se lo atribuyen a este”. Esa completa posesión del otro dará ocasión a toda forma de transgresión carnal, travestismo, masoquismo y sadismo, fetichismo e intercambio de papeles sexuales entre hombre y mujer. Los lectores asistimos a la intimidad de la pareja, recluida en un santuario amoroso, pero no con la inmediatez de un primer plano pornográfico, sino a través de una palabra escrita que se hace carne ante nuestros ojos. A la postre, la belleza de Jacques Silvert quebrantará la integridad sexual de todos los personajes que le rodean en la novela, hasta que finalmente Raoule, invirtiendo la historia de Pigmalión, termine destruyendo al joven proletario hasta convertirlo en un autómata, en una estatua artificialmente viva. Es el último acto artístico de la protagonista.

 

Compilación hecha por Lorena Lacaille.

Anuncios