Nadia Murad, Premio Nobel de la Paz y su lucha contra el Estado islamico

Nadia Murad fue secuestrada por el Estado Islámico cuando vivía en su pueblo en Irak. La convirtieron en esclava sexual y la vendieron a los terroristas. Logró escapar del calvario y ha recibido el premio Nobel de la Paz.

 

Con tan solo 25 años, Nadia Murad, ha recibido el premio Nobel de la Paz junto al ginecólogo congoleño Denis Mukwege, ha sobrevivido a los peores horrores infligidos por el Estado Islámico a su pueblo, los yazidíes de Irak, y se ha convertido en un ícono de esta comunidad amenazada.

Esta joven iraquí de rostro pálido y voz aterciopelada podría haber tenido una vida apacible en su pueblo natal, Kosho, cerca del bastión yazidí de Sinjar, una zona montañosa entre Irak y Siria. Pero el rápido ascenso del grupo yihadista Estado Islámico (EI) en 2014 cambió su destino.

En agosto de 2014 Nadia fue raptada y conducida a la fuerza a Mosul, bastión del EI reconquistado hace más de un año. Fue el principio de un calvario de varios meses: torturada, dijo haber sido víctima de múltiples violaciones colectivas antes de ser vendida varias veces como esclava sexual.

Incluso hoy, Nadia Murad –al igual que su amiga Lamiya Aji Bashar, con la que ganó el Premio Sájarov del Parlamento Europeo en 2016– repite sin cesar que más de 3.000 yazidíes siguen desaparecidas y que probablemente siguen aún en cautiverio.

Los yihadistas quisieron “robarnos nuestro honor pero perdieron su honor”, había afirmado ante los eurodiputados Murad, quien fue nombrada embajadora de buena voluntad de la ONU y lucha en favor de la protección de las víctimas del tráfico de personas.

Nadia Murad se animó a narrar el horror que vivió presa del Estado Islámico. Foto: AFP

Además de sufrir torturas y violaciones, Nadia tuvo que renunciar a su fe yazidí, una religión ancestral despreciada por el EI, practicada por medio millón de personas en el Kurdistán iraquí.

“Lo primero que hicieron fue forzarnos a convertirnos al islam. Después hicieron lo que quisieron”, relató Nadia a la AFP en 2016.
Al igual que miles de otras yazidíes, fue obligada a “casarse” con un yihadista que la golpeaba, contó en un conmovedor discurso ante el Consejo de Seguridad de la ONU en Nueva York.
“Incapaz de soportar tantas violaciones” decidió escapar. Gracias a la ayuda de una familia musulmana de Mosul, Nadia obtuvo documentos de identidad que le permitieron llegar hasta el Kurdistán iraquí.
Tras la fuga, la joven –que dijo haber perdido seis hermanos y su madre en el conflicto– vivió en un campo de refugiados en Kurdistán, donde tomó contacto con una organización de ayuda a los yazidíes. Esta le permitió reunirse con su hermana en Alemania.

Es en ese país, en el que reside, donde se convirtió en una respetada portavoz de su pueblo, que antes de 2014 contaba con 550.000 miembros en Irak. Hoy, casi 100.000 han abandonado el país y otros están desplazados en el Kurdistán.
Nadia Murad, que lidera “el combate de (su) pueblo”, según sus palabras, logró que se reconocieran como genocidio las persecuciones cometidas en 2014. El Consejo de Seguridad de la ONU se ha comprometido también a ayudar a Irak a reunir pruebas de los crímenes del EI.
Su “combate” le ha reservado también algunas buenas sorpresas. El 20 de agosto, la joven anunció en Twitter que se casará con otro activista de la causa yazidí, Abid Shamdeen.”El combate a favor de nuestro pueblo nos ha unido y seguiremos ese camino juntos”, escribió.

Nadia Murad fue víctima de la yihad sexual del Estado Islámico. Ahora se ha convertido en defensora de los derechos humanos, en la primera mujer embajadora de buena voluntad de las Naciones Unidas y ha obtenido el Premio Nobel de la Paz.

Esta es su historia.

El 15 de agosto de 2014, la vida de Nadia Murad cambió para siempre. Las tropas del Estado Islámico irrumpieron en su pequeña aldea del norte de Irak, donde la minoría yazidí llevaba una vida tranquila, y cometieron una masacre. Ejecutaron a hombres y mujeres, entre ellos a su madre y seis de sus hermanos, y los amontonaron en fosas comunes. A Nadia, que tenía veintiún años, la secuestraron, junto a otras miles de jóvenes y niñas, y la vendieron como esclava sexual. Los soldados la torturaron y violaron repetidamente durante meses, hasta que una noche logró huir de milagro por las calles de Mosul. Así emprendió el largo y peligroso viaje hacia la libertad.

De pequeña, Nadia, una niña campesina, jamás hubiera imaginado que un día hablaría ante las Naciones Unidas ni que estaría nominada al Premio Nobel de la Paz. Nunca había pisado Bagdad, ni siquiera había visto un avión. Hoy la historia de Nadia insta al mundo a prestar atención al genocidio de su pueblo. Es un llamamiento a la acción para detener los crímenes del Estado Islámico, un poderoso testimonio de la fuerza de voluntad humana. Yo seré la última es, asimismo, una carta de amor a un país desaparecido, a una comunidad vulnerable y a una familia devastada por la guerra.

El valor y el testimonio de una joven pueden cambiar el mundo. Para que no se olvide, porque quiere ser la última que tenga que vivirla, Nadia cuenta su historia.

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Compilación realizada por Lorena Lacaille, escritora, biblioterapeuta, traductora, consultora en feng shui, terapeuta en EFT (técnicas de liberación emocional) y metafísica.

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La locura del solucionismo tecnológico: Evgeny Morozov «el hereje digital».

En su nuevo libro, ‘La locura del solucionismo tecnológico’ (Clave Intelectual, 2015), el intelectual bielorruso carga contra los peligros de Internet y el discurso tecnoutópico

Hubo un tiempo en que Evgeny Morozov creyó en la revolución digital. Confió en el poder emancipador de la Red, en la abolición de las viejas jerarquías, en la emergencia de un paraíso horizontal más justo, en unas nuevas tecnologías capaces de alumbrar un mundo mejor. Le duró poco la fiebre. Fue a mediados de la década de los años 2000, en los días en que vio cómo los blogs y los mensajes de texto espoleaban la revolución naranjade Ucrania y el ­crowdfunding avivaba la campaña del candidato demócrata norteamericano Howard Dean. Poco tardó en darse cuenta de que las nuevas herramientas tecnológicas también podían ser usadas por los Gobiernos para vigilar, generar propaganda y manipular la conversación en las redes. Fruto de estas reflexiones fue El desengaño de Internet (Destino, 2012), libro en el que se mostraba escéptico sobre la capacidad de las redes de ser instrumento de cambio político. Un escepticismo que se expande en su nuevo libro, La locura del solucionismo ­tecnológico (Clave Intelectual, 2015).

Morozov se come un bocadillo en una sala de reuniones del Waterfront Congress Center de Estocolmo, ubicado junto a la estación central de la capital sueca. Acaba de pronunciar una de sus provocadoras conferencias en el Internetdagarna, evento tecnológico anual, y no le ha dado tiempo ni a comer. Vestido de negro de la cabeza a los pies, se muestra como un entrevistado rápido, prolijo. Su análisis de la tecnología ha despegado y se ha convertido en un discurso político con vocación transformadora.

Existe una narrativa, muy extendida, sobre la idea de compartir en Internet; las empresas tecnológicas nos invitan a hacerlo constantemente. ¿Diría que como consecuencia de ello compartimos más? Silicon Valley hizo una especie de alianza en los setenta con intelectuales. Siempre habrá gente, a los que llamaré idiotas útiles, que intentarán capturar el zeitgeist [espíritu de la época]. Habrá libros, conferencias y charlas para que esos intelectuales puedan hacer de portavoces de la causa. Silicon Valley promueve mininarrativas. Nos habla de la web 2.0 y, cuando se agota, habla del Internet de las cosas, de la economía colaborativa… Identifican pequeños fragmentos, ocupan el debate durante dos años y luego salen con una nueva historia. No hay mucho contenido en esas narrativas. He trabajado durante suficiente tiempo en esto como para decir que son tonterías. Después de la economía colaborativa vendrá la economía solidaria, de los cuidados. Lo que nos dicen estas empresas es falso. Cuando voy por ahí diciendo que para entender a Silicon Valley hay que mirar a Wall Street, al Pentágono, a las finanzas, a la geopolítica o al imperialismo, les resulta incómodo escucharlo porque prefieren hablar de los fondos de capital riesgo, de los emprendedores, del garaje de Steve Jobs, del LSD…

Esos dispositivos que usamos, llamados inteligentes, ¿nos pueden convertir en más estúpidos? Hay que impugnar la palabra inteligente. Me gusta aplicar una perspectiva histórica. Muchos de los dispositivos inteligentes que nos rodean reflejan intereses y compromisos de la gente que los fabrica o configura. El motivo por el que la gente comprueba una y otra vez su Facebook o Twitter en el teléfono es que los sistemas han sido diseñados para crear esas dependencias. El modelo de negocio de este tipo de servicios es así. Cuantos más clics hago, más valioso soy; ocurre, casi, como con el condicionamiento de Pavlov. Cuantos más clics míos consiguen, más dinero hacen conmigo, lo que hace que diseñen los servicios para maximizar esos clics. Yo tengo una perspectiva cínica, banal y racional de que el dinero es lo que rige el mundo. Y eso explica el modo en que se conciben los servicios. ¿Que ese sistema nos distrae y dificulta que nos centremos? Por supuesto. ¿Es un problema de los dispositivos inteligentes? No. Es cuestión del modelo de negocio. Me niego a creer que no haya otra manera de generar comunicación entre la gente sin generar distracción. Sería la derrota final de la imaginación. Debemos ser capaces de soñar y pensar en términos que no estén definidos por Silicon Valley. Para mí, en este punto, las empresas de tecnología son como las cadenas de comida rápida, las casas de apuestas o los casinos: crean y manufacturan una adicción que luego tiene unas consecuencias. En el caso de las tecnológicas, la distracción.

Las empresas de tecnología crean una adicción que genera distracción”

La directora de operaciones de Facebook, Sheryl Sandberg, dice que Facebook nos ayuda a expresar nuestro auténtico yo. Esta plataforma probablemente cambia el modo en que nos percibimos a nosotros mismos o cómo nos construimos, ¿qué opina?Facebook es un servicio que se basa en hacernos sentir ansiosos, sobre nosotros, nuestros amigos, nuestro lugar en la sociedad. La gente invierte mucha energía en actualizar la información, la ansiedad es la moneda que lo rige. En este sentido, está claro que tu ser en Facebook afecta a cómo te concibes a ti mismo, cómo ves tu relación con los amigos, cómo te presentas ante otros…

¿Quiere decir que cuanto más lo usa uno, más ansioso es? No digo que sea una relación lineal, aunque probablemente podría ser así. Debe de haber un momento en que se llegue a una meseta de ansiedad y, en ese punto, te medicas, te suicidas o te calmas [risas]. Es la psicopatología del hipercapitalismo.

¿En qué consiste la psicopatología del hipercapitalismo? ¡Es una explotación de tus más queridas e íntimas relaciones! Tu ­amistad con otras personas para beneficio de una gigantesca compañía norteamericana. Con Facebook es menos visible. Ni siquiera concebimos que sea posible organizar un proyecto de resistencia a estas empresas. Atacar a Facebook ahora es atacar al capitalismo más avanzado. Frente a los que propondrían un cambio en el algoritmo de Facebook, yo soy más drástico: yo construiría una alternativa a Facebook con dinero ­público en vez de aceptar que la única manera de organizar las comunicaciones es a través de esta firma.

En ese afán de Silicon Valley de intentar solucionar cada problema al que se enfrenta el ser humano, parece que Whats­App intentara buscar una solución para nuestra soledad. Silicon Valley te venderá cualquier cosa que le permita hacer dinero. Si es con la soledad, te venderá herramientas para hacer dinero con tu soledad. Pocas cosas, hoy en día, no están sujetas al mercantilismo. Silicon Valley crea problemas con una mano que intenta solucionar con la otra vendiéndonos nuevos productos.

A menudo le han calificado de tecnoescéptico o tecnófobo. Pero lo que usted dice en su nuevo libro es que es un hereje digital. Sí, usé ese término. Era un modo de posicionarme frente a los debates contemporáneos sobre Silicon Valley. Lo cierto es que si por hereje se entiende a alguien que dice cosas que son peligrosas, subversivas y que van contra la corriente del debate, soy un hereje, aunque solo sea por naturaleza sociológica. Pero mi herejía se ha extendido a otros temas; ya no soy un hereje digital, ahora estoy más confortable siéndolo en la política y la economía.

Su discurso en los últimos tiempos está muy orientado hacia la cuestión de los datos. ¿Qué es lo que hace que el debate en torno a este asunto sea para usted crucial? Estamos en una era en que los datos son algo en torno a lo que emergen nuevos modelos de negocio y nuevas formas de explotación.

Pero la gente, en general, no parece excesivamente preocupada por ceder sus datos. Lo importante es identificar los puntos de explotación, aunque esta se haga de manera que resulte placentera.

¿Google y Facebook nos están explotando?Explotan los datos que generamos para hacer dinero con ellos; lo cual tiene muchas otras consecuencias, como el modo en que esto facilita la vigilancia. Para mí, básicamente, Google quiere ser el nuevo Estado del bienestar y el nuevo partido político. Quieren reunir tantos datos como puedan. Y, proactivamente, luchan contra las enfermedades; proactivamente, quieren que estés más sano; proactivamente, quieren que aprendas cosas que no habrías aprendido de ningún otro modo; generan tiempo libre para ti y solo tendrás acceso a él si usas su sistema. En ese sentido, se convierten en el vehículo a través del cual se genera un tipo de movilidad social o de avance. Mi miedo es que ya no haya marcha atrás. Ellos poseen la infraestructura, tienen los datos. Y si se quiere poner en marcha un servicio alternativo, será complicado.

Evgeny Morozov
El intelectual bielorruso Evgeny Morozov. 

¿Qué es lo que se hace con nuestros datos? En las últimas cinco décadas, los datos se han convertido en una de las más preciadas mercancías. Tu seguro quiere saber qué posibilidades tienes de enfermar; tu banco quiere saber qué probabilidades tienes de no pagar tu hipoteca. Hay un mercado gigante de la venta de datos, no solo de tipo digital: si no miras lo que firmas cuando ofreces datos, es más que posible que acaben siendo agregados en una base administrada por un puñado de firmas norteamericanas.

¿Y qué es lo que se debería hacer con ellos? Hay tres opciones. Una es el statu quo: que un par de monopolios, Google y Facebook, continúen recopilando aún más información sobre nuestra vida para que pueda ser integrada en dispositivos inteligentes: mesas inteligentes, termostatos inteligentes; cualquier cosa que tenga un sensor generará un dato. Google Now es el paradigma de un sistema que intenta hacer acopio de todos esos datos para hacer predicciones y darte ideas. Si sabe que vas a volar te recuerda que hagas el check in, te dice el tiempo que te va a hacer, como un asistente virtual. Es el discurso de Google en términos de movilidad social: dar a los pobres los servicios que los ricos ya reciben.

¿Cuáles son las otras opciones? La segunda es seguir a los disruptores. Hay compañías que chupan nuestros datos y los convierten en dinero. Una solución es que cada cual capture sus propios datos y los integre en un perfil, dando acceso a quien quiera y cobrando por ello. De ese modo, uno se convierte en un empresario. Y la tercera opción aún no está muy articulada, pero debería ser perseguida. Los datos, en un buen marco político, económico y legal, pueden llevarnos a servicios fantásticos. El único futuro del transporte público es una combinación de datos, algoritmos y sensores que determinan dónde está la gente y adónde quiere ir.

¿Y de quién serían los datos en este caso? Habría que oponerse a que el paradigma de la propiedad privada se extienda a los datos. Ha habido esfuerzos de comercializar hasta el aire, y hay que oponerse. Los datos, sin la capacidad de analizarlos, no son gran cosa. Hoy en día solo algunas grandes empresas son capaces de estudiarlos. Esa información debería estar bajo un control público, que no significa un control del Estado, sino de los ciudadanos. La reciente fascinación en Europa por esa idea del común, que no tiene nada que ver con la de los comunes, es un marco sano. La gente podría ceder esos datos voluntariamente, pero siendo propietaria de estos.

Esta es una postura política, ¿qué es lo que le interesa del común? Mi propio cambio político y filosófico de los últimos años ha ocurrido porque de pronto resultó obvio para mí que no puedes ganar batallas a Silicon Valley de modo disperso. Puedo escribir una reseña al día, pelearme con esta gente en Twitter, y eso no cambia nada. La única manera de cambiar las cosas es empotrarte en los procesos políticos y económicos que pueden cambiar las cosas de verdad. Para mí significa que tengo que adoptar una posición realista y sobria sobre lo que es posible alrededor de los que intentan impugnar lo que Silicon Valley, Washington, Wall Street y el Pentágono intentan en el globo.

¿Y qué es lo que están intentando hacer? Dinero. Tengo una explicación de cómo funciona todo: un puñado de empresas marcan el tempo y el ritmo al que funciona el mundo. Son las que influyen en los textos que se están aprobando de los tratados transatlánticos que están a punto de firmarse en Europa y Estados Unidos. Esos tratados están redactados para proteger a las empresas y no a los ciudadanos. En este sentido, soy cínico, o realista, acerca de cómo está distribuido el poder en el mundo en estos días. A Google y Facebook les gustaría expandirse a otras zonas del globo para acumular más usuarios, más datos, venderles más anuncios. Pero es muy difícil que haya gente que haga una lectura política de Google y Facebook porque los ven o como inofensivos e inocentes, o como heraldos del poscapitalismo, o como plataformas para evitar la hegemonía de los medios. Facebook es bueno, piensa la gente, porque nos permite enviar mensajes al margen del dominio de los periódicos y televisiones. Incluso los movimientos políticos que intentan desafiar la dominación de la ideología neoliberal en estos días no pueden hacer una lectura sobria de Silicon Valley.

Evgeny Morozov

Ha experimentado un gran cambio físico en los últimos dos años. Ha perdido 40 kilos. Cuando se mudó de Palo Alto a Boston, cambió de hábitos, empezó a hacer ejercicio y dejó de comer carne. Nacido en Soligorsk, Bielorrusia, en 1984, en una familia que trabajaba en las minas de potasio locales, se formó en la American University de Bulgaria, un centro de formación de líderes. Con sus estudios de Económicas y Administración de Empresas, hizo unas prácticas en JP Morgan antes de desviarse hacia las nuevas tecnologías y pronto vio la cara oculta del discurso tecnoutópico. Es autor de El desengaño de Internet (2012) y La locura del solucionismo tecnológico (Clave Intelectual, 2015).

¿Usted, en realidad, qué quiere cambiar?Yo quiero cambiar muchas cosas. El proyecto de oponerse al poder de las grandes empresas, que tradicionalmente ha sido una prerrogativa de la izquierda, ya no entiende cómo funciona el dominio hoy, porque no hacen un buen análisis de la tecnología, y no son capaces de construir o reclamar infraestructuras que han sido entregadas con las privatizaciones. Sin una lectura política adecuada de cómo encaja Silicon Valley en todo esto, no pueden oponerse al poder de las empresas. Si coges a Yanis Varoufakis, que, probablemente, es la cara de la oposición a la agenda neoliberal en Europa: es un gran tipo, con cosas interesantes que decir, pero ¿su comprensión de la dimensión tecnológica del proyecto neoliberal moderno?: cero. Tomemos Syriza, o Podemos, o muchos otros actores que intentan oponerse al capitalismo neoliberal hoy. Tienen un problema para comprender la que, para mí, es la característica más importante del capitalismo hoy en día: su naturaleza de fenómeno propulsado por las tecnologías digitales de la información.

Y entonces… La menos ambiciosa de mis tareas sería, al menos, poner estas cuestiones sobre la mesa para que puedan reflexionar sobre ellas quienes están oponiéndose al actual neoliberalismo comandado por las grandes empresas; conseguir que lo escuchen algunas personas que están inmersas en una gran confusión sobre el estado de las cosas actual, que ni siquiera discuten nada porque creen que la vieja división de la tribu de la izquierda ya pasó, que piensan que el capitalismo va a ser reemplazado por una economía colaborativa, una sociedad pospoder, muy horizontal…

No sé si este es un buen resumen, pero, escuchándole, parece que usted ahora cuestionara más el neoliberalismo que a Silicon Valley. Sí, es un buen resumen. Para mí Silicon Valley es un efecto, y no la causa, del neoliberalismo. Hay algunos cambios estructurales del capitalismo que están conectados con la tecnología. Sería incorrecto pensar que todos los demás factores que han dado forma al paisaje en el que se hace política se hayan vuelto obsoletos. Es importante tener clara la conexión de Silicon Valley con el Ejército norteamericano, que aún provee buena parte del dinero.

¿A Silicon Valley? A Silicon Valley, a las startups, la robótica, la biotecnología, el reconocimiento facial…

¿Y esto qué implica? Que el factor tradicional de análisis para explicar el mundo, que fue siempre la guerra, la militarización, no ha desaparecido. Silicon Valley actualmente representa a algunas fuerzas estructurales que fueron identificadas hace tiempo. La guerra, Wall Street… ¿De dónde viene todo ese dinero que se invierte en estúpidas startups? Es increíble ver que cualquiera que quiera crear una app en Silicon Valley pueda levantar 10 millones de dólares en una tarde. Hay que entender los cambios en la economía global. ¿Por qué se ha redirigido tanto dinero de la economía real, fábricas, inversiones en el sector productivo, hacia el capital financiero especulativo? Nuestros fondos de pensiones ya no se invierten en bonos del Estado seguros, sino en otros fondos que reinvierten en firmas de capital riesgo que reinvierten en startups. Se puede focalizar el análisis en Silicon Valley, pero hay que entender lo que lo hace posible.

Usted cursó estudios en una universidad con fundamentos ideológicos liberales, pero ¿influye de algún modo en su visión política el hecho de haber sido educado en Bielorrusia? Bielorrusia no influyó demasiado en mi educación política. Es un lugar de Europa interesante porque ha conseguido congelar el tiempo. No niego las violaciones de derechos humanos y la falta de libertad de expresión. Pero congelar el tiempo, como modo de impedir la toma neoliberal de la industria, es interesante, los historiadores lo estudiarán. En cualquier caso, mi visión no tiene nada que ver con el hecho de haber crecido en Bielorrusia. Soy de izquierdas, pero de la izquierda consciente de los peligros de la centralización del poder y de la inflexibilidad.

Y ya en otro orden de cosas, los atentados de Paríshan vuelto a despertar el viejo debate sobre los límites de la privacidad y los de la seguridad. ¿Cómo se sitúa ante esta cuestión? La evidencia empírica muestra que es muy difícil decir que las técnicas avanzadas de vigilancia implementadas en Europa y Norteamérica desde hace tiempo hayan dado frutos. No vemos pruebas que sugieran que la capacidad de los servicios de inteligencia de monitorizar las actividades de terroristas o sospechosos conocidos, de gente que ha estado en el radar de los trabajos de seguridad, con leyes ya bastante permisivas, haya conseguido gran cosa. Así que no tengo motivos para creer que vayan a ser más eficientes si van por ese camino.

elpaissemanal@elpais.es

 

 

 

Al final de este interesante ensayo, Evgeny Morozov dice que espera que en el futuro exista la «pequeña posibilidad de sostener un debate relevante sobre lo apropiado o no de las soluciones tecnológicas para determinado problema». Su premisa es, pues, bien clara: el «solucionismo» y lo que llama «internet-centrismo» son corrientes de opinión (y acción) que pretenden simplificar nuestra compleja realidad social aplicando soluciones extemporáneas —cuando no peligrosas— a problemas menores o inexistentes. Lejos de adoptar una postura tecnófoba, el autor reivindica el papel de los avances tecnológicos y su aplicación en nuestra vida cotidiana; sin embargo, se esfuerza en relativizar el papel destacado que tratan de otorgarles los geeks y gurús digitales.

Morozov comienza su argumentación hablando sobre la obsesión de los tecnólogos por eliminar lo que ellos consideran «imperfecciones» de nuestros hábitos o comportamientos diarios; pese a su afán «solucionista» (el subtítulo original del libro, To save everything, click here, refleja muy bien esto), la imperfección y la ambigüedad son elementos tan inherentes al desarrollo humano que en muchas ocasiones la respuesta tecnológica no hace sino pervertir los comportamientos y empobrecer la interacción. Por este motivo el autor toma prestado el término «solucionismo» del campo de la arquitectura para referirse a las soluciones atractivas y simples que se tratan de aplicar a problemas complejos y polémicos.

A lo largo del libro se toman como ejemplo multitud de proyectos, aplicaciones y empresas; quizá el crowdsourcing sea una de las actividades más controvertidas, en tanto deposita en el usuario/cliente/consumidor la responsabilidad (no solo económica, sino incluso moral) de «arreglar» aquello que no está bien. Morozov, con mucha ironía, lo tilda de «explotación digitalmente distribuida», mostrando así el cambio de foco que se produce cuando se observan los procesos digitales de colaboración masiva desde una óptica sociológica.

De igual modo se advierte de los peligros que implica la gamificacion y la ludificación aplicadas a los ámbitos sociopolíticos. Una y otra vez, merced a ejemplos extraídos de diversos campos, se advierten los riesgos que corremos como sociedad cuando introducimos comportamientos propios del juego (o, por extensión, del consumismo) en los dominios públicos, ya sean políticos o comunitarios. Los servicios que debe proporcionar un servicio público, o la política en general, no son los mismos que cabría esperar de un proyecto privado; la preocupación por el bien común no casa bien con el tipo de expectativas de (auto)satisfacción que se esperan de un juego.

Una de las críticas más coherentes y lúcidas del ensayo se dirige contra la «memeficación» de las noticias y la decadencia de los medios actuales. Siguiendo al experto en medios C. W. Anderson, Morozov distingue entre audiencias algorítmicas y audiencias deliberativas: las primeras son aquellas que reciben información en función de lo que se cree que puede interesar más, discriminando así posibles noticias relevantes frente a las que pueden ser más exitosas en términos de difusión; las audiencias deliberativas, por el contrario, eran interpeladas por el publicador/divulgador/periodista para que se involucraran en el debate, más allá del interés personal en los hechos (es decir: se buscaba un interés común, público).

El tema de la privacidad, la exposición y el autoseguimiento también se trata en varios epígrafes del texto. La persecución obsesiva por la máxima exposición y la omnipresencia en las redes son consecuencias insoslayables del prurito por afirmar la singularidad en un universo (el de las redes sociales) en el que parece que todos debemos aportar algo relevante y excepcional. La exposición masiva de nuestros datos personales es utilizada, obviamente, para generar dinero por las compañías que gestionan esa información; pero, además, asistimos a una banalización de la intimidad que minusvalora la importancia que puede llegar a tener el mantener ciertos aspectos de nuestra vida ocultos a ojos de los demás.

Por otro lado, la diferencia (sutil, pero importante) entre la preservación y el recuerdo es, en opinión de Morozov, más imprescindible que nunca; en sus propias palabras:

Cuando no se reflexiona sobre lo que debería preservarse, los registros […] pueden reducir la cantidad de cuestionamientos que nos hacemos acerca de la relativa importancia de los sucesos registrados; la enormidad del archivo tal vez esconda esa importancia.

En suma, Morozov opina (con toda la razón, a mi entender) que el futuro de las tecnologías no depende del modo de funcionamiento o desarrollo actual de internet, sino de cómo queremos que sean y se relacionen con las personas. El estado actual de cosas, y los usos que hacemos de la tecnología, no condiciona sus posibles cambios futuros; en nuestras manos está el hacer que internet, y la tecnología en general, sean lo que deseamos que sean.

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

 

In memoriam del periodista y escritor mexicano Javier Valdez

Culiacán, Sinaloa.- El reconocido periodista sinaloense Javier Valdez Cárdenas estudió sociología en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Durante mucho años fue reportero de los noticieros televisivos del Canal 3, a principios de los 90, en Culiacán.

Valdez gracias a tu labor obtuvo el Premio Sinaloa de Periodismo por trabajos en la sección cultural de este noticiero. Trabajó en el periódico Noroeste y desde 1998 es corresponsal del periódico nacional La Jornada.

Fue reportero fundador del semanario Ríodoce, publicación que sin pretenderlo se ha especializado en cobertura del narcotráfico. Algunas de sus crónicas han sido publicadas en revistas como Proceso, Gatopardoy Emeequis.

En 2011, el autor mexicano fue galardonado con el premio International Press Freedom Award, con el que se reconoce la labor de periodistas valientes en el ejercicio de su oficio.

Yo he vivido la inseguridad, varias situaciones difíciles. Por ejemplo, fuentes mías han sido asesinadas, también en  Ríodoce  nos aventaron una granada en 2009, así como otras situaciones que no puedo mencionar con detalles porque es peligroso, pues si yo digo que el narco o un policía me amenazó, cualquiera puede aprovechar para hacerme daño”,

mencionó el escritor y periodista Javier Valdez, cuando pulibó su libro Narcoperiodismo, con el sello editorial Aguilar, en el que aborda el narcotráfico y su relación con el ejercicio del periodismo.

Estamos pisando suelo muy inseguro, pantanoso, de arenas movedizas, de muchos hilos, porque igual te tienes que cuidar del compañero de la redacción, porque las redacciones están infiltradas por el narco…

“Nunca antes habíamos tenido una crisis de seguridad tal en el periodismo y ahora como nunca hay pocas condiciones para hacer nuestro trabajo, es como si hubiéramos descendido 50 escalones hacia el infierno.

SUS LIBROS

Autor del libro “De Azoteas y Olvidos”, crónicas del asfalto, editado por el Ayuntamiento de Culiacán, en 2006. Además, “Malayerba”, de editorial Jus, que reúne crónicas publicadas en Ríodoce, y fue prologado por Carlos Monsiváis.

Con su libro “Miss Narco”, Valdez Cárdenas fue finalista del premio Rodolfo Walsh4 en la Semana Negra de Gijón, España, en el 2010.

En 2011 salió su libro de crónicas y reportajes de niños y jóvenes en el narcotráfico, “Los Morros del Narco”, y en septiembre de 2012 apareció su libro “Levantones“, desaparecidos y víctimas del narco, ambos de editorial Aguilar.

En octubre de 2011, el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ) le otorgó en Nueva York el Premio Internacional a la Libertad de Prensa en 2011,“por su valiente cobertura del narco y ponerles nombre y rostro a las víctimas”.

Más tarde en el mismo año, los administradores de la Universidad de Columbia otorgaron a Ríodoce el Premio de periodismo María Moors Cabot que contribuye al “entendimiento interamericano”.

La revista “Quién”8 en el 2012, lo incluyó en el reconocimiento anual “Los 50 Personajes que Mueven a México”. colaboro en el blog Nuestra Aparente Rendición, que dirige Lolita Bosch.

Fue en noviembre de 2013, Valdez y todo el equipo de Ríodoce recibieron el premio PEN Club a la excelencia editorial.

En febrero de 2014 publicó “Con una Granada en la Boca”, con historias sobre el trauma de vivir en un país violento. En 2015 colaboró como asesor periodístico en la serie de televisión Señorita Pólvora, que se transmite en el canal TNT, para la empresa colombiana Teleset, producida por Sony.

En julio de 2016 publicó su más reciente libro “Huérfanos del Narco“, editado por Aguilar, en el que aborda historias de niños y viudas de personas desaparecidas o ejecutadas: periodistas, empresarios, policías y madres de familia.

Expedientes TVC: El libro “Los Huérfanos del Narco”

 

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

 

In memoriam de la periodista Irma Flaquer

Irma Flaquer Azurdia (Ciudad de Guatemala, 5 de septiembre de 1938 – desaparecida en Ciudad de Guatemala el 16 de octubre de 1980) Era hija en un productor teatral catalán, Fernando Flaquer, y de una cantante de ópera guatemalteca, Olga Marina Azurdia.
Pasó su infancia viajando y viviendo en varios países de Centroamérica y Suramérica. Empezó a estudiar Derecho, pero cambió por la carrera de Psicología. En 1955 ―a los 17 años de edad― se casó . Tuvo dos hijos, Sergio y Fernando Valle Flaquer, y en 1958 se divorcio.
Flaquer comenzó trabajando como periodista independiente, y se mantenía escribiendo artículos y comentarios de radio. En 1958, un artículo suyo enfureció a un político, quien les pagó a tres mujeres del mercado para que la golpearan. Ensangrentada, Flaquer se presentó en el diario La Hora y pidió que el prestigioso periodista Clemente Marroquín le tomara fotos y escribiera un artículo acerca de esa agresión. Según Marina Marroquín ―hija del periodista―, Marroquín contrató inmediatamente a Flaquer. Comenzó una columna en el diario, titulada «Lo que otros callan», que se hizo reconocida durante 13 años.
Al año siguiente (1971) fue contratada por el diario La Nación ―bajo la dirección de Roberto Girón Lemus― para publicar la misma columna «Lo que otros callan». En pocos años llegó a ser asistente de dirección del diario. Mientras trabajaba en La Nación, durante poco tiempo publicó su propia revista.
Ocupó diversas funciones durante más de 22 años en distintos periódicos y estaciones de radio de la ciudad de Guatemala
Era psicóloga y periodista. Alguna vez en su juventud pensó ser abogada, pero abandonó los estudios de leyes y se dedicó por entero al periodismo, ocupando por más de 22 años diversas funciones en distintos diarios y estaciones de radio de Guatemala. Irma Flaquer Azurdia fue reconocida como “Hija Predilecta” de la ciudad de Granado, en 1975. Cuatro años después fundaba y presidía en el país la primera Comisión  de Derechos Humanos. A la vez, se convertía en una apasionada activista del Partido Revolucionario.
Su pluma crítica le traía sinsabores en medio de un clima político agitado, con violaciones por parte de grupos paramilitares, fuerza pública y guerrilla, ejecuciones arbitrarias, desapariciones forzadas. En esa misma época (1979) Irma fue víctima de un atentado contra su vida, del cual escapó milagrosamente.  Ese hecho dio origen a que escribiera su libro “A las 12:15, el Sol”, en cuyo prólogo le dedicó la obra a “Mi querido asesino”.
Pero al año siguiente ya no pudo defenderse, cuando el 16 de octubre un grupo de hombres armados movilizados en dos vehículos interceptaron el automóvil que conducía su hijo Fernando. Caía la tarde en Ciudad de Guatemala. Los disparos  mataron al joven de 24 años mientras ella, con el rostro encapuchado, era empujada al interior de una camioneta que de inmediato se dio a la fuga. En el fragor de la violencia, un hombre que presenció lo ocurrido fue ejecutado por los agresores que lo siguieron por dos cuadras.
Nunca más se supo de Irma Flaquer. Las presunciones indican que la mataron  como represalia por sus artículos contra los actos corruptos de funcionarios del gobierno del general Romeo Lucas, de los militares de entonces y contra la opresión de los indígenas y las violaciones a los derechos humanos.
 No hubo esfuerzos oficiales por esclarecer el caso, argumentándose que no existía denuncia formal. Sus familiares fueron amenazados, obligándolos a olvidar del caso y abandonar el país. Pero su ex esposo, Fernando Valle,  del cual se había divorciado en 1958 tras sólo tres años de matrimonio, exigió al Congreso Nacional que se esclareciera el doble crimen, citando tres hipótesis posibles, investigadas poco antes por la SIP y dadas a conocer en la Conferencia Hemisférica “Crímenes sin Castigo Contra Periodistas”: la responsabilidad de la guerrilla, la del ministro del Interior de la época Donaldo Alvarez, y  la del Ejército.
La exhaustiva investigación de la SIP en Guatemala descartó las primeras dos hipótesis, concluyendo que “el Estado Mayor Presidencial, tal vez junto con el jefe de la Policía Nacional, decidieron secuestrar a la periodista Flaquer”. Tal trabajo fue avalado por la Comisión guatemalteca para el Esclarecimiento Histórico (CEH). Sobre la base de aquella investigación, la SIP hizo una presentación ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en marzo de 1997, insistiendo en la responsabilidad del Estado.  La CEH llegó a la convicción de que las autoridades responsables del Estado de Guatemala faltaron gravemente a su deber de investigar y sancionar los hechos, violando el derecho a la justicia. El  año 2000 el gobierno reconoció la responsabilidad ante esa desaparición y concedió una reparación moral e indemnización económica a los familiares de Irma Flaquer. Pero hasta hoy la impunidad continúa.
Periodista valiente, en Guatemala, durante una época oscura y triste.
Ella fue el primer caso llevado a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por el Proyecto contra la Impunidad que forma parte integral de la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP.
La historia de Irma Flaquer es también la de miles de periodistas mexicanos, argentinos, brasileños, venezolanos, colombianos y sí, iraquíes e irlandeses, quienes han sido asesinados, desaparecidos, torturados, censurados o exiliados mientras buscaban la verdad.
Según varios periodistas, una mañana Flaquer se personó en el Congreso, con su libro en la mano, y visitó al diputado Oliverio Castañeda (que había capitaneado varios escuadrones de la muerte a fines de los años sesenta y principios de los setenta). Le leyó el prólogo de su libro, y le dijo: «Como has escuchado, he perdonado a mi asesino».
Les he hecho daño, mucho daño. La violencia de mis artículos periodísticos les hizo desear mi muerte. Ellos provocaron más violencia que la que ustedes ya habían padecido y los convirtió en asesinos. A lo mejor no debían sentirse culpables porque suele suceder que los poseídos por el odio sólo son víctimas de las circunstancias de su vida. Producto de circunstancias adversas. Por su propio dolor, se convierten en verdugos de otros.

Irma Flaquer

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.