«Cuentos espirituales» Ramiro Calle

Este afamado maestro y escritor de yoga nació en el año de 1943 en Madrid, ha escrito libros de diversas temáticas y es director del mayor centro de yoga llamado “Shadak”. Ramiro Calle fue el primero en introducir la disciplina del yoga en España.

Este maestro del yoga destaca por haber dado clases en la universidad autónoma de Madrid, así como también participar en numerosas conferencias donde explica la diversidad de su dogma y los beneficios que conlleva el yoga en la vida de las personas.

Una de sus cualidades es que Ramiro Calle nunca deja de aprender, por lo que realiza numerosos viajes a la India con el objeto de aprender nuevas técnicas con los mejores maestros de la espiritualidad. Como conmemoración a sus más de 100 viajes a este lugar, publicó un libro llamado “100 viajes al corazón de la India”, en este libro se relatan todas sus experiencias y las costumbres de estos lugares.

Pero este no es su único libro (ha escrito más de 250), uno de los más recientes es “El Límite”, en este magnífico ejemplar Ramiro nos relata su experiencia cercana a la muerte debido a una mortal enfermedad que contrajo en uno de sus viajes a la india. Esta enfermedad es llamada Listeriosis y es causada por una bacteria que se introdujo en su cuerpo para luego alojarse en su cerebro lo cual causo una infección muy grande, de tal manera que dejo a Ramiro en estado de coma durante varios días. Pero en su lucha contra esta enfermedad logró lo que los neurólogos describen como un milagro, ya que un mínimo porcentaje de personas con esta enfermedad han logrado sobrevivir.

Ramiro dice considerarse un cazador, pero no furtivo, por el contrario él dice ser cazador de hombres, por lo que se propone encontrar todo tipo de personas espirituales que le ayuden a llevar su mensaje a todo el mundo.

Ramiro Calle tiene numerosas apariciones en la prensa y también en la televisión, por lo que también se ha hecho acreedor de varios premios como el que recibió el 4-9-2003 en Martínez Roca, en donde se le concedió el V premio a la Espiritualidad.

Pero no todo en la vida de este autor ha sido color de rosa. Debido a que proviene de una familia adinerada, se ha ganado numerosas críticas por parte de la prensa y de otras personas que al parecer envidian su estilo de vida.

Otra de sus polémicas fue en el año 2007 cuando publico en artículo sobre su viaje a “Kumkh Mela” (India). Este artículo fue publicado en la revista Interviú, y la embajada de la India en España le exigió a Ramiro que hiciera una disculpa pública por la publicación de dicho artículo. A raíz de este problema Ramiro explica que el problema radica no en el contenido de su escrito, sino más bien en el medio en donde fue publicado, por lo que ramiro se negó a hacer dicha disculpa y añade que “Soy un escritor independiente que puede publicar lo que quiere donde cuando y como quiere”.

Se sabe que la embajada de la India lo que no quería era la publicación de las imágenes tomadas por Ramiro en este festival, pero dicho festival ha sido cubierto por numerosas revistas y prensa de todo el mundo en muchas ocasiones y siempre han sido publicadas fotografías y videos.

La visión de Ramiro Calle es la de promover el cultivo de la atención plena, la compasión y la paz interior. Sus escritos son los más recomendados por la sencillez de sus palabras y la facilidad con la que explica el que hacer de la vida.

Sus grandes doctrinas son las cuatro prioridades de la vida universal que se explican de la siguiente manera:

  1. Paz Interior: sin paz interior la existencia de las personas se torna amarga y sin sentido, agitada y cruel.
  2. Salud Psíquica: una mente lúcida y atenta facilitara la paz interior.
  3. Salud física: aceptar que lo que llamamos cuerpo es solo un recipiente de nuestra alma.
  4. La óptima relación con todos los seres vivos: esto último suele pasarse por alto cuando se han logrado las anteriores 3 disciplinas, pero es una parte muy importante para vivir en paz no solo individualmente sino con todo nuestro entorno.

 

 

 

Desde la más remota antigüedad los maestros espirituales han ido transmitiendo a sus discípulos significativas y orientadoras narraciones espirituales con un valiosísimo contenido místico y capaces de deleitar e instruir espiritualmente a todo tipo de personas.

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Por su claridad, concisión, amenidad e incluso notable sentido del humor, estas maravillosas historias, exentas de cualquier dogmatismo y que cada persona captará según su grado de entendimiento, han obtenido el máximo interés de los lectores.

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, biblioterapeuta, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

 

 

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El extraterrestre de Harlan Ellison

Cuentos

El extraterrestre

De vez en cuando me despertaba en la noche sin poder volver a dormir y salía de mi cama para tomar un vaso de agua, en ese entonces encontré a mi nuevo amigo, quien era una persona como cualquier otra y de inmediato nos llevamos bien en la conversación. En mi edificio viven muchas personas y no me pareció extraño que esté en la azotea un chico tan interesante para conversar. Con el tiempo me confesó que no era una persona, sino un extraterrestre, lo cual jamás hubiera imaginado, pero en la planta de sus pies lleva trazos y líneas que son como su fueran el documento de identidad que cada uno de ellos tiene.

Nuestra amistad fue cada vez más fuerte con el tiempo, él me contó sobre todas las cosas que hacía en su planeta y hasta de los viajes interestelares que realizaba con frecuencia. Yo en cambio no tuve más que contar que de vez en cuando tenía conversaciones a través de las redes sociales con personas de otras partes del mundo. Él me ofreció un dispositivo para poder atravesar la pantalla e ir directamente al país de quien estuviera hablando, pero no lo acepté,

otro2Mi amigo con el tiempo me pidió de quedarse a vivir en mi casa y me pareció que estaría bien porque así dejaría de pagar la seguridad del lugar. Con los meses todo se complicó porque él me hablaba de teorías muy conspirativas de su planeta con la necesidad de barrer el mal de la tierra, así lo llamaba. Sin embargo, me di cuenta pronto de que todas las personas que estaban cometiendo algún pecado desaparecían misteriosamente y es que él les quitaba la vida con su rayo PAT que desintegraba en el acto a las personas. Por esta razón tuve que dejar de ver a mi novio y nunca más pensé absolutamente nada sucio por miedo de perder mi vida también. A veces hasta me pregunto si es que este extraterrestre no es más que un fanático de una secta que quiere acabar con todo.

 

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Mundo deshabitado

Esto me pasó un día, me encontraba en mi casa, solo recuerdo haber escuchado una explosión, me desmaye. Al despertarme, todo me parecía extraño, no escuchaba nada a mi alrededor, vi por la ventana, solo vi caos, salí afuera de la casa todo estaba destruido, las calles agrietadas, los árboles derribados, no había señales de vida humana, me asuste tanto de estar solo en un lugar donde todo estaba destruido, me preguntaba ¿qué pasaba? si estaba soñando, tenía que ser una pesadilla, era una alucinación. Cuando de repente veo entre los restos un movimiento, me alegre demasiado salí corriendo, era un pequeño perro, bueno no era una persona pero me alegre de que estuviera con migo para hacerme compañía.

Sobreviví con unas pocas cosas que tenia de comer, nos acomodamos en la casa con Bobby, así le puse al perro, era ya de noche, nos dispusimos a dormir queriendo que a la mañana siguiente fuera todo diferente, pero no al despertar solo me sentía más triste y confundido quería saber que había pasado, ¿porque era yo el único ser humano con vida?

sinDe repente mientras renegaba de lo que me pasaba, escuche que alguien tocaba la puerta de la casa, me alegre pero al mismo tiempo pensé que ya hasta loco me había vuelto, que estaba escuchando cosas, a pesar de eso salí a ver por la ventana, solo vi una enorme luz resplandeciente que me segaba, decidí abrir la puerta, me lleve un gran susto por lo que mis ojos veían, eran una figura extraña, con ropas raras, estaban dentro de una gran nave espacial, inmediatamente me hipnotizaron, porque no sé cómo llegue hasta este planeta en el que estoy, no sé si afligirme más o menos por lo que estoy pasando, estoy en una jaula preso por estos seres , pero por lo menos no estoy solo en este planeta tengo compañía.

 

 

Harlan Ellison nació en Ohio, creció allí e incluso llegó a cursar 18 meses en la Universidad del Estado de Ohio. Al cabo de estos 18 meses tuvo que abandonar la universidad. Un año después, en 1955, era bien conocido por el Fandon de Cleveland, Ohio. Su primera contribución profesional la realizó en 1956 con GLOWWORM para Infinity Science Fiction. Desde entonces no ha dejado de publicar prolíficamente. Poco después de publicar su primer libro de ciencia-ficción, Ellison se mudó a Chicago en 1959 donde trabajo como editor de Rogue Magazine. En 1962 Ellison se mudó a Los Ángeles dónde reside actualmente.

Harlan Ellison es uno de esos escritores a los que no se les pude encasillar totalmente dentro de la ciencia-ficción. De sus casi 90 libros, un tercio son de ciencia-ficción, otro tercio son de fantasía y el resto pertenecen a la corriente general de la literatura. El mismo ha llegado a afirmar que pretende crear un conjunto de obras que transcienda cualquier género. Además de ser un autor muy prolífico ha sido un autor muy premiado. Por citar solo unos cuanto premio debemos citar sus ocho premios Hugo por ARREPIÉNTETE, ARLEQUÍN, DIJO EL SEÑOR TIC-TAC (1966), NO TENGO BOCA Y DEBO GRITAR (1968), LA BESTIA QUE GRITABA AMOR EN EL CORAZÓN DEL UNIVERSO (1969), EL PÁJARO DE LA MUERTE, (1974), ADRIFT JUST OFF THE ISLETS OF LANGERHANS (1975) JEFFTY TIENE CINCO AÑOS (1978) (relato que también obtendría el Locus y el Nebula de 1978), PALADIN OF THE LOST HOUR, (1986), a las mejores representaciones dramáticas por CITY ON THE EDGE OF FOREVER (un episodio de Star Trek) en 1968 y por A BOY AND HIS DOG en (1976) así como los premios especiales de 1968 y 1972 por sendas antologías bajo el nombre común de VISIONES PELIGROSAS. También ganó dos premios Nebula, uno por su novela corta UN MUCHACHO Y SU PERRO en 1969 y el ya mencionado JEFFTY TIENE CINCO AÑOS en 1978. Una relación exhaustiva de todos sus premios se puede encontrar en SPECULATIVE FICTION AWARDS)

En su curriculum hay que incluir 1700 historias, ensayos, artículos, columnas periodísticas, dos docenas de guiones televisivos (TWILIGHT ZONE,BABYLON 5) y una docena de argumentos cinematográficos.

Con estos antecedentes no sorprende que el Washington Post calificará a Harlan Ellison como uno de los más grandes escritores americanos de historias cortas aún vivos o que el Los Ángeles Times dijera: Ya es hora de que se premie a Harlan Ellison con el título de el Lewis Carroll del siglo XX.

Falleció el 27 de junio de 2018, en Los Ángeles a los 84 años.


Bibliografía

  • Amiga fría, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 104, (1978)
  • Arde el cielo, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 112, (1979)
  • Arrepiéntete Arlequín, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 82, (1976)
  • La Bestia Que Gritaba Amor en el Corazon del Universo, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 19, (1971)
  • El Circo del Ratón, Nuevas Dimensiones 1, Editorial Adiax, Colección Fénix, (1982)
  • Dormido y con las manos quietas, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 30, (1972)
  • Jeffty tiene cinco años, Martínez Roca, Los premios Hugo 78-79
  • Lo mejor de los Premios Nebula, Ediciones B, Colección Nova nº 61, (1994)
  • No tengo boca y debo gritar, Producciones Editoriales, Star-Books nº 9, (1967)
  • Santa Claus contra A.R.A.C.N.I.D.O., Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 82, (1976)
  • Soldado, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 85, (1977)
  • El último hombre, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 93, (1977)
  • Vic & Blood, (junto a Richard Corben), Norma Editorial S.A., (1989)
  • Visiones peligrosas, Martínez Roca S.A., (1983)
  • La Voz en el jardín, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 100, (1978)

Filmografía

  • Un perro y su chico, (basada e una de sus novelas), (1975)

Series de televisión

  • Un perro y su chico, (basada en una de sus novelas), (1975)
  • Star Trek The City On the Edge of Forever, (guión), (1966)
  • The Starlost , (creador como Cordwainer Bird), (1973)
  • La fuga de Logan, (guión), (1977)
  • The outhers limits, (guión de tres episodios), (1977)
  • Babylon 5, (asistente conceptual de varios episodios), (1977)
  • The Twilight Zone, (guionista de varios episodios y consultor creativo), (1981)

Videojuegos

  • No tengo boca y debo gritar, (guión)

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

Un escritor de éxito en cadena perpetua por asesinato: Curtis Dawkins

Primero mató a una persona, luego escribió un libro. Antes había estudiado un máster de Humanidades y, mucho antes, había empezado a notar los efectos de sus problemas mentales, que intentó combatir a base de drogas y alcohol. Pero la historia de Curtis Dawkins no es tan sencilla. El motivo por el que le pegó un tiro a Thomas Bowman y ahora cumple una cadena perpetua en una prisión de Michigan (Estados Unidos) va más allá del contexto, de las circunstancias. «No habría disparado a un hombre si no hubiese estado colocado, pero hay problemas más profundos. Nunca es SOLO por las drogas y el alcohol. Asumo mi culpa», cuenta el escritor a ABC a través de correo electrónico.

Dawkins había empezado a escribir una década antes de cometer el asesinato, en 1994, cuando la empresa de sus padres se incendió y decidió volver a sus estudios para convertirse en escritor. Su vida, sin embargo, siguió por otros derroteros. Se casó, formó una familia y consiguió un trabajo como vendedor de coches. Pero todo cambió en 2004, una noche que consumió crack y destrozó muchas vidas: la de Bowman, la suya, la de los familiares de ambos. Ya en prisión, con el crimen a sus espaldas, la literatura se convirtió en su «salvavidas». «Si no hubiese escrito nada, no estaría aquí hoy», confiesa ahora.

Cada día, dedica unas cuatro horas a escribir, aunque podrían ser más. «He visto programas de televisión sobre cárceles rusas donde cada segundo está estructurado, lo que me parece una pesadilla. Yo básicamente vivo mi vida. Tengo un trabajo de prisión como limpiador. Pero si quisiera podría escribir 24 horas al día», afirma. De ese empeño nació un libro de relatos que llamó la atención de Scribner’s, una de las principales editoriales estadounidenses, que le ofreció un adelanto de 150.000 dólares. Finalmente, la obra se publicó en julio de 2017. Ahora, después de haber cosechado buenas críticas en su país, en las que se destacaban los méritos literarios de su criatura, «Hotel Graybar» llega a España de la mano de Seix Barral.

Los relatos de Dawkins hablan de la cárcel, de los presos, de lo que se queda fuera, del mundo inmenso y ya lejano, de la esperanza, pero también de la asunción de la culpa. Es una mirada, cuenta, distinta. «La mayoría de los presos no han tenido una educación académica, que es la razón por la que el mundo rara vez escucha su voz. Parte de mi propósito era darles a estos chicos una voz, y una que no viniera de la mano de algún idiota que enseña clases de escritura en prisión», asevera. Una mirada, insiste, honesta: «No hay nada que me cabree más que un libro deshonesto».

Quizá por ello, las historias de «Hotel Graybar» se construyen a partir de sus experiencias directas de la cárcel. Pretenden ser veraces, aunque están siempre filtradas por su ojo de letraherido y admirador de Pynchon, DeLillo o Joy Williams. El cuento que abre el libro –«La prisión del condado»– fue también el primero que escribió, y le vino a la mente mientras pasaba la cuarentena obligatoria para todos los que entran en la prisión del condado de Michigan. De hecho, usó el nombre de uno de sus compañeros, pero sus abogados le aconsejaron que lo cambiara. A pesar de todo, en el relato se palpa esa sensación de claustrofobia y se sufren esas relaciones extrañas (y obligadas) que se establecen entre los desconocidos.

De lo que no habla este libro es de la noche en la que Dawkins mató Bowman, una culpa de la que no se ha liberado a pesar del tiempo, que todavía lo asalta ciertos días, ciertos momentos. «Podría escribir sobre aquella noche. Sería fácil ficcionalizarla y no hay nada que no se pueda hacer ahí, pero no quiero. Tengo conciencia y no me sentiría bien haciéndolo. Mi pareja, la novelista Kimberly Knutsen, ha escrito sobre aquella noche desde su perspectiva, pero yo no lo necesito», explica.

Aquella noche, disparó un revólver Smith & Wesson del calibre 357 que se había comprado para sentirse protegido porque trataba constantemente con narcotraficantes. Formaba parte de su paranoia in crescendo. Ahora no piensa lo mismo. Dawkins está a favor de una legislación más severa con el control de armas. «Ojalá me hubieran denegado el arma por mi historial mental. No estaría aquí. Nadie necesita un fusil. Nadie con problemas mentales necesita un arma. Sí, necesitamos una regulación más estricta», remata.

 

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

“Causas naturales” de Claudia Hernández

Introducción por Giovanna Rivero

Imaginen que una tarde, cualquier tarde, esa popular frase –todos tenemos un niño interior– se manifiesta con la naturalidad de la lluvia. Imaginen que ese niño o niña toca a la puerta, llama, insiste en el encuentro. ¿Se trataría de un encuentro entrañable? ¿Un saldo de deudas? ¿Una reconciliación? ¿Acaso el careo no siempre justo entre el adulto en que nos hemos convertido y la promesa fantástica y todopoderosa que una vez fuimos? ¿Es eso o un espejismo senil? ¿Una redención? ¿Una trampa?  ¿Un pasaje hacia algo más? En este perturbador cuento de Claudia Hernández, “Invitación”, esa cita y sus respuestas son absolutamente posibles. El concepto freudiano heimlich –en referencia al secreto extraño que se revela en el seno de lo familiar y que irrealiza lo conocido– parece ser el corazón de este bello relato. Lo mejor de todo, sin embargo, es que el cuento supera la tentación de un clímax simplemente sentimental y, lejos de eso, nos advierte más bien del riesgo enorme que corremos si aceptamos abrirle la puerta al cuerpito de rodillas curtidas en/con el que vivimos el paraíso terrible de la niñez. Ningún revenant que se precie puede retornar con buenas intenciones, ni de la muerte ni de la infancia, y Hernández lo sabe bien. Ahora que el pensamiento cuántico ha ido conquistando la sensibilidad del siglo XXI, se me ocurre que “Invitación” es también eso: una fantástica e irresistible invitación a reconectarnos con nuestros verdaderos álter –no los del ego, sino los del espíritu– y es(x)piar a través de sus ojos los destinos en potencia que todavía podemos alcanzar, incluso si para ello debemos atrevernos a algún doloroso desalojo.

 

Invitación de Claudia Hernández
Salí porque fui invitada a hacerlo. Acababa de bañarme y estaba asomando los ojos a la ventana de mi habitación cuando, de pronto, me vi pasar. Era yo. Pero no la yo que miraba en las visiones del espejo, sino otra yo que conocía y que tenía mucho tiempo de no ver: yo niña. Imposible confundir mi mirada, mi forma de andar, mi sombra, mi vestido pálido y mis zapatos gruesos. Era yo que pasaba frente a mi casa corriendo con tanta velocidad que me hice dudar. Pensé que se trataba de mi imaginación, que debía haber salido a correr por las calles que, siendo de una ciudad tan joven, se ven ya tan viejas. Me quedé sonriendo por lo bueno que había sido haberme visto de nuevo con los huesos diminutos y los dientes de leche.

Acomodé mejor la vista en la ventana. Tenía la esperanza de que, si me quedaba ahí, si esperaba, yo–niña volvería a pasar sobre mi vuelo como hacen las mariposas. Diez minutos después (el tiempo que de pequeña me tomaba darle la vuelta al barrio), yo–niña aparecí. Me detuve frente a mí, que estaba esperándome en la ventana, me sonreí de nuevo y corrí alrededor del barrio siete veces en total. Entonces, yo–niña me invité a bajar con un ademán insistente. Yo —que deseaba bajar y tomarme de la mano, y correr, correr, correr, correr, correr—, bajé deprisa por las escaleras.

A mitad de ellas me di cuenta de que estaba desnuda y me desistí de salir porque recordé que los vecinos sacaban a pasear a sus infantes a esa hora. Segura de que se alarmarían (las mujeres desnudas que corren por las calles asidas de la mano de ellas mismas cuando eran niñas no son muy frecuentes por acá), subí a la habitación para gritarle que no podía acompañarla porque estaba sin ropas y que lo sentía mucho.

Noté en su rostro que no me había creído. Por eso, me asomé completa a la ventana para probárselo.

Pareció no importarle. Seguía gritando que saliera, que saliera ya, que saliera pronto, que me apurara. Pataleaba con insistencia, hacía temblar el asfalto. Me hacía angustiarme. Y, cuando me llenó de desesperación por no poder salir, entonces escuché mi voz —pero no mi voz de niña ni mi voz de ahora, sino mi voz de cuando esté ya muy vieja— que me decía que saliera a jugar conmigo–niña, que no me dejara esperándome. Me hablaba con voz de mando. Me lo ordenaba mientras —como yo no daba un paso para cubrirme el cuerpo— me vestía con una sábana y me llevaba de la mano rumbo a la salida. Escaleras abajo, yo–vieja me colgué la llave de la casa al cuello para cuando volviera, me saqué a la calle y me di un empujón para que me alcanzara a mí–niña, que, al verme salir, echó a correr colgando las risas en el aire como si se tratara de globos enormes.

Toda la mañana corrí tras de mí sin darme alcance. Yo–niña me animaba a aumentar la velocidad y a atraparme, pero seguía corriendo más rápido de lo que a mi edad puedo hacerlo. Corría y volvía a verme burlona con mi risa de niña mientras yo–vieja nos vigilaba desde mi puerta. Ambas se veían satisfechas. Parecían modelos de un cuadro. Lo único que quebrantaba la atmósfera de armonía era yo, que no sonreía, que estaba cansada y que me dolía de mis pies sin zapatos lastimados por el asfalto caliente.

Dimos vueltas al barrio. De pronto, yo-niña se internó en la ciudad. Intenté seguirla guiándome solo por su carcajada. Estaba empecinada en darle alcance, pero tenía la desventaja de no saber dónde estaba. No reconocía el paraje. La ciudad parecía desordenarse detrás de mis pasos. No encontraba yo una señal que me revelara su ubicación o la mía. Ni siquiera la gente me ayudaba a situarme. Unas me decían que estaba cerca de mi barrio; otras, que nunca estaría más lejos que entonces. Por eso preferí caminar sola. Sabía que, de alguna manera, saldría de allí. Me pedí paciencia. Me pedí esfuerzo. Me pedí no dejar de caminar. Estaba segura de que conseguiría descifrar el laberinto y salir de él. Pero toda mi seguridad no alejaba la desesperación, que se posaba sobre mí en forma de pájaros oscuros que tenía que espantar con movimientos de manos mientras caminaba.

Anduve tanto y tantas veces alrededor de los mismos sitios que perdí la esperanza de regresar. Y, cuando ya ni siquiera tenía ilusiones, cuando ya ni siquiera deseaba dar con mi casa, visualicé mi techo celeste y mi ventana. Caminé hacia ellos en el ocaso.  La noche se precipitaba tras de mí.

Buscando refugiarme de las noches frías de esta zona, tomé la llave que yo–vieja me ató al cuello y la metí en la cerradura. Entró sin problemas y hasta giró, mas no abrió. Falló en los cuatro intentos. Entonces, aunque vivo sola, toqué para que alguien me abriera.

Cuando nadie atendió mi llamado, comencé a pensar en dónde encontrar un cerrajero que me ayudara y no preguntara por qué me había quedado fuera envuelta en una sábana.

Pensando estaba cuando me cayó una colcha encima. “Para el frío”, me dijo una voz que venía de mi habitación y que distinguí de inmediato porque era con la que hablaba en la infancia. Yo-niña me miraba burlona desde la ventana. Se reía de mí. Le grité que me abriera, que me abriera de inmediato, que me abriera ya. Pero no respondió a mi petición. Solo sonrió y me hizo señales de despedida con la mano hasta que llegué yo–vieja y la halé hacia el interior de la casa. Me miró como ve la gente a un ser molesto cuando le pedí que me abriera, cerró la ventana y desapareció.

Intuí que no me dejarían entrar más, así que me di la vuelta y me interné en la ciudad en búsqueda de un empleo que me permitiera pagar una habitación en la que pudiera vivir. Busqué un lugar en un edificio alto, muy alto, un sitio donde las voces de la gente que camina en la calle no pueden distinguirse para que, si ellas regresan, no pueda yo escucharlas ni aceptar sus invitaciones, ni salir a la calle, ni quedarme de nuevo sin casa.

 

 

Claudia Hernández González es una escritora salvadoreña. Nació en San Salvador, en 1975. Licenciada en comunicaciones por la Universidad Tecnológica de El Salvador, realizó también estudios de derecho. A partir de finales de la década de 1990 ha publicado relatos sueltos en el suplemento TresMil del diario CoLatino y en la revista Hablemos de El Diario de Hoy en El Salvador. En 1998 ganó el primer honorífico del premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional, por su cuento “Un demonio de segunda mano”. Hernández ha publicado seis colecciones de cuentos, entre ellas Otras ciudades (2001), Mediodía de frontera(2002), Olvida Uno (2005), De fronteras (2007) La canción del mar (2007) y Causas Naturales (2013). En 2004 obtuvo el prestigioso premio Anna Seghers, en Alemania, por obra publicada. Sus cuentos han sido publicados en varias antologías, entre ellas Los centroamericanos (2002), Papayas und Bananen. Erotische und andere Erzählungen aus Zentralamerika (2002) Pequeñas resistencias 2. Antología del cuento centroamericano contemporáneo (2003). Actualmente, Hernández trabaja como catedrática de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Su reciente obra, el libro bilingüe They Have Fired Her Again, fue publicada en 2016.

 

Unos de sus libros…

Quince cuentos donde caída y redención son sinónimos

Un paseo en quince cuentos por las casas, las calles y las intimidades de una ciudad donde los altos ideales no se diferencian demasiado de los instintos predadores y donde caída y redención son sinónimos.

Tras una serie de pequeñas transformaciones sucesivas, los habitantes de este universo (adultos nuevos), desisten de su intención de transformarlo y se suman a él para defender y acuerpar sus causas naturales.causas naturales (ebook)-claudia hernandez-9789996145988

 

Comentarios:

«La obra narrativa de Hernández ha concedido a la realidad imágenes originales y de un surrealismo convincente, que no concuerda con la versión oficial de la historia.»

Jurado del Premio Anna Seghers

«Claudia Hernández, cuentista de primera línea, fue elegida entre los treinta y nueve mejores escritores latinoamericanos menores de treinta y nueve años.»

Certamen Bogotá 39, Unesco

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

La escritora «cosmo»: Nadia Villafuerte

Nadia Villafuerte. Nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 18 de agosto de 1978. Narradora y articulista. Becaria del FONCA, en el programa Jóvenes Creadores 2003, y de la Fundación para las Letras Mexicanas 2006.

BILIOGRAFÍA
Preludio 2002
Barcos en Houston, 2005
¿Te gusta el látex, cielo, 2009
Presidente, por favor, 2005
Por el lado salvaje, 2011

Ficción:Chica Cosmo
 Sólo una idiota puede creer que siendo latinas se puede correr la suerte de algunas como Jennifer Lo. Por eso cierra la revista y alza la cara para ver la tele. La estación de autobuses es como cualquiera del mundo: locos, pordioseros, bandidos acechando cualquier momento para burlar al distraído, algún coyote que disimulado se sube con sus tres encargos, pasajeros urgidos que antes de subir empacan sandwiches y fritangas.

Elena por fin ha dejado el Eros, por fin, piensa, incrédula aún de que esté ahí, en la terminal, con un boleto marcándole la salida a la Tapo de México, veintiuna horas, asiento veintinueve. De una esquina donde se venden discos piratas, viene la Mariposa traicionera de Maná, la última vez la bailó con ganas porque sabía que estaba sólo a unos cuantos pasos de marcharse. Más de un año en el centro nocturno en una rutina agobiante de desvestirse, coger y emborracharse sin saber por qué. Más de un año apretándose los dientes para no deslumbrarse con créditos que la hicieran adquirir ropa o muebles, por una mensualidad chiquita cuyo precio era en realidad anclarse más a una ciudad en la que se quedó aun cuando Tapachula debía ser de paso.

Su destino era Juárez. Pero quedaba claro que bastante había sido acomodarse en Tapachula y no regresar a su pueblo donde por más turístico que pudiera ser, no acabaría siendo sino una putita más, sin aspiraciones ni glorias. Que la estancia en la frontera sirviera de algo, aunque en realidad no hubieran marcadas diferencias, salvo algunos modismos y formas de actuar. Aprendió, por ejemplo, a reconocer lo apocado de algunas mujeres, hablando quedito como si no les estuviera permitido expresarse, o usando ese ¿si me regala un cuartito de jamón? cuando lo compraban. También la altanería de otras, un poco por el temperamento costeño y su fama de cabronas. El trabajo en cualquier bar o burdel estaba garantizado. En ésta como en la otra frontera siempre las preferirían extranjeras. Mejor si pasaban de los veinte y si ante todo, más que pedir dinero o prenderse con amoríos tontos, no se andaban con rodeos y, con frialdad e indiferencia, se dedicaban a hacer su trabajo.

Elena se para a comprar una coca-cola de vainilla. Saca del monedero cambio pero también un dije de la buena suerte de Malú le regaló antes de despedirse. Mentira que la vaya a alcanzar. Ella no se atrevería. Ya la atrapó el jodido muro que impone la primera caseta migratoria mexicana con su ciudad pequeña que no tiene ni la mitad de lo que las otras ciudades fronterizas poseen.

Saca con su uña color rojo enfermizo, un trozo de chocolate atorado en la muela. Por algo es Leo. Según Cinthia, la bendita mujer con quien acudió desde hace un año para leerle las cartas, a las leonas les sobra obstinación. ¿Cómo es Juárez? Enorme. Como tus sueños, muñe, como tus esperanzas. De Juárez, tiene sólo una postal que Lina le envió, panorámica, ni grande ni pequeña, ¿cómo comparar si lo único que conoce es su pueblo y la ciudad de Tapachula?, y una frase de Lina diciéndole “es divertidísima”. Desde entonces es aficionada a Los Cadetes de Linares.

No más tragos en el Eros. Lleva casi una semana sin beber y hasta parece se está desintoxicando. Viajar a una vida nueva. Ríe. También esas son mentiras. Sabe que en cualquier lugar será como empezar de nuevo. Torcerse de nuevo. Ya qué. Ella no quiere cruzar al otro lado. Al menos no tan rápido. Tanto viaje para que en un ratito te deporten. Desea hacerlo a su modo, pian pianito, calculando aquí y allá para cuando llegue el momento.

Por todos los lados de la terminal escucha gritos y música proveniente de la calle. Es una desgraciada, sólo quiere su dinero, y el muy estúpido no se da cuenta. No sabe Elena si la señora de atrás habla del apuesto moreno con cara de imbécil de la televisión o si se trata de un caso real como para que le diga estúpido al hombre, con tanta cercanía y vehemencia. Escucha la voz nasal anunciar la próxima salida a la Ciudad de México.

Toma la maleta. Hace fila. Muestra su boleto sin que le tiemble el puño. Documenta el equipaje. No me van a bajar, se repite mentalmente hasta que por fin, se acomoda en el asiento veintinueve. Ventanilla. Enciende la luz. Saca su credencial de elector. Ésa sí la pagó al contado. Veintitrés años. De Tapachula. No necesita acordeones para repasar. Es como si haber vivido ahí le hubiera dado derechos, otro nombre. Es más, se lo merece. Ve pasar a dos hombres que por la traza pintan ser mojados. Por un segundo intercambian miradas. Sólo que ella no ve con miedo ni voltea hacia todos lados exhibiendo su torpeza. Se acomodan detrás de ella y eso la pone un poco nerviosa. Seguro vamos a parar en alguna caseta. Mierda. Por unos pagamos todos. Ni siquiera responde a la sonrisa que le lanzan, buscando tal vez su complicidad.

Hojea otra vez la revista. Nada le inspiran esas modelos insípidas y flacas. Prefiere a Salmita, la mexicana brillante que llegó. Por los muslos siente subir el temblor que despliega el motor del autobús en su arranque. No hay fanfarrias pero ella las oye. Alguien tiene que echarle porras, caray. Van dejando la ciudad o quizá la ciudad los deja a ellos, abandonados a la suerte de lo que diga la línea oscura de la carretera.

Ahora sí que va hacia el centro, luego al norte y de verdad, no lo cree. Han puesto una película gringa por la tv. En menos de la hora, el pasillo comienza a oler a tortas de huevo, zapatos, la humedad del aire acondicionado y esa mezcla rara de desinfectante y orines que se cuela por el retrete minúsculo al que se tiene que entrar cuando de plano no hay de otra. Así le pasó cuando viajaba de Santa Rita a Guatemala. Creyó que la vejiga iba a reventarse como los globos de agua que explotan a mitad de la calle en pleno carnaval. Se tomó una coca-cola de vainilla. Ojalá no le den ganas al rato.

Mira su reloj. Han pasado dos horas. Quién sabe dónde estarán ahora pero no debería preocuparse. Nada conoce de México salvo que se ensancha mientras más se sube. Y esta noche, la mitad del país apenas, es sólo una cortina negra que corre a su lado. Ni una gotita caliente sobre los ojos. A llorar al panteón.

Los  oye hablar. A los paisanitos de atrás, claro, sí que se les nota. Quisiera pararse y decirles que mejor cierren la jeta. Siempre es un inconveniente lo del acento. Porque por lo demás, el mismo color, la estatura, el rostro de jodidez inconfundible. Esa cantante negra de Cosmopolitan tiene el pelo rubio y no le queda mal. Elena podría hacerse un cambio de estilo, que es sinónimo de ir hacia adelante, de estar en el lugar indicado. Lo primero que le pedirá a Lina es que le ayude a buscar un color de tinte. Vuelve a observar las expresiones sensuales de la cantante, pasa sus dedos por las páginas nacaradas de la revista. Sí, en algo se parecen: ambas tienen ambiciones, distintas, obviamente, pero al fin, ambiciones. A la cantante también debió costarle llegar a donde está.

Cuatro horas, apenas cuatro. No hay prisa, hay un lugar a dónde llegar, así decía siempre la Charis. Dos horas borrando las noches en el Eros, las borracheras que se ponía cuando a veces la vencía la desesperación porque los billetes iban apareciendo de a poco y Juárez estaba lejos todavía, como una mancha, como una sombra. Hay que tener confianza, muñe. Mira la mesa, puros arcanos mayores. Un viaje. Ya casi tienes ese viaje, dictaban los labios arrugados de Cinthia, pero Elena sólo iba y venía del Eros al puesto de brujería para comprar lociones y luego rociarlas en la cartera. Cinthia de mi vida, qué hubiera hecho sin ti.

Le ha dicho Lina que en los últimos años Juárez se ha transformado y está de la chingada: muertas, polvo, cantinas, pero sigue siendo divertidísima. Credencial de elector. Nombre y casi vida nueva. Lugar donde llegar sin pasar penas o pagándole a un coyote que luego la deje tirada a mitad del camino. En cuanto llegue, también le pedirá a Lina la lleve a algún sitio donde vendan la maravillosa loción azul cuya fragancia la acercará sin duda, al éxito.

Todo en esta vida es cuestión de medir bien, hacer cálculos. Antes de cerrar la cortinilla, alza la vista y busca la luna. Recuerda los brazos calientes de Tomás cercar su cuerpo mientras beben en la azotea. Su rostro común y corriente iluminarse por la amarillenta luz. Aquella noche y sus labios repitiendo maldita puta infeliz, cómo me gustas. La luna. Más vale sola que mal acompañada. Ser mexicana ya es un rango mejor al de ser salvadoreña. Duda que un día pueda vivir en alguna ciudad gabacha, prefiere ser realista, es ambiciosa, sí, pero también los sueños tienen sus retenes. Además, ni que vivir en una ciudad gringa hiciera la diferencia. Probablemente sí. Prefiere pensar en Juárez. Lo primero, quizá otra vez el teibol, pero por la mañana puede ser una fábrica, un restaurant, recamarera de un hotel.

La actriz de la tv toma sus maletas y sale de su casa. Es evidente que odia a su madre. La de la película. Ella, por cierto, nunca quiso con fervor a la suya. Siempre fue chantajista. Piensa en su madre, en sus hermanos vagotes y marihuanos, en el barrio. La noche es sólo una línea recta indescifrable hasta que el autobús baja la velocidad y se detiene. No es que no quiera a su madre, es simplemente que no siente esa afección hipócrita de las demás. Siente frío. Apenas comenzaba a dormirse cuando se da cuenta. El afocador corta la oscuridad del pasillo. Veintitrés años. De Tapachula. ¿Quiere saber cómo se llama el presidente municipal? ¿Cómo nos dicen a los tapachultecos? ¿La letra del himno nacional? Me ofende, de veras me ofendería oficial si se acerca y me pide una identificación.

El hombre se dirige hacia los de atrás. Tú, tú, tú también. Elena siente que el aire acondicionado del autobús empieza a ponerla nerviosa. Siempre le da nervios sentir frío de más. Tose con indiferencia. Los ve pasar. Uno de ellos le lanza una mirada suplicante, ella prefiere voltear hacia la ventana. ¿Por qué la miran? Con prisas no se llega a ningún lado, papitos. Hay que planear las cosas. ¿A poco creen que a los mexicanos les vamos a ver la cara de pendejos? Ella no tiene por qué sentir miedo. Para eso trabajó. Qué incómodo. Detenerse por las revisiones.

Elena bosteza. Por la ranura de la cortinilla observa a los cuatro hombres alineados y al oficial haciendo el interrogatorio de rutina.

Ve al oficial subir de nuevo, dirigirse a otro asiento.

No me pueden bajar. Casi soy mexicana.

El hombre señala a dos mujeres más y bajan. El sonsonete grave del motor le pone los nervios de punta. Parece que cada minuto aumenta el olor a sudores agrios. Ahora es a ella a quien le sudan los pies, siente mojadas las calcetas. Pasa las hojas nacaradas de la Cosmopolitan. Putas gringas.

Una voz chillona grita ¡a mí no me va a detener, oficial! ¡Pero qué se está creyendo! ¡No soy extranjera!, dice la mujer y se sienta otra vez, está enfurecida, ridículamente enfurecida: su acento la delata. Se hace un silencio dentro del autobús. El numerito no estaba en la escena. Señores, la noche está fresca, falta un buen tramo y todos queremos irnos, ¿verdad? Mire, no me esté presionando que no voy a bajar. Usted no sabe quién soy yo, señor, no sabe. De nuevo, señores pasajeros, disculpen las molestias ocasionadas pero esta señorita es extranjera, no trae papeles y no nos vamos a mover si no se baja.

Los murmullos crecen. El chofer apaga el motor. Sin aire acondicionado entra un ligero viento caliente. La del asiento doce se acerca, la mujer nerviosa e histérica insiste con la ese arrastrada en no ser extranjera. Oiga, no nos meta en problemas. Nos faltan diez horas de camino. Nosotros también queremos llegar. Pero ella sigue gritando que no va a bajarse y entonces Elena se levanta, se acerca también y pide le enseñe la credencial que trae. El oficial va hasta ellas. Demasiado tarde. Debería sentarse antes de que el hombre llegue. Tarde. El enorme reloj dorado del tipo brilla cuando pasa por sus ojos para alcanzar la credencial de la extranjera. Estúpida. Infeliz estúpida. Mujer que no es precavida es sólo remedo de hembra. La odia. Odia a todas las perras que dan su dinero comprando malas réplicas de credenciales de elector o actas de nacimiento. Se da cuenta de que ahí la estúpida es ella. Debería sentarse y no hablar. Cerrar los ojos y dejar que la mula esa se las arregle con el hombre. Darles la espalda y dirigirse a su asiento. Sólo a ella puede ocurrírsele semejante atrevimiento. Un segundo de imprudencia podría derrumbarlo todo. La voz del oficial es tensa. Algunos balbuceos aislados exigen a la mujer que se baje ya y no se resista.

Es falsa, oficial, la credencial es falsa, suelta por fin Elena, primero con miedo, después con la seguridad de que no ha hecho otra cosa mejor pues nadie podría dudar de ella. Ha dejado salir su voz con furia y agobio. Les da la espalda. El oficial jalonea a la mujer y entre forcejeos ambos descienden de la oscuridad del pasillo a la asfixiante noche. Ha quedado un lugar vacío. Elena podrá cambiarse de asiento. Estirar las piernas y dormirse con esa debilidad que trae en la piel. Se acomoda. Por la ventana observa a los tres hombres y dos mujeres, en fila, aguardan el interrogatorio. Le gustaría liarse a un oficial. Le atrae de ellos su altura. Ya no digamos su placa.

Trae mal cortado el pelo y está un poco pasada de peso pero eso ha sido también pura estrategia. Pero qué guatos, güevones, borregos tan pendejos, dice para sí, dejando escapar su palabrerío de barrio.

Siente paz. Unos se quedan, otros simplemente continúan. Este mundo es de los listos. Y también de los que traen buena estrella. Seguro ha pasado lo más difícil de la noche. Mueve la cabeza. No tendría por qué estar nerviosa. Ya casi es mexicana. Cuatro años más en México y no tendrá que moverse. Ella quiere ir a Juárez, nada más. Otra vez el traqueteo del motor subir, casi lamer sus piernas. El autobús coloca sus luces hacia delante cortando de tajo la noche, rajándola para que aparezca con el sol la vulgaridad de las cosas. A ver qué pasa mañana, piensa, mientras bosteza.

 

 

 

Compilación realizada por: Lorena Lacaille escritora, especialista en Feng Shui y terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional)

El mejor escritor cómico del mundo: S.J.Perelman

Decía que, de joven, se quedó casi ciego por toda la porquería que leyó. «Lo peor jamás pensado y dicho por el hombre –explicaba–. Combinado con mis estudios de latín y griego, produjo unos resultados más que dudosos». Con esas credenciales se estrenó en esto de la escritura en su revista universitaria, componiendo viñetas cómicas. Pero pronto se le quedaron cortas, o más bien las leyendas de los dibujos se hacían cada vez más largas, y se pasó a los cuentos. Escribiría hasta 560 relatos recogidos en 23 colecciones, once guiones de cine –ganó un Oscar– y cuatro de televisión.

S. J. Perelman (Nueva York, 1904-1979) fue «el escritor más gracioso de América», según Tom Wolfe; incluso el «ser humano más gracioso del mundo», a juicio de Woody Allen. El eslabón necesario entre el cineasta, que tiene a Perelman como su gran referente, y Groucho Marx, con quien trabajó en dos películas y que en la cita promocional de una de sus antologías escribió: «Desde el momento en que cogí el libro hasta que lo dejé, me invadió una risa incontenible. Algún día tengo intención de leerlo».

El autor humorístico más célebre de la edad de oro de las letras estadounidenses se tomaba muy en serio su trabajo. Se consideraba un escritor, en todo caso un escritor cómico, pero nunca un humorista. En el trato personal no era especialmente divertido: se mostraba reservado, rehuía la risa fácil y, ya fuera por timidez o por los episodios de depresión que atravesaba de tanto en tanto, rara vez se lanzaba a contar chistes en presencia de extraños. Las críticas le afectaban más de la cuenta, y durante la primera mitad de su vida arrastró cierto sentimiento de fracaso por tardar tanto en conocer el éxito.

Pese a su enorme producción artística, Perelman escribía despacio, muy despacio. Seis días a la semana, de diez de la mañana a seis de la tarde, se sentaba a pelearse con la precisión de las palabras. Quedaba tan lleno de barro cuando escribía, dijo en una entrevista, que releerse le parecía algo repugnante. Al parecer, una vez le llamaron al teléfono mientras pulía una frase, y Perelman prometió devolver la llamada cuando acabara. Tardó un día en hacerlo.

Esta anécdota la cuenta Didac Aparicio en el excelente prólogo de «Perelmanía». La calidad de los textos introductorios del editor de Contra ya son marca de la casa, y con este libro sigue adelante en su empeño de publicar la obra de autores yanquis que por alguna extraña razón no habían llegado a España. Perelmanía es una divertida antología de los mejores relatos del autor neoyorquino, disponibles por primera vez en castellano. Cuarenta y dos textos escritos a lo largo de cinco décadas, la mayoría de ellos rescatados del inagotable archivo de The «New Yorker», la revista de cabecera de Perelman. En ella firmó 278 piezas cómicas.

Las fuentes de su humor se encuentran en anécdotas leídas al vuelo en revistas del corazón o de sociedad, o en la literatura pulp; motivos que al escritor le servían como punto de partida de sus feroces sátiras de la sociedad norteamericana y de sus costumbres, que, bajo la luz de su humor, se revelaban absurdas y pueriles.
Perelman fue, además de un genuino neoyorquino de refinamiento dandi y algo esnob, un incansable viajero que dio la vuelta al mundo varias veces. Le debemos, también, parte del humor de los hermanos Marx, para quienes escribió dos de sus más celebradas películas: Pistoleros de agua dulce (1931) y Plumas de caballo (1932). En 1956, ganó un Oscar por el guion de La vuelta al mundo en ochenta días.

Esta antología quiere reivindicar una de las voces más originales de la narrativa breve en lengua inglesa que apenas había sido traducida a nuestro idioma.

No es un libro fácil de leer, y mucho menos de traducir, pues no se puede decir que el aterrizaje en ese universo desprovisto de sentido común, hiperbólico, sea plácido. Ni navegar por esa prosa tan barroca, tan forzada, a veces tan elitista y otras tan informal. Para Perelman, «el principal mérito del humor es el uso de lo inesperado, las referencias indirectas, quitarle importancia a la grandilocuencia, esa asunción constante de lo impotente que es uno en la mayoría de las situaciones». Los títulos de los relatos de Perelman dan una idea de su propuesta narrativa: «Para mí lo eres todo, más impuestos municipales» y «¡Habrase visto! ¿De dónde han salido ese par de zánganas con curvas de guitarra?» son dos buenos ejemplos. Menudos sudores debió pasar David Paradela para traducir esa batería de ocurrencias. Y, sin embargo, qué necesario era poder leer estas historias de judíos, hipocondriacos y urbanitas desorientados.

 

«S. J. Perelman es el ser humano más gracioso del mundo, en cualquier medio. Ningún escritor actual iguala a Perelman en talento cómico, delirante inventiva, erudita habilidad narrativa y deslumbrantes y originales diálogos.»

Woody Allen

«Desde el principio al final de su carrera, Perelman fue capaz de ser el escritor más gracioso de América.»

Tom Wolfe

«No se me ocurre ningún escritor de humor que tuviera un vocabulario más rico e ingenioso que S. J. Perelman; y muy pocos escritores serios.»

John Updike

«Fue un extraordinario maestro del lenguaje.»

Kurt Vonnegut

«S. J. Perelman debería ser declarado un tesoro nacional viviente.»

Eudora Welty

«S. J. Perelman fue el escritor cómico más brillante de su generación.»

Bill Bryson

«El escritor más gracioso desde… él mismo.»

Gore Vidal

«El más original y gracioso estilista de la prosa humorística del siglo XX.»

Frank Muir en The Oxford Book of Humorous Prose

«Sid es como un órgano Roxy con tres teclados, cincuenta registros y una miríada de pedales bajo la banqueta. Cuando quiere una palabra, ahí está.»

E. B. White

 

 

 

 

Compilación realizada por: Lorena Lacaille escritora, especialista en Feng Shui y terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional)

‘La ciudad invencible’ de Fernanda Trías.

Para quienes escriben o quieren hacerlo… No doy consejos para escribir. Tal vez lo único que podría decir es que hay que saber manejar nuestras herramientas, las herramientas del escritor, con soltura para poder olvidarnos de ellas y concentrarnos en lo que es verdaderamente importante: lo que se quiere decir más allá de las palabras. Es como ser un dibujante y no manejar la técnica o no saber agarrar un lápiz. Alguien que está todo el tiempo pensando en cómo mover la mano, no puede concentrarse por completo en el dibujo en sí. Pero la verdad es que no doy consejos, porque trabajamos sobre los textos mismos, y los textos son todos diferentes, cada uno de ellos necesita algo que no se puede englobar en un consejo general.

En cuanto a la segunda pregunta: no creo en que se necesite ningún ingrediente básico más que la honestidad (al momento de escribir) y las ganas de dedicar la vida entera a una disciplina, un oficio, una artesanía en la que casi seguramente nunca te sentirás satisfecho y que puede ser muy mezquina a nivel de reconocimiento. Quien esté dispuesto, adelante.

 

Fernanda Trías es escritora uruguaya. Nació en Montevideo en 1976. Es autora de las novelas La azotea (2001), Cuaderno para un solo ojo (2002), Bienes muebles (2013), La ciudad invencible (2014), la plaquette de relatos El regreso (2012) y el libro de cuentos No soñarás flores (2016). En 2004 ganó una beca de la Unesco para ir a escribir en Camac, una residencia de artistas en Marnay-sur-Seine. Vivió cinco años en el pueblo medieval de Provins y algunos meses en Londres. Residió un año en Berlín y dos años en Buenos Aires. Realizó una maestría en escritura creativa de la Universidad de Nueva York y fue discípula del escritor uruguayo Mario Levrero. Integró antologías de nueva narrativa en Colombia, Estados Unidos, Uruguay, Alemania (Neues vom Fluss: Junge Literatur aus Argentinien, Uruguay und Paraguay, 2010), Inglaterra (Uruguayan Women Writers, 2012) y Perú (Asamblea portátil, 2009). Su novela La azoteafue seleccionada entre los mejores libros del año 2001 por el suplemento El País Cultural, y obtuvo el tercer premio de narrativa édita en el Premio Nacional de Literatura de Uruguay (2002). En 2006 recibió el Premio de la Fundación BankBoston a la Cultura Nacional.

14 años después de haberse consagrado con “La azotea”, Fernanda Trías volvió a Montevideo para presentar “La ciudad invencible”, novela ya editada en varios países -entre ellos España, Chile y Estados Unidos-. Este nuevo trabajo recurre a la autobiografía y la ficción para explorar el vértigo de los recién llegados, el miedo y la angustia de conquistar un espacio, un círculo de amigos, un lugar en el que poder sobrevivir con miseria o encanto. Así, la narración se convierte en un vaivén fragmentario sobre una Buenos Aires marginal y periférica, una crónica personal que descubre una ciudad claustrofóbica en medio del caos. A esto se suma el acecho violento de una ex pareja y una tradición literaria que amenaza, aunque sea con despojos y nombres lejanos. Un día, su maestro Mario Levrero le dijo “sos una vagabunda”, y esa sentencia parece haber signado sus proyectos literarios, por los que ha recorrido el mundo.

Presentación del libro “La ciudad invencible” – Fernanda Trías

 

 

 

FERNANDA TRÍAS | DEL:ESPAÑOL

LA MEDIDA DE MI AMOR

Se acordó de aquella noche por el asunto de los regalos. Cuando se peleaban y él la echaba de la casa, siempre la obligaba a devolver lo que le había regalado. Las botas, sobre todo, que fueron su primer regalo de cumpleaños. Y se acordó también porque aquella noche, antes de encerrarse en el balcón, Iván había tirado una de las botas por la ventana, y porque a la mañana siguiente cuando sonó el timbre y él pensó que eran los de inmigración que venían a buscarlo, ella recibió de manos de un vecino una bota roja, larga, que parecía una de esas medias de Navidad que se cuelgan de la chimenea y se llenan de caramelos. “¿Esto es suyo?”, dijo el hombre, y levantó la bota, sosteniéndola apenas con dos dedos, como si la locura pudiera contagiarse en ese mínimo contacto. Ella agradeció. Ni siquiera recordaba el momento en que él había abierto la ventana del living. Después, cuando fue al supermercado, encontró un corpiño discretamente colgado de la verja del edificio. Un corpiño blanco, empapado por la última nevada.

No es que la manta que ahora tenía sobre la mesa fuese estrictamente un regalo, pero igual se acordó de aquella noche e intentó reconstruir la pelea. Todas empezaban más o menos igual, aunque no terminaban del mismo modo. Se vio a sí misma, más bien se oyó, gritando a través de la puerta de vidrio que daba al balcón:

—La última vez que lo vieron estaba corriendo desnudo por la calle y tirándose sobre los autos. No quiso matarse, pero terminó muerto. Neumonía y paro cardíaco. Dale, Iván, entrá. ¡La neumonía no es pavada!

Él se lleva el dedo a la sien y le hace señas de que está loca. Por un momento ella piensa que es cierto, que no puede estar cuerda si hace meses que vive con una valija armada junto a la puerta, si ya ha subido y bajado incontables veces los tres pisos por escalera con esa misma valija donde caben todas sus pertenencias (mentira: sus pertenencias caben en dos valijas; en la segunda tiene lo menos importante, lo que no le molestaría abandonar si él volviera a echarla, o si volviera a romper, a arrasar y a pisotear todo lo que encuentra a su paso mientras grita que cada tornillo de esa casa le pertenece porque lo ganó con su talento. “Talento” es su palabra favorita. Talento y “mediocre”. Él tiene talento, ella es una mediocre), no puede estar cuerda, no, si ya arrastró esa valija incontables veces por la vereda tupida de nieve, entre los charcos negros de barro y de mugre líquida que salpican los autos. La nieve después de la nieve; lo que pasa cuando lo inmaculado se mancha, se gasta. ¿Y será que todo termina así, escupido, pisoteado? Hace una semana nomás bajó los tres pisos con la valija, tiró de ella hasta el subte —donde también hay escaleras—, se sentó en el banco de metal y dejó pasar tres o cuatro trenes mientras el frío del banco empezaba a traspasarle el saco de piel y ella seguía llorando, no por tristeza, sino por la rabia de que sus ojos se obstinaran en mirar hacia el puente, esperando que él viniera a buscarla. Cuento hasta diez y me voy. Pero después contó hasta veinte, volvió a mirar el reloj de agujas fluorescentes y dejó pasar un tren más, el último, porque ya estaba oscureciendo y el viento helado le había dormido las mejillas.

Al final siempre subía a algún tren. Pasaba la noche en un hotel o daba una vuelta en redondo en el subte —la vuelta completa tardaba una hora y quince— y volvía a la casa. Él demoraba en abrirle, le decía “andate” hasta que ella se cansaba de repetir que no tenía adonde ir y le pedía por favor. Otras veces, cuando le abría, estaba borracho y desnudo, picando chiles rojos, de los que anestesian la boca. Si ella trataba de sacarle la botella, él le apuntaba con el cuchillo, pero no como apuntaría un delincuente, no, sólo sin querer, moviéndolo distraídamente en su dirección, mientras decía que ésa era su casa y que en su casa tenía derecho a tomar todo el whisky que se le antojara.

Tiene razón, estoy loca. Entonces recuerda que es él el que está desnudo en el balcón y que afuera hace cinco grados bajo cero. Ella está del otro lado de la puerta ventana, con un edredón de plumas en la mano, mostrándoselo como si fueran las alas esponjosas de un ángel. Él hace que no con la cabeza, tironea del picaporte, grita:

—¡Quiero agarrarme una neumonía!

Ella amenaza con irse. Sabe que él está descalzo sobre una fina capa de hielo, la nieve endurecida y resbalosa que no llegará a derretirse hasta la primavera. Cuando por fin abre la puerta, ella aprovecha para tirarle el edredón encima como a un hombre en llamas. Lo envuelve y él se deja guiar hasta la cama. Tirita. Tiene la piel roja, no blanca como uno pensaría, sino roja y seca. Sos loco, Iván, repite ella, mientras traba la ventana e intenta recordar cómo fue que terminaron con él desnudo en el balcón y ella sintiendo, otra vez, que debía protegerlo. La escritora francesa. ¿No fue eso? Él dijo que ser bisexual era una imbecilidad a la moda. Que ahora todas las minitas eran tortilleras. A ella le irritaba su forma de hablar y él sabía usar las palabras exactas que servirían de disparador para una nueva pelea. A menudo sus discusiones empezaban por matices del lenguaje. Todas las feministas son unas amargadas. Aunque al rato ese ataque se volvía contra ella: “Vos te hacés la moderna, pero el hombre y la mujer no son lo mismo”.

Y sin embargo el día había empezado bien. Ella llegó contenta de la caminata en el parque; él la estaba esperando con el almuerzo; se emocionaron juntos mirando el documental de Pulqui; le sacaron punta a los lápices y los ordenaron sobre el escritorio. A fin de cuentas qué importaba si ella tenía razón, por qué se encarnizaba tanto en cambiarlo si podían ser felices así, comiendo mango y chocolate belga en un sillón, él sin camisa, ella recostada en su pecho, aspirando ese olor ácido, de cierto modo desagradable, pero tan concreto que hasta podía existir por fuera de él, como sus zapatos o su ropa. Así y todo, no pudo contenerse: citó a esa escritora francesa, bisexual en el mil novecientos. Él dijo que ésa era otra imbécil. ¿Pero vos la leíste? No, él no necesitaba leerla para saber que era una imbécil. Imbécil y mediocre como tu ex, y como ese amigo tuyo, el muerto. De ahí a lo otro —cosas rotas, insultos, valija por la escalera—, había solo un paso.

¿Quién se acuerda del polvo de la casa de Hemingway?

Desde abajo del edredón, Iván le pide que cierre la cortina. Ya no tirita, pero su voz se hunde en las almohadas.

—Male, vos sos mía, ¿no?

Ella le dice que sí y camina hacia la ventana.

—Nunca nos vamos a separar porque sos mía, ¿no?

Ella se detiene un momento antes de cerrar la cortina y mira hacia afuera. Otra vez el cielo tiene ese resplandor sucio de los inviernos del norte.

—Nieva —dice, y se queda ahí, de espaldas a él, buscando con la mirada los copos débiles que sólo se ven a contraluz, bajo los focos de la calle.

Una iglesia barroca en una plaza principal de una ciudad de provincia. Una plaza como tantas en el sur. En el norte del sur, debería decir. Es que ahora ya no viven en otro continente, ni siquiera viven juntos. Ahora ella está en la terraza de un bar, la noche instalada ya, las estrellas arremolinadas tras la torre de la iglesia, y tal vez por eso piense en la nieve. Porque la nieve mansa de las noches sin viento no cae, sino que parece surgir del aire y quedar suspendida igual que esas estrellas de verano.

¿La había mirado raro el mozo cuando le tomó el pedido? Raro, ¿con pena? Una mujer con la muñeca vendada, la cara seca pero tirante de llanto viejo, el brazo amoratado. ¿La había mirado por eso o simplemente porque era una mujer que tomaba cerveza sola? De las mesas vecinas se escapaban risas, alguien hablaba sobre un partido de fútbol; de vez en cuando pasaba un grupo apurado con vinchas de plumas y tambores. Un auto negro, casi funerario, paró al frente y de él bajaron tres novias. Dos con un vestido blanco tan inflado y barroco como las molduras de la iglesia; la tercera con un vestido lila. Lila el vestido, lila la tiara, lila los zapatos forrados de raso. Un charter de novias, pensó. No le daban envidia, tampoco le daban pena. Sí se dio cuenta de que estaba pensando para qué. ¿Para qué todo? Pero tal vez sólo fuera un pensamiento dirigido a los zapatos de taco y a esos vestidos feos, probablemente alquilados, a ese despilfarro en fotógrafos y sueños. Miró su plato manchado de salsa blanca. La etiqueta de la botella se había humedecido y casi pudo arrancarla entera. Quería pedir otra cerveza pero le daba miedo la mirada del mozo. También le dolía el brazo, ahí donde Iván la había agarrado para arrastrarla fuera de la casa. Siempre le sorprendían los moretones; casi podía decir que le fascinaban. En el momento no sentía dolor. Humillación, sí, impotencia, también, pero no dolor. Después se sorprendía al verlos tan grandes: la sangre acumulada debajo de la piel como los paisajes de la luna.

Otra vez se estaba mirando de afuera. En los peores momentos, tenía la sensación de que la vida era una especie de videojuego. No una película con un guión demasiado elaborado, sino un Pacman, algo absurdo que se manejaba con una palanquita y cuatro botones. La novia de lila estaba recostada contra un farol. El fotógrafo le decía: “¡Más sonrisa, más sonrisa!”. ¿Cuántas cerecitas habría comido ya? ¿Cuántas vidas le quedaban?

Un chico se acercó a su mesa y le mostró algo, una tela. Ella se sobresaltó, se había quedado absorta mirando las latas atadas al guardabarros de la limusina, latas de arvejas sin etiqueta, comunes y corrientes, ahora mudas sobre la calle de adoquines. No oyó lo que el chico dijo, pero hizo un gesto automático de rechazo, no al chico flaquito de cara indígena o a lo que él tuviera para vender, sino a una imagen de sí misma. A mil kilómetros de su casa, mirando novias frente a una iglesia, machucada, imbécil, y hasta con vergüenza de llamar al mozo; los últimos ahorros gastados en un coche cama, un hostal sucio y las empanadas más caras de la ciudad. Así era: un impulso, un solo momento de estupidez, y game over.

¿Qué le había dicho el chico? “Andá a cantarle a tu abuela”, eso es lo primero que entendió. Él se había alejado un poco y la miraba, medio inclinado sobre una mesa vacía, con una expresión que ella interpretó de desprecio. ¿O le había dicho “la concha de tu abuela”?

—¿Cómo? —preguntó.

—Que las hace mi abuela.

Hacía apenas tres horas había arriesgado la vida en una moto manejada por un loco sin casco que gritaba contra el viento: “Hija de puta, te odio, nos vamos a matar. Nos vamos a matar, hija de puta”. A ese loco, una vez, ella lo había querido, y una vez hasta casi lo salva de la neumonía; le calentó la espalda con un secador para aliviarle las contracturas, le calculó la hora de los remedios. En la moto, el viento caliente arrastra las palabras y a ella le pegan en la cara como granizo, reza el Ave María, los guiones de la ruta se disparan junto a las ruedas casi en una línea continua, un camión con zorra toca bocina. Más despacio, dice ella, y se agarra con fuerza a su cintura. Le da asco tocarlo, no lo conoce, no lo recuerda. Y él: “Callate, hija de puta, callate. ¿A qué viniste? ¿A cagarme la vida?”. Él fue caballero; le dio el casco a ella, casi la obligó a subirse a la moto con la mochila en la espalda y el bolso entre las piernas, antes de dejarla en una parada de micros sobre la ruta. ¿Y todo para qué? ¿Para temerle a un chico de siete años con una colcha de hilo en la mano?

Una casa en las afueras

—A ver, vení —le dice—, mostrame.

El chico se acerca; dice que hay de otros colores.

—Es muy linda. Mostrame las otras.

Él las va desplegando una a una. Lo hace con ilusión, como si no supiera lo que va a encontrar adentro, como si cada manta fuera una galera de la que va a salir algo mágico. “Mariposa, flores”, dice él bajito.

—También hay una de panda.

Tiene la sonrisa más linda que ha visto, los ojos bien negros. Ella le pregunta si no va esa noche al carnaval. Él dice que no, que nunca fue a un corso. Le habla de sus hermanos que esperan en la plaza; quiere saber cuándo vuelve a Buenos Aires y cuántas horas tarda el viaje. A lo lejos suenan los tambores de otra tierra. Al final ella dice: “Me llevo la de flores”.

—Es para el viaje, ¿sabés?

Él asiente:

—Así viaja calentita.

Ella le paga y por nada del mundo se le habría ocurrido regatearle el precio. Acaba de decidir que comprará todo lo que le ofrezcan de ahí hasta que se tome el ómnibus de regreso la tarde siguiente. De todos modos ya no tiene nada: ni computadora ni ahorros ni muchas otras cosas que se fueron quebrando en los últimos años. Y quiere tener menos. Quiere llegar al fondo de este asunto. Va a gastarse todo lo que le queda —incluso el almuerzo y el alquiler de la toalla— en regalos. Regalos, piensa, y ahí recuerda las botas. La colcha de flores no es lo que le interesa, sino la sonrisa del chico, la forma amable en que sus ojos la tocaron. “Gracias”, dice ella, y él parece entender algo, porque todavía le ofrece un momento más y la deja que lo ayude a doblar las mantas, cada uno agarrando dos puntas y juntándose en el medio como en la danza de los pañuelos.

Las novias ya se fueron, no las vio entrar al coche ni oyó las latas en los adoquines. La luna subió y el resplandor no deja ver las estrellas. Sobre la mesa se fueron acumulando algunas cosas más: una estampita de la Virgen de los Milagros, una cuchara de algarrobo, una bolsa de caramelos, un cactus hecho de fósforos, una bombilla de alpaca. El bar está cerrando; las sillas dadas vuelta sobre las mesas vacías parecen flores del desierto. Llama al mozo y pide la cuenta. Mientras le cobra, el mozo le dice que es una linda noche.

—Linda noche, ¿no?

—Sí, preciosa.

Antes de volver al hostal se sienta en un banco de la plaza. En el mismo banco, dos amigas hablan sobre una tercera que acaba de mandarles un mensaje de texto. No quiere mirarlas abiertamente pero ve que son muy jóvenes. Les falta poco para ser una de esas novias de lila, y tal vez hasta alquilen juntas el charter del fotógrafo.

—La culpa es de ella —dice una—. Se la chuponeó toda y ella lo dejó. Ahora que no llore.

—Igual, ¿qué le importa? —responde la otra—. Si al tipo no lo va a ver más.

Por un momento delirante, un momento de videojuego, Malena consideró la posibilidad de que ese tipo fuera Iván. Miró las piernas bronceadas de una de las muchachas, la más joven, la que tenía la minifalda, y se preguntó si Iván podría acostarse con ella. Enseguida se preguntó si acaso ella podría hacerlo. La interrumpió una mujer que vendía medias artesanales. Casi no intercambiaron palabra, pero le compró un par de medias gruesas, hechas con lana de llama.

Volvió caminando al hostal. Era sábado y ya no quedaba nadie excepto dos chicas que se estaban maquillando frente a un espejo con luz a pila apoyado sobre una de las cuchetas. Las dos revolvían dentro del mismo neceser lleno de pinturas rotas. Que estaban rotas ella lo sabía sin necesidad de mirar adentro, sólo porque veía el plástico sucio de sombra gris y brillantina. Desde su cama podía oler la sombra hecha picadillo, el labial de Maybelline y el agua de colonia. Era el mismo olor que tenía el neceser de su madre.

No se preocupó por guardar la computadora bajo llave, igual estaba rota; en la mochila se veía la huella del zapato de Iván y unas manchas de pasto. Ella estaba sucia, y se sentía sucia, pero le faltaban los dos pesos para la toalla y de todos modos no quería mojar la venda. Después de comprar las medias, el último cambio se lo dio a un cuidacoches que también se llevó la bolsa de caramelos. Sólo le quedaba un peso veinte para el colectivo desde Retiro hasta su casa, pero tenía la extraña sensación de que, recién ahora, podría empezar a tener algo.

La recepcionista golpeó la puerta y la invitó a mirar una película de terror en la sala. Ella se excusó. La caída (eso fue lo que dijo cuando le preguntaron) y la espera en el hospital la dejaron cansada. Antes de acostarse, sin embargo, miró el correo en la computadora del hall. Cinco mensajes nuevos. Todos de Iván. El último recibido a las 00:37.

Pasó una noche mala, sin poder dormir sobre el lado derecho, su lado. Cada vez que giraba en el sueño, pegaba un salto de dolor. Había pensado dormir hasta tarde pero a las siete ya empezaron a levantarse los demás: puertas que se golpeaban, conversaciones, armado de bolsos. A las nueve se levantó a desayunar. Lo último que quería era verle la cara a un grupo de adolescentes mochileros trasnochados, con sus ojeras de fiesta y alcohol y ese cansancio blancuzco que es el resultado de la alegría. Se sentía cien años más vieja que ellos, y se habría ido a desayunar a otra parte si no fuera porque sólo le quedaba un peso veinte.

Domingo

Café con leche y dos medialunas con manteca y mermelada. Come con la vista perdida en el patio donde hay un futbolito y unas cuerdas de colgar ropa. No se puso los lentes de contacto sino sus lentes viejos, torcidos de tanto habérseles sentado encima. Tiene el pelo recogido de cualquier manera, un torniquete que se hizo al despertar, sin siquiera mirarse al espejo; tampoco se lavó la cara y se siente transpirada. No debe ser un gran espectáculo, pero igual nota que alguien la mira. En la mesa de enfrente, en diagonal, un morocho de bermudas verdes y pinta de G.I. Joe, la observa. La observa, sí, porque “mirar” no sería la palabra.

—¿Qué te pasó en la muñeca? —le pregunta, serio, la cara totalmente limpia, el pelo perfecto con gel, los ojos penetrantes. Si bailó hasta las seis de la mañana, nadie podría notarlo. Se lo ve fresco como una lechuga, totalmente despabilado. ¿No puede dejarla en paz? Le da fastidio hablar en el desayuno.

—Estupidez —dice ella.

Espera un poco, toma otro sorbo de café, lo mira.

—Atravesé un vidrio con la mano. Fue sin querer.

Lo que de verdad quiso fue empujar la ventana del living, la que daba justo sobre el escritorio de Iván, y arrasar con todo, lápices, computadora, vasos. Lo que de verdad quería era convertirse en Iván, romper por fin, romperse: abandonar todo intento de cordura. Sólo que calculó mal y su mano atravesó el vidrio sin esfuerzo, como si se hundiera en el agua.

—Ni siquiera lo sentí —le dice al extraño.

Él no duda; hay algo tan incisivo y terrenal en su aplomo, en su forma de pronunciar las palabras, que parece dar órdenes en lugar de hacer preguntas.

—¿Tan enojada estabas?

Ella sonríe, también sin querer, y esa risa improbable, malhumorada, es como un hilito que le tira de la lengua y que le hace decir, por primera vez, la verdad. Las palabras exactas no las recuerda. Sólo la expresión de ese desconocido con brazos fuertes, anguloso, más joven que ella, y la manera en que enarca las cejas. Tamaña confesión para escuchar a las nueve de la mañana en un hostal de mochileros. Y ella cree, cree, que incluso llegó a contarle lo que Iván le dijo una vez: “Yo nunca te pegué con el puño cerrado. Es que vos te marcás de nada”.

Se quedan un rato conversando. Él tiene que dejar el hostal; sale en dos horas para Humahuaca, pero ella le pide que la espere, quiere mostrarle los regalos que compró la noche anterior. Vuelve a su habitación y aprovecha para ponerse los lentes de contacto y soltarse el pelo. De pronto tiene una imagen: ve al desconocido entrar a la habitación y arrinconarla contra la pared. La agarra de la muñeca sana pero no apoya el cuerpo contra el de ella. Va a lamerle la mano, el pliegue flexible entre los dedos; la lengua ancha como un molusco o una cuchara tibia. El pensamiento la asusta. Saca rápido la bolsa de la mochila, vuelve a la sala y desparrama los regalos sobre la mesa. “¿Todo esto compraste?”, dice él. Se ríen. Ella le mira las manos mientras él inspecciona las medias de llama. ¿Soy yo, entonces? ¿Está bien desear este dolor?

—Te regalo las medias —dice de golpe—. Para que te acuerdes de mí en la montaña. Él vuelve a su habitación y regresa cargando una mochila gigante, casi de su misma altura. Ella no siente nada cuando por fin lo abraza, torpemente, por encima de las correas y las cantimploras colgantes. Le hace adiós con la mano hasta que el último trozo de mochila desaparece por la puerta. La sala va quedando vacía, pero ella espera a estar sola antes de sentarse frente a la computadora y mirar el correo. Un nuevo mensaje. De Iván. ¿No ves que este odio es la medida de mi amor? Recibido a las 4:23 a.m.

Cierra el correo enseguida pero no se levanta de la silla. La bolsa con los regalos, menos las medias, quedó sobre la mesa donde desayunaron. Ni siquiera es mediodía, pero el sol ya entra con fuerza al rectángulo del patio interno y las paredes encaladas resplandecen. Al mirar hacia ahí ve algo que cae del cielo. Lento, blanco, liviano. ¿Y eso? Sale al patio y, entre las cuerdas sin ropa, mira hacia arriba, al cielo brillante y sin nubes. Una lluvia de polvo, una lluvia seca. Barre el piso con el pie y el zapato deja una huella alargada.

—Ceniza —dice, y tiene ganas de contárselo a alguien. A Iván, al hombre rumbo a Humahuaca.

Mira alrededor, mira con asombro las habitaciones vacías. Después abre los brazos, espera, deja que las motas blancas se vayan depositando suavemente sobre sus hombros desnudos. Ceniza, no, piensa. Ceniza, no, nieve.


*Este cuento fue publicado en: No soñarás flores, Lagua Libros, 2016.

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.