Lucia Berlín: «la mujer de limpieza de la Literatura».

Cuando, cerrado el siglo XX, parecía cerrada también la lista de los grandes cuentistas norteamericanos del siglo: Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Truman Capote, Paul Bowles, Raymond Carver, Alice Munro, Lydia Davis… he aquí que aparece un nombre nuevo, con una obra escasa –setenta y siete cuentos en total– pero que deslumbra a todos y conquista sin disputa un lugar entre los grandes. Se trata de Lucia Berlin, fallecida en el 2004, y de quien, hasta entonces, casi nadie había oído hablar. Cierto, había publicado algunas cosas en vida: sus primeros cuentos datan de los años sesenta, cuando Lucia, nacida en Alaska en 1936, rondaba la treintena; algunos vieron la luz en revistas, su primer libro ( Angels Laundromat) data de 1981, y publicó otros cinco hasta su muerte, siempre en pequeñas editoriales. Pero sólo el año pasado, concretamente en agosto del 2015, “uno de los secretos mejor guardados de América” (en palabras de un crítico) salió a la luz. Pues uno de los sellos más poderosos de EE.UU., Farrar Straus and Giroux, publicó Manual para mujeres de la limpieza / Manual per a dones de fer feines, una selección de sus mejores cuentos.

Para sorpresa de propios y extraños el libro se situó nada más salir en el segundo puesto de la lista de los más vendidos del The New York Times. En pocas semanas había vendido más de lo que vendieron, a lo largo de treinta años, todos sus libros anteriores juntos; y aunque, por no estar viva su autora o por tratarse de obra publicada con anterioridad, no pudo recibir ninguno de los grandes premios, sí fue incluido en la lista de los mejores libros del año de las principales revistas y suplementos literarios del país. Pero ¿quién fue Lucia Berlin?

Muchas cosas. Y esa es una de las claves que explica la riqueza, la variedad de sus cuentos. Lucia era hija de un ingeniero de minas y de una mujer fría, racista y alcohólica (así la describe en muchos de sus relatos). Pasó su infancia de ciudad minera en ciudad minera en Idaho, Montana y Arizona. Luego, su padre se fue a la guerra y Lucia, su madre y su hermana se quedaron en El Paso (Texas), donde Lucia asistió, becada, a un colegio de monjas, en el que era la única protestante; además, como su madre prefería la botella a sus hijas, Lucia vivía prácticamente con la familia siria de al lado (lo narra en el cuento Silencio). Tuvo, como puede verse, muchas oportunidades para observar las diferencias culturales por religión u origen social o geográfico, e incluso para imaginar qué habría sido su vida en otra comunidad, por ejemplo, si su familia hubiera muerto en un terremoto y ella se hubiera quedado a vivir con los amigos sirios ( Volver al hogar).

Con la adolescencia vino una nueva mudanza, a Santiago de Chile, y con ella, una metamorfosis: de niña estadounidense de clase media sin más, Lucia se encontró convertida en una señorita de la clase alta chilena, alumna de un exclusivo colegio privado, que dividía su tiempo, los fines de semana, entre las fiestas de la alta sociedad, con baile y cenas de seis platos, y visitas a los vertederos y chabolas en compañía de una profesora norteamericana, medio misionera, medio revolucionaria (el cuento en el que lo narra, Buenos y malos, es magistral, y el personaje de la profesora, inolvidable). Estudió después –quería ser escritora, o periodista– en la Universidad de California, donde entre otros, tuvo como profesor a Ramón J. Sender.

Varios traslados (“debo llevar unas doscientas mudanzas a cuestas”, dice en uno de los cuentos), bodas, divorcios e hijos después, encontramos a Lucia en Nueva York, viviendo, por falta de recursos económicos, en un edificio de oficinas, donde se apaga la calefacción de noche: era todo supuestamente alegre, despreocupado y liberal, con mucho jazz, nomadismo, sexo y copas (el tipo de vida retratado por Kerouac o Ginsberg). Pero Lucia y sus dos hijos tenían que dormir vestidos con ropa de esquí. El padre, como tantos en esa época de una libertad sexual recién estrenada cuyas consecuencias, sin embargo, pagaban ellas más que ellos, había hecho mutis por el foro.

A los treinta y dos años, Lucia Berlin tenía en su haber tres matrimonios deshechos, cuatro hijos a su cargo y un alcoholismo con el que lucharía toda la vida… Eso sin contar con problemas de salud graves y crónicos: doble escoliosis, que la había obligado a llevar un corsé ortopédico durante años, problemas respiratorios… Lo que no tenía era una profesión, ni ingresos regulares. De modo que tuvo que ponerse a trabajar en lo que pudo: recepcionista en la consulta de un ginecólogo, ayudante de enfermería en la sala de urgencias de un hospital, e incluso mujer de la limpieza (aunque le costaba encontrar empleo porque las señoras, explica, desconfían de las candidatas “instruidas”). Todo ello y más (su paso por centros de desintoxicación, sus frecuentes visitas a México, donde vivía su hermana…) lo refleja en sus relatos, cuyo valor radica en esa amplia gama de experiencias, muchas de ellas raramente abordadas en literatura –pocas escritoras o escritores han trabajado atendiendo a enfermos terminales o limpiando casas–, pero sobre todo en la voz de la autora. Una voz, como señala Lydia Davis en su prólogo, irresistiblemente cálida, cercana, hecha de espíritu de observación, empatía, alegría de vivir, humor: “No me importa contarle a la gente cosas terribles si puedo hacerlas divertidas”, apunta ella misma. Sus modelos eran Chéjov, por la humanidad, Katherine Mansfield, por la capacidad de encontrar belleza hasta en lo más vulgar, Paul Bowles, por su agudeza en percibir y entender las diferencias culturales…

Hacia el final de su vida, Berlin obtuvo cierto reconocimiento como escritora. La Universidad de Colorado la invitó a dar clases de creación literaria en Boulder. No fue una gran solución económica (vivía en una caravana), pero le dio la oportunidad de añadir una pieza más, muy distinta a las otras, al puzle de sus experiencias vitales: “Este debe ser el pueblo más sano de todo el país. En las fiestas universitarias o en los partidos de fútbol no se bebe. Nadie fuma, ni come carne roja o dónuts bañados de azúcar. Puedes ir solo por la calle de noche, salir de casa sin cerrar las puertas con llave. Aquí no hay bandas y no hay racismo. Tampoco hay muchas razas.

