Del crimen a la escritura: Anne Perry

  • “Sabía que había hecho algo malo y que debía soportar el castigo. Pero luego dejé de pensar en ello””Nunca pienso en mí misma con 15 años, pero eso no quiere decir que me asuste verme tal y cómo era” “Soy optimista respecto al género humano. Por eso midentifico con Pitt, mi personaje preferido” “En mis historias se mata por miedo, o por ira. El asesino cuenta a menudo con mi comprensión”
  • Escritora británica, popularmente conocida como la Reina del crimen victoriano por sus dos series de novelas de misterio: una protagonizada por el Inspector Thomas Pitt y su esposa Charlotte -iniciada en 1979 con el título “Los Crímenes de Cater Street”-; y la otra protagonizada por el detective amnésico William Monk, junto a la enfermera Hester Latterly y el abogado Oliver Rathbone -que se iniciara en 1990 con el título “El rostro de un extraño”-. Anne Perry también ha desarrollado una serie de novelas ambientadas en la Primera Guerra Mundial y breves relatos navideños.
Juliet Hulme, hasta los 20 años de edad, se convirtió en Anne Perry para olvidar que era una asesina. A los 15 años, junto con una amiga mató a ladrillazos a la madre de esta, en un bosque de Nueva Zelanda. Dada la juventud de ambas, la pena de muerte se convirtió en más de 5 años de cárcel, los mismos que han transcurrido desde que el estreno de la película Criaturas celestiales, reabrió el suceso ocurrido en 1957. Muchos años después de intentar rehacer su vida en Inglaterra y en estados Unidos, esta autora de novelas policiacas alcanzaba el éxito. Nadie podía imaginar que tras su nombre, tras sus historias victorianas, se ocultaba la historiade un crimen real.

Anne Perry escribe exitosas novelas policíacas, pero cuando tras sus ojos azules buscas la sombra de un crimen, no persigues una ficción. En su caso la realidad es mucho más poderosa que cualquier argumento inventado. Ella fue una asesina. En 1957, cuando tenía quince años, junto a su amiga Pauline, mató a la madre de ésta. Ocurrió en Nueva Zelanda. Allí golpearon con unos ladrillos la cabeza de la víctima hasta quitarle la vida. El crimen conmocionó a la sociedad del lugar, y las dos adolescentes, que debido a su edad se salvaron de la pena de muerte, fueron condenadas a cinco años y medio de prisión. Luego, nuestra protagonista, cuyo verdadero nombre es Juliet Hulme, lo cambió por el de Anne Perry. Comenzó una nueva vida, se convirtió en escritora de novelas policiacas y se hizo famosa. Y de pronto, hace ahora cinco años, el estreno de una película de horror y sexo, Criaturas celestiales, basada en aquel lejano suceso, puso en marcha el pasado, y desveló que la escritora Anne Perry era en realidad una de las autoras del crimen. “En ese momento pensé, -dice ella, a los sesenta años-, que todo regresaba de nuevo, que mi vida se iba a arruinar para siempre. Fue uno de los momentos peores de mi existencia”. Sin embargo nada de eso ocurrió, recibió el apoyo de cientos de personas, montones de cartas. Ella cree que fue gracias a la ayuda divina, y al sugerirle que, quizas, simplemente la gente resultó ser más generosa de lo que ella esperaba, insiste tajantemente: “Ha sido Dios, estoy completamente segura”.Han transcurrido 45 años desde que el “crimen” tuvo lugar. Aún resulta atroz imaginar a las adolescentes matando fríamente a la madre de Pauline. El diario de ésta fue la prueba que las incriminó ante la justicia. Sin embargo Anne Perry piensa que había muchas razones para que ella actuara como lo hizo. “Yo tomaba muchas medicinas, estaba muy enferma, y cerca de la histeria. Mis padres iniciaban su separación y eso me hacía sufrir mucho. Lo único que recuerdo es que en aquel momento las cosas se me estaban yendo de las manos y que me sentía obligada hacia Pauline. Ella se mataría, era mi certeza, y yo sería la responsable de su muerte si no accedía a sus deseos. Me encontraba muy sola y carecía de la fortaleza suficiente para hacer frente a la situación”.

-¿Ha vuelto a ver a Pauline?

-No, no me gustaría. Ella se portó muy bien conmigo, venía a verme todos los días mientras permanecí en cama, me escribía al hospital, pero no deseo verla. Anne Perry, o Juliet Hulme, nació en Inglaterra. Su padre era profesor de matemáticas en la universidad de Cambridge. Cuando ella tenía doce años la familia se trasladó a Nueva Zelanda. Era una niña enferma, que acudía al colegio de vez en cuando. Eso podría explicar que solo llegara a tener una amiga, Pauline, cuyos padres regentaban una pescadería. En el juicio salió a relucir una posible relación lésbica nunca confirmada. “Yo era una niña abierta, con una lengua demasiado rápida para decir todo lo que me parecía divertido o inteligente. Era una buena estudiante y quizás por eso arrogante, imaginativa y soñadora. Claro que lo importante es cómo te ven los demás”. Anne añade que entonces creía ser la personalidad dominante, pero que con el tiempo ha comprendido que la dependencia puede significar poder y ahora piensa que ella permitía que Pauline ejerciera ese poder sobre ella. “Era la tiranía del débil”.

Desde hace siete años, Perry vive cerca de Portmahomack, un pueblo de pescadores situado a una hora en coche de Inverness, una ciudad al norte de Escocia. Es una mujer muy alta, se mueve con empaque. Está orgullosa de su casa, un edificio escocés restaurado, de su jardín lleno de rosas por el que dice no pasear nunca. Todo el tiempo sus respuestas y comentarios basculan entre la manifestación de una íntima satisfacción consigo misma, y una especie de candor; como si creyera que todo lo que en este momento le rodea, o le sucede, fuera causado por un milagro. Es el mismo candor que aparece entre las líneas de su escritura, de historias sangrientas pero simples, de personajes lineales. Mantiene la misma actitud cuando hablamos del “crimen”, al que nunca se refiere en esos términos, evitando llamar a las cosas por su nombre. Dice, “aquello”, “lo que ocurrió entonces”, “los hechos”. Y parece que al mencionarlo hablara de un incidente menor. Sonríe y explica: “Oh sí, desde luego, pero “aquello” se me borró pocos meses después de que ocurriera”. Como si hubiera olvidado guardar en la nevera un tarro de mermelada.

