« Fantasía, terror y ciencia ficción», los temas favoritos de Ray Bradbury.

Ray Douglas Bradbury; Waukenaun, Illinois, 1920 – Los Ángeles, California, 2012) Novelista y cuentista estadounidense conocido principalmente por sus libros de ciencia ficción.

 

En su ponencia, Bradbury relata cómo, a lo largo de su vida como escritor, rechazó grandes cantidades de dinero en encargos, porque sabía que si escribía algo que no le interesaba por dinero, esto lo iba a “destruir”. “Mi esposa y yo teníamos 37 años cuando nos pudimos comprar nuestro primer automóvil”. Debes escribir lo que a ti te gustaría leer.  Ray Bradbury

Alcanzó la fama con la recopilación de sus mejores relatos en el volumen Crónicas marcianas (1950), que obtuvieron un gran éxito y le abrieron las puertas de prestigiosas revistas. Se trata de narraciones que podrían calificarse de poéticas más que de científicas, en las que lleva a cabo una crítica de la sociedad y la cultura actual, amenazadas por un futuro tecnocratizado. En 1953 publicó su primera novela, Fahrenheit 451, que obtuvo también un éxito importante y fue llevada al cine por François Truffaut. En ella puso de manifiesto el poder de los medios de comunicación y el excesivo conformismo que domina la sociedad.

Biografía

Ray Bradbury se graduó en la escuela secundaria en 1938, y se ganó la vida como vendedor de periódicos hasta 1942. Comenzó a escribir desde niño, pero publicó su primera historia en 1938, en una revista de aficionados. Adquirió la certeza de lo que sería su estilo cuando compuso The Lake.

En 1943 dejó el trabajo de vendedor de periódicos y se dedicó a escribir a tiempo completo, publicando en diversos medios numerosos relatos breves, hasta que en 1950, con la aparición de Crónicas marcianas, comenzó su ascendente fama literaria. En sus páginas, que relatan los intentos de los terrestres por colonizar el planeta Marte, se reflejan las angustias y ansiedades que existían en la sociedad norteamericana de la década de los cincuenta, ante el peligro de una guerra nuclear.

Considerados un clásico de la ciencia ficción, este conjunto de relatos interdependientes recoge no sólo las vicisitudes de la colonización del planeta Marte sino también la caída de su civilización, abarcando un período comprendido entre 1999 y 2026. Los marcianos poseen notables poderes telepáticos, lo que causa graves contratiempos a las tres primeras expediciones. La cuarta aporta al planeta la varicela, que contagia a los indígenas y acaba con su resistencia.

A continuación, se desarrolla la obra colonizadora, que aporta al planeta los aspectos más negativos de la cultura occidental. Sólo un mexicano, que conserva las esencias de su cultura indígena, consigue establecer una auténtica comunicación con un marciano que, a su vez, es depositario de las tradiciones desplazadas por la hegemonía de los colonizadores. Éstos han degradado a tal punto la civilización autóctona que en uno de los relatos un marciano utiliza sus poderes telepáticos para divertir a los nuevos amos adoptando las personalidades que le solicitan. También los negros estadounidenses establecen asentamientos para huir de la discriminación. Finalmente, el planeta casi se despuebla porque una amenaza bélica en la Tierra induce a los colonos a regresar. Los pocos que permanecen en Marte se convierten en los “nuevos” marcianos.

En 1951 publicó uno de sus libros mayores, El hombre ilustrado, compuesto por varios relatos de naturaleza fantástica, y dos años más tarde otro de los más representativos, Fahrenheit 451 (título que alude a la temperatura en que los libros empiezan a arder). Fahrenheit 451 narra la historia de una ciudad del futuro dominada por los medios audiovisuales, en la que se acosa el individualismo, están prohibidos los libros, y los bomberos, brazos ejecutores de un Estado totalitario, son los encargados de quemarlos. Al margen de la sociedad, un grupo de hombres recluidos en los bosques decide memorizar textos enteros de filosofía y literatura para preservar la cultura.

Esta fábula moralizante ha sido considerada como una gran obra antiutópica y acaso premonitoria, y fue llevada al cine por François Truffaut. En el relato de Bradbury se exponen de forma minuciosa las razones de la prohibición de los libros en boca del jefe de bomberos, Guy Montag. Frente a sus argumentos se expone el punto de vista de un profesor que aconseja a Montag y que pone de relieve las características positivas de la lectura. De este modo se desarrolla una reflexión que se enriquece con referencias a los clásicos.

Bradbury advierte de los peligros y las amenazas que incumben a una sociedad enteramente automatizada, olvidada de los valores tradicionales de la cultura, y próxima al exterminio atómico. Consigue climas sardónicamente alucinantes en cuentos como There will come soft rains (1950), donde una casa robotizada prosigue realizando los movimientos programados, en un mundo carente ya de vida, hasta su postrer quema liberadora, o en The Veldt (1950), donde otra casa automatizada, casi dotada de vida propia, masacra, con la complicidad de los niños, a los padres de éstos.

Pero Bradbury no sólo cultivó la ciencia ficción y la literatura de corte fantástico, sino que escribió también libros realistas e incluso incursionó en el relato policial. Su prosa se caracteriza por la universalidad, como si no le importara tanto perfeccionar un género como escribir acerca de la condición humana y su temática, a través de un estilo poético.

 

Precisamente por este rasgo algunos críticos no lo consideran un escritor de ciencia ficción como tal y les resulta difícil catalogarlo en uno u otro campo de la literatura. Como ejemplo de ello suelen citarse relatos breves, muy sutiles y tiernos, como Casa dividida y El robo del siglo, o la poética novela El vino del estío. Además del problema de una guerra atómica, de la censura en un mundo por venir y del peligro implícito en las técnicas y la ciencia, trató temas más cotidianos como el racismo, el miedo a la muerte, el amor y la infancia.

Escribió también guiones de cine, como el de la película Moby Dick, de John Huston, así como guiones para series televisivas como Alfred Hitchcock presenta y La dimensión desconocida. En 1963 se publicaron sus obras teatrales, reunidas bajo el título The Anthem Sprinters. Sus relatos cortos han sido incluidos en más de 700 antologías. Aparte de los mencionados, son también muy conocidos títulos como El árbol de las brujas o Cementerio para lunáticos.

 

La última noche del mundo

[Cuento – Texto completo.]

Ray Bradbury

¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo?

-¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?

-Sí, en serio.

-No sé. No lo he pensado.

El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo las niñas jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz de las lámparas verdes. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a café tostado.

-Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.

-¡No lo dirás en serio!

El hombre asintió.

-¿Una guerra?

El hombre sacudió la cabeza.

-¿No la bomba atómica, o la bomba de hidrógeno?

-No.

-¿Una guerra bacteriológica?

-Nada de eso -dijo el hombre, revolviendo suavemente el café-. Solo, digamos, un libro que se cierra.

-Me parece que no entiendo.

-No. Y yo tampoco, realmente. Solo es un presentimiento. A veces me asusta. A veces no siento ningún miedo, y solo una cierta paz -miró a las niñas y los cabellos amarillos que brillaban a la luz de la lámpara-. No te lo he dicho. Ocurrió por vez primera hace cuatro noches.

-¿Qué?

-Un sueño. Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una voz irreconocible, pero una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a detenerse en la Tierra. No pensé mucho en ese sueño al día siguiente, pero fui a la oficina y a media tarde sorprendí a Stan Willis mirando por la ventana, y le pregunté: “¿Qué piensas, Stan?”, y él me dijo: “Tuve un sueño anoche”. Antes de que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ese. Podía habérselo dicho. Pero dejé que me lo contara.

-¿Era el mismo sueño?

-Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por la oficina, sin darnos cuenta. No concertamos nada. Nos pusimos a caminar, simplemente cada uno por su lado, y en todas partes vimos gentes con los ojos clavados en los escritorios o que se observaban las manos o que miraban la calle. Hablé con algunos. Stan hizo lo mismo.

-¿Y todos habían soñado?

-Todos. El mismo sueño, exactamente.

-¿Crees que será cierto?

-Sí, nunca estuve más seguro.

-¿Y para cuándo terminará? El mundo, quiero decir.

-Para nosotros, en cierto momento de la noche. Y a medida que la noche vaya moviéndose alrededor del mundo, llegará el fin. Tardará veinticuatro horas.

Durante unos instantes no tocaron el café. Luego levantaron lentamente las tazas y bebieron mirándose a los ojos.

-¿Merecemos esto? -preguntó la mujer.

-No se trata de merecerlo o no. Es así, simplemente. Tú misma no has tratado de negarlo. ¿Por qué?

-Creo tener una razón.

-¿La que tenían todos en la oficina?

La mujer asintió.

-No quise decirte nada. Fue anoche. Y hoy las vecinas hablaban de eso entre ellas. Todas soñaron lo mismo. Pensé que era solo una coincidencia -la mujer levantó de la mesa el diario de la tarde-. Los periódicos no dicen nada.

-Todo el mundo lo sabe. No es necesario -el hombre se reclinó en su silla mirándola-. ¿Tienes miedo?

-No. Siempre pensé que tendría mucho miedo, pero no.

-¿Dónde está ese instinto de autoconservación del que tanto se habla?

-No lo sé. Nadie se excita demasiado cuando todo es lógico. Y esto es lógico. De acuerdo con nuestras vidas, no podía pasar otra cosa.

-No hemos sido tan malos, ¿no es cierto?

-No, pero tampoco demasiado buenos. Me parece que es eso. No hemos sido casi nada, excepto nosotros mismos, mientras que casi todos los demás han sido muchas cosas, muchas cosas abominables.

En el vestíbulo las niñas se reían.

-Siempre pensé que cuando esto ocurriera la gente se pondría a gritar en las calles.

-Pues no. La gente no grita ante la realidad de las cosas.

-¿Sabes?, te perderé a ti y a las chicas. Nunca me gustó la ciudad ni mi trabajo ni nada, excepto ustedes tres. No me faltará nada más. Salvo, quizás, los cambios de tiempo, y un vaso de agua helada cuando hace calor, y el sueño. ¿Cómo podemos estar aquí, sentados, hablando de este modo?

-No se puede hacer otra cosa.

-Claro, eso es; pues si no estaríamos haciéndolo. Me imagino que hoy, por primera vez en la historia del mundo, todos saben qué van a hacer de noche.

-Me pregunto, sin embargo, qué harán los otros, esta tarde, y durante las próximas horas.

-Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televisión, jugar a las cartas, acostar a los niños, acostarse. Como siempre.

-En cierto modo, podemos estar orgullosos de eso… como siempre.

El hombre permaneció inmóvil durante un rato y al fin se sirvió otro café.

-¿Por qué crees que será esta noche?

-Porque sí.

-¿Por qué no alguna otra noche del siglo pasado, o de hace cinco siglos o diez?

-Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 2069, y ahora sí. Quizá porque esa fecha significa más que ninguna otra. Quizá porque este año las cosas son como son, en todo el mundo, y por eso es el fin.

-Hay bombarderos que esta noche estarán cumpliendo su vuelo de ida y vuelta a través del océano y que nunca llegarán a tierra.

-Eso también lo explica, en parte.

-Bueno -dijo el hombre incorporándose-, ¿qué hacemos ahora? ¿Lavamos los platos?

Lavaron los platos, y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces del cuarto y entornaron la puerta.

-No sé… -dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa entre los labios.

-¿Qué?

-¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre un poco de luz?

-¿Lo sabrán también las chicas?

-No, naturalmente que no.

El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron, juntos, las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media. Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado la velada cada uno a su modo.

-Bueno -dijo el hombre al fin.

Besó a su mujer durante un rato.

-Nos hemos llevado bien, después de todo -dijo la mujer.

-¿Tienes ganas de llorar? -le preguntó el hombre.

-Creo que no.

Recorrieron la casa y apagaron las luces y entraron en el dormitorio. Se desvistieron en la fresca oscuridad de la noche y retiraron las colchas.

-Las sábanas son tan limpias y frescas…

-Estoy cansada.

-Todos estamos cansados.

Se metieron en la cama.

-Un momento -dijo la mujer.

El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento después estaba de vuelta.

-Me había olvidado de cerrar los grifos.

Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.

La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.

-Buenas noches -dijo el hombre después de un rato.

-Buenas noches -dijo la mujer.

FIN

 

 

 

 

Recopilaciones de relatos

Bradbury en 2009.

Novelas

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

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Tobias Wolff, uno de los grandes cuentistas contemporáneos.

Referencia de las letras estadounidenses contemporáneas, Tobias Wolff reivindica la verdad y ve la literatura como un ejercicio de honestidad. En Aquí empieza nuestra historia ha retocado una serie de cuentos escritos a lo largo de su carrera y presenta once nuevos.

Le interesa la mentira. Los personajes que pueblan las historias de Tobias Wolff (Alabama, 1945) a menudo construyen una realidad alternativa. No se trata de dementes incapaces de distinguir entre realidad y ficción, sino de fabuladores natos; embusteros prestos a manipular una verdad que no les convence. En la mentira encuentran una vía de salida. Así, el adolescente del relato ‘El mentiroso’, a raíz de la muerte de su padre, inventa que sus familiares padecen terribles enfermedades. El autoestopista que recogen un hermano triunfador y otro echado a perder en ‘El hermano rico’ habla del delirante descubrimiento de unas minas de oro. En ‘Mortales’, un gris recaudador de impuestos miente sobre su propia muerte para que le escriban un obituario.

“Ya he dejado dicho que cuando muera, por favor, que no me toquen los papeles. No quiero que la gente sepa”

“Estoy en un constante estado de revisión y edición. Las historias nunca llegan a un punto en el que están cerradas”

En Aquí empieza nuestra historia(Alfaguara) este maestro del género ha reunido 30 de sus mejores cuentos. Colaborador habitual de la revistas The New Yorker y Atlantic, en sus páginas publicó gran parte de estos relatos. Casi dos tercios de las historias del nuevo libro fueron recopiladas en colecciones anteriores, pero Wolff ha añadido 11 nuevos cuentos. Con esta antología el escritor ha añadido el Story Award que recibió el mes pasado a su larga lista de galardones, entre los que figuran el PEN / Malamud y el Premio de la Academia de Letras y las Artes de América.

Dice el escritor estadounidense que una de las claves de su oficio es “la experiencia de primera mano”. En más de una ocasión se ha referido a su padre como un mentiroso compulsivo. Al separarse sus padres, su hermano mayor, el también novelista Geoffrey Wolff, se marchó con él. Ambos han escrito sobre la querencia de su progenitor a tergiversar la realidad.

Tobias peregrinó con su madre por varias ciudades de Estados Unidos. En Concrete, Washington, ella volvió a casarse. Wolff falsificó las cartas de recomendación y su historial y consiguió que le aceptasen en un prestigioso internado, el Hill School de Pensilvania. “Era la única manera en que podía entrar. Fue un acto de desesperación. Suspendí matemáticas y me expulsaron. Me lo tenía merecido”, asegura. Tras la expulsión se alistó al Ejército y luchó en Vietnam antes de licenciarse en Literatura en la Universidad Oxford. En su autobiografía Vida de este chico desveló su mentira adolescente. En En el ejército del faraón hizo un memorable recuento de la incertidumbre, el terror y el absurdo de su experiencia en la guerra.

Decepción y traición. Miseria moral teñida con un humor seco y feroz. Wolff tantea este escabroso terreno sin caer en sentimentalismos, ni decoros. No hay piedad, ni disimulo. En su trabajo late lo crudo, lo banal y lo real. Sin alardes aparentes habla de la tentación y la caída, de la absurda conciencia. Quizá por todo esto a Wolff se le encasilló como uno de los autores del llamado realismo sucio. Aquello fue a principios de los ochenta cuando Raymond Carver y Richard Ford -sus amigos y compañeros de generación- diseccionaban con su afilada prosa las miserias cotidianas. “Conocí a Carver cuando yo estaba becado en la Universidad de Stanford en un programa de literatura”, recuerda. “Tenía unas largas patillas. Nos presentó una colega que ya había triunfado. Él todavía no había publicado su primer libro. Apenas hablamos. Unos años después coincidimos en la Universidad de Siracusa dando clase. Vivimos en la misma casa y nos pasábamos las noches en vela hablando”.

Una fría mañana de invierno Wolff posa paciente para las fotos en una esquina desangelada de Central Park. La fina cazadora de cuero y las redondas gafas de sol de aire retro dejan claro que a este residente del Estado de California las gélidas temperaturas le han pillado por sorpresa. En 1997, Wolff regresó a la Universidad de Stanford en Palo Alto donde imparte clases de literatura y un taller de escritura. Una gorra de lana le cubre la cabeza; el espeso bigote blanco, la irónica sonrisa.

En vista del frío, el escritor acelera el paso camino de la casa de un amigo en el Upper East Side donde él y su esposa se están alojando. En la amplia cocina, todos en pijama, comentan el periódico y bromean sobre la actualidad política. El ambiente en esta town house es distendido y familiar. Wolff busca un lugar tranquilo donde hablar. Un ascensor de los años veinte forrado en papel de rayas le lleva hasta la segunda planta y allí, en un amplio salón bajo un ventilador de techo imposible de parar, habla acerca de su colección de cuentos.

En los cuentos escritos hace décadas aparecen veteranos y soldados, en alguno de los más recientes Irak suena de fondo. “Es parte de la misma historia, pero la comparación entre las dos guerras es demasiado fácil. Es la misma retórica en contra de rendirse. La idea de que porque ya han caído tantos tenemos que seguir allí, que fácilmente confunde al público”, asegura. ¿Se olvidaron las lecciones aprendidas? “Tuvimos cuidado durante un tiempo pero la victoria es una industria sensacional. Hemos heredado una determinada tremenda falta de honestidad que está instalada en nuestras vidas”.

El nuevo libro arranca con una confesión en el prólogo: Wolff ha retocado sus viejos relatos, y lo ha hecho porque como autor considera que ese material sigue vivo. Fue otro Wolff quien los escribió, admite, pero el de ahora se siente con pleno derecho a meter mano, en beneficio del lector. “No he cambiado el argumento. La mayor parte de los cambios han sido de lenguaje, de precisión, de depuración. Si puedes prescindir de algo, ¿por qué no quitarlo? Los cambios cosméticos son importantes. A veces estás dentro y no lo ves. Ése ha sido el problema que he tenido cuando he escrito algunas historias”, dice sentado en el sofá.

Sus argumentos resultan convincentes. Wolff sabe cómo persuadir a sus interlocutores con sus razones sensatas. Inspira confianza con su aire tranquilo y cercano. Evita cualquier demostración banal de ego. “Estoy en un constante estado de revisión y edición. Y las historias nunca llegan a un punto en el que están cerradas, nunca llega un momento en que esto para. Porque vamos cambiando”, aclara.

En los más de treinta años que abarca este libro, ¿qué ha cambiado en su escritura? “Un lector tendría más que decir que yo sobre eso. Pero cuanto más tiempo llevas escribiendo más preguntas te haces. Ahora sé que si empleo el suficiente tiempo puedo conseguir algo. He ganado seguridad, pero los retos también son mayores. Te conviertes en prisionero de ti mismo y no quieres hacer algo que te disminuya. Te esfuerzas por mantenerte inquieto”.

En el prólogo de Aquí empieza nuestra historia, Wolff insiste en su afán por descubrir complicados procesos morales o mecánicos que pasan inadvertidos a primera vista, y comparte con los lectores el filtro previo a la publicación de un cuento. “Piensen que antes de que salga publicado en una revista un editor lo ha leído lápiz en mano y que al menos algunas de sus sugerencias han sobrevivido a las negociaciones, no porque me hayan forzado sino porque yo he creído que mejoraban la historia. Luego otro editor lo ha leído antes de publicarlo en una colección de cuentos y sin duda tenía algo valioso que decir. Y si la historia ha sido elegida para una antología, como todos o casi todas de las que están aquí reunidas lo han sido, yo le habré dado otro repaso, y lo he vuelto a hacer de nuevo antes de que salga la edición en bolsillo”, escribe.

El controvertido caso de su amigo Raymond Carver y el mítico editor Gordon Lish -que con su afilado lápiz tachó sin compasión secciones enteras de sus cuentos- es paradigmático de este proceso. “Sí, yo sabía que Lish tiene mano dura”, dice Wolff. La publicación póstuma de la versión completa de los relatos de Carver impulsada por su viuda ha reabierto la polémica. “Creo que eso es una cuestión para estudiosos o académicos. Al final Carver eligió las historias que quiso incluir en su última antología. Regresó a los originales en unos casos y en otros decidió quedarse con la versión editada. Lo que ha ocurrido ahora embarra de alguna manera su legado”.

Wolff ha tomado precauciones. “Ya he dejado dicho que cuando muera, por favor, que no me toquen los papeles. No quiero que la gente sepa. Entiendo que no es una actitud generosa hacia escritores futuros pero los borradores son asunto mío”, añade con una sonrisa. Para evitar tentaciones futuras a sus deudos, dice que ya ha comenzado a destruirlos. ¿Con cuántos trabaja? Desde que escribe en ordenador le cuesta seguir la pista, pero muchos de los cuentos de Aquí empieza nuestra historia los tecleó a máquina. Hacía unas doce versiones. “Cuando empiezo a escribir sé adónde quiero llegar, pero pienso mientras avanzo y mi idea original cambia. Me pregunto cosas como qué es lo que realmente le preocupa a un personaje. ¿Cuál es en realidad la relación de poder? Moralmente, ¿qué está pasando?”.

Admirador del trabajo de Flannery O’Connor y de Faulkner -“les encantaba hacer parodia”-, Wolff pasó su infancia enganchado a los relatos de O. Henry, uno de los padres del cuento americano que inició su carrera literaria para mantener a su hija mientras él cumplía condena en una cárcel por estafa. “Me encantaban sus finales con truco, con sorpresa como en ‘Regalo de Reyes’. Con él descubrí el sentido de la estructura”, recuerda. En Jack London y Hemingway encontró historias que al principio no entendía pero eran vivas y afiladas. En aquellas lecturas descubrió que “a la gente le encanta quererse a sí misma”. Confiesa que también pasó mucho tiempo “haciendo el tonto”, en busca tan sólo de variedad. A los 14 años decidió que quería ser escritor.

Su pasión por el relato se ha mantenido intacta. “Tiene una densidad especial, encapsulada, algo que sólo empiezas a apreciar con el paso del tiempo. Es como un poema”, explica. ¿La clave del cuento perfecto? “Bueno, pues que sientas que está en armonía con tu sentido de la vida, que capture algo”. Los de Carver -“declarativos, aparentemente rectos pero en los que algo se vuelve extraño de forma muy rápida”- y los de Turguénev -“sus historias no son concluyentes, forman un collar”- se cuentan entre sus favoritos.

En uno de sus nuevos relatos, ‘La estudiante madura’, resuena el eco de otro gran escritor: el checo Milan Kundera. La alumna Teresa entabla una conversación con su profesora de Historia del Arte, inmigrante de Checoslovaquia que acaba confesando sus delaciones como confidente de la policía secreta en Praga en los años setenta. “Es curioso pensar que alguien toma parte en eso y continúa con su vida. Es difícil vivir con eso encima”, reflexiona. Wolff cuenta que al escuchar las acusaciones contra Kundera, que le señalaban como delator, se quedó helado. “Si fuese verdad me quedaría devastado. Cuando lees su trabajo te entra en las venas”.

La mentira, la impostura y la ficción comparten un terreno común. Pero Wolff reivindica la verdad. Habrá que creerle. La literatura, sostiene, es un gesto de honestidad. “Yo no igualo el arte a la mentira. Los novelistas inventan la verdad, eso es algo distinto. Cuando los escritores serios escriben van a lugares que son dolorosos. No se escapan”, explica. Al final, dice, se trata de crear algo convincente, real, sincero. “La mentira es por naturaleza negación. La industria absurda de las memorias autocomplacientes. Eso suena muy falso”.

Wolff piensa que los escritores deben usar sus propias debilidades, su lado oscuro. “Fitzgerald era un trepa social y fue un niño mimado. Cuando escribía usaba todo esto y hablaba de ello sin tapujos. Entendía perfectamente de qué iba el personaje de El niño rico con sólo mirar su propio carácter”. ¿Cómo hizo él frente a sus mentiras? “Por un lado, está la decepción deliberada del otro, y luego están las mentiras como invención para encontrar alguna manera de traspasar las ambigüedades de la vida, para alcanzar algunas verdades. Se necesita coraje para exponerte”.

Aquí empieza nuestra historia. Tobias Wolff. Traducción de Mariano Antolín Rato. Alfaguara. Madrid, 2009. 472 páginas. 22 euros. Se publica el próximo día 22.

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

«De qué hablamos cuando hablamos de amor»: Raymond Carver.

Si una constante tiene Estados Unidos a lo largo de su historia es la capacidad de parir escritores de primer nivel en cada sucesiva generación. Cada uno de ellos, a su modo, retrató su época a la perfección y alguno, como Ray Bradbury, se atrevió incluso a visualizar el futuro y a describirlo con todo lujo de detalles.
En la década de 1980, Raymond Carver hizo lo propio con su célebre libro De qué hablamos cuando hablamos de amor, en el que advertía al mundo entero que el nuevo gran problema de la humanidad eran las relaciones amorosas y familiares.
Un puñado de cuentos breves y de estructura singular le alcanzaron para tocar el corazón de muchos, cuando decidió exponer sin medias tintas las miserias cotidianas del estadounidense promedio. La pareja, los divorcios, las infidelidades, las peleas por la tenencia de los hijos, la fuerza bruta de los hechos o el esplendor perdido de la juventud fueron algunos de sus temas preferidos para denunciar la locura del mundo moderno.
Sus relatos sin héroes son un corte abrupto en la realidad. Es como si una cámara de cine se acercara silenciosamente a una habitación donde un matrimonio discute y fijara ese momento para la eternidad, sin dar demasiadas explicaciones. Algo parecido a lo que en 1984 harían Wim Wenders y Sam Shepard en la película Paris, Texas, donde el amor lo es todo y América no existe, es solo un marco referencial accesorio.
En ¿Por qué no bailáis?, por ejemplo, una pareja joven se acerca a un jardín donde se rematan algunos muebles, prueban una cama y un televisor y dialogan con el vendedor, que aparece con una botella de whisky y los invita a tomar mientras regatean. Es notable el contraste entre los jóvenes enamorados y ese hombre anónimo que está perdiendo a su familia y vendiendo, literalmente, el corazón de su casa.
Y nada se explica en ese relato magnífico, ni el porqué ni el cómo de esa separación, como si solo importara ese momento particular, ese día donde el protagonista sabe que no hay vuelta atrás. Que su vida está cambiando para siempre.
Desconcertada por su estilo narrativo, la crítica especializada intentó colgarle varios rótulos de los que Carver siempre renegó en vida. Se dijo que lo suyo era “realismo sucio”, aunque estaba muy lejos de Charles Bukowski y se dijo también que era un “minimalista”, a pesar de que no le interesaban los detalles y sus temas eran universales.
En este sentido, la última polémica ha sido el descubrimiento de que su editor, Gordon Lish, habría metido mucha mano en sus relatos, recortando a diestra y siniestra las partes donde Carver se perdía o se ponía sentimental.
Aunque intranscendente, la controversia se mantiene hasta hoy. Leer los cuentos completos reunidos cronológicamente en esta edición permite, no obstante, observar algunas curiosidades. Una de ellas, es que el estilo de Carver es distinto en su primera etapa que en la final. El relato breve, parco y duro de los primeros libros de cuentos da paso a otro más elaborado y barroco, donde abundan los datos y las descripciones.
Hay que decir que Carver es igual de efectivo en cualquiera de las dos modalidades. Siempre es preciso y punzante, siempre clava el aguijón donde duele, como sin querer. Se limita siempre a contar, se ahorra las metáforas y las conclusiones. Es un documentalista de la tragedia, que puede parecer algo frío e impávido a veces, pero que siempre está parado sobre algo importante.
Dos matrimonios difíciles, media vida como alcohólico, mil trabajos diferentes y una muerte temprana por cáncer de pulmón a los 50 años resumen la biografía de Carver. Bien pudo ser el personaje de cualquiera de los cuentos que se reúnen en este libro.

Los deslumbrados lectores de Catedral, primer libro publicado en España de Carver, reencontrarán en De qué hablamos cuando hablamos de amor la atmósfera y los personajes de un autor que dominó indiscutiblemente el panorama literario norteamericano de los años ochenta.

Parejas que se despedazan, compañeros que parten desesperadamente a la aventura, hijos que intentan comunicarse con sus padres, un universo injusto, violento, tenso, a veces irrisorio… En palabras de Roberto Fernández Sastre, Carver «no designa lo intolerable, sino que lo nombra. Sin concesiones hacia nada ni hacia nadie, rescata lo real en su esencialidad amorfa y brutal».

 

«Un libro de fábulas para esta década» (Jayne Anne Phillips).

«Carver no sólo da voz a una clase social hasta ahora sin nombre y sin historia, la de los nuevos pobres de la sociedad de consumo, el nuevo “proletariado de la psique”, despojado de la utopía, sino que inventa para ella un lenguaje duro, irónico y lacónico que, rehusando tanto los delirios de la fabulación posmoderna como las tentaciones de un nuevo realismo, restablece el circuito mágico entre nombre y objeto, y ensambla al hombre con el espacio en el que vive» (Marisa Bulgheroni, L’Indice).

Fuentes: El Observador, Libros, 7/oct/2016.
Anagrama
Compilación realizada por Lorena Lacaille.

Lucia Berlín: «la mujer de limpieza de la Literatura».

Cuando, cerrado el siglo XX, parecía cerrada también la lista de los grandes cuentistas norteamericanos del siglo: Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Truman Capote, Paul Bowles, Raymond Carver, Alice Munro, Lydia Davis… he aquí que aparece un nombre nuevo, con una obra escasa –setenta y siete cuentos en total– pero que deslumbra a todos y conquista sin disputa un lugar entre los grandes. Se trata de Lucia Berlin, fallecida en el 2004, y de quien, hasta entonces, casi nadie había oído hablar. Cierto, había publicado algunas cosas en vida: sus primeros cuentos datan de los años sesenta, cuando Lucia, nacida en Alaska en 1936, rondaba la treintena; algunos vieron la luz en revistas, su primer libro ( Angels Laundromat) data de 1981, y publicó otros cinco hasta su muerte, siempre en pequeñas editoriales. Pero sólo el año pasado, concretamente en agosto del 2015, “uno de los secretos mejor guardados de América” (en palabras de un crítico) salió a la luz. Pues uno de los sellos más poderosos de EE.UU., Farrar Straus and Giroux, publicó Manual para mujeres de la limpieza / Manual per a dones de fer feines, una selección de sus mejores cuentos.

Para sorpresa de propios y extraños el libro se situó nada más salir en el segundo puesto de la lista de los más vendidos del The New York Times. En pocas semanas había vendido más de lo que vendieron, a lo largo de treinta años, todos sus libros anteriores juntos; y aunque, por no estar viva su autora o por tratarse de obra publicada con anterioridad, no pudo recibir ninguno de los grandes premios, sí fue incluido en la lista de los mejores libros del año de las principales revistas y suplementos literarios del país. Pero ¿quién fue Lucia Berlin?

Muchas cosas. Y esa es una de las claves que explica la riqueza, la variedad de sus cuentos. Lucia era hija de un ingeniero de minas y de una mujer fría, racista y alcohólica (así la describe en muchos de sus relatos). Pasó su infancia de ciudad minera en ciudad minera en Idaho, Montana y Arizona. Luego, su padre se fue a la guerra y Lucia, su madre y su hermana se quedaron en El Paso (Texas), donde Lucia asistió, becada, a un colegio de monjas, en el que era la única protestante; además, como su madre prefería la botella a sus hijas, Lucia vivía prácticamente con la familia siria de al lado (lo narra en el cuento Silencio). Tuvo, como puede verse, muchas oportunidades para observar las diferencias culturales por religión u origen social o geográfico, e incluso para imaginar qué habría sido su vida en otra comunidad, por ejemplo, si su familia hubiera muerto en un terremoto y ella se hubiera quedado a vivir con los amigos sirios ( Volver al hogar).

Con la adolescencia vino una nueva mudanza, a Santiago de Chile, y con ella, una metamorfosis: de niña estadounidense de clase media sin más, Lucia se encontró convertida en una señorita de la clase alta chilena, alumna de un exclusivo colegio privado, que dividía su tiempo, los fines de semana, entre las fiestas de la alta sociedad, con baile y cenas de seis platos, y visitas a los vertederos y chabolas en compañía de una profesora norteamericana, medio misionera, medio revolucionaria (el cuento en el que lo narra, Buenos y malos, es magistral, y el personaje de la profesora, inolvidable). Estudió después –quería ser escritora, o periodista– en la Universidad de California, donde entre otros, tuvo como profesor a Ramón J. Sender.

Varios traslados (“debo llevar unas doscientas mudanzas a cuestas”, dice en uno de los cuentos), bodas, divorcios e hijos después, encontramos a Lucia en Nueva York, viviendo, por falta de recursos económicos, en un edificio de oficinas, donde se apaga la calefacción de noche: era todo supuestamente alegre, despreocupado y liberal, con mucho jazz, nomadismo, sexo y copas (el tipo de vida retratado por Kerouac o Ginsberg). Pero Lucia y sus dos hijos tenían que dormir vestidos con ropa de esquí. El padre, como tantos en esa época de una libertad sexual recién estrenada cuyas consecuencias, sin embargo, pagaban ellas más que ellos, había hecho mutis por el foro.

A los treinta y dos años, Lucia Berlin tenía en su haber tres matrimonios deshechos, cuatro hijos a su cargo y un alcoholismo con el que lucharía toda la vida… Eso sin contar con problemas de salud graves y crónicos: doble escoliosis, que la había obligado a llevar un corsé ortopédico durante años, problemas respiratorios… Lo que no tenía era una profesión, ni ingresos regulares. De modo que tuvo que ponerse a trabajar en lo que pudo: recepcionista en la consulta de un ginecólogo, ayudante de enfermería en la sala de urgencias de un hospital, e incluso mujer de la limpieza (aunque le costaba encontrar empleo porque las señoras, explica, desconfían de las candidatas “instruidas”). Todo ello y más (su paso por centros de desintoxicación, sus frecuentes visitas a México, donde vivía su hermana…) lo refleja en sus relatos, cuyo valor radica en esa amplia gama de experiencias, muchas de ellas raramente abordadas en literatura –pocas escritoras o escritores han trabajado atendiendo a enfermos terminales o limpiando casas–, pero sobre todo en la voz de la autora. Una voz, como señala Lydia Davis en su prólogo, irresistiblemente cálida, cercana, hecha de espíritu de observación, empatía, alegría de vivir, humor: “No me importa contarle a la gente cosas terribles si puedo hacerlas divertidas”, apunta ella misma. Sus modelos eran Chéjov, por la humanidad, Katherine Mansfield, por la capacidad de encontrar belleza hasta en lo más vulgar, Paul Bowles, por su agudeza en percibir y entender las diferencias culturales…

Hacia el final de su vida, Berlin obtuvo cierto reconocimiento como escritora. La Universidad de Colorado la invitó a dar clases de creación literaria en Boulder. No fue una gran solución económica (vivía en una caravana), pero le dio la oportunidad de añadir una pieza más, muy distinta a las otras, al puzle de sus experiencias vitales: “Este debe ser el pueblo más sano de todo el país. En las fiestas universitarias o en los partidos de fútbol no se bebe. Nadie fuma, ni come carne roja o dónuts bañados de azúcar. Puedes ir solo por la calle de noche, salir de casa sin cerrar las puertas con llave. Aquí no hay bandas y no hay racismo. Tampoco hay muchas razas.

Lucia Berlin se trasladó, finalmente, a un garaje acondicionado como vivienda junta a la casa de su hijo, en Los Ángeles. Murió el día en que cumplía 68 años. Con un libro en la mano, y sin sospechar que la edición póstuma de su obra iba a traerle, por fin, la consagración que merece.

Lucia Berlin

Manual para mujeres de la limpieza / Manual per a dones de fer feines

Alfaguara / L’altra editorial. Traducción castellano: Eugenia Vázquez Nacarino / catalán: Albert torrescasana.

 

Este libro es una antología de 43 relatos basados en la vida itinerante de la autora, una mujer muy bella, casada tres veces, alcohólica, que trabajó duramente en toda clase de oficios para mantener a sus cuatro hijos. Cuenta vidas desastradas en las que el desastre se acepta con normalidad; no tiene reparo en mostrar la miseria humana; la degradación, la vulgaridad, la fealdad, la suciedad aceptada ni la ternura o la emoción de los inadaptados. Sus personajes son gente maltratada por la vida y por sí mismos, pero también audaces, que van de frente, con una intrepidez y una inconsciencia admirables. En el orden de los cuentos se advierte el paso del tiempo sobre la autora, lo que nos permite ver en ella el trayecto de la juventud a la vejez, lo que resulta muy sugestivo.

 

 

 

 

 

 

Fuentes: La Vanguardia, Cultura, 12/03/16.

El Pais/Babelia/2/05/16.

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

Personajes al borde la «locura»: Liliana Colanzi.

“Todas mis historias tienen que ver con obsesiones, paranoias, juegos con la mente. ¿Qué pasa cuando la razón estalla? Ésa es la pregunta que me interesó explorar a través de la escritura”, dice la autora de Nuestro mundo muerto en esta entrevista con Ivana Romero.

Ph Lourdes Plata

Ph Lourdes Plata

Por Ivana Romero.

“Este es el tronco de todas las historias, habla de nuestro mundo muerto”, dice una canción de los indígenas ayoreos. Liliana Colanzi explica que eligió ese epígrafe para su nuevo libro después de leer la historia de un hombre perteneciente a esta etnia boliviana, originalmente nómade y habitante de los montes. Al ser corridos hacia las ciudades, los ayoreos se vieron privados de su vida y su cultura. Luego de estar en silencio, uno de los indígenas logró explicar lo que sentía a través del canto, recogido por el antropólogo Lucas Bessire. “Me pareció muy poderosa la historia y lo que este ayoreo canta”, afirma Colanzi.

El cuento que da título al volumen, de hecho, sucede en Marte y trae un acápite de Ray Bradbury, aunque Colanzi explica que no quiso releer Crónicas marcianas para evitar la influencia: “Creo que Marte es la siguiente gran aventura de los humanos”, dice, “y para escribir el cuento quise tener un marte propio, uno mío. A pesar de que leí a Bradbury en el colegio y en la universidad, y es un autor que me gusta muchísimo, esta vez preferí no acercarme para tener la libertad de crear mi propio Marte”.

En el cuento, una mujer que está en una misión en el planeta rojo y sabe que ya no podrá regresar, vive la tragedia de comprender que el amor de su vida quedó en la Tierra. “El punto de partida fue el Mars 1”, sigue Colanzi, “el proyecto privado que pretende mandar a la primera colonia humana a Marte. Me llamó la atención que entre los seleccionados quedó una boliviana y que en la entrevista que le hacían hablaba de la posibilidad de ya no volver a la Tierra con un estoicismo muy propio de la juventud. Realmente no creo que sepa a lo que se está enfrentando”.

Parado en el medio de la vida

Los cuentos de Colanzi transmiten la sensación de estar ante un borde, que puede ser tanto el del universo conocido como el que marca el límite entre realidad y fantasía. La ciencia ficción, Marte y los meteoritos se entrecruzan así con el sermón de una chola que anuncia el Juicio Final luego de visitar el Cielo y el infierno, la presencia de un indígena guaraní que tiene la capacidad de interpretar la historia y anticipar el futuro, o una ola de adolescentes suicidas. El libro tiene un espíritu de frontera: “Creo que todos vivimos en ese borde de lo que es la vida y la muerte”, dice Colanzi. “Es el hecho más misterioso que se puede pensar: en un momento estás y al siguiente no. Y que eso mismo suceda con el resto de las personas que conocemos y amamos, es terriblemente cruel, terriblemente misterioso y, a la vez, muy atrayente”.

La frontera de los cuentos de Nuestro mundo muerto, sin embargo, no es la que determina el paso entre vida y muerte sino que es aquella que trata de comprender cuál es el límite de aquello que entendemos por humano. Un interés que no sólo ocupa la ficción de Liliana Colanzi, sino que también aparece en su tarea como investigadora. En su tesis doctoral, trabajó con textos de Sara Gallardo, Mario Bellatin y Jorge Barón Biza —entre otros— para demostrar que las categorías entre humano, animal y máquina son construcciones de lenguaje:

“Que seamos humanos”, dice, “no es una esencia que tenemos sino un procedimiento lingüístico. En la tesis quería ver cómo se negocia la idea de lo humano y cómo lo no humano puede ser una puerta hacia otras maneras de concebir el deseo y la sexualidad, otra forma de cuestionar al ser humano como ser racional. El cuerpo y todo lo que tiene que ver con el cuerpo es altamente político. Todas las narrativas que tienen que ver con algo que se aleja de lo humano son narrativas sobre el cuerpo: la del animal, la del monstruo y la del ciborg tienen que ver con seres que, por ser menos humanos, son más cuerpo”.

La escritora está de paso por Buenos Aires mientras Eterna Cadencia acaba de editar Nuestro mundo muerto, un volumen que reúne nueve relatos. Escritos en su mayoría en primera persona, estos textos dan espacio a voces diversas, desde un hombre que dice estar poseído por un indio mataco hasta una chica enamorada obsesivamente de una dealer a la que sigue desde Bolivia a París. El rasgo común es que todas están atravesadas por la extrañeza. En ellas pervive una vida ancestral en los montes junto al cosmopolitismo vertiginoso de los grandes centros urbanos.

Nacida en Santa Cruz, Bolivia, en 1981, Colanzi terminó en diciembre su doctorado en literatura comparada en la universidad de Cornell, en Estados Unidos, con una tesis sobre cyborgs, monstruos y animales en la literatura latinoamericana desde los años sesenta hasta acá. En agosto volverá a esa universidad para sumarse al equipo docente.

Liliana Colanzi presenta “Nuestro mundo muerto”

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

Realismo, magia y erotismo los tópicos de Giovanna Rivero.

Entrevistada por José Luis Saavedra, Rivero se presentó a si misma (2006) en los siguientes términos: “Giovanna Rivero es una escritora, primero que todo es una mujer. Me he ‘construido’, de algún modo, a partir de mis lecturas. El tono de las lecturas es casi siempre el de las frustraciones y las alegrías. Entonces, soy una escritora-lectora, escribo sobre las cosas que veo, que me pasan, sobre el mundo contemporáneo; entre lo que vivo, siento, y lo que escribo la diferencia es sólo la ficción, mi literatura es autorreferencial, aunque no esté respaldada por una biografía de la verdad es decir, lo que escribo le puede pasar a cualquiera, a veces nos pasa o somos potenciales de que nos pase. Entonces, soy una mujer artista, diríamos así, y a medida que ha pasado el tiempo tengo más claro lo que esto significa, porque a veces uno pone categorías a su vida, en las cuales trata de encarnar, cuando en realidad la prótesis es el lenguaje: los hombres y los adjetivos que nos imponemos deben reflejar lo que uno realmente es”.

Giovanna Rivero ( Montero, 1972- ) es una novelista y cuentista boliviana, pertenece a los escritores más exitosos de ficción contemporánea de Bolivia.

Nació en Montero, Santa Cruz, Rivero fue premiada con el Premio Municipal de Santa Cruz de Literatura en 1997 por su colección de cuentos Las bestias. En 2005, recibió el Premio en Cuentos Franz Tamayo por La Dueña de nuestros sueños. En 2004, participó en el Programa de Escritura de Iowa en la Universidad de Ioway en 2006 fue premiada con la beca Fulbright que le permitió obtener una maestría en literatura latinoamericana de la Universidad de Florida. Ella pasó a recibir un doctorado en la misma universidad en 2014. En 2011, fue uno de los 25 nuevos talentos latinoamericanos elegidos por la Feria del Libro de Guadalajara de México.

Comentando sobre su última novela, 98 segundos sin sombra, Fernando Iwasaki de El Mercurio comentó: “Giovanna Rivero escribe buena prosa, es capaz de crear personajes poderosos. Con [esta obra] se ha añadido a su nombre en el libro de la literatura latinoamericana.” La novela ha sido publicada por la editorial española Caballo de Troya, contribuyendo al creciente éxito internacional de Rivero.

Además de escribir novelas y cuentos, Rivero es una habitual colaboradora de periódicos locales y nacionales.También enseña semiótica y periodismo en la Univeridad Privada de Santa Cruz de la Sierra.

Trabajos seleccionados

  • 2001: Las camaleonas, novela
  • 2002: La dueña de nuestros sueños, historia para niños
  • 2005: Contraluna, cuento
  • 2006: Sangre dulce, cuento
  • 2009: Tukzon, historias colaterales, novela
  • 2009: Niñas y detectives, cuento
  • 2011: Helena 2022: La vera crónica de un naufragio en el tiempo, novela
  • 2014: 98 segundos sin sombra, novela
  • 2015: Para comerte mejor, cuento

 

La Feria del Libro reconocerá la trayectoria de la escritora Giovanna Rivero

 

Su último trabajo: Para comerte mejor

Entre ataúdes, vómito, ratas y desazón, Giovanna Rivero compone una constelación de relatos siniestros. La inmundicia de los recovecos abandonados constituye la materia de un entramado narrativo intempestivo, que golpea y confronta, y que sin embargo, entre la vorágine de lo ominoso, hace surgir una delicada melancolía. Para comerte mejorconstituye una valiosa contribución a esa literatura de lo extraño que tanto cultivaron escritores como Poe, Piñera o Landolfi.

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

 

Belivacqua y Chamorro al servicio de Lorenzo Silva

Lorenzo Manuel Silva Amador (Madrid, 7 de junio de 1966) es un escritor español conocido especialmente por sus novelas policiacas que protagonizan los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro. Nació en el barrio madrileño de Cuatro Vientos, estudió Derecho en la Universidad Complutense de Madrid y ejerció como abogado de empresa desde el año 1992 hasta 2002.

Ha escrito numerosos relatos, artículos y ensayos literarios, así como varias novelas, que le han valido reconocimiento internacional. Una de ellas, El alquimista impaciente, obtuvo el Premio Nadal del año 2000. Esta es la segunda en la que aparecen los que quizá sean sus personajes más conocidos: la pareja de la Guardia Civil formada por el brigada Rubén Bevilacqua y la sargento (en la última novela) Virginia Chamorro.

Otra de sus obras, La flaqueza del bolchevique, fue finalista del Premio Nadal 1997 y ha sido adaptada al cinepor el director Manuel Martín Cuenca. Ganador del Premio Planeta 2012 con la novela La marca del meridiano.

Además de sus novelas policiacas, Silva tiene numerosos libros de no ficción, así como obras destinadas a jóvenes.

 

Donde los escorpiones

Vuelve el guardia más famoso y querido de la literatura y la novela negra: el subteniente Bevilacqua, con su primer caso fuera del territorio español, en el que viajará para investigar un asesinato en la base española de Afganistán.

Madrid, julio de 2014. Pasados los cincuenta, y ya con más pasado que futuro, el subteniente Bevilacqua, veterano investigador de homicidios de la unidad central de la Guardia Civil, recibe una llamada del responsable de operaciones internacionales. Se reclama su presencia inmediata a 6.000 kilómetros de allí, en la base española de Herat, en Afganistán.
Un militar español destinado en la base ha aparecido degollado, y, junto a él, el arma del delito: una hoz plegable de las usadas por los afganos para cortar la amapola de la que se extrae la droga que representa la principal fuente de riqueza del país.
¿Se trata del atentado de un talibán infiltrado? Podría ser, pero también que la muerte tuviera otro origen, porque el ataque no reviste la forma clásica de esa clase de acciones, sino que hace pensar en algún motivo personal.
La misión de Bevilacqua y los suyos no es otra que tratar de desenmascarar a un asesino que forzosamente ha de ser un habitante de ese espacio cerrado. Sus pesquisas, bajo el tórrido y polvoriento verano afgano, les llevarán a conocer a peculiares personajes y a adentrarse en la biografía del muerto, un veterano de misiones bélicas en el exterior que guarda más de un cadáver en el armario, para llegar a un desenlace inesperado y desconcertante.

 

 

Novela

  • Noviembre sin violetas (1995, ediciones Libertarias; 2000, Destino)
  • La sustancia interior (1996, Huerga & Fierro; 1999, Destino)
  • La flaqueza del bolchevique, Trilogía de la nostalgia 1 (1997, Destino), finalista del Premio Nadal.
  • Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia (1997)
  • El ángel oculto, Trilogía de la nostalgia 2 (1999, Destino)
  • El urinario, Trilogía de la nostalgia 3 (1999, Pre-Textos; 2007, Destino)
  • El nombre de los nuestros (2001, Destino)
  • La isla del fin de la suerte (2001, Círculo de Lectores)
  • Carta blanca (2004, Espasa), Premio Primavera de Novela
  • Muerte en el “reality show” (2007, Rey Lear)
  • El blog del inquisidor (2008, Destino)
  • Niños feroces (2011, Destino)
  • Música para feos (2015, Destino)
  • Nada sucio (2016, Menoscuarto), coescrito con su esposa, Noemí Trujillo
  • Recordarán tu nombre (2017, Destino)

Serie Bevilacqua y Chamorro

Libro de relatos

  • El déspota adolescente (2003, Destino)
  • El hombre que destruía las ilusiones de los niños (2013, ediciones Tagus)
  • Historia de una piltrafa y otros cuentos crueles (2014, Ediciones Turpial)
  • Todo por amor y otros relatos criminales (2016, Destino)

No ficción

  • Viajes escritos y escritos viajeros (2000, Anaya)
  • Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos (2001, Destino)
  • Líneas de sombra. Historias de criminales y policías (2005, Destino)
  • En tierra extraña, en tierra propia. Anotaciones de viaje (2006, La esfera de los libros)
  • Y al final, la guerra. La aventura de los soldados españoles en Irak (2006, La esfera de los libros, coescrito junto a Luis Miguel Francisco)
  • El Derecho en la obra de Kafka (2008, Rey Lear)
  • La flaqueza del bolchevique (2008, Lagartos de Cine, coescrito junto a Manuel Martín Cuenca). Guion cinematográfico y otros textos.
  • Sereno en el peligro. La aventura histórica de la Guardia Civil (2010, Algaba-Edaf). Premio Algaba
  • Tres mil metros en la noche. Vidas Zip 1 (2009-2010) (2011, Destino), sólo en ebook
  • El misterio y la voz (2011, Destino), sólo en ebook
  • Los trabajos y los días (2012, Libros.com – obra editada a través de crowdfunding)
  • Todo suena (2012, Clínica Universidad de Navarra)
  • Siete ciudades en África: Historia del Marruecos español (2013, Fundación José Manuel Lara)

Narrativa infantil y juvenil

  • Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia (1997, Anaya)
  • El cazador del desierto (1998, Anaya)
  • La lluvia de París (2000, Anaya)
  • Laura y el corazón de las cosas (2002, Destino)
  • Los amores lunáticos (2002, Anaya)
  • Pablo y los malos (2006, Destino, coescrito junto a Violeta Monreal)
  • La isla del tesoro (de R. L. Stevenson) (2007, Edaf, adaptación)
  • Mi primer libro sobre Albéniz (2008, Anaya)
  • Albéniz, el pianista aventurero (2008, Anaya)
  • El videojuego al revés (2009, ed. San Pablo)
  • Suad (2013, ed. San Pablo, coescrito junto a Noemí Trujillo)

Lorenzo Silva: “Tengo cuero de caimán ante las críticas”

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.