Lucia Berlin se trasladó, finalmente, a un garaje acondicionado como vivienda junta a la casa de su hijo, en Los Ángeles. Murió el día en que cumplía 68 años. Con un libro en la mano, y sin sospechar que la edición póstuma de su obra iba a traerle, por fin, la consagración que merece.

Lucia Berlin

Manual para mujeres de la limpieza / Manual per a dones de fer feines

Alfaguara / L’altra editorial. Traducción castellano: Eugenia Vázquez Nacarino / catalán: Albert torrescasana.

 

Este libro es una antología de 43 relatos basados en la vida itinerante de la autora, una mujer muy bella, casada tres veces, alcohólica, que trabajó duramente en toda clase de oficios para mantener a sus cuatro hijos. Cuenta vidas desastradas en las que el desastre se acepta con normalidad; no tiene reparo en mostrar la miseria humana; la degradación, la vulgaridad, la fealdad, la suciedad aceptada ni la ternura o la emoción de los inadaptados. Sus personajes son gente maltratada por la vida y por sí mismos, pero también audaces, que van de frente, con una intrepidez y una inconsciencia admirables. En el orden de los cuentos se advierte el paso del tiempo sobre la autora, lo que nos permite ver en ella el trayecto de la juventud a la vejez, lo que resulta muy sugestivo.

 

 

 

 

 

 

Fuentes: La Vanguardia, Cultura, 12/03/16.

El Pais/Babelia/2/05/16.

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

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La «Simone» novela de Eduardo Lalo y próximamente película.

En Simone, la última novela del poeta, narrador y artista plástico puertorriqueño Eduardo Lalo, un escritor sin nombre recorre las calles de San Juan, observa desde una dolida distancia a sus habitantes y recoge sus desasosegadas reflexiones en fragmentarias entradas de diario. Es un personaje suspendido en un presente desesperanzado, neuróticamente ligado a una ciudad que lo atrae y repele a la vez, pero que es, sobre todo, su ciudad. Caminando por sus calles siente la maldición del sol inclemente y es testigo de conversaciones que delatan la chatura de sus conciudadanos, su torpeza lingüística, la banalidad de sus preocupaciones: “Esto es lo que escucho y anoto en la calle. Tras las palabras queda el enigma. Pero todo sabe a plástico, a sol, a baterías doble A de un aparato hecho en China. La única salida sería tener dinero para poder encerrarse o viajar, para recuperarse viendo y escuchando otras cosas. Ése es el único verdadero privilegio aquí. La riqueza permite imaginar que  no se tiene nada que ver con esto” (49).

El tono de hastío que inunda las entradas del cuaderno del escritor empieza a transformarse ante la llegada de unos misteriosos mensajes con citas literarias que lo interpelan de forma inquietante. El juego de la sorpresa, desciframiento, pesquisa y seducción que inician estos mensajes abre la segunda línea narrativa de Simone -la del encuentro amoroso- y revela al lector el porqué del título de la novela: es el alias de la remitente, quien se identifica con la forma en que la filósofa francesa Simone Weil vivió la distancia que la separaba de sus contemporáneos. En ese San Juan de soledades y transparencia, la posibilidad de salir del encierro se asocia al milagro de una escritura que busca derroteros distintos a los que imponen la industria editorial, la mirada académica, el gusto masivo de los lectores. La historia de amor de Simone nace de la seducción literaria, ejercida primero por las novelas del escritor sobre su  lectora y después por los mensajes que ésta le envía a él.

La transformación del escritor en su encuentro amoroso y erótico con Chao Li es narrada en un ritmo nuevo, que transforma la novela en su segunda parte en un bello relato de intimidad, exploración y descubrimiento mutuo. Una restricción impuesta por ella –y que prefiero no revelar acá- desvía los encuentros sexuales por vericuetos inexplorados: “La prohibición incrementaba nuestra ansía. Nuestras sesiones desconocían el tiempo… Los movimientos se estiraban sin fin y sin esfuerzo. El acto era incolmable, al menos para mí lo era, y la energía transitaba por mi cuerpo sin agotarse. Al unirnos construíamos un lugar para el cual no había mapas ni servía la experiencia y ese ámbito desafiaba todos los presupuestos. Era imposible saber lo que hallaríamos en él y lo que se esperaba de nosotros… La soledad y el sufrimiento acumulado por años, el peso de toda una vida, nos había llevado a este punto. Éramos náufragos que compartían la misma balsa en el océano de San Juan y estaba claro que sin esta indigencia jamás nos hubiéramos encontrado” (106).

Con Chao Li al lado, el escritor descubre que San Juan alberga historias que le eran totalmente desconocidas. El tema de la invisibilidad boricua frente al mundo se agudiza al extremo en el descubrimiento de la comunidad china en la isla. Ésta se compone de migrantes con trayectorias de profundo desarraigo, frágilmente vinculados a los negocios de comida que engullen las vidas de miles de personas que nunca logran aprender bien el castellano, ni desligarse de los compromisos esclavizantes contraídos con los familiares o patrones que alguna vez les permitieron salir de su país. Li vive en un estado de doble alienación: frente a su comunidad de origen y en relación a la sociedad puertorriqueña: “El problema no es la lengua sino la imposibilidad que tienen los demás de imaginarme. ¿Es posible escribir cuando la identidad no es compartida por nadie, cuando la inmensa mayoría de la gente no puede ni siquiera concebirte?” (98).

