La escritora «cosmo»: Nadia Villafuerte

Nadia Villafuerte. Nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 18 de agosto de 1978. Narradora y articulista. Becaria del FONCA, en el programa Jóvenes Creadores 2003, y de la Fundación para las Letras Mexicanas 2006.

BILIOGRAFÍA
Preludio 2002
Barcos en Houston, 2005
¿Te gusta el látex, cielo, 2009
Presidente, por favor, 2005
Por el lado salvaje, 2011

Ficción:Chica Cosmo
 Sólo una idiota puede creer que siendo latinas se puede correr la suerte de algunas como Jennifer Lo. Por eso cierra la revista y alza la cara para ver la tele. La estación de autobuses es como cualquiera del mundo: locos, pordioseros, bandidos acechando cualquier momento para burlar al distraído, algún coyote que disimulado se sube con sus tres encargos, pasajeros urgidos que antes de subir empacan sandwiches y fritangas.

Elena por fin ha dejado el Eros, por fin, piensa, incrédula aún de que esté ahí, en la terminal, con un boleto marcándole la salida a la Tapo de México, veintiuna horas, asiento veintinueve. De una esquina donde se venden discos piratas, viene la Mariposa traicionera de Maná, la última vez la bailó con ganas porque sabía que estaba sólo a unos cuantos pasos de marcharse. Más de un año en el centro nocturno en una rutina agobiante de desvestirse, coger y emborracharse sin saber por qué. Más de un año apretándose los dientes para no deslumbrarse con créditos que la hicieran adquirir ropa o muebles, por una mensualidad chiquita cuyo precio era en realidad anclarse más a una ciudad en la que se quedó aun cuando Tapachula debía ser de paso.

Su destino era Juárez. Pero quedaba claro que bastante había sido acomodarse en Tapachula y no regresar a su pueblo donde por más turístico que pudiera ser, no acabaría siendo sino una putita más, sin aspiraciones ni glorias. Que la estancia en la frontera sirviera de algo, aunque en realidad no hubieran marcadas diferencias, salvo algunos modismos y formas de actuar. Aprendió, por ejemplo, a reconocer lo apocado de algunas mujeres, hablando quedito como si no les estuviera permitido expresarse, o usando ese ¿si me regala un cuartito de jamón? cuando lo compraban. También la altanería de otras, un poco por el temperamento costeño y su fama de cabronas. El trabajo en cualquier bar o burdel estaba garantizado. En ésta como en la otra frontera siempre las preferirían extranjeras. Mejor si pasaban de los veinte y si ante todo, más que pedir dinero o prenderse con amoríos tontos, no se andaban con rodeos y, con frialdad e indiferencia, se dedicaban a hacer su trabajo.

Elena se para a comprar una coca-cola de vainilla. Saca del monedero cambio pero también un dije de la buena suerte de Malú le regaló antes de despedirse. Mentira que la vaya a alcanzar. Ella no se atrevería. Ya la atrapó el jodido muro que impone la primera caseta migratoria mexicana con su ciudad pequeña que no tiene ni la mitad de lo que las otras ciudades fronterizas poseen.

Saca con su uña color rojo enfermizo, un trozo de chocolate atorado en la muela. Por algo es Leo. Según Cinthia, la bendita mujer con quien acudió desde hace un año para leerle las cartas, a las leonas les sobra obstinación. ¿Cómo es Juárez? Enorme. Como tus sueños, muñe, como tus esperanzas. De Juárez, tiene sólo una postal que Lina le envió, panorámica, ni grande ni pequeña, ¿cómo comparar si lo único que conoce es su pueblo y la ciudad de Tapachula?, y una frase de Lina diciéndole “es divertidísima”. Desde entonces es aficionada a Los Cadetes de Linares.

No más tragos en el Eros. Lleva casi una semana sin beber y hasta parece se está desintoxicando. Viajar a una vida nueva. Ríe. También esas son mentiras. Sabe que en cualquier lugar será como empezar de nuevo. Torcerse de nuevo. Ya qué. Ella no quiere cruzar al otro lado. Al menos no tan rápido. Tanto viaje para que en un ratito te deporten. Desea hacerlo a su modo, pian pianito, calculando aquí y allá para cuando llegue el momento.

Por todos los lados de la terminal escucha gritos y música proveniente de la calle. Es una desgraciada, sólo quiere su dinero, y el muy estúpido no se da cuenta. No sabe Elena si la señora de atrás habla del apuesto moreno con cara de imbécil de la televisión o si se trata de un caso real como para que le diga estúpido al hombre, con tanta cercanía y vehemencia. Escucha la voz nasal anunciar la próxima salida a la Ciudad de México.

Toma la maleta. Hace fila. Muestra su boleto sin que le tiemble el puño. Documenta el equipaje. No me van a bajar, se repite mentalmente hasta que por fin, se acomoda en el asiento veintinueve. Ventanilla. Enciende la luz. Saca su credencial de elector. Ésa sí la pagó al contado. Veintitrés años. De Tapachula. No necesita acordeones para repasar. Es como si haber vivido ahí le hubiera dado derechos, otro nombre. Es más, se lo merece. Ve pasar a dos hombres que por la traza pintan ser mojados. Por un segundo intercambian miradas. Sólo que ella no ve con miedo ni voltea hacia todos lados exhibiendo su torpeza. Se acomodan detrás de ella y eso la pone un poco nerviosa. Seguro vamos a parar en alguna caseta. Mierda. Por unos pagamos todos. Ni siquiera responde a la sonrisa que le lanzan, buscando tal vez su complicidad.

Hojea otra vez la revista. Nada le inspiran esas modelos insípidas y flacas. Prefiere a Salmita, la mexicana brillante que llegó. Por los muslos siente subir el temblor que despliega el motor del autobús en su arranque. No hay fanfarrias pero ella las oye. Alguien tiene que echarle porras, caray. Van dejando la ciudad o quizá la ciudad los deja a ellos, abandonados a la suerte de lo que diga la línea oscura de la carretera.

Ahora sí que va hacia el centro, luego al norte y de verdad, no lo cree. Han puesto una película gringa por la tv. En menos de la hora, el pasillo comienza a oler a tortas de huevo, zapatos, la humedad del aire acondicionado y esa mezcla rara de desinfectante y orines que se cuela por el retrete minúsculo al que se tiene que entrar cuando de plano no hay de otra. Así le pasó cuando viajaba de Santa Rita a Guatemala. Creyó que la vejiga iba a reventarse como los globos de agua que explotan a mitad de la calle en pleno carnaval. Se tomó una coca-cola de vainilla. Ojalá no le den ganas al rato.

Mira su reloj. Han pasado dos horas. Quién sabe dónde estarán ahora pero no debería preocuparse. Nada conoce de México salvo que se ensancha mientras más se sube. Y esta noche, la mitad del país apenas, es sólo una cortina negra que corre a su lado. Ni una gotita caliente sobre los ojos. A llorar al panteón.

Los  oye hablar. A los paisanitos de atrás, claro, sí que se les nota. Quisiera pararse y decirles que mejor cierren la jeta. Siempre es un inconveniente lo del acento. Porque por lo demás, el mismo color, la estatura, el rostro de jodidez inconfundible. Esa cantante negra de Cosmopolitan tiene el pelo rubio y no le queda mal. Elena podría hacerse un cambio de estilo, que es sinónimo de ir hacia adelante, de estar en el lugar indicado. Lo primero que le pedirá a Lina es que le ayude a buscar un color de tinte. Vuelve a observar las expresiones sensuales de la cantante, pasa sus dedos por las páginas nacaradas de la revista. Sí, en algo se parecen: ambas tienen ambiciones, distintas, obviamente, pero al fin, ambiciones. A la cantante también debió costarle llegar a donde está.

Cuatro horas, apenas cuatro. No hay prisa, hay un lugar a dónde llegar, así decía siempre la Charis. Dos horas borrando las noches en el Eros, las borracheras que se ponía cuando a veces la vencía la desesperación porque los billetes iban apareciendo de a poco y Juárez estaba lejos todavía, como una mancha, como una sombra. Hay que tener confianza, muñe. Mira la mesa, puros arcanos mayores. Un viaje. Ya casi tienes ese viaje, dictaban los labios arrugados de Cinthia, pero Elena sólo iba y venía del Eros al puesto de brujería para comprar lociones y luego rociarlas en la cartera. Cinthia de mi vida, qué hubiera hecho sin ti.

Le ha dicho Lina que en los últimos años Juárez se ha transformado y está de la chingada: muertas, polvo, cantinas, pero sigue siendo divertidísima. Credencial de elector. Nombre y casi vida nueva. Lugar donde llegar sin pasar penas o pagándole a un coyote que luego la deje tirada a mitad del camino. En cuanto llegue, también le pedirá a Lina la lleve a algún sitio donde vendan la maravillosa loción azul cuya fragancia la acercará sin duda, al éxito.

Todo en esta vida es cuestión de medir bien, hacer cálculos. Antes de cerrar la cortinilla, alza la vista y busca la luna. Recuerda los brazos calientes de Tomás cercar su cuerpo mientras beben en la azotea. Su rostro común y corriente iluminarse por la amarillenta luz. Aquella noche y sus labios repitiendo maldita puta infeliz, cómo me gustas. La luna. Más vale sola que mal acompañada. Ser mexicana ya es un rango mejor al de ser salvadoreña. Duda que un día pueda vivir en alguna ciudad gabacha, prefiere ser realista, es ambiciosa, sí, pero también los sueños tienen sus retenes. Además, ni que vivir en una ciudad gringa hiciera la diferencia. Probablemente sí. Prefiere pensar en Juárez. Lo primero, quizá otra vez el teibol, pero por la mañana puede ser una fábrica, un restaurant, recamarera de un hotel.

La actriz de la tv toma sus maletas y sale de su casa. Es evidente que odia a su madre. La de la película. Ella, por cierto, nunca quiso con fervor a la suya. Siempre fue chantajista. Piensa en su madre, en sus hermanos vagotes y marihuanos, en el barrio. La noche es sólo una línea recta indescifrable hasta que el autobús baja la velocidad y se detiene. No es que no quiera a su madre, es simplemente que no siente esa afección hipócrita de las demás. Siente frío. Apenas comenzaba a dormirse cuando se da cuenta. El afocador corta la oscuridad del pasillo. Veintitrés años. De Tapachula. ¿Quiere saber cómo se llama el presidente municipal? ¿Cómo nos dicen a los tapachultecos? ¿La letra del himno nacional? Me ofende, de veras me ofendería oficial si se acerca y me pide una identificación.

El hombre se dirige hacia los de atrás. Tú, tú, tú también. Elena siente que el aire acondicionado del autobús empieza a ponerla nerviosa. Siempre le da nervios sentir frío de más. Tose con indiferencia. Los ve pasar. Uno de ellos le lanza una mirada suplicante, ella prefiere voltear hacia la ventana. ¿Por qué la miran? Con prisas no se llega a ningún lado, papitos. Hay que planear las cosas. ¿A poco creen que a los mexicanos les vamos a ver la cara de pendejos? Ella no tiene por qué sentir miedo. Para eso trabajó. Qué incómodo. Detenerse por las revisiones.

Elena bosteza. Por la ranura de la cortinilla observa a los cuatro hombres alineados y al oficial haciendo el interrogatorio de rutina.

Ve al oficial subir de nuevo, dirigirse a otro asiento.

No me pueden bajar. Casi soy mexicana.

El hombre señala a dos mujeres más y bajan. El sonsonete grave del motor le pone los nervios de punta. Parece que cada minuto aumenta el olor a sudores agrios. Ahora es a ella a quien le sudan los pies, siente mojadas las calcetas. Pasa las hojas nacaradas de la Cosmopolitan. Putas gringas.

Una voz chillona grita ¡a mí no me va a detener, oficial! ¡Pero qué se está creyendo! ¡No soy extranjera!, dice la mujer y se sienta otra vez, está enfurecida, ridículamente enfurecida: su acento la delata. Se hace un silencio dentro del autobús. El numerito no estaba en la escena. Señores, la noche está fresca, falta un buen tramo y todos queremos irnos, ¿verdad? Mire, no me esté presionando que no voy a bajar. Usted no sabe quién soy yo, señor, no sabe. De nuevo, señores pasajeros, disculpen las molestias ocasionadas pero esta señorita es extranjera, no trae papeles y no nos vamos a mover si no se baja.

Los murmullos crecen. El chofer apaga el motor. Sin aire acondicionado entra un ligero viento caliente. La del asiento doce se acerca, la mujer nerviosa e histérica insiste con la ese arrastrada en no ser extranjera. Oiga, no nos meta en problemas. Nos faltan diez horas de camino. Nosotros también queremos llegar. Pero ella sigue gritando que no va a bajarse y entonces Elena se levanta, se acerca también y pide le enseñe la credencial que trae. El oficial va hasta ellas. Demasiado tarde. Debería sentarse antes de que el hombre llegue. Tarde. El enorme reloj dorado del tipo brilla cuando pasa por sus ojos para alcanzar la credencial de la extranjera. Estúpida. Infeliz estúpida. Mujer que no es precavida es sólo remedo de hembra. La odia. Odia a todas las perras que dan su dinero comprando malas réplicas de credenciales de elector o actas de nacimiento. Se da cuenta de que ahí la estúpida es ella. Debería sentarse y no hablar. Cerrar los ojos y dejar que la mula esa se las arregle con el hombre. Darles la espalda y dirigirse a su asiento. Sólo a ella puede ocurrírsele semejante atrevimiento. Un segundo de imprudencia podría derrumbarlo todo. La voz del oficial es tensa. Algunos balbuceos aislados exigen a la mujer que se baje ya y no se resista.

Es falsa, oficial, la credencial es falsa, suelta por fin Elena, primero con miedo, después con la seguridad de que no ha hecho otra cosa mejor pues nadie podría dudar de ella. Ha dejado salir su voz con furia y agobio. Les da la espalda. El oficial jalonea a la mujer y entre forcejeos ambos descienden de la oscuridad del pasillo a la asfixiante noche. Ha quedado un lugar vacío. Elena podrá cambiarse de asiento. Estirar las piernas y dormirse con esa debilidad que trae en la piel. Se acomoda. Por la ventana observa a los tres hombres y dos mujeres, en fila, aguardan el interrogatorio. Le gustaría liarse a un oficial. Le atrae de ellos su altura. Ya no digamos su placa.

Trae mal cortado el pelo y está un poco pasada de peso pero eso ha sido también pura estrategia. Pero qué guatos, güevones, borregos tan pendejos, dice para sí, dejando escapar su palabrerío de barrio.

Siente paz. Unos se quedan, otros simplemente continúan. Este mundo es de los listos. Y también de los que traen buena estrella. Seguro ha pasado lo más difícil de la noche. Mueve la cabeza. No tendría por qué estar nerviosa. Ya casi es mexicana. Cuatro años más en México y no tendrá que moverse. Ella quiere ir a Juárez, nada más. Otra vez el traqueteo del motor subir, casi lamer sus piernas. El autobús coloca sus luces hacia delante cortando de tajo la noche, rajándola para que aparezca con el sol la vulgaridad de las cosas. A ver qué pasa mañana, piensa, mientras bosteza.

 

 

 

Compilación realizada por: Lorena Lacaille escritora, especialista en Feng Shui y terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional)

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El mejor escritor cómico del mundo: S.J.Perelman

Decía que, de joven, se quedó casi ciego por toda la porquería que leyó. «Lo peor jamás pensado y dicho por el hombre –explicaba–. Combinado con mis estudios de latín y griego, produjo unos resultados más que dudosos». Con esas credenciales se estrenó en esto de la escritura en su revista universitaria, componiendo viñetas cómicas. Pero pronto se le quedaron cortas, o más bien las leyendas de los dibujos se hacían cada vez más largas, y se pasó a los cuentos. Escribiría hasta 560 relatos recogidos en 23 colecciones, once guiones de cine –ganó un Oscar– y cuatro de televisión.

S. J. Perelman (Nueva York, 1904-1979) fue «el escritor más gracioso de América», según Tom Wolfe; incluso el «ser humano más gracioso del mundo», a juicio de Woody Allen. El eslabón necesario entre el cineasta, que tiene a Perelman como su gran referente, y Groucho Marx, con quien trabajó en dos películas y que en la cita promocional de una de sus antologías escribió: «Desde el momento en que cogí el libro hasta que lo dejé, me invadió una risa incontenible. Algún día tengo intención de leerlo».

El autor humorístico más célebre de la edad de oro de las letras estadounidenses se tomaba muy en serio su trabajo. Se consideraba un escritor, en todo caso un escritor cómico, pero nunca un humorista. En el trato personal no era especialmente divertido: se mostraba reservado, rehuía la risa fácil y, ya fuera por timidez o por los episodios de depresión que atravesaba de tanto en tanto, rara vez se lanzaba a contar chistes en presencia de extraños. Las críticas le afectaban más de la cuenta, y durante la primera mitad de su vida arrastró cierto sentimiento de fracaso por tardar tanto en conocer el éxito.

Pese a su enorme producción artística, Perelman escribía despacio, muy despacio. Seis días a la semana, de diez de la mañana a seis de la tarde, se sentaba a pelearse con la precisión de las palabras. Quedaba tan lleno de barro cuando escribía, dijo en una entrevista, que releerse le parecía algo repugnante. Al parecer, una vez le llamaron al teléfono mientras pulía una frase, y Perelman prometió devolver la llamada cuando acabara. Tardó un día en hacerlo.

Esta anécdota la cuenta Didac Aparicio en el excelente prólogo de «Perelmanía». La calidad de los textos introductorios del editor de Contra ya son marca de la casa, y con este libro sigue adelante en su empeño de publicar la obra de autores yanquis que por alguna extraña razón no habían llegado a España. Perelmanía es una divertida antología de los mejores relatos del autor neoyorquino, disponibles por primera vez en castellano. Cuarenta y dos textos escritos a lo largo de cinco décadas, la mayoría de ellos rescatados del inagotable archivo de The «New Yorker», la revista de cabecera de Perelman. En ella firmó 278 piezas cómicas.

Las fuentes de su humor se encuentran en anécdotas leídas al vuelo en revistas del corazón o de sociedad, o en la literatura pulp; motivos que al escritor le servían como punto de partida de sus feroces sátiras de la sociedad norteamericana y de sus costumbres, que, bajo la luz de su humor, se revelaban absurdas y pueriles.
Perelman fue, además de un genuino neoyorquino de refinamiento dandi y algo esnob, un incansable viajero que dio la vuelta al mundo varias veces. Le debemos, también, parte del humor de los hermanos Marx, para quienes escribió dos de sus más celebradas películas: Pistoleros de agua dulce (1931) y Plumas de caballo (1932). En 1956, ganó un Oscar por el guion de La vuelta al mundo en ochenta días.

Esta antología quiere reivindicar una de las voces más originales de la narrativa breve en lengua inglesa que apenas había sido traducida a nuestro idioma.

No es un libro fácil de leer, y mucho menos de traducir, pues no se puede decir que el aterrizaje en ese universo desprovisto de sentido común, hiperbólico, sea plácido. Ni navegar por esa prosa tan barroca, tan forzada, a veces tan elitista y otras tan informal. Para Perelman, «el principal mérito del humor es el uso de lo inesperado, las referencias indirectas, quitarle importancia a la grandilocuencia, esa asunción constante de lo impotente que es uno en la mayoría de las situaciones». Los títulos de los relatos de Perelman dan una idea de su propuesta narrativa: «Para mí lo eres todo, más impuestos municipales» y «¡Habrase visto! ¿De dónde han salido ese par de zánganas con curvas de guitarra?» son dos buenos ejemplos. Menudos sudores debió pasar David Paradela para traducir esa batería de ocurrencias. Y, sin embargo, qué necesario era poder leer estas historias de judíos, hipocondriacos y urbanitas desorientados.

 

«S. J. Perelman es el ser humano más gracioso del mundo, en cualquier medio. Ningún escritor actual iguala a Perelman en talento cómico, delirante inventiva, erudita habilidad narrativa y deslumbrantes y originales diálogos.»

Woody Allen

«Desde el principio al final de su carrera, Perelman fue capaz de ser el escritor más gracioso de América.»

Tom Wolfe

«No se me ocurre ningún escritor de humor que tuviera un vocabulario más rico e ingenioso que S. J. Perelman; y muy pocos escritores serios.»

John Updike

«Fue un extraordinario maestro del lenguaje.»

Kurt Vonnegut

«S. J. Perelman debería ser declarado un tesoro nacional viviente.»

Eudora Welty

«S. J. Perelman fue el escritor cómico más brillante de su generación.»

Bill Bryson

«El escritor más gracioso desde… él mismo.»

Gore Vidal

«El más original y gracioso estilista de la prosa humorística del siglo XX.»

Frank Muir en The Oxford Book of Humorous Prose

«Sid es como un órgano Roxy con tres teclados, cincuenta registros y una miríada de pedales bajo la banqueta. Cuando quiere una palabra, ahí está.»

E. B. White

 

 

 

 

Compilación realizada por: Lorena Lacaille escritora, especialista en Feng Shui y terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional)

‘La ciudad invencible’ de Fernanda Trías.

Para quienes escriben o quieren hacerlo… No doy consejos para escribir. Tal vez lo único que podría decir es que hay que saber manejar nuestras herramientas, las herramientas del escritor, con soltura para poder olvidarnos de ellas y concentrarnos en lo que es verdaderamente importante: lo que se quiere decir más allá de las palabras. Es como ser un dibujante y no manejar la técnica o no saber agarrar un lápiz. Alguien que está todo el tiempo pensando en cómo mover la mano, no puede concentrarse por completo en el dibujo en sí. Pero la verdad es que no doy consejos, porque trabajamos sobre los textos mismos, y los textos son todos diferentes, cada uno de ellos necesita algo que no se puede englobar en un consejo general.

En cuanto a la segunda pregunta: no creo en que se necesite ningún ingrediente básico más que la honestidad (al momento de escribir) y las ganas de dedicar la vida entera a una disciplina, un oficio, una artesanía en la que casi seguramente nunca te sentirás satisfecho y que puede ser muy mezquina a nivel de reconocimiento. Quien esté dispuesto, adelante.

 

Fernanda Trías es escritora uruguaya. Nació en Montevideo en 1976. Es autora de las novelas La azotea (2001), Cuaderno para un solo ojo (2002), Bienes muebles (2013), La ciudad invencible (2014), la plaquette de relatos El regreso (2012) y el libro de cuentos No soñarás flores (2016). En 2004 ganó una beca de la Unesco para ir a escribir en Camac, una residencia de artistas en Marnay-sur-Seine. Vivió cinco años en el pueblo medieval de Provins y algunos meses en Londres. Residió un año en Berlín y dos años en Buenos Aires. Realizó una maestría en escritura creativa de la Universidad de Nueva York y fue discípula del escritor uruguayo Mario Levrero. Integró antologías de nueva narrativa en Colombia, Estados Unidos, Uruguay, Alemania (Neues vom Fluss: Junge Literatur aus Argentinien, Uruguay und Paraguay, 2010), Inglaterra (Uruguayan Women Writers, 2012) y Perú (Asamblea portátil, 2009). Su novela La azoteafue seleccionada entre los mejores libros del año 2001 por el suplemento El País Cultural, y obtuvo el tercer premio de narrativa édita en el Premio Nacional de Literatura de Uruguay (2002). En 2006 recibió el Premio de la Fundación BankBoston a la Cultura Nacional.

14 años después de haberse consagrado con “La azotea”, Fernanda Trías volvió a Montevideo para presentar “La ciudad invencible”, novela ya editada en varios países -entre ellos España, Chile y Estados Unidos-. Este nuevo trabajo recurre a la autobiografía y la ficción para explorar el vértigo de los recién llegados, el miedo y la angustia de conquistar un espacio, un círculo de amigos, un lugar en el que poder sobrevivir con miseria o encanto. Así, la narración se convierte en un vaivén fragmentario sobre una Buenos Aires marginal y periférica, una crónica personal que descubre una ciudad claustrofóbica en medio del caos. A esto se suma el acecho violento de una ex pareja y una tradición literaria que amenaza, aunque sea con despojos y nombres lejanos. Un día, su maestro Mario Levrero le dijo “sos una vagabunda”, y esa sentencia parece haber signado sus proyectos literarios, por los que ha recorrido el mundo.

Presentación del libro “La ciudad invencible” – Fernanda Trías

 

 

 

FERNANDA TRÍAS | DEL:ESPAÑOL

LA MEDIDA DE MI AMOR

Se acordó de aquella noche por el asunto de los regalos. Cuando se peleaban y él la echaba de la casa, siempre la obligaba a devolver lo que le había regalado. Las botas, sobre todo, que fueron su primer regalo de cumpleaños. Y se acordó también porque aquella noche, antes de encerrarse en el balcón, Iván había tirado una de las botas por la ventana, y porque a la mañana siguiente cuando sonó el timbre y él pensó que eran los de inmigración que venían a buscarlo, ella recibió de manos de un vecino una bota roja, larga, que parecía una de esas medias de Navidad que se cuelgan de la chimenea y se llenan de caramelos. “¿Esto es suyo?”, dijo el hombre, y levantó la bota, sosteniéndola apenas con dos dedos, como si la locura pudiera contagiarse en ese mínimo contacto. Ella agradeció. Ni siquiera recordaba el momento en que él había abierto la ventana del living. Después, cuando fue al supermercado, encontró un corpiño discretamente colgado de la verja del edificio. Un corpiño blanco, empapado por la última nevada.

No es que la manta que ahora tenía sobre la mesa fuese estrictamente un regalo, pero igual se acordó de aquella noche e intentó reconstruir la pelea. Todas empezaban más o menos igual, aunque no terminaban del mismo modo. Se vio a sí misma, más bien se oyó, gritando a través de la puerta de vidrio que daba al balcón:

—La última vez que lo vieron estaba corriendo desnudo por la calle y tirándose sobre los autos. No quiso matarse, pero terminó muerto. Neumonía y paro cardíaco. Dale, Iván, entrá. ¡La neumonía no es pavada!

Él se lleva el dedo a la sien y le hace señas de que está loca. Por un momento ella piensa que es cierto, que no puede estar cuerda si hace meses que vive con una valija armada junto a la puerta, si ya ha subido y bajado incontables veces los tres pisos por escalera con esa misma valija donde caben todas sus pertenencias (mentira: sus pertenencias caben en dos valijas; en la segunda tiene lo menos importante, lo que no le molestaría abandonar si él volviera a echarla, o si volviera a romper, a arrasar y a pisotear todo lo que encuentra a su paso mientras grita que cada tornillo de esa casa le pertenece porque lo ganó con su talento. “Talento” es su palabra favorita. Talento y “mediocre”. Él tiene talento, ella es una mediocre), no puede estar cuerda, no, si ya arrastró esa valija incontables veces por la vereda tupida de nieve, entre los charcos negros de barro y de mugre líquida que salpican los autos. La nieve después de la nieve; lo que pasa cuando lo inmaculado se mancha, se gasta. ¿Y será que todo termina así, escupido, pisoteado? Hace una semana nomás bajó los tres pisos con la valija, tiró de ella hasta el subte —donde también hay escaleras—, se sentó en el banco de metal y dejó pasar tres o cuatro trenes mientras el frío del banco empezaba a traspasarle el saco de piel y ella seguía llorando, no por tristeza, sino por la rabia de que sus ojos se obstinaran en mirar hacia el puente, esperando que él viniera a buscarla. Cuento hasta diez y me voy. Pero después contó hasta veinte, volvió a mirar el reloj de agujas fluorescentes y dejó pasar un tren más, el último, porque ya estaba oscureciendo y el viento helado le había dormido las mejillas.

Al final siempre subía a algún tren. Pasaba la noche en un hotel o daba una vuelta en redondo en el subte —la vuelta completa tardaba una hora y quince— y volvía a la casa. Él demoraba en abrirle, le decía “andate” hasta que ella se cansaba de repetir que no tenía adonde ir y le pedía por favor. Otras veces, cuando le abría, estaba borracho y desnudo, picando chiles rojos, de los que anestesian la boca. Si ella trataba de sacarle la botella, él le apuntaba con el cuchillo, pero no como apuntaría un delincuente, no, sólo sin querer, moviéndolo distraídamente en su dirección, mientras decía que ésa era su casa y que en su casa tenía derecho a tomar todo el whisky que se le antojara.

Tiene razón, estoy loca. Entonces recuerda que es él el que está desnudo en el balcón y que afuera hace cinco grados bajo cero. Ella está del otro lado de la puerta ventana, con un edredón de plumas en la mano, mostrándoselo como si fueran las alas esponjosas de un ángel. Él hace que no con la cabeza, tironea del picaporte, grita:

—¡Quiero agarrarme una neumonía!

Ella amenaza con irse. Sabe que él está descalzo sobre una fina capa de hielo, la nieve endurecida y resbalosa que no llegará a derretirse hasta la primavera. Cuando por fin abre la puerta, ella aprovecha para tirarle el edredón encima como a un hombre en llamas. Lo envuelve y él se deja guiar hasta la cama. Tirita. Tiene la piel roja, no blanca como uno pensaría, sino roja y seca. Sos loco, Iván, repite ella, mientras traba la ventana e intenta recordar cómo fue que terminaron con él desnudo en el balcón y ella sintiendo, otra vez, que debía protegerlo. La escritora francesa. ¿No fue eso? Él dijo que ser bisexual era una imbecilidad a la moda. Que ahora todas las minitas eran tortilleras. A ella le irritaba su forma de hablar y él sabía usar las palabras exactas que servirían de disparador para una nueva pelea. A menudo sus discusiones empezaban por matices del lenguaje. Todas las feministas son unas amargadas. Aunque al rato ese ataque se volvía contra ella: “Vos te hacés la moderna, pero el hombre y la mujer no son lo mismo”.

Y sin embargo el día había empezado bien. Ella llegó contenta de la caminata en el parque; él la estaba esperando con el almuerzo; se emocionaron juntos mirando el documental de Pulqui; le sacaron punta a los lápices y los ordenaron sobre el escritorio. A fin de cuentas qué importaba si ella tenía razón, por qué se encarnizaba tanto en cambiarlo si podían ser felices así, comiendo mango y chocolate belga en un sillón, él sin camisa, ella recostada en su pecho, aspirando ese olor ácido, de cierto modo desagradable, pero tan concreto que hasta podía existir por fuera de él, como sus zapatos o su ropa. Así y todo, no pudo contenerse: citó a esa escritora francesa, bisexual en el mil novecientos. Él dijo que ésa era otra imbécil. ¿Pero vos la leíste? No, él no necesitaba leerla para saber que era una imbécil. Imbécil y mediocre como tu ex, y como ese amigo tuyo, el muerto. De ahí a lo otro —cosas rotas, insultos, valija por la escalera—, había solo un paso.

¿Quién se acuerda del polvo de la casa de Hemingway?

Desde abajo del edredón, Iván le pide que cierre la cortina. Ya no tirita, pero su voz se hunde en las almohadas.

—Male, vos sos mía, ¿no?

Ella le dice que sí y camina hacia la ventana.

—Nunca nos vamos a separar porque sos mía, ¿no?

Ella se detiene un momento antes de cerrar la cortina y mira hacia afuera. Otra vez el cielo tiene ese resplandor sucio de los inviernos del norte.

—Nieva —dice, y se queda ahí, de espaldas a él, buscando con la mirada los copos débiles que sólo se ven a contraluz, bajo los focos de la calle.

Una iglesia barroca en una plaza principal de una ciudad de provincia. Una plaza como tantas en el sur. En el norte del sur, debería decir. Es que ahora ya no viven en otro continente, ni siquiera viven juntos. Ahora ella está en la terraza de un bar, la noche instalada ya, las estrellas arremolinadas tras la torre de la iglesia, y tal vez por eso piense en la nieve. Porque la nieve mansa de las noches sin viento no cae, sino que parece surgir del aire y quedar suspendida igual que esas estrellas de verano.

¿La había mirado raro el mozo cuando le tomó el pedido? Raro, ¿con pena? Una mujer con la muñeca vendada, la cara seca pero tirante de llanto viejo, el brazo amoratado. ¿La había mirado por eso o simplemente porque era una mujer que tomaba cerveza sola? De las mesas vecinas se escapaban risas, alguien hablaba sobre un partido de fútbol; de vez en cuando pasaba un grupo apurado con vinchas de plumas y tambores. Un auto negro, casi funerario, paró al frente y de él bajaron tres novias. Dos con un vestido blanco tan inflado y barroco como las molduras de la iglesia; la tercera con un vestido lila. Lila el vestido, lila la tiara, lila los zapatos forrados de raso. Un charter de novias, pensó. No le daban envidia, tampoco le daban pena. Sí se dio cuenta de que estaba pensando para qué. ¿Para qué todo? Pero tal vez sólo fuera un pensamiento dirigido a los zapatos de taco y a esos vestidos feos, probablemente alquilados, a ese despilfarro en fotógrafos y sueños. Miró su plato manchado de salsa blanca. La etiqueta de la botella se había humedecido y casi pudo arrancarla entera. Quería pedir otra cerveza pero le daba miedo la mirada del mozo. También le dolía el brazo, ahí donde Iván la había agarrado para arrastrarla fuera de la casa. Siempre le sorprendían los moretones; casi podía decir que le fascinaban. En el momento no sentía dolor. Humillación, sí, impotencia, también, pero no dolor. Después se sorprendía al verlos tan grandes: la sangre acumulada debajo de la piel como los paisajes de la luna.

Otra vez se estaba mirando de afuera. En los peores momentos, tenía la sensación de que la vida era una especie de videojuego. No una película con un guión demasiado elaborado, sino un Pacman, algo absurdo que se manejaba con una palanquita y cuatro botones. La novia de lila estaba recostada contra un farol. El fotógrafo le decía: “¡Más sonrisa, más sonrisa!”. ¿Cuántas cerecitas habría comido ya? ¿Cuántas vidas le quedaban?

Un chico se acercó a su mesa y le mostró algo, una tela. Ella se sobresaltó, se había quedado absorta mirando las latas atadas al guardabarros de la limusina, latas de arvejas sin etiqueta, comunes y corrientes, ahora mudas sobre la calle de adoquines. No oyó lo que el chico dijo, pero hizo un gesto automático de rechazo, no al chico flaquito de cara indígena o a lo que él tuviera para vender, sino a una imagen de sí misma. A mil kilómetros de su casa, mirando novias frente a una iglesia, machucada, imbécil, y hasta con vergüenza de llamar al mozo; los últimos ahorros gastados en un coche cama, un hostal sucio y las empanadas más caras de la ciudad. Así era: un impulso, un solo momento de estupidez, y game over.

¿Qué le había dicho el chico? “Andá a cantarle a tu abuela”, eso es lo primero que entendió. Él se había alejado un poco y la miraba, medio inclinado sobre una mesa vacía, con una expresión que ella interpretó de desprecio. ¿O le había dicho “la concha de tu abuela”?

—¿Cómo? —preguntó.

—Que las hace mi abuela.

Hacía apenas tres horas había arriesgado la vida en una moto manejada por un loco sin casco que gritaba contra el viento: “Hija de puta, te odio, nos vamos a matar. Nos vamos a matar, hija de puta”. A ese loco, una vez, ella lo había querido, y una vez hasta casi lo salva de la neumonía; le calentó la espalda con un secador para aliviarle las contracturas, le calculó la hora de los remedios. En la moto, el viento caliente arrastra las palabras y a ella le pegan en la cara como granizo, reza el Ave María, los guiones de la ruta se disparan junto a las ruedas casi en una línea continua, un camión con zorra toca bocina. Más despacio, dice ella, y se agarra con fuerza a su cintura. Le da asco tocarlo, no lo conoce, no lo recuerda. Y él: “Callate, hija de puta, callate. ¿A qué viniste? ¿A cagarme la vida?”. Él fue caballero; le dio el casco a ella, casi la obligó a subirse a la moto con la mochila en la espalda y el bolso entre las piernas, antes de dejarla en una parada de micros sobre la ruta. ¿Y todo para qué? ¿Para temerle a un chico de siete años con una colcha de hilo en la mano?

Una casa en las afueras

—A ver, vení —le dice—, mostrame.

El chico se acerca; dice que hay de otros colores.

—Es muy linda. Mostrame las otras.

Él las va desplegando una a una. Lo hace con ilusión, como si no supiera lo que va a encontrar adentro, como si cada manta fuera una galera de la que va a salir algo mágico. “Mariposa, flores”, dice él bajito.

—También hay una de panda.

Tiene la sonrisa más linda que ha visto, los ojos bien negros. Ella le pregunta si no va esa noche al carnaval. Él dice que no, que nunca fue a un corso. Le habla de sus hermanos que esperan en la plaza; quiere saber cuándo vuelve a Buenos Aires y cuántas horas tarda el viaje. A lo lejos suenan los tambores de otra tierra. Al final ella dice: “Me llevo la de flores”.

—Es para el viaje, ¿sabés?

Él asiente:

—Así viaja calentita.

Ella le paga y por nada del mundo se le habría ocurrido regatearle el precio. Acaba de decidir que comprará todo lo que le ofrezcan de ahí hasta que se tome el ómnibus de regreso la tarde siguiente. De todos modos ya no tiene nada: ni computadora ni ahorros ni muchas otras cosas que se fueron quebrando en los últimos años. Y quiere tener menos. Quiere llegar al fondo de este asunto. Va a gastarse todo lo que le queda —incluso el almuerzo y el alquiler de la toalla— en regalos. Regalos, piensa, y ahí recuerda las botas. La colcha de flores no es lo que le interesa, sino la sonrisa del chico, la forma amable en que sus ojos la tocaron. “Gracias”, dice ella, y él parece entender algo, porque todavía le ofrece un momento más y la deja que lo ayude a doblar las mantas, cada uno agarrando dos puntas y juntándose en el medio como en la danza de los pañuelos.

Las novias ya se fueron, no las vio entrar al coche ni oyó las latas en los adoquines. La luna subió y el resplandor no deja ver las estrellas. Sobre la mesa se fueron acumulando algunas cosas más: una estampita de la Virgen de los Milagros, una cuchara de algarrobo, una bolsa de caramelos, un cactus hecho de fósforos, una bombilla de alpaca. El bar está cerrando; las sillas dadas vuelta sobre las mesas vacías parecen flores del desierto. Llama al mozo y pide la cuenta. Mientras le cobra, el mozo le dice que es una linda noche.

—Linda noche, ¿no?

—Sí, preciosa.

Antes de volver al hostal se sienta en un banco de la plaza. En el mismo banco, dos amigas hablan sobre una tercera que acaba de mandarles un mensaje de texto. No quiere mirarlas abiertamente pero ve que son muy jóvenes. Les falta poco para ser una de esas novias de lila, y tal vez hasta alquilen juntas el charter del fotógrafo.

—La culpa es de ella —dice una—. Se la chuponeó toda y ella lo dejó. Ahora que no llore.

—Igual, ¿qué le importa? —responde la otra—. Si al tipo no lo va a ver más.

Por un momento delirante, un momento de videojuego, Malena consideró la posibilidad de que ese tipo fuera Iván. Miró las piernas bronceadas de una de las muchachas, la más joven, la que tenía la minifalda, y se preguntó si Iván podría acostarse con ella. Enseguida se preguntó si acaso ella podría hacerlo. La interrumpió una mujer que vendía medias artesanales. Casi no intercambiaron palabra, pero le compró un par de medias gruesas, hechas con lana de llama.

Volvió caminando al hostal. Era sábado y ya no quedaba nadie excepto dos chicas que se estaban maquillando frente a un espejo con luz a pila apoyado sobre una de las cuchetas. Las dos revolvían dentro del mismo neceser lleno de pinturas rotas. Que estaban rotas ella lo sabía sin necesidad de mirar adentro, sólo porque veía el plástico sucio de sombra gris y brillantina. Desde su cama podía oler la sombra hecha picadillo, el labial de Maybelline y el agua de colonia. Era el mismo olor que tenía el neceser de su madre.

No se preocupó por guardar la computadora bajo llave, igual estaba rota; en la mochila se veía la huella del zapato de Iván y unas manchas de pasto. Ella estaba sucia, y se sentía sucia, pero le faltaban los dos pesos para la toalla y de todos modos no quería mojar la venda. Después de comprar las medias, el último cambio se lo dio a un cuidacoches que también se llevó la bolsa de caramelos. Sólo le quedaba un peso veinte para el colectivo desde Retiro hasta su casa, pero tenía la extraña sensación de que, recién ahora, podría empezar a tener algo.

La recepcionista golpeó la puerta y la invitó a mirar una película de terror en la sala. Ella se excusó. La caída (eso fue lo que dijo cuando le preguntaron) y la espera en el hospital la dejaron cansada. Antes de acostarse, sin embargo, miró el correo en la computadora del hall. Cinco mensajes nuevos. Todos de Iván. El último recibido a las 00:37.

Pasó una noche mala, sin poder dormir sobre el lado derecho, su lado. Cada vez que giraba en el sueño, pegaba un salto de dolor. Había pensado dormir hasta tarde pero a las siete ya empezaron a levantarse los demás: puertas que se golpeaban, conversaciones, armado de bolsos. A las nueve se levantó a desayunar. Lo último que quería era verle la cara a un grupo de adolescentes mochileros trasnochados, con sus ojeras de fiesta y alcohol y ese cansancio blancuzco que es el resultado de la alegría. Se sentía cien años más vieja que ellos, y se habría ido a desayunar a otra parte si no fuera porque sólo le quedaba un peso veinte.

Domingo

Café con leche y dos medialunas con manteca y mermelada. Come con la vista perdida en el patio donde hay un futbolito y unas cuerdas de colgar ropa. No se puso los lentes de contacto sino sus lentes viejos, torcidos de tanto habérseles sentado encima. Tiene el pelo recogido de cualquier manera, un torniquete que se hizo al despertar, sin siquiera mirarse al espejo; tampoco se lavó la cara y se siente transpirada. No debe ser un gran espectáculo, pero igual nota que alguien la mira. En la mesa de enfrente, en diagonal, un morocho de bermudas verdes y pinta de G.I. Joe, la observa. La observa, sí, porque “mirar” no sería la palabra.

—¿Qué te pasó en la muñeca? —le pregunta, serio, la cara totalmente limpia, el pelo perfecto con gel, los ojos penetrantes. Si bailó hasta las seis de la mañana, nadie podría notarlo. Se lo ve fresco como una lechuga, totalmente despabilado. ¿No puede dejarla en paz? Le da fastidio hablar en el desayuno.

—Estupidez —dice ella.

Espera un poco, toma otro sorbo de café, lo mira.

—Atravesé un vidrio con la mano. Fue sin querer.

Lo que de verdad quiso fue empujar la ventana del living, la que daba justo sobre el escritorio de Iván, y arrasar con todo, lápices, computadora, vasos. Lo que de verdad quería era convertirse en Iván, romper por fin, romperse: abandonar todo intento de cordura. Sólo que calculó mal y su mano atravesó el vidrio sin esfuerzo, como si se hundiera en el agua.

—Ni siquiera lo sentí —le dice al extraño.

Él no duda; hay algo tan incisivo y terrenal en su aplomo, en su forma de pronunciar las palabras, que parece dar órdenes en lugar de hacer preguntas.

—¿Tan enojada estabas?

Ella sonríe, también sin querer, y esa risa improbable, malhumorada, es como un hilito que le tira de la lengua y que le hace decir, por primera vez, la verdad. Las palabras exactas no las recuerda. Sólo la expresión de ese desconocido con brazos fuertes, anguloso, más joven que ella, y la manera en que enarca las cejas. Tamaña confesión para escuchar a las nueve de la mañana en un hostal de mochileros. Y ella cree, cree, que incluso llegó a contarle lo que Iván le dijo una vez: “Yo nunca te pegué con el puño cerrado. Es que vos te marcás de nada”.

Se quedan un rato conversando. Él tiene que dejar el hostal; sale en dos horas para Humahuaca, pero ella le pide que la espere, quiere mostrarle los regalos que compró la noche anterior. Vuelve a su habitación y aprovecha para ponerse los lentes de contacto y soltarse el pelo. De pronto tiene una imagen: ve al desconocido entrar a la habitación y arrinconarla contra la pared. La agarra de la muñeca sana pero no apoya el cuerpo contra el de ella. Va a lamerle la mano, el pliegue flexible entre los dedos; la lengua ancha como un molusco o una cuchara tibia. El pensamiento la asusta. Saca rápido la bolsa de la mochila, vuelve a la sala y desparrama los regalos sobre la mesa. “¿Todo esto compraste?”, dice él. Se ríen. Ella le mira las manos mientras él inspecciona las medias de llama. ¿Soy yo, entonces? ¿Está bien desear este dolor?

—Te regalo las medias —dice de golpe—. Para que te acuerdes de mí en la montaña. Él vuelve a su habitación y regresa cargando una mochila gigante, casi de su misma altura. Ella no siente nada cuando por fin lo abraza, torpemente, por encima de las correas y las cantimploras colgantes. Le hace adiós con la mano hasta que el último trozo de mochila desaparece por la puerta. La sala va quedando vacía, pero ella espera a estar sola antes de sentarse frente a la computadora y mirar el correo. Un nuevo mensaje. De Iván. ¿No ves que este odio es la medida de mi amor? Recibido a las 4:23 a.m.

Cierra el correo enseguida pero no se levanta de la silla. La bolsa con los regalos, menos las medias, quedó sobre la mesa donde desayunaron. Ni siquiera es mediodía, pero el sol ya entra con fuerza al rectángulo del patio interno y las paredes encaladas resplandecen. Al mirar hacia ahí ve algo que cae del cielo. Lento, blanco, liviano. ¿Y eso? Sale al patio y, entre las cuerdas sin ropa, mira hacia arriba, al cielo brillante y sin nubes. Una lluvia de polvo, una lluvia seca. Barre el piso con el pie y el zapato deja una huella alargada.

—Ceniza —dice, y tiene ganas de contárselo a alguien. A Iván, al hombre rumbo a Humahuaca.

Mira alrededor, mira con asombro las habitaciones vacías. Después abre los brazos, espera, deja que las motas blancas se vayan depositando suavemente sobre sus hombros desnudos. Ceniza, no, piensa. Ceniza, no, nieve.


*Este cuento fue publicado en: No soñarás flores, Lagua Libros, 2016.

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

El cosmopolita escritor Henry James.

Henry James

(Nueva York, 1843 – Londres, 1916) Narrador, crítico y dramaturgo estadounidense de obra psicológica y estructuralmente compleja, considerado uno de los grandes maestros de la ficción moderna. Era hermano del filósofo y psicólogo W. James. Estudió en Nueva York, Londres, París y Ginebra, y en 1875 se estableció en Inglaterra. A los veinte años comenzó a publicar cuentos y artículos en revistas de su país.

Henry James

En sus primeras obras manifestó la influencia de la cultura europea, como en las escritas entre 1875 y 1881: Roderick Hudson (1876), El americano (1877), Daisy Miller (1879) y Retrato de una dama (1881). Esta última, sin duda una de sus obras maestras, es un análisis de los norteamericanos expatriados en Europa. En sus primeros tiempos mostró gran pericia en la escritura de relatos breves, aunque algunos críticos le adjudicaron cierto intelectualismo que lo alejaba de la prosa de argumento o de acción.

Su narrativa en general se caracteriza por el ritmo lento y la descripción sutil de los personajes, más que por los propios acontecimientos; las tramas, aunque no suelen ser complicadas en extremo, cobran densidad por los repliegues de la estructura y el estilo indirecto, como en Los papeles de Aspern (1888) y Otra vuelta de tuerca (1898), que es para muchos la culminación de su obra.

En esta última, por ejemplo, una muchacha es contratada por una familia adinerada para que se encargue de cuidar a sus sobrinos, pues los padres de los niños han muerto. Cuando llega a la casa conoce a Flora, la niña, y a los pocos días llega Miles, el niño, y poco a poco la chica descubre que pasan cosas extrañas en la casa, pues Flora parece estar poseída por Jessel, el fantasma de la antigua niñera que había fallecido, y Miles también parece estarlo por el señor Quint, otro servidor que trabajaba allí años atrás.

En la novela los hechos nunca asumen la gravedad esperada, rasgo propio del autor, que va dilatando la verdad por medio de una prosa morosa, revelando oblicuamente los motivos y conductas de sus personajes, con diálogos y observaciones minuciosas, técnica que siguió empleando en sus últimas creaciones: Las alas de la paloma (1902), Los embajadores (1903) y La copa dorada (1904).

La forma en que narra los procesos mentales de sus personajes lo convierte en uno de los precursores indiscutibles del llamado “monólogo interior”, en lo que se anticipó a maestros como J. Joyce o W. Faulkner; otro de sus avanzados descubrimientos estilísticos fue el empleo de narradores múltiples. Autor prolífico, escribió una veintena de novelas, más de un centenar de relatos, varias obras teatrales e innumerables críticas, además de lúcidos ensayos como El arte de la novela, La imaginación literaria y los Cuadernos de apuntes, que ejercieron un indudable magisterio en muchos autores posteriores.

 Washington Square (1880)

Magistral retrato psicológico de una solterona abrumada entre una problemática relación con un padre dominante y la oportunidad sentimental que le ofrece un joven agraciado, incierto en sus pretensiones puesto que parece más pendiente de la fortuna paterna que de la opaca mujer a la que dice amar.

Catherine Sloper es la opaca hija de un padre inteligente quien nunca la ha perdonado por no haber alcanzado el brillo y la belleza de su madre muerta. Es un médico exitoso que vive junto a su hermana, la viuda Penniman y su única hija. Ésta, a pesar de poseer una fortuna modesta dejada en herencia por su madre y expectativas mayores por el padre, no ha atraído pretendientes. Por fin, a través de su tía, conoce a Morris Townsend, de quien su padre desconfía y más tarde descubre que es un holgazán. Cuando el Dr. Sloper rehúsa aceptar el matrimonio, Catherine permanece fiel a Morris, pero se ve obligada a aceptar pasar 6 meses en Europa en una maniobra del padre por alejarla de su sospechoso pretendiente, cosa que está lejos de lograr.

Graham Greene dijo de ella que quizá era la única novela en la que un hombre había conseguido invadir el campo femenino produciendo una obra comparable a las de Jane Austen. La historia avanza deliberadamente de un modo pausado con un agudo análisis de las costumbres sociales de la época y su clase social que el autor resuelve volcando una fuerte capacidad dramática en la orgullosa firmeza de la joven protagonista ante las presiones de que es objeto tanto por el lado paternal como por parte de la atractiva capacidad de convicción de su pretendiente.

Novela perfecta para iniciarse en la lectura de Henry James, es un relato distinguido y elegante, con un tratamiento realista y agudo de las relaciones humanas y una perspicaz manera de evitar situaciones amaneradas o convencionales, tan en uso en la época en que fue escrita.

 

El expolio de Poynton (1896)

Ejemplo de la genial capacidad de James para convertir una pequeña anécdota casi sin importancia, contada por una amiga al propio escritor en pocas palabras, en una obra compleja y extraordinaria.

Superficialmente, se trata de una disputa familiar en torno a unas propiedades. Poynton es la casa familiar de la señora Gereth, una viuda que junto a su marido logró dotar al lugar de una refinada calidad artística intensa y personal. Su único hijo, Owen, que tiene en poco aprecio los distinguidos enseres familiares, piensa casarse con Mona, una joven que contempla a Poynton tan solo como su futuro hogar familiar, por lo que se sobreentiende que la viuda saldrá de la casa con “lo que necesite”. Y lo que necesita es de tal calibre que deja vacío el antiguo feudo familiar.

La señora Gereth disfruta de la compañía de Fleda Vetch, una joven de gusto exquisito pero de poca fortuna. Será ella la intermediaria entre madre e hijo, puesto que no se hablan entre ellos. De esta suerte, nace una fuerte atracción entre los dos jóvenes, pero Owen está comprometido con Mona, lo que provoca uno de esos conflictos tan del gusto de Henry James, y cuyas consecuencias son a menudo imprevisibles y en cualquier caso complejas. No se trata de un vulgar triángulo amoroso, sino de una relación en la que prevalecen los principios de una mujer, Fleda, en su escrupulosa negativa a aprovecharse de su enamorado Owen y en su capacidad de conservar el respeto de la poco sensible señora Gereth. Lo que Fleda –y Owen- perdió aparece en una de las escenas más convincentes de amor que escribiera James.

La calidad dramática de la novela, asentada en unas situaciones donde los personajes despliegan todo un surtido de sentimientos, desde la terquedad de la viuda a la honestidad de la joven Fleda enfrentada a la confusión entre amorosa y social del desdichado Owen, muestra al frustrado autor teatral que fue Henry James, cuya primera concepción de esta historia fue una obra dramática en tres actos que se evidencia afortunadamente en una novela donde las secuencias -o actos– se adaptan al argumento con innegable talento.

Ejemplo de la genial capacidad de James para convertir una pequeña anécdota casi sin importancia, contada por una amiga al propio escritor en pocas palabras, en una obra compleja y extraordinaria.

Superficialmente, se trata de una disputa familiar en torno a unas propiedades. Poynton es la casa familiar de la señora Gereth, una viuda que junto a su marido logró dotar al lugar de una refinada calidad artística intensa y personal. Su único hijo, Owen, que tiene en poco aprecio los distinguidos enseres familiares, piensa casarse con Mona, una joven que contempla a Poynton tan solo como su futuro hogar familiar, por lo que se sobreentiende que la viuda saldrá de la casa con “lo que necesite”. Y lo que necesita es de tal calibre que deja vacío el antiguo feudo familiar.

La señora Gereth disfruta de la compañía de Fleda Vetch, una joven de gusto exquisito pero de poca fortuna. Será ella la intermediaria entre madre e hijo, puesto que no se hablan entre ellos. De esta suerte, nace una fuerte atracción entre los dos jóvenes, pero Owen está comprometido con Mona, lo que provoca uno de esos conflictos tan del gusto de Henry James, y cuyas consecuencias son a menudo imprevisibles y en cualquier caso complejas. No se trata de un vulgar triángulo amoroso, sino de una relación en la que prevalecen los principios de una mujer, Fleda, en su escrupulosa negativa a aprovecharse de su enamorado Owen y en su capacidad de conservar el respeto de la poco sensible señora Gereth. Lo que Fleda –y Owen- perdió aparece en una de las escenas más convincentes de amor que escribiera James.

La calidad dramática de la novela, asentada en unas situaciones donde los personajes despliegan todo un surtido de sentimientos, desde la terquedad de la viuda a la honestidad de la joven Fleda enfrentada a la confusión entre amorosa y social del desdichado Owen, muestra al frustrado autor teatral que fue Henry James, cuya primera concepción de esta historia fue una obra dramática en tres actos que se evidencia afortunadamente en una novela donde las secuencias -o actos– se adaptan al argumento con innegable talento.

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

La escritora predilecta de Hichtcockc

La luna entre las nubes, el portalón de hierro de la gran casa… «Anoche soñé que volvía a Manderley». Todo el mundo recuerda el inicio de Rebeca y ha visto la película. Daphne du Maurier comenzó a escribir Rebeca en Alejandría en 1936, adonde había acompañado a su marido, el alto militar Frederick Browning, con el que se había casado cuatro años antes y con el que ya había tenido al primero de sus tres vástagos.

La historia de la jovencita sin nombre que se casa con el maduro señor De Winter y que no imagina el calvario que le espera en la mansión de Manderley, acechada por la vigilante y hostil presencia de la señora Danvers, el ama de llaves obsesionada por la anterior, perversa y fallecida -¿asesinada?- esposa del amo de la casa, fue el mayor y más perenne éxito de Daphne du Maurier.

Pero la escritora, dos años antes, ya había conocido un éxito resonante con La posada de Jamaica (1936), cuya versión cinematográfica fue la última película inglesa de Alfred Hitchcock antes de instalarse en Hollywood. Cuando Hitchcock filmó en 1940 Rebeca, su primera película americana, Daphne du Maurier era para él un valor seguro. Hitchcock, sin duda, contribuyó mucho a la fama de Du Maurier, pero Du Maurier le proporcionó novelas ya consagradas, tramas muy eficaces para los propósitos del cineasta.

De modo que Hitchcock repitió. En 1962, el director rodó Los pájaros -otro éxito, otro clásico- adaptando muy libremente, con el novelista y guionista Evan Hunter-tuvieron una tormentosa relación-, un relato publicado por Daphne du Maurier 10 años antes. Podemos leerlo, para comprobar las enormes diferencias entre el texto y la película, en Los mejores relatos de terror llevados al cine, una antología elaborada por Juan José Plans para Alfaguara.

¿Terror? Du Maurier, que también escribió novelas históricas, de aventuras y hasta de ciencia-ficción, utilizó, sí, el terror en varias de sus narraciones más conocidas o, si se prefiere, el misterio y el suspense, sobre bases enraizadas en el goticismo y en el drama romántico y sentimental decimonónico, creando atmósferas angustiosas generalmente en el ambiente de una gran casa situada en el paisaje de Cornualles -donde residió tantos años en un histórico casoplón-, al suroeste de Inglaterra, y dando protagonismo a mujeres fuertes, ambiguas, manipuladoras y malévolas, que tal vez actúan en agresiva defensa propia.

Mucho de todo esto puede degustarse en Mi prima Rachel (1951), otro de los grandes éxitos de Du Maurier, que el cineasta Henry Koster llevó al cine en 1952 con el protagonismo de un joven Richard Burton y de Olivia de Havilland y que ahora acaba de publicar Alba Editorial.

Las novelas de Du Maurier han sido adaptadas a la pantalla más de una docena de veces, y eso no es precisamente un mérito para los críticos e historiadores de la literatura, que han dejado a la escritora fuera de los manuales, confinada en el apartado de pioneros del best-seller. Lo cierto es que Du Maurier -magnífica creadora de argumentos, personajes, diálogos, clímax y escenarios- fue una escritora anclada en el pasado, totalmente ajena a la modernidad y a la renovación de las letras inglesas.

Daphne du Maurier nació en Londres en 1907 y fue una de las tres hijas -su hermana Ángela también fue novelista- del matrimonio formado por el actor y director teatral Gerald du Maurier y la actriz Muriel Beaumont. Creció, pues, en un entorno culto y refinado, con preceptores particulares, rodeada de libros y de los artistas y escritores amigos de sus padres. Escribió desde muy joven -publicó su primera novela a los 24 años- y amplió sus estudios en París, lugar de origen de su familia.

Si su padre era amigo de James Barrie, el creador de Peter Pan, y había interpretado al capitán Garfio en el teatro -además de ser hermano de Sylvia Llewelyn Davies, cuyos hijos inspiraron la obra de Barrie-, su abuelo, el escritor y dibujante George du Maurier, fue el autor de Peter Ibbetson, la novela que entusiasmó a los surrealistas. Daphne escribiría sendos libros sobre su familia y, una vez muerto, sobre su padre. Y aquí empezamos a meternos en harinas, sí, movedizas.

Años después de su muerte, en 1989, Margaret Forster publicó una muy contestada biografía sobre Daphne du Maurier que documentaba con presuntas cartas inéditas la bisexualidad de la escritora, afirmando que mantuvo relaciones lésbicas con, al menos, otras dos mujeres casadas, la gran actriz británica Gertrude Lawrence y Ellen Doubleday, esposa de su editor americano, a la que conoció, por cierto, cuando tuvo que responder en Nueva York ante los tribunales por una acusación de plagio, por Rebeca, formulada por la novelista Edwina L. McDonald. De lo mismo la acusó la escritora brasileña Carolina Nabuco. Du Maurier salió airosa e inocente de ambos lances, y también de la imputación -un tanto absurda- de que Rebeca se parecía demasiado a Jane Eyre.

El caso es que la biografía de la Forster organizó una buena. Una hija de Gertrude Lawrence llegó a decir que su madre, lejos de ser lesbiana, fue ninfómana perdida. Un telefilme inglés de 2007, Daphne, de Clare Beaven, desarrolló la relación de Du Maurier con Gertrude y Ellen, a quien algunos identifican como la Rachel de Mi prima Rachel, de la que está por estrenarse en España una nueva versión cinematográfica protagonizada por Rachel Weisz.

El padre. Está absolutamente confirmado por la escritora que su padre era un homófobo autoritario, que quiso que ella hubiera nacido varón, que le prohibía salir con jovencitos y que mantuvo con ella una relación posesiva al borde del incesto. El marido, el gran militar elevado al título de Sir por la reina Isabel -Daphne fue nombrada Lady-, volvió de la Segunda Guerra Mundial alcoholizado y con amantes, y acabó petando con una crisis nerviosa. ¿Ocasionó lo uno más lo otro que Daphne du Maurier sintiera predilección por las mujeres? Siempre se ha dicho que el fervor de la señora Danvers por la difunta Rebeca tenía su miga.

 

Du Maurier también escribió relatos, teatro y ficción fantástica. Y recibió premios y reconocimientos como el National Book Award  en Estados Unidos y la Orden del Imperio Británico. No obstante, sus títulos más famosos y universales fueron estos.

La posada de Jamaica (1937)

Es la historia de Mary Yellan que, tras la muerte de sus padres, va a vivir con sus tíos, a los que apenas conoce. Su tío es propietario de La posada de Jamaica en Cornualles. Cuando Mary llega, se encuentra con una realidad muy dura. Su tío es un borracho que maltrata a su tía y la posada es un antro de mala muerte al que acuden parroquianos de la peor calaña: borrachos, contrabandistas y criminales.

Mary empieza a sospechar que su tío tiene negocios turbios entre manos. A su vez aparece Jem Merlyn, un oficial de la Marina que investiga quién puede estar detrás de los continuos naufragiosde embarcaciones a las que roban sus botines. Sus pesquisas pronto pondrán su vida en peligro. Mary será la única que pueda ayudarlo.

Fue la primera novela de Du Maurier y obtuvo gran éxito. Ha sido objeto de muchas adaptaciones al cine y series de televisión con la misma buena acogida por lectores y público en general. Pero sin duda la más famosa tuvo la dirección de Alfred Hitchcock, admirador confeso de Du Maurier.  No sería la única vez que el legendario director británico adaptara una de sus obras. Contó con un reparto extraordinario encabezado por Charles Laughton, Robert Newton o Maureen O’Hara en su primer papel. Se estrenó en 1939.

Rebeca (1938)

Du Maurier posiblemente alcanzó la inmortalidad literaria con Rebeca (1938), título que de nuevo adaptó Hitchcock para hacerla también inmortal en el cine. Y sir Laurence Olivier, Joan Fontaine y la inolvidable Judith Anderson fueron las mejores caras que pudieron tener el señor Maxim de Winter, la segunda señora de Winter y narradora de la historia, y la señora Danvers, la inquietante ama de llaves de la mansión Manderley, propiedad del señor De Winter.

Durante una estancia en Montecarlo la protagonista conoce a Maxim de Winter, aristócrata viudo muy atractivo cuya esposa murió en extrañas circunstancias. Se enamora de él, que, aunque mucho mayor, le propone matrimonio. Se casan sin apenas conocerse y se trasladan a vivir a Manderley.

Pero allí la presencia de la difunta Rebecca (la primera mujer de Maxim) empieza a enrarecer la relación entre los esposos. Joven e insegura, la segunda señora de Winter se sientecontinuamente comparada con Rebecca, sobre todo por la señora Danvers, quien la considera una intrusa y le hace la vida imposible.

Suspense, romance, drama psicológico, acción e intriga a partes iguales se entrelazan para atrapar al lector y desde luego también al cinéfilo.

 

Los pájaros (1962)

Relato corto con final abrupto que Du Maurier pudo dejar así para la imaginación del lector, esta terrorífica historia quedó plasmada en la retina de todos gracias a la obra maestra del cine que, otra vez, firmó Hitchcock. Con Tippi Hedren y el australiano Rod Taylor como protagonistas.

Un planteamiento de una pregunta: ¿Qué haríamos si un día esas criaturas aparentemente inofensivas que son los pájaros alteraran su comportamiento sin razón y empezaran a atacar a los seres humanos? Pues bien, aquí todos ellos, pequeños, medianos o grandes, se vuelven letales.El protagonista de la historia intentará salvar a su familia, resguardándose como puede de los ataques de miles de pájaros que llegan de todas partes.

El desasosiego, la perturbación y la angustia ante un hecho incomprensible alcanza las cotas insuperables que supo reflejar exactamente el maestro británico del suspense y el terror.

¿Por que leer a Daphne du Maurier? Por lo prolífico y variado de sus novelas, que convencen por igual a amantes de géneros como la novela romántica, de terror, de misterio o de ficción fantástica.

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

«Miradas», de Karina Pacheco.

Karina Pacheco Medrano (Cusco, 1969) es una de las voces femeninas más importantes de la narrativa peruana actual. Prueba de ello es una obra que ha recibido el reconocimiento de la crítica y especialmente de los lectores que han ido descubriéndola a pesar de la insuficiente atención que ha recibido en la prensa cultural limeña. Su inclusión en la antología de cuentos El fin de algo, presentada hace poco por editorial Santuario, es una prueba más de que los elogios no son gratuitos.

Antropóloga de profesión y experta en temas de cooperación y desarrollo, la incursión de Karina Pacheco en la narrativa no es tan reciente. En 2006 había publicado su primera novela, La voluntad del molle, a la que le siguió otra titulada No olvides nuestros nombres (2008), y su primer libro de cuentos, Alma alga, publicado en 2010 con Borrador Editores. Es en esta faceta de cuentista en la que quiero centrarme en esta oportunidad a propósito de la publicación de Miradas. Antología de cuentos, una edición a cargo del Gobierno Regional del Cusco, que con un tiraje de 3 mil ejemplares forma parte de un proyecto de promoción de la lectura en dicha zona del país. El texto reúne ocho relatos publicados en los últimos cinco años, y podemos decir que se trata de una atractiva manera de introducirnos en el universo narrativo de esta autora.

La lectura de estos cuentos ha sido un cambio refrescante de escenario, pues los ambientes que nos presenta el libro están marcados por el lugar de origen de la escritora y por la cosmovisión del ande. Como ella misma lo había comentado en la mesa que compartimos sobre literatura regional, en la Feria del Libro de Lima, tanto el Cusco como el habla de la gente, sus mitos y la realidad social son unas huellas presentes en sus relatos y novelas. Los textos que el lector encontrará en Miradas son de una sensibilidad y un vínculo con la circunstancia local que seduce no solo por eso, pues Karina Pacheco maneja muy bien la tensión y porque es el punto de vista de los personajes –a veces desde la primera, segunda o tercera persona– el que guía cada una de estas historias.

De los ocho relatos disfruté con particular deleite El violinista de las montañas, Azafrán, La venganza y El sendero de los rayos, este último que da el título a su cuentario publicado en 2013. ¿Cuáles son las razones por las que la lectura de estos cuentos resulta fascinante? Además del estilo, es porque la narradora combina con una sensibilidad especial el asombro de sus personajes ante lo sobrenatural o inexplicable. Además, contra lo que podría pensarse, estos son en muchos casos masculinos, un desafío que sortea sin inconvenientes. El lector va descubriendo junto a los protagonistas las distintas exploraciones individuales que cada uno de ellos realiza. Se percibe la fuerza que tiene el medio que los rodea y las circunstancias contra las cuales ellos quieren rebelarse, como en el bello relato El sendero de los rayos, donde dos hermanos universitarios estudian antropología para vincularse más con su comunidad. Las referencias a la violencia política sirven solamente para contextualizar y no son en lo absoluto artificial.

El terreno del cuento es siempre un desafío para cualquier narrador y en este género Karina Pacheco ha demostrado solvencia, la cual se traslada también en la novela, especialmente en la más reciente, El bosque de tu nombre, de 2013. Estamos ante una narradora que debemos seguir el rastro para así poder ampliar nuestra mirada y conocer la producción literaria más allá de Lima.

 

Karina Pacheco / El escritor de la semana

 

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

 

 

« Fantasía, terror y ciencia ficción», los temas favoritos de Ray Bradbury.

Ray Douglas Bradbury; Waukenaun, Illinois, 1920 – Los Ángeles, California, 2012) Novelista y cuentista estadounidense conocido principalmente por sus libros de ciencia ficción.

 

En su ponencia, Bradbury relata cómo, a lo largo de su vida como escritor, rechazó grandes cantidades de dinero en encargos, porque sabía que si escribía algo que no le interesaba por dinero, esto lo iba a “destruir”. “Mi esposa y yo teníamos 37 años cuando nos pudimos comprar nuestro primer automóvil”. Debes escribir lo que a ti te gustaría leer.  Ray Bradbury

Alcanzó la fama con la recopilación de sus mejores relatos en el volumen Crónicas marcianas (1950), que obtuvieron un gran éxito y le abrieron las puertas de prestigiosas revistas. Se trata de narraciones que podrían calificarse de poéticas más que de científicas, en las que lleva a cabo una crítica de la sociedad y la cultura actual, amenazadas por un futuro tecnocratizado. En 1953 publicó su primera novela, Fahrenheit 451, que obtuvo también un éxito importante y fue llevada al cine por François Truffaut. En ella puso de manifiesto el poder de los medios de comunicación y el excesivo conformismo que domina la sociedad.

Biografía

Ray Bradbury se graduó en la escuela secundaria en 1938, y se ganó la vida como vendedor de periódicos hasta 1942. Comenzó a escribir desde niño, pero publicó su primera historia en 1938, en una revista de aficionados. Adquirió la certeza de lo que sería su estilo cuando compuso The Lake.

En 1943 dejó el trabajo de vendedor de periódicos y se dedicó a escribir a tiempo completo, publicando en diversos medios numerosos relatos breves, hasta que en 1950, con la aparición de Crónicas marcianas, comenzó su ascendente fama literaria. En sus páginas, que relatan los intentos de los terrestres por colonizar el planeta Marte, se reflejan las angustias y ansiedades que existían en la sociedad norteamericana de la década de los cincuenta, ante el peligro de una guerra nuclear.

Considerados un clásico de la ciencia ficción, este conjunto de relatos interdependientes recoge no sólo las vicisitudes de la colonización del planeta Marte sino también la caída de su civilización, abarcando un período comprendido entre 1999 y 2026. Los marcianos poseen notables poderes telepáticos, lo que causa graves contratiempos a las tres primeras expediciones. La cuarta aporta al planeta la varicela, que contagia a los indígenas y acaba con su resistencia.

A continuación, se desarrolla la obra colonizadora, que aporta al planeta los aspectos más negativos de la cultura occidental. Sólo un mexicano, que conserva las esencias de su cultura indígena, consigue establecer una auténtica comunicación con un marciano que, a su vez, es depositario de las tradiciones desplazadas por la hegemonía de los colonizadores. Éstos han degradado a tal punto la civilización autóctona que en uno de los relatos un marciano utiliza sus poderes telepáticos para divertir a los nuevos amos adoptando las personalidades que le solicitan. También los negros estadounidenses establecen asentamientos para huir de la discriminación. Finalmente, el planeta casi se despuebla porque una amenaza bélica en la Tierra induce a los colonos a regresar. Los pocos que permanecen en Marte se convierten en los “nuevos” marcianos.

En 1951 publicó uno de sus libros mayores, El hombre ilustrado, compuesto por varios relatos de naturaleza fantástica, y dos años más tarde otro de los más representativos, Fahrenheit 451 (título que alude a la temperatura en que los libros empiezan a arder). Fahrenheit 451 narra la historia de una ciudad del futuro dominada por los medios audiovisuales, en la que se acosa el individualismo, están prohibidos los libros, y los bomberos, brazos ejecutores de un Estado totalitario, son los encargados de quemarlos. Al margen de la sociedad, un grupo de hombres recluidos en los bosques decide memorizar textos enteros de filosofía y literatura para preservar la cultura.

Esta fábula moralizante ha sido considerada como una gran obra antiutópica y acaso premonitoria, y fue llevada al cine por François Truffaut. En el relato de Bradbury se exponen de forma minuciosa las razones de la prohibición de los libros en boca del jefe de bomberos, Guy Montag. Frente a sus argumentos se expone el punto de vista de un profesor que aconseja a Montag y que pone de relieve las características positivas de la lectura. De este modo se desarrolla una reflexión que se enriquece con referencias a los clásicos.

Bradbury advierte de los peligros y las amenazas que incumben a una sociedad enteramente automatizada, olvidada de los valores tradicionales de la cultura, y próxima al exterminio atómico. Consigue climas sardónicamente alucinantes en cuentos como There will come soft rains (1950), donde una casa robotizada prosigue realizando los movimientos programados, en un mundo carente ya de vida, hasta su postrer quema liberadora, o en The Veldt (1950), donde otra casa automatizada, casi dotada de vida propia, masacra, con la complicidad de los niños, a los padres de éstos.

Pero Bradbury no sólo cultivó la ciencia ficción y la literatura de corte fantástico, sino que escribió también libros realistas e incluso incursionó en el relato policial. Su prosa se caracteriza por la universalidad, como si no le importara tanto perfeccionar un género como escribir acerca de la condición humana y su temática, a través de un estilo poético.

 

Precisamente por este rasgo algunos críticos no lo consideran un escritor de ciencia ficción como tal y les resulta difícil catalogarlo en uno u otro campo de la literatura. Como ejemplo de ello suelen citarse relatos breves, muy sutiles y tiernos, como Casa dividida y El robo del siglo, o la poética novela El vino del estío. Además del problema de una guerra atómica, de la censura en un mundo por venir y del peligro implícito en las técnicas y la ciencia, trató temas más cotidianos como el racismo, el miedo a la muerte, el amor y la infancia.

Escribió también guiones de cine, como el de la película Moby Dick, de John Huston, así como guiones para series televisivas como Alfred Hitchcock presenta y La dimensión desconocida. En 1963 se publicaron sus obras teatrales, reunidas bajo el título The Anthem Sprinters. Sus relatos cortos han sido incluidos en más de 700 antologías. Aparte de los mencionados, son también muy conocidos títulos como El árbol de las brujas o Cementerio para lunáticos.

 

La última noche del mundo

[Cuento – Texto completo.]

Ray Bradbury

¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo?

-¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?

-Sí, en serio.

-No sé. No lo he pensado.

El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo las niñas jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz de las lámparas verdes. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a café tostado.

-Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.

-¡No lo dirás en serio!

El hombre asintió.

-¿Una guerra?

El hombre sacudió la cabeza.

-¿No la bomba atómica, o la bomba de hidrógeno?

-No.

-¿Una guerra bacteriológica?

-Nada de eso -dijo el hombre, revolviendo suavemente el café-. Solo, digamos, un libro que se cierra.

-Me parece que no entiendo.

-No. Y yo tampoco, realmente. Solo es un presentimiento. A veces me asusta. A veces no siento ningún miedo, y solo una cierta paz -miró a las niñas y los cabellos amarillos que brillaban a la luz de la lámpara-. No te lo he dicho. Ocurrió por vez primera hace cuatro noches.

-¿Qué?

-Un sueño. Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una voz irreconocible, pero una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a detenerse en la Tierra. No pensé mucho en ese sueño al día siguiente, pero fui a la oficina y a media tarde sorprendí a Stan Willis mirando por la ventana, y le pregunté: “¿Qué piensas, Stan?”, y él me dijo: “Tuve un sueño anoche”. Antes de que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ese. Podía habérselo dicho. Pero dejé que me lo contara.

-¿Era el mismo sueño?

-Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por la oficina, sin darnos cuenta. No concertamos nada. Nos pusimos a caminar, simplemente cada uno por su lado, y en todas partes vimos gentes con los ojos clavados en los escritorios o que se observaban las manos o que miraban la calle. Hablé con algunos. Stan hizo lo mismo.

-¿Y todos habían soñado?

-Todos. El mismo sueño, exactamente.

-¿Crees que será cierto?

-Sí, nunca estuve más seguro.

-¿Y para cuándo terminará? El mundo, quiero decir.

-Para nosotros, en cierto momento de la noche. Y a medida que la noche vaya moviéndose alrededor del mundo, llegará el fin. Tardará veinticuatro horas.

Durante unos instantes no tocaron el café. Luego levantaron lentamente las tazas y bebieron mirándose a los ojos.

-¿Merecemos esto? -preguntó la mujer.

-No se trata de merecerlo o no. Es así, simplemente. Tú misma no has tratado de negarlo. ¿Por qué?

-Creo tener una razón.

-¿La que tenían todos en la oficina?

La mujer asintió.

-No quise decirte nada. Fue anoche. Y hoy las vecinas hablaban de eso entre ellas. Todas soñaron lo mismo. Pensé que era solo una coincidencia -la mujer levantó de la mesa el diario de la tarde-. Los periódicos no dicen nada.

-Todo el mundo lo sabe. No es necesario -el hombre se reclinó en su silla mirándola-. ¿Tienes miedo?

-No. Siempre pensé que tendría mucho miedo, pero no.

-¿Dónde está ese instinto de autoconservación del que tanto se habla?

-No lo sé. Nadie se excita demasiado cuando todo es lógico. Y esto es lógico. De acuerdo con nuestras vidas, no podía pasar otra cosa.

-No hemos sido tan malos, ¿no es cierto?

-No, pero tampoco demasiado buenos. Me parece que es eso. No hemos sido casi nada, excepto nosotros mismos, mientras que casi todos los demás han sido muchas cosas, muchas cosas abominables.

En el vestíbulo las niñas se reían.

-Siempre pensé que cuando esto ocurriera la gente se pondría a gritar en las calles.

-Pues no. La gente no grita ante la realidad de las cosas.

-¿Sabes?, te perderé a ti y a las chicas. Nunca me gustó la ciudad ni mi trabajo ni nada, excepto ustedes tres. No me faltará nada más. Salvo, quizás, los cambios de tiempo, y un vaso de agua helada cuando hace calor, y el sueño. ¿Cómo podemos estar aquí, sentados, hablando de este modo?

-No se puede hacer otra cosa.

-Claro, eso es; pues si no estaríamos haciéndolo. Me imagino que hoy, por primera vez en la historia del mundo, todos saben qué van a hacer de noche.

-Me pregunto, sin embargo, qué harán los otros, esta tarde, y durante las próximas horas.

-Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televisión, jugar a las cartas, acostar a los niños, acostarse. Como siempre.

-En cierto modo, podemos estar orgullosos de eso… como siempre.

El hombre permaneció inmóvil durante un rato y al fin se sirvió otro café.

-¿Por qué crees que será esta noche?

-Porque sí.

-¿Por qué no alguna otra noche del siglo pasado, o de hace cinco siglos o diez?

-Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 2069, y ahora sí. Quizá porque esa fecha significa más que ninguna otra. Quizá porque este año las cosas son como son, en todo el mundo, y por eso es el fin.

-Hay bombarderos que esta noche estarán cumpliendo su vuelo de ida y vuelta a través del océano y que nunca llegarán a tierra.

-Eso también lo explica, en parte.

-Bueno -dijo el hombre incorporándose-, ¿qué hacemos ahora? ¿Lavamos los platos?

Lavaron los platos, y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces del cuarto y entornaron la puerta.

-No sé… -dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa entre los labios.

-¿Qué?

-¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre un poco de luz?

-¿Lo sabrán también las chicas?

-No, naturalmente que no.

El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron, juntos, las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media. Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado la velada cada uno a su modo.

-Bueno -dijo el hombre al fin.

Besó a su mujer durante un rato.

-Nos hemos llevado bien, después de todo -dijo la mujer.

-¿Tienes ganas de llorar? -le preguntó el hombre.

-Creo que no.

Recorrieron la casa y apagaron las luces y entraron en el dormitorio. Se desvistieron en la fresca oscuridad de la noche y retiraron las colchas.

-Las sábanas son tan limpias y frescas…

-Estoy cansada.

-Todos estamos cansados.

Se metieron en la cama.

-Un momento -dijo la mujer.

El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento después estaba de vuelta.

-Me había olvidado de cerrar los grifos.

Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.

La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.

-Buenas noches -dijo el hombre después de un rato.

-Buenas noches -dijo la mujer.

FIN

 

 

 

 

Recopilaciones de relatos

Bradbury en 2009.

Novelas

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.