El extraterrestre de Harlan Ellison

Cuentos

El extraterrestre

De vez en cuando me despertaba en la noche sin poder volver a dormir y salía de mi cama para tomar un vaso de agua, en ese entonces encontré a mi nuevo amigo, quien era una persona como cualquier otra y de inmediato nos llevamos bien en la conversación. En mi edificio viven muchas personas y no me pareció extraño que esté en la azotea un chico tan interesante para conversar. Con el tiempo me confesó que no era una persona, sino un extraterrestre, lo cual jamás hubiera imaginado, pero en la planta de sus pies lleva trazos y líneas que son como su fueran el documento de identidad que cada uno de ellos tiene.

Nuestra amistad fue cada vez más fuerte con el tiempo, él me contó sobre todas las cosas que hacía en su planeta y hasta de los viajes interestelares que realizaba con frecuencia. Yo en cambio no tuve más que contar que de vez en cuando tenía conversaciones a través de las redes sociales con personas de otras partes del mundo. Él me ofreció un dispositivo para poder atravesar la pantalla e ir directamente al país de quien estuviera hablando, pero no lo acepté,

otro2Mi amigo con el tiempo me pidió de quedarse a vivir en mi casa y me pareció que estaría bien porque así dejaría de pagar la seguridad del lugar. Con los meses todo se complicó porque él me hablaba de teorías muy conspirativas de su planeta con la necesidad de barrer el mal de la tierra, así lo llamaba. Sin embargo, me di cuenta pronto de que todas las personas que estaban cometiendo algún pecado desaparecían misteriosamente y es que él les quitaba la vida con su rayo PAT que desintegraba en el acto a las personas. Por esta razón tuve que dejar de ver a mi novio y nunca más pensé absolutamente nada sucio por miedo de perder mi vida también. A veces hasta me pregunto si es que este extraterrestre no es más que un fanático de una secta que quiere acabar con todo.

 

Resultado de imagen para Harlan Ellison biografia

Mundo deshabitado

Esto me pasó un día, me encontraba en mi casa, solo recuerdo haber escuchado una explosión, me desmaye. Al despertarme, todo me parecía extraño, no escuchaba nada a mi alrededor, vi por la ventana, solo vi caos, salí afuera de la casa todo estaba destruido, las calles agrietadas, los árboles derribados, no había señales de vida humana, me asuste tanto de estar solo en un lugar donde todo estaba destruido, me preguntaba ¿qué pasaba? si estaba soñando, tenía que ser una pesadilla, era una alucinación. Cuando de repente veo entre los restos un movimiento, me alegre demasiado salí corriendo, era un pequeño perro, bueno no era una persona pero me alegre de que estuviera con migo para hacerme compañía.

Sobreviví con unas pocas cosas que tenia de comer, nos acomodamos en la casa con Bobby, así le puse al perro, era ya de noche, nos dispusimos a dormir queriendo que a la mañana siguiente fuera todo diferente, pero no al despertar solo me sentía más triste y confundido quería saber que había pasado, ¿porque era yo el único ser humano con vida?

sinDe repente mientras renegaba de lo que me pasaba, escuche que alguien tocaba la puerta de la casa, me alegre pero al mismo tiempo pensé que ya hasta loco me había vuelto, que estaba escuchando cosas, a pesar de eso salí a ver por la ventana, solo vi una enorme luz resplandeciente que me segaba, decidí abrir la puerta, me lleve un gran susto por lo que mis ojos veían, eran una figura extraña, con ropas raras, estaban dentro de una gran nave espacial, inmediatamente me hipnotizaron, porque no sé cómo llegue hasta este planeta en el que estoy, no sé si afligirme más o menos por lo que estoy pasando, estoy en una jaula preso por estos seres , pero por lo menos no estoy solo en este planeta tengo compañía.

 

 

Harlan Ellison nació en Ohio, creció allí e incluso llegó a cursar 18 meses en la Universidad del Estado de Ohio. Al cabo de estos 18 meses tuvo que abandonar la universidad. Un año después, en 1955, era bien conocido por el Fandon de Cleveland, Ohio. Su primera contribución profesional la realizó en 1956 con GLOWWORM para Infinity Science Fiction. Desde entonces no ha dejado de publicar prolíficamente. Poco después de publicar su primer libro de ciencia-ficción, Ellison se mudó a Chicago en 1959 donde trabajo como editor de Rogue Magazine. En 1962 Ellison se mudó a Los Ángeles dónde reside actualmente.

Harlan Ellison es uno de esos escritores a los que no se les pude encasillar totalmente dentro de la ciencia-ficción. De sus casi 90 libros, un tercio son de ciencia-ficción, otro tercio son de fantasía y el resto pertenecen a la corriente general de la literatura. El mismo ha llegado a afirmar que pretende crear un conjunto de obras que transcienda cualquier género. Además de ser un autor muy prolífico ha sido un autor muy premiado. Por citar solo unos cuanto premio debemos citar sus ocho premios Hugo por ARREPIÉNTETE, ARLEQUÍN, DIJO EL SEÑOR TIC-TAC (1966), NO TENGO BOCA Y DEBO GRITAR (1968), LA BESTIA QUE GRITABA AMOR EN EL CORAZÓN DEL UNIVERSO (1969), EL PÁJARO DE LA MUERTE, (1974), ADRIFT JUST OFF THE ISLETS OF LANGERHANS (1975) JEFFTY TIENE CINCO AÑOS (1978) (relato que también obtendría el Locus y el Nebula de 1978), PALADIN OF THE LOST HOUR, (1986), a las mejores representaciones dramáticas por CITY ON THE EDGE OF FOREVER (un episodio de Star Trek) en 1968 y por A BOY AND HIS DOG en (1976) así como los premios especiales de 1968 y 1972 por sendas antologías bajo el nombre común de VISIONES PELIGROSAS. También ganó dos premios Nebula, uno por su novela corta UN MUCHACHO Y SU PERRO en 1969 y el ya mencionado JEFFTY TIENE CINCO AÑOS en 1978. Una relación exhaustiva de todos sus premios se puede encontrar en SPECULATIVE FICTION AWARDS)

En su curriculum hay que incluir 1700 historias, ensayos, artículos, columnas periodísticas, dos docenas de guiones televisivos (TWILIGHT ZONE,BABYLON 5) y una docena de argumentos cinematográficos.

Con estos antecedentes no sorprende que el Washington Post calificará a Harlan Ellison como uno de los más grandes escritores americanos de historias cortas aún vivos o que el Los Ángeles Times dijera: Ya es hora de que se premie a Harlan Ellison con el título de el Lewis Carroll del siglo XX.

Falleció el 27 de junio de 2018, en Los Ángeles a los 84 años.


Bibliografía

  • Amiga fría, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 104, (1978)
  • Arde el cielo, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 112, (1979)
  • Arrepiéntete Arlequín, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 82, (1976)
  • La Bestia Que Gritaba Amor en el Corazon del Universo, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 19, (1971)
  • El Circo del Ratón, Nuevas Dimensiones 1, Editorial Adiax, Colección Fénix, (1982)
  • Dormido y con las manos quietas, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 30, (1972)
  • Jeffty tiene cinco años, Martínez Roca, Los premios Hugo 78-79
  • Lo mejor de los Premios Nebula, Ediciones B, Colección Nova nº 61, (1994)
  • No tengo boca y debo gritar, Producciones Editoriales, Star-Books nº 9, (1967)
  • Santa Claus contra A.R.A.C.N.I.D.O., Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 82, (1976)
  • Soldado, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 85, (1977)
  • El último hombre, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 93, (1977)
  • Vic & Blood, (junto a Richard Corben), Norma Editorial S.A., (1989)
  • Visiones peligrosas, Martínez Roca S.A., (1983)
  • La Voz en el jardín, Ediciones Dronte, Revista Nueva Dimensión nº 100, (1978)

Filmografía

  • Un perro y su chico, (basada e una de sus novelas), (1975)

Series de televisión

  • Un perro y su chico, (basada en una de sus novelas), (1975)
  • Star Trek The City On the Edge of Forever, (guión), (1966)
  • The Starlost , (creador como Cordwainer Bird), (1973)
  • La fuga de Logan, (guión), (1977)
  • The outhers limits, (guión de tres episodios), (1977)
  • Babylon 5, (asistente conceptual de varios episodios), (1977)
  • The Twilight Zone, (guionista de varios episodios y consultor creativo), (1981)

Videojuegos

  • No tengo boca y debo gritar, (guión)

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

Anuncios

Del crimen a la escritura: Anne Perry

  • “Sabía que había hecho algo malo y que debía soportar el castigo. Pero luego dejé de pensar en ello””Nunca pienso en mí misma con 15 años, pero eso no quiere decir que me asuste verme tal y cómo era” “Soy optimista respecto al género humano. Por eso midentifico con Pitt, mi personaje preferido” “En mis historias se mata por miedo, o por ira. El asesino cuenta a menudo con mi comprensión”
  • Escritora británica, popularmente conocida como la Reina del crimen victoriano por sus dos series de novelas de misterio: una protagonizada por el Inspector Thomas Pitt y su esposa Charlotte -iniciada en 1979 con el título “Los Crímenes de Cater Street”-; y la otra protagonizada por el detective amnésico William Monk, junto a la enfermera Hester Latterly y el abogado Oliver Rathbone -que se iniciara en 1990 con el título “El rostro de un extraño”-. Anne Perry también ha desarrollado una serie de novelas ambientadas en la Primera Guerra Mundial y breves relatos navideños.
Juliet Hulme, hasta los 20 años de edad, se convirtió en Anne Perry para olvidar que era una asesina. A los 15 años, junto con una amiga mató a ladrillazos a la madre de esta, en un bosque de Nueva Zelanda. Dada la juventud de ambas, la pena de muerte se convirtió en más de 5 años de cárcel, los mismos que han transcurrido desde que el estreno de la película Criaturas celestiales, reabrió el suceso ocurrido en 1957. Muchos años después de intentar rehacer su vida en Inglaterra y en estados Unidos, esta autora de novelas policiacas alcanzaba el éxito. Nadie podía imaginar que tras su nombre, tras sus historias victorianas, se ocultaba la historiade un crimen real.

Anne Perry escribe exitosas novelas policíacas, pero cuando tras sus ojos azules buscas la sombra de un crimen, no persigues una ficción. En su caso la realidad es mucho más poderosa que cualquier argumento inventado. Ella fue una asesina. En 1957, cuando tenía quince años, junto a su amiga Pauline, mató a la madre de ésta. Ocurrió en Nueva Zelanda. Allí golpearon con unos ladrillos la cabeza de la víctima hasta quitarle la vida. El crimen conmocionó a la sociedad del lugar, y las dos adolescentes, que debido a su edad se salvaron de la pena de muerte, fueron condenadas a cinco años y medio de prisión. Luego, nuestra protagonista, cuyo verdadero nombre es Juliet Hulme, lo cambió por el de Anne Perry. Comenzó una nueva vida, se convirtió en escritora de novelas policiacas y se hizo famosa. Y de pronto, hace ahora cinco años, el estreno de una película de horror y sexo, Criaturas celestiales, basada en aquel lejano suceso, puso en marcha el pasado, y desveló que la escritora Anne Perry era en realidad una de las autoras del crimen. “En ese momento pensé, -dice ella, a los sesenta años-, que todo regresaba de nuevo, que mi vida se iba a arruinar para siempre. Fue uno de los momentos peores de mi existencia”. Sin embargo nada de eso ocurrió, recibió el apoyo de cientos de personas, montones de cartas. Ella cree que fue gracias a la ayuda divina, y al sugerirle que, quizas, simplemente la gente resultó ser más generosa de lo que ella esperaba, insiste tajantemente: “Ha sido Dios, estoy completamente segura”.Han transcurrido 45 años desde que el “crimen” tuvo lugar. Aún resulta atroz imaginar a las adolescentes matando fríamente a la madre de Pauline. El diario de ésta fue la prueba que las incriminó ante la justicia. Sin embargo Anne Perry piensa que había muchas razones para que ella actuara como lo hizo. “Yo tomaba muchas medicinas, estaba muy enferma, y cerca de la histeria. Mis padres iniciaban su separación y eso me hacía sufrir mucho. Lo único que recuerdo es que en aquel momento las cosas se me estaban yendo de las manos y que me sentía obligada hacia Pauline. Ella se mataría, era mi certeza, y yo sería la responsable de su muerte si no accedía a sus deseos. Me encontraba muy sola y carecía de la fortaleza suficiente para hacer frente a la situación”.

-¿Ha vuelto a ver a Pauline?

-No, no me gustaría. Ella se portó muy bien conmigo, venía a verme todos los días mientras permanecí en cama, me escribía al hospital, pero no deseo verla. Anne Perry, o Juliet Hulme, nació en Inglaterra. Su padre era profesor de matemáticas en la universidad de Cambridge. Cuando ella tenía doce años la familia se trasladó a Nueva Zelanda. Era una niña enferma, que acudía al colegio de vez en cuando. Eso podría explicar que solo llegara a tener una amiga, Pauline, cuyos padres regentaban una pescadería. En el juicio salió a relucir una posible relación lésbica nunca confirmada. “Yo era una niña abierta, con una lengua demasiado rápida para decir todo lo que me parecía divertido o inteligente. Era una buena estudiante y quizás por eso arrogante, imaginativa y soñadora. Claro que lo importante es cómo te ven los demás”. Anne añade que entonces creía ser la personalidad dominante, pero que con el tiempo ha comprendido que la dependencia puede significar poder y ahora piensa que ella permitía que Pauline ejerciera ese poder sobre ella. “Era la tiranía del débil”.

Desde hace siete años, Perry vive cerca de Portmahomack, un pueblo de pescadores situado a una hora en coche de Inverness, una ciudad al norte de Escocia. Es una mujer muy alta, se mueve con empaque. Está orgullosa de su casa, un edificio escocés restaurado, de su jardín lleno de rosas por el que dice no pasear nunca. Todo el tiempo sus respuestas y comentarios basculan entre la manifestación de una íntima satisfacción consigo misma, y una especie de candor; como si creyera que todo lo que en este momento le rodea, o le sucede, fuera causado por un milagro. Es el mismo candor que aparece entre las líneas de su escritura, de historias sangrientas pero simples, de personajes lineales. Mantiene la misma actitud cuando hablamos del “crimen”, al que nunca se refiere en esos términos, evitando llamar a las cosas por su nombre. Dice, “aquello”, “lo que ocurrió entonces”, “los hechos”. Y parece que al mencionarlo hablara de un incidente menor. Sonríe y explica: “Oh sí, desde luego, pero “aquello” se me borró pocos meses después de que ocurriera”. Como si hubiera olvidado guardar en la nevera un tarro de mermelada.

Al preguntarle cómo vivió sus años de cárcel, donde pasó desde los quince hasta los veinte años, por ejemplo, si fue algo horrible, dice que sí, pero lo hace con su voz melodiosa mientras mira con sus insistentes ojos azules. Luego añade que lo peor de todo fue no poder tomar un baño en todo ese tiempo, no comer fruta fresca, no escuchar música, pintar. Leía mucho y memorizaba durante horas en la oscuridad. ¿Tal vez para no recordar? “Oh, supongo. Quizás. Si lo que te rodea es horrible utilizas la mente para evadirte”. Respecto al sentimiento de culpabilidad, comenta: “Oh, supongo que lo tenía, quizás; sabía que había hecho algo malo y que debía soportar el castigo. Pero luego dejé de pensar en ello”.

-¿Usted recuerda el momento del crimen?

-Oh, no ¡Nadie recuerda lo que hizo a los quince años!

Anne Perry juega a tener completamente dominada su memoria. Por eso tarda en desvelarse el modo en que la escritora asumió su pasado, supo utilizarlo, y hasta sacarle provecho. Finalmente reconoce, pero siempre hablando en términos generales, que es necesario estar de rodillas, completamente abajo, tirado en el suelo, diciendo me equivoqué, para empezar a superar algo terrible. Añade la coletilla de que, en cambio, no hay que sentir pena por uno mismo, y que ella es, sobre todo, alguien que ha aprendido. “Lo contrario sería una enorme tragedia. Yo, nunca pienso en mí misma a la edad de 15 años, pero eso no quiere decir que me asuste verme tal como era, porque la gente tiene derecho a cambiar”. Enseguida añade un, gracias a Dios; porque Dios sale a relucir frecuentemente a lo largo de su conversación.

Se siente bien, entre otras cosas porque ha sabido crear un mundo propio. A una milla de su casa, vive su madre, que tiene 86 años, y a unos pocos metros su amiga Meg, su asistente personal desde hace 22 años. Y con ellas, los cuatro hijos de Meg y los veinte gatos que reúnen entre ambas. Anne y Meg se conocieron en una iglesia mormona. Hoy los hijos de Meg consideran a Anne como una segunda madre. Meg lee sus manucristos, que escribe siempre a mano, sentada en un sillón, pero sólo hace ocho años que la escritora puede pagarle por este servicio. Ahora las dos se ríen de los tiempos de penuria económica cuando apenas tenían dinero para sobrevivir. Ahora Anne Perry es una mujer rica, que puede permitirse el lujo de ser generosa con los hijos de Meg, lo que comenta llena de orgullo; uno de ellos, Simon, es su jardinero, y la que es su esposa, pasa a máquina las páginas que Anne escribe con letra menuda seis días a la semana y desde las nueve de la mañana a las seis de la tarde.

Pero antes, entre los veinte y los treinta años, la vida de Anne Perry, no fue nada fácil. Al salir de la cárcel fue a la universidad, donde estudió historia, y luego vagó por trabajos diversos; fue secretaria, recepcionista, empleada en una compañía de seguros y hasta en una empresa de limusinas en Hollywood. Y todo el tiempo cargando con su nombre falso. “Mire, dice con su cálida sonrisa, alguien sí sabía quién era yo. No tuve más remedio que decírselo a las autoridades norteamericanas para obtener mi visado de entrada en aquel país”.

“Realmente han pasado cuarenta años desde entonces, el mundo ha cambiado y también mi vida. Cuarenta años es mucho tiempo”.

Su vida, parece construida a base de saltos mortales, el primero de los cuales es, sin duda, el crimen. Pero muchos años más tarde, otro acontecimiento marcaría su existencia. Vivía en Estados Unidos, el día que entró en la Iglesia de Jesucristo y los Santos del Último Día. Entonces se convirtió; se hizo mormona. Explica la naturaleza de su fe y se hace evidente la importancia que ésta tuvo para Anne Perry. “La mayoría de las religiones”, -dice-, “parten del pecado original, de la pérdida de la inocencia del hombre, y todas persiguen recuperar esa inocencia, volver al paraíso. Los mormones, en cambio, creemos que el hombre no perdió la inocencia, que es inocente y pecador inexorablemente. Lo importante es seguir adelante con la experiencia que cada uno ha tenido, con lo bueno y lo malo. Los mormones aceptamos a las personas tal como son, por muy espantosos que sean los pecados que han cometido”.

Anne Perry se agarró a la fe mormona, la herramienta que necesitaba para seguir adelante. “Si”, reconoce, “es absolutamente cierto. Y también me proporcionó una red de amigos que me comprenden y me aceptan tal como soy”. En ese pequeño mundo que se ha construido en la costa escocesa, cuenta con la cercanía de una comunidad mormona. Los gatos de Anne, y los de Meg, entran y salen, corretean por el jardín y la casa. El salón principal es enorme, está casi vacío. Sólo el dormitorio parece una habitación vivida, y el estudio donde trabaja. Situado en la parte más alta de la casa, por su gran ventanal se ve la de Meg, y el bosque de árboles enormes y rododendros salvajes que tapizan el paraje. En ese estudio escribe sus novelas ambientadas en la época victoriana; un momento histórico que le permite prescindir de conocimientos forenses para elaborar sus historias. No le interesan las huellas digitales, o los modernos métodos científicos de investigación policíaca. Lo que le importa es la gente, y por tanto los personajes. “Ellos conocen la naturaleza humana y actúan guiados por el sentido común”.

En la comida, al preguntarle por qué comienza siempre sus novelas con el relato de un crimen, aclara que es para agarrar la atención del lector, porque si no lo consigues en las dos primeras páginas, lo habrás perdido para siempre.

Llegados a este punto de la conversación, al preguntarle porqué empezó a escribir policiacas, dice que su padrastro le contaba la historia de Jack el Destripador. Insistía en que aquel asesino podía ser cualquier persona, que iba bien emboscado bajo una identidad normal y corriente, que quizás un día alguien se iba a llevar una gran sorpresa al descubrir quién era. “Eso me dió la idea de escribir historias terribles protagonizadas por personas que están cerca de nosotros, y que no son como pensamos. Porque todo el mundo guarda algo en su interior que no quiere que se conozca; cosas de las que se averguenza”.

¿Habla por propia experiencia?

-Oh, sí, supongo que sí. El caso es que desde que escribió su primera novela policíaca, Crimenes en Carter Street, fue aceptada de immediato. Le pagaron 3.000 libras de las de 1976 y desde entonces no ha parado de publicar. Escribe un libro al año, ahora dos, desde que ha creado una nueva serie protagonizada por un policía.

A medida que sus obras aparecían en el mercado, el nombre de Anne subía como la espuma. Primero fue superventas en Estados Unidos y en su país, luego en Francia, ahora crecen sin parar sus lectores españoles. Sus historias atraen a la gente. Tanto como las de su compatriota Agatha Christie, con quien no le gusta que la comparen porque “Christie plantea unas tramas más inteligentes, más complicadas, pero eso no es lo que a mí me interesa, que es explorar en el interior de los personajes”. En cuanto a Patricia Highsmith, piensa que es demasiado pesimista y negativa. “Yo soy optimista respecto al genero humano. Por eso me identifico con Pitt, uno de mis personajes preferidos, que es un policía comprensivo con las flaquezas humanas, tolerante”.

Dice que el pasado le ha enseñado que las cosas no son blancas o negras, y a no juzgar demasiado rápido a los demás. Para explicarse mejor, recurre a un ejemplo: “Como tengo un acento educado, cultivado, mucha gente me ha dicho que tuve suerte de haber tenido oportunidades para educarme. Luego se sorprenden, al conocer mi pasado, y darse cuenta de que todo cuanto tengo me lo he ganado a pulso”.

-¿Por eso, por el aprendizaje, no renunciaría a nada de lo que ha vivido?

-Cambiaría lo que hice, “aquello”; pero no la experiencia que me ha hecho ser como soy, las enseñanzas que aquello me proporcionó. Los crímenes que narra en sus novelas son sangrientos, espantosos. Ella se muestra de acuerdo con esta opinión, pero quiere puntualizar. “Porque si se mira con detenimiento” -dice-, “se verá que en mis argumentos ninguna persona muere de forma lenta y dolorosa; si hay detalles escabrosos, como mutilaciones, siempre han sucedido tras la muerte de la víctima. Si hay un envenamiento, éste muere mientras duerme. Es decir, la muerte siempre es rápida”.

Hablamos de una de sus historias, donde varios hombres, tras ser asesinados, son mutilados salvajemente, cortándoles los genitales. Ella interrumpe para decir: “No puedo decir que estuviera bien lo que hicieron esas chicas, las asesinas, pero, es comprensible. Ellas matan movidas por la ira de la justicia”.

Perry piensa que cuando alguien comete un asesinato, suele hacerlo, básicamente, por dos motivos; por miedo, y por carecer del tiempo suficiente para juzgar mejor la situación. Pero a veces también se mata por un sentido de la justicia, por la ira que produce la injusticia. Y por avaricia, un motivo muy poco atractivo para la escritora; o por celos, un motivo poco interesante. Piensa que en sus argumentos, normalmente hay una mezcla de varias razones, y siempre huye de la locura como motivación, porque no es buena a nivel dramático. “En mis historia se mata fundamentalmente por miedo, o por ira, y el temor puede ser por uno mismo o por otra persona. Y en esos casos, el asesino cuenta a menudo con mi comprensión. Si alguien tiene miedo, está entre las cuerdas y no encuentra salida, uno puede entender que se llegue a matar”. En una de sus historias, una mujer asesina a su marido porque está abusando de sus hijos de forma regular y no encuentra otro medio para acabar con la situación. Perry pregunta: “¿No cree que cualquiera puede ponerse en el lugar de esa mujer? Lo que intento con mis libros es que todos comprendamos que una persona, en ciertas circunstancias, puede llegar a esos extremos, y que eso nos haga pensar dos veces antes de juzgar a los demás”.

En su opinión, todo escritor lleva a sus textos lo mejor y lo peor de sí mismo. Nadie puede narrar una historia realmente fuerte sin haber vivido algo igualmente fuerte. Así que, dado que Perry es una persona que sabe de tragedia y muerte, está capacitada para inventar esa clase de argumentos. Verdaderamente, ha logrado convertir la más terrible experiencia de su vida en algo positivo y muy rentable, lo que no deja de ser fascinante. Además, el descubrimiento de su verdadera identidad, un secreto cuidadosamente guardado, le ha permitido iniciar una nueva vida. Perry, por fin, puede decir quien es y vivir en paz.

 Laberintos de la noche

Ediciones B ha lanzado la vigésimo primera novela de la serie protagonizada por William Monk y su esposa Hester; se trata de Laberintos de la noche (Corridors of the night).

Laberintos de la noche de Anne Perry
Los hermanos Rand -Magnus, un médico astuto, y Hamilton, un genio de la química- buscan obsesivamente una cura para lo que por entonces se conoce como la «enfermedad de la sangre blanca».
En un anexo del Hospital de Greenwich, la enfermera Hester Monk está atendiendo al adinerado Bryson Radnor, uno de los pacientes moribundos de los hermanos Rand, cuando topa con tres niños débiles y aterrorizados, y se da cuenta con horror de que los dos científicos los han comprado para realizar experimentos con ellos. Los Rand están a punto de conseguir una cura milagrosa, y no pueden correr el riesgo de que se conozcan sus experimentos…
Antes de que Hester pueda revelar el secreto, ella también cae prisionera. Mientras el comandante Wiliam Monk y sus fieles buscan a Hester en las oscuras calles londinenses y la bella campiña inglesa, el tiempo se agota para la valiente enfermera y los niños a los que intenta proteger.

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

«Para personas altamente sensibles», Karina Zegers

Karina nace en el año 1952 en Ámsterdam, Holanda. Desde muy joven empieza a viajar a España, donde viven sus abuelos. A los catorce años decide que quiere estudiar filología española y ser traductora, lo que consigue años después. Sin tan siquiera intuirlo, había elegido una profesión ideal para una persona de Alta Sensibilidad. A los 28 años se casa con un gallego, y con él tiene dos hijos. Cuando se divorcia diez años más tarde, coge a sus hijos y su ordenador, y emigra a Mallorca, sitio dónde, desde muy pequeña se ha sentido bien. El paisaje y la luz de esta bella isla le calman y le ofrecen la posibilidad de disfrutar más de la vida.

Mientras estudiaba trabajaba –en plan voluntario- como asistenta social con inmigrantes y refugiados políticos, en concreto con la ONG ‘Migrante’ que inicialmente se ocupaba de emigrantes españoles que llegaban a trabajar a Holanda, y más tarde de otros colectivos inmigrantes, de Chile y de Argentina fundamentalmente. Fue con este último grupo, los refugiados políticos, cuando realmente aprendió a “escuchar”.

Por esa capacidad de escucha, la gente le busca para contarle sus problemas y hablarle sobre las dificultades en la vida, aunque han de pasar muchos años más hasta que ‘por casualidad’ descubre que forma parte de ese gran grupo de personas que hoy en día llamamos Personas con Alta Sensibilidad o PAS. La alegría de descubrir que su sensibilidad elevada no es un “defecto” le lleva a dar un siguiente paso: Aprender todo lo que se sabe sobre la Alta Sensibilidad, de buscar un coach altamente sensible como ella, y luego aprender cómo ser coach (entre otras formaciones da del Coach Training Alliance en los EEUU) para ganar la capacidad de poder ayudar a todos que se sienten abrumados por su elevada sensibilidad y intensa emocionalidad, como a ella le había pasado. Después de haber sacado la certificación de “life-coach” con el CTA, ha cursado varios trainings con el Relationship Institute para especializarse en coaching para solteras/os buscando pareja, y para parejas que buscan mediación en conflictos o que simplemente quieren llegar a una profundización de la relación, por ejemplo mejorando la comunicación.

Aparte de su titulación y certificación como coach, es mediadora en conflictos, certificado por el School voor Mediation, y está registrada en el registro holandés de mediadores en conflictos, el NMI.

En 2014 funda la Asociación de Personas con Alta Sensibilidad de España (APASE)que tiene como objetivo principal la divulgación del rasgo de la alta sensibilidad en el mundo hispanohablante y fomentar la investigación del mismo, de la cual es presidenta hasta su jubilación en la primavera del 2018.

En marzo 2018 recibe una invitación personal por parte de la Dra. Elaine Aron de participar en una formación privada, enfocada en la profundización del rasgo y la investigación científica, recibiendo su certificación como “consultant and speaker”© junto con otros 14 participantes.

En junio 2018 forma parte del Comité Directivo y organizador del Primer Congreso Internacional sobre la Alta Sensibilidad© organizado desde la Línea de Investigación en “Motivación, Actividad Física y Salud” del Departamento de Psicología Básica de la Universidad de Valencia.

 

Descubre si eres una Persona Altamente Sensible y aprende a gestionar el día a día
La alta sensibilidad es un rasgo de la personalidad que presenta un 15-20 por ciento de la población. Se trata de una característica neutra que no significa ser especial ni tampoco mejor. Pero una persona altamente sensible (PAS), con la emocionalidad a flor de piel, ha de reconocerse como tal para entender las cosas que le pasan; saber dónde están sus límites; explicarse por qué a menudo siente que el mundo está lleno de alfileres que hacen daño. Sacarle partido a esta cualidad del carácter depende de uno mismo y del trabajo individual para lograr mantenerse fuerte a pesar de ser vulnerable, y así poder disfrutar de la vida.

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

Un escritor de éxito en cadena perpetua por asesinato: Curtis Dawkins

Primero mató a una persona, luego escribió un libro. Antes había estudiado un máster de Humanidades y, mucho antes, había empezado a notar los efectos de sus problemas mentales, que intentó combatir a base de drogas y alcohol. Pero la historia de Curtis Dawkins no es tan sencilla. El motivo por el que le pegó un tiro a Thomas Bowman y ahora cumple una cadena perpetua en una prisión de Michigan (Estados Unidos) va más allá del contexto, de las circunstancias. «No habría disparado a un hombre si no hubiese estado colocado, pero hay problemas más profundos. Nunca es SOLO por las drogas y el alcohol. Asumo mi culpa», cuenta el escritor a ABC a través de correo electrónico.

Dawkins había empezado a escribir una década antes de cometer el asesinato, en 1994, cuando la empresa de sus padres se incendió y decidió volver a sus estudios para convertirse en escritor. Su vida, sin embargo, siguió por otros derroteros. Se casó, formó una familia y consiguió un trabajo como vendedor de coches. Pero todo cambió en 2004, una noche que consumió crack y destrozó muchas vidas: la de Bowman, la suya, la de los familiares de ambos. Ya en prisión, con el crimen a sus espaldas, la literatura se convirtió en su «salvavidas». «Si no hubiese escrito nada, no estaría aquí hoy», confiesa ahora.

Cada día, dedica unas cuatro horas a escribir, aunque podrían ser más. «He visto programas de televisión sobre cárceles rusas donde cada segundo está estructurado, lo que me parece una pesadilla. Yo básicamente vivo mi vida. Tengo un trabajo de prisión como limpiador. Pero si quisiera podría escribir 24 horas al día», afirma. De ese empeño nació un libro de relatos que llamó la atención de Scribner’s, una de las principales editoriales estadounidenses, que le ofreció un adelanto de 150.000 dólares. Finalmente, la obra se publicó en julio de 2017. Ahora, después de haber cosechado buenas críticas en su país, en las que se destacaban los méritos literarios de su criatura, «Hotel Graybar» llega a España de la mano de Seix Barral.

Los relatos de Dawkins hablan de la cárcel, de los presos, de lo que se queda fuera, del mundo inmenso y ya lejano, de la esperanza, pero también de la asunción de la culpa. Es una mirada, cuenta, distinta. «La mayoría de los presos no han tenido una educación académica, que es la razón por la que el mundo rara vez escucha su voz. Parte de mi propósito era darles a estos chicos una voz, y una que no viniera de la mano de algún idiota que enseña clases de escritura en prisión», asevera. Una mirada, insiste, honesta: «No hay nada que me cabree más que un libro deshonesto».

Quizá por ello, las historias de «Hotel Graybar» se construyen a partir de sus experiencias directas de la cárcel. Pretenden ser veraces, aunque están siempre filtradas por su ojo de letraherido y admirador de Pynchon, DeLillo o Joy Williams. El cuento que abre el libro –«La prisión del condado»– fue también el primero que escribió, y le vino a la mente mientras pasaba la cuarentena obligatoria para todos los que entran en la prisión del condado de Michigan. De hecho, usó el nombre de uno de sus compañeros, pero sus abogados le aconsejaron que lo cambiara. A pesar de todo, en el relato se palpa esa sensación de claustrofobia y se sufren esas relaciones extrañas (y obligadas) que se establecen entre los desconocidos.

De lo que no habla este libro es de la noche en la que Dawkins mató Bowman, una culpa de la que no se ha liberado a pesar del tiempo, que todavía lo asalta ciertos días, ciertos momentos. «Podría escribir sobre aquella noche. Sería fácil ficcionalizarla y no hay nada que no se pueda hacer ahí, pero no quiero. Tengo conciencia y no me sentiría bien haciéndolo. Mi pareja, la novelista Kimberly Knutsen, ha escrito sobre aquella noche desde su perspectiva, pero yo no lo necesito», explica.

Aquella noche, disparó un revólver Smith & Wesson del calibre 357 que se había comprado para sentirse protegido porque trataba constantemente con narcotraficantes. Formaba parte de su paranoia in crescendo. Ahora no piensa lo mismo. Dawkins está a favor de una legislación más severa con el control de armas. «Ojalá me hubieran denegado el arma por mi historial mental. No estaría aquí. Nadie necesita un fusil. Nadie con problemas mentales necesita un arma. Sí, necesitamos una regulación más estricta», remata.

 

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

‘Cazadores de las nieves’ de Paul Yoon

La vida de Paul Yoon (Nueva York, 1980) se ha desarrollado en los márgenes, en los caminos silenciosos, en cierta forma de soledad. Outsider de vocación, hijo de una familia asiática, ajeno a los círculos literarios académicos, Yoon ha sorprendido a público y crítica con tres libros que son pequeños solo en tamaño. Con su recopilación de relatos Once the Shorese puso en el radar de la prensa especializada y con su primera novela, Cazadores de las nieves (que en España publica Nocturna con traducción de Teresa Lanero) ganó el premio de ficción Young Lions.

Yoon atiende a EL PAÍS desde Nueva York y en todo lo que dice hay algo de poesía y algo de magia. Sus respuestas se parecen, quizás porque esta entrevista se realizó mediante un cruce de correos electrónicos, a sus libros.“Era una especie de solitario por vocación. Mi familia se mudaba mucho, así que siempre estábamos de un lado para otro, lo que hace muy difícil invertir en algo importante como la amistad o las raíces. Por eso creo que es normal que me sienta cómodo y como en casa con personajes desubicados. He creado mi propia familia con ellos”, cuenta para explicar la génesis de su libro.

Fui educado para amar y admirar la gran novela americana, libros que pesaban 20 libras

En Cazadores de las nieves Yohan es un veterano de la Guerra de Corea, machado por un síndrome de estrés postraumático por aquel entonces no diagnosticado, que decide no volver a casa tras el conflicto y se refugia en Brasil. Allí vivirá una vida sencilla narrada sin adornos por Yoon en una novela breve e intensa; una vida de trabajo, algo de amor, de amistad, de búsqueda tranquila de un sentido a todo, de sanación de las heridas.

“Cuando estaba investigando para mi primer libro me topé en alguna parte con una línea que hablaba de un grupo de prisioneros de guerra norcoreanos que se negaron a volver a casa tras la Guerra de Corea. Así que fueron realojados, creo, en Argentina. Nunca había oído hablar de esto –me parecía extraño, bestial e interesante– y no encontré mucha información. Así que me puse a imaginar. Y así es como empezó el libro. No era consciente de estar escribiendo un libro sobre el trauma o el estrés post traumático pero estaba muy interesado en la fuerza de esta historia”, asegura.

Artísticamente, quería explorar cómo convertir algo enorme en algo tan mínimo como fuera posible

La obra de Yoon encierra una paradoja: es la antítesis de la gran novela americana escrita por un fervoroso lector de la gran novela americana. “Fui educado para amar y admirar la gran novela americana, libros que pesaban 20 libras, y también las grandes novelas inglesas del XIX. Tengo que dejar claro que amo esos libros pero cuando me topé por primera vez con, digamos, So Long, See You Tomorrow, de William Maxwell o incluso Snow Country de Yasunari Kawabata, encontré revitalizante y reveladora esa resistencia a lo ‘grandioso’. Artísticamente, quería explorar cómo convertir algo enorme en algo tan mínimo como fuera posible”, responde cuando se habla de libros con los que emparenta como Las ocho montañas, de Paolo Cognetti o Toda una vida, de Robert Sheethaler.

Rutinas que salvan vidas

Parte de la novela se desarrolla en el pasado el campo de prisioneros en el que Yohan pasó meses con un amigo que se había quedado ciego. Esta historia terrible tiene su contrapunto esperanzador en forma de dos niños vagabundos de Brasil que se cruzan en la vida del protagonista en el tiempo presente. Nada de esto estaba pensado. Tampoco el formato final. “Para ser sincero, cuando estoy escribiendo no tengo claro nunca si escribo una novela o un relato corto. Esta novela simplemente se ha hecho un poco más larga. Es decir, me sentí cómodo al pensar que esta historia podía ir un poco más lejos. Pero en mi más reciente recopilación, The Mountain, tengo historias que son muy largas, y me resulta casi como una novela”, cuenta con sencillez un tipo que dice que no piensa en el éxito y suena real.

Cuando estoy escribiendo no tengo claro nunca si escribo una novela o un relato corto

“Me interesa explorar hasta qué punto podemos evocar o expresarnos con la más mínima expresión y, lo que es más importante, de la manera más precisa posible”, insiste, preocupado por ser, en efecto, preciso.

Su vida, sencilla, entre las clases universitarias y la escritura, no ha cambiado mucho y en ella busca, como Yohan, tablas de salvación. “No tengo rutina. Escribo cuando puedo. La rutina que necesito estos días tiene que ver con mi vida fuera de la literatura. Me gusta salir a correr por la mañana. Pasear al perro. Asegurarme de que puedo cenar con mi mujer tantas veces como pueda para así terminar el día juntos. Estas son las bases de mi cordura. Todo lo demás resulta tan frenético hoy en día que solo puedo escribir en la medida en que sea capaz de crear un ritmo alrededor de aquello sobre lo que escribo”.

NO RENDIRSE

La literatura de Yoon es en cierto modo sanadora, al menos para él. En ella se abordan los grandes temas a través de pequeños ambientes.

PREGUNTA: Hay dos aspectos que aportan cierta luz en una narración de gran intensidad y tristeza. En el libro vemos personajes como Yohan, el protagonista, que es capaz de encontrar la felicidad por estar en compañía de otros o en el simple hecho de realizar su trabajo como sastre…

RESPUESTA: Exacto. Quería darle algo de esperanza por muy quemado que estuviera. Quería que no se rindiera. Es algo que siento así. No debemos rendirnos. Incluso en mi vida de nómada nunca he perdido la esperanza de establecerme en algún sitio e incluso compartir eso con alguien. Seguimos moviéndonos, mirando adelante, paso a paso. Quería que mi personaje entendiera al final que no tenía que hacer todo esto solo.

P: La amistad es muy importante para los personajes de este libro. Se puede decir incluso que es un libro sobre la amistad. ¿Por qué le interesa tanto?

R: En parte porque, por la forma en la que he vivido, era algo que me resultaba esquivo, como ya he contado. Puede que las relaciones no duren, pero si hay una conexión o un momento de conexión, quizás eso hable de la belleza del paso de los días, de la vida.

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

“Causas naturales” de Claudia Hernández

Introducción por Giovanna Rivero

Imaginen que una tarde, cualquier tarde, esa popular frase –todos tenemos un niño interior– se manifiesta con la naturalidad de la lluvia. Imaginen que ese niño o niña toca a la puerta, llama, insiste en el encuentro. ¿Se trataría de un encuentro entrañable? ¿Un saldo de deudas? ¿Una reconciliación? ¿Acaso el careo no siempre justo entre el adulto en que nos hemos convertido y la promesa fantástica y todopoderosa que una vez fuimos? ¿Es eso o un espejismo senil? ¿Una redención? ¿Una trampa?  ¿Un pasaje hacia algo más? En este perturbador cuento de Claudia Hernández, “Invitación”, esa cita y sus respuestas son absolutamente posibles. El concepto freudiano heimlich –en referencia al secreto extraño que se revela en el seno de lo familiar y que irrealiza lo conocido– parece ser el corazón de este bello relato. Lo mejor de todo, sin embargo, es que el cuento supera la tentación de un clímax simplemente sentimental y, lejos de eso, nos advierte más bien del riesgo enorme que corremos si aceptamos abrirle la puerta al cuerpito de rodillas curtidas en/con el que vivimos el paraíso terrible de la niñez. Ningún revenant que se precie puede retornar con buenas intenciones, ni de la muerte ni de la infancia, y Hernández lo sabe bien. Ahora que el pensamiento cuántico ha ido conquistando la sensibilidad del siglo XXI, se me ocurre que “Invitación” es también eso: una fantástica e irresistible invitación a reconectarnos con nuestros verdaderos álter –no los del ego, sino los del espíritu– y es(x)piar a través de sus ojos los destinos en potencia que todavía podemos alcanzar, incluso si para ello debemos atrevernos a algún doloroso desalojo.