El encuentro amoroso impulsa el despliegue del talento artístico de Chao Li, quien conjuga el dibujo y la escritura en ejercicios de encriptación y borramiento de los nombres de los personajes que marcan su vida. En el clímax de su relación, Li y el protagonista intervienen la ciudad buscando recuperar el impulso vanguardista de reconectar el arte con la vida. El escritor desempolva su cámara para fotografiar a los cocineros chinos que conoce a través de Li; al pegar sus fotos en calles y paraderos busca llamar la atención sobre rostros ignorados en el paisaje nacional. La energía erótica, artística, literaria que despliegan los amantes suspende el tiempo en un presente gozoso que transforma también la descripción de la ciudad: los espacios se recorren, en estos apartados, con ligereza y confianza, la superficie urbana dibuja las huellas que entreteje la complicidad.

A diferencia de los fragmentos de la primera parte del libro, narradas en presente, como entradas de diario, la historia de amor se relata desde un tiempo posterior, luego del final de una relación potente y frágil: “Entonces, con brazos y piernas entrelazadas, iban renaciendo nuestros cuerpos: descubríamos que los miembros nos pertenecían en exclusividad y que marcaban la diferencia y la distancia. No hacía falta que algún acontecimiento viniera a deshacernos. Éste ya había ocurrido; no se hallaba en la historia que hacíamos, sino que nos precedía. Desde que Li perdió a su padre, desde que cruzó medio mundo y vino aquí, desde que me propuse sobrevivir harto de todo pero abrazado al hartazgo, desde entonces estábamos condenados” (107). El pasado de Li es una historia de desposesión, mientras la vida del narrador parece desplegarse sobre un hartazgo y desasosiego que no tienen ni un antes ni un después, salvo por el corto lapso de su relación amorosa. Atribuir su fracaso al pasado de Li, como pretende el escritor en la cita anterior, más que un fatalismo parece una estrategia para disfrazar su mermado protagonismo en una historia cuyas coordenadas fueron casi enteramente dibujadas por la autora de los mensajes.

En Simone hay tres presencias fundamentales que se despliegan e imbrican creando una atmósfera atractiva y seductora: la de la ciudad y su imbricación con la vida del narrador, la de la apasionada relación de Chao Li con la literatura y su amor con el escritor y la de la escritura en sí misma, cuya importancia se revela desde las primeras líneas del texto: “Escribir. ¿Me queda otra opción en este mundo en que tanto estará siempre lejos de mí?” (19).

Simone es un texto de difícil clasificación genérica y no cumple con ninguno de los estereotipos que la industria cultural suele construir en torno a lo caribeño. Me parece que por la originalidad de la propuesta narrativa de Lalo y lo profundamente personal de su mirada sobre el Caribe, es un gran acierto de la Editorial Corregidor el haber elegido su última novela para inaugurar su nueva Colección Archipiélago Caribe.

Lalo, Eduardo. Simone. Buenos Aires: Ediciones Corregidor, 2011.

Próximamente, la película…La larga cultura visual de filmes que son adaptaciones de la literatura ha ofrecido infinidad de respuestas a estas preguntas que, a lo largo de su abarcadora trayectoria, no han dejado de estimular creativamente a la directora Betty Kaplan, venozalana americana, quien hace cuatro años reside en Puerto Rico. Conocida por películas como “Doña Bárbara”, “Of Love and Shadows”, “Almost a Woman” y “One Hot Summer”, -todas ellas adaptaciones de novelas- la directora y guionista compartió con El Nuevo Día, su próximo proyecto, la adaptación al cine de la novela “Simone” de Eduardo Lalo, reconocida con el Premio Rómulo Gallegos en el 2013. Kaplan lleva desde el 2014 laborando en la materialización de este proyecto que ahora camina a paso firme.

Entrevista a Eduardo Lalo

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

 

‘Ya vamos’, de Ronja Von Rönne

Nacida en 1992, Ronja von Rönne es bloguera, periodista y escritora. Desde 2012 escribe en su blog Sudelheft. Y desde 2015 es columnista del periódico Die Welt. En abril de 2015 se vio envuelta en una agria polémica tras publicar un artículo titulado «Por qué me disgusta el feminismo siendo mujer», y entonces ardió Troya. «No soy feminista, soy egotista» afirmaba. Sostiene que el feminismo tradicional no puede hacerse cargo de las problemáticas actuales de las mujeres. La única forma de empoderarlas, en su opinión, es enterrar la cuestión del feminismo. Pues el mejor feminismo es el que no existe. Sostiene que hay que luchar más por el individuo, por uno mismo, que por mantener una posición determinada. De manera previsible, el artículo no sentó bien entre el mundillo de los intelectuales alemanes. Recibió ataques en las redes sociales y dejó su blog off line temporalmente. De repente, todo el mundo hablaba de von Rönne. Le llegó entonces justo a tiempo la invitación para participar en el prestigioso Premio Ingeborg Bachmann de Klagenfurt, un certamen en que los jóvenes escritores realizan lecturas públicas y que von Rönne describió como «los Juegos del Hambre del mundo literario». Se completó así su transformación de bloguera en enfant terrible de los suplementos culturales alemanes. El próximo mes de septiembre verá la luz en España su debut literario, Ya vamos(Alianza Editorial).

