Mis columnas literarias favoritas

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Mar de Historias
Terremotos (149)
Cristina Pacheco

Las fechas guardan recuerdos. El número del mes, el nombre de un día de la semana nos los devuelven íntegros, con una coherencia que no permite escapatoria. Inútil ignorarlos, querer hacerlos a un lado o fulminarlos: en cuanto aparecen, las evocaciones ocupan un lugar tan preciso como los objetos que inundan una casa.

Si por mí fuera arrancaría del calendario la hoja que corresponde a septiembre. A mis amigos, a mi familia –como a tantas otras– les trae malos recuerdos. Se avivan conforme se acerca otro aniversario de los terremotos del 85. Llega con un caudal de tintineos y crujidos, estruendos, gritos, campanadas, humo, sirenas, carreras, súplicas, vidrios estrellándose contra el suelo. Y después, un silencio de muerte.

II

Mi esposo, Guillermo, no ha olvidado nada de eso. Recuerda que aquel jueves el gato pasó despavorido unos segundos antes del temblor, que el canario en la jaula empezó a saltar de un columpio a otro. Aún oye cómo entrechocaban los platos y los vasos en el trastero o cómo se le zafó el teléfono cuando se precipitó a marcar el número de la fábrica donde su hermano Santiago había empezado a trabajar como velador. Su turno terminaba a las 8 de la mañana. Aquel l9 de septiembre, por 41 segundos se habría salvado. No fue así.

Guillermo y toda la familia que logró reunirse, con la ayuda de voluntarios y rescatistas pudimos encontrar a Santiago, ya sin vida, el 24 de septiembre. Al verlo boca abajo, a medias sepultado, era inevitable preguntarse si había permanecido días enteros asfixiándose bajo el peso de las piedras, la tierra, las varillas; si un hilito de luz entre los escombros había alimentado su ilusión de salvarse; si había tenido fuerzas suficientes para pedir auxilio con la esperanza de que alguien lo escuchara.

La imposibilidad de encontrar respuestas nos afectó tanto o más que la pérdida. La reacción de Guillermo fue terrible: empezó a fallar en el trabajo y estuvo a punto de perderlo, no comía. Lo peor de todo era el insomnio. Sus noches se volvieron una interminable caminata por el departamento. Si dormía unos minutos, soñaba con Santiago pidiéndole ayuda.

Al verlo tan agotado y deprimido, pensé que mi esposo iba a volverse loco. Después de mucho insistirle logré convencerlo de que viera a un psiquiatra. Al cabo de muchas sesiones acabó por comprender que era imposible definir las condiciones precisas o la hora en que había muerto su hermano: tal vez hubiera sido de inmediato, a causa de los golpes.

III

En la familia todos nos hemos esforzado para que Guillermo supere el trauma. A veces nos da muestras de haberlo conseguido, pero de pronto, por cualquier motivo, resurgen los recuerdos y su terrible sentimiento de culpa. Hace mal en torturarse de ese modo; él no causó la muerte de Santiago. Guillermo cree que sí, por haber obligado a su hermano a buscar trabajo en vez de pasársela cambiando de una escuela a otra, pidiéndole dinero para inscripciones y materiales que terminaban arrumbados en el cuarto de la azotea.

El desacuerdo entre Santiago y Guillermo los hacía discutir violentamente, y muchas veces terminaban a golpes. Después de esas peleas mi cuñado se iba de la casa jurando que no iba a regresar; pero antes de una semana volvía, dócil y cariñoso, con la promesa de enmendarse. Me parece que lo oigo decir: Juro que esta vez sí voy a echarle ganas al estudio…Esta vez sí voy a usar el dinero en la inscripción…

Yo sabía que sólo eran buenos propósitos. Guillermo, en cambio, confiaba en su hermano, por quien siempre tuvo inmenso cariño. Quería para él lo mejor. Cuando Santiago obtuviera su título de contador, como regalo, iba a ponerle un despacho en forma. Para no destruir sus ilusiones nunca le pregunté con qué dinero pensaba hacerlo.

IV

No pasó mucho tiempo sin que Guillermo se diera cuenta de que Santiago, nuevamente, lo había engañado. Se hartó del juego y decidió ponerle fin. Le recordé la cantidad de veces que me había dicho lo mismo sin que nada cambiara. Contestó: Esta vez te juro que no será así. Se acabó.

Nunca lo había oído tan contundente y, sin embargo, no le creí. Me equivoqué. Esa noche, cuando Santiago volvió supuestamente de la escuela, Guillermo le reclamó sus abusos, mentiras y burlas. No iba a tolerarlo más: de ahora en adelante no le daría un centavo. Si necesitaba dinero, que buscara un trabajo de lo que fuera.

Avergonzado y confuso, Santiago juró que ya no iba a ser una carga para nosotros: a partir de la mañana siguiente se pondría a buscar trabajo. Para nuestra sorpresa, mi cuñado lo hizo y con empeño. Antes de cuatro meses consiguió el puesto de velador en una fábrica de tintes para calzado. Cubrió su primer turno el l4 de septiembre de l985; cinco días después, el último.

La Jornada, septiembre 17, 2017.

Mar de Historias
Las flores de Siam (148)
Cristina Pacheco

En la calle de Siam el acento de color provenía del portón rojo marcado con el número 88. Abierto, dejaba ver dos hileras de viviendas y un terraplén. En su centro se alzaba un montículo alimentado con ladrillos y piedras sobrantes de remodelaciones y derrumbes. Por la mañana era solario de lagartijas y arañas; en la noche, madriguera de ratas.

Formaban parte de la vecindad cuatro accesorias externas. La D, la más amplia, carecía de azotehuela y por lo mismo de espacio dónde tender la ropa. Poco funcional para una familia, quedaba mucho tiempo desocupada. La última vez estuvo vacía casi un año, hasta que la rentaron un hombre y tres muchachas.

La curiosidad que desde el primer momento despertaron los nuevos inquilinos aumentó horas después, cuando un camión de mudanzas descargó frente a la D un mobiliario inusual en el barrio: lámparas de pie, taburetes, camas con cabecera alta, una pequeña barra, una Victrola RCA, un refrigerador y una lavadora.

II

Durante los primeros dos o tres días, las muchachas no salieron a la calle; luego sí, al atardecer y seguidas por su acompañante, a quien llamaban Tito. Muy alto, impecable, con lentes negros, iba calibrando las expresiones admirativas provocadas por la esbeltez y los atuendos de sus pupilas: blusas de escote profundo, faldas ligeras, sandalias que dejaban ver sus uñas pintadas del mismo tono que embellecía sus labios.

Los niños considerábamos artistas de cine a las recién llegadas. Nuestras madres tenían una opinión menos favorable y nos advirtieron que, de tener contacto con esas mujeres, nos exponíamos al mismo peligro que si tocáramos los cables de la luz con las manos mojadas.

Por la música y los visitantes nocturnos a la accesoria D fue sencillo deducir cuál era la relación entre Tito y las tres muchachas. (Supimos sus nombres gracias a la curiosidad de mi primito Alfonso: Constanza, Lucila y Margarita.).

En un barrio donde tantas personas sobrevivían al margen de la ley, nadie las censuró por su oficio.

III

Todo iba bien, hasta que un domingo, las recién llegadas hicieron algo que desagradó a las mujeres, en especial a Abigaíl, experta en componer huesos y en preparar ungüentos contra torceduras y reumas.

Recuerdo la escena y me parece verla. Era la una de la tarde. Mi familia y algunos de nuestros vecinos regresábamos de la misa de once. Al entrar en la vecindad vimos a Constanza, Lucila y Margarita tendiendo sus batas y sus prendas más íntimas sobre el montículo, en el terraplén. Abigaíl, quien consideró ofensivo aquel despliegue, se acercó a decirles que al menos no exhibieran su ropa interior. Margarita la encaró: Oiga, si no tenemos azotehuela dónde tenderla, ¿quiere que sequemos nuestros calzones a soplidos o cómo?Constanza y Lucila celebraron el desplante. Abigaíl, enfurecida, juró que no descansaría hasta que aquella gente se fuera.

Se hizo costumbre que los domingos por la mañana Constanza, Lucila y Margarita salieran a tender su ropa sobre el montículo. Risueñas y murmuradoras, parecía divertirlas que los jóvenes deportistas, entre pase y pase de balón, le echaran miraditas a sus ropas ligeras y adornadas, pero no a ellas.

IV

La estancia de las muchachas entre nosotros duró unos cuantos meses. Un sábado, a mediados de septiembre, estábamos adornando el portón de la vecindad con festones tricolores cuando de pronto vimos pasar a Constanza y Lucila. Llevaban a Margarita a rastras y cubierta con una sábana. Tito corrió hasta media calle para detener un libre. Por la ventanilla le dio al chofer instrucciones y un billete. El coche arrancó. Tito estuvo mirándolo alejarse y luego, apresurado, regresó a su vivienda.

Quedamos atónitos, preguntándonos qué le habría sucedido a Margarita. Alguien dedujo que tal vez un accidente. Otro mencionó la palabra aborto. Abigaíl dijo que bien podía tratarse de un intento de suicidio, porque esas mujeressiempre terminaban mal.

V

Contra lo que esperábamos, Tito y las muchachas no volvieron ni para recoger sus pertenencias. Al cabo de varias semanas, un hombre corpulento que manejaba un coche gris se ocupó de organizar a los cargadores que vaciaron la accesoria D.

A la mañana siguiente, en su ventana apareció el letrero de Se renta y todo regresó a la normalidad. El montículo en el terraplén volvió a ser, en el día, sólo escondite y solario de lagartijas y arañas; por la noche, madriguera de ratas.

P.S: Olvidaba decir que durante largo tiempo seguimos hablando de Constanza, Lucila y Margarita. Por nuestros rumbos todos las conocían como las flores de Siam.

Mar de Historias
Secretos (147)

Cristina Pacheco

Con frecuencia, camino de la pastelería, he pasado por El Jardín de Venus. Es una tienda preciosa. A lo más que me atreví alguna vez fue a mirar de reojo los aparadores donde las maniquíes lucen semidesnudas, con medias de encaje y gargantilla. Nunca pensé que entraría a un almacén tan sofisticado y mucho menos que la mujer que se reflejaba en el espejo hacía apenas una hora pudiera ser yo.

¿Cómo me atreví a entrar? No lo sé. El caso es que de pronto me veo observando las mercancías con el aire desenfadado de quien frecuenta las sex shop y colecciona películas de siete equis. Una joven con media cabeza rasurada y labios color granate me dio la bienvenida, pero no me hizo la clásica pregunta: ¿Busca algo especial? Si lo hubiera hecho no habría sabido qué responderle. Recorrí el almacén con una sonrisa estúpida y al mismo tiempo celebratoria de las prendas de seda, tul y encaje exhibidas sobre enormes flores de terciopelo. Ante aquel lujoso despliegue, inevitablemente pensé en la ropa interior que llevaba puesta. Me reí. Eso le dio pie a la dependienta para empezar su discurso con un leve acento francés:

“Llegó usted en el momento ideal: acabamos de recibir la segunda remesa de novedades para otoño. La joya de la corona es La reina de corazones. Pieza única. Si me permite, se la muestro”. Asentí. Enseguida sacó de una cajita blanca un body de tul negro adornado en el corpiño y el puente de la entrepierna con flecos de seda y corazones bordados en lentejuela roja. No pude reprimir mi admiración, lo que estimuló a la dependienta para seguir hablando. “Adoro los bodys.Son muy prácticos: una sola pieza y ¡listo! Se adaptan al cuerpo como una segunda piel”. Y se pueden meter a la lavadora, agregué.

Como si no me hubiera escuchado, la dependienta me miró de arriba abajo (por lo que me sentí tan expuesta como un boxeador en la ceremonia del pesaje): Usted debe ser talla 34 B. En esa medida tenemos otros modelos. ¿Quiere verlos? Le contesté que no. me llevaría La reina de corazones.¿Sin probárselo? No hacemos devoluciones, pero en cambio recibimos todas las tarjetas.

Imaginé la expresión de mi hermana Lourdes cuando, al revisar mi estado de cuenta, se percatara de que había gastado 2 mil 800 pesos en un body. Para evitarme el mal momento, decidí pagar en efectivo y cinco minutos después salí de la tienda con una bolsa blanca asegurada con un lazo de seda (lo contrario a las que dan en las tiendas departamentales o en el súper). Me quité el impermeable para cubrir la envoltura. Empezó a llover y corrí hacia el sitio de taxis.

Mientras avanzábamos despacio a causa del intenso tráfico pensé que si Lourdes estaba en el departamento de seguro me preguntaría: ¿Qué traes en esa bolsa? Imposible responderle la verdad: El único secreto que he tenido en mi vida. Y es cierto, antes de esta tarde no había guardado ninguno. Me di cuenta de eso gracias a la reunión con mis ex compañeras de la facultad.

II

Todo sucedió porque, cuando estábamos tomando café y ya sin temas de conversación, a Leticia se le antojó hacernos una pregunta ociosa: Si en este momento su médico les dijera que les queda sólo una semana de vida, ¿qué harían? Anita fue la primera en contestar: Suspender el pago de mi tarjeta de crédito y dedicarme a la pachanga.

Dorios dijo que ella, ante la noticia del desahucio, se llevaría a su casa a su único nieto para convivir con él durante el resto de su vida. Verónica se puso romántica: Yo celebraría una segunda luna de miel con Mauricio.

Y tú, Araceli, qué harías, pregunté. La respuesta fue inmediata. Ponerme a ocultar mis secretos.Ante la inesperada respuesta quedamos atónitas. Araceli interpretó nuestro desconcierto como un reproche: ¿Qué les pasa? ¿Por qué me miran así? ¿Ustedes no tienen nada que esconder? Pues yo sí, entre otras cosas, las cartas de amor que, durante años, me escribió Rolando, el amigo con quien mi esposo iba al boliche.

Doris se escandalizó: ¡Qué bárbara eres! ¿Dónde las escondes?En el clóset, en las cajas de zapatos. Nadie mete la mano allí, pero cuando muera no faltará quien se ponga a revisar mis cosas para decidir qué hacer con ellas. Antes de que eso ocurra, quemaré las cartas.

La sinceridad de Araceli despertó la franqueza de otras amigas. Celia confesó que guardaba en el baño unos aparatitos encantadores que la ayudaban a sobrellevar su divorcio. Karla nos reveló que escondía cuadernos en los que iba escribiendo lo que pensaba de su abominable familia política. Nuestras risas atrajeron la atención de otros comensales y recomendé discreción. Entonces Anita se dirigió a mí: Y tú: ¿qué secretos guardas? Ninguno, contesté, pero nadie me creyó.

Nuestra reunión terminó a las cinco. Al despedirnos Araceli me dijo al oído: Ve haciendo tu lista de secretitos para que nos la recites en nuestra próxima reunión. Le insistí en que, de veras, no tenía ninguno. Se rió: Ni creas que por eso te admiro: me pareces patética, amiga. Ella cambiaría su actitud hacia mí si en nuestra próxima comida le dijera que guardo entre mis ropas a La reina de corazones. No se lo diré: será mi segundo secreto”.

La Jornada, Septiembre 3, 2017.
Mar de Historias
Nuestro día (146)

Cristina Pacheco

Gelo entra en el comedor. Las bancas y las mesas corridas ya están en el orden habitual. De la celebración que se llevó a cabo el día anterior sólo quedan algunos rastros: el mensaje de bienvenida hecho con letras de papel metálico y tendido sobre el arco de la puerta –Felicidades en su día, abuelitos–, dos arreglos de gladiolas y aves del paraíso (luego los trasladarán a la capilla), un pequeño equipo de sonido que amenizó el baile y un tablero de corcho con fotografías que documentan festejos anteriores.

Varios de los residentes que aparecen en esas fotos ya no viven, pero en la imagen permanecen con sus vasitos de cartón levantados, sonriendo a la cámara y diciendo (sugerencia del fotógrafo): A la una, a las dos, a las tres: ¡whisky! El único que siempre desoye la orden es Eladio: exclama ¡tequila! para refrendar su espíritu nacionalista.

II

La celebración de ayer fue una calca de otras que se han organizado en el albergue en honor de los abuelitos. Curiosamente no se presentó ningún nieto, pero sí algunos hijos de los residentes con sus parejas. Aparecieron con pequeños regalos y después de la comida (¡Qué lástima! ¡Las pechugas en adobo deben haber estado riquísimas!) justificaron su retraso por el exceso de trabajo y el tráfico de todos los demonios que tiene paralizada la ciudad. Gelo sospecha otra razón: llegaron tarde para no ver la naturalidad con que algunos comensales se quitan la dentadura postiza, la limpian con una servilleta de papel, se la reponen y luego siguen disfrutando del menú.

El festejo de ayer estuvo animadísimo. De una mesa a otra, los residentes se pasaron toda la hora del almuerzo repitiendo lo mucho que se habían divertido viendo a los dos payasos que sacaron ramilletes de flores artificiales, de cuyas corolas hacían brotar chorritos de agua para sorprender y divertir a su público: 58 ancianos que desde las nueve de la mañana, recién bañados y con sus mejores galas, hicieron cola ante las puertas del comedor transformado en salón de fiestas.

Durante el almuerzo Gelo se mantuvo algo apartada y silenciosa. No quiso hacer el papel de aguafiestas diciendo a sus amigos lo que pensaba del dichoso festejo, empezando por el horario: el desayuno –jugo de naranja artificial, chocolate, huevos en polvo revueltos y gelatina– se había servido a las nueve y muy poco después, apenas terminada la actuación de los payasos, el almuerzo: arroz a la mexicana, pechugas en adobo o carne tampiqueña, frijoles charros y agua de jamaica. (No faltó quien elogiara en detalle sus cualidades diuréticas.)

Paulina y Leodegaria, la mayora y su asistente, aparecieron con un pastel cuando ya todo el mundo estaba llenísimo. Sin embargo, los festejados hicieron cola para recibir su tajada en un plato de unicel. Pensaban guardarla por si más tarde aparecían algunos familiares y amigos. (Por tratarse de un día especial la residencia iba a permanecer abierta más allá de las horas habituales de visita).

III

Gelo fue la única que rechazó el pastel. El betún le hace daño, se le pega en los dientes y le recuerda el día en que, hace más de sesenta años, cumplió once de edad. Desde temprano llegaron a la fiesta que le organizó su madre todos sus vecinos, las hermanas Capdevilla y Sergio Prado –compañeros de escuela–, pero a las seis de la tarde su papá aún no se presentaba. De seguro estará ocupadísimo. Llegará en cualquier momento. Entonces partiremos el pastel, le dijo su madre para alegrarla.

Gelo recuerda el pastel, completo y apetecible, en el centro de la mesa. Allí estuvo varios días, hasta que el betún blanco y rosado se acartonó. Era como de piedra cuando al fin apareció su papá. Había olvidado el cumpleaños de Gelo y por eso la abrazó y le pidió disculpas entre lágrimas. El conmovedor encuentro estuvo envuelto por tufo a vino, cerveza y perfume barato. A partir de aquel momento no hubo más fiestas para Gelo. Sus cumpleaños se volvieron parte de la grisura cotidiana y de otros recuerdos que daría cualquier cosa por olvidar.

IV

Gelo se detiene ante el tablero donde están las fotos de los residentes que murieron en años anteriores. La última en irse fue Eloísa. Se pasó la que iba a ser su última celebración del día del abuelito dando vueltas del comedor al zaguán con el pretexto de desentumirse las piernas, pero todos sabían que su ir y venir ocultaba otro motivo: el deseo de que su hijo Román, en caso de presentarse, la encontrara en la puerta, esperándolo.

Román no llegó para, al menos, posar con su madre ante la cámara. (¡Digan whisky!) En la foto que le tomaron aquel día, Eloísa aparece rodeada por varios compañeros, con Pascual y Leonardo hincados ante ella, fingiendo rendirle pleitesía. Ese desplante simpático, que todos celebraron y aún comentan, no suavizó la expresión amarga en los labios de Eloísa. Gelo trata de ocultarla cubriéndolos con la punta de sus dedos. Es inútil. En la mirada de Eloísa sigue escrita la palabra soledad.

La Jornada, agosto 27, 2017.
Mar de Historias
Forros y márgenes (145)

Cristina Pacheco

Aunque sé cuánto le gustaba su trabajo en la escuela, ya no tengo esperanzas de que Úrsula acceda a retomarlo. Hace un rato, cuando le pedí que lo hiciera, se sorprendió mucho. Le resultaba increíble que ninguna de las personas que la habían sustituido a lo largo de su ausencia hubiera sido capaz de ser buena conserje. Era su puesto. Renunció a él, hace ya ocho años, cuando se juntó con Adalberto. Él no quiso que vivieran en el departamentito que está al fondo de la escuela. Prefirió traer a Úrsula a la casa que había sido de su madre y ahora es suya. Si no la ocupan es muy posible que la invadan gentes de otras colonias.

Úrsula me había llamado varias veces a la escuela para invitarme a visitarla. Siempre tuve la intención de hacerlo, pero hasta hoy pude venir, no sólo por el gusto de ver a quien considero una amiga, sino también para pedirle que volviera a su puesto. El lunes comienza el nuevo ciclo escolar. Sarita, la conserje que teníamos, abandonó el trabajo porque su embarazo es de alto riesgo. Necesitamos, ¡pero ya!, quien vigile la puerta y reciba a los niños el primer día de clases.

II

La casa de Úrsula es de tabicón blanco, los techos de lámina acanalada y aún no pasa de ser una obra negra. La rodean infinidad de construcciones idénticas, algunas de dos plantas, pero otras de tal modo precarias que el techo o las paredes están hechos con la propaganda de los partidos políticos que visitan la zona en época de campaña. En sus azoteas abundan los desperdicios; de un lado a otro corren lazos con ropa puesta al sol que, mecida por el viento, da la inevitable impresión de ser cuerpos muertos, balanceándose.

La charla con Úrsula fue breve. Había quedado de reunirse con Adalberto en la megaplaza al otro lado de las torres, para comprar a Tadeo y Napoleón los útiles faltantes y algo de ropa. Por su entusiasmo entendí cuánto la emocionaba que sus hijos estuvieran a punto de volver a la escuela. Confía en que puedan seguir adelante, por lo menos hasta la secundaria. Ella tuvo que dejar sus estudios cuando iba en tercero de primaria: su mamá necesitaba que la ayudara a vender en los tianguis la ropa usada que conseguía en el tiradero de Neza.

A partir de que renunció al puesto de conserje, Úrsula retomó el negocio que conocía desde pequeña. Me aseguró que no le va mal; hay semanas que saca hasta cuatrocientos pesos. Le hice notar que era mucho menos de lo que ganaría si volviera a su puesto en la escuela; con la ventaja adicional de poder instalarse, como antes, en el departamentito al fondo de la escuela. Cuando Úrsula llegó a ocuparlo, colgó en su ventana una lata con una siempreviva. Luego fue agregando otras plantas hasta que todo el frente quedó completamente verde. Una maravilla.

Se lo recordé y ella pensó también en los frascos en donde metía los insectos que encontraba en los matorrales alrededor de la escuela. Ya no existen. En su lugar hay bloques de casas tan reducidas que parecen de juguete. Lamentó el cambio. Le dije que en compensación de esa pérdida ya hay combis que pasan a tres cuadras de la escuela. Adalberto podría ir y regresar con facilidad a la refaccionaria en donde trabaja. Esa ventaja le costaría diario tres horas de viaje en Metro y combis, y 48 pesos en pasajes. ¿Se imagina qué gastos?Entendí su argumento y no encontré ninguno capaz de rebatirlo, así que procuré que habláramos de otras cosas.

III

Úrsula me preguntó por los maestros. Le dije que seguían con nosotros la señorita Garfias, miss Laura y missRaquel, pero que el maestro Julio (tan guapo, dijo) y don César, el profesor de quinto, se habían ido: uno por edad y el otro no sabíamos por qué motivos.

Úrsula dejó de ponerme atención y se puso a ver mi reloj con insistencia: una manera discreta de recordarme su compromiso con Adalberto. Si hoy no hacían la compra de ropa, pero sobre todo de útiles, no iba a alcanzarles el tiempo para forrar cuadernos y hacer márgenes –fallas por las que tal vez les prohibirían a sus hijos la permanencia en el salón de clases. Me despedí con la promesa de volver. Úrsula se ofreció a acompañarme hasta la avenida en donde está la base de combis. Dudaba de que, sin una conocedora del terreno, pudiera llegar sola hasta allá.

Mientras caminábamos por las veredas (siempre a punto de ser asfaltadas, me dijo Úrsula) le pregunté si era feliz. Creyó que me refería a su vida sentimental y me aclaró que Adalberto era un hombre bueno, trabajador y considerado con ella. Corregí: Me refería a esta colonia. Respondió que aunque faltaban el alumbrado eléctrico y el drenaje, era agradable vivir allí porque el cielo siempre está limpio y entre las yerbas silvestres todo el año brotan lindas flores amarillas y azules. Además, tiene muchas amigas con quienes, los domingos, sale a jugar futbol en la cancha –un terraplén inmenso, sin redes– que dos veces al año sirve como pista de baile.

El motor de un avión la hizo levantar los ojos y quedarse mirándolo hasta que se convirtió en un punto blanco. Entonces Úrsula me dijo que su sueño era, alguna vez, poder subirse a uno que los llevara, a ella y a su familia, al mar. Me dio un abrazo rápido y se fue. Pronto se perdió en la grisura del paisaje saturado de casas idénticas a la suya: de tabicón gris, inconclusas, precarias y que también abrigan esperanzas.

La Jornada, agosto 20, 2017.
Mar de Historias
Suspension de actividades (144)

Cristina Pacheco

Mateo sabe que en cualquier momento pueden traicionarlo las piernas, pero sigue caminando. Va atento a los comercios que le servirán de guía cuando emprenda el regreso a su casa. No quiere extraviarse. Ya le ocurrió una vez y nadie le creyó que había sido por simple distracción. Indefenso, pidió disculpas. Imaginaba los malos momentos que le había causado a la familia.

Que los imaginara no era suficiente. Su hija Adriana, hecha un mar de lágrimas y temblando, lo obligó a escucharla describir su angustia cuando, a las dos de la tarde –al regresar del tianguis– se dio cuenta de que él aún no había vuelto del dispensario. Está a unas cuadras. Saliste de aquí a las doce. Ponte en mis zapatos, papá, y dime si no habrías pensado en lo peor.

Mateo recuerda que enrojeció, como su nieto Samy cuando lo descubren haciendo lo que no se debe, a menos que quiera quedarse ciego. También, como el muchacho, inclinó la cabeza y prometió que no volvería a suceder. Adriana, implacable, sentenció a su padre: De que no volverá a suceder puedes estar seguro. No pienso permitirte que vayas solo a la calle. Si no hay quien te acompañe, ¡no sales y punto!

El tono autoritario de Adriana lo obligó a protestar: No me hables como si fuera un niño. Tengo edad suficiente para cuidarme. ¿Sí? Pues no parece. Hoy te perdiste. Cuando le hablé a Nazario para decirle que eran las dos de la tarde y aún no regresabas cerró el taller y salió a buscarte. Perdió el día. ¿Entiendes lo que eso significa, papito? No somos millonarios. Tus medicinas cuestan. No es cosa de que Nazario diga: si hoy no trabajé y no gané ni un centavo, ¡qué le hace! Voy al cajero y saco lo que necesite.

II

Por rápido que camine, Mateo no puede alejarse de ese recuerdo ni de los remordimientos al imaginar la angustia de Adriana cuando se dé cuenta de que otra vez se salió a la calle sin atender su orden de que no lo hiciera.

Un gesto de fastidio altera sus facciones sólo de pensar que el próximo domingo –¿qué día es hoy?– su hija lo acusará de haberla desobedecido ante José Carlos, Ernesto, sus esposas y los nietos que asistan –de mala gana– a la comida. Su predilecto es Pablo. Le gustaría conversar más con él, contarle algo de su vida anterior a esta etapa en que se siente tan incomprendido y sólo escucha prohibiciones que lo paralizan y lo hacen sentirse a medio enterrar.

Descarta la idea. Además de que lo horroriza, lo distrae. Ahora lo único importante es mantenerse concentrado, fijándose bien por dónde va, no desviarse ni olvidar que va a la calle de Margil. Allí debe seguir la tienda naturista adonde iba con Sixta, su mujer, para comprarle pomadas y yerbas. La dependienta que los atendía se llamaba Anahí. La recuerda guapa y eficiente. Le pedirá que le recomiende un té o un jarabe que lo ayuden a dormir. El insomnio es insoportable. Pasa la noche pensando en cómo era su vida junto a Sixta. Saber que nunca podrá recuperarla le causa un dolor y angustia indescriptibles.

III

Mateo sueña con ser otra vez independiente y ganarse la vida, como antes, vendiendo baratijas en las calles. Eso le permitiría cubrir sus necesidades y el alquiler de un cuarto donde nadie estuviera vigilándolo o repitiéndole, como hace Adriana todo el tiempo, que por su edad, él ya no es capaz de valerse por sí mismo ni mucho menos salir solo a la calle: puede extraviarse para siempre, sufrir un asalto o ser atropellado por alguno de los muchos cafres que manejan como locos.

Mateo no entiende por qué, desde que vive como arrimado en la casa de Adriana, tiene la impresión de que todos lo están acechando para caerle encima y paralizarlo cuando lo que más desea es disfrutar de los años que le quedan por vivir, volver a los sitios que tantas veces recorrió con Sixta. Sigue amándola y a veces envidia la libertad que le ha dado la muerte.

IV

Al llegar a la tienda naturista Mateo ve la puerta cruzada con dos sellos: Suspensión de actividades. No entiende y se acerca al vendedor que exhibe sus mercancías en el edificio de junto: Perdone, ese aviso ¿desde cuándo está allí? Hace un buen de tiempo. Mateo sabe que no obtendrá más información y va a sentarse en la banqueta, frente a la tienda clausurada, con la vaga esperanza de que Anahí aparezca disculpándose por haber llegado tarde.

Se sobresalta cuando oye la voz de una muchacha a sus espaldas: Es peligroso que esté sentado allí. Pasan muchos camiones. Pueden atropellarlo. Mateo se vuelve hacia la esquina, como si quisiera medir el peligro. Intenta levantarse, pero no lo consigue. El vocerío lo abruma y un claxon insistente opaca su lamento.

Señor, ¡levántese!, suplica la muchacha que unos segundos antes le advirtió del peligro. Mateo la mira y sonríe cuando la reconoce: es Sixta que lo invita a seguirla.

La Jornada, agosto 13, 2017.

Mar de Historias
A través del cristal (143)

Cristina Pacheco

Para subir al cielo

I. –A un hombre de mi edad ya no le dan un crédito hipotecario ni de casualidad. No me importa, entre otras razones porque no necesito comprar ninguna propiedad. Esta casa es comodísima y está muy bien hecha; es de piedra, no como las de ahora: parece que se van a caer si sopla el viento.

–¿Piensa que el tiempo pasado fue mejor? –le pregunta su interlocutora.

–En algunos aspectos sí, en otros no. Lamento, por ejemplo, que en los alrededores hayan construido edificios tan altos que no me dejan ver el cielo. Antes sí lo miraba de día y de noche. Era importante porque en mi familia soñábamos con alcanzarlo. Para conseguirlo, desde pequeños teníamos que hacer sacrificios. Recuerdo a mi abuela diciéndonos a mí y a mis primos: Si quieren ganarse el cielo olvídense de golosinas y juegos. Mediten, recen, hagan penitencia.Conforme íbamos creciendo nos imponía mortificaciones más duras. Nos sometimos a todas, y ¿para qué? ¡Para nada! Ganarse el cielo se ha vuelto lo más fácil del mundo. ¿No me cree? Acérquese a la ventana y mire el horizonte tapizado de anuncios espectaculares. Todos le garantizan la gloria con sólo consumir una marca de jugo, una pizza, un condominio en el fraccionamiento equis, un auto, un excusado biodegradable. ¡Tonterías! El único anuncio que realmente me interesa es aquel. Se lo leo: ¿Quiere llegar al cielo en un minuto? Use nuestros condones Rex-Vir: traviesos, cómodos, resistentes, de sabores y con plumas. A eso sí le llamo auténtica simplificación de trámites.

II. Nuevo atuendo

En febrero, cierto decaimiento presagiaba su fin. Dada su especie, nada más lógico ni esperado que la muerte natural. Ocurrió de noche. Por la mañana la encontramos desnuda, helada y ya sin rastros de su belleza. Postergamos su traslado un día, luego otro y después otros, hasta que al fin la olvidamos en un rincón sombreado y húmedo de la terraza. Con tantos problemas por resolver, ¿quién iba a pensar en la acompañante que embelleció nuestra pasada Navidad?

Una tarde, para ser más exactos antier, subí a la terraza y noté que habían brotado en el esbelto tallo de la planta algunas hojas verdes y tiernas, levemente manchadas de rojo en sus bordes. Al ver los retoños comprendí que durante su aislamiento, entre la humedad y el silencio, la planta había empezado a bordar el deslumbrante atuendo rojo que lucirá en la Navidad que ya se acerca.

III. Muñeca rota

En la calle, frente a mi ventana, una niña repite con torpe gracia las palabras que le enseña su madre. Ella habla rápido, inventa un juego, disfraza su voz de tierna infancia y se inclina para disminuir su estatura y ponerse al nivel de su pequeña. Por lo que escucho comprendo que madre e hija esperan la llegada del padre. Aparecerá dentro de unos minutitos, muñeca. En vez de llorar deberías sentirte feliz porque tu papi viene a conocerte. Ya te vio en fotos, pero no es lo mismo.

Oigo los suaves gemidos de la niña y la voz falsamente animada de la madre: Papi va a llegar cuando las manecillas de mi reloj se junten aquí. ¿Ves? Este palito y este patito forman el número doce. ¿Quieres que te preste mi reloj? Te va a quedar un poco grande, pero muy bien. Acércalo a tu oído para que escuches lo que dice: tic-tac; tic-tac. ¿A poco no es un sonido lindo?

Es mediodía. Me doy cuenta de que la espera se prolonga demasiado para una niña de cuando mucho tres años y para la mujer que ya no ríe, ni aplaude. Con su hija de la mano va de un lado a otro, sin salirse de un espacio tan breve que, desde mi ventana, siempre la tengo a la vista y ella no lo sabe, como tampoco sabe “¿por qué no llegará tu papito? Ayer que hablamos por teléfono me juró… ¿Tienes sueño? Ven, deja que te cargue para que te duermas.

La niña, recostada sobre el hombro de su madre, se frota los ojos, se enconcha y al fin duerme. Tal vez sueñe con las manecillas del reloj dando vueltas y vueltas hasta que, mareadas, se desplomen y pierdan la noción del tiempo.

Anochece. La madre desiste de su rondín y se aleja despacio, llevando en brazos a su hija. En el abandono del sueño, con su vestido de encaje blanco, la niña parece una muñeca rota.

IV. Reencuentro

La mujer salía de un edificio muy antiguo. Sorprendida de verme corrió hacia mí, puso su mano en mi hombro y muy emocionada preguntó: ¿Me recuerdas? Su entusiasmo me obligó a mentirle: Sí, ¡claro! y desvié la mirada para huir de la suya, que me seguía como si quisiera empatar el recuerdo de mí con mi persona. De pronto, por una especie de milagro, recordé su nombre –Minerva–, el de sus hermanos –Elfego y Benito– y el de su madre –Adolfina–: una señora guapa con el cabello teñido y cubierto siempre con una pañoleta que le daba un aire de gitana. La felicidad de haber reconocido a Minerva desterró mi eterno miedo a los olvidos. La abracé con entusiasmo; a punto del llanto le dije que teníamos que reunirnos para contarnos lo sucedido en tantos años de no vernos.

Dócil, aceptó mi abrazo y mi palabrería; luego retrocedió unos pasos y se disculpó: Señora: me equivoqué. Usted se parece muchísimo a una amiguita que tuve y la confundí con ella. Le suplico que me perdone.Sin decir más, se alejó. En ese momento volví a perder a mi mejor amiga de la infancia.

La Jornada, agosto 6, 2017.
Mar de Historias
El Baúl (142)
Cristina Pacheco
Nuestros muebles están en una bodega. Mañana, antes de irnos, quitaremos el letrero de Se alquilan cuartos a mujeres solas. La casa de huéspedes ya no rinde y el negocio se ha vuelto peligroso. Como está la situación, uno, sin saberlo, puede estar tratando lo mismo con un secuestrador que con un asesino o un maniático.

Otro motivo para cerrar la casa es que Graciela y yo estamos cansadas después de tantos años en esto. Tener la pensión al centavo es difícil, pero menos que el trato con las personas. Hay que darles gusto, respetar sus manías y mantenerse prevenido por si se enferman o mueren. Tuvimos suerte: sólo una pensionista se nos murió, pero en la calle: la atropelló un camión.

Casi todas nuestras huéspedes han sido de provincia. Salvo dos o tres que nos causaron problemitas, con las demás llegamos a tener cierto grado de amistad; a pesar de eso jamás volvieron a comunicarse. ¡Ni modo! Sólo el caso de Feli nos ha dolido. Ella se fue como si huyera de alguien, dejándonos su ropa, sus libros y el dichoso baúl.

II

Fue una de nuestras primeras huéspedes. Su nombre completo es (o era) Felícitas García Correa; para nosotras, Feli era algo retraída pero muy amable. Pocas veces se disgustó con nosotras y siempre porque habíamos movido su baúl para barrer debajo de su cama.

No recuerdo bien los rasgos de Feli, pero sí que era de estatura regular y delgada. Al paso de los años se hizo enjuta y chaparrita. Su carácter también cambió: se volvió nerviosa, impaciente, pero no con nosotras, sino en general.

Parece que fue ayer cuando Feli llegó aquí y dijo que le interesaba alquilar un cuarto. La invité a recorrer la casa y enseguida se enamoró de la recámara más reducida, la 4, porque tenía muy buena luz. Me pareció distraída cuando le expliqué las condiciones del trato: por la mensualidad tendría derecho al desayuno y la comida; no servíamos cena, ni dábamos servicio de lavado y planchado.

Feli me interrumpió: le importaba saber quién iba a ocuparse del aseo de su cuatro. Le dije que Graciela o yo lo haríamos dos veces por semana. Pero que no sea en sábados ni en domingos: los dedico a mi trabajo, aclaró. ¡Perfecto! Los fines de semana Graciela y yo salíamos a hacer las compras. De acuerdo en todo, Feli me dio un pequeño adelanto para asegurarse el cuarto y prometió volver apenas recogiera sus cosas.

Las tenía en una casa que ella y su sobrina Mónica alquilaban en Puebla. La muchacha iba a casarse y no quería ser un estorbo para el matrimonio. Además, un médico amigo de su familia le había ofrecido trabajo como recepcionista en su consultorio durante los meses que tardaría en regresar su antigua empleada. Dadas las circunstancias, lo más prudente era alojarse en una casa de huéspedes.

III

Una semana después de que nos conocimos, Feli reapareció con una maleta, tres cajas de libros y un baúl. Ese fue el problema: el cuarto era muy reducido y no había dónde ponerlo. Sugerí el corredor. Feli prefirió que lo metiéramos debajo de su cama. Mientras Graciela y yo lo acomodábamos, la nueva huésped nos pidió que por ningún motivo fuéramos a sacarlo de allí.

¿Guarda un tesoro?, le pregunté en broma: No, pero algo así.

Esa respuesta despertó nuestra curiosidad y en la noche, mientras espulgábamos las lentejas, Graciela se puso a imaginar qué contendría el dichoso baúl como para que su dueña nos prohibiera tocarlo. Pensó en mil cosas, hasta en restos humanos. Los descarté. Feli podía ser todo, menos asesina.

IV

Uno pone y Dios dispone. La recepcionista del doctor Martínez no regresó en el plazo fijado y Feli se quedó a trabajar con él por más de once años. Salía de la casa tempranito y regresaba como a las siete de la noche, a veces con un paquete envuelto en papel de estraza. Apresurada se iba a su cuarto y mantenía la luz encendida hasta muy tarde.

Graciela se dio cuenta y se propuso preguntarle a Feli, discretamente, qué tanto hacía por las noches. Se lo prohibí. Los huéspedes (ya para entonces alojábamos a dos estudiantes de arquitectura) podían hacer en sus cuartos lo que quisieran, menos recibir hombres, instalar hornillas o traer mascotas.

V

Ocurrió un lunes hace cinco años. Eran las once de la mañana y Feli aún no se presentaba en el comedor. Pensé que estaría enferma y fui a ver. La noté alterada. Le pregunté qué pasaba. Dijo que tenía que irse de inmediato. ¿A dónde? Sin responderme, salió de prisa. Fui tras ella: ¿Cuándo volverá? Agitó la cabeza. “¿Y sus cosas… el baúl?” Se volvió a mirarme con una expresión muy extraña y se fue.

Desde entonces no hemos sabido nada de Feli. Sus cosas permanecen en el cuarto y debajo de la cama el baúl. Por temor, jamás, ni Graciela ni yo nos hemos atrevido a tocarlo. Mañana, cuando nos vayamos, lo dejaremos donde siempre ha estado. Los nuevos ocupantes de la casa sabrán lo que contiene.

La Jornada, julio 30, 2017.
 Mar de Historias
Rayadura de limón (141)
Cristina Pacheco
Herminia escucha un claxon insistente y se vuelve hacia la fila de automóviles que esperan el cambio en el semáforo. Mamá: ¿qué andas haciendo?, le pregunta Raquel desde la ventanilla de un City. Los conductores la presionan para que circule, ella tiene que ceder y despedirse a gritos: Nos vemos en la noche, mamá.

Herminia no recordaba que sus hijos irían a cenar. Lamenta haberlos invitado, pero enseguida recapacita: quizá sea mejor que la familia se reúna esa noche y no que ella y Alfonso, su marido, estén a solas. En grupo todo será más fácil: la conversación saltará de un tema a otro, mientras ella va a la cocina y vuelve al comedor con el pan o el platón de ensalada que se ha convertido en su especialidad. La primera vez que la sirvió Elisa, su primogénita, quiso saber qué le ponía para que le saliera tan rica. Después del aderezo le agrego rayadura de limón congelado. Eso le da un toque muy especial, respondió orgullosa.

II

Herminia pasa frente a un sitio de taxis pero no se detiene. Caminará otro poco. Necesita tiempo para pensar qué dirá en la noche, cuando Raquel cuente que esa tarde se la encontró caminando por Pilares. No son sus rumbos. Todos querrán saber qué andaba haciendo por allí. El único que de seguro no le preguntará nada es Alfonso; pero si él llega a interrogarla, ¿qué le dirá? No se le ocurre nada.

Se detiene y marca un número en su celular. Sonríe cuando escucha la voz cálida de Ismael: Mujer, ¡qué linda sorpresa! Olvidaste tus lentes. ¿Es por eso que llamas? Herminia se apresura a narrarle el encuentro con su hija, a confesarle sus temores para la reunión de la noche y a pedirle consejo: quiere que Ismael vea cuánto lo necesita.

Él la tranquiliza y en segundos urde la excusa perfecta: “Cuando te lo pregunten dices que viniste a Pilares a consultar a un podólogo, pero que no lo encontraste porque –según te explicaron en la farmacia– cerró el consultorio por la próxima demolición del edificio. ¿No te parece creíble, Mimí?”

A Herminia le gusta que él la llame Mimí. Imagina sus labios. Eso la impulsa a elogiar su capacidad de inventiva y sus otras habilidades. ¿Como cuáles? La pregunta de Ismael la emociona. En un tono más íntimo le promete que en la noche servirá la ensalada que él le enseñó a preparar: Así sentiré que me acompañas. Corta la comunicación y se cubre la boca, sorprendida de lo que acaba de decirle a su amante. Corrige: A Ismael.

III

En la reunión todo va sucediendo como Herminia imaginó: su nuera, Cinthia, se queja del precio del aguacate y los limones. Pedro la interrumpe para decir que necesita cambiar de coche. Raquel se ofrece a venderle el suyo porque está harta de los policías arbitrarios y los inmovilizadores. Un tema la lleva a otro y menciona el encuentro con su madre en la calle de Pilares. Y había un tráfico, dice Herminia levantándose para ir por la ensalada con rayadura de limón. Toma una brizna, la saborea y ríe.

¿Qué te hace tanta gracia, mamá? Es Pedro que entra a la cocina para buscar otra cerveza. Desde la sala Elisa pregunta si hay agua mineral en el refrigerador. Herminia se excusa por no haber comprado y dice que Pedro irá a la tienda. Su marido se aparece y toma la bolsa biodegradable: No. Yo iré por las aguas. Me hace bien caminar. A esta edad la digestión se complica y hay que darle su ayudadita.

IV

En cuanto su suegro cierra la puerta, Rogelio exclama: ¿De cuándo acá el viejo se ha vuelto tan servicial? ¡Fue a la tienda. A lo mejor salió para hablarle por teléfono a una novia, dice Pedro observando malicioso a su madre. Cinthia lo reprende: Ay, mi amor, no le hagas bromas pesadas a tu mami. Pedro la corrige: No estoy bromeando, sólo me referí a una posibilidad. Raquel interviene molesta: Piensa en la edad que tiene nuestro padre, así que no inventes.Pedro se apresura a rebatirla: No creas que hablo por hablar. Sé lo que digo: en una encuesta se demostró que las personas que cometen el mayor número de infidelidades son las que tienen entre 60 y 80 años.

Todos ríen. Rosendo se acaricia la bar­ba: Suena lógico: de entrada no despiertan sospechas ni tienen peligro de embarazo. Elisa, su mujer, sugiere cambio de tema. ¿Por qué? Ay, mi vida: estás preocupando a tu madre.

Por primera vez durante la cena Herminia toma la palabra: No, para nada. Me quedé pensando en que con el tiempo las personas cambian de hábitos y de gustos. Yo aborrecía las ensaladas y ahora me encanta comerlas con rayadura de limón. Se interrumpe al ver que Alfonso reaparece sin las aguas minerales. Al sentirse observado, él se explica: Olvidé mi cartera. Mi amigo Alzheimer me hizo otra mala pasada. No tardo.

Herminia piensa que la justificación de su marido es el tipo de excusas que inventa Ismael para verla. Se pregunta si Alfonso tendrá una amante. ¿Por qué no? Ambos son de la misma edad y sin embargo ella tiene encuentros clandestinos con un hombre que la hace feliz y la llama Mimí.

La Jornada, julio 16, 2017.
Mar de Historias
Dos noches (140)
Cristina Pacheco
Querido Otoniel:

José Margarito pasó a visitarme. Se lo agradezco mucho porque supongo la cantidad de arreglos que habrá tenido que hacer en cuatro días antes de regresar a San Velino. Él lo llama Pueblo Muerto, pero creo que le gusta vivir allí. Lo noté en sus ojos, y esos no mienten. Nos pasamos horas platicando, aunque a cada momento llamaba a la caseta telefónica de San Velino. La telefonista nunca contestó y se puso nervioso de imaginar que algo malo había sucedido. No recuerdo que tu hermano fuera tan aprensivo, ¡y mira que lo conozco!

José Margarito evitó los asuntos personales y sólo habló de su trabajo. Con todo y que ya va para siete meses que vive en el pueblo, hasta la fecha no tiene asistente y aún no le asignan cuadrilla ni le mandan el material para cambiar el drenaje que, según me dijo, está pésimo.

Como tiene poquísimo trabajo dedica el día a hacer figuras con fierros, piedras o lo que encuentra por allí. En la tarde sale al único changarro y a caminar. De paso visita a los viejos y les hace plática. Ellos tienen pocos temas de conversación: cómo era el pueblo antes de que emigrara la gente, sobre todo los jóvenes; anécdotas acerca de los familiares y amigos que ya no viven; pero describir al detalle sus enfermedades es lo que más les gusta.

Hay tardes en que otros vecinos se acercan a conversar y entonces se olvidan completamente del inge, como le dicen a tu hermano; pero él de todos modos se queda para oírlos referirse a sus padecimientos. Lo hacen con tal entusiasmo que por momentos se arrebatan la palabra o manotean y gritan afirmando que su mal es mucho más agudo, raro y misterioso que el de los otros. A todo eso José Margarito lo llama el concierto del dolor. Le dije: No vayas a salirme con que el ingeniero se nos está volviendo poeta. Tu hermano se rió con tantas ganas que entré en sospechas.

II

A tanto platicar se nos pasó el tiempo. Era tarde y le ofrecí algo de comer. José Margarito prefirió acostarse un rato porque sale a las tres de la mañana. Me dijo que si quería mandarte algo, estaría encantado de llevártelo cuando pase por Tlazala.

Acepté su ofrecimiento y me puse a escribirte. Estoy harta de los correos que nos mandamos por el celular o por la computadora. Cuando recurro a esos medios, aunque nadie me esté tomando el tiempo, siento que no debo explayarme demasiado y acabo hablándote de todo menos de lo que realmente quería decirte.

Una carta es otra cosa. Recuerdo las que nos mandaba mi abuela a Tacubaya. Siempre dictadas, porque no sabía escribir. Sus ideas eran muy claras y su habilidad para controlarnos desde Lagos también. A esa vieja linda no se le iba una. ¡Lástima que no la hayas conocido!

III

¿Te digo algo? Cuando me senté a la mesa, con el papel y la pluma enfrente, me di cuenta de que hace años no vivía la experiencia de escribir una carta, poner en el encabezado una fecha y después el saludo: Querido Otoniel… He conocido a pocos hombres que se llamen así. Pero aunque hubiera muchísimos, ninguno de ellos es lo que tú eres: mi mejor amigo. El nombre que te señala tiene otro peso, otro significado cuando lo pronuncio o lo escribo.

No necesito decir cuánto te extraño, ni cuánto me gustaría que estuvieras aquí para que compartiéramos todo lo que está sucediendo. Aunque pensándolo bien, prefiero que no tengas que vivir en la ciudad hecha un adefesio. Verlo provoca angustia y tristeza. Da pánico no poder frenar el deterioro general que progresa.

Dirás que esta carta empieza a ser un rosario de lamentaciones. Perdona. No es justo que sea tan negativa: por fortuna, hasta el momento no tengo motivos de queja. La salud y el trabajo van bien. Eusebio y yo estamos mejor que nunca, aunque ya no vivimos juntos, o tal vez por eso. El problema es Dany: a cada rato me sale con que ya no quiere estudiar porque, ¿para qué?, si aquí un profesionista gana menos que un comerciante del tianguis. Claro que luego cambia de opinión y sigue pensando que será físico nuclear. Espero que su sueño se cumpla.

IV

Ojalá que algún día tengas tiempo para visitar a tu hermano. Se ven muy poco, se hablan menos y pienso que ahora sé más acerca de él que tú. José Margarito dice que San Velino es un pueblo precioso y hasta alegre. Ya se familiarizó con las costumbres de la gente, pero hay una que le agrada en particular: en cuanto empieza a oscurecer se apagan todas las luces. Los viejos que no tienen distracciones van a sentarse a los quicios y esperan la noche. Las voces y risas que se oyen en la oscuridad poco a poco se desvanecen hasta que al fin sólo se escucha el golpe de las puertas al cerrarse.

Creo que a José Margarito lo que le gusta de San Velino es que tenga dos noches, la segunda cuajada de estrellas, como eran las de aquí hace ya mucho tiempo. ¿Lo recuerdas?

Mar de Historias
El padre de la novia (139)

Cristina Pacheco

Acodada en la mesa de la cocina, Mayra –una joven vestida de negro, con anillos en la nariz y hombros tatuados– hojea un álbum de fotografías. A muy corta distancia, Irene –madura, bajita, sin maquillaje– saca del gabinete un juego de copas y las mira una a una a trasluz.

Irene: Priscila ya no tarda en llegar. Te pido de favor que terminando el concierto se vengan derechito para acá. Mientras mi hija no llega no puedo dormir.

Mayra: Sí, sí, no se preocupe. (Señala una foto.) Y estos, ¿quiénes son?

Irene (acercándose): Mi primo Julio y Daniel, mi vecino. Cantaba en la iglesia en donde me casé. Tenía una voz preciosa. Espero que la haya conservado. Hace muchos años se fue a Orlando.

Mayra: ¿Por qué?

Irene: Por seguir a alguien: otro hombre. Eso se decía, pero no me consta.

II

Irene escucha la risa de Mayra y se aproxima a la mesa en donde la amiga de su hija continúa mirando el álbum fotográfico.

Irene: ¿Qué estás viendo que te hace reír tanto?

Mayra: A este tipo. (Inclinándose más sobre la imagen donde un hombre aparece al lado de Irene.) Trae chueca la corbata y el traje le queda inmenso. ¡Parece payaso!

Irene (apropiándose del álbum): No parece, era payaso.

Mayra: ¿Y por qué fue a su boda?

Irene: Porque ese tipo, como le dices, era mi padre; bueno, sigue siéndolo aunque ya no viva.

Mayra: Priscila nunca me ha dicho que su abuelo trabajara de eso. Déjeme ver más fotos.

Irene: ¿Para seguir burlándote de mi padre?

Mayra: No. Discúlpeme, no sabía… ¿Vive?

Irene: No. Va para 19 años que murió, dos después de que nació Priscila. (Apoyada en la mesa.) Las personas que lo conocieron aún lo recuerdan y lo extrañan.

Mayra: ¿Y usted?

Irene: Muchísimo. (Emocionada.) Me encantaba ayudarlo a vestirse y a maquillarse de payaso. Él me enseñó cómo hacerlo.

Mayra: Su padre, ¿actuaba en algún circo?

Irene: Sí, pero cuando cerraron el Camarena no quiso presentarse en ningún otro y empezó a trabajar en las plazas, en los mercados o en plena calle. (Luego de una pausa.) Ahora me doy cuenta de que fui muy estúpida.

Mayra: No la entiendo.

III

Irene: Cuando él iba por el rumbo de mi escuela y mis compañeros lo veían, me avergonzaba porque además casi siempre iba borracho. El día de mi boda también; pero antes de la ceremonia desapareció como una semana.

Mayra: ¿Él no estaba de acuerdo con que se casara?

Irene: Sí, ¡cómo no! Hubo petición de mano y todo. A pesar de que Marco no le simpatizaba, aceptó nuestro matrimonio.

Mayra: Entonces ¿por qué desapareció antes de que usted se casara?

Irene: No lo sé. Ya te dije: volvió a la casa el mismo día se mi boda. Llegó hecho un asco, medio borracho, con su único traje todo sucio. Lo vi por el espejo, parado en la puerta de mi recámara, cuando estaba poniéndome la corona y el velo de novia. Fingí no verlo ni notar el moretón en su mejilla… Si supieras cuánto me pesa ese recuerdo.

Mayra: La verdad es que él se portó mal con usted. Tenía razón para estar molesta.

Irene: Sí, pero en aquel momento debí decirle algo; sin embargo, me quedé callada mientras él seguía a mis espaldas, esperando un gesto, una palabra, algo.

Mayra:¿Y su mamá?

Irene: No me gusta hablar de ella. Todavía me duele su ausencia. Murió. Su vida fue una cadena de sueños fracasados, entre otros el de verme en traje de novia y tener nietos. Sé que habría sido una abuela maravillosa con Priscila, aunque conmigo fue muy dura.

Mayra: Perdone lo que dije de su papá…

Irene: Olvídalo, pero entiende: para que él pudiera asistir a la ceremonia, un vecino le facilitó un traje. Mi padre era muy bajito, así que el saco y los pantalones le quedaban inmensos. El pobre se veía tan mal, tan… Noté que algunos invitados se reían.

Mayra: ¿Y usted qué hizo?

Irene: Acercarme a mi padre y abrazarlo muy fuerte. (Guarda el álbum en un cajón.) En fin, no sé para qué hablo de cosas tristes cuando debería estar contenta: mañana es mi aniversario de bodas. Hace muchos años que me casé y sigo viendo a mi padre reflejado en el espejo, mirándome como si yo fuera a emprender un viaje muy largo. Quien lo emprendió fue él, al poco tiempo. Priscila casi no lo recuerda.

La Jornada, julio 2, 2017.
Mar de Historias
Tres momentos (138)
Cristina Pacheco

Azúcar artificial

Como siempre a comienzos de las vacaciones, hoy vino a visitarme el más triste de todos mis amigos. Sigue teniendo el cabello rojo y largo, pero ya escaso. Algo en sus ojos lo obliga a parpadear constantemente y eso me produce la sensación de que me está mirando a través de una persiana.

Como dejamos de vernos todo un año, después de intercambiar saludos y preguntarnos las cosas obligadas (salud, familia, trabajo) dedicamos unos minutos a descubrir, bajo los estragos del tiempo, la cara que teníamos antes de hoy y antes de antes: todas irrecuperables.

II

Mi amigo el triste me dijo que sigue viviendo con su hermana Águeda. Estoy segura de que es ella quien le sugiere presentarse en mi casa con un regalito: en esta ocasión fue una caja de dulces, adquirida en la mesa de ofertas del supermercado: lo dice la etiqueta en el reverso de la caja.

Además del físico, también las costumbres de mi amigo han cambiado. Hoy aceptó que le sirviera, no una, sino media tacita de café sin cafeína. Mientras vertía el agua en su taza lo vi sacar del bolsillo de su saco algunos sobres de endulzante artificial. Cuando abrió el primero me miró como diciendo: mi hermana insiste en que debo cuidarme.

Animado por la bebida caliente, mi amigo me habló de nuestras aventuras juveniles que no recuerdo. No quise desilusionarlo: las celebré y hasta las enriquecí con detalles que en realidad pertenecen a experiencias que tuve con otras personas. Le alegró que conservara la magnífica memoria que siempre elogiaban mis maestros, cosa que tampoco recuerdo.

Al cabo de una hora, como mi amigo es muy prudente, se levantó de la silla y se excusó por tener que irse. Al estrecharme las manos auguró nuestro rencuentro haciendo gala de su gusto por los juegos de palabras: Ya sabes, querida, si aún estoy vivo, por aquí te caigo el año que viene; si no, de toda maneras vendré. Satisfecho, volvió a la mesa para recuperar los sobrecitos de azúcar artificial que no había consumido.

Nos despedimos por última vez y me quedé en la puerta viéndolo alejarse. Sólo entonces me di cuenta de lo mucho que había disfrutado la visita del más triste de todos mis amigos.

Bola de cristal

Ya muy anciana, la abuela adquirió la costumbre de golpearse las rodillas con los puños mientras permanecía en el inodoro, esperando a que saliera eso. Después, inclinada sobre la taza, veía los resultados como quien se acerca a una bola de cristal para saber qué le reserva el futuro.

La promesa

Mina lleva más de una semana escuchando los preparativos de los vacacionistas. Son tan laboriosos que sólo de oírlos se siente fatigada y agradecida de que este año, otra vez, no la hayan invitado a la playa con el pretexto de que la humedad y el calor la afectan. Eso sí, le dejarán en el refrigerador verduras, fruta y un poco de carne. Su hija Rosalba opina que, a su edad, es mejor que la coma de vez en cuando. Su yerno, José, pondera las virtudes del vegetarianismo.

El celo por cuidarla no disminuye los sentimientos de culpa de Rosalba y José. Afloran la noche anterior a que emprendan el viaje. A la hora de la cena Rosalba se acerca a su madre, la abraza y le dice con voz dulzona: Bebé, linda, prométeme que no te vas a quedar triste. Mina asiente, pero eso no basta: Mami, júramelo, porque si no, soy yo quien se irá triste.

José le informa a Mina que saldrán a las cinco de la mañana. Es muy temprano. Si ella no quiere levantarse, está bien. Lo importante es que descanse. Rosalba vuelve a abrazar a Mina y le pregunta qué hará durante la semana en que estará solita. Sin esperar la respuesta, le indica a su madre que haga todo lo que quiera, menos salir de la casa o invitar a alguno de los vecinos, porque nunca se sabe…

Mina le promete que seguirá sus consejos y Rosalba, con lágrimas que brotan de un bostezo reprimido, le hace otra pregunta: ¿Te das cuenta de cómo te cuido y cuánto te amo? Cuando te digo que no hagas esto o lo otro es sólo porque quiero verte segura y dichosa. Mina se declara una madre afortunada: ninguna otra tiene una hija como la suya, que vela tanto por su felicidad.

III

A las cuatro y media de la mañana, las maletas están en la cajuela, las botellas de agua y los refrescos en la hielera recién comprada. Sólo falta que se despidan, los viajeros suban al auto, Mina vuela a la casa y cierre la puerta con doble llave.

Ya sola, echa un vistazo a la estancia. El desorden la abruma, pero enseguida se pone el delantal y ve el reloj: de aquí a las doce tiene tiempo para arreglarlo todo, bañarse, vestirse con la bata de seda y prepararle a Eduardo una botanita. El año pasado él la recibió en su departamento. Ahora le toca a ella ser anfitriona. Mina se siente más que satisfecha: sin salir de la casa tendrá junto a su amigo una semana completa de felicidad. ¿Habrá mejor forma de cumplirle a su adorable Rosalba la promesa que le hizo?

La Jornada, junio 18, 2017.
Mar de Historias
La casa embrujada ( 135)
Cristina Pacheco
En mi infancia no había cursos de verano ni talleres infantiles adónde ir durante las vacaciones. En esas temporadas los niños descansábamos de la escuela jugando en la calle desbordante de risas y advertencias: No se atraviesen. No se bajen de la banqueta. No anden tocando los timbres. No se peleen.

Nuestra área de acción se limitaba a los alrededores de la vecindad. Lo más lejos que se nos permitía ir era a la tienda del viudo a comprar dulces, la tahona donde nos regalaban pan frío y la casa de doña Julia quien, por diez centavos, nos permitía ver su tele en blanco y negro.

II

Algunas mañanas, aprovechando un descuido de nuestras familias, nos escapábamos hasta la casa embrujada. Sigue en pie. Si me permitieran entrar a la escuela –que está en la misma cuadra, a unos metros de distancia–, desde el segundo piso podría ver los fresnos del jardín y la reja que aísla el patio trasero del resto de la construcción. Celerino, el cuidador, nunca nos permitió la entrada a esa zona. Debíamos conformarnos con mirar, a través del enrejado, algo de la piscina que había allí.

Inmensa, o al menos así nos lo parecía, estaba recubierta con diminutos mosaicos de colores. Era difícil aceptar que en aquella alberca tan agradable se hubieran ahogado las hijas gemelas del doctor Rosas, el dueño de la casa.

Cuando Celerino estaba de buenas, y sobrio, nos describía al personaje como un hombre muy rico que, a la muerte de sus hijas, se había ido de México dejándolo todo en manos de su sobrino, quien era también su apoderado.

A fin de mantener la casa limpia y protegida, el apoderado contrató sirvientes y cuidadores. Pese a que sus obligaciones eran mínimas y recibían la paga puntualmente, pronto renunciaban al trabajo argumentando que en la casa se oían ruidos extraños y risas infantiles.

Esos rumores circulaban por el barrio, pero nadie tenía tiempo de creer en fantasmas o aparecidos cuando lo más importante era sobrevivir a las dificultades económicas y defenderse de los vivillos: así nombrábamos a los muchachos que se volvían rateros o alcohólicos.

III

Celerino era el velador que había durado más tiempo en la casa embrujada –quizá porque era medio sordo y algo borracho–, tanto que acabó viviendo en ella. Siempre vestía overol. Cuando le lloraban los ojos –según él por el triste recuerdo de su difunta Margarita– sacaba de la bolsa trasera una botellita de aguardiente, bebía para olvidar y, moqueando, regresaba a sus deberes. Mientras, mis amigos y yo jugábamos en el jardín agreste, hacíamos competencias de carreras en los pasillos de la casa o saltábamos de cojito en la escalera sin preocuparnos de rumores ni sombras.

Ya cansados, nos dedicábamos a recorrer la casa donde todas las puertas estaban cerradas con llave. Algunas tenían cristales biselados y por allí veíamos los muebles cubiertos con sábanas blancas y los elegantes candiles bañados por los rayos de sol que se filtraban por las cortinas drapeadas.

IV

Una mañana, a Horacio, el hijo de un obrero quemado y deforme, se le ocurrió que probáramos a ver si todos los cuartos estaban cerrados. Por turno, giramos las hermosas perillas metálicas hasta que al fin una cedió. Sin dudarlo, empujamos la puerta y entramos al que debía ser el cuarto de las gemelas.

Las ventanas eran muy altas y redondas; había dos roperos empotrados, dos camitas con dosel, dos sillones con asiento de terciopelo y dos tocadores con lunas ovaladas donde aún estaban cepillos y frascos. En una pared había grandes cuadros con las letras del alfabeto bordadas y figuras de los objetos cuyos nombres empezaban con cada una: A: árbol, abanico. B: banco, brazo. C: casa, corazón. D

Las otras paredes estaban recubiertas por un papel tapiz bello como un encaje y de colores tenues. El diseño consistía en un jardín intrincado y dos niñas de espaldas, con los brazos en alto, como si esperaran que cayera un fruto del árbol que les daba sombra. Algo especial debía tener la escena porque nos quedamos un buen rato mirándola.

De pronto oímos pasos en el corredor. Supusimos que era Celerino. De encontrarnos allí, nos prohibiría volver a la casa, así que abandonamos rápidamente la habitación. Al cerrar la puerta escuchamos risas y voces. No entendí lo que decían, ni creo que mis amigos lo hayan hecho. Estábamos asustados, y más cuando vimos a Celerino dormitando en el mismo sitio donde, minutos antes, lo habíamos dejado. Si no eran suyos los pasos que acabábamos de escuchar, entonces, ¿de quién? Imposible saberlo. En el camino de regreso a la vecindad decidimos mantener en secreto lo ocurrido.

Durante el resto de aquellas vacaciones pudimos escaparnos otras veces a la casa embrujada, pero ya nunca logramos entrar al cuarto de las niñas: estaba cerrado. Ese obstáculo sólo avivó nuestra curiosidad: así como quien oye los rumores del mar en una caracola, acercando el oído al pestillo podíamos percibir, aunque lejanas, voces y risas infantiles.

La Jornada, junio 11, 2017.
Mar de Historias
El fugitivo (134)
Cristina Pacheco
Santiago ocupa la parte alta de una litera. Lleva la ropa puesta y se acoda en una mochila. Se endereza un poco y le pregunta a Lázaro, tendido en la cama baja, si está despierto. No hay contestación. Vuelve a recostarse y sigue hablando aunque sepa que su amigo no lo escucha –y quizá no haya oído nada de lo que ha estado contándole acerca de su vida.

Necesita desahogarse, tal vez porque hoy tomó la decisión de irse a Tijuana. Antes, quiere deshacerse de todos los recuerdos, abandonarlos como ropa sucia en un rincón del albergue: el único sitio donde se siente seguro, entre otras cosas, porque allí nadie hace preguntas. Todos los que llegan son fugitivos: no quieren cargar con otras vidas, ya tienen suficiente con las suyas.

II

El desinterés de Lázaro al fin lo desanima para seguir hablando, pero no disminuye su urgencia por desahogarse. Retoma el curso de su historia, sólo que ahora –sin percatarse– la cuenta como si fuera otro, y no él, quien la relata.

La primera mañana que habló con Roldán, el conserje del albergue, Santiago le confesó que había huido de su casa porque estaba harto de los abusos de su padrastro. La verdad era muy distinta. Esta noche sintió deseos de contársela a Lázaro: le tiene confianza. Han coincidido varias ocasiones en el dormitorio y a veces conversan.

Por lo general quien habla es Lázaro, y casi siempre de su accidente: muy chico se cayó de la escalera, se golpeó la sien izquierda y perdió el oído de ese lado. Nadie se dio cuenta y él no lo dijo: no quiso darle a su padre oportunidad para que le dijera: Sólo sirves para hacer pendejadas y causarme gastos. Además, con que le funcionara bien el de repuesto (así se refería Lázaro a su oído derecho) era más que suficiente para escuchar órdenes o insultos.

III

Santiago mira el techo ampollado de humedad. Le recuerda las paredes de su casa y cómo se divertían él y su hermano Claudio retirando el salitre con un dedo que luego se llevaban a la boca. ¿Qué otros juegos eran los preferidos de Claudio? Le responde su voz lejana: Acitrón de un fandango/ zango, zango/ ¡Sabaré!/ Sabaré…

Santiago sonríe, pero tiene los ojos húmedos, como siempre que recuerda a su hermano menor intentando atrapar el azogue de un termómetro roto, humedeciendo con la lengua la punta de su lápiz, inclinado sobre el cuaderno abierto, mirando arrobado las lagartijas en el tronco de un árbol.

Las escenas en su memoria pasan rápido y lo empujan a la que no quería ver: Claudio balanceándose en la jaula de la azotea. De lejos, a Santiago le pareció que era sólo la ropa de su hermano lo que colgaba del tubo; pero después se dio cuenta de que era Claudio, de once años, todo completo, con la cabeza vencida, los brazos lánguidos, los pies juntos pero sin un zapato.

Santiago logró advertir todos esos detalles, pero no que su hermano estaba muerto y se puso a hablarle, hablarle, hablarle hasta que cayó de rodillas junto al cadáver que seguía proyectando su sombra en el piso de cemento.

IV

Después, aislados en el dolor de la pérdida, sus padres se olvidaron de él. En ningún momento lo consolaron por la muerte de su hermano ni le dieron muestras de cariño. Ante tal indiferencia, Santiago llegó a pensar que era él quien había muerto y no su Claudio: en ausencia más presente que nunca.

A todas horas se escuchaban en la casa llantos desgarradores, conversaciones en voz baja que giraban en torno a una palabra dicha o callada a medias (suicidio) y los gritos de la madre, que gemía desconsolada: Quiero saber ¿por qué? Tengo derecho. Sigue siendo mi hijo.

Pronto se abrió un nuevo infierno para Santiago: sus padres lo acosaban a preguntas, querían que les dijera qué motivos había tenido Claudio para quitarse la vida de una manera tan espantosa. (De seguro lo sabes, ¡dilo!) Él y su hermano eran inseparables, hablaban todo el tiempo. En algún momento de sus conversaciones Claudio pudo haber dicho algo que indicara sus planes. Sus padres repetían los argumentos hasta que al fin, ofendidos por el silencio de Santiago, lo llamaban ingrato, mal hijo y le pedían que se fuera.

Santiago recuerda con horror las noches en que su madre lo despertaba para suplicarle que no fuera malo con ella, que tanto lo quería, y le revelara los motivos de Claudio para huir de la vida. Sentarse a la mesa también era un tormento para él: sus padres se pasaban la hora de la comida mirándolo intensamente, como si quisieran penetrar su mutismo.

En su casa o donde estuviera, Santiago se sentía perseguido. Llegó a pensar en el suicidio; pero el recuerdo de su hermano, de su pie descalzo y rígido, lo salvó de cometer la atrocidad. Buscó otra forma de escapar: huyó de la casa. Lleva tres años fuera. Regresará cuando logre saber los motivos de Claudio, o sea: nunca. Su hermano jamás le habló de sus planes. Santiago interpreta ese silencio como una traición, pero la olvida, y cuando reaparece, la perdona. Necesita seguir viendo a su hermano como un niño que intenta atrapar el azogue de un termómetro roto o mira divertido a una lagartija que huye por el tronco de un árbol.

La Jornada, junio 4, 2017.

 

Mar de Historias
No cuelgue, por favor (133)
Cristina Pacheco
Pedí mi cambio al turno de la noche porque así puedo atender a mi familia. No sé si habrá servido de algo. Cuando están en la casa, Diego y Magnolia se la pasan chateando en el celular, con los audífonos puestos o frente a la computadora. De lunes a sábado, Sergio Antonio sale tempranísimo al laboratorio y regresa tarde; los domingos, cuando es necesario, se queda de guardia porque le pagan un poquito más. Ese dinero, y parte de lo que yo gano, lo destinamos íntegro a cubrir las letras de nuestro departamento. Faltan añísimos para que terminemos de pagarlo, pero valdrá la pena el sacrificio.

Sergio Antonio y yo tenemos muy poco tiempo compartido. Me voy a Nosotros contigo en el momento en que él regresa, pero muchas veces no coincidimos. Hay ocasiones en que la situación me desespera y pienso: ¿qué clase de matrimonio es el nuestro? Uno idéntico a muchos otros, punto.

No me quejo. Sergio Antonio y yo nos llevamos muy bien y mis hijos son buenos muchachos. Gracias a Dios no han caído en las drogas ni en nada de eso. Me imagino que, como todo el mundo, tienen sus problemas, pero nunca me los cuentan. Dice mi suegra que se debe a que no he sabido ganarme su confianza ni les he dado el tiempo que necesitan porque siempre estoy trabajando. Si no lo hiciera, ¿cómo pagaríamos nuestros gastos y las letras del departamento?

II

Llevo dos años en Nosotros contigo. Es una agencia de apoyo sicológico adonde llaman personas de todas las edades para pedir consejos o simplemente para saberse escuchados. Una vez, cuando cubría el turno matutino, a las nueve de la mañana le tomé la llamada a una mujer. Sólo dijo que estaba cumpliendo 80 años, no tenía a nadie con quién celebrarlo y me suplicó que la felicitara. Lo hice, me dio las gracias y colgó. Imaginarme cómo habrá pasado las horas restantes de aquel miércoles sigue angustiándome.

Por la noche hablan jóvenes. Los muchachos dicen su nombre y luego se quedan callados porque no saben cómo explicarse. Temo que vayan a arrepentirse y les pido que por favor no cuelguen. La mayoría termina por hacerlo. Quienes permanecen en la línea hablan de problemas familiares, de que han caído en la drogadicción, los están invitando a robar o sus padres los rechazan por ser homosexuales. A causa del repudio piensan suicidarse.

Es horrible oír que un joven diga eso, pero me mantengo serena y les digo que necesitan atención especial. Por si la quieren les doy el teléfono de alguno de los siquiatras que nos apoyan. La idea de ir a consulta los espanta y desaparecen sin darme tiempo a que les diga: No cuelgue, por favor.

En cuanto a las jovencitas, recurren a Nosotros contigo por muchas razones: se odian porque son gordas o muy flacas, no soportan al padrastro, quieren independizarse y no tienen forma de hacerlo. Cada vez con más frecuencia llaman niñas enloquecidas porque el novio las abandonó al enterarse de que estaban embarazadas. No saben cómo decírselo a su familia y no alcanzan a comprender que serán madres cuando aún son niñas.

Mientras escucho todos esos casos, aunque no quiera, pienso en mis hijos. Me pregunto si Diego y Magnolia tendrán problemas semejantes y recurren a otra agencia de ayuda sicológica para recibir orientación porque sienten que no cuentan conmigo ni con su padre. Entiendo que eso no puede seguir así y me propongo hablar mucho con ellos los domingos que me toca descanso.

Ese día me levanto temprano, cocino un desayunito especial y cuando estamos sentados a la mesa les pregunto cómo van en la escuela, por sus amigos, si les gustaría que fuéramos con su papá a tal o cual parte. Si bien me va, me responden con monosílabos; si no, enseguida se levantan de la mesa y se ponen a jugar con sus teléfonos, se enchufan los audífonos, encienden la computadora o se salen. Es increíble: a ellos que son mis hijos, no logro retenerlos diciéndoles No cuelgue, por favor.

III

Mientras estoy de turno procuro olvidarme de todo eso. De hecho, cuando nos contratan para trabajar en Nosotros Contigo, parte del entrenamiento consiste en que aprendamos a dejar fuera los problemas personales y a no involucrarnos con los solicitantes del servicio. Siempre he procurado seguir esa regla, pero a veces es imposible. Por ejemplo, el caso que me tocó atender el sábado por la madrugada.

Llamó una señora. Sin contestar a mi saludo ni identificarse, empezó a decir algo que parecía tener escrito: Gastamos la vida inútilmente. Se da uno cuenta demasiado tarde, cuando ya es imposible volver a empezar y los esfuerzos hechos parecen inútiles. No haremos más. Joel y yo ya hicimos bastantes: renunciamos a todo, hasta al mínimo descanso, y nos pasamos la vida trabajando para cubrir las mensualidades de un departamentito. Terminamos de pagarlo cuando está próximo nuestro fin en la tierra. Uno de los dos sobrevivirá. Ojalá que encuentre algún recuerdo hermoso que le haga menos dura la soledad.Colgó. Aún tengo la sensación de haber escuchado una advertencia.

La Jornada, mayo 28, 2017.
Mar de Historias
Contingencias (132)
Cristina Pacheco
Al salir de la estación del Metro Pantitlán, Josefina tropieza con Sandra, su amiga y compañera de trabajo en la marisquería La Totoaba.

Josefina (de mediana estatura y pelo trenzado. Usa pants.) –Y ora, ¿por qué a pie, Sandra? ¿No te trajo Daniel en el taxi?

Sandra (delgada, baja de estatura. Viste su uniforme de trabajo.): –No pudo sacar el coche por lo de la contingencia. Con este van tres días que no trabaja, y como el sábado no circula, serán cuatro sin ganar ni un centavo. Lo peor es que de todas maneras tiene que entregar la cuenta al patrón.

Josefina: –¿El dueño del taxi no es un primo de tu esposo?

Sandra: –Y eso ¿qué? Lucio quiere su dinero ¡y punto! Daniel va a llamarlo por teléfono para explicarle la situación y pedirle que se espere a que vuelva a trabajar normal para que le pague la cuenta. ¡Ve tú a saber cuándo será eso! (Mira su teléfono.) Ya casi son las nueve. Es bien tarde.

Josefina: –Lo bueno es que esta semana le toca a Selena, la hija del patrón, quedarse dizque de jefa. Pero ya viste que la muchacha ni hace nada: se la pasa mandando mensajitos por el celular.

II

Las dos mujeres se detienen a la orilla de la banqueta mientras pasa por la avenida una interminable hilera de camiones foráneos.

Josefina: –¿Adónde irán?

Sandra: –Quién sabe, pero te aseguro que llevan acarreados para algún mitin político. (Se vuelve a su amiga.) Ahora que me acuerdo, tú nunca llegas tarde. ¿Hoy qué te pasó?

Josefina: –Problemas… Mi Kevin otra vez no quería que lo dejara en la escuela.

Sandra: –¿No le gusta?

Josefina: –Sí, pero le da miedo que me vaya a trabajar porque piensa que puede sucederme algo malo. (Con la voz quebrada) Te juro que hoy me partió el alma. Cuando le di su besito me dijo: Mami, cuídate mucho. No quiero que un ladrón te mate en la calle.

Sandra: –En serio ¿eso te dijo?

Josefina: –Sí, llorando. Me quedé con él hasta que se calmó. Cuando me despedí tenía sus ojitos bien tristes. Te juro que me pongo chinita sólo de recordar la forma en que me dijo: No quiero que un ladrón te mate en la calle.

Sandra: –Kevin es una criatura de seis años. ¿Por qué dice cosas tan terribles?

Josefina: –Porque es lo que oye en todas partes. En mi colonia la gente sólo habla de asesinatos, descuartizados, robos en las combis, en los cruceros, en los puentes… Por eso ya no me pongo ni collares, ni aretes, ni nada. Y en mi bolsa sólo traigo veinte pesos y boletos del Metro. (Ve que pasa el último camión.) Vente, vamos a atravesar antes de que aparezcan más acarreados.

III

Josefina y Sandra atraviesan por una calle intransitable debido a las zanjas, los montones de tierra y piedras que la atestan.

Josefina: –¿A ti ya te han asaltado?

Sandra: –Hace un año, tres veces en la combi. Después de eso Daniel empezó a traerme a la chamba y también pasaba a recogerme. Ya no viene en las tardes porque trabaja hasta las diez, once de la noche.

Josefina: –Mejor que no se a-rriesgue. A esas horas es peligroso.

Sandra: –Lo sé, y por eso vivo con el Jesús en la boca. (Suaviza el tono.) Cuando tenemos tiempo y Daniel está de buenas, le digo que mejor deje el taxi y se busque otra ocupación en una fábrica, en un depósito de fierro o en donde sea. ¿Y sabes qué me responde? Que a su edad ya no van a recibirlo en ninguna parte.

Josefina: –Tu marido no es viejo. ¿Qué edad tiene?

Sandra: –En junio cumple treinta y seis.

Josefina: –Richard, el papá de mi Kevin, es un poquitito mayor. ¿Te dije que el otro domingo fue a visitarnos? A su hijo le llevó un carrito de fricción y a mi mamá unas películas. Yo hasta dije: ¡ay, güey! Y ora ¿éste qué onda?

Sandra: –Quiere regresar contigo, ¿no te das cuenta?

Josefina: –Fíjate lo que son las cosas: Richard me dejó, recién nacido Kevin, porque no quise salirme de la chamba. Según él, no hacía falta que yo trabajara porque iba a ganar dinerales con la fábrica de cachuchas. ¿Y qué pasó? Pues que llegaron los chinos y ¡adiós negocio! Y ahí tienes al famoso Richard sin fábrica, sin dinero y se me figura que hasta sin chamba. Por eso quiere regresar conmigo: para tener quien lo mantenga.

Sandra: –Antes era al revés: las mujeres querían encontrar a alguien que las mantuviera.

Josefina: –Tú lo has dicho: antes.

La Jornada, mayo 21, 2017.
Mar de Historias
La practicante (131)
Cristina Pacheco
Después de una semana muy problemática en el trabajo, el viernes por la noche decidí desconectarme del mundo, apagar mi cel, no abrir la puerta. Pensaba darme un baño y comer algo ligero en mi cuarto viendo una película que me hiciera olvidarme de todo.

Al bajar del Metrobús recordé que ya no tenía champú. Me detuve en la farmacia. Las únicas clientas éramos yo y una mujer mayor parada frente a los anaqueles de perfumes y lociones. Eligió una. Al tomarla se le cayó de las manos. De inmediato inundó el local un olor que me resultó familiar. La mujer, casi llorando, se deshizo en disculpas y ofreció cubrir el importe de la loción. El responsable en turno le pidió que no se preocupara, un accidente le sucede a cualquiera. Sobre todo a quien tiene mi edad y artritis, le respondió la desconocida, ya rumbo a la salida.

Todos la seguimos con la mirada. La cajera opinó que una persona tan mayor no debería salir sola. El mensajero aclaró que la señora vivía cerca; él a veces le llevaba pedidos. Sentí tranquilidad y fui a mi asunto. De paso a la sección de productos para baño quedé sorprendida ante la cantidad de cremas y sueros para combatir las arrugas, la flaccidez, las líneas de expresión. Lamenté que no hubiera algo semejante para borrar las experiencias desagradables.

Un minuto más allí y caería en la tentación de comprar por lo menos una bruma refrescante. Rápido elegí mi producto. Cuando llegué a la caja vi en el cesto de la basura los restos de la botella con la etiqueta Loción Maja. La figura de la manola y el olor persistente en el aire me devolvieron el recuerdo de la señorita Aurora.

II

La conocí en cuarto de primaria. Aquel año ella formaba parte del grupo de practicantes: normalistas que a lo largo de dos semanas substituían a nuestros profesores a fin de ejercer sus conocimientos y medir su habilidad para controlar a grupos mixtos, formados por hijos de comerciantes y obreros.

Los practicantes eran muy jóvenes, casi todas mujeres, con poca o ninguna experiencia en el aula. En el momento de conocerlas les demostrábamos nuestra antipatía por considerarlas intrusas llegadas a interrumpir el trato familiar con nuestros maestros.

El viernes anterior a la aparición de nuestra practicante, la maestra Eva nos pidió tratarla con el mismo respeto que a ella, poner atención a sus explicaciones, quedarnos calladitos, contestar a sus preguntas y mostrarnos amables para que se llevara una buena impresión del grupo y de la escuela.

Terminó su breve discurso al mismo tiempo que oímos la campana indicando la hora de salida, pero no mostramos el entusiasmo ni la precipitación de otros viernes. Estábamos desolados sólo de imaginar que el lunes ocuparía el escritorio de la maestra Eva una extraña de quien no sabíamos ni el nombre.

III

Me llamo Aurora. Estaré con ustedes por dos semanas. Espero que en ese tiempo lleguemos a ser buenos amigos. Voy a pasar lista. Les pido por favor que cuando escuchen su apelativo se levanten para que vaya conociéndolos.

Quien dijo esas palabras era nuestra practicante. Una muchacha de ojos garzos, cabello rizado, mediana estatura. Iba vestida con su uniforme azul y de su persona emanaba un olor muy agradable y fresco. (Luego supe por ella que era a loción Maja.)

Con voz incierta, la señorita Aurora comenzó a pasarnos lista: Armenta Vidal Lucila. Bonilla Tizcareño Rafael. Carmona Hernández América… Al fin llegó al último nombre: Zambrano Pérez Luis Antonio. Sorprendida por no escuchar la clásica respuesta de presente, nos miró en espera de una explicación. El único que habló fue Mercado: Zambrano siempre llega tarde y falta mucho porque trabaja con su tío en el rastro. Y su papá es bien borracho, agregó Peláez con un dejo de burla que desató risitas.

En vez de hacer comentarios, la señorita Aurora explicó su esquema de trabajo: revisión de la tarea, estudio de las materias correspondientes al programa y dictado. Después del recreo tendríamos lectura en voz alta y 15 minutos de conversación. Al advertir nuestro desconcierto sonrió: Se trata de que platiquemos de nuestras cosas. Y eso, ¿para qué?, preguntó Mercado. La señorita Aurora guardó sus cosas y nos pidió que saliéramos al recreo.

V

Las dos semanas que la señorita Aurora estuvo con nosotros se pasaron volando; fueron muy agradables y sorprendentes: memorizamos poemas, aprendimos canciones, dramatizamos nuestras lecturas escolares, hicimos viajes imaginarios en el mapamundi y, gracias a los 15 minutos de conversación, los alumnos del 4o C llegamos a entendernos mejor. Nadie volvió a hacer mofa de Zambrano.

El último viernes que la señorita Aurora nos dio clases, todos la acompañamos a la parada del camión. Le aseguramos que íbamos a extrañarla. Sonrió y dijo que, con suerte, al año siguiente podrían mandarla a nuestra escuela. Tan remota posibilidad nos alegró, pero hubo lágrimas.

Al abrazarla para despedirme de ella percibí el olor de su loción Maja, el mismo que siguió flotando en el aula durante algunos días, luego fue haciéndose más tenue y desapareció.

La Jornada, Mayo 14, 2017.
 Mar de Historias
Cosas de mamá (130)
Cristina Pacheco
Cuando me refiero a ella le digo siempre madre. Si la recuerdo la llamo como nunca lo hice: por su nombre. De cariño, los parientes y los vecinos le decían Gracia. No conservo ninguno de sus objetos personales, pero recuerdo bien los que mejor me devuelven su presencia: un vestido morado, el misal con tapas de concha, un juego de peinetas y un fichú de lana ligera palo de rosa.

Lo usó durante muchos años, y no sólo en la temporada de lluvias o en el invierno: se lo echaba sobre los hombros en los malos momentos. La textura suave y esponjosa de la prenda le daba, según me dijo alguna vez, calorcito.

Entendí lo que esa palabra –calorcito– significaba para ella la tarde en que murió. Al verla, inexpresiva y rígida en su cama, me sorprendió que la enfermedad la hubiese disminuido tanto. Vestía su camisero estampado y medias, como si estuviera lista para salir a alguna parte. El fichú estaba a los pies de su cama. Vi a mi padre acariciarlo muy suavemente, sonriendo y murmurando palabras que no alcancé a entender, pero que iban dirigidas a Gracia.

De pronto, con la cara enrojecida por el esfuerzo de contener el llanto, levantó el fichú y se quedó mirándolo como si no supiera qué hacer con él, hasta que al fin me lo entregó. Su textura, el olor que despedía me hicieron sentir consuelo, el calorcitoa que una vez se refirió mi madre. Hoy me atrevo a llamarla por su nombre: Altagracia. Las cuatro sílabas sólo enmarcan su ausencia.

Pasados los días, cuando iba a visitar a mi padre a su departamento, siempre lo encontraba ante la mesa llena de los relojes y encendedores que vendía (acompañado por mi madre) en las calles. En el respaldo de su silla colgaba el fichú palo de rosa. Fue su consuelo hasta el día de su muerte, ocurrida tres semanas después de quedar viudo. Él y Gracia comparten la misma tumba, lo que es un gran alivio.

II

Cada vez que mis hermanos o yo le llevábamos un regalo, lo primero que hacía mi madre era buscarle un sitio donde pudiera encontrarlo fácilmente, sin riesgo de que se perdiera entre los muchos objetos que había atesorado, no por avaricia, sino por razones sentimentales y tal vez porque pensaba que en algún momento iba a necesitarlos.

La mañana en que tuve que desmontar su departamento y me vi ante aquel sinfín de cosas entendí que era imposible conservarlas. Fue muy doloroso desprenderme aun de las más modestas y tan carentes de utilidad y valor como las que encontré en el pequeño clóset del baño.

Allí encontré –además de ropa de cama y medicinas– cajas de cartón vacías, envolturas, moños, cierres, botones, aretes nones, tijeras, unas tenazas para rizar cabello, una red y su dedal. Se lo ponía para zurcir calcetines, voltear los cuellos de las camisas, componer un cierre o bordar un mantel.

Recuerdo a mi madre sentada junto a la ventana, con un muestrario de hilos vela en la mesa y el retazo de cuadrillé cubriéndole las rodillas. Sobre esa tela le gustaba figurar letras o flores en punto de cruz. Sólo un bordado quedó inconcluso. Mi última conversación con ella, también. Ya no alcanzó a decirme a qué edad había conocido el mar.

III

En la cocina encontré una caja llena de vasos desiguales. De todos el más bonito era uno azul. Al verlo recordé la mañana lluviosa del sábado en que mi madre me pidió que la acompañara a El Ánfora. Necesitaba comprar un juego de agua porque, con motivo del l0 de mayo, iba a hacerle una comida a mi abuela.

Mientras mi madre comparaba precios y calidades, empezó a llover. A los muchos compradores que ya había se sumaron personas ansiosas de guarecerse. El aire en la tienda se volvió pesado, bochornoso. Mi aburrimiento y mi incomodidad eran indecibles. No entendía por qué mi madre se demoraba tanto en decidirse por un juego de agua. Al fin optó por el de vidrio azul.

Nada más lo usábamos en ocasiones especiales. A pesar de eso y de los cuidados, al cabo de poco tiempo fue disminuyendo el número de piezas hasta que nada más quedó un vaso. Lo conservé durante algunos años. Recién lavado, me gustaba verlo a contraluz. Eso era suficiente para recordar aquella mañana lluviosa en El Ánfora y la dicha infantil con que mi madre acomodó sobre la mesa el juego de agua.

El vaso terminó por romperse, pero no olvido su tono azul ni su transparencia. A través de ella sigo mirando una lluviosa mañana de mayo y, junto a mí, la silueta de mi madre. Gracia.

La Jornada, mayo 7, 2017.

 

Mar de Historias
Mentira y verdad (129)
Cristina Pacheco
Lo primero que se me ocurrió fue venir a verte. No tengo a nadie más a quien decirle lo que me sucede. Siento que floto en el vacío; que voy cayendo, cayendo, sin tener de dónde agarrarme. Si alguien me hubiera dicho que esto iba a pasarme hoy, precisamente hoy que es mi cumpleaños, no le habría creído.

Por qué, si nunca vi señales de que fueran a despedirme. Mis superiores estaban satisfechos con mi trabajo. Hace poco me pusieron de ejemplo frente a mis compañeros. Vanidades aparte, creo que me gané ese reconocimiento gracias a que ni un solo día defraudé su confianza.

Por principio de cuentas, nunca llegué tarde. Eso quiere decir que durante años he tenido que levantarme a las cinco de la mañana y a partir de ese momento hacerlo todo de prisa: bañarme, vestirme, desayunar, correr al paradero y luego a la estación del Metro.

Una mañana, el servicio fue interrumpido porque una joven acababa de arrojarse a las vías. Me puse tan mal que un señor se acercó a preguntarme si conocía a la suicida. Dije que no, pero me solté llorando. ¿Sabes por qué? Por el miedo que sentí al darme cuenta de que llegaría tarde al trabajo.

Hay dos cosas que mi jefe inmediato, el señor Zárate, no perdona: las mentiras y los retardos. Para él, aún la más pequeña demora es falta grave que amerita suspensión de tres días. Con lo poquito que gano, quedarme sin ese dinero significaba un verdadero desastre.

II

Mientras estuvimos esperando el restablecimiento del servicio me dediqué a pensar en cómo iba a justificarme ante mi jefe. No se me ocurrió nada de más peso que la verdad. Se la diría al señor Zárate, aunque tal vez no me creyera. No fue fácil verlo. El guardia de la puerta tiene estrictamente prohibido permitir la entrada a quienes lleguen cinco minutos después de las ocho. Sí, oíste bien: ¡cinco minutos!

Para ablandar al guardia le conté llorando lo del suicidio en el Metro. Mis lágrimas lo conmovieron, las atribuyó al dolor que se siente cuando un familiar cercano muere, y más en circunstancias trágicas. Lo dejé suponer que la suicida era parienta mía y hasta le puse un nombre: Espero que Dios haya perdonado a Josefina.