 

Invitación de Claudia Hernández
Salí porque fui invitada a hacerlo. Acababa de bañarme y estaba asomando los ojos a la ventana de mi habitación cuando, de pronto, me vi pasar. Era yo. Pero no la yo que miraba en las visiones del espejo, sino otra yo que conocía y que tenía mucho tiempo de no ver: yo niña. Imposible confundir mi mirada, mi forma de andar, mi sombra, mi vestido pálido y mis zapatos gruesos. Era yo que pasaba frente a mi casa corriendo con tanta velocidad que me hice dudar. Pensé que se trataba de mi imaginación, que debía haber salido a correr por las calles que, siendo de una ciudad tan joven, se ven ya tan viejas. Me quedé sonriendo por lo bueno que había sido haberme visto de nuevo con los huesos diminutos y los dientes de leche.

Acomodé mejor la vista en la ventana. Tenía la esperanza de que, si me quedaba ahí, si esperaba, yo–niña volvería a pasar sobre mi vuelo como hacen las mariposas. Diez minutos después (el tiempo que de pequeña me tomaba darle la vuelta al barrio), yo–niña aparecí. Me detuve frente a mí, que estaba esperándome en la ventana, me sonreí de nuevo y corrí alrededor del barrio siete veces en total. Entonces, yo–niña me invité a bajar con un ademán insistente. Yo —que deseaba bajar y tomarme de la mano, y correr, correr, correr, correr, correr—, bajé deprisa por las escaleras.

A mitad de ellas me di cuenta de que estaba desnuda y me desistí de salir porque recordé que los vecinos sacaban a pasear a sus infantes a esa hora. Segura de que se alarmarían (las mujeres desnudas que corren por las calles asidas de la mano de ellas mismas cuando eran niñas no son muy frecuentes por acá), subí a la habitación para gritarle que no podía acompañarla porque estaba sin ropas y que lo sentía mucho.

Noté en su rostro que no me había creído. Por eso, me asomé completa a la ventana para probárselo.

Pareció no importarle. Seguía gritando que saliera, que saliera ya, que saliera pronto, que me apurara. Pataleaba con insistencia, hacía temblar el asfalto. Me hacía angustiarme. Y, cuando me llenó de desesperación por no poder salir, entonces escuché mi voz —pero no mi voz de niña ni mi voz de ahora, sino mi voz de cuando esté ya muy vieja— que me decía que saliera a jugar conmigo–niña, que no me dejara esperándome. Me hablaba con voz de mando. Me lo ordenaba mientras —como yo no daba un paso para cubrirme el cuerpo— me vestía con una sábana y me llevaba de la mano rumbo a la salida. Escaleras abajo, yo–vieja me colgué la llave de la casa al cuello para cuando volviera, me saqué a la calle y me di un empujón para que me alcanzara a mí–niña, que, al verme salir, echó a correr colgando las risas en el aire como si se tratara de globos enormes.

Toda la mañana corrí tras de mí sin darme alcance. Yo–niña me animaba a aumentar la velocidad y a atraparme, pero seguía corriendo más rápido de lo que a mi edad puedo hacerlo. Corría y volvía a verme burlona con mi risa de niña mientras yo–vieja nos vigilaba desde mi puerta. Ambas se veían satisfechas. Parecían modelos de un cuadro. Lo único que quebrantaba la atmósfera de armonía era yo, que no sonreía, que estaba cansada y que me dolía de mis pies sin zapatos lastimados por el asfalto caliente.

Dimos vueltas al barrio. De pronto, yo-niña se internó en la ciudad. Intenté seguirla guiándome solo por su carcajada. Estaba empecinada en darle alcance, pero tenía la desventaja de no saber dónde estaba. No reconocía el paraje. La ciudad parecía desordenarse detrás de mis pasos. No encontraba yo una señal que me revelara su ubicación o la mía. Ni siquiera la gente me ayudaba a situarme. Unas me decían que estaba cerca de mi barrio; otras, que nunca estaría más lejos que entonces. Por eso preferí caminar sola. Sabía que, de alguna manera, saldría de allí. Me pedí paciencia. Me pedí esfuerzo. Me pedí no dejar de caminar. Estaba segura de que conseguiría descifrar el laberinto y salir de él. Pero toda mi seguridad no alejaba la desesperación, que se posaba sobre mí en forma de pájaros oscuros que tenía que espantar con movimientos de manos mientras caminaba.

Anduve tanto y tantas veces alrededor de los mismos sitios que perdí la esperanza de regresar. Y, cuando ya ni siquiera tenía ilusiones, cuando ya ni siquiera deseaba dar con mi casa, visualicé mi techo celeste y mi ventana. Caminé hacia ellos en el ocaso.  La noche se precipitaba tras de mí.

Buscando refugiarme de las noches frías de esta zona, tomé la llave que yo–vieja me ató al cuello y la metí en la cerradura. Entró sin problemas y hasta giró, mas no abrió. Falló en los cuatro intentos. Entonces, aunque vivo sola, toqué para que alguien me abriera.

Cuando nadie atendió mi llamado, comencé a pensar en dónde encontrar un cerrajero que me ayudara y no preguntara por qué me había quedado fuera envuelta en una sábana.

Pensando estaba cuando me cayó una colcha encima. “Para el frío”, me dijo una voz que venía de mi habitación y que distinguí de inmediato porque era con la que hablaba en la infancia. Yo-niña me miraba burlona desde la ventana. Se reía de mí. Le grité que me abriera, que me abriera de inmediato, que me abriera ya. Pero no respondió a mi petición. Solo sonrió y me hizo señales de despedida con la mano hasta que llegué yo–vieja y la halé hacia el interior de la casa. Me miró como ve la gente a un ser molesto cuando le pedí que me abriera, cerró la ventana y desapareció.

Intuí que no me dejarían entrar más, así que me di la vuelta y me interné en la ciudad en búsqueda de un empleo que me permitiera pagar una habitación en la que pudiera vivir. Busqué un lugar en un edificio alto, muy alto, un sitio donde las voces de la gente que camina en la calle no pueden distinguirse para que, si ellas regresan, no pueda yo escucharlas ni aceptar sus invitaciones, ni salir a la calle, ni quedarme de nuevo sin casa.

 

 

Claudia Hernández González es una escritora salvadoreña. Nació en San Salvador, en 1975. Licenciada en comunicaciones por la Universidad Tecnológica de El Salvador, realizó también estudios de derecho. A partir de finales de la década de 1990 ha publicado relatos sueltos en el suplemento TresMil del diario CoLatino y en la revista Hablemos de El Diario de Hoy en El Salvador. En 1998 ganó el primer honorífico del premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional, por su cuento “Un demonio de segunda mano”. Hernández ha publicado seis colecciones de cuentos, entre ellas Otras ciudades (2001), Mediodía de frontera(2002), Olvida Uno (2005), De fronteras (2007) La canción del mar (2007) y Causas Naturales (2013). En 2004 obtuvo el prestigioso premio Anna Seghers, en Alemania, por obra publicada. Sus cuentos han sido publicados en varias antologías, entre ellas Los centroamericanos (2002), Papayas und Bananen. Erotische und andere Erzählungen aus Zentralamerika (2002) Pequeñas resistencias 2. Antología del cuento centroamericano contemporáneo (2003). Actualmente, Hernández trabaja como catedrática de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Su reciente obra, el libro bilingüe They Have Fired Her Again, fue publicada en 2016.

 

Unos de sus libros…

Quince cuentos donde caída y redención son sinónimos

Un paseo en quince cuentos por las casas, las calles y las intimidades de una ciudad donde los altos ideales no se diferencian demasiado de los instintos predadores y donde caída y redención son sinónimos.

Tras una serie de pequeñas transformaciones sucesivas, los habitantes de este universo (adultos nuevos), desisten de su intención de transformarlo y se suman a él para defender y acuerpar sus causas naturales.causas naturales (ebook)-claudia hernandez-9789996145988

 

Comentarios:

«La obra narrativa de Hernández ha concedido a la realidad imágenes originales y de un surrealismo convincente, que no concuerda con la versión oficial de la historia.»

Jurado del Premio Anna Seghers

«Claudia Hernández, cuentista de primera línea, fue elegida entre los treinta y nueve mejores escritores latinoamericanos menores de treinta y nueve años.»

Certamen Bogotá 39, Unesco

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

Lars Mytting: «El libro de la madera »

El autor noruego convierte en ‘best seller’ un libro sobre la madera

Cuando uno se ve atrapado en una lectura sobre el descortezamiento de los pinos, la trayectoria de los abedules al caer o el nivel de nudosidad de un tronco al serrarlo; cuando se siente hipnotizado por su elegante inutilidad en un mundo en el que basta dar un botón para lograr calor, frío o sensaciones que creíamos elementales, es que algo pasa. Lars Mytting (Fåvang, 1968) ha convertido en superventas El libro de la madera (Alfaguara), una especie de manual del leñador que no solo ha triunfado en su Noruega natal, donde los hombres se declaran con leña y no con flores, sino en montones de países donde no vamos a hachazos por el bosque, precisamente.

“Es un libro que muestra el valor de hacer algo frente al valor de decirlo. En un mundo en que todos los afectos deben expresarse rápidamente en Twitter y Facebook, defiendo al hombre silencioso capaz de calentar a su familia en invierno. Capaz de actuar sin hablar”.

El libro es masculino, sí. Tan masculino que Mytting ha recibido reproches de mujeres que también sierran la madera, pero “no machista”, dice, y lo defiende como un retrato antropológico del hombre a través de su conexión con algo tan primigenio como el fuego y la forma más antigua de energía. “No es sobre la capacidad de salir a conquistar el bosque salvaje, sino sobre la pequeña satisfacción que tiene el hombre al proveer de calor a los suyos”.

“El amor en Noruega no se declara con flores, sino con leña”

Todo comienza con Ottar, un vecino anciano, enfermo de una grave afección pulmonar, que Lars  conoció al mudarse a Elverum, a 140 kilómetros de Oslo. Le sorprendió su empeño y su tenacidad al salir cada mañana a serrar una leña que aún debía secar antes de arder en su chimenea muchos meses después, en brindis a un futuro que el hombre tal vez no iba a ver. “La leña conecta el pasado, el presente y el futuro de nuestros días, nos conecta al ciclo de las estaciones y es sobre todo un acto de generosidad. La ambición es que tu montón de leña te sobreviva, que caliente a tu familia cuando te hayas muerto”. Mytting, periodista y autor de tres novelas, decidió a partir de este encuentro plasmar la gran metáfora que puede esconderse tras la relación del hombre con la madera en este libro que defiende una autenticidad perdida en tiempos tecnológicos.

“Siempre habrá un nuevo invierno”, nos dice Mytting. “Y no hay muchas situaciones en la vida en las que puedes prolongar el resultado de tu trabajo para las siguientes generaciones. Aunque te hayas ido”.

“Mi libro es masculino, no machista”

Habla en el parque del Retiro de Madrid, donde enseguida descubre una ardilla trepando por uno de los árboles y donde se ha quedado en mangas de camisa riendo de todos los que nos abrigamos, acostumbrado a los 30 grados bajo cero. Su mundo es otro, el de una Noruega en que a falta de un vocabulario habitual para decir “te quiero” —“esas palabras son demasiado fuertes para un noruego”— dicen “te tengo cariño”; o, mejor aún, expresan con la ayuda de la naturaleza sus sentimientos. “Allí se dice que el amor se declara con leña y no con flores y recuerdo una mujer que durante su infancia solo había visto a su padre trabajando en el garaje o la leñera, no tenían ninguna conexión emocional y mi libro le ayudó a entenderle al darse cuenta de que preocuparse de su calor en invierno era su manera de decirle que le importaba”

—Seamos sinceros. ¿No diría que es un libro para frikis?

—Sí —ríe y admite—. Y por eso es más legible. Podía haberlo resumido en 18 o 20 páginas, pero es como cuando pones un marco a una foto: entonces aflora todo un mundo y ningún detalle es demasiado pequeño. Los detalles estimulan al lector más obsesivo.

Desde que el libro nació en Noruega —donde ya se ha convertido en serie de televisión— hasta su llegada a España, ha crecido con más detalles y testimonios como el impacto de la luna en la madera. “Creía que era una superstición hasta que conocí a un científico suizo que había dedicado ¡ocho años! a analizarlo y llegó a las mismas conclusiones que los viejos noruegos: hay pequeños patrones de impacto lunar en la forma de cortarse y secarse”.

El humor y el entusiasmo de Lars están también en su libro, que relata cómo una discusión sobre la forma de apilar, sobre la mejor sierra o el mejor momento para secar la leña pueden aguar una boda o un bautizo. No se andan con chiquitas en su mundo. La relación del hombre y su herramienta es complicada, como el rechazo a la motosierra cuando surgió su ruido en el bosque o la tipología de las hachas. “Cada hacha es distinta. Todo se hace hoy como los muebles de Ikea y en esta era el hacha aún puede ser muy personal, mantiene la distinción de su creador”.

 

 

Si otro impactante escritor noruego, Karl Ove Knausgard, nos había familiarizado con los territorios más inhóspitos de su país en su serie Mi lucha, Mytting nos reconcilia con el interior de esos hogares donde la naturaleza aún marca el ritmo y la supervivencia es, al fin y al cabo, un laborioso acto de amor. Y si no lo creen, acompañen al anciano Ottar hasta el final.