Cuando alguien se muere, la gente se viste de luto y acude al entierro. O bien huye con sus tres amantes a la orilla del mar. Al recibir la noticia de la muerte de su mejor amiga del instituto, Nora se decide por lo último. Como si el poliamor o la huida pudieran ayudar. Como si se escapara tan fácilmente de los demonios del pasado. Por la noche la despiertan ataques de pánico, su cuarteto amoroso amenaza con venirse abajo. Hasta el regreso de su terapeuta, Nora documenta sus días en un diario. Así narra su huida hacia adelante. Pero en lugar de un futuro pleno de esperanza, el pasado se impone cada vez más en primer plano. Tiene que haber algo, piensan los cuatro, que pueda volver a unirlos, como una gran fiesta. O un asesinato.

Ya vamos es un libro radical, vertiginosamente cómico en su desesperación, y poético en su crueldad. Ya vamos es un libro de intención satírica, pero al mismo tiempo va dirigido a un estrato social muy específico. Al leerlo se tiene la impresión de que es un concentrado de todos los rasgos de la autora y sus coetáneos: una mezcla perfecta hecha de ensimismamiento, vanidad y ansiedad, el retrato de una generación que ha crecido teniéndolo todo a excepción de un propósito vital. Von Rönne es una observadora sagaz del medio social en que ella misma vive. Sus personajes comen comida orgánica, votan a los mismos partidos y trabajan en diseño gráfico, o como nutricionistas o son personalidades televisivas. Rechazan los modelos tradicionales de pareja y sufren ataques de pánico, depresión y trastornos alimenticios. La trama, incidental, busca la provocación amable: ¿habrá poliamor, asesinato, suicidio…? Claro que sí. Von Rönne además es autorreferencial en todo momento y sin concesiones. La protagonista de la novela es la misma que la del blog, y a su vez cabe suponer que se acerca a la Ronja von Rönne real. Es la escritora de la época de las redes sociales. Es una escritora que no vacila en ponerse a sí misma en primer plano, para quien nunca ha existido la separación entre las personas pública y privada.

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

“Tan poca vida” de Hanya Yanagihara.

La autora de ‘Tan poca vida’ reclama su derecho a describir con crudeza escenas duras en una obra que ha conmovido a la crítica y el público norteamericanos

Hanya Yanagihara (Los Ángeles, 1975) tenía 10 años y vivía en Texas cuando su padre, un médico hawaiano, la llevó a presenciar la autopsia de un cadáver. “Fue realmente maravilloso”, recordaba la sorprendente escritora de la que todo el mundo habla en una entrevista a The Guardian. “La enfermedad me fascina, lo que el invasor puede hacerle al cuerpo anfitrión…Me encanta descubrir hasta qué punto un cuerpo es capaz de protegerse a sí mismo, a toda costa. Lo duro que lucha por sobrevivir”.

Los lectores de ‘Tan poca vida’ deben luchar también para salir vivos de una novela durísima, por momentos casi insoportable. Porque, una vez empezada, abandonarla no es una opción. En las primeras páginas la historia parece girar en torno a cuatro amigos treintañeros de Nueva York, excompañeros de piso universitario y de escaso éxito laboral: JB, un artista negro gay, Malcolm, arquitecto mestizo y niño de papá, Willem, un apuesto actor del Medio Oeste y Jude, un brillante y atormentado abogado.

Pero de pronto el objetivo acota la panorámica y enfoca a uno de ellos, Jude, víctima de espeluznantes abusos sexuales descritos con una prolijidad intolerable. Que una novela semejante sobre la amistad masculina, el maltrato y la homosexualidad se erigiera en 2015 en Estados Unidos en bestseller es un fenómeno digno de estudio. Que también la crítica se rindiera ante ella parece un milagro. Finalista del Man Booker Prize y del National Book Award, ambos segundos puestos fueron señalados como manifiestamente injustos por medios como The Washington Post, The Wall Street Journal, Vanity Fair o The Guardian que dictaminaron que ‘Tan poca vida’ era la mejor novela del año en EE.UU.

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Pobre masculinidad
Aunque la igualdad no ha alcanzado aún los altos centros decisorios, las mujeres copan ya sin competencia la mayoría de las plazas universitarias de los países avanzados y su ascenso social es imparable. Mujeres inteligentes, competitivas, fuertes, comienzan a ser la norma en lugar de la excepción mientras los hombres desalojan su endémica posición de dominio entre la desorientación y el pasmo. Su desesperada respuesta suena al ritmo de los nuevos movimientos populistas de derechas que ejemplifica el inesperado ascenso del misógino y racista Donald Trump. Hombre, blanco y asustado: tal es el retrato robot del ‘loser’ del siglo XXI.

¿Qué les pasa por la cabeza a los hombres? ¿Qué será de ellos? Ha sido sorpresivamente una mujer la encargada de ejecutar la más elocuente autopsia de la doliente masculinidad moderna en un novelón de más de mil páginas en su traducción española. Hanya Yanagihara vio volar su infancia en moteles de carretera, esperando a que su madre regresara con la compra, publicó una primera novela -‘The People in the trees’ (2013)- que pasó sin pena ni gloria, escribió la torrencial ‘Tan poca vida’ en estado febril todas las noches al llegar del trabajo durante 18 meses y se batió a cara de perro con su editor para mantener intacto todo el horror de la historia de Jude.
El reseñista de Los Angeles Times escribió que ‘Tan poca vida’ había sido el único libro en toda su vida que le había hecho llorar y la habitualmente sobria The New Yorker advirtió que la novela podía volverte loco, consumirte y cambiar tu vida para siempre. Sólo se alzó una voz discordante en la crítica, la de Daniel Mendelsohn en The New York Review of Books y fue más moral que literaria. Según el crítico, la obra de Yanagihara pinta una cultura del victimismo e incapacita a los homosexuales para el logro de la felicidad.

 

Abandono, pederastia, mutilación
La vida de Jude ha sido atroz. Los episodios de autolesión gráficamente descritos tienen su origen en un misterioso pasado, que poco ha poco es desvelado. Abandonado recién nacido en un contenedor de basura, violado por los curas que lo acogieron, carne de prostitución para los camioneros, aquejado de enfermedades venéreas y mutilado por un psiquiatra sádico en un coche. Todo este horror se alterna en las páginas de ‘Tan poca vida’ con la narración paradójica de los estilos de vida de los ricos y famosos, una extraña combinación que funciona sin embargo espléndidamente.
Hanya Yanagihara admira a la escritora inglesa Hillary Mantel por haber cambiado radicalmente su carrera de novelista en la madurez, como, asegura, ella misma tras su decepcionante primera novela. Y defiende la extrema violencia de su ‘Tan poca vida’ sin titubear: “No lleva a ninguna parte adivinar cuánto puede soportar un lector y cuánto no. No puedes refrenarte por miedo a ofenderlo. La violencia del libro puede ser exagerada pero es que todo el libro lo es, yo lo quise así. Es exagerado el amor, la empatía, la compasión y sí, también el horror…”

Thierry Meyssan y la Red Voltaire.

Thierry Meyssan (nacido el 18 de mayo en 1957 en Talence, Gironda) es un periodista y activista político francés, autor de investigaciones sobre la extrema derecha (especialmente sobre la milicia del Frente Nacional, que suscita una investigación parlamentaria y provoca una escisión del partido de extrema derecha), así como por su defensa de la laicidad de la República y sobre la Iglesia católica (el Opus Dei, por ejemplo), entre otras. Meyssan es uno de los principales defensores de las teorías conspirativas sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuya autoría atribuye en su libro La gran impostura a una parte del complejo militar-industrial de los Estados Unidos.

Tras realizar estudios de ciencias políticas, Thierry Meyssan impulsó una asociación de defensa de las libertades individuales, y posteriormente encaminó su carrera hacia el periodismo de investigación.
Su trayectoria profesional lo ha llevado a ser un verdadero experto en Derechos Humanos en la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa (CSCE), así como a redactor jefe de la publicación mensual Maintenant. Es presidente de Réseau Voltaire y editor de una carta de inteligencia política.

Libros
La Gran Impostura, La Esfera de los libros (Madrid), 2002.
Le Pentagate, Carnot (Paris)
Os Senhores da Guerra, Frenesi (Lisboa), 2002.
Prólogo (con Jean Ziegler) de Le Cartel Bush, Timéli (Geneva), 2004.
Políticamente Incorrecto, con Noam Chomsky, postdata de Fidel Castro, Ciencias sociales (La Habana), 200.
Prólogo (con José Saramago) de El Neron del siglo XXI, Apóstrofe (Madrid), 2004.
L’Effroyable imposture 1 & Le Pentagate, Nouvelle édition annotée, Demi-lune (Paris), 2007.
La Gran Impostura 2, Monte Avila (Caracas), 2008.

 

 

LA GRAN IMPOSTURA: NINGUN AVION SE ESTRELLO EN EL PENTAGONO

Las irregularidades de las primeras fotografías del atentado contra el Pentágono y la posterior confusión y contradicciones de las declaraciones oficiales, incluidas las que se realizaron sobre el World Trade Center, intrigaron a Thierry Meyssan , siempre atento observador de la actualidad internacional. A partir de entonces emprendió una investigación que lo ha llevado de revelación en revelación, tan insospechada como sobrecogedora. Según el autor, la versión oficial no se sostiene con un análisis crítico. Esta obra demuestra que se trata de un montaje. En algunos casos, los datos recogidos permiten reconstruir la verdad; en otros, las preguntas aún siguen sin respuesta, lo que no es una razón para continuar creyendo las mentiras de las autoridades. En cualquier caso, la tesis elaborada por Meyssan permite desde ahora poner en duda la legitimidad de la respuesta norteamericana en Afganistán y «la guerra contra el Eje del Mal». La gran impostura es un esfuerzo por recordar al lector que la libertad, en un período en que Estados Unidos separa el Bien del Mal, no es creer en una visión simplista del mundo, sino comprender, ampliar las perspectivas y aumentar los matices.

 

Unos de sus artículos

Para Londres, la propaganda de guerra es un arte
por Thierry Meyssan
Nadie dotado de sentimientos humanos puede aceptar ver niños sufriendo, y eso hace de los niños un tema perfecto para la propaganda de guerra. Thierry Meyssan aborda el uso de niños por parte de la coalición internacional encabezada por Estados Unidos en el marco de la guerra contra Siria.

RED VOLTAIRE | DAMASCO (SIRIA) | 23 DE AGOSTO DE 2016

Como todas las guerras, la guerra desatada contra Siria da lugar a una avalancha de propaganda. Y los niños siempre constituyen un tema que se vende como pan caliente.

Por ejemplo, al principio de los incidentes, Qatar quería demostrar que la República Árabe Siria, lejos de servir el interés general de los sirios, despreciaba al Pueblo. La petrodictadura qatarí echó entonces a rodar, a través de su canal de televisión Al-Jazeera, la leyenda de los niños torturados por la policía en Deraa. Como muestra de la crueldad extrema de su adversario, Qatar precisó que los policías les habían arrancado las uñas a los niños. Por supuesto, ningún periodista logró encontrar a aquellos niños. La BBC finalmente transmitió una entrevista con dos de ellos… en la que podía verse que seguían teniendo uñas.

Como el mito resultaba imposible de verificar, Qatar echó a rodar una nueva historia en la que un niño de 13 años, Hamza Ali Al-Khateeb, había sido torturado y castrado por la policía del «régimen». Esta vez la historia estaba ilustrada con una imagen en la que podía verse un cuerpo sin sexo. Pero la autopsia demostró que el cadáver había sido mal conservado y que se había hinchado tanto que el vientre ocultaba el sexo del niño… que no estaba castrado.
En esta revista, Sir Arthur Conan Doyle imagina a Sherlock Holmes arrestando a un espía alemán. El escritor trabajaba en aquella época para el Buró de Propaganda de Guerra.
A finales de 2013, los británicos pasaron a ocuparse de la propaganda de guerra contra Siria. Hay que decir que ya contaban con una larguísima experiencia en ese campo y que son considerados como los inventores de la propaganda moderna, desde los tiempos de la Primera Guerra Mundial, con la creación del Buró de Propaganda de Guerra.

 

Uno de los rasgos que caracterizan la propaganda de guerra de los británicos es que acostumbran a utilizar artistas, porque la estética neutraliza el espíritu crítico del receptor. En 1914, los británicos reclutaron a los grandes escritores del momento –como Arthur Conan Doyle, H.G. Wells y Rudyard Kipling– para garantizar la publicación de textos que atribuían crímenes imaginarios al enemigo alemán. Posteriormente reclutaron también a los dueños de los grandes diarios para que reprodujeran las “noticias” que inventaban sus escritores.

Cuando los estadounidenses decidieron imitar el método británico, en 1917, con el Comité de Información Pública, estudiaron con particular interés los mecanismos de persuasión, con ayuda del periodista estrella Walter Lippmann y del inventor de la publicidad moderna, Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud. Sin embargo, inclinándose fundamentalmente por el poder de la ciencia, olvidaron la estética.

A inicios de 2014, el MI6 británico creó la firma Innovative Communications & Strategies (InCoStrat), o sea “Comunicaciones y Estrategias Innovadoras”, que concibió por ejemplo los logotipos de los diferentes grupos armadosnempeñados en destruir el Estado sirio, desde el más «moderado» hasta el más «extremista». Esta firma, que cuenta con oficinas en Washington y Estambul, organizó la campaña tendiente a convencer a los europeos para que acogieran en sus países a 1 millón de refugiados. También obtuvo la fotografía del pequeño Aylan Kurdi, ahogado en una playa turca, y logró –en dos días– ponerla en la primera plana de todos los diarios atlantistas más importantes, en todos los países de la OTAN y del Consejo de Cooperación del Golfo.
Antes de la guerra contra Siria, cada año al menos un centenar de migrantes ahogados eran hallados en las playas turcas… sin que nadie se dignara a mencionarlos. Y sólo los diarios dedicados a la publicación de escándalos mostraban fotos de los cadáveres. Pero esta imagen en particular estaba especialmente bien concebida…

Como ya señalé en un artículo anterior, un cuerpo depositado en la playa por el mar no puede quedar en posición perpendicular a las olas… el autor de la foto reconoció posteriormente que había desplazado el cadáver del pequeño Aylan para mejorar la composición de la imagen.

La foto del pequeño Omran Daqneesh (sólo tiene 5 años) sentado en una ambulancia en el este de Alepo viene acompañada de un video, lo cual permite su “explotación” tanto en la prensa escrita como en televisión. La escena es tan dramática que una locutora de CNN rompió a llorar al verla. Por supuesto, cuando nos detenemos a pensar en lo que estamos viendo nos damos cuenta de que los socorristas no se ocupan del niño tratando de administrarle los primeros auxilios. Lo que vemos es que alguien –al parecer un miembro de los «White Helmets»– se limita a sentar al niño delante de la cámara.

Omran, el niño Sirio que nació en guerra y no conoce la paz. #PrayForSiria

A los cineastas británicos no les interesa el niño, lo que quieren es lograr una imagen. Según la agencia Associated Press, la foto fue tomada por Mahmud Raslan, quien aparece brevemente en el video. Según su cuenta de Facebook, Mahmud Raslan es miembro del grupo Harakat Nur al-Din al-Zenki, un grupo armado que cuenta con el respaldo de la CIA, que lo ha equipado con misiles antitanque BGM-71 TOW. También según su cuenta de Facebook, y esta información aparece confirmada por otro video, el 19 de julio de 2016, varios camaradas de armas de Mahmud Raslan, que incluso aparecen retratados con él en su cuenta de Facebook, degollaron al niño palestino Abdullah Tayseer al Issa, de 12 años.

Las leyes europeas son particularmente estrictas en lo tocante al uso de niños con fines publicitarios. Parece que eso no incluye la propaganda de guerra.

 

 

Rosa Montero publica: ‘La carne’, novela en la que habla sobre el paso del tiempo.

Entre otras marcas que adornan su piel, y también su corazón o su memoria, Rosa Montero (Madrid, 1951) tiene tatuado un título adoptado por el poeta chileno Raúl Zurita, “Ni pena ni miedo”. Tiene mucho que ver con La carne, la novela que Alfaguara le publica.
Rosa Montero sostiene que a los 40 años “se descubre la mediocridad y la mezquindad”
De La carne habla Rosa Montero, novelista, periodista, en la cocina de su casa, frente al Retiro madrileño, de regreso de un viaje europeo, dormida aún, “pero siempre corriendo”. Corriendo habla, corriendo escribe, y está corriendo desde que era una niña. En esta novela, en la que hay sexo, querido o prestado, o pagado, hay también tiempo, miedo del tiempo, lucha contra el tiempo. La tristeza y la soledad que está en el propio nombre de la protagonista, Soledad.