Al preguntarle cómo vivió sus años de cárcel, donde pasó desde los quince hasta los veinte años, por ejemplo, si fue algo horrible, dice que sí, pero lo hace con su voz melodiosa mientras mira con sus insistentes ojos azules. Luego añade que lo peor de todo fue no poder tomar un baño en todo ese tiempo, no comer fruta fresca, no escuchar música, pintar. Leía mucho y memorizaba durante horas en la oscuridad. ¿Tal vez para no recordar? “Oh, supongo. Quizás. Si lo que te rodea es horrible utilizas la mente para evadirte”. Respecto al sentimiento de culpabilidad, comenta: “Oh, supongo que lo tenía, quizás; sabía que había hecho algo malo y que debía soportar el castigo. Pero luego dejé de pensar en ello”.

-¿Usted recuerda el momento del crimen?

-Oh, no ¡Nadie recuerda lo que hizo a los quince años!

Anne Perry juega a tener completamente dominada su memoria. Por eso tarda en desvelarse el modo en que la escritora asumió su pasado, supo utilizarlo, y hasta sacarle provecho. Finalmente reconoce, pero siempre hablando en términos generales, que es necesario estar de rodillas, completamente abajo, tirado en el suelo, diciendo me equivoqué, para empezar a superar algo terrible. Añade la coletilla de que, en cambio, no hay que sentir pena por uno mismo, y que ella es, sobre todo, alguien que ha aprendido. “Lo contrario sería una enorme tragedia. Yo, nunca pienso en mí misma a la edad de 15 años, pero eso no quiere decir que me asuste verme tal como era, porque la gente tiene derecho a cambiar”. Enseguida añade un, gracias a Dios; porque Dios sale a relucir frecuentemente a lo largo de su conversación.

Se siente bien, entre otras cosas porque ha sabido crear un mundo propio. A una milla de su casa, vive su madre, que tiene 86 años, y a unos pocos metros su amiga Meg, su asistente personal desde hace 22 años. Y con ellas, los cuatro hijos de Meg y los veinte gatos que reúnen entre ambas. Anne y Meg se conocieron en una iglesia mormona. Hoy los hijos de Meg consideran a Anne como una segunda madre. Meg lee sus manucristos, que escribe siempre a mano, sentada en un sillón, pero sólo hace ocho años que la escritora puede pagarle por este servicio. Ahora las dos se ríen de los tiempos de penuria económica cuando apenas tenían dinero para sobrevivir. Ahora Anne Perry es una mujer rica, que puede permitirse el lujo de ser generosa con los hijos de Meg, lo que comenta llena de orgullo; uno de ellos, Simon, es su jardinero, y la que es su esposa, pasa a máquina las páginas que Anne escribe con letra menuda seis días a la semana y desde las nueve de la mañana a las seis de la tarde.

Pero antes, entre los veinte y los treinta años, la vida de Anne Perry, no fue nada fácil. Al salir de la cárcel fue a la universidad, donde estudió historia, y luego vagó por trabajos diversos; fue secretaria, recepcionista, empleada en una compañía de seguros y hasta en una empresa de limusinas en Hollywood. Y todo el tiempo cargando con su nombre falso. “Mire, dice con su cálida sonrisa, alguien sí sabía quién era yo. No tuve más remedio que decírselo a las autoridades norteamericanas para obtener mi visado de entrada en aquel país”.

“Realmente han pasado cuarenta años desde entonces, el mundo ha cambiado y también mi vida. Cuarenta años es mucho tiempo”.

Su vida, parece construida a base de saltos mortales, el primero de los cuales es, sin duda, el crimen. Pero muchos años más tarde, otro acontecimiento marcaría su existencia. Vivía en Estados Unidos, el día que entró en la Iglesia de Jesucristo y los Santos del Último Día. Entonces se convirtió; se hizo mormona. Explica la naturaleza de su fe y se hace evidente la importancia que ésta tuvo para Anne Perry. “La mayoría de las religiones”, -dice-, “parten del pecado original, de la pérdida de la inocencia del hombre, y todas persiguen recuperar esa inocencia, volver al paraíso. Los mormones, en cambio, creemos que el hombre no perdió la inocencia, que es inocente y pecador inexorablemente. Lo importante es seguir adelante con la experiencia que cada uno ha tenido, con lo bueno y lo malo. Los mormones aceptamos a las personas tal como son, por muy espantosos que sean los pecados que han cometido”.

Anne Perry se agarró a la fe mormona, la herramienta que necesitaba para seguir adelante. “Si”, reconoce, “es absolutamente cierto. Y también me proporcionó una red de amigos que me comprenden y me aceptan tal como soy”. En ese pequeño mundo que se ha construido en la costa escocesa, cuenta con la cercanía de una comunidad mormona. Los gatos de Anne, y los de Meg, entran y salen, corretean por el jardín y la casa. El salón principal es enorme, está casi vacío. Sólo el dormitorio parece una habitación vivida, y el estudio donde trabaja. Situado en la parte más alta de la casa, por su gran ventanal se ve la de Meg, y el bosque de árboles enormes y rododendros salvajes que tapizan el paraje. En ese estudio escribe sus novelas ambientadas en la época victoriana; un momento histórico que le permite prescindir de conocimientos forenses para elaborar sus historias. No le interesan las huellas digitales, o los modernos métodos científicos de investigación policíaca. Lo que le importa es la gente, y por tanto los personajes. “Ellos conocen la naturaleza humana y actúan guiados por el sentido común”.

En la comida, al preguntarle por qué comienza siempre sus novelas con el relato de un crimen, aclara que es para agarrar la atención del lector, porque si no lo consigues en las dos primeras páginas, lo habrás perdido para siempre.

Llegados a este punto de la conversación, al preguntarle porqué empezó a escribir policiacas, dice que su padrastro le contaba la historia de Jack el Destripador. Insistía en que aquel asesino podía ser cualquier persona, que iba bien emboscado bajo una identidad normal y corriente, que quizás un día alguien se iba a llevar una gran sorpresa al descubrir quién era. “Eso me dió la idea de escribir historias terribles protagonizadas por personas que están cerca de nosotros, y que no son como pensamos. Porque todo el mundo guarda algo en su interior que no quiere que se conozca; cosas de las que se averguenza”.

¿Habla por propia experiencia?

-Oh, sí, supongo que sí. El caso es que desde que escribió su primera novela policíaca, Crimenes en Carter Street, fue aceptada de immediato. Le pagaron 3.000 libras de las de 1976 y desde entonces no ha parado de publicar. Escribe un libro al año, ahora dos, desde que ha creado una nueva serie protagonizada por un policía.

