« Fantasía, terror y ciencia ficción», los temas favoritos de Ray Bradbury.

Ray Douglas Bradbury; Waukenaun, Illinois, 1920 – Los Ángeles, California, 2012) Novelista y cuentista estadounidense conocido principalmente por sus libros de ciencia ficción.

 

En su ponencia, Bradbury relata cómo, a lo largo de su vida como escritor, rechazó grandes cantidades de dinero en encargos, porque sabía que si escribía algo que no le interesaba por dinero, esto lo iba a “destruir”. “Mi esposa y yo teníamos 37 años cuando nos pudimos comprar nuestro primer automóvil”. Debes escribir lo que a ti te gustaría leer.  Ray Bradbury

Alcanzó la fama con la recopilación de sus mejores relatos en el volumen Crónicas marcianas (1950), que obtuvieron un gran éxito y le abrieron las puertas de prestigiosas revistas. Se trata de narraciones que podrían calificarse de poéticas más que de científicas, en las que lleva a cabo una crítica de la sociedad y la cultura actual, amenazadas por un futuro tecnocratizado. En 1953 publicó su primera novela, Fahrenheit 451, que obtuvo también un éxito importante y fue llevada al cine por François Truffaut. En ella puso de manifiesto el poder de los medios de comunicación y el excesivo conformismo que domina la sociedad.

Biografía

Ray Bradbury se graduó en la escuela secundaria en 1938, y se ganó la vida como vendedor de periódicos hasta 1942. Comenzó a escribir desde niño, pero publicó su primera historia en 1938, en una revista de aficionados. Adquirió la certeza de lo que sería su estilo cuando compuso The Lake.

En 1943 dejó el trabajo de vendedor de periódicos y se dedicó a escribir a tiempo completo, publicando en diversos medios numerosos relatos breves, hasta que en 1950, con la aparición de Crónicas marcianas, comenzó su ascendente fama literaria. En sus páginas, que relatan los intentos de los terrestres por colonizar el planeta Marte, se reflejan las angustias y ansiedades que existían en la sociedad norteamericana de la década de los cincuenta, ante el peligro de una guerra nuclear.

Considerados un clásico de la ciencia ficción, este conjunto de relatos interdependientes recoge no sólo las vicisitudes de la colonización del planeta Marte sino también la caída de su civilización, abarcando un período comprendido entre 1999 y 2026. Los marcianos poseen notables poderes telepáticos, lo que causa graves contratiempos a las tres primeras expediciones. La cuarta aporta al planeta la varicela, que contagia a los indígenas y acaba con su resistencia.

A continuación, se desarrolla la obra colonizadora, que aporta al planeta los aspectos más negativos de la cultura occidental. Sólo un mexicano, que conserva las esencias de su cultura indígena, consigue establecer una auténtica comunicación con un marciano que, a su vez, es depositario de las tradiciones desplazadas por la hegemonía de los colonizadores. Éstos han degradado a tal punto la civilización autóctona que en uno de los relatos un marciano utiliza sus poderes telepáticos para divertir a los nuevos amos adoptando las personalidades que le solicitan. También los negros estadounidenses establecen asentamientos para huir de la discriminación. Finalmente, el planeta casi se despuebla porque una amenaza bélica en la Tierra induce a los colonos a regresar. Los pocos que permanecen en Marte se convierten en los “nuevos” marcianos.

En 1951 publicó uno de sus libros mayores, El hombre ilustrado, compuesto por varios relatos de naturaleza fantástica, y dos años más tarde otro de los más representativos, Fahrenheit 451 (título que alude a la temperatura en que los libros empiezan a arder). Fahrenheit 451 narra la historia de una ciudad del futuro dominada por los medios audiovisuales, en la que se acosa el individualismo, están prohibidos los libros, y los bomberos, brazos ejecutores de un Estado totalitario, son los encargados de quemarlos. Al margen de la sociedad, un grupo de hombres recluidos en los bosques decide memorizar textos enteros de filosofía y literatura para preservar la cultura.

Esta fábula moralizante ha sido considerada como una gran obra antiutópica y acaso premonitoria, y fue llevada al cine por François Truffaut. En el relato de Bradbury se exponen de forma minuciosa las razones de la prohibición de los libros en boca del jefe de bomberos, Guy Montag. Frente a sus argumentos se expone el punto de vista de un profesor que aconseja a Montag y que pone de relieve las características positivas de la lectura. De este modo se desarrolla una reflexión que se enriquece con referencias a los clásicos.

Bradbury advierte de los peligros y las amenazas que incumben a una sociedad enteramente automatizada, olvidada de los valores tradicionales de la cultura, y próxima al exterminio atómico. Consigue climas sardónicamente alucinantes en cuentos como There will come soft rains (1950), donde una casa robotizada prosigue realizando los movimientos programados, en un mundo carente ya de vida, hasta su postrer quema liberadora, o en The Veldt (1950), donde otra casa automatizada, casi dotada de vida propia, masacra, con la complicidad de los niños, a los padres de éstos.

Pero Bradbury no sólo cultivó la ciencia ficción y la literatura de corte fantástico, sino que escribió también libros realistas e incluso incursionó en el relato policial. Su prosa se caracteriza por la universalidad, como si no le importara tanto perfeccionar un género como escribir acerca de la condición humana y su temática, a través de un estilo poético.

 

Precisamente por este rasgo algunos críticos no lo consideran un escritor de ciencia ficción como tal y les resulta difícil catalogarlo en uno u otro campo de la literatura. Como ejemplo de ello suelen citarse relatos breves, muy sutiles y tiernos, como Casa dividida y El robo del siglo, o la poética novela El vino del estío. Además del problema de una guerra atómica, de la censura en un mundo por venir y del peligro implícito en las técnicas y la ciencia, trató temas más cotidianos como el racismo, el miedo a la muerte, el amor y la infancia.

Escribió también guiones de cine, como el de la película Moby Dick, de John Huston, así como guiones para series televisivas como Alfred Hitchcock presenta y La dimensión desconocida. En 1963 se publicaron sus obras teatrales, reunidas bajo el título The Anthem Sprinters. Sus relatos cortos han sido incluidos en más de 700 antologías. Aparte de los mencionados, son también muy conocidos títulos como El árbol de las brujas o Cementerio para lunáticos.

 

La última noche del mundo

[Cuento – Texto completo.]

Ray Bradbury

¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo?

-¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?

-Sí, en serio.

-No sé. No lo he pensado.

El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo las niñas jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz de las lámparas verdes. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a café tostado.

-Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.

-¡No lo dirás en serio!

El hombre asintió.

-¿Una guerra?

El hombre sacudió la cabeza.

-¿No la bomba atómica, o la bomba de hidrógeno?

-No.

-¿Una guerra bacteriológica?

-Nada de eso -dijo el hombre, revolviendo suavemente el café-. Solo, digamos, un libro que se cierra.

-Me parece que no entiendo.

-No. Y yo tampoco, realmente. Solo es un presentimiento. A veces me asusta. A veces no siento ningún miedo, y solo una cierta paz -miró a las niñas y los cabellos amarillos que brillaban a la luz de la lámpara-. No te lo he dicho. Ocurrió por vez primera hace cuatro noches.

-¿Qué?

-Un sueño. Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una voz irreconocible, pero una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a detenerse en la Tierra. No pensé mucho en ese sueño al día siguiente, pero fui a la oficina y a media tarde sorprendí a Stan Willis mirando por la ventana, y le pregunté: “¿Qué piensas, Stan?”, y él me dijo: “Tuve un sueño anoche”. Antes de que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ese. Podía habérselo dicho. Pero dejé que me lo contara.

-¿Era el mismo sueño?

-Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por la oficina, sin darnos cuenta. No concertamos nada. Nos pusimos a caminar, simplemente cada uno por su lado, y en todas partes vimos gentes con los ojos clavados en los escritorios o que se observaban las manos o que miraban la calle. Hablé con algunos. Stan hizo lo mismo.

-¿Y todos habían soñado?

-Todos. El mismo sueño, exactamente.

-¿Crees que será cierto?

-Sí, nunca estuve más seguro.

-¿Y para cuándo terminará? El mundo, quiero decir.

-Para nosotros, en cierto momento de la noche. Y a medida que la noche vaya moviéndose alrededor del mundo, llegará el fin. Tardará veinticuatro horas.

Durante unos instantes no tocaron el café. Luego levantaron lentamente las tazas y bebieron mirándose a los ojos.

-¿Merecemos esto? -preguntó la mujer.

-No se trata de merecerlo o no. Es así, simplemente. Tú misma no has tratado de negarlo. ¿Por qué?

-Creo tener una razón.

-¿La que tenían todos en la oficina?

La mujer asintió.

-No quise decirte nada. Fue anoche. Y hoy las vecinas hablaban de eso entre ellas. Todas soñaron lo mismo. Pensé que era solo una coincidencia -la mujer levantó de la mesa el diario de la tarde-. Los periódicos no dicen nada.

-Todo el mundo lo sabe. No es necesario -el hombre se reclinó en su silla mirándola-. ¿Tienes miedo?

-No. Siempre pensé que tendría mucho miedo, pero no.

-¿Dónde está ese instinto de autoconservación del que tanto se habla?

-No lo sé. Nadie se excita demasiado cuando todo es lógico. Y esto es lógico. De acuerdo con nuestras vidas, no podía pasar otra cosa.

-No hemos sido tan malos, ¿no es cierto?

-No, pero tampoco demasiado buenos. Me parece que es eso. No hemos sido casi nada, excepto nosotros mismos, mientras que casi todos los demás han sido muchas cosas, muchas cosas abominables.

En el vestíbulo las niñas se reían.

-Siempre pensé que cuando esto ocurriera la gente se pondría a gritar en las calles.

-Pues no. La gente no grita ante la realidad de las cosas.

-¿Sabes?, te perderé a ti y a las chicas. Nunca me gustó la ciudad ni mi trabajo ni nada, excepto ustedes tres. No me faltará nada más. Salvo, quizás, los cambios de tiempo, y un vaso de agua helada cuando hace calor, y el sueño. ¿Cómo podemos estar aquí, sentados, hablando de este modo?

-No se puede hacer otra cosa.

-Claro, eso es; pues si no estaríamos haciéndolo. Me imagino que hoy, por primera vez en la historia del mundo, todos saben qué van a hacer de noche.

-Me pregunto, sin embargo, qué harán los otros, esta tarde, y durante las próximas horas.

-Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televisión, jugar a las cartas, acostar a los niños, acostarse. Como siempre.

-En cierto modo, podemos estar orgullosos de eso… como siempre.

El hombre permaneció inmóvil durante un rato y al fin se sirvió otro café.

-¿Por qué crees que será esta noche?

-Porque sí.

-¿Por qué no alguna otra noche del siglo pasado, o de hace cinco siglos o diez?

-Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 2069, y ahora sí. Quizá porque esa fecha significa más que ninguna otra. Quizá porque este año las cosas son como son, en todo el mundo, y por eso es el fin.

-Hay bombarderos que esta noche estarán cumpliendo su vuelo de ida y vuelta a través del océano y que nunca llegarán a tierra.

-Eso también lo explica, en parte.

-Bueno -dijo el hombre incorporándose-, ¿qué hacemos ahora? ¿Lavamos los platos?

Lavaron los platos, y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces del cuarto y entornaron la puerta.

-No sé… -dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa entre los labios.

-¿Qué?

-¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre un poco de luz?

-¿Lo sabrán también las chicas?

-No, naturalmente que no.

El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron, juntos, las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media. Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado la velada cada uno a su modo.

-Bueno -dijo el hombre al fin.

Besó a su mujer durante un rato.

-Nos hemos llevado bien, después de todo -dijo la mujer.

-¿Tienes ganas de llorar? -le preguntó el hombre.

-Creo que no.

Recorrieron la casa y apagaron las luces y entraron en el dormitorio. Se desvistieron en la fresca oscuridad de la noche y retiraron las colchas.

-Las sábanas son tan limpias y frescas…

-Estoy cansada.

-Todos estamos cansados.

Se metieron en la cama.

-Un momento -dijo la mujer.

El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento después estaba de vuelta.

-Me había olvidado de cerrar los grifos.

Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.

La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.

-Buenas noches -dijo el hombre después de un rato.

-Buenas noches -dijo la mujer.

FIN

 

 

 

 

Recopilaciones de relatos

Bradbury en 2009.

Novelas

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

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«La tierra sin hombres» de Inma Chacón

La última novela de Inma Chacón(Zafra, Badajoz, 1954) se asienta en una realidad histórica, social y humana muy concreta. Un pueblo de la costa gallega y Ferrol en el primer cuarto del siglo XX con incursiones en el XIX. ¿Por qué el título de Tierra sin hombres?Porque recurre constantemente al asunto de las esposas que se pasan años esperando el regreso de sus maridos que han partido hacia Sudamérica para hacer fortuna. Y por otra razón más importante: porque los personajes masculinos tienen en la novela relevancia muy inferior a la de las mujeres. No obstante, Chacón sabe construir una trama novelística, apropiarse de algunos modos de la novela romántica y del melodrama (por ejemplo, los momentos en que interviene la curandera) y utilizar en el momento adecuado metáforas tradicionales de probada eficacia (“vendaval en medio del océano” para significar la fuerza de una pasión amorosa).

La autora se mantiene fiel a la familia al tratar de conflictos entre hermanas. Elisa es una protagonista siempre en contradicción consigo misma, o acepta los convencionalismos, el marido que le han adjudicado, o sigue el impulso personal, la pasión sexual despertada por un extranjero; su hermana Sabela es su contrafigura, siempre en la sombra, “hermosa, inquietante, perversa”. Rodeando a los personajes relevantes, se mueve el pueblo entero que comenta, habla de lo que ve, oye o tan solo imagina, no siempre es fiable y, desde luego, nunca compasivo; suerte que el narrador, que lo sabe todo, nos dirá luego lo que sucedió o se pensó realmente y, él sí, muestra compasión. Novela escrita para que el lector se intrigue y se divierta. El propósito se cumple bastante bien.

Nació en Extremadura en una familia conservadora, “aristócrata, de derechas y del bando nacional“, según palabras de su hermana. Su padre, Antonio Chacón —que fue alcalde de Zafra durante la dictadura de Franco— tenía inquietudes literarias: escribía poemas4​ con el seudónimo Hache​ y leía poesía a su familia. Falleció cuando Inma y Dulce tenían 11 años. María Gutiérrez, la madre, partió con la niñas al año siguiente a Madrid, donde se instalaron.5

Inma dice que aprendió a leer literatura “muy pronto”: “Mi padre era poeta y mi madre ha sido una gran aficionada a la lectura, así es que desde muy jovencita ella nos elegía los libros”.

Doctora en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, es profesora de Documentación en la Universidad Rey Juan Carlos. Ha sido decana de la facultad de Comunicación y Humanidades en la Universidad Europea, fundadora y directora de la revista digital Binaria y directora del Doctorado en Comunicación, Auge Tecnológico y Renovación Sociocultural.

Es columnista de El Periódico de Extremadura desde fines de 2005 y colabora con diversos medios.

Su primera novela, La princesa india es un homenaje a su hermana, pues era una historia que ella quería escribir cuando enfermó del cáncer que terminaría con su vida en 2003. Dulce le pidió a Inma que realizara ese proyecto, y esta se decidió después de encontrar un extraño colgante que pensó que podría haber sido de la princesa.7

“La historia que Dulce quería contar no la sabe nadie. Tenía su novela en la cabeza desde hacía tiempo, pero no se la contó a nadie. Ella hubiera escrito algo muy distinto, muy desgarrador. Yo he hecho la novela que a mí me hubiera gustado leer. Escribirla ha sido la excusa para sobrevivir a mi hermana. Dulce tuvo el acierto de encargarme este libro y éste es mi homenaje. Es mi venganza sobre su muerte”, ha explicado Inma.7

En 2011 resultó finalista del Premio Planeta con su cuarta novela Tiempo de arena, y la escritora comentó entonces esperar que este galardón le diera identidad propia como autora, porque hasta el momento, según explicó, ha habido mucha tendencia a identificarla con su hermana. “Yo lo entiendo, porque ella era una persona muy querida, admirada, con mucho predicamento, con mucho carisma. La gente la adoraba y cuando yo comencé a publicar querían ver en mí la prolongación de Dulce”, dice la autora.

 

La escritora Inma Chacón presenta su nueva novela “Tierra sin hombres”, en Objetivo Bizkaia

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille

Tobias Wolff, uno de los grandes cuentistas contemporáneos.

Referencia de las letras estadounidenses contemporáneas, Tobias Wolff reivindica la verdad y ve la literatura como un ejercicio de honestidad. En Aquí empieza nuestra historia ha retocado una serie de cuentos escritos a lo largo de su carrera y presenta once nuevos.

Le interesa la mentira. Los personajes que pueblan las historias de Tobias Wolff (Alabama, 1945) a menudo construyen una realidad alternativa. No se trata de dementes incapaces de distinguir entre realidad y ficción, sino de fabuladores natos; embusteros prestos a manipular una verdad que no les convence. En la mentira encuentran una vía de salida. Así, el adolescente del relato ‘El mentiroso’, a raíz de la muerte de su padre, inventa que sus familiares padecen terribles enfermedades. El autoestopista que recogen un hermano triunfador y otro echado a perder en ‘El hermano rico’ habla del delirante descubrimiento de unas minas de oro. En ‘Mortales’, un gris recaudador de impuestos miente sobre su propia muerte para que le escriban un obituario.

“Ya he dejado dicho que cuando muera, por favor, que no me toquen los papeles. No quiero que la gente sepa”

“Estoy en un constante estado de revisión y edición. Las historias nunca llegan a un punto en el que están cerradas”

En Aquí empieza nuestra historia(Alfaguara) este maestro del género ha reunido 30 de sus mejores cuentos. Colaborador habitual de la revistas The New Yorker y Atlantic, en sus páginas publicó gran parte de estos relatos. Casi dos tercios de las historias del nuevo libro fueron recopiladas en colecciones anteriores, pero Wolff ha añadido 11 nuevos cuentos. Con esta antología el escritor ha añadido el Story Award que recibió el mes pasado a su larga lista de galardones, entre los que figuran el PEN / Malamud y el Premio de la Academia de Letras y las Artes de América.

Dice el escritor estadounidense que una de las claves de su oficio es “la experiencia de primera mano”. En más de una ocasión se ha referido a su padre como un mentiroso compulsivo. Al separarse sus padres, su hermano mayor, el también novelista Geoffrey Wolff, se marchó con él. Ambos han escrito sobre la querencia de su progenitor a tergiversar la realidad.

Tobias peregrinó con su madre por varias ciudades de Estados Unidos. En Concrete, Washington, ella volvió a casarse. Wolff falsificó las cartas de recomendación y su historial y consiguió que le aceptasen en un prestigioso internado, el Hill School de Pensilvania. “Era la única manera en que podía entrar. Fue un acto de desesperación. Suspendí matemáticas y me expulsaron. Me lo tenía merecido”, asegura. Tras la expulsión se alistó al Ejército y luchó en Vietnam antes de licenciarse en Literatura en la Universidad Oxford. En su autobiografía Vida de este chico desveló su mentira adolescente. En En el ejército del faraón hizo un memorable recuento de la incertidumbre, el terror y el absurdo de su experiencia en la guerra.

Decepción y traición. Miseria moral teñida con un humor seco y feroz. Wolff tantea este escabroso terreno sin caer en sentimentalismos, ni decoros. No hay piedad, ni disimulo. En su trabajo late lo crudo, lo banal y lo real. Sin alardes aparentes habla de la tentación y la caída, de la absurda conciencia. Quizá por todo esto a Wolff se le encasilló como uno de los autores del llamado realismo sucio. Aquello fue a principios de los ochenta cuando Raymond Carver y Richard Ford -sus amigos y compañeros de generación- diseccionaban con su afilada prosa las miserias cotidianas. “Conocí a Carver cuando yo estaba becado en la Universidad de Stanford en un programa de literatura”, recuerda. “Tenía unas largas patillas. Nos presentó una colega que ya había triunfado. Él todavía no había publicado su primer libro. Apenas hablamos. Unos años después coincidimos en la Universidad de Siracusa dando clase. Vivimos en la misma casa y nos pasábamos las noches en vela hablando”.

Una fría mañana de invierno Wolff posa paciente para las fotos en una esquina desangelada de Central Park. La fina cazadora de cuero y las redondas gafas de sol de aire retro dejan claro que a este residente del Estado de California las gélidas temperaturas le han pillado por sorpresa. En 1997, Wolff regresó a la Universidad de Stanford en Palo Alto donde imparte clases de literatura y un taller de escritura. Una gorra de lana le cubre la cabeza; el espeso bigote blanco, la irónica sonrisa.

En vista del frío, el escritor acelera el paso camino de la casa de un amigo en el Upper East Side donde él y su esposa se están alojando. En la amplia cocina, todos en pijama, comentan el periódico y bromean sobre la actualidad política. El ambiente en esta town house es distendido y familiar. Wolff busca un lugar tranquilo donde hablar. Un ascensor de los años veinte forrado en papel de rayas le lleva hasta la segunda planta y allí, en un amplio salón bajo un ventilador de techo imposible de parar, habla acerca de su colección de cuentos.

En los cuentos escritos hace décadas aparecen veteranos y soldados, en alguno de los más recientes Irak suena de fondo. “Es parte de la misma historia, pero la comparación entre las dos guerras es demasiado fácil. Es la misma retórica en contra de rendirse. La idea de que porque ya han caído tantos tenemos que seguir allí, que fácilmente confunde al público”, asegura. ¿Se olvidaron las lecciones aprendidas? “Tuvimos cuidado durante un tiempo pero la victoria es una industria sensacional. Hemos heredado una determinada tremenda falta de honestidad que está instalada en nuestras vidas”.

El nuevo libro arranca con una confesión en el prólogo: Wolff ha retocado sus viejos relatos, y lo ha hecho porque como autor considera que ese material sigue vivo. Fue otro Wolff quien los escribió, admite, pero el de ahora se siente con pleno derecho a meter mano, en beneficio del lector. “No he cambiado el argumento. La mayor parte de los cambios han sido de lenguaje, de precisión, de depuración. Si puedes prescindir de algo, ¿por qué no quitarlo? Los cambios cosméticos son importantes. A veces estás dentro y no lo ves. Ése ha sido el problema que he tenido cuando he escrito algunas historias”, dice sentado en el sofá.

Sus argumentos resultan convincentes. Wolff sabe cómo persuadir a sus interlocutores con sus razones sensatas. Inspira confianza con su aire tranquilo y cercano. Evita cualquier demostración banal de ego. “Estoy en un constante estado de revisión y edición. Y las historias nunca llegan a un punto en el que están cerradas, nunca llega un momento en que esto para. Porque vamos cambiando”, aclara.

En los más de treinta años que abarca este libro, ¿qué ha cambiado en su escritura? “Un lector tendría más que decir que yo sobre eso. Pero cuanto más tiempo llevas escribiendo más preguntas te haces. Ahora sé que si empleo el suficiente tiempo puedo conseguir algo. He ganado seguridad, pero los retos también son mayores. Te conviertes en prisionero de ti mismo y no quieres hacer algo que te disminuya. Te esfuerzas por mantenerte inquieto”.

En el prólogo de Aquí empieza nuestra historia, Wolff insiste en su afán por descubrir complicados procesos morales o mecánicos que pasan inadvertidos a primera vista, y comparte con los lectores el filtro previo a la publicación de un cuento. “Piensen que antes de que salga publicado en una revista un editor lo ha leído lápiz en mano y que al menos algunas de sus sugerencias han sobrevivido a las negociaciones, no porque me hayan forzado sino porque yo he creído que mejoraban la historia. Luego otro editor lo ha leído antes de publicarlo en una colección de cuentos y sin duda tenía algo valioso que decir. Y si la historia ha sido elegida para una antología, como todos o casi todas de las que están aquí reunidas lo han sido, yo le habré dado otro repaso, y lo he vuelto a hacer de nuevo antes de que salga la edición en bolsillo”, escribe.

El controvertido caso de su amigo Raymond Carver y el mítico editor Gordon Lish -que con su afilado lápiz tachó sin compasión secciones enteras de sus cuentos- es paradigmático de este proceso. “Sí, yo sabía que Lish tiene mano dura”, dice Wolff. La publicación póstuma de la versión completa de los relatos de Carver impulsada por su viuda ha reabierto la polémica. “Creo que eso es una cuestión para estudiosos o académicos. Al final Carver eligió las historias que quiso incluir en su última antología. Regresó a los originales en unos casos y en otros decidió quedarse con la versión editada. Lo que ha ocurrido ahora embarra de alguna manera su legado”.

Wolff ha tomado precauciones. “Ya he dejado dicho que cuando muera, por favor, que no me toquen los papeles. No quiero que la gente sepa. Entiendo que no es una actitud generosa hacia escritores futuros pero los borradores son asunto mío”, añade con una sonrisa. Para evitar tentaciones futuras a sus deudos, dice que ya ha comenzado a destruirlos. ¿Con cuántos trabaja? Desde que escribe en ordenador le cuesta seguir la pista, pero muchos de los cuentos de Aquí empieza nuestra historia los tecleó a máquina. Hacía unas doce versiones. “Cuando empiezo a escribir sé adónde quiero llegar, pero pienso mientras avanzo y mi idea original cambia. Me pregunto cosas como qué es lo que realmente le preocupa a un personaje. ¿Cuál es en realidad la relación de poder? Moralmente, ¿qué está pasando?”.

Admirador del trabajo de Flannery O’Connor y de Faulkner -“les encantaba hacer parodia”-, Wolff pasó su infancia enganchado a los relatos de O. Henry, uno de los padres del cuento americano que inició su carrera literaria para mantener a su hija mientras él cumplía condena en una cárcel por estafa. “Me encantaban sus finales con truco, con sorpresa como en ‘Regalo de Reyes’. Con él descubrí el sentido de la estructura”, recuerda. En Jack London y Hemingway encontró historias que al principio no entendía pero eran vivas y afiladas. En aquellas lecturas descubrió que “a la gente le encanta quererse a sí misma”. Confiesa que también pasó mucho tiempo “haciendo el tonto”, en busca tan sólo de variedad. A los 14 años decidió que quería ser escritor.

Su pasión por el relato se ha mantenido intacta. “Tiene una densidad especial, encapsulada, algo que sólo empiezas a apreciar con el paso del tiempo. Es como un poema”, explica. ¿La clave del cuento perfecto? “Bueno, pues que sientas que está en armonía con tu sentido de la vida, que capture algo”. Los de Carver -“declarativos, aparentemente rectos pero en los que algo se vuelve extraño de forma muy rápida”- y los de Turguénev -“sus historias no son concluyentes, forman un collar”- se cuentan entre sus favoritos.

En uno de sus nuevos relatos, ‘La estudiante madura’, resuena el eco de otro gran escritor: el checo Milan Kundera. La alumna Teresa entabla una conversación con su profesora de Historia del Arte, inmigrante de Checoslovaquia que acaba confesando sus delaciones como confidente de la policía secreta en Praga en los años setenta. “Es curioso pensar que alguien toma parte en eso y continúa con su vida. Es difícil vivir con eso encima”, reflexiona. Wolff cuenta que al escuchar las acusaciones contra Kundera, que le señalaban como delator, se quedó helado. “Si fuese verdad me quedaría devastado. Cuando lees su trabajo te entra en las venas”.

La mentira, la impostura y la ficción comparten un terreno común. Pero Wolff reivindica la verdad. Habrá que creerle. La literatura, sostiene, es un gesto de honestidad. “Yo no igualo el arte a la mentira. Los novelistas inventan la verdad, eso es algo distinto. Cuando los escritores serios escriben van a lugares que son dolorosos. No se escapan”, explica. Al final, dice, se trata de crear algo convincente, real, sincero. “La mentira es por naturaleza negación. La industria absurda de las memorias autocomplacientes. Eso suena muy falso”.

Wolff piensa que los escritores deben usar sus propias debilidades, su lado oscuro. “Fitzgerald era un trepa social y fue un niño mimado. Cuando escribía usaba todo esto y hablaba de ello sin tapujos. Entendía perfectamente de qué iba el personaje de El niño rico con sólo mirar su propio carácter”. ¿Cómo hizo él frente a sus mentiras? “Por un lado, está la decepción deliberada del otro, y luego están las mentiras como invención para encontrar alguna manera de traspasar las ambigüedades de la vida, para alcanzar algunas verdades. Se necesita coraje para exponerte”.

Aquí empieza nuestra historia. Tobias Wolff. Traducción de Mariano Antolín Rato. Alfaguara. Madrid, 2009. 472 páginas. 22 euros. Se publica el próximo día 22.

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

La hermética Susan Sontag

Era una mujer pública pero pocos conocían sus intimidades. Hablaba claro y con bravura, pero se mostraba vaga y escurridiza cuando se trataba de descubrir su lado más personal. Días después de los ataques del 11-S, por ejemplo, arremetió contra la ceguera patriótica: «En temas de coraje, se puede decir lo que sea de los culpables de la masacre, pero no que fueran cobardes». Ella planteó la pregunta que ha estado flotando en el ambiente desde la tragedia: «¿Dónde está el reconocimiento de que esto no fue un ataque cobarde a la civilización o a la libertad o a la humanidad o al “mundo libre”, sino un ataque al autoproclamado superpoder; ejecutado como consecuencia de las alianzas específicas y acciones de América?»

Pero Sontag ya tenía experiencia en sacar los colores a los que crean conflictos. Cuando la guerra de Vietnam, acusó a la raza blanca de «ser el cáncer de la historia humana». Irónicamente sería otro cáncer -una leucemia-, lo único que ha podido hacerla callar.

¿Quién era Susan Sontag? Se sabe que estaba unida a la fotógrafa estadounidense Annie Leibovitz, una relación que duró tres lustros.Leibovitz es toda una institución que se hizo un nombre con sólo 31 años al fotografiar a un John Lennon desnudo abrazado a Yoko Ono para la revista Rolling Stone. Una instantánea hecha sólo horas antes de que Lennon fuera asesinado.

Pero a pesar de ser puntos de referencia de la cultura y las letras, ambas guardaron celosamente los detalles de su relación.Aunque se sabe que vivían en pisos separados en el mismo edificio de Chelsea, en Manhattan.

 

Porque esa mujer conocida por casi todos tenía un secreto, vivo como una gota malaya, y cuyo sonido siempre la acompañó. Pero es precisamente ese deseo de suplir ese eco de abandono y falta de cariño el que impulsa y delinea su destino. Su vida se convierte en una huida que es una búsqueda, la de encontrar amor, afecto… y es en aquellos años infantiles de desconsuelo ejerciendo de madre de su madre cuando descubre que la clave está en su capacidad de adquirir cultura y conocimiento. Sabe que podría haber canalizado ese impulso en ser delincuente, por ejemplo, pero en cambio, desvela: “Me dije, voy a ser extremadamente buena —y mereceré (atraeré) el amor— y procuraré la responsabilidad, la autoridad, el dominio, la fama, el poder”. Una realidad, pero una realidad a medias, porque como escribe su hijo, el corazón de Susan Sontag “se rompió a menudo, y buena parte de este tomo es la elaboración de la pérdida amorosa. En cierto sentido ello implica que se tenga una impresión falsa de su vida, pues propendía a escribir más en sus diarios cuando era infeliz, mucho más cuando lo era amargamente, y menos cuando se encontraba bien”.

¿Y sus ideas, como por ejemplo el apoyo al comunismo? “Nunca se retractó de su oposición a la guerra. Pero sí llegó a arrepentirse y, a diferencia de muchos de sus pares, a retractarse públicamente de su fe en las posibilidades de emancipación del comunismo, no solo en sus encarnaciones soviética, china o cubana, sino en cuanto sistema”.

 

Me dije, voy a ser extremadamente buena —y mereceré (atraeré) el amor— y procuraré la responsabilidad, la autoridad, el dominio, la fama, el poder

Pero es el amor el ánima de su vida. Y ya con 33 años Susan Sontag descubrió que esa estrategia de dar conocimiento a cambio de este era una trampa, otro desamparo sin fin: “Mi hábito de intercambiar información a cambio de calor humano. Como poner un chelín en un contacto; dura cinco minutos, después hay que poner otro chelín”.

Ahora, unos cuantos chelines que crean un recorrido, en forma de abecedario, por algunos de los contenidos de Susan Sontag en La conciencia uncida a la carne:

ABANDONO: Quiero ‘prometerme’. Una razón es la ansiedad (quiero encontrar un puerto seguro, librarme del debilitante temor del abandono).

AMOR: El amor es volar planeando, flotar. Pensar es volar en solitario, batiendo las alas.

ARTE: Ya no debemos esperar que el arte entretenga o divierta. Al menos no el gran arte.

-El arte es la condición fundamental de todo.

AUSENCIA: Mi universo, entonces, en contraste radical con el de Eva, está poco poblado. No vivo el mundo como una invasión, una amenaza, una agresión. La ansiedad primordial es la ausencia, la indiferencia, el ‘paisaje lunar’.

COMUNISMO: Un gran tema el desamor de Occidente con el comunismo. El final de doscientos años de pasión.

CONOCIMIENTO: Cuando entiendo algo plenamente, se muere. De ahí que me atraiga el ‘exilio’. Estar cómoda es saber lo que es posible a cada paso. Los acontecimientos están afianzados, tienen la protección de lo posible. Al girar la esquina nada sorprende.

CRÍTICOS: Los dos críticos mayores y más influyentes -Valéry; y después Blanchot.

CUALIDADES: Las cualidades que me atraen (alguien a quien amo debe tener al menos dos o tres): 1- Inteligencia. 2-Belleza; elegancia. 3- Douceur (delicadeza, dulzura). 4- Glamour; celebridad. 5- Fuerza. 6- Vitalidad; entusiasmo sexual; alegría; encanto. 7- Expresividad emocional, ternura (verbal, física), afecto.

CORAJE: Es una palabra que solo se puede emplear en tercera persona. El miedo, par contre, es un adjetivo de primera persona.

DAVID (su hijo): Estoy demasiado ‘cerca’ de David en el sentido de que me identifico con él. Cuando paso mucho tiempo con él pierdo la noción de mi edad; acepto los límites de su mundo.

-apacigua mis fantasías de ser un chico. Me identifico con David, es el niño que habría querido ser –no necesito ser un chico porque él existe.

DESAMOR: Nunca voy a sobreponerme meramente a este dolor. Estoy helada, paralizada, con los engranajes atascados. Solo se aliviará, disminuirá si de alguna manera puedo trasponer la emoción – como del dolor a la ira, de la desesperación a la conformidad. Tengo que activarme. Mientras me siga sintiendo como paciente  este dolor insoportable no me abandonará-.

ESCRIBIR: Vivo la escritura como algo que se me da –a veces, casi, como un dictado. Dejo que sobrevenga, trato de no interferir con ella. La respeto, porque soy yo y sin embargo es más que yo. Es personal y transpersonal, ambas.

-Creo que estoy preparada para escribir. Pensar con palabras, no con ideas

ESTADOS UNIDOS: La base calvinista de la ideología estadounidense: la naturaleza humana es en lo fundamental oscura, malévola, pecaminosa, egoísta y solo responde a motivos egoístas o materiales o competitivos.

ESTILO: La manera en que las cosas se nos presentan diseñadas para el placer.

LEALTAD: Mi lealtad al pasado –mi rasgo más peligroso, el que más me ha costado.

EXISTIR: Nada existe a menos que yo lo mantenga (por mi interés, o mi potencial interés). Esta es una ansiedad fundamental, sobre todo subliminal. Por lo tanto debo permanecer siempre, tanto en principio + de manera activa, interesada por todo. Adoptando como mi coto todo el conocimiento.

FAMA: Ser famosa a fin de tener acceso a la gente, de no estar sola.

GUERRA VIETMAN: Vietnam es la primera guerra televisada. Un happening continuo. Estás allí. Los estadounidenses no pueden decir, como pudieron los alemanes –pero es que no nos enteramos.

HONOR: Honor. Honor. Honor. Dar lo mejor de sí misma siempre.

INDIFERENCIA: Mi experiencia más profunda es la indiferencia, más que la censura.

INTELIGENCIA: La inteligencia no es necesariamente algo bueno, algo que se haya de valorar o cultivar. Es más como una rueda de recambio –necesaria o deseable cuando las cosas se averían. Cuando todo va bien, es mejor ser estúpido… La estupidez tiene tanto valor como la inteligencia.

KENNEDY: Un asesinato: como una bombilla (foto panorámica) que destella en un boscaje sombrío, iluminando toda la vida oscura y asustada de los bosques. (Dallas-nov.1963)

LEALTAD: Mi lealtad al pasado –mi rasgo más peligroso, el que más me ha costado.

LIBERACIÓN FEMENINA: La liberación de la mujer debe ser la abolición de las convenciones sexuales específicas en todas las actividades –salvo la procreación y, quizá, algunos trabajos que requieren mucha fuerza física.

LITERATURA: El futuro de la ficción (la prosa narrativa) está cada vez más + más en decirlo todo (¿la supresión de lo anecdótico, lo particular?).

MADRE: M. no respondía cuando yo era niña. El peor castigo –y la mayor frustración. Siempre estaba ‘distante’- aunque no estuviera enfadada. (La bebida era síntoma de ello). Pero yo seguía intentándolo

– Mi ansiedad aguda + temor por su envejecimiento, por parecer vieja –en algún momento hasta deseé morir primero porque no sería capaz de soportar ver aquello- habría sido algo obsceno.

MORBOSIDAD: La estetización de la muerte. Véase el osario de las catacumbas de París. La muerte se arregla para el espectador.

NOVELA: La novela como libertad: las únicas reglas que puede romper son las internas –las que ella misma dicta.

PAISAJES. Mis dos paisajes modélicos: el desierto (seco, duro, vacío, caliente) y el trópico (húmedo, pleno, incluso repleto, caliente)

PERSONAS: Joe dice que hay dos clases de personas –las que están interesadas en la propia transformación y las que no lo están. Ambas requieren la misma cantidad de energía. Estoy de acuerdo con lo primero –y solo estoy interesada en las personas dedicadas a un proyecto de transformación propia. Pero con lo segundo: me gustaría poder creer algo tan optimista. Me parece que se requiere mucha más energía para cambiar.

POP: El arte pop es el arte de los Beatles.

RELIGIÓN: En Estados Unidos, la religión equivale al comportamiento. Se deja de ir a la iglesia o a la sinagoga por las prohibiciones o el excesivo peso del ritual, no (como en Europa) por una crisis de fe o de creencias.

RENUNCIA: Renuncié en primer lugar a mi sexualidad. Renuncié a mi capacidad de comprenderme a mí misma como una persona ‘común’; renuncié a la mayor parte de las vías normales de acceso a mí, a mis sentimientos. Renuncié a la confianza en mí misma en las relaciones personales. (…) Renuncié a tratar de ser atractiva.

SOLEDAD: Debo aprender a estar sola –y lo que he descubierto es que con David no es estar sola (a pesar de mi profunda soledad). Es todo un universo propio, al que me adapto. Con David soy una persona diferente a cuando estoy sola.

-La soledad es interminable. Todo un mundo nuevo. El desierto.

SUEÑOS: Todos los sueños son modelo del propio análisis. Los sueños burdos son las declaraciones ingenuas o análisis del ‘problema’ propio. El sueño útil es el más complejo, la declaración o dramatización menos reductiva. La parte importante del sueño es la declaración analítica, no la resolución narrativa.

TELEVISIÓN: Es el factor más insensiblizador de la sensibilidad moderna. (La TV altera todo el ritmo de la vida, las relaciones personales, el tejido social, la ética- todo ello apenas comienza a ser evidente. Nos obliga a pensar: ¿Qué es una imagen?)

URSS: La URSS no es el caso de una revolución que fracasó, sino el de una revolución totalitaria que triunfó.

Susan Sontag: La concienca uncida a la carne. Diarios de madurez, 1964-1980. Editado por DAvid Rieff. Traducción de Aurelio Major. Literatura Random House. 516 páginas

 

Novelas
  • El benefactor, 1963, trad. Lumen, 1974; Alfaguara, 1997; Suma de letras, 2002
  • Estuche de muerte, 1967, trad. Joaquín Mortiz, 1969; Debolsillo, 2007
  • El amante del volcán, 1992, trad. Alfaguara, 1996; Suma de letras, 2001; Random House, 2008
  • En América, 1999, trad. Alfaguara, 2002; Suma de letras, 2004; RHM, 2010
Cuentos y prosa corta
  • Yo, etcétera, 1977), trad. Seix Barral, 1983; Santillana 2003; Taurus, 2007
Ensayo y otros textos de no ficción
  • Contra la interpretación y otros ensayos, 1966, trad. Seix Barral, 1969; Alfaguara, 1996; Random House, 2007
  • Estilos radicales, 1969, trad. Muchnik, 1985; Debolsillo; RHM, 2007
  • Sobre la fotografía, 1977, publicado por Edhasa, 1981; Alfaguara, 2005; Debolsillo, 2009
  • La enfermedad y sus metáforas, 1978, publicado por Muchnik, 1980
  • Bajo el signo de Saturno, 1980, trad. Lasser Press Mexicana, 1981; Edhasa, 1987; Debolsillo, 2007
  • El sida y sus metáforas, 1988, trad. Muchnik, 1989; Taurus, 1996; Suma de letras, 2003
  • Ante el dolor de los demás. Traducción de Aurelio Major. Madrid: Alfaguara. 2003. ISBN 978-84-204-6670-5.
  • Cuestión de énfasis. Traducción de Aurelio Major. Madrid: Alfaguara. 2007. ISBN 978-84-204-7085-6.
Libros póstumos
Otras publicaciones en español
  • Viaje a Hanoi, 1969, Joaquín Mortiz
  • Aproximación a Artaud, 1976, Lumen, ensayo
  • Susan Sontag: El poder de la palabra, 2004, Losada, selección de ensayos hecha por Carlos Ortega
  • Wikipedia

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

«De qué hablamos cuando hablamos de amor»: Raymond Carver.

Si una constante tiene Estados Unidos a lo largo de su historia es la capacidad de parir escritores de primer nivel en cada sucesiva generación. Cada uno de ellos, a su modo, retrató su época a la perfección y alguno, como Ray Bradbury, se atrevió incluso a visualizar el futuro y a describirlo con todo lujo de detalles.
En la década de 1980, Raymond Carver hizo lo propio con su célebre libro De qué hablamos cuando hablamos de amor, en el que advertía al mundo entero que el nuevo gran problema de la humanidad eran las relaciones amorosas y familiares.
Un puñado de cuentos breves y de estructura singular le alcanzaron para tocar el corazón de muchos, cuando decidió exponer sin medias tintas las miserias cotidianas del estadounidense promedio. La pareja, los divorcios, las infidelidades, las peleas por la tenencia de los hijos, la fuerza bruta de los hechos o el esplendor perdido de la juventud fueron algunos de sus temas preferidos para denunciar la locura del mundo moderno.
Sus relatos sin héroes son un corte abrupto en la realidad. Es como si una cámara de cine se acercara silenciosamente a una habitación donde un matrimonio discute y fijara ese momento para la eternidad, sin dar demasiadas explicaciones. Algo parecido a lo que en 1984 harían Wim Wenders y Sam Shepard en la película Paris, Texas, donde el amor lo es todo y América no existe, es solo un marco referencial accesorio.
En ¿Por qué no bailáis?, por ejemplo, una pareja joven se acerca a un jardín donde se rematan algunos muebles, prueban una cama y un televisor y dialogan con el vendedor, que aparece con una botella de whisky y los invita a tomar mientras regatean. Es notable el contraste entre los jóvenes enamorados y ese hombre anónimo que está perdiendo a su familia y vendiendo, literalmente, el corazón de su casa.
Y nada se explica en ese relato magnífico, ni el porqué ni el cómo de esa separación, como si solo importara ese momento particular, ese día donde el protagonista sabe que no hay vuelta atrás. Que su vida está cambiando para siempre.
Desconcertada por su estilo narrativo, la crítica especializada intentó colgarle varios rótulos de los que Carver siempre renegó en vida. Se dijo que lo suyo era “realismo sucio”, aunque estaba muy lejos de Charles Bukowski y se dijo también que era un “minimalista”, a pesar de que no le interesaban los detalles y sus temas eran universales.
En este sentido, la última polémica ha sido el descubrimiento de que su editor, Gordon Lish, habría metido mucha mano en sus relatos, recortando a diestra y siniestra las partes donde Carver se perdía o se ponía sentimental.
Aunque intranscendente, la controversia se mantiene hasta hoy. Leer los cuentos completos reunidos cronológicamente en esta edición permite, no obstante, observar algunas curiosidades. Una de ellas, es que el estilo de Carver es distinto en su primera etapa que en la final. El relato breve, parco y duro de los primeros libros de cuentos da paso a otro más elaborado y barroco, donde abundan los datos y las descripciones.
Hay que decir que Carver es igual de efectivo en cualquiera de las dos modalidades. Siempre es preciso y punzante, siempre clava el aguijón donde duele, como sin querer. Se limita siempre a contar, se ahorra las metáforas y las conclusiones. Es un documentalista de la tragedia, que puede parecer algo frío e impávido a veces, pero que siempre está parado sobre algo importante.
Dos matrimonios difíciles, media vida como alcohólico, mil trabajos diferentes y una muerte temprana por cáncer de pulmón a los 50 años resumen la biografía de Carver. Bien pudo ser el personaje de cualquiera de los cuentos que se reúnen en este libro.

Los deslumbrados lectores de Catedral, primer libro publicado en España de Carver, reencontrarán en De qué hablamos cuando hablamos de amor la atmósfera y los personajes de un autor que dominó indiscutiblemente el panorama literario norteamericano de los años ochenta.

Parejas que se despedazan, compañeros que parten desesperadamente a la aventura, hijos que intentan comunicarse con sus padres, un universo injusto, violento, tenso, a veces irrisorio… En palabras de Roberto Fernández Sastre, Carver «no designa lo intolerable, sino que lo nombra. Sin concesiones hacia nada ni hacia nadie, rescata lo real en su esencialidad amorfa y brutal».

 

«Un libro de fábulas para esta década» (Jayne Anne Phillips).

«Carver no sólo da voz a una clase social hasta ahora sin nombre y sin historia, la de los nuevos pobres de la sociedad de consumo, el nuevo “proletariado de la psique”, despojado de la utopía, sino que inventa para ella un lenguaje duro, irónico y lacónico que, rehusando tanto los delirios de la fabulación posmoderna como las tentaciones de un nuevo realismo, restablece el circuito mágico entre nombre y objeto, y ensambla al hombre con el espacio en el que vive» (Marisa Bulgheroni, L’Indice).

Fuentes: El Observador, Libros, 7/oct/2016.
Anagrama
Compilación realizada por Lorena Lacaille.

Lucia Berlín: «la mujer de limpieza de la Literatura».

Cuando, cerrado el siglo XX, parecía cerrada también la lista de los grandes cuentistas norteamericanos del siglo: Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Truman Capote, Paul Bowles, Raymond Carver, Alice Munro, Lydia Davis… he aquí que aparece un nombre nuevo, con una obra escasa –setenta y siete cuentos en total– pero que deslumbra a todos y conquista sin disputa un lugar entre los grandes. Se trata de Lucia Berlin, fallecida en el 2004, y de quien, hasta entonces, casi nadie había oído hablar. Cierto, había publicado algunas cosas en vida: sus primeros cuentos datan de los años sesenta, cuando Lucia, nacida en Alaska en 1936, rondaba la treintena; algunos vieron la luz en revistas, su primer libro ( Angels Laundromat) data de 1981, y publicó otros cinco hasta su muerte, siempre en pequeñas editoriales. Pero sólo el año pasado, concretamente en agosto del 2015, “uno de los secretos mejor guardados de América” (en palabras de un crítico) salió a la luz. Pues uno de los sellos más poderosos de EE.UU., Farrar Straus and Giroux, publicó Manual para mujeres de la limpieza / Manual per a dones de fer feines, una selección de sus mejores cuentos.

Para sorpresa de propios y extraños el libro se situó nada más salir en el segundo puesto de la lista de los más vendidos del The New York Times. En pocas semanas había vendido más de lo que vendieron, a lo largo de treinta años, todos sus libros anteriores juntos; y aunque, por no estar viva su autora o por tratarse de obra publicada con anterioridad, no pudo recibir ninguno de los grandes premios, sí fue incluido en la lista de los mejores libros del año de las principales revistas y suplementos literarios del país. Pero ¿quién fue Lucia Berlin?

Muchas cosas. Y esa es una de las claves que explica la riqueza, la variedad de sus cuentos. Lucia era hija de un ingeniero de minas y de una mujer fría, racista y alcohólica (así la describe en muchos de sus relatos). Pasó su infancia de ciudad minera en ciudad minera en Idaho, Montana y Arizona. Luego, su padre se fue a la guerra y Lucia, su madre y su hermana se quedaron en El Paso (Texas), donde Lucia asistió, becada, a un colegio de monjas, en el que era la única protestante; además, como su madre prefería la botella a sus hijas, Lucia vivía prácticamente con la familia siria de al lado (lo narra en el cuento Silencio). Tuvo, como puede verse, muchas oportunidades para observar las diferencias culturales por religión u origen social o geográfico, e incluso para imaginar qué habría sido su vida en otra comunidad, por ejemplo, si su familia hubiera muerto en un terremoto y ella se hubiera quedado a vivir con los amigos sirios ( Volver al hogar).

Con la adolescencia vino una nueva mudanza, a Santiago de Chile, y con ella, una metamorfosis: de niña estadounidense de clase media sin más, Lucia se encontró convertida en una señorita de la clase alta chilena, alumna de un exclusivo colegio privado, que dividía su tiempo, los fines de semana, entre las fiestas de la alta sociedad, con baile y cenas de seis platos, y visitas a los vertederos y chabolas en compañía de una profesora norteamericana, medio misionera, medio revolucionaria (el cuento en el que lo narra, Buenos y malos, es magistral, y el personaje de la profesora, inolvidable). Estudió después –quería ser escritora, o periodista– en la Universidad de California, donde entre otros, tuvo como profesor a Ramón J. Sender.

Varios traslados (“debo llevar unas doscientas mudanzas a cuestas”, dice en uno de los cuentos), bodas, divorcios e hijos después, encontramos a Lucia en Nueva York, viviendo, por falta de recursos económicos, en un edificio de oficinas, donde se apaga la calefacción de noche: era todo supuestamente alegre, despreocupado y liberal, con mucho jazz, nomadismo, sexo y copas (el tipo de vida retratado por Kerouac o Ginsberg). Pero Lucia y sus dos hijos tenían que dormir vestidos con ropa de esquí. El padre, como tantos en esa época de una libertad sexual recién estrenada cuyas consecuencias, sin embargo, pagaban ellas más que ellos, había hecho mutis por el foro.