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Ese personaje de La carne es una mujer que acaba de llegar a los sesenta años, ha sufrido un desengaño amoroso y quiere impresionar a su examante exhibiendo el músculo de una nueva conquista, esta vez un joven que ella se procura en una agencia de gigolós. La peripecia posterior, que está en la novela muy detallada, es esa metáfora, el tiempo, el miedo, la pena del tiempo, que por otra parte late en todas las obras de Rosa Montero.

“No hay que mirar para atrás con pena y no hay que mirar hacia delante con miedo”

Y está presente, claro, ese lema, Ni pena ni miedo. “¡Tiene que ver con la vida! Y el libro trata de la vida. El tiempo te va royendo los huesos, te va asustando, encogiendo, y llega un momento en que te planteas si no ha sido un fracaso total. Y cada vez tienes más pena. ¡Creo que es un lema perfecto para la tercera edad! [Risas] Porque es cierto que la vida asusta y que la vejez no es para blandengues, como dicen los norteamericanos. Por eso me parece magnífico ese verso: ‘Ni pena ni miedo’. No hay que mirar para atrás con pena y no hay que mirar hacia delante con miedo”.

Soledad tiene alguna vez la tentación de no luchar, de borrarse, de no fracasar… “¡Y yo soy todo lo contrario! Soy de las que prefiere actuar. Soledad es pasiva, no se pone en riesgo. ¡La paz de los cementerios! La vida es ponerte en riesgo, si no te comprometes con las cosas no vives. La peor soledad es la de ser un náufrago en tu propia vida, que es un poco esta protagonista de mi novela. La vida no se puede concebir sin la compañía de los otros. Hay que vivir para uno, pero con los otros…”.

Todas sus novelas, dice Rosa Montero, “son muy existenciales”. Ya La hija del caníbal (1997) evoca la crisis de los cuarenta. “Y toda mi obra, como esta, está centrada en el paso del tiempo y de la muerte”. Está en su primera novela, Crónica del desamor (1973), que aparece aquí como un título posible para un primer libro de una vecina de la protagonista de La carne… En esas novelas que marcan las décadas narrativas de Rosa Montero están “la muerte y el fracaso y la falta de amor como la definición de la falta de valor de la vida, de cómo se convierte tu vida en una basura. Y eso es lo que siente Soledad, que la vida es una basura”.

—Que la edad le chirría.

—Bueno, la edad le chirría, el tiempo le chirría… ¡El tiempo chirriaba a los cuarenta y a mí me chirriaba desde los diez! Yo me decía a mí misma, a esa edad: “Mira, Rosita, qué tarde tan bonita. ¡Disfrútala porque luego corriendo corriendo estarás esta noche en la cama durmiendo, corriendo corriendo estarás mañana en el colegio, corriendo corriendo se habrán muerto tus padres, corriendo corriendo te habrás muerto tú!” ¡Con diez años me decía eso!

“La peor soledad es la de ser un náufrago en tu propia vida”

En la novela de Rosa Montero hay una descripción de Rosa Montero, que va a encontrarse con Soledad. Como ella misma hace en sus propias entrevistas, y cuando no entrevista, se despoja de todos sus abalorios, enseguida empieza el trabajo que quiere hacer y enseguida se va… “Sí, es tal cual. Y en la novela ella me pone a parir. Y dice algo de mi bastante sensato: ‘¿Y con esos tatuajes, adónde va? ¡Se creerá una niña! ¡Y vestida de Zara! ¡¿Se creerá que vistiéndose así va a engañar al tiempo?!”

Cita a Mallarmé: “La carne está triste y ya he leído todos los libros”. Y se pregunta: “¿Por qué se llama mi novela La carne? Porque estoy hablando de la carne que nos mata, la carne que nos envejece, la carne que nos enferma…, y al mismo tiempo estoy hablando de la carne que nos lleva a la gloria, de la carne que nos hace rozar la eternidad, porque cuando estamos en la explosión de la pasión la carne nos libra de la muerte, precisamente. Estoy hablando de eso; pero ya te digo que de eso estoy hablando en esta novela y en todas las demás”.

—Usted no ha querido hacer su propia historia, pero Soledad sí le pregunta por ella en la novela…

—En todas mis novelas se muestra esa inquietud. Lo que resulta complicado es que en cuanto escribes sobre un personaje contemporáneo, de una mujer que se acerca a tu edad, la gente enseguida la relaciona contigo. Y yo no lo entiendo, no lo entiendo…

“Pétronille”, la última obra de Amélie Nothomb.

 

La relación entre la literatura y el alcohol siempre fue laxa y amistosa. Una profesión donde el escritor maneja sus propios tiempos y lidia permanentemente con la ansiedad y el desgano de enfrentarse a una hoja en blanco de forma diaria no podría ser de otra forma. La humanidad ha tenido a la bebida (y a las drogas, en términos generales) como una vía de escape o recreación frente a la responsabilidad que exige la vida cotidiana. Desde Charles Bukowski, que decía en Factotum (1975) que “cuando bebes el mundo aún está ahí afuera, pero en ese momento no te tiene agarrado del cuello”, hasta Charles Baudelaire, cuando personificada al vino en uno de sus poemas de Las Flores del Mal (1857): “Siento una inmensa dicha al caer / en la boca de un hombre consumido por el trabajo”. En ambos casos, el alcohol aparece como quien posibilita que disminuya el peso del mundo, pero ¿es una salvación o una relajación?

La editorial Anagrama ha publicado Pétronille en español, la última novela de Amélie Nothomb (Japón, 1967) que salió en su lengua original, el francés, en el año 2014. Allí, esta autora de nacionalizada belga expone una forma romántica de ver la bebida que califica como el “áureo canto de las sirenas”. “La embriaguez no se improvisa. Es competencia del arte, que exige dar y cuidar” son las primeras palabras del libro y, de alguna manera, traza una distinción en el uso del alcohol. Como si le estuviera hablando a los millones de adolescentes que salen y se emborrachan en los boliches hasta quedar inconscientes bajo la “cultura del reviente”, asegura que beber es un arte, y como tal el disfrute en el paladar es uno de sus elementos constitutivos.

“Beber deprisa no significa beber con ansia. Nunca tomo más de un sorbo a la vez”, reconoce como recordando esa tradición que suelen tener los franceses con el buen comer y beber, la degustación de esos platos exóticos donde las papilas gustativas experimenten el placer. De esta manera traza una historia donde la bebida será la excusa para hablar de una relación de amistad entrañable.

La novela tiene el nombre de Pétronille Fanto, una chica (pichona de escritora) de aspecto andrógino y actitud desafiante, que la autora suele comparar con Arthur Rimbaud en su juventud transgresora. Como una suerte de relato autobiográfico explícito, la misma Amélie Nothomb es la protagonista y en un determinado momento de su vida decide buscar una “compañera de borrachera”. En una librería donde firma sus libros, conoce a esta joven francesa y la invita a beber. El champán es la bebida favorita y a partir de la excusa del alcohol se teje un vínculo que llevará a indagar sobre la amistad: ¿es la diferencia o la semejanza lo que atrae a las personas?
Porta de “Pétronille” de Amélie Nothomb (Anagrama).
Mucho más joven y con una vida más border y radical, Pétronille comienza a preocupar a la Amélie cuando, finalmente, descubre que se somete a probar pastillas de laboratorio para costear su vida ya que la literatura no llega a darle el sustento económico necesario. ¿Cómo querer a quien no se quiere? ¿Cómo cuidar a quien no se cuida? “Esa extraña forma de amor tan misteriosa y peligrosa en la que siempre se nos escapa todo lo que está en juego: la amistad”, dice la autora y decide cuidarla. Antes, la ayuda a ganarse un lugar entre los escritores de su época.

Sin embargo su juventud y despreocupación es lo que parece llevar las situaciones a un escenario más inquietante. “Había observado que cuanto más bebía, más a la izquierda de la izquierda se aventuraban sus opiniones”, dice Nothomb de Pétronille Fanto, que es, además, hija de comunistas. En una escena, la protagonista viaja a la ciudad francesa de Antony para conocer a esa familia y describe, de una forma práctica y ácida, las charlas de la izquierda comunista. “Como la propiedad es un robo, nunca cierra la casa con llave. Y nos han robado no sé cuántas veces” dice Pétronille de su padre, un obstinado comunista que, en su afán de ser optimista, asegura que “menos mal que nos queda Cuba”.

“Yo la miraba con la estúpida admiración propia de los de mi especie cuando se tropiezan con un auténtico proletario”, comenta la protagonista sobre Pétronille y sus orígenes pero sobre todo pensando en la forma despreocupada en que vive. En esta relación que, además de ser una amistad, es una amistad entre escritoras, nace la cuestión etaria y las diferentes perspectivas de ver el mundo. Cuando hablan de la locura, la joven le reconoce a la escritora belga -que narra todo en primera persona- que su locura es mayor porque es inclasificable. A lo que se refiere es a la capacidad de dominar su vida, de dejarse llevar por el alcohol pero no hasta el punto de desorientarse, de perderse y al fin jamás recuperarse. La locura de la Nothomb protagonista es la locura de alguien que tiene la experiencia y la solidez intelectual necesarias para no dejarse estafar por el delirio.

En cambio, Pétronille se pierde, descarrila, viaja al Sahara como una suerte de introspección interior. Da la impresión que no se encuentra a sí misma, que no se contenta con nada. No es el alcohol, desde luego que no, es una insatisfacción permanente. Por el contrario, Nothomb permanece plantada en su eje, por eso es la que cuida, la reta, la asiste, la alienta. No la comprende pero, sin embargo, está. Como las buenas y duraderas amistades: lealtad ante todo, respeto y comprensión.

Amélie Nothomb, la autora, escribe como quien habla mientras gesticula con las manos: una prosa simple, práctica, espontánea y fácil de seguir. La historia se prolonga durante 152 páginas con una soltura impecable, y si en algún momento la abulia florece, es el final (extraordinario final) que logra hacer resurgir la trama y resignificarla dotándola de sentido y emoción. Pero, ¿es esta una novela digna de una bestseller? ¿Está altura de sus demás producciones famosas como Estupor y temblores (1999) u Ordeno y mando (2008)? “La pregunta es si, frente a las exigencias del mercado editorial, las novelas mantienen la calidad literaria”, se interroga la crítica y escritora Leticia Martin teniendo en cuenta la enorme y extensa producción que tiene Nothomb: casi 40 títulos en 25 años. Aquí, en esta novela, la autora muestra su estilo, su ingenio y su docilidad para divertir. Quizás, las grandes obras suceden una, dos o a lo sumo tres veces en toda una carrera. Pétronille no es el caso, pero vale la pena su lectura.

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La escritora Amélie Nothomb nació en Japón, aunque su familia proviene de Bruselas. El cargo de su padre como embajador fue la causa de que pasara su infancia y adolescencia en China y Japón. Sus obras se encuentran entre las más leídas y apreciadas actualmente. Nothomb es una de las escritoras en lengua francesa más exitosa y con mayor proyección internacional. Ha recibido importantes galardones y entre sus títulos se encuentran, entre otras, obras como “Higiene del asesino”, “Estupor y temblores”, Metafísica de los tubos”, “El sabotaje amoroso”, “Ni de Eva ni de Adán”, “Ordeno y mando” y “La nostalgia feliz”.

Página Dos – Entrevista a Amélie Nothomb