A medida que sus obras aparecían en el mercado, el nombre de Anne subía como la espuma. Primero fue superventas en Estados Unidos y en su país, luego en Francia, ahora crecen sin parar sus lectores españoles. Sus historias atraen a la gente. Tanto como las de su compatriota Agatha Christie, con quien no le gusta que la comparen porque “Christie plantea unas tramas más inteligentes, más complicadas, pero eso no es lo que a mí me interesa, que es explorar en el interior de los personajes”. En cuanto a Patricia Highsmith, piensa que es demasiado pesimista y negativa. “Yo soy optimista respecto al genero humano. Por eso me identifico con Pitt, uno de mis personajes preferidos, que es un policía comprensivo con las flaquezas humanas, tolerante”.

Dice que el pasado le ha enseñado que las cosas no son blancas o negras, y a no juzgar demasiado rápido a los demás. Para explicarse mejor, recurre a un ejemplo: “Como tengo un acento educado, cultivado, mucha gente me ha dicho que tuve suerte de haber tenido oportunidades para educarme. Luego se sorprenden, al conocer mi pasado, y darse cuenta de que todo cuanto tengo me lo he ganado a pulso”.

-¿Por eso, por el aprendizaje, no renunciaría a nada de lo que ha vivido?

-Cambiaría lo que hice, “aquello”; pero no la experiencia que me ha hecho ser como soy, las enseñanzas que aquello me proporcionó. Los crímenes que narra en sus novelas son sangrientos, espantosos. Ella se muestra de acuerdo con esta opinión, pero quiere puntualizar. “Porque si se mira con detenimiento” -dice-, “se verá que en mis argumentos ninguna persona muere de forma lenta y dolorosa; si hay detalles escabrosos, como mutilaciones, siempre han sucedido tras la muerte de la víctima. Si hay un envenamiento, éste muere mientras duerme. Es decir, la muerte siempre es rápida”.

Hablamos de una de sus historias, donde varios hombres, tras ser asesinados, son mutilados salvajemente, cortándoles los genitales. Ella interrumpe para decir: “No puedo decir que estuviera bien lo que hicieron esas chicas, las asesinas, pero, es comprensible. Ellas matan movidas por la ira de la justicia”.

Perry piensa que cuando alguien comete un asesinato, suele hacerlo, básicamente, por dos motivos; por miedo, y por carecer del tiempo suficiente para juzgar mejor la situación. Pero a veces también se mata por un sentido de la justicia, por la ira que produce la injusticia. Y por avaricia, un motivo muy poco atractivo para la escritora; o por celos, un motivo poco interesante. Piensa que en sus argumentos, normalmente hay una mezcla de varias razones, y siempre huye de la locura como motivación, porque no es buena a nivel dramático. “En mis historia se mata fundamentalmente por miedo, o por ira, y el temor puede ser por uno mismo o por otra persona. Y en esos casos, el asesino cuenta a menudo con mi comprensión. Si alguien tiene miedo, está entre las cuerdas y no encuentra salida, uno puede entender que se llegue a matar”. En una de sus historias, una mujer asesina a su marido porque está abusando de sus hijos de forma regular y no encuentra otro medio para acabar con la situación. Perry pregunta: “¿No cree que cualquiera puede ponerse en el lugar de esa mujer? Lo que intento con mis libros es que todos comprendamos que una persona, en ciertas circunstancias, puede llegar a esos extremos, y que eso nos haga pensar dos veces antes de juzgar a los demás”.

En su opinión, todo escritor lleva a sus textos lo mejor y lo peor de sí mismo. Nadie puede narrar una historia realmente fuerte sin haber vivido algo igualmente fuerte. Así que, dado que Perry es una persona que sabe de tragedia y muerte, está capacitada para inventar esa clase de argumentos. Verdaderamente, ha logrado convertir la más terrible experiencia de su vida en algo positivo y muy rentable, lo que no deja de ser fascinante. Además, el descubrimiento de su verdadera identidad, un secreto cuidadosamente guardado, le ha permitido iniciar una nueva vida. Perry, por fin, puede decir quien es y vivir en paz.

 Laberintos de la noche

Ediciones B ha lanzado la vigésimo primera novela de la serie protagonizada por William Monk y su esposa Hester; se trata de Laberintos de la noche (Corridors of the night).

Laberintos de la noche de Anne Perry
Los hermanos Rand -Magnus, un médico astuto, y Hamilton, un genio de la química- buscan obsesivamente una cura para lo que por entonces se conoce como la «enfermedad de la sangre blanca».
En un anexo del Hospital de Greenwich, la enfermera Hester Monk está atendiendo al adinerado Bryson Radnor, uno de los pacientes moribundos de los hermanos Rand, cuando topa con tres niños débiles y aterrorizados, y se da cuenta con horror de que los dos científicos los han comprado para realizar experimentos con ellos. Los Rand están a punto de conseguir una cura milagrosa, y no pueden correr el riesgo de que se conozcan sus experimentos…
Antes de que Hester pueda revelar el secreto, ella también cae prisionera. Mientras el comandante Wiliam Monk y sus fieles buscan a Hester en las oscuras calles londinenses y la bella campiña inglesa, el tiempo se agota para la valiente enfermera y los niños a los que intenta proteger.

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

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Antes del huracán’ de Kiko Amat

El escritor publica Antes del huracán, una novela sobre la locura que regresa al cinturón obrero de Barcelona, el paisaje sentimental de su infancia

 

Asegura Kiko Amat (San Baudilio de Llobregat, 1971) que, “aunque sea por decoro telefónico”, no lleva puesto el pijama, su habitual traje de faena. El periodista y novelista barcelonés nos atiende desde su casa un día antes de la publicación de su última y extensa novela -más de 400 páginas-, Antes del huracán (Anagrama), que presenta este miércoles en Barcelona. Tras un largo periodo de encierro mientras la escribía, ahora podrá “salir del cubil” a respirar aire fresco. “Hasta me he afeitado, cosa que no hacía desde 2007. Ayer quedé con unos amigos después de mucho tiempo y ni siquiera me reconocían”, asegura. “No entiendo a los que se meten a escribir por glamour, este oficio implica solo aislamiento, obsesión y una domesticidad enloquecida”, opina el siempre cáustico novelador del extrarradio.

Antes del huracán regresa precisamente a ese cinturón metropolitano y obrero barcelonés que le vio crecer y la parte más esencial de la trama se ubica temporalmente en los años ochenta, a pesar de que al terminar su primera trilogía –El día que me vaya no se lo diré a nadie (2003), Cosas que hacen BUM(2007) y Rompepistas (2009)- dio por clausurada su indagación en ese contexto.

La novela cuenta la historia de Curro, un preadolescente sensible, inteligente y con trastorno obsesivo compulsivo, y la de su familia desestructurada, marcada por la precariedad económica y afectiva y un historial psiquiátrico nada halagüeño para el futuro del protagonista.