A los treinta y dos años, Lucia Berlin tenía en su haber tres matrimonios deshechos, cuatro hijos a su cargo y un alcoholismo con el que lucharía toda la vida… Eso sin contar con problemas de salud graves y crónicos: doble escoliosis, que la había obligado a llevar un corsé ortopédico durante años, problemas respiratorios… Lo que no tenía era una profesión, ni ingresos regulares. De modo que tuvo que ponerse a trabajar en lo que pudo: recepcionista en la consulta de un ginecólogo, ayudante de enfermería en la sala de urgencias de un hospital, e incluso mujer de la limpieza (aunque le costaba encontrar empleo porque las señoras, explica, desconfían de las candidatas “instruidas”). Todo ello y más (su paso por centros de desintoxicación, sus frecuentes visitas a México, donde vivía su hermana…) lo refleja en sus relatos, cuyo valor radica en esa amplia gama de experiencias, muchas de ellas raramente abordadas en literatura –pocas escritoras o escritores han trabajado atendiendo a enfermos terminales o limpiando casas–, pero sobre todo en la voz de la autora. Una voz, como señala Lydia Davis en su prólogo, irresistiblemente cálida, cercana, hecha de espíritu de observación, empatía, alegría de vivir, humor: “No me importa contarle a la gente cosas terribles si puedo hacerlas divertidas”, apunta ella misma. Sus modelos eran Chéjov, por la humanidad, Katherine Mansfield, por la capacidad de encontrar belleza hasta en lo más vulgar, Paul Bowles, por su agudeza en percibir y entender las diferencias culturales…

Hacia el final de su vida, Berlin obtuvo cierto reconocimiento como escritora. La Universidad de Colorado la invitó a dar clases de creación literaria en Boulder. No fue una gran solución económica (vivía en una caravana), pero le dio la oportunidad de añadir una pieza más, muy distinta a las otras, al puzle de sus experiencias vitales: “Este debe ser el pueblo más sano de todo el país. En las fiestas universitarias o en los partidos de fútbol no se bebe. Nadie fuma, ni come carne roja o dónuts bañados de azúcar. Puedes ir solo por la calle de noche, salir de casa sin cerrar las puertas con llave. Aquí no hay bandas y no hay racismo. Tampoco hay muchas razas.

Lucia Berlin se trasladó, finalmente, a un garaje acondicionado como vivienda junta a la casa de su hijo, en Los Ángeles. Murió el día en que cumplía 68 años. Con un libro en la mano, y sin sospechar que la edición póstuma de su obra iba a traerle, por fin, la consagración que merece.

Lucia Berlin

Manual para mujeres de la limpieza / Manual per a dones de fer feines

Alfaguara / L’altra editorial. Traducción castellano: Eugenia Vázquez Nacarino / catalán: Albert torrescasana.

 

Este libro es una antología de 43 relatos basados en la vida itinerante de la autora, una mujer muy bella, casada tres veces, alcohólica, que trabajó duramente en toda clase de oficios para mantener a sus cuatro hijos. Cuenta vidas desastradas en las que el desastre se acepta con normalidad; no tiene reparo en mostrar la miseria humana; la degradación, la vulgaridad, la fealdad, la suciedad aceptada ni la ternura o la emoción de los inadaptados. Sus personajes son gente maltratada por la vida y por sí mismos, pero también audaces, que van de frente, con una intrepidez y una inconsciencia admirables. En el orden de los cuentos se advierte el paso del tiempo sobre la autora, lo que nos permite ver en ella el trayecto de la juventud a la vejez, lo que resulta muy sugestivo.

 

 

 

 

 

 

Fuentes: La Vanguardia, Cultura, 12/03/16.

El Pais/Babelia/2/05/16.

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

In memoriam del periodista y escritor mexicano Javier Valdez

Culiacán, Sinaloa.- El reconocido periodista sinaloense Javier Valdez Cárdenas estudió sociología en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Durante mucho años fue reportero de los noticieros televisivos del Canal 3, a principios de los 90, en Culiacán.

Valdez gracias a tu labor obtuvo el Premio Sinaloa de Periodismo por trabajos en la sección cultural de este noticiero. Trabajó en el periódico Noroeste y desde 1998 es corresponsal del periódico nacional La Jornada.

Fue reportero fundador del semanario Ríodoce, publicación que sin pretenderlo se ha especializado en cobertura del narcotráfico. Algunas de sus crónicas han sido publicadas en revistas como Proceso, Gatopardoy Emeequis.

En 2011, el autor mexicano fue galardonado con el premio International Press Freedom Award, con el que se reconoce la labor de periodistas valientes en el ejercicio de su oficio.

Yo he vivido la inseguridad, varias situaciones difíciles. Por ejemplo, fuentes mías han sido asesinadas, también en  Ríodoce  nos aventaron una granada en 2009, así como otras situaciones que no puedo mencionar con detalles porque es peligroso, pues si yo digo que el narco o un policía me amenazó, cualquiera puede aprovechar para hacerme daño”,

mencionó el escritor y periodista Javier Valdez, cuando pulibó su libro Narcoperiodismo, con el sello editorial Aguilar, en el que aborda el narcotráfico y su relación con el ejercicio del periodismo.

Estamos pisando suelo muy inseguro, pantanoso, de arenas movedizas, de muchos hilos, porque igual te tienes que cuidar del compañero de la redacción, porque las redacciones están infiltradas por el narco…

“Nunca antes habíamos tenido una crisis de seguridad tal en el periodismo y ahora como nunca hay pocas condiciones para hacer nuestro trabajo, es como si hubiéramos descendido 50 escalones hacia el infierno.

SUS LIBROS

Autor del libro “De Azoteas y Olvidos”, crónicas del asfalto, editado por el Ayuntamiento de Culiacán, en 2006. Además, “Malayerba”, de editorial Jus, que reúne crónicas publicadas en Ríodoce, y fue prologado por Carlos Monsiváis.

Con su libro “Miss Narco”, Valdez Cárdenas fue finalista del premio Rodolfo Walsh4 en la Semana Negra de Gijón, España, en el 2010.

En 2011 salió su libro de crónicas y reportajes de niños y jóvenes en el narcotráfico, “Los Morros del Narco”, y en septiembre de 2012 apareció su libro “Levantones“, desaparecidos y víctimas del narco, ambos de editorial Aguilar.

En octubre de 2011, el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ) le otorgó en Nueva York el Premio Internacional a la Libertad de Prensa en 2011,“por su valiente cobertura del narco y ponerles nombre y rostro a las víctimas”.

Más tarde en el mismo año, los administradores de la Universidad de Columbia otorgaron a Ríodoce el Premio de periodismo María Moors Cabot que contribuye al “entendimiento interamericano”.

La revista “Quién”8 en el 2012, lo incluyó en el reconocimiento anual “Los 50 Personajes que Mueven a México”. colaboro en el blog Nuestra Aparente Rendición, que dirige Lolita Bosch.

Fue en noviembre de 2013, Valdez y todo el equipo de Ríodoce recibieron el premio PEN Club a la excelencia editorial.

En febrero de 2014 publicó “Con una Granada en la Boca”, con historias sobre el trauma de vivir en un país violento. En 2015 colaboró como asesor periodístico en la serie de televisión Señorita Pólvora, que se transmite en el canal TNT, para la empresa colombiana Teleset, producida por Sony.

En julio de 2016 publicó su más reciente libro “Huérfanos del Narco“, editado por Aguilar, en el que aborda historias de niños y viudas de personas desaparecidas o ejecutadas: periodistas, empresarios, policías y madres de familia.

Expedientes TVC: El libro “Los Huérfanos del Narco”

 

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.