«A medio verano».

Ya han pasado más de dos meses desde mi último post. !Que increíble! y aún más las cosas que me han pasado, de pronto me siento como en una película de acción, no salgo de una situación cuando ya ha comenzado otra. Lo bueno de todo este movimiento es que justo no tengo tiempo para aburrirme ni para desperdiciar el tiempo en situaciones ni personas que no me nutren. El cambio ha sido una constante de este año y les confieso que años como este quisiera muchos más, son de esos periodos en la vida en que uno da un salto cuántico, un parteaguas: un antes y un después. No cabe duda que la vida es linda, y trato de que cada mañana no se me olvide agradecer por estar viva y por tener a mi lado a las personas que más amo en el mundo: a mi esposo y a mis dos hijos. Y por supuesto agradecida por estar en salud, realizo que con amor y salud todo es posible, sólo es cuestión de tiempo, disciplina y trabajo constante. Sin embargo, para recargar baterías hace falta tomarse una pausiita de tanto ajetreo, y en vista de que por una razón u otra no hemos podido partir de viaje, las escapadas de fin de semana, y mis caminatas matutinas o al atardecer han sido mi mejor manera de revitalizarme. Además, son fuentes de inspiración, desbloquean mis nudos creativos y le dan un empujoncito que me facilita la vida. Otras veces, los vientos me susurran soluciones a mis dilemas existenciales, en fin, que salir y estar en contacto con la naturaleza siempre es redituable. Así que si andan con los ánimos bajos, les recomiendo ampliamente una paseo al parque más próximo, o si tienen el privilegio de vivir cerca de la playa, de un lago, o bosque, aprovechenlo, nada mejor que estar en contacto con elementos naturales puros.

En mi caso, tengo a 20 minutos de caminata el maravilloso Fleuve de Saint-Laurent, pegadita esta la ciclopista y un pequeño parque. Y por si no fuera poco, la marina, que me hace recordar la de Creta en Grecia, claro menos pintoresca pero también tiene su encanto. Luego de atravesar la patrimonial calle de Saint-Charles y bajando en linea recta llegamos al puente que atraviesa la A-132, cada vez que camino sobre esté siento un vértigo que me hormiguea desde la punta de los pies hasta el pecho. Por unos momentos, mi mirada se pierde en el flujo incesante de autos y camiones que van y vienen, vidas que se cruzan sin mirarse, siempre ansiosas por llegar a su destinación. Enseguida, esta la marina y después de pasar la bici pista mi recompensa: un atardecer maravilloso con el cielo malvo, tonos azules, rosados y colores ocres. Al fondo, el viejo puerto de Montreal, El estadio Olímpico y los barcos que cargan y descargan, aviones que surcan el cielo de forma sistemática. El mundo no se detiene, sigue su loca carrera. Sin embargo, yo tomo el tiempo de contemplar por unos minutos el privilegio de este escenario en movimiento. Las olas del fleuve producen en mi un efecto mágico-sedante, evoco viajes, lugares por visitar, momentos felices, flashazos de vidas pasadas, déjà vu, simplemente me transportan a otra dimensión. Siento una paz inmensa, y abro mis brazos como alas para cargarme al máximo de esa hermosa energía y entonces, un deseo vehemente me invade de volar, de volar muy lejos…De explorar el mundo.

Lorena Lacaille

Longueuil, Agosto 12, 2017.

Derechos de autor
Este artículo es de libre distribución siempre y cuando respetes el nombre del autor y no alteres la información.
© Lorena Lacaille, 2017.

 

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