No quiero ponerle gloria ni épica al asunto, pero el paisaje de mis juegos era un puto solar”

Todo lo que cuenta esta parte de la trama sucede en torno a 1982, bastante “antes del huracán”, y se intercala con capítulos en los que Curro, ya en 2017, se encuentra ingresado desde hace 20 años en el psiquiátrico que está justo al lado del colegio donde estudió de pequeño y planea fugarse con la ayuda de un mayordomo con el que inventa conversaciones ingeniosas en un lenguaje afectado. Contraponiendo ambos escenarios temporales, la novela va mostrando poco a poco el camino hacia ese irremediable “huracán” que un día dará con sus huesos en el manicomio. También aparecen monólogos (conversaciones de bar en las que se omiten las respuestas del interlocutor) que completan la historia familiar, especialmente la del abuelo que enloqueció durante su participación en la Guerra Civil, cuando un obús dejó a su capitán con la cabeza intacta y la columna vertebral al aire, delante de sus narices, así como la de su madre, que también acabaría perdiendo la cordura cuando la familia terminó de romperse.

Locura, violencia y envidia

“Yo vengo de un mundo donde la locura era natural y cotidiana”, explica Amat, cuya madre trabajaba de auxiliar de enfermería en el psiquiátrico real en el que se inspira el de la novela. “O sea, que le tocaba limpiar culos y vómitos y enfrentarse a la destrucción”. Para Amat, su pueblo “se parece mucho a todos los pueblos de la periferia urbana mediterránea e incluso universal”, pero el suyo tiene una peculiaridad añadida porque albergó “uno de los psiquiátricos más grandes de España en aquella época, si no el más grande”, explica.

¿Y cómo ha cambiado desde los 80 hasta hoy ese extrarradio que describen los libros de Amat? “Ha cambiado muchísimo. Yo me fui, como todos los autores de extrarradio, para mantener una relación de secuestro mental permanente con el lugar donde nací”. El escritor se fue de Sant Boi (ya nadie dice San Baudilio) a los 22 años, y ahora tiene 46. “El libro explica cómo ha cambiado, porque en 2017 el protagonista intenta buscar a los espectros de la infancia en el paisaje presente y no lo consigue. ha cambiado demasiado. Por otro lado, ese paisaje está vivo en mí. Cierro los ojos y veo las cisternas abandonadas, las espiguillas, las rieras llenas de zurullos de cabras porque aún había pastores en la zona, las torres eléctricas… Las torres eléctricas sí que siguen allí. Pero ya no encuentro aquellos solares. El solar fue nuestro paisaje natural, el descampado. No quiero ponerle gloria ni épica al asunto, pero el paisaje de mis juegos era un puto solar. Ahora vuelvo y me encuentro algunos destellos de aquellos solares y es como hacer un viaje místico”.

También recuerda Amat la violencia estructural de aquel medio ambiente: “Yo no me crié en un entorno lumpen, sino en un entorno humilde de clase obrera, media-baja más bien tirando a baja, pero sí era un mundo violento. No es que hubiera pistolas al aire, pero el mundo periférico de los 80 se estructuraba sobre una base de violencia. Los profesores ejercían

Antes mis personajes eran niños dañados con botas de skin, ahora solo son niños dañados”

la violencia física contra los alumnos, la calle era violenta… No de manera excepcional, sino habitual. También el tipo de desestructuración de las familias era distinto al de ahora. Entonces eran padres muy jóvenes, babies making babies, como dice la canción. Gente tratando de entender el mundo, de entender su propia paternidad. Y querían creer que salían de una dictadura pero aún estaban inmersos en ella”.

“Mucha droguería, pero su padre es cojo”, dice la madre de Curro al referirse a otro niño del colegio de familia más pudiente que la suya. La novela está llena de envidia y resentimiento hacia el éxito de los demás. “Lo utópico es la solidaridad de clase, pero solo un memo o alguien que nunca ha vivido en un entorno de clase obrera puede decir que en ese contexto existe la empatía constante. Solo desde muy arriba se ven los colores difuminados, pero si estás inmerso en esa periferia te das cuenta de que hay una paleta de colores desorbitada. La diferencia entre llevar Paredes o Tórtola (dos marcas de zapatillas) era enorme. En el colegio eras otro tío si llevabas una u otra. Es muy tentador pintar a la clase obrera con unos atributos como los que le ponían los escritores socialistas benevolentes del siglo XIX, pero no es así. Hay pequeñas envidias, rencillas absurdas. Un odio de hormiga del que nadie estamos exentos, y pintar esa pequeñez es nuestra obligación como escritores”.

Rascarse las costras

Dice Amat que todos sus autores favoritos ambientan sus novelas en los lugares donde se criaron. John Fante, por ejemplo, en Los Ángeles; Irvine Welsh en “un suburbio de mierda de Edimburgo”. “Yo soy de digestión lenta y he tardado años en entenderlo, pero mi foco de energía es el sitio de donde vengo y lo que da impulso y enjundia a todo lo que hago. En cuanto me alejo del extrarradio urbano barcelonés y de los años 80, lo que hago pierde potencia y se vuelve endeble”, confiesa. “Cada uno tiene sus costras y yo no puedo dejar de rascarme las mías. O, dicho de un modo casi esotérico, cada artista tienen un punto de poder, un punto donde está tocado por la gracia”.

Kiko Amat llevaba seis años sin publicar una novela. “Te seré sincero: igual que los futbolistas tienen malos días, los escritores tenemos malos años e incluso malas décadas. Yo he tenido una época en la que la plenitud de mi vida era un obstáculo para escribir”. En este tiempo, entre otras cosas, el autor ha sido padre. Tener acceso a esa plenitud hizo que su narrativa perdiera “esa rabia y esa frustración incurable” que impulsa su narrativa.

“Los narradores somos las únicas personas que nunca cicatrizamos”, opina Amat. Fue al volver a rascarse sus “costras” cuando encontró nuevos motivos para escribir una novela. “Regresé a la disciplina con respeto, genuflexionando como si entrara en un templo inquietante”. Además se siente satisfecho por un logro reciente: “He conseguido desaparecer del libro”. En sus primeros libros, cree que él estaba demasiado presente. “Yo venía de la clase obrera y nadie me había hecho caso nunca, así que cuando empecé a escribir, mis novelas hablaban de mí, de mi juventud rara subcultural, de los discos raros que tenía. Un montón de referencias arcanas se interponían entre el lector y yo, mi voz quedaba enterrada bajo un montón de chapas… Esto lo pasa uno como un acné, como una veleidad juvenil que tiene que vencer. Y de golpe quieres desaparecer más y más del texto y que solo quede la historia. Quien haya leído mis anteriores novelas y ahora lea Antes del huracán notará un cambio abismal. Creo que esto ha sido uno de mis triunfos respecto a mi ambición personal como escritor. Si antes mis personajes eran niños dañados con botas de skin, ahora son solo niños dañados”.

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

 

Angelika Schrobsdorff y sus «Hombres»

Tú no eres como otras hijas

Angelika Schrobsdorff, autora de ‘Tú no eres como otras madres’, rompe en ‘Hombres’ con el patrón literario masculino: una mujer lleva las riendas de sus relaciones amorosas

La escritora alemana Angelika Schrobsdorff nos sorprendió a todos, lectores y lectoras (que han sido muchas), cuando se publicó en 2016 una deliciosa crónica autobiográfica, Tú no eres como otras madres, centrada en la figura de su propia madre, Else Kirchner, sin duda un personaje fascinante descrito con sus luces y sus sombras, pero con una rara cualidad literaria: la luz. Un libro luminoso: es tan difícil que la escritura no derive hacia la negatividad más corrosiva…

Aquella biografía materna, cruzada por la vida berlinesa entre finales del XIX y 1933, cuando Hitler tomó la decisión de acabar con todo, nos dejó con la curiosidad de pensar si estábamos ante una autora de una sola obra importante, escrita en estado de gracia, o bien se trataba de alguien que tenía más que decir. Tú no eres como otras madres apareció en alemán en 1992, en plena madurez creadora, mientras que la novela que Periférica y Errata Naturae rescatan ahora, en una feliz joint venture, apareció en 1961. Casi como quien dice estamos ante su primer libro y uno de los últimos.

Hombres, en alemán Die Herren: los hombres (en castellano es preferible la opción del traductor), no defrauda en absoluto. No se trata de los hombres en general, sino de aquellos que pasaron por la juventud de Schrobsdorff, sin que podamos tomar las marcas de referencialidad, que son evidentes, de forma literal, pues, como ocurre con Vivian Gornick, otra autora de culto actualmente, la escritura de ambas se caracteriza por su semificcionalidad, su forma de partir libérrimamente de su experiencia, que es central en su literatura.

En Hombres resulta muy atractiva la forma en que se roza el folletín sentimental —por el hecho de tratarse exclusivamente asuntos relacionados con el amor y el sexo—. Pero nunca se cae en él porque el libro plantea un problema importante: el de una joven muy atractiva, pero abrumada por un déficit de identidad (si hemos leído Tú no eres como otras madres podemos atar cabos) que encuentra en el deseo de los hombres hacia ella su razón de ser, una razón para vivir.

No tiene otra. Nada le interesa, nada estudia, nada sabe hacer. Relacionarse con los hombres y obtener privilegios gracias a su belleza es su especialidad. No hay ningún interés en caer bien al lector, en hacerse la víctima de una situación (vivir en Bulgaria con su madre, ambas como refugiadas, y ser perseguida por tener un padre alemán, como antes lo fue por tener una madre judía). Muy al contrario, el personaje resulta irritante en ocasiones por su desapego emocional (es tremenda la escena de reencuentro con su hermana), por su forma, en fin, de desentenderse de los problemas ajenos (y la madre vuelve a jugar un papel importante, aquí por elisión: es el amor del que huye para no hundirse).

Se comprende muy bien que el libro escandalizara en su tiempo. No cabe duda de que proponía un desvío del patrón autobiográfico mascu­lino: es una mujer la que decide cuándo empiezan y cuándo acaban las relaciones y lo que espera de ellas. A veces le sale bien, y otras mal, pero, en todo caso, la protagonista entra en un bucle emocional de difícil salida. Sin hombres, no hay vida, pero ninguno se acerca al mito que representa su padre. Evito el espoiler.

 

«Angelika Schrobsdorff nunca exagera ni falsea las experiencias de la protagonista de Hombres. Muchos episodios de este conmovedor libro tienen un curioso y duro brillo, como si cada sensación se hubiera grabado en el barniz del realismo con un buril. No es excesivo decir que podemos leer en esta novela autobiográfica la búsqueda de un nuevo orden moral». Stuttgarter Nachrichten

«Hombres es emocionante, tiene la vida y el color de una gran novela. Está escrita de una manera que nos hace examinarnos a nosotros mismos, como en un espejo, sin engaños. La maestría de este libro honesto y muy real se revela en cada trazo con el que se retrata al personaje de Eveline y a quienes la rodean». Frankfurter Neue Presse

«Angelika Schrobsdorff es una escritora muy inteligente. Sabe qué lugar ocupa con respecto a los hombres y, aún más, en relación con las mujeres. Sus diálogos son ingeniosos y eficaces. Sus, aparentemente, ingenuas descripciones de los momentos íntimos son infalibles». Telegraf

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

 

‘Cazadores de las nieves’ de Paul Yoon

La vida de Paul Yoon (Nueva York, 1980) se ha desarrollado en los márgenes, en los caminos silenciosos, en cierta forma de soledad. Outsider de vocación, hijo de una familia asiática, ajeno a los círculos literarios académicos, Yoon ha sorprendido a público y crítica con tres libros que son pequeños solo en tamaño. Con su recopilación de relatos Once the Shorese puso en el radar de la prensa especializada y con su primera novela, Cazadores de las nieves (que en España publica Nocturna con traducción de Teresa Lanero) ganó el premio de ficción Young Lions.

Yoon atiende a EL PAÍS desde Nueva York y en todo lo que dice hay algo de poesía y algo de magia. Sus respuestas se parecen, quizás porque esta entrevista se realizó mediante un cruce de correos electrónicos, a sus libros.“Era una especie de solitario por vocación. Mi familia se mudaba mucho, así que siempre estábamos de un lado para otro, lo que hace muy difícil invertir en algo importante como la amistad o las raíces. Por eso creo que es normal que me sienta cómodo y como en casa con personajes desubicados. He creado mi propia familia con ellos”, cuenta para explicar la génesis de su libro.

Fui educado para amar y admirar la gran novela americana, libros que pesaban 20 libras

En Cazadores de las nieves Yohan es un veterano de la Guerra de Corea, machado por un síndrome de estrés postraumático por aquel entonces no diagnosticado, que decide no volver a casa tras el conflicto y se refugia en Brasil. Allí vivirá una vida sencilla narrada sin adornos por Yoon en una novela breve e intensa; una vida de trabajo, algo de amor, de amistad, de búsqueda tranquila de un sentido a todo, de sanación de las heridas.