Dije ese nombre sin pensar en nadie en concreto, y cuando al fin pude acercarme al señor Zárate afiné la mentira y convertí a la desconocida en mi prima. Supe que había fingido muy bien cuando, después de ordenarme que fuera a mi lugar, mi jefe me dio el pésame:

Créame: siento mucho lo que le sucedió a su prima Josefina. Una perfecta extraña me había evitado la suspensión de tres días. Pienso tanto en esa joven, quiero decir en su mano… Fue lo único que alcancé a ver de ella.

Durante el resto del viaje en el vagón nadie habló, pero yo seguí llorando, ya te dije por qué: tenía miedo de perder tres días de sueldo. Si fuera sola no me habría importado, pero soy responsable de Félix. Necesito pagar su comida, sus medicinas y los abonos de la tele. Se entretiene mucho viéndola y ha aprendido palabras.

III

En la fábrica iba muy bien, cumplía con mi trabajo más allá de mi horario, sin imaginarme que poco a poco me acercaba al momento –hoy, hace unas horas– en que mi jefe me mandaría llamar para decirme: Tenemos que prescindir de su colaboración.¿Colaboración?, repetí sonriendo desconcertada. No dio explicaciones, sólo me indicó que pasara al departamento de personal. Quien va allí corre peligro.

Creí que lo evitaría exponiendo mi situación: soy madre soltera, tengo un hijo de l1 años que nació enfermo y no se vale por sí mismo. Para poder trabajar tuve que pedirle a Rosaura, mi antigua vecina que ahora vive en Cuautitlán, que se encargara de mi hijo. Se llama Félix. Voy a verlo todos los domingos y de paso le entrego a Rosaura los 500 pesos que le cuesta mantener a mi muchachito.

El señor Zárate me escuchó como quien ha oído la misma historia mil veces y ya no cree ni una sola palabra. Desesperada, le juré por mi madre que lo que le había contado era cierto. ¿Sabes lo que me respondió?: Si algo reconozco es una mentira. Nunca fallo.

Podía demostrarle que estaba equivocado con sólo mencionar a la suicida en el Metro: no era mi prima, no sabía nada de ella y mucho menos su nombre. Ese –Josefina– y lo del parentesco lo había inventado para ablandarlo a él y evitarme la suspensión de tres días.

No dije nada. Sentí vergüenza de escudarme otra vez en la suicida. No puedo olvidarla. ¿Se habrá llamado Josefina? ¿Por qué eligió esa muerte? ¿Quién llorará su ausencia? ¿Tendría un hijo enfermo? ¿Pensó en él en el momento de arrojarse a las vías?.. ¡Por Dios, no me mires así! No estoy tramando lo que te imaginas. No necesito hacerlo. Ocurrirá. Piensa que voy cayendo, cayendo, y no tengo de dónde agarrarme.

La Jornada, abril 30, 2017.
 Mar de Historias
Sobre aéreo (128)
Cristina Pacheco
Este no es un asilo. Es una residencia temporal para adultos mayores que padecen limitaciones o enfermedades propias de su edad. Viven aquí mientras la familia está de viaje o se ocupa de algún asunto que le impide cuidar a su pariente. La estancia mínima es de un mes. La máxima carece de término.

Siempre que se va uno de nuestros huéspedes Herlinda y yo regresamos a su habitación para ver si olvidó algo y enviárselo a su domicilio. Aunque se trate de objetos o prendas insignificantes, nos apegamos al protocolo, porque sabemos que a nuestros residentes un estuche vacío, una chalina, una moneda antigua les significa mucho por la carga emocional. En una ocasión el propio señor Alcántara –octogenario ex violinista– escapó de su casa para venir en busca de una prenda íntima de su mujer, fallecida diez años antes.

II

Ayer se fue la señora Melania. Vino por ella su hijo René, argumentando que su mamá estaría mucho mejor a su lado y junto a sus nietos aunque la nueva casa aún no estuviera terminada. Me extrañó el cambio. Poco antes nos llamó para decir que, debido al retraso en la obra, tal vez fuera necesario que su madre permaneciera aquí tres o cuatro meses más.

Melina acató la decisión de su hijo con la misma indiferencia con que aceptaba todo. Su artritis y, muy en especial las pérdidas de memoria cada vez más frecuentes, la tenían indefensa, abatida, sin fuerzas.

Herlinda y yo la ayudamos a hacer sus maletas. Dos fueron suficientes. En ningún momento dijo: Que no se me vaya a olvidar esto o lo otro, ni mostró inquietud. Sonreía extrañada mirando todo y luego salió del cuarto como si nunca hubiera estado allí. Cuando nos despedimos y la abrazamos, se volvió hacia su hijo y le preguntó en voz baja: ¿Quienes son estas mujeres? René la tomó de la mano y la ayudó a subir al coche. Hubiera preferido no presenciar la escena.

III

En cuanto Melania se fue Herlinda y yo, como es nuestra obligación, regresamos al cuarto 208 para hacer las tareas reglamentarias: retirar la ropa de cama, las cortinas, los tapetes y asegurarnos de que no hubiera alguna fuga de agua u otra descompostura.

Encontrar la habitación vacía me afectó. De Melania no quedaba nada más que su olor:

Es Heno de Pravia. ¡Huele!, me decía acercándome su mano empapada en loción cuando la ayudaba a vestirse. El recuerdo me entristeció. Por fortuna Herlinda se puso a contarme sus planes: conseguir la autorización de nuestra directora para instalar un consultorio dentro de la residencia. Mi compañera es muy buena podóloga. De conseguir su objetivo de seguro le irá muy bien.

Mis proyectos eran lo contrario: separarme de la residencia lo antes posible, quitar mi departamento –cosa que debí hacer cuando Dante se fue–, vender el coche y aceptar la invitación de mi prima Lourdes para irme a Tequisquiapan. Desde su punto de vista, entre las dos podríamos atender su pequeña boutique de ropa deshilada y ganarnos la vida sin mucho esfuerzo.

También mencionó la conveniencia de que su casa esté a cinco cuadras del balneario.

IV

Desde que Melania llegó a vivir aquí sentí gran simpatía por ella. Su sonrisa era encantadora y en sus ojos podían leerse la inteligencia y la sabiduría que se aprende en la vida: según ella el libro de las pérdidas.

Cuando su enfermedad le impedía salir de la habitación, me llamaba para que la ayudara a encontrar sus lentes. Las dos sabíamos que era un pretexto. Me necesitaba para desahogarse, hablar de su angustia ante los frecuentes olvidos, de los malos recuerdos que a veces se mezclaban con los buenos. El día que me describió la fiesta de su boda terminó hablándome de cuánto había llorado la muerte de su padre.

Pensaba en todo eso cuando me llegó la voz de Herlinda desde el baño:

–Melania dejó su secadora. No sé para qué la tenía si ni la usaba. ¿La reporto en la dirección para que se la mandemos o me quedo con ella?

Por el tono de la pregunta comprendí que mi compañera ya había tomado su decisión. Sin esperar mi respuesta abandonó el cuarto. Iba a ocultar en el suyo el regalo que involuntariamente le había dejado Melania.

Seguí trabajando. Al retirar la funda de una almohada cayó un sobre aéreo. Dentro había una hoja de papel doblada con un mensaje escrito en tinta roja: Dios mío… Quiero hacer tantas cosas y no poder hacerlas es muy triste.

Al oír que Herlinda estaba de vuelta me guardé el sobre en el bolsillo de la bata.

–No me lo digas: ¡encontraste dinero!

Le respondí que no, pero sin mostrarle el sobre. Ella me sonrió con la expresión de quien está dispuesto a la complicidad. No quise sacarla de su error ni decirle que había cambiado mis planes. Hoy mismo llamaré a Lourdes para decirle que no me iré a Tequisquiapan. Si me pregunta el motivo le diré la verdad: “Tengo muchos proyectos y aún puedo realizarlos. No quiero que llegue el día en que, enferma, escriba en un papel: ‘Dios mío… Quiero hacer tantas cosas y no poder hacerlas es muy triste.’”

La Jornada, abril 23, 2017.
Mar de Historias
Marina sobre triplay (127)
Cristina Pacheco
¿Cuántas veces mirarán las fotos que se tomaron llegando al hotel Los Pericos, en el comedor, en la terraza, en una calandria, en el tranvía turístico, en la palapa del Negro Alfonso? ¿Cuántos sábados por la noche se reunirán con familiares y amigos para contarles que la pasaron de maravilla en Veracruz? (A pesar de que el cuarto que les habían asignado era diminuto y en un bar del malecón Eugenio se disgustó porque le rechazaron la tarjeta y Mirna tuvo que pagar con la suya.)

Y al tío Jaime, que de seguro los estará esperando en su silla plegable, a las puertas del edificio, ¿le dirán que lamentaron su ausencia o la verdad?: que durante la semana de vacaciones sintieron alivio por no tener que repetirle las cosas mil veces, acompañarlo al doctor, soportar que se quite la dentadura postiza a mitad de la comida, ver las lagañas en su ojo enfermo o limpiarle la pechera de la camisa cuando devuelve la avena.

II

Mirna sabe que, en las condiciones en que se encuentra su tío, no queda más remedio que optar por el engaño. Cierra los ojos. Le gustaría que el viaje de regreso se prolongara mientras reúne fuerzas para volver a la colonia llena de refaccionarias y basura, al departamento atestado, a las obligaciones domésticas y el lunes ¡al trabajo!

Al pensarlo se da cuenta de que no compró regalitos para sus compañeras. Entre la intoxicación con mariscos de Eugenio, las siestas largas y las excursiones en grupo no le quedó tiempo para ir al mercado de artesanías donde estuvo hace 15 años acompañando a Flor en su viaje de bodas. ¿Habrá en el mundo otra persona que haya conocido el mar en condiciones tan incómodas? Si existe enfrentará las mismas dificultades que ella padeció para no oír, fingirse dormida, escapar del cuarto siempre que Saturno, el esposo de Flor, mostraba sus ímpetus amorosos.

–¡Fue horrible!

Al darse cuenta de que pensó en voz alta Mirna se lleva la mano a la boca. No quiere que otros recuerdos se le escapen y se conviertan en palabras. ¿De cuáles podría valerse para describir aquella Semana Santa de hace 15 años en Veracruz? Absurda, triste, pobre, decepcionante, amarga…

Desiste del juego. Tiene otro problema que resolver: olvidarse de Clemente. Pese a que llevaba más de 20 años sin verlo, lo reconoció al entrar en el café. En su mesa había periódicos y servicio para dos personas, pero él estaba solo. Ella también, porque Eugenio había ido al Oxxo por unas pilas. Entonces, por qué no se acercó y le dijo: Clemente: soy Mirna. ¿Con eso habría bastado para que él recordara lo que ella recordó al verlo? Su noviazgo en tercero de secundaria, sus besos y los planes para el futuro formidable y loco que pensaban compartir. No fue así ni hicieron nada para defender su proyecto. Nos traicionamos, murmura.

–¿Qué dijiste, mi amor?

La pregunta de Eugenio la sobresalta:

–Nada, no hablé o a lo mejor lo hice sin darme cuenta. Ya sabes que el calor me adormece. ¿No quieres que te ayude a manejar un ratito?

–¡No, gracias! Mejor descansa. –Eugenio alarga la mano y le acaricia las piernas: –Deberías ponerte falda más seguido, en vez de tus horribles pantalones.

Mirna sonríe y se propone olvidar su estúpido encuentro con Clemente.

III

Eugenio se detiene a la entrada de una gasolinera. Necesita ir al baño. Ella no. Los sanitarios públicos le dan asco. Prefiere esperarse a llegar a la casa, aunque falte por lo menos una hora hasta la última caseta y después el tiempo que les tome atravesar la ciudad hasta la colonia Sifón.

Cuando Eugenio la llevó a vivir allí, la colonia le pareció deprimente. Ahora le resulta habitable y con muchas ventajas. Lástima que esté tan lejos de la casa de sus padres. Al evocarlos piensa en el café que les lleva de regalo. No compró puros porque sabe que a su padre le hace daño fumar, aunque le guste tanto.

Mirna se pregunta por qué las cosas o las personas que más nos agradan a veces resultan dañinas. A ella le encantaba Clemente y tuvo que dejarlo porque, según su madre, él le hacía mucho daño. ¿Por hacerla soñar en lo imposible? Por eso, le respondió su madre y cerró para siempre la conversación con una frase lapidaria: Eso no está bien, no trae nada bueno.

IV

¿Estuviste contenta? ¿Te gustaría que volviéramos el año que entra?¿Devolviste la llave? Mirna responde con un a las preguntas de Eugenio, aunque siga incomodándola el recuerdo de Clemente y sienta en la bolsa de su falda la tarjeta para abrir el cuarto que le dieron a su llegada a Los Pericos. Siempre que van a Veracruz se alojan allí. El sitio les gusta, aunque el servicio sea muy lento y en el comedor, en vez de peces disecados como adorno, haya marinas fosforescentes pintadas sobre triplay. Sólo el mar sigue igual.

La Jornada, abril 16, 2017.
Mar de Historias
Vivir soñando (126)
Cristina Pacheco
Sentada en la silla tubular del consultorio, Lidia escucha remota la voz de la doctora: ¿Cómo ha podido resistir tantas cosas? Ella misma se lo había preguntado muchas veces sin obtener respuesta hasta que al fin la encontró: imaginándose que cada momento difícil era un mal sueño del que iba a despertar.

¿Cuándo aprendió a escaparse así de la realidad? Muy chica, a los siete años, cuando pasó lo del bebé. Mucho antes de que naciera los padres habían decidido ponerle Zenón si era niño y Basilisa si les llegaba una niña. (Lidia, ¡tienes una hermanita!) No alcanzaron a bautizarla. Desde el día de su nacimiento hasta el de su muerte se limitaron a llamarla nena en todo momento: cuando no quería comer, cuando lloraba hasta amoratarse, en los pocos ratos en que dormía.

Lidia tiene presente cuánto la asustaba ver a la nena con los ojos cerrados. Por eso hacía ruido para despertarla. Su madre nunca aceptó esa explicación (¡Eres desconsiderada y mala hermana!) y en castigo dejaba de hablarle y ponía su colchón afuera del cuarto, lejos de la cunita de la nena. Cuando murió, su padre le dijo: Ya estarás contenta, pero enseguida la levantó en sus brazos para que pudiera darle a su hermanita un beso en la frente helada y dura, como de cartón.

¿Qué sucede? ¿En qué está pensando? El recuerdo afirma su idea de que en aquel preciso momento le dio por imaginar que todo lo que estaba sucediendo era parte de un sueño del que iba a despertarse, así que podría acompañar a la nena en sus primeros juegos, sus travesuras y sus progresos hasta que llegara el momento en que las dos pudieran llamarse por sus nombres a gritos.

II

No se quede callada. Dígame lo que sea, lo primero que se le ocurra.Muchas veces, despierta, se imaginó diciéndole a su hermanita: Basilisa, deja de esconderte ¡y sal! Basilisa: devuélveme mi muñeca. Basilisa: no agarres mi cuaderno. Basilisa, ayúdame a esconder los vidrios porque si los ve mi mamá…

No se puede decir que hayan convivido, pero la extraña. ¿Por qué?En estos momentos difíciles por los que está pasando, si no hubiera ocurrido lo que sucedió, Lidia podría buscar a su hermana o llamarla por teléfono para ponerla al tanto de su situación y pedirle consejo. (Basi: Marcos se fue y para colmo me despidieron del trabajo. ¿Qué hago con el poquito dinero de mi liquidación: ¿me regreso al pueblo y pongo allá una tiendita o me espero aquí, a ver si consigo otro empleo.) ¿Lo habría seguido?

Entiendo que su edad pueda ser un obstáculo, pero no insalvable.Lidia sabe que su doctora habla así para impulsarla a salir de la espantosa depresión que la tiene paralizada. Si su hermana supiera que hay días en que no se levanta ni se baña ni contesta llamadas ni come, ¿qué le diría? Imposible imaginarlo. Si hubiera tenido tiempo para conocer la voz de Basilisa sería más fácil ponerle palabras en la boca, pero la nena no dijo ni una sílaba. Sólo gemía de dolor o tal vez por imaginar que iba a morir antes de conocer lugares que no fueran la cuna o la caja forrada de charmés blanco.

Por triste que sea, tiene que verbalizarlo. Lidia recuerda que en su ataúd, con la babita escurriendo de sus labios entreabiertos, su hermana parecía dormir. Quiso despertarla, se acercó y lloró con todas sus fuerzas, pero sólo consiguió que sus padres la mandaran a la casa de una vecina mientras pasaba todo. Entonces no sabía que eso significaba velorio, sepultura. Lidia no fue al entierro de su hermana y nadie irá al suyo.

III

Que no le dé vergüenza. Llore. Desahóguese. Hay muchas cosas que hacen los niños y que la nena no tuvo tiempo de hacer: dormirse en el regazo de mamá, ir a la escuela, aprenderse una canción, mordisquear la goma de un lápiz, ponerle nombre a un gato o sentarse al lado de su hermana mayor para que les tomaran una foto en el cumpleaños de una de las dos.

¿Tan poco tiempo? Su hermana vivió 21 días: llegó al mundo sólo para morirse. Cuando Lidia quiere imaginarla de 14 o 15 años no tiene más remedio que prestarle su cara, su estatura y uno de sus vestidos. Entonces sí la llama Basilisa. ¿Cómo le habría dicho de cariño? Y cuando Basi tuviera novio, ¿él cómo le diría?

Me gustan los secretos y si quiere decírmelo… A veces, cuando va por la calle, mira con atención a los hombres. Ellos malinterpretan su interés. Lógico. No pueden saber que está jugando a descubrir con cuál de todos se habría casado Basi. En una ocasión se le ocurrió que el mejor esposo para su hermana podía haber sido Carmelo Aceves, un compañero de trabajo que la atraía mucho. Él jamás le demostró interés, pero cuando supo que estaba despedida fue a desearle buena suerte y le regaló una pulsera hecha de San Juditas. Es el santo patrono de Lidia. Antes lo visitaba en su iglesia el 28 de cada mes. Ya no. Hay días en que la depresión la sitia, le trae malos recuerdos, la llena de pensamientos morbosos y la deja sin aliento para fingir que cuanto le sucede es un mal sueño del que va a despertar.

La Jornada, abril 9, 2017.
Mar de Historias
Noche de perros (125)
Cristina Pacheco

  Al entrar en el departamento Selma ve a Roberto y Celia de pie a mitad de la sala. Por su expresión preocupada adivina que la están esperando. Molesta, arroja su mochila a un sillón:

–Sí, ya sé que están furiosos porque se me hizo tarde. No fue mi culpa. Ethel me pidió que la acompañara a su casa para que sus hermanos vieran que estaba conmigo y no con su novio. –El silencio de sus padres acentúa su impaciencia. –De acuerdo, debí llamarlos, pero no pude: se le acabó el tiempo a mi celular.

Roberto le entrega un papel y le ordena leer el mensaje que contiene.

–¿Es para mí? –Selma se queda viendo las letras escritas con plumiles de distintos colores. –¿Quién me mandó esto?

–¡Que leas te estoy diciendo! –exclama Roberto.

–Oquei, oquei, pero no me grites. “Si quieren ver de nuebo a… –Se interrumpe: –Nuevo con be grande. Creí que se escribía con be chica.

–Selma, sigue leyendo: es importante; si no, no te lo pediríamos.

–Ay, mamá, ¿qué les pasa? Están como locos. –Condescendiente, reinicia la lectura: –Si quieren ver de nuebo a su peluche dejen tres mil varos detráz de los tinacos antes de las onse. No entiendo. ¿Es una broma o qué?

–Ojalá… –murmura Celia llevándose la mano a la frente. –Secuestraron al Dandy.

–Pero quién, cómo, ¿qué onda? –Selma mira horrorizada el mensaje: –¿Mi hermano Érik ya lo sabe?

–No. En la tarde, cuando habló para decirme que estaba feliz con su abuela y que mañana regresa de Cuautla con su tío Joel, aún no había sucedido… –Cierra los ojos e implora: –Diosito santo, no permitas que le pase nada malo al Dandy.

–Papá: ¿crees que los secuestradores sean capaces de matarlo?

–Si no se tocan el corazón para asesinar personas, ¿crees que va importarles hacerlo con un perro? –Roberto recupera el mensaje: –Tenemos que entregarles el dinero. No hay de otra.

II

–¿Y de dónde vamos a sacarlo, Roberto? Con lo que tenía pagué el gas. –Celia adivina un reproche en la mirada de su hija: –Eran cuatrocientos pesos. Con eso no alcanzaríamos a pagar lo del rescate.

–¿Y si le pedimos a mi tío Vicente que nos preste el dinero? Él de seguro tiene.

–Sí, hija, pero él vive hasta Chicoloapan. En ir y regresar hacemos por lo menos tres horas y ya no alcanzaríamos a entregarlo a tiempo. –Celia inclina la cabeza: –Nunca pensé que viviríamos esto. Por todas partes hay violencia. La gente se ha vuelto tan desalmada, tan inhumana. Sólo Dios sabe adónde iremos a parar.

–Cálmate, mi amor. Voy al cajero que está en el súper –dice solemne Roberto.

–En la mañana, cuando te pedí para darle al Chato lo de la compostura del refri, me dijiste que no tenías ni un centavo.

¿Cómo es que ahora tienes?

–Con todo lo que está pasando se me olvidó decirte que Camacho me pagó un dinero que me debía. Cuando salimos a comer pasé a depositarlo. No es bueno llevar tentaciones en la bolsa.

–¿Quién es Camacho? –pregunta Celia.

–Mamá, por favor… ¿Eso qué importa ahora? Vámonos los tres al súper. Mientras tú y yo hacemos como que compramos algo, que mi papá saque del cajero. –El timbre del teléfono la paraliza: –Qué hago: ¿contesto?

–No, pueden ser los secuestradores. Déjame a mí. –Roberto levanta la bocina e imposta la voz: –Bueno, ¿quién habla? Ay, señorita… No, gracias, yo no pedí otra tarjeta… Vea qué hora es… ¿Cómo? No soy ningún grosero. Estoy nervioso porque secuestraron a Dandy.

Celia le arrebata el auricular e interrumpe la comunicación:

–¿Cómo se te ocurre ponerte a dar explicaciones en este momento? –Mira hacia el canasto vacío: –Los secuestradores deben habérselo llevado cuando salí a la farmacia. ¡Malditos! ¡Ojalá que el dinero les queme las manos.

–¡Vámonos, mujer, vámonos! Y ora, ¿qué te pasa? ¿Por qué te quedas allí?

–Tengo miedo de que vayamos a estas horas al cajero. Acuérdate de que a Tobías lo mataron por quitarle los seiscientos pesos que acababa de sacar.

–Ves que estoy nerviosísimo y me sales con ese cuento. –Roberto se lleva la mano al cierre del pantalón: –Vayan bajando. Necesito ir al baño.

–Ay, papá, ¡qué inoportuno!

–¡Oye, déjalo! Ni modo de que no orine. –Ve que Roberto se acerca: –¿En qué nos vamos, viejo?

–En mi coche, ¿en qué otra cosa? Ojalá que arranque, porque en la mañana no quiso.

III

–Roberto, ten cuidado: ya te pasaste el alto. Estás manejando muy mal.

–Qué quieres, no puedo concentrarme.

–Ojalá que a mi hermano no se le ocurra hablarnos ahorita.

–Y si habla, ni una palabra de esto, y tampoco cuando llegue de Cuautla. Si lo sabe, vivirá con miedo de que vuelvan a secuestrarle al Dandy. Mejor que no sepa nada y que lo disfrute.

–Si es que nos lo regresan, y si no, ¿qué le diremos?

Selma no obtiene contestación. Resignada, se hunde en el asiento. Piensa en Érik. Sonríe al recordarlo jugando con su perro, dándole órdenes, bañándolo, ofreciéndole de su helado. Se incorpora y grita:

–Y si no, ¿qué le diremos? –Siente la mano de su madre oprimiendo la suya y otra vez se queda sin respuesta.

La Jornada, abril 2, 2017.

Mar de Historias
Cero en Matemáticas (124)
Cristina Pacheco

Que no pasen otros dieciocho años para que volvamos a vernos, dice Ricardo mientras abraza a su hermano. Después de tres semanas de visita en la ciudad, Silvio regresa en el vuelo de las ll:21 a Los Ángeles, donde trabaja como electricista. Había aprendido el oficio de niño, cuando salió reprobado y su padre lo mandó como aprendiz al taller junto al asilo: Si no te gusta la escuela, te me pones a trabajar. Silvio no imaginó entonces que del entrenamiento impuesto como castigo dependería su estabilidad económica en Los Ángeles.

¿Me oíste, cabrón? Que no pasen otros dieciocho años… Silvio no responde: corre hacia la fila de viajeros que se desaparecen tras la puerta de abordaje. Antes de trascenderla, agita el brazo en señal de despedida. Ricardo imita el movimiento y sonríe. Durante unos minutos permanece inmóvil, con la esperanza de que su hermano reaparezca y le prometa que volverá a visitarlo antes de que transcurran otros dieciocho años. Piensa que l999 es una fecha tan lejana como el 2035.

II

Ricardo ve su reloj: 8:25. Lo asusta pensar en las horas que le quedan al domingo. Comprueba que el boleto del estacionamiento esté en su cartera y, sin prisa, se dirige hacia los elevadores. Le parece que fue ayer, y no hace tres semanas, cuando acudió al aeropuerto para recibir a su hermano Silvio. Añora el momento en que le dio un prolongado abrazo de bienvenida y el entusiasmo con que después, camino al estacionamiento, se detenían a cada paso para reconocerse, contarse novedades, aludir a los viejos amigos, hacer planes.

Varias veces recordaron conmovidos la época en que sus padres (muertos años atrás en un accidente) adoptaron la costumbre de llevarlos al aeropuerto para que vieran el paso de los aviones. Los que despegaban los hacían soñar con viajes futuros. Nada más Silvio los realizó.

Ricardo se pregunta cuánto tiempo tendrá que pasar antes de que pueda reunirse otra vez con su hermano. La incertidumbre lo remite a la sensación de abandono que padeció durante aquellas ocho semanas en que por primera vez Silvio –sometido a la voluntad paterna– dejó de ser su compañero de juegos, su guía. Hace mucho tiempo de eso y, sin embargo, vuelve a sentirse tan castigado como su hermano y lleno de rencor hacia su padre.

Lo horrorizan sus pensamientos. Para desterrarlos procura interesarse en los viajeros que pasan arrastrando maletas, las parejas que se despiden, el hombre que dormita en una silla de ruedas, las muchachas con yins desgarrados y labios negros.

Por simple ocio se detiene frente a una camisería. A través del cristal ve a una empleada que limpia el mostrador. Le parece confiable. Con el pretexto de preguntarle el precio de una chamarra podría entablar con ella una conversación y decirle que está allí porque fue a despedir a Silvio, su único hermano, al que dejó de ver durante l8 años: 216 meses, murmura.

Siempre ha sido bueno para las matemáticas. Silvio no. De allí que hubiera reprobado aquel año que determinó su futuro. Ricardo se plantea una incógnita: ¿qué habría ocurrido si él, y no su hermano, hubiera fallado en primero de secundaria? Opta por la respuesta más fácil: en estos momentos estaría en una sala del aeropuerto, en espera de abordar el avión de las ll:21 a Los Ángeles, ansioso por ver a Maggie: en la foto, una morena frondosa con el cabello teñido de rubio.

Se le ocurre pensar que cuando Silvio se encuentre con su mujer le contará que no localizó a ninguno de sus viejos amigos, que la ciudad está toda picoteada y su colonia irreconocible. No existen su escuela, ni el dispensario, ni la carpintería de Chepe, ni el asilo, ni el taller donde se hizo electricista, ni el hospital donde nació. Tal vez Silvio aproveche el momento para contarle a Maggie (¿otra vez?) que cuando era niño a su madre le gustaba decirle que él había nacido tres semanas después de los nueve meses reglamentarios. A esa demora atribuía que Silvio hubiera salido tan malo para hacer cuentas.

III

Ricardo desiste de entrar en la camisería, pero qué tal tomarse un desayuno. En su casa no tiene nada, excepto los taquitos al pastor que Silvio dejó en el plato y ya estarán incomibles. Camina unos metros y elige un restaurante con cinco pantallas de televisión encendidas y decorado con sarapes y flores de papel.

La única mesa disponible es para dos personas. Apenas toma asiento, un hombre de cabello muy corto, con la mirada baja (¿ex presidiario?) le ofrece café y la carta. Ricardo la lee de arriba a abajo pero nada despierta su apetito. Es demasiado temprano para milanesa, tampiqueña o chilorio. Opta por molletes y jugo.

Al recibir el servicio mira el reloj sobre la caja registradora: 8:45. Imagina a su hermano en la sala, ya muy fastidiado, bostezando y sonriendo al recordar momentos de su estancia. Ricardo se alegra de haber hecho todo lo posible para que a Silvio le resultara grata a pesar de la ausencia de los amigos, de que la ciudad esté destruida y de que en su colonia ya no existan su escuela, ni el dispensario, ni la carpintería de Chepe, ni el asilo, ni el taller donde aprendió el oficio de electricista y empezó a fraguarse su destino de emigrante.

La Jornada, marzo 26, 2017.
 Mar de Historias
La misma tierra (123)
Cristina Pacheco

Por lejos que se encuentre, por mucho que haya cambiado, mi esposo sigue conservando su nombre: José. Hoy es día de su santo. Voy a celebrárselo aunque no sepa dónde está ni si tiene una nueva pareja. Por más que trate de evitarlo, de repente lo pienso y me entran celos; pero luego yo sola me aconsejo: Leonor, más vale que te calmes. Si las cosas son como crees, no puedes hacer nada más que esperar a que un día José te aclare la situación.

La soledad me ha cambiado, me he vuelto recelosa. Antes no era así, nunca tuve dudas acerca de mi marido. Cuando él me dijo: Vámonos a Nogales, porque de allí será muy fácil saltar al otro lado, no me puse a pensar si lo hacía por otras razones que no fueran encontrar un buen trabajo. Desmonté la casa y lo seguí. Creo que lo habría seguido al infierno. Él se daba cuenta de mi incondicionalidad y la aceptó como tantas otras pruebas de amor.

II

La más difícil fue dejarlo ir a Nogales, Arizona, sin nosotras. Hablo de mí y de Lluvia, nuestra hija. Ya cumplió diez años. A su edad no puedo pedirle que entienda ciertas cosas, por ejemplo, que su padre nos haya dejado aquí. Eso también a ella la cambió, la hizo rencorosa. Me di cuenta porque algunos domingos, cuando iba a encontrarme con José, no quiso acompañarme.

Nunca intenté forzarla –hay cosas que si no se hacen de corazón, más vale no hacerlas–, pero siempre le dije que su padre no se había ido solo por capricho, sino por necesidad, y que además no estábamos tan lejos de él: vivíamos en la misma tierra, aunque separados por una rejilla. Me asombra que una palabra tan corta pueda significar un obstáculo tan grande para las familias, y más ahora.

III

Cada ocho días José y yo nos encontrábamos en nuestro lugarcito, conscientes de que íbamos a vernos a través de la rejilla. Sigo soñándola, y aún así me produce el mareo que me causaba después de tanto mirarla, con ansias de que José apareciera. Debido al enrejado tuvimos que acostumbrarnos a vernos en cachitos, como si fuéramos retratos despedazados, vueltos a unir.

Disponíamos de poco tiempo para estar juntos. Casi no hablábamos. Nos veíamos, nos tocábamos las manos –los dedos– y antes de separarnos otra vez nos decíamos las cosas que uno dice cuando está enamorado: cuánto te extraño, cuánto te quiero, cuánto diera por estar contigo.

Esos encuentros tan breves eran la única vida en común que podíamos tener. Saberlo me angustiaba mucho, pero nunca se lo dije a José para no cargarlo con esa preocupación. Como si estuviera muy tranquila, le sonreía, tomaba a broma los cambios en su persona (“¿Desde cuándo usas loción?), fingía simpatizar con sus nuevas amigas, también empleadas en El Burrito Alegre, el restorán mexicano donde él empezó de lava platos, luego pasó a garrotero y por fin se hizo ayudante de cocina.

¡Quién nos iba a decir que José terminaría manteniéndose de hacer lo que más le chocaba! Cuando decidimos casarnos me advirtió que contaba con él para todo, menos para ayudarme con el quehacer o en la cocina. Así que llegaba de mi trabajo en la maquiladora –ya fueran las seis de la tarde o las nueve de la noche– a prepararle la cena. Le hacía un guiso especial en las fecha importantes para nosotros –su cumpleaños, su santo– y a veces, aunque no estuviéramos festejando nada, sólo para que se sintiera mimado, como no lo fue de niño.

En aquellos tiempos nunca imaginamos que, con la esperanza de una vida mejor, él se iría a trabajar a Nogales, Arizona, y que yo me quedaría en Nogales, Sonora, atada a mi chamba en la fábrica. Gracias a Dios encontré otra ocupación: nana. Me gustaba, aunque por atender a criaturitas ajenas tuviera que dejar a Lluvia sola en el cuarto durante horas. Eso aún me lo reprocha. Es una de las cosas que no entiende. Ya lo hará.

Tampoco se explica que, después de tres años de no verlo, siga parándome frente a la rejilla los domingos, con la esperanza de que llegue José. La última vez que nos vimos me dijo que estaba pensando irse a Oregon o de plano a Canadá, porque allá había buenas oportunidades de trabajo en la construcción. Por la forma en que me lo avisó pensé que nos estaba separando algo más que la rejilla tendida entre mi Nogales y el suyo.

Ese domingo era día de San José. Curiosamente, alguien nos tomó una foto sin que nos diéramos cuenta. Dos días después me la enseñó mi patrona en un periódico. (Diálogo fronterizo.) En la imagen aparezco con mi cabello suelto y el vestido de flores que a José le gustaba. Me veo sonriente, alegre, repegada al enrejado por donde él sacó sus dedos para tocar los míos.

Aquella mañana, cuando nos separamos, volví a la casa con la sensación de su caricia y él se quedó con la alegría de mi sonrisa. Ese fue mi regalo y seguirá siéndolo cada día de San José, aunque no sepa dónde vive mi marido ni con quién.

La Jornada, Marzo 19, 2017.

Mar de Historias
Tal como ayer (121)
Cristina Pacheco

Teresa y yo dormíamos con mis hermanos en el mismo cuarto, separados por una cortina. Oír en secreto sus conversaciones siempre era divertido. Dejó de serlo la noche del domingo en que Carlos, el mayor, le propuso a Rafael que se fueran a Estados Unidos, a trabajar en la pisca del tomate y el algodón.Rafael dijo que le gustaba la idea, pero antes de irse debían pensarlo bien. Carlos no estuvo de acuerdo: “Lo que mucho se piensa nunca se hace. Tenemos que decidirnos ahora que se nos presenta la oportunidad. No te lo había dicho, pero ya hablé con El Manitas. Dentro de un mes se lleva a dos changos de Ocampo. Pasarán al otro lado por Matamoros. Sería bueno irnos con ellos.”

Tere saltó de la cama: ¿Quién se lo va a decir a mi mamá? Por lo visto Carlos ya había pensado en eso: Ustedes son mujeres. Se entienden mejor con ella. No pude contener el llanto: el viaje de mis hermanos iba a cambiar nuestra vida por completo. Mi madre sólo nos permitía salir con ellos, ya fuera a una compra, a una visita, al cine. Nos encantaba, aunque por lo general dieran películas de vaqueros. Raras veces se exhibían historias de amor, pero siempre previamente censuradas por Mariquita Rosillo, hermana del padre Arnulfo. Él ordenó que las funciones se programaran a las tres de la tarde. De ese modo tendríamos tiempo de asistir al rosario, ver por la salvación de nuestras almas y depositar la limosna en el cepillo.

Cuando Rafael y Carlos se fueran terminarían nuestras salidas, a menos que mi madre renunciara al encierro impuesto por su viudez y, sobre todo, por su terrible enfermedad.

II

Pasamos la noche de aquel domingo hablando en voz baja. Rafael insistía en que su estancia en Estados Unidos iba a ser corta y benéfica para nosotras. Nos enviarían una parte de sus salarios para comprarnos lo que quisiéramos. Luego, ya más encarrilados, podrían mandarnos dinero para que nos fuéramos a vivir con ellos.

Todo eso se oía muy bien, pero yo necesitaba resolver una duda: ¿Quién de nosotras le dará la noticia a mi madre? Carlos sugirió que Teresa, dos años mayor que yo. ¿Cuándo?, preguntó la elegida. Mañana, después del rosario, a la hora de cenar.

El lunes Tere y yo, que habíamos pasado la noche en vela, nos levantamos tristes y preocupadas por la reacción de mi madre ante la noticia del viaje. Todo el día estuvimos nerviosas, distraídas, inseguras, como si camináramos entre espinas.

Por la noche, según nuestros planes, a la hora de sentarnos a la mesa le dije a mi madre que Tere necesitaba decirle algo. Pienso que ella sabía de antemano de qué asunto iba a tratarse porque dijo: ¿Cómo ves, Carlos? Anoche no pude cerrar la puerta. La tranca no agarra. Mi hermano se apresuró a tranquilizarla: No se preocupe, de seguro el garrote se hinchó por la humedad. Mi mamá negó con la cabeza: No es por la humedad. La puerta no cierra porque alguien la necesita abierta.

Tere aprovechó el momento para cumplir su misión: Los muchachos quieren irse a Estados Unidos. Rafael le arrebató la palabra: Sólo por una temporadita, mientras juntamos algo de dinero. Carlos desplegó su labia para inventar la gran historia: Mire, mamá. Suponga que nos vamos mañana. En seis meses regresamos con buen dinero. Entonces, si usted quiere, nos la llevamos a México para que allá la curen de la tos tan fea que tiene. ¿Qué dice?

Mi madre no dijo nada. Cuando terminó de cenar se dirigió a Carlos: ¿Cuándo se van? Dentro de un mes, con su permiso. Mi madre apenas tuvo fuerzas para decirle: Mi permiso lo tienen, pero no mi bendición. Escriban cuando puedan.

III

Queridas madre y hermanas: mientras esperamos la pasada hemos podido pasear un poco, lástima que haya tan poco que ver. Estamos bien, con todo y que el trabajo es muy duro. A las seis de la tarde, al regreso de la pisca, no podemos ni enderezarnos por los dolores de espalda… Hay un cine, pero las películas que pasan están en inglés y es como si no hubiéramos visto nada. Dormimos en un galerón de madera, hagan de cuenta celdas de la Peni. Todo apesta. En tiempo de calor parecían un horno, y ahora nos estamos helando. Si vieran los montonales de nieve… “Esto no es como nos lo pintó El Manitas. Lo único que nos detiene de irnos más lejecitos es que estaríamos más separados de la jefa. ¿Cómo va su tos?”

Para cuando Tere y yo leímos esas líneas mi madre había muerto. Además de la tos, minaron su salud la lejanía de los muchachos, su temor de no volver a verlos y la culpa por no haberles dado su bendición.

IV

Rafael se quedó a vivir en Chicago. De Carlos jamás volvimos a saber. Conservo de él una hoja de su última carta fechada en agosto de l947: Aquí las cosas no están como para quedarse. La vigilancia es durísima. Nos sentimos a disgusto, perseguidos. Cualquier día lo agarran a uno y lo hacen desaparecer. De por acá es todo lo que tengo que contarles ¿Cómo sigue mi mamá?

La Jornada, Marzo 12, 2017.

Mar de Historias
Serenata nocturna (120)
Cristina Pacheco

Rosario, la hice venir porque necesito que hable con Melba. Usted es su sobrina. Le hará caso. A mí no. Cada vez que le pido que no ponga la música tan fuerte ¡se ríe!

–Los inquilinos ¿se han quejado?

–Nada más don Ángel, el señor que llegó en enero y ocupa el departamento frente al de su tía. Vive solo.

–¿Qué le dijo?

–Que por favor le pida a doña Melba que oiga la música más bajito. Él regresa del trabajo harto del ruido, del tráfico, con ganas de descansar.

–¿Y por qué él no va a ver a mi tía y se lo dice?

–Se lo pregunté. Me explicó que no le gustaría parecer descortés con ella. En cambio, si se lo digo yo, Melba lo tomará como que estoy cumpliendo con mis obligaciones.

–No entiendo. Mi tía nunca ha querido darle molestias a nadie y ahora parece que eso no le importa con tal de darse gusto.

–Así es. Enciende su grabadora como si quisiera que alguien más escuchara la música. Esta mañana, cuando fui a entregarle el recibo de la luz, se lo dije. No le importó. Estaba ocupadísima aplicándose el tinte del cabello. Ahora le dio por pintárselo rubio. Con lo morenita que es Melba, ¿se imagina cómo se verá?

–En estos momentos es lo que menos me interesa. Lo que quiero es solucionar un problema tan absurdo. ¿Qué puedo hacer? No servirá de nada quitarle la grabadora: encenderá el radio.

–No se trata de prohibirle a su tía que oiga música, sino de que la escuche más moderada. –Ve a Raquel consultar su reloj. –Créame que siento haberle dado esta molestia, pero…

–Hizo bien en llamarme. A ver: usted convive más que yo con mi tía. ¿Ha notado otro cambio en ella? Me refiero a algún indicio de que esté perdiendo el oído.

–En tal caso, sería nada más de noche, porque en la mañana pone la música normal, como todo el mundo. Cuando habla no levanta la voz…

–Y en el teléfono me escucha perfectamente. –Aliviada: –O sea que por el lado de que esté quedándose sorda no tengo que preocuparme.

–Y si así fuera, no sería problema. Hay aparatos para oír buenísimos que no se ven, pero son caros. Lo sé porque Beto, el sastre, acaba de comprarse uno. Le salió en ocho mil y lo está pagando a meses.

–Es bueno saberlo. –Raquel mira hacia las escaleras: –Ya que vine, de una vez hablo con mi tía. La haré entender que le está causando problemas a su vecino.

–Pero no vaya a decirle que lo sabe por mí.

–Entonces, ¿por quién? No vivo aquí, no sé lo que pasa. Cuando vengo, sólo hablo con ella y con usted.

–Invente que hoy se le acercó una vecinita y le pidió convencer a tu tía de que le baje el volumen a la música.

–No me gusta mentir y no tengo por qué hacerlo. Le explicaré la situación tal como es. –En tono más bajo: –Espero que no vaya a creer que, porque la ayudo con la renta, quiero controlar su vida.

–Luego que hable con ella ¿podría venir a decirme cómo le fue?

II

Elvia está en el zaguán, despidiendo al repartidor de gas. Al ver a Rosario se dirige a su encuentro:

–¿Qué le dijo doña Melba? ¿Se molestó?

–No, para nada. Platicamos bien, muy bien.

–¿Seguro? Veo que lloró.

–Sí, de emoción. Me maravilla que las personas hagan cosas extrañas, locuras, con tal de mantener una ilusión, de sentirse vivas.

–Por ejemplo…

–Que mi tía escuche tan alto la música porque está ¡enamorada!

–¡Válgame Dios! ¿Pero de quién? ¿Es alguien que conozco?

–Sí, bastante. Y creo que lo padece cuando él viene a quejarse porque mi tía no le permite descansar.

–¿Se refiere a don Ángel?

–Sí. Ella empezó por condolerse de él. Una noche que estaba cerrando la ventana lo vio dar vuelta en su sala vacía. Entonces tuvo la idea de subirle el volumen a la grabadora para que don Ángel, en vez de oír sus pasos solitarios, escuchara la música. ¿No le parece una manera muy linda de brindar compañía?

–¿Don Ángel sabe algo de esto?

–¡Claro que no! Ni se lo imagina. Han hablado lo mínimo, cuando se encuentran en la escalera. Mi tía dice que le encanta la voz de don Ángel, la loción que usa, la forma en que se aparta para cederle el paso.

–¿Y sólo por eso se enamoró de él?

–Así es, y no se lo explica. Mi tía sabe perfectamente que entre ellos nunca habrá nada, pero la hace feliz recibir a don Ángel, cuando él vuelve del trabajo, con una pequeña serenata nocturna. No trate de entenderlo. ¿Para qué?

La Jornada, marzo 5, 2017.
Mar de Historias
Directorio (119)
Cristina Pacheco

Acaba de presentarse el contador que sustituirá a Lázaro. No lleva ni media hora en el despacho y ya desempapeló el archivero, desprendió los adornos de la pared y puso el directorio en la mesa del pasillo –donde colocamos los periódicos que se van al kilo– porque evidentemente no va a necesitarlo.

Para Lázaro, en cambio, era indispensable. Si no mal recuerdo, el primer día que llegó a la oficina se acercó a preguntarnos a mí y a Víctor –en voz baja y en tono de secreto– si de casualidad no teníamos por ahí un directorio telefónico. Víctor le informó que llevábamos cuatro años sin recibirlo. Con velada impaciencia, Lázaro dijo que no importaba la edición. Bastaría con que el ejemplar tuviera las páginas más o menos completas.

La escena era muy extraña. Me asaltaron dudas. ¿Para qué necesitaba el nuevo contador un directorio cuando podía recurrir a la computadora? Guardé silencio y fingí concentrarme en mi trabajo para no ahondar la incomodidad que siente toda persona que llega a un medio extraño y que, además se sabe observada.

En el caso de Lázaro, la situación se complicaba porque había llegado a suplir a Ubaldo, sobrino del doctor Balbuena, titular del despacho. Por bien que trabajara el nuevo siempre estaría expuesto a comparaciones, empezando por la apariencia.

Ubaldo nunca me simpatizó, pero reconozco que era un tipo muy atractivo, con un cuerpo notable logrado a base de esfuerzo: antes de llegar al despacho ya había corrido media hora en el parque, a dos cuadras de aquí, y al salir se alejaba rumbo al gimnasio con su maletín lleno de ropa deportiva y bebidas energizantes.

En cuanto al físico, Lázaro era lo opuesto a Ubaldo, pero no por eso desagradable. Su perfil era elegante, su cuello fuerte, sus hombros anchos y de proporciones normales. De la cintura para abajo era otra cosa: su cuerpo parecía corresponder al de un niño de piernas cortas visiblemente arqueadas y pies breves. (Un sábado lo vi comprando calzado en el departamento infantil de una zapatería en las calles de Bolívar.)

II

Lázaro empezó a trabajar en el despacho un lunes. El miércoles siguió preguntando si de casualidad alguien tenía por ahí un directorio telefónico. Su insistencia aumentó nuestra curiosidad hacia él y generó conclusiones. Martín Olivares dedujo que Lázaro tal vez quisiera memorizar una sección del directorio para inscribirse en un concurso. Lo mismo había hecho un primo suyo que en el afán mnemotécnico acabó perdiendo muchas horas y algo de su cordura.

Semejante especulación aumentó nuestro morboso fisgoneo y la pérdida de tiempo. Era urgente develar el misterio. Víctor se ofreció para hacerlo. Esa misma tarde se presentó en la oficinita de Lázaro y, con pretexto de brindarle ayuda, se puso a conversar con él. Después de media hora Víctor regresó a su escritorio. Cuando le pregunté de qué había hablado con Lázaro me dijo que de nada importante, pero fue a pedir las llaves de la bodega.

Entre muebles viejos que documentan sucesivas remodelaciones, adornos navideños y legajos inútiles encontró el directorio. Enseguida lo puso en manos de Lázaro, quien de inmediato lo utilizó en su beneficio colocándolo bajo el cojín de su asiento. Lo voluminoso del ejemplar le daba la elevación necesaria para alcanzar la altura del escritorio y parecer, de lejos, una persona de mediana estatura.

III

Después de cuatro años de trabajar en el despacho, Lázaro renunció a su puesto porque iba a casarse con una de nuestras clientas: Pamela. Tenía su casa y una tienda de curiosidades en Chalma. Desconfiada de correos electrónicos y mensajeros, visitaba cada mes el despacho para entregar recibos y facturas.

El doctor Balbuena le encargó a Lázaro atender a Pamela. Mientras él ordenaba los documentos los veíamos conversar y reírse. Muy pronto, del trato profesional pasaron a uno amistoso.

Cuando Lázaro nos contó que acababa de invitar a Pamela a salir, Víctor y yo tuvimos miedo de lo que podría suceder cuando ella lo viera en sus dimensiones reales, sin la altura que le daba el directorio telefónico. Temores infundados: tres meses después recibimos la noticia de la renuncia y del matrimonio.

El último viernes que Lázaro asistió al despacho organizamos una reunión en su honor. Recordamos los momentos vividos, sobre todo el día en que él se acercó a Víctor y a mí para preguntarnos si de casualidad no teníamos por ahí…

Desde que Lázaro se fue, en los pocos minutos libres de que disponemos, con frecuencia hablamos de él. Lo recordamos como un muy buen contador, un tipo simpático y el hombre pequeño que le dio un nuevo uso al directorio telefónico.

La Jornada, febrero 26, 2017.

Mar de Historias
Chila (118)
Cristina Pacheco

Por lo general íbamos en grupos de cuatro para llevar comida y ropa a los emigrantes agazapados en la curva, en el punto donde las vías se entrecruzan formando una telaraña metálica. Cuando el exceso de vigilancia nos dificultaba llegar hasta allá, permanecíamos en la casa de Mercedes mientras su hijo menor, Lorenzo, iba a ofrecer ayuda a los futuros viajeros.

A los pocos minutos oíamos un timbrazo corto. Era la señal de que, guiados por Lorenzo, ya estaban allí los desconocidos –hombres, mujeres, niños, ancianos– que a la mañana siguiente intentarían abordar el tren rumbo al norte. Abríamos rápido la puerta y, en silencio, les entregábamos tortas, pan, botellas de agua, vasos de café soluble, bolsas de plástico. Cuando era posible, gracias a la generosidad de los vecinos, también les regalábamos ropa. Entonces oíamos las risas asordinadas de las mujeres resueltas a correr la aventura del viaje en compañía de sus hijos.

Pasados los minutos del reparto, cuando la calle volvía a quedar en silencio, las encargadas del turno entrábamos a la cocina para corregir el desorden. Mientras, imaginábamos las condiciones adversas que habrían obligado a nuestros visitantes nocturnos –como llamábamos a los emigrantes– a separarse de sus familias y a salir de su tierra: todo por la vaga esperanza de tener una vida mejor.

II

Una noche, cuando abrimos la puerta para entregar las raciones de comida y la ropa, un grupo reducido de personas se precipitó hacia el interior de la casa. Retrocedimos asustadas. Lorenzo nos tranquilizó diciéndonos que un grupo especial de vigilancia rondaba por la curva.

Los recién llegados permanecieron inmóviles hasta que el primero del grupo –un joven con sudadera a cuadros– se encaminó hacia el fondo del patio. Sus compañeros lo imitaron. Allí, apoyados contra la pared –muy cerca unos de otros, atentos a los rumores de la calle– bebieron el café que les ofrecimos y de seguro ansiando volver a la curva donde esperarían oír el silbato del tren para correr a su encuentro y abordarlo a toda prisa, sin miramientos, sin pensar en el peligro de caer a las vías desde las escalerillas o lo alto de los vagones.

Entre todos los visitantes de aquella noche, una mujer se mantuvo alejada del grupo. Cuando me acerqué para ofrecerle un pan noté en su regazo una mochila pequeña. Como si esperara mi pregunta se explicó: Es de mi hija. En su tono percibí la añoranza, el dolor causado por la lejanía y la necesidad de un desahogo. ¿Qué edad tiene? Contuvo la respiración antes de contestarme: Seis años. Se llama Chila, como yo, como su abuela. Cuidará a mi niña en lo que vuelvo a mi tierra.

Mercedes me llamó a la cocina. Mientras preparaba otras raciones de comida pude ver a Chila por la ventana. Lloraba en silencio, tal vez arrepentida de haber emprendido un viaje largo, azaroso, lleno de peligros. Agarré el radio de transistores que teníamos sobre el gabinete y salí a entregárselo: Para que se entretenga, pero lo pone muy quedito.

Apenas lo encendió escuchamos una voz aguda interpretando Nuestro juramento. Es preciosa, mi mamá la canta siempre. Esa confesión me inspiró confianza y me senté junto a Chila. Joven, de cara ancha y pómulos altos, llevaba el cabello muy negro y abundante atado sobre la nuca.

Espero que su hija tenga el pelo como usted, le dije. Correspondió al halago volviéndose hacia mí con una sonrisa plena, brillante a causa de los casquillos metálicos que recubrían sus dientes. Chila notó mi curiosidad y se explicó sin que se lo pidiera: Muchas mujeres que salen de mi tierra a Estados Unidos o a donde tengan que ir, como no llevan papeles ni credenciales, se tatúan los dientes a manera de identificación. Aparte de que el doctor lleva un control (Fulana: muñequitos; Zutana: flores; Zurana: cruces…) se los muestran a todos los del pueblo. De ese modo, si mueren lejos, no faltará algún paisano que las reconozca por los decorados. Me parece un buen método; por eso, desde que pensé en viajar al norte fui con un amigo dentista a pedirle que me encasquillara los dientes.

Para demostrar que lo que me había dicho era cierto, Chila se acercó a la zona iluminada y abrió la boca para que yo viera, aunque con muchas dificultades, las estrellas grabadas en las fundas metálicas. El trabajo era tan delicado que parecía obra de un joyero.

Le pregunté si el tratamiento era doloroso. No más que cuando a uno le sacan una muela, pero sí es cansado. Hay que ir y volver con el dentista muchas veces y quedarse en el sillón, con la bocota abierta, horas y horas.

Chila intentó sonreír, pero enseguida su expresión volvió a entristecerse: Viajo sin papeles. Mis dientes serán mi única identificación en caso de que muera en el desierto. Generaciones de paisanos lo han atravesado y otras seguirán haciéndolo. No faltará uno que tarde o temprano me encuentre. Cuando me identifique, se lo comunicará a mi madre y ella a mi hija. Prefiero que mi nena sepa que morí a que pase el resto de su vida esperándome o creyendo que olvidé mi promesa de volver junto a ella.

La Jornada, febrero 19, 2017.

Mar de Historias
Ida y vuelta (117)
Cristina Pacheco

Son las nueve de la mañana. Justina presiente que, después de lo sucedido anoche, este no será un buen día. En realidad, empezó mal: a las cinco se fue la luz en el edificio, tuvo que ponerse un vestido arrugado, su madre se pasó los minutos del desayuno quejándose por el alza en los precios y el exceso de gastos. El tío Arnulfo, ofendido, abandonó la mesa y se fue dando un portazo.

Para colmo, en ese momento la llamó Ignacio a su celular y le dijo que se iba a Querétaro con una mudanza. Regresaría muy tarde. Cancelaba su cita de la noche. Justina estuvo a punto de suplicarle que no se fuera. En vez de hacerlo se mostró comprensiva: Ni modo, mi amor. Primero está la chamba. Para evitar las preguntas de su madre, que había estado observándola, tomó la bolsa con su uniforme y sus zapatos. Dijo algo incomprensible y escapó si terminarse el café con leche.

II

Después de esperar inútilmente la aparición de la micro, Justina decide hacer a pie el resto del trayecto hasta Las Dos Azaleas”. Atrapada en sus pensamientos, no repara en el montón de escombros abandonados a media banqueta y tropieza. Para no caer se apoya en la pared de una casa. Mientras se frota el tobillo ve a través de la herrería el jardín marchito donde una manguera se enrosca junto a un altero de cajas, sillas patas arriba, una estufa inservible y un asador.

Tal desorden le provoca una incontenible antipatía hacia los moradores de la casa. La irrita que hagan tan mal uso de un espacio que tanta falta le hace a su familia. Y le hará más cuando regrese Carlos, murmura.

III

El dolor y el desánimo agobian a Justina. Piensa llamar a su patrona para decirle que se lastimó un pie y no irá a la fonda. Imaginarse la expresión de su madre cuando la vea de vuelta la lleva a desistir de su propósito. Sigue adelante, camino de Las Dos Azaleas. Es lo mejor que puede hacer. El trabajo la mantendrá activa, sin tiempo para pensar en el comportamiento de su familia.

Lo encuentra inexplicable. Ella sabe que sus padres siempre han visto a Carlos como un hijo, aunque sólo sea el ahijado al que adoptaron cuando tenía nueve años y quedó huérfano. Desde que él se fue a Estados Unidos, ni un sólo domingo dejaron de ir a la iglesia para encomendárselo a la Virgen y pedirle que regresara con bien. Ahora que está a punto de ocurrir el milagro, ¿por qué no se alegran?

En cuanto a Renato y Lázaro, los dos crecieron –lo mismo que ella– viéndolo como el hermano menor al que tenían que ayudar y proteger. En su ausencia muchas veces recordaron su inteligencia, su ingenio, sus desplantes y su habilidad para el deporte. No parecían ser los mismos que anoche dejaron traslucir cuánto los incomodaría con su pesencia.

IV

Pensándolo bien, Justina reconoce que las opiniones favorables y la buena disposición de todos hacia Carlos empezaron a cambiar el día en que él anunció para finales de febrero su regreso a México, a la casa. Anoche otra vez fue el tema de la espantosa conversación.

Al recordarla, Justina se siente avergonzada de su familia. Ya nadie parece recordar que gracias a lo que Carlos mandaba desde Arkansas pudieron salir de compromisos, ponerle a Renato su changarrito, renovar la cocina y pagarle a Lázaro su licenciatura en sistemas. Ahora sólo piensan en los problemas que traerá el regreso de Carlos. Por principio de cuentas, tendrían que cambiar de hábitos, despedirse de una relativa comodidad y replegarse para cederle espacio. El que ocupaba su hermano antes de irse ahora lo habita el tío Arnulfo, que no cesa de lamentarse y repetir: Si me echan de aquí, moriré en la calle.

Renato pensó que también sería necesario ayudar a Carlos a conseguir un trabajo, tal vez sostenerlo mientras lo encontraba –cosa muy posible, ya que en los últimos tiempos varias veces se había quejado de que en las obras ya no contrataban a mexicanos. Todo parecía cuesta arriba, imposible de resolver, a menos –según propuso Lázaro– que le plantearan a Carlos la situación. Entonces él, como era tan inteligente, acabaría por renunciar a vivir con la familia.

En ese momento, por vez primera en toda la noche, Justina escuchó la voz enérgica de su madre: ¡Olvídenlo! De ninguna manera vamos a darle la espalda. Al menos por un tiempo creo que lo mejor y lo más justo será que ese muchacho se quede con nosotros.

V

Justina se detiene cuando escucha su celular. Es Ignacio. Le avisa que un compañero aceptó suplirlo en el viaje a Querétaro, así que podrían verse a las nueve, cuando ella saliera de la fonda. La promesa basta para que Justina olvide la discusión de anoche, la mezquindad de sus hermanos y del tío Arnulfo, el silencio consentidor de su padre. Lo único que no logra olvidar y sigue lastimándola es el tono con que su madre llamó ese muchacho a Carlos.

La Jornada, febrero 12, 2016.

Mar de Historias
Tres minutos (116)
Cristina Pacheco

Indiferente al resto de los pasajeros, Ernestina se lleva la bufanda a la nariz y aspira el olor a loción que dejó impregnado en la tela su hermano Reynaldo. Fue tal la sorpresa de verlo que apenas pudo articular su nombre y el saludo que había estado ensayando desde que supo que al fin, después de 11 años de separación, podrían verse, hablar sin teléfono de por medio y tan cerca uno del otro como para sentir sus respiraciones.

Ernestina se quita la bufanda, la dobla, la deja en su regazo y la acaricia con una mezcla de ternura y agradecimiento. Se vuelve hacia la ventanilla. Observa el paisaje pero no lo disfruta. Sólo piensa en lo rápido que sucedió todo a partir de que empezó a caminar sobre el puente hechizo hasta el momento en que pisó suelo texano.

La emocionó verse rodeada por tantas personas que, como ella, se volvían en todas direcciones en busca de sus seres queridos: padres, tíos, amigos, hermanos emigrantes. Fue Reynaldo quien la reconoció: ¡Chaparra linda! –le dijo, como cuando eran niños, inventaban juegos y se escondían para evitar el enojo del padre alcohólico.

Ella se quedó inmóvil los segundos necesarios para reconocer en aquel hombre alto y fornido al jovencito que 11 años atrás la había hecho depositaria de su secreto: Mañana temprano me voy con Joel Palomares a Estados Unidos. No pienso decírselo a mi papá. Si te pregunta algo, dile que no sabes nada. No quiero que vaya a desquitarse contigo porque me fui.

II

En aquella noche remota Ernestina pensó que el proyecto del viaje era un juego, una ocurrencia de su hermano para hacerse el fuerte y demostrarle que no era un inútil, mantenido, como le decía siempre su padre. Aferrada a la suposición, no dudó de que por la mañana volvería a encontrarse a Reynaldo en el pasillo estrecho, en la cocina olorosa a gas, en la azotehuela con los tenderos atestados, la bicicleta enmohecida, el bote rebosante de basura y las columnas de huacales y jaulas que esperaban compradores.

Se dio cuenta de que su hermano hablaba en serio cuando lo vio sacar de bajo la cama una mochila de lona y meter en ella algo de ropa y dos bolsas de plástico negro: Dice Palomares que es necesario usarlas cuando uno cruza el Río. Entonces, ¿si te vas? Reynaldo le señaló la puerta: Mejor vete a dormir. Mañana es día de clases.

Ernestina pasó la noche recostada en la cama, tratando de imaginarse cómo sería ir a la escuela sin su hermano; y después, cómo iba a ser su vida al lado de su padre. Él sólo le hablaba para darle órdenes o interrogarla acerca de la escuela en un tono frío, sin verdadero interés.

Sintió un dolor casi físico de pensar que, en unas cuantas horas, su hermano iba a alejarse; en cambio a él no parecía importarle la separación y ni siquiera lo mencionó. Sólo dijo que se iba y ¡punto! Ernestina sintió que Reynaldo la estaba abandonando. Ya no merecía su cariño ni su solidaridad. En venganza y como único recurso para detenerlo, consideró la posibilidad de acusarlo con su padre.

Avergonzada de sus pensamientos y para huir de la realidad, se ocultó bajo la colcha. En su refugio pasó unos minutos engañándose, ilusionándose con que su hermano iba a renunciar al viaje y que a la mañana siguiente, camino de la escuela, ella lo llamaría mentiroso, hablador. Ya ves que no te fuiste. Su propia voz la despertó del breve sueño.

Hacia el amanecer, escuchó pasos sigilosos y el rechinido de la puerta al abrirse. Era Reynaldo. Ella se fingió dormida mientras él le hablaba: Chaparra: Sé que me estás oyendo. Me gustaría que me dieras tu bendición: eres la única que puede hacerlo.

Ernestina permaneció inmóvil, tratando de acallar los latidos de su corazón y el ansia de suplicarle a Reynaldo que se quedara a su lado; pero no dijo nada, ni siquiera cuando él se inclinó para besarla y decirle: Cuídate mucho. No dejes de quererme porque me voy. Sabes que si no lo hago…

Ernestina se incorporó. Iba a darle la bendición a su hermano cuando se oyeron gritos en el último cuarto. Es mi papá. Ya despertó. ¡Corre, vete! Chaparra: cobíjate. Hace frío, fue lo último que dijo Reynaldo antes de salir.

III

Con esas mismas palabras la había despedido menos de una hora antes, cuando se agotaron los tres minutos de gracia en que los emigrantes y sus familias pudieron convivir en territorio texano. Ella, en cambio, no le había dicho nada, ni siquiera pudo confesarle que la noche de 11 años atrás ella pensó en denunciarlo ante su padre. Él murió sobrio, en el hospital. ¿Se lo había comunicado a Reynaldo? Si, en octubre, cuando él la llamó para decirle que había posibilidades de que se encontraran en El Paso, pero no le aclaró por cuánto tiempo.

Ernestina no quiere seguir pensando y se concentra en el paisaje. Necesita grabárselo para poder recordarlo mientras lo ve otra vez, dentro de un año: el tiempo que tendrá que esperar para volver a reunirse con su hermano sólo por tres minutos. La asusta lo que pueda ocurrir en doce meses. Agobiada, llena de incertidumbre, inclina la cabeza y mira la bufanda. La acaricia, la desdobla, se la enreda en el cuello y aspira el olor a loción que Reynaldo dejó impregnado en la tela. Chaparra: cobíjate. Hace frío.

La Jornada, febrero 5, 2017.
Mar de Historias
Cosas (115)
Cristina Pacheco

I. Un cantoAun los objetos más pequeños tienen alma, guardan secretos, lamentan su dolor, se quejan del abandono, utilizan su propio idioma para contar historias. Los de madera, por ejemplo, se expresan a base de crujidos. Durante el día, a causa del estruendo incesante, resultan imperceptibles. En medio del silencio y la oscuridad de la noche, esas manifestaciones se amplifican de tal modo que llegan a taladrarnos los oídos, nos roban porciones de sueño, sugieren roedores, fantasmas o el leve peso del pájaro en la rama.

Alguien dirá: Cuando por todas partes se escuchan gritos desaforados y discursos, ¿tiene alguna importancia prestar atención a simples rumores domésticos? Sí la tiene. En las pequeñas voces sigue cantando el mundo.

II. Lentillas

Sus pertenencias quedaron donde Nina las dejó. La falda está en el brazo del sillón, con la aguja clavada en un remiendo inconcluso. El abrigo permanece colgado en el gancho, con la bufanda sobre los hombros y las mangas caídas con absoluto abandono.

Los zapatos continúan a un paso de la cama. Junto quedó la bolsa abierta y, disperso en el suelo, algo de su contenido: la cartera, una caja de pastillas, el lápiz labial, un paquete de pañuelos desechables, una libretita de direcciones y el llavero. Nina lo olvidaba con mucha frecuencia. Esta vez no. Lástima que ya no vaya a necesitarlo. A donde fue no hay puertas que abrir, ni qué cerrar, ni nada.

Lo que más me impresiona son los lentes de contacto de Nina. Se los quitaba por las noches y los ponía a la orilla del lavabo. Son catorce: dos para cada día de una semana que comenzó igual que todas y terminó de pronto, a media noche del sábado.

Al ver las hojuelas de silicona es inevitable pensar que en su ligereza quedaron atrapadas imágenes de las cosas que Nina vio antes de cerrar los ojos para tomarse un descanso de quince minutos, sin sospechar que se prolongaría hasta donde ya no puede medirse el tiempo.

Los lentes de contacto se han vuelto rígidos y arriscados. Si enciendo la luz resplandecen como los ojos de Nina cuando lloraba. Aún no me atrevo a tirarlos.

III. Hombre de perfil

Entiendo muy bien que los gritos de los niños la tengan preocupada. Cuando llegué a trabajar aquí me sucedió lo mismo. Me extrañaba que eso fuera un juego y en cambio no les atrajeran los cuentos, los libros para colorear, los caleidoscopios ni los rompecabezas. Los de flores, mapas y paisajes son muy bellos; pero ninguno como el de la marina. Cuando al fin logro armarla, de tan real, me produce la sensación de que las olas van a desbordar la mesa y a salpicarlo todo con su espuma.

Se los he explicado a los niños, pero no consigo interesarlos. A ellos les resulta mucho más atractiva la foto junto a la ventana. Se ve algo borrosa, dista mucho de ser artística y sin embargo les encanta. A mí también. No tiene firma ni está fechada.

Me divierte suponer que el fotógrafo la tomó en el Zócalo, una tarde lluviosa de octubre.

Habrá notado que en la imagen sobresale un tranvía. Lo rodea una multitud de hombres que parecen ansiosos de abordarlo. Llevan borsalinos y están de espaldas a la cámara, excepto uno. De medio perfil, se ve como dispuesto a responder al saludo de alguien que lo llama por su nombre: ¿Rubén, Santiago, Elías, Antonio…?

Es lo que usted oyó gritar a los niños: nombres. Y desde luego no entendió por qué lo hacían. Yo tampoco, hasta que Armando me explicó que los coreaban para ver si el hombre en perfil de tres cuartos se volvía hacia ellos. No ponga esa cara. Trate de entender: es sólo un juego de niños abandonados que esperan lo que jamás sucederá. Los adultos también vivimos anhelando imposibles.

¿Puedo preguntarle algo personal? ¿Nunca ha corrido detrás de alguien a quien creyó reconocer en una calle repleta? Yo sí. Varias veces grité un nombre –su nombre– en medio de la multitud y siempre terminé deshaciéndome en disculpas y huyendo avergonzada.

Para evitarme el mal trago, siguiendo el ejemplo de los niños, prefiero desahogarme ante la foto que está junto a la ventana. Cuando nadie me ve y aunque sepa que no obtendré respuesta, le pregunto al hombre en perfil de tres cuartos: ¿Eres tú? En la imagen no cambia nada. Todo permanece inmóvil bajo la lluvia de octubre.

La Jornada, Enero 29, 2017.

Mar de Historias
Toda una eternidad (114)
Cristina Pacheco
En abril se nos presentó el licenciado Zavaleta, el administrador de la señora Robles, para informarnos que su patrona quería que le desocupáramos los departamentos. En su lugar piensa construir una torre ejecutiva. Esos términos no significaban nada para nosotros. Lo importante era saber de cuánto tiempo disponíamos para mudarnos. Hasta enero.

La breve respuesta nos dejó aún más aturdidos y sólo Magali, mi vecina, se atrevió a preguntar: ¿A qué alturas de enero, licenciado? El mes tiene treinta y un días. Que no pase de enero, fue la respuesta. Argumentando nuestras exigencias familiares y limitaciones económicas, le pedimos un plazo más amplio. Dijo que era imposible. Hubo protestas, súplicas, gemidos. El licenciado Zavaleta no hizo el mínimo intento por comprender lo que significaba para nosotros abandonar el edificio donde habíamos vivido durante años, y algunos, como Esthercita y Marco Antonio, desde que se inauguró, en el 80.El administrador interrumpió nuestras explicaciones porque, según dijo, necesitaba hacer una llamada en su celular. Con el pretexto de que la recepción era muy mala salió a la puerta, luego a la calle y al fin se largó en su coche dejándonos como regalito dominical una muy mala nueva y el olor empalagoso de su loción.

II

Mis vecinos y yo pasamos el resto de la mañana comentando la noticia, lamentando no haber destinado el dinero de las rentas a pagar las mensualidades de una casa o un simple cuarto redondo, ¡pero nuestro!

Pronto surgió la pregunta más inquietante: ¿adónde iríamos? Las posibilidades de alquilar otro departamento eran lejanas, si no es que inalcanzables, por los altos costos de las rentas y las absurdas exigencias de los arrendadores. Algunos cobran en dólares, otros no aceptan a familias con niños, la mayoría no permite que sus inquilinos fumen o tengan animales.

Nico gimió. Tiene siete perros, incluido Gonzo, un cachorro que recogió, a punto de ser atropellado, en pleno Circuito Interior. Dijo que prefería vivir en plena calle antes que separarse de Pocho, Taco, Fiel, Dandy, Pecas, Jade y Gonzo: sus niños.

Por animarlo, Elvira, la vecina del 12, le dijo que no se preocupara, la situación no era tan dramática. Faltaban nueve meses para enero. En ese tiempo podían suceder muchas cosas: desde que él encontrara un lugar apropiado donde alojarse con sus perros hasta que la dueña se olvidara de construir la dichosa torre ejecutiva.

Esto nadie se lo creyó. Lo otro sí: de abril a enero había una eternidad. En vez de torturarnos imaginándonos en situaciones extremas, debíamos serenarnos y, muy importante, mantener el ritmo de siempre y esperar un milagro. ¿Por qué no? Todavía suceden. Como prueba, el increíble rescate de Gonzo.

Acatamos los consejos de Elvira y, siempre inquietos ante las perspectivas, seguimos adelante con nuestra vida llena de trabajo, compromisos, exigencias, sorpresas, visitas al médico, desencuentros, celebraciones. En medio de tan frenética actividad ¿quién volvió a pensar en enero? ¡Nadie! Hasta que llegó.

¿Pero cómo? ¿Tan pronto?, dijimos al recibir la visita del administrador. A finales de diciembre fue a recordarnos que antes del l5 de enero el edificio debía estar completamente desocupado. Aprovechó para decirnos que no se explicaba nuestra demora. Arrebatándonos la palabra, le explicamos que nos habíamos quedado allí por apego al edificio, por no tener adónde ir, por no encontrar una vivienda al alcance de nuestras posibilidades. Todo era cierto, pero en el fondo creo que permanecimos en nuestros departamentos en espera de que algo desviara el proyecto de la señora Robles en nuestro beneficio. No fue así.

III

La última semana en el edificio fue espantosa. A pesar de los adornos navideños, todo se veía triste. Los corredores y las escaleras se volvieron intransitables a causa de los muebles, cajas y maletas dejados en cualquier parte mientras llegaban los camiones de mudanza. Por las puertas abiertas de los departamentos se veía el mismo desorden.

Vivo sola. No pensé necesario pedir ayuda para empacar mis cosas. Me sorprendió que fueran tantas y que hubieran cabido en un espacio tan pequeño. Con los muebles amontonados, se me volvió inmenso y hostil. Insoportable.

Salí de prisa. La mudanza esperaba. Mientras los cargadores iban a mi departamento me quedé en la puerta, tratando de no pensar en nada, ni siquiera en que mis muebles irían a dar a una bodega y yo al cuarto que me prestó Irene, una antigua compañera de trabajo. Lo ocupa su hijo. Podré quedarme allí hasta que él regrese de viaje, en abril. El lunes empezaré a buscar otra vivienda. No quiero que llegue el momento en que tenga que salirme del cuarto y decir: ¿Tan pronto? ¿Pero cómo? Tres meses no son una eternidad. Ningún tiempo lo es.

La Jornada, Enero 22, 2017.
Mar de Historias
Magia Blanca (113)
Cristina Pacheco

Chelina vino a avisarme que un señor llevaba rato esperando que lo recibiera. Era mago. Quería una oportunidad para trabajar en el circo. Llegó en mal momento. El negocio anda pésimo. De milagro he podido conservar mi planta de once actores. Unas semanas puedo pagarles, otras no. A pesar de esa irregularidad, siguen trabajando, aunque cada vez más desganados.

De todas formas admiro su capacidad para cubrir todas las plazas: hay noches en que la hacen de payasos, otras actúan en el trapecio o en la pista bailando. Nunca me fallan. Si se lo pidiera a La Barranqueña, estoy segura de que aceptaría disfrazarse de Mujer Barbuda. La auténtica, Monina, tomó un medicamento que, inexplicablemente, le dejó la cara como nalguita de bebé con salpullido. Ahora se encarga de componer el vestuario.

El único papel que ninguna de mis gentes quiere hacer es el de mago. Se sienten incapaces de igualar a Cipriano el Magnífico. Era buenísimo, pero muy tomador. Una noche le advertí que si volvía a presentarse borracho a la función, quedaba despedido. Muy digno, se largó. Ahora da funciones en las escuelas y los fines de semana en los mercados.

Me imagino que al Magnífico le va como a todos: ¡de la chingada!, porque a cada rato me manda decir con Morenito que su sueño es volver al circo. No pienso recontratarlo ni porque me haga falta, sobre todo ya entrada la noche, cuando me calentaba bien rico los pies.

II

Aunque me doliera reconocerlo, tuve que aceptar que la ausencia de Cipriano había sido causa de que bajaran todavía más las entradas. Empezaron a disminuir cuando nos prohibieron la atracción principal: los animales. Contra mi voluntad, tuve que deshacerme de los grandes. A Chicha, la orangutana, me la recibieron en Puebla. A Pacorro, el león, no me quedó más remedio que mandarlo a Villahermosa, con todo y que sé cómo le afecta el calor. Conservo nada más las gallinas. Su número sicodélico gusta muchísimo, pero no me atrevo a presentarlo por miedo a que las autoridades me caigan y me acusen de explotadora o algo más terrible.

Anoche no dormí pensando en que necesito un mago. Por eso esta mañana la llegada del aspirante al puesto me cayó de perlas. Le pregunté a Chelina qué aspecto tenía. Me dijo: Bien, bien; sí, muy bien. O sea: quedé en las mismas. No me preocupé: lo que importaba era su trabajo. Decidí entrevistarlo y hacerle una prueba. Con eso no perdía nada y a lo mejor ganábamos los dos.

Estaba lista para cualquier sorpresa, menos para la que me llevé cuando vi a un hombre de cabeza muy grande, sin cuello y muy bajo de estatura.

Su sonrisa era lo único notable en su cara. Le pregunté su nombre: Jardiel. ¿A secas? Sí. Por lo visto tendría que sacarle las palabras con tirabuzón. Le pedí que me dijera en qué escuela de magia había estudiado y si utilizaba aros, barajas, flores, mascadas, palomas o cajas. Abrió los brazos como si lo abarcara todo. Necesitaba comprobar su versatilidad. Le propuse que me hiciera una demostración en la pista, ante la compañía. La palabrita debe haberle impresionado porque se puso encendido. Fingí no darme cuenta y le señalé el gancho donde estaban el turbante y la levita de el Magnífico.

III

Un cobrador me entretuvo. Llegué a la carpa unos minutos después que mis colaboradores. Ojerosos, despeinados, mal-vestidos-a-medias, no parecían muy interesados en la demostración de magia. Para provocarlos, les mentí: Aunque no lo crean, el tipo hace maravillas. No obtuve respuesta.

Como operador de sonido, Tadeo puso una, dos, tres veces las fanfarrias con que principian las funciones. Jardiel no apareció. Chelina tuvo que darle un empujón para que saliera. Tomado por sorpresa, el hombre perdió el equilibrio, se enredó en los faldones de la levita demasiado larga y cayó al suelo. Rápido se puso de pie y se acomodó el turbante. Le quedó chueco.

Oí rumores. Los ignoré y le hice una señal a Tadeo. Él se acercó a las botellas musicales y tocó un trozo de Pimpón, la contraseña para que aparezca Mimí, la ex asistente del Magnífico Sonriente, vaporosa, le entregó al aspirante diez aros cromados. Jardiel los recibió sorprendido y luego se dedicó a frotarlos contra su manga. Sus manos eran poco hábiles y los aros se dispersaron en todas direcciones. En el afán de recogerlos, Jardiel corría de un lado a otro, gateaba hasta que al fin, otra vez enredado en los faldones, cayó de boca.

La escena no produjo rumores, sino risas que luego se convirtieron en carcajadas. Jardiel no se molestó; yo sí, y mucho. Por más torpe que hubiera sido, Jardiel no merecía tal escarnio y grité: Por Dios, ¡dejen de burlarse de ese hombre! No es justo. Él sólo trató… No estamos burlándonos, me interrumpió La Barranqueña. Me volví hacia ella: Ah, ¿no? Entonces, explícame. No sé los demás. Yo me reí porque necesitaba hacerlo. Enseguida escuché palabras muy semejantes.

Aún no entiendo bien esas reacciones. ¡Qué más da! Lo importante es que volví a oír la risa de mis compañeros. Jardiel logró lo que parecía tanto o más difícil que el más elaborado acto de magia: devolver las ganas de reír a mi gente. Hace un rato, cuando nos despedimos, le dije que sólo por eso para mí él era el mejor mago del mundo. Ignoro si Jardiel me creyó, pero noté su sonrisa.

La Jornada, enero 15, 2017.

Mar de Historias
La otra mujer (112)
Cristina Pacheco

Llevo siete meses acompañando en sus caminatas a doña Yolanda. No me necesitaría si hace un año no se hubiera caído en el parque. Pudo ser de consecuencias fatales. Afortunadamente no hubo fracturas, pero se golpeó la sien derecha y eso le provoca cierto desequilibrio.

Doña Yolanda tuvo miedo de que de sufrir otro accidente, verse obligada a esperar horas en un consultorio, pasar minutos al teléfono escuchando las advertencias de su hijo Felipe. Además de que la aburren, hacen que se sienta milenaria: Mamá, aunque te choque, estoy de acuerdo con lo que dice mi esposa: ya no debes usar tacones altos… ni leer mientras vas caminando… ni salirte sin avisarnos adónde vas… ni, ni, ni. ¡Qué aburrición!

Para evitar nuevos riesgos, ella misma le pidió a Felipe que le consiguiera una asistente. Al cabo de muy pocos días, él vio en la calle, pegado en un poste, nuestro anuncio: Cuidadoras Profesionales. Día y noche. Fui la afortunada: me contrató.

Temo que no duraré mucho tiempo en este trabajo. Varias veces la señora Yolanda me ha dicho que, según se presente la situación económica, tendrá que reducir gastos para no causarle problemas a su hijo. Lo entiendo, pero lamentaré quedar desempleada precisamente ahora que los precios están subiendo.

II

En los meses que llevo de tratarla, he llegado a encariñarme con mi patrona. Ella me suplica que no la llame así, ni le hable de usted porque también la hago sentirse vieja. Ya bastante se lo recuerda (dice sin ánimo de ofenderme) necesitar de mis servicios. Me pide imposibles. No puedo tutearla, ni siquiera imaginarme preguntándole: ¿cómo dormiste o ¿por dónde se te antoja que caminemos mañana? El trato que le doy es el correcto.

Según me contó, durante quince años tuvo una escuela de pintura y dibujo. A eso se debe que muchos vecinos la conozcan o crean conocerla. Lo digo porque a veces se le acercan personas que la confunden con otra mujer. A ella no le molestan los equívocos, más bien creo que le divierten.

III

La primera tarde que caminamos juntas, un chaparrito con un lunar en el párpado izquierdo se fue directo hacia doña Yolanda gritando: Beatriz, ¡estás igualita, pero sin el uniforme! Nunca he olvidado nuestros años en la Academia Minerva. Para que veas que no miento, te diré que eras la l2 en la lista de asistencia, Gallegos el 20 y yo el 23. Ella hizo un gesto de admiración: No me extraña que lo recuerdes: siempre tuviste memoria de elefante. El hombre, crecido por el elogio, le preguntó si acostumbraba pasear por ese andador. De ser así, quizá volvieran a encontrarse. Ella respondió con una frase vaga y una sonrisa promisoria.

En cuanto el chaparrito se alejó le hice ver a mi patrona que él la había llamado Beatriz y no Yolanda. Lo noté, pero no me atreví a corregirlo. Habría hecho pedazos su gran motivo de orgullo: conservar la buena memoria.

IV

Después de aquella tarde, en varias ocasiones tuvimos experiencias semejantes: una mañana de agosto, una mujer con un perro chihuahua entre los brazos se acercó diciendo: No me lo digas: ¡tú eres Rebeca! Estás en una foto con mi hermana Graciela: siempre me hablaba de ti. Hace dos años que Chela no vive en México. En la Feria de las Naciones conoció a un holandés. Se hicieron novios, se casaron y ahora radican en Holanda. Vendrán el próximo diciembre. A mi hermana le daría muchísimo gusto verte. Cuando llegue te aviso. No traigo en qué anotar. Te dejo mi teléfono. Y perdona que me vaya tan rápido, pero me están esperando.

La mujer del perrito desapareció en el interior de un coche enano. Dije que me era imposible imaginar la casa de Graciela en Holanda. “A mí no –respondió mi patrona. –Hay dos bicicletas en el garage, un reloj de cucú en una pared blanca, queso en el refrigerador y un florero con seis tulipanes que se marchitan despacio durante noches muy largas.” Las imágenes me hicieron reír.

V

En nuestra segunda caminata de hoy ocurrió algo especial. Al pasar frente a La Ronda, un café muy agradable, vimos que había poca gente y entramos. A un lado de nuestra mesa conversaba una pareja; al otro, una muchacha sentada en posición de loto escribía en su computadora. Pedí un té verde. Doña Yolanda tardó en ordenar: Se me antoja un cortado con un poquito de canela en polvo. Sólo para darle sabor –agregó como si tuviera que justificarse.

Luego, se puso a contarme que de Navidad su hijo le había regalado Los diarios de Emilio Renzi. Empezaba a leerlo y… se interrumpió al ver frente a nuestra mesa a un hombre ya mayor, vestido con ropa de pana, que la miraba absorto: ¿Pasa algo? El hombre le sonrió: Reconocí tu voz. Veo que sigue gustándote el café cortado con chispas de canela. Aún es mi preferido. Me recuerda tantas cosas. Bueno, tú sabes… Hizo una discreta reverencia y abandonó el local.

La intensidad con que doña Yolanda siguió mirando al hombre que se alejaba por la avenida me hizo preguntarle si lo conocía. No, pero me hubiera gustado ser la dama con quien me confundió.

La Jornada, enero 8, 2017.

Mar de Historias
Cena fría (111)
Cristina Pacheco

Ollitas de barro, latas con engrudo, tijeras, hojas de periódico, papeles de colores inundan la mesa frente a la que Itzel y Carolina decoran piñatas miniatura.

Itzel: –Las monjitas quieren que les entreguemos el pedido a más tardar el viernes. (Mira hacia la ventana.) Se me hace buena onda que les hagan cena de Navidad a los chamacos asilados. Cuando salen formaditos a la iglesia casi lloro de pensar que son huérfanos. (Cesa la música navideña que salía de la radio.) ¿Por qué lo apagaste?

Carolina: –Llevan horas poniendo villancicos. ¿No tendrán otra música?

Itzel (mirando de reojo a su amiga): –Por si no te has enterado, ya va a ser Na-vi-dad.

Carolina: –¿Crees que no lo sé? Mis gemelas no hablan de otra cosa.

Itzel: –Lógico, son niñas. ¿Qué vas a hacer para la cena?

Carolina: –¡Corajes!

Itzel: ¿Y eso? (Escucha la cumbia que anuncia una llamada en el celular de su amiga.) Es tu teléfono. ¡Contesta!

Carolina: –No. De seguro es Javier para que le diga si ya hablé con mi mamá. (Saca de su bolsa el telefonito, lo apaga y lo deja en la mesa.) Quiere que le llame para decirle que nos vamos a Taxco y no tendremos cena.

Itzel: –¿Me creerás que nunca he ido a Taxco? Dicen que es precioso. Allá la van a pasar muy bien.

Carolina: –Es que no vamos a ir a Taxco ni a ninguna parte. Cenaremos en mi casa, pero Javier inventó lo del viajecito porque no quiere que mi mamá cene con nosotros. Según él, este año le toca a mi suegra visitarnos.

Itzel: –¿Doña Clara y tu mamá no se llevan?

Carolina: –No, y todo porque un día de mi cumpleaños Javier no me regaló nada. Mi mamá, que ya te he dicho cómo es, muy sonriente como que se lo reprochó. Doña Clara le dijo: Consuegra: acuérdese que entre marido y mujer, nadie se debe meter. ¿Crees que mi madre se iba a quedar callada? No, ni en sueños. Lo que se dijeron las dos mejor ni te lo cuento. El caso es que hasta la fecha no pueden verse ni en pintura.

Itzel: –¿Y qué vas a hacer?

Carolina: –Todo, menos desinvitar a mi madre. Anoche volví a decírselo a mi esposo, pero él insiste. Dice que si mamá viene a la cena él nada más no se presenta. ¿Adónde piensa ir? ¡No sé ni me importa!

Itzel: –¿Y cómo vas a explicarles a tus gemelas que su papá no las acompañe a cenar?

Carolina: –Pues diciéndoles que Javier se quedó a trabajar en el restorán. Otras veces ha pasado, así que van a entenderlo. (Sonríe orgullosa.) Son listísimas, y eso que todavía están chiquitas. Les digo mis bebés aunque hayan cumplido cinco años. (Escucha golpes en la ventana.) Es la madre Consuelo. Da una lata…

II

Carolina (se aleja de la mesa y contempla las piñatas decoradas): –Quedaron bien bonitas. A los niños les van a encantar ¿no crees? (No obtiene respuesta.) ¿Me oíste?

Itzel: –Sí, pero estaba pensando en tu cena.

Carolina: –Ya te dije que para mí no será ningún problema. Si Javier no quiere asistir, lástima, porque se va a perder mis romeritos. (Ve la expresión de Itzel.) ¿Sigues preocupada?

Itzel: –Por tus hijas. Nunca olvidarán que su padre no las acompañó esta Nochebuena.

Carolina: –A su edad, todavía no se dan cuenta bien, bien, de las cosas.

Itzel: –Te equivocas. Lo sé por experiencia. (Ordena los papeles de colores.) Fíjate que cuando yo tenía más o menos la edad de tus gemelas nos fuimos a vivir a San Luis Potosí. Mi papá nos alquiló una casa toda amolada donde lo único presentable era el comedor. Los dueños nos lo dejaron equipado con una mesa grande, seis sillas y dos trinchadores. No creo que hayan sido nada del otro mundo, pero esos muebles a nosotros nos parecieron maravillosos. Además, la puerta de madera tenía de la manija para arriba vidrios biselados, cosa que nunca habíamos visto.

Carolina:–¡Qué precioso!

Carolina: –Estábamos encantados, felices. El día 24, muy temprano, mi padre nos dijo que tenía que salir a cobrar un dinero y a comprarnos regalos, que regresaba en la tardecita. Mi madre quiso darle una sorpresa y me llevó al mercado a comprar un pollo, flores, dulces, fruta, pan y una botella de sidra.

Carolina: –Todo para una cena en forma.

Itzel: Sí, en la mesa no faltó nada, lástima que mi padre no haya llegado en toda la noche. (Junta las manos a la altura del pecho.) Ya pasaron añísimos de y sin embargo jamás he olvidado la silla vacía, la cena enfriándose en la mesa y mis ganas de llorar.

La Jornada, diciembre 16, 2016.
Mar de Historias
Él volverá (110)
Cristina Pacheco
I
El papi más lindo del mundoA pesar de todas las experiencias anteriores, Amelia no pierde la esperanza de que su marido regrese. Durante cuatro años, cada vez que hablan por teléfono –ella desde la caseta improvisada en Ocumichu, Lucio desde quién sabe dónde– él le ha prometido que volverá para celebrar juntos la fecha en que se conocieron (febrero), su aniversario de bodas (junio), su cumpleaños (agosto), el de su hija Guadalupe (noviembre) o la Navidad.Han pasado las fechas señaladas sin que Lucio haya cumplido su promesa. Al cabo del tiempo Amelia se ha vuelto experta en reprimir su desencanto. Para desvanecer el de su niña, justifica las ausencias paternas inventando motivos que engrandecen la figura de Lucio: No llores, mi amor. Si papá no vino es porque tiene dos trabajos: quiere juntar mucho dinero para comprarte todo lo que quieras. Papá me habló anoche por teléfono. Ya estabas dormidita y no quiso que te despertara. Me pidió que te dijera que siempre piensa en ti y que va a mandarte un regalito porque sabe que te portas muy bien.Para fortalecer la imagen del padre generoso y atento, Amelia compra en el tianguis algún juguete (empaquetado en una caja con instrucciones en inglés) y se lo entrega a Guadalupe en nombre de Lucio: Lo mandó a la fábrica porque pensó que allá era más seguro que lo recibiera. ¿Te gusta?Por la expresión y los comentarios de Guadalupe, Amelia se da cuenta de que su hija le cree y cada vez se siente más orgullosa de su padre. Lo adora porque siempre que puede le envía regalos lindos y en la foto que le mandó cuando era muy chiquita él sonríe feliz. De seguro tu padre estaba pensando en ti cuando se la tomaron, le dice Amelia.Este año, como ya puede escribir mejor, Guadalupe está dibujando una tarjeta: Para Lucio: el papi más lindo del mundo. Allí aparecen dibujados –con una torpeza que conmueve a Amelia– ella y su padre junto a un pino lleno de esferas rojas con chispitas de diamantina. Protegida con papel celofán, piensa entregársela cuando venga a visitarla esta Navidad.Amelia piensa que, si como otros años, su marido no vuelve para las fiestas decembrinas, ella tendrá que sobreponerse a su tristeza, inventar nuevas justificaciones y traerle a la niña algún juguete supuestamente enviado por su padre. En cuanto a la tarjeta, quedará junto a la televisión, quién sabe por cuánto tiempo, hasta que poco a poco, la diamantina se desgrane, el cartón se deforme y la alegría del rencuentro se deje para otra fecha memorable en que tal vez regrese el papi más lindo del mundo.II. Exceso de velocidadAurelia cede a la tentación de marcar el número del supermercado. Enseguida escucha, sobre un caótico fondo musical, una voz grabada que solicita sus datos, le pregunta si es su primera compra y le da indicaciones: Digite el número telefónico con que lo registramos. (Pausa.) ¿Desea hacer su pedido? Digite nueve o espere en la línea. Uno de nuestros empleados le atenderá.Aurelia se muerde los labios hasta que al fin oye una voz real, afable: La atiende Néstor. ¿En qué puedo servirle? Quiero hacer un pedido exprés a domicilio. ”Adelante por favor, la escucho.” Aurelia enumera los mismos diez artículos de siempre. Cuando termina, como si no lo supiera, pregunta cuánto tardará su pedido. Entre una hora y una hora y veinte. ¿Algo más en que pueda servirle. No, gracias.Aurelia cuelga y se dirige al baño para arreglarse el cabello y comprobar que esté bien abrochada la blusa que le regaló su hijo Luis Alberto en el último diciembre que pasaron juntos. Mientras espera dirige su atención a los rumores de la calle, impaciente por oír la motocicleta del repartidor.Reza para que sea el joven que se parece tanto a Luis Alberto. La primera vez que el empleado fue a entregarle su pedido casi se desmaya al verlo y en el momento de pagarle lo llamó con el nombre de su hijo. El joven la corrigió: Me llamo Oshio. No sabía. Pero qué bueno que me lo dijo, así para la próxima…Después de aquella tarde, Aurelia ha llamado varias veces a la tienda y ha hecho el pedido con la esperanza de que vaya a entregarle la mercancía Oshio, el muchacho que se parece a su hijo en la estatura, el color de los ojos, el tono de piel, la sonrisa y hasta en la violencia con que acelera su motocicleta.A veces es tan viva la ilusión de encontrarse frente a Luis Alberto que, apenas cierra la puerta, bendice al empleado, le suplica que no maneje tan rápido y que le llame por teléfono en cuanto pueda. Así fue la breve ceremonia con que despidió a su hijo hace ¿cuántos años? Aurelia podría saberlo con sólo leer el periódico donde se enteró de la noticia: Esta madrugada cayó del segundo piso del Periférico un joven que conducía una motocicleta. Por su credencial de elector fue posible identificarlo como Luis Alberto Hernández Roa. Testigos oculares aseguran que el accidente se debió a exceso de velocidad.La Jornada, diciembre 11, 2016.
Mar de Historias
Feíto (109)
Cristina Pacheco

Rodolfo acaba de publicar su primera novela. El gusto de ver realizado su anhelo de tantos años desapareció el día en que Jenny, encargada de eventos especiales en la editorial, le informó que debía presentar su libro en el ciclo de conferencias Tinta fresca. Desde entonces ha estado preocupadísimo: no sabe qué dirá en la media hora que le asignaron. Treinta minutos le parecen una eternidad en un auditorio que imagina vacío.

Sus temores nacen de la inseguridad. Rodolfo debe creer en el valor de su trabajo y asumir las consecuencias, sean buenas o malas. Lo enfado. Me reprocha que no lo comprenda. Se equivoca. Entiendo sus miedos, pero tiene que vencerlos y darle a su libro la oportunidad de que alguien lo lea. ¿No lo escribió para eso?

II

Cada vez que suena el teléfono sé que es Rodolfo. Llama para preguntarme otra vez en qué tono debe escribir su presentación o para leerme las citas literarias que piensa mezclar con su texto para darle un toque más profesional. No lo conseguirá y, además, el público no quiere saber cuánto ha leído, sino quién es él, cómo nació el impulso de escribir su novela, qué método siguió.

Sonó el teléfono. Lo dicho: era Rodolfo. La voz le temblaba y sé que mientras hablábamos iba de un lado a otro con el cigarro en la mano. Me disgusta que haya vuelto a fumar, pero no se lo reprocho. Comprendo que en este momento necesita un desahogo , un apoyo, aunque sea tan frágil y evanescente como el humo.

Lo mismo que en sus llamadas anteriores, lo escuché auto denigrarse y decirse arrepentido de haber publicado su novela. ¿Quién la leerá cuando a diario aparecen decenas de libros buenísimos? Para colmo el suyo, dice, ni siquiera tiene un epígrafe en francés o en alemán.

La perspectiva de la presentación tiene a Rodolfo aterrorizado. Está pensando en llamar a sus editores para decirles que pescó, no sabe cómo ni en dónde, una infección en el oído y no está en condiciones de presentarse ante el público. Otra razón para no hacer acto de presencia, según él, es que no tiene nada más que decir porque ya todo lo dijo en su libro. Ahora le parece que es malísimo desde el título: Solo de soledades.

Como he leído la novela, lo encuentro muy acertado. De todas formas le pregunté a Rodolfo si alguna vez pensó en otro nombre. “Sí: Desde debajo de la cama.” Me pareció cacofónico, raro y largo, pero me concreté a preguntar por qué lo habría preferido. Tiene que ver con los motivos que llevan a una persona a convertirse en escritor. ¿Te refieres a ti? Su silencio fue una respuesta inspiradora. Podrías contar eso en la presentación de tu novela. No me gusta hablar, me pongo muy nervioso. Entonces escríbelo como si estuvieras platicándoselo a un amigo.

Su respiración se normalizó y hasta creí que sonreía cuando me dijo: Si logro hacerlo, ¿puedo leértelo por teléfono? Mejor mándamelo en un correo. Así lo veré con más detenimiento. Prometió que lo haría esta misma noche.

No le creí. Varias veces me ha llamado para leerme su texto de presentación y nunca pasó de los agradecimientos a los editores, la familia, el maestro que fue su primer lector, los amigos que le brindaron su apoyo (entre los que se encuentra mi hermano Ezequiel). Luego, antes de abordar el tema principal, lo borró todo y colgó.

IV

A las 10 de la noche revisé mi correo y ¡nada de Rodolfo! Iba a llamarle para decirle que allá él si no quería darle un empujoncito a su libro, pero se me adelantó. ¿No es muy tarde? No. ¿Qué pasó con el texto? Ya tengo un borrador. ¿Seguro? Si quieres te lo leo, pero te advierto que no oirás nada grandioso ni heroico, sino más bien común. Le falta mucho, tengo que desarrollarlo y luego corregirlo. Deja las explicaciones. Te escucho.

“Fui el último y el único inesperado de los l1 hijos que tuvieron mis padres. No abrigo queja alguna contra ellos. No creo que haya habido crueldad o desamor en el hecho de que me llamaran Feíto ni en que, por motivos de su excesivo trabajo, no me concedieran la atención que brindaron a mis hermanos. Mucho mayores que yo, pocas veces me incluían en sus juegos. Así que aprendí a divertirme solo: primero inventando amigos invisibles con los que hablaba y luego metiéndome debajo de la cama.

“Ese lugar era mi refugio. Como nadie lo sabía, todos conversaban con absoluta libertad acerca de sus experiencias más íntimas. Muchas me producían una terrible inquietud. Para liberarme de esa carga se las contaba a mis amigos invisibles, pero alterando los hechos reales y los nombres, poniéndole a un cuerpo las facciones de otro. En cierta forma volví a practicar ese juego en mi novela. No existiría si yo no hubiera sido el último de once hijos, un niño solitario y poco agraciado al que todos llamaban Feíto.”

Sé que Rodolfo esperaba mi comentario, pero sólo le dije: Ya hablamos mucho. Ponte a escribir, y colgué. Quiero que llegue el viernes. Sé que Rodolfo tendrá éxito contando algo de su vida. ¿De dónde más podrían surgir las novelas?

La Jornada, diciembre 4, 2016.

 Mar de Historias
Polvo de mariposa (108)
Cristina Pacheco

Los domingos, en el Jardín Central, cuatro jóvenes despliegan sus habilidades como músicos, bailarines y actores a cambio de propinas. Cuando salimos del taller de fotografía, Sandra y yo nos detenemos a verlos. Son talentosos, imaginativos y hábiles para improvisar situaciones, convertir una olla y unas agujetas en una mandolina o hacer figuras con papel de China.

Durante su representación, los cuatro personajes sostienen conversaciones absurdas, juegan con las palabras, se hacen diabluras o tararean una melodía fingiendo interpretarla con instrumentos musicales invisibles. Agradecen los aplausos y luego buscan la participación del público haciéndole preguntas: Señor, cuando usted era niño ¿qué quería ser de grande? Dime la verdad: ¿cómo te cae tu maestra? ¿Te dolió el brazo cuando te hicieron el tatuaje?

Como nunca hay un valiente que quiera contestar, la actriz –Clea, según le dicen sus compañeros– pide silencio, sonríe, va de un lado a otro, se detiene, elige a una persona entre la concurrencia y la invita a pasar al escenario ficticio.

II

Este domingo el seleccionado fue un niñito como de cinco años, divino, al que su madre llamó Alan cuando le dijo que respondiera las preguntas de Clea: ¿Ya sabes leer? Alan asintió con la cabeza. ¿Cuántas historias has leído? Como respuesta, el niño mostró abiertas sus manos. ¿Y recuerdas cómo se llamaba uno de esos cuentos?, insistió Clea con voz almibarada.

Ante el silencio de Alan su madre tomó la palabra: “Le encanta El caballo de siete colores. Cuéntaselo a la señorita, mi vida.” Para estimular a Alan, Clea se acercó al niño. Al inclinarse junto a él se cayó una de las flores blancas que adornaban su pelo. Alan se apresuró a levantarla: Te la regalo, mami: es una mariposa. Las mariposas no pueden ser de nadie. Necesitan vivir en libertad para volar. ¿Por qué? ¡Qué niñito tan preguntón! Mejor vámonos, porque si no… El público se dispersó y los actores se alejaron entre algunos aplausos.

III

Era temprano. Le sugerí a Sandra que buscáramos un café. Encontramos uno recién instalado en el patio de una casa antigua. Las paredes cubiertas de enredaderas, la casuarina al fondo y la fuente de piedra embellecían el ambiente. Luego tomo una foto, dije. Estaría bien, contestó Sandra sin entusiasmo.

Elegimos la mesa del fondo. En cuanto el empleado nos llevó el café me puse a hablar de mis planes porque me interesaba la opinión de Sandra: Cuando termine el taller pienso inscribirme en el curso regular. Ojalá que me acepten. También quiero subir mis trabajos al Face. Tal vez consiga algún trabajito. Sandra no comentó nada. Me di cuenta de que su atención estaba en otra parte y le pregunté en qué pensaba. En Alan.

No me extrañó. También me había parecido un niño inolvidable y lo califiqué de ángel.

Iba a referirme a su madre pero Sandra me interrumpió: Ese niño, ese ángel, como lo llamas, me hizo recordar algo. ¿Qué? Una cosa que a lo mejor no tiene importancia, pero me afectó. Cuéntamela.

III

“Cerca de mi escuela había un jardín. Cada dos semanas, los viernes, el maestro Julio nos llevaba allí para darnos una clase de botánica en vivo. Quería que aprendiéramos a reconocer los árboles y a descubrir las manifestaciones de vida ocultas en sus troncos, follajes y raíces.

“La clase era muy interesante, pero aquellos viernes tanto mis compañeros como yo ansiábamos que llegara la media hora en que el maestro Julio nos permitía organizar competencias de carreras y saltos, mecernos en los columpios o perseguir a las mariposas, pero con orden de no atraparlas.

“Harta de advertencias y prohibiciones –en la casa de mis tías, donde crecí, no escuchaba otra cosa– olvidaba la indicación del maestro y, procurando que nadie me viera, cazaba alguna mariposa en el momento de posarse con las alas cerradas en las flores. Luego, rápido, la metía entre las páginas de mi libro y presionaba para oír el breve crujido de su cuerpo al ser machacado.

“En aquellos momentos no pensaba en mi crueldad ni en el daño a la naturaleza: me invadía la satisfacción de saberme poseedora de aquellas maravillas que nadie más tenía, ni siquiera las condiscípulas que no eran niñas becadas; cada mañana llegaban a la escuela con su papá o su mamá y en las fiestas de la escuela aparecían con disfraces bien hechos, muy lindos.

“Sí, ellas podían ser de mejor clase y tenerlo todo, pero ninguna era dueña –como yo– de una colección de mariposas. Para mirarlas –siempre a escondidas– era suficiente con abrir mi libro.” ¿Lo conservas? Sí, claro. A veces caigo en la tentación de hojearlo y sufro. En mi recuerdo las mariposas siempre aparecen perfectas, brillantes, coloridas, pero cuando las veo sólo encuentro cuerpos petrificados a punto de ser polvo: belleza muerta.

La Jornada, noviembre 27, 2016.

Mar de Historias
Rojo intenso (107)
Cristina Pacheco

De todas las personas que viven en este condominio, sólo llevo amistad con Maclovia. Empezó a trabajar en la casa de don César hace años, muy poco tiempo después de que él enviudó. Más que sirvienta, ella es como un pariente que se interesa por él, le cuida el dinero, procura darle gusto y respeta su manera de ser.

Según lo poco que lo he tratado y por lo que me cuenta Maclovia, me doy cuenta de que don César es un hombre excesivamente discreto, pero de ninguna manera hosco. Saluda a todo el mundo, asiste a las reuniones de condóminos, pero nunca nos ha invitado a su casa. Allí sólo recibe a seis o siete amigos que vienen los miércoles a jugar dominó.

Aunque le dejen la casa en desorden, a Maclovia le caen muy bien los visitantes porque animan a su don César y a ella la divierten con sus ocurrencias. A veces discuten, se pelean, parece que van a llegar a los golpes, pero al final se ríen y prometen futuras revanchas.

Enseguida de que se van sus amigos, don César guarda con cuidado las fichas. Luego pone música y se fuma un puro. Maclovia sabe que el médico se lo tiene prohibido, pero no dice nada y disfruta el olor del tabaco que le recuerda una de las épocas más bonitas de su vida: cuando trabajó en un café del centro adonde iban comerciantes a fumar y a componer el mundo a gritos. A veces, como los jugadores de dominó, parecían a punto golpearse, pero después quedaban tan amigos como antes.

II

Los hermanos de Maclovia conocen y aprecian a don César, pero todo el tiempo la están llamando para aconsejarle que se vaya a vivir a Zacatlán. Allí podría trabajar en la tienda de abarrotes que tienen y, si quiere vivir sola, rentar una casa barata. Me parece que la oferta es muy buena, pero a Maclovia no le interesa. Cuando le pegunto por qué me sale con lo mismo: no puede dejar solo a don César, la necesita para todo porque el pobre no sabe hacer nada. Otra cosa será el día en que él encuentre una compañera.

No dudo que muchas mujeres puedan sentirse atraídas por don César: para sus 65 años, es bastante guapo y se ve muy fuerte; lo malo es que él no tiene amigas ni asiste a las reuniones familiares en las que podría conocer a alguien que le gustara. Luego esas cosas funcionan y acaban en matrimonio. Ojalá, dice mi amiga, pensando en el futuro de don César.

III

Maclovia nunca me visita por la mañana, pero este martes lo hizo. Supuse que había ocurrido algo extraordinario y necesitaba contármelo. No me equivoqué: el lunes como a las cinco de la tarde sonó el timbre en su departamento. Maclovia contestó por el interfono. Una mujer preguntó por César Valles. Necesitaba entregarle el boleto para la comida anual de su generación preparatoriana.

Muy sorprendida, Maclovia le pidió que esperara un momentito y fue a preguntarle a don César si debía abrir o no. ¿A quién? A una señora que le trae una invitación. ¿Te dijo su nombre o de parte de quién viene? Sin responder, mi amiga corrió al interfono y pidió sus datos a la desconocida: Minerva Santos. Fui compañera de César en la preparatoria. Dígale que no le quito mucho tiempo.

Si alguien conoce a don César es Maclovia. A pesar de su expresión amable, ella notó el fastidio que le causaba la inoportuna visita de Minerva: estatura y talla regulares, ojos claros, pelo corto teñido de rubio, cero maquillaje, labios intensamente rojos. Cuando él la saludó ella le puso un sobre entre las manos: Aquí está tu boleto. Esta vez no puedes faltar. Él no supo qué decir.

Maclovia tuvo que hacerla de anfitriona.

En cuanto los vio instalados les ofreció un café. Sí, contestó Minerva alargando la i. Con una respuesta le bastaba y se encaminó a la cocina para encender la cafetera. Procuró tardarse lo más posible en colocar las dos mejores tazas en una charolita y volvió a la sala. En el sillón chico, don César parecía un gato acorralado mientras que Minerva, toda sonrisas, hablaba y hablaba. Maclovia pensó en una forma de pararla y se acercó a ella: ¿Azúcar? Sí, gracias. Una cucharadita no hace daño ni creo que me engorde.

Según Maclovia, en ese momento don César desperdició la oportunidad de decirle algo amable a su visitante, por ejemplo: Te ves muy bien o sigues teniendo ojos bonitos, pero ¡nada! La situación era incómoda y Maclovia prefirió huir a la cocina. Desde allí escuchó el tono ligero con que Minerva hablaba de sus antiguos compañeros, de los cigarros con filtro dorado que fumaba su maestro de filosofía, de los esquimos; pero don César, ¡callado como una tabla!

Alguien tenía que ser cortés con la hablantina: ¿Otro cafecito? preguntó a distancia. Minerva dijo que no, ya era tarde y aún le quedaban otras invitaciones por entregar. Don César no intentó retenerla ni sonrió cuando ella le dijo que, según el número de sus boletos, iban a sentarse juntos en la comida.

Maclovia acompañó a Minerva al estacionamiento de visitantes y regresó al departamento. Don César no la oyó entrar y, creyéndose aún solo, siguió acariciando con mucha suavidad la taza donde había quedado la huella rojo intenso de unos labios.

La jornada, noviembre 13, 2016.

Mar de Historias
Marina sobre negro (106)
Cristina Pacheco

Así que llevábamos dos años en pecado mortal y sin saberlo ni imaginarlo. Nos puso al tanto de nuestra grave situación mi prima Carina. El domingo llegó a visitarnos de improviso. Al verla más alterada y pálida que de costumbre temimos que la hubieran asaltado o que Fito, su perro, hubiese desaparecido una vez más: con esta serían siete las escapatorias que lleva en el año; aunque lo verdaderamente extraordinario es que el animal siempre haya vuelto por su propia pata.

Carina dijo que ninguna de las dos situaciones la angustiaría tanto como la falta en que nos encontrábamos y resumió en cinco palabras: Están viviendo en pecado mortal. A mi prima le gusta difundir noticias catastróficas. Pensamos que esta era una más y nos reímos. Sólo mi mamá, que es muy religiosa, permaneció en silencio, con los ojos entrecerrados, como si estuviera haciendo un veloz examen de conciencia. Mi padre, visiblemente molesto, le preguntó a Carina con qué autoridad nos condenaba. Ella le respondió que desde el Vaticano se había difundido la noticia de que está en pecado mortal todo aquel que conserve las cenizas de sus difuntos, las reparta entre los familiares, las convierta en joyas o las arroje al mar. Lo cristiano es dar sepultura al finado.

II

Carina se refría a mi hermano Miguel. Murió hace dos años en un accidente carretero. Vivimos la tortura de reconocer su cuerpo, velarlo y decidir el destino de sus restos. Mis padres, sabedores de la claustrofobia que desde niño padecía su hijo menor, optaron por cremarlo.

Lo sucedido durante la incineración se me confunde; no recuerdo qué hicimos ni si estuvimos solos; en cambio, tengo clara la actitud valiente de mi padre; la ternura con que mi mamá recibió la urna con las cenizas tibias y se puso a mecerla como si se tratara de un bebé.

Alguien, supongo que un empleado de la funeraria, nos entregó a cada uno un folleto con ofertas de nichos para depositar restos mortales en alguna iglesia. Mi madre dijo que de ninguna manera consentiría en separarse de su hijo, aunque ya sólo fuera cenizas, y anunció que iba a llevárselo a la casa. Tenerlo cerca haría menos dolorosa su interminable ausencia.

De regreso a nuestra casa, penumbrosa y helada, mi madre le pidió a mi hermano Sergio, el más alto de la familia, que pusiera la urna en el primer entrepaño del librero, lo más cerca posible del retrato donde Miguel –muy jovencito, con guayabera y lentes– aparece junto a mi padre en el malecón de Veracruz: su paraíso.

III

Advertir la inquietud que había sembrado con su informe acerca de lo dicho por el Vaticano le dio a Carina cierta autoridad sobre nosotros y, sin que nadie se lo preguntara, nos propuso tres alternativas salvadoras: pedir consejo a un sacerdote, depositar la urna en el nicho de una iglesia o sepultarla en la tumba de los abuelos maternos. Mi hermana Rosario le recordó que sólo a la familia directa le correspondía decidir. Fue un momento embarazoso, pero nos sentimos aliviados cuando Carina se fue sin despedirse.

A solas podíamos tomar una determinación, aunque la verdad todos deseábamos que Miguel conservara su sitio en el librero, desde donde seguiría participando de la vida familiar. Sin embargo, por encima de nuestras aspiraciones flotaba el riesgo que atemorizaba más que a nadie a mi madre: vivir en pecado mortal.

Como si estuviera ajeno a la discusión, mi padre iba de un lado a otro de la sala hasta que se detuvo frente al retrato donde está con mi hermano: Propongo que llevemos la urna a Veracruz y esparzamos las cenizas en el mar. Le recordé que, según el Vaticano, eso también era pecado. Él descolgó el retrato, lo limpió con la manga de su saco y se volvió hacia mí: Dios comprende…

Esas palabras nos emocionaron y lloramos pero, por vez primera en mucho tiempo, de felicidad. Ya más serenos, hicimos planes. Saldríamos a Veracruz el martes por la tarde y dedicaríamos el miércoles a la ceremonia de esparcimiento y al regreso.

Viajamos en la camioneta de Luis. Él y Renato manejaron a trechos. Entre todos pagamos la gasolina y las casetas. Encontrar alojamiento, aunque sólo para una noche, fue imposible. Los hoteles y las casas de huéspedes estaban llenos de familias. En cierta forma nos alegramos de vernos obligados a dormir en la camioneta y a ratos en la arena, igual que cuando éramos niños y salíamos de excursión.

Al amanecer fuimos a Puente de Pescadores. Un hombre oscuro pescaba de una manera rústica. Las olas de crestas encendidas por los primeros rayos de sol se deshacían contra las escolleras. La urna pasó de mano en mano. Mi padre se disponía a abrirla, pero mi madre se lo impidió con un ademán que todos comprendimos: le faltaba valor para ver las cenizas. La urna cayó al agua y enseguida desapareció.

IV

Al mediodía emprendimos el regreso. Estábamos a punto de tomar la carretera cuando mi madre volvió a inquietarse: ¿Y si de veras lo que acabamos de hacer es pecado mortal..? La respuesta de mi padre fue una sonrisa serena y tranquilizadora que significaba: Dios comprende.

Hicimos el viaje en silencio, felices de saber que Miguel descansaría para siempre en otro paraíso: el mar.

La Jornada, noviembre 6, 2016.

Mar de Historias
Equipaje (105)
Cristina Pacheco

Aunque hace mucho que no tenemos espacios disponibles, junto a la puerta sigue clavado el letrero que Celia pintó en una tabla: Se rentan cuartos a mujeres solas. Cada vez menos, pero todavía llegan interesadas que vienen de provincia y necesitan alojamiento por semanas o meses.

Celia no es amable con ellas: por la ventana les grita que no hay habitaciones desocupadas. Le reclamo su brusquedad y me mira como diciendo: Tú cállate y haz lo que tienes que hacer: ir al mercado, cocinar, atender la mesa, levantarla. Así han sido mis días a partir de que perdí mi empleo en la funeraria y Celia, de quien soy antigua conocida, me dio trabajo.

I

Nuestros huéspedes han vivido aquí desde que Celia, a la muerte de su última hermana, decidió rentar las cuatro habitaciones de su casa. Todas tienen marcado el nombre de la ocupante: Matilde, Esther, Olivia y Julia.

Ella fue la última en llegar a hospedarse y la que duró menos tiempo entre nosotras. Cuando se fue acababa de cumplir 63 años, pero tenía una expresión aniñada y traviesa a causa de la notable separación de sus dientes. Nos decía que de niña, en la escuela, esa irregularidad provocaba las burlas de sus compañeros. Cesaron la mañana en que la maestra declaró ante su grupo que esa característica en la dentadura de Julia no era un defecto, sino prueba de que la niña sería una incansable viajera.

Esa tarde, en cuanto se encontraron, le habló a su madre del futuro a que, según su maestra, estaba destinada. ¿No sería maravilloso viajar por todo el mundo, irse lejos? Su madre se alegró, pero después de algunos días se mostró inquieta y lloraba al parecer sin razón, aunque tenía una: el temor de morir cuando su hija se encontrara lejos. En tal caso, ¿quién cumpliría la sagrada misión de cerrarle los ojos?

Julia nos aseguró que su madre nunca le había hablado de eso, tal vez porque la consideraba demasiado joven, pero un día no pudo más: le confesó su terror y la hizo prometerle que mientras ella viviera renunciaría a su destino. Julia respetó la voluntad de su madre y se impuso la obligación de olvidar sus sueños.

No sirvió de nada. En secreto –reconocía Julia– esperaba un milagro, algo que le brindara la oportunidad de viajar. Con el tiempo sus anhelos desaparecieron bajo las exigencias de la vida: terminar sus estudios de contabilidad, conseguir trabajo, atender los asuntos de la casa, cuidar a su madre y hacerla feliz.

II

Julia nos decía que en aquella época nada le interesaba más que sus deberes, ni siquiera las expresiones afectuosas de Damián, su compañero de trabajo encargado de recabar constancias y firmas. La posición de Julia era superior, pero el muchacho no le daba importancia y la pretendía con cierto disimulo.

Recuerdo la emoción de Julia cuando nos contó que un diciembre, al salir de una celebración en la oficina, Damián se ofreció a acompañarla hasta la terminal de autobuses. Ella adivinó que él iba a proponerle algo y acertó. Después de muchos rodeos, Damián le preguntó qué proyectos tenía, quizá pudieran compartirlos.

Julia nos dijo que había interpretado el interés de su pretendiente como una vaga declaración de amor. Experimentó la dicha que había sentido la mañana en que su maestra la señaló como privilegiada y el impulso de hablarle a Damián de aquel momento y del juramento hecho ante su madre.

Segura de que Damián la había oído emocionado, Julia nos confesó su extrañeza cuando, a la mañana siguiente, él se mostró adusto y evasivo. Después, la relación entre ellos nunca volvió a ser la de antes. Julia entendió que el distanciamiento de su enamorado se debía al apego de ella por su madre y a su deseo de cumplirle el compromiso que había hecho con ella: permanecer a su lado hasta el fin de sus días y cerrarle los ojos a la hora de su muerte.

Aunque habían transcurrido años de la pérdida, Julia seguía agradeciendo la solidaridad de sus compañeros y de su jefe al permitirle faltar al trabajo una semana. Julia reconoció que lejos de serenarla, aquella pausa la había hundido en recuerdos tristes, dudas, recriminaciones, sentimientos de culpa.

III

Cada vez que conversábamos acerca de eso, todas le decíamos a Julia que se olvidara por un momento de todo y que al fin se decidiera a cumplir sus sueños de viajar. A veces era tal su entusiasmo que se apresuraba a sacar su maleta y a elegir su ropa y las demás cosas indispensables que necesitaría, como si fuera a emprender el viaje al día siguiente.

Julia nunca se iba; pero al fin, una noche y sin decirnos nada, se fue. Cumplió con el destino que llevaba escrito en los dientes tal como otras personas que lo llevan en la palma de la mano, sólo que ella no tuvo necesidad de equipaje.

La Jornada, octubre 30, 2016.

Mar de Historias
Ya nunca (104)
Cristina Pacheco

Desde aquel martes, ya nunca tendremos que correr a las papelerías en julio, ni será necesario desvelarnos forrando libros y cuadernos antes del 24 de agosto. En lo que resta de este ciclo dejaré de ordenar a Gertrudis que se acueste a buena hora porque mañana es día de clases; tampoco hará falta suplicarle que no ponga esa cara de tristeza, que se alegre: va a disfrutar de un privilegio que miles de niños en el mundo desconocen: ir a la escuela. ¡Pobrecitos! Se quedarán sin saber tantas cosas…

Tampoco asistiremos a celebraciones escolares, ni a fiestas infantiles, ni compraremos películas infantiles, ni será necesario tratar de convencer a Gertrudis de que los payasos son seres mágicos, buenos, inventados para divertir y hacer felices a los niños, y no para hacerles maldades o causarles pesadillas, como las que la hacían despertar llorando y luego pasarse las horas en blanco, hecha una bolita en su cama y con la luz encendida.

Después de aquellas noches de insomnio, la niña no tenía fuerzas para levantarse. Era un triunfo conseguir que lo hiciera y que desayunara. Hasta allí muy bien, pero en cuanto íbamos a salir a la escuela inventaba que le dolía algo: cuando no la cabeza, el estómago o una muela.

Desde hace un mes, o desde no sé cuándo y para siempre, ya no la acusaré de mentirosita ni le repetiré lo que tantas veces le dije: No te duele nada, así que apúrate a meter tus libros en la mochila y por favor no vuelvas a olvidar tus lentes. Nunca le hablé en tono violento ni amenazante, y sin embargo la niña se deshacía en lágrimas.

Ya no tendré que contener mi irritación ante sus arranques ni intentar animarla diciéndole: ¿Qué sucede? ¿No te alegra pensar que en la escuela verás a tus maestros y a tus compañeritos? Un día, invítalos a la casa. Quiero conocerlos, saber cómo te llevas con ellos, de qué hablan.

Aunque quiera, ya no iré con Gertrudis a la escuela ni le haré las recomendaciones de todas las mañanas: Te portas bien, pones atención a lo que diga tu maestra y no juegues en el salón. Para eso tienes la media hora del recreo.

II

En el último patio, un círculo cerrado y Gertrudis en el centro, confundida, temerosa, defendiéndose con sus escudos –los brazos y las manos– para rechazar los empujones, para taparse los ojos y no ver las muecas horribles con que sus compañeros responden a la pregunta de por qué le hacen eso si ella no los molesta, o a la súplica de que la dejen tranquila; para cubrirse los oídos y no escuchar las burlas ni las advertencias: Pinche cuatr-ojos cara de sapo: ¡abusada! Allí viene el prefecto. Si te pregunta por qué estás llorando le cuentas que te caíste. Y ya sabes: si le dices otra cosa ¡no te la vas a acabar!

III

Por más que me lo repita, no logro aceptarlo: no correremos a las papelerías ni forraremos libros y cuadernos, ni tendremos que aconsejarle a la niña que se duerma temprano; tampoco iremos a celebraciones escolares ni a fiestas infantiles, ni será necesario recomendarle a la Turis –como la llamábamos de cariño– que no olvide sus lentes.

No haremos ni diremos nada de eso simplemente porque Gertrudis ya no está, no existe. Optó por huir antes de que sus perseguidores volvieran a acorralarla, ponerle trampas, humillarla, hacerla cómplice de su violencia al imponerle silencio.

IV

Chale, Reyes, no mames: ¿cómo que vas a tirar los lentes de la cuatr-ojos al excusado? Te pasas, güey, pero si quieres ¡va! Puta madre, ya me imagino la cara de la morra cuando vea que no aparecen sus vidrios. Creo que hasta le van a salir más pecas a la pinche Huevo de Cócona. Ya, Márquez, déjate de pendejadas y échame aguas, por si viene alguien. Uno, dos, ¡listo! ¡Vámonos! Eres un cabrón, Reyes. Si la cegata nos acusa con la maestra de haberle quitado sus lentes ¿qué hacemos? No te preocupes por eso, Márquez, no creo que la chava se atreva a abrir el pico, me la traigo bien jodida; pero si raja, lo negamos y hasta la ayudamos a buscar. Para eso somos sus compañeros, ¿o no? Me cae que eres un chingón, Reyes.

V

Ya no tendré que presentarme ante la maestra cada vez que me cite para decirme que está preocupada por el desinterés de Gertrudis; de seguir así, perderá el año. Tampoco necesitaré prometerle a miss Carito que voy a hablar con la niña para que me explique lo que le sucede, por qué están bajando sus calificaciones; de paso le preguntaré por qué se ha vuelto tan callada y huraña, por qué no quiere invitar a sus compañeros a la casa.

Desde aquel horrible martes ya no le diré a Gertrudis que me tenga confianza y me cuente sus cosas, no le recordaré cuánto la amamos ni la haré prometerme que será la misma de antes: alegre, curiosa, inquieta. Eso ya es imposible: la niña se ató una soga al cuello. Los motivos que la llevaron a ese final están en su cuaderno. Los escribió con el mismo plumín que usamos para marcar en la pared lo que había crecido en los últimos meses.

Gertrudis fue una niña linda y bastante desarrollada para su edad. Siempre pensé que sería una mujer muy alta.

La Jornada, octubre 24, 2016.

Mar de Historias
No quiero marido, no (103)
Cristina Pacheco

El departamento es muy pequeño. Lo vuelven asfixiante la abundancia de muebles, adornos y retratos. La música que sube de la calle dificulta la conversación entre las dos mujeres que se encuentran allí. Fátima, la madre, va de la cocina al comedor visiblemente nerviosa. Verónica, su hija, la sigue.

Verónica: ¿Todavía estás enojada?

Fátima: No me gusta que Rubén se quede a dormir contigo. Si quiere que seas su mujer, que se case y te ponga aunque sea un cuarto redondo.

Verónica: ¿Crees que no nos gustaría? Pero es imposible. Con lo que Rubén y yo ganamos no podríamos sostener una casa.

Fátima: Entonces, quédense a vivir conmigo, nada más que ya casados.

Verónica: Te lo agradezco mucho, pero lo de vivir aquí, ni pensarlo. Además, Rubén y yo no creemos que el matrimonio sea tan importante.

Fátima: Hay cosas que no entiendo. (Se acerca a revisar el especiero.)

Verónica: Porque no quieres. (Ve a su madre elegir el frasquito del orégano.) ¿No puedes dejar eso para después? Es importante que hablemos.

Fátima: ¿Para qué? Tú ya tomaste una decisión y no creo que vayas a cambiarla por lo que te diga.

Verónica: No quiero que pienses que Rubén y yo somos anormales sólo porque no queremos casarnos.

Fátima: En ningún momento he dicho eso.

Verónica: Pero lo piensas.

Fátima: Sólo digo que son muy modernos. Yo vengo de la pelea pasada. Ya me imagino lo que habría sucedido si cuando Artemio y yo éramos novios él se hubiera quedado a dormir en mi cuarto.

Verónica: ¡Qué bueno que no tuvieron necesidad de hacerlo! Nuestra situación es distinta. Trata de comprender…

Fátima: No tienes que repetírmelo: el mundo cambió, las relaciones ya no son como las de antes. De acuerdo, pero sigo creyendo que las cosas tienen un derecho y un revés.

Verónica: ¿Qué significa eso en cuanto a mí y a Rubén? (Ve a su madre sacar un altero de platos de un gabinete.) ¿Qué haces?

Fátima: ¿Ya se te olvidó que es domingo? Tus hermanos vienen a comer. (Desviando la mirada.) ¿Invitaste a Rubén?

Verónica: No. Y después de la cara que le pusiste en la mañana no creo que se le ocurra venir. (Le arrebata a su madre los platos y los asienta en el fregadero.) ¿Has puesto atención en lo que te he dicho?

Fátima: Si quieres, te lo repito. (Amanerando la voz.) Que tú y Rubén no quieren vivir aquí y no creen en el matrimonio. Para ustedes no significaría nada un papel o la bendición de un cura y van a estar juntos mientras les dure el amor.

Verónica: Lo dices de una manera…

Fátima: Sólo repetí tus palabras.

Verónica: Sí, pero ¿trataste de entenderlas? A ver, dame diez minutos. Vamos a sentarnos y a hablar sin que estés pensando en el orégano y en los platos. (Toma a Fátima de la mano y la conduce a la sala.)

II

Verónica: Sé que hago mal permitiendo que Rubén se quede a dormir conmigo, pero es que no tenemos otra posibilidad…

Fátima: A mí sus cosas íntimas no me interesan. Lo que digo es que si quieren estar juntos, se casen. (Toma asiento en un banco.) ¿Qué tendría de malo? Tu padre y yo duramos más de treinta años casados. Tus hermanos son hombres y llevan muy bien sus matrimonios.

Verónica: ¿Cómo lo sabes?

Fátima: Porque veo cómo tratan a sus esposas y a sus hijos.

Verónica: O sea que son maridos y padres perfectos.

Fátima: En el mundo nada es perfecto. (Suplicante.) Si te casaras al menos por lo civil, tendrías una seguridad, algo… Pero así nada más, el día que a Rubén se le antoje largarse, lo hace y si te vi, ¡no me acuerdo!

Verónica: Rubén es todo, menos irresponsable. Además, nos queremos muchísimo. Si no fuera así, no estaríamos juntos.

Fátima: Todas las mujeres de la familia se han casado. Eres mi única hija. Soñé con verte vestida de novia.

Verónica: …y tomándome fotos en el banquete y en el baile. Tú no puedes hacer ese gasto y Rubén mucho menos.

Fátima: Cuando Artemio y yo nos casamos él ganaba muy poco en el hotel y sin embargo me regaló mi vestido y tuvimos fiesta. Son cosas inolvidables que nada más se viven una vez. (Suspira.) Bueno, eso era antes. En estos tiempos la gente se casa, se descasa…

Verónica: O no se casa, pero logra ser feliz. Sí, mamá, aunque no lo creas: fe-liz.

La Jornada, octubre 16, 2016.

Mar de Historias
Irás y no volverás (102)
Cristina Pacheco

Si al regresar de mi trabajo veo a Daniela parada en la esquina de Meztli y Xochipili, puedo imaginarme lo que sucedió: otra vez tuvo el presentimiento de que Gildardo volvería esta noche y salió a esperarlo en el mismo punto donde se despidieron la mañana del l5 de junio, hace más de cuatro años. Ella lo bendijo, él le dio un beso rápido porque tenía los minutos contados para llegar a la Central Camionera.

En medio del gentío y el intenso movimiento de pasajeros quién iba a interesarse en un niño con yins, chamarra de cuadros, tenis, una mochila a la espalda y su boleto oculto en el bolsillo; quién iba a suponer que él era uno más de los niños que viajan a Tijuana para luego seguir hacia Estados Unidos, sin destino preciso pero con un propósito muy claro: hacerse de un trabajo, ganar dinero y enviárselo a su madre.

I

Cuando Daniela está montando su guardia, la saludo como si fuera lo más natural que a esas horas se encuentre allí, sola y sin motivo aparente. No necesito preguntarle nada. Sólo me paro junto a ella y miro a la distancia, como si también creyera que de un momento a otro Gildardo va a descender de un taxi o de una micro y desde allí nos saludará con el brazo en alto.

Daniela no da muestras de haber notado mi presencia, pero sé que la agradece. Cuando considero que ya esperamos lo suficiente, la tomo del brazo y giro rumbo al edificio donde están mi departamento y sus cuartos. Daniela se deja llevar como una enferma a la que tiene que conducir una practicante.

II

Mientras caminamos, espero que en algún momento se duela de que su presagio haya sido un falso anuncio, una crueldad, pero jamás lo hace. Va callada, hablando consigo misma, quizá tratando de imaginar las razones de que Gildardo, de nuevo, no haya vuelto como predijo su corazón. En otros momentos de su vida le anunció hechos que ocurrieron: el divorcio de su hermana, la enfermedad de la tía Senorina, el billete premiado de Paco. ¿Por qué la engaña cuando se trata de lo más importante para ella: el regreso de su hijo?

Cuando llegamos al edificio, Daniela me invita un café en su cuarto. Aunque esté exhausta le tomo la palabra. No podría dejarla sola en momentos así, cuando imagino que la ausencia de Gildardo se le vuelve más gravosa y más urgente la necesidad de hablar de él, de su decisión de irse solo a Estados Unidos –como hicieron antes, a riesgo de su vida, otros niños del barrio– con muy poco dinero, sin llevar como identificación ni siquiera su credencial de la escuela; sin certezas de ninguna especie, sin rumbo preciso, sin amparo ni más guía que su instinto.

III

Daniela no siempre se refiere a su hijo en el mismo tono. A veces le reprocha que se haya ido y lo acusa de abandono, o le recrimina tenerla angustiada y sin noticias; pero luego se corrige y se refiere a la nobleza de Gildardo, a sus demostraciones de cariño hacia ella, a lo feliz que será el día en que lo abrace otra vez y le arranque el juramento de que nunca más volverá a irse. “¿Para qué? A su edad –me dice Daniela– no es bueno que ande solo por allá, sufriendo de hambre y sed, tal vez con frío, perseguido en los caminos, en las carreteras, expuesto a tantísimos peligros.”

El peor momento es cuando mi amiga se reconviene por haber permitido que Gildardo se fuera. Si algo malo le sucede será culpa suya y de nadie más, por tonta, por ilusa, por débil. Debió frenarlo desde la primera vez que él habló de irse a Estados Unidos. Debió mantenerse callada en vez de darle su consentimiento para que se fuera. Debió negarse a ir a la Central a comprarle el pasaje. Debió encerrarlo, esconderle la ropa y no gastar lo poco que tenía comprándole la chamarra y los tenis. Debió, sobre todo, matarle los sueños, pero no tuvo valor para hacerlo ni nada que ofrecerle a cambio de ellos.

Le recuerdo que otras madres a las que conocemos también aceptaron que sus niños se fueran, y no por indiferencia o falta de amor, sino porque creyeron que en el norte iban a tener una oportunidad que aquí nunca tendrían. Mis palabras no la alivian. Insiste en que su obligación era impedir que Gildardo se fuera. Ante su insistencia le digo algo que sabe y no quiere reconocer: Cuando alguien quiere irse, ¡se va! Mejor que haya sido con tu aprobación. El hecho de que todavía no se haya comunicado no tiene que significar a fuerzas algo malo. Le diste tus bendiciones ¿no?, entonces… Piensa que andará tratando de acostumbrarse a su nueva vida, aprendiéndolo todo: desde a hacerse la comida hasta a trabajar. De que tu hijo no sepa inglés ni te preocupes: por allá todo el mundo habla español. Al fin logro tranquilizarla y me sonríe, pero adivino sus deseos de llorar.

Aunque no quiera, tengo que despedirme de Daniela. Me voy preocupada de imaginarla sola y despierta toda la noche, atenta a los pasos que resuenan en la calle y a los latidos de su corazón.

La Jornada, octubre 9, 2016.

 Mar de Historias
Supervivencia (101)
Cristina Pacheco

 Son las seis de la mañana y parece medianoche. En la avenida el tráfico es intenso. Los transeúntes corren hacia la estación del Metro y los paraderos. Por su apresuramiento, Felisa adivina que se dirigen a sus centros de trabajo. Mezclarse con esos desconocidos le produce la ilusión de que va rumbo al taller de costura Silvina, donde permaneció l8 años.

Era tal su costumbre de presentarse allí de lunes a sábado que una mañana, a los pocos meses de verse despedida, se presentó en Silvina. Eusebio, el guardia con el que tantas veces había conversado, la miró con extrañeza y ella tuvo que justificarse inventando que de casualidad pasaba por allí y quiso aprovechar para desearles un buen año a sus antiguas compañeras. La aclaración fue inútil: Eusebio se mantuvo indiferente y le prohibió la entrada. Ante el rechazo, Felisa se preguntó si de julio a diciembre habría cambiado tanto como para que el guardia la desconociera.

Un hombre que casi la atropella le dice a una muchacha: Apúrale, mi vida, que se nos hace tarde. Eso le recuerda a Felisa que debe presentarse en la oficina de Supervivencia antes de las siete. Después de esa hora la fila de pensionados es muy larga y el trámite de identificación se prolonga hasta el fastidio.

Una mañana tardó más de dos horas en llegar a la ventanilla donde un empleado verificaría que ella es quien dice ser –o sea, Felisa Domínguez Martel–, que aún está viva y por lo mismo con derecho a seguir recibiendo su pensión de mil cien pesos.

II

Al bajarse del microbús Felisa se detiene en un quicio y saca los documentos que lleva en una bolsa de plástico. Son copias fotostáticas de su acta de nacimiento, su IFE, la constancia de defunción de su marido y el último recibo de la luz . Es posible que no se las pidan, pero es mejor tenerlas a mano por si las dudas.

Después de caminar unos metros, Felisa siente una lluvia ligera y oprime contra su pecho la bolsa con los papeles que la acreditan. En su opinión, ese trámite sale sobrando. Debería ser suficiente con pararse frente a la ventanilla para demostrarle al empleado que la atienda que ella sigue viva y no es ninguna impostora. Aunque desde luego las hay: le contaron que algunas personas, con tal de recibir mil cien pesos, se hacen pasar por otras.

Eso no le preocupa: sabe que ni ahora ni cuando muera habrá quien pretenda suplantarla: no tiene a nadie en el mundo. Se persigna en memoria de sus muertos y también para agradecer la maravilla de seguir viva a los 79 años. ¡79!, musita, y se apresura hacia la oficina de Supervivencia.

III

La primera vez que acudió allí ignoraba qué iban a preguntarle o si tendría que exponer su pecho para que una encargada sintiera los latidos de su corazón. Se le aceleran con frecuencia. Son como llamados de alguien que desde adentro, en medio de un amasijo de venas, le dice: Alégrate de estar viva y olvídate de todo lo demás.

La frase –olvídate de todo lo demás– resume muchas cosas: pérdidas, decepciones, enfermedades, frustración, soledad. Antes la aliviaba la existencia de Canelo y Memo. Al poco tiempo de quedarse sin trabajo y sin esperanzas de encontrar otro, tomó la dolorosa decisión de regalar sus dos perros a Teté, la hija de la portera.

Vivía con su marido en Santa Clara. A Felisa le resultaba imposible ir tan lejos a visitar a sus animales, pero algunos domingos llamaba a Teté y le pedía que les acercara el teléfono, segura de que ellos, al oír su voz, iban a ladrar como cuando salían a recibirla, a su vuelta del trabajo.

La última vez que Felisa la llamó por teléfono, Teté le dijo con mucha pena que los perros habían escapado saltándose la barda. Después de analizar la huida, Felisa llegó a una conclusión: Memo y Canelo eran listísimos, de seguro podían recordar dónde quedaba su antigua vivienda y pronto arañarían su puerta de lámina para anunciar su regreso.

Hace mucho tiempo Felisa está consciente de que el rencuentro con sus animalitos de compañía es imposible, pero de sólo imaginarlo se le aceleran los latidos del corazón, lo mismo que cuando pasa la prueba de supervivencia y tiene garantizada su pensioncita por otros seis meses: mucho tiempo para quien sólo hace planes de muy corto plazo. “A mi edad –se repite siempre– no hay que echar las redes demasiado lejos.”

La sorprende encontrarse ya ante la oficina de Supervivencia y que no haya nadie haciendo cola. Será la primera a la que atiendan en la ventanilla de verificación. Podrá regresar a su casa antes de lo que esperaba y luego ir a la tienda para hacer sus compras: arroz, frijol, lentejas, azúcar, aceite, papel sanitario, dos latas de sardinas y una mermelada chica de fresa. Pensar en que al fin va a satisfacer un antojo postergado durante meses le acelera el corazón: Alégrate de estar… La voz interior que escucha es sustituida por otra: Señora, ¿qué tiene, qué le sucede?

La bolsa con los papeles que acreditan a Felisa Domínguez Martel caen al suelo.

La Jornada, octubre 2, 2016.

Mar de Historias
Hojas de otoño (100)
Cristina Pacheco

I. El sabor de la infancia

La infancia jamás nos abandona. Nos acompaña siempre bajo el aspecto de los niños que fuimos. Aparece envuelta en una luz especial, rodeada de siluetas, pasos, música, voces, labores que mezclan lo salado y lo dulce: el gusto de las lágrimas y de los días felices. Estos fueron innumerables, a pesar de las limitaciones que implica la pobreza, y muchos quedaron para siempre asociados al pan dulce.

Apetecibles en todo momento, en nuestra mesa familiar eran señal de inesperada bonanza. También significaban celebración, premio y hasta refugio contra la soledad. Mis hermanos y yo la padecíamos durante el breve tiempo en que mi madre se apartaba de nosotros para reunirse con mi padre, de viaje en algún rancho adonde iba para comprar semillas o ganado.

Sabedora de la tristeza que iba a causarnos con su separación, antes de emprender el viaje mi madre nos llevaba al Puerto de Palos, la única tahona del barrio, a fin de comprarnos los panes dulces más apetecibles: campechanas, novias, palomas, volcanes, besos… Entiendo que con aquel regalo quería endulzarnos por adelantado las horas amargas de su ausencia.

Hace ya muchos años que mis padres murieron. Me he propuesto entender su partida como un viaje muy largo del que no volverán. Me heredaron su ejemplo y muy hermosos recuerdos, entre otros el regusto de aquellos panes dulces que aún guardan el sabor de mi infancia.

II. Lección

A ella la vida le ha enseñado muchas cosas, entre otras que la soledad camina en dos pies, que no la siguen ni el eco ni su sombra, que dialoga con el silencio y que por las mañanas le gusta preparar dos tazas de café: una es para el recuerdo.

III. Última función

Aunque todavía algunas personas lo duden, los animales sueñan, sienten dolor y son capaces de expresarlo; padecen arranques de mal genio, auguran la separación y el cambio de ambiente, lloran, ríen y son hábiles para manifestar sus preferencias en cuanto a la comida, las personas y los juegos.

En ese aspecto, Casimiro fue siempre un perro muy especial. Las pelotas al vuelo no le producían excitación ni interés (cosas que sí demostraban los otros perros con los que su dueña coincidía en el parque o en la casa de algún amigo); tampoco los muñecos electrónicos que siguen divirtiendo al más pequeño de la familia Álvarez.

El juego predilecto de Casimiro consistía en hacerse el muerto. Aunque nadie se lo ordenara, de pronto se quedaba inmóvil, desmadejado, como si de verdad hubiese fallecido. Era tan perfecta la actuación que sus dueños –pese a conocer más que de sobra su gusto por el fingimiento– iban rápido a auscultarlo. Al sentir su tibieza y su respiración sentían alivio, pero al mismo tiempo se consideraban burlados, graciosamente burlados, por su mascota.

La constante práctica de ese entretenimiento llevó a Casimiro a la absoluta maestría hasta que al fin, enmascarado en el rictus de la actuación, murió. Los Álvarez lo lloraron, lo velaron y lo enterraron en la sección canina de un cementerio para animales. En su lápida se mandaron grabar una inscripción: A Casimiro: un perro que se pasó la vida jugando a morir y vivirá para siempre en nuestro recuerdo. Descanse en paz.

IV. Capitonado en malva

A ese hombre todo le parece cursi, desde los rígidos arreglos florales, el zapatito en el retrovisor, el baile de quince años y los pasteles de boda hasta los muebles de brocado, las figuritas de Murano, los duendes de terracota en el jardín, los cisnes de yeso en los barandales, los peluquines y los camafeos.

Pero a ese señor nada le parece más ridículo que estas tarjetas musicales que los amantes intercambian en sus aniversarios y otras fechas señaladas: A ti, mi único amor. Tú y yo, juntos para siempre. Beso tu boca de coral y marfil. Eres único, eres lo máximo. ¡Eres tú!

La cursilería que ese hombre descubre en todas partes lo irrita y obsesiona al extremo de que por las noches, tendido en su cama con dosel y cabeceras de terciopelo malva capitonado, no logra pensar en otra cosa.

La jornada, septiembre 25, 2016.

 Mar de Historias
Zapatos nuevos (99)
Cristina Pacheco

En previsión de marchas y plantones que pudieran causarle retraso, Ignacio abordó un taxi a las diez. Está citado en un despacho de Madero a las doce del día. Consulta su reloj. Antes de esa hora le queda mucho tiempo libre. Decide invertirlo en pasear por las calles, que a esa altura de la mañana aún son transitables.

Las cortinas metálicas de las tiendas empiezan a levantarse y producen un extraño concierto que enriquecen los cláxones y el tañido de las campanas. Al cambiarse de acera Ignacio ve a dos empleadas de guardia junto al aparador de una zapatería. De niño estuvo allí varias veces. El recuerdo despierta su interés por entrar en el establecimiento. En cuanto traspasa el umbral lo aborda la más bajita de las empleadas: ¿Buscaba algo en particular, caballero? No, gracias. Sólo voy ver, gracias, responde Ignacio en dirección a la vitrina donde se exhibe el calzado masculino.

II

En el centro, entre una gran variedad de estilos y colores de zapatos, destaca la figura en bronce de un maestro remendón que clavetea una bota metida en una horma. Después de tantos años de no verlo, a Ignacio le da gusto que el viejo sigue allí, con sus arrugas en la frente, el mandil de carnaza caído de un tirante y sus toscos chanclones. Esa escultura y un espejo cóncavo (ojalá que aún exista) eran los emblemas del establecimiento.

Ignacio lo conoce desde que lo llevaban a comprar sus zapatos. Era toda un acontecimiento y exigía preparativos especiales: bañarse la noche anterior y, a la mañana siguiente, desayunar temprano y correr hasta la parada del camión. En el trayecto de la casa al centro, sin importar que otros pasajeros la escucharan, su abuela le recordaba que debía cuidar mucho sus zapatos nuevos y que sólo iba a usarlos para salir y en ocasiones especiales.

En aquellos momento nunca faltaba una señora que interviniera diciendo que eso mismo advertía a sus hijos; pero era inútil, porque los muchachos acababan poniéndose los zapatos nuevos hasta para jugar futbol, sin importarles el gasto que habían hecho sus pobres padres.

Ante las inesperadas intromisiones, Ignacio se tornaba huraño y su abuela lo reconvenía: ¿Por qué esa cara tan fea? ¿No estás contento porque vas a estrenar zapatos? Anoche te vi muy ilusionado y mírate ahora… ¿Quieres que nos regresemos a la casa? ¿Eso quieres? Él neutralizaba la amenaza fingiendo una sonrisa beatífica, cuando en realidad odiaba a todo el mundo, en especial a las señoras metiches que convertían su viaje al centro en un infierno.

Sumido en la evocación, Ignacio lamenta que para los niños de hoy no sea tan emocionante estrenar zapatos. Para él significaba un gusto que se repetía cada año, en septiembre, cuando la celebración de las fiestas patrias en la escuela terminaba con un desfile por las calles alrededor de su primaria. ¡Momento ideal para exhibir los zapatos nuevos!

III

Ignacio lleva 10 minutos frente al aparador y no han llegado clientes. Le gustaría que apareciera uno que lo liberara de la empleada chaparrita. Sigue observándolo, ávida de cualquier indicio que le anuncie una venta. Él sabe que no comprará nada y siente lástima por ella.

Tal vez sea su primer trabajo o su primera jornada en la zapatería o el gerente la obligue a una cuota diaria de compradores. Si no la alcanza es probable que amenace con despedirla en términos ventajosos para él: Si ahorita te corro, en menos de cinco minutos llegará tu remplazo. Las calles están llenas de mujeres dispuestas a ganar lo que sea con tal de tener trabajo. Ignacio se burla de sí mismo por ser tan imaginativo. Quizá la vendedora sea parienta cercana del dueño, él no le exija nada y en cambio le da oportunidad de adiestrarse en el comercio.

Sabe que es muy temprano y, sin embargo, Ignacio vuelve a consultar su reloj como para indicarle a la chaparrita que tiene prisa y debe irse. Da tres pasos y la muchacha literalmente corre hacia él: ¿Ya se decidió por algún modelo? Sin esperar la respuesta, con un ademán, lo invita al interior de la zapatería. Él acepta aunque no piense comprar nada, sólo por mantenerle la ilusión de que está a punto de hacer una venta.

IV

La empleada, que ya se presentó como Alma, le ofrece una butaca de vinilo y se aleja para traer de la bodega los modelos de otoño. Ignacio se probará uno o dos y luego dirá que no, que muchas gracias. El momento va a ser incómodo. Puede ahorrárselo con sólo levantarse y salir. Cuando se dispone a hacerlo descubre en un rincón el espejo cóncavo frente al que, de niño, inventaba visajes que divertían a su abuela.

Tentado de repetir la experiencia, se acerca al espejo deformante y, como supone que nadie lo ve, empieza a hacer muecas. Enrojece al oír la risa de Alma, aunque no sabe si la provocaron sus bufonadas o la dicha de verse a punto de cerrar una venta.

Minutos después, Ignacio abandona el establecimiento. Lleva una bolsa en la mano y, renovada, la grata sensación de que estrenará zapatos.

La Jornada, septiembre 18, 2016.

Mar de Historias
Un oso, un elefante y un camello (98)
Cristina Pacheco.

En aquel momento ignorábamos su nombre: Benjamín. La idea de traerlo a la Residencia fue de Tomás y Flavio. (Son camilleros del hospital que está cerca.) Al regresar de un servicio lo encontraron sentado en una banqueta, llorando. ¿Podemos ayudarlo? ¿Qué le sucede? A la pregunta de Flavio el viejo respondió: Nunca estuve de acuerdo y ya ven… Ni remedio.

Los camilleros pensaron que urgía comunicarse por teléfono con una persona que pudiera hacerse cargo de la situación. Tomás le preguntó al viejo si quería que llamaran a alguien de su familia y él le respondió: ¿No sabe que murieron los tres? Salió en los periódicos. Antes perdí a mi Adela. ¡Mejor! Hubiera sufrido mucho porque los adoraba. Y yo, ¿qué? Flavio y Tomás coincidieron en que era imposible abandonar al viejo en la calle. El único sitio adonde podían llevarlo era aquí.

II

La llegada de Benjamín nos tomó de improviso. No había habitaciones disponibles. Pita tiene el módulo más grande y un anexo amplio. Allí almacena varios muebles antiguos que salvó de la rapiña familiar, entre ellos una vitrina con vidrios biselados donde guarda los animales más valiosos de su colección de juguetes: un oso, un elefante y un camello.

En cuanto Pita aceptó ceder el anexo al desconocido pedí al almacén un catre y ropa de cama; luego llamé a recepción para que me trajeran al huésped. Ya lo había visto, Pita no: al mirarlo me preguntó qué habría podido sucederle para que estuviera en tan malas condiciones.

Dije que imposible saberlo y le pedí que me ayudara a quitarle el saco. Entonces cayeron del bolsillo la credencial de elector y la licencia de manejar con sus señas: Benjamín Camarena Reyes. Me pareció que había escuchado ese nombre antes, pero ¿dónde?

No era momento de hacer memoria. Había muchas cosas pendientes: llamar al médico y poner al tanto de la situación a los residentes. Apenas se enteraron de la presencia de un extraño se reunieron en el jardín, al lado del módulo de Pita, en espera de mis explicaciones. Sólo podía decirles las circunstancias en que los camilleros habían encontrado al viejo y su nombre: Benjamín Camarena Reyes. Al pronunciarlo volví a tener la sensación de que me era conocido, pero ¿por qué? ¿De dónde?

III

Desde que llegó, una enfermera se ha encargado de cuidar a don Benjamín. Sin embargo, Pita ha ganado importancia: ¿quién mejor que ella para comunicarnos, a las horas de comida, las reacciones que el enfermo ha tenido desde ayer? En tan poco tiempo Pita ha observado muy poco: Sigue como ido. Dejó el desayuno intacto. Esta mañana dijo algo y silbó un ratito la misma canción.

Los miércoles por la mañana me toca revisar la despensa, pero cuando Pita llegó al comedor y dijo que tenía novedades olvidé el trabajo y me puse a escucharla: la noche anterior había oído a don Benjamín suplicarle a alguien que no se preocupara porque los tres estaban bien; pero enseguida dijo que no era verdad: estaban muertos. Nadie se lo dijo. Él lo había leído en el periódico. El comportamiento de don Benjamín me preocupó. Volví a llamar al médico para que viniera a verlo. Le recetó un antidepresivo.

El resto del día fue tranquilo, hasta nos olvidamos del huésped y sus desvaríos. Me fui a mi cuarto temprano. Estaba viendo otra vez Titanic cuando sonó el teléfono. Era Pita. Le urgía que fuera a su módulo. La encontré a mitad de su recámara y a don Benjamín frente a la vitrina, mirando extasiado al oso, al elefante y al camello de juguete. Pita supone que los descubrió de paso al baño, quién sabe en qué momento. Cuando ella volvió de su terapia él ya estaba frente a la vitrina y desde entonces no se había movido. Necesitaba distraerlo y yo llamé. Despacio se volvió hacia mí, hizo una reverencia y dijo, sonriendo: ¡Bienvenidos! Sus amigos, Adela y Benjamín Camarena los invitamos a deleitarse con una fabulosa función de circo. Niños: esta noche verán a tres prodigios de la naturaleza: un oso, un elefante y un camello.

Entonces recordé que había escuchado el nombre de don Benjamín en una serie de debates radiofónicos acerca de las inconveniencias o los aciertos de presentar fieras en los circos. Don Benjamín pensaba que, además de divertido, el desempeño de los animales en las pistas era sorprendente y aleccionador. A quienes rechazaron sus argumentos les recordó que esos animales, por haber nacido o vivido en cautiverio, son incapaces de sobrevivir, y que, sin la compañía humana a la que están acostumbrados, es muy posible que mueran de tristeza.

Esta noche, al verlo dirigir llorando una imaginaria función de circo, pensé que don Benjamín había perdido su batalla y la naturaleza a tres ejemplares magníficos: un oso, un elefante y un camello.

La Jornada, septiembre 11, 2016.

Mar de Historias
Hilos de colores (97)
Cristina Pacheco

Una falda para cambio de cierre, dos o tres pantalones con las valencianas raídas, un abrigo sin botones. Muy poco trabajo para seis sastres y doña Columba, la patrona, quien por su mala vista dejó de hacer composturas y sólo atendía a los clientes. Con suerte, iban a recoger su ropa después de semanas, pero por lo general la abandonaban: les salía más barata la ropa china, nueva, que las composturas.

Dependemos de la clientela. En aquel momento se redujo mucho y varios sábados recibimos sólo la mitad de la paga. Esto fue causa de que tres compañeros abandonaran el trabajo, entre ellos Roque: buenísimo para el zurcido invisible, toda una especialidad. Quedamos Lolita, Sotelo y yo.

En los ratos libres, o sea todo el tiempo, sólo hablábamos de lo que íbamos a hacer en el momento en que doña Columba tuviera que cerrar la sastrería, cosa inevitable: el desinterés por nuestro trabajo iba en aumento y la situación económica empeoraba. Nunca pensamos que gracias a esto y a que bajamos los precios, el negocio mejoraría. Como dice Sotelo: La gente ya se dio cuenta de que le conviene más una buena compostura que una mala compra.

II

Cada vez nos llegaban más prendas. No teníamos tiempo para hacernos un cafecito en la hornilla, menos para almorzar. Imposible darnos abasto. Empezamos a demorarnos en la entrega de la ropa. (Le prometo que para el jueves le tengo su falda compuesta.) De seguir así íbamos a conquistar título de informales y a perder a la clientela.

En vista a esas posibilidades, Lolita, Sotelo y yo nos pusimos de acuerdo y le dijimos a doña Columba si no sería bueno que contratara más personal. Le pareció que era riesgoso, nada nos aseguraba que la buena racha iba a seguir; además, ella podía ayudarnos. Lolita, como es medio parienta suya, se atrevió a decirle: Tienes mala vista. Sabes muy bien que no puedes ni ensartar una aguja. No se habló más. Al lunes siguiente apareció a la entrada del negocio una cartulina: Se solicita sastre.

Llegaron muchos aspirantes, la mayoría, faltos de experiencia en el ramo; algunos con aliento alcohólico y otras evidencias de malos hábitos. A las mujeres interesadas no les acomodaba el horario porque eran madres solteras o tenían un enfermo a quien cuidar.

Al parecer, íbamos a quedarnos sin la ayuda cada día más necesaria. Ante la preocupación de la patrona, Sotelo dijo que su primo Josué era muy buen sastre. Llevaba desempleado desde que cerraron el taller donde hacía de todo, hasta zurcido invisible. Después de un año, su situación ya era crítica.

Doña Columba le pidió a Sotelo que citara a su primo para el día siguiente. Por buen sastre que fuera necesitaba conocerlo, hacerle una prueba, hablar con él. Sotelo se puso colorado: Ese es el problemita: a mi primo se le dificulta mucho hablar. ¿No puede o no le gusta?, preguntó Lola, que en todo se mete. Nos reímos al oír el comentario de la patrona: ¡Necesito un sastre, no un merolico.

III

Sotelo estuvo en lo cierto: Josué resultó muy buen trabajador y sigue siéndolo. En la mañana, después de saludarnos, se va derechito a su máquina para ocuparse de las piezas que la patrona le encarga componer. Cuando salimos, deja sus cosas en orden y su lugar limpio.

Por su expresión, se nota que Josué se divierte con nuestras conversaciones, pero nunca participa, ni siquiera cuando Lola –que es tremenda– le pregunta si es casado, si tiene novia o cosas por el estilo. Cuando la situación se vuelve incómoda, interviene la patrona: Déjalo en paz y ponte a trabajar. Josué le agradece la ayuda inclinando la cabeza y nada más.

En varias ocasiones he sorprendido a Josué mirando a la patrona. No me extraña. Todavía es guapa. Tiene los ojos de un color muy raro. Una vez nos dijo que por eso sufre de una enfermedad que le impide usar lentes de contacto. Podría ponerse de los otros, pero se niega, aunque eso tenga consecuencias: cuando necesita ensartar una aguja tiene que pedirnos ayuda. A últimas fechas, más que a nadie, a Josué. Lola también lo ha notado. Cuando doña Columba sale al banco, ella le hace a él preguntas maliciosas que lo abochornan. Me harto y le digo que no se meta en lo que no le importa.

IV

Es la una de la tarde y Josué no ha llegado. En cinco meses es la primera vez que falta. Puede ser por varias razones: descompostura del metro, bloqueo de la avenida, enfermedad. Lola piensa en un asalto: a ella la atracan una vez por semana, ya conoce a los raterillos y uno hasta le coquetea.

Me pareció que exageraban: el retraso era de cuatro horas, no de una semana. Doña Columba me pidió que, mientras aparecía Josué, fuera ayudándolo con sus pendientes. Al acercarme a su máquina vi el alfiletero con muchas agujas ensartadas con hilo de todos los colores. No entiendo qué significa eso. En cambio sé que Josué no volverá.

La Jornada, septiembre 4, 2016.

Mar de Historias
Bailando en la oscuridad (96)
Cristina Pacheco

¿Qué haremos con esos cuatro viejos? Preguntarles por qué decidieron ser bailarines y formar un cuarteto. (Es todo lo que sé de ellos.) Los emocionará responder a esas preguntas llenas de recuerdos. Sin embargo, pienso que es mejor partir de lo más personal: sus nombres. Tal vez hasta nos digan si en sus tiempos de gloria usaban algún seudónimo para no comprometer a sus familias. Recuerden que hasta hace relativamente poco se desconfiaba de los artistas.

¿Qué les parece si tomamos como primer entrevistado al viejo que ocupa el extremo derecho de la banca? Los pantalones de paño, la camisa a cuadros y el maquinof le dan aspecto de viejo marinero. Lo desmienten sus zapatos de charol. Por cierto: esa horma picuda ha vuelto a usarse.

A ver, tú; sí, tú, el que está recargado en la pared: acércate y pregúntale su nombre, pero con amabilidad y no como si estuvieras interrogándolo en la comisaría. Si no responde enseguida, no lo presiones. En el momento en que te parezca oportuno, repítele la pregunta. Una palabra jala a otra. Si logras que te responda se animará a contarnos una historia fascinante, de esas que aún no están escritas. Atención: cuando veas que abunda en detalles o se desvía del tema, devuélvelo al redil preguntándole si siempre fue miembro del cuarteto o alguna vez actuó como solista.

Te estás tardando demasiado. Si no te apuras el viejo del maquinof se quedará dormido o se irá. ¿Ves que no me equivoco? Está llegando a la puerta sin que nos haya dicho nada, ni siquiera su nombre.

II

¿Quién habrá tenido la idea de fundar el cuarteto de baile? Me parece que aquel viejo alto, de traje. ¿Notaron que las solapas de su saco son anchísimas y que en el ojal lleva una violeta? A cada momento la acaricia y sonríe: bellos recuerdos. Pienso que está ávido de que alguno de ustedes le dé oportunidad de revivir el momento de su juventud en que sugirió a sus colegas –ahora tan viejos como él– que en vez de pasarse la tarde animando fiestecitas de barrio formaran un cuarteto profesional. ¿Cómo creen que se llamaba?

Tú, el de la chamarrita azul, ¿podrías preguntárselo? Tu interés lo hará sentirse importante. Gana su confianza diciéndole que tus abuelos te han dicho que vieron su cuarteto en una tardeada del Salón Riviera o en el aniversario equis del Salón Colonia. Suena a verdad porque puede ser verdad: habrá muchos abuelos que les hablen a sus nietos de esa experiencia.

Has venido varias veces al taller (tu chamarrita es inolvidable.) Se me ocurre una tarea más complicada para ti: de momento ignoramos cómo se llamaba el cuarteto. Ponle tú el nombre, imagínalo. Haz un esfuerzo. Di lo que se te ocurra y luego se lo comunicas al fundador del grupo. Como estarás equivocado, él te sacará de tu error diciéndote que ellos eran conocidos como los… ¿qué? Piensa rápido antes de… ¡Olvídalo! También se va. Pudo haber sido el personaje de un cuento: El hombre de la violeta en el ojal.

III

Nos quedan dos viejos. ¿Se fijaron en lo mucho que se parecen? Tal vez sean hermanos. Su forma de mantener las rodillas juntas y de mirar al frente me hace deducir una infancia difícil y la estancia en un orfanatorio del que huyeron a los l2, l3 años quizá. ¿Por qué? Puede haber sido por muchas razones, entre otras el exceso de disciplina, la prohibición de bailar, la pésima comida y la necesidad de una vida más libre.

Siguiendo el hilo de la historia que estoy inventando, ¿quién puede decirme adónde se dirigieron al salir del orfanatorio? De entrada eliminen la posibilidad de que hayan ido a la casa de algún familiar que, para no tener que mantenerlos, los reintegraría a su vida de encierro. ¿Se encaminaron a la iglesia? No, a menos que tuvieran vocación religiosa.

Que levante la mano el que dijo: Fueron a un mercado. Como siempre, nadie se mueve. Quien lo haya dicho, acertó: dos niños, en medio de tanta gente, pasarían inadvertidos. Caminando entre los puestos escucharon la música salida de una rockola. Entonces se les ocurrió dar una exhibición de baile para ganarse unos centavos. Bueno, creo que ya que tienen suficientes elementos para interrogar a los viejos. ¿Quién dijo yo? Si no es ahora no tendrán otra ­oportunidad.

Un momento: creo que murmuran. Se están poniendo de acuerdo para salir. No puedo evitarlo. Si lo hago van a creer que los invité a venir con el propósito de secuestrarlos; pero no es verdad: sólo quería que nos dieran información suficiente para escribir la historia de su cuarteto, si es que en realidad existió.

Por hoy terminamos la sesión. Los espero el próximo domingo. Ojalá que lleguen más animados y colaboren un poquito más. No les digo quién será el invitado a nuestro taller porque quiero darles una sorpresa. Muchas gracias por venir y que descansen. Cuando salgan, cierren la puerta por favor.

La Jornada, Agosto 28, 2016.

Mar de Historias
Libro de lectura (95)
Cristina Pacheco
I
ndice. Pág. 3: Viaje al laberinto. Pág. l0: Lentejuelas y llamas. Pág. l3: Papel lustrina. Pág.21: Morralito y secante. Pág. 28: Hombre con navaja.IPág 3. Viaje al laberintoSiempre a punto de que comenzaran las clases, mi madre y yo abordábamos el tranvía rumbo al centro de la ciudad (un maravilloso laberinto de calles) con el propósito de surtir la lista de útiles escolares: juego de geometría –¿para qué sirve el transportador?–, lápices, manguillo, caja de colores, goma, cartulinas, tijeras, papel para forrar los libros y muchos cuadernos: raya, doble raya, cuadriculados, blancos.La desnudez de estas libretas me sugería, al menos, una duda: sin líneas para guiarse, ¿por dónde iba a discurrir mi incierta caligrafía? Sólo de pensarlo experimentaba la misma angustia que sentí al ver, en una función de circo, a un payaso con bombín caminando sobre la cuerda floja.IIPág. 10: Lentejuelas y llamasEl recorrido por las papelerías nos tomaba la tarde entera, entre otras cosas porque íbamos de un establecimiento a otro comparando precios. Al final, satisfecha por la tarea cumplida y el ahorro de unos cuantos pesos, mi madre me invitaba a ver aparadores. Ante su visión, igualadas por el asombro y los sueños, dejábamos de ser madre e hija para convertirnos en dos niñas soñadoras y ansiosas por tener las prendas que lucían los maniquíes: un traje sastre con una flor en la solapa, un vestido recamado de lentejuela.Ya de vuelta a la casa, a instancias de mi madre entrábamos en alguna iglesia para darle gracias a Dios por los favores recibidos y hacerle nuevas súplicas. Mientras ella rezaba, yo me distraía mirando los Cristos, las vírgenes, los santos, los arcángeles y el infaltable cuadro de las Ánimas del Purgatorio, hundidas en la desesperanza y el fuego.Por más que me impresionaran, procuraba olvidar lo más pronto posible aquellos rostros crispados por el sufrimiento; en cambio, protegía celosamente el recuerdo de la maniquí vestida de tafeta, condenada a la sonrisa eterna y a quedarse para siempre dentro de una hornacina de cristal.IIIPag. 13: Papel lustrinaEn medio de todos sus quehaceres, mi madre se imponía la tarea de forrar mis libros y cuadernos. Acodada en la mesa, la miraba doblar los pliegos de papel y después reducirlos a la medida conveniente. Hacía el trabajo despacio, en silencio, sonriendo a veces. Nunca me atreví a preguntarle cuál era el motivo de su contento, pero supongo que el recuerdo de sus días de escuela.Al anochecer, dispersos sobre la mesa, los libros y cuadernos recubiertos con papel lustrina de distintos colores se veían como un pequeño jardín salpicado con rosas de la infancia.IVPag l8: Morralito y secanteNinguno de los niños que eran mis vecinos iba a la escuela con mochila. Todos llevábamos nuestros útiles en morralitos de cotí que nos hacía Rebeca, la vecina, a cambio de nada. Durante el tiempo que se tardaba en la confección, el piso de su cuarto se veía alfombrado con pequeños sobrantes de tela. De entre ellos podíamos elegir los más vistosos y apropiados para hacer nuestros secantes.Confeccionarlos era muy divertido, empezando por empalmar las telas de mayor a menor. Para conservar esa disposición necesitábamos un botón. En mi caso, lo elegía de entre los muchos que guardábamos en una caja de zapatos. Al revolverlos para tomar el que me parecía más bonito, los botones entrechocaban y producían un rumor muy especial.Hecha la selección, armada de aguja e hilo, me sentaba en un banquito para unir con el botón los trozos de cotí. Mientras lo hacía, mi madre vigilaba que me pusiera bien el dedal y manejara la aguja con cuidado para no lastimarme. Sus advertencias eran inútiles, porque tarde o temprano me aparecía una gota de sangre en el índice. ¿Te duele?, se apresuraba a preguntarme. Yo le mentía diciéndole que sí, y mucho, sólo por el ansia de sentir su abrazo y escuchar sus frases de consuelo.VPag. 24: Hombre con navajaParece que la oigo: No es necesario que hagas eso. La niña tiene su sacapuntas. Sí, acababan de comprármelo: era cuadrado, amarillo, transparente y supongo que muy eficaz, pero no iba a usarlo: prefería que mi padre le sacara punta a mis lápices.Me encantaba verlo desbastando la madera del lápiz con su navaja hasta que al fin le aparecían una especie de golilla y la punta gris, como de azogue. Para comprobar que estuviera en condiciones de usarse, mi padre dibujaba su nombre en un trozo de papel. Conservé algunos entre las hojas de mis cuadernos. Por desgracia los perdí; en cambio, conservo el recuerdo de aquella escena. Si fuera un cuadro lo titularía Hombre con navaja.La Jornada, Agosto 21, 2016.
 Mar de Historias
Aquelas vacaciones (94)
Cristina Pacheco

El automóvil gris era pequeño. Aún me sorprende que hayamos cabido todos en él. Cuando digo todos incluyo al tío Mariano, un auténtico sobreviviente. Imposible llamar de otra manera a quien logra reponerse de una neumonía, un choque, la caída desde un primer piso y la violencia de su amante. En el último pleito Irene le arrojó una cafetera y le pegó en la cabeza.

El hecho conmocionó a sus vecinos. No recuerdo cuál de todos fue a avisarnos que Irene había salido del edificio gritando insultos y que don Mariano –como le decían– estaba a media calle, sangrante, en camiseta y sin zapatos. Acudimos a verlo. La costra roja que le embetunaba media cara me recordó las manzanas caramelizadas que iba a vendernos al barrio un dulcero ambulante.

Para huir de los curiosos, entramos en el departamento. Estaba en completo desorden y por todas partes se veían fotos hechas pedazos. Mi tío los levantaba uno por uno con intención de unirlos pero al ver que era imposible reconstruir las imágenes, los arrojaba al suelo. Por lo menos logré salvar mi camarita, dijo tocándose la frente. Entonces lo comprendimos todo.

No quiso que lo lleváramos con el doctor, pero aceptó que una vecina le limpiara la herida con algodón y agua oxigenada. El desinfectante, al mezclarse con la sangre, producía un ligero burbujeo que de inmediato se esfumaba. Ojalá que hubiera sucedido lo mismo con la angustia de mi tío ante la destrucción de sus fotos y la ruptura con Irene.

II

El conflicto entre Irene y mi tío resultó, además de preocupante, muy inoportuno. Estábamos a punto de salir a nuestras primeras vacaciones en años. Las planeamos durante semanas y las concebimos como una aventura sin programa ni paraderos fijos. Imaginamos soluciones para cualquier obs­táculo, menos para los problemas sentimentales del tío Mariano y su consecuente depresión. Imposible dejarlo solo en esas circunstancias, así que optamos por invitarlo.

Al principio él se negó. Dijo que no quería estorbarnos pero todos nos dábamos cuenta de que lo anclaba la esperanza de que Irene regresara. Inspirados por el temor de que eso ocurriera –en el departamento quedaban muchas cosas que la bruja podría arrojarle a mi tío– desplegamos toda clase de argumentos hasta que al fin lo convencimos de que viajara con nosotros.

Al siguiente domingo pasamos a recoger al tío Mariano a las seis de la mañana. Por equipaje llevaba una maleta con lo indispensable y su vieja cámara fotográfica. La adoraba. Se negó a ponerla en la cajuela para evitar que sufriera una avería. Por complacerlo, nos replegamos al máximo en el coche.

III

Desde el principio el viaje fue divertido. Salvo algunos pequeños contratiempos –co­mo quedarnos sin gasolina a la mitad de una carretera– to­do iba resultando muy bien.

Hacíamos paradas en pueblitos que eran más bien rancherías, en centros artesanales, en lugares típicos, en parajes hermosos y, desde luego, en los mercados. Sin tener que enfrentarse a la impaciencia de Irene, mi tío se demoraba tomando fotos que a su regreso iba a revelar en el cuarto oscuro montado en la azotea.

Nuestra aventura era divertida pero también fatigosa. Las incomodidades empezaron a causarnos estragos. El primero en confesarlo fue el tío Mariano. Pidió a gritos un baño y una cama. Estuvimos de acuerdo con él. En el siguiente pueblo nos detuvimos y le preguntamos a un policía por un hotel. Nos sugirió La Enramada porque era limpio, barato, seguro y además el único. Sin dudarlo nos dio la dirección.

En pocos minutos llegamos al hotel: entrada de arcos, sendero de lajas, pisos de ladrillo, helechos en los corredores y en el centro de todo un jardín con un pozo como de utilería. En la recepción nos registramos ante un empleado somnoliento y el parloteo de dos pericos.

Después de dejar las maletas y asearnos, bajamos al jardín. Allí nos esperaba el tío Mariano, armado de su cámara, listo para tomarnos fotos. Las conservo. En la primera serie que nos hizo aparecemos todos recién bañados, muy juntos, y a nuestras espaldas, una camarera sonriente que se detuvo a mirar la escena y quedó incluida en las fotos.

En aquel momento no sabíamos que esa mujer se llamaba Eloísa y que había sido el amor juvenil de mi tío. Él la reconoció en el momento de revelar el rollo. Nos lo dijo el mismo día en que nos manifestó su decisión de renunciar a su trabajo en la ferretería y a todo lo de aquí para volver al pueblo en busca de Eloísa: Si la encontré, después de tantos años, fue por algo.

El proyecto parecía tan riesgoso como el de aquellas vacaciones que planeamos sin programa ni paraderos fijos. Por fortuna en ambos casos todo salió bien. Eloísa y mi tío están juntos. Ella sigue trabajando en La Enramada y él atiende su estudio fotográfico: el único que hay en el pueblo de N. Por órdenes de mi tío aún mantengo en secreto el nombre del lugar, pero podría llamarse Nuevo Paraíso.

La Jornada, agosto 7, 2016.

Mar de Historias
Negro (93)
Cristina Pacheco

El doctor me dijo que si quería salir a fumar, ¡adelante! No lo haré, pero le agradezco que haya entendido cómo me siento. Es natural que esté nervioso. Si te encontraras en mi situación, lo estarías también. A tu modo. Te hablo porque sé que mi voz te tranquiliza y porque ya no habrá otra oportunidad de conversar contigo.

Nunca pensé que despedirme de ti iba a afectarme tanto. Es más, cuando llegaste a mi casa deseaba que te fueras lo antes posible. Quería recuperar mis espacios, mis rutinas. Con tu presencia cambiaron mucho. No te lo estoy reprochando. Te lo digo para que sepas en qué condiciones apareciste en mi vida y cómo la modificaste.

Tocan. Si es el doctor le diré que voy a llamarlo cuando estemos listos.

II

Aunque sabía mucho de ti y varias veces nos encontramos en calle y en el parque, nunca imaginé que viviríamos juntos, que ibas a necesitarme. Corrijo: que íbamos a necesitarnos. ¿Sabes por qué empezó todo? Porque se te ocurrió largarte justamente dos días antes que Palmira y Renato se mudaran a Querétaro. Los recuerdas ¿no? Eras como de su familia. Al menos eso me decía Palmira cuando conversábamos mientras te veíamos correr o saltar.

Renato te demostraba su amor ejerciendo el control con una mezcla de afecto y severidad. Me consta por el tono con que te prohibía hacer cosas dañinas para tu salud o te ordenaba detenerte antes de atravesar la calle. Sus esfuerzos por educarte resultaron inútiles a la hora en que te colaste por la puerta que los cargadores habían dejado entornada y huiste. ¿Por qué? Palmira y Renato te lo habían dado todo y en su nueva casa de seguro te reservaban un buen espacio.

¿Oíste? Es el doctor de nuevo. Se ve que tiene poca experiencia en esto, de otro modo entendería que quiera estar a solas contigo unos minutos más para que te explique por qué te traje aquí. Decidirlo me costó mucho trabajo y me hace sufrir pero sé que la peor parte la llevas tú. Espérame, hablo con el médico y regreso.

III

Ya se fue con su tapabocas y su jeringa. Antes, me advirtió que no es bueno prolongar la situación. Entre más pronto terminemos será mejor. Para él es muy fácil decirlo porque no siente el vacío que se me está formando en el pecho, donde tú tienes la herida. Es profunda. Nadie se explica que sigas vivo. Otro en tu lugar habría muerto al recibir el golpe.

Fue terrible. Cuando te vi ensangrentado pensé que estabas deshecho. No me atrevía a levantarte por temor a que una parte de ti pudiera desprenderse como la hoja de un árbol. En el parque está tu preferido. Cada vez que lo mire recordaré el primer día en que tuve que sacarte de paseo por la mañana y por la noche.

Regresar contigo a casa, después de haberlo hecho tantas veces solo, fue un alivio, un regalo de tu parte. Lo disfruté a medias porque pensaba que, mientras yo me sentía feliz, Pamela y Renato estarían extrañándote.

Los llamé al teléfono que me dejaron. Me contestó una grabadora en inglés, pero dejé mensaje: Apareció sano y salvo. Está en mi casa. ¿Cuándo vendrán por él?

No te ofendas. Hice la pregunta porque era lo correcto, después de todo habías crecido con ellos, representaban tu familia, mientras que yo no era más que un simple vecino que sabía de tu desaparición y tuvo la fortuna de encontrarte en el cubo de la escalera, frente a mi departamento. ¿Qué iba a hacer? ¿Dejarte solo, con hambre y frío, asustado? Imposible. Recuerdo que te invité a pasar y te dije: Te quedarás aquí mientras Pamela y Rodrigo vienen a recogerte.

Entraste en mi casa con expresión de no romper un plato pero enseguida te adueñaste de todo: el tapete de la entrada, el canasto de la ropa sucia, el revistero, mi cama; para no hablar de mis toallas que se convirtieron en un colchón mullido y delicioso donde soltabas tus repugnantes flatulencias. En castigo a tus desahogos te metía un periodicazo en el lomo y te gritaba: Favor de cerrar el escape, compadre. Divertido, me reía de mi pésimo chiste.

Lo estoy repitiendo y no siento ganas de reírme. Quiero llorar. No debo hacerlo. Tengo que comportarme como un adulto responsable de sus actos: si le pedí ayuda al doctor fue porque no quiero verte el resto de tu vida gimiendo, arrastrándote o inmóvil, mirando pasar la vida desde la ventana. No mereces tal infierno.

Ya volvió el médico. Le diré que pase. No te asustes: sólo te dará un piquetito. Te quedarás inmóvil. Pensaré que duermes. Esta noche no regresaremos juntos a mi departamento. Elegiré un camino largo para retrasar el momento de encontrarlo vacío. Me esperan semanas terribles. Habrá momentos en que no pueda más y te llame: Negro, Negro lindo, perro maravilloso ¡ven! Luego, poco a poco, quizá me acostumbre a tu ausencia.

La jornada, julio 31, 2016.

Mar de historias
Una y otra vez (92)
Cristina Pacheco

Llegó el momento en que nuestro único tema de conversación eran los frecuentes asaltos en los puentes peatonales, los alrededores de la fábrica y sobre todo en las micros. Las víctimas –compañeros de trabajo o conocidos del rumbo– se desahogaban contándonos al detalle su experiencia: desde la aparición de los ladrones hasta el momento en que se esfumaban llevándose su botín: dinero, celulares, relojes, medallitas, pulseras, bolsas, chamarras. ¡Todo!

Nunca faltó quien, a modo de consuelo, le dijera al perjudicado: Dale gracias a Dios de que los infelices nada más te quitaron la cartera y no la vida. No era exageración: sabíamos de varias personas muertas por defenderse. El caso más estremecedor era el del niño que había recibido una descarga fatal por negarse a que le robaran su chamarra nueva. Puestas en el caso de la familia, nos peguntábamos si habría podido recuperarse de semejante pérdida. Imposible. Tal vez sería distinto si la enfermedad o un accidente hubieran motivado el deceso; pero una bala…

II

A principios de mes hubo otro asalto. Lo cometió un hombre encapuchado. Provisto de un cuchillo, fue despojando a los viajeros que lo obedecían con la mirada baja y en silencio. Cuando llegó al fondo de la micro, el ocupante del último asiento se metió la mano al bolsillo de la chamarra pero en vez de extraer la cartera sacó una pistola y golpeó en la cabeza al delincuente.

Los pasajeros, estimulados por esa reacción, se levantaron de sus asientos y, con los puños dirigidos hacia el malhechor, empezaron a gritar amenazas. De una bofetada, una mujer lo despojó de la capucha y el empistolado le asestó otro golpe en la cara.

Nos enteramos de todo porque Carmela viajaba en esa micro. Ella pudo ver el hilo de sangre escurriendo por la frente del ladrón: Era muy joven, no tendría ni veinte años. Asustado, pálido, le temblaba la mandíbula y no entendimos lo que dijo. Uno de los pasajeros gritó que ya era hora de darles su merecido a esos malditos capaces de todo, hasta de matar a un niño sólo para quitarle su chamarra nueva. La historia conocida acabó de enardecer los ánimos. Volvieron a oírse gritos: ¡Justicia! ¡Venganza!

III

Según nos dijo Carmela, a partir de ese momento las cosas sucedieron muy rápido. El hombre armado le ordenó al chofer cerrar la puerta de la micro y encaminarse despacio hacia el tiradero. (Todos sabían lo que llega a ocurrir en ese sitio. No hubo necesidad de explicaciones.) Una muchacha embarazada propuso que mejor fueran hasta el módulo para entregarle el ladrón a la policía.

A decir de Carmela: Nadie estuvo de acuerdo. Un hombre con el overol de la cerería La Concordia se opuso terminantemente porque iba a pasar lo mismo de siempre: los uniformados subirían al delincuente en su patrulla y a medio camino rumbo a la delegación lo dejarían libre a cambio de mordida. Ya nadie tuvo dudas acerca de lo que sucedería.

De pronto Carmela se volvió hacia otro lado y nos confesó que se sentía avergonzada porque en aquellos momentos: Ya sólo pensaba en que iba retrasada. Necesitaba que la micro volviera a su ruta para que yo pudiera llegar puntual a la fábrica; de otro modo tendría que reponer el tiempo y quedarme trabajando hasta la noche mientras mi hijo me esperaba en la casa de Chaya. Ella me lo cuida, pero nomás hasta las seis porque luego se va a trabajar.

Pensando en eso, Carmela le dijo al chofer que iba a bajarse. Él no la oyó porque lo tenían aturdido las amenazas de los viajeros contra el ladrón y los gritos de éste jurando por su madrecita santa que era su primer robo y no volvería a cometer ningún otro.

Carmela se estremeció al recordar la decisión con que el hombre armado puso la pistola en el pecho del asaltante y lo sentenció: Esta vez no te escapas. Aquí se termina tu historia. Luego le ordenó al chofer que se detuviera. Todos sintieron el enfrenón y se miraron. El del overol fue el primero en saltar a la carretera. Alguien empujó al acusado. Al caer, sus pies levantaron una nube de polvo. Sus captores lo rodearon y siguieron golpeándolo una y otra vez, hasta llegar a la curva donde la basura se abulta como un cerro.

Carmela, llorando, nos dijo que vio al ladrón hincarse suplicante. El primer golpe lo hizo tambalearse; el segundo, caer. Cuando estaba en el suelo recibió puntapiés en el pecho y en la espalda. El hombre armado lo obligó a levantarse. Al muchacho se le doblaban las piernas y retrocedió tratando de evitar la lluvia de golpes. Carmela gritó que ya era suficiente. El del overol se volvió hacia ella: Diría lo mismo si el niño que este infeliz asesinó hubiera sido su hijo. El ladrón juró que no sabía nada de eso, miró a Carmela y le pidió que abogara por él.

¿Y qué hiciste? En vez de responderme, Carmela negó una y otra vez con la cabeza, como si quisiera desprender la escena de su mente. Además, quería hablarle a su hijo por teléfono. Le aconsejamos que, antes, se calmara. Sonia le ofreció un té con miel. En el momento en que Carmela recibió la taza vi su mano derecha ensangrentada.

La Jornada, julio 24, 2016.

Mar de Historias
Una ruina más (91)
Cristina Pacheco

Llevaba años de no ir por Todosantos. La calle está irreconocible y más atestada de vendedores ambulantes y basura. Como era de esperarse, Santa Brígida permanece en pie. En el atrio, que aún es refugio predilecto de los menesterosos, no vi al trompetista mixe con su niño violinista. A todas horas interpretaban lo mismo: Dios nunca muere. ¿Seguirán tocando juntos? No lo creo. Pienso que el hombre murió de borracho y que el niño –ya todo un joven– emigró al norte. Ojalá que no haya olvidado la música ni su lengua. Sonaba muy bonito, como trino de pájaros.

El Hotel Cairo desapareció. En su lugar hay un gimnasio donde se imparten clases de zumba y danza polinesia. La joyería Cleopatra es depósito de cervezas y el taller mecánico imprenta. La fonda de Genoveva tiene la cortina bajada. En el quicio vi a una muchacha multicolor vendiendo un método para aprender inglés. Mientras ella miraba arrobada la pantalla de su celular, una grabación repetía las mismas frases a ritmo de bostezo: “ ¿How are you?” “Fine, thank you. My name is Lupita: a mexican girl.”

II

La vecindad donde viví y era conocida como el Avispero, es una ruina que funciona como plaza comercial. Sobre algunos puestos leí carteles con la misma demanda: remodelación o reubicación. Sea cual fuere el arreglo a que lleguen los comerciantes, del Avispero –de su fantasma– no quedarán ninguno de los detalles que de milagro sobreviven: la fuente (convertida en basurero), tramos de herrería y las escaleras que conducen a la azotea.

Allí vivían dos perros muy bellos: Rambo y Killer: buenos guardianes, feroces cuando era necesario. Don Juan Bosco Malo –el poeta– les tenía un miedo terrible, pero se lo aguantaba con tal de subir al departamento que fue de la señora Bona von Bonn. Era muy bonita y se vestía de una manera llamativa. La última noche que la vi llevaba una camisa de tigre, pantalones entalladísimos y pulseras en los tobillos. Al día siguiente la encontraron muerta en su departamento: el 707. Por la forma en que todos en el Avispero comentaban el hecho, creo que se suicidó.

III

No se lo dije a nadie, pero su muerte me causó mucha pena. Cuando Joaquina, la portera, no podía ir a comprarle sus cocas, doña Bona me mandaba al estanquillo. Al volver ya me tenía mi propina y algo de la comida que hubiera en la casa. Allí todo estaba en desorden. En el baño, un pez gordo, disecado, colgaba del techo. Olía horrible, pero doña Bona se negaba a tirarlo porque, según ella, le traía muy hermosos recuerdos de la semana que pasó en Veracruz filmando una película que seguía enlatada como sardina. Como si siempre fuera nuevo, nos reímos de ese chiste infinidad de veces.

Doña Bona sufría mucho de jaquecas. Sólo se le quitaba tomándose una coca y dos aspirinas. Una vez que estaba buscando con qué abrirle el refresco, me hizo de repente una pregunta rarísima: Niña: ¿te has puesto a pensar qué hacen las casas cuando las dejamos solas? Dije lo primero que se me ocurrió: Los cuartos se cambian de lugar. ¿Para qué? No supe qué contestarle y se me llenaron los ojos de lágrimas: recordé que mi padrastro, si no le respondía pronto, me amenazaba con romperme la cara.

Creo que doña Bona adivinó mis pensamientos porque me dijo: Tatiana, prométeme que siempre que estés triste o tengas miedo vas a venir a verme. Si no me encuentras será porque fui a entrevistarme con algún productor de cine, pero déjame un papelito debajo de la puerta.

Muchas veces fui a refugiarme al 707, sobre todo cuando había fiesta en la vecindad. Todas acababan en gritos y golpes. Casi siempre mi padrastro era el que empezaba el pleito. Un vez estuvo a punto de matar a Rafa –el eterno enamorado de Karen, una de las gemelas que se ahogó en un paseo–; otra noche, de puro coraje porque mi mamá no le abrió rápido, estrelló su camioneta contra el portón de la vecindad y se metió hasta la fuente.

IV

Muchos en el Avispero pensaban mal de doña Bona. Unos, por su manera de vestirse, no la bajaban de puta; otros, por su forma de ser, la veían como loca. Ni una cosa ni la otra: sólo era una persona diferente. Cuando tenía problemas –bastante seguido, por cierto– se dedicaba a dibujar flores, a aprenderse canciones o a leer en voz baja un librito forrado con papel de periódico.

Cuando, semanas después de su muerte, el administrador ordenó que desocuparan el 707, vi el librito tirado junto a la cama de la señora Bona. Lo levanté: Poemario. Autor: Juan Bosco Malo. Ejemplar único dedicado a la Diosa de la Noche. En ese momento entendí a qué se debían las frecuentes visitas de don Juan Bosco al Avispero. Hizo la primera cuando alguien le informó que Bona había muerto y el 707 estaba desocupado.

¿Dónde estará el poeta Malo? Desapareció, al igual que los otros habitantes del Avispero. El hermoso edificio que antes fue palacio, claustro, beaterio, hospital, escuela de oficios para niñas, salón de baile, manicomio, hospicio, lupanar, vecindad, ahora es una ruina más.

La Jornada, julio 17, 2016.

Mar de Historias
Paraíso perdido (94)
Cristina Pacheco

Señora, créame: a nadie le importó lo que estaba diciendo. Me oían como si les hablara en otro idioma. Varias veces tuve ganas de quedarme callado pero seguí hablando. A pesar de mis emociones, creo haberme expresado bien, sin exageración, en los términos necesarios. No me califico de orador ni muchísimo menos, pero cuando abro la boca procuro tener muy claro lo que voy a decir. En este caso –me refiero a lo que acababa de ocurrirme– lo sabía muy bien. Es más, en todo el viaje de regreso estuve pensando en las palabras y el tono que iba a emplear cuando les dijera a mis amigos lo que me sucedió.

Ellos me pidieron que al volver los llamara para reunirnos. Estuve de acuerdo. Deseaba compartirles la experiencia de un viaje que aplacé durante años. No fue como la había imaginado, de encuentro, sino todo lo contrario: de pérdida. Aún así quise comunicárselas por la misma razón que les he participado tantas otras: porque somos amigos. No me entendieron. Lo supe por sus reacciones: unos me escucharon con una sonrisita burlona o incrédula –tal vez ambas cosas–; otros me preguntaron si seguía tomando mis antidepresivos y si estaba durmiendo bien. No faltó quien se quedara mirándome en busca del punto en mi cabeza donde supone que está incubándose mi locura.

II

Nunca antes habían actuado de esa manera. Mis amigos siempre se mostraron solidarios conmigo ante todas las pérdidas, aun las más pequeñas: cuando no los lentes, las llaves, la pluma, mi cartera, un botón, mi credencial, mi periquito australiano. Se llamaba Pachucho. Señora, ¿se imagina lo que fue dar con él? Un trabajo de todos los diablos, pero lo encontraron. ¿Sabe en dónde? Dentro de una olla de peltre en la cocina de mi casa. Jamás se me ocurrió mirar allí.

A veces uno busca algo, se angustia, y en medio de la desesperación no se da cuenta de que lo que supone extraviado está a la vista, a un metro de distancia. Al menos en mi caso, pienso que esa conducta surge del temor a olvidar que sentimos los viejos, y a la falta de confianza en nuestras facultades.

Respecto a la pérdida que acabo de sufrir no caben esas justificaciones. ¡Lástima! Sería mucho más fácil y menos doloroso achacar el extravío a motivos naturales, pero no es así. El hecho es concreto y lo digo con todas sus letras: perdí mi pueblo, ese del que salí cuando tenía cinco años y al que pude volver con la imaginación todas las veces que me sentí perdido, solo, arrojado de un mundo que a veces no comprendo.

Aquel retorno imaginario, tan estimulante, ya es imposible. De mi pueblo no queda nada: ni tapias, ni muros blancos, ni el empedrado, ni las ventanas con barrotes, ni la zapatería con una changuita vestida columpiándose en el aparador, ni la cantina del Diablo, ni El Resbalón, ni la casa de las Martínez, ni los árboles de clavo en el zócalo, ni la fuente en el Pueblito –el otro jardín.

Tal vez hice mal en volver, pero tenía que hacerlo, aun a sabiendas de que no iba a encontrar a familiares o conocidos. Los que no emigraron están sepultados en el panteón. No me atreví a visitarlo, pero lo recuerdo árido, con la reja caída, hierbas silvestres entre las tumbas y un pirul con las ramas bajas que daba sombra a perros esqueléticos, indiferentes al goteo de bolitas rojas sobre sus lomos magullados.

III

No me malinterprete, señora. Que le haya dicho que no queda nada de mi pueblo no significa que una bomba atómica lo haya pulverizado. No, el pueblo está allí, donde estuvo y estará siempre, sólo que yace deforme, asfixiado por algo así como una inmensa costra integrada por casas divididas, interminables hileras de establecimientos donde se exhiben los mismos productos chinos, refaccionarias, puestos miserables, comederos, pollerías. Contribuyen al nuevo rostro del pueblo casas de cambio –¡Dólares!–, una agencia de teléfonos celulares, un café-internet y uno o dos restaurantes que ofrecen un menú de pizzas y hamburguesas.

IV

Cumplí el compromiso que hice con mis amigos antes de irme. Al regresar me reuní con ellos para hablarles de mi experiencia. Ya le dije, señora, que reaccionaron como no imaginé: con indiferencia, burla, suspicacia. No esperaba que me quitaran la sensación de pérdida (porque eso nadie podrá hacerlo), sólo quería que me ayudaran a entender o a aceptar un hecho que significa para mí algo tan doloroso como ver morir otra vez a los seres queridos.

V

Mientras hablaba con usted, señora, recordé que por encima de todo lo que asfixia al antiguo pueblo quedan la torre de la iglesia, el quiosco, troneras en lo alto de un muro espeso, un portón con herrajes, la entrada a la botica, la Soledad, las nubes pasajeras y los tordos. Con esos elementos me bastará para reconstruir mi pueblo imaginario.

La Jornada, julio 10, 2016.
Mar de Historias
La Prisionera (93)
Cristina Pacheco

La última noche que pasé en mi anterior departamento fue terrible. Me afectaba tener que dejarlo y, además, era irritante caminar entre el desorden de cajas en donde había empacado la mayor parte de mis efectos personales. Faltaban los que tenía en el ropero de copete: regalo de mi prima Isabel. Subirlo a mi departamento, en el cuarto piso, resultó una auténtica odisea; sería otro tanto cuando lo bajaran para entregárselo a su nuevo dueño: don Gonzalo, el anticuario de Ferrocarril de Cintura, a quien conocí por casualidad.

Andaba por su rumbo buscando un consultorio de medicina tradicional. Nadie supo darme razón. El dependiente en una miscelánea me sugirió que le preguntara al dueño del bazar, don Gonzalo. Lo encontré, muy abstraído, pintando un retablo.

Lo saludé y me miró sin esconder su fastidio. Aun así, le pregunté por el consultorio. Hace tiempo lo quitaron. Su tono y la prontitud con que volvió a su trabajo eran señales de que no iba a contestar más preguntas. Era inútil seguir allí pero algo me retenía en el bazar: dos cuartos de techo bajo y paredes muy gruesas. La pintura azul, carcomida, dejaba al descubierto tramos de adobe. Pensé en voz alta: Este edificio debe ser viejísimo. No sé, pero de seguro algo más que yo.

La broma de don Gonzalo me dio confianza y me puse a ver la confusión de objetos y muebles entre los que sobresalía una vitrina cerrada llena de miniaturas. ¿Podría verlas? Si usted no lo sabe, ¿cómo voy a saberlo yo? fue la respuesta.

II

Nunca pensé que aquel absurdo intercambio de palabras sería el principio de una larga y extraña relación a la que no puedo llamar amistad. Menos imaginé que al cabo de los años don Gonzalo acabaría por comprarme el ropero de copete que me regaló mi prima. Antes de irse a vivir a León con su esposo intentó vender el mueble. No encontró interesados y decidió heredármelo.

El ropero no combinaba en absoluto con mi mobiliario, pero lo acepté gustosa, sin pensar cómo iba a subirlo a mi departamento, ni si tendría suficiente espacio para sus dimensiones. Después de muchos desplazamientos y de oír las bromas de los cargadores, acabé por cederle buena parte de mi recámara. Allí estuvo cinco años y de allí salió un día después de mi mudanza. (La portera me hizo el favor de vigilar su traslado al camión que contrató don Gonzalo.)

III

Cuando dejé mi departamento ya no quedaban inquilinos en el edificio. Fui la última en salir, y eso porque el administrador me dio como último plazo un mes para entregarle las llaves. Presionada, me dediqué a buscar otro. Vi muchos: todos diminutos y carísimos. Al fin encontré éste.

La mañana que firmé el contrato me di cuenta de que en mi nuevo domicilio no iban a caber todos mis muebles. Algunos los regalé a un asilo; otros, por las carreras, los malbaraté. Llegó el momento en que sólo me quedaban algunos trastos, la cama y el ropero de copete. Llamé a don Gonzalo. Fue a verlo y decidió comprármelo en lo justo. Estuvo de acuerdo en mandar por él un día después que yo me hubiera ido, de lo cual iba a informarle la portera.

Dediqué las últimas horas de mi estancia en el departamento a sacar lo que tenía guardado en el ropero. Debí vaciarlo antes pero me lo había impedido cierto miedo de hallar en sus entrepaños y cajoncitos algo más que la ropa y los accesorios que muy rara vez usaba: recuerdos. Al fin me sobrepuse a mi ridículo temor.

Giré la llave, se abrió la puerta y del ropero salió un aroma inconfundible a Heno de Pravia. (Con una pastilla de jabón y unas gotitas de perfume evité el triste olor a guardado.) Mis dedos, al rozar la tela o la madera producían rumores. No pude soportarlos. Abrí la ventana: bendije el ruido ensordecedor de la calle tantas veces maldecido por mí.

IV

Cuando pensé que no quedaba nada más en el ropero descubrí en el fondo una sombrilla de encaje palo de rosa. Era de Isabel. Al desplegarla volví a ver a mi prima, muy niña, amparada por su sombra cuando los domingos íbamos todos a la misa de doce, o salíamos de paseo a algún campo cercano, o nos deslizábamos por los canales en una trajinera. En todos aquellos momentos Isabel nos miraba desde algún punto, y siempre bajo la sombrilla para impedir –según decisión de su madre y nuestra abuela– que el sol pudiera manchar su cutis de porcelana.

Isabel fue una niña notable por hermosa. Nuestros parientes se referían a ella como a la blanquita de la familia y la más linda. Todos opinaban que era necesario proteger esos dones prohibiéndole el sol y evitándole los accidentes propios de los juegos infantiles.

Ante el recuerdo, por primera vez me di cuenta de lo monstruoso e inhumano que había sido aquel procedimiento. Horrorizada, devolví la sombrilla a su escondite. Cuando la descubriera, don Gonzalo iba a imaginarse muchas cosas, pero nunca que un objeto tan bello y delicado hubiera sido la prisión de una niña.

La Jornada, julio 3, 2016.
Mar de Historias
De milagro (92)
Cristina Pacheco

José vino temprano para decirme que le había salido un flete a Toluca y regresará tarde. No me gusta que maneje en esa carretera, y menos cuando llueve. Le di su bendición y me quedé viéndolo alejarse en la camioneta que le presta su tío.

Me entristeció pensar en mis hijos solitos en la casa, esperándonos. Lo bueno es que mi vecina les da sus vueltas, pero no es lo mismo a que estén conmigo. Guardé rápido mis moldes. Ya estaba lista para irme cuando se soltó el aguacero. Imposible salir. Llamé a mis hijos para avisarles que iba a tardarme un poquito. Me contestó Lucio. Lo noté raro. ¿Estás llorando? Mi hermana me pegó. July le arrebató el teléfono para darme su versión del pleito: Sí, le di un guantón porque me gritó cosas bien feas. ¿Pues qué le hiciste? Nada más le dije que siempre no vas a llevarnos de vacaciones y se enfureció.

Le recordé que ser la mayor no le da derecho a pegarle a su hermano, y me salió con que todo el tiempo le doy la razón a Lucio nada más porque es chiquito. Mentira: no tengo favoritismos. No quise discutir, sólo le dije que por ningún motivo fueran a salirse a la calle.

II

Mis compañeras estaban en la cocinita donde comemos, esperando que dejara de llover. Como siempre que nos reunimos, hablaban de sus problemas: Carmela, de que la han robado tres veces en el puente; Olga, del temor a que sus hijas anden en malas compañías; Rosa Elena, de lo caro que está todo; Santa, de que ya no soporta a sus nuevos vecinos. Como no decía nada, Carmela me preguntó por qué estaba tan callada.

–Lucio y July se pelearon otra vez. Los pobres se quedan mucho tiempo solos, no dejo que salgan ni al patio a jugar y su única diversión es la tele. Se aburren y por cualquier babosada se agarran. A lo mejor sería distinto si hubiera más niños en la casa, ¿no crees, Rosa Elena?

–No. Siempre es igual. Tengo el mismo problema que tú, y eso que vive conmigo una tropa: mis cuatro niños y el hijo de mi hermana Karla. Ella, como trabaja en dos lugares, no puede atenderlo. Los escuincles a cada rato se pelean. Ha de ser porque están muy apeñuscados en el cuarto…

–Por eso es necesario ir con los niños de vacaciones, aunque sea pocos días, a un sitio donde puedan correr, meterse a una alberca, sentirse un poquitito más libres.

–Sí, Olga, pero sabes que muchas veces, aunque uno quiera llevarlos de paseo, es imposible. El dinero no alcanza para los gastos del diario, menos para hotel, pasajes y todo lo que se ofrece estando fuera.

–Y donde que los niños son tan antojadizos: lo quieren todo.

–Ni me lo digas, Carmela. Cuando van conmigo a la panadería no falla que me digan: Cómpranos un helado, una pizza… Siento feo de no poder darles gusto y por eso mejor ya no los saco.

–Ay, Rosa Elena, tampoco es para tanto.

–No exagero, Carmela, digo la verdad. Sabes que en el taller andamos mal. Esta temporada tuvimos muy pocos pedidos de juguete. Desde hace tres años no hay aumento de sueldo y las cosas están mucho más caras. Así, ¿quién va a pensar en vacaciones? ¡Nadie! ¿Por qué me miras, Santita? ¿No me crees?

–Pienso como tú: estamos de la chingada. Así y todo voy a llevar a mis hijos de vacaciones. Lo hago por ellos, pero también por mí. Quiero disfrutarlos, que convivamos, porque casi no los veo. Cuando salgo a trabajar todavía es de noche y cuando vuelvo ya anocheció. Llego tan cansada que les doy de cenar y me acuesto. Así que ya se los dije: Niños: nos vamos de vacaciones.

–Santa, ¿no me habías dicho que te dieron el préstamo?

–Ay, Carmela, ¿qué no conoces al patrón? Aparte de negármelo se enojó porque se lo pedí. No me importa. Decidí que nos vamos de vacaciones, ¡y nos vamos! Sacaré el dinero poniendo una venta de garaje. Así le hizo mi comadre en diciembre y con lo que ganó pudo llevar a sus hijos a Tequisquiapan.

–¿Y qué vas a vender, Santita?

–¡Todo, Olga, todo! Mi lavadora vieja, la ropa y la herramienta que me dejó Manuel cuando se largó, la silla de ruedas que usaba mi papá y hasta mi vestido de novia. Por ese me darán al menos 300 pesos. Está lindo, todo blanco.

–Ay, Santa, no vayas a salirnos con que te casaste virgen.

–No, Rosa Elena, ¡para nada!, pero hacía milagritos. Oigan, ya no llueve. Vámonos antes de que caiga otro aguacerazo. Y tú, muñeca, oye lo que te digo: haz tu venta de garaje para que puedas llevar a Lucio y a July de vacaciones.

Pienso seguir el consejo de Santa. Nada más con lo que me den por los aparatos eléctricos descompuestos y los juguetes que mis hijos ya no quieren juntaré buen dinerito. Lástima que José nunca haya podido comprarme el traje de novia.

La Jornada, junio 26, 2016.

Mar de Historias
Oleaje (91)
Cristina Pacheco

La visita me dejó una sensación extraña. Rumbo al estacionamiento, me asaltaron impulsos encontrados: por una parte deseaba estar lo antes posible en mi casa y por otra regresarme y decirle a mi tío Ernesto lo que nunca le he dicho: Te quiero tanto como quise a mi padre. Debí seguir el impulso, pero algo me impidió volver al cuarto 222. Hace once años llegaron a ocuparlo mi tío Ernesto y su segunda esposa, Belén. Cuando ella murió, le aconsejaron mudarse a otra habitación. No aceptó entonces ni tampoco hace unos días, cuando se le presentó la oportunidad de ocupar alguno de los cuartos remodelados.

Me lo dijo Eréndira, la nueva responsable del Pabellón B. Como si no supiera el camino, acepté que me acompañara hasta el 222. Lo hice sólo para tener oportunidad de conocerla un poco. Así me enteré de que lleva un mes trabajando en el asilo; este es su segundo empleo (renunció al anterior porque el hospital le quedaba muy lejos), le agrada porque no tiene jefa directa y podrá traer a su hijo Efraín los domingos que le toque guardia. Me parece que Eréndira es madre soltera.

Cuando le pregunté qué tal se llevaba con los residentes dijo que muy bien, pero había sido difícil ganarse su confianza y aún no lograba entender las peculiaridades de algunos. Puso el ejemplo de mi tío Ernesto: no sabe cómo interpretar su costumbre de pasarse horas en el merendero, viendo la misma guía turística de Veracruz. Tampoco se explica que él no haya aceptado mudarse de cuarto. No quise aclarárselo. Me pareció que Eréndira iba a tomar como un capricho de viejo el apego de mi tío por su espacio y no como lo que es: una prueba de amor.

II

Del asilo a mi casa hago por lo menos una hora. Mientras iba de regreso tuve tiempo de recordar cada detalle de mi visita. Había sido diferente a las anteriores, empezando porque encontré a mi tío subido en un banco pintando de azul una mancha de salitre para convertirla en ola: su viejo afán. Nunca he conocido a nadie con semejante empeño.

La escena tenía algo muy evocativo y conmovedor. No quise alterarla haciendo preguntas innecesarias. Permanecí callada, viendo a mi tío absorto en su tarea. No era difícil suponer que pensaba en Belén.

Su matrimonio fue largo. Cuando llegaron a hospedarse en el asilo ambos tenían 67 años. Convirtieron la habitación 222 en su mundo. Imagino que allí reconstruyeron su vida pasada y aceptaron el presente, el día a día, como su único futuro.

La familia celebró la unión de mi tío Ernesto con Belén. Mis hermanos y yo los visitábamos algunas veces en su casa de Clavería. Era de una sola planta, con las habitaciones alineadas y un patio largo y húmedo que mi tío embelleció convirtiendo en ola cada mancha de salitre que brotaba.

Años después, cuando por razones prácticas decidieron vender su propiedad y alquilar un cuarto en el asilo, se diluyó un poco la relación. Sin embargo, en la medida de lo posible, me propuse frecuentarlos con cierta regularidad.

III

A mi regreso de un viaje, un miércoles fui a visitarlos y no los encontré en su habitación. Mireya, la directora de entonces, me dijo que en los últimos días pasaban mucho tiempo en el merendero. Es una sala amplia, en medio del jardín, con ventanales. Me detuve en la puerta y los miré. Parecían tan unidos, tan cómplices, que me dio pena interrumpir su conversación. Al acercarme vi sobre la mesa una guía turística de Veracruz. ¿Qué están planeando? Que te lo diga Ernesto, respondió Belén. Mi tío se apoyó en el respaldo de la silla: Hacer un viajecito. Aquí la señora se muere porque la lleve al mar. Y voy a darle gusto. Pregunté cuándo se irían de viaje: los dos respondieron al mismo tiempo: En junio. ¿Y por qué se esperan cuatro meses? Porque estaremos celebrando nuestro aniversario de bodas.

Pasé el resto de la tarde escuchando cómo habían sido sus comienzos, las dificultades para conseguir trabajo (él, en un laboratorio; ella, en una academia de canto), el billetito de Lotería premiado, la compra de su casa, la conveniencia de vivir en el asilo. Estaba encantada escuchándolos, pero se hacía tarde y tuve que despedirme. Me acompañaron a la puerta. Cuando la abracé, Belén me dijo al oído: Esta vez no tardes mucho en volver.

Abrevio: antes de cumplir su deseo de viajar al puerto, Belén murió inesperadamente. Mi tío Ernesto habla muy pocas veces de ella, pero sé que todo se la recuerda: su cuarto, el merendero, la guía turística que consultaron juntos y guarda para siempre la belleza de los amaneceres en el mar.

IV

Encontrarlo solo en su cuarto me angustia; pero todavía más despedirme de él. No por eso dejaré de visitar a mi tío Ernesto. Hoy me alegró verlo empeñado en su rara aspiración de convertir una mancha de salitre en una ola. Por eso, tal vez sólo por eso, me dieron ganas de abrazarlo y decirle lo que nunca le he dicho: Te quiero tanto como quise a mi padre.
La Jornada, junio 19, 2016.

Mar de Historias
Las sucias palabritas (90)
Cristina Pacheco

El rostro deforme de un androide crece, invade la pantalla, abre las fauces y gruñe al tiempo que suena el timbre de la puerta. Águeda se sobresalta. Contrariada por la interrupción, va hacia el interfono y pregunta quién llama:

–Soy yo, Rebeca. Se me olvidaron las llaves.

Águeda se aproxima a la puerta, descorre los pasadores de seguridad y abre: –Pensé que regresarías más tarde cargada de paquetes, pero veo que no compraste nada. ¿Tan mal está la barata?

–No sé. Sólo fui al departamento de cosméticos. –Rebeca arroja su bolsa en el sillón, toma asiento, se descalza y se frota los pies.

–¿Qué estás viendo en la tele? No me lo digas. Imagino que una película de monstruos. Te fascinan, ¿verdad?

–Desde chica. Será porque mi abuela siempre nos contaba historias de espantos. –Águeda se acerca al televisor.

–No lo apagues: sigue viendo tu película.

–Ya terminó. La historia era malona, pero los efectos y los maquillajes eran fabulosos: se veían completamente naturales. Voy a la cocina para hacerme un café. ¿Quieres uno?

II

Rebeca pone la taza en la mesa camilla, se recuesta en el sillón y mira al techo: –Interpretar papeles de monstruo podría ser un buen trabajo para mí, y sin necesidad de maquillaje. –Se incorpora y enciende rápido una lámpara:

–Águeda: ¿cómo me veo?

–Como siempre. ¿Por qué?

–Acércate y dime la verdad. ¿Qué opinas de mis ojos?

–Son muy bellos. Todo el mundo te lo dice.

–¡Mientes! Los tengo papujitos.

–¡Qué palabra! ¿Dónde la oíste?

–En el departamento de cosméticos. –Rebeca finge una voz aguda: –Linda, ¿me permite una opinión? Como sus ojos ya están muy papujitos, le recomiendo sombras mate. Las nacaradas que quiere van a subrayar más la inflamación de sus párpados. ¿Usa crema de noche? ¡Qué bien! ¿Y la de día? ¿No? Pues por eso está papujadita.

–Oye, Rebeca, ¿quién te dijo esas babosadas?

–La dependienta que me atendió. Era muy profesional y amable, pero hizo que me sintiera como un monstruo.

–¿Sólo porque te habló de tus párpados?

–Eso no fue todo. Cuando supo que no uso bloqueador me dio una cátedra acerca de los pésimos efectos del sol y la contaminación en pieles maduras. –Rebeca frunce la nariz y vuelve a fingir la voz: “–Además de mancharse, en cierto momento la epidermis comienza a perder brillo y densidad. Sus capas se aflojan, se van desgarrando como una cortina que alguien araña y se cuelgan.”

–¡Genial! ¿Qué quiso decir con eso?

–Pues que además de papujita estoy fláccida, pellejuda… Sentí como si ya estuviera pisándome los cachetes. No quería que nadie me viera y por eso volví tan pronto a la casa.

–Francamente ya no deberías ser tan ingenua. ¿No entiendes que la dependienta sólo pensaba en venderte sus cremas? Además, los párpados hinchados no tienen nada de malo. Piensa en Charlotte Ramplin. Por cierto, te pareces un poco a ella.

Rebeca extrae de su bolsa una polvera y se mira en el espejo: –Sí, cómo no, somos idénticas. –Arroja la polvera: –Estoy viejísima, horrible.

–Casi somos de la misma edad. Si tú estás horrible, yo también. –Águeda se sienta en el sillón muy cerca de su amiga: –Mírame. Dime si tengo los ojos papujitos.

Rebeca retrocede un poco y observa a su amiga unos segundos: –No. Bueno, no mucho; pero en el izquierdo como que la bolsita se nota más.

–Hablas como tu dependienta.

–¡Óyeme, no! Me preguntaste y te contesté.

–Síguele: ¿tengo manchas? No tomes en cuenta la del cuello: es un lunar que heredé de mi madre. Fíjate sólo en la cara y dime. –Águeda contiene la respiración mientras espera la respuesta.

–Aquí hay muy poca luz y no puedo verte bien. –Rebeca se acerca más: –La nariz y los pómulos están bastante manchaditos. Lo bueno es que no te preocupas y aceptas que a cierta edad…

–Ya me lo dijiste, lo memoricé: los ojos se papujan, la piel se desgarra, salen manchas.

–¿Cómo le haces para aceptarlo todo con naturalidad? Yo no puedo, y menos desde que la dependienta me explicó los cambios. –Rebeca se interrumpe al ver que su amiga se levanta: –¿A dónde vas?

–A mi cuarto, a vestirme. Hoy cierran a las nueve. Todavía podemos llegar al centro comercial. Quiero posponer el desastre: compraré algunas cremas. –Se detiene en la puerta: –Por cierto, no creo que sirvieras para hacer papeles de monstruo; en cambio, podrías ser una magnífica vendedora. Llama al sitio. Ve pidiendo el taxi.

La Jornada, junio 12, 2016.

Mar de Historias
La reina blanca (89)
Cristina Pacheco

La luz de aquella mañana era prodigiosa. Invitaba al optimismo. Nada malo ni triste podía suceder bajo la nitidez de un cielo azul, sereno. El viento suave arrastraba el canto de los pájaros. Valía la pena disfrutar del momento. En vez de atravesarme hacia la avenida seguí caminando por el parque. Su quietud era un vestigio de la ciudad de antes, algo provinciana, que jamás volverá.Tuve deseos de sentarme en una banca y disfrutar de la mañana que asocié con algunas imágenes inolvidables de mi infancia: los brazos caprichosos de un árbol de aguacate hundidos en la corriente de un arroyo, el nacimiento de las mariposas, el columpio en la rama baja de un eucalipto, la miel en las celdillas, el coro nocturno.

II

A las nueve de la mañana en el parque había pocos visitantes, casi todos deportistas, enfermeras empujando sillas de ruedas y una pareja en plena reconciliación. De pronto apareció un grupo de niñitos uniformados con su profesora a la cabeza de la fila. Para no interrumpir la columna me aparté del sendero. Entonces vi a un hombre inclinado sobre una de las mesas de piedra que hay en el parque.

Cuando al fin pude remprender mi caminata pasé junto él y lo reconocí. Era Delmiro, el velador de la fábrica. Hacía más de un año que estaba jubilado. Lo despedimos un viernes con el clásico brindis. Nos tomamos varias fotos con él y luego lo acompañamos hasta la reja. Iba muy contento porque al fin, después de años de velar en la fábrica, podría meterse en la cama a la misma hora que su mujer y no muy de mañana, cuando ella había salido rumbo a la Central de Abastos, donde trabajaba.

III

Lo llamé por su nombre y él me respondió con un gesto que era más bien una interrogación. Temí que no me hubiera reconocido y me identifiqué. Su sonrisa, enturbiada por la barba crecida, fue una señal tranquilizadora. Entonces vi el tablero y las figuras de ajedrez dispersas sobre la mesa. ¿Qué está haciendo? De sus labios salieron palabras entrecortadas. Luego, sin dejar de mirarme, guardó silencio.

Comprendí que esperaba algún comentario, pero sólo le pregunté si podía sentarme junto a él. Extrañado, se corrió en la banca. Le dije cuánto gusto me daba verlo. Alargué la mano y oprimí la suya. Tenía una venda percudida y mal puesta. ¿Qué le sucedió? Me quemé con la estufa. ¿Le duele? Todo, respondió tocándose el brazo, el pecho, la frente.

Tal vez la quemadura en la mano no fuera grave, pero la delgadez, el decaimiento y cierto extravío en la expresión de Delmiro me inquietaron y fui directo al tema: ¿Se siente bien? Algo mareado. Seguido me pasa. ¿Ha visto un médico? Si quiere, puedo llevarlo al hospital. Está muy cerca. Me interrumpió impaciente: Sí, ya sé dónde está. Allí llevé a Consuelo. Allí murió después de quejarse una sola vez, no sé si de dolor o de qué. Nunca lo había hecho. Cuando la oí pensé que refunfuñaba porque la había hospitalizado. Le dije que iba ayudarla a vestirse para que nos fuéramos, de escapada, a la casa.

Sonrió, divertido por el recuerdo: “Le propuse una travesura porque sabía que era el tipo de cosas que le gustaba hacer. Imaginé que iba a alegrarse, pero no dijo nada. Saqué su ropa del clóset donde la había colgado. Se la enseñé, pero ella no se movió. Salí por la enfermera. Cuando llegó le pregunté qué le sucedía a mi mujer. Me dijo algo que sólo después comprendí: ‘La señora se acabó.’”

El esfuerzo por contener el llanto descompuso sus facciones. Se quedó con los ojos cerrados un momento. Cuando los abrió parecía muy sereno, como si fuera otra persona. Resoplando, afanado, se puso a revolver las figuras del ajedrez: No encuentro a la reina blanca. Estaba con las demás piezas. Creo que la perdí o se escapó, y sin ella no puedo empezar el partido.

Quería ayudarlo: ¿Cuándo la perdió? Irritado por mi pregunta, de prisa guardó el tablero y las figuras en un saco de felpa. Se puso de pie y, por primera vez sonriente, miró hacia los árboles: A Consuelo le encantaban. Muy ocurrente, decía que eran suyos, que este jardín era nuestro. Tenía razón: en el mundo todo es de todos. Sigo diciéndole que vengo y me siento en nuestra mesa, pero no podemos jugar porque me falta la reina blanca. Hoy se lo dije en una carta.

Delmiro extrajo del bolsillo de su chamarra una hoja de papel rayado y me la entregó. La escritura era desigual, incierta. Leí la primera línea: Querida Consuelo, hace tanto, tanto tiempo que no te veo…

No pude continuar la lectura y le devolví la carta. Delmiro se la guardó en el bolsillo y sin decir más se alejó caminando al paso de quien no tiene destino inmediato, ni a nadie que lo espere. Me quedé mirándolo. Creo que iba hablando solo, tal vez preguntándose dónde podría encontrar a su reina blanca.

La Jornada, junio 5, 2016.
Mar de Historias
El reencuentro (88)
Cristina Pacheco.

Pedí el boleto del cine por Internet para ahorrarme tiempo y ahora resulta que si quiero un refresco tengo que hacer cola media hora –comenta Noemí, sin dirigirse a nadie en particular. El joven que va delante la mira por encima del hombro y vuelve a concentrarse en la pantalla de su celular.

Noemí se arrepiente de haber renunciado a uno de sus principios fundamentales: no ir al cine sin un acompañante. Hoy lo hizo porque necesitaba olvidarse de los números, la computadora que se le dificulta, los problemas domésticos. Escucha las carcajadas de una pareja que acaba de llegar. Los dos son muy jóvenes. Noemí los imagina, más tarde, comentando la película en alguna cafetería. Reconocer que los envidia nada más por eso la desconcierta. No quiere seguir pensándolo. Abre su bolsa y saca su celular. Quizá tenga un mensaje. Sí, es el que su madre le envió al mediodía pidiéndole que recoja sus lentes en la óptica. Lamenta haber consultado su correo y estar en el cine en vez de servir a su madre.

La lentitud con que avanza la fila la hace temer que entrará a la sala 2 cuando haya empezado la película. ¿Cuál? No lo recuerda ni le importa. Sólo quiere distraerse. De pronto ve a un hombre alto, vestido de negro, que la saluda desde lejos agitando la mano y va a su encuentro con expresión de felicidad:

–¡Qué sorpresa! Jamás imaginé que iba a encontrarte aquí, y menos haciendo cola en la dulcería. Me recuerdas cuando nos escapábamos de la escuela para ir a comprar a la tienda del Viudo. Su mujer era muy malgeniosa, pero hacía unas tortas riquísimas.

La perplejidad de Noemí no aminora el entusiasmo del recién llegado: –Estás igualita. Lo único distinto es que no llevas el uniforme, y ¡qué bueno! Era feísimo. Sólo a ti te quedaba bien.

Noemí agradece el cumplido y se dispone a aclarar la situación, pero el desconocido le arrebata la palabra: –No sabes cuánto he pensado en ti. Quise buscarte, pero ¿cómo? Perdí la pista de todos los compañeros. Sólo volví a ver a Eduardo. Lo visité en el hospital poco antes de que el pobre…

–¿Eduardo?

–Sí. Era de Tijuana. Llegó al grupo a mitad del año. Ahora me arrepiento de las bromas pesadas que le hacíamos. Luego él y yo nos volvimos inseparables. Fue mi confidente. Le hablaba mucho de ti. Hacíamos planes con la seguridad de que íbamos a realizarlos. Tal vez por eso pienso que aquella fue la mejor etapa de mi vida. –El hombre hace un guiño: –Algo tuviste que ver en eso. Me traías loco. Debí decírtelo, pero no me atreví, ni siquiera cuando a fin de año me regalaste tu escudo de la escuela. Siempre lo traigo en mi cartera. Te lo voy a mostrar.

El hombre se busca en el bolsillo del saco. Noemí da un paso hacia él y le habla en tono comedido:

–Siento mucho decírselo, pero no soy quien usted imagina. Si hubiéramos sido compañeros de escuela lo recordaría. Tengo buena memoria.

El hombre se estremece y deja de sonreír:

–Hubiera jurado que tú, perdón, usted era… Disculpe mi error, pero entiéndame. Siempre quise volver a encontrarme con esa persona y usted se le parece tanto… Cuando la vi formada pensé: Es ella, es mi día de suerte, pero ya veo que no.

–Debo irme. Me están esperando. –Noemí se aparta de la fila y se encamina de prisa hacia la sala 4.

II

Lo que temía: encuentra la película empezada. Procura concentrarse en la trama, pero no consigue olvidar al hombre que la abordó unos minutos antes. ¿Cómo pudo él confundirse tanto? ¿Habrá realmente alguien tan parecida a ella? De ser así, ¿dónde estará su doble? Tal vez buscándolo a él. Noemí trata de recordar si el desconocido mencionó en algún momento su nombre. No. Tampoco el de ella. Sólo el de Eduardo.

La emoción con que él le habló no merecía su intransigencia. Noemí piensa que debió seguirle la corriente. Para no romper su ilusión habría bastado con aceptarlo todo, darle un teléfono falso y pedirle que la llamara un día de estos para hacer una cita y conversar.

III

Noemí se confunde con los espectadores que se dirigen a la salida. Si alguno le preguntara qué película vio ella no podría decirlo. Todo el tiempo estuvo pensando en la extraña conversación con el hombre de negro. Se detiene cuando lo descubre en el pasillo y luego se apresura hacia él:

–Quiero disculparme. Cuando me hablaste estaba pensando en un asunto de trabajo y no puse atención en lo que decías… Pero es cierto que fuimos compañeros de escuela, el uniforme era horrendo y te regalé mi escudo. Me siento tan feliz de haberte…

El hombre la interrumpe: –Me apena decírselo, pero está equivocada: nunca antes nos habíamos visto. Y ahora, con su permiso…

Noemí lo ve salir a la calle y abordar un taxi que en segundos desaparece, y lo lamenta.

La Jornada, Mayo 29, 2016.

Mar de Historias
Dos imágenes (87)
Cristina Pacheco.

Ejército amarillo

I

En el escritorio junto a la ventana tengo un tazón lleno de lápices Mirado del número 2: objetos cien por ciento de fiar y con una muy especial vocación de servicio. Esbeltos, amarillos como girasoles en plena floración, entre todos forman una cerca que no deja escapar mi infancia. Días de escuela, asombros, momentos de tedio, ingenuas confesiones en el cuaderno, cuyas páginas empezaban con fechas que nunca más serán y corresponden a un lunes perezoso, un jueves como tantos, un viernes que le puso punto final a una semana interminable, un domingo de esperanzas inútiles, de aguardo y llanto.

No bastan para borrar esa palabra –llanto– las gomas de mis lápices. Esos apéndices esponjosos y rosados me recuerdan los poco atractivos zapatos con suela de hule que asordinan el eco y el ritmo de los pasos. En sus funciones originales, las gomas actuaban como magos que en dos por tres hacían desaparecer –segundos antes de que fueran descubiertos por otros– errores, osadías y pequeños desquites.

II

Sus puntas grises son afiladas lanzas con que libran muchas batallas, entre otras contra la desmemoria. Conquistaron el triunfo con facilidad, podría decir que a ojos cerrados, basándose en el método que aplicaron en días lejanos para ayudarme (ayudarnos) a memorizar que la v de vaca no es la b de burro y la s de sopa no es la z de zarza; a concederle la mayoría de edad de la n poniéndole bigotes y de ese modo convertirla en ñ; a descargarme (descargarnos) del peso de un fracaso obligándolo a salir de su escondite, desdoblarse y avanzar sobre las rayas del papel como un equilibrista que anda sobre la cuerda floja.

Al igual que el resto de los lápices, los que conservo en el tazón de mi escritorio son comedidos, sensatos, no quieren disfrazarse de nada ni presumen de sus conocimientos, aunque tienen muchos y diversos: saben de literatura, algo de métrica, geografía, historia y hasta de matemáticas. Cuando se lo proponen dibujan bien. A solas, entonan canciones muy hermosas que tienen los registros de la infancia.

Dos tiempos

I

En el escritorio, atestado de notas y libros que son buenos propósitos de lectura, conservo dos recortes de periódico. En uno se ve a un policía que retira el cadáver de un niño sirio ahogado en Bodrum (Turquía) en septiembre; en el otro, aparece Emma, la italiana que acaba de cumplir ll6 años y está considerada la persona más longeva del mundo.

En la primera imagen, el uniformado, un hombre que parece muy alto, camina sobre la arena despacio, como si no quisiera despertar al niño que lleva en sus manos y está muerto. Del cuerpecito exánime sólo pueden verse el brazo izquierdo sobre el pecho, los pantalones oscuros, las piernas ya sin fuerza y los tenis empapados por las aguas del mar Egeo.

Ese niñito, del que no logro recordar el nombre, fue uno de los cinco menores que perdieron la vida en el desastre. No vi sus cuerpos desmadejados, ni sus ropas, pero los reconozco en mi niño de apenas tres años. En tan breve tiempo ¿cuánta vida cabe? La que puede consumirse en 36 meses: casi nada. Me gustaría sustituir el amargo destino de ese niño por una vida larga, aunque inventada. Empezando por figurarme que llegó con su familia en la isla de Kos, asiste a una escuelita improvisada, empieza a hacer amigos, se deshace en preguntas todo el día y por la noche duerme tranquilo porque ignora lo que significan palabras como emigración, naufragio, miedo.

Instalado en su nueva vida, mi niño pronto cumplirá cuatro años. Es alto para su edad. Hará falta comprarle pantalones más largos que no se conviertan en sudario y tenis más grandes de los que nunca escurra agua del mar Egeo: allí se ahogaron su confusión, su soledad, sus lágrimas.

II

En el segundo recorte aparece Emma. La mujer que nació en l899 en la frontera italiana con Suiza. Es saludable, enérgica, lucha por conservar su independencia y protege a toda costa su intimidad: no permite que nadie la vea desnuda, así sean sus cuidadoras. Si está de buen humor, narra a los periodistas que la asedian (en un idioma tan inextricable como el latín, según aclara la nota del diario) lo que recuerda de su vida: trabajó desde los 12 años en una fábrica de arpilleras, en 1926 se casó, tuvo un hijo que se le murió a los seis meses de nacido; en l938, con riesgo de ir a la cárcel, optó por separarse de su esposo maltratador.

Ignoro en qué momento, Emma se enamoró perdidamente de un hombre del que nunca habla y que, según cree, murió en la guerra. En realidad –cosa que no sabe ni sabrá– él logró mantenerse a salvo, regresó a buscarla y al no encontrarla, desapareció.

Durante el día Emma reza tres rosarios. A decir de las cuidadoras, sus noches son largas, en ocasiones insomnes. Dedica el tiempo a contabilizar, una y otra vez, los billetes que guarda bajo la almohada. A veces, con sólo descubrir una sombra en medio de la oscuridad, imagina que alguien llega. ¿Su hijo? ¿El amante que partió a la guerra? Ellos no, porque siempre han estado allí: entre la Emma de 116 años y la otra del cuadro que mira a la distancia y apenas sonríe.

Desearía escribir en un cua­derno la historia de amor de ­Em­ma. En la ficción haré posibles el rencuentro con su amante y una larga vida en común, de tal modo que los dos estén cumpliendo ahora –¿por qué no este domingo?– ll6 años de edad y celebrándolo con una copita de grapa mientras la noche cae sobre el lago Maggiore. Si el relato no fluye co­mo quiero, lo borraré con la goma de uno de mis lápices amarillos, esos que tengo en el tazón del escritorio, junto a la ventana.

La jornada, mayo 22, 2016.

Mar de historias
La tarea (86)
Cristina Pacheco

El primer cuento que me leyeron cuando yo era muy niña fue Almendrita. Recuerdo la historia en general, pero tengo presentes al señor Topo, a la golondrina, al príncipe en el Jardín del Amor y sobre todo a la protagonista. Ejerció una particular fascinación sobre mí y hasta la fecha me parece verla, pequeñísima, desperezándose entre sábanas hechas de pétalos y navegando por un río en la cáscara de una nuez.

Las historias que inventaba mi madre para entretenernos me hicieron olvidar a mi heroína favorita de entonces. Por fortuna la rencontré algún tiempo después.

I

Cuando estaba en cuarto año de primaria, la maestra Eva –en quien pienso con enorme agradecimiento y cariño– nos puso como tarea escribir un relato basándonos en algún personaje real o ficticio. Elegí a Almendrita y le inventé una vida moderna. Mi intento resultó un fracaso. Al ver mi desconsuelo, la profesora me dio un consejo: Si quieres que una historia te salga bien, rescríbela cuantas veces sea necesario hasta que sientas que podrías encontrarte a tus personajes en la calle, convertidos en alguien con quienes desearías conversar.

Quedé muy confundida. Me parecía imposible que un ser inventado llegara a transformarse en otro real. Con esa duda surgió otra: ¿las personas comunes podían alcanzar los niveles de la ficción? Por supuesto que sí. Hace pocas semanas lo comprobé otra vez.

II

Por una serie de casualidades establecí contacto con una comerciante que sólo vende productos de maíz y miel. En cuanto la veo la imagino durmiendo entre los pétalos de una flor o navegando en una cáscara de nuez: así de pequeñita es Guadalupe.

Siempre que camino por el pasillo número siete del mercado me alegra pensar que la encontraré en la esquina donde atiende su puesto desde hace años, según me ha contado. No falta un sólo día, ni piensa hacerlo a menos que la llamen de allá. Al decírmelo levanta la mano en señal de que se refiere a Dios, al cielo. Si existe, estoy segura de que será bien recibida.

Cada vez que me acerco a Guadalupe me parece más pequeña que en la ocasión anterior; en cambio, conserva inalterables el brillo de los ojos y la sonrisa que alegra sus facciones. Su ropa es impecable y modesta. Descansan en su pecho medallas y escapularios. Imagino que en la noche, antes de irse a dormir, se los quita, los besa, los pone sobre el buró y espera el sueño con la ilusión de que por la mañana Nuestro Señor le permita recordarse, o sea, despertar, según expresión de su tierra: un pueblo de Guanajuato.

III

De allá salió a los seis años de edad con su familia para buscar en la ciudad mejores condiciones de vida. Hicieron el viaje en tren. Guadalupe recuerda los asientos corridos de la segunda clase, el paisaje salpicado de huizaches que veía a través de la ventanilla y la insistencia con que sus padres consultaban la hoja de papel donde tenían anotado el domicilio de un coterráneo dispuesto a alojarlos mientras lograban establecerse.

En cuanto tuvieron un cuarto en dónde vivir, su madre se dedicó a buscarles escuela a ella y a sus hermanos Juvencio y Rafael. A pesar de que no traían actas de nacimiento (porque no imaginaron que iban a necesitarlas) fue fácil inscribirlos; en cambio, a ella no la aceptaron: por su baja estatura las autoridades escolares no creían que tuviera seis años.

Lo más que consiguió su madre fue que le apartaran un lugar en la escuela mientras llegaba del pueblo su acta de nacimiento. Ella nunca había visto el documento, y cuando al fin lo tuvo en las manos no pudo leerlo. Con la esperanza de lograrlo se empeñó en aprender las letras sin prestar atención a las burlas de sus compañeros que la llamaban enana, pingüica, tachuela… Le gustaría encontrarse a esos muchachos facetas –¿impertinentes?– y demostrarles que, con todo y ser tan pequeña, pudo tener marido y dos hijos varones.

De su esposo habla poco. Cuando lo hace acaricia las imágenes en su pecho, mira al cielo y me dice que Alfonso cantaba muy bonito, pero sin ser artista –me aclara, como si no quisiera dejar ninguna duda de que Alfonso, lo que sea de cada quien, fue trabajador como pocos.

En cuanto a sus hijos, Guadalupe ha sido más explícita. Se llaman José y Jesús. (En su familia, por devoción, esos nombres y el suyo nunca deben faltar.)

Cuando Alfonso se fue –mirada al cielo– ella tuvo que sacar a los niños de la escuela. Con sus poquitos conocimientos lograron hacerse de un trabajo: José, en una carnicería; Jesús, en un puesto del mercado. Iban bien, hasta que se les metió en la cabeza la idea de irse a Estados Unidos.

Guadalupe no trató de impedírselos. Les dio su bendición y ellos a cambio le dejaron un montón de promesas. Al principio cumplieron la de escribirle. Ella leía las cartas con la misma emoción con que había leído su acta de nacimiento. Luego dejaron de comunicarse. Ignora en dónde se encuentran, pero sabe que están vivos y cuanto les sucede.

Se lo informa su cuerpo –más pequeño y enjuto cada día– con precisión, a base de dolores y calambres. El ardor de garganta quiere decir que alguno de sus hijos está resfriado; si le pegan calambres en las rodillas significa que alguno de los dos tuvo un pequeño accidente. Cuando sufre su espalda es que los muchachos están trabajando demasiado. Lo bueno, me dijo Guadalupe la última vez que conversé con ella, es que el corazón nunca le duele. Señal de que sus hijos aún la recuerdan y la aman.

IV

Si mi maestra Eva viviera me gustaría agradecerle sus consejos y decirle que sigo esforzándome por hacer la tarea que me dejó. Espero un día poder escribir la historia completa de Guadalupe: una persona inteligente y bondadosa, ajena al odio, la ambición y la desesperanza. En mi relato la llamaré Almendrita.

La Jornada, mayo 15, 2016.

Mar de Historias
Chochitos de colores (85)
Cristina Pacheco

Una de dos: o mi clienta rompió con su amante y por eso ya no ha venido, o el esposo se hartó de comer garibaldis. Son la especialidad de esta panadería. Vienen a comprarlos desde Los Ángeles; y aquí, ni se diga, llegan personas de todas las delegaciones y hasta del interior. Se los llevan por docenas. La única que me compra nada más uno, y a veces dos, es mi clienta desaparecida. Se llama Érika.

Supe su nombre la primera tarde que vino aquí. Me pidió un garibaldi. ¿Alguna otra cosa?, le pregunté. Negó con la cabeza y se alejó un poco para hablar por teléfono. Hizo dos llamadas. La primera a un tal Amore. La voz le temblaba cuando la oí decir: Soy Érika. Si estás manejando te hablo después… Entonces estaciónate… Hace diez minutos que nos despedimos y ya te estoy hablando. No, no: todo está bien. Lo que sucede es que antes de llegar a mi casa quiero decirte que fue maravilloso y que me emocionó mucho verte escribir la fecha y mi nombre en la pared del cuarto. Es el 203. Me gustaría que regresáramos allá. ¿Ahora? ¡Imposible!… Por favor no me digas esas cosas porque no respondo. Resérvalas para cuando nos veamos. ¿Sabes que te..? Sí, yo también lo sé. Hasta mañana, Amore.

II

Antes de hacer la segunda llamada, Érika se ordenó el cabello, aspiró hondo y marcó. Mientras obtenía respuesta daba vueltas en el mismo sitio hasta que al fin se detuvo: ¿Claudio? Soy yo. Tengo la voz de siempre, lo que pasa es que se me está acabando la pila y por eso me oyes rara. Sí, ya sé que es tardísimo. Lo siento: mi tanque estaba casi vacío. Pasé a cargar a la gasolinera porque en la mañana las colas son tremendas y el servicio muy lento. ¿Dónde estoy? En la pastelería. Pensé en llevarte un garibaldi. No te preocupes: sé que prefieres los que tienen chochitos de colores… Sí, me lo has dicho: te recuerdan las fiestas que te hacía tu mamá. ¿Quieres dos? ¿Seguro? Ay, mi cielo… Bueno, pero si subes de peso luego no salgas que fue por mi culpa… Eso a mí no me importa. Me gustas como eres y punto. ¿Qué? Te oigo muy entrecortado… ¡Esta maldita batería! … Bueno, bueno. Voy a colgar. Nos vemos al ratito.

Yo hice como que no la había escuchado, pero Érika de todas formas se puso a darme explicaciones acerca de su celular y de lo malo que está el servicio. Cualquier otra persona habría tratado el asunto con fastidio, pero ella lo hizo con un tono despreocupado, alegre, mientras se miraba en el espejo que tenemos detrás del mostrador.

Cuando le entregué sus dos garibaldis Érika me dio las gracias como si le hubiera dado su comprobante de buena conducta fiscal y se despidió muy amable: Que tenga una linda noche. ¿Ella la habrá tenido con Claudio? No lo sé, pero podría jurar que se pasó las horas sonriendo en la oscuridad y pensando en su nombre escrito en la pared de un hotel que está a diez minutos de aquí. Hay personas con suerte. Por ejemplo Érika: todo le queda de paso.

III

Como a la semana, cuando estábamos a punto de cerrar, Érika entró volando a pedirme dos garibaldis. Le dije que se habían terminado. Reaccionó como si yo fuera la culpable de eso: ¡No es posible que se le hayan acabado tan temprano! Son casi las once, mi reina, le aclaré. Me mostró su reloj: marcaba las nueve. Ha de estar descompuesto. Son las once. Ya estamos cerrando.

La pobre Érika se puso a mirar hacia los anaqueles vacíos como quien busca una aguja en un pajar: ¿Seguro que no le queda ni un garibaldi? Aunque sea de ayer, no me importa. Total, la pasta siempre es tan suave… Le contesté que lo sentía pero no me quedaba ninguno. Noté su angustia, adiviné la situación difícil en que se encontraba y le propuse que se llevara pastelitos de tres leches, que también son riquísimos. Es que no sé… Espéreme un momento. Se puso de espaldas a mí, marcó un número y en cuanto obtuvo respuesta se echó a reír: Amore, Amore, somos un par de locos. ¿Sabes qué horas son? ¡Las once! ¿Qué le digo a..? Sí, lo llamé y le dije que estaba esperando a que salieran los garibaldis, pero resulta que ya no hay… Claro que importa: ¿ahora cómo justifico mi tardanza? Okei, me calmo. A ver, te escucho… ¡Suena muy bien! Qué bueno que te llamé. Jamás se me hubiera ocurrido decirle que había comprado los garibaldis pero se los di a una indigente ciega que caminaba en la avenida con su nieto. Sí, sí, diré un muchachito divino… El divino eres tú, Amore. ¿Sabes cuánto?…

Érika se estremecía de emoción, pero a mí me estaban esperando mis hijos para cenar, así que la interrumpí: ¿Se lleva los de tres leches o no? ¿Son tan buenos como los garibaldis. Le aseguro que le van a gustar, dije sin aclararle a quién me refería. Me los llevo, pero envuélvamelos por separado para que se vean bonitos y no se batan.

Esa noche, sin proponérmelo, me convertí en cómplice de Érika y otra vez caí en la tentación de imaginar lo que sucedería más tarde. De seguro cuando llegó a su casa y después de soltarle al marido el cuento de la anciana ciega y su nieto, le dijo que ya estaba estacionando su coche cuando se dio cuenta de que sería decepcionante para él verla llegar sin los garibaldis de siempre, así que regresó a la pastelería para comprarle otra de nuestras especialidades: los individuales de tres leches.

Sigo dejándome llevar por la imaginación: pienso que a media noche, valiéndose de que el marido estaba dormido, Érika tomó su telefonito, fue al baño, marcó el número de Amore y le contó, entre risas sofocadas, que todo había salido muy bien, mucho mejor de lo supuesto, porque los pastelitos de tres leches le habían encantado a Claudio y también a ella, que los devoró muerta de hambre y deseos. Ay, Amore, Amore, ¿por qué nos suceden estas cosas?, tal vez le haya dicho al amante mientras volvía a la cama en medio de la oscuridad.

IV

Estuve imaginando escenas como esas durante todo el tiempo que Érika se ausentó de la panadería. Hoy que reapareció, en vez de saludarla le dije: Hay garibaldis. ¿Le pongo uno o dos? Tres –me respondió con una sonrisa alegre y fatigada. Cuando se fue ya no me interesó imaginar lo que ocurriría más tarde entre ella y su marido, sino lo que habría pasado entre ella y su amante esa noche en el hotel. Sin duda, una muy larga y bella reconciliación: Ay Amore, Amore ¿por qué nos suceden estas cosas?

La Jornada, mayo 8, 2016.

Mar de Historias
El primero (84)
Cristina Pacheco

Este año el santo de mi tío Marcelino caerá en martes. No puedo faltar a mi trabajo, así que adelanté la felicitación y fui a visitarlo el sábado. Lo encontré con su pelito recién pintado y colorete en las mejillas. En la familia –que siempre ha visto con malos ojos su soltería– lo critican por eso. Yo no. Con maquillarse no perjudica a nadie y en cambio se siente más seguro de poder conservar su trabajo: empacador en un supermercado. Su destino era otro.

Mi tío Marcelino fue el primer licenciado que hubo en la familia: todo un acontecimiento. Su título profesional era el mayor motivo de orgullo para sus padres, al grado de que mi abuela Ana Luisa no dudó en retirar de la sala los retratos y adornos para dejarle todo el espacio al pergamino que acreditaba a su único hijo como profesionista.

II

A pesar de esa constancia, mi tío Marcelino tardó más de un año en conseguir trabajo acorde con sus estudios. Al fin, gracias a la recomendación de uno de sus maestros, logró insertarse en un despacho de abogados, en las calles de Boturini. Aunque ignorábamos cuál era su posición allí, la actitud satisfecha y triunfal de mi tío nos hizo pensar que era importante y bien remunerada.

La prueba de que estábamos en lo cierto fue el Oldsmobile, de modelo anticuado, que el tío Marcelino se compró en abonos. Algunos domingos pasaba por nosotros para llevarnos a pasear en su coche. Invariablemente se dirigía a Polanco o a Las Lomas. De pronto se estacionaba frente a una casa y nos decía que alguna vez iba a comprarles una parecida a sus padres.

Cumplir su anhelo era cuestión de que el despacho siguiera ampliándose y lograra internacionalizarse. De ser así, él tendría que viajar con cierta frecuencia a Los Ángeles y Nueva York. La posibilidad –supongo que remota, si no es que inventada– lo convirtió de nuevo en cabeza de lanza: el tío Marcelino fue el primer miembro de la familia que obtuvo un pasaporte. Mi abuela Ana Luisa nos invitó un domingo a comer para mostrarnos –con la misma satisfacción que tenía exhibido el título de su único hijo– aquella libretita de pastas oscuras. Maravillados, nos la pasamos de mano en mano, siempre bajo la vigilancia del tío para asegurarse de que no maltratáramos el carnet que le permitiría viajar al otro lado de la frontera.

III

Los progresos del tío Marcelino eran notorios y envidiables: trabajaba en un despacho, tenía un Oldsmobile, camisas blancas, dos trajes y pasaporte. Sin temor a perderlo o a que se lo robaran, lo llevaba en el bolsillo interior de su saco, como si de la noche a la mañana fuera a presentársele la necesidad de viajar.

Pero algo sucedió y mi tío Marcelino quedó separado del despacho. Supongo que los motivos fueron turbios, porque cuando en la familia se mencionaba el asunto había largos silencios, intercambio de miradas y expresiones de desaliento. Con el tiempo aparecieron las dudas y las críticas veladas: ¿Cómo le hizo para subir tan rápido? Siempre pensé que allí había algo raro. Bien, bien de la cabeza, ¡no está! La pobre de Ana Luisa todo el tiempo decía que Marcelino era muy buen hijo y ya ven con lo que le salió.

En medio de la desaprobación general, para el tío Marcelino comenzó una etapa muy dura: remató el coche y emprendió una serie de misteriosos viajes por la República. Mi abuela los justificaba en términos de que lo habían llamado de aquí o de allá para un trabajo; pero no faltó quien dijera que mi tío andaba a salto de mata.

Al cabo de unos meses regresó nervioso, oscuro, cohibido. Cuando llegábamos de visita a su casa, a los pocos minutos se iba a su cuarto, supongo que para evitarse preguntas incómodas. La vida fue implacable con él: vio morir a sus padres con muy pocos meses de diferencia. La familia tuvo que ayudarlo con los trámites y los gastos. Después se vio precisado a dejar el departamento. Vendió todo y alquiló unos cuartos en la colonia Michoacana. Allí sigue porque ya se acostumbró al rumbo, los vecinos son amables y la renta baja.

Antes de ser empacador en el supermercado mi tío trabajó en oficinas de trámites legales y departamentos de cobranzas. Lo sé porque nunca he interrumpido el contacto con él –de hecho soy la única que lo frecuenta– y me consta que lucha por rehacerse en circunstancias muy difíciles. De su vida anterior nunca me habla ni conserva nada, excepto el pasaporte que guarda en una bolsa de plástico.

Siempre que voy a visitarlo me lo enseña. Como sé que mi curiosidad lo hace feliz, le pido que me lo preste para ver su retrato a los 28 años. Él cede y aprovecha el momento para describirme, una vez más, los complicados trámites que hizo para obtener el documento. Lo escucho y pienso en esos deportistas viejos –pero siempre admirables– que pasan horas reviviendo sus hazañas en alguna cantina o en algún gimnasio destartalado ante una grabadora.

IV

La escena se repitió este sábado que fui a felicitar a mi tío por su cumpleaños: Ya 73, ¿qué te parece? Le respondí lo que pienso: Muy bien, espero que cumplas muchos más. Me tranquilizó saber que está contento en su trabajo y saca buen dinero los lunes y los viernes, cuando van a la compra las señoras, más generosas con las propinas que los hombres. Le pregunté por sus planes. Sigue pensando en viajar en algún momento, pero ya no a Estados Unidos (Trump me cae gordo, aclaró), sino a Canadá.

Se hacía tarde. Me despedí. Insistió en acompañarme hasta la reja. Le prometí volver a visitarlo y por única vez en mucho tiempo mencionó a la familia: “La parentela debe considerarme un pobre diablo, un miserable. Cuando oigas que lo dicen nada más recuérdales una cosa: de todos fui el primero –el primero, ¡así como lo oyes!– en obtener un título de abogado y en sacar un pasaporte.” No tuve que jurarle nada: sabe que lo haré.

La Jornada, abril 24, 2016.

Mar de Historias
Te veré en abril (83)
Cristina Pacheco

El aniversario luctuoso las mantiene unidas, tan amigas como siempre y más jóvenes que nunca a pesar de sus edades. Si alguna falta a la reunión, las presentes atribuyen su ausencia a todos los motivos, menos al olvido. Esa palabra no está en el vocabulario de las mujeres que a lo largo de más de medio siglo –59 años para ser exactos– han dedicado una tarde de abril a recordar a su ídolo.

Antes de la fecha señalada, las adoradoras se comunican para fijar el domicilio, el momento del encuentro y preguntar a la anfitriona en turno qué le llevan. ¿Tequila o ron? ¿Quesito o bocadillos? ¿Flores o pan? La respuesta es invariable: No te molestes, no es necesario que me traigas nada. Lo importante es que vengas. La breve conversación termina con la promesa de que llegarán aunque eso signifique desplazarse grandes distancias y abandonar sus rutinas, sus obligaciones de esposas, madres, abuelas.

Luego, cada una por su lado, hará planes. Elegirá el vestido más favorecedor, los zapatos que son atractivos aunque no tan altos como los que usaba antes, los accesorios. Es importante verse bien porque, después de todo, ellas sólo se reúnen una vez al año y siempre con el mismo objetivo: hablar de Pedro, reconstruirlo de pies a cabeza sin falsos pudores ni limitaciones y con la pasión que se mantiene intacta desde la única vez que, por segundos o unos cuantos minutos, lo vieron en persona:

Lidia: Él iba por Reforma en una caravana de artistas y corrí para alcanzarlo. Angelina: Llegó a la fiesta de los voceadores y les juro que no podía creerlo. Rebeca: Entró en el estanquillo y me pidió un refresco. Se lo di temblando. Zaira: Muy amable me dijo niña chula y por poco me muero. Delia: Frenó su moto y aproveché para mandarle un beso. Sandra: Le pedí su autógrafo y lo escribió en mi blusa. ¡Es mi tesoro!

Esos breves encuentros con Pedro enriquecieron la vida de seis mujeres, hasta la fecha alimentan sus sueños y refuerzan su voluntad de fingir que el tiempo no ha pasado, que hoy es entonces, Pedro está vivo y sigue joven, apuesto, alegre, cantador. Amorcito corazón/ yo tengo tentación/ de un beso…

II

Cuando empezaron a reunirse para formar el Club de Admiradoras Secretas eran nueve. Idalia, Rosario y Herminia ya murieron. Las seis sobrevivientes permanecen en contacto y se reúnen cada abril para seguir honrando la memoria de Pedro. Le deben desde buenos momentos gracias a sus películas, hasta milagros y la estabilidad matrimonial en el caso de Rebeca. Para demostrarlo habla de su experiencia. Lleva 58 años repitiéndola. Este será el 59 en que lo haga. Sus amigas la escucharán con renovado entusiasmo:

“Después de que tuve a mi primer hijo, Ignacio se enfrió mucho conmigo: vivía trabajando, me hablaba poco y de aquellito, casi nunca y luego ¡nada! Entonces yo era muchacha –y dicen que no fea–, rebosante de vida, alegre, con ganas de todo. ¿A qué podía deberse la indiferencia de Ignacio? Dejando a un lado los motivos, me resultaba muy humillante que mi esposo me viera como un mueble y no como a su mujer. De seguir así íbamos derechito al divorcio.

“Siempre estuve muy enamorada de mi marido. Como hombre, me encantaba; quería estar con él, que fuera tan cariñoso como antes. Me dediqué a pensar y no encontraba la manera de atraerlo. Por fin, una noche se me ocurrió que a lo mejor conseguía algo despertando sus celos. Pero ¿con quién? Me la pasaba encerrada en la casa sin ver a nadie; cuando salía iba con mi hijo, mi suegra o alguna de mis cuñadas. En esas circunstancias, ¿quién iba a acercarse a mí? Para colmo, sólo un hombre me seducía más que Ignacio: Pedro Infante.

“Fue mi candidato para picarle la cresta a mi marido, pero ¿cómo iba a hacerle saber que Pedro me enamoraba? Primero se me ocurrió decirle que me lo había encontrado en la calle y él enseguida me había reconocido como la chamaca de la miscelánea que le vendió un refresco. Al instante me di cuenta de que eso ni yo me lo creería. Pensé en otras posibilidades. Todas eran absurdas. Decidí olvidarme del jueguito y ponerlo todo en manos de Dios. En ese momento recordé Su palabra: ayúdate que yo te ayudaré, y seguí adelante con mi plan hasta que di en el clavo: Pedro podía ser mi amante en sueños.

“Una noche que nos acostamos me hice la dormida. Ignacio se levantó al baño y cuando regresó me oyó gemir así como si… bueno, ustedes me entienden. En la mañana, a la hora del desayuno, me preguntó si había tenido pesadillas. Le dije que no, al contrario, había soñado que un hombre iba a sentarse a la cama y se pasaba horas acariciándome el pelo. Ignacio se rió como diciendo a esta pobre tonta no le falta un tornillo, sino dos….

“No permití que su actitud me desanimara. Varias noches, algo espaciadas, dizque entre sueños, hablé, me reí, retiré varias veces las sábanas y en algunas ocasiones pronuncié el nombre mágico: Pedro. Llegó el momento en que Ignacio, harto, me preguntó quién era el tal Pedro que mencionaba dormida. Muy quitada de la pena se lo dije: ¿Pues quién va a ser? ¡Pedro Infante! Sabes que desde chica me fascina, he visto todas sus películas y me las sé de memoria. Creo que por eso se me aparece en sueños. No los recuerdo bien, pero me dejan una sensación tan agradable…

Ignacio me llamó estúpida, ridícula. Fingí no haber oído y con voz de Rebeca la dulce le pregunté si algo le molestaba. No dijo nada. Sólo me tiró en la cama y me obligó a contarle mis aventuras nocturnas con Pedro. Lo hice: nunca pensé que fuera capaz de inventar tantas cosas y, mejor aún, de hacerlas. Pasamos horas hablando de nuestros problemas. Decidimos resolverlos. Mi matrimonio empezó a arreglarse. ¿A quién se lo debo? ¡A Pedro Infante!

IV

Al terminar la reunión de este año, Lidia, Angelina, Rebeca, Zaira, Delia y Sandra harán planes para encontrarse el próximo abril y dedicar una tarde completa a la memoria de su ídolo. Si alguna de las amigas falta será por cualquier causa, menos por olvido.

L a Jornada, abril 17, 2016.

Mar de historias
Por el amor de Pablo (82)
Cristina Pacheco

Haces bien en pensarlo antes de tomar una decisión, la que sea. Si no lo quieres ¡dícelo a Ernesto! Mejor eso a tenerlo nada más por darle gusto. En caso de que decidas recibirlo, es el momento ideal para que lo hagas. Tú y Ernesto trabajan: podrán con los gastos –no son pocos, te lo digo por experiencia. Otra cosa a favor: el jardincito de atrás para que juegue el bebé. ¿Por qué te ríes? No digo que todo vaya a ser felicidad: tendrás problemas con él, habrá días en que te darán ganas de estrangularlo… Por favor, no vuelvas con lo mismo. Ya me explicaste los motivos por los que no quieres aceptar. Los entiendo. Pensaba igual que tú. Por fortuna cambié de opinión. No tienes idea de cuánto puede unir a una pareja la llegada de un pequeño.

Muchas veces me he preguntado qué sería de mi relación con Alberto si no hubiéramos tenido a Pablo. Para empezar, divorciados ya no mantendríamos ningún contacto; pero es todo lo contrario: nos hablamos dos veces al día, está al pendiente de lo que se me ofrece, salimos a pasear. Siento que Alberto y yo tenemos muchas más cosas en común que mientras fuimos esposos. ¿Y sabes a quién se lo debo? ¡A Pablo! Me parece increíble haber llegado a quererlo tanto, sobre todo cuando pienso que al principio lo veía como un estorbo, alguien que iba a interferir en nuestra intimidad. Te juro que antes de conocerlo, lo odiaba. No me creas: exagero.

II

Alberto y yo jamás consideramos la posibilidad de una adopción. Empezamos a hablar de eso por una casualidad: él tuvo que ir a Monterrey para atender asuntos de trabajo. A su regreso me dijo que en el avión había conversado con una pareja de ancianos que llevaban en un transportador a su mascota –una perrita blanca, divina– y le habían dicho que ese animal era su gran compañero.

Durante la cena, Alberto volvió a hablarme de su encuentro con la pareja y al fin me preguntó si me gustaría tener una mascota. Le dije que ni loca. Me llamó tonta y yo a él iluso. ¿No se daba cuenta de que el departamento era muy chico y los dos trabajábamos muchísimo? Si no teníamos tiempo para nosotros, menos para encargarnos de cuidar a un animal. No le importaron mis argumentos. Más de una semana insistió con lo de la mascota, pero como yo me mantenía irreductible siempre terminábamos peleando.

De pronto, Alberto dejó el tema. Pensé que lo había olvidado. Me sentí vencedora hasta que al siguiente domingo me confesó que estaba decidido a tener una mascota; es más, ya había visitado una clínica de adopción para estudiar posibilidades. Enmudecí. Él aprovechó para hablarme de su entusiasmo por un cachorro: Pablo. Refrendé mi negativa de aceptar un animal en mi casa. También es la mía. Aquí hago lo que se me dé mi gana, gritó Alberto, y se fue dando un portazo.

Ahora puedo decírtelo: muy poco después de casarnos, Alberto y yo empezamos a tener desavenencias, cosa muy natural en un matrimonio; pero aquella noche me di cuenta de que estábamos al punto de la ruptura. Se lo conté a Luisa, mi compañera de trabajo, y ella me dio un consejo: “¿Quieres que tu relación con Alberto mejore? Cede un poco: dile que lo has pensado bien y estás dispuesta a tener a Pablo.

Cuando le di la noticia, Alberto se puso contentísimo, me dio las gracias y prometió ocuparse de todo: comida, baño, escuela, visitas al doctor y al peluquero. Ansiaba que conociera a Pablo y me propuso que al día siguiente, a la hora de la comida, fuéramos a recogerlo. Tanta urgencia me chocó, pero no dije nada y decidí mostrarme feliz en el momento de ver al nuevo miembro de la familia.

Cuando llegamos al centro de adopción no tuve que fingir nada: me enamoré del cachorro a primera vista; me pareció tan lindo, tan gracioso… Lo tomé entre mis brazos y trató de escapar, se retorció, lanzó unos chilliditos pero enseguida se quedó dormido –prueba, según el veterinario, de que Pablo empezaba a tenerme confianza.

III

Luisa tuvo razón hasta cierto punto: con la llegada de Pablo, Alberto y yo volvimos a ser una pareja, a compartir un objetivo: hacer feliz al cachorrito. Cuando lo sacábamos a pasear y las personas se deshacían en elogios, Alberto no disimulaba su orgullo. Pensé cuánto más feliz sería mi marido –entonces aún no estábamos divorciados– si quien despertara tanta admiración fuera un hijo.

Por desgracia, estoy imposibilitada para dárselo. Se lo confesé a Alberto desde que planeamos casarnos. Él me aseguró que no le importaba; por otra parte, en el mundo ya había demasiada gente como para agregar una más. Le pregunté qué pensaría su familia. Me respondió que no necesitábamos darle explicaciones.

Mis suegros fueron discretos. Mi cuñada Gloria no. A cada rato me preguntaba cuándo íbamos a encargar. Al principio le respondía vaguedades; pero después, harta de su insistencia, le dije que no pensábamos tener familia. Le hablé de la sobrepoblación y se le ocurrió una frase inolvidable: Pero ese no es asunto nuestro, ¿o sí? Tuyo no, porque eres marciana. Me tomó a broma.

IV

Con la llegada de Pablo, Alberto y yo disfrutamos de una etapa muy feliz, lástima que estuviera prendida con alfileres: nuestra vida íntima era un desastre. No tenía caso seguir y consideramos la posibilidad de divorciarnos. Todo fue civilizado y pacífico, no como entre otras parejas que, en iguales circunstancias, se matan por quedarse con lo material.

Ni en ese ni en ningún otro sentido tuvimos problemas hasta que surgió la pregunta: ¿Con quién vivirá Pablo? Los dos aspirábamos a eso, y en defensa de nuestro deseo volvimos a la etapa de los pleitos salvajes. Por fortuna, llegamos a un acuerdo: Pablo viviría dos semanas conmigo y dos con Alberto, pero manteniendo siempre el contacto.

Cuando Pablo se va me quedo triste, pero me consuelo pensando que en unos cuantos días volverá. Entre un momento y otro, las conversaciones telefónicas con Alberto son cada vez más largas.
La Jornada, abril 10, 2016.

Mar de historias
Romper el silencio (81)
Cristina Pacheco

Aquel domingo, durante la comida, mis hermanas y yo nos dirigimos la palabra muy poco y con excesiva cortesía, supongo que por temor a que una expresión o un gesto descuida-dos pudieran echar abajo nuestros esfuerzos por convencernos de lo imposible: que era un día como tantos otros en que nos habíamos reunido en mi casa para llamar a nuestros padres a Mobile y sentirnos en familia.Para no entristecer a mi sobrino Eduardo pretendíamos ignorar la ausencia de Consuelo, aunque su sitio en la mesa permaneciera vacío. ¡Estúpidas! Cómo pudimos creer que el niño no lo había notado como seguramente dos semanas antes había advertido todo lo demás: la urgencia con que Minerva lo sacó de la escuela aquel jueves apenas comenzada la clase, la ambulancia frente al edificio, los vecinos en el pasillo, Lourdes tratando de impedirle que entrara en-el departamento, yo gritando que el niño tenía derecho a ver a su madre. Por supuesto que Eduardo la vio, ya limpia y serena, tendida en su cama. Quiso tocarla y alguien le dijo: Tu mamá duerme. Déjala tranquilita.

II

Aquel domingo toda nuestra atención estaba concentrada en Eduardo. Temíamos lo que pudiera ocultar su silencio y por eso lo avasallábamos con preguntas acerca de Veracruz, de donde había regresado esa mañana. La noche de la desgracia, Esther vino por él y lo tuvo en su casa del puerto dos semanas, mientras hacíamos gestiones y lográbamos sobreponernos a la pérdida. Así nos lo planteó Esther, como si no supiera, lo mismo que nosotras, que ciertas cosas nunca terminan de pasar.

¿Verdad que Veracruz es muy bonito? Eduardo me contestó con otra pregunta: ¿Dónde está mi mamá? Mis hermanas y yo nos miramos desconcertadas, indecisas. Lourdes no pudo contener el llanto y se fue corriendo al baño. Para suavizar la situación, Minerva acarició el cabello a mi sobrino: ¡Mira lo greñudo que andas! Mañana, cuando vuelvas de la escuela, nos vamos derechito a la peluquería.

Intervine: Harás bien; pero antes, que se termine la carne. La expresión del niño me hizo sentir estúpida pero seguí con el tema: Está rica. Pruébala. Necesitas comer. Eduardo repitió la pregunta: ¿Qué le pasó a mi mamá? Lourdes, Minerva y yo habíamos pensado en decírselo, pero después, cuando tuviéramos una aclaración adecuada. Lo más parecido a eso fue la respuesta de Minerva: Aunque no la veas, tu mami está muy cerca de ti, cuidándote.

Eduardo clavó el tenedor en la carne y se puso a darle vueltas en el plato hasta que al fin dijo: Mi mamá está muerta. Ninguna de nosotras se atrevió a desmentirlo, pero faltaba lo demás: ¿cómo decirle a un niño de cinco años que el amor enfermizo, el miedo a la soledad, los maltratos habían ido destruyendo a su madre mientras ella esperaba que Heriberto cambiara su actitud y le diera la dicha prometida al casarse?

III

En cuanto a Heriberto nadie volvió a tener noticias suyas a partir de aquel jueves en que la portera lo vio salir trastabillando y maldiciendo. Eso y los gritos que había oído antes la hicieron suponer una desgracia. Corrió al departamento. Frente a la evidencia me llamó: Su hermana está muy mal. Venga rápido. Encontré a Consuelo en el piso, muy pálida y temblorosa, con los ojos entrecerrados y la voz débil: No puedo más, no quiero.

Al escucharla recordé las explicaciones con que pretendía, cuando iba a visitarla, disfrazar la violencia de Heriberto: “Por tonta me caí de la escalera.” “Soy una estúpida: dejé la estufa prendida toda la noche y en la mañana, cuando agarré el sartén, me quemé la mano.” “Por burra me pegué en la cabeza con la puerta del ropero.” No es que haya llorado: me puse un rímel que me irritó los ojos. Luego, cuando nos despedíamos, sin darse cuenta confirmaba mis sospechas al decirme: “Por favor, cuando llamen mis papás no les digas nada de esto. A mis hermanas tampoco se lo cuentes. Te lo suplico.” El secreto infierno en que vivía Consuelo se volvió también mío.

IV

Incapaces de vencer su aversión por Heriberto, Lourdes y Minerva nunca iban a visitar a nuestra hermana menor. Para verla esperaban a que ella viniera a mi casa. Entonces, inevitablemente, le hacían comentarios acerca de su aspecto: Estás mucho más delgada que la última vez. ¿Qué te pasó en la mano? ¿Qué tienes en el cuello? ¿Por qué cojeas?

Consuelo recitaba como autómata las mismas respuestas que me había dado en varias ocasiones (“Por tonta… Por burra. Por distraída…”) y me miraba suplicándome un silencio que me había convertido en cómplice de Heriberto. Decidí no serlo más. Una mañana me salí de la oficina y, en secreto, fui a ver a Consuelo.

La encontré sola: Eduardito estaba en la escuela y su marido en el trabajo. Aproveché para decirle que la relación con Heriberto y su sometimiento a él me parecían dañinos y muy peligrosos. Me aseguró que exageraba. No quise discutir, sólo le aconsejé que recurriera a un psiquiatra. Si Heriberto se entera dirá que estoy loca. ¿Quieres evitarlo? No se lo digas. Consuelo me sonrió: No lo conoces. Nunca puedo ocultarle nada. Adivina lo que pienso. Si llega a descubrir que veo a alguien sin su autorización es capaz de matarme. Lo hará, si permites que siga maltratándote. Sabes que digo la verdad… Imagina lo que sería de Eduardo. ¿Crees que no lo he pensado? Mis padres, ustedes… ¡Ayúdame!, gritó y se echó en mis brazos.

Prometí encontrarle un psiquiatra. A los dos días la llamé para darle el nombre y el domicilio del consultorio al que debía ir el jueves a las diez de la mañana. Le repetí las señas varias veces y le imploré que las tuviera a mano. Te lo prometo, dijo.

Mi hermana cumplió su promesa. Junto a su cuerpo agonizante encontré, escritos en un papel, la dirección y el nombre del médico que se quedó ­esperándola.

La jornada, abril 3, 2016.

Mar de Historias
Vivir otra vez (80)
Cristina Pacheco

Mi abuela, siempre dulce y cariñosa, en Semana Santa se convertía en una dictadora. De acuerdo con sus órdenes quedaba prohibido hablar en voz alta, reír, correr, acercarse a libros ajenos a la religión, conversar, oír la radio, ponerse ropa de colores, pasear, comer golosinas, bañarse y, desde luego, mirarse en el espejo: las lunas de los roperos y tocadores permanecían cubiertas con telas oscuras a fin de evitar que cayéramos en la tentación de mirarnos en ellos, aunque sólo fuese de pasada.

Cuando mi abuela nos veía desalentarnos ante la abrumadora lista de restricciones, desplegaba una oratoria profusa y dañina a partir de una pregunta: ¿Les parece mucho sacrificio renunciar a esas tonterías después de que Jesús murió en la Cruz por culpa de nosotros?

Para quienes éramos niños resultaba imposible entender en qué había consistido nuestra participación en un hecho tan cruel, ocurrido lejísimos de nuestro pueblo, cientos y cientos de años antes de que naciéramos. Sin otra alternativa, aceptábamos la dosis de culpa que nos correspondía a todos por igual: desde el primo Alejandro, recién nacido, hasta el tío loco (de quien hablo con frecuencia y cuyo nombre no necesito mencionar.)

II

Mi tío, el mayor de la familia, no era el único enfermito. En el pueblo se contaban once más, todos varones, dependientes y onanistas. Durante la sencilla representación del Viacrucis salían de su encierro para hacer penitencia –ignoro por qué culpas– caminando descalzos, vestidos con túnicas moradas y un capirote en la cabeza que protegía sus gestos desordenados y acallaba sus palabras incomprensibles.

Felipa Muñiz, la catequista, era la encargada de guiarlos en su recorrido desde las puertas del hospital, donde eran concentrados por sus familias para la ocasión, hasta el atrio de la iglesia. En ese punto, a la espigada sombra de los pirules, los enfermitos se confundían con las beatas enlutadas y los menesterosos que, por igual y con la misma ansia, imploraban un milagro: ellas, el del perdón; ellos, el de una dádiva.

Enfrente, en el Jardín Central embellecido por magníficos árboles de clavo, el sol del mediodía abrillantaba el plumaje negro de los tordos parsimoniosos, traviesos, inocentes.

III

Sin importar la edad que tuviéramos, todos los miembros de la familia estábamos obligados a dos horas de meditación: una especie de lectura en silencio de todas nuestras culpas. Decir una mentira, comer un dulce a escondidas, escuchar las conversaciones de los grandes y, al menos por mi parte, aborrecer con todo el corazón a Felipa Muñiz: autoritaria y pellizcona.

Cada vez que lo consideraba necesario, mi abuela-dictadora interrumpía nuestra meditación para describirnos aspectos concretos del martirio padecido por Jesús –vinagre en vez de agua, latigazos, insultos, la punta de una lanza en el costado– y, otra vez, el motivo de nuestros sacrificios. La oíamos lacrimeantes de fastidio, mordiendo los bostezos y experimentando un secreto rencor hacia ella que, sin darse cuenta ni proponérselo, nos martirizaba.

El único a salvo de la tortura era mi tío enfermito. Con la túnica puesta, pero ya sin capirote, marchaba por el corredor hablando incesantemente no se sabía de qué, sin que pudieran frenarlo las últimas campanadas de la iglesia ni el tono exasperado de la abuela.

A las siete íbamos a la cocina para cenar un pan de sal con un vaso de leche. Comíamos en silencio, sin hambre, urgidos por huir a nuestros cuartos, meternos entre las sábanas frescas y, conscientes de que eso también era pecado, anhelar el momento de que por fin terminaran los días de sacrificios y oración.

IV

Por ahí debe andar alguien de mi familia que recuerde cómo era la mañana en que por fin se alejaba, mustia y polvorienta, enlutada, la Semana Santa. Se iba llevándose las tolvaneras, el silencio impuesto, la tristeza y la culpa.

En la casa, inundada ya con los rumores habituales, desplegábamos una actividad como de colmena. Cada quien tenía una tarea precisa. La de mi tío enfermito era devolver a su sitio en el patio las jaulas de los canarios, que durante la Semana Mayor habían permanecido en el corral. Los demás nos ocupábamos de: pulir el brasero, regar los helechos, descorrer las cortinas, abrir las ventanas para que las habitaciones se llenaran del fresco aire primaveral, encender la radio, arrancar de los espejos las telas que los habían mantenido velados, ciegos, sin sombra de nosotros.

Nos causaba enorme felicidad comprobar que, en pocas horas, iban tomando el aspecto y el ritmo de siempre las calles del pueblo, los comercios, la gente. También mi abuela volvía a ser cariñosa, como antes, y mi tío enfermito era otra vez el loco inofensivo que pasaba las noches dando vueltas por los pasillos y, creo, cantándole a la Luna sin que nadie le impusiera silencio.

La Jornada, marzo 27, 2016.

Mar de historias
El paraíso de Adán (79)
Cristina Pacheco

Misión cumplida: les dije que llegaríamos en menos de una hora y ¡aquí estamos! Son las nueve de la mañana, el chofer nos mostró su reloj. Satisfecho, abordó su taxi y se fue. Mayra y yo nos sentimos felices de que a esas horas aún no hubieran llegado los grupos de turistas, ni las parejas pálidas, ni las familias ansiosas por disfrutar de un día en la playa, sacarse fotos, correr sobre la arena salpicada por infinidad de conchas diminutas, brillantes como si fueran de plata.

Bajo el sol tibio, el mar deslumbraba y al fundirse con el horizonte adquiría un tono azul-verdoso. El oleaje era suave: apenas un murmullo. La brisa esparcía el olor a marisco y arrastraba voces masculinas, lejanas. Muy cerca unas de otras, las barcas atracadas se mecían en espera de partir hacia aguas profundas. Parvadas de pelícanos y gaviotas con las alas abiertas ejercían la costumbre de adueñarse de todo el horizonte mientras los perros olisqueaban la arena en busca de alimento.

II

Después de tomar las primeras fotos, sin que nadie nos lo impidiera, Mayra y yo ocupamos una palapa equipada con una mesa y dos sillas de plástico blanco. Del restaurante a nuestras espaldas salió la música de un radio: primera señal de que alguien más estaba allí.

Hacia las diez de la mañana hicieron su aparición los comerciantes. Sobre mostradores improvisados empezaron a exponer sus artesanías: erizos rígidos, pelícanos de madera teñidos de un rosa fosforescente, collares, ceniceros de concha y colibríes obesos hechos con cáscara de coco.

Un hombre en bermudas preguntó a los artesanos si habían visto al Diablo. Mayra y yo nos reímos. El desconocido, al pasar frente a nosotras, nos dio la explicación que juzgó necesaria: Así le decimos a un compañero.

–En este paraíso no podía faltar un diablo –comentó Mayra incorporándose en la silla.

–Y sobran las tentaciones: huele rico. Eso me recuerda que no hemos desayunado. ¿Qué se te antoja?

–Aquí toda la comida es deliciosa, pero me gustaría ver la carta. –Mayra giró hacia el restorán: un galerón penumbroso decorado con estrellas de mar y redes. Llamó a un mesero. No apareció ninguno. –¿Nos habrán oído?

–¡Cálmate! –le aconsejé. –Recuerda que en estos lugares el tiempo corre despacio. No te extrañe que pasen quince o veinte minutos antes de que nos atiendan.

Me desmintió la aparición de un muchacho alto, de cabello muy oscuro, facciones definidas y hermosas. Nos saludó y se puso a limpiar la mesa con un trapo húmedo.

–Queremos desayunar. ¿Qué nos recomienda? –esperé la respuesta del joven y retrocedí en mi silla para cederle espacio.

En vez de contestarme, el mesero preguntó si era la primera ocasión que visitábamos esa playa.

–Sí. Lástima que hasta hoy nos hayan hablado de este lugar. Mañana nos vamos –lamentó Mayra.

–Pero pensamos volver en las próximas vacaciones –aseguré. –¿Siempre es así de tranquilo?

El muchacho levantó los hombros y volvió a interrogarme: –¿De dónde vienen?

–De la Ciudad de México –le contesté.

–Eso está lejísimos. ¿Cuánto se hace de allá hasta acá?

–Por carretera, mucho tiempo; en avión poco más de una hora, si hay buen tiempo –dijo Mayra con tono de viajera frecuente.

–¿Y da miedo volar? ¿Qué se siente?

Mayra tomó la palabra: –Yo, nada. Aprovecho el viaje para dormir. Mi hermana sí se pone muy nerviosa.

–No le crea, joven, no siempre: nada más cuando atravesamos por zonas de turbulencia y todo se sacude. –El mesero esbozó una sonrisa burlona que me hizo enrojecer: –Dicen que los aviones son más seguros que los coches. No lo dudo, pero no es lo mismo un accidente en carretera que otro a cientos de kilómetros de altura.

–¿Cientos de kilómetros? –repitió el mesero incrédulo y señaló un avión que iba dejando una línea blanca en el cielo: –Nunca me he subido en una de esas cosas, pero me gustaría hacerlo y viajar un ratito.

–¿A dónde? –le preguntó Mayra.

–A México.

–Esto es México –le aclaré.

–No, perdóneme: esto es el paraíso. Aquí todo es hermoso: las tormentas, el atardecer, la noche; pero lo más bonito, al menos para mí, es cuando amanece: la hora en que el mundo comienza y bajo el Sol todo se ve limpio, nuevo, como recién salido de la mano de Dios.

La elocuencia del mesero nos tenía atónitas. Un niño pasó corriendo y gritó:

–Diablo: Perches te anda buscando.

–Dile que al rato paso a verlo y le llevo el aceite –El niño se alejó y el mesero se dirigió a nosotras: –Aquí todos me llaman Diablo porque de chamaco era tremendo, pero mi nombre es Adán. Querían desayunar, ¿no? De momento sólo puedo ofrecerles unos camarones empanizados. Ya se los traigo.

Mayra y yo permanecimos en silencio, mirando al primer grupo de turistas conducidos por un guía que se concretaba a sonreír y a repetirles en voz muy alta: All this is sand. Sand and sea. Beautiful, ¿no?

Al fin reapareció Adán. Llevaba un plato en cada mano y los dejó sobre la mesa:

–No es porque los haga mi mamá, pero la verdad es que los camarones le salen bien ricos. Provecho.

En efecto, el platillo resultó delicioso. Hacia el mediodía regresó el taxista por nosotras. Rumbo al hotel Mayra y yo reiteramos nuestro propósito de volver pronto a esa playa. Ojalá que cuando lo hagamos siga intocado y remoto el paraíso de Adán.

La Jornada, marzo 20, 2016.

Mar de historias
En blanco y negro (78)
Cristina Pacheco

Al abrirlo, cuatro fotografías se desprendieron del cuaderno. En la tapa conserva escrita con lápiz una fecha de la que nada más son legibles los dos primeros números: 19… Todas las hojas están en blanco. Eso me lleva a una conclusión: quien haya comprado la libreta lo hizo con el único propósito de guardar –¿esconder?– las imágenes.

Están enmarcadas en cartulina gris, corriente, que me recuerda los trabajos escolares. No las protege la levedad del papel de China o el celofán. En el reverso no hay nombres ni datos. Indefensas, han resistido el paso de no sé cuántos años y siguen ancladas en su tiempo. Click.

II

Deduzco que la primera foto que veo fue tomada la mañana de un domingo porque al fondo se ven niños sin uniforme, jugando. Además, las mujeres tienen adornos en el cabello, llevan vestidos que podrían ser de fiesta y sus expresiones denotan calma suficiente como para sonreírle a la cámara.

Lo que no puedo saber, ni sabré nunca, es quién tomó la foto o por qué. Lo más seguro es que haya sido por el simple gusto de atrapar instantes felices de un domingo que se perdió en el calendario: ese mar forzosamente navegable, lleno de sorpresas y misterios en el que un día todos naufragaremos.

III

Son cuatro las fotos desprendidas del cuaderno. Esperaron mucho tiempo para salir a la luz del día y retarme –lo mismo que a cualquiera que las hubiese encontrado– formulándome una serie de preguntas elementales que me exasperan. ¿Quién es la mujer que se apoya contra la pared? Sus ojos tristes, la sonrisa maliciosa y la forma en que mira a la distancia sugieren una historia.

A como dé lugar, tengo que conocerla. Siento deseos de sacudir la foto (como si se tratara de un termómetro al que es necesario bajar a la mínima temperatura), de golpearla (como se hace con un aparato de radio que tiene atascada la música en algún punto de la telaraña de cables) y obligarla a que me diga lo que pueda contarme, pero lo que me dice es nada más silencio.

Aunque sé que es inútil, cedo a la tentación. Agito, golpeo la foto y ¡nada! Esa mujer sigue inmutable, satisfecha de su sonrisa. Comprendo que guardará sus secretos mientras dure el papel. Es muy posible que ese material me sobreviva y yo me vaya del mundo sin saber nada de la mujer en la fotografía. Vuelvo a observarla y tengo la impresión –¡no sé por qué!– de que ella lo sabe todo de mí. Otra vez agito, golpeo la foto y ¡nada!

IV

Esta imagen fue tomada en un estudio profesional. Al fondo hay telones con nubes que no pasan y flores pintadas al pastel con los pétalos coronando su inmortalidad. Bajo una palma camedor –¿natural?– posan tres figuras, o mejor dicho cuatro, porque la anciana que ocupa el único sillón lleva en brazos a un bebé sepultado entre holanes, encajes, cintas. Pienso que ya no está tibio, ni huele a talco ni a orines. Por eso y por su rigidez siento lástima hacia el desconocidito.

Si el coleccionista o el fotógrafo se hubieran tomado la molestia de escribir la identificación del bebé en el reverso de la foto podría llamarlo por su nombre. ¿Llegó a estar bautizado o ya estaba muerto en el momento en que lo captó la cámara?

Custodian a la anciana y al bebé dos hombres. A la derecha aparece el de edad mediana. El ala del sombrero no oculta la mirada vidriosa, algo perdida, que tienen los alcohólicos que a diario prometen que dejarán el vicio. (Algo me dice que no lo estoy difamando.) Viste traje gris, demasiado amplio para sus proporciones y la baja estatura. ¿Motivo de burlas y discriminación? Quizá a eso se deba el gesto rencoroso y amargo que lo avejenta.

El hombre a la izquierda de la anciana es muy alto, tiene nariz aguileña, ojos intensos como brasas y más que sonreír aprieta los labios. Me pregunto cuántas palabras de amor –diurnas o nocturnas– habrán salido de ellos. Supongo que pronunció muchas junto a ese niño muerto (que ya no huele a talco ni a orines). ¿Las dijo minutos antes o después de que la foto fue tomada? No importa, en los casos extremos el tiempo ya no cuenta. Se vuelve de piedra, deja de palpitar, ya no pesa ni fluye.

V

La cuarta foto es tan pequeña que estuve a punto de no verla. La descubrí tirada en el suelo cuando iba a meter en el cuaderno de páginas blancas como un sudario las otras fotografías. Tampoco está fechada ni tiene dato alguno acerca del personaje.

Es un niño casi rubio, tal vez de cuatro o cinco años. Está solo en una playa. Se ve que no le importa: ignora el mundo y desconoce el miedo. Sonríe. Hincado, tiene las manitas hundidas en la arena y permanece atento. ¿Qué estaría haciendo? ¿Buscando caracoles, cangrejos, ramas o estrellas rezagadas? Tal vez haya pretendido adueñarse de la espuma de una ola o de la ola entera. A lo mejor no perseguía ninguno de esos objetivos y sólo estaba allí para recibir su primera lección de métrica dictada por el mar. Todo es posible: los niños, igual que los poetas, hacen cosas extrañas.

La Jornada, marzo 13, 2016.

Mar de historias
Una gota de lluvia (77)
Cristina Pacheco

El autobús iba atestado, no había posibilidad de movimiento alguno; sin embargo, la mujer junto al conductor se esforzaba por desplazarse unos centímetros para no perderme de vista. Al darse cuenta de que su insistencia me cohibía, sonrió. Me pasé la mano por las mejillas, temerosa de llevar la cara sucia. La impertinente adivinó mi intención y agitó la cabeza en sentido negativo para tranquilizarme.

Decidí ignorarla y me puse a mirar por la ventanilla procurando fingir interés en un paisaje de sobra conocido: cerros tapizados de obras negras, cables, basureros, chatarra, anuncios que envilecen el horizonte y, por encima de todo, lejano, el cielo gris, de plomo.

Cuando llegamos a la megaplaza en construcción pedí la parada. Al acercarme a la puerta, la impertinente se dirigió a mí: Los mismos ojos, la barbilla, ¡es increíble! Iba a preguntarle qué quería decirme con eso, pero el hombre detrás de mí me precisó a bajar. Lo hice de un salto y corrí hacia la base de las micros como si tuviera los minutos contados. En realidad sólo quería alejarme, confundirme con la gente, huir de esa mirada. Imaginé que jamás volvería a encontrarme con la desconocida y me sentí feliz.

II

Los jueves, al regresar de mi trabajo en la sastrería, me doy una vuelta por el tianguis de la San Felipe. Llevo años de frecuentarlo, conozco a muchos de los comerciantes, por eso me sorprendió descubrir, entre un tenderete de loza y otro de compactos, a la impertinente del autobús. Ella se alegró de verme y, como si adivinara mis pensamientos, justificó su presencia en el puesto de collares para mascotas: Mi cuñada Emma se alivió el martes. Gracias a Dios su niño está bien, pero ella no, por la cesárea. Con todo y eso quería venir a trabajar. Le dije que no: me ofrecí a atender su puesto mientras se repone, pero no dudo que en una semana ya esté aquí.

En espera de mi comentario volvió a verme con la misma expresión que semanas antes me había incomodado tanto. Esta vez no iba a pasarla por alto: Perdone: ¿tengo algo en la cara? Una mujer frondosa con un puddle en brazos se acercó: ¿Emma ya no va a venir? La suplente repitió la explicación que me había dado, más algunos datos acerca del bebé. Por el momento ella –Rosario para servirle– estaba a sus órdenes, lista para mostrarle las novedades. La mujer no ocultó su desinterés y se encaminó a otro puesto.

En cuanto quedamos solas retomé el asunto de su curiosidad hacia mí. Rosario enrojeció: Discúlpeme, señito, pero es que usted se parece muchísimo, pero muchísimo, a Jenifer. El día que nos encontramos en el autobús hasta pensé que era su hermana gemela. Los ojos, la barbilla, ¡todo!..

Ya la había oído decir eso. Evité que abundara en el tema preguntándole quién era Jenifer. Bajó la mirada: ¿Qué le puedo decir? Digamos que es una muchacha con mala suerte. La historia de siempre: padrastro abusivo, madre sin carácter, hermanos baquetones, por no decir mantenidos. ¿Qué iba a hacer la pobre más que echarse a la calle? Allí sigue, desperdiciando su vida.

Rosario se estremeció como si recordara algo importante que no me había dicho: Espero que no le haya molestado lo de su parecido con Jenifer, aunque, como dice el refrán, hasta en la leña hay diferencias: una es para hacer carbón y otra para tallar santos. Era evidente que Rosario me colocaba en la segunda categoría.

Me despedí, pese a la curiosidad por saber algo más acerca de mi doble y hasta por conocerla. Traté de imaginar cuál sería mi actitud al encontrarme con una persona físicamente idéntica a mí o cómo reaccionaría Jenifer cuando descubriera en mis rasgos los suyos.

A Pablo no le había mencionado el incidente en el autobús, pero cuando regresé del tianguis le conté mi encuentro y mi conversación con Rosario. Mi esposo me aconsejó no darle importancia y me aseguró que no había en el mundo otra mujer como yo. Me sentí halagada, feliz (aunque también un poco culpable) de que mi vida fuera tan diferente a la de Jenifer.

Traté de seguir el consejo de Pablo, pero cada mañana, al mirarme en el espejo, pensaba en Jenifer, en si Rosario le habría dicho que en alguna parte de la ciudad andaba su doble; y si Jenifer, al saberlo, alentaría el mismo interés que yo por conocerla.

III

Al siguiente jueves, cuando regresé al tianguis de la San Felipe y vi a Rosario en el puesto de collares para mascota sentí alivio. ¿Todavía aquí?, le pregunté en el tono más desinteresado posible. Con la naturalidad habitual me puso al tanto de la situación: su cuñada había tenido complicaciones y en tanto no recobrara la salud, ella seguiría a cargo del negocio. Le gustaba, pero no tanto como vender golosinas a la entrada de las escuelas.

Empezó a decirme algo acerca de los niños, pero la interrumpí: ¿Y dónde vive? ¿Yo? Aquí abajito, en la colonia. No: Jenifer. Ella era mi vecina en La Pastora, pero su zona de trabajo siempre ha sido Pantitlán, por allí por el Metro y todo eso. No sé si todavía frecuente ese rumbo porque hace tiempo que no la veo. Oiga, ¿qué se me hace que ya le entraron ganas de conocerla? Lo negué. Por su sonrisa comprendí que Rosario no me había creído.

IV

Ignoro si hice mal, pero ya no hay remedio. Un viernes por la tarde, con pretexto de buscar unas refacciones, tomé un taxi y me fui a Pantitlán. Estaba lloviendo y había mucha gente. En esas condiciones iba a ser difícil encontrar a Jenifer, pero aun así estuve dando vueltas un rato, procurando no llamar la atención. Iba a desistir de mi búsqueda cuando Jenifer apareció a unos metros de mí. (La barbilla, los ojos…) Ella también me miró. La vi tocarse la cara y abrir la boca horrorizada. Creí que iba a gritar. No lo hizo. Dio media vuelta y se echó a correr entre el gentío. La seguí pero fue inútil: Jenifer se perdió –¿nos perdió?– como se pierde una gota de lluvia en el mar.

La Jornada, marzo 6, 2016.

Mar de historias
El fabulador (76)
Cristina Pacheco

¿Cómo que ya no tiene coche?, me preguntan mis vecinos incrédulos más que alarmados. En mi carencia ven señales palpables de mi descenso en la escala social y no ocultan su lástima. Algunos no pueden frenar su curiosidad y me piden que les diga ¿por qué? en el tono de una madre desconsolada que interroga al cadáver del hijo suicida.

En respuesta a su interés, les expongo mis motivos: para librarme de congestionamientos, arbitrariedades, papeleos interminables, pérdida de tiempo, gruyeros, sentimiento de persecución, discusiones con los encargados de poner los inmovilizadores o con quienes –en una absoluta falta de civilidad– estacionan sus automóviles a la entrada de mi garaje mientras se van a los innumerables restaurantes o cervecerías que hay en mi colonia. (Ganó fama y perdió reputación).

Cuando al fin aparecen los invasores y les reclamo que hayan obstruido mi espacio se me quedan mirando con sorna, me aseguran que no es para tanto y que si no me pareció bien su comportamiento levante un acta. Lo que me extraña es que ninguno de los abusivos haya pretendido contener mi disgusto con la frase de moda: Usted no sabe con quién se está metiendo. Antes de llegar a ese punto de locura citadina, me deshice de mi coche.

II

Entre todas las ventajas que me ha traído mi peatonización hay una que las supera a todas: viajar en taxi (seguro, por supuesto.) Cada uno tiene su atmósfera dependiendo de lo que cuelgue del retrovisor (rosarios de cristal, insignias, zapatitos) o las artesanías miniatura que adornen el tablero según la temporada: reyecitos, corazones, banderas, calaveritas, esqueletos danzantes, series de luces o pinos navideños.

No faltan los choferes que hacen de su medio de trabajo una extensión de su casa –o, mejor dicho, de su vida familiar– y mandan escribir en el parabrisas nombres que les significan una dulce compañía en su larga jornada o ensartan en la visera un solo arete que les trae recuerdos a cincuenta kilómetros por hora.

III

A fuerza de recurrir a un solo sitio de taxis, con frecuencia me prestan sus servicios los mismos choferes. Son muy amables. Les pregunto qué tal de trabajo y me responden que, como en todo, hay días buenos y otros peores. Nos reímos de la broma. Aumenta la confianza y me interrogan acerca de qué me parece el nuevo reglamento de tránsito y cómo veo la situación. Cuando abordan el tema del futbol rehúyo opinar: me avergüenza mi ignorancia en lo referente al juego del hombre. Ellos agradecen mi silencio porque les permite lucir sus conocimientos describiéndome golazos, calificando los penaltis y la actuación de los árbitros.

Su conversación me hace olvidarme de los congestionamientos, los claxonazos, la exasperante lentitud a que avanzamos, los baches, la falta de policías en los cruceros embrollados, la torpeza con que un oficial manipula el semáforo y el desatino de que una pipa de agua que, en horas pico, inhabilite un carril para regar pastos secos.

De todos los choferes que conozco hay uno que se distingue por su imaginación. Si fuera escritor pertenecería al grupo de los que generan un mundo a partir de elementos reales, insignificantes. Confieso, en el mejor sentido, que envidio su destreza.

IV

En el tarjetón pegado en la ventanilla trasera están su retrato y su nombre completo. Lo sustituyo por el de Fabulador. En cuanto lo veo pienso en qué despertará su imaginación. Puede ser cualquier cosa que encontremos en el trayecto: desde un grupo de manifestantes, un niñito que vende chicles en un camellón, la fachada de un palacete asfixiado entre rascacielos o los ancianos que pulen parabrisas a fin de ganarse unas monedas.

Hace días, el Fabulador y yo vimos, a la entrada de un edificio en Reforma, a un grupo de oficinistas en actitud expectante. Dije que tal vez se trataba de un simulacro y desde luego recordé los terremotos del 85. Fue suficiente para que el Fabulador reconstruyera aquellos días amargos como si únicamente él los hubiese vivido. Me describió rescates, me habló de los miles de mariposas ciegas salidas de los sótanos de una iglesia después de siglos en la oscuridad. Al final intentó reproducir el tono de los instrumentos musicales con que los músicos sepultados entre los escombros de San Camilito se habían despedido de sus familias.

En sus relatos, el Fabulador a veces intercala episodios de su vida: Esto que voy a platicarle, aunque parezca cuento, es la pura verdad. La única vez que me ha hablado de su padre me contó que era pepenador y que soñaba con encontrarse una moneda de oro tirada en la calle. Gracias a Dios, dijo el Fabulador, su padre la halló, aunque por desgracia, el día de su muerte. Le pregunté si conservaba la moneda y me dijo que la había metido en el ataúd de su difunto porque, después de todo, él la había descubierto.

V

Hay una historia a la que, de tanto en tanto, vuelve el Fabulador. Empieza por mencionar los peligros que acechan a los choferes. Nunca saben si quien aborda el taxi va drogado, lleva armas o es de otro mundo. Desde la primera vez que oí la frase me intrigó mucho. Estaba a punto de llegar a mi destino. Tal vez pasarían semanas antes de que el Fabulador volviera a prestarme su servicio, así que fui directa: ¿A qué se refiere?

Entonces me habló de la mujer de blanco, hermosísima, que hace años, un Miércoles de Ceniza, había llevado de La Profesa a la parroquia de Tacuba. A pesar de que sólo la había visto unos minutos, cuando ella se bajó del taxi él empezó a extrañarla como si se tratara de alguien conocido de mucho tiempo atrás. Desde aquel momento, la rastrea con la misma tenacidad con que su padre buscó la moneda. El Fabulador aún espera dar con la mujer de blanco: no le importa que ese pueda ser el día de su muerte.

La jornada, febrero 28, 2016.

Mar de Historias
En sueños (75)
Cristina Pacheco

Ya va para once meses que estoy trabajando con doña Lola. Como está distanciada de su hija Lilia y de su yerno, quien ve por ella son sus nietos: Gregorio y Mayra. Él nunca nos visita y rara vez llama por teléfono. Cree que ser buen nieto consiste en depositarle a su abuela mensualmente en el banco. Mayra es muy distinta: cariñosa, atenta; si no viene más seguido es porque vive muy lejos.

Gregorio no me conoce, Mayra muy poco, y como no sabe lo que le está sucediendo a su abuela, un día de estos va a pensar que la tengo secuestrada. Se lo he dicho a mi patrona, pero no le da importancia. Según ella nadie va a pensar algo tan feo de mí porque tengo cara de todo, menos de secuestradora. Luego me cierra el ojo y se acerca la mano a la boca como si estuviera cerrándola con llave. Con eso quiere decirme que no debo abrir el pico.

II

No he dicho ni media palabra, pero Mayra ya empezó a recelar de que algo raro sucede, y es lógico. En las últimas semanas, casi todas las veces que ha llamado y me ha pedido que la pase con su abuela le he dicho lo mismo: No puedo: mi patrona está dormida. Entonces le da por preguntarme si doña Lola está molesta con ella porque no ha venido a visitarla. Le aseguro que no, mi patrona comprende que no pueda venir desde Ojo de Agua, que para ella es como decir el fin del mundo.

Ya con eso medio que se tranquiliza, pero de todas formas se le hace mucha casualidad que últimamente –así sean las once de la mañana o las tres de la tarde– su abuela siempre está durmiendo. Para que no siga pensando mal, le explico que la señora hace varias siestas al día porque en la noche duerme poco.

Allí es donde salgo raspada: Mayra me recuerda que si me contrató es porque confía en mí; una de mis obligaciones es darle a mi patrona sus pastillas para dormir. Aunque son muy caras, ella se las compra con mucho gusto para que se las tome, no para que las guarde en el botiquín del baño.

Su reclamación me molesta. Siento ganas de decirle la verdad, pero no lo hago porque doña Lola me ha suplicado que bajo ninguna circunstancia se me ocurra decirle a su nieta que cada día se le olvidan más las cosas. Si Mayra llega a saber que van tres veces que doña Lola ha dejado las llaves del gas abiertas y dos que no sabía cómo regresar aquí, seguro viene para llevársela a su casa o meterla en una residencia para ancianos.

Por lo que he conversado con doña Lola, me imagino que ella estaría dispuesta a todo, menos a mudarse. La hace muy feliz seguir en el departamento donde pasó tantos años con su esposo, don Arturo. Cuando él ya estaba muy malito le aconsejó –según me dijo ella– que por ningún motivo se fuera a vivir con alguno de sus nietos, ya sabía que el muerto y el arrimado…

La Jornada, febrero 21, 2016.
Mar de Historias
Rumores, sombras, nombres. (74)
Cristina Pacheco

En un pueblo tan pequeño se conoce la historia de las casas y de la gente: dos mil almas en su infierno, en sus pequeñas glorias compartidas, fechadas. No es de extrañar que todos sepan que el l3 de diciembre Julián –ese muchacho alto con un mechón blanco en el pelo, herencia de su padre– había intentado quitarse la vida arrojándose al paso del ferrocarril. Frustró el intento la intervención de algunos viajeros y los comerciantes que esperaban la llegada del tren para ofrecer sus mercancías a los que iban de paso a la ciudad.

No se tiene noticia de que antes de Julián haya habido un suicida en el pueblo. Allí las personas mueren según lo señalado en su destino. Es una ley no escrita que nadie se había atrevido a romper. Julián lo hizo a los 23 años de edad, con toda la vida por delante, robándoles el turno a los mayores.

Con ninguno de ellos ha hablado Julián de los motivos que le inspiraron la idea de suicidarse; tampoco de lo que sintió al abrir los ojos y verse en su cuarto a pleno mediodía, hora a la que no pensaba llegar y, sin embargo, resultó ser el punto de partida de su nueva vida.

II

Volviste a nacer. Dale gracias a Dios de que gente buena te impidió llevar a cabo esa locura porque si no, en este momento yo estaría… Ay, no quiero ni pensarlo, le dijo su madre entre lágrimas cuando lo vio taparse la cara con la sábana y se arrojó sobre él para preguntarle cómo era posible que hubiera querido hacer algo tan espantoso. ¿No sabía que la vida nos la da Nuestro Señor y sólo Él puede quitárnosla? ¿Ignoraba que quienes desobedecen la ley divina están sentenciados al infierno?

Sólo de pensar en que su hijo pudiera sufrir esa condena, Delia sintió que la abandonaban las fuerzas. Con el pretexto de consolarla, los vecinos que habían salvado y conducido a Julián a su casa permanecieron en el cuarto, de pie, listos para someter al muchacho en caso de que le sobreviniera otro arranque de locura; pero sobre todo, esperando verlo llorar arrepentido, oírlo pedir perdón y al fin agradecerles su gesto hacia él.

No ocurrió nada de eso. Julián se limitó a sepultarse bajo las sábanas para huir de la mirada inquisitiva de sus salvadores y la curiosidad de sus vecinos.

Los conocía: eran buenas personas, dignas de respeto y de aprecio. Sin embargo, al verlos invadiendo su cuarto empezó a sentir hacia ellos un odio y un rencor inexplicables.

Le habría gustado decírselos para que dejaran de mirarlo con lástima, de arriba hacia abajo, pero no lo hizo para evitar que huyeran ofendidos. Los necesitaba allí para preguntarles con qué derecho habían interferido en su decisión, pero, en ese momento, fue incapaz de hacerlo. Se sintió otra vez aniquilado y empezó a llorar; primero suavemente y después de una manera que partía el alma.

Los presentes interpretaron el llanto desgarrador como prueba de contrición. Se lo decían a Delia y la abrazaban pidiéndole que se alegrara porque su hijo estaba lavando su culpa con lágrimas de arrepentimiento. De un manotazo Julián apartó la sábana que lo cubría y se irguió. Con el cabello en desorden y los ojos enrojecidos, semejaba un resucitado.

III

Julián abrió la boca, pero no logró pronunciar ninguna palabra, aunque todas estuvieran en su cabeza, esperando una orden suya para decir por qué verse salvado le producía enojo y frustración incontenibles: llevaba años acariciando la idea del suicidio, escondiéndola para que su madre no leyera sus pensamientos. Dios podía hacerlo, pero Él estaba tan lejos de aquel pueblo…

Por supuesto Julián había ocultado otros anhelos: gritar con todas sus fuerzas cuando lo persiguieran ciertos recuerdos; poder contarle sus experiencias a alguien dispuesto a guardarlas en secreto; inundarse en la tibieza, en la humedad de otra mujer. Ansiaba, sobre todo, irse del pueblo sin carga y a paso firme, sin mirar atrás, sin detenerse sintiéndose culpable cuando Delia lo paralizara con el argumento de siempre: ¿Vas a abandonarme como hizo Efraín, tu padre?

Desde su cama, Julián miró a cada uno de los presentes. Le bastó con eso para saber que ninguno lo entendería si les dijera que para abrir la última puerta hay que sobreponerse a la indecisión. Después de infinitas dudas, él había logrado derrotarla. Marcó una fecha. Era un paso adelante, pero faltaban muchos otros. El camino hacia el suicidio es complicado y presenta obstáculos que parecen insuperables. Primero la cobardía. Julián la venció dejándose llevar por su instinto de muerte, sin preguntarse acerca del después ni de nadie, ni siquiera de su madre. ¿Vas a abandonarme como lo hizo Efraín, tu padre?

IV

Para llegar a su objetivo Julián había hecho enormes esfuerzos durante años. En unos cuantos minutos perdieron su sentido gracias a la atingencia de los vecinos y los comerciantes que se empeñaron en evitarle la muerte. Todos ellos deben sentirse héroes, benefactores, hombres buenos que, además, salvaron a Delia del más terrible sufrimiento. No imaginan siquiera que su triunfo significó para Julián el regreso a su infierno: este cuarto. Aquí creció, aquí ha esperado el amanecer; aquí ha visto llegar noches interminables en las que se confunden los rumores, las sombras y los nombres.

La Jornada, febrero 14, 2016.

 Mar de Historias
Serenata nocturna (73)
Cristina Pacheco

Sin decírselo a nadie, Rosaura ha dedicado los últimos seis domingos a buscar a la maestra Estela. Confía en que su insistencia y los pocos datos que le dio su ex vecina en el momento en que se despidieron la ayuden a encontrarla. Le urge que sea pronto.

Si Rosaura mantiene las pesquisas en secreto es por temor: quien se entere la tomará por loca. Ella misma se califica así, y sin embargo sigue con sus investigaciones. El domingo temprano, su único día libre, se dirige a la Álamos y emprende sus caminatas en busca de un condominio horizontal de estilo francés. Supone que en esa colonia no debe haber muchas construcciones de ese tipo, así que será fácil localizarlas y tocar la puerta de todos los departamentos. Con suerte, un día le abrirá la maestra Estela y ella podrá decirle lo que está ocurriendo y tanto la angustia.

Esta exploración absurda, frenética, sería innecesaria si la mañana en que se despidieron ella le hubiera pedido a la maestra Estela su nueva dirección, en vez de conformarse con las mínimas referencias que su ex vecina le dio: El departamento es muy pequeño. Está en un condominio horizontal tipo francés muy bonito y es de una sola planta. No tendré que subir ni un escalón.

II

Rosaura había visitado en varias ocasiones a la maestra Estela. Al término de la visita siempre se iba con una sensación de tristeza, asombrada de que su amiga pudiera seguir viviendo en la casa de dos pisos que había compartido con su numerosa familia y de la que era única sobreviviente. Una vez que se atrevió a expresar su inquietud, la maestra le dijo que ella misma era incapaz de comprender qué la retenía allí, sobre todo porque las habitaciones estaban tan llenas de recuerdos tristes.

Pese a la confianza entre ellas, Rosaura nunca había subido a la planta alta. La maestra Estela y ella siempre conversaban en la sala: un salón inmenso, con las paredes tapizadas de fotografías y cuadros sin ningún valor. Entre el hacinamiento de muebles lo único bello era el piano junto al ventanal.

La maestra lo veía como su tesoro y su salvación. Con lo que ganaba dando clases de música, más los mínimos restos de su herencia, durante un buen tiempo había podido cubrir sus gastos, aunque con dificultades. Se agravaron cuando, también por motivos económicos o mudanza a otras colonias, sus alumnos empezaron a disminuir.

Para la maestra Estela eso significó mayores privaciones, pero sobre todo un fuerte golpe emocional: sin darse cuenta había terminado por considerar como hijos a sus alumnos. La tarde en que ya no se presentó ninguno, pensó en los muchos otros niños a los que había dado clase durante los años anteriores.

Ni uno solo había cumplido la promesa de visitarla o llamarle por teléfono. No dudaba de que su último grupo de estudiantes fuera a comportarse con igual indiferencia. Reconocerlo le causó un dolor inmenso, como si perdiera otra vez a toda su familia, y al mismo tiempo le despertó un extraño rencor hacia los niños que habían ido apartándose de ella, sin nunca volver.

Conforme fue pasando el tiempo, la sensación de pérdida se volvió más intensa, el rencor más dañino y aumentaron las carencias. Imposible seguir viviendo en esas condiciones. Era urgente encontrar una salida. Después de mucho pensarlo, la maestra Estela comprendió que sólo le quedaba una alternativa y se la comunicó a su vecina: Voy a vender la casa, los muebles, todo. No quiero llevarme nada de aquí, ni siquiera el recuerdo de mis alumnos.

Rosaura quiso restarle dramatismo a la situación: preguntó qué haría para deshacerse de ellos. La maestra, en vez de responderle, siguió con su idea: “Me encariñé mucho con ellos, pensé que era correspondida y me equivoqué. En su momento, cada uno se despidió de mí como si nada y prometiéndome al fin –porque se los imploré– que alguna vez volverían a visitarme. Nunca lo han hecho. ni siquiera me han llamado por teléfono. Pronto se olvidaron de mí. Haré lo mismo con ellos”.

A Rosaura le pareció desmedida la reacción de la maestra Estela, pero no se lo dijo: se limitó a felicitarla por su decisión. Sí, estaba muy bien que se fuera de allí, que empezara una nueva vida en un departamento cómodo, de una sola planta, con muy buena luz, vigilancia día y noche, vecinos a los que podía recurrir en caso necesario. Sí, qué suerte que hubiera encontrado ese condominio horizontal. ¿En dónde? En la Álamos.

III

En pocos meses, con la ayuda de un corredor de bienes raíces, la maestra Estela encontró comprador para su casa, el piano y los demás muebles. Los que no pudo vender los envió a un asilo próximo, segura de que con su generosidad embellecería la vida de los abuelitos y descargaba la suya de tantos recuerdos que guardan los objetos: En este sillón mi madre se ponía a tejer. En aquella mesa mis hermanos y yo hacíamos la tarea. Por el teclado de mi piano pasaron las manitas de mis alumnos.

Cuando ya no quedó nada por vender, una mañana Rosaura salió a despedirse de la maestra Estela. Nunca la había visto tan emocionada y tan efusiva con ella. La llamó Rosy querida, le agradeció sus visitas, dijo que iba a extrañarla y le pidió que no la olvidara. Rosaura dijo que eso sería imposible. La casa de la maestra está frente a la suya. Que en poco tiempo llegaran a habitarla sus nuevos dueños no quería decir que la construcción fuese a desaparecer. Que no lo dudara: cada mañana, al verla, pensaría en ella y en sus alumnos.

Rosaura nunca imaginó que hubieran sido tantos. Ahora lo sabe. Desde que la profesora se fue, por las noches ve una multitud de sombras infantiles a través de la ventana y oye las mismas notas. Do, re, mi, fa, sol una y otra vez. ¡Una y otra vez! Tiene que decírselo a la maestra Estela, por eso necesita encontrarla. Cuando lo consiga le pedirá que por favor vuelva a su casa a recoger los recuerdos que dejó abandonados.

La Jornada, febrero 7, 2016.

Mar de Historias
Nereo (72)
Cristina Pacheco

Ayer apareció en el periódico la misma esquela que se publica por estas fechas desde 1999: Nereo: descansa en paz. Nosotros seguimos recordándote y velando tu sueño. Como siempre, la firmaban únicamente sus hermanos Clara, Eugenio, Porfirio y Adelina Godínez Lázaro. Los conocí poco antes de que terminara el novenario. Ciertos detalles en su fisonomía –las cejas hirsutas, los ojos color miel, los labios muy delgados– revelaban su parecido con Nereo, salvo que en ellos las facciones sí estaban en orden.

Aurora y Trinidad, los padres de Nereo, recibieron mi pésame en silencio y sin mirarme. Cuando pregunté acerca de las circunstancias en que había muerto mi amigo, su hermana Clara se limitó a decir: Gracias a Dios, tranquilo y en su cama. Me pareció que ese laconismo ocultaba algo. Al final del rezo los Godínez Lázaro y yo intercambiamos teléfonos a sabiendas de que era inútil porque nunca volveríamos a comunicarnos. ¿Para qué? No me interesaban sus vidas ni lo que pudieran decirme acerca de Nereo, si es que en realidad sabían algo de él.

II

Me he puesto a pensar en cuántas personas habrán leído una esquela tan pequeña, perdida entre fotos, anuncios y artículos. La encontré porque estaba esperándola. Voy a recortarla y a guardarla junto con las otras diez y seis que he ido metiendo entre las páginas del diccionario que me regaló Nereo. Me sorprendió que lo hiciera, porque el libro tenía un valor muy especial para él.

Es un tomito azul muy mal cosido. Cuando alguna página se le desprendía, Nereo la colocaba entre las demás, sin fijarse en la numeración, para evitar que se perdiera y con ánimo de ponerla en su sitio más tarde. Nunca lo hizo. Cuando el libro pasó a ser de mi propiedad no me atreví a corregir el desorden ni a borrar los signos y los términos escritos en sus márgenes.

III

El diccionario significaba tanto para Nereo porque lo había comprado con el primer sueldo que le dio Luis Bárcenas: el dueño de la librería de viejo instalada en una accesoria de la vecindad (muy bonita, por cierto) donde vivían los Godínez Lázaro: Nereo, los cuatro hermanos que cada año firman la esquela y sus padres.

Nereo decía estar muy agradecido con ellos porque en vez de sobreprotegerlo y aislarlo, habían procurado darle herramientas para que el leve retraso mental que padecía y sus facciones alteradas no fueran motivos de exclusión.

En la escuela, sus hermanos contribuyeron al bienestar de Nereo levantando un discreto cerco para evitarle las bromas de sus compañeros. Llegó la hora en que la táctica defensiva de los Godínez Lázaro resultó inoperante. Conforme Nereo iba creciendo las diferencias entre él y los demás niños se hacían más evidentes y las burlas más crueles. Por ese motivo, con frecuencia Eugenio y Porfirio se liaban a golpes con los agresores. La situación rebasó los límites del pleito callejero una tarde en que Rodolfo Márquez –el líder de su grupo– acometió a Porfirio con un cuchillo y lo dejó herido de gravedad. Para evitarle nuevos peligros a su hermano, Nereo, pese al desacuerdo de su familia, abandonó los estudios.

La deserción ocurrió a mitad del ciclo escolar. A esas alturas del año, imposible inscribirse en otra escuela. En esas circunstancias, sus perspectivas se limitaban a pasarse la mitad del día solo en la casa hojeando libros o revistas, viendo la tele y esperando a los suyos. Aguantó esa rutina hasta que tuvo una ocurrencia: pedirle a don Luis que lo tomara como ayudante mientras remprendía sus estudios. Sacudir los estantes y ordenar los libros eran tareas sencillas hasta para él.

Después de conseguir la autorización de Aurora y Trinidad, don Luis aceptó la ayuda de Nereo durante los seis meses de vacaciones obligadas. No fue así: la estancia de mi amigo se prolongó hasta muy poco antes de su fin. Tal vez lo haya presentido porque en el que sería nuestro último encuentro me regaló su diccionario. Cuando descubrí los signos y términos en sus márgenes y pregunté por su significado, Nereo me dijo en tono de secreto: Son parte de un idioma que estoy inventando. Mis palabras toman prestadas sílabas de otras. Es divertido; pero lo que más me gusta es que sólo yo puedo entenderlas.

IV

Nereo murió hace diez y siete años, a punto de cumplir los veinte. Me enteré de su fallecimiento un sábado por la noche en que, como de costumbre, fui a la librería. Don Luis estaba solo. Su gesto desolado y el crespón negro sobre un estante me hicieron presentir algo terrible: la inesperada muerte de Nereo. Había ocurrido el domingo anterior. En su casa le estaban rezando el novenario.

Cualquier cosa que yo hiciera a partir de ese momento no tenía importancia alguna para Nereo. Daba lo mismo que me alejara o que hiciera acto de presencia ante su familia. Opté por esto. Mientras caminaba rumbo a la vivienda de los Godínez Lázaro imaginé las frases de consuelo que diría: Piensen que al menos murió en su casa, sin sufrimientos, y que está descansando. Después, cuando vi la actitud evasiva de sus padres y oí el lacónico informe de Clara, me pregunté si en realidad Nereo había muerto tranquilo y por causas naturales.

Una cosa me llevó a otra: recordé nuestra última conversación y la manera tan extraña en que mi amigo se me quedó mirando al momento de regalarme el diccionario. Lo conservo tal como Nereo me lo dio. Las palabras incomprensibles permanecen en los márgenes y las páginas continúan en desorden: la 320 (defectuoso, deforme, degradación) sigue junto a la 938 (soledad, solitario, soltería) y la 392 (desbloquear, descansar) entre la 1002 (tristeza, triturador) y la 948 (sufrimiento, suicidio.)

La Jornada, Enero 31, 2016.

Mar de historias
Sin sala (71)
Cristina Pacheco

Tiene por delante todas las horas de este día y sólo un lugar adónde ir: su casa. En este momento no hay nadie. Rodrigo podrá sentarse ante la computadora sin que le pregunten qué está haciendo cuando les escriba correos a sus amigos pidiéndoles consejo. Tal vez uno de ellos pueda recomendarle un sitio dónde conseguir un nuevo trabajo, ya que se encuentra desempleado.

Apenas puede creer que en tan pocos minutos otra vez haya ingresado a ese nivel. No lo esperaba, y mucho menos hoy. Para este martes tenía prevista una serie de situaciones desagradables, pero no que Daniela, la jefa de personal, le dijera: Estás despedido. Rodrigo pensó que era una broma o que había escuchado mal, hasta que volvió a oír la sentencia.

Rodrigo sacudió la cabeza. No entendía lo que estaba sucediendo, sobre todo porque en la junta de evaluación del viernes anterior Daniela lo había felicitado por su buen desempeño en el restaurante. Cómo interpretar que su jefa hubiera cambiado su actitud hacia él en apenas unas cuantas horas. Sólo podía saberlo preguntándole: Pero, ¿por qué? ¿Hice algo mal? Daniela se limitó a señalar el reloj de pared que marcaba las 9:15 de la mañana.

Consciente de su falta, Rodrigo intentó justificarla: Si llego tarde no es por mi culpa. Salí temprano de mi casa, pero la micro no pudo pasar porque en la carretera había un bloqueo. Esperaba comprensión y sólo recibió indiferencia, pero no se dio por vencido. En su defensa, expuso otro argumento: Sabes que vivo muy lejos.

Daniela reaccionó con más severidad: Ese no es mi problema. Desde el primer día te dije lo mismo que a los demás empleados: a mí no me importa de dónde vengan o cómo le hagan para llegar a tiempo. La entrada es a las ocho. El que no se presente a esa hora que se atenga a las consecuencias. Rodrigo sintió que estaba a punto de llorar, pero logró controlarse: Te juro que no volverá a suceder. Dame chance. Por la forma en que Daniela lo miraba comprendió que sus palabras habían sido inútiles. No iba a humillarse más. Dio media vuelta, pero su jefa lo detuvo: Entrégame el gafete. Saca lo que tengas en el locker y me devuelves la llave.

Al atravesar el restaurante Rodrigo sintió las miradas condolidas de sus compañeros, pero ninguno suspendió su actividad para saludarlo entrechocando las palmas de las manos como hacían cada mañana, lamentar su situación o desearle buena suerte: temían que Daniela viera en sus expresiones amistosas un reproche hacia ella y muestras de solidaridad con Rodrigo.

II

Camino de su casa procura ordenar sus pensamientos. Lo primero es decidir cómo o cuándo darle la mala noticia a su familia. Imaginarse el gesto contrito de su madre y los reproches de su hermana Celia lo agobia menos que pensar en la reacción de su padre. De seguro lo llamará irresponsable. Si sabía que la hora de entrada al restaurante era a las ocho, ¿por qué llegó tarde?

Rodrigo conoce a su padre. Es duro, autoritario. Si le explica que su retraso se debió al bloqueo de la carretera, ni siquiera intentará comprender la situación; le dirá que en vez de quedarse como un estúpido, esperando, debió bajarse de la micro, abrirse paso entre los manifestantes, correr, pedir aventón; lo que fuera con tal de conservar el trabajo en el restorán. Que se acordara: había tardado más de dos años en conseguirlo. Ahora, por como están las cosas, de seguro tardaría mucho más tiempo encontrar otro empleo.

Ante las perspectivas, Rodrigo decide ocultar su situación. Seguirá saliendo de su casa a las cuatro y media de la mañana y volverá a las nueve de la noche, como siempre. Entre una cosa y otra recorrerá las calles en busca de trabajo. Está seguro de que en dos o tres semanas podrá ocuparse en algún restorán, y si no, en uno de los puestos de ropa sobre el Eje Dos, o en algún taller mecánico o como sacaborrachos en El Bucanero o La Cotorra. En caso de no conseguir nada podría hacer malabares en un crucero. Bien maquillado nadie lo reconocerá.

Esta posibilidad lo hace reír y sentirse ligero. La sensación desaparece cuando lo asalta otro problema: ¿qué hará en el momento en que sus padres le pidan el dinero que aporta todos los sábados para los gastos de la casa? La respuesta le llega en automático: les dirá que lo asaltaron en la micro. Como les ha sucedido lo mismo a casi todos sus vecinos, le creerán. ¿Y al siguiente sábado, y al otro..? Tendrá que buscar nuevas excusas durante el tiempo que permanezca desempleado. Sus experiencias le recuerdan que ese infierno puede prolongarse meses, años.

Aunque pretenda ignorarlo, Rodrigo sabe que tarde o temprano tendrá que decir la verdad. Eso significa que volverá a depender de sus padres, a pedirles dinero, a sentirse avergonzado a la hora de la comida, a no atreverse a protestar, a fingirse dormido para no oír los consejos que su hermana Gloria les dará a sus padres: No le den ni un centavo. Si mi hermano necesita dinero, que busque trabajo. No es justo que otra vez vayamos a mantenerlo. Pienso decírselo aunque se enoje y amenace con irse de la casa, Por mí, ¡ojalá y se largara!

IV

Rodrigo atraviesa por un jardín solitario. Le parece un sitio adecuado para detenerse a pensar en la manera de conseguir dinero para el sábado. Sus amigos no están en condiciones de facilitárselo y no tiene nada que vender: la computadora es de Celia. Cuando sepa que está desempleado, de muy mala gana le permitirá usarla, si no es que antes la guarda bajo llave. Esta posibilidad colma su fatiga. Necesita descanso. Se tiende en el prado, hunde la cara en el césped, percibe olor a tierra mojada y trata de imaginarse qué se sentirá estar debajo. Sin poder evitarlo empieza a gemir.

Un niño que cruza frente a él le pregunta a la mujer que lo lleva de la mano: ¿Por qué llora ese señor? Seguro está borracho. Apúrale. Tenemos que llevar el dinero de la renta a Faustino, porque si no… Rodrigo espera unos segundos, se levanta y empieza a caminar con pasos sigilosos de ladrón.

La Jornada, Enero 24, 2016.

Mar de Historias
Cosas de todos los días (70)
Cristina Pacheco

Milagros

Apenas se levanta, lo primero que hace Fermín es darle gracias a Dios por haberle permitido despertar a otro día y, a su edad, seguir conservando su trabajo. No es difícil: consiste en recorrer las naves de la fábrica de aceite para cerciorarse de que todos los empleados lleven el equipo completo. Lo malo es que mientras recorre los pasillos –juntos suman seis kilómetros– lo agobia el ruido que producen las máquinas. Es insoportable, tritura las palabras antes de que lleguen a la última sílaba y por eso mejor ya nadie habla. En las naves no se escuchan los buenos días ni nos vemos mañana. Sólo ruido.

Fermín no tiene más remedio que soportarlo, pero a cambio de esa resignación alienta un rencor infantil hacia las máquinas que poco a poco, al cabo de los años, ha ido deteriorando su capacidad de oír a plenitud lo que más ama: la música. En su departamento tiene colecciones de vinilos –que han vuelto a sonar gracias a la tecnología–, compactos que considera su tesoro: diez instrumentos musicales. Los compró aquí y allá, en sus domingos libres, con la esperanza de un día aprender a tocarlos. Nunca ha podido hacerlo, pero le basta mirarlos para escuchar bellos conciertos de silencio que sólo él puede oír.

II

En la fábrica de aceite no hay palabras, ni música ni ventanas, sólo hay grietas. Por una se coló la rama de una enredadera sembrada en la casa vecina. Ha ido creciendo y ahora es dueña de 10 centímetros de un muro. Sólo Fermín la mira. En las mañanas, cuando empieza su recorrido, aprovecha para verla. Eso le recuerda el jardín que le hubiera gustado tener. Y no sólo eso: habría querido sembrar las plantas, cuidarlas, verlas confundir sus follajes, apoyarse unas en otras, dar flores.

En la fábrica de aceite, donde no hay palabras, ni música ni ventanas, sólo hay flores artificiales que adornan un altar a la virgen de Guadalupe y otras que adornan el cuerpo de una muchacha desnuda en el calendario de 2000. Desde aquel remoto año ha permanecido en el mismo sitio, bajo la misma luz artificial, blanca y fría, que cae de las balastras.

A la fábrica de aceite donde no hay palabras, ni música ni ventanas, ni flores, no entra más luz de sol que el rayo que sigue el ascenso de la rama. Fermín se pregunta si algo tan frágil será capaz de sobrevivir y de conquistar todos los muros de ese edificio. En tal caso, será un avance lento que requerirá de muchos años. Fermín piensa que valdrá la pena vivirlos sólo para ver ese milagro.

Los constructores

Llegados desde todos los rumbos de la ciudad, o quizá de más lejos, a las ocho de la mañana aparecen en esa calle decenas de hombres. Todos son muy jóvenes, algunos casi niños. El rumor de sus pasos se arrastra. Visten camisetas amplias, chamarras con capucha y pantalones desgarrados. (La pobreza los ha puesto a la moda). A sus tenis y zapatos los embalsaman restos de cemento y arena. Llevan cascos. De su pretina cuelgan los guantes de carnaza y las claveras.

Se dirigen hacia la obra negra que ocupa el terreno en donde estuvo una casa. (Ventanas amplias y rosas de castilla en el jardín). Allí se levantará un edificio de 20 pisos. Para construirlo, los hombres que llegan a esa calle de mañana deberán trabajar en diferentes niveles: las profundidades de la excavación o las alturas. Entre una cosa y otra avanzan sorteando escombros, se deslizan por complicadas armazones hechas de tablas, suben rampas tambaleantes cargando en sus espaldas costales de cemento y arena, varillas de acero, bloques de material aislante, cuerdas, plásticos.

En la obra negra la actividad es incesante. Se acompaña con el estruendo de la revolvedora, las carretillas, los motores y los gritos de los hombres mientras hacen volar de mano en mano, de abajo hacia arriba y al mismo ritmo miles de ladrillos que significan paredes, aislamiento, privacidad.

II

Al mediodía, los hombres abandonan sus puestos y herramientas. Sin sacudirse el polvo que los baña eligen un sitio para comer: un quicio, la banqueta, el camellón próximo, una carrocería abandonada. Mientras comen, beben refrescos, miran a las muchachas que se alejan de prisa, arrojan trozos de tortilla a los perros, oprimen las teclas de sus celulares para jugar, leer mensajes o enviarlos. A veces sonríen. El gesto fractura la máscara de tierra que sepulta sus rasgos masculinos.

Al cabo de unos minutos –insuficientes para satisfacer el hambre y descansar– y sin que nadie se los ordene vuelven al trabajo, toman sus herramientas, ocupan sus puestos en la excavación, los travesaños, la rampa, los castillos como mástiles de acero para seguir construyendo –con la fuerza de sus manos y sus espaldas– Departamentos de sueño. Mientras lo hacen, olvidan el suyo. ¿Cuál será?

Hacia el atardecer, cansados, sudorosos, abandonan la obra negra y se dispersan. En todas direcciones se oyen sus pasos lentos. Pronto se esfuman y esa calle vuelve a quedar en silencio. Permanecerá así hasta mañana, cuando a las ocho en punto reaparezcan los constructores de sueños –de otros sueños–: los albañiles.

La Jornada, Enero 17, 2016.

Mar de historias
Espejos (69)
Cristina Pacheco

Como empleada en el salón de baile, entre otras actividades, Dalia lleva años limpiando el baño y puliendo el mismo espejo. Al verse reflejada en él siente la tentación de analizar su imagen. Enseguida descubre nuevas huellas que el tiempo ha dejado en su cara. Desalentada, las remarca con la punta de sus dedos.

Le gustaría borrar las líneas de la frente, los párpados, el cuello y el contorno de los labios, donde forman una especie de código de barras. Comprende que su anhelo es imposible y que nunca se verá como antes, a menos de que se someta a una de esas intervenciones maravillosas que hacen desaparecer las arrugas como por arte de magia.

Lo sabe por las conversaciones de las mujeres que en los descansos de la orquesta entran al baño para retocarse el maquillaje. Dalia las ha oído decir que las operaciones de cirugía plástica no toman mucho tiempo. Uno entra al quirófano el viernes, al salir del trabajo, y el domingo vuelve a su casa bien planchadita.

II

Dalia estira la piel de los pómulos hacia arriba. Luego sienta la barbilla en el dorso de sus manos. Con que el bisturí tocara esos dos puntos ella se vería como de veinticinco años. Quitarse diez justifica cualquier sacrificio; entre otros, dejar de comprarse cosméticos y de asistir a todas las baratas.

Tiene derecho a verse bien y aspirar a que Fabián, el jefe de seguridad, vuelva a interesarse en ella. Cuando él llegó a trabajar al salón de baile, con cualquier pretexto le hacía plática y la miraba de una manera especial; pero de un tiempo a esta parte apenas la saluda, y si le habla es para pedirle algún favor o darle órdenes. No es justo ni es lo que ella quiere: acción, como dice Rebeca, la encargada del guardarropa.

Imaginarse en la cama con Fabián le acelera el pulso y le abrillanta los ojos. Como si estuviera posando ante una cámara, Dalia se humedece los labios y se ordena el cabello crespo. Ya no le gusta tenerlo así, y además están de moda las melenas alaciadas. Podría permitirse ese cambio en cualquier momento y sin demasiado gasto.

Esta mañana, al pasar frente al salón de belleza junto al supermercado, vio un anuncio: ¡Oferta de Año Nuevo! Alaciado: sesenta pesos. Uñas: ciento veinte. Hace una suma mental y considera que puede gastar esa cantidad en su persona, aunque quizá sería mejor usarla para alguna de las muchas reparaciones que hacen falta en su casa.

Dalia piensa que esa palabra –casa– resulta demasiado grande para las dos habitaciones que comparte con siete personas: dos tíos, cuatro primos y Mercedes, la vecina que llegó allí para refugiarse contra la violencia de su esposo mientras él se calmaba. De eso ha pasado un mes y la mujer sigue allí, tarareando canciones y suspirando.

Al recordar la escena Dalia siente asfixia. La sensación no es nueva. Hace mucho tiempo sueña con alquilar un cuarto donde pueda hacer lo que le dé la gana: sobarse los pies, oír la música que le gusta, quedarse en silencio o andar desnuda sin temor a que su tío Daniel la mire con sus ojos gelatinosos y supurantes.

Aunque nadie la viera, la posibilidad de estar desnuda la cohíbe. Dalia palpa sus senos y su vientre flácidos. Reconoce que también le gustaría tener otra figura. Lo ha conversado con Rebeca y ella le ha dicho que puede lograrlo sin necesidad de pasarse horas en un gimnasio. Bastará con que se anime a ponerse una de esas prendas de control que disminuyen tallas porque aplanan, levantan y separan. Rebeca le dijo que su hermana Leticia las usa y tiene a Jairo vuelto loco: a todas horas la elogia y no hay noche que no le haga los honores. La cosa va tan bien que ya hasta quiere casarse con ella.

Dalia hizo una serie de cálculos mentales que la llevaron a la pregunta inevitable: Y cuando se van a dormir, ¿cómo le hace tu hermana para que Jairo no se dé cuenta de que ella tiene una figura cuando está vestida y otra muy distinta cuando… Leticia no necesita preocuparse por eso: cuando ella y Jairo se van a la cama él casi siempre está borracho y no se da cuenta de nada.

Ahora que está decidida al cambio, Dalia considera la posibilidad de usar la ropa interior que le devuelva la figura que tenía antes. Sin embargo, por el momento le parece mucho más importante arreglarse la cara. Esa se la ve todo el mundo; en cambio, el cuerpo… De nuevo se estira la piel de los pómulos. Imaginar la expresión de Fabián cuando la vea rejuvenecida le arranca lágrimas; pero enseguida frena sus sentimientos: ¡Estoy loca!, dice, y vuelve a pulir el espejo.

Al remprender su trabajo y quedar otra vez atrapada en su reflejo, Dalia advierte lo mucho que se parece a su madre en la forma de los ojos, los labios, el cabello crespo y hasta en la manera de envejecer: tiene las mismas arrugas que ella tenía en la frente, los párpados, las comisuras de los labios. Si llega a someterse a la operación y alaciarse el cabello se borrará para siempre la semejanza con su madre.

Se abre la puerta del baño y aparece Rebeca: Mujer, ¿qué haces? Llevas horas limpiando el baño y ya empezó a llegar la gente. Apúrale para que me ayudes. En cuanto Rebeca se aleja, Dalia habla con su imagen: No tengo por qué cambiar. Si Fabián va a interesarse en mí tiene que aceptarme como soy, ¿no te parece? Desde el fondo del espejo le responde la sonrisa de su madre.

La Jornada, Enero 10, 2016.

 

Mar de historias
Todos juntos (68)
Cristina Pacheco

Perdone que no hayamos pintado su cuarto. Como pensábamos que iba a volver hasta el día 7…– Nora da vuelta al sillón donde reposa don Mauro: –¿Por qué no trae puesta su bufanda? Hace mucho frío. Si no se la pone se va a enfermar.

–Qué curioso: últimamente todo el mundo se interesa por mi salud.– El viejo se abotona el suéter azul-gris. –Desde que llegué a la Residencia, ¿cuántas veces me habré enfermado? De seguro hay un registro junto con las notas de la farmacia.

–Sí, claro. Las necesitamos para entregar cuentas a los familiares de los huéspedes en el momento en que lo deseen. En ese aspecto nuestro departamento de contabilidad es muy cuidadoso.

–Eso de nuestro departamento de contabilidad suena muy bien, impresiona.– Don Mauro hace muecas que provocan la risa de Nora. –¿Por qué nunca se me ocurrió abrir uno en mi casa? De haberlo hecho sabría cuánto gasté en doctores y en medicinas.

–No creo que mucho–. Nora se sienta en la cama y sonríe: –Usted ha sido una persona bastante sana.

–Eso ya lo sé, pero ¿qué tal aquellos?– Don Mauro tamborilea en el brazo del sillón: –Cuando no se enfermaban de una cosa se enfermaban de otra. Era necesario llamar al médico. Margarita lo hacía hasta cuando los niños se raspaban las rodillas jugando. Mi mujer era muy preocupona.

–Habla poco de doña Margarita.

–Aunque quiera, no puedo hacerlo; en cambio converso con ella todo el tiempo. Le encantaba que le declamara los versos de Rubén Darío, esos que dicen Margarita, está linda la mar…, porque de niña los recitó en la escuela.

–Todavía extraña a su esposa, ¿verdad?

–Cada día más. Era un encanto, pero cuando se enojaba, ¡cuidado con la señora! –Don Mauro sonríe: –Si hubiera estado en la cena del 31, les habría dicho a todos hasta de lo que se iban a morir, empezando por José, quien por cierto fue el más enfermizo de todos mis hijos.

Suena el celular que está sobre el buró. Nora se lo ofrece a Don Mauro, pero él lo rechaza:

–Si es uno de mis hijos dígale que estoy en el gimnasio y que luego voy a salir…

Nora obedece las instrucciones del viejo. Siente por él cariño y ternura, pero hoy más que nunca.

II

–¿Quiere contarme qué pasó, don Mauro? Se sentirá mejor si habla.

–También si dejo de ser tan iluso. A mi edad, ¡por Dios! Lo que más rabia me da es haberme puesto a llorar de emoción. Imagínese: después de tanto tiempo de no ver a mis familiares juntos, encontrármelos a todos esperándome, desviviéndose por atenderme.

–Deben haber sido momentos muy hermosos para usted.

–Sí, como los del cerdo al que le dan alimento antes de atraparlo, ponerle la pata en el corazón y clavarle un cuchillo–. Don Mauro empieza a hablar para sí mismo: –Debí imaginarme lo que sucedería cuando Elsa me sirvió una cucharada de sopa. Protesté y me dijo: No quiero que te me enfermes, amor. Que yo recuerde, mi hija nunca me había llamado amor. Para agradecérselo la besé. Tomé a broma que se limpiara la mejilla… En fin, no sé para qué le cuento estas cosas.

–Para hacerme sentir que soy su amiga y me tiene confianza; también para desahogarse. ¿Qué más pasó?

–Seguimos cenando. Carlos es un buen cocinero. Hizo una pierna a la naranja muy rica. Pedí otra ración, pero creo que nadie me oyó porque nunca me la sirvieron. Lo entendí, éramos tantos que Silvana no se daba abasto con los platos. Quise ayudarla y me salió con: Suegro: usted es el invitado de honor. Déjenos consentirlo. Noté miraditas de un lado a otro y pregunté si pasaba algo. José me dijo: Nada. Luego te explico. Pensé que algo andaba mal y le exigí que me dijera de una vez qué sucedía. Cuando lo vi apoyarse en la mesa, igual que un sacerdote en el púlpito, me dispuse a oír un discurso acerca de la familia, los recuerdos y todas esas cosas.

–Es lo obligado en ocasiones especiales.

–En efecto, José habló de cuánto recordaban a Margarita, lo mucho que me querían y la satisfacción de poder ayudarme con las mensualidades de la Residencia y la compra de mis medicinas. Mi nuera Carmen abrió la boca sólo para decir Carísimas. –Don Mauro introduce la mano en el bolsillo donde antes llevaba sus cigarrillos: –Me gustaría fumar. Sí, sí, ya sé que no puedo. El tabaco me hace daño, pero menos que la mezquindad de mis hijos. ¿Sabe para qué se reunieron? Para decirme lo mucho que habían invertido este año en mis pastillas, inyecciones, calmantes, antidepresivos.

–No puedo creerlo.

–Yo tampoco, hasta que Esperanza, mi bebé de 49 años, sacó una libreta para mostrarme la lista de gastos. No paró allí: me suplicó que usara siempre mi bastón y que tuviera mucho cuidado al bañarme para evitar una caída. Eso sería terrible porque las operaciones y las prótesis cuestan una fortuna; y como están las cosas…

–¿Qué hizo usted?

–No pude hablar. Debí sobreponerme y recordarles lo mucho que gasté, cuando ellos eran niños y yo un simple empleado, en su salud, su educación, su ropa, sus vacaciones. Con trabajo y ahorros construí el piso donde tienen los pies. Les di un futuro y ahora les duele sostenerme durante el poco tiempo que me queda.– Don Mauro advierte la mirada de Nora: –Oiga, no me vea de ese modo ni me tenga lástima. Mi situación es la de muchos viejos; inclusive la de quienes, sin vanagloriarse ni esperar recompensas, ayudaron a construir este país.

Se escucha el timbre del teléfono. Nora y don Mauro permanecen inmóviles hasta que deja de sonar.

La Jornada, Enero 3, 2016.
Mar de Historias
Una jaula vacía (67)
Cristina Pacheco

Ya no hay personas como Rosita. Los residentes que convivieron con ella la mencionan con mucho cariño. Por las tardes, cuando se reúnen en el salón de usos múltiples para hacer manualidades o jugar a la lotería, recuerdan sus locuras a fin de divertirse. Creo que también lo hacen para enriquecer sus vidas con un toque de fantasía.

I

Rosita fue una de las pocas personas que hizo los trámites de ingreso al asilo por su cuenta. Después de cubrir los requisitos y pasar los exámenes, se presentó aquí, sola, un martes a las ocho de la mañana. Vestía un abrigo verde pistache, con hombreras y muy largo, que le daba un aspecto lamentable. Su equipaje era mínimo: una maleta como de alfombra, una bolsa de charol con flores blancas y una jaula vacía con un nombre escrito sobre la puerta: Lalo: el perico que había sido su gran compañero en tiempos difíciles. La dejaré colgada en donde Rosita la tenía (frente a la ventana) mientras llega la nueva inquilina del 101.

Aún no la conozco, pero la directora me la describió como una persona silenciosa, difícil de carácter, que viene huyendo de una familia voraz y agresiva. Tendré que esforzarme para que se integre al grupo de asilados y se acostumbre a su nuevo alojamiento.

El de Rosita, antes de llegar aquí, era un cuarto de azotea en un viejo edificio de la colonia de los Doctores. Para bajar al piso en donde viven Marcia y Demetrio –su hija y su yerno– tenía que vérselas con una escalera metálica, siempre incómoda, traicionera por las noches y muy resbaladiza en tiempo de lluvias.

II

Rosita vivió entre nosotros ocho años. En ese tiempo todos se encariñaron mucho con ella. Por lo que respecta a mí, además de quererla, llegué a admirarla por su valentía, capacidad para disfrutar la vida y su talento especial para descubrir el lado positivo de las circunstancias más desfavorables. Gracias a eso, interpretaba la indiferencia de su familia como resultado del mucho trabajo y veía las críticas de los otros residentes como muestras de interés hacia su persona.

Rosita, tan reconciliada con el mundo, odiaba la pereza, las cucarachas y hablar de enfermedades. Cuando alguno de sus compañeros describía los sufrimientos provocados por sus dolencias, ella lo consolaba diciéndole: Acuérdese: sólo a los muertitos ya no les duele nada.

Por las mañanas, después del desayuno, caminaba media hora exacta. Había leído en una revista que esa práctica era buena para reflexionar. Imposible saber lo que pensaba Rosita durante sus recorridos por el jardín, pero desde la ventana de mi oficina la veía detenerse, reír y gesticular como si estuviera conversando con alguien.

Al final de su práctica se iba a su cuarto. No acostumbraba cerrar la puerta, así que al pasar la veíamos inclinada sobre la mesa, leyendo las cartas que había traído en la bolsa de charol con flores blancas. Según me explicó, el remitente era Víctor, su esposo. Después del nacimiento de su única hija, Marcia, él había aceptado un trabajo en Monterrey. Desde allá le escribía acerca de sus experiencias en la fábrica, le preguntaba por la niña y le describía cómo iba a ser su vida cuando al fin estuvieran juntos los tres, aquí o allá.

Víctor murió sin cumplir su promesa. A Rosita le quedaron una hija, a la que tuvo que mantener haciendo toda clase de trabajos, y las cartas. Seguía leyéndolas como si su marido se las hubiera escrito en horas recientes. Para hacer más real su sueño había cortado de las hojas el primer renglón donde estaba consignada la fecha verdadera. Algunos de los residentes veían ese detalle como otra señal de que Rosita estaba un poco… Para no terminar la frase, ponían el dedo en la sien e intercambiaban miradas de entendimiento.

III

En diciembre, la ilusión de Rosita era pasar las últimas semanas del año en la casa de Marcia y Demetrio. Nunca le cumplieron el sueño completo. Iban a recogerla muy poco antes de la Navidad. Al subirse al coche de su yerno siempre me hacía la misma broma: Nora: nos vemos el año que entra. El 2 de enero regresaba con su abrigo verde pistache, su bolsa con las cartas y los regalos que había recibido y deseaba mostrarnos durante la hora de convivencia. Por idénticos, los obsequios parecían ser siempre los mismos: unas chanclas de felpa, una mascada o un suéter.

Mientras los accesorios pasaban de mano en mano, Rosita nos describía la cena de fin de año punto por punto, desde la sopa deliciooosa hasta el postre de lo más único que he comido en mi vida. Según el orden riguroso de la celebración, dejaba para el final el brindis con champaña de la buena, y la vehemencia con que su hija y su yerno le habían pedido que se quedara a vivir a su lado.

Por los reflejos de tristeza que había en la mirada de Rosita, siempre creí que tras la versión idílica de su cena de fin de año había una realidad muy distinta, llena de incomprensión (Suegra: eso nos lo has contado mil veces), impaciencia (Mamá: no comas tanto. Te vas a enfermar), prisa por deshacerse de ella (Vete a acostar para que mañana tempranito puedas irte a la residencia.) Desearía que Rosita, gracias a su imaginación, haya acabado por creer que sus noches de fiesta inventadas eran reales.

Estoy segura de que el próximo 2 de enero, cuando los residentes regresen al asilo, la recordarán con su abrigo verde pistache y su bolsa de charol. Marcia recogió esas prendas, en cambio, no se interesó por la jaula. Mientras otra cosa sucede, la dejaré donde la tenía su dueña: frente a la ventana, para que los rayos de sol sigan abrigando el espíritu de Lalo. Al menos, es lo que me decía Rosita. No, definitivamente, ya no hay personas como ella.

La Jornada, diciembre 27, 2015.

Mar de Historias
Milagros de diciembre (66)
Cristina Pacheco

No he vuelto al barrio donde crecí. Me lo prohíbo porque sé que no voy a encontrar a ningún miembro de mi familia y también porque no quiero ver las transformaciones que ha sufrido. Algunas son motivo de orgullo para mis antiguos vecinos.

Cuando de casualidad me los encuentro o me llaman por teléfono, me cuentan que donde estaba el dispensario ahora se levanta una macroplaza, la carpintería de don José es un terreno abandonado, la casa de las señoritas Paz se dividió en cuatro departamentos y la tienda de El Viudo es un taller mecánico.

Por si fueran pocos esos cambios, en el barrio hay un instituto de computación, tres gimnasios, estacionamientos públicos, tiendas de conveniencia, pizzerías, boutiques para mascotas y un salón de fiestas con capacidad para doscientos invitados. Altos edificios sustituyen a las vecindades o las casitas rústicas sombreadas por los fresnos centenarios de la única avenida. Que sigue igual, me dicen.

Reconozco que ese nuevo paisaje urbano indica progreso, mejor convivencia, rutinas más cómodas, porque cerca hay de todo. Sin embargo, quienes me ponen al tanto de los avances jamás mencionan los milagros: así llamábamos a los hechos inesperados que, en el último momento, nos rescataban de situaciones extremas.

Aunque no lo manifestara, la comunidad –incluso los niños– sabía que las tablitas de salvación eran consecuencia de la solidaridad y el esfuerzo colectivo; a pesar de eso, preferíamos verlas como expresiones generosas de nuestros santos protectores y recompensa de ciertos sacrificios: entrar a la iglesia de rodillas durante un mes, cortarse el pelo, sustituir la ropa común por un hábito, resistirse a las más sencillas diversiones –la máxima: ir al cine– y abstenerse de ciertos sabores y contactos.

II

Si todo el año dependíamos del milagro para solucionar nuestros problemas, en diciembre la sujeción era mayor. Sólo un prodigio aseguraba que, dadas las condiciones económicas, pudiéramos celebrar las Posadas y tener cena de Navidad con pollo rostizado, buñuelos, ponche, cerveza y ron.

Para los niños, los primeros días de diciembre eran de total incertidumbre y ansiedad. Con objeto de aminorarla, nunca faltaba quien nos recordara el desastre en que habían terminado las fiestas el año anterior. Si no queríamos presenciar otra vez el terrible pleitazo entre Rafa y su hermano Carmelo, avergonzarnos por las reclamaciones que Cira le había hecho a su marido –un garañón ojiverde– o el exhibicionismo de Rey Conde, lo mejor era prescindir de las posadas y la cena, y meternos a la cama temprano.

Todos fingíamos estar de acuerdo con ese razonamiento, pero en secreto anhelábamos celebrar el fin de año como lo hacían en los barrios vecinos. Allí las familias gozaban de un mejor nivel económico, pero los milagros sólo ocurrían de vez en cuando; en cambio, entre nosotros eran cosa del diario.

III

Aquella Navidad, la que mejor recuerdo, el milagro fue obra de los niños. Una mañana, en secreto, salimos a la avenida para hacer una colecta. Ese recurso, practicado con frecuencia en las vecindades, había servido para cubrir cuentas de hospital, pagar multas o hacer composturas indispensables. Entonces, ¿por qué no podíamos organizar una recaudación para comprar faroles de papel, serpentinas, globos, confeti y una piñata?

Después de recorrer la avenida durante la mañana logramos reunir cinco pesos. Seguros de que bastarían para nuestras posadas, fuimos a entregárselos a doña Taide, organizadora de nuestras fiestas. Nos preguntó de dónde habíamos sacado las monedas. Cuando se lo dijimos nos llamó irresponsables, prometió acusarnos con nuestros padres y donar el dinero al asilo. Vencidos, nos limitamos a verla mientras se quitaba el delantal para ir al mercado sin importarle que nos quedáramos sumidos en el desconsuelo y el temor al castigo.

Entre el momento en que doña Taide salió al mercado hasta el de su regreso, debió ocurrir algo –¿un milagro?– que cambió su actitud. En efecto, se presentó en todas las casas, no para acusarnos, sino para solicitar nuestra ayuda: faltaba muy poco para la primera posada y urgía barrer los patios, adornarlos con globos, farolitos de papel y tender, de una pared a otra, festones de colores.

El entusiasmo que mostramos sirvió para que los adultos se sumaran a nuestra frenética actividad. Estuvo acompañada de risas, de recuerdos que nos remitieron a otros diciembres, a cuando vivían los abuelos o algunos vecinos célebres por su buen humor, su habilidad para bailar, su destreza como artesanos y también por sus infortunios: El Meque, tan buen ebanista. El Ra, aquel muchacho que murió en la cárcel. La Güera, luchona como pocas. El Tito, que cantaba mejor que Pedro Infante.

III

Al anochecer, a la luz de los focos recubiertos con faroles de colores, los peregrinos empezaron –como siempre–, al compás de la letanía, su largo recorrido en busca de posada. Mucho más tarde, apareció colgando de una cuerda tensa una piñata a medias llena de frutas, suertes y juguetes rústicos. Ganar ese botín era motivo de pleitos y mínimas heridas.

Después de medianoche comenzó el baile animado por tres muchachas con cinturas de avispa y mala reputación. A esas horas, ¿quién era capaz de hacer juicios o de tirar la primera piedra? Lo importante era seguir bailando al ritmo de danzones, guarachas, mambos y boleros. Al fin el aire helado enfrió el entusiasmo. Poco a poco los patios fueron quedándose vacíos, y sobre ellos los festones de colores formando telarañas brillantes.

IV

No volveré a mi barrio (ya dije los motivos) y, sin embargo, confío en que allí, en ese punto antiguo y oscuro de la ciudad, sigan ocurriendo los prodigios. Espero que bajo el áspero viento del otoño, por obra del milagro, este diciembre renazca la esperanza.

La Jornada, diciembre 20, 2015.

Mar de Historias
En el jardín (65)
Cristina Pacheco

Leí en una revista que todas las personas soñamos, pero sólo algunas pueden recordar lo que ven o lo que viven durante las horas que pasan dormidas. Virginia es una de ellas, y además le gusta contarme sus visiones. Lo hace con precisión, como si estuviera leyéndolo en un libro. A veces termina sus relatos angustiada porque imagina que sus fantasías pueden ser premonitorias.

He luchado por combatir esa idea. Creí que había podido desterrarla hasta que Virginia envió a mi computadora un mensaje: Tuve un sueño muy raro. Me asustó. El jueves quise contártelo pero no pude. Mañana tal vez no tengamos tiempo de hablar, así que lo escribí para que no se me olvide. Léelo por favor. Dime qué piensas, qué significa.

El correo de Virginia me llenó de curiosidad, pero tuve que postergar su lectura hasta después de las once de la noche, cuando terminé de corregir los trabajos de mis alumnos.

II

“Era domingo pero en el edificio no se oían voces ni las risas de los niños. Estaba cambiando las cortinas cuando vi caer una cuerda en mi terraza. Pensé que sería de la conserje o de alguna vecina y esperé a que fueran a buscarla. En efecto, a los pocos minutos escuché el timbre. Al abrir la puerta vi a un hombre ya mayor, algo corpulento, vestido con traje negro, camisa blanca y un pañuelo en el bolsillo del saco. Le pregunté qué se le ofrecía. Él respondió: –Nada más el lazo que se me cayó: lo necesito para ahorcarme.

“No pensé que se tratara de un bromista o un loco; le creí porque miré sus ojos brillantes, sombreados por cejas muy espesas. No le hice más preguntas, esperé a que él dijera lo que tenía que decirme: –Señora: no elegí el lugar ni la fecha de mi nacimiento, ni mi nombre; menos aun las cosas que me han sucedido. Otros decidieron por mí. ¡Basta! A mis 75 años, por primera y única vez, voy a hacer mi voluntad: quitarme la vida, y para eso necesito mi lazo.

“Nunca antes había visto al individuo y, sin embargo, lo sentí tan familiar que le hablé sin rodeos: –¿Y para eso se vistió usted tan elegante, señor? Cuando lo vi pensé que iba a una ceremonia, una boda–. El hombre se impacientó: –Boda, ¿de quién? A ver, ¡dígamelo!”

“Su reacción me tomó por sorpresa y tardé unos segundos en contestarle: –No sé: de un hijo, un nieto tal vez–. Mi interlocutor desvió la mirada: –Las personas se casan en domingo; pero no estoy invitado a ninguna boda. ¡Mejor! Este es mi día. ¿Sabe? Cuando uno toma la iniciativa todo se facilita. Simplemente entré en este edificio, subí cinco tramos de escalera sin jadear y llegué a la azotea con facilidad. De no ser por esta maldita artritis no se me habría caído el lazo y a estas horas…

“Imaginé el cuerpo del hombre colgado en una de las jaulas para tender ropa y sentí lástima: –Ya estuvo en la azotea. Está llena de tanques viejos, colchones, triciclos enmohecidos, tambores… No es la mejor vista, sobre todo cuando será la última. ¿Por qué no hacerlo en un parque? Cerca hay uno. Si quiere lo llevo, aunque no sé si habrá un árbol lo suficientemente alto para usted. Si no es indiscreción, ¿cuánto mide?– El hombre lo pensó antes de responderme: –En mi último pasaporte dice l.89, pero de entonces a la fecha me he encogido. Vea: los pantalones me arrastran un poco.

“Esa frase y el olor a viejo que se desprendía de sus ropas me llevaron a imaginar una vida austera y las dificultades que mi visitante habría tenido para mantener limpia la casa, cocinar, ir de compras. Sin pensarlo, pregunté: –¿Usted sabe distinguir entre el cilantro y el perejil? Yo tengo que tallar una hoja y olerla para no equivocarme. Ese truco me lo enseñó Delfina. Siempre le compro a ella la verdura.

“El hombre consultó su reloj. No supe cuánto tiempo había transcurrido desde que empezamos la conversación, pero me sentí obligada a ser amable: –Tal vez antes de irse quiera tomar algo: café, agua.– El visitante negó con la cabeza y extendió su mano derecha: –¿Le molestaría devolverme mi lazo?

“Murmuré una disculpa, fui de prisa al balcón y volví con la cuerda. En cuanto se la entregué, el hombre se alejó por el pasillo, pero no hacia las escaleras que conducen a la azotea, sino rumbo al zaguán. Pensé que había desistido del suicidio. Eso me alegró. Tuve ánimos para arreglarme y caminar hasta el parque. Recorrí los andadores por el gusto de confundirme con las familias, los niños, las parejas que se tomaban selfies, pero sobre todo para mirar los árboles. Sus ramas ya han empezado a deshojarse y aun así me parecieron más frondosos que nunca, dignos de embellecer la última visión de alguien dispuesto a quitarse la vida. Dije eso en voz alta y lamenté no haberle pedido su nombre a mi raro visitante.

Seguí caminando por mucho tiempo, hasta el amanecer. Tuve miedo de las calles desiertas, las sombras y la lluvia. Corrí hasta un quicio. Allí encontré un periódico. Iba a tomarlo para cubrirme la cabeza pero una ráfaga de viento me lo arrebató. Entonces desperté.

III

Allí terminaba el relato de Virginia. Pensé en llamarle para decirle que lo había leído, pero ya era muy tarde y preferí esperar hasta el día siguiente. Dormí a ratos. Pasé las horas pensando en la forma de sugerirle a mi amiga que hablara con un médico acerca del efecto que tienen sobre ella sus sueños. Él le daría una explicación y medicamentos.

Me levanté cansada y tarde. No tuve tiempo para desayunar. Camino al paradero del autobús sentí necesidad de algo dulce. Me detuve en el puesto de periódicos donde venden agua y jugos. Pedí uno. Mientras la empleada me lo daba miré los diarios. En el tabloide de nota roja vi la fotografía de un hombre vestido de traje negro colgado de un árbol. El jardinero que reportó el hallazgo entregó a las autoridades la nota en que el suicida dejaba su nombre, su edad y el motivo de su trágica decisión: En toda mi vida sólo pude elegir la hora de mi muerte. ¡Aleluya! Confié en que Virginia no leyera la noticia. De hacerlo, nadie podrá desterrar sus temores.

La Jornada, diciembre 6, 2015.

Mar de Historias
Ella se va de la casa (64)
Cristina Pacheco

La luz en el auditorio disminuye. Al tintineo de una campanita sobreviene el silencio. La presidenta de la sesión levanta la mano y concede la palabra a Ernestina. Bajita, delgada, con lentes, la mujer se encuentra en medio del escenario y se apoya en un atril de madera.

–Hace tiempo que estuve aquí. Acababa de abortar y me sentía muy deprimida. Una vecina me aconsejó que viniera aquí. Ella lo hace. Su esposo no lo sabe. Llegué desesperada, pero después de hablar con ustedes me sentí tranquila, y por eso creí… (Se interrumpe cuando oye que le piden levantar la voz. Se disculpa y al cabo de un breve silencio retoma su idea.) …que nunca regresaría a este auditorio. Pensé que hablándole a Fabián con sinceridad, sin ocultarle nada, nuestra relación iba a componerse, pero creo que empeoró: todavía no me perdona que haya venido a contarles mis cosas y, según me dijo, a ponerlo en ridículo hablándoles mal de él.

La ocupante de la última butaca la interrumpe:

–Así son los hombres. Quieren que uno tolere sus abusos sin decírselo a nadie. Eso les conviene porque así todo el mundo los ve como angelitos incapaces de tocarnos ni con el pétalo de una rosa, pero ¡qué tal con el cinturón!

El comentario provoca risas. La presidenta de la sesión recuerda a las asistentes que sólo podrán hablar cuando la expositora termine.

II

Ernestina se cruza el suéter sobre el pecho abultado y se frota los brazos:

–Tengo mucho frío. Me pasa siempre que me pongo nerviosa o siento miedo. A Fabián eso le molesta mucho. Dice que cuando nos acostamos se le figura que está con una muerta porque me siente helada. Le juro que no es mi culpa, que así soy. En vez de entenderlo se pone a hablarme de otras mujeres que son muy distintas a mí y a las que busca porque son calientes. Siento muy feo y me entran ganas de llorar, pero me aguanto, porque si no se pone como loco y grita. Le suplico que no lo haga, no hay necesidad de que la gente sepa cómo me trata. Con eso es suficiente para que Fabián abra la ventana y reclame a nuestros vecinos que estén oyendo lo que no les importa.

Ernestina se limpia los ojos con la punta de su suéter. Una muchacha albina se levanta y le ofrece un pañuelo desechable.

III

–Lloro porque me da mucha tristeza ver lo fea que es mi vida. Se los digo a ustedes porque no puedo hablar con nadie más. Fabián me tiene apartada de mi familia. No me deja que visite a mi madre y mucho menos a mi hermana Estela. Según él es una puta, y todo porque ella vive sola y es muy alegre. Así era yo cuando conocí a Fabián. Ese detalle de mi carácter le encantaba, pero desde que empezamos a vivir juntos, cambió. Si me reía con alguien, y más si era un hombre, me agarraba a guantones. Por temor me acostumbré a estar seria y ahora Fabián me lo echa en cara.

Ernestina se cubre los ojos con el pañuelo desechable:

–A veces, cuando Fabián se va, pienso en las ocurrencias de mi hermana para ver si me da risa; y sí, me río, pero quedito, porque aunque mi señor esté fuera siento que me vigila y está esperando a que le dé un motivo para enojarse conmigo, echarme en cara que me mantiene y decirme que soy una huevona. Eso sí que no es cierto. Hago todo lo de la casa, y si no trabajo más es porque él no me lo permite. Cuando nos juntamos prometió que me dejaría seguir en la bodega de colchones. A veces pasaba mi hermana a visitarme y, si teníamos un tiempecito, íbamos a comer al mercado.

La sonrisa que a Ernestina le provoca el grato recuerdo desaparece enseguida:

–Una tarde, Estela me pidió que al salir de mi chamba la acompañara a comprarse unos zapatos. El tiempo se nos fue volando y cuando vine a ver pasaba de las ocho. Llegué a mi casa como a las nueve. Encontré a Fabián sentado, viendo la tele. Enseguida le conté por qué se me había hecho tarde. No me respondió. Le pregunté si estaba enojado conmigo y se rió. Cuando le serví la cena quiso que me tomara unas cervezas con él y que estuviéramos juntos. No importa que te desveles –me dijo muy amable–, al cabo que mañana ya no vas a tener que levantarte a las cinco: no quiero que sigas trabajando y menos que vuelvas a ver a la puta de tu hermana. Si me entero de que la visitas o le hablas por teléfono, te vas a arrepentir. Luego no digas que no te lo advertí.

Se escuchan protestas, gemidos y la voz de la presidenta llamando al orden.

IV

La misma muchacha que antes le entregó el pañuelo desechable sube al escenario y ayuda a Ernestina a sentarse en una silla:

–Gracias. Ya estoy bien. Lo que pasa es que me mareé un poquito. A veces me pongo así. Creo que ya necesito cambiar mis lentes. Hace tiempo se lo dije a Fabián y me contestó que un día de estos iba a llevarme al doctor. No lo ha hecho ni deja que vaya sola a consulta. Desconfía de los médicos; bueno, de los hombres en general. Ha de pensar que todos son tan cábulas como él. Yo digo que no. Habrá muchos buenos. Fabián era uno de ellos, pero de repente cambió, se hizo violento conmigo; con las demás personas es bien amable, bien lindo: por eso me gustaría ser otra.

Toques de campanilla anuncian que la sesión está por concluir. Ernestina sonríe:

–De tanto que hablé ni me di cuenta de que había pasado una hora. Cuando Fabián me encierra en el cuarto donde tiene sus refacciones, los minutos se me hacen larguísimos. Me imagino cosas horribles, como que estoy sepultada. No quiero pasar por ese infierno otra vez. Me voy. No llevo rumbo ni sé hasta dónde llegaré con el dinero que traigo. Mi único deseo es que Fabián no me encuentre, porque si lo hace…

La Jornada,noviembre 29, 2015.
 Mar de Historias
Una más (63)
Cristina Pacheco

Me invitas un café? Enseguida reconocí la inconfundible voz de Julia. Al cabo de un año de no tener noticias suyas me alegró escucharla. Iba a decírselo cuando ella repitió la pregunta. Desde luego acepté invitarla. Julia estuvo de acuerdo en que nos encontráramos el sábado en Trevor’s. Acostumbrábamos vernos allí al salir de nuestros trabajos, cuando ella era secretaria en un despacho de abogados en la calle de Palma y yo auxiliar en un taller odontológico de Filomeno Mata.

El taller está en un segundo piso. Como es interior nunca le da el sol. Todo el tiempo se trabaja con luz artificial. Eso me afectó los ojos y aparte me cansaba mucho. El día en que vi la posibilidad de cambiarme a una imprenta religiosa de Cruces, no lo pensé dos veces. Allí sigo. No gano más que antes pero ahorro en pasajes; además, hablo con mucha gente y, como soy empleada de mostrador, tan siquiera veo la calle. Lo único malo de mi cambio fue que Julia y yo rara vez podíamos encontrarnos en el café: Cruces está muy lejos de Palma y con el trafical, todavía más.

Suspendimos de plano nuestras reuniones en el Trevor’s cuando uno de los licenciados del despacho recomendó a Julia como secretaria en una notaría de la Narvarte. Vi a mi amiga feliz cuando me dio la noticia. Después de entrevistarla, su jefe le puso tres requisitos para darle el puesto: honradez, horario flexible y muy buena presentación. Julia no podía creer que fueran a pagarle por asistir al trabajo maquillada, bien vestida y con zapatos de tacón.

Para mayor dicha, la oficina era preciosa y quedaba muy cerca de un restaurante italiano donde Julia podría comer. Aunque el sueldo que iban a darle superaba en muy poco al anterior, su jefe mencionó la posibilidad de un buen aumento en poco tiempo. Esto iba a permitirle a mi amiga ayudar a Octavio con los gastos de la casa y luego, tal vez, comprarse en abonos un cochecito de segunda mano.

II

En ninguno de los dos sentidos acerté. Todo fue completamente inesperado, empezando por el aspecto de mi Julia. De tan cambiada, me costó trabajo reconocerla cuando llegó al Trevor’s. Se notaba algo subida de peso, iba sin maquillaje, con el cabello restirado, chamarra, pants, tenis y mochila en lugar de bolsa.

Me esforcé para mostrarme indiferente a esos detalles. Por su sonrisa me di cuenta de que Julia había notado mi asombro pero en vez de darme explicaciones preguntó por mi madre, el trabajo en la imprenta y los galanes. Cuando supo que mi único pretendiente es el muchacho que nos lleva la comida a la imprenta Julia me hizo bromitas pesadas. Luego se acodó en la mesa y, sin quitarme los ojos de encima, dijo:

–¿Qué te parece mi nuevo look? Dime la verdad.

Le respondí que muy bien, pero quería saber qué opinaba su jefe de que ella hubiera cambiado los vestidos por pants y los zapatos de tacón por tenis.

–Nada, entre otras cosas porque dejé la notaría.

–¿Cómo? Cada vez que hablábamos por teléfono me decías que estabas contentísima. ¿Qué pasó?

–Me di cuenta de que en ropa y maquillaje se me iba casi todo mi sueldo. En vez de ayudar a Octavio con los gastos de la casa acabé pidiéndole dinero para las mensualidades de la tarjeta o el salón de belleza. Íbamos al desastre. Necesitaba ganar un poco más. Varias veces le recordé a mi jefe su promesa de aumentarme el sueldo. Primero me dio largas, luego de plano me lo negó y renuncié. Octavio estuvo de acuerdo, pero ya no tanto cuando le dije cuál sería mi nuevo trabajo.

–¿En dónde estás?

–En varias partes: soy empleada doméstica.

Julia esperaba mi reacción ante la noticia y me sonrió para tranquilizarme: –No creas que me siento miserable ni inferior a nadie. Lo que hago es útil.

–Ya lo creo. Sé lo mucho que vale la ayuda de una trabajadora doméstica mientras uno va a la chamba. Te pongo mi caso: si no fuera por Jovita, no sé quién cuidaría a mi mamá durante las horas que estoy en la imprenta. ¿Tu familia sabe..?

–Tuve que decírselo. Mi madre no me hace recriminaciones directas, pero me pregunta dónde tiene Octavio la cabeza. Mi papá está furioso. Aunque le di mis razones, no acepta que haya dejado la notaría para meterme de sirvienta. Se avergüenza de mí, dice que, como los cangrejos, voy para atrás. A lo mejor tiene razón, pero no soy la única: mi hermano Eduardo casi terminó arquitectura y anda de albañil en Oregon; mi primo Néstor es médico pero vende en los tianguis. Entonces ¿por qué sólo a mí me critica? Un día dejará de hacerlo y si no ¡ni modo! Lo bueno es que estoy contenta.

–¿Te llevas bien con tus patronas?

–Ni las veo. Salen cuando llego y vuelven después de que me voy. Tengo las casas para mí el día completo, las disfruto más que sus dueñas. ¡Pobres!

–¿Siquiera te pagan bien?

–No mucho, pero voy saliendo porque trabajo en cuatro casas. Están en mi colonia, por eso ahorro en transportes, ya no necesito comer en la calle ni invertir dinerales en mi apariencia. Así como me ves me presento en la chamba. Estoy cómoda y no me da vergüenza subirme al Metro o a la combi. Antes sufría por llevar un traje bonito o zapatos de tacón mientras los demás pasajeros iban muy pobremente vestidos; algunos, aunque estuviera haciendo mucho frío, andaban sin suéter ni nada con qué taparse. Ahora, como le digo a Octavio, nadie se fija en mí. Soy una más.

La Jornada, Noviembre 22, 2015.

Mar de Historias
Al fin El buen fin (62)
Cristina Pacheco

En medio de todos los problemas, carencias, atrocidades e injusticias que nos rodean, de pronto parece que lo más importante en la vida es comprar. Al parecer, este verbo –que todos conjugamos– ha venido a adquirir mayor relevancia que otros con la misma terminación: amar, respetar, imaginar, trabajar, soñar.

También el orden y el nivel de nuestras aspiraciones ha cambiado. Hoy parece que lo más digno de esfuerzo es conseguir descuentos, no importa cuánta energía y horas de nuestra vida –la única– tengamos que destinar a fin de aprovecharlos. Frente a la posibilidad de beneficiarse con precios castigados hasta en 70 por ciento, quién puede seguir teniendo como meta perfeccionarse en el trabajo, colaborar en lo posible al mejoramiento de la comunidad, aprender algo nuevo cada día.

I

Hago estas reflexiones porque en las últimas semanas el gran acontecimiento es El Buen Fin. En las conversaciones de oficina, de un escritorio a otro, salta la pregunta: ¿Piensas ir al Buen Fin? Entre los mensajes del celular aparecen imágenes tentadoras para que aprovechemos El Buen Fin renovando la casa, adquiriendo un coche o boletos de avión.

Cosa explicable: los medios han destinado buena parte de sus espacios a mostrar una enloquecedora danza de cifras adelgazadas –como si se hubieran hecho una liposucción relámpago– que prueban con innegable transparencia los ahorros que haremos en El Buen Fin: una especie de carnaval en el que todos podemos ocultar nuestra verdadera condición poniéndonos el disfraz de la riqueza.

Por tres días todo estará a nuestro alcance. Basta con quererlo para que podamos realizar el sueño de tener una pantalla de 90 pulgadas, una computadora ultramoderna, un refrigerador con diez encantadores compartimentos, un sala recubierta de piel, una mesa de mármol, galgos de porcelana y un banquillo con forma de pata de elefante.

La varita mágica para satisfacer los anhelos tantos años postergados es la tarjeta de crédito, cuyas mensualidades empezaremos a pagar en febrero, marzo, tal vez hasta junio. Son meses aún lejanos; de aquí a entonces, ya se verá qué malabarismos tendremos que hacer para cubrir el adeudo. Por el momento lo único que importa es permanecer atentos a las voces aterciopeladas o chillonas que le cantan al infinito placer de comprar algo, lo que sea.

II

Desde luego, apoyarse en cifras resulta un mecanismo eficaz para atraer compradores; pero es todavía mejor recurrir a las imágenes donde aparecen novios que contemplan en una tienda lo que será el mobiliario de su casa; abuelitas sonrientes, impecables, que miran con ojos de lujuria un sillón de cuatro posiciones y que, además, da masaje; parejas de la tercera edad que analizan una recámara con cabecera capitonada y dosel.

En el amplio abanico publicitario se toma muy en cuenta a la familia: el padre, la madre y sus dos hijos abriéndose paso entre una multitud de compradores frenéticos. El papá va adelante. No es posible verle la cara, pero es fácil imaginar su expresión satisfecha con sólo fijarse en la inmensa caja que lleva entre sus brazos. Ignoro qué contiene, pero estoy segura de que fue comprado a 29 mensualidades, con gran descuento y sin intereses.

La mamá va detrás. Camina de espaldas a la cámara, pero puede verse la cantidad de bolsas que lleva en brazos y manos. ¿Vestidos? ¿Maquillajes? ¿Aparatos eléctricos? ¿Un clóset plegable? Tampoco lo sé, pero imagino que con esas compras se está resarciendo por todo lo que no ha podido comprar durante meses. Supongo también que hacía mucho tiempo que no experimentaba tanta felicidad.

La siguen de cerca un niño y una niña. Llevan paquetes proporcionados a su estatura y, ellos sí, le regalan a la cámara una inmensa sonrisa que habla de la alegría que les causó permanecer una mañana o una tarde completas en un centro comercial, pasando de una tienda a otra hasta que al fin llegaron a la juguetería. De allí salieron con sus paquetes. ¿Qué habrá dentro? Quizás el monstruo electrónico de moda, la minicomputadora que tiene su prima, un celular decorado idéntico al que usó la estrella de una telenovela.

Quiero pensar que antes de este Buen Fin los niños de la foto han tenido otras experiencias dichosas: por ejemplo, los domingos en que sus padres los llevan de paseo a centros comerciales, olorosos a palomitas y cebolla, para que se distraigan viendo los aparadores, bajo la consigna de que no empiecen a pedir porque no vamos a comprarles nada. Esta vez fue distinto: salieron de la juguetería con bolsas llenas de ilusiones cumplidas y a muy buen precio.

III

Celebrar El Buen Fin parece algo nuevo. No es cierto. Siempre ha existido, a costo muy bajo, sólo que se llamaba y se vivía de otro modo. Cuando era niña pasé muchos buenos fines (de semana) con mi familia. Ir de paseo a Xochimilco o a Chapultepec con una bolsa llena de tacos de fideo era maravilloso. Pasarse la mañana en el Jardín de San Álvaro resultaba especialmente grato. Viajar a Los Remedios nos parecía algo fantástico.

En mi recuerdo, los mejores fines de semana los pasamos caminando sin rumbo por la ciudad antigua. En todas sus calles encontrábamos algo extraordinario: un edificio, un portón, una iglesia, un aparador, un kiosco, una placita. Todo lo veía envuelto en una especie de bruma que entonces no pude precisar: la magia del misterio y del tiempo.

IV

En mi colaboración de hoy no pretendí hacer un ensayo acerca del consumo ni mucho menos. No estoy capacitada para eso. Además, lo que me interesa es escribir cuentos. Siempre parten de la realidad. La que describí en esta página podría ser una ficción.

La Jornada, Noviembre 15, 2015.

Mar de historias
Los nuevos amantes (61)
Cristina Pacheco

Las marchas y plantones que empezaban a desquiciar la ciudad alteraron la relación entre Selena y Horacio. Al principio los contingentes retardaban sus encuentros por unos cuantos minutos; luego por una hora o más tiempo. Los enamorados tenían plena conciencia de que su impuntualidad era involuntaria y, sin embargo, en muchas ocasiones fue el origen de pleitos y hasta de sospechas.

A esos obstáculos, consecuencia del progresivo descontento, se sumaron otros también insalvables: obras viales, remodelaciones, cambio de sentido o cierre de calles, renovación del cableado, podas, bacheo, retiro de espectaculares en horas pico.

Los congestionamientos feroces obligaron a Selena y Horacio a comunicarse de Tsuru a City mientras luchaban por conservar el buen humor y salir de la trampa de automóviles que los mantenía varados en algún crucero de la ciudad, lejano al sitio donde habían previsto reunirse.

II

En tardes menos conflictivas sólo uno de los novios lograba presentarse a la cita. Mientras el afortunado bebía tazas de café, el otro, falsamente optimista, le aseguraba por el celular que en cosa de minutos llegaría. Cuando la prolongada inmovilidad lo llevaba a comprender que serían inútiles sus esfuerzos por cumplir la promesa, entre disculpas sugería posponer el encuentro para otra fecha.

Mientras llegaba ese momento, Selena y Horacio no tenían más posibilidad de contacto que el celular o, mejor aún, los correos electrónicos: bendijeron las computadoras y a su inventor lo nombraron su santo patrono. Gracias a él podían contarse sus experiencias, sus planes, sus sueños y hasta satisfacer sus más íntimos deseos.

De pronto, para Selena esa forma de compartir la vida, por grata y excitante que fuese, no era suficiente. Después de meses de no verse, necesitaban estar cerca, hablar sin riesgo de que se bajaran las pilas o se interrumpiera la corriente eléctrica a mitad de un mensaje.

Horacio estuvo de acuerdo. Con acento heroico aseguró que estaba dispuesto a sortear todos los obstáculos que levantara la ciudad con tal de verla en el café donde se habían conocido. Emocionado, recordó cada detalle de aquel primer encuentro y la forma en que ella iba vestida. Selena se sintió feliz ante la perspectiva del encuentro, el sábado a las siete de la noche; no, mejor treinta minutos antes, así dispondrían de más tiempo juntos.

Por fin juntos iba a dejar de ser sólo una palabra dicha con añoranza para convertirse en una experiencia que les permitiría verse, tocarse, captar el aroma del otro, advertir las pequeñas marcas que el tiempo transcurrido –breve en el calendario, muy largo para ellos– había dejado en sus rostros.

III

El viernes por la tarde Selena se tiñó el cabello y eligió el vestido que se pondría para ver a Horacio o, mejor dicho, para que él la viera. Ansiaba oírlo decir: Estás preciosa. Por su lado, Horacio acudió a la peluquería, se recortó el bigote y aceptó el matizador que iba a dar a sus canas una tonalidad elegante, según el tinturista.

El sábado Horacio salió de su casa con dos horas de anticipación, tiempo suficiente para librar cualquier cosa que pudiera impedir su llegada al café. A causa de su eterna inseguridad, Selena tardó mucho en arreglarse: varias veces se cambió de ropa y al final eligió el vestido recto que usaba en ocasiones especiales. Rumbo a su cita, trató de imaginarse cómo se hablarían ella y Horacio cuando estuvieran frente a frente, después de tantos meses de comunicación a distancia. Sus dudas se desvanecieron en cuanto llegó al café y vio a Horacio levantarse de la mesa para darle la bienvenida con un abrazo largo.

El señor Barrera, dueño del establecimiento, les preguntó, con un leve acento de reproche, por el motivo de su ausencia. Horacio respondió con una frase que compendiaba las causas de su alejamiento: En esta ciudad ya no se puede llegar a ninguna parte. El hombre aprovechó para quejarse por la disminución de la clientela y la posibilidad de retirarse del negocio.

IV

Horacio y Selena, mirándose a los ojos, se tomaron de las manos. Él confesó que durante las últimas semanas no había deseado nada más que sentirla tan cerca como la tenía ahora, y agregó: Te ves preciosa. Halagada, ella correspondió a la gentileza y se quedó observando a Horacio sin saber qué decir. Al fin encontró un hilo de la conversación telefónica sostenida días antes: ¿Pudiste hablar con tu hermano? Él dio una respuesta larga que aludía a conflictos familiares.

Selena los reconoció como parte de varios mensajes electrónicos que él le había enviado, pero siguió mostrándose interesada hasta que pudo tomar la palabra y contarle a Horacio que en la aseguradora iba a comenzar el curso de actualización y que el último de mes viajaría a Oaxaca para ver las tumbas de sus abuelos. Sí. Me lo dijiste en un correo que me mandaste la otra noche, comentó Horacio apretándole las manos con más fuerza.

Cohibidos, sonrientes, silenciosos, los dos miraron el reloj de pared en el momento en que el señor Barrera se acercó a decirles que era la hora de cerrar y puso la nota en la mesa. Selena se declaró sorprendida de que el tiempo hubiera pasado tan rápido y de que, a esas horas, se escucharan las consignas de nuevos grupos de manifestantes.

En el estacionamiento, después de besarse, aceptaron que habían hablado poco. Necesitaban más tiempo y un lugar íntimo. Prometieron buscarlo y encontrarlo muy pronto. Así fue: antes de la medianoche, gracias al apoyo de sus computadoras, retomaron la costumbre de intercambiar mensajes largos, sinceros, íntimos, a veces ardientes y de tal libertad que habrían ruborizado a lectores extraños.

La Jornada, octubre 11, 2015.

Mar de historias 
Ya para qué (60)
Cristina Pacheco

Todavía no hay quien ocupe el puesto de Elvira. Sus cosas están donde las dejó: la bata colgada de un clavo, el radio en la repisa, el frasco de café y la taza de peltre sobre un banquito que le servía de mesa. Quedan también, frente a su máquina, cuatro retratos de ella y Santiago en el Tenampa, posando junto a un vocho de segunda mano, besándose a la salida de la iglesia.

La foto más reciente se la tomaron un domingo de junio en Xochimilco. En la trajinera se ven contentos; él en camiseta y bebiendo una cerveza; ella con suéter, bufanda y lentes negros. Mientras agarraba la silla en que Elvira se subió para colgar la instantánea, le pregunté por qué se había vestido como si estuviéramos en invierno. Me puse lo primero que encontré. A Santiago le molesta que lo haga esperar.

Cuando Elvira se bajó de la silla noté que temblaba. La sostuve de un brazo y se quejó. Le pregunté si estaba lastimada. Me respondió que no podía más. A veces se iba a dormir con la esperanza de ya no despertar. Entendí que Elvira necesitaba desahogarse. Lo hizo. Al poco tiempo de casados Santiago se mostró como un hombre cínico, irritable y violento. No soportaba que ella lo contradijera. Varias veces la había golpeado por pequeños desacuerdos, como el que tuvieron el sábado anterior a su paseo por Xochimilco.

II

–Santiago: ¿vamos al cine? Mañana no tenemos que levantarnos temprano.

–Quedé de verme con unos cuates que están empollando un negocito y me gustaría entrarle.

–¿Con qué dinero, mi amor? No me digas que piensas vender el vocho.

–Si quiero… O qué, ¿necesito tu permiso?

–Claro que no.

–Entonces, ¿para qué te metes en mis cosas? No me gusta. Antes de casarnos te lo dije bien clarito. Me respondiste que no te importaba, con tal de que viviéramos juntos. Te di gusto, y ¿de qué sirvió? ¡De nada! Para empezar nunca estás en la casa. Cuando me levanto ya te largaste y al volver te encuentro dormida.

–Tengo que irme a trabajar. Regreso cansadísima.

–Como quien dice: mientras yo me la paso de güevón tú te matas trabajando.

–Te juro por mi madre que ni siquiera lo pensé.

–¡A mí no me jures nada, y menos por tu madre! Siempre se mete en nuestras cosas, por eso no me gusta que vayas a verla ni que andes hablándole a tu hermana Marcia por teléfono. Ya me imagino lo que le dirás de mí.

–No discutamos otra vez. Olvida lo que dije, vete con tus amigos.

–¿Me estás corriendo de mi casa? Nomás eso me faltaba, cabrona…

–No me empujes. ¡Cálmate! ¿Por qué me pegas? Alguien que me ayude. ¡Santiago!

III

Lo sucedido más tarde no tuvo que contármelo Elvira. La imaginé sola, adolorida, hecha un mar de lágrimas, temerosa de que Santiago volviera, pidiéndole a Dios ayuda y dudando si debía seguir ocultando la verdad a su familia. Pensé que a esas mismas horas, Santiago habría estado bebiendo en alguna cantina hasta que se le terminó el dinero y regresó a la casa haciéndose el arrepentido, hincándose delante de su mujer, jurándole que esta vez sí cumpliría la promesa de no volver a golpearla. Para demostrarle su buena disposición se ofreció a llevarla de paseo a Xochimilco.

Elvira me contó que alquilaron una trajinera y que Santiago había contratado un dueto que ofrecía sus servicios desde el embarcadero: ¿Qué le tocamos a la damita, patrón?

IV

–Hazte para acá, muñeca. Dame un beso.

–Ay, Santiago, no me abraces tan fuerte. Me duele mucho la espalda.

–Tú te lo buscaste. ¿Cierto o no cierto?

–Como tú quieras. No me agarres allí, nos están viendo.

–¿Te avergüenzan mis caricias? ¡Contesta!

–No me grites delante de la gente.

–Yo te grito cuando se me dé la gana. Y ustedes, bola de ojetes, ¿qué chingaos me ven?

–Santiago, mejor vámonos.

–Lárgate tú. Yo me quedo. ¡Hey!, usted, el de los remos, oríllese a la orilla para que la señora se baje.

–¿A eso me trajiste, a humillarme delante de todo el mundo?

–Que te largues, te digo. Y no me esperes. No vale la pena seguir viviendo con una carpanta a la que, además, nunca he querido.

–Entonces, ¿por qué te casaste conmigo?

–Por idiota, ¿o a poco creíste que por tu linda cara? Nomás mírate en el espejo… ¡Largo! ¡Fuera! ¿Qué no oyes? Y ustedes, rascatripas, tóquenme algo que me alegre.

IV

Ante el panorama que Elvira me había descrito le aconsejé separarse de Santiago. Me dijo que no era necesario. Su corazón le había dicho que él nunca iba a volver y que su vida estaba por cambiar. Cierto: Elvira se suicidó el último viernes de agosto. Nos lo avisó Marcia. Desconsolada, no entendía que su hermana se hubiera quitado la vida, sobre todo porque cuando le hablaba por teléfono le decía que era muy feliz con Santiago. No quise desilusionarla contándole la verdad, ¿ya para qué? Sólo le dije que las cosas de Elvira estaban a su disposición.

Marcia todavía no se presenta en el taller y nosotras seguimos hablando de Elvira, de su afición a oír el radio, de la forma en que se quedaba mirando sus fotos con Santiago. Como soy quien más platicaba con Elvira, mis compañeras me preguntan por qué se habrá suicidado. No se los digo. ¿Ya para qué?

La Jornada, Octubre 5, 2015.

Mar de Historias
Etiqueta rigurosa (59)
Cristina Pacheco.

Entre la vulcanizadora y el depósito de cartón está la Sastrería Córdoba. Allí se hacen composturas, trajes a la medida y remodelaciones, pero su línea fuerte es la renta de smokings para bodas, quince años y divorcios, especifica un letrero que muestra la vena jocosa de su dueño: un hombre escuálido, siempre en mangas de camisa y con una cinta métrica colgándole del cuello.

En el aparador de la sastrería hay dos maniquíes: uno, sentado en un taburete, observa la copa que sostiene en la mano; el otro, de pie, mira hacia la calle como si estuviera a punto de saltar. Los dos llevan pelucas afro, traje negro con solapas brillantes, corbata de moño y zapatos de charol. Entre las figuras, visible pero discreto, hay un aviso: No se aceptan cheques.

Los maniquíes son viejos pero adquieren una apariencia renovada porque a su alrededor cambia el decorado según las estaciones del año. Se respetan conforme al calendario, mientras en otros establecimientos a partir de agosto hay guirnaldas navideñas y en pleno invierno mariposas que cargan en sus alas una lejana primavera.

II

No sé cuántas veces habré pasado frente a la Sastrería Córdoba, y, sin embargo, siempre me detengo ante el aparador. Por la forma en que los sastres me miran creo que malinterpretan mi interés. Un día voy a entrar y a contarles que la vitrina me encanta porque me recuerda a Ismael. Era hijo de mi tía Margarita y su esposo Remigio, a quien, por haber servido en una cantina llamada Los Infiernos, apodaban El Diablo.

Por darles gusto a sus padres Ismael estudió medicina. Su título era el único adorno en la sala que ocasionalmente le servía de consultorio. Sus clientes eran pocos, casi todos vecinos o miembros de la familia que, por falta de recursos, tenían que atenerse a los conocimientos de Ismael.

No dudo que hayan sido muchos, pero algo en la actitud de mi primo inspiraba cierta desconfianza en mi madre. Afectada por frecuentes jaquecas, prefería auto medicarse que recurrir a mi primo. Cuando las cafiaspirinas y las compresas de hielo resultaban inútiles decía resignada: Tendré consultar a Ismael.

Las visitas al médico daban pie a largas conversaciones entre mi madre y mi tía Margarita. Su preocupación era el carácter retraído y apocado de su único hijo; su anhelo: que él se casara y le diera muchos nietos. Lo decía con el arrobamiento de quien piensa ampliar su casa agregándole cuartos.

La actitud de Ismael le hacía daño en todos sentidos. Por su indecisión, las novias le duraban meses, cuando mucho, y sus amigos, casi todos antiguos compañeros de la universidad, lo veían de vez en cuando y lo invitaban a sus bailes anuales sólo por cumplir.

III

Con el argumento de que necesitaba fortalecer sus relaciones, sus padres convencieron a Ismael de que fuera al baile. Iba a celebrarse al siguiente sábado, pero había dos problemas. En la invitación se especificaba: Damas, de largo; caballeros, de etiqueta. Ante la perspectiva de ponerme un traje de noche, me ofrecí como pareja de Ismael. A costa de un sacrificio económico, mis tíos estaban dispuestos a cubrir la renta de mi traje y del smoking para mi primo. Juntos fuimos a la Casa Marván, especializada en alquilar prendas de gala.

Elegir mi vestido fue cosa de minutos; en cambio, mi primo, debido a que tenía los hombros muy angostos y los brazos largos, tardó mucho en encontrar un smoking que, gracias a pequeños ajustes, se adaptó a sus proporciones.

El sábado que iba a ser el baile, por la mañana fuimos a recoger la ropa a la Casa Marván. Nos hicieron una última prueba y pagamos en efectivo el alquiler por dos días. Al recibir las prendas, mediante registro firmado, nos comprometimos a devolverlas en buenas condiciones y con la documentación correspondiente: así llamó el sastre las etiquetas foliadas y con el nombre de la Casa Marván, ocultas bajo el escote del vestido y en el bolsillo del smoking. En caso de extraviarlas tendríamos que cubrir recargos.

IV

A las nueve de la noche Ismael pasó a recogerme en el coche de su padre. Para darle ánimos, le repetí lo que mi madre acababa de decirle: que se veía muy bien, y él me devolvió el cumplido. Por primera vez dejé de verlo como a mi primo desgarbado y lo consideré la pareja ideal para asistir al baile en el Country Club.

Nunca habíamos estado allí. Nos sentíamos cohibidos. Entre la concurrencia Ismael reconoció a varios amigos con sus familias. Nosotros íbamos solos y la edecán nos guió hasta una mesa lateral, junto a la ventana. Mi primo se sintió feliz al ver que seríamos vecinos de Rogelio Valles y de Marcela. Habían sido novios desde la preparatoria y estaban recién casados. Marcela dio por hecho que yo era la novia de Ismael y prometió invitarnos a su casa. Luego se fue a bailar con su marido.

Imitamos a la pareja. Ismael no era el mejor bailarín del mundo, pero intentó seguirme el paso en una tanda de mambos. El esfuerzo le humedeció la cara y al sacarse el pañuelo del bolsillo cayó la etiqueta foliada de la Casa Marván. Mi primo se inclinó a recogerla, pero era difícil hacerlo entre los pies de los bailarines.

Tuvimos que esperar a que terminara la música para que Ismael pudiera hacer otro intento de rescatar la etiqueta. Antes de que lo consiguiera la levantó Rogelio. Después de leerla, entre risas, la mostró a la concurrencia preguntando quién era el Ceniciento propietario de la contraseña. De un lado a otro de la pista se cruzaron bromas acerca de calabazas y hadas madrinas. Oí risas. Ismael estaba pálido. Lo tomé de la mano y lo conduje a la mesa. Mi primo se sentó, le ofrecí un copa y se quedó mirándola con expresión de absoluta derrota. Me la recuerda el maniquí sentado en el aparador de la Sastrería Córdoba.

La Jornada, septiembre 27, 2015.

Mar de Historias
Sin remitente (58)
Cristina Pacheco

Muy apreciado Señor Secretario:

Hace nueve años me atreví a enviarle una carta. Lo hice cuando usted se desempeñaba de Director de Procesos Turísticos. En los periódicos y en la televisión se habló mucho de sus notables esfuerzos para fortalecer nuestra industria sin chimeneas. Me imagino que por aquel entonces le habrán llegado un sinnúmero de cartas escritas por personas que pedían ayuda o se presentaban como sus antiguos compañeros de banca.

No disfruté de ese privilegio, pero estuve dentro de su área de acción. Me explico: en aquella época yo trabajaba en una agencia de viajes como Receptor de Cédulas Turísticas. Ese nombramiento me obligaba a presentarme en el aeropuerto para recibir a excursionistas que venían de todo el mundo, pero en especial del vecino país del norte. Ya sabe usted: jubilados con lentes de sol, ropa estampada, interés por retratarse con sombrero de charro y ansias por navegar en Margaritas.

Descrito de ese modo, mi trabajo parece de lo más sencillo. Todo lo contrario: era estresante y muy fatigoso, en especial cuando las excursiones llegaban de madrugada o a medianoche. Para recibirlos oportunamente, por órdenes de mi jefe, el señor Alcántara, debía presentarme en el aeropuerto con una hora de anticipación, apostarme frente a las pantallas y esperar a que mi vuelo aterrizara. Entonces corría a la salida de viajeros y enarbolaba una cartulina con los nombres de los visitantes hasta que ellos –por lo general con muy mal aliento– se arremolinaban a mi alrededor con objeto de que los guiara hacia la camioneta que los llevaría a su hotel.

II

Durante 27 años cumplí mi encomienda lo mejor posible; me sentía bien afianzado en la agencia y, sin embargo, fui uno de los primeros que entraron en el recorte de personal sólo porque me presenté en mi trabajo sin uniforme y con l6 minutos de retraso. De nada sirvió que le explicara al señor Alcántara los motivos de mi falla: había pasado la noche en el hospital cuidando a mi hermana Emelia, y en la mañana no tuve tiempo para ir a mi casa y cambiarme de ropa.

Por fortuna, mi hermana murió sin saber que estaba desempleado. Conociéndola, estoy seguro de que se habría sentido culpable, cosa que habría duplicado sus dolores y su angustia ante la evidencia de que pronto iba a dejarme solo. Así fue.

A todas horas se me hacía intolerable la ausencia de mi hermana, sobre todo cuando, después de buscar trabajo inútilmente, volvía a nuestro departamentito. Llegó el momento en que no pude seguir viviendo allí y se lo traspasé a un conocido a cambio de algún dinero. Me alcanzó para rentar un cuarto de azotea y pagarle a mi amigo, el poeta Juan Bosco

Malo, lo que me había prestado para los médicos y las medicinas que necesitaba mi hermana. Todo fue inútil porque, como le dije, Emelia murió.

En esa etapa de mi vida aparece usted por segunda vez. Guiado por una inexplicable familiaridad, le escribí una carta referente a mi situación y anunciándole mi voluntad de arrojarme al Metro. De verdad pensaba hacerlo. Lo imaginé todo: desde la forma en que saldría de mi cuarto, la respuesta que iba a darle al portero cuando me peguntar adónde iba tan tarde, hasta la noticia de mi muerte en un periódico de nota roja: “Esta noche otro hombre se arrojó a las vías del Metro. No portaba identificación, sólo un librito de poemas, La vida que se va, de Juan Bosco Malo. La trágica decisión del anciano causó demora en el servicio y agrias protestas por parte de los viajeros.”

III

Como resulta obvio, no cumplí mi propósito. Durante mucho tiempo me maldije por eso y a cada momento me preguntaba qué objeto tenía seguir viviendo sin mi hermana, sin empleo ni esperanzas de conseguirlo, sosteniéndome de la pepena y viviendo en un cuarto de tres por tres, sin vista a la calle y perdido en una ciudad que ya no reconozco.

Mi mundo se ha reducido al cuarto desde donde le escribo. No, corrijo. Más bien pienso que es Emelia quien se la escribe con aquella letra grande, clara como su voz, para agradecerle que al fin usted haya hecho algo por mí al convertirme en la persona que ella ansiaba que fuera: un hombre con trabajo pero de casa, tranquilo, sin ambiciones que por inalcanzables acabarían torturándolo, dispuesto a renunciar a las interminables caminatas diurnas y a las tentaciones nocturnas.

Mi hermanita siempre me tuvo en un concepto muy alto, y por eso pensaba que yo podía ser escuchado hasta por funcionarios de tan alta posición como usted. Nunca me dejé llevar por esa idea. Soy menos iluso que Emelia: no creo que al ordenar ciertas medidas para hacer de los capitalinos personas felices usted haya pensado en mí. Creerlo implicaría una vanidad desmedida de mi parte. Sin embargo, reconozco que sus acciones han determinado mi actual manera de vivir.

Dondequiera que se encuentre mi hermana –q.e.p.d– se sentirá feliz de saber que soy todo lo que ella anhelaba, en resumen: un hombre con trabajo pero de casa. La transformación no es fruto de mi voluntad, sino de la de usted por cambiarlo todo. Si me permite la metáfora, le diré que me siento como un animal que ha ido perdiendo su hábitat y no tiene más alternativa que replegarse a una cueva: mi cuarto.

Ya le dije: mide tres por tres y carece de ventanas. Veo mi estancia aquí como un ensayo para la tumba. Sin familia y en mis condiciones económicas, no tendré ninguna. Terminaré en la fosa común. Saberlo no me molesta, al contrario. La que hay en el Panteón de Dolores es inmensa y la embellecen plantas y arbustos que la rodean.

Un domingo fui a conocerla. Lo hice como quien aprovecha su día libre para ir a los nuevos complejos habitacionales, esperanzado de encontrar en ellos una vivienda accesible, bonita, aunque sepa que para cubrir las mensualidades tendrá que comprometer sus salarios durante los próximos treinta años. Será un largo periodo de privaciones. Valdrá la pena; lástima que cuando pague la última letra de su vivienda él o ella –mejor ambos– estarán muy cerca de ir al panteón.

Mi carta ha sido larga. Quiero suponer que llegará a sus manos. La remota posibilidad no excluye el hecho de que no me conteste ni me mande acuse de recibo, por eso el sobre que voy a enviarle irá sin remitente.

La Jornada, septiembre 20, 2015.

Mar de historias
Entre ruinas (57)
Cristina Pacheco

Para el 85, la mayoría de las viviendas eran bodegas y sólo quedábamos dos familias en la vecindad: nosotros en el primer patio y los Rodríguez en el segundo. Todos murieron. Lo mismo nos hubiera pasado de no haber sido porque aquel jueves mis niños y yo tuvimos que salir de la casa más temprano que de costumbre. A las siete de la mañana ya andábamos como locos buscando una papelería dónde comprar a Paulo, el mayor de mis hijos, unas cartulinas que necesitaba para un trabajo de la escuela.

Por las prisas los niños no desayunaron. Yo, que entonces trabajaba de demostradora de filtros, no pude planchar mi ropa. Me vestí con la del día anterior y agarré el portafolios donde cargaba mi muestrario. Cuando salimos a la calle iba furiosa. Me pasé todo el tiempo regañando a Paulo por descuidar los asuntos de la escuela y vivírsela jugando futbol con los vagos. Heidi y David, que adoran a su hermano, se pusieron a llorar y a hacer berrinche. Les advertí que iba a acusarlos con su papá cuando volviera del trabajo.

Federico llevaba apenas tres días de manejar un taxi de su primo Joaquín. Esa chamba fue nuestra salvación, porque ya andábamos bien ahorcados de dinero. Mi esposo estaba muy agradecido con Joaquín y yo también, pero me parecía mal que lo hubiera puesto en el turno de las seis de la mañana a sabiendas de que para recoger el taxi en un taller de Lago Gascasónica, Federico tendría que salir de madrugada. A esas horas está muy oscuro y estos rumbos siempre han sido peligrosos.

Quién iba a decirme que por circunstancias molestas –el descuido de Paulo y el horario de Federico– el jueves l9 de septiembre, a la hora del temblor, ni mi esposo ni mis hijos ni yo estaríamos en la vecindad: salvamos la vida.

II

Por más que hago la lucha no puedo recordar bien qué hicimos los niños y yo en el momento en que todo empezó a moverse. No entendía nada; mis hijos menos, y nos quedamos como tontos frente a un zaguán, hasta que Laureano, el velador de la pensión, me jaló del brazo y me gritó: ¡corran, corran!

Lo seguimos entre un montonal de gente que iba empujándose, huyendo, gritando. El polvo, el ruido de los vidrios que se estrellaban contra el suelo, el olor a gas eran terribles. De pronto ya no vi a Laureano, tuve miedo de que mis hijos fueran a perderse entre el gentío y, sin pensarlo, me regresé con ellos a la vecindad, el único lugar donde estaríamos a salvo. Cuando llegamos al 77 sólo encontramos un pedazo de fachada.

Con la esperanza de hallarla en pie, quise ver nuestra vivienda: 8A. Era la última del primer patio. Llegar hasta allá caminando entre escombros, cajas, diablos, maniquíes, rollos de tela y plástico y huacales fue muy difícil. Ver tanto destrozo me causó miedo y dolor; en cambio no puedo decir lo que sentí al ver que de nuestros cuartos sólo quedaba un amasijo de ruinas. Lo único reconocible era la puerta de lámina que protegía la pérdida de todo.

Mis hijos estaban tan asustados que ni se movían. Me dio mucho dolor que, siendo tan chicos, vieran algo tan horrible y los abracé fuerte, como si quisiera guardármelos en el cuerpo. Pensé en los Rodríguez. Llamé a cada uno por su nombre. Nadie contestó. Decidí ir a buscarlos, pero no pude llegar al segundo patio: los escombros me lo impidieron.

Quise, como nunca, que Federico estuviera a nuestro lado para darme fuerzas, tranquilizar a los niños y decidir qué haríamos con nuestra casa: aún llamaba así a la vivienda convertida en ruinas. Escuchamos pisadas. Tuve la esperanza de que fuera mi esposo hasta que oí un grito: ¿Quién está allí? Contesté que nosotros y enseguida apareció un joven. Había ido a ver si quedaba alguien atrapado. Le pregunté por los vecinos del segundo patio y me dijo que los cuatro habían muerto.

Desde la calle alguien lo llamó por su nombre pidiéndole ayuda. Antes de irse, Luis me aconsejó que nos fuéramos a los camellones, al jardín o al atrio: lugares donde estaríamos a salvo de hundimientos y derrumbes.

Me convenció, pero necesitaba dejar a Federico una seña de que sus hijos y yo estábamos vivos y dónde podría encontrarnos. En la confusión, los niños habían perdido sus mochilas y yo el portafolios donde llevaba el muestrario y un plumil. Recordé que el día anterior había comprado un bilet rojo –cosa rara, porque siempre usaba tonos nacarados– y que lo llevaba en la bolsa de mi falda. Con el labial nuevo escribí un mensaje: Federico: estamos en el atrio. Ve a buscarnos. Las letras, junto al 8A, parecían gotas de sangre.

III

Aquella noche el cielo estaba muy bonito, lástima que tantas personas ya no tuvieran vida para mirarlo y muchas más no encontraran en su belleza un bálsamo para disminuir el dolor de las pérdidas, la desolación y el miedo a nuevos temblores.

Las luces a lo lejos y una fogata disminuyeron la oscuridad debida a la interrupción de la corriente eléctrica. Por todas partes se oían gritos, sirenas, la campanilla de los bomberos, los motores de los trascabos. En el atrio todos hablábamos en voz baja y esperábamos, como un milagro, el amanecer o el rencuentro con los seres queridos.

Mis hijos a cada momento me preguntaban cuándo iba a llegar su padre. Pronto, ya no tarda, les decía. Por fortuna, se presentaron voluntarios con agua, tortas y cobijas. Me alegré de tener algo que ofrecerles a mis niños. Cuando al fin se durmieron sentí alivio: al menos por un rato olvidarían el desastre; en cambio, yo permanecí despierta y sintiéndome culpable por quedarme con mis hijos en vez de ayudar a otros damnificados. De pronto oí que alguien me llamaba. Era Federico. Tratando de no despertar a los niños me levanté para ir a su encuentro. En silencio, lloramos abrazados. Mientras duró la cercanía de nuestros cuerpos el mundo volvió a ser como antes del temblor.

La Jornada, septiembre13, 2015.

Mar de Historias
Su hija, su tesoro (56)
Cristina Pacheco

Herminia, tan orgullosa de su buena memoria, daría cuanto tiene por olvidar aquel jueves de l985. Sus esfuerzos por conseguirlo obran el efecto contrario: le devuelven cada detalle de una jornada que se anunció con la alarma del despertador. Julio, ya es hora. El frío del piso recubierto de linóleo. La carrera al baño y la advertencia: Mi cielo, pasan de las seis. Se te va a hacer tarde. El murmullo del agua. El aroma del jabón que le provocó la curiosidad infantil de siempre: ¿a qué olerían los jardines de California?

Su voluntad de olvidar la traiciona: le recuerda la prisa con que se arregló frente al espejo del botiquín y los planes que hizo para teñirse el cabello el domingo con la ayuda de Rocío: su hija de tres años, su tesoro, que ya daba pruebas de haber nacido memoriosa, como ella: “Dile a miss Flora cómo se llama tu abuelita”. Cuéntale a tu tía adónde fuimos el domingo. “¿Cómo va la canción de Pin Pon?” Platícale a Santa lo que quieres para tu cumpleaños.

Por todo lo que Rocío ya no puede hacerlo, Herminia recuerda lo que su tesoro quería de regalo: una muñeca como la de su prima Evangelina, un triciclo rojo y unos zapatos de tacón alto. Por el simple gusto de oírla explicarse con palabras mochitas, Herminia le preguntaba para qué quería zapatos altos una niña que apenas iba al kínder. Para ser grande, grande, grande como tú, mami. Conmovida por la respuesta, Herminia abrazaba a su niña y le decía lo maravilloso que era tenerla.

II

Sin posibilidad de refugiarse en el olvido, Herminia recuerda a Julio prometiéndole que regresaría temprano, la forma en que él se volvió hacia el reloj que marcaba veinte para las siete y el beso apresurado que se dieron en los labios. Han pasado treinta años desde entonces y aún escucha el golpe de la puerta al cerrarse y el silencio taladrado por una gota de agua en la cocina: Mañana llamo al plomero.

Contenta, despreocupada, se encaminó a la recámara conyugal donde su niña, su tesoro, tenía su cama junto a la pared con sus retratos y una repisa para los juguetes: una tortuga, una muñeca despeinada, un pato amarillo y un oso al que la niña llamaba con el nombre de su mejor amigo en el kínder: Toño.

Herminia tiene muy presente que se acercó a la cama de Rocío y se quedó viéndola dormir mientras se preguntaba en qué estaría soñando. Le dio risa pensar que, de seguro, en unos zapatos de tacón. Las campanadas en la iglesia de Santa Brígida la devolvieron a la realidad. Nena, mi vida, despierta, levántate para que te arregle: hoy es día de escuelita. Herminia recuerda el mohín de la niña, su negativa a levantarse y la forma en que ella intentó convencerla de abandonar la cama: ¿No quieres ver a Toño? ¿Sí? Pues ándale: a la una, a las dos y, a las tres. ¡Arriba! Uy, ¡qué brinco tan aguado!

Herminia recuerda que, pese a todos sus intentos por animarla, Rocío estuvo de malhumor, tristona: lloró porque no quería ponerse el suéter rojo que tanto le gustaba y en la mesa desayunó muy poco: Mira, no te has acabado la leche. Si no comes no vas a tener fuerzas para ayudarme el domingo a que me pinte el pelo. Eso bastó para que Rocío gimiera remolineándose en la silla. Tal comportamiento de su hija la irritó pero logró disimularlo: No, mi vida, no me hagas caprichitos porque no va a servirte de nada. Y órale: tómate la leche para que nos vayamos. Ya pasa de las siete y tu kínder está lejecitos.

Herminia no ha podido olvidar la expresión de repugnancia con que Rocío empezó a beber la leche. Temió que su hija estuviera enferma, se acercó para preguntarle si le dolía algo y ella en seguida negó con la cabeza. Qué bueno, porque así no tendré que llevarte al doctor. Más tranquila, observando de reojo a la nena, se puso a acomodar en la lonchera una gelatina de vasito, una naranja y cuatro galletas con malvavisco: Dos son para ti y dos para Toño. Oye, ¿qué pasa con la leche? Dale otro traguito. Piensa que si no la tomas no vas a crecer como mamá.

Herminia esperaba oír la risa de Rocío, un comentario alegre, pero sólo escuchó una cadena de gimoteos nerviosos que la desconcertaron: “Y eso, ¿a qué viene? ¿Te molestaste por lo que dije? Bueno, allá tú si quieres quedarte para toda la vida chiquitilla. Ah, y si vuelves a llorar voy a decirle a tu miss que hoy no te ponga estrellita porque te has portado muy mal”.

Como si la escena estuviera ocurriendo en este momento, Herminia recuerda la agilidad con que Rocío saltó de la silla, fue a su encuentro, se aferró a sus piernas y le dijo algo incomprensible que ella interpretó como una disculpa. Como prueba de que la aceptaba se hincó para limpiarle las lágrimas y le propuso que cantaran juntas: Pin Pon es un muñeco / muy guapo y de cartón. / Se lava la carita / con agua y con jabón.

Rocío apenas entreabrió los labios y en vez de seguir el ritmo de la tonada –como había hecho otras veces–, con pasitos graciosos y torpes, permaneció inmóvil, mirando a su madre. Herminia le dijo que la amaba, la besó y le dio un abrazo muy largo, como si fuera la última vez que podría hacerlo.

IV

Pasadas las 7:19 de aquella mañana, su presentimiento se volvió la más espantosa realidad: a los tres años, vestida con su suéter rojo y su faldita azul, Rocío quedó sepultada bajo los escombros del edificio destruido por el sismo.

Aunque se proponga evitarlo, Herminia sigue escuchando con nitidez aquella especie de sinfonía del horror nacida en las profundidades de la tierra y entonada por todas las cosas y la gente: rumores, estruendos, tañidos, gritos, explosiones, llantos, sirenas. Después, para ella, sobrevino un silencio muy largo: el de Rocío, su hija, su tesoro.

La Jornada, septiembre 5, 2015.
Mar de Historias
Temores (55)
Cristina Pacheco

En la familia hay preocupación por el comportamiento de la abuela Guillermina. Se ha vuelto muy susceptible, hace cosas raras y ha cambiado sus hábitos: sale menos cada día, no contesta el teléfono y si lo hace pide toda clase de informes para cerciorarse de que le habla una persona conocida. Mina, como le decimos de cariño, desconfía de todo el mundo, hasta de mí que soy su nieta.

Procuro visitarla cada quince días, pero antes la llamo por si tiene algún compromiso. Un martes, Mina no me contestó y, sin decir mi nombre, le dejé un mensaje pidiéndole que se comunicara conmigo. Esperé hasta la noche y la abuela no me llamó. Entonces marqué su número. ¿Quién habla? No reconocí la voz al otro lado del teléfono y pregunté lo mismo: ¿Quién habla? En vez de responder me pidió el nombre. Creí haberme equivocado y volví a preguntar: ¿Es Mina? ¿Qué Mina? ¿Quién eres? Karla. Después de una pausa escuché un suspiro de alivio: Niña, por ahí hubieras empezado, dijo mi abuela con su tono grave de siempre. Al día siguiente me ofreció disculpas: Perdona, hija, pero es que a cada rato llaman desconocidos que me ofrecen cosas y me preguntan datos… Para deshacerme de ellos finjo la voz y digo que la señora, o sea yo, no está en la casa.

II

Todo el mundo dictamina. Mi madre piensa que los cambios en el comportamiento de la abuela son consecuencia de su edad. Mi tía Delfina coincide con ella y dice que es hora de recurrir a un geriatra para que le recete alguna pastilla. Por Eduardo, su segundo marido, sabe que pueden aliviarlo todo: desde insomnio, ansiedad, inapetencia, migraña, taquicardia, desmemoria, hasta falta de vigor.

Mi primo Rafael considera que mi mamá y la tía Delfi se preocupan demasiado y están viendo moros con tranchetes: en estos tiempos, ¿quién no es desconfiado? Por otra parte, ¿qué tiene de malo que la abuela salga menos que antes? ¡Nada! Es su gusto y punto. Hay que respetarla. Como siempre, mi hermana Yareli suscribe lo que dice Rafael. Emita, la pedicurista que atiende a Mina desde hace años, recomienda que le demos vitamina B12, que tanto fortalece el cerebro y los nervios.

A mí, como soy la menor, jamás me piden opinión. Si lo hicieran les diría que las personas cambian. No podemos pretender que Mina sea la misma de antes ahora que está a punto de cumplir un montón de años. La tía Josefina tiene un punto de vista mucho más drástico: ve en las actitudes de la abuela señales de un mal aterrador: demencia senil.

III

Según mi tía, a qué otra cosa puede atribuirse el hecho de que el domingo pasado, cuando le preguntaron qué deseaba como regalo para su cumpleaños, Mina haya pedido lo que menos imaginamos y nos hizo reír tanto que hasta lloramos.

Todo habría seguido en paz si a mi hermana Yareli no se le hubiera ocurrido decirle a Mina: Ay, bebé lindo, si mi abuelo Mateo supiera lo que se te antojó para tu cumpleaños diría que estás bien, pero bien loquita. Por el cambio en la expresión de la abuela era evidente que Yareli acababa de meter la pata. Rafael fingió disgustarse con mi hermana, le preguntó qué clase de bromitas eran esas y la amenazó con darle pamba.

Comprendí que el intento de mi primo por salvar la situación había sido inútil cuando vi que a Mina se le llenaban los ojos de lágrimas. Sin decir nada, se levantó de la mesa y fue por la bolsa que había dejado en la sala. Aunque imaginé lo que iba a decir, le pregunté qué estaba haciendo. Me voy. No pienso quedarme en una casa donde creen que estoy loca. Eduardo, con su tonito pegajoso de siempre, la previno: Señora, cálmense; no vaya siendo que se nos ponga mala. Mi tía Josefina le lanzó una mirada reprobatoria a mi hermana y el primo Ángel, que nunca dice nada, abrió la boca para empeorar las cosas: Yareli: ¿ves lo que hiciste?

Mi madre nos pidió calma y se acercó a la abuela: Por favor, no te vayas. Necesitamos que estés con nosotros porque vamos a darte una sorpresa que ni te imaginas. La abuela apretó su bolsa contra el pecho y se encaminó a la puerta: Mientras no sea que van a llevarme a un manicomio… Sus palabras me dolieron y le reclamé: No es justo que nos hables así. Además, ¿de dónde sacas eso? La abuela se volvió hacia Yareli: Pregúntaselo a ella.

Desconcertada, Yareli nos hizo testigos de que su intención no había sido ofenderla y se echó a llorar. Esperanza, la mayor de mis tías, intervino: Madre: no te vayas. Urge que hagamos planes para tu cumpleaños. Falta muy poco. Queremos celebrártelo como cuando vivía papá Mateo, ¿te acuerdas? Mi abuela se puso a la defensiva: Claro que sí, o qué ¿también piensas que estoy loca?

Rafael dijo que la situación era insoportable y que mejor se iba. Mi tía Delfi le pidió ayuda a su esposo Eduardo y él le gritó a mi primo que se largara de una vez. Rafael lo llamó imbécil pendejo. Estaban a punto de los golpes, pero mi madre lo impidió diciéndoles que si querían pelear se fueran a la calle, porque en su casa no toleraba escándalos. A partir de ese momento todo fue confusión.

Yareli, histérica, tomó a la abuela de las manos y la obligó a mirarla: “Bebé, no vas a ofenderte sólo porque dije que si mi abuelo te hubiera escuchado decirnos: ‘de regalo quiero una pistola y una computadora’, habría creído que te volviste loquita.”

Mina, sonriente, negó con la cabeza: Te equivocas. Mateo habría pensado otra cosa: que tengo miedo por cuanto está sucediendo en el mundo y que deseo conocer, aunque sea a través de la pantalla, los lugares a donde soñábamos con ir y en los que jamás estaremos.

La Jornada, agosto 30, 2015.

Mar de historias
Útiles escolares (54)
Cristina Pacheco

En esta época del año siempre recuerdo a una de mis mejores pacientes: Nilda. Varias veces se refirió a un hecho ocurrido en su infancia. Por la reiteración comprendí que ese capítulo de su vida era muy significativo para ella. Sería desleal si yo lo olvidara. Antes de que eso ocurra voy a escribirlo ahora mismo. Lo haré en primera persona, tal como Nilda me lo contó.

I

Desde nuestra llegada al barrio, meses antes, aquella fue la primera ocasión en que mi hermana y yo salimos a la calle sin ser acompañadas por un adulto de la familia. Ese paréntesis de libertad, que era también una prueba de confianza en nuestra madurez, y el hecho de que fuéramos a comprar nuestros útiles escolares nos causó gran felicidad.

Antes de que emprendiéramos la caminata hacia las papelerías del rumbo, mi madre nos hizo una especie de examen para asegurarse de que conocíamos los puntos de referencia para evitar perdernos. A dos voces, como si estuviéramos en el catecismo, enumeramos los establecimientos más allá de las vías: la farmacia, una gasolinera, una sucursal del Monte de Piedad, un obrador de carne y una cantina que aún existe y me devuelve tristes recuerdos de mi papá.

Satisfecha de nuestros conocimientos, mi madre le dio a mi hermana el efectivo para la compra, su reloj para que estuviéramos al pendiente de la hora y las últimas indicaciones, según las cuales no debíamos tardarnos, ni soltarnos de la mano, ni bajarnos de la banqueta, ni hacerles plática a desconocidos, y mucho menos sacar el dinero a lo tonto.

Emocionada por la aventura que estábamos a punto de vivir, mi madre nos acompañó hasta el portón de la vecindad y allí nos bendijo como si fuéramos a emprender un viaje a Australia. No habíamos caminado ni media cuadra cuando volvimos a escuchar la advertencia: No enseñen el dinero a lo tonto. Por desgracia, lo hicimos.

II

Íbamos a entrar a una papelería cuando nos abordó un hombre. Supongo que el hecho de que llevara sombrero de palma, como los que se usaban en nuestro pueblo, nos hizo creer en su historia: una madre sola y moribunda, urgencia de ir a verla a un rumbo muy lejano, falta de dinero a pesar de tener un billete de lotería premiado con 5 mil pesos. No le importaba dárnoslo a cambio del efectivo que lleváramos y el reloj pulsera, mucho menos valioso que su billete. Nos convenció. Al despedirse, el hombre se quitó el sombrero en señal de agradecimiento y con voz temblorosa nos dio otra prueba de ser un buen hijo: Por una madrecita uno es capaz hasta de robar.

Seguras de que habíamos hecho una buena obra, mi hermana y yo regresamos a la casa sintiéndonos ricas, aunque sin un centavo en la mano, sin reloj y sin útiles escolares. Nuestra alegría y la de mi madre desapareció en cuanto Adela, la vecina esposa de un taxista, nos dijo cómo habíamos sido timadas con un billete de fecha muy anterior y desde luego sin premio.

Esperamos un buen rato a que mi padre regresara. Había salido a buscar trabajo. Por su expresión comprendimos que una vez más había fracasado en su intento. A los pocos minutos, ya sobrepuesta de su mal humor, quiso ver nuestros útiles. No tuvimos más remedio que contarle lo sucedido. Nos pidió el billete. Después de revisarlo una y otra vez lo hizo pedazos.

Para esas alturas Adela ya le había contado a medio mundo el engaño en que mi hermana y yo habíamos caído. Con eso propició el intercambio de historias lamentables que al fin causaron bromas y risas. A medianoche alguien encendió un tocadiscos a todo volumen y por horas estuvimos escuchando Dos arbolitos: fondo musical para una larga discusión entre mis padres.

III

Faltaba una semana para que comenzaran las clases. Sin dinero para comprar los útiles y sin el reloj pulsera de mi madre para llevarlo al empeño, mi hermana y yo no teníamos la mínima posibilidad de presentarnos en la escuela. Nuestras perspectivas iban de malas a peores: desde faltar días o semanas a clases hasta perder el año si antes del lunes no conseguíamos el dinero para surtir la lista de útiles: cuadernos, lápices, colores, sacapuntas, manguillo, tintero, juego de geometría, papel lustrina y mochila.

Mi hermana y yo soñábamos con tener una que pudiéramos colgarnos a la espalda y de ese modo parecernos a las dos niñas que, en la página arrancada de una revista, caminaban descalzas por un sendero rumbo a su escuela: una casa blanca, con amplias ventanas, techo de dos aguas y rodeada de árboles. En nuestra calle no había uno solo. Viniendo de un pueblo salpicado de pirules y arrayanes, esa aridez nos afectaba.

IV

Desde que llegamos a vivir a la vecindad, Adela fue nuestra guía y el único apoyo. Si yo no estuviera tan enferma iría a agradecerle los muchos favores que nos hizo, en especial que nos haya prestado el dinero para nuestros útiles escolares.

Por segunda ocasión, mi hermana y yo, sólo que acompañadas por mi madre, volvimos al rumbo de las papelerías. Las recorrimos todas. Fuimos dichosas en aquellos locales repletos de compradores atendidos por dependientas con guardapolvo y lápices amarillos clavados en el pelo, al nivel de la oreja.

Cargadas de paquetes volvimos a la casa. En cuanto llegamos mi madre se ofreció para ayudarnos a forrar, con hojas de periódico y engrudo, nuestros cuadernos. Cuando terminamos los metimos en las mochilas y, como ensayo, nos las echamos a la espalda y esperamos la reacción de mi madre. Ella no dijo nada. Sonriente, se quedó observándonos de una manera incomprensible, al menos para mí. Tardé años en comprender que aquella noche nos veía como se mira a alguien que ya empieza a alejarse.

La Jornada, agosto 23, 2015.

Mar de Historias
La cita (53)
Cristina Pacheco

A su edad, hace ya mucho tiempo que Hortensia no está obligada a explicar sus actos. Además, no cree que haya a quien le interese preguntarle por qué está vestida con ropa elegante, siendo que por lo general viste prendas sencillas, casi deportivas. Aumenta su sensación de tranquilidad saber que a las siete de la noche su hermano Jorge y su cuñada Sandra, con quienes vive desde marzo, están siempre en su negocio: un café internet. Dispone de tiempo suficiente para quitarse el traje de dos piezas y el leve maquillaje; pero sobre todo para tratar de explicarse su imperdonable confusión.

Armando Torres no la advirtió gracias a que ella supo mantener el aplomo, inclusive cuando él, con los ojos húmedos y brillantes, le agradeció que le hubiera permitido explicarle sus sentimientos hacia ella y le dijo que confiaba en que volverían a verse. Hortensia estuvo a punto de preguntarle: ¿Para qué? No lo hizo. Se limitó a sonreír y celebró que en ese momento hubiera llegado el elevador. Era muy estrecho. Amplificaba sus dimensiones un espejo. Al entrar Hortensia se vio en él. Fue como si estuviera esperándola una hermana gemela. Le habría gustado tenerla para confesarle el desencanto que acababa de padecer y lo estúpida que había sido durante la cena del domingo.

II

Hortensia siempre tenía pretextos para no asistir a las reuniones que organizaban Sandra y Jorge. Sus invitados eran, por lo general, ex compañeros de la Bancaria o proveedores con quienes ella no tenía nada en común y mucho menos interés por tratarlos.

Este domingo Jorge la convenció de que los acompañara a la cena diciéndole que sólo habría un invitado: Armando Torres, el contador que los asesora gratuitamente en los trámites fiscales, y querían agradecerle la ayuda con una reunión íntima, familiar. Además, Armando estaba buscando un asistente. Con sus conocimientos, Hortensia podía ser la persona indicada para el cargo. Jorge prometió hacérselo saber a Torres de manera indirecta.

La posibilidad de conseguir el trabajo fue el incentivo para que Hortensia aceptara la invitación. Apareció en la sala en el momento en que Armando había ido a traer el celular olvidado en su coche. Contra lo que ella había supuesto, el contador resultó ser un hombre atractivo, gentil, de voz firme y manos suaves que, al saludarla, no pudo contener una expresión de agradable sorpresa. Luego, durante los aperitivos, en varias ocasiones se le quedó mirando. Ante la insistencia, Hortensia le preguntó qué sucedía. Él le respondió con una sonrisa tranquilizadora.

Ya en la mesa, Hortensia y Armando quedaron frente a frente. Él habló de su familia que vivía en San Luis Potosí y de su temprano interés por las matemáticas, de allí su profesión. Le iba bien en su despacho, lástima que su asistente hubiera resultado un pillo. Hortensia se volvió hacia Jorge: era la oportunidad de que él la sugiriera para el cargo. Se escuchó el silbido de la cafetera y Hortensia fue a la cocina. Cuando regresó la conversación había tomado otro giro: el futuro de las comunicaciones.

Hacia las once de la noche Armando se despidió. El intercambio de agradecimientos fue prolongado y se hicieron planes para nuevas reuniones. Jorge insistió en acompañar al contador hasta su coche. En cuanto estuvieron solas, Sandra preguntó a Hortensia si no estaba emocionada por la forma en que Torres había estado mirándola durante toda la reunión.

Hortensia fingió indiferencia. Lamentó que Jorge no hubiera cumplido su promesa de orientar la conversación hacia el asunto del empleo y, sin darse cuenta, fue descortés con su cuñada al decirle que todo había sido una pérdida de tiempo. En sus condiciones económicas, con su sueldo de recepcionista en el consultorio dental, lo que menos le importaba eran las miraditas de un contador.

Sandra conocía la aversión de Hortensia por los consejos, pero se arriesgó a darle uno: Sabes que tu hermano es muy indeciso, no vuelvas a depender de él. Llama a Torres, pídele una cita y dile que te gustaría trabajar como su asistente. Si te da la chamba ¡qué bueno!; si no, ¡ni modo! Piensa que tienes lo del consultorio.

Sin más comentarios, Hortensia se dirigió a su cuarto. Pasó la noche estudiando su situación. No podía vivir eternamente arrimada en la casa de su hermano ni midiendo cada peso de sus gastos, mucho menos desperdiciando su vida en el consultorio, donde pasaba horas haciendo llamadas y ofreciendo a los pacientes revistas viejísimas. Pensó que Sandra tenía razón y decidió comunicarse con Armando Torres; sólo por el trabajo, sólo por eso, dijo, y sonrió en la oscuridad.

III

Torres se alegró de oír la voz de Hortensia en el teléfono, y más de que ella le pidiera una cita. En lugar de preguntarle por el motivo de su interés, él le aseguró que estaría encantado de verla donde ella quisiera. Hortensia fue lacónica: En su despacho. Perfecto: ¿qué le parece mañana martes, a las seis? A Hortensia le resultó ideal. Llegada la hora del encuentro, eligió su mejor traje y se aplicó algunos cosméticos: detalles que piensa eliminar antes de que Sandra le pregunte adónde fue tan bien vestida.

Hortensia se da cuenta de que no hay motivos para ocultarle la verdad a su cuñada. Decírsela será un gran desahogo: regresa de su entrevista con Torres. Después de recibirla con mucha cortesía la condujo hacia el sillón más cómodo y le ofreció un café que él mismo hizo. Mientras Hortensia lo bebía, Armando se quedó viéndola arrobado, y al notar la incomodidad que le producía se explicó: Perdone que la mire así. No puedo evitarlo. Todo en usted me emociona, me agrada, me atrae, en especial sus ojos. ¿Le han dicho que son muy bellos? ¿No? Pues a mí me lo parecen. Me recuerdan los de la persona que más he amado en la vida: mi abuela.

Hortensia apenas logró ocultar su decepción. Siguió bebiendo el café tibio y cada vez más amargo, mientras él, sin preguntarle el motivo de su visita, reiteraba su sorpresa por el extraordinario parecido entre ella y su abuela. Antes de una hora se despidieron. Armando la acompañó al elevador. Su espejo duplicó el desencanto de Hortensia.

La Jornada, agosto 16, 2015.
Mar de Historias
Nuevos hábitos (52)
Cristina Pacheco

Como si fueran manchas de salitre, los cambios en el estilo de vida de Matilde han ocurrido en forma lenta, silenciosa, incontenible. No se habría dado cuenta si su hermana Felicia no le hubiera preguntado por qué de un tiempo a esta parte rechaza todas sus invitaciones, sólo va y viene del trabajo y pasa sus días libres encerrada en su departamento.

Esas variaciones en la conducta de Matilde tienen intranquila a su familia y son motivo de conversaciones inútiles. Al final nadie se explica que Matilde haya pasado de ser una persona sociable, animosa, brillante, a otra solitaria y opaca.

Su madre sospecha que la transformación de Matilde pueda originarse en algo grave y la interroga sin descanso, ya sea por teléfono o cuando la visita: ¿Estás enferma? ¿Te pasó algo malo y no quieres decírmelo? ¿Tienes problemas en la oficina? ”¿Estás así porque Raziel se fue?” Matilde responde a esos cuestionamientos en tono ligero y le suplica a su madre que no se invente motivos de preocupación (ya tiene suficientes con el alcoholismo de Adrián). Ella está sana, si le hubiera ocurrido algo malo se lo habría dicho; en su trabajo todo sigue estable. En cuanto a Raziel no hay problema: rompieron en buenos términos y siguen siendo amigos. Que por favor le crea: cambió de gustos, eso es todo.

Al despedirse, su madre siempre termina con las mismas preguntas: si no le gustaría dejar el departamento, volver a su lado y permitirle disfrutarla como lo que es: su única hija soltera. Adrián, Rodrigo y Felicia están casados, es lógico que quieran vida aparte; pero ella, ¿por qué? No tiene pareja ni compromiso con nadie. Aunque agradece la oferta, Matilde la rechaza diciendo la verdad: a los 32 años le gusta ser independiente y es feliz, aunque a veces extrañe un poquito a Raziel.

II

El desinterés por las reuniones y la calle no son los únicos cambios en el estilo de vida de Matilde. El supermercado está a dos cuadras de su edificio pero ya no lo frecuenta. Hace todas las compras por teléfono. Una compañera de trabajo la convenció de que el servicio a domicilio le evitaría pérdida de tiempo y, sobre todo, enfrentar los peligros de la calle: fuegos cruzados, energúmenos al volante, bloqueos, atracadores, zanjas profundas, alcantarillas sin tapa…

Matilde reconoce que comprar por teléfono es muy cómodo y la pone a salvo de riesgos. A cambio de esas ventajas tiene un inconveniente: le roba la posibilidad de conversar con los empleados o con los habituales del súper acerca de las noticias, los escándalos, los basureros en cada esquina y el desorden con que han aparecido en la colonia cervecerías, antros y edificios descomunales.

Extraña aquellas charlas sencillas, entre anaqueles, porque le daban sensación de pertenencia y oportunidad de convivir con personas que le inspiraban simpatía, confianza y un afecto tranquilo expresado en el momento de la despedida: Me dio gusto saludarlo. Que siga usted muy bien. Nos estamos viendo.

A pesar de sus precauciones, Matilde tiene sensación de peligro aun en su departamento. Antes, al oír un llamado a su puerta sólo la impacientaban los timbrazos –Ya voy, ya voy: un momentito–, ahora la ponen en guardia. No le basta con que el visitante se identifique por su nombre: le exige datos concretos que puedan brindarle la seguridad de que el recién llegado no es un delincuente. A los mensajeros les pide una identificación y la analiza antes de recibir la correspondencia o el paquete que fueron a llevarle.

III

Frente a quienes han notado su retraimiento, Matilde procura justificarlo con razones desgastadas: exceso de trabajo, falta de tiempo, dolor de cabeza, fatiga. Nadie las cree, y mucho menos ella, porque sabe que el verdadero motivo de su hosquedad es el miedo. Si lo confesara ante su familia, de seguro su madre o alguno de sus hermanos le preguntaría: ¿Miedo de qué?

El solo hecho de pensar en su respuesta le causa dolor, la avergüenza y la hace comprender que, como la mancha de salitre en su sala, el miedo ha ido invadiéndolo todo, quitándole horas a sus días, reduciendo su mundo, limitando sus acciones al punto de impedirle cosas que antes eran tan naturales y cotidianas, como ir a las compras, entrar a un cine, recorrer un centro comercial, meterse en un restorán, sentarse en un parque, subirse a un transporte público, sostener conversaciones con desconocidos, retirar dinero del banco, colgarse la cadenita con la Virgen de Guadalupe que le regalaron sus padres al cumplir l8 años y, a últimas fechas, hasta vestirse de acuerdo con sus posibilidades y gustos.

Hace algunas semanas escuchó en un programa radiofónico que para mantenerse a salvo de los delincuentes lo mejor es usar ropa sencilla, de aspecto humilde y sin adornos que puedan atraer a los asaltantes. Guiada por el consejo, Matilde sustituyó sus trajes bonitos por los pantalones, suéteres y camisas más viejas que encontró en el clóset. Su desaliño es motivo de burlas entre sus compañeros de oficina y otra causa de inquietud para su familia. Matilde lo sabe, no le importa y no piensa dar explicaciones.

Algunas noches, cuando vuelve de su trabajo, corre a su habitación, se quita las ropas de aspecto humilde, elige alguno de sus vestidos predilectos, las zapatillas que tanto le gustaban a Raziel y se los pone. Satisfecha de su aspecto se pasea por su cuarto: allí no siente miedo y no hay manchas de salitre, todavía.

La Jornada, agosto 9, 2015.

Mar de Historias
Tiempo muerto (51)
Cristina Pacheco

Todas las mañanas, rumbo a su trabajo, Arcelia se detiene en un puesto de periódicos. Mientras espera el microbús, se distrae mirando las portadas o leyendo encabezados que a los pocos minutos se le confunden o se borran en su mente; sin embargo, por excepción, recuerda una nota que leyó el viernes: Los trabajadores que viven en el estado de México y trabajan en el DF, o viceversa, gastan un promedio de 88 horas mensuales en los viajes de ida y vuelta.Más tarde, al ver a las personas que viajaban a su lado, primero en el microbús y luego en el Metro, Arcelia pensó en cuántas horas de su vida habrían invertido en recorrer distancias interminables. Por su experiencia llegó a una conclusión: de seguro muchas más que las consignadas en el periódico.

Durante el resto de su viaje rumbo a La Purísima sintió curiosidad por saber cuántos minutos de su vida gastaba a diario en ir y venir de su casa en Ecatepec a la calle de Roldán. Apenas llegó a la cerería tomó una hoja de papel y multiplicó 88 por 60. El resultado fue de 5 mil 280 minutos equivalentes a 316 mil 800 segundos. Como nunca antes lo había hecho, se dio cuenta de que ninguna fracción de ese tiempo perdido volvería. Pasó el resto del viernes agobiada por una extraña sensación de quebranto.

II

Por la noche, mientras servía la cena, Arcelia le preguntó a Víctor, su marido, si alguna vez se había puesto a pensar en cuántas horas le tomaba ir y venir, de lunes a viernes, al depósito de cartón en donde trabajaba haciendo de todo: desde seleccionar el material hasta llevarlo a la planta de reciclaje.

Víctor desconfió de la pregunta y se puso a la defensiva: No entiendo a qué viene eso; pero si quieres reclamarme algo dímelo claro en vez de salirme con preguntitas babosas. Pudo haber sido el principio de un disgusto que, como en otras ocasiones, terminaría con un portazo y la desaparición de su marido al menos por esa noche.

Para evitarlo, Arcelia le explicó a Víctor lo que había leído en el periódico. Enterarse de que millones de hombres y mujeres gastaban a la semana 88 horas de su vida en ir y regresar de su trabajo, le había provocado mucha lástima por esas personas. Víctor retiró su plato: ¿Por qué? Ni las conoces. Arcelia se impacientó: Porque soy una de ellas y me parece terrible desperdiciar tiempo que podría invertir en otra cosa. Él se apoyó en el respaldo de la silla y la miró condescendiente: ¿Como en qué, por ejemplo?. Arcelia respondió ilusionada: En la casa, en pasearnos un poco, en estar juntos.

Víctor se inclinó hacia ella y bajó la voz: Te lo pido todas las noches pero nunca quieres. Siempre llegas de mal humor, o te duele la espalda o me dices que estás cansadísima. Francamente no veo de qué: envolver cirios no ha de ser cosa del otro mundo, ¿o sí? Arcelia se vio menospreciada y no quiso tolerarlo: No dirías lo mismo si tuvieras que pasarte ocho horas de pie, atendiendo a toda clase de personas y soportando el carácter de doña Carmen. Te juro que ya no la aguanto.

Víctor entrecerró los ojos: Lo que quieres es salirte de trabajar y pones de pretexto las horas perdidas en ir y venir, el mal humor de tu patrona, la friega que es batallar con la clientela y encima de todo el cansancio: tu palabra predilecta. Arcelia contratacó: Eres tú quien me sale a diario con que: Mejor mañana. Hoy vengo muy cansado. Voy a decirte lo que me dijiste a ver qué sientes: No creo que sea cosa del otro mundo levantar cartones. Víctor adoptó un gesto de superioridad: No son tres kilos, pendeja, son toneladas las que cargo.

Los esfuerzos de Arcelia por evitar la violencia desaparecieron y se volvió amenazante: Te lo advierto, imbécil: no vuelvas a llamarme pendeja… Víctor respondió contundente: ¿Qué, pendeja, qué? Y si no quieres que te diga así, no digas pendejadas. Al oír ese argumento Arcelia llegó a una conclusión: Ah, ya entendí: te enojaste porque te pregunté si habías pensando en las horas que… Víctor dio un manotazo: No me hagas otra vez tu preguntita: ni quiero ni me interesa contestarla. Lo único que sé es que mañana, pasado mañana y todos los días de mi vida seguiré yendo y viniendo a mi trabajo, como lo he hecho siempre. Así son las cosas y punto. Si no te gustan ¡peor para ti!

III

Va para una semana que discutieron y siguen distanciados. Mantienen una línea divisoria en la cama, se hablan lo indispensable y evitan mirarse: todo porque a Arcelia se le ocurrió comentarle a Víctor la nota del periódico y el efecto que había tenido sobre ella. Después le hizo una pregunta y allí comenzó el desastre.

Arcelia se propone reconciliarse con Víctor y olvidarse de andar pensando en el tiempo que invierte cada día en venir a La Purísima para quedarse allí, hora tras hora, esperando que alguien llegue. La perspectiva ahonda el cansancio que le dejó el insomnio. Retrocede y se apoya contra el exhibidor de madera. Es muy antiguo, tanto como la vitrina, el reloj de pared con números romanos y la silla giratoria con respaldo de mimbre que se encuentra en el despacho de su jefa.

Arcelia sabe que esos muebles ya cumplieron cien años. De muy buena madera, permanecerán en el sitio donde siempre han estado hasta mucho después de que ella pierda el trabajo: doña Carmen la tiene amenazada con despedirla si vuelve a llegar tarde.

La última vez que cometió la falta, su patrona le anunció el inevitable descuento de su sueldo. Arcelia no pudo evitar el castigo ni siquiera porque aclaró el motivo de su tardanza: una muchacha se había arrojado a las vías del Metro y fue necesario suspender el servicio mientras retiraban sus restos: ella sólo había visto la cabellera ensangrentada, desprendida de la cabeza.

El recuerdo de la escena la estremece y le despierta interés por la suicida: ¿Cómo se llamaba? ¿A dónde iba? ¿En quién pensó al final? ¿Dijo algo? ¿Cuántas horas de su juventud habría perdido en ir y venir de algún trabajo?

La Jornada, agosto 2, 2015.

Mar de Historias
La Patinadora (50)
Cristina Pacheco

Hora pico. En el microbús no quedaba espacio para un alfiler. El calor y la humedad hacían bochornoso el aire. Apoyados unos contra otros, los viajeros soportábamos la misma estrechez y aun el movimiento más leve era causa de inquietud y molestia para el vecino.Las violentas maniobras del chofer para avanzar entre los grupos de manifestantes y las interminables filas de automóviles fueron otras tantas causas de irritabilidad y tensión. Hubo un conato de pleito entre dos hombres y se escucharon los gemidos de un bebé. Su madre le dio el pecho y se dirigió al chofer en tono de súplica: Por lo que más quiera, ¡sáquenos de aquí! Lo hago si me dice por dónde, respondió el conductor señalando hacia los manifestantes que iban por la avenida, la hilera de autobuses foráneos que inhabilitaban la lateral y los tráileres que, a vuelta de rueda, invadían el carril izquierdo. Está prohibido que esos camionsotes circulen por aquí, comentó un joven con aspecto de oficinista. Se oyeron risas y de nuevo el llanto del bebé.Del fondo del microbús surgió la voz grave de un hombre: ¡Puerta, puerta! Aquí me bajo. Decidí imitarlo. Con dificultades, sin tiempo para disculparme con las víctimas de mis tacones de aguja, llegué a la salida y pude bajar del microbús. Llovía. El piso estaba resbaloso, grasiento, salpicado de papeles sucios, vasos desechables y bolsas de plástico. Eso me dificultaba el paso. Lamenté haberme puesto zapatillas en vez de tenis o botas. Entonces recordé a la muchacha que había visto por la tarde, sentada en una banqueta, llorando desconsolada.

II

Aunque tenía prisa por llegar con mi dentista, me resultó imposible seguir de largo y me acerqué: ¿Se siente mal? La joven negó con la cabeza y se cubrió la cara con las manos para ocultar su desconsuelo. El suelo está mojado. Le va a hacer daño: levántese, dije. La muchacha se inclinó para atarse uno de sus tenis y se puso de pie. De estatura regular, delgada, vestía suéter con lentejuelas, falda negra tubular y chaleco largo con flecos. Pensé que, inspirada en las revistas de espectáculos, se guiaba por los dictados de la moda.

¿Ya se siente mejor? El rostro de la joven se alteró anunciando un nuevo acceso de llanto y apenas logré entender lo que decía: Cuando mi hermana Luisa sepa que me los robaron me va a salir con que soy una imbécil descuidada; pero no fue mi culpa, se lo juro. Los metí en la bolsa de plástico que siempre cargo y la asenté en la banca mientras me ponía los tenis; cuando quise agarrarla para irme a la parada de las combis, la bolsa ya no estaba. ¡Me la robaron!

El tono angustiado reflejaba una pérdida lamentable y pregunté: ¿Qué cargaba en la bolsa?

La desconocida me miró como si le extrañara que yo no lo supiera: Mis zapatos de tacón. Hace poquito los compré. Estaban casi nuevos. Sólo me los he puesto para venir al trabajo. ¿Qué hago, cómo me presento mañana? La muchacha me sorprendió viéndole los tenis y adivinó mis pensamientos: En la llantera están prohibidos. Allí es obligatorio ir bien presentada y con zapatos altos: abiertos o cerrados, del color que uno quiera, pero de tacón.

Era evidente que la joven no disponía de otro calzado acorde a las exigencias de su empleo y que necesitaba sobreponerse a esa circunstancia: Preséntese mañana en su trabajo y cuéntele a su jefe lo que le sucedió. Le aseguro que él la entenderá. Por su expresión, y después por sus palabras, comprendí que la muchacha no tenía motivos para mostrarse tan optimista como yo: “El día 15 cumplí un mes en la llantera: estoy a prueba. Según lo que me han dicho y lo que he visto, el jefe no se toca el corazón para despedir a un empleado ni para suspenderlo tres días. No quiero darle pretexto para mañana me salga con que: Lo siento, Elvira, con tenis no puedes quedarte a trabajar. ¿Se imagina perder un día de sueldo?”

Me sentí tan inquieta como la joven y más cercana a ella por el hecho de conocer su nombre: Sí, y no quiero ni pensarlo. ¿Qué hará? Elvira no tardó en responderme: Aunque mi hermana Luisa me ponga su jeta, voy a pedirle prestados 150 pesos para unos zapatos. Vio mi reloj: Menos mal que todavía es temprano. Cierran Las Sirenas después de las nueve. Alcanzo a comprarme los zapatos. Por mi madre, le juro que no me los vuelven a robar: de ahora en adelante voy a colgármelos del cuello cada vez que me enfunde los tenis.

Elvira hablaba sin reservas por eso me atreví a darle un consejo: ¿No sería mejor olvidarse de los tenis y que usara nada más sus zapatos de tacón? Elvira miró otra vez mi reloj: Pasan de las seis. No quiero que se me haga tarde. Mejor me voy al paradero de la combi. Le dije que iba en la misma dirección, le propuse que camináramos juntas y volví a plantearle la posibilidad de prescindir de los tenis.

Elvira se esforzó por darme una respuesta precisa: Si viniera de otro rumbo, lo haría; pero viniendo de por allá, del Cerro del Elefante, es imposible. Con estas lluvias se forman unos charcos grandísimos y se hacen unos lodazales tremendos. Si al atravesarlos con tenis voy resbalándome como si fuera patinadora y con riesgo de caerme, ahora imagínese lo que me pasaría si lo hiciera en tacones. Mínimo, me daba un zapotazo y quedaría como chorreada: ya sabe, ese pan que va salpicado de piloncillo.

La forma en que Elvira me planteaba los riesgos de caminar en zapatillas por sus colonia me hizo reír y a ella también; pero enseguida volvió a ponerse seria: Ya le conté que en mi trabajo la buena presentación es un requisito indispensable. Por eso verá que salgo de su pobre casa con mis tenis, así me vengo todo el camino y una cuadra antes de llegar a la chamba me pongo mis tacones altos y así no tengo problema. Híjole: ahí viene la combi. Me perdona pero corro a tomarla, no vaya siendo que se me haga más tarde y ya no encuentre abierta Las Sirenas.

La Jornada, julio 26, 2015.
Mar de Historias
No hallarás ángeles (49)
Cristina Pacheco

Es su primer día de trabajo en la Residencia. Patricia ignora todo acerca de su funcionamiento y aún no logra orientarse en el edificio. Si en este momento alguien le preguntara dónde están la cocina o el almacén de ropa blanca no sabría decirlo. La conduce Daniela, una mujer de melena espesa teñida de rojo y peinada en amplias ondas rígidas. Patricia se pregunta cuánto tiempo le llevará a su instructora arreglarse el pelo con tanto esmero y si hay alguien allí que será capaz de apreciarlo.Mientras suben las escaleras, Daniela habla acerca de horarios y rutinas; también le advierte que no les dirá a los huéspedes que ella será su nueva terapeuta. El licenciado Alcorta, director de la institución, quiere notificárselos personalmente. Por el acento de Daniela, Patricia sospecha que su jefe podría ser el destinatario de su hermoso peinado.Cuando llegan al primer piso Daniela asume una actitud menos formal, se asoma a las habitaciones y saluda a los residentes por su nombre. Los aludidos dejan de sonreír en cuanto ven a Patricia. Su presencia, como la de cualquier extraño, los inquieta; temen que sea portadora de malas noticias: el cierre de la Residencia, aumento de las mensualidades o la clausura del pabellón en donde se reúnen para festejar los cumpleaños, la llegada de un nuevo huésped y también su partida.Patricia conoce esos detalles porque esa mañana, cuando vio en un ángulo del jardín la construcción hexagonal de vidrios opacos, preguntó que usos tenía.

–Allí los residentes se reúnen para hacer lecturas en voz alta, celebrar los cumpleaños, darles la bienvenida a los de nuevo ingreso o despedir, después de sepultados, a los que mueren.

–Eso debe ser algo muy triste –afirmó Patricia.

–No. Antes pensaba lo mismo. Después comprendí que es todo lo contrario. La ceremonia les permite sacar a relucir las cualidades del ausente y disculparse por algún pleito que hayan tenido con él. Entre nuestros viejitos se dan, y con más frecuencia de lo que te imaginas.

–Pensé que en un sitio como este todo sería amistoso, calmado, suave.

–Te advierto que aquí no hallarás ángeles. El hecho de que los residentes sean ancianos de ninguna manera significa que sean mejores o peores que el resto de las personas. Cuando los conozcas verás que tienen ilusiones, celos, rencores, caprichos, sueños, miedos y que son muy hábiles para engañarnos o engañarse cuando no quieren ver la realidad.

–Como hacemos todos.

II

Terminado el recorrido, ya en la oficina, Daniela sigue explicando el funcionamiento de la Residencia en sus aspectos más concretos. Se interrumpe cuando Patricia alza la mano y pide la palabra:

–Sabes que esta es mi primera experiencia de trabajo.

Para hacerlo mejor me gustaría saber algo más de las personas con quienes voy a tratar: ¿de dónde vienen, por qué están aquí, cómo llegaron, a qué se dedicaban? –Patricia hace una pausa: –¿Quién es la anciana de ojos grises que parece muñeca de seda?

–Se llama Lily. Fue cantante de ópera. Tiene un hijo, creo que el padre era italiano: Leonardo. Lo he visto sólo tres veces: el día en que vino a conocer nuestras instalaciones, cuando trajo a su madre en calidad de huésped temporal y el único domingo que ha venido de visita. Aquella tarde acompañé a Lily y a su hijo hasta la puerta. Oí a Leonardo decirle a su madre que volvería a recogerla en un mes, cuando de seguro estaría en condiciones de alojarla en un departamento. Desde entonces han pasado tres años sin que tengamos más noticias de él que los pagos mensuales que deposita en el banco.

–Un gesto muy generoso en un hombre que abandona a su madre.

–Lily no quiere aceptarlo. Se enoja cuando se lo digo. Insiste en que Leonardo volverá en cualquier momento y por eso tiene todas sus cosas en maletas. Las abre sólo para sacar la ropa del día y alguna de sus partituras. Las lee como si fueran libros. Dice que oye la música en su cabeza. Para demostrármelo, tararea. Me afecta mucho cuando lo hace, no sé por qué.

Con un gesto, Daniela marca el punto final de su relato y Patricia se apresura a formularle otra pregunta:

III

–¿Quién es el hombre al que encontramos en bata, de espaldas a la puerta, viendo un partido de futbol en una pantalla gigante?

–Don Bruno. Un maniático de primera: sólo ve el canal de deportes, no se pone dos veces la misma camisa, limpia los cubiertos antes de usarlos y mira los vasos a trasluz para cerciorarse de que no tengan huellas. Además, casi no sale de su cuarto y habla poco, pero cuando lo hace… ¡Olvídate! Una vez, hace tiempo, lo encontré discutiendo con su nieta Paulina y la pobre salió llorando.

–Pensé que ese hombre no tenía familia.

–Pues tiene hijos, nietos, esposa. Se llama Francisca y vive en otro asilo porque ni ella ni él quieren estar juntos: se odian. Me lo dijo Paulina la noche en que salió de aquí llorando y tristísima porque sus abuelos llevaban años sin hablarse.

–Pero ¿por qué?

–Paulina es la única en saberlo y eso porque le suplicó a su abuela que se lo dijera. El caso es que una tarde doña Francisca encontró un portafolios en donde su marido tenía escondidas unas fotos horribles. En ese mismo momento las quemó pero no pudo perdonar la ofensa y esa noche habló por última vez con su marido. Él estuvo de acuerdo en la separación y en que vendieran la casa. Cuando al fin lo consiguieron, citaron a la familia para informarla de que habían decidido vivir cada quien por su lado. Gracias al dinero que obtuvieron por la venta, ella pudo alojarse en un asilo de Cuernavaca y él en esta residencia.

–¿Qué habría en aquellas fotos que los dañaron tanto?

–Nada angelical, te lo aseguro.

La Jornada, julio 19, 2015.

Mar de Historias
Función de circo (48)
Cristina Pacheco

Sin posibilidades de viajar, para quienes vivíamos en aquel barrio el término vacaciones era sólo una palabra. En la escuela, durante la última semana de clases, el término daba a nuestra profesora oportunidad de saber si habíamos aprendido a distinguir entre la be de burro y la ve de vaca; pronunciado en la casa significaba liberarnos del despertador y las tareas a cambio de convertirnos en pequeños adultos con obligaciones específicas y acordes con nuestro sexo.Para disminuir la carga de trabajo de nuestras madres, a las niñas nos correspondía ayudarlas en las tareas domésticas, acompañarlas al mercado, a sus visitas o a los talleres adonde iban a entregar la ropa que cosían a destajo. Al cumplir con esas tareas ascendíamos al nivel de mujercitas y, de paso, nos adiestrábamos para el momento de convertirnos en esposas.Para los niños, las vacaciones resultaban liberadoras y provechosas económicamente. Su desempeño como chícharos, mozos, dependientes, limpiavidrios en las gasolineras o cargadores en el mercado les permitía aprender un oficio, salir a la calle sin obligación de regresar a una hora determinada y obtener propinas.La mayor parte del dinero ganado se lo entregaban a sus padres. El hecho de contribuir a la manutención familiar los convertía en hombrecitos con cierto poder, derecho a mayor independencia y una posición de superioridad frente a los hermanos menores.II

Nuestras actividades temporales disminuían hacia el atardecer. La salida a comprar el pan era la aduana por donde entrábamos a nuestra porción de vacaciones. De regreso de la panadería, ante la vigilancia de las mujeres reunidas en los quicios para conversar, abandonábamos el papel de mujercitas y hombrecitos y procedíamos según nuestra edad.

Los juegos que organizábamos en los patios de las vecindades o a media calle nos daban oportunidad de imaginar, correr, desahogarnos con gritos y carcajadas que en ocasiones, debido a pleitos o mínimos accidentes, se convertían en llanto.

Si en aquellos atardeceres recobrábamos nuestra infancia, lo conseguíamos con mayor plenitud en cuanto aparecían los repartidores de volantes anunciando una nueva temporada del circo. Su nombre, Adela y Benjamín (los propietarios), indica el origen familiar de la empresa y su modestia. Sin embargo, para nosotros era algo grandioso porque significaba el encuentro con personajes oportunidad de conocer animales que de otro modo, en nuestras condiciones económicas, jamás habríamos visto en persona (según se detallaba en los volantes): un oso, un elefante y un camello.

Por su simple aspecto, cada uno de esos ejemplares nos llenaban de asombro. Después, cuando durante la función los veíamos desplegar sus habilidades, quedábamos sorprendidos de que aquellos animales respondieran con tanta gracia y precisión a la voz humana.

III

Dos o tres días antes de su debut, el circo se instalaba en un paraje solitario, de mala fama, a orillas del barrio. La carpa central, por sus dimensiones, alteraba la fisonomía de nuestro barrio de manera tan drástica, como si un castillo fabuloso hubiera surgido, por arte de magia, en medio de ruinas y despojos.

La construcción hecha de lonas, postes y cables quedaba rodeada por las jaulas de los animales y sus comederos, y a menor distancia por los alojamientos de los artistas: casas rodantes con escaleritas retráctiles, ventanas encortinadas y una puerta que, siempre de par en par, mostraba trozos de intimidad y permitía salir las voces y los olores propios de la vida doméstica.

Aunque teníamos prohibido acercarnos a las jaulas, los niños del barrio nos instalábamos en algún lugar propicio para ver, desde prudente distancia, a los animales y a los artistas, cuyos talentos se calificaban en los volantes con una sarta de adjetivos: increíble, único, deslumbrante, estremecedor…

A los curiosos nos parecía increíble que aquellos hombres y mujeres, en bata y con pantuflas, que a la vista de todos se afeitaban ante un trozo de espejo, tendían ropa en un lazo, colocaban la jarra de café sobre la hornilla o sacudían cobijas, pudieran ser las mismas personas que en las funciones harían diabluras, malabarismos y proezas, lo mismo desde las alturas que ante las fauces abiertas del león, sobre el lomo del elefante o la joroba del camello.

También dudábamos de que los animales portentosos que veíamos dormitar, revolcarse en sus jaulas o ir caminando al paso marcado por sus cuidadores fueran a convertirse en actores capaces de saltar o desplazarse al ritmo de la música.

IV

Los días previos al debut del circo eran de excitación e incertidumbre: ¿nos llevarían al circo? Para ganarnos esa dicha las niñas nos volvíamos más hacendosas y obedientes aun cuando nos encargaban deberes tan fastidiosos como pulir ollas o espulgar frijoles. Por su parte, los niños hacían méritos ante sus patrones a fin de que les permitieran salir del trabajo antes de lo habitual, con tiempo suficiente para ir al circo.

La temporada de Adela y Benjamín en nuestro barrio era muy breve. Pronto llegaba el día en que la gran carpa se desinflaba y caía en medio de un amasijo de postes y cables. Los hombres que habíamos visto como trapecistas o domadores, en mangas de camisa se asomaban a los motores de los vehículos; las mujeres guardaban cafeteras y hornillas; los cuidadores guiaban los animales hacia sus jaulas y al fin emprendían la marcha.

Alegres, agitando los brazos, los niños escoltábamos la caravana. La seguíamos a la carrera, pero conforme tomaba velocidad más y más rezagados quedábamos. Al fin nos deteníamos para ver alejarse nuestra infancia montada sobre el lomo de un oso, un elefante y un camello.

La Jornada, julio 12, 2015.
Mar de Historias
Laberinto (47)
Cristina Pacheco

Un foco desnudo ilumina el baño del restaurante. En busca de más claridad, Pamela se acerca a la ventana alta que da al callejón y lee con voz incierta: La ciudad antigua tiene por corazón un laberinto. Oye pasos. A la carrera guarda la libreta en el bolsillo de su delantal, gira hacia el lavabo y se mira en el espejo enmohecido. Se acerca y nota más profunda la arruga en su entrecejo.Interrumpe su observación al escuchar golpes en la puerta y la voz de Tere:–Pamela: dejaste a los de la mesa nueve esperando su cuenta. Están furiosos; apúrale antes de que vayan a quejarse con la patrona.–Ya voy, ya voy –responde Pamela al tiempo que guarda en la bolsa de su delantal la libretita. Sonríe al imaginar la expresión del señor Cobos cuando se la entregue y le diga que la encontró hace dos semanas bajo la mesa l4. Él la ocupa siempre por ser la más apartada del televisor perpetuamente encendido.IIEl último comensal se levanta y le pone en las manos dos billetes de veinte pesos. Pamela reconoce que es una buena propina y, sin embargo, no disminuye su antipatía hacia el desconocido que ocupó la mesa 14, que considera exclusiva del señor Cobos. No lo ha visto desde el jueves antepasado. Ese día él no le hizo plática, como en otras ocasiones, y olvidó su libretita.

Pamela siente deseos inexplicables de seguir revisándola. Con pretexto de guardar unas charolas entra en la bodega, saca el cuadernillo y sigue leyendo: En el laberinto hay demasiadas voces, tañidos, gritos, estruendos, músicas que no dejan lugar para el silencio.

–¿Qué haces, loca?

Sorprendida por Tere, sin responder, Pamela se esfuerza por ocultar la libretita en su bolsa. No lo consigue y despierta la curiosidad de su compañera.

–¿Qué tienes allí?

–Nada. Bueno, sí: una libretita que olvidó el señor Cobos.

–Lástima que no haya dejado su cartera.

–Se la habría devuelto.

–Siempre tan decentita, tan mona… –Tere observa los anaqueles y apunta los faltantes: –¿Alguna vez te has encontrado cosas? ¿No? Pues yo sí, gracias a que las monjas me obligaban a caminar mirando para abajo. Un día me hallé una cadenita de oro. Se la puse a mi Xóchitl, pero ya la perdió. Me consolé pensando en lo feliz que estaría quien la haya descubierto.

Pamela piensa en la reacción del señor Cobos cuando ella le devuelva su libreta, pero antes seguirá leyéndola. Lo poquito que ha visto le suena a confesión, a desahogo como el que a ella le gustaría escribir después de que no encuentra respuesta por parte de Joel cuando le confiesa que desearía vivir sin tantas amarguras y disfrutar un poquito de su juventud antes de convertirse en una mujer como es ahora mamá: adusta, desconfiada, ya incapaz de ternura.

III

Hace dos semanas que no visita a su madre. Pamela sabe que tendrá que hacerlo pronto, antes de que los motivos de queja se acumulen y la reciba con una interminable cadena de reproches. Hija: nunca tienes un minuto para mí. Te importa más el dichoso Joel que yo. Si te hablo por teléfono, luego luego me cuelgas. Un día de estos me encontrarás muerta, y entonces… Allá tú con tu conciencia.

–¿Y si el señor Cobos hubiera muerto? –dice Pamela sin darse cuenta de que piensa en voz alta.

–¿Qué dijiste del señor Cobos? –pregunta Tere.

–Nada. Ni he hablado –afirma Pamela.

–Te oí, chiquita, no te hagas. –Tere se vuelve y nota la turbación en el rostro de su amiga: –¿Te traes algo con el señor Cobos?

–No lo que te imaginas, pero lo aprecio mucho. Es muy amable y siempre me platica de cosas interesantes de la Historia y también de su vida. Este restorán le gusta más que otros porque está en el centro, muy cerquita de donde hizo su primaria. El día que me lo contó me emocioné mucho imaginándolo niño, con su uniforme, sus libros y sus cuadernos.

–Por cierto ¿ya viste qué hay en la libreta?

–Palabras, ¿qué otra cosa podía encontrar?

–Un billetito –dice Tere en broma y se dirige a la puerta: –Vámonos, ya es muy tarde; o qué, ¿piensas quedarte en la bodega toda la noche?

–No. Nada más mientras aparto los manteles sucios para que se los lleven tempranito a la lavandería. Nos vemos mañana.

Pamela espera a que su amiga se aleje y abre la libreta al azar: La luz del día baña el laberinto. Al descender, la claridad reconstruye paciente las viejas casas. Lo hace demorándose en cada piedra, en los manchones dejados por la lluvia, en las hornacinas con santos mutilados, en las grietas donde brotan plantas silvestres, invencibles y anónimas.

Desde el rincón que es oficina, la patrona le ordena que se apure, es hora de cerrar. Lejos de obedecer, Pamela continúa su azarosa lectura: “Por las noches, el laberinto se desvanece en la oscuridad. En su lugar quedan ecos guardianes –voces, tañidos, gritos, estruendos, músicas que no dejan lugar para el silencio.”

IV

En la calle los vendedores ambulantes desmontan sus puestos desarmables, en los quicios las fritangueras se alegran con música tropical, un anciano camina por el arrollo empujando una carrito repleto de cartones, a la entrada de una vecindad un hombre y una mujer se abrazan con frenesí que borra al mundo. Pamela se detiene en la esquina. Al ver la escena callejera en su totalidad tiene la sensación de estar leyendo otra página de la libretita que olvidó el señor Cobos.

(Dedicado a un muy querido lector que hoy no vendrá.)

La Jornada, julio 5, 2015.
Mar de historias
Privacidad (46)
Cristina Pacheco

Aunque a base de muchos sacrificios, Rosario y Martín están dispuestos a colmar el sueño de mudarse a una casa. A estas alturas requieren de mayor espacio. Sus hijos, Milton y Jasper, ya son grandecitos y no está bien que oigan… En cuanto a Niky, el perro, necesita algo más que dos metros de balcón. Cuando pueda entretenerse en un jardincito dejará de saltar al vacío. Entonces les ahorrará la angustia de salir a buscarlo y la molestia de fijar en las paredes avisos que se arriscan al sol o desprende la lluvia: Se recompensará a quien informe de…En el proyecto de la casa también han tomado en cuenta las visitas que en sus aniversarios los acompañan a festejar. Entre una cosa y otra, la sobremesa se alarga y ya muy tarde, para no enfrentarse a los peligros de la calle, los invitados aceptan quedarse a dormir. A falta de espacio, Rosario los instala en el cuarto de los niños que, de muy mala gana, aceptan replegarse a una cama. Jasper: hazte para allá. Milton: no me descobijes.De un tiempo a esta parte, en sus conversaciones Martín y Rosario se alternan para enumerar las ventajas que les traerá vivir en una casa. Otra recámara. Estudio. Un baño más. Cocina amplia. Lugar para las bicicletas. Muros sólidos que protejan su privacidad.Hace años que no la disfrutan. Las paredes de su departamento son delgadísimas. Eso les ha permitido conocer las intimidades de quienes ocupan el 205 y el 207. Su involuntaria indiscreción dejó de resultarles divertida al darse cuenta de que, bajo idénticas circunstancias, sus vecinos tenían las mismas posibilidades de escuchar desde sus conversaciones familiares hasta sus asordinados desahogos nocturnos.IIEl sueño de tener una casa domina todos sus horarios.Por las mañanas, cuando Martín la lleva en su coche al laboratorio donde trabaja, Rosario observa por la ventanilla con la esperanza de encontrar algo semejante a la casa que anhela. Por eso a Martín no le extrañó que el viernes, en plena hora pico, su mujer le dijera: Mi amor, mira aquella casita. Se renta. Sin esperarse al comentario de Martín, anotó el teléfono y el horario en que el encargado podría hacerles el recorrido del inmueble.

En cuanto llegó a la oficina, Rosario marcó el número de quien se presentó por su apellido: Bravo, a la orden. Rosario le aclaró el motivo de su llamada y le hizo una pregunta torpe: Por fuera se ve muy bonita. ¿Cómo es la casa por dentro? Bravo le respondió: ¿Qué puedo decirle? Mejor venga a verla. Negociaron. Rosario tardó en convencerlo de que los recibiera, a ella y a su esposo, el domingo.

Por la noche, cuando informó a Martín de la cita con el señor Bravo, él se enfureció: ¿El domingo? ¡Pero si hay futbol. Rosario lo dejó hablar, le dio por su lado, juró (mintió) que ella también quería ver el partido. Sin embargo, le parecía mucho más importante ir a la casa y apartarla antes de que alguien se les adelantara y les impidiera alquilar la casa perfecta para la familia. Dijo que al disponer de un espacio más amplio y privacidad se terminarían los pleitos de los niños, las escapatorias suicidas de Niky, sus discusiones matrimoniales amortiguadas con la secadora encendida y, agregó con expresión felina, el amor sin palabras.

Esos argumentos convencieron a Martín de que era prioritario visitar la casa en renta. Total, dejaría la tele programada y vería el juego diferido, aunque fuese a resultarle menos emocionante que ver, en vivo y en directo, otra derrota de la selección. Mi amor: no pongas esa cara. Estoy bromeando.

III

Desde el sábado dejaron a los niños con sus abuelos. El domingo prescindieron del baño compartido, programaron la televisión y salieron con tiempo suficiente para reunirse con su guía. Lástima que las cosas no hayan resultado como imaginaron. El señor Bravo se retrasó media hora. Sin disculparse, les hizo el recorrido de la planta baja a toda velocidad porque en el vocho estacionado afuera lo esperaban su esposa, su suegra y el hijo de nueve años que, para entretener su aburrimiento, le ponía ritmo a la mañana con el claxon.

Nerviosa, excitada, Rosario le pidió al señor Bravo que los condujera al primer piso. El hombre accedió con gesto magnánimo, pero en cuanto llegaron a la recámara principal abrió la ventana y se asomó a la calle para gritar a su familia que ya no tardaba en salir. Rosario intercambió una mirada con Martín y luego, sonriente, se dirigió al guía: Disculpe si nos tardamos un poquito. Usted comprende: antes de mudarnos aquí tenemos que ver muy bien la casa.

El señor Bravo resopló y los condujo por el resto de las habitaciones señalando sus cualidades, como si los visitantes no pudieran advertir por sí mismos la buena luz, el espacio amplio, las ventanas a la calle, las puertas corredizas de los clósets.

La casa cumplía todos los requisitos para ser habitable. Sólo faltaba un detalle: la renta. El señor Bravo se detuvo y los miró: Cinco mil. Martín hizo un gesto incrédulo y asombrado. Rosario miró al cielo como quien agradece a Dios; estaba a punto de abrazar a su informante cuando lo oyó agregar: Dólares. Cinco mil dólares. Pero si estamos en México. Aquí circulan los pesos. El razonamiento de Martín provocó la sinceridad del señor Bravo: Es lo que pienso, pero digo lo que me indica mi patrón. Sin darles oportunidad de nuevos comentarios, el guía bajó las escaleras fascinado por el concierto de claxon que, según él, anunciaba el talento musical de su hijo.

IV

Apenada por la decepción de Martín, Rosario dominó su propio desencanto y se fingió optimista. Dijo que sobraban colonias dónde buscar y miles de casas en renta; con paciencia encontrarían una espaciosa que les garantizara privacidad. Por el momento, tendrían que conformarse con la que les brinda siempre su pequeño automóvil. Le pareció mentira que en un espacio tan limitado ella y Martín hubieran podido hablar de tantas cosas y hasta hacer el amor algunas noches.

La Jornada, junio 28, 2015.

Mar de Historias
¿Padre o Papá? (45)
Cristina Pacheco

¿Qué le regalo a mi papá? me preguntaba siempre, como lo haces tú ahora, en vísperas de su día. Optar entre un libro o una loción, un sombrero o una camisa me tomaba horas, sobre todo para no coincidir con el obsequio que pensaran llevarle mis hermanos. ¿Puedes creer que aún me sucede lo mismo?Mi padre lleva muchos años de muerto y, sin embargo, por estas fechas sigo preguntándome: ¿qué le regalo a mi papá? ¿Qué puedo obsequiarle cuando lo sé desapegado y ausente para siempre? Ya nada le significan las letras, los aromas, las texturas ni hay posibilidad de que le exprese mi amor con un abrazo. ¿Entonces..?Tengo la solución: lo mejor que puedo regalarle en este día son recuerdos. Los seleccionaré como se eligen las fotografías guardadas en una maleta o en una caja y tienen en el reverso unas cuantas palabras y una fecha con que, inútilmente, pretendemos anclarlas en viejos calendarios embellecidos por el arte de Helguera.IIMuchas de esas fotografías sólo están en la memoria. Es cosa de buscarlas y ponerles también, ¿por qué no?, una inscripción en el reverso: Mi papá y yo, caminando por San Juan de Letrán. Mi padre sembrando una semilla de naranja en el jardín de San Álvaro. Mi papá en mangas de camisa y con tirantes, afeitándose ante un trozo de espejo. Mi madre, mi padre y yo, sentados en la banqueta ante una ferretería en la avenida Chabacano.Esta foto imaginaria es algo triste. Habla de la primera semana en que mi padre –recién llegado del pueblo– trabajó, sin experiencia en el ramo, en una ferretería que recuerdo inmensa, oscura, atiborrada. La obligación de pasarse allí ocho horas debe haber sido terrible para un hombre acostumbrado a trabajar la tierra a cielo abierto y sin quien le impusiera horario ni rutina.Para hacerle menos difícil la experiencia, mi madre decidió que ella y yo (a punto de ingresar a la primaria) fuéramos a visitarlo durante la media hora que le daban para comer. Foto: Mis padres y yo sentados en la banqueta comiendo tortillitas con aguacate y sal. La dicha de estar juntos se terminaba pronto. Nos despedíamos con dolor, como si mi padre fuera a permanecer mucho tiempo de viaje en un país desconocido, remoto y de habla extraña.Foto: Mi padre, en la cocina, llorando. Recuerdo la escena como si hubiera sido ayer, percibo el olor de su ebriedad y escucho la confusión de sus palabras cuando nos anunció que acababa de renunciar en la ferretería. No dio explicaciones de su acto irresponsable. Tardé en comprender que se lo había dictado la urgencia de alejarse de un techo y de un patrón.

Al poco tiempo recibimos una carta de mi abuela Deódora. En ella le aconsejaba a mi padre que se regresara a nuestro pueblo de origen. Allí podría trabajar en el campo o en la compra y venta de ganado y semillas. Él descartó la sugerencia. Foto: Mi padre y yo en la calzada México-Tacuba, camino de mi escuela el primer día de clases.

III

Casi todas las fotos familiares se han perdido. Las que guardo en la memoria son muchas y están revueltas, excepto algunas entre las que está mi preferida. Si realmente existiera mandaría imprimir una copia grande para regalársela a mi padre este domingo, aunque yo sepa que ni la letra ni los aromas ni las texturas ni mi abrazo ni las imágenes puedan significarle algo.

Foto: Mi padre, inclinado sobre mí, guía mi mano para que dibuje mi primera a en un cuaderno. La luz que ilumina la escena entra por la única ventana de un cuarto bajo hecho de adobe, oloroso a maíz y a manzanas verdes. Su redondez inspiró a mi padre para enseñarme la letra con que se escriben palabras como amor, árbol, amanecer. Con la a también se dice ausencia.

Foto: Mi padre, sonriendo desde la puerta del cuarto, observándome mientras hago una plana de A. Mi compensación por aquel logro: un barrilito de caramelo. Esa golosina fue la gratificación que mi padre me dio por haber aprendido otras dos letras: la be y la ”ce”.

Imposible imaginar cuánto tiempo le habrá tomado a mi padre hacerme comprender la diferencia entre la ce y la che, la ele y la te, la ene y la eñe. Cuando al fin lo conseguí, él me presentó el resto de las letras. Lo hizo con miramiento, como si se tratara de parientas desconocidas que habían irrumpido en nuestra casa del rancho con ánimo de permanecer allí por largo tiempo.

Lo mejor de aquella etapa de aprendizaje llegó el día en que logré componer palabras de dos o tres sílabas –mamá, papá, gato, perico– y después mi nombre. Hasta la fecha, cuando lo escribo siento la luz que inundaba aquel cuarto de adobe, de una sola ventana, y respiro el olor del maíz y las manzanas.

IV

No sé cuándo empecé a alternar el término papá con el de padre. Éste es mi preferido, pero ambos me despiertan emociones profundas muy bellas. Sus sílabas enmarcan el retrato de un hombre bajito de estatura, un poco jorobado, de frente muy amplia, nariz superlativa y ojos verde oscuro. Cerrados, para siempre dormidos, en mi recuerdo conservan la intensidad, el brillo y la alegría del momento en que mi padre me vio escribir su nombre: Antonio.

La Jornada, junio 21, 2015.

Mar de Historias
La señora de alguien (44)
Cristina pacheco

Marisa va al volante. Oye de nuevo el claxon del trailero que circula detrás de su automóvil y, sin medir las consecuencias, oprime el acelerador. Su hermana Julieta, que viaja en el asiento del copiloto, se alarma:Julieta: –¡Cuidado! Por poco chocamos.Marisa: –Es que ese tipo me pone nerviosa. ¿Qué quiere?Julieta: –Que te hagas a un lado. Oríllate y déjalo pasar.Marisa: –Los hombres siempre tienen prisa. (Maniobra hacia el carril de baja velocidad.) Échame aguas con el taxi.Julieta: –Está cubriéndote, ¿no ves?Marisa: –Traigo el coche de Gerardo y no quiero darle ni un rozón. Si lo hago, mi esposo dirá lo que me dice siempre que tengo un accidente: Por ese golpe mi coche se devaluó. El día que lo venda me darán por él una miseria. (Finge bostezar.) ¡Qué hueva!Julieta: –Por fortuna ya no tengo ese problema.Marisa: –¿Andrés no te presta el coche?

Julieta: –Ni me lo ofrece ni se lo pido, y eso que lo pagamos entre los dos.

Marisa: –Pues qué tonta. Yo que tú, le reclamaba.

Julieta: –Terminaríamos discutiendo, y no quiero. Ya bastante lo hicimos en nuestros cuatro años de matrimonio.

Marisa: –¿Tan poquito duraron casados?

Julieta: –Sí, pero sobre todo los últimos meses con Andrés me parecieron una eternidad.

Marisa: –Jamás pensé que llegarías a hablar así de tu marido.

Julieta: –Mi ex, por favorcito. (Mira hacia el edificio de la esquina.) –Ya llegamos. Sube. Te invito un café.

Marisa: –Otro día. No quiero encontrarme con Andrés y que vaya a ponerme mala cara.

Julieta –¿Por qué? Pago la mitad del alquiler, o sea que el departamento también es mío. (Consulta su reloj.) –No creo que Andrés haya llegado; pero si está, le dará gusto verte. Él te aprecia mucho.

Marisa (se estaciona): –Si me divorciara de Gerardo no podría seguir viviendo con él y tratarlo como si nunca hubiéramos sido esposos.

Julieta (abre la portezuela): –Si ganaras lo que yo y no pudieras pagar una renta tú sola, me canso que podrías. (Ve hacia el segundo piso): –No hay luz en la ventana. Te lo dije: no ha llegado. Ven, sube.

II

La sala-comedor es pequeña. Sobre la mesa de centro hay un vaso con gardenias, dos tazas y una cafetera. Marisa ocupa el sillón principal; Julieta, un taburete.

Marisa: –Veo que conservaron todos los muebles. (Se inclina.) –¡Qué lindas flores!

Julieta: –Las compró Andrés la otra noche que me invitó a la Cineteca. (Advierte la sonrisa de su hermana.) Como amigo es formidable. Como marido era terrible. ¿Otro café?

Marisa: –No, pero te acepto una galletita.

Julieta: –No tengo: desde abril estamos a dieta. Andrés ha bajado tres kilos. Con que pierda unos seis más se verá guapísimo.

Marisa: –¿No te da miedo que vaya a gustarle a otra persona y..?

Julieta: –No. Nuestro divorcio es muy reciente, pero hemos hablado mucho del tema. Sabemos que un día él quizá se enamore de otra mujer. Lo mismo puede ocurrirme a mí, ¿no crees?

Marisa: –¿Te casarías de nuevo?

Julieta: –Por el momento no. Me siento bien sola.

Marisa: –¿Estabas enamorada de Andrés cuando se casaron?

Julieta: –Lo quería, pero no lo suficiente para ser su esposa.

Marisa: –Entonces, ¿por qué accediste al matrimonio?

Julieta: –Por la presión de la familia. En todas las reuniones me decían: Marisa y tus primas ya se casaron. ¿Tú, cuándo? Mis padres, ¡ni se diga!: les urgía verme convertida en la señora de alguien.

Marisa: –Me sorprende que hayan reaccionado tan bien ante tu divorcio.

Julieta: –No creas. La otra noche mi mamá salió con que le mortifica muchísimo mi situación, porque la vida que llevo con Andrés sólo puede calificarse de amasiato. (Ríe.) Y eso que estamos en el siglo XXI…

Marisa: –¿Y qué le dijiste?

Julieta: –Primero, que entre Andrés y yo no hay relaciones íntimas; segundo, que por la situación económica de ambos nos sale mejor, más barato, vivir juntos que separados. La verdad: yo no podría sola con los gastos de una casa.

Marisa: –Mis papás lo saben y esperan que regreses a vivir con ellos.

Julieta: –Si hay algo que no quiero es ser hija de familia a los 40 años. Me divorcié de Andrés porque me trataba como si yo fuera su niñita a la que tenía que decirle cómo vestirse, a quién ver, adónde ir. ¡Me harté! Mejor dicho, nos hartamos.

Marisa: –¿Él por qué? Fuiste una buena esposa.

Julieta: –En algunos aspectos, pero en otros… No lo dejé sentir que esta era también su casa y no sólo mía. Si se le antojaba invitar a sus amigos, luego luego ¡mi carota! Si se le ocurría cambiar un mueble o comprar alguno sin consultármelo, ¡ni te cuento..! Llegué a gritarle: Haz lo que quieras en la calle o en tu coche, pero aquí yo decido. Como ves, los dos contribuimos al hartazgo y a la separación.

Marisa: –Lamento que ya no sean esposos.

Julieta: –Creo que nunca lo fuimos, en realidad; en cambio, estoy segura de que estamos aprendiendo a ser amigos.

La Jornada, junio 14, 2015.

Mar de Historias
Electora (43)
Cristina Pacheco

Los vecinos siguen hablándome de Margarita como si no supieran que ella murió. Por supuesto que están enterados, de otro modo no me darían consejos para que me resigne a la pérdida. Esas muestras de buena voluntad y de aprecio terminan siempre con la misma frase: El tiempo todo lo cura.Hasta el momento –y ya han transcurrido ocho meses de que sepultamos a Margarita– no puedo decir que me haya conformado ante una muerte que ocurrió de manera repentina, sin ninguna advertencia ni señal de que mi hermana pasaría de un descanso plácido –cosa que evidenciaba su rostro– al último sueño.Sé que algún día, sin proponérmelo, llegaré a resignarme. Por lo pronto he notado que sobre la herida que nos deja la ausencia va formándose una capita de piel nueva, delgada como telaraña. Se desgarra y sangra con frecuencia, en especial cuando no puedo escapar a ciertos pensamientos enfermizos. Sí, ya sé que no me llevarán a ninguna parte, pero no puedo evitarlos y me hago preguntas ya para siempre sin respuesta: ¿Al final sintió dolor o miedo? ¿Estuvo consciente? ¿Qué habrá soñado Margarita en su última noche? Tal vez en cuando éramos chicas y queríamos ser astronautas, viajar por el mundo o vivir a la orilla del mar.IILo conocimos ya grandes, en condiciones lamentables. No abundaré en ellas. Me atengo al consejo que leí en un periódico: Si quieres salir del agujero, no escarbes más. Lo importante es que mi hermana y yo logramos conocer el mar. Permanecimos en la playa dos días. Basta decirlo para que recuerde la luz deslumbrante, el olor a marisco y a sal; pero sobre todo la alegría de correr tras las olas y de sentirnos libres.El mar nos embrujó. Margarita y yo prometimos volver en cuanto fuera posible, pero las circunstancias postergaron la realización de nuestro sueño. El proyecto es para cuando se pueda, para después, para algún día. Transcurrieron los años, el tiempo de mi hermana se acabó y no hubo para ella algún día Ni habrá.IIIPasado el novenario que le rezamos a Margarita, una amiga suya, muy sabia en el tema de la muerte, me aconsejó que me deshiciera de todas las pertenencias de mi hermana; antes que de otras cosas, de su cama y su ropa. Si no lo haces, me dijo, vas a vivir en un infierno, pretendiendo encontrarla reflejada en su espejo o queriendo materializarla cuando descubras en alguna de sus prendas una manchita de sudor, un cabello, un rayón de labial.El consejo me pareció prudente y lo seguí hasta cierto punto. Conservo de mi hermana sus libros, sus anteojos, su pluma, la bolsa en bandolera que le encantaba y su credencial de elector. Verla me conmueve, porque allí aparecen la foto más reciente de Margarita, su nombre completo, su domicilio… En el reverso del plástico quedaron su huella digital y su firma: la misma letra saltarina con que escribía su nombre en sus cuadernos.Los tengo en un veliz junto con los míos. Esos no le sirven a nadie. Tal vez debería quemarlos. Sí, será lo mejor. No quiero que un día Mari, la señora que me ayuda en la casa, para ganar espacio en el clóset saque la maleta y se la entregue a los basureros. No merecen ese fin los cuadernos que han conservado huellas de nuestra infancia. Acepto que fue bastante difícil y, sin embargo, tuvo días maravillosos, como aquellos en que mis padres nos llevaron, a Margarita y a mí, a conocer el mar.

IV

Guardo en la cartera mi credencial de elector y la de mi hermana. Quizá lo haga para sentir que ella sigue vigente, y también para que no se me pierda. Lo lamentaría mucho, porque fue el último documento que Margarita gestionó en persona. Necesitaba una credencial nueva donde apareciera su nombre como está escrito en su acta de nacimiento: Margaritha Lavalle Ocampo. La h que aparece entre la t y la a fue error de la mecanógrafa. Primero nadie se dio cuenta; después, al reparar en él, lo tomamos como un detallito curioso y carente de importancia, sin imaginar los problemas que tendría mi hermana por causa de la letra intrusa y muda.

V

Hoy es día de elecciones. Me alegro, entre otras cosas, porque ya no me asfixiará el chaparrón de promocionales partidistas, costosísimos y estúpidos, que me hizo renunciar a oír la radio con tal de no soportarlos. También dejaré de escuchar las voces inquietas de los parientes y amigos que, sobre todo en las últimas semanas, me han llamado a todas horas para preguntarme si voy a votar y por quién.

Desde luego, iré a la casilla tempranito, cuando aún no se haya formado la cola de señoras en ropa dominguera y hombres con bermudas: la prenda más horrible del mundo. (Pienso organizar una marcha o un plantón, o las dos cosas en diferentes horarios, para exigir que se prohíba la existencia de un adefesio que no favorece a nadie, ni siquiera a Ronaldo.)

A quienes tratan de convencerme de que no vote porque en las actuales circunstancias no servirá de nada, les digo lo que tantas veces oí decir a Margarita: A las mujeres nos costó muchísimo trabajo conquistar el derecho al voto. No podemos desperdiciarlo.

Estoy segura de que Margarita repetiría ese discurso si alguien hoy, en caso de que fuese posible, intentara desviarla de la casilla. Lo que no sé es por quién votaría mi hermana. En la lista de electores aún aparecerá su nombre. Espero que lo hayan escrito bien: Margarita con hache.
La Jornada, junio 7, 2015.

Mar de Historias
Vengan por mí (42)
Cristina Pacheco

Dispongo sólo de diez minutos y aún me quedan muchas cosas por decir. No terminaré. Para sacarlas es posible que vuelva, pero no estoy seguro. La última vez que expuse me juré que no regresaría, y ya ven: aquí me tienen, un poco más delgado y tal vez más estúpido. Sé que no debí haber dicho esto. Cualquier error que cometa lo atribuirán a mi progresiva imbecilidad, en lugar de esforzarse por entender qué hay detrás de mi falla o qué pretendí comunicarles.La idea no es mía. Repito lo que me aconsejaba el doctor Arroyo. Nos veíamos dos veces por semana, de 4:45 a 5:30. Los cientos de minutos hablando con él no hicieron de mí una persona más segura entonces, cuando era empleado, y mucho menos ahora que vivo de gritar en las puertas de las tiendas las ofertas del día. En eso consiste mi chamba, para eso sirve mi buena voz.La califico de buena sin vanidad alguna. Me la heredó mi padre, pero él no lo supo. ¿Saben por qué? Porque era yo mudo. Eso lo impacientaba y lo volvía más grosero, más cruel. Es horrible decir que un padre pueda ser feroz con su hijo sólo porque el muchachito se queda callado cuando él le habla. ¿Qué iba a decirle que pudiera suavizar su mirada o la fuerza de su puño? Con su método salvaje quería hacer de mí un joven correcto y después un hombre como él. Si algo le reprocho al viejo –así lo llamo, pero murió de 57 años– es que nunca haya tenido interés por preguntarme si yo anhelaba convertirme en una persona como él –fuerte, implacable– o ser como soy.IISi me lo permiten voy a salir para hacerme un cafecito en la cocina. ¿Acaban de instalarla, verdad? La primera vez que entré no la vi. Cómo iba a hacerlo si llevaba 27 meses y cinco días sin trabajo. Dirán que 108 semanas no es demasiado tiempo, pero se vuelve una eternidad para alguien que pierde la chamba, el sueldo, el futuro y a sus viejos compañeros. Lo digo porque lo viví a lo largo de mi desempleo sin esperanzas, sin dinero y sin contacto con Toño, El Carlangas, Saúl, Hilario y El Peter.Durante años los saludé todas las mañanas junto al reloj marcador. A veces lo hacía desganado, harto de que en ese momento fuera a comenzar la rutina que ya me aburría. Nunca imaginé que iba a añorarla a lo largo de 27 meses y cacho.IIIMe tardé un poquito en volver al auditorio porque no había agua caliente para el café. La señora que insistió en preparármelo me preguntó si iba a tomarlo con azúcar o con edulcorante. Como no supe qué responderle me sonrió y me dijo que a cierta edad tenemos que cuidarnos de las calorías, el colesterol, el azúcar, la grasa y, desde luego, el café. Enseguida me hizo una confesión: Si me tomo un cafecito después de las cinco de la tarde no pego el ojo. Si hubiera tenido menos prisa, la habría corregido: los ojos. No lo hice porque ustedes me estaban esperando.La miseria nos vuelve duros, egoístas, a veces malos. Hoy lo fui. De camino acá me topé con un hombre vestido con pantalón de drill y camisa. Pensé que es la ropa con la que duerme y después sale a la calle para mendigar un pesito. Lo traía en la bolsa pero no quise regalárselo; en cambio, una señora se lo dio, pero sin mirarlo. No se lo reprocho: comprendo que nadie quiera ver el rostro de la desgracia. ¿Debería decir la cara de la desgracia? Es el tipo de cosas que me pregunto en mis noches de insomnio; pero también pienso en lo que sería de mí si no hubiera heredado la potente y bella voz de mi padre.Nunca pensé que ese don iba a salvarme del tendedero. No se rían. Cuando estaba a punto de cumplir 27 meses y pico inactivo pensé en una solución drástica para terminar con la pesadilla de saber que cada hora iba haciéndome más viejo y menos apto para que alguien me diera trabajo. En las horas amargas –o sea, en todas– imaginaba mi cuerpo colgando del tendedero como los pantalones o las camisas que lavan las mujeres. Lo hacen también los hombres en la cárcel –ya tuve el disgusto de pasarme una temporadita allí– o en las casas de medio camino.Caí en una cerca de la Plaza del Estudiante. Llegaba antes de la merienda, me iba a mi cuarto de azotea y volvía en la mañana para alcanzar desayuno: café, huevos revueltos y un pan. Ese me lo guardaba en la bolsa de la chamarra para comerlo a la hora en que otros estarían comiendo sopa, guisado, frijolitos.

Es lo que se sirve en las casas cuando la familia se encuentra en una situación apretada, pero soportable y sin lujos. Para mí llegó a ser lujo fumarme un cigarro regalado en vez de una colilla. Por el momento, mientras conserve mi voz y me ocupen en las tiendas del centro, estaré a salvo de esa experiencia.

IV

Siempre he dormido mal. Un tipo que conocí en la casa de medio camino que tenía el mismo problema me contó que, en sus buenos tiempos, al acostarse encendía la tele en cualquier canal y se quedaba dormido. No pienso seguir su consejo. Si hay algo que me entristezca es despertarme cuando en la pantalla aparecen rayones y se escucha un ruido como de papel celofán bajo las patas de los caballos.

Esa visión loca me recuerda las noches en que mi padre me mandaba a la azotea dizque por mientras… Según la forma en que se ríen veo que entienden a qué se refería el viejo con el dichoso por mientras… Pero luego él y la ñora en turno se quedaban dormidos, sin acordarse de que habían dejado a un niño a la intemperie, tiritando, muerto de miedo y sin atreverse a gritar: Vengan por mí.

A veces pienso en aquellas noches mientras canto a todo pulmón las ofertas del día. Siento que en vez de decir Llévese seis faldas al precio de cuatro, Cubeta resistente, a siete varos, Aquí los mejores taquitos estoy gritando como no pude hacerlo cuando niño: Vengan por mí.
La Jornada, mayo 31, 2015.

Mar de Historias
Marea baja (41)
Cristina Pacheco

Se le cierran los ojos. A Lucila le gustaría experimentar la misma somnolencia por las noches. Las pasa en vela, con la radio encendida al volumen más bajo, para oír un programa musical larguísimo. Al principio, cuando el locutor promete a su público siete horas de los más variados ritmos, Lucila se pregunta si aún estará viva para el momento en que toquen Marea baja, la melodía que anuncia el fin de la emisión.Entregada a la pereza matinal, Lucila decide olvidarse de la rutina diaria: pesarse, subirse a la bicicleta estacionaria, meterse bajo la regadera, enjabonarse con la mano derecha mientras que con la izquierda se aferra al tubo cromado que le evitará una caída de consecuencias dramáticas, si no es que mortales.Se abstendrá también de ir al comedor. Aún no está lista para responder a las preguntas de sus amigas. En el Complejo las noticias vuelan. A estas horas sabrán que ella está de regreso y querrán que les aclare el porqué de su tan inesperado y pronto retorno. No piensa decírselos ni tiene fuerzas para inventar un motivo aceptable. Punto. No irá al comedor.IIA las 10 de la mañana, tendida en su cama, Lucila siente la dicha infantil que la embargaba los días en que, por un leve malestar, no iba a la escuela y permanecía en casa disfrutando los cuidados de su madre. Cierra los ojos, se vuelve hacia la pared y desliza la mano bajo la almohada. Sonríe al tocar sus lentes. En los cursos de autodefensa (l7 horas, galletitas y café) le han dicho que debe tenerlos siempre al alcance, lo mismo que el timbre de alarma, el ansiolítico y las llaves.Murmura la recomendación imitando la voz de la instructora. Ese ejercicio le da plena conciencia de hallarse en el 2 B, su antiguo departamento en el Complejo Alcántara. Esta será su segunda estancia allí. Puede quedarse el tiempo que guste, recibir visitas, irse de vacaciones; pero le negarán un tercer ingreso si no informa de su partida con 30 días de anticipación.Pasó por alto ese requisito a principios de marzo, el miércoles en que le pidió a su hija Marina que fuera a recogerla porque no deseaba quedarse allí ni un minuto más, aunque eso significara perder la renta adelantada. Para no dar nuevas molestias a Marina y a Eduardo, su yerno, pensaba irse a vivir a una casa de huéspedes o un hotel modesto. (Podía permitirse esa libertad gracias a la pensión que le dejó su esposo y a la herencia de su hermana Jacinta, qepd.)Marina logró convencerla de que no lo hiciera; en cambio, no consiguió que su madre le explicara su repentina salida del Complejo. Lucila lo tenía muy claro, pero no hallaba las palabras para decirlo sin descubrir la importancia que había adquirido su amistad con Mateo.IIIEs jardinero en el Complejo Alcántara. Todo los martes se presenta a las ocho de la mañana y se va a las tres de la tarde. Cuando se la ofrecieron, Lucila no aceptó la ayuda de Mateo, pero de paso a la capilla o al comedor lo saludaba o le hacía algún comentario amable.Su trato adquirió un giro más personal cuando Lucila fue a pedirle ayuda con las azucenas rojas que había sembrado en su jardín y se le estaban marchitando. A la vista de las flores agónicas Mateo pronunció su veredicto: falta de abono y abundancia de caracoles. Lucila dijo no saber cómo solucionar el segundo problema y él se ofreció a eliminar la plaga con un insecticida de uso delicado.A partir de ese día, sin darse cuenta, empezaron a entablar una amistad ligera, bien acotada. Los temas de conversación eran mínimos: el transporte público, la inseguridad, tiempo que no alcanza, la familia. Lucila se enteró de que Mateo había perdido a su único hijo cuando el muchacho acababa de cumplir 24 años, sin colmar su sueño de convertirse en ingeniero.

Lucila habló a Mateo de su hija Marina, directora de una escuela para niños con discapacidad, y de su yerno Eduardo: subgerente en una fábrica de telas. Recién viuda, había aceptado vivir con ellos sin jamás plantearse que las cosas pudieran ser distintas. Pero una mañana, al pasar frente a una casa en renta, se había asomado al interior. Al ver la estancia amplia y alegre imaginó cómo la decoraría si fuera suya. Anhe­ló tener un espacio propio y empezó a buscarlo.

Al enterarse, Marina se sintió rechazada. Lucila le aseguró que a su lado era feliz pero necesitaba vivir sola: a sus 77 años jamás había tenido esa experiencia. Su hija le recordó los inconvenientes y peligros que podían acecharla en caso de que realizara sus planes.

Lucila prometió buscar una solución intermedia. La encontró en el periódico donde leyó el anuncio del Complejo Alcántara. Era lo ideal para ella: tendría un departamento con jardincito al frente, servicio de hotel, atención médica, posibilidades de convivir con nuevas amistades. Así fue, pero Lucila nunca se imaginó que entre ellas se encontraría el jardinero.

La relación con Mateo fue haciéndose especial. Sus conversaciones también. Él aportaba largos silencios, sonrisas, miradas, gruñidos y una que otra palabra. Lucila, en cambio, se desbordaba hablándole de sus experiencias; cuando no lo hacía era como si nada le hubiera sucedido, como si hubiese muerto antes de escuchar las últimas notas de Marea baja.

Sin querer reconocerlo, Lucila pasaba los días esperando a Mateo. La mañana de un martes se descubrió frente al espejo pintándose los labios y considerando la posibilidad de teñirse las canas. Eso bastó para que se diera cuenta de que estaba fomentando una situación absurda. Decidió terminarla. Para eludir a Mateo se hizo la enferma. Al día siguiente le pidió a Marina que la alojara en su casa.

Permaneció allí ocho semanas. La convivencia con su hija y su yerno, como siempre, fue tersa, pero Lucila pensó que no era suficiente, le faltaba algo: su espacio, su jardín, los prolongados silencios de Mateo. Ayer volvió al Complejo Alcántara. Espera, ilusionada, que pronto llegue el martes.

La Jornada, mayo 24, 2015.

Mar de Historias
Manzanas verdes (40)
Cristina Pacheco

Por casualidad, hace días pasé frente a la escuela donde cursé la primaria. Por razones que ignoro, ocupaba una mansión de cantera rosada con salones, terrazas, vitrales, escalinatas, fuentes, caballerizas, sótanos y una torre con una campana. Tenía frontón y un huerto. La adornaba un jardín lleno de árboles en cuyas ramas, hacia finales de año, se prendían jirones de neblina tenue y silenciosa como la nieve.Aquella mansión habría sobresalido en cualquier rumbo de la ciudad, pero rodeada por las colonias pobres de Azcapotzalco y Tacuba resultaba una extravagancia o, mejor dicho, un sueño que, al cabo de los años, se desvaneció bajo el peso de otra realidad.Por fortuna, la escuela sigue funcionando, pero en condiciones muy distintas. Sobre los cimientos de la antigua casona se levanta un edificio de tres pisos, cuadrado como una caja de zapatos: fierro, vidrio, escaleras sin gracia y sin misterio. Del jardín quedan dos fresnos. Sus copas disminuidas contrastan con el vigor de los troncos. (¿Permanecerán las iniciales enlazadas?) Veíamos esos árboles desde la ventana del salón de clase anhelando la hora de salir al recreo para librarnos, por treinta minutos, de la severidad de la maestra Eva.IIEra vivaz de genio, baja de estatura, escasa de pelo, rotunda, lenta al caminar. Su cuello, de tan corto, producía el efecto de que la cabeza descansaba en el tronco –detalle aprovechado por los alumnos con cierta habilidad para el dibujo y espíritu vengativo. Vestida siempre como de luto, la maestra Eva usaba zapatos bajos que, por brillantes, parecían nuevos a pesar de los tacones desgastados. Desprovista de afeites y de adornos, mi profesora olía a Palmolive.Ese aroma, mezclado con el de la madera de los lápices y el papel de nuestros cuadernos, invadía el salón de clase: techo alto, paredes salitrosas, mapas, imágenes de los héroes nacionales y carteles con dibujos que ilustraban los buenos hábitos de higiene y de alimentación. Ambos eran hasta cierto punto inútiles en colonias faltas de agua y en casas donde la dieta consistía de frijoles, lentejas, habas y, muy de vez en cuando, de las carnes, las frutas o la leche que debían tomar los niños que son el futuro de México.De eso, del futuro, nos hablaba mucho la maestra Eva, y también del poder de las palabras, y de que el conocimiento es una llave mágica que abre todas las puertas. ¿De qué más nos hablaba? De historia, geografía, personajes célebres y de nosotros. De su vida muy poco, y sólo a raíz de que le diagnosticaron una enfermedad rara.Abordó el tema la única vez en que llegó tarde. La recuerdo apoyada en el escritorio, disculpándose porque había tenido que someterse a unos análisis, de allí su demora. Luego se dirigió al pizarrón y, como era su costumbre, escribió la fecha con la caligrafía que era su orgullo. México D.F., a…IIIMás que en su aspecto desmejorado, el decaimiento de la maestra Eva se reflejaba en las miradas de los profesores, en sus cuchicheos y en sus consejos cuando recorrían la fila para comprobar que todo estuviera en orden: Pórtense bien con Eva y agradezcan que sigue viniendo a darles clases aunque esté un poco malita.En efecto, la maestra Eva jamás se ausentó. Conservó la energía para mantener el orden dentro del salón y el entusiasmo por enseñarnos. Además de abordar los temas del programa, cada día dedicaba unos minutos a deberes especiales: martes, repaso; miércoles, lectura en voz alta; jueves, práctica de memoria; viernes, conversación.Los lunes estaban dedicados a la improvisación. Después del recreo, la maestra elegía al azar a uno de nosotros a fin de que contara en 10 minutos sus experiencias durante el fin de semana. El seleccionado se ponía de pie cohibido, intimidado por las miradas burlonas de los compañeros, y observaba el techo como si allí estuviera escrito el inventario de sus actividades. Se oían risas y bostezos, pero bastaba una mirada de la maestra Eva para que volviéramos al silencio.Presionado por el tiempo, retorciéndose las manos, el orador en turno empezaba su exposición despacio, tropezándose con las palabras, hasta que al fin lograba compartirnos escenas de su vida. Al término de la exposición los oyentes debíamos hacer un resumen de lo escuchado para después leerlo en voz alta.

El ejercicio le resultaba muy útil a la maestra Eva: le permitía medir nuestro dominio del lenguaje y nuestra capacidad de interpretación, pero sobre todo conocernos y entender a qué se debía la eterna somnolencia de Mercado, el mal humor de Dávalos, el gesto temeroso de Padilla, la falta de atención de Ocampo, las ausencias de Ponce o la agresividad de Zárate: hijo de un presidiario.

Según avanzaban las semanas le perdíamos el miedo a los ejercicios de improvisación y los disfrutábamos como si fueran cuentos y no hechos reales que nos habían dejado huella, una más.

IV

Llegó el fin de año y el término de la primaria. Mis compañeros y yo pensamos en hacerle un regalo a la maestra Eva. En secreto hicimos planes y una colecta. Con el dinero reunido compramos una docena de manzanas verdes y las acomodamos en una canasta. El último día de clases la pusimos sobre el escritorio. Cuando la maestra Eva descubrió el obsequio sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no dijo nada. Su silencio era una forma de decirnos que entendía el mensaje y nuestro esfuerzo.

Sonó la campana. En desorden, nos dirigimos a la puerta. Desde allí alcancé a ver a mi profesora guardando sus papeles en su enorme bolsa negra y luego encaminarse hacia el pizarrón para borrar la fecha que había escrito aquel día: México D.F., a…

Siempre experimenté gran cariño hacia la maestra Eva. Me juré que volvería a visitarla. Nunca lo hice. Cubrí esa deuda la otra mañana, cuando de casualidad pasé frente a mi primaria y vi los únicos dos fresnos restantes de aquel jardín que embelleció mis días de escuela.
La Jornada, mayo 17, 2015.

Mar de Historias
Ella y nadie más (39)
Cristina Pacheco

Apartir de este año mi madre será para siempre menor que yo. Siento que conforme yo avance en el tiempo –o él avance sobre mí– ella se quedará detenida en una fecha, mirándome alejarme, agitando la mano para decirme adiós. Nuestros papeles están cambiados. Me pregunto si, de ahora en adelante, eso me autoriza a peinarle el cabello con gotas de limón, a ordenarle no comas con la boca abierta, no oigas las conversaciones de las personas mayores, se dice con permiso y por favor.Las ocasiones en que me dejaba para ir al encuentro de mi padre me decía: Antes de que me vaya ¿no vas a regalarme una sonrisa, un abrazo siquiera? Por venganza, dolida por la separación, cuyos motivos yo era entonces incapaz de comprender, lejos de obsequiarle las caricias que me pedía me daba vuelta para entrar en la casa a toda prisa, como si en aquel momento mi mayor deseo fuese alejarme de ella, de su aroma, de su dulce tibieza.Después, cuando su ausencia era ya irremediable –ni sus pasos, ni su sombra en la casa– me oprimían la culpa y el arrepentimiento. Para desterrarlos alentaba la esperanza de que sucediera un imposible: que el tiempo retrocediese hasta el momento en que ella me había dicho: Antes de que me vaya ¿no vas a regalarme una sonrisa, un abrazo siquiera? Necesitaba de ese milagro –la vuelta atrás del tiempo– para enmendar mi error, para dejarla ir tranquila con mi abrazo entibiando su piel, reconfortada por mi sonrisa y satisfecha de mis promesas: Voy a portarme bien, a decir por favor y a estar contenta.En esas circunstancias ficticias estoy segura de que ella me habría dicho: ¿Qué quieres que te traiga: una muñeca, un juego de té? Para una niña de siete años ambas cosas eran codiciables, pero ante la inminencia de la separación los juguetes perdían su encanto porque yo sólo deseaba un obsequio: el pronto regreso de mi madre para seguir escuchando sus historias.IISigo hablando de Gracia, mi madre. Ella es quien desde este momento será, por el resto de mi vida, un año menor que yo. Bajo las nuevas circunstancias, me corresponde darle consejos, preguntarle qué quiere que le traiga de regalo cuando salga de viaje y, a mi regreso, alegrarla contándole historias. Lástima que carezca de la habilidad con que ella inventaba las suyas: una para cada circunstancia, siempre nuevas, recién salidas de su talento inagotable.Cada que voy al cementerio a visitarla tengo la sensación de que su tumba se ha empequeñecido, como si se tratara de un cuerpo que envejece, y que allí no pueden caber mi madre y todos los personajes que inventó. Tenían antepasados, nombre, facciones y, desde luego, señas particulares: un lunar, una cicatriz, la forma de los labios, la mirada.Más me intrigan los personajes que no alcanzaron el nivel de las palabras con que mi madre pudo haberles dado vida. ¿Dónde quedaron? Si duermen, ¿cómo soportan el encierro sin esperanzas de abandonarlo alguna vez? No lo sé, y es ocioso que me lo pregunte. Pero tengo que hacer algo con la idea de toda esa gente compartiendo la tumba. Juro que no lo invento: se ha empequeñecido. Quizás también lo advierta ella, quiero decir, mi madre.IIISiempre hablo de ella. A veces abiertamente, pero hay ocasiones en que la disfrazo, le cambio el color del cabello, la ropa, el porte, la estatura, el tamaño de su sombra y el nombre. Unas veces la llamo Josefina y otras Teresa o Emma o Azucena o Victoria. Desde esa falsa identidad piensa, lucha, trabaja y en sus raros momentos de descanso me llama con diminutivos cariñosos que nadie más que yo conoce.Esas expresiones exclusivas me aseguran de que bajo el disfraz y la nueva identidad –Josefina, Teresa, Emma, Azucena, Victoria– está ella maravillándose de todo, enamorada de mi padre hasta los huesos, bella con sus aretes de filigrana, siempre dispuesta a inventarme historias.Nunca se me ocurrió llevar la cuenta, pero sé que fueron muchísimas. De la mayoría sólo recuerdo escenas. Procuro reproducirlas en detalle, las cambio de lugar, las revuelvo como si se tratara de pedazos de vidrio en un caleidoscopio. No es mucho lo que consigo, pero eso tiene que bastarme para hacer menos gravoso el ya prolongado silencio de mi madre.Entre toda esa pedacería de evocaciones se salvaron dos relatos muy breves. Siempre me prometo escribirlos. Cuando al fin me decida lo haré con un lápiz amarillo, en un cuaderno rayado y sentada ante la mesa de la cocina para redactar con mi mejor letra lo que me dicte mi madre desde más lejos que el recuerdo.Para llevar a cabo ese ejercicio necesitaré oír su voz. Si no lo consigo tendré que inventársela. Hago lo mismo con los personajes en que la convierto cuando necesito hablar de ella y de nadie más. Al decir esto –ella y nadie más– es claro que estoy refiriéndome a Gracia, mi madre.

La Jornada, mayo 10, 2015
Mar de Historias
Menudita (38)
Cristina Pacheco

Me sorprendió ver en el mostrador de la pastelería a un hombre y no a la empleada que siempre me atiende. ¿Y la señora?, pregunté asentando la charola de canapés junto a la báscula. ¿Cuál?, me respondió Eloy, según leí en su gafete. La que siempre está aquí. ¿La cambiaron de turno o qué?A lo mejor, pero no estoy seguro. Más bien creo que haya ido al curso de actualización con las demás compañeras. No las conozco a todas pero si me dice cómo se llama la empleada a la que busca… Aclaré: No la busco. Lleva tiempo atendiéndome y ya me acostumbré a su estilo: es muy amable. ¿Y yo no?, reclamó Eloy en tono agrio. No hice aclaraciones y el hombre malinterpretó mi silencio: En junio cumpliré veinte años en la panificadora. Dígame si no sabré atender a la clientela. ¿Le pongo sus canapés en caja o en charola?. En caja, por favor.Mi fría amabilidad le provocó a Eloy una sonrisa: De modo que no sabe el nombre de la empleada que la ha atendido durante… ¿cuánto tiempo me dijo? No sé, meses, desde que vengo a aquí. Por cierto, yo nunca lo había visto. Trabajo en la matriz, que está en Virreyes. Vine como suplente por dos o tres días. La próxima vez que usted venga encontrará al personal de siempre. Me alegró saber que el vinagrillo iba a esfumarse. Eloy sacó un pliego de papel encerado y, sin mirarme, hizo una reflexión: “ Mi padre decía: la actividad del comerciante es muy noble, pero casi todos los clientes son ingratos: jamás te agradecen nada ni les importas, lo único que les interesa es que los sirvas”.El injusto comentario, franca indirecta, me disgustó. Necesitaba los canapés para la mañana siguiente, de otro modo habría cedido al impulso de alejarme y así acabar con aquella situación absurda, pero me concreté a decir: Tengo prisa. ¿Quién no?, me atajó Eloy y se puso a distribuir los bocadillos en un contenedor de plástico. Al verme dispuesta a levantarlo me hizo una advertencia: Llévelo con cuidado para que no se le revuelvan los canapés. Ya lo sé, no se preocupe, Eloy.Mi afirmación lo remitió al principio de nuestro lamentable intercambio: ¿Todavía no recuerda el nombre de la empleada que la atiende siempre? Negué con la cabeza. Por lo menos dígame cómo es, a lo mejor sí la conozco. Respondí lo primero que se me vino a la cabeza: Menudita y me dirigí a la caja.IIPude haber aportado otros detalles que le facilitaran a Eloy la identificación de mi empleada favorita, por ejemplo, que usa chongo, le faltan dientes, sus ojos siempre están abotagados, no se pone colorete ni maquillaje, pero en cambio sombrea sus párpados con tonos disco: azul rey, dorado, verde esmeralda, gris plata. Se ve que aplica el cosmético de prisa porque hay veces en que le llega hasta la sien.Mientras no sepa su nombre llamaré Menudita a la dependienta de la pastelería. La primera vez que me atendió quedé anonadada ante sus párpados teñidos de rojo y cobre. Vi que no era la única sorprendida cuando escuché la burla inocente de su compañera: Amiga, pintada así, pareces conejo. Pero estoy a la moda, respondió Menudita, que luego me tomó por su aval: ¿Verdad que una mujer debe estar a la moda. Le di la razón y le pregunté si no era difícil aplicarse dos sombras. No mucho, y eso que seguido nos falta la luz en su pobre casa.Con expresión infantil, Menudita empezó a envolver los pastelitos y siguió hablando: No tener luz me atrasa, pero no tanto como la falta de agua. Cuando oigo que cae en el tinaco me levanto, aunque sea de madrugada, para llenar dos o tres cubetas antes de que mis vecinos se la acaben. Con el trajín espanto al sueño y en vez de regresar a la cama me doy mi bañadita y me arreglo para no llegar tarde aquí.Le pregunté a qué horas necesitaba presentarse en la pastelería. A las siete. Está bien, lo malo es que de su pobre casa hasta acá hago dos horas, o sea, que a las cuatro y cacho ya estoy en el paradero y abusada para que no vaya a sorprenderme una rata de dos patas. Imaginar a Menudita arrostrando todas esas dificultades sin renunciar a su interés por los dictados de la moda me provocó admiración y respeto.IIILa siguiente vez que fui a la pastelería encontré a Menudita con un párpado vuelto un arco iris y el otro protegido con un esparadrapo. Antes de que le preguntara qué le había sucedido, me lo dijo: “Me caí. Por tonta, se me ocurrió salir a la azotehuela a oscuras y me tropecé con la tina donde blanqueo la ropa y por allá fui a dar. Con el ruidazo los perros se alborotaron, los vecinos se enfurecieron y cuando entré en la casa Paco me regañó porque, según él, nunca respeto su sueño. Le dije No fue a propósito: me caí. ¿Usté cree que se levantó a ver qué me había pasado? ¡No! Siguió durmiendo como un bebé”.Menudita se aseguró de que nadie la oía y siguió informándome: Cuando llegué aquí con el ojo moro mis compañeras pensaron que mi viejo me había puesto una chinga. Les dije la verdad pero no me creyeron. Lo que sea de cada quien: Paco tiene su carácter y es flojillo pero no me salió pegalón.Me tranquilicé al saber que Menudita había recibido cuidados médicos: “En la farmacia el doctor Ricardo me puso este parche para que no se me infecte la heridita. Sigue hinchada y me duele; pero no me quejo: pudo haberme ido peor. Emma, por ejemplo, también se fue de boca sobre un lavabo. Le quedó una cicatriz bien fea en el mero cachete; en cambio a mí, sólo la hinchazón. Por eso siempre digo: ‘Dios te quiere, chaparrita, ¿qué más puedes pedir?’”Gracias a nuestras breves conversaciones he ido conociendo la historia de Menudita; sus andanzas como vendedora de moldes, tortera, encargada del guardarropa en un salón de baile, cobradora en unos sanitarios, niñera, hasta que al fin llegó a la pastelería.

La variedad de tonos que usa Menudita en sus párpados cambia al ritmo de la moda y es tan amplia como las dificultades y retos que enfrenta a diario sin perder el optimismo, el amor a la vida y la sonrisa: auténtico milagro.
La jornada, Mayo 3, 2015.

Mar de Historias
Niños (37)
Cristina Pacheco

De cariño le decíamos Panchis. Durante los años en que fuimos condiscípulas, sus apellidos la destinaron a ser la número 39, última en la lista de la clase: Zambrano Torres Francisca. ¡Presente!Panchis fue la benjamina y única mujer entre los l7 hijos que su madre trajo al mundo. Excepto el primogénito, Antonio, todos esos niños vieron la luz por breves tiempo: meses, días y, en ocasiones, sólo unas horas: suficientes para que el fotógrafo captara el momento en que eran bautizados.La aplicación del sacramento disminuía en los padres el dolor de la pérdida. Les aseguraba que sus hijos muertos tendrían la identidad necesaria para no perderse entre el inmenso coro de angelitos destinados a cantar hasta el fin de los tiempos las glorias del Señor.Esos detalles son parte de la historia que Panchis nos contó un viernes de mi infancia en que, por fallas en el equipo de sonido, la celebración del Día del Niño se pospuso una hora. En todo ese tiempo, según indicaciones de la maestra Lucila, coordinadora de todos los festivales, tuvimos que permanecer en el salón para no disminuir el efecto sorpresa que nuestros disfraces –hechos en la escuela, con muy pocos recursos y en secreto– debían causar al público.Ataviados de mariposas, flores, árboles, pájaros, catarinas, abejas, los elegidos para actuar nos asomábamos por las ventanas para ver hacia el patio donde, bajo un toldo hechizo, se congregaban abuelos, padres, tíos y hermanos mayores. Expectantes y sudorosos, con las cámaras listas, esperaban el momento de captar nuestra participación en un programa integrado por discursos, recitaciones, cuadros plásticos, bailables, monólogos.Cada número estaba salpicado de revoloteos, trinos, zumbidos. Acompasar los rumores de la naturaleza significó horas de ensayo ante la implacable vigilancia de la maestra Lucila. Vestida siempre de azul-porcelana, tenía en la mejilla derecha un lunar prominente coronado por vellos rubios y gruesos como cerdas. Su simple vista nos hacía reír y nos despertaba un talento maligno.IIA juzgar por los aplausos, el festival resultó un éxito. Los participantes, con las antenas gachas, los caparazones rotos o desplumados, sonreímos a diestra y siniestra ante las cámaras. Las imágenes retenidas en aquel momento nos llenaron de orgullo y ansias por verlas reveladas.Años después, mirarlas en familia o entre amigos –lo digo por mí– eran motivo de terrible incomodidad. Me recuerdo exigiendo la destrucción de la foto en la que, disfrazada de catarina, sigo pensando que me veía espantosa. Mis padres nunca escucharon mi súplica. Sabían que con el tiempo esa foto iba a ser invaluable para mí.Lo es. Cuando la veo me esfuerzo por recordar los nombres y apellidos de los compañeros que participaron en el Canto a la Primavera. (¡Un aplauso fuerte para el 4o. C!) Disfruto una sensación de triunfo cuando logro reconstruir la lista hasta llegar a Panchis.Zambrano Torres Francisca. ¡Presente! Está en el ángulo inferior en la foto. Su vestido de tul, sus alas de mariposa cuajadas de diamantina, sus labios rojos, contrastan con su expresión desolada. Tal vez se haya debido a que en el momento de posar aún recordaba la historia que nos había contado durante la hora que permanecimos aislados en un salón de clase, esperando el comienzo de nuestro festival del Día del Niño.IIIQue Panchis nos hubiera revelado ser la última de l7 hermanos nos llenó de asombro, dio pie a comentarios y despertó una curiosidad nunca sentida hacia la compañera que ocupaba el último lugar de la lista. ¿A qué edad se casaron tus papás? ¿Qué se siente haber tenido tantos hermanos? ¿Cuántos viven? En serio ¿fuiste la única mujer?Panchis respondió a todo con paciencia y una precisión que aún me sorprende. Sus padres se casaron a las siete de la mañana en la parroquia de su pueblo, cuando él, Joaquín, tenía 20 años, y ella, Dolores, l6. La luna de miel fue el principio del largo tiempo que la pareja se quedó en la casa paterna. De allí salía para vivir, de lunes a sábado, en el rancho del que Joaquín quedó encargado a la muerte de su padre.El primer hijo nació al año de matrimonio. Llevaba el nombre de Antonio. Cumplidos los l7 años escuchó el primer llanto de Francisca y vivió lo suficiente para desplegar ante ella muestras de cariño y autoridad de hermano mayor.En el tiempo que mediaba entre Antonio y Francisca fueron naciendo, con puntualidad anual, niños que sobrevivían muy escasamente. Panchis nos dijo sus nombres y las cortas edades que habían cumplido. Lo hizo como si estuviera repitiendo una lección. No me extraña: su madre insistía en hablarle de todo eso, una y otra vez, los domingos consagrados a acariciar la ropita y los mechones que les había cortado a sus niños antes de amortajarlos.

IV

Procuré reconstruir la historia tal como Panchis nos la contó, pero no descarto la posibilidad de haber omitido muchos detalles. En cambio recuerdo con absoluta claridad la expresión de Panchis cuando dijo: Me gustaría que mi mamá me acariciara como lo hace con la ropa o el cabello de mis hermanos. Ella dice que no están muertos, que son ángeles. Algo en el tono de Francis, que tampoco olvido, delataba su anhelo de morir y así conquistar las expresiones amorosas de su madre.

Ignoro si Panchis aún vive y si conserva la foto que nos tomaron aquel lejano Día del Niño. De ser así, espero que recuerde los nombres de quienes posamos junto a ella. Yo no he olvidado el suyo: Zambrano Torres Francisca. ¡Presente!

La Jornada, abril 26, 2015.
Mar de Historias
Linda y sus hombres (36)
Cristina pacheco
En las últimas semanas noté que Linda miraba constantemente el reloj y que a las siete en punto se salía de la óptica disparada, muchas veces hasta sin despedirse de nosotras. Ese comportamiento me extrañó. Que yo sepa, Linda no tiene otro empleo. No necesita llegar rápido a su casa para guisarle al marido, corregir las tareas de sus hijos, atender a los padres o sacar al perro. Linda es soltera, no tiene hijos, sus padres viven en Puebla y en su casa no hay quien le ladre. Entonces, ¿para qué tanta prisa?
Imposible saberlo, pero algo me dijo que ese apresuramiento estaba relacionado con otro cambio en la actitud de Linda: ella, tan seria y tan apagada, de pronto empezó a verse luminosa, jovial; reía a solas o miraba a la distancia en actitud soñadora. Atando cabos, saqué conclusiones: “Linda sale con alguien. No me lo ha dicho porque le da vergüenza, a los 43 años, andar ilusionada como una adolescente; quizá tema que la critique o que les vaya con el cuento a nuestras compañeras”.
Jamás lo haría. Conozco a Verónica y a Esther: son tremendas cuando se proponen divertirse a costa de alguien, y más tratándose de Linda. Siempre la han considerado una persona rara y no le perdonan que jamás les haya hecho confesiones. A mí tampoco, y eso que somos bastante amigas. Entiendo que antes no tuviera nada qué contarme. Ahora sí: lo del novio. ¿Y si fuera otra cosa lo que la había hecho cambiar? Sólo me quedaba una forma de saberlo: preguntándoselo. Pero, ¿en dónde? En la óptica, imposible. El taller donde hacemos las reparaciones es un dedal y todo se oye. ¿En el baño? ¡Perfecto!
IILa oportunidad de hablar con Linda se me presentó esa misma tarde. Faltaban unos minutos para la salida cuando nos encontramos en el baño. Me dijo que el pedido de cristales venía retrasado. No me interesé en el problema: sólo buscaba la forma discreta de abordar el asunto del galán. Linda empezó a cepillarse. Le recomendé que lo hiciera despacio para no maltratarse el cabello. “No quiero que se me haga tarde”, respondió mirándome por el espejo. “¿Tienes cita con alguien?”, pregunte. “¿Cómo quién?” “Un hombre. ¿Me equivoco?” Linda metió el cepillo en la bolsita de los cosméticos y sin darme la cara respondió: “Sí. te equivocas. No estoy citada con uno, sino con varios”, y se fue dejándome con la boca abierta.
Lo bueno es que pude apoyarme en el lavabo, porque si no me habría caído a causa de la sorpresa y el temblor de piernas. No era para menos: “Linda la buena” –como le dicen en la óptica– acababa de confesarme lo que nunca imaginé: su relación con varios hombres. ¿Cuántos? ¿A qué horas? ¿Uno para cada día de la semana? En ese momento apareció Verónica en el baño. No sé qué cara me habrá visto, porque dijo “perdón” y salió dando un portazo.
En el trayecto a mi casa no dejé de pensar en la revelación de Linda. Sentí ganas de llamarle por mi celular y hacerle algunas preguntitas, pero no me atreví. No era correcto interrumpirla a la hora en que estaba acompañada de… ¿quién? Mejor dicho, ¿de cuántos? Preferí no buscar la respuesta. La cara me ardía.
III
A partir de su confesión, Linda se convirtió en un misterio para mí. Aunque me propusiera no hacerlo, la estudiaba, quería descubrir cuál era su secreto para atraer a tantos enamorados. Adivinar sus nombres, sus edades, sus facciones, el tipo de atenciones que tendrían con ella se me convirtió en un juego excitante que aligeraba mis horas de trabajo. En una palabra, Linda me compartía, sin saberlo, algo de la felicidad que le proporcionaban esos hombres. ¿Cuántos?
De pronto, un lunes, todo volvió a cambiar: ni una sola vez descubrí a Linda mirando el reloj y muchos menos sonriendo con expresión arrobada. A la hora de la salida, cuando ya nuestra compañeras se habían ido, guardó sus materiales con calma y se quitó los zapatos para sobarse los pies. “Se nos está haciendo tarde”, le dije. Levantó los hombros con indiferencia y siguió concentrada en su tarea.
El comportamiento de Linda me llevó a una conclusión dramática: sus hombres la habían abandonado. ¿Por qué? Fuera cual fuera el motivo, de seguro ella querría desahogarse. Le propuse que nos fuéramos juntas hasta la estación del Metro. “Si quieres”, dijo bostezando y alisándose el cabello.
Caminamos sin prisa. Hablamos de un cliente que usa armazones de oro. “Un día de estos, Dios no lo quiera, un desgraciado lo asaltará para robarle los lentes”, dije. “¿Crees que no lo sabe? Pero con tal de sentirse especial, se arriesga”, comentó.
Pasamos frente al café de chinos y Linda me invitó a cenar. Era mi oportunidad de inducirla al desahogo: “¿No te están esperando?”, pregunté en voz baja. “¿Quiénes?” “Algunos de tus hombres”. “¿Cuáles?” “Los que tienes. Tú misma me lo dijiste en el baño. No vayas a salirme con que no te acuerdas”.
Estremecida de risa, Linda entró en el café. En la única mesa desocupada siguió riéndose. Temí que estuviera burlándose de mí. Lo negó con la cabeza y cuando al fin pudo controlarse me explicó el motivo de sus carcajadas: “Mis hombres, como tú los llamas, son los actores que aparecen en una serie de tele buenísima. Desde que mi vecina me la recomendó no me he perdido un solo capítulo. Me gusta verlos desde el comienzo, por eso habrás notado que salgo a la carrera de la óptica”.
Le comenté a Linda que no entendía su entusiasmo y me guiñó el ojo: “Porque no has visto mi serie. Todo pasa en unos castillos y unos bosques hermosísimos, pero no tanto como los actores: son guapérrimos, fuertes, valientes, atrevidos, se encueran y lo hacen a la menor provocación en cualquier parte. (Suspiró) Lástima que la serie haya terminado el viernes. Sentí tan horrible como el día en que Octavio me dejó. Él no volverá. Mis galanes de la tele, sí; en la nueva temporada”.
No hallé qué decir. Linda creyó que mi silencio reprochaba su entusiasmo y me hizo otra confesión: “Ay, amiga, si estuvieras tan sola como yo…”
La Jornada, abril 19, 2015.
Mar de Historias
Solo una sombra (35)
Cristina pacheco
La conferencia empezó 30 minutos después de lo anunciado y concluyó media hora tarde de lo previsto. A los aplausos por la magnífica disertación del doctor Paniagua acerca de las afinidades entre música y arquitectura siguió el rumor de pasos, el consabido intercambio de opiniones y de señas particulares. Formidable, ¿no? Perdí tu teléfono, dámelo otra vez. Espero que nos veamos muy pronto. Decir pronto en una ciudad donde todo se vuelve remoto e imposible, las promesas de futuros encuentros están condenadas a extraviarse en el calendario.
Alguien a la salida del auditorio me preguntó si tenía coche. Lo dejé en el estacionamiento de la otra esquina, contesté apresurada, sin ganas de dar pie a un ofrecimiento. Quería caminar sola, demostrarme que, pese a innumerables opiniones en contra, sigue siendo una experiencia maravillosa recorrer las calles antiguas. Aunque sembradas con bolsas negras repletas de basura, convertidas en estancia nocturna de menesterosos y borrachos, conservan su majestuosidad y un misterio fascinante.Me propuse caminar hasta el viejo hotel donde, como en otras ocasiones, pediría un taxi. El portero, un anciano de casaca gris de quien aún ignoro el nombre, se aprestó a facilitarme el servicio en unos minutitos. Calculé que serían por lo menos diez, tiempo apenas suficiente para deleitarme con la traza de la calle y el perfil de las cúpulas recortadas contra la oscuridad.Escuché un claxon, un coche se detuvo frente a mí y enseguida apareció en la ventanilla una cara sonriente: Sube, te llevo. Me dio gusto reconocer a Esteban Lira. Acepté su invitación porque el taxi ya se había retrasado mucho, pero sobre todo por el gusto de conversar con mi antiguo vecino en la Del Valle. Cuando se cambió con su familia a Echegaray siguió frecuentando los viejos rumbos hasta que al fin desapareció.IIEn diciembre, después de años de no vernos, Esteban y yo coincidimos en una tienda de discos. Me dio mucho gusto el encuentro y comprobar que, pese a la calvicie incipiente y los kilos de más, Esteban conserva la expresión afable, aniñada, que a los ojos de mis padres lo volvían un muchacho confiable.Durante nuestra breve charla entre dependientas agobiadas y compradores ansiosos, Esteban hizo gala de su buena memoria recordando nuestra época en la Del Valle, las tardes que pasamos tomado café soluble en la farmacia Potosina y los planes locos que hacíamos para nuestro futuro. Los evocó sin nostalgia: no había logrado convertirse en político, pero le iba muy bien con la fábrica de ropa.Esta noche, cuando nos rencontramos, abordó otra vez el tema de nuestra época adolescente, pero centrándose en las sorpresas que nos tiene reservadas la vida. Le di la razón. Cuando nos refugiábamos en la Potosina jamás imaginé que al cabo del tiempo vería a Esteban casado con una mujer ocho años mayor que él y convertido en empresario. Supongo que entonces él tampoco adivinó el futuro que me esperaba: proyectista en un despacho de arquitectos.IIIEl semáforo nos marcó el alto. De pronto, como desprendido de las piedras, apareció un hombre que sin ser jorobado, lo parecía. Detenido junto a mi ventanilla, con la cabeza algo inclinada, agitó el papel blanco que llevaba en la mano temblorosa. No te asustes. Quiere dinero, murmuró Esteban.El suplicante insistió con tal urgencia que bajé el vidrio decidida a entregarle la mitad de mi capital: cien pesos. En el momento en que tomó el billete alcancé a ver en su cara el lunar rojo que abarcaba su mejilla derecha y volvía inconfundible a Mireles, mi compañero de la preparatoria, célebre por su estilo al declamar y motivo de burlas por su sueño: convertirse en un gran actor.Él también me reconoció. Noté en sus ojos el destello de la sorpresa y en sus labios dibujada la primera sílaba de mi nombre. No lo pronunció. La luz del semáforo nos dio el paso y Esteban aceleró: No debiste darle nada. Traía una receta. Necesitaba dinero para una medicina, afirmé.Esteban se rió: Ese tipo es un vivales. Me lo he encontrado por aquí en varias ocasiones y siempre con la misma receta. La primera vez que me la enseñó yo venía con mi esposa. Maggy le regaló 50 pesos después de que él le dijo casi llorando que le urgía dinero para las medicinas de su bebé enfermo. La segunda ocasión en que me topé con él me hizo el mismo numerito, pero cambiando su relación con el enfermo: era su suegra quien requería una operación urgente en una pierna.Estaba desconcertada, sin saber qué decir. Dejé que Esteban siguiera hablando: lamentó que los mexicanos emplearan su talento en inventar trucos para sorprender a la gente en vez de usarlos en algo creativo, y me puso un ejemplo: Ese tipo, el de la receta, por la forma en que monta su numerito, se ve que podía haber sido un gran actor.Esteban no advirtió mi sonrisa. Dueño del terreno, se refirió a su reciente viaje a Tokio, donde jamás había visto una colilla tirada, ni bolsas de basura a media calle y mucho menos timadores como el que acababa de estafarme con su recetita y su cara de sufrimiento. Por mi silencio, Esteban creyó que ponía en dudas sus palabras: Estuviste a punto de llorar y le diste el dinero.Imposible negar los hechos y acabé riéndome de mi ingenuidad. Esteban siguió hablando, pero no le puse atención. Cuando llegamos a mi casa dijo que muy pronto me invitaría a la suya para que conociera a Maggy.IVNo descarto la posibilidad de toparme otra vez con Mireles. Esteban me dijo que aparece en los cruceros del centro, siempre de noche y con el mismo cuento del enfermo. De ser así tendré que aceptar que mi amigo –por razones que imagino– se ha sumado al grupo de los sinvergüenzas que atestan la ciudad, pero también a otro minoritario: el de los grandes actores.
La Jornada, abril 12, 2015.
Mar de Historias
Plagas (34)
Cristina Pacheco 

Falta la semana de Pascua. Durante siete días más tendré que soportar las malas caras y las indirectas de mi esposo y de mis hijos. Aún no me perdonan que, por ingenua, los haya privado de las vacaciones. Las planeamos con meses de anticipación, como si fuéramos a viajar a África y no a San Luis Potosí.Empezamos por lo más importante: la seguridad. Para ahuyentar a los ladrones decidimos que, en vez de mantener las luces y la radio encendidas, como en otras ocasiones, le pediríamos a Socorro, la vecina, que durante nuestra ausencia le echara un ojito a la casa. Para agradecérselo, prometí traerle unas marquetas de queso de tuna. La sola mención de ese delicioso postre le arrancó lágrimas, porque le recordaba un amor lejano (supongo que también perdido.)Conforme se acercaban las vacaciones tuvimos en familia el consabido intercambio de advertencias: si te pones a manejar como loco, prometo que me bajo del coche y me regreso en camión. No se te vaya ocurrir invitar a tus sobrinitos. ¡No los soporto! Recuerden: no podremos comprarles todo lo que se les antoje. Decirles eso a mis hijos fue horrible, pero indispensable. Con un presupuesto apenas suficiente para una semana de paseo, debían quedar fuera de programa antojos y caprichos.IIAunque saldríamos el jueves de madrugada, el lunes de esta semana fui al banco y saqué el dinero para las vacaciones. Por gratas que puedan ser, dejar mi casa –aunque sea por breve tiempo– me agobia. Apenas comienza el viaje ya extraño el cuarto donde trabajo, mi patio y hasta los árboles que tengo en la calle: cuatro fresnos ante la fachada y un pirul junto al garaje.Desde que lo sembré, mi cuñada Eloísa me advirtió que ese árbol iba a darme problemas: se plagan con facilidad y sus raíces se extienden mucho; hasta pueden tirarte la casa. Pensé que exageraba. El lunes, al poco rato de volver del banco, le di a Eloísa la razón y a un aparente funcionario público casi todo el dinero ahorrado para las vacaciones familiares.IIIReconozco que a las primeras confié en el funcionario. Pero, cómo no hacerlo ante el hombre que se me presentó a plena luz del día, tranquilo, uniformado, con un metro retráctil en la mano derecha y en la izquierda un documento que lo autorizaba a preguntarme si era yo la señora de la casa y a pedir mi colaboración:–Aquí tengo una solicitud de servicio para remover su pirul. Venga por favor. –El funcionario señaló hacia el sentenciado: –Vea cómo este árbol ya rompió el pavimento y se metió debajo de su casa. Si no procedemos, en muy poco tiempo afectará severamente su predio.Vivimos en estado de alarma permanente. En segundos imaginé lo que sería volver de las vacaciones y encontrar mi casa convertida en un montón de escombros estrangulados por las raíces de mi pirul.–¿Qué me aconseja? –pregunté.–Sacarlo de inmediato. Conservarlo es peligroso y no tiene caso: está lleno de plaga. –Golpeó el tronco: –¿A poco no se había dado cuenta?–No. –Contemplé las ramas desmechadas: –Lleva años con nosotros, ¿cómo voy a arrancarlo?–Para eso estamos nosotros, los integrantes de la Cuadrilla Tres. –Se acercó al arroyo: –Mis compañeros andan por aquí cerca. Si acepta la remoción, los llamo para que se traigan la motosierra y empecemos a trabajar de una vez.–No quiero ver cuando arranquen el árbol. ¿Tardarán mucho en hacerlo?–No, pero le costará 2 mil 800 pesos, más aparte lo de la reconstrucción de la banqueta. Vamos a tener que romperla. –No se valió del metro. –Calculo que mide como 38 metros, a razón de 100 pesos por cada uno le saldrá en 3 mil 800 pesos. En total tiene que pagarnos 6 mil 600 en efectivo, porque no se aceptan cheques.–¿Y los materiales?–No se preocupe: la delegación los aporta. ¿Qué dice? –Sonrió: –Aproveche que ahorita no hay demasiadas órdenes de trabajo, porque después sí se nos cargarán mucho; quién sabe cuándo podamos volver y su problema requiere solución ¡pero ya!–Está bien, si es necesario… Pero sin este pirul la calle se verá vacía.–Qué bueno que lo menciona: por disposición de la autoridad, usted está obligada a sustituir el árbol que vamos a quitar por otro individuo arbóreo: le aconsejo que compre un ficus, es menos agresivo.

Aún me pregunto quién podría desconfiar de un servidor público que además de acreditarse con los símbolos de la legalidad se refiera a un árbol como individuo arbóreo. ¡Nadie! Y menos yo, que lo vi como desinteresado protector de mi predio y, por lo tanto, custodio de nuestro único patrimonio.

Dispuesta a informar a Joaquín cuando el problema se hubiera resuelto, entré en la casa, tomé el dinero que había sacado del banco esa mañana y se lo entregué al servidor público. Lo contó despacio y me dio un papelito con un número telefónico:

–Es el celular de mi jefe, el ingeniero López. Llámelo y dígale que usted ya se puso de acuerdo con el señor Rosendo, o sea yo, para la remoción del pirul y la compostura de la banqueta.

–¿También le digo que ya le pagué?

–Sí, claro. –Se guardó los billetes: –Mientras habla con el ingeniero voy a la esquina para traerme a mi gente. No me tardo.

Seguí las instrucciones. Contestó a mi llamada una voz afable: Ingeniero López, a la orden. Lo puse al tanto de mi arreglo con el señor Rosendo y celebró mi decisión de quitar el árbol. Será rápido. No se preocupe, dijo. Le prometí que en cuanto la cuadrilla aparecieran me comunicaría otra vez para informárselo.

Es domingo. Desde el jueves he marcado mil veces el teléfono del ingeniero López y me manda a buzón. El señor Rosendo no ha vuelto: imagino que él sí pudo salir de vacaciones.

La jornada, Abril 5, 2015.
Mar de Historias
El milagro (33)
Cristina Pacheco
El tiempo modifica nuestras impresiones. Después de muchos años de no visitarla, al volver a la casa en donde transcurrió nuestra infancia nos damos cuenta de que no es tan grande como en nuestro recuerdo, los techos dejan de parecernos altísimos y advertimos que el corredor que inspiró nuestras fantasías no pasa de ser la torpe solución de un maestro de obras.Por efecto del tiempo, algo muy semejante nos ocurre con los amigos, aun los más queridos. Pienso en Rigoberto, Esmeralda y Rocío. En mi rencuentro con ellos los vi empequeñecerse. Fue como si hubieran descendido de zancos y se hubiesen despojado de atuendos que los agigantaban. Al verlos tal y como son quedé liberada de la tutela que ejercieron sobre mí durante años. La índole de nuestra relación cambió a un plano más real, pero también menos estimulante.Lo que sucedió con Rigoberto, Esmeralda y Rocío me ha ocurrido con muchos otros seres a los que me unen lazos de amistad o parentesco. Una de las pocas personas que ha soportado la prueba del tiempo es mi tía Catalina.Volví a pensar en ella la otra mañana, cuando una mujer, detenida ante los anaqueles del supermercado, me compartió su angustia por la carestía: Al rato el dinero sólo me alcanzará para comprarme un huevo. Pero, dígame usted, ¿qué puede hacer una jefa de familia con un miserable huevo? Milagros, le dije, sin que me entendiera. No podía ser de otra forma. Para comprenderme habría tenido que conocer a mi tía Catalina.IIEn mi primera evocación aparece pequeña, cargada de hombros, magra; pelo crespo, ojos intensos, labios delgados. La sonrisa, que por lo general beneficia aún a los rostros menos agraciados, en ella no pasaba de ser un gesto, un intento de mostrarse capaz de alegría en medio de la vida difícil: un departamento de dos cuartos para ella, su esposo Danilo y siete hijos –el menor, Ricardo, afectado de parálisis.Incansable, la tía Catalina se encargaba de cuidar al enfermo, del quehacer, la compra y además de tareas que le rendían pequeñas ganancias, entre otras, lavar ventanas o teñir de congo los pisos que algunas vecinas le encargaban pintar. Debido a esa actividad, las palmas de sus manos siempre lucían amarillas. Dejaron de estarlo cuando, por intercesión de una parienta lejana, consiguió trabajo de afanadora en un hospital público.IIIDe mi tío Danilo no hay mucho que decir, aparte de que era gigantesco y metódico a punto de bostezo. Su trabajo en una fábrica consistía en perforar tarjetas (ignoro con qué objeto) a cambio de un sueldo mínimo. Ocupaba sus muchos momentos libres en hacer la lista de sus programas radiofónicos predilectos.Levantaba ese inventario en hojas verdes que por la noche prendía con una tachuela en la pared, sobre el aparato de radio instalado junto al lecho compartido con su hijo enfermo y su esposa Catalina: ojos intensos, labios delgados y un gesto con aire de sonrisa.Conozco todos estos pormenores porque la vivienda de mi tía Catalina distaba cuatro puertas de la nuestra y debido a que muchas veces oí las conversaciones entre ella y mi madre.IVMi tía empezó a trabajar en el hospital un lunes, en el horario matutino. Esperamos su regreso para que nos describiera su experiencia. La sintetizó en pocas palabras: Barro y trapeo, como si estuviera en la casa, pero lo bueno es que me pagan. No dijo cuánto. Por pequeña que fuese la cantidad era evidente que la necesitaba con urgencia, de otro modo no habría puesto a mi primo Ricardo bajo el cuidado de mi madre, alguna vecina y ocasionalmente hasta del portero. Pudo haberles pedido a sus otros hijos que atendieran al enfermo pero no lo hizo para no interrumpirles los estudios.Intranquila ante la situación, solicitó que la pasaran al turno de la noche. Cuando supo que nada más las auxiliares de enfermera tenían acceso a ese horario pidió una cita con el director del hospital. Se la concedieron y ella le describió la condición de su hijo y la necesidad de atenderlo durante el día, ya que por la noche su padre y sus hermanos podrían hacerlo.Como resultado de la entrevista, a las pocas semanas, un sábado vimos a mi tía salir de su casa a las nueve de la noche para irse a trabajar en su nuevo horario. Uniformada de blanco y con una capa azul de tirantes cruzados sobre el pecho tenía un aspecto marcial impresionante.Regresó a las ocho de la mañana. De camino a su vivienda tocó en nuestra puerta y le dijo a mi madre que nos esperaba en su casa. Acudimos temerosos sin saber la razón del llamado. Encontramos a mi tía en la cocina, distribuyendo platos y cucharas sobre la mesa de pino. En presencia de todos sacó la bolsa de estraza en donde llevaba un huevo. Se lo habían dado en el hospital como parte del desayuno. En lugar de cocinarlo, como tal vez lo habrán hecho sus compañeras, lo llevó a la casa para compartirlo con la familia. Revuelto con frijoles y pedacitos de tortilla aquel huevo nos alimentó a todos.La ceremonia, auténtico milagro de multiplicación, se repitió durante muchas mañanas. Al recordarlas veo a mi tía Catalina agigantarse a pesar de su mínima estatura.
La Jornada, marzo 29, 2015.
Mar de Historias
Extrañar una voz (32)
Cristina Pacheco

La luz del mediodía ilumina un jardín cercado. Las personas que se encuentran allí son mayores de 60 años. Realizan actividades libres: desde caminar hasta compartir juegos de mesa. Ocupan los extremos de la banca más apartada Gonzalo y Soledad. Él abre su portafolios, ella lee una revista.–¿Le caigo mal, verdad? –Gonzalo saca un fólder y elige un pliego de papel azul.–Perdón. No lo escuché –parpadeante, Soledad, se despoja de la chalina que envuelve su cabeza.–Le pregunté si le caigo mal. –Gonzalo dobla el papel a la mitad y verifica que las puntas coincidan.–Claro que no –asegura Soledad extrañada y sin mirarlo.–Me sorprende. Por estos rumbos tengo fama de antipático, malgenioso, huraño.–Es usted muy reservado –dice Soledad en voz baja.–¿Y eso es delito? –Gonzalo gira el cuerpo y observa a su interlocutora.–Desde luego que no, pero… –Soledad sonríe a dos mujeres que la saludan desde la banca al otro lado del sendero. –Hay una cosa: quienes venimos a este jardín lo hacemos para convivir con personas de nuestra edad, como tal vez no podamos hacerlo en otra parte o con la familia. –Soledad procura sonreír: –La vida ha cambiado muchísimo.Se oye la sirena de una ambulancia. Soledad se lleva las manos al pecho. Gonzalo permanece atento al ulular que se aleja. Cuando desaparece retoma la conversación.II–Ya no hay tiempo para nada, mucho menos para tener atenciones con un viejo. –Gonzalo levanta los hombros para demostrar indiferencia. –¿De qué se ríe?–Pensé en mi nieto Donovan.–¿Cómo le dice al muchacho de cariño? –pregunta Gonzalo con acento burlón que Soledad no advierte.–Nada más Donovan. Es el nombre de un cantante.–¿Pariente suyo?–No, pero como mi yerno adora la música…–¿A qué se dedica Donovan?–Estudia. Quiere ser físico, o al menos eso creo, porque no me lo ha dicho.–Así que el nieto no dispone de tiempo para platicar con la abuela. ¿Me equivoco?–No. Donovan no tiene un minuto para preguntarme cómo amanecí y, en cambio, invierte una hora o más en hacer cola para comprarse una torta de chilaquiles. –Avergonzada de su comentario, Soledad desvía el rumbo de la conversación: –A usted siempre lo veo recortando papeles de colores. ¿Qué hace con ellos?–Toda clase de figuras.

–¿Para qué?

–Me divierte y además las vendo.

–¿Tiene un negocio?

–Lo intenté pero no pude. En todas partes las rentas están carísimas. Mis hijos se ofrecieron a ayudarme con lo del alquiler, pero no acepté. No quise convertirme en una carga ni darles pretextos para que me controlaran. –Gonzalo nota el gesto admirativo de Soledad. –Vendo mis figuras en papelerías y escuelas; a veces me hacen pedidos en los salones de fiestas infantiles. No gano mucho, pero con eso y lo de mi pensión puedo seguir independiente y sin arrimarme con nadie. Vivo solo.

Gonzalo se inclina y revuelve el contenido de un maletín hasta que encuentra unas tijeras.

III

–Para un hombre no debe ser fácil organizar una casa –dice Soledad con prudencia.

–Alquilo un departamentito. Es cómodo, pero algo oscuro. Si trabajara allí se me iría todo el dinero en pagar la luz. –Gonzalo pule las tijeras con el faldón de su saco.

–Además, tengo vecinos muy ruidosos que no me dejan concentrarme; aquí, en cambio, trabajo con luz de día que no me cuesta y estoy tranquilo.

–¿Por eso viene al jardín?

–¿Creía usted que era por el gusto de conversar con otros viejos acerca de enfermedades, medicinas, contrariedades? ¡Pues se equivocó! Prefiero mantenerme aislado aunque me consideren antipático y todo lo demás. –Gonzalo deja las tijeras en la banca y hace otro doblez en el pliego azul.

–Cuando lo miraba apartarse de todo el mundo, sacar sus papeles y recortarlos pensé que lo hacía como terapia o por maniático.

–Y le antipatizaba. No lo niegue.

–No es que me cayera mal, pero se me hacía difícil de trato, raro, inaccesible. Si alguien me hubiera dicho que alguna vez íbamos a conversar como hemos estado haciéndolo esta mañana, no le habría creído. –Soledad ve que Gonzalo sonríe, y eso la anima: –Ahora soy yo quien necesita hacerle una pregunta: ¿por qué me habló? Nos habíamos visto aquí muchas veces y nunca ni siquiera contestó mis saludos.

–Hoy Ofelia, mi mujer, cumpliría 75 años. Murió de 67, y para mí ha seguido envejeciendo en su tumba. Fui a visitarla muy temprano. Me senté a platicar con ella como otras veces, pero me sucedió algo que nunca me había ocurrido: me hizo mucha falta su voz. ¿Sabe usted cómo se siente extrañar una voz? –Gonzalo hace una pausa larga. –El mundo se me volvió puro silencio. Tuve miedo, necesidad de oír a una mujer que me respondiera, que me llamara por mi nombre.

–No me lo ha dicho.

–Gonzalo.

–Es muy bonito. ¿Lo heredó de su padre?

–Tal vez. Nunca lo conocí ni en retrato. Mi madre jamás me habló de él y no me hizo falta: ella lo fue todo para mí. Cuando me casé con Ofelia me dijo que ahora sí podría irse en paz. Y así fue: mi madre murió como los justos: sin sufrir ni darse cuenta. En fin, no sé por qué le estoy diciendo todo esto.

–Porque hoy su esposa cumpliría 75 años, extrañó su voz y sintió que necesitaba… –Soledad corta la frase abruptamente: –Le agradezco haber tenido la confianza de hablarme de sus cosas.

–Y yo a usted la paciencia de oírme. Por cierto, no me ha dicho cómo se llama.

–Soledad. Cuando estaba en la primaria mi maestra Eva decía que era un nombre demasiado triste para una niña. –Ve que las dos mujeres en la banca de enfrente interrumpen sus labores. –Tere y Marcela ya se van. Es hora de que yo también me vaya.

Sin comentarios, Gonzalo toma las tijeras y empieza a recortar el pliego azul. Soledad guarda la revista en su bolsa de rafia y se dirige a la salida del jardín. Ya en la calle piensa que pudo haberse quedado más tiempo con Gonzalo y la asalta la pregunta que él le formuló minutos antes: ¿Sabe usted cómo se siente extrañar una voz?

La Jornada, Marzo 22, 2015.


Mar de Historias
Tarde Libre (31)
Cristina Pacheco
Obligada por el semáforo, Aurelia se detiene en el cruce de las dos avenidas. Sonríe al ver a un grupo de muchachas con vestidos de fiesta que corren rumbo a la iglesia. La escena y el tañido de las campanas le recuerdan su boda. Piensa en qué estarán haciendo su esposo y su hijo. Lamenta haber tenido que separarse de Mauricio y Emmanuel en domingo. No lo habría hecho de no ser porque hoy le toca hablar. La perspectiva le provoca un arranque de antipatía hacia la licenciada Medina. Por causa suya Aurelia no está con su familia en el único día que pueden convivir.Cambia la luz del semáforo. Confundida entre los paseantes dominicales, Aurelia atraviesa la avenida y de nuevo consulta su reloj. La fastidia comprobar que es demasiado temprano. En el Auditorio Uno la esperan a las 11:45 de la mañana, quince minutos antes de que empiece su conferencia. La primera, dice extrañada de ser protagonista en vez de público. Abre la bolsa para cerciorarse de que lleva su discurso. Lo tiene memorizado, lo vivió, podría recitarlo, pero teme que los nervios la traicionen y prefiere apegarse a lo escrito.Según los ensayos que ha estado haciendo en los últimos días, leerlo le tomará cuando mucho veinte minutos: la tercera parte de la hora fijada para su intervención. ¿Y después? Aunque no encuentre más qué decir tendrá que permanecer en su sitio para dar oportunidad a que sus compañeros le hagan preguntas. Resultarán parecidas a las que ella le ha formulado a otros expositores. Se arrepiente de haber oído sus respuestas sin atención y disimulando apenas los bostezos y el deseo de abandonar el Auditorio Uno.El salón se encuentra en el último piso del edificio que ocupa Algo más que belleza, justo encima del área donde Aurelia trabaja haciendo pruebas de color para una línea de cosméticos. El recinto tiene usos múltiples. Los viernes por la tarde se destina a los cursos de superación personal y los primeros domingos de cada mes a la conferencia del orador en turno.La licenciada Medina, titular de Recursos Humanos, ideó esa práctica mensual porque considera que estimula el desempeño de los empleados y favorece su convivencia; ella es también quien elige los temas a exponer. Abarcan desde familia y participación ciudadana hasta rutinas y ejercicio de la libertad. Es el tema sobre el que Aurelia disertará hoy.IIDesde que supo llegado el momento de su comparecencia, Aurelia decidió mantenerla en secreto. Temió que Mauricio, al verla preparar su discurso, quisiera monitorearla indicándole lo que debía o no decir. En cuanto a Emmanuel, estuvo a punto de preguntarle cómo organizar su exposición, pero al verlo tan lleno de tareas prefirió resolver el problema según sus propios medios y sin ocupar su computadora.Compró un block donde ir anotando, a deshoras y a escondidas, las ideas que se le fueran ocurriendo a partir de la palabra libertad. Quiso explicarla, pero no encontró una manera satisfactoria de lograrlo y recurrió al diccionario: Estado de la persona que no está sujeta a la voluntad de otra.Después de copiar la definición y releerla se dio cuenta de que como hija, hermana menor, nieta, sobrina, amiga, novia, esposa y madre, muy pocas veces había hecho valer su voluntad sobre la de sus allegados. Se preguntó si su invariable acatamiento había sido consecuencia de su buen carácter o del temor a equivocarse a la hora de tomar aun las decisiones menos importantes. El segundo argumento le dio la respuesta y trató de explicarse su comportamiento.Sometida a horarios, etiquetada, aceptó que rara vez había tenido oportunidad de actuar por y para sí misma. La última oportunidad de hacerlo se le presentó un domingo en que Mauricio, por exigencias de su trabajo, necesitó viajar a Río Frío. Emmanuel aprovechó la ocasión para irse a ver un torneo con sus compañeros de karate.De momento, Aurelia se sintió abandonada por los hombres de la casa, pero luego trató de ver la situación desde un mejor ángulo. Contaba con la mañana y la tarde para darse gusto paseando o haciendo cosas sin programa establecido. Pensó que sería formidable incluir a su hermana en la aventura. Eugenia lamentó no poder acompañarla. Ella y su esposo tenían que asistir a unos quince años, pero le sugirió que aprovechara su día libre para ir al nuevo centro comercial, comer en un restorán, meterse al cine, tomarse un cafecito, y ya en la tarde, cargada de bultos y de culpas, regresarse a la casa.Inspirada por Eugenia, con la radio encendida en la estación que le gusta, Aurelia se arregló como si fuera a una cita; tomó el Metro y se dirigió al nuevo centro comercial. Estaba decidida a recorrer las tiendas y mirarlo todo sin tantas prisas, como cuando la acompaña Mauricio. Luego elegiría un restorán. Más tarde, si se le antojaba, podría ver la película atrevida de que tanto le han hablado en su trabajo.Aurelia se sorprendió de encontrar el centro comercial repleto de familias y de jóvenes con pantalones holgados y mochilas a la espalda. Le recordaron a Emmanuel, pero la distrajo un aparador con maniquíes en ropa primaveral. Entró en el almacén con ánimo de comprarse algo bonito. Estuvo una hora en el vestidor sin decidirse por ninguna prenda. Necesitaba, como tantas otras veces que había ido de compras, la aprobación de Mauricio.Salió de la tienda con las manos vacías, fatigada y hambrienta. La isla de comida rápida no entraba en sus planes y prefirió buscar un restorán en donde comer una buena carne con ensalada y un vaso de vino tinto. Las raras veces en que lo tomaban, Mauricio lo elegía sin que ella pusiera atención en los nombres. Su ignorancia no iba a ser obstáculo para disfrutar de su domingo libre. Cuando el mesero le ofreciera la carta de vinos ella señalaría uno fijándose más en el precio que en la región.Un restorán con fachada de madera y alfombra verde la atrajo. En el sitio, muy acogedor, Aurelia eligió la mesa del fondo. Enseguida apareció un empleado de filipina blanca y le preguntó si esperaba a otras personas. No, dijo, y se dio cuenta de que nunca antes se había atrevido a comer sola en un restorán. Era el momento indicado para superar esa limitación. Millones de mujeres lo hacían a diario, ¿por qué ella no? Por pena, por temor a no saber elegir correctamente, por…¿Le traemos un aperitivo? La pregunta del mesero la sobresaltó. En vez de responder, Aurelia se puso de pie, tomó su bolsa y dijo: acabo de darme cuenta de que olvidé una cosa en la tienda; luego regreso, y enseguida salió. Segura de que su comportamiento había provocado la burla de los meseros, tomó elevador al segundo piso, donde estaban los cines. Se exhibían sólo películas de acción. Eran las preferidas de su esposo y de su hijo. Si ellos la acompañaran entraría a ver alguna, pero sola, ¿para qué? Sólo para quedarse dormida. Dio media vuelta, bajó las escaleras y se dirigió al sitio de taxis. Adoró al chofer que manejaba de prisa y en silencio. En el trayecto pensó en lo que iba a decir a Mauricio y a Emmanuel cuando le preguntaran cómo la había pasado.En cuanto llegó a su casa fue en busca de su block, se acomodó frente a la mesa de la cocina y se puso a escribir su experiencia dominical. Así se llama la conferencia que Aurelia leerá en el Auditorio Uno exactamente a las doce del día.La Jornada, marzo 15, 2015.
Mar de Historias
Hojas de marzo (30)
Cristina Pacheco
Adoro el silbato del tren. Aun cuando llegue hasta mí desde muy lejos, siempre me entrega imágenes fragmentadas de una infancia remota, escenas de otro tiempo y la adusta fisonomía de un paisaje árido, apenas ondulante de cerros, lóbrego bajo la oscuridad de un cielo acerado, limpio de nubes y opulento de estrellas.Esta melancólica llamada, sobreviviente al maléfico estruendo citadino, el canto de los grillos y el jadeo de la máquina anunciando el comienzo de aquel primer viaje integran la música de fondo que acompaña al coro del silencio. No puedo llamar de otra manera al que entonan en mi recuerdo voces que poco a poco se fueron alejando.Siempre que escucho el silbato del tren cierro los ojos y procuro captarlo –¿consumirlo?– hasta el punto en donde se desvanece. Entonces me pregunto si volveré a oírlo. No lo sé. En cambio estoy segura de que siempre lo esperaré con el mismo entusiasmo con que acecho la puntual floración de la jacaranda. Entre todos los árboles, el más generoso y audaz. No conforme con regalarnos su sombra, entre marzo y abril se dedica a poner el cielo a nuestros pies.Segunda claseBancas corridas de madera acanalada. Piso con manchas de grasa. Un pasillo estrecho por donde caminan apresurados los viajeros en busca de un sitio en donde sentarse y guardar, por el tiempo que dure el trayecto, sus pertenencias y los obsequios que les traen a los coterráneos ansiosos de disfrutar los sabores de allá: pinole recién molido, limas, tunas cardonas, miel, platillos condimentados por generaciones de mujeres: abuelas, madres, hermanas, tías o la esposa que incluye en la bolsa del pan que le manda a su marido un mensaje:“Mi muy querido Joaquín, espero que al recibir la presente te encuentres bien de salud como yo por acá, A.D.G. El correo anda peor que nunca. Me imagino que por eso no me han llegado noticias tuyas. Aprovecho que Desiderio va a México para que me haga favor de entregarte la presente. De novedades tenemos la boda de Chinta con Ardelio y que Gildardo regresó de Estados Unidos: se fue pollito y regresó hecho un gallo. Si lo vieras, creo que no lo reconocerías.“Pero mejor ya no te escribo de estas cosas para tener qué platicarte cuando nos veamos. Ponme un telegrama y dime si piensas regresarte al pueblo o si sería mejor que me fuera para allá. El pasaje en segunda está costando casi lo mismo que cuando te fuiste y no sería mucho gasto. No pienses que tengo urgencia de irme a México porque tus papás me estén tratando mal o como a una arrimada. Al contrario, doña Cuca me ve como a una hija y don Benigno también. Todo eso es muy bonito, pero yo mejor quiero estar contigo.En espera de tus noticias, se despide tu esposa que tanto te quiere: Isabel. (P.D. Ojalá hayas cumplido la promesa que me hiciste de no volver a tomar. Acuérdate cómo te pones cuando se te suben las copas y allá, sin quién te cuide, puede ser peligroso.)Más allá del cristalTriunfo codiciado por el viajero en segunda clase: ganar un asiento junto a la ventanilla. Su vidrio delgado y sucio, con huellas de anteriores cabeceos y manos que pretendieron detener el instante de la despedida, es también el primer confín, el paso inicial hacia lo que se quiere conocer o recuperar.Durante los minutos de espera anteriores a la partida, los pasajeros entretienen su impaciencia echándole un último vistazo al escenario conocido.Desde la altura del compartimento, en la estación todo sigue donde ha estado siempre: la caseta pintada de verde a la derecha de las vías, la banca de madera junto a la puerta, el pirú centenario con el tronco tatuado de iniciales, el barreño que derrama cascadas. Hasta los perros y Quirino, el loco, están en su sitio; sin embargo, a través de la ventanilla, las personas y las cosas se vuelven enigmáticas, distantes, inalcanzables.FronterasSea cual fuere el grado de parentesco o de afecto que los une, entre los que acudieron a la estación en calidad de acompañantes o simples testigos de la partida y los que se van, las ventanillas levantan delgados muros, fronteras que les impiden comunicarse y los convierten en moradores de mundos diferentes.Para el viajero, el encargado de la estación ya no es el vecino conocido desde hace años, sino una especie de figura decorativa en la taquilla iluminada por un solo foco desnudo, apenas suficiente para aclarar la oficinita olorosa a humedad. Las vendedoras de chucherías y frituras que recorren el andén dejan de ser Julia, Andrea y Martina, y se convierten en sombras que pregonan sus mercancías. Sus voces se oyen agudas, como si estuvieran entonando un alabado en la capilla del rancho.Las sigue el violinista. Es tuerto. Lleva sombrero de ala ancha y ropa de manta. Su música se pierde en el andén y apenas logra traspasar el cristal de las ventanillas. Los viajeros escuchan poco de ella, pero a fuerza de haberla oído tantas veces le siguen el ritmo, la disfrutan, la tararean y así le agradecen al músico que esté allí, como todas las noches, para dar la bienvenida al tren que llega del norte –esa referencia es también la de sus sueños juveniles y su eterna frustración– y despedir con melodías improvisadas a los paisanos que se van a la capital bajo promesa de volver, escribir, llamar o al menos acordarse. ¿De qué?LenguajesEntre los que viajan en segunda clase y los que se acercan a los vagones para agregar a la despedida algo que olvidaron decir en los últimos minutos compartidos, se entabla una plática de sordos a base de señas y ademanes enfáticos. Al mismo tiempo, de uno a otro extremos del tren, el motorista y el garrotero intercambian con sus lámparas señales que sólo ellos entienden y desencadenan el sacudimiento leve, la fricción de las ruedas sobre los rieles, las nubes de vapor incensando la ruta. ¡Váaaamonos! El grito alborota a los perros, paraliza a las vendedoras, le impone silencio al violinista.Los que no viajarán corren junto a los furgones con la inútil esperanza de igualar la velocidad del tren, pero muy pronto van quedando atrás, como la estación, la banca, el pirú, las vendedoras y el violinista que vuelve a improvisar melodías que se lleva el viento.Los ocupantes de la segunda clase se acercan a las ventanillas, agitan la mano, tal vez duden de si hacen bien en partir. Es tarde para responder a esa pregunta. Se entregan a la emoción de la aventura, se dejan llevar por el tren que va cobrando velocidad, se apresura y se pierde en una curva. Los niños que apuntan en esa dirección sueñan con que un día serán los emigrantes que dejan atrás su mundo, su historia, la promesa de escribir, comunicarse por teléfono y jamás olvidar.A Goyita, en su último viaje.
La Jornada, marzo 8, 2015
Mar de Historias
Dulce y amargo (29)
Cristina pacheco
Mi hermano Reynaldo es taxista. Yo trabajo de mesera en un restaurante. Las pocas veces en que podemos reunirnos él me cuenta sus experiencias al volante y yo las mías en Dulce y Salado. Reynaldo siempre me dice que si juntáramos nuestras conversaciones tendríamos suficiente material como para llenar un libro gordo.Aunque no hable en serio, la idea me parece muy buena; lástima que ni él ni yo tengamos la preparación de un escritor: Reynaldo se quedó a la mitad de diseño industrial y yo apenas terminé la prepa. Quería seguir para sicóloga, pero me entró la calentura por Juan y lo dejé todo, empezando por los estudios. Mis padres no estuvieron de acuerdo. Un día tal vez necesitara trabajar y sin un título iba a ser difícil conseguir una chamba regularcita. No les creí. Pensé que Juan tenía asegurado su puesto en la embotelladora. Cuando lo perdió se le hizo pan comido acomodarse en otra empresa, pero ¡nada!Pasamos tres años infernales arrimados con mis papás, atenidos a lo que ellos quisieran darnos. Luego vinieron los pleitos entre Juan y yo, las reclamaciones y un distanciamiento que ya ni parecíamos marido y mujer. De los nervios se me empezó a caer el pelo y a Juan le dio por tomar. Reynaldo a cada rato me lo llevaba a la casa cayéndose de borracho.Una noche ya no pude más y dije: se acabó. Mañana me salgo a buscar trabajo. Ese día me levanté con el pie derecho, porque enseguida me contrataron en Dulce y Salado, y desde entonces allí sigo.IIMi hermano Reynaldo tardó mucho más que yo en acomodarse. Como tiene estudios de diseño industrial, en algunas empresas no quisieron contratarlo por temor a que pidiera sueldo de profesionista; en otras lo rechazaron por la falta del título. El pobre se desvelaba pensando que de nada habían servido los sacrificios de mis padres para darle escuela puesto que no era capaz de conseguir un trabajo y, para colmo, a los 24 años dependía de ellos hasta para comprarse un refresco. Cuando me lo contaba, de vergüenza y de coraje se le salían las lágrimas.Sergio Piña, un amigo que fue su compañero en la universidad y acabó trabajando en una armadora de coches, lo recomendó en un taller mecánico. Allí estuvo mi hermano hasta que el dueño, después de sufrir un asalto en el que le mataron a su esposa, decidió cerrar el negocio y regresarse a Querétaro.Reynaldo se quedó sin nada, pero como ya estaba acostumbrado a ganar su dinero me dijo: Chaparra, antes muerto que depender otra vez de mis papás. Le pedí que por favor no fuera a meterse en algún negocio sucio. Gracias a Dios no tuvo que caer en esa tentación. Lo que sea de cada quien es muy honrado y no se acobardó. Hizo de todo: desde velar en una obra negra y atender unos excusados públicos hasta zurcir invisible en una sastrería.Uno de los clientes era un tal señor Bárcenas, pero todos en la Álamos le decían El Pintado, porque usaba colorete y pestañas de esas que se pegan de una por una. Hombre de dinero, tenía una flotilla de taxis. Un día le falló un chofer y le ofreció a mi hermano el trabajo. Reynaldo lo aceptó de mil amores, porque desde niño le gustaron los coches y también porque ya andaba voladísimo por Emma y quería vivir con ella.Reynaldo y Emma no se han casado, pero le digo cuñada. Mi hermano se queja porque ella tiene su genio, pero como yo le digo: ¿Quién no lo tiene? Además, es muy luchona –como mi mamá, que en paz descanse–: en su casa abrió una supercocinita a la que van a comer los albañiles que trabajan en las obras de Nueva Granada y los domingos vende paella. La siento desabrida, como a ella.Emma no es fea y se arregla bien, pero le falta algo, a lo mejor ser un poco menos seria, menos callada. Reynaldo dice que su mujer es así porque la educaron unas tías solteronas y mochas que le prohibían hablar y verse en el espejo, sobre todo durante la Semana Santa. ¡Qué cosa tan horrible! Pero bueno, que Emma hable mucho o poco es lo de menos. Lo importante es que quiera a mi hermano y que no ande celándolo, porque en el taxi no han de faltarle oportunidades. En eso también le aconsejo a Reynaldo que tenga mucho cuidado. Empiezas una cosa y no sabes en qué pueda terminar. Lo mejor es no jalarle la cola al Diablo.IIIReynaldo es dos años menor que yo. Anda por los cuarenta, pero sigo viéndolo como mi hermanito. Siempre nos hemos llevado bien y creo que fuimos niños felices. La pobreza nunca nos amargó. Guardo recuerdos muy bonitos de mi infancia; por ejemplo, el de los sábados y los domingos en que Reynaldo y yo íbamos al mercado a vender buñuelos. Los hacía mi madre para ayudar a mi papá con los gastos de la casa.Llegábamos al mercado tempranito y nos salíamos antes de las doce, hora en que se presentaba un inspector para correr a los vendedores que no tuvieran puesto fijo. Recorríamos la nave olorosa a cilantro y a fruta; yo con la charola y mi hermano con los cuadritos de papel de estraza en que envolvía los buñuelos que nos compraban.Nos hicimos conocidos. Entre los puesteros llegamos a tener clientes de cada semana. A Reynaldo, como lo veían muy flaquito, siempre le regalaban algo: una fruta, un taco de nopales, un barrilito de dulce o un pan. Todo lo compartía conmigo, pero a mí lo que me gustaba era ver que mi hermano comiera. Regresábamos a la casa a pie, acalorados y sin hambre. Como le ocultábamos a mi madre que habíamos comido en el mercado, ella tomaba nuestro desgano como seña de enfermedad y nos preparaba –según decía, para granjearnos el estómago– atole de maicena con canela. Nunca he bebido nada tan delicioso.IVA Reynaldo y a mí se nos ha hecho costumbre platicarnos nuestras experiencias de trabajo. El restorán donde sirvo ya tiene muchos años; está en una callecita de la colonia Asturias, es modesto y, sin embargo, allí van personas muy especiales. Por ejemplo, el señor que todos los días llega a las once. Elige la mesa del fondo, ordena café y lo bebe mirando la pared. A los quince minutos pide la cuenta y se va. Me gustaría saber quién es, por qué viene, qué piensa, a dónde se dirige cuando sale de aquí y si alguien lo espera.Tan especial como ese hombre es la anciana a la que mi hermano recoge en un asilo cada primero de mes para llevarla a las calles del Carmen. En el trayecto la señora saca de su bolsa una bolsita de cosméticos y se maquilla porque va a verse con su novio de juventud. Se encontraron hace cuatro años, por casualidad, en una tienda naturista: ella apoyada en su bastón y él en su silla de ruedas. Desde entonces no han dejado de verse. Al cabo de un rato la señora vuelve al coche y Reynaldo la regresa al asilo. Antes de tocar el timbre ella se limpia la cara y le recuerda a mi hermano que estará esperándolo el siguiente primero de mes. Me pregunto qué pasará el día en que uno de los dos enamorados falte a la cita.Como esas historias hay muchas. Quizá mi hermano esté en lo cierto al decirme que deberíamos escribirlas. Que lo haga él, porque yo no tengo ingenio para eso. Si logro convencer a Reynaldo voy a aconsejarle que su libro se llame Dulce y amargo.La Jornada, Marzo 1, 2015.
Mar de Historias
Recámara amueblada (28)
Cristina Pacheco
Hace 47 años, un Miércoles de Ceniza, que Teresa llegó a nuestra casa. Ella fue la primera persona atraída por el anuncio que mi hermana Otilia y yo pusimos sobre la puerta de nuestra casa, en la calle de Soto: Se alquila recámara amueblada. Inexpertas, no agregamos especificaciones. En nuestras circunstancias –una pensioncita y muchas deudas–, el derecho de admisión era más que un lujo: habríamos recibido en calidad de huésped a cualquier necesitado de alojamiento accesible y limpio.Para fortuna nuestra, quien apareció antes que nadie fue Teresa. Siempre que pronuncio su nombre la recuerdo con el aspecto que tenía cuando la conocí: muy alta, con los ojos saltones, las cejas hirsutas y un bozo que sombreaba sus labios, en exceso delgados. Su cuerpo, largo y plano, era como un perchero del que colgaban prendas de color pardo y sin adornos.Se presentó por su nombre completo. Sin que se lo preguntáramos, justificó su interés por hospedarse con nosotras diciendo que trabajaba en una peluquería de las calles de Cuba, y esa relativa proximidad le significaba ahorro de dinero en el transporte.Celebramos esa ventaja y nos ofrecimos a mostrarle la recámara que hasta su muerte ocuparon mis padres. Era la última de la casa y daba a la calle. De día es un poco ruidosa, pero en la noche es bastante tranquila, dije. Mi hermana quiso compensar mi torpe intervención ponderando las cualidades del cuarto: buena luz, techo alto, paredes sin salitre. Por último mencionó la proximidad del baño. Para resarcirme de mi error agregué: Siempre hay agua.Puesta al tanto de lo más indispensable, sólo faltaba indicarle el precio del alquiler. Al cabo de un breve regateo Teresa quedó conforme con la mensualidad y prometió regresar con su equipaje el lunes siguiente. Sin más que decir, la acompañamos hasta la puerta y permanecimos allí hasta que desapareció. Apenas en ese momento nos dimos cuenta de que no le habíamos pedido un adelanto que afianzara el trato. De todas formas retiramos el aviso que significaba nuestra salvación: Se alquila recámara amueblada.Otilia y yo pasamos el resto de la semana intranquilas. Por un lado temíamos que nuestra posible huésped no reapareciera y por otro tratábamos de imaginar la forma en que alteraría nuestra vida el hecho de que se instalara en nuestra casa una persona ajena a la familia y de quien sólo sabíamos el nombre y la ocupación. Por cierto, malinterpretamos la palabra peluquería. Teresa no era empleada de un salón de belleza, sino en un taller especializado en pelucas.IIContra nuestros temores, Teresa llegó a la casa el lunes por la tarde. Le dimos la bienvenida y ella nos respondió con un gesto equivalente a una sonrisa. Su único equipaje era un velís negro cinchado con dos lazos. Se negó a que le ayudáramos a cargarlo y se dirigió a la recámara, su recámara a partir de aquel momento. Agobiada por el peso de la maleta, al caminar se bamboleaba como un viajero que avanza por el pasillo de un tren en movimiento.Esa noche Teresa compartió su primera cena con mi hermana y conmigo. Sin saber qué nivel de familiaridad podríamos permitirnos con la recién llegada, Otilia y yo hablamos mucho; ella, en cambio, poco y sin tocar asuntos personales. Bajo esas restricciones la posibilidad de una conversación era muy pobre, así que nos concretamos a preguntarle si necesitaba algún cambio en su cuarto, tal vez otro mueble.Respondió que todo estaba bien. Sólo quería preguntarnos si estaríamos de acuerdo en establecer horarios para evitarnos contratiempos. Aprobamos la medida y enseguida nos informó que acostumbraba meterse a la regadera a las seis. Propuso las ocho de la mañana para el desayuno y las nueve de la noche para la cena. Respecto de la comida, seguiría haciéndola con la dueña del taller, excepto sábados y domingos. Mi hermana sugirió las tres de la tarde para comer.Aquella noche Otilia y yo nos desvelamos; hablamos de nuestra huésped, de sus evasivas, su frugalidad, su energía al restregar los cubiertos antes de usarlos, la forma en que planchaba el mantel con su mano y la lentitud con que bebía el agua o el café con leche haciendo buchecitos.Uniendo todos esos detalles acabamos por hacernos la imagen de una Teresa discreta, solitaria, algo maniática, llena de tics inofensivos, propios de las personas mayores. Eso nos llevó a preguntarnos qué edad tendría nuestra huésped. No hicimos cálculos. Nos bastaba con haber llegado a la conclusión de que una persona como Teresa no podría cambiar nuestra forma de vida. Que nos hubiera impuesto sus horarios era más bien tranquilizador, aunque a partir del día siguiente tuviéramos que renunciar a los duchazos matutinos. Otilia dijo que, bien vista, esa pequeña alteración era un retorno a la época en que mi madre nos obligaba a bañarnos por la noche a fin de evitar que llegáramos tarde a la escuela. Me emocionó el recuerdo; no obstante, me pregunté cuándo se iría Teresa.IIISu estancia en nuestra casa se prolongó quince años. En todo ese tiempo fue puntual con las rentas, comedida, discreta; sin embargo, aunque poco saliera de su cuarto, su presencia fue invadiendo la casa. Empezó por dejar encima de los muebles sus herramientas de peluquera y por tender en el baño los mechones de cabello natural que lavaba antes de utilizarlos en las pelucas.Luego, sin advertencia previa, trajo a la casa las cabezas de pasta italiana –muy bellas, por cierto– que necesitaba para colocar las redes en las que incrustaría las guedejas. Recuerdo con horror la primera vez que encontré en la mesa de centro uno de aquellos maniquíes con ojos de vidrio y una sonrisa eterna que dejaba al descubierto sus dientes de porcelana. Esa expresión horrible apareció, y sigue apareciendo, en mis pesadillas.Ni Otilia ni yo nos atrevíamos a protestar ante los pequeños avances. Aun cuando nuestra huésped estuviera ausente, los comentábamos disgustadas (siempre en voz baja por el secreto temor de que alguien pudiera escucharnos) pero después no nos atrevíamos a frenarlos. En vez de hablarle francamente a Teresa, mi hermana y yo nos replegamos, cedimos el espacio a las herramientas, los mechones y los maniquíes.Un sábado, de buenas a primeras, Teresa nos dijo que se mudaba. No le preguntamos a dónde ni el motivo de su cambio. Tampoco intentamos retenerla. En cuanto se fue corrimos a su recámara. Al abrir la puerta vimos sobre el tocador uno de aquellos maniquíes sonrientes. Lo guardamos en una caja, seguras de que Teresa volvería a recogerlo. Aún no lo hace y la recámara continúa cerrada.La Jornada, febrero 22, 2015.

Mar de Historias
Fuera de inventario (27)
Cristina Pacheco
Trabajo en una paragüería. Está en la contraesquina de la calle donde han estado siempre los bazares. Desde el mostrador los veo todo el tiempo. Funcionan de las diez de la mañana a las nueve de la noche, se aceptan todas las tarjetas de crédito y sin embargo pocas veces he visto a personas que entren a comprar antigüedades.Conozco de vista a sus dueños. Cuando salgo a comer al vegetariano nos saludamos. Si tengo unos minutos de más les hago plática y ellos me cuentan de la grave situación que atraviesan, se quejan de que ya sólo visiten sus bazares extranjeros interesados en tomarles fotos o reporteros que llevan el encargo de escribir acerca de esos comercios condenados a la desaparición.IAyer que entré al vegetariano sólo había una mesa desocupada. Al sentarme vi un periódico abierto en una página que tenía arrancada la parte de arriba. Pensé que el trocito de papel le había servido a alguien para apuntar de prisa un teléfono o una dirección.Dejé el periódico sobre la mesa por si el dueño regresaba por él. Como no apareció, agarré el diario para buscar mi horóscopo. Al levantarlo me fijé en un renglón: Con el tiempo, lo que era un simple montón de cachivaches se convirtió en un bazar. Esas palabras despertaron mi curiosidad. Tal vez el entrevistado fuera uno de mis conocidos. Seguí leyendo:“… es un local pequeño, pero hay de todo. Desde cigarreras, lámparas de cristal, programas antiguos, flores de seda, hasta muebles y ropa: una chistera, un traje de manola, un abrigo de terciopelo con esclavina que se supone perteneció a una cantante famosa. Eso no puedo comprobarlo. Se lo menciono como detalle curioso.“En cuanto a lo que usted me preguntó acerca de la clientela, le diré ya no es como la de antes. Ahora casi todas las personas que entran en mi bazar lo hacen por simple curiosidad, porque no tienen a dónde ir, para entretenerse imaginando la vida de otro tiempo (que, ilusamente, consideran mejor que la actual) al observar un biombo, una góndola, una mesa rinconera, un bacín decorado con flores. Todo les gusta, apenas se atreven a tocarlo y andan por la tienda con muchas precauciones para no romper los que consideran objetos invaluables. No lo son tanto. Si les ocurriera algo lo lamentaría sólo por la pérdida económica que el daño pudiera significarme.“¿Qué cuál es el objeto más valioso que hay en mi bazar? La verdad, señorita, la única pieza a la que le concedo valor, y que por cierto no está en el inventario, es aquel caballo de madera. Como ve, lo tengo en un sitio muy especial y protegido con un capelo, de modo que cualquiera pueda apreciarlo, interesarse en saber quién hizo la talla o al menos de qué madera es. En años nadie lo había mirado, pero hace días entró una muchacha con pinta de extranjera. (Sonó el teléfono y el entrevistado, que me pidió omitir su nombre, interrumpió su narración. Al volver me preguntó de qué hablábamos. Se lo dije.)“Ah, sí, de la muchacha. Pasó un buen rato mirando la talla de madera hasta que al fin me reveló que le interesaba comprarla. Quiso saber su precio. Le aclaré que era la única pieza que no estaba en venta. ¡Lástima!, dijo. Por fortuna no insistió. De haberlo hecho no habría sabido explicarle por qué le concedo tanto valor a la escultura. Si algún crítico de arte la viera tal vez la encontraría mediocre; yo, en cambio, la considero sublime, entre otras cosas porque es obra de mi tío Lucio.(Le pedí a mi entrevistado que me hablara del personaje, pero él entendió que deseaba su descripción.)“He visto algunas fotos de él cuando era joven; sin embargo, tengo la impresión de que siempre tuvo el aspecto de viejo con que lo conocí: pequeño, de frente amplia, manos demasiado largas para su estatura, jorobado. De niño sufrió mucho a causa de su deformidad. La adjudicaba a la caída de un caballo. Varias veces le pregunté a qué edad había sufrido el accidente, pero en lugar de aclarármelo me veía con sus ojos brillantes, ocultos entre las cejas hirsutas y las arrugas que descendían hasta las comisuras de sus labios delgados.(Mi entrevistado se disculpó conmigo por hablar de cosas que tal vez no me interesaran ni fueran útiles para mi trabajo. Lo convencí de que era todo lo contrario y siguió hablando sin necesidad de que le hiciera más preguntas.)III“Mi tío Lucio siempre fue hombre de pocas palabras, tal vez porque su oficio de campanero le había afectado el oído y lo avergonzaba tener que comunicarse a gritos o pedir que le repitieran las cosas. A la muerte de Catalina, su segunda mujer, se volvió aún más silencioso y solitario. La familia, a la que nunca había sido afecto, poco a poco fue relegándolo hasta que al fin se referían a él como si ya hubiera muerto.“En el tiempo libre que le dejaban las campanas de San Felipe, mi tío Lucio se dedicaba a trabajar la madera. Había aprendido cómo tallarla en la secundaria. Con su destreza ganó buenas calificaciones y prestigio entre los maestros. En fechas especiales pedían que les hiciera figuras, sobre todo de animales. Pudo hacerlas todas, desde burritos y palomas, hasta águilas y leones, menos caballos.“Mi tío nunca me había mencionado ese capítulo de su vida. Lo hizo una tarde que pasé a visitarlo y lo encontré frente a la mesa de la cocina, analizando un trozo de madera. Le pregunté qué iba a hacer con él y me respondió que un caballo. Entonces me habló de su clase en la secundaria y lo que aún consideraba un reto: tallar un caballo.IV“A partir de aquella tarde, durante varios meses, me acostumbré a encontrar a mi tío en la cocina, rodeado de virutas, desbastando la madera con su cuchillo y una serie de herramientas inventadas por él. Sin explicaciones, me entregaba la figura y me veía, ansioso de comprobar si yo iba descubriendo en ella nuevos cortes, los pequeños toques que iban dando a la escultura plenitud en la forma y un aliento de fuerza y de vida.“Absorto en su trabajo y confiado en su buena salud, mi tío Lucio nunca prestó atención a ciertos dolores y mareos, ni yo al hecho de que con frecuencia se le escaparan de las manos las herramientas. Un viernes, lo recuerdo muy bien, encontré al tío tirado junto a la mesa de la cocina. Llamé a mis padres. Lo condujeron al hospital. La familia lo acogió de nuevo, hizo guardias junto a su cama, le habló de lo que todos sabíamos imposible: Cuando salgas de aquí…Por desgracia, el desenlace fue largo. Cuando mi madre me dijo que el fin de su hermano estaba próximo, corrí a su casa, tomé el caballo de madera, regresé al hospital y lo puse en las manos del enfermo. Él se quedó mirando su obra un minuto, quizá nada más unos segundos, y luego, sonriendo, me la devolvió. Desde entonces la conservo. Al verla imagino al tío Lucio pequeño, de frente amplia, manos demasiado largas, desbastando trozos de madera con tenacidad, en silencio, sin más aspiración que vencer un reto y darle vida a su sueño.Allí terminaba el artículo. Como la hoja del periódico no tenía la parte de arriba, no supe cómo se llamaba el artículo ni el nombre de quien lo escribió. Me gustaría conocer a esa persona y agradecerle que en estos tiempos de noticias terribles –recién nacidos torturados por sus padres, crímenes monstruosos, accidentes, fosas clandestinas, violencia irracional– haya contado la historia extraordinaria de un hombre común.La jornada, febrero 8, 2015
Mar de Historias
Cinco Monedas 26
Cristina Pacheco
Gildardo, Rubén y yo lo hacíamos estrictamente por la necesidad de ganarnos un peso. De otra forma dudo que hubiéramos aceptado un trabajo, para otros de seguro repugnante, que nos ocupaba de cuatro a seis de la tarde, los viernes. Durante las dos horas en que otros niños iban de paseo con sus padres o disfrutaban de una película en la tele, nosotros teníamos que actuar a la vista de Sofía Águila: cabello ralo atrapado en una red, mejillas voluminosas y una cicatriz en la comisura derecha que le daba expresión de permanente hilaridad. La desmentían sus ojos maliciosos y pequeños como cabezas de alfiler.Lo más abominable de quien se consideraba nuestra benefactora era su nariz. Abultada como un tomate, se humedecía mientras se aseguraba de que Gildardo, Rubén y yo cumpliéramos con una actividad para la que era indispensable prescindir de remilgos y ascos ante olores agrios y líquidos turbios. Los hongos que salpicaban el pan y las tortillas eran cosa aparte. El simple hecho de verlos disminuía nuestra alquilada voracidad. La señora Águila logró vencer nuestra resistencia asegurándonos que los hongos poseían tantas propiedades curativas, o más, que la penicilina.Había leído la noticia en una de las publicaciones científicas que acumulaba sobre una mesita, en espera de que su sobrino René –Renecito para ella– se interesara por consultarlas durante alguna de sus visitas, los fines de semana en que, olvidado de las prácticas hospitalarias, se consagraba a disfrutar de la vida en familia.Ansiosa de hacerle grata la estancia a Rubencito, Sofía Águila contrataba a cualquiera de las mujeres del barrio para que hicieran el aseo de la casa. Mientras oíamos cubetazos, desplazamientos de muebles y el arrastre de la escoba, Gildardo, Rubén y yo devorábamos la comida almacenada durante una semana en el refrigerador (un IEM en forma de rocola), hasta dejar los anaqueles despejados y Sofía Águila pudiera llenarlos con las preferencias gastronómicas de Rubencito, harto del insípido menú del hospital y ávido de platillos condimentados.IIEran tiempos muy difíciles. Desempleado era un término común a las mujeres y hombres que, agotadas las posibilidades de obtener nuevos préstamos, con tal de sobrevivir aceptaban ocupaciones temporales, y hasta por unas cuantas horas, a cambio de simples propinas o relingos.En tales circunstancias, muchos niños contribuían a la manutención de su familia trabajando antes de sus clases o al salir de la escuela (según el turno: diurno o vespertino, al que asistieran) en calidad de carboneros, aguadores, comerciantes de baratijas, lazarillos o repartidores de volantes. Frente a ellos, Gildardo, Rubén y yo éramos privilegiados. Trabajábamos nada más los viernes y sólo por dos horas, tiempo suficiente para dejar el refrigerador de Sofía Águila como recién comprado.La señora Águila lo examinaba satisfecha, feliz de imaginar la expresión de Rubencito cuando encontrara los compartimentos repletos de carnes frías, quesos, frutas y guisados apetecibles. Coronaba su dicha la tranquilidad de saber que no había caído en el máximo pecado –desperdiciar la comida– y además había sido justa y caritativa con tres niños pagándoles, alimentándolos y de paso inmunizándolos con los hongos tan poderosos como la penicilina.Concluido nuestro deber, la señora Águila abría su bolsa y nos entregaba a cada uno cinco monedas de 20 centavos. Cuéntenlas, no quiero que sus papás vayan a pensar que les robo. Enseguida, como gratificación adicional por nuestro buen desempeño, nos ofrecía una dulcera para que eligiéramos un caramelo. En cuanto lo tomábamos iba con nosotros hasta la puerta y allí nos despedía: Nos vemos el viernes, tragoncitos.Ya en la calle, libres y felices, sintiéndonos ricos, Gildardo, Rubén y yo chupábamos los dulces despacio, a fin de prolongar el sabor a grosella, naranja o miel y, además –sin decírnoslo o tal vez sin saberlo–, la sensación de ser niños.IIIA la edad que teníamos entonces, para nosotros sólo existía el presente. No esperábamos que las cosas cambiaran y mucho menos que nuestra sociedad de niños comedores de sobrantes pudiera disolverse. Nos dimos cuenta de que habíamos estado en un error cuando el padre de Gildardo consiguió trabajo en un hotel de León.Gildardo nos dio la noticia un viernes, mientras regresábamos a nuestras casas con cinco monedas de 20 centavos y un caramelo. Rubén y yo pensamos que se trataba de una broma, hasta que Gildardo se puso a contarnos del trajín en su casa y los arreglos para la mudanza. No ocultó su emoción ante la posibilidad de ir a una ciudad desconocida, ocupar una casa distinta a la suya en San Álvaro e inscribirse en una nueva escuela.Gildardo no dijo cuándo iba a partir con su familia, pero al siguiente viernes ya no se presentó en la casa de Sofía Águila, quien, ante la ausencia de nuestro amigo, se limitó a un comentario odioso: De ahora en adelante les tocará más comida. Sin atender a nuestra reacción abrió el refrigerador y fingió entusiasmo ante los desperdicios cadavéricos para incitarnos a comerlos.Desanimados, Rubén y yo realizamos nuestro trabajo, obtuvimos la paga consabida y la gratificación adicional de un caramelo. De vuelta a nuestras casas lo saboreamos lentamente mientras caminábamos despacio, deteniéndonos bajo cualquier pretexto, con la secreta esperanza de que Gildardo llegara corriendo para despedirse y decirnos lo que inútilmente esperé oír en nuestra última conversación: Los voy a extrañar.IVDurante algún tiempo, Rubén y yo seguimos presentándonos en la casa de Sofía Águila, siempre en el mismo horario y bajo iguales condiciones. Para mí sólo una cosa cambió: el sabor de los caramelos se me hizo cada vez menos dulce y más amargo.Mar de HistoriasGatos y cucarachas 25
Cristina Pacheco
De vez en cuando circulan rumores de que van a demoler este edificio para construir sobre el terreno uno más alto y con más departamentos que éste. Hace dos semanas volvimos a oír la noticia, pero ni el dueño ni el administrador se han molestado en venir para aclararnos la situación. Como quien dice, estamos con un pie en el aire, sin que nadie nos diga cuánto tiempo nos dan para mudarnos o si no hay motivo de preocupación y las cosas seguirán como siempre.Sea verdad o mentira, bastó con que circulara el cuento para que reapareciera el dilema de lo que sucederá con nosotros a partir del día en que llegue la maquinaria y aparezcan los peones encargados de tirar nuestras viviendas.ISiempre ocurre lo mismo: a pesar de que lo hemos oído infinidad de veces sin que nada se haya modificado, el cuento de la demolición nos angustia, nos cambia. A los vecinos, que por lo general hablamos muy poco entre nosotros, nos vuelve comunicativos. En donde nos encontremos –ya sea en las escaleras, los corredores, la estación del metro o la tienda de Tobías– nos detenemos para abordar el tema y hacer el balance de las consecuencias que tendrá sobre nuestras vidas la desaparición del edificio.En los momentos de zozobra, como este que estamos padeciendo, nos olvidamos de la privacidad. El celo con que ocultábamos nuestros problemas se desmorona como un vidrio golpeado con un mazo. Nos vemos de frente, nos decimos las cosas por su nombre, tal cual son, y nos pedimos consejo. Si nos sacan de aquí y Abelardo decide que nos vayamos a vivir con sus papás, ¿lo sigo o me separo? Con lo que gano, imposible pagar más renta. ¿Saco a mi hijo de la escuela y lo pongo a trabajar para que me ayude con el alquiler o veo cómo le hago solita?IIEs curioso, pero el hecho de que este edificio pueda convertirse en escombro nos hace apreciar las ventajas de vivir aquí. Lo que antes nos parecía molesto pasa a ser provechoso. Por ejemplo, la orientación. Todos los departamentos dan al norte. En invierno parecen congeladores. Nos la pasamos cuatro o cinco meses quejándonos de que los cuartos sean tan fríos, de tener que andar abrigadísimos hasta en la cocina, de que a cada rato nos enfermamos.En cuanto nos llega el run-run de la posible demolición dejamos de lamentarnos y procuramos verles el lado bueno a nuestras viviendas. Nos alegra pensar en lo frescas y agradables que son en la época de calor. En cambio, durante la misma temporada, los inquilinos de los edificios nuevos que están cerca del nuestro tienen que dormir con las ventanas y las puertas de par en par, expuestos al peligro de les caiga algún ladrón.Lo mismo sucede con la plaga de gatos. Un día sí y otro también, los maldecimos porque inundan los corredores con la pestilencia de sus orines y nos desvelan con sus maullidos. Hartos, decidimos acabar con ellos dejándoles comida envenenada. Apenas volvemos a oír la noticia del derrumbamiento encontramos a los mininos algunas ventajas: nos advierten de los temblores, ahuyentan los ratones y descubren los nidos de las cucarachas.Aquí hay de todos tipos, desde grandotas voladoras hasta los asquerosos talcascuanes. Aunque pequeños, son los más peligrosos, porque se meten en la comida. Cuando le hago picadillo a mi marido lo examino muy bien antes de servírselo porque, con lo delicado que es Darío, si encuentra uno de esos animalitos en el guisado me va como en feria.Se lo conté a Amanda el otro día que la encontré en el zaguán y nos pusimos a hablar acerca de la demolición. No sé cómo, el caso es que salieron a relucir los problemas que tengo con mi esposo a causa de las cucarachas. Lo que menos esperaba, Amanda me dio un consejo: Dile a tu señor, con todo respeto, que es un ignorante. Por si no lo sabe, en China y en otros países las personas no matan a los insectos: se los comen porque tienen muchas proteínas. Así que cuando tu viejo encuentre un talcascuán en el guisado recomiéndale que lo aproveche en vez de poner cara de asco y hacértela de tos.IIIDespués de una semana buscando departamentos en el periódico por si teníamos que mudarnos pronto, decidimos llamar al doctor Villegas para que de una vez nos dijera qué onda, si lo de la demolición es cierto o nada más ocurrencia de Tobías. Él fue quien le dijo a Chinta que empezara a buscarse otro sitio en dónde vivir con sus canarios y su hermana porque, según sabía, en poco tiempo iban a demoler nuestro edificio.Enseguida Chinta, vuelta un mar de lágrimas, nos dio el pitazo. Desde entonces andamos tristones, desganados. Muchos han suspendido las composturas que estaban haciendo en sus departamentos porque, como dicen, y con mucha razón, para qué seguir invirtiendo su dinero en algo que ya no va a durar.Ya pasaron cinco días de que pedimos la cita con el doctor Villegas y hasta el momento no ha contestado. Hemos insistido, pero la secretaria siempre nos responde lo mismo: La agenda del doctor está muy saturada. Esperen a que les hable. A leguas se nota que le valemos gorro y que no va a llamarnos.Desde mi punto de vista, será mejor que vayamos a ver a Tobías, preguntarle quién le informó de que iban a demoler el edificio y decidir de acuerdo con lo que nos responda, pero dudo que lo haga.Mirándolo bien, y por lo que ha pasado en ocasiones anteriores, podría jurar que la hablilla de la demolición fue, otra vez, un invento de Tobías para sentirse superior y más enterado que nosotros. Cuando veamos que no sucede nada y nuestras viviendas siguen intactas, mis vecinos y yo acabaremos por olvidar el tema y vivir como antes del rumor: mirándonos de lado, saludándonos apenas, sin conversar, quejándonos por las incomodidades que soportamos en nuestros departamentos y combatiendo inútilmente a las cucarachas y a los gatos.Seguiremos metidos en nuestro aislamiento hasta que otra vez, no sé cuándo, a Tobías se le ocurra darle a Chinta o a cualquiera de nosotros la noticia de la demolición. Entonces, los inquilinos de este edificio, volveremos a hablarnos cuando nos encontremos en los pasillos, en las escaleras, en la calle o en la miscelánea de Tobías.
La Jornada, Enero 25, 2015.
Mar de Historias
Salida de emergencia (24)
Cristina Pacheco
No se ponga así. Deje de llorar y hágame caso: el día menos pensado llegará la solución a sus problemas sin que usted sepa cómo ni de dónde vino. Se lo digo porque me sucedió. La prueba es este negocio. Jamás imaginé que pudiera funcionar algo semejante y ya tiene 14 años. Al principio mis conocidos decían que iba a fracasar. No fue así gracias a que me tuve confianza, trabajé muchísimo y pienso seguir haciéndolo sin parar ni un momento.
En estos tiempos sólo Dios puede darse el lujo de ponerse a descansar el domingo, que, por cierto, si se fija usted en el calendario, no es el último día, sino el primero de la semana. Le diré que para mí todos son iguales. Será porque crecí en el rancho. Allá nunca descansábamos. Era durísimo. Por eso cuando alguien me pregunta si es pesado lo que hago nada más me río. Claro que me canso, pero no por pasarme tantas horas de pie, sino por lidiar con los inspectores. Ya vienen menos, pero al principio me llegaban dos o tres a la semana dizque para comprobar que mi licencia seguía en trámite y las instalaciones estuvieran bien, de otro modo iban a ponerme sellos de clausura.
Entre todos los inspectores había uno muy bravo. Siempre estaba vestido de café y con zapatos de charol. El primer día llegó tempranito, a la hora en que yo estaba sacando mi basura. Al verlo tan elegante pensé: Éste no viene a lavar ropa ni menos a cortarse el pelo, entonces, ¿qué quiere? Me lo dijo enseguida: revisar mi negocio para cerciorarse de que no hubiera nada anómalo.
En mi vida había oído esa palabrita: anómalo. Entendí su significado cuando el individuo, después de revisarlo todo, me explicó que no podía seguir prestando servicios mientras mi establecimiento no tuviera ruta de evacuación. Le pregunté si no era suficiente con la puerta y me respondió que de ninguna forma, porque en caso de una emergencia mis clientes no tendrían por dónde salir.
No pude menos que reírme. En aquel tiempo, le estoy hablando a usted de hace 14 años, mi clientela no pasaba de una o dos personas al día. Entonces, ¿cuál era el problema de que sólo contara con una puerta? Por allí podrían salir con toda facilidad. El inspector, muy serio, se puso a explicarme que en situaciones de pánico las personas actúan con precipitación y ese es el verdadero peligro cuando ocurren incendios, inundaciones, derrumbes, temblores y otras contingencias.
Le di la razón porque en esta colonia hemos padecido todo eso, menos contingencias. Recordé una mañana que tembló muy fuerte y todos salimos a la calle como estábamos: mi abuelita, que en paz descanse, envuelta en su colcha; mi mamá, en fondo; mi papá, con media cara rasurada; mi hermano Jaime en calzoncillos y con un zapato; yo con la cabeza llena de tubos. Los vecinos también aparecieron en fachas, unos a medio vestir o de plano encuerados, entre ellos Ícaro. Era un prieto grandote. Yo entonces era muy jovencita y el hombre me encantaba. Con decirle que nomás de verlo me ponía a sudar.
Aquella mañana, después de que comprobamos que no había desgracias que lamentar, nos pusimos a reír de lo ridículos que nos veíamos. Me burlé de medio mundo, hasta de mi abuelita, menos de Ícaro: me decepcionó y dejó de provocarme sudores.
II
Al inspector le conté lo del día del temblor sin entrar en detalles, sólo para demostrarle que estaba exagerando. No lo convencí, sólo me dio un plazo de 15 días para que abriera la ruta de evacuación. Pero ¿cómo? Esta casa no es mía. Antes la alquilaban mis papás. Pero desde que ellos murieron y mi hermano se cambió a Ojo de Agua, la alquilo yo. Cuando le dije a la señora Malba, la dueña, que pensaba abrir un negocio en la sala de mi casa, me salió con que entonces me subiría la renta 250 pesos.
Si luego le hubiera dicho que iba a romper la pared de la azotehuela para abrir la ruta de evacuación me habría pedido las perlas de la virgen. Estaba resignada a que mi plan se fuera al diablo, pero por suerte conversé con Salustio, el gasero, y él me dio un consejo: Olvídese de evacuaciones y pendejadas. Lo que el inspector quiere es que usted le dé mordida. No se la ofrezca, chíllele. Cuando le ponga una cantidad, cuéntele su situación: está distanciada de su familia, es madre soltera y tiene que mantener a tres criaturas. Con todo y que me puse muy nerviosa, puse en práctica el consejo. No me arrepiento.
Mi negocito va jalando. Me da para que mis hijos sigan estudiando y no les falte nada, pero hay veces en que me harto y pienso en cerrarlo. Pronto se me pasa el arranque y me alegro de tener una rutina: de lunes a sábado trabajo de ocho a ocho; los domingos de nueve a tres, pero casi siempre acabo más tarde porque nunca falta una señora que llegue y me diga: “ Licha: ya estoy muy canosa. Pínteme el pelo mientras pongo mi ropa en la lavadora. Vendría en la semana, pero no puedo: salgo tardísimo de la fábrica y en el viaje hasta acá hago dos horas. Cuando llego a su pobre casa sólo pienso en dormir. No puedo: tengo que atender a la familia, sobre todo a mi esposo”.
Siempre que oigo explicaciones así me siento muy orgullosa de haber tenido valor para abrir este negocio. Se me ocurrió de la manera más extraña. Voy a contársela para que vea que no me equivoco al aconsejarle que no se desespere ni pierda la esperanza: las soluciones llegan de donde menos se espera.
III
Un día fui a pagar la luz. Era tarde, la cola estaba inmensa y me tocó formarme detrás de una mujer muy alta. Me llamó la atención por eso y porque a cada momento veía su reloj. Sentí ganas de hablarle para distraerla, pero no lo hice. Fue ella quien me abordó para quejarse: Hay 10 ventanillas y sólo tres empleados, que además están platicando. Así no vamos a salir nunca y tengo prisa. En la oficina me dan sólo 45 minutos para que coma. Pensaba aprovecharlos para ir al salón de belleza y de paso recoger la ropa que dejé en la lavandería el lunes. Es viernes, no he tenido un minuto para ir por ella y mi marido está fúrico porque lleva cuatro días con la misma camisa.
La mujer hablaba rápido y como si nos conociéramos de toda la vida: Hay cosas que los hombres no comprenden. No, claro, cómo va a ser, si ellos no se ocupan de la casa y con afeitarse están bien. En cambio nosotras tenemos que maquillarnos, teñirnos el cabello… El mío ya está horrible. Disimulo las canas con un lápiz que me regaló una amiga, pero no queda igual… Le aseguré que se veía muy bien. Eso la puso de buen humor y me dijo en broma: Las mujeres seríamos dichosas si hubiera salones de belleza con lavandería integrada, ¿no cree?
No alcancé a contestarle ni creo que le interesara mi respuesta, pero de su pregunta me nació la idea de abrir un negocio completamente novedoso. Tenía certificado de cultora en belleza, mi sala era inútil porque nadie me visitaba, mi lavadora viejita servía. En la tarde fui a ver a la casera y le hablé de mis planes. No creyó que fueran a funcionar, pero me dio su autorización a cambio de subirme la renta. El lunes siguiente colgué sobre mi puerta una tabla con dos palabras: Salón y lavandería. En ese momento cambió mi vida.
Se lo debo a una extraña. No sé su nombre ni en dónde vivirá. Si lo supiera iría a decirle que hice realidad su sueño y de paso encontré una salida de emergencia.
La Jornada, Enero 18, 2015.Mar de Historias
Entre el río y el cementerio (23)
Cristina Pacheco
Cuando se refieren al momento de su primer encuentro, la fecha siempre es motivo de discusión. Valeria asegura que coincidieron hace 43 años en la única sucursal bancaria del pueblo delimitado por un río y un cementerio. Bruno la contradice, sostiene que fue mucho antes y se lo demuestra mencionando títulos de películas, canciones, personajes célebres de la época. Para convencerla de que no miente y aún conserva su buena memoria, le describe la forma en que ella iba vestida aquel martes: blusa azul, falda corta, botas hasta la rodilla y una bufanda inútil contra el frío de un octubre a siete grados de temperatura.
Por coquetería, y sobre todo por el gusto de prolongar la conversación, ella justifica lo inadecuado de su atuendo en el hecho de que no iba preparada para el frío porque acá octubre no es tan inclemente como allá, donde el cielo a esa altura del año es más azul. O por lo menos así se lo parecía cuando, de paso a la oficina de correos, se demoraba en el jardín solitario para mecerse en un columpio y ver, con la cabeza echada hacia atrás, las líneas blancas dibujadas por los aviones. Los surcos efímeros, mezcla de humo y espuma, la hacían añorar el fin de su estancia en el pueblo y el retorno a su mundo y sus rutinas.
Siempre que Valeria menciona aquella urgencia, Bruno la devuelve al punto de su encuentro, cuando él no sospechaba el ansia de ella por alejarse de un ambiente nuevo y apenas explorado: Cada que pienso en la mañana de nuestro encuentro lo que más recuerdo de ti es tu cabello largo hasta los hombros atado sobre la nuca. Valeria aporta un detalle que precisa la imagen: Ah, sí: con un broche de carey que me regaló… Bruno la interrumpe, no quiere saber sino confesar su aspiración de entonces: Sentí la tentación de arrancártelo para ver tu cabello suelto, libre.
Ella se siente halagada por esas palabras y corresponde con otras en igual tono: A mí me llamó la atención que fueras pelirrojo. En mi pueblo, a las personas que tienen el pelo de ese color se les atribuían poderes especiales, maléficos, adivinatorios. ¿Los tienes? Él contesta con un murmullo que equivale a una afirmación y ella continúa: ¡Fantástico! Entonces dime qué pasará con nosotros. La respuesta no se deja esperar: “Seremos amigos viejos, para siempre, aunque vivamos tú allá y yo acá”. Valeria necesita una contestación más precisa: ¿Volveremos a vernos? Él permanece en silencio. Con eso basta.
II
Como les tiene que bastar que su amistad florezca en un presente perpetuo. Lo por vivir no existe; lo vivido ayer ocurre siempre ahora, aquí y allá. Esos adverbios de lugar sustituyen los nombres de dos ciudades diferentes, remotas. Su distancia se acorta, o mejor dicho desaparece, cada vez que Valeria y Bruno se llaman por teléfono para fortalecer una relación de muchos años que es también siempre nueva y sólo terminará el día en que ambos falten.
Antes de que eso ocurra, según lo acordaron en su primera charla telefónica, el sobreviviente se encargará de mantener el recuerdo, también acotado por un río y un cementerio, de lo muy poco que sucedió entre ellos y su manera de comunicarse.
Valeria dice que al principio sus conversaciones fueron a señas, articulando excesiva e inútilmente palabras que sabían incomprensibles para ambos. Bruno le asegura que no era así, que él empleaba algo del español aprendido en un viaje relámpago a Sevilla. Valeria aún encuentra divertida la forma en que él ceceaba el nombre de la ciudad a orillas del Guadalquivir. Lo saca a cuento sin motivo, sólo para oír la risa tímida de Bruno y recordar la forma en que su amigo enrojecía cuando aceptaba su confusión entre la z y la s.
III
Sus encuentros nunca fueron producto de una cita. De casualidad coincidían en alguna de las calles estrechas del pueblo con una sola sucursal bancaria, una oficina de correos y un restaurante chino decorado con pagodas, faroles, garzas haciendo equilibrio sobre una pata y un Buda dorado que le recordó a Valeria ciertos cafés de la ciudad antigua a los que pensó invitar a Bruno cuando él cumpliera la promesa de visitarla en México.
¿Cuántas veces estuvieron en el café chino? Valeria afirma que en varias ocasiones. Recuerda en particular la tarde que se pasaron bebiendo vino rosado, hundiendo torpemente los palillos chinos en los tazones de arroz e intercambiando dibujos trazados en servilletas de papel. Lamenta no haber guardado ninguno, en cambio Bruno se enorgullece de conservar el retrato que ella le hizo y en el que aparece flaco, vestido de negro y los cabellos largos que lo hacen parecer un mago o un adivino. ¿Volveremos a vernos?
No hubo respuesta entonces, ni la tarde en que él la acompañó a la estación sin saber cómo iban a despedirse. Llegaron muy temprano, con tiempo suficiente para recorrer el campo alrededor y deleitarse mirando los árboles ya cobrizos a causa del otoño. ¿Conversaron? Valeria dice que sí, a su manera: con sonrisas, palabras contrahechas y algunas señas que aludían a su primer encuentro, su lenguaje particular, sus tardes en el restorán chino, sus paseos a lo largo del río y su única visita al cementerio: silencio y piedra gris salpicada de yerbitas silvestres movidas por el viento.
Bruno conserva el mismo recuerdo de aquella tarde en que por primera vez maldijo la puntualidad del tren. Tuvieron unos segundos para abrazarse ante la mirada pálida y la tez pálida de un empleado que de seguro tenía una historia pálida. Bruno sabe que evitó hacer promesas mientras Valeria subía la escalerilla. Se sintió a salvo de la tentación cuando la vio apresurarse para encontrar su asiento y su ventanilla. No pudo abrirla y él pegó en el cristal sus dos manos abiertas, con la eme bien dibujada en la palma, como si quisiera inmovilizar el tren que resopló, hizo un movimiento brusco, luego otro apenas perceptible y después uno más rápido hasta que la escena se dividió y el aquí y él allá adquirieron su verdadero significado.
Valeria dice que por haber corrido al último vagón alcanzó a ver a Bruno volviéndose hacia ella y caminar de prisa por el andén rumbo al pueblo con su abrigo negro y el cabello más rojo, como si lo incendiaran los últimos rayos de sol. Bruno le asegura que las cosas sucedieron en otra forma: no se alejó. Aturdido, tomó asiento en la única banca de la estación, encendió un cigarrillo y se quedó mirando el tren que, según se alejaba, iba dejando vacíos los restos de la tarde.
IV
De esto, de su despedida, hablaron por teléfono esta noche. A través de palabras deformadas, señas, gestos, Valeria procuró marcar los pormenores de aquella tarde como quien repasa las líneas de un dibujo para impedir que se borre. Él lo hizo con una emoción fresca, como si entre los últimos momentos juntos y su conversación de hace una hora, no hubiesen transcurrido más de 40 años. Cuando Bruno colgó el teléfono Valeria imaginó a su amigo vuelto hacia ella, alejándose otra vez por el andén rumbo al pueblo delimitado por un río y un cementerio.
La Jornada, Enero 11, 2015.Mar de Historias
Agendas (22)
Cristina Pacheco
Sobre el escritorio está la nueva agenda. Sus tapas impecables son como el frente de una casa recién construida aún desierta. Las líneas en sus páginas sugieren caminos que no se sabe adónde llevarán. Las fechas en el ángulo superior remiten a sucesos del pasado porque aún no tienen memoria propia: hibernan en espera de que la vida cronometrada se aloje en su blancura.
Tapas, líneas, fechas suscitan curiosidad, incertidumbres, temores, esperanzas. También avivan el recuerdo de acontecimientos que ocurrieron en las horas de días que nunca volverán.
En el cajón del escritorio se acumulan agendas de años anteriores. Tienen las cubiertas maltratadas y las abultan los papeles guardados entre las hojas llenas de números, nombres, direcciones, frases incomprensibles, tachaduras, iniciales, reflexiones, desahogos: 1º. de abril: En resumidas cuentas, no sé cómo resolverlo. Julio 12: Me dio pena confesar que nunca he sacado un pasaporte. Octubre 31: Valió la pena. Diciembre 11: Otra vez me tocó hacer la lista del intercambio de regalos. ¡Ni modo!
II
De entre las viejas agendas, Eugenia selecciona una al azar. 1999. La hojea de prisa. Aunque no alcance a leerlas, sabe que las anotaciones en cada página corresponden a momentos de su vida. No logra recordar ninguno en especial, ni siquiera está segura de que en ese año haya viajado a Cancún para la boda de Lourdes, su mejor amiga. La anotación inicial en su libreta 2015 podría ser: Llamar a Lulú para felicitarla por el año nuevo.
Eugenia retrocede a la primera página. Allí siguen escritos sus propósitos para el año 1999 que hoy considera remotísimo. Pronto verá del mismo modo el 2015, que tiene algunos días de comenzado. Reflexionar sobre la fugacidad del tiempo la incomoda y opta por leer la lista que escribió con muy buena letra y tinta violeta hace l6 años (¡quién lo diría!): Huir de los recuerdos tristes. Reconciliarme con mi hermana Carla. No esperar a que las soluciones me caigan del cielo. No perder el tiempo en reuniones que no me interesan. Pedir que me aumenten el sueldo. Salirme de la casa de mis papás y alquilar mi propio departamento. Poner orden en mis cosas. Menos tele y más lectura. Aceptarme como soy (subrayado tres veces). Hacer ejercicio, aunque sea en la casa.
Esa aclaración le recuerda a Eugenia su mala racha del 99, que la obligó a renunciar al gimnasio y sustituir las rutinas bajo supervisión profesional por caminatas en los andadores de la colonia. Recorrerlos a buen paso era grato a pesar del pavimento desigual, los ciclistas en contrasentido, la suciedad de los perros, el desenfado de los menesterosos drogándose en las bancas, las bolsas negras desbordando basura y la triste imagen de los pepenadores hurgando en ellas.
Entre ese grupo había una mujer pequeña, musculosa, acompañada de tres perros flacos y largos. Obedientes y fieles, se echaban a los pies de su ama para verla saltar sobre las latas de aluminio con una furia sólo comparable a la del Arcángel Miguel en su lucha contra el Maligno.
Eugenia se pregunta qué habrá sido de ese personaje y del hombre altísimo, con lentes azules, que paseaba a un perrito nervioso. ¿Y la señora que leía ávidamente sin dejar de comer la ensalada de atún que sacaba de un tóper? Por el uniforme blanco se veía que era una de las enfermeras del hospital de rehabilitación vecino del expendio de llantas.
III
Esos recuerdos hacen que Eugenia eche de menos su etapa de caminante. Duró unos cuantos meses pero logró progresos notables. Como primera meta eligió el puesto de flores. Recorrer las 11 cuadras que mediaban entre ese punto y su casa le producía dolor en las rodillas y una especie de mareo. Se sobrepuso a esos malestares y en pocas semanas conquistó un paradero más lejano: el restaurante de cortes argentinos con mesas en la calle donde las parejas, indiferentes al asado de tira, charlaban y bebían vino tinto.
Ser protagonista de una escena parecida fue la aspiración secreta de Eugenia y lo sigue siendo. Aceptarlo la avergüenza, la ilusiona, la impulsa a volver a los andadores e imponerse distancias más largas: primero a la tienda departamental, después a la Glorieta de la Palma.
Ese árbol solitario lloroso de dátiles incomibles, traído de quién sabe dónde, está asociada a uno de sus más bellos recuerdos: los paseos con su abuela Gracia contándole de cuando llegó a la ciudad de México y no conocía a nadie más que a su vecina: una gringuita que no hablaba español y todo el tiempo le decía Maidarling a pesar de sus esfuerzos para aclararle que su nombre era Engracia y no Maidarling.
La añoranza de aquellos tiempos en que su abuela Gracia vivía le provoca a Eugenia un dolor suave pero lo desecha recordando el primer buen propósito de l999: Huir de los recuerdos tristes. Aún no ha cumplido con él. Es uno de sus pendientes. Lo saldará en el 2015 y lo anota en su nueva agenda como primer objetivo de un año que sin duda será mejor. Su certeza se origina en el recuerdo de las experiencias vividas en el 2014: el más implacable y cruel de todos los calendarios.
Huir de los recuerdos tristes, murmura dándose golpecitos en la frente, y se concentra en plantear sus nuevas metas. Podrían ser las de l999 que aún no ha cumplido. Por ejemplo, alquilar su propio departamento. La realidad se le impone de inmediato: en sus condiciones actuales, con la inseguridad en el trabajo, imposible pagar una renta. Más vale que lo acepte si no quiere convertir su condición de hija de familia a los 38 años en un infierno. Sin titubeos redacta su segundo propósito: Ser más comunicativa con mis papás.
Guiada por la lista escrita hace l6 años sigue adelante. Proponerse la reconciliación con su hermana es inútil. Carla ya no vive, lo más que puede hacer es visitarla en el panteón y decirle, aunque sepa que no obtendrá respuesta, lo mucho que lamenta no haber hablado con ella. La conciencia de la imposibilidad le dicta el tercer objetivo para el 2015: No dejar nada para mañana.
IV
Eugenia relee lo escrito. Es pobre pero no se le ocurre nada más. Su mente está en blanco. Necesita inspirarse. Saca del cajón otra agenda: 2003. En la primera página encuentra los mismos propósitos que en la anterior. La cierra y toma una distinta: 2005. Nada nuevo: Huir de los… Reconciliarme con… No esperar… Sigue leyendo hasta llegar a la última línea: Hacer ejercicio.
Por lo que ha visto, Eugenia deduce que en las viejas agendas que aún no ha revisado encontrará la misma lista de objetivos, como si todos los años transcurridos hubieran sido el mismo. Reitera que este tiene que ser diferente, empezando por Huir de los recuerdos tristes y No dejar nada para mañana.
La jornada, Enero 4, 2015.Mar de Historias
Útima cena (21)
Cristina Pacheco
–En el último piso, a la derecha, luego, luego está el departamento de la señorita Angélica. El timbre no sirve–. Antes de volver a la portería el hombre agrega otra aclaración: –Suba con cuidado porque no hay focos. El dueño no quiere comprarlos y yo no voy a poner de mi dinero.
Estela sigue escuchando las quejas del portero hasta que llega al final del corredor. Allí arranca una escalera metálica, frágil y empinada. Pensar en subirla le provoca escalofríos pero no retrocede. Temblando, cuenta los escalones. Siente alivio cuando al fin ve la puerta con el número 402. Recuerda que el timbre no funciona y da tres golpes.
Angélica: –Voy, un momentito. –Se escucha el golpe de un llavero contra la puerta que al fin se abre: –Perdona que te reciba en estas fachas: hace días que no me levanto.
Estela: –¿Sigues mal?
Angélica: –Ya no he tenido fiebre pero no se me quita el dolor de cabeza. –Señala una puerta adornada con un reno blanco y un moño rojo. –¿Te importa si platicamos en mi cuarto? Necesito acostarme.
Estela: –Creo que mejor me voy y regreso otro día que te sientas mejorcita.
Angélica: –Ay, no, ¿cómo crees? Si te estaba esperando Llevo casi una semana sin hablar con nadie. Te juro que la boca me sabe a centavo–. Ofrece la única silla y entra en la cama: –¿Quieres un cafecito o una copa? Tengo la botella de ron que me regaló Macías, pero no hay cocas.
Estela: –No te preocupes, me lo tomo derecho. ¿Allá está la cocina?– Al pasar lo mira todo. –Tu depa está muy bien.
Angélica: –No, ¡qué va! Me quedo aquí porque es lo único que puedo pagar y además para mí sola.
Estela: (Reaparece con un vaso en la mano.) –No te serví porque con las medicinas que estás tomando puede hacerte daño.
Angélica: –Olvídate y cuéntame: ¿cómo salió la cena en tu casa?
Estela hace un gesto de repugnancia, mira al techo, bebe y se estremece.
II
Estela: –Por principio de cuentas mis hermanos no fueron para llevar algo; bueno ni siquiera un pan o una lata de aceitunas. Y mis cuñaditas: ¿crees que se ofrecieron a ayudar a mi mamá en la cocina? ¡Para nada! Así que ya te imaginarás.
Con todo y que llegué muerta de la tienda, tuve que ponerme a guisar los romeritos a las 10 de la noche. Lo bueno es que mi mamá había preparado las tortas de camarón desde en la mañana, porque si no.
Angélica: –Son ricas. ¿Qué más prepararon?
Estela: –Bacalao.
Angélica: –Está carísimo.
Estela: –Pues sí, pero mi mamá con tal de darles gusto a mis hermanos es capaz de gastar lo que no tiene. Ahora, claro, anda tronándose los dedos porque se propasó con la tarjeta. Se lo advertí pero no le importó y me hizo acompañarla a comprar un kilo de bacalao, y del bueno. Por poco no nos alcanza. Entre mi mamá, yo, mis hermanos, las cuñaditas y los tres sobrinos, al principio éramos nueve. Pero después llegaron mi primo Claudio y mi tía Dolores. Los dos comieron como locos, pero antes apartaron un bocadito para llevárselo a su casa, porque les encanta hacer el recalentado.
Angélica: –¿Y qué tomaron?
Estela mira los restos de ron en su vaso y le pide autorización a su amiga para servirse un segundo trago.
III
Estela: –En mi familia los hombres no saben beber. Con una copa que se tomen se vuelven locos: cuando no les da por llorar, se agarran a golpes y por eso todas nuestras fiestas terminan en unos pleitazos bárbaros. La otra noche, cuando se armó la bronca entre Sixto y Daniel, estuve a punto de llamar a la patrulla.
Angélica (incorporándose sobre las almohadas): –Pero si son hermanos.
Estela: –Sí, y según ellos se adoran; pero ya borrachos, se desconocen y por cualquier cosita se dicen hasta de la mamá, sin importarles que mi madre esté allí–. Asienta el vaso en el buró. –Esta vez ¿sabes por qué empezó todo? Porque Daniel le dijo a Sixto que no les comprara juguetes tan caros a sus niños. Eso bastó para que Sixto saliera con que nadie en el mundo tenía derecho a meterse con sus hijos.
Angélica: –Dar un consejo no es meterse.
Estela: –Claro que no. Eso todos lo entendemos–. En actitud cautelosa: –Lo que le sucede a Sixto es que anda nervioso: teme que su mujer se entere de que la chamaca con la que se metió, una tal Dalila, está embarazada.
Angélica: –¿Y tú cómo lo sabes?
Estela se lleva la mano a la frente, agita la cabeza, murmura y ríe.
IV
Angélica: –No entendí. ¿Qué dijiste?
Estela: –Que me enteré de todo por mi ex.
Angélica: –¿Sigues viendo a Efraín?
Estela: –¿Viendo, viendo? ¡No! Me lo encuentro y lo saludo; a veces platicamos, pero fuera de ahí, ¡nada! No quiero vivir con un tibio. Cuando lo digo, mi madre se enfurece. Según ella no hay mejor hombre en el mundo que Efraín. Lo piensa porque no lo conoce a fondo y como es muy zalamero con ella, pues lo adora y lo trata como si fuera otro hijo.
Angélica: –¿Tanto?
Estela: –Sí. Quería invitarlo a la cena del 24 pero le advertí que si Efraín entraba a la casa yo me iba. Sólo así la contuve, pero te juro que me pasé la noche temiendo que el tipo ese fuera a presentarse. Ya me lo ha hecho otras veces: llega con un regalito, muy sonriente y haciéndose el simpático.
Angélica: –Por cierto, ¿qué te regalaron tus hermanos?
Estela: –A mí, nada; a mi madre, entre los dos, una batería dizque muy buena. Sí, claro, muy buena para que ella les siga cocinando lo que sus mujeres no saben hacer o ellos no les piden para no molestarlas porque las señoras están muy cansadas.
Angélica: –¿Tus cuñadas trabajan?
Estela: –Sí. Mónica es jefa de demostradoras y Lourdes es auxiliar de un contador. Son chambeadoras. Mi mamá también y, sin embargo, ¿quién tiene miramientos con ella?
Angélica: –¿Y en qué terminó el pleito?
Estela: –En reclamaciones, llantos, platos rotos, insultos. Como intervine, mis hermanos juraron que nunca más me dirigirían la palabra. Daniel le dijo a Sixto que a partir de ese momento lo diera por muerto. Siempre salen con lo mismo, ¿y qué? Al poco tiempo andan muy acuaches, muy amigos, y vuelven a presentarse en mi casa el 24 de diciembre como si nada. Pero ¡se acabó! Esta fue la última cena de Navidad. Si llego a organizar otra será por mi madre, para no quitarle la ilusión de preparar su bacalao: le sale como a nadie.
La Jornada, Diciembre 28, 2015.
Mar de Historias
Horas de diciembre (20)
Cristina Pacheco
Los inmortales
Desde mediados de octubre la fábrica se vuelve una romería. A todas horas llegan a visitarnos turistas, familias, compradores al mayoreo y grupos de niños a quienes sus maestros traen para que vean cómo se produce un árbol de Navidad tan detallado que parece real. Para conseguir ese efecto nos inspiramos en las fotografías de pinos verdaderos que colgamos encima de nuestras mesas de trabajo.
Belén es la encargada de explicarles a los niños que utilizamos una armazón de aluminio para simular el tronco y las ramas. Al tronco lo forramos con cinta canela para que se vea cafecito. Esta parte del proceso es menos laborioso que cubrir los brazos del árbol con cenefas de papel picado de un verde muy brillante. Al final, rociamos la pieza con espray de olor a bosque.
Belén termina su discurso señalando las ventajas de nuestros arbolitos: no se marchitan, no ensucian el piso con sus agujas, son repelentes al fuego y muy lavables. Sin importar sus dimensiones, desarmados se reducen a centímetros. Sin que ocupen demasiado espacio pueden almacenarse en cualquier parte con la seguridad de que el siguiente diciembre se verán tan verdes y perfumados como el día en que salieron de la fábrica.
No necesito oír las explicaciones de Belén para saber que los árboles de Navidad que fabricamos son perfectos, hermosos, decorativos, durables, prácticamente inmortales. Por esto, sólo por esto, me causan lástima.
De mí para ti
Son tiempos difíciles. No estamos para lujos y mucho menos para detallitos. Las raras veces que salimos a comer con algún compañero de trabajo cada quien paga lo suyo y va a medias con la propina. Si alguna de las muchachas tiene un bebé le mandamos una tarjeta de felicitación con cigüeña y no, como antes, un móvil o un juego de chambritas.
Hace tiempo que en la oficina ya no celebramos ni santos ni cumpleaños. Este será el primer diciembre que no hagamos brindis ni intercambio de regalos. Nos evitaremos gastos pero también la emoción de organizar la fiesta, de unir los escritorios para hacer una mesa larga donde poner los platos de cartón con ensalada de macarrones y salchicha, las botellas de sidra y los refrescos.
El sorteo para el intercambio de regalos era lo más divertido. Primero las mujeres y por turno, metíamos la mano en el tarro lleno de papelitos doblados, siempre con la esperanza de que el número que elegíamos a ciegas correspondiera a un compañero que nos resultaba atractivo.
En la rifa nunca he tenido suerte. Desde que comencé a trabajar en esta oficina invariablemente saco el número de la contadora, alguna secretaria o de hombres que no me simpatizan. El anterior diciembre me tocó regalarle a Mauricio Ávila y no, como esperaba, a Juan Manuel.
Lleva apenas dos años trabajando con nosotros. Me gustó desde el día en que coincidimos en el elevador. Creo que también le agrado, lástima que sea tan tímido. Nunca sabe qué decirme o, cuando mucho, me habla del pésimo servicio de teléfonos o los problemas con su computadora. Tal vez las cosas habrían sido más fáciles si en uno de los dos intercambios en los que participó Juan Manuel me hubiera salido su número.
Como es muy amable, estoy segura de que me habría dicho: Qué buen gusto tienes, Qué bonita corbata o cualquier cosa que me permitiría armar una verdadera conversación y después, como me han contado mis amigas que les sucede, pasar a algo más grato, más íntimo.
En el sorteo anterior me saqué el número 72. Le correspondía a Mauricio Ávila. Se cree guapísimo y estoy segura de que compra zapatos dos números más grandes que su talla. El tipo me choca y sin embargo tuve que comprarle un regalo. Elegí una bufanda gris, muy áspera. Cuando se la entregué me dijo que le gustaba porque era muy british. A la hora del brindis se me puso romántico. Fingí no oírlo, le dije que tenía prisa y me bebí la sidra de un jalón, como si fuera un vaquero insolado que llega a una cantina.
En el estacionamiento me encontré a varios compañeros que del trueque de obsequios pasaban al de besos y caricias. Sentí deseos de saber cómo besaría Juan Manuel. Pensé que con suerte iba a saberlo al siguiente diciembre, o sea este. No hay la mínima posibilidad de que satisfaga mi curiosidad: en la oficina no tendremos intercambio de regalos.
El grupo
Los años pasan y, como es natural, cambian las personas y las costumbres. Por eso me sorprende y me alegra tanto que mis compañeras de secundaria y yo sigamos reuniéndonos la primera quincena de diciembre, aunque con algunos cambios involuntarios y siempre bajo una condición: no hablar de cosas tristes.
Al comienzo de nuestras reuniones hacíamos cenas en los viejos restaurantes del centro, sumábamos el dinero disponible entre todas y elegíamos algún platillo muy condimentado y un vino barato o cerveza. Nuestras risas despertaban la curiosidad, y en muchas ocasiones, el disgusto de los demás parroquianos. Pero no cedíamos ni bajábamos el tono de voz cuando recordábamos nuestras aventuras estudiantiles.
Después del último brindis, salíamos a recorrer las calles que a todas nos recordaban cosas: nombres, encuentros, hechos insignificantes que convertíamos en hazañas. Luego nos abrazábamos para despedirnos con la promesa de mantener el contacto telefónico y acordar el nuevo punto de reunión, siempre en la ciudad antigua. Nos gustaba, entre otras cosas, porque la creíamos llena de fantasmas. Un reto.
En aquella etapa éramos nueve amigas. A veces, para revivir la costumbre escolar, nos hablábamos por nuestro apellido, como si estuviéramos pasándonos lista: Álvarez, Benítez, Fragoso, Hernández, Martínez, Olvera, Torres. La primera en no responder presente fue Lucila Torres. Llenamos su ausencia recordándola durante toda aquella noche y después, cuando ya un poco ebrias salimos a la calle, convocándola como si fuera otro fantasma.
Al cabo de algunos años las circunstancias de nuestra vida, los cambios en la ciudad antigua y sobre todo ciertos rumores, nos obligaron a cambiar nuestro punto de encuentro para la cita del siguiente diciembre. Tras una serie de conversaciones telefónicas elegimos un restaurante al sur de la ciudad. Tenía música en vivo que atormentaba nuestras conversaciones y optamos por otro y luego por otro hasta que dimos con este: tranquilo, fresco, silencioso.
A cada mudanza ha ido disminuyendo el número de asistentes a las reuniones. Ya somos nada más cuatro. Llegará el día en que sólo quede una. ¿Vendrá?
La Jornada, Diciembre 7, 2014.
Mar de Historias
Vibra sintética (19)
Cristina Pacheco
Un calcetín negro con pelusa blanca, el resorte flojo y un agujero en la punta fue lo que encontré en la secadora confundido con mi ropa interior, los pants que uso para dormir y el delantal que me pongo los domingos en que la añoranza de la casa paterna me inspira a cocinar alguna de las especialidades de mi madre: sopa de habas, albóndigas en chipotle, pescado a la veracruzana y unos memorables filetes de cazuela –que por supuesto no me salen como a ella.
En cuanto descubrí el calcetín recordé las series televisivas protagonizadas por asesinos seriales que dejan mensajitos en apariencia inocuos, mientras observan desde algún punto a su futura víctima femenina en el momento en que ella vuelve de su trabajo, se desviste a toda prisa junto a la ventana, corre al baño. Al cabo de unos minutos la mujer reaparece con el cabello recogido y en bata afelpada, bebiendo una copa de vino necesariamente blanco y en actitud soñadora se desplaza al ritmo del blues que sale de un modular.
A Ramsés, el administrador del condominio, no le mencioné mis especulaciones. Sólo le mostré el calcetín y le pregunté qué hacía eso en mi carga de ropa. Aún no olvido su expresión displicente al responderme: ¿Cómo quiere que lo sepa? En este edificio hay 110 departamentos, en cada uno viven dos, tres o más personas, la mayoría de ellas son hombres que bajan al sótano a lavar su ropa: calzoncillos, yins, playeras y calcetines.
La explicación de Ramsés me hizo comprender lo estúpido de mi preocupación. Sin más qué decir, me concreté a dejar el calcetín encima de la secadora a fin de que su dueño, en caso de que volviera a utilizar la máquina, lo recuperara.
Con la sensación de haber hecho una buena obra regresé a mi departamento. Silencioso, ordenado, era lo opuesto al que mis hermanos y yo ocupábamos cuando ellos eran solteros y aún no me decidía a tener mi propio espacio. En aquella época de convivencia familiar, a todas horas oía las protestas de mi madre contra el hecho de que Luis Ángel, Tenorio y Ernesto dejaran su ropa tirada en cualquier parte.
Ese recuerdo me hizo consciente de que llevaba más de un año, desde que me independicé de mis padres, sin tropezarme en mi departamento con una sola prenda masculina. Tal vez por eso me había inquietado tanto encontrar un calcetín entre mi ropa recién salida de la secadora.
II
Al siguiente viernes, cuando ya había olvidado el asunto del calcetín, descubrí en mi carga de secado una playera negra, extra grande, con cierre al frente. Al querer separarla de mi ropa, por efecto de la electricidad, los tejidos sintéticos se erizaron y descargaron toquecitos en las yemas de mis dedos.
A sabiendas de que nadie más estaba en el sótano, me puse a ver la playera y a preguntarme quién o cómo sería su dueño. Me gustó pensar que se trataba de un tipo joven, recién casado, que tal vez en ese momento estaría diciéndole a su esposa: No encuentro la playera que me regalaste o algo semejante. Por un momento envidié a esa mujer imaginaria y la vida que supuse llevaría con su marido.
Mi curiosidad aumentó. Sentí el deseo de escribirle una nota al distraído pidiéndole que por favor tuviera más cuidado con su ropa; sin embargo, me limité a doblar la playera y dejarla encima de la secadora, como había hecho antes con el calcetín.
Estaba decidida a no concederle mayor importancia al nuevo hallazgo pero, aquella mañana, en cuanto subí al elevador, me dediqué a observar a los hombres que también descendían a los niveles de estacionamiento para ver si adivinaba cuál de ellos era el usuario de la prenda mezclada con las mías.
De pronto me di cuenta de que todo el tiempo había orientado mi curiosidad y mi preocupación hacia una sola persona cuando era muy posible que se tratara de dos: una, dueña del calcetín y otra, de la playera. En tal caso tendría que duplicar mis afanes detectivescos, a lo que no estaba dispuesta. Y allí mismo, rumbo al nivel seis del estacionamiento, me propuse olvidar el fantasma construido a partir de un calcetín y una playera con cierre al frente.
Además, tenía problemas inmediatos que resolver: por ejemplo, cómo sobreponerme al decaimiento que me agobia los fines de año. El frenesí consumista, los arbolitos navideños, las esferas y sobre todo el trineo del gordo Santaclós me deprimen. A pesar de eso tendré que asistir a la cena en casa de mis papás. Allí me encontraré con mis cuñadas y mis hermanos. Se nos irán las horas entre anécdotas familiares, conatos de pleito, reconciliaciones y brindis.
Al final de la reunión, mi madre terminará por convencernos de que nos quedemos a dormir en su casa y por la mañana, al ver el desorden, revivirá los tiempos en que se enfurecía porque mis hermanos dejaban su ropa tirada en cualquier parte. Se hará las ilusiones de que el tiempo no ha tanscurrido. Eso la hará feliz y será su mejor regalo de Navidad.
III
Una semana después de que me propuse olvidarme de los hallazgos en la secadora encontré, liados con mi ropa, una camisa de listas azules y unos yins muy desteñidos. Parecía que el fantasma surgido a raíz de un calcetín y una playera quería vestirse por completo y conducir mi imaginación hacia nuevas elucubraciones.
En vez de ceder a esa tentación le busqué una solución inmediata al problema. Tomé las prendas y, como un vendedor ambulante que va al encuentro de sus clientes, las sostuve en mis manos para que las viesen los condóminos que entraban y salín del área de lavado. Todos me saludaron sin mirarme ni interesarse en la ropa.
Ante la falta de respuesta fui a ver a Ramsés para decirle que por tercera ocasión había encontrado en la secadora prendas masculinas entre las mías. No parecía haberme entendido y fui más directa: ¿Ya no revisa los equipos? Me respondió que, como siempre, una vez por semana. Le sugerí que, de todas formas, distribuyera en el sótano cartulinas pidiéndoles a los usuarios que revisaran sus cargas de ropa a fin de evitar olvidos y confusiones.
Ramsés dijo que iba a ver. Su tono me hizo dudar de que tomaría en cuenta mi sugerencia; sin embargo, a la siguiente mañana que bajé al sótano me tranquilizó encontrar los carteles en todas las paredes e inclusive sobre la puerta del elevador. Di por hecho que a partir de ese momento no me llevaría la desagradable sorpresa de ver mis panties, brasieres y camisetas enredados en los atuendos de hombres desconocidos que tal vez padecieran alguna enfermedad contagiosa. En estos tiempos nunca se sabe.
No me equivoqué. Desde que Ramsés distribuyó los avisos en el sótano, en la secadora sólo encuentro mi ropa. Tibiecita, olorosa a detergente y sin arrugas, me parece que algo tiene de novia abandonada.
La Jornada, Noviembre 30, 2014.
Mar de Historias
No se aceptan cambios (18)
Cristina Pacheco
Mi abuela se llama Victoria. De cariño le decimos Vivi. Goza de muy buena salud, es inteligente, optimista, generosa y comprensiva. Frente a esas y otra cualidades tiene un defecto: es intolerante a la mentira, a la ingratitud y no soporta que alteremos las tradiciones familiares. Si le fallamos en este aspecto no duda en tomar represalias.
Para hacernos ver su enojo por algo que hicimos mal o no hicimos, deja de contestar el teléfono por horas y a veces hasta por días. Cuando se harta de nuestra insistencia responde con voz fingida: La señora está durmiendo, y cuelga. Conocemos bien esa táctica pero mis hermanos y yo acabamos preocupándonos: ¿Crees que le haya pasado algo?
En algo caben todos los horrores que pueden sucederle a una mujer de 75 años que renunció a seguir tasajeando su vida para instalarse durante dos meses con cada uno de sus seis nietos. Harta de las mudanzas bimestrales un día decidió buscar un alojamiento suyo y fijo. Con el auxilio de Jerry (mi vecino de ocho años experto en computación) encontró por Internet Villas Carina y decidió establecerse allá.
Nos lo dijo hace tres años durante la comida familiar, el último domingo que le tocaba vivir en mi casa para mudarse el lunes a la de mi hermano José Guadalupe. La sorpresa fue grande, pero no tanto como el resentimiento que nos provocó su falta de confianza para pedirnos, ya no digamos opinión, por lo menos ayuda. Su respuesta abarcó las dos vertientes de nuestros reproches: Ya me conocen: cuando me decido, ¡me decido! Además, ¿para qué iba a molestarlos si hay tanta tecnología? Es justo que yo también la aproveche.
II
Pasamos horas de aquel domingo procurando convencer a la abuela de que renunciara a sus planes. Aunque le reiteramos nuestro cariño y lo mucho que apreciábamos su compañía, tal como lo suponíamos, todos los esfuerzos resultaron inútiles. Vivi estaba decidida a mudarse a Villas Carina en cuanto llenara los trámites y comprobase que las instalaciones eran tan agradables como lucían en la pantalla de la computadora.
Para ambas cosas iba a necesitar ayuda. Mi hermano Sixto fue el seleccionado para brindársela. Desde que la abuela enviudó él se encarga de todos los trámites bancarios de Vivi y de llevarla de compras los viernes por la tarde. Eligieron ese día porque es cuando a Sixto le disminuye la clientela en su consultorio y a Vivi le recuerda las tardes en que sus padres la llevaban al centro para comprarle algo o sólo por el gusto de mirar los aparadores.
Si por algún motivo mi hermano necesita mover la salida del viernes a otras alturas de la semana, mi abuela rechaza la sugerencia y decide esperarse hasta el siguiente viernes que es, en su calendario personal, el día adecuado para las compras y el paseo.
Mis hermanos y yo hemos hablado mucho de la inflexibilidad de mi abuela a ese respecto y hemos acabado por comprenderla, aunque a veces ella no entienda que por razones ajenas a nuestra voluntad le fallamos en algo, por ejemplo en celebrar su cumpleaños el mero día, como ella dice.
III
Mi abuela está orgullosa de haber nacido en la última hora del 20 de noviembre de l939, en la casa de Marcos, el artesano encargado de hacer los cohetes para celebrar la Revolución en el zócalo del pueblo. Con ese motivo San Antonino se revestía con papeles de colores, se inundaba de música, gritos, carcajadas, ladridos y olor a pólvora.
Según nos ha contado, para su familia era tradición asistir a los festejos del 20 de noviembre. En esa fecha todos en la casa se levantaban más temprano, se vestían con sus mejores ropas para salir a la calle y sumarse a los grupos que se iban hacia la única avenida de San Antonino.
Los presos se encargaban de barrerla antes del amanecer y los voluntarios de embellecerla con un arco de flores en donde se leía la fecha emblemática: 20 de Noviembre de l910. Antes de las diez de la mañana empezaban a llegar los visitantes procedentes de los ranchos cercanos y los vendedores de dulces, fritangas y chucherías de cartón y de barro.
Mi abuela se recuerda subida en el pretil de una ventana o montada en los hombros de Joaquín, su hermano mayor, mirando el paso de hombres a caballo, mujeres con moños en las trenzas y faldas coloridas, niños con cananas de cartón y bigotes. Esa fiesta del pueblo –nos cuenta Vivi– era más suya que de nadie por coincidir con su cumpleaños sin pastel, ni regalos, ni retrato en el estudio del maestro Ponce pero llena de una euforia popular que despertaba orgullos, emociones y esperanzas.
Terminado el desfile quedaban regadas por todas partes huellas de la celebración: una corneta de hojalata, el ala de un sombrero, un moño, caireles de serpentina, confeti que los niños tomaban a puños para lanzarlos al aire con ánimo de prolongar la fecha que más tarde sería tema de estudio y de sus composiciones escolares.
Mi abuela guarda la que escribió en sexto año dedicada, precisamente, a recordar las celebraciones del 20 de noviembre en su pueblo. De no haberlas vivido –dice convencida– no habría logrado escribir las tres hojas que la hicieron merecedora de un diploma. Vivi siempre quiere mostrarnos ambas cosas pero no las encuentra. Teme haberlas dejado en la casa de alguno de sus nietos durante sus estancias de dos meses.
Desde que está en Villas Carina ya no tiene miedo de perder nada. Todo tiene un lugar en su departamentito y seguirá allí hasta el día en que se reúna con don Cele, mi abuelo. Le suplicamos que no hable del tema, falta mucho para ese momento. Dios quiera, dice y enseguida –como si ya hubiera recibido la señal de que su vida se prolongará por muchos años– habla de sus planes y de seguir viviendo sin amarguras, con orden, honrando la memoria de su esposo y respetando las fechas.
El 20 de noviembre, por doble motivo, es sagrado para ella. Como antes lo hacíamos en alguna de nuestras casas, desde hace tres años se lo festejamos en Villas Carina. En esas ocasiones Ruby, la administradora, nos permite adornar el salón de juegos con guirnaldas, banderitas y un arco de flores como el que mi abuela veía en el pueblo: 20 de Noviembre de l910.
A la fiesta asisten todos los inquilinos de Villas Carina. Pronto se animan y pierden la timidez. Nunca falta quien cante corridos de la Revolución. Algunos describen los pormenores de sus festivales escolares o se refieren al retrato que se tomaron con su familia el día en que por vez primera vieron el desfile. Mi abuela luce sus recuerdos de infancia en San Antonino y su buena memoria ilustrándolo con el único párrafo de su composición premiada que recuerda.
En su pasado aniversario dijo no estar de acuerdo con las celebraciones diferidas. Piensa que el estallido de la Revolución debe festejarse el 20 de noviembre porque así lo dicta la Historia y porque deben respetarse las fechas.
Esta vez, una serie de obstáculos nos impidieron a mis hermanos y a mí visitar a mi abuela en su día. Le propusimos que eligiera otra fecha. Dijo que iba a pensarlo pero aún no hemos obtenido respuesta. Mi inflexible y maravillosa abuela es de las personas que piensan: El mero día o nada.
La Jornada, Noviembre 23, 2014.
Mar de Historias
De corazón a corazón (17)
Cristina Pacheco
Cuando me preguntan: ¿Qué fue lo mejor entre ustedes?, no dudo en responder: Las conversaciones. Consciente de que pertenecemos a mundos distintos y hablamos idiomas incomunicables, me bastó con verlo para adivinar que Lucas y yo llegaríamos a ser grandes amigos.
I
Siempre que pienso en nuestro primer encuentro lo relaciono con algo que vi hace muchos años en la tele. Era una de esas películas sin estrellas, bobas, mal subtituladas que se transmiten los domingos y sólo pueden tolerar personas hartas de los periódicos y que ya sin fuerzas para sostener un libro se acomodan frente a la televisión para que las voces de los actores las adormezcan.
Aquella cinta se refería a un hombre que hablaba ruso y una muchacha angloparlante. Inquilinos en el mismo edificio, él vivía en el departamento 703 y ella en el 603. Mediaba entre los dos un pasillo tenebroso y algo más: idiomas y culturas distintas. En camiseta y pantalón, él comía arenques y pan negro con vasitos de vodka mientras que ella devoraba hamburguesas con mostaza, pepinillos agrios y ensaladas mustias. Indiferentes al placer de los sabores, ambos comían a toda velocidad y de pie en cocinas atestadas de platos sucios, sartenes curtidas en cochambre y tazas con restos de café.
Un día ambos coincidieron en el elevador del edifico y a partir de ese momento se mantuvieron en contacto. Primero bajo motivos clásicos expresados a base de señas tan eficaces que a él no le hacía falta saber inglés para enterarse de que la joven le estaba pidiendo prestados una taza de azúcar o un fusible. La protagonista tampoco necesitaba nociones de ruso para aceptar las disculpas de su vecino por carecer de azúcar o un tapón extra.
II
En la película el electricista se convirtió en una especie de cupido involuntario. No pasó mucho tiempo antes de que el ruso tocara a las puertas del 603 para decir, a base de señas (subtituladas, por supuesto) que su lavadora había causado un cortocircuito en su departamento y requería de un electricista. Ella superó su desconocimiento del idioma ruso y se ofreció a llamar a su técnico de confianza. No conforme con eso, estuvo presente durante los minutos que al operario le tomó iluminar el 703.
La luz eléctrica bañó los pocos muebles, los carteles y fotos que tapizaban las paredes de un clásico departamento de soltero. A la inquilina del 603 no le costó trabajo identificar en una foto a los padres de su vecino. El brillo en los ojos de él le confirmó que no estaba equivocada y que ese muchacho de espaldas amplias y poderosas se sentía atraído por ella.
Satisfecha de su buena acción, la ocupante del 603 hizo un movimiento amplio con su brazo para abarcar los focos encendidos, sonrió como diciendo aquí ya no soy necesaria y se dirigió a la puerta. Él levantó ambas manos para impedir que su vecina saliera, se acercó al refrigerador, sacó una botella de vodka y la asentó en la mesa.
Ella, evidentemente sorprendida (y supongo que algo sonrojada) por la obvia invitación, mostró su reloj de pulsera en señal de que era tarde (o tal vez demasiado temprano para beber). Entonces él, suplicante, unió sus manos a la altura de su pecho y dijo frases incomprensibles a las que ella respondió con otras tantas igualmente indescifrables y entrecortadas por una risa que él interpretó como aceptación. Para celebrarlo, despejó la mesa y puso los dos vasitos de cristal que antes había mirado a trasluz a fin de cerciorarse de que estuvieran limpios.
El brindis era inevitable. Bebieron. Ella tosió y él, divertido, le sirvió unas gotas más de vodka. A partir de ese momento entablaron una conversación en sus respectivos idiomas y auxiliados por un lenguaje corporal que involucraba todos sus músculos. La escena era tan bonita y cálida que olvidé los subtítulos y me concentré en las magníficas actuaciones de dos actores cuyos nombres desconozco tanto como ellos el estrellato.
Nunca he vuelto a verlos en ninguna película. Ignoro si continuaron su carrera cinematográfica y si han tenido nuevas oportunidades de trabajar juntos. No lo creo; pero si estoy en un error dudo que le hayan dado vida a personajes como los de aquella cinta que vi un domingo para huir de la realidad. ¿Cómo escaparán ellos de la suya? Tal vez recordando la película que a mí me dejó una enseñanza maravillosa: sin importar el idioma, es posible la auténtica comunicación. Eso fue lo que hubo entre Lucas y yo.
III
Lucas era mi gato. Llegó por la ventana y por allí se fue. Si un día se le antoja volver encontrará su plato, su caja de arena, la toalla con la que inventaba fantasmas o compañeros y sus juguetes: una rata de estambre, un pajarito desplumado, un móvil con mariposas que lo inspiraban a saltar y una lagartija de goma que le devolvía su instinto de cazador.
Conservo también la pelota verde que yo rebotaba por todas partes para obligar a Lucas a salir de sus escondites. Nunca pude localizarlos pero él los abandonaba cuando al fin había tomado suficiente venganza por mis ausencias de ocho o diez horas, según las exigencias de mi trabajo, los congestionamientos de tránsito o la necesidad de hacer un alto en el supermercado.
Hace cuatro meses que Lucas se fue. Tal vez un día vuelva a entrar por la ventana. En vistas de esa posibilidad, la mantengo entreabierta. También dejo encendido el radio que tengo en la cocina porque a Lucas le encantaba escucharlo. Debí retratarlo cuando se tendía junto al aparato como si en realidad lo tuvieran hechizados la música, las discusiones de panelistas sabios, los noticieros y los consejos para ser sanos y felices.
No le tomé esa foto ni ninguna otra. Lo lamento. Podría valerme de ella para salir, mostrárselas a los viandantes y preguntarles si de casualidad habían visto a Lucas. En caso de encontrarlo, me lo traería cargado en brazos haciéndole amorosos reproches (Lucas malo, Lucas feo: ¿por qué siempre te vas si sabes que me preocupo tanto?) y promesas de nuevos juguetes.
En cuanto llegáramos al departamento me iría directo a la cocina para que él me siguiera hasta donde están el pocillo de agua y su plato con croquetas de salmón. Mientras él las devorara me pondría a contarle mis cosas, mis problemas, mis sueños. A él se las dije siempre con sinceridad, sin temor. Sus gruñidos, sus ronroneos, a veces nada más su mirada tan tenaz y tan verde equivalían a comentarios y respuestas: una conversación.
Eso es lo que más extraño de Lucas, aunque viéndolo bien también echo de menos sus carreritas, sus maullidos, su forma de saltar, el pleito con su cola esponjada, sus ronroneos, su manera de perseguir el humo o su método de comunicación conmigo.
Lucas huyó por la ventana. Espero que por allí vuelva, aunque con los gatos nunca se sabe.
La Jornada, Noviembre 16, 2014.
Mar de Historias
La danza de las hojas (16)
Cristina Pacheco
Cuando levantaron el edificio de enfrente nos sentíamos todo el tiempo amenazados por los 27 pisos con ventanas que dan a nuestras casas. Pensábamos que los nuevos inquilinos nos veían con actitud de superioridad, de arriba para abajo. Eran sensaciones incómodas que nunca habíamos imaginado posibles y menos en una colonia como esta: casas pintadas en color pastel, de una sola planta, cochera y un jardincito al frente adornado –según el gusto de cada quien– con un par de cisnes o un gnomo de fibra de vidrio con calzas verdes y bonete rojo.
Cuando hablo de mi colonia mejor sería decir la nuestra. ¿De quiénes?, se preguntará usted. De todos los que nacimos, crecimos y esperaremos el fin aquí. Mis vecinos podrían decirle los nombres y apellidos de las familias originarias, lástima que a estas horas todos se encuentren fuera. Desde temprano algunos se van a su trabajo y la mayoría a buscarlo. Estos salen con el cabello teñido y la cara embadurnada para ocultar su edad ante los posibles futuros patrones o jefes (me cuentan que casi siempre se trata de muchachos que podrían ser sus hijos o sus nietos pero desdeñan su experiencia de años, los tutean y al fin les dicen que cuando haya una vacante los llamarán, cosa que nunca ocurre). Antes esos hombres de cabello teñido y rostro maquillado me antipatizaban, ahora me conmueven, entre otras cosas porque sospecho la inutilidad de su esfuerzo.
Desde mi ventana los veo salir con el gesto de quien pretende abrirse camino a cualquier precio –en este sentido me he enterado de cosas de las que prefiero no hablar– y pasando por encima de quien se les ponga enfrente.
Esas personas van con el estómago vacío, los trajes lustrosos, dos boletos del Metro en el bolsillo, veinte pesos de tiempo aire en sus celulares y la última ración de esperanza. En su forma de caminar se refleja su esperanza de que hoy sí van a conseguir un cargo, un puesto, una oportunidad de sentirse tomados en cuenta, útiles, productivos, con el dinero suficiente en el bolsillo para permitirse un lujo: no tener que pedirle dinero a nadie.
II
La ayuda que me han brindado en los momentos de pequeños contratiempos domésticos, bastaría para que yo viviera agradecida con mis vecinos; pero desde que estoy en mis condiciones actuales –no necesito describírselas– les debo algo más: por momentos me contagian su optimismo.
Al menos durante la mañana me hacen creer, sin ellos saberlo, que lo mío también tiene solución, llegará la hora en que logre desterrar el miedo que me tiene paralizada, pueda levantarme del sillón, salir de esta casa, atravesar la avenida que me separa del parque –otro orgullo para los que vivimos en esta colonia–, perderme entre sus senderos y entregarme al deleite de caminar sobre las alfombras de hojas cobrizas que el otoño desprende de los árboles.
¿Las ha visto caer? Entonces ha notado cómo giran en el aire y se dejan arrastrar por el viento. Es todo un espectáculo, un ballet al ritmo del silencio. Me fascina. Paso horas mirándolo y haciéndome las ilusiones de que no corremos peligro, de que nada malo nos está sucediendo, de que no hay crímenes sin castigo, de que frente a mi casa no hay un edificio de 27 pisos con un anuncio enorme en la azotea que me impide ver el pedacito de cielo que podía mirar desde mi ventana.
III
El anuncio ofrece todas las ventajas de un nuevo complejo habitacional próximo a levantarse al sur de la ciudad, cerca del bosque. Se llamará Verde Esperanza. Colores muy vivos iluminan los jardines llenos de árboles que rodean los seis módulos de cuatro pisos en que está dividido el terreno. Los andadores se encuentran bordeados de flores que atraen a las mariposas, las abejas y hasta a las catarinas. Hace años que no veo uno de esos animalitos rojos con pintas negras. De niña, mis hermanos y yo los atrapábamos. Sentir entre los dedos sus cuerpecitos gordos, redondos, lustrosos nos producía la sensación de ser los personajes de un cuento infantil.
También lo parecen los niños que ilustran el anuncio frente a mi ventana. Cuando veo sus ojos brillantes sin sombra de temor, aunque no quiera, pienso en Remy. Es el muchachito que me trae del mercado lo que necesitaré en la semana. En cierta forma, a pesar de la diferencia de edades, nos hemos hecho amigos. Le hablo de mis cosas y él a mí de las suyas. La escuela no le gusta. La maestra lo reprende porque a cada momento bosteza o se queda dormido sobre el cuaderno.
Le sugerí a Remy que, para evitarse los regaños de su profesora, vea menos tele y se acueste temprano. Me respondió que no importa a la hora en que se vaya a la cama porque de todos modos no puede dormir: lo mantiene despierto el temor de que alguien lo secuestre para robarle los ojos, el hígado, los riñones.
Procuré consolarlo diciéndole que eso era imposible en la realidad, sucedía en las películas donde el personaje principal es la violencia. Me contestó que estaba equivocada. Uno de sus compañeros de escuela le había mostrado un recorte de periódico referente al caso de un niño víctima de esos horrores. No me atreví a decirle que también había leído la noticia ni tampoco a confesarle que el miedo frente a lo que está sucediendo es mi verdadera enfermedad.
Ahora que me acuerdo, en el anuncio se ve un abuelo conversando con su nieto. No parecen hablar de cosas macabras o tristes: sonríen, disfrutan de un ambiente limpio, seguro, primaveral, tan raro entre nosotros como las catarinas.
Hemos perdido muchas cosas pero no el deseo de seguir viviendo, de que se haga justicia, de abandonar el encierro, de responder sin temor al saludo que alguien nos dispensa en la calle, de recuperar los pequeños placeres. Uno de mis predilectos, ya se lo dije, es ver cómo caen las hojas que el otoño desprende de los árboles y pensar que bajo su alfombra cobriza late una nueva vida.
La Jornada, Noviembre 9, 2014.
Mar de Historias
Altares (15)
Cristina Pacheco
Alguna vez te dije que en mi casa del pueblo nunca faltó la ofrenda para los muertos. Tenían un sitio especial en el altar los retratos, los objetos más queridos y los sabores predilectos de quienes llevaban mucho tiempo lejos de nosotros pero volvían de su eterno descanso para liberarnos, al menos durante unas cuantas horas, del vacío y el dolor causados por su muerte.
Sabíamos que para lograr el rencuentro, nuestros visitantes de noviembre andaban un camino que imaginábamos largo, sinuoso, iluminado por veladoras como las que, desde el 31 de octubre, poníamos a la entrada de la casa, en el pasillo, las habitaciones, la cocina y hasta en la azotehuela donde, por respeto a los que iban a llegar, no dejábamos ropa tendida en los lazos movidos por el viento.
En el altar poníamos los retratos de todos los miembros de la familia que hubieran pasado a mejor vida, excepto los de quienes llevaran poco tiempo de muertos. