Antes del huracán’ de Kiko Amat

El escritor publica Antes del huracán, una novela sobre la locura que regresa al cinturón obrero de Barcelona, el paisaje sentimental de su infancia

 

Asegura Kiko Amat (San Baudilio de Llobregat, 1971) que, “aunque sea por decoro telefónico”, no lleva puesto el pijama, su habitual traje de faena. El periodista y novelista barcelonés nos atiende desde su casa un día antes de la publicación de su última y extensa novela -más de 400 páginas-, Antes del huracán (Anagrama), que presenta este miércoles en Barcelona. Tras un largo periodo de encierro mientras la escribía, ahora podrá “salir del cubil” a respirar aire fresco. “Hasta me he afeitado, cosa que no hacía desde 2007. Ayer quedé con unos amigos después de mucho tiempo y ni siquiera me reconocían”, asegura. “No entiendo a los que se meten a escribir por glamour, este oficio implica solo aislamiento, obsesión y una domesticidad enloquecida”, opina el siempre cáustico novelador del extrarradio.

Antes del huracán regresa precisamente a ese cinturón metropolitano y obrero barcelonés que le vio crecer y la parte más esencial de la trama se ubica temporalmente en los años ochenta, a pesar de que al terminar su primera trilogía –El día que me vaya no se lo diré a nadie (2003), Cosas que hacen BUM(2007) y Rompepistas (2009)- dio por clausurada su indagación en ese contexto.

La novela cuenta la historia de Curro, un preadolescente sensible, inteligente y con trastorno obsesivo compulsivo, y la de su familia desestructurada, marcada por la precariedad económica y afectiva y un historial psiquiátrico nada halagüeño para el futuro del protagonista.

No quiero ponerle gloria ni épica al asunto, pero el paisaje de mis juegos era un puto solar”

Todo lo que cuenta esta parte de la trama sucede en torno a 1982, bastante “antes del huracán”, y se intercala con capítulos en los que Curro, ya en 2017, se encuentra ingresado desde hace 20 años en el psiquiátrico que está justo al lado del colegio donde estudió de pequeño y planea fugarse con la ayuda de un mayordomo con el que inventa conversaciones ingeniosas en un lenguaje afectado. Contraponiendo ambos escenarios temporales, la novela va mostrando poco a poco el camino hacia ese irremediable “huracán” que un día dará con sus huesos en el manicomio. También aparecen monólogos (conversaciones de bar en las que se omiten las respuestas del interlocutor) que completan la historia familiar, especialmente la del abuelo que enloqueció durante su participación en la Guerra Civil, cuando un obús dejó a su capitán con la cabeza intacta y la columna vertebral al aire, delante de sus narices, así como la de su madre, que también acabaría perdiendo la cordura cuando la familia terminó de romperse.

Locura, violencia y envidia

“Yo vengo de un mundo donde la locura era natural y cotidiana”, explica Amat, cuya madre trabajaba de auxiliar de enfermería en el psiquiátrico real en el que se inspira el de la novela. “O sea, que le tocaba limpiar culos y vómitos y enfrentarse a la destrucción”. Para Amat, su pueblo “se parece mucho a todos los pueblos de la periferia urbana mediterránea e incluso universal”, pero el suyo tiene una peculiaridad añadida porque albergó “uno de los psiquiátricos más grandes de España en aquella época, si no el más grande”, explica.

¿Y cómo ha cambiado desde los 80 hasta hoy ese extrarradio que describen los libros de Amat? “Ha cambiado muchísimo. Yo me fui, como todos los autores de extrarradio, para mantener una relación de secuestro mental permanente con el lugar donde nací”. El escritor se fue de Sant Boi (ya nadie dice San Baudilio) a los 22 años, y ahora tiene 46. “El libro explica cómo ha cambiado, porque en 2017 el protagonista intenta buscar a los espectros de la infancia en el paisaje presente y no lo consigue. ha cambiado demasiado. Por otro lado, ese paisaje está vivo en mí. Cierro los ojos y veo las cisternas abandonadas, las espiguillas, las rieras llenas de zurullos de cabras porque aún había pastores en la zona, las torres eléctricas… Las torres eléctricas sí que siguen allí. Pero ya no encuentro aquellos solares. El solar fue nuestro paisaje natural, el descampado. No quiero ponerle gloria ni épica al asunto, pero el paisaje de mis juegos era un puto solar. Ahora vuelvo y me encuentro algunos destellos de aquellos solares y es como hacer un viaje místico”.

También recuerda Amat la violencia estructural de aquel medio ambiente: “Yo no me crié en un entorno lumpen, sino en un entorno humilde de clase obrera, media-baja más bien tirando a baja, pero sí era un mundo violento. No es que hubiera pistolas al aire, pero el mundo periférico de los 80 se estructuraba sobre una base de violencia. Los profesores ejercían

Antes mis personajes eran niños dañados con botas de skin, ahora solo son niños dañados”

la violencia física contra los alumnos, la calle era violenta… No de manera excepcional, sino habitual. También el tipo de desestructuración de las familias era distinto al de ahora. Entonces eran padres muy jóvenes, babies making babies, como dice la canción. Gente tratando de entender el mundo, de entender su propia paternidad. Y querían creer que salían de una dictadura pero aún estaban inmersos en ella”.

“Mucha droguería, pero su padre es cojo”, dice la madre de Curro al referirse a otro niño del colegio de familia más pudiente que la suya. La novela está llena de envidia y resentimiento hacia el éxito de los demás. “Lo utópico es la solidaridad de clase, pero solo un memo o alguien que nunca ha vivido en un entorno de clase obrera puede decir que en ese contexto existe la empatía constante. Solo desde muy arriba se ven los colores difuminados, pero si estás inmerso en esa periferia te das cuenta de que hay una paleta de colores desorbitada. La diferencia entre llevar Paredes o Tórtola (dos marcas de zapatillas) era enorme. En el colegio eras otro tío si llevabas una u otra. Es muy tentador pintar a la clase obrera con unos atributos como los que le ponían los escritores socialistas benevolentes del siglo XIX, pero no es así. Hay pequeñas envidias, rencillas absurdas. Un odio de hormiga del que nadie estamos exentos, y pintar esa pequeñez es nuestra obligación como escritores”.

Rascarse las costras

Dice Amat que todos sus autores favoritos ambientan sus novelas en los lugares donde se criaron. John Fante, por ejemplo, en Los Ángeles; Irvine Welsh en “un suburbio de mierda de Edimburgo”. “Yo soy de digestión lenta y he tardado años en entenderlo, pero mi foco de energía es el sitio de donde vengo y lo que da impulso y enjundia a todo lo que hago. En cuanto me alejo del extrarradio urbano barcelonés y de los años 80, lo que hago pierde potencia y se vuelve endeble”, confiesa. “Cada uno tiene sus costras y yo no puedo dejar de rascarme las mías. O, dicho de un modo casi esotérico, cada artista tienen un punto de poder, un punto donde está tocado por la gracia”.

Kiko Amat llevaba seis años sin publicar una novela. “Te seré sincero: igual que los futbolistas tienen malos días, los escritores tenemos malos años e incluso malas décadas. Yo he tenido una época en la que la plenitud de mi vida era un obstáculo para escribir”. En este tiempo, entre otras cosas, el autor ha sido padre. Tener acceso a esa plenitud hizo que su narrativa perdiera “esa rabia y esa frustración incurable” que impulsa su narrativa.

“Los narradores somos las únicas personas que nunca cicatrizamos”, opina Amat. Fue al volver a rascarse sus “costras” cuando encontró nuevos motivos para escribir una novela. “Regresé a la disciplina con respeto, genuflexionando como si entrara en un templo inquietante”. Además se siente satisfecho por un logro reciente: “He conseguido desaparecer del libro”. En sus primeros libros, cree que él estaba demasiado presente. “Yo venía de la clase obrera y nadie me había hecho caso nunca, así que cuando empecé a escribir, mis novelas hablaban de mí, de mi juventud rara subcultural, de los discos raros que tenía. Un montón de referencias arcanas se interponían entre el lector y yo, mi voz quedaba enterrada bajo un montón de chapas… Esto lo pasa uno como un acné, como una veleidad juvenil que tiene que vencer. Y de golpe quieres desaparecer más y más del texto y que solo quede la historia. Quien haya leído mis anteriores novelas y ahora lea Antes del huracán notará un cambio abismal. Creo que esto ha sido uno de mis triunfos respecto a mi ambición personal como escritor. Si antes mis personajes eran niños dañados con botas de skin, ahora son solo niños dañados”.

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

 

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