“Cuando estaba investigando para mi primer libro me topé en alguna parte con una línea que hablaba de un grupo de prisioneros de guerra norcoreanos que se negaron a volver a casa tras la Guerra de Corea. Así que fueron realojados, creo, en Argentina. Nunca había oído hablar de esto –me parecía extraño, bestial e interesante– y no encontré mucha información. Así que me puse a imaginar. Y así es como empezó el libro. No era consciente de estar escribiendo un libro sobre el trauma o el estrés post traumático pero estaba muy interesado en la fuerza de esta historia”, asegura.

Artísticamente, quería explorar cómo convertir algo enorme en algo tan mínimo como fuera posible

La obra de Yoon encierra una paradoja: es la antítesis de la gran novela americana escrita por un fervoroso lector de la gran novela americana. “Fui educado para amar y admirar la gran novela americana, libros que pesaban 20 libras, y también las grandes novelas inglesas del XIX. Tengo que dejar claro que amo esos libros pero cuando me topé por primera vez con, digamos, So Long, See You Tomorrow, de William Maxwell o incluso Snow Country de Yasunari Kawabata, encontré revitalizante y reveladora esa resistencia a lo ‘grandioso’. Artísticamente, quería explorar cómo convertir algo enorme en algo tan mínimo como fuera posible”, responde cuando se habla de libros con los que emparenta como Las ocho montañas, de Paolo Cognetti o Toda una vida, de Robert Sheethaler.

Rutinas que salvan vidas

Parte de la novela se desarrolla en el pasado el campo de prisioneros en el que Yohan pasó meses con un amigo que se había quedado ciego. Esta historia terrible tiene su contrapunto esperanzador en forma de dos niños vagabundos de Brasil que se cruzan en la vida del protagonista en el tiempo presente. Nada de esto estaba pensado. Tampoco el formato final. “Para ser sincero, cuando estoy escribiendo no tengo claro nunca si escribo una novela o un relato corto. Esta novela simplemente se ha hecho un poco más larga. Es decir, me sentí cómodo al pensar que esta historia podía ir un poco más lejos. Pero en mi más reciente recopilación, The Mountain, tengo historias que son muy largas, y me resulta casi como una novela”, cuenta con sencillez un tipo que dice que no piensa en el éxito y suena real.

Cuando estoy escribiendo no tengo claro nunca si escribo una novela o un relato corto

“Me interesa explorar hasta qué punto podemos evocar o expresarnos con la más mínima expresión y, lo que es más importante, de la manera más precisa posible”, insiste, preocupado por ser, en efecto, preciso.

Su vida, sencilla, entre las clases universitarias y la escritura, no ha cambiado mucho y en ella busca, como Yohan, tablas de salvación. “No tengo rutina. Escribo cuando puedo. La rutina que necesito estos días tiene que ver con mi vida fuera de la literatura. Me gusta salir a correr por la mañana. Pasear al perro. Asegurarme de que puedo cenar con mi mujer tantas veces como pueda para así terminar el día juntos. Estas son las bases de mi cordura. Todo lo demás resulta tan frenético hoy en día que solo puedo escribir en la medida en que sea capaz de crear un ritmo alrededor de aquello sobre lo que escribo”.

NO RENDIRSE

La literatura de Yoon es en cierto modo sanadora, al menos para él. En ella se abordan los grandes temas a través de pequeños ambientes.

PREGUNTA: Hay dos aspectos que aportan cierta luz en una narración de gran intensidad y tristeza. En el libro vemos personajes como Yohan, el protagonista, que es capaz de encontrar la felicidad por estar en compañía de otros o en el simple hecho de realizar su trabajo como sastre…

RESPUESTA: Exacto. Quería darle algo de esperanza por muy quemado que estuviera. Quería que no se rindiera. Es algo que siento así. No debemos rendirnos. Incluso en mi vida de nómada nunca he perdido la esperanza de establecerme en algún sitio e incluso compartir eso con alguien. Seguimos moviéndonos, mirando adelante, paso a paso. Quería que mi personaje entendiera al final que no tenía que hacer todo esto solo.

P: La amistad es muy importante para los personajes de este libro. Se puede decir incluso que es un libro sobre la amistad. ¿Por qué le interesa tanto?

R: En parte porque, por la forma en la que he vivido, era algo que me resultaba esquivo, como ya he contado. Puede que las relaciones no duren, pero si hay una conexión o un momento de conexión, quizás eso hable de la belleza del paso de los días, de la vida.

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

Lars Mytting: «El libro de la madera »

El autor noruego convierte en ‘best seller’ un libro sobre la madera

Cuando uno se ve atrapado en una lectura sobre el descortezamiento de los pinos, la trayectoria de los abedules al caer o el nivel de nudosidad de un tronco al serrarlo; cuando se siente hipnotizado por su elegante inutilidad en un mundo en el que basta dar un botón para lograr calor, frío o sensaciones que creíamos elementales, es que algo pasa. Lars Mytting (Fåvang, 1968) ha convertido en superventas El libro de la madera (Alfaguara), una especie de manual del leñador que no solo ha triunfado en su Noruega natal, donde los hombres se declaran con leña y no con flores, sino en montones de países donde no vamos a hachazos por el bosque, precisamente.

“Es un libro que muestra el valor de hacer algo frente al valor de decirlo. En un mundo en que todos los afectos deben expresarse rápidamente en Twitter y Facebook, defiendo al hombre silencioso capaz de calentar a su familia en invierno. Capaz de actuar sin hablar”.

El libro es masculino, sí. Tan masculino que Mytting ha recibido reproches de mujeres que también sierran la madera, pero “no machista”, dice, y lo defiende como un retrato antropológico del hombre a través de su conexión con algo tan primigenio como el fuego y la forma más antigua de energía. “No es sobre la capacidad de salir a conquistar el bosque salvaje, sino sobre la pequeña satisfacción que tiene el hombre al proveer de calor a los suyos”.

“El amor en Noruega no se declara con flores, sino con leña”

Todo comienza con Ottar, un vecino anciano, enfermo de una grave afección pulmonar, que Lars  conoció al mudarse a Elverum, a 140 kilómetros de Oslo. Le sorprendió su empeño y su tenacidad al salir cada mañana a serrar una leña que aún debía secar antes de arder en su chimenea muchos meses después, en brindis a un futuro que el hombre tal vez no iba a ver. “La leña conecta el pasado, el presente y el futuro de nuestros días, nos conecta al ciclo de las estaciones y es sobre todo un acto de generosidad. La ambición es que tu montón de leña te sobreviva, que caliente a tu familia cuando te hayas muerto”. Mytting, periodista y autor de tres novelas, decidió a partir de este encuentro plasmar la gran metáfora que puede esconderse tras la relación del hombre con la madera en este libro que defiende una autenticidad perdida en tiempos tecnológicos.

“Siempre habrá un nuevo invierno”, nos dice Mytting. “Y no hay muchas situaciones en la vida en las que puedes prolongar el resultado de tu trabajo para las siguientes generaciones. Aunque te hayas ido”.

“Mi libro es masculino, no machista”

Habla en el parque del Retiro de Madrid, donde enseguida descubre una ardilla trepando por uno de los árboles y donde se ha quedado en mangas de camisa riendo de todos los que nos abrigamos, acostumbrado a los 30 grados bajo cero. Su mundo es otro, el de una Noruega en que a falta de un vocabulario habitual para decir “te quiero” —“esas palabras son demasiado fuertes para un noruego”— dicen “te tengo cariño”; o, mejor aún, expresan con la ayuda de la naturaleza sus sentimientos. “Allí se dice que el amor se declara con leña y no con flores y recuerdo una mujer que durante su infancia solo había visto a su padre trabajando en el garaje o la leñera, no tenían ninguna conexión emocional y mi libro le ayudó a entenderle al darse cuenta de que preocuparse de su calor en invierno era su manera de decirle que le importaba”

—Seamos sinceros. ¿No diría que es un libro para frikis?

—Sí —ríe y admite—. Y por eso es más legible. Podía haberlo resumido en 18 o 20 páginas, pero es como cuando pones un marco a una foto: entonces aflora todo un mundo y ningún detalle es demasiado pequeño. Los detalles estimulan al lector más obsesivo.

Desde que el libro nació en Noruega —donde ya se ha convertido en serie de televisión— hasta su llegada a España, ha crecido con más detalles y testimonios como el impacto de la luna en la madera. “Creía que era una superstición hasta que conocí a un científico suizo que había dedicado ¡ocho años! a analizarlo y llegó a las mismas conclusiones que los viejos noruegos: hay pequeños patrones de impacto lunar en la forma de cortarse y secarse”.

El humor y el entusiasmo de Lars están también en su libro, que relata cómo una discusión sobre la forma de apilar, sobre la mejor sierra o el mejor momento para secar la leña pueden aguar una boda o un bautizo. No se andan con chiquitas en su mundo. La relación del hombre y su herramienta es complicada, como el rechazo a la motosierra cuando surgió su ruido en el bosque o la tipología de las hachas. “Cada hacha es distinta. Todo se hace hoy como los muebles de Ikea y en esta era el hacha aún puede ser muy personal, mantiene la distinción de su creador”.

 

 

Si otro impactante escritor noruego, Karl Ove Knausgard, nos había familiarizado con los territorios más inhóspitos de su país en su serie Mi lucha, Mytting nos reconcilia con el interior de esos hogares donde la naturaleza aún marca el ritmo y la supervivencia es, al fin y al cabo, un laborioso acto de amor. Y si no lo creen, acompañen al anciano Ottar hasta el final.

 

 

“Los perros duros no bailan”, de Arturo Pérez-Reverte.

“Los perros duros no bailan” es el título del nuevo libro de Arturo Pérez-Reverte que saldrá a la venta el 5 de abril, una novela negra sobre las aventuras de un perro en un mundo diferente al de los humanos.

Publicada por Alfaguara, esta nueva propuesta narrativa de Pérez-Reverte refleja un mundo “donde rigen las mejores reglas -lealtad, inteligencia y compañerismo- y están desterradas toda corrección política o convención social. Un mundo en el que a veces hay clemencia para los inocentes. Y justicia para los culpables”, indicó la editorial en un comunicado.

“Nací mestizo, cruce de mastín español y fila brasileña. Cuando cachorro tuve uno de esos nombres tiernos y ridículos que se les ponen a los perrillos recién nacidos, pero de aquello pasó demasiado tiempo. Lo he olvidado. Desde hace mucho todos me llaman Negro”, señala el protagonista de esta novela negra.

Los perros del barrio llevan días sin saber nada de Teo y de Boris el Guapo y sus colegas presienten que detrás de su desaparición hay algo oscuro.

Según explica la editorial, todos ellos sospechan que lo ocurrido no puede ser nada bueno, algo que sabe el Negro, luchador retirado con cicatrices en el hocico y en la memoria. Para él es cuestión de instinto, de experiencia sobreviviendo en las situaciones más difíciles. Eso lo lleva a emprender un peligroso viaje al pasado, en busca de sus amigos.

Una novela que sucede a las aventuras de “Falcó” y “Eva”, de las que Pérez-Reverte (1951) ha vendido más de 500.000 ejemplares en español.

Con más de veinte millones de lectores en todo el mundo y traducido a cuarenta idiomas, muchas de las novelas de Pérez-Reverte, miembro de la Real Academia Española, han sido llevadas al cine y a la televisión.

 

 

 

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultante en feng shui, terapeuta en EFT (Técnicas de liberación emocional) y metafísica.

“El hijo del héroe”, de Karla Suárez

Empezar a escribir un libro es, para mí, como entrar en una selva donde tengo que ir apartando ramas para poder avanzar, cuenta la autora de El hijo del héroe en este texto autobiográfico sobre su novela.

¿Cómo nació esta novela? Veamos. Cuando yo tenía cinco años Angola obtuvo su independencia de Portugal. Alguien podría preguntar: ¿y eso qué le importa a una niña cubana de cinco años? Nada, desde luego. El asunto es que eran tiempos de Guerra Fría y, a partir de ese momento, en Angola empezó una guerra (nada fría, por cierto) donde intervinieron varios países y que duró muchísimo. Alguien podría replicar: ¿pero qué tiene que ver la niña cubana con esto? La respuesta es simple: durante quince años, miles de cubanos, hombres y mujeres, militares y civiles, reservistas y soldados del Servicio Militar estuvieron en la guerra de Angola. Aquella niña —yo— crecí escuchando los ecos del conflicto que nos llegaban a través de la televisión o de las historias que contaban los que, como mi padre, estuvieron allí.

Todo lo vivido se nos queda enredado en los recuerdos. A veces parece que olvidamos algo pero no es cierto, lo vivido siempre está ahí. Y para los narradores, las experiencias se quedan dormidas esperando el momento en que nos sentamos a escribir para convertirlas en literatura.

“De una parte estaba la ficción, la vida del protagonista (quien, como muchos cubanos nacidos después de la muerte del Che Guevara, se llama Ernesto).”

Así se quedó aquella guerra dando vueltas dentro de mi cabeza. En mi primera novela, un personaje va a Angola y regresa, pero no fue suficiente. La guerra siguió dándome vueltas y vueltas durante años. Un día estaba en el festival literario de Póvoa de Varzim, en Portugal. Terminadas las sesiones, los escritores subimos al autobús que nos llevaría de regreso al hotel. Yo me senté junto a la ventanilla y entonces me vino a la cabeza una frase: “a mi padre lo mataron una tarde que hacía mucho sol”. Sonreí. Era apenas la punta del iceberg, pero enseguida supe que acababa de encontrar el inicio de mi nueva novela y que sería la historia de un hombre de mi edad cuyo padre, a diferencia del mío, había muerto en la guerra.

Empezar a escribir un libro es, para mí, como entrar en una selva donde tengo que ir apartando ramas para poder avanzar. En éste tenía dos selvas. De una parte estaba la ficción, la vida del protagonista (quien, como muchos cubanos nacidos después de la muerte del Che Guevara, se llama Ernesto). De otra, estaba la historia real de la guerra.

Con la ficción tuve que hacer lo que hago siempre. Me lancé a escribir, a contar sobre Ernesto, su familia, los amigos, su infancia. Aunque él y yo tenemos en común haber crecido en Cuba en el mismo tiempo, nuestras historias personales son distintas. Sé que las primeras cincuenta páginas que escribo de una novela, van a quedar al final reducidas (con mucha suerte) a unas diez, pero necesito embarrarme al principio con los personajes, conocerlos, saber cómo se mueven, qué visten, qué escuchan, a quiénes frecuentan. Todo. Por eso, aun sabiendo que luego buena parte quedará fuera, escribo muchísimas cosas. Eso hice en los primeros meses: escribir y escribir.

El hijo del héroe no sucede en Angola. Sus escenarios son La Habana, Berlín y Lisboa, porque no me interesaba mostrar la guerra, que afortunadamente no conozco, sino sus consecuencias.”

Con la realidad tuve otro problema. A pesar de haber vivido con la guerra siempre presente, sabía poco sobre ella. Crecí con los ecos, pero me faltaban detalles, muchos de los porqués y solo conocía la versión oficial de Cuba en ese conflicto donde participaron tantos países e intereses. Yo quería hacer una novela, no un libro de historia, pero cuando se trabaja con temas históricos necesitamos documentarnos bien para poder escribir una buena línea que se baste por sí sola. Eso hice. Busqué información de diferentes fuentes. Vivir en Lisboa me vino bien porque aquí encontré libros sobre antes y después de la independencia angolana. Realicé entrevistas, sobre todo a cubanos de edades y pensamientos diferentes. Colgué mapas en mi pared, hice dibujos, coleccioné fotos, escribí cronologías. Un día me di cuenta de que mi cabeza se había llenado de voces y entonces supe que debía parar. Ya tenía la información necesaria para crear el contexto de mi ficción.

El hijo del héroe no sucede en Angola. Sus escenarios son La Habana, Berlín y Lisboa, porque no me interesaba mostrar la guerra, que afortunadamente no conozco, sino sus consecuencias. Cómo una guerra puede meterse en la vida de las personas que están a kilómetros de distancia, en sus casas, en sus camas, en los juegos infantiles. Y me interesaba el conflicto del personaje. Cuando Ernesto tiene doce años su padre muere en Angola y, tanto para la sociedad como para su familia, él se convierte en “el hijo del héroe”. Con el peso que tienen los héroes en Cuba, Ernesto se ve casi obligado a representar un papel que lo aplasta y lo obliga a vivir la vida que los otros esperan de él. Pero, en realidad, él no es más que un huérfano que ha pasado la vida buscando a ese padre ausente.

“No sabría describir la sensación que tengo cuando pongo el punto final de una novela, pero con ésta en particular sentí una contradictoria mezcla de peso sobre mis espaldas y ligereza.”

Creo que las novelas son seres vivos y que no se debe acelerar su proceso de gestación. Habrán pasado unos cuatro años desde que escribí la primera frase hasta que el libro estuvo casi terminado. Entonces tuve la suerte de que la Villa Marguerite Yourcenar, en Francia, me concediera una residencia de escritura junto a otros dos autores. Tenía dos meses para trabajar solo en la novela. Aunque ya sabía el final, aún no lo había escrito. Primero me dediqué a revisar todo: eliminé detalles históricos que no eran relevantes para mi ficción, cambié el nombre de un personaje, borré cosas por aquí, agregué por allá. Tuve largas conversaciones con mis compañeros, Núria Perpinya y Makenzy, que me ayudaron a pensar mejor. Una noche, después de haber estado leyendo de corrida todo el manuscrito, por fin, escribí el final. Era muy tarde. Bajé al portal. La villa está junto a un bosque. Había estrellas y un gran silencio. No sabría describir la sensación que tengo cuando pongo el punto final de una novela, pero con ésta en particular sentí una contradictoria mezcla de peso sobre mis espaldas y ligereza. Hubo momentos de la escritura que fueron muy difíciles y el personaje me hizo padecer bastante pero, aunque todavía quedaran cientos de correcciones por hacer, la historia había terminado.

Tiempo después de aquella noche tengo el libro entre mis manos. Este año se publicó en España, Francia y Portugal. Empezó su nueva vida. Yo ya he conseguido “liberarme” del personaje y su conflicto. Y, hace poco, escribí la primera frase de mi siguiente novela.

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Karla Suárez

La Habana, 1969. Estudió guitarra clásica y se graduó de ingeniera electrónica, profesión que continúa desarrollando. Ha publicado: las novelas La Habana, año cero (Premio Carbet del Caribe y de Tout-monde y Gran Premio del Libro Insular, ambos en Francia, 2012), La viajera (2005) y Silencios (Premio Lengua de Trapo, 1999); los libros de cuentos Carroza para actores (2001) y Espuma (1999), además, Cuba, los caminos del azar y Grietas en las paredes, hechos en colaboración con los fotógrafos Francesco Gattoni e Yvon Lambert respectivamente. Su última novela es Un lugar llamado Angola (PortoEditora, 2017)

Sus novelas han sido traducidas a varios idiomas. Muchos de sus relatos han aparecido en antologías y revistas publicadas en Europa, Estados Unidos y América Latina. En Cuba, dos de sus cuentos fueron adaptados a la televisión y uno fue llevado al teatro. En Francia, su novela Silencios fue llevada al teatro en 2010 y convertida en espectáculo musical en 2013.

Ha recibido varias becas de creación entre ellas la que otorga el Centro Nacional del Libro de Francia. Ha impartido talleres de escritura en Italia, Francia y Puerto Rico. Ha escrito crónicas de viajes para diferentes periódicos, entre ellos El País. En 2007 fue seleccionada entre los 39 escritores jóvenes más representativos de América Latina. Reside en Lisboa donde coordina el club de Lectura del Instituto Cervantes.

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional)