La fábrica de chocolate de Roald Dahl

Roald Dahl, (Llandaff, 1916 – Oxford, 1990) Escritor británico conocido especialmente como autor de narraciones infantiles y juveniles, pese a que su producción para adultos fue también de destacable calidad. Muchos de sus relatos se han convertido en películas de gran éxito internacional.


Roald Dahl

Su padre, de origen noruego, murió cuando el futuro escritor sólo tenía tres años. Esta desaparición dejó en apuros económicos a la familia, que hubo de trasladarse a una casa más pequeña. La madre prefirió seguir viviendo en Inglaterra antes que regresar a Noruega, cumpliendo con ello el deseo de su marido de educar a sus hijos en escuelas británicas.

Fue precisamente la estricta educación inglesa, que incluía fuertes castigos, lo que menos agradaba al pequeño Roald. Sus momentos más felices los vivía en verano, cuando viajaba con su madre y sus hermanos a Noruega. No brilló especialmente en sus estudios, aunque destacó en actividades deportivas como el boxeo.

Más interesado por la acción y la aventura que por el esfuerzo intelectual, al cumplir los dieciocho años se hizo explorador, en lugar de matricularse en la Universidad, como quería su madre. Luego trabajó como vendedor hasta que, a los veintitrés años de edad, se alistó como aviador para luchar en la Segunda Guerra Mundial, y sirvió en las Fuerzas Aéreas Reales en Libia, Grecia y Siria. En las campañas del continente africano su avión fue alcanzado en varias ocasiones por los disparos del enemigo, y en una ocasión llegó a ser derribado. Dahl salvó la vida de milagro, aunque tenía heridas tan graves que fue enviado a casa.

Su primera recopilación de relatos (Over to You; 10 Stories of Flyers and Flying, 1946) evocaría los horrores vividos en la guerra. Recuperado de sus heridas, en 1942 fue destinado a Washington como experto en asuntos de aviación de guerra; hasta 1945 trabajó para la Seguridad británica en Estados Unidos. Fue allí donde empezó a hacerse famoso como escritor, al ponerse a narrar en periódicos y revistas su visión de la guerra.

Dahl alternó tempranamente estas ocupaciones con su dedicación a la literatura infantil y juvenil, que se intensificaría a partir de la década de los sesenta. Casado en 1953, fue padre de cuatro hijos a los que acostumbraba a contar cuentos que a menudo se convertían en novelas. Su primer libro para niños habia sido Los gremmlins (1943). Pronto obtuvo grandes éxitos con títulos como James y el melocotón gigante (1961) y Charlie y la fábrica de chocolate (1964).

Por esa época sufrió también graves reveses: vio morir a su pequeña hija Olivia en 1962, y, tres años después, su esposa Patricia Neal sufrió una peligrosa enfermedad que estuvo a punto de dejarla ciega e inválida. Para colmo de males, su hijo Theo sufrió un grave accidente de carretera que le causó daños en el cerebro cuando sólo tenía tres años. Dahl pasó muchos meses trabajando en una válvula especial que servía para sacar líquidos de la cabeza de su hijo y permitía a éste vivir con normalidad, sin tener que permanecer conectado a una máquina.


Roald Dahl con su esposa, Patricia Neal

A pesar de estas desgracias, Dahl logró salir adelante y continuó escribiendo obras que le hacían cada vez más famoso en todo el mundo. Con Matilda, uno de sus últimos libros (convertido también en película de gran éxito), batió todos los records de ventas. No hay que olvidar, sin embargo, la importancia de su narrativa para adultos, en la que cultivó variados géneros. También fueron frecuentes sus colaboraciones con el cine; escribió, entre otros muchos, varios guiones para la serie de películas de James Bond.

La obra de Roald Dahl

Aunque es recordado especialmente por sus narraciones para niños y jóvenes, Roald Dahl escribió numerosas obras para adultos de indudable interés y calidad, entre las que sobresale Relatos de lo inesperado, una brillantísima colección de cuentos de intriga y humor negro. Mi tío Oswald (1979) se halla muy cercano a la ficción futurista: trata sobre la venta de espermatozoides de los hombres más brillantes del planeta. Otras obras destacadas fueron La venganza es mía, Génesis y catástrofe, Historias extraordinarias y El gran cambiazo. Sobresalió especialmente en el cuento corto, con historias mordaces e impactantes rayanas en la irrealidad y lo morboso o macabro en muchos casos; en ellas creó un clima amenazante, extraño, vinculado a la irracionalidad, combinando agudamente el humor negro con el suspense.

Sin embargo, en sus historias para jóvenes late la fábula moral. Algunas de sus obras en el campo de la narrativa infantil y juvenil están consideradas entre las mejores de todos los tiempos. De hecho, sus relatos gustan tanto a los niños como a los mayores, ya que, en medio de sus historias protagonizadas por jóvenes, hay humor y crítica a la sociedad contemporánea. Junto a la magia y la fantasía, en sus libros aparece también la maldad y otros defectos del ser humano.

 

Charlie y la fábrica de chocolate (1964) fue la novela que le hizo famoso entre los jóvenes de todo el mundo; llegó incluso a ser elegida número uno en una encuesta realizada por el prestigioso diario Sunday Times para seleccionar las diez mejores obras infantiles. En Charlie y el ascensor de cristal continuó con el mismo personaje. Otros libros célebres son James y el melocotón gigante (1961), que cuenta la historia de un niño huérfano que vive con sus malvadas tías; Las brujas, que narra el enfrentamiento de un niño y su abuela con la terrible Asociación de Brujas de Inglaterra; y Los cretinos, que recoge historias de una pareja de viejos refunfuñones que odian a los niños.

Autor prolífico, la lista de obras memorables es extensísima: Danny, el campeón del mundo, El dedo mágico o la ya citada Matilda, la historia de una niña enamorada de los libros. Las novelas Boy y Volando solo se basaron en la vida del propio autor. Y todavía merecen destacarse Qué asco de bichos, El superzorro, La maravillosa medicina de Jorge, El gran gigante bonachón, Cuentos en verso para niños perversos, El vicario que hablaba al revés, Mi año, Los Mimpis y Agu Trot.

Charlie y la fábrica de chocolate

Celebrada como la mejor novela juvenil del autor, Charlie y la fábrica de chocolatese publicó en 1964 y tuvo un extraordinario éxito: se han vendido más de 13 millones de ejemplares en todo el mundo y ha sido traducida a 32 lenguas. Su perdurable popularidad indica lo bien que el autor comprendió, apreció y se comunicó con los más jóvenes. En fechas más recientes, la versión cinematográfica de Tim Burton (2005) ha contribuido a divulgar la obra entre las nuevas generaciones.

El protagonista, el pequeño Charlie Bucket, vive con sus padres y sus abuelos. Desde el principio, la pobreza se observa en cada rincón de la casa: en la sopa aguada que comen, en la falta de trabajo de su padre… El sórdido panorama que se describe no deja de parecernos, con todo, entrañable: a pesar de las dificultades, es un hogar en el que fluyen el amor, el respeto y la honestidad.

Desde la ventana que hay junto a su cama, Charlie ve la inmensa y misteriosa fábrica de sus chocolates favoritos; viéndola repite las fantásticas historias que su abuelo (que había trabajado en ella) le ha contado. Nadie entra en la fábrica desde hace décadas; sólo salen camiones con mercancías.


Fotogramas de Charlie y la fábrica
de chocolate
(2005), de Tim Burton

Un día Willy Wonka, el propietario, anuncia que dentro del envoltorio de cinco tabletas de chocolate se esconde una lámina dorada que permitirá el acceso a la fábrica, y que cinco niños con cinco acompañantes adultos podrán visitar el lugar que produce los chocolates más ricos del mundo. Como nadie conoce la fábrica de Wonka, el concurso excita la curiosidad de la población, necesitada de sueños y fantasías que la salven de la mediocridad que la rodea.

Uno de los ganadores es Charlie; visita la fábrica con su abuelo y con los otros cuatro agraciados. Si bien Charlie es un buen niño, a los restantes que consiguen entrar en los dominios de Willy Wonka los dominan los peores vicios de la humanidad. Augustus representa la glotonería que provoca obesidad; Veruca, la exigencia y el egoísmo insoportable de los mimados; Violet, la estupidez de los que se creen los mejores, se sienten merecedores de todos los premios y detestan a los demás; Mike, absorbido por la televisión, está impregnado de agresividad y violencia; es destructivo y sabelotodo. También Wonka, el propietario, es peculiar: es el hijo de un dentista intolerante; acusa la falta de afecto paternal sufrida en su infancia y se deprime recordándolo. Su evolución a través del contacto con el joven Charlie es conmovedora.

Pese a su hiriente y mordaz sentido de la ironía, la novela se convierte, por su sentido moral, en una emocionante aventura humana de la que se sale mejor persona. En el desarrollo de la historia, cada uno recibe la lección de vida que le permitirá corregir sus vicios; los lumpalumpas, con sus cancioncillas, dan la moraleja correspondiente. La obra reconoce como valores positivos la buena educación, la cortesía o el respeto a las personas mayores, y contiene lecciones de cultura, ciencia o ética, subrayando el papel de la familia en la educación.

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Los cuentos clásicos más famosos como nunca nadie los había contado: Cenicienta se casa con un fabricante de mermeladas; los siete enanos y “Blanquita” (Blancanieves) se dedican al juego, los tres osos se comen a la niña de los rizos de oro y Caperucita Roja se hace un abrigo con la piel del lobo. ¡Todo en clave de humor y poesía!

 

 

 

Compilación realizada por: Lorena Lacaille escritora, biblioterapeuta,  traductora, especialista en Feng Shui y terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional)

 

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«Cuentos espirituales» Ramiro Calle

Este afamado maestro y escritor de yoga nació en el año de 1943 en Madrid, ha escrito libros de diversas temáticas y es director del mayor centro de yoga llamado “Shadak”. Ramiro Calle fue el primero en introducir la disciplina del yoga en España.

Este maestro del yoga destaca por haber dado clases en la universidad autónoma de Madrid, así como también participar en numerosas conferencias donde explica la diversidad de su dogma y los beneficios que conlleva el yoga en la vida de las personas.

Una de sus cualidades es que Ramiro Calle nunca deja de aprender, por lo que realiza numerosos viajes a la India con el objeto de aprender nuevas técnicas con los mejores maestros de la espiritualidad. Como conmemoración a sus más de 100 viajes a este lugar, publicó un libro llamado “100 viajes al corazón de la India”, en este libro se relatan todas sus experiencias y las costumbres de estos lugares.

Pero este no es su único libro (ha escrito más de 250), uno de los más recientes es “El Límite”, en este magnífico ejemplar Ramiro nos relata su experiencia cercana a la muerte debido a una mortal enfermedad que contrajo en uno de sus viajes a la india. Esta enfermedad es llamada Listeriosis y es causada por una bacteria que se introdujo en su cuerpo para luego alojarse en su cerebro lo cual causo una infección muy grande, de tal manera que dejo a Ramiro en estado de coma durante varios días. Pero en su lucha contra esta enfermedad logró lo que los neurólogos describen como un milagro, ya que un mínimo porcentaje de personas con esta enfermedad han logrado sobrevivir.

Ramiro dice considerarse un cazador, pero no furtivo, por el contrario él dice ser cazador de hombres, por lo que se propone encontrar todo tipo de personas espirituales que le ayuden a llevar su mensaje a todo el mundo.

Ramiro Calle tiene numerosas apariciones en la prensa y también en la televisión, por lo que también se ha hecho acreedor de varios premios como el que recibió el 4-9-2003 en Martínez Roca, en donde se le concedió el V premio a la Espiritualidad.

Pero no todo en la vida de este autor ha sido color de rosa. Debido a que proviene de una familia adinerada, se ha ganado numerosas críticas por parte de la prensa y de otras personas que al parecer envidian su estilo de vida.

Otra de sus polémicas fue en el año 2007 cuando publico en artículo sobre su viaje a “Kumkh Mela” (India). Este artículo fue publicado en la revista Interviú, y la embajada de la India en España le exigió a Ramiro que hiciera una disculpa pública por la publicación de dicho artículo. A raíz de este problema Ramiro explica que el problema radica no en el contenido de su escrito, sino más bien en el medio en donde fue publicado, por lo que ramiro se negó a hacer dicha disculpa y añade que “Soy un escritor independiente que puede publicar lo que quiere donde cuando y como quiere”.

Se sabe que la embajada de la India lo que no quería era la publicación de las imágenes tomadas por Ramiro en este festival, pero dicho festival ha sido cubierto por numerosas revistas y prensa de todo el mundo en muchas ocasiones y siempre han sido publicadas fotografías y videos.

La visión de Ramiro Calle es la de promover el cultivo de la atención plena, la compasión y la paz interior. Sus escritos son los más recomendados por la sencillez de sus palabras y la facilidad con la que explica el que hacer de la vida.

Sus grandes doctrinas son las cuatro prioridades de la vida universal que se explican de la siguiente manera:

  1. Paz Interior: sin paz interior la existencia de las personas se torna amarga y sin sentido, agitada y cruel.
  2. Salud Psíquica: una mente lúcida y atenta facilitara la paz interior.
  3. Salud física: aceptar que lo que llamamos cuerpo es solo un recipiente de nuestra alma.
  4. La óptima relación con todos los seres vivos: esto último suele pasarse por alto cuando se han logrado las anteriores 3 disciplinas, pero es una parte muy importante para vivir en paz no solo individualmente sino con todo nuestro entorno.

 

 

 

Desde la más remota antigüedad los maestros espirituales han ido transmitiendo a sus discípulos significativas y orientadoras narraciones espirituales con un valiosísimo contenido místico y capaces de deleitar e instruir espiritualmente a todo tipo de personas.

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Por su claridad, concisión, amenidad e incluso notable sentido del humor, estas maravillosas historias, exentas de cualquier dogmatismo y que cada persona captará según su grado de entendimiento, han obtenido el máximo interés de los lectores.

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, biblioterapeuta, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

 

 

El extraterrestre de Harlan Ellison

Cuentos

El extraterrestre

De vez en cuando me despertaba en la noche sin poder volver a dormir y salía de mi cama para tomar un vaso de agua, en ese entonces encontré a mi nuevo amigo, quien era una persona como cualquier otra y de inmediato nos llevamos bien en la conversación. En mi edificio viven muchas personas y no me pareció extraño que esté en la azotea un chico tan interesante para conversar. Con el tiempo me confesó que no era una persona, sino un extraterrestre, lo cual jamás hubiera imaginado, pero en la planta de sus pies lleva trazos y líneas que son como su fueran el documento de identidad que cada uno de ellos tiene.

Nuestra amistad fue cada vez más fuerte con el tiempo, él me contó sobre todas las cosas que hacía en su planeta y hasta de los viajes interestelares que realizaba con frecuencia. Yo en cambio no tuve más que contar que de vez en cuando tenía conversaciones a través de las redes sociales con personas de otras partes del mundo. Él me ofreció un dispositivo para poder atravesar la pantalla e ir directamente al país de quien estuviera hablando, pero no lo acepté,

otro2Mi amigo con el tiempo me pidió de quedarse a vivir en mi casa y me pareció que estaría bien porque así dejaría de pagar la seguridad del lugar. Con los meses todo se complicó porque él me hablaba de teorías muy conspirativas de su planeta con la necesidad de barrer el mal de la tierra, así lo llamaba. Sin embargo, me di cuenta pronto de que todas las personas que estaban cometiendo algún pecado desaparecían misteriosamente y es que él les quitaba la vida con su rayo PAT que desintegraba en el acto a las personas. Por esta razón tuve que dejar de ver a mi novio y nunca más pensé absolutamente nada sucio por miedo de perder mi vida también. A veces hasta me pregunto si es que este extraterrestre no es más que un fanático de una secta que quiere acabar con todo.

 

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Mundo deshabitado

Esto me pasó un día, me encontraba en mi casa, solo recuerdo haber escuchado una explosión, me desmaye. Al despertarme, todo me parecía extraño, no escuchaba nada a mi alrededor, vi por la ventana, solo vi caos, salí afuera de la casa todo estaba destruido, las calles agrietadas, los árboles derribados, no había señales de vida humana, me asuste tanto de estar solo en un lugar donde todo estaba destruido, me preguntaba ¿qué pasaba? si estaba soñando, tenía que ser una pesadilla, era una alucinación. Cuando de repente veo entre los restos un movimiento, me alegre demasiado salí corriendo, era un pequeño perro, bueno no era una persona pero me alegre de que estuviera con migo para hacerme compañía.

Sobreviví con unas pocas cosas que tenia de comer, nos acomodamos en la casa con Bobby, así le puse al perro, era ya de noche, nos dispusimos a dormir queriendo que a la mañana siguiente fuera todo diferente, pero no al despertar solo me sentía más triste y confundido quería saber que había pasado, ¿porque era yo el único ser humano con vida?

sinDe repente mientras renegaba de lo que me pasaba, escuche que alguien tocaba la puerta de la casa, me alegre pero al mismo tiempo pensé que ya hasta loco me había vuelto, que estaba escuchando cosas, a pesar de eso salí a ver por la ventana, solo vi una enorme luz resplandeciente que me segaba, decidí abrir la puerta, me lleve un gran susto por lo que mis ojos veían, eran una figura extraña, con ropas raras, estaban dentro de una gran nave espacial, inmediatamente me hipnotizaron, porque no sé cómo llegue hasta este planeta en el que estoy, no sé si afligirme más o menos por lo que estoy pasando, estoy en una jaula preso por estos seres , pero por lo menos no estoy solo en este planeta tengo compañía.

 

 

Harlan Ellison nació en Ohio, creció allí e incluso llegó a cursar 18 meses en la Universidad del Estado de Ohio. Al cabo de estos 18 meses tuvo que abandonar la universidad. Un año después, en 1955, era bien conocido por el Fandon de Cleveland, Ohio. Su primera contribución profesional la realizó en 1956 con GLOWWORM para Infinity Science Fiction. Desde entonces no ha dejado de publicar prolíficamente. Poco después de publicar su primer libro de ciencia-ficción, Ellison se mudó a Chicago en 1959 donde trabajo como editor de Rogue Magazine. En 1962 Ellison se mudó a Los Ángeles dónde reside actualmente.

Harlan Ellison es uno de esos escritores a los que no se les pude encasillar totalmente dentro de la ciencia-ficción. De sus casi 90 libros, un tercio son de ciencia-ficción, otro tercio son de fantasía y el resto pertenecen a la corriente general de la literatura. El mismo ha llegado a afirmar que pretende crear un conjunto de obras que transcienda cualquier género. Además de ser un autor muy prolífico ha sido un autor muy premiado. Por citar solo unos cuanto premio debemos citar sus ocho premios Hugo por ARREPIÉNTETE, ARLEQUÍN, DIJO EL SEÑOR TIC-TAC (1966), NO TENGO BOCA Y DEBO GRITAR (1968), LA BESTIA QUE GRITABA AMOR EN EL CORAZÓN DEL UNIVERSO (1969), EL PÁJARO DE LA MUERTE, (1974), ADRIFT JUST OFF THE ISLETS OF LANGERHANS (1975) JEFFTY TIENE CINCO AÑOS (1978) (relato que también obtendría el Locus y el Nebula de 1978), PALADIN OF THE LOST HOUR, (1986), a las mejores representaciones dramáticas por CITY ON THE EDGE OF FOREVER (un episodio de Star Trek) en 1968 y por A BOY AND HIS DOG en (1976) así como los premios especiales de 1968 y 1972 por sendas antologías bajo el nombre común de VISIONES PELIGROSAS. También ganó dos premios Nebula, uno por su novela corta UN MUCHACHO Y SU PERRO en 1969 y el ya mencionado JEFFTY TIENE CINCO AÑOS en 1978. Una relación exhaustiva de todos sus premios se puede encontrar en SPECULATIVE FICTION AWARDS)

En su curriculum hay que incluir 1700 historias, ensayos, artículos, columnas periodísticas, dos docenas de guiones televisivos (TWILIGHT ZONE,BABYLON 5) y una docena de argumentos cinematográficos.

Con estos antecedentes no sorprende que el Washington Post calificará a Harlan Ellison como uno de los más grandes escritores americanos de historias cortas aún vivos o que el Los Ángeles Times dijera: Ya es hora de que se premie a Harlan Ellison con el título de el Lewis Carroll del siglo XX.

Falleció el 27 de junio de 2018, en Los Ángeles a los 84 años.


Bibliografía

  • Amiga fría, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 104, (1978)
  • Arde el cielo, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 112, (1979)
  • Arrepiéntete Arlequín, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 82, (1976)
  • La Bestia Que Gritaba Amor en el Corazon del Universo, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 19, (1971)
  • El Circo del Ratón, Nuevas Dimensiones 1, Editorial Adiax, Colección Fénix, (1982)
  • Dormido y con las manos quietas, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 30, (1972)
  • Jeffty tiene cinco años, Martínez Roca, Los premios Hugo 78-79
  • Lo mejor de los Premios Nebula, Ediciones B, Colección Nova nº 61, (1994)
  • No tengo boca y debo gritar, Producciones Editoriales, Star-Books nº 9, (1967)
  • Santa Claus contra A.R.A.C.N.I.D.O., Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 82, (1976)
  • Soldado, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 85, (1977)
  • El último hombre, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 93, (1977)
  • Vic & Blood, (junto a Richard Corben), Norma Editorial S.A., (1989)
  • Visiones peligrosas, Martínez Roca S.A., (1983)
  • La Voz en el jardín, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 100, (1978)

Filmografía

  • Un perro y su chico, (basada e una de sus novelas), (1975)

Series de televisión

  • Un perro y su chico, (basada en una de sus novelas), (1975)
  • Star Trek The City On the Edge of Forever, (guión), (1966)
  • The Starlost , (creador como Cordwainer Bird), (1973)
  • La fuga de Logan, (guión), (1977)
  • The outhers limits, (guión de tres episodios), (1977)
  • Babylon 5, (asistente conceptual de varios episodios), (1977)
  • The Twilight Zone, (guionista de varios episodios y consultor creativo), (1981)

Videojuegos

  • No tengo boca y debo gritar, (guión)

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

Un escritor de éxito en cadena perpetua por asesinato: Curtis Dawkins

Primero mató a una persona, luego escribió un libro. Antes había estudiado un máster de Humanidades y, mucho antes, había empezado a notar los efectos de sus problemas mentales, que intentó combatir a base de drogas y alcohol. Pero la historia de Curtis Dawkins no es tan sencilla. El motivo por el que le pegó un tiro a Thomas Bowman y ahora cumple una cadena perpetua en una prisión de Michigan (Estados Unidos) va más allá del contexto, de las circunstancias. «No habría disparado a un hombre si no hubiese estado colocado, pero hay problemas más profundos. Nunca es SOLO por las drogas y el alcohol. Asumo mi culpa», cuenta el escritor a ABC a través de correo electrónico.

Dawkins había empezado a escribir una década antes de cometer el asesinato, en 1994, cuando la empresa de sus padres se incendió y decidió volver a sus estudios para convertirse en escritor. Su vida, sin embargo, siguió por otros derroteros. Se casó, formó una familia y consiguió un trabajo como vendedor de coches. Pero todo cambió en 2004, una noche que consumió crack y destrozó muchas vidas: la de Bowman, la suya, la de los familiares de ambos. Ya en prisión, con el crimen a sus espaldas, la literatura se convirtió en su «salvavidas». «Si no hubiese escrito nada, no estaría aquí hoy», confiesa ahora.

Cada día, dedica unas cuatro horas a escribir, aunque podrían ser más. «He visto programas de televisión sobre cárceles rusas donde cada segundo está estructurado, lo que me parece una pesadilla. Yo básicamente vivo mi vida. Tengo un trabajo de prisión como limpiador. Pero si quisiera podría escribir 24 horas al día», afirma. De ese empeño nació un libro de relatos que llamó la atención de Scribner’s, una de las principales editoriales estadounidenses, que le ofreció un adelanto de 150.000 dólares. Finalmente, la obra se publicó en julio de 2017. Ahora, después de haber cosechado buenas críticas en su país, en las que se destacaban los méritos literarios de su criatura, «Hotel Graybar» llega a España de la mano de Seix Barral.

Los relatos de Dawkins hablan de la cárcel, de los presos, de lo que se queda fuera, del mundo inmenso y ya lejano, de la esperanza, pero también de la asunción de la culpa. Es una mirada, cuenta, distinta. «La mayoría de los presos no han tenido una educación académica, que es la razón por la que el mundo rara vez escucha su voz. Parte de mi propósito era darles a estos chicos una voz, y una que no viniera de la mano de algún idiota que enseña clases de escritura en prisión», asevera. Una mirada, insiste, honesta: «No hay nada que me cabree más que un libro deshonesto».

Quizá por ello, las historias de «Hotel Graybar» se construyen a partir de sus experiencias directas de la cárcel. Pretenden ser veraces, aunque están siempre filtradas por su ojo de letraherido y admirador de Pynchon, DeLillo o Joy Williams. El cuento que abre el libro –«La prisión del condado»– fue también el primero que escribió, y le vino a la mente mientras pasaba la cuarentena obligatoria para todos los que entran en la prisión del condado de Michigan. De hecho, usó el nombre de uno de sus compañeros, pero sus abogados le aconsejaron que lo cambiara. A pesar de todo, en el relato se palpa esa sensación de claustrofobia y se sufren esas relaciones extrañas (y obligadas) que se establecen entre los desconocidos.

De lo que no habla este libro es de la noche en la que Dawkins mató Bowman, una culpa de la que no se ha liberado a pesar del tiempo, que todavía lo asalta ciertos días, ciertos momentos. «Podría escribir sobre aquella noche. Sería fácil ficcionalizarla y no hay nada que no se pueda hacer ahí, pero no quiero. Tengo conciencia y no me sentiría bien haciéndolo. Mi pareja, la novelista Kimberly Knutsen, ha escrito sobre aquella noche desde su perspectiva, pero yo no lo necesito», explica.

Aquella noche, disparó un revólver Smith & Wesson del calibre 357 que se había comprado para sentirse protegido porque trataba constantemente con narcotraficantes. Formaba parte de su paranoia in crescendo. Ahora no piensa lo mismo. Dawkins está a favor de una legislación más severa con el control de armas. «Ojalá me hubieran denegado el arma por mi historial mental. No estaría aquí. Nadie necesita un fusil. Nadie con problemas mentales necesita un arma. Sí, necesitamos una regulación más estricta», remata.

 

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

“Causas naturales” de Claudia Hernández

Introducción por Giovanna Rivero

Imaginen que una tarde, cualquier tarde, esa popular frase –todos tenemos un niño interior– se manifiesta con la naturalidad de la lluvia. Imaginen que ese niño o niña toca a la puerta, llama, insiste en el encuentro. ¿Se trataría de un encuentro entrañable? ¿Un saldo de deudas? ¿Una reconciliación? ¿Acaso el careo no siempre justo entre el adulto en que nos hemos convertido y la promesa fantástica y todopoderosa que una vez fuimos? ¿Es eso o un espejismo senil? ¿Una redención? ¿Una trampa?  ¿Un pasaje hacia algo más? En este perturbador cuento de Claudia Hernández, “Invitación”, esa cita y sus respuestas son absolutamente posibles. El concepto freudiano heimlich –en referencia al secreto extraño que se revela en el seno de lo familiar y que irrealiza lo conocido– parece ser el corazón de este bello relato. Lo mejor de todo, sin embargo, es que el cuento supera la tentación de un clímax simplemente sentimental y, lejos de eso, nos advierte más bien del riesgo enorme que corremos si aceptamos abrirle la puerta al cuerpito de rodillas curtidas en/con el que vivimos el paraíso terrible de la niñez. Ningún revenant que se precie puede retornar con buenas intenciones, ni de la muerte ni de la infancia, y Hernández lo sabe bien. Ahora que el pensamiento cuántico ha ido conquistando la sensibilidad del siglo XXI, se me ocurre que “Invitación” es también eso: una fantástica e irresistible invitación a reconectarnos con nuestros verdaderos álter –no los del ego, sino los del espíritu– y es(x)piar a través de sus ojos los destinos en potencia que todavía podemos alcanzar, incluso si para ello debemos atrevernos a algún doloroso desalojo.

 

Invitación de Claudia Hernández
Salí porque fui invitada a hacerlo. Acababa de bañarme y estaba asomando los ojos a la ventana de mi habitación cuando, de pronto, me vi pasar. Era yo. Pero no la yo que miraba en las visiones del espejo, sino otra yo que conocía y que tenía mucho tiempo de no ver: yo niña. Imposible confundir mi mirada, mi forma de andar, mi sombra, mi vestido pálido y mis zapatos gruesos. Era yo que pasaba frente a mi casa corriendo con tanta velocidad que me hice dudar. Pensé que se trataba de mi imaginación, que debía haber salido a correr por las calles que, siendo de una ciudad tan joven, se ven ya tan viejas. Me quedé sonriendo por lo bueno que había sido haberme visto de nuevo con los huesos diminutos y los dientes de leche.

Acomodé mejor la vista en la ventana. Tenía la esperanza de que, si me quedaba ahí, si esperaba, yo–niña volvería a pasar sobre mi vuelo como hacen las mariposas. Diez minutos después (el tiempo que de pequeña me tomaba darle la vuelta al barrio), yo–niña aparecí. Me detuve frente a mí, que estaba esperándome en la ventana, me sonreí de nuevo y corrí alrededor del barrio siete veces en total. Entonces, yo–niña me invité a bajar con un ademán insistente. Yo —que deseaba bajar y tomarme de la mano, y correr, correr, correr, correr, correr—, bajé deprisa por las escaleras.

A mitad de ellas me di cuenta de que estaba desnuda y me desistí de salir porque recordé que los vecinos sacaban a pasear a sus infantes a esa hora. Segura de que se alarmarían (las mujeres desnudas que corren por las calles asidas de la mano de ellas mismas cuando eran niñas no son muy frecuentes por acá), subí a la habitación para gritarle que no podía acompañarla porque estaba sin ropas y que lo sentía mucho.

Noté en su rostro que no me había creído. Por eso, me asomé completa a la ventana para probárselo.

Pareció no importarle. Seguía gritando que saliera, que saliera ya, que saliera pronto, que me apurara. Pataleaba con insistencia, hacía temblar el asfalto. Me hacía angustiarme. Y, cuando me llenó de desesperación por no poder salir, entonces escuché mi voz —pero no mi voz de niña ni mi voz de ahora, sino mi voz de cuando esté ya muy vieja— que me decía que saliera a jugar conmigo–niña, que no me dejara esperándome. Me hablaba con voz de mando. Me lo ordenaba mientras —como yo no daba un paso para cubrirme el cuerpo— me vestía con una sábana y me llevaba de la mano rumbo a la salida. Escaleras abajo, yo–vieja me colgué la llave de la casa al cuello para cuando volviera, me saqué a la calle y me di un empujón para que me alcanzara a mí–niña, que, al verme salir, echó a correr colgando las risas en el aire como si se tratara de globos enormes.

Toda la mañana corrí tras de mí sin darme alcance. Yo–niña me animaba a aumentar la velocidad y a atraparme, pero seguía corriendo más rápido de lo que a mi edad puedo hacerlo. Corría y volvía a verme burlona con mi risa de niña mientras yo–vieja nos vigilaba desde mi puerta. Ambas se veían satisfechas. Parecían modelos de un cuadro. Lo único que quebrantaba la atmósfera de armonía era yo, que no sonreía, que estaba cansada y que me dolía de mis pies sin zapatos lastimados por el asfalto caliente.

Dimos vueltas al barrio. De pronto, yo-niña se internó en la ciudad. Intenté seguirla guiándome solo por su carcajada. Estaba empecinada en darle alcance, pero tenía la desventaja de no saber dónde estaba. No reconocía el paraje. La ciudad parecía desordenarse detrás de mis pasos. No encontraba yo una señal que me revelara su ubicación o la mía. Ni siquiera la gente me ayudaba a situarme. Unas me decían que estaba cerca de mi barrio; otras, que nunca estaría más lejos que entonces. Por eso preferí caminar sola. Sabía que, de alguna manera, saldría de allí. Me pedí paciencia. Me pedí esfuerzo. Me pedí no dejar de caminar. Estaba segura de que conseguiría descifrar el laberinto y salir de él. Pero toda mi seguridad no alejaba la desesperación, que se posaba sobre mí en forma de pájaros oscuros que tenía que espantar con movimientos de manos mientras caminaba.

Anduve tanto y tantas veces alrededor de los mismos sitios que perdí la esperanza de regresar. Y, cuando ya ni siquiera tenía ilusiones, cuando ya ni siquiera deseaba dar con mi casa, visualicé mi techo celeste y mi ventana. Caminé hacia ellos en el ocaso.  La noche se precipitaba tras de mí.

Buscando refugiarme de las noches frías de esta zona, tomé la llave que yo–vieja me ató al cuello y la metí en la cerradura. Entró sin problemas y hasta giró, mas no abrió. Falló en los cuatro intentos. Entonces, aunque vivo sola, toqué para que alguien me abriera.

Cuando nadie atendió mi llamado, comencé a pensar en dónde encontrar un cerrajero que me ayudara y no preguntara por qué me había quedado fuera envuelta en una sábana.

Pensando estaba cuando me cayó una colcha encima. “Para el frío”, me dijo una voz que venía de mi habitación y que distinguí de inmediato porque era con la que hablaba en la infancia. Yo-niña me miraba burlona desde la ventana. Se reía de mí. Le grité que me abriera, que me abriera de inmediato, que me abriera ya. Pero no respondió a mi petición. Solo sonrió y me hizo señales de despedida con la mano hasta que llegué yo–vieja y la halé hacia el interior de la casa. Me miró como ve la gente a un ser molesto cuando le pedí que me abriera, cerró la ventana y desapareció.

Intuí que no me dejarían entrar más, así que me di la vuelta y me interné en la ciudad en búsqueda de un empleo que me permitiera pagar una habitación en la que pudiera vivir. Busqué un lugar en un edificio alto, muy alto, un sitio donde las voces de la gente que camina en la calle no pueden distinguirse para que, si ellas regresan, no pueda yo escucharlas ni aceptar sus invitaciones, ni salir a la calle, ni quedarme de nuevo sin casa.

 

 

Claudia Hernández González es una escritora salvadoreña. Nació en San Salvador, en 1975. Licenciada en comunicaciones por la Universidad Tecnológica de El Salvador, realizó también estudios de derecho. A partir de finales de la década de 1990 ha publicado relatos sueltos en el suplemento TresMil del diario CoLatino y en la revista Hablemos de El Diario de Hoy en El Salvador. En 1998 ganó el primer honorífico del premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional, por su cuento “Un demonio de segunda mano”. Hernández ha publicado seis colecciones de cuentos, entre ellas Otras ciudades (2001), Mediodía de frontera(2002), Olvida Uno (2005), De fronteras (2007) La canción del mar (2007) y Causas Naturales (2013). En 2004 obtuvo el prestigioso premio Anna Seghers, en Alemania, por obra publicada. Sus cuentos han sido publicados en varias antologías, entre ellas Los centroamericanos (2002), Papayas und Bananen. Erotische und andere Erzählungen aus Zentralamerika (2002) Pequeñas resistencias 2. Antología del cuento centroamericano contemporáneo (2003). Actualmente, Hernández trabaja como catedrática de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Su reciente obra, el libro bilingüe They Have Fired Her Again, fue publicada en 2016.

 

Unos de sus libros…

Quince cuentos donde caída y redención son sinónimos

Un paseo en quince cuentos por las casas, las calles y las intimidades de una ciudad donde los altos ideales no se diferencian demasiado de los instintos predadores y donde caída y redención son sinónimos.

Tras una serie de pequeñas transformaciones sucesivas, los habitantes de este universo (adultos nuevos), desisten de su intención de transformarlo y se suman a él para defender y acuerpar sus causas naturales.causas naturales (ebook)-claudia hernandez-9789996145988

 

Comentarios:

«La obra narrativa de Hernández ha concedido a la realidad imágenes originales y de un surrealismo convincente, que no concuerda con la versión oficial de la historia.»

Jurado del Premio Anna Seghers

«Claudia Hernández, cuentista de primera línea, fue elegida entre los treinta y nueve mejores escritores latinoamericanos menores de treinta y nueve años.»

Certamen Bogotá 39, Unesco

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

La escritora «cosmo»: Nadia Villafuerte

Nadia Villafuerte. Nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 18 de agosto de 1978. Narradora y articulista. Becaria del FONCA, en el programa Jóvenes Creadores 2003, y de la Fundación para las Letras Mexicanas 2006.

BILIOGRAFÍA
Preludio 2002
Barcos en Houston, 2005
¿Te gusta el látex, cielo, 2009
Presidente, por favor, 2005
Por el lado salvaje, 2011

Ficción:Chica Cosmo
 Sólo una idiota puede creer que siendo latinas se puede correr la suerte de algunas como Jennifer Lo. Por eso cierra la revista y alza la cara para ver la tele. La estación de autobuses es como cualquiera del mundo: locos, pordioseros, bandidos acechando cualquier momento para burlar al distraído, algún coyote que disimulado se sube con sus tres encargos, pasajeros urgidos que antes de subir empacan sandwiches y fritangas.

Elena por fin ha dejado el Eros, por fin, piensa, incrédula aún de que esté ahí, en la terminal, con un boleto marcándole la salida a la Tapo de México, veintiuna horas, asiento veintinueve. De una esquina donde se venden discos piratas, viene la Mariposa traicionera de Maná, la última vez la bailó con ganas porque sabía que estaba sólo a unos cuantos pasos de marcharse. Más de un año en el centro nocturno en una rutina agobiante de desvestirse, coger y emborracharse sin saber por qué. Más de un año apretándose los dientes para no deslumbrarse con créditos que la hicieran adquirir ropa o muebles, por una mensualidad chiquita cuyo precio era en realidad anclarse más a una ciudad en la que se quedó aun cuando Tapachula debía ser de paso.

Su destino era Juárez. Pero quedaba claro que bastante había sido acomodarse en Tapachula y no regresar a su pueblo donde por más turístico que pudiera ser, no acabaría siendo sino una putita más, sin aspiraciones ni glorias. Que la estancia en la frontera sirviera de algo, aunque en realidad no hubieran marcadas diferencias, salvo algunos modismos y formas de actuar. Aprendió, por ejemplo, a reconocer lo apocado de algunas mujeres, hablando quedito como si no les estuviera permitido expresarse, o usando ese ¿si me regala un cuartito de jamón? cuando lo compraban. También la altanería de otras, un poco por el temperamento costeño y su fama de cabronas. El trabajo en cualquier bar o burdel estaba garantizado. En ésta como en la otra frontera siempre las preferirían extranjeras. Mejor si pasaban de los veinte y si ante todo, más que pedir dinero o prenderse con amoríos tontos, no se andaban con rodeos y, con frialdad e indiferencia, se dedicaban a hacer su trabajo.

Elena se para a comprar una coca-cola de vainilla. Saca del monedero cambio pero también un dije de la buena suerte de Malú le regaló antes de despedirse. Mentira que la vaya a alcanzar. Ella no se atrevería. Ya la atrapó el jodido muro que impone la primera caseta migratoria mexicana con su ciudad pequeña que no tiene ni la mitad de lo que las otras ciudades fronterizas poseen.

Saca con su uña color rojo enfermizo, un trozo de chocolate atorado en la muela. Por algo es Leo. Según Cinthia, la bendita mujer con quien acudió desde hace un año para leerle las cartas, a las leonas les sobra obstinación. ¿Cómo es Juárez? Enorme. Como tus sueños, muñe, como tus esperanzas. De Juárez, tiene sólo una postal que Lina le envió, panorámica, ni grande ni pequeña, ¿cómo comparar si lo único que conoce es su pueblo y la ciudad de Tapachula?, y una frase de Lina diciéndole “es divertidísima”. Desde entonces es aficionada a Los Cadetes de Linares.

No más tragos en el Eros. Lleva casi una semana sin beber y hasta parece se está desintoxicando. Viajar a una vida nueva. Ríe. También esas son mentiras. Sabe que en cualquier lugar será como empezar de nuevo. Torcerse de nuevo. Ya qué. Ella no quiere cruzar al otro lado. Al menos no tan rápido. Tanto viaje para que en un ratito te deporten. Desea hacerlo a su modo, pian pianito, calculando aquí y allá para cuando llegue el momento.

Por todos los lados de la terminal escucha gritos y música proveniente de la calle. Es una desgraciada, sólo quiere su dinero, y el muy estúpido no se da cuenta. No sabe Elena si la señora de atrás habla del apuesto moreno con cara de imbécil de la televisión o si se trata de un caso real como para que le diga estúpido al hombre, con tanta cercanía y vehemencia. Escucha la voz nasal anunciar la próxima salida a la Ciudad de México.

Toma la maleta. Hace fila. Muestra su boleto sin que le tiemble el puño. Documenta el equipaje. No me van a bajar, se repite mentalmente hasta que por fin, se acomoda en el asiento veintinueve. Ventanilla. Enciende la luz. Saca su credencial de elector. Ésa sí la pagó al contado. Veintitrés años. De Tapachula. No necesita acordeones para repasar. Es como si haber vivido ahí le hubiera dado derechos, otro nombre. Es más, se lo merece. Ve pasar a dos hombres que por la traza pintan ser mojados. Por un segundo intercambian miradas. Sólo que ella no ve con miedo ni voltea hacia todos lados exhibiendo su torpeza. Se acomodan detrás de ella y eso la pone un poco nerviosa. Seguro vamos a parar en alguna caseta. Mierda. Por unos pagamos todos. Ni siquiera responde a la sonrisa que le lanzan, buscando tal vez su complicidad.

Hojea otra vez la revista. Nada le inspiran esas modelos insípidas y flacas. Prefiere a Salmita, la mexicana brillante que llegó. Por los muslos siente subir el temblor que despliega el motor del autobús en su arranque. No hay fanfarrias pero ella las oye. Alguien tiene que echarle porras, caray. Van dejando la ciudad o quizá la ciudad los deja a ellos, abandonados a la suerte de lo que diga la línea oscura de la carretera.

Ahora sí que va hacia el centro, luego al norte y de verdad, no lo cree. Han puesto una película gringa por la tv. En menos de la hora, el pasillo comienza a oler a tortas de huevo, zapatos, la humedad del aire acondicionado y esa mezcla rara de desinfectante y orines que se cuela por el retrete minúsculo al que se tiene que entrar cuando de plano no hay de otra. Así le pasó cuando viajaba de Santa Rita a Guatemala. Creyó que la vejiga iba a reventarse como los globos de agua que explotan a mitad de la calle en pleno carnaval. Se tomó una coca-cola de vainilla. Ojalá no le den ganas al rato.

Mira su reloj. Han pasado dos horas. Quién sabe dónde estarán ahora pero no debería preocuparse. Nada conoce de México salvo que se ensancha mientras más se sube. Y esta noche, la mitad del país apenas, es sólo una cortina negra que corre a su lado. Ni una gotita caliente sobre los ojos. A llorar al panteón.

Los  oye hablar. A los paisanitos de atrás, claro, sí que se les nota. Quisiera pararse y decirles que mejor cierren la jeta. Siempre es un inconveniente lo del acento. Porque por lo demás, el mismo color, la estatura, el rostro de jodidez inconfundible. Esa cantante negra de Cosmopolitan tiene el pelo rubio y no le queda mal. Elena podría hacerse un cambio de estilo, que es sinónimo de ir hacia adelante, de estar en el lugar indicado. Lo primero que le pedirá a Lina es que le ayude a buscar un color de tinte. Vuelve a observar las expresiones sensuales de la cantante, pasa sus dedos por las páginas nacaradas de la revista. Sí, en algo se parecen: ambas tienen ambiciones, distintas, obviamente, pero al fin, ambiciones. A la cantante también debió costarle llegar a donde está.

Cuatro horas, apenas cuatro. No hay prisa, hay un lugar a dónde llegar, así decía siempre la Charis. Dos horas borrando las noches en el Eros, las borracheras que se ponía cuando a veces la vencía la desesperación porque los billetes iban apareciendo de a poco y Juárez estaba lejos todavía, como una mancha, como una sombra. Hay que tener confianza, muñe. Mira la mesa, puros arcanos mayores. Un viaje. Ya casi tienes ese viaje, dictaban los labios arrugados de Cinthia, pero Elena sólo iba y venía del Eros al puesto de brujería para comprar lociones y luego rociarlas en la cartera. Cinthia de mi vida, qué hubiera hecho sin ti.

Le ha dicho Lina que en los últimos años Juárez se ha transformado y está de la chingada: muertas, polvo, cantinas, pero sigue siendo divertidísima. Credencial de elector. Nombre y casi vida nueva. Lugar donde llegar sin pasar penas o pagándole a un coyote que luego la deje tirada a mitad del camino. En cuanto llegue, también le pedirá a Lina la lleve a algún sitio donde vendan la maravillosa loción azul cuya fragancia la acercará sin duda, al éxito.

Todo en esta vida es cuestión de medir bien, hacer cálculos. Antes de cerrar la cortinilla, alza la vista y busca la luna. Recuerda los brazos calientes de Tomás cercar su cuerpo mientras beben en la azotea. Su rostro común y corriente iluminarse por la amarillenta luz. Aquella noche y sus labios repitiendo maldita puta infeliz, cómo me gustas. La luna. Más vale sola que mal acompañada. Ser mexicana ya es un rango mejor al de ser salvadoreña. Duda que un día pueda vivir en alguna ciudad gabacha, prefiere ser realista, es ambiciosa, sí, pero también los sueños tienen sus retenes. Además, ni que vivir en una ciudad gringa hiciera la diferencia. Probablemente sí. Prefiere pensar en Juárez. Lo primero, quizá otra vez el teibol, pero por la mañana puede ser una fábrica, un restaurant, recamarera de un hotel.

La actriz de la tv toma sus maletas y sale de su casa. Es evidente que odia a su madre. La de la película. Ella, por cierto, nunca quiso con fervor a la suya. Siempre fue chantajista. Piensa en su madre, en sus hermanos vagotes y marihuanos, en el barrio. La noche es sólo una línea recta indescifrable hasta que el autobús baja la velocidad y se detiene. No es que no quiera a su madre, es simplemente que no siente esa afección hipócrita de las demás. Siente frío. Apenas comenzaba a dormirse cuando se da cuenta. El afocador corta la oscuridad del pasillo. Veintitrés años. De Tapachula. ¿Quiere saber cómo se llama el presidente municipal? ¿Cómo nos dicen a los tapachultecos? ¿La letra del himno nacional? Me ofende, de veras me ofendería oficial si se acerca y me pide una identificación.

El hombre se dirige hacia los de atrás. Tú, tú, tú también. Elena siente que el aire acondicionado del autobús empieza a ponerla nerviosa. Siempre le da nervios sentir frío de más. Tose con indiferencia. Los ve pasar. Uno de ellos le lanza una mirada suplicante, ella prefiere voltear hacia la ventana. ¿Por qué la miran? Con prisas no se llega a ningún lado, papitos. Hay que planear las cosas. ¿A poco creen que a los mexicanos les vamos a ver la cara de pendejos? Ella no tiene por qué sentir miedo. Para eso trabajó. Qué incómodo. Detenerse por las revisiones.

Elena bosteza. Por la ranura de la cortinilla observa a los cuatro hombres alineados y al oficial haciendo el interrogatorio de rutina.

Ve al oficial subir de nuevo, dirigirse a otro asiento.

No me pueden bajar. Casi soy mexicana.

El hombre señala a dos mujeres más y bajan. El sonsonete grave del motor le pone los nervios de punta. Parece que cada minuto aumenta el olor a sudores agrios. Ahora es a ella a quien le sudan los pies, siente mojadas las calcetas. Pasa las hojas nacaradas de la Cosmopolitan. Putas gringas.

Una voz chillona grita ¡a mí no me va a detener, oficial! ¡Pero qué se está creyendo! ¡No soy extranjera!, dice la mujer y se sienta otra vez, está enfurecida, ridículamente enfurecida: su acento la delata. Se hace un silencio dentro del autobús. El numerito no estaba en la escena. Señores, la noche está fresca, falta un buen tramo y todos queremos irnos, ¿verdad? Mire, no me esté presionando que no voy a bajar. Usted no sabe quién soy yo, señor, no sabe. De nuevo, señores pasajeros, disculpen las molestias ocasionadas pero esta señorita es extranjera, no trae papeles y no nos vamos a mover si no se baja.

Los murmullos crecen. El chofer apaga el motor. Sin aire acondicionado entra un ligero viento caliente. La del asiento doce se acerca, la mujer nerviosa e histérica insiste con la ese arrastrada en no ser extranjera. Oiga, no nos meta en problemas. Nos faltan diez horas de camino. Nosotros también queremos llegar. Pero ella sigue gritando que no va a bajarse y entonces Elena se levanta, se acerca también y pide le enseñe la credencial que trae. El oficial va hasta ellas. Demasiado tarde. Debería sentarse antes de que el hombre llegue. Tarde. El enorme reloj dorado del tipo brilla cuando pasa por sus ojos para alcanzar la credencial de la extranjera. Estúpida. Infeliz estúpida. Mujer que no es precavida es sólo remedo de hembra. La odia. Odia a todas las perras que dan su dinero comprando malas réplicas de credenciales de elector o actas de nacimiento. Se da cuenta de que ahí la estúpida es ella. Debería sentarse y no hablar. Cerrar los ojos y dejar que la mula esa se las arregle con el hombre. Darles la espalda y dirigirse a su asiento. Sólo a ella puede ocurrírsele semejante atrevimiento. Un segundo de imprudencia podría derrumbarlo todo. La voz del oficial es tensa. Algunos balbuceos aislados exigen a la mujer que se baje ya y no se resista.

Es falsa, oficial, la credencial es falsa, suelta por fin Elena, primero con miedo, después con la seguridad de que no ha hecho otra cosa mejor pues nadie podría dudar de ella. Ha dejado salir su voz con furia y agobio. Les da la espalda. El oficial jalonea a la mujer y entre forcejeos ambos descienden de la oscuridad del pasillo a la asfixiante noche. Ha quedado un lugar vacío. Elena podrá cambiarse de asiento. Estirar las piernas y dormirse con esa debilidad que trae en la piel. Se acomoda. Por la ventana observa a los tres hombres y dos mujeres, en fila, aguardan el interrogatorio. Le gustaría liarse a un oficial. Le atrae de ellos su altura. Ya no digamos su placa.

Trae mal cortado el pelo y está un poco pasada de peso pero eso ha sido también pura estrategia. Pero qué guatos, güevones, borregos tan pendejos, dice para sí, dejando escapar su palabrerío de barrio.

Siente paz. Unos se quedan, otros simplemente continúan. Este mundo es de los listos. Y también de los que traen buena estrella. Seguro ha pasado lo más difícil de la noche. Mueve la cabeza. No tendría por qué estar nerviosa. Ya casi es mexicana. Cuatro años más en México y no tendrá que moverse. Ella quiere ir a Juárez, nada más. Otra vez el traqueteo del motor subir, casi lamer sus piernas. El autobús coloca sus luces hacia delante cortando de tajo la noche, rajándola para que aparezca con el sol la vulgaridad de las cosas. A ver qué pasa mañana, piensa, mientras bosteza.

 

 

 

Compilación realizada por: Lorena Lacaille escritora, especialista en Feng Shui y terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional)

El mejor escritor cómico del mundo: S.J.Perelman

Decía que, de joven, se quedó casi ciego por toda la porquería que leyó. «Lo peor jamás pensado y dicho por el hombre –explicaba–. Combinado con mis estudios de latín y griego, produjo unos resultados más que dudosos». Con esas credenciales se estrenó en esto de la escritura en su revista universitaria, componiendo viñetas cómicas. Pero pronto se le quedaron cortas, o más bien las leyendas de los dibujos se hacían cada vez más largas, y se pasó a los cuentos. Escribiría hasta 560 relatos recogidos en 23 colecciones, once guiones de cine –ganó un Oscar– y cuatro de televisión.

S. J. Perelman (Nueva York, 1904-1979) fue «el escritor más gracioso de América», según Tom Wolfe; incluso el «ser humano más gracioso del mundo», a juicio de Woody Allen. El eslabón necesario entre el cineasta, que tiene a Perelman como su gran referente, y Groucho Marx, con quien trabajó en dos películas y que en la cita promocional de una de sus antologías escribió: «Desde el momento en que cogí el libro hasta que lo dejé, me invadió una risa incontenible. Algún día tengo intención de leerlo».

El autor humorístico más célebre de la edad de oro de las letras estadounidenses se tomaba muy en serio su trabajo. Se consideraba un escritor, en todo caso un escritor cómico, pero nunca un humorista. En el trato personal no era especialmente divertido: se mostraba reservado, rehuía la risa fácil y, ya fuera por timidez o por los episodios de depresión que atravesaba de tanto en tanto, rara vez se lanzaba a contar chistes en presencia de extraños. Las críticas le afectaban más de la cuenta, y durante la primera mitad de su vida arrastró cierto sentimiento de fracaso por tardar tanto en conocer el éxito.

Pese a su enorme producción artística, Perelman escribía despacio, muy despacio. Seis días a la semana, de diez de la mañana a seis de la tarde, se sentaba a pelearse con la precisión de las palabras. Quedaba tan lleno de barro cuando escribía, dijo en una entrevista, que releerse le parecía algo repugnante. Al parecer, una vez le llamaron al teléfono mientras pulía una frase, y Perelman prometió devolver la llamada cuando acabara. Tardó un día en hacerlo.

Esta anécdota la cuenta Didac Aparicio en el excelente prólogo de «Perelmanía». La calidad de los textos introductorios del editor de Contra ya son marca de la casa, y con este libro sigue adelante en su empeño de publicar la obra de autores yanquis que por alguna extraña razón no habían llegado a España. Perelmanía es una divertida antología de los mejores relatos del autor neoyorquino, disponibles por primera vez en castellano. Cuarenta y dos textos escritos a lo largo de cinco décadas, la mayoría de ellos rescatados del inagotable archivo de The «New Yorker», la revista de cabecera de Perelman. En ella firmó 278 piezas cómicas.

Las fuentes de su humor se encuentran en anécdotas leídas al vuelo en revistas del corazón o de sociedad, o en la literatura pulp; motivos que al escritor le servían como punto de partida de sus feroces sátiras de la sociedad norteamericana y de sus costumbres, que, bajo la luz de su humor, se revelaban absurdas y pueriles.
Perelman fue, además de un genuino neoyorquino de refinamiento dandi y algo esnob, un incansable viajero que dio la vuelta al mundo varias veces. Le debemos, también, parte del humor de los hermanos Marx, para quienes escribió dos de sus más celebradas películas: Pistoleros de agua dulce (1931) y Plumas de caballo (1932). En 1956, ganó un Oscar por el guion de La vuelta al mundo en ochenta días.

Esta antología quiere reivindicar una de las voces más originales de la narrativa breve en lengua inglesa que apenas había sido traducida a nuestro idioma.

No es un libro fácil de leer, y mucho menos de traducir, pues no se puede decir que el aterrizaje en ese universo desprovisto de sentido común, hiperbólico, sea plácido. Ni navegar por esa prosa tan barroca, tan forzada, a veces tan elitista y otras tan informal. Para Perelman, «el principal mérito del humor es el uso de lo inesperado, las referencias indirectas, quitarle importancia a la grandilocuencia, esa asunción constante de lo impotente que es uno en la mayoría de las situaciones». Los títulos de los relatos de Perelman dan una idea de su propuesta narrativa: «Para mí lo eres todo, más impuestos municipales» y «¡Habrase visto! ¿De dónde han salido ese par de zánganas con curvas de guitarra?» son dos buenos ejemplos. Menudos sudores debió pasar David Paradela para traducir esa batería de ocurrencias. Y, sin embargo, qué necesario era poder leer estas historias de judíos, hipocondriacos y urbanitas desorientados.

 

«S. J. Perelman es el ser humano más gracioso del mundo, en cualquier medio. Ningún escritor actual iguala a Perelman en talento cómico, delirante inventiva, erudita habilidad narrativa y deslumbrantes y originales diálogos.»

Woody Allen

«Desde el principio al final de su carrera, Perelman fue capaz de ser el escritor más gracioso de América.»

Tom Wolfe

«No se me ocurre ningún escritor de humor que tuviera un vocabulario más rico e ingenioso que S. J. Perelman; y muy pocos escritores serios.»

John Updike

«Fue un extraordinario maestro del lenguaje.»

Kurt Vonnegut

«S. J. Perelman debería ser declarado un tesoro nacional viviente.»

Eudora Welty

«S. J. Perelman fue el escritor cómico más brillante de su generación.»

Bill Bryson

«El escritor más gracioso desde… él mismo.»

Gore Vidal

«El más original y gracioso estilista de la prosa humorística del siglo XX.»

Frank Muir en The Oxford Book of Humorous Prose

«Sid es como un órgano Roxy con tres teclados, cincuenta registros y una miríada de pedales bajo la banqueta. Cuando quiere una palabra, ahí está.»

E. B. White

 

 

 

 

Compilación realizada por: Lorena Lacaille escritora, especialista en Feng Shui y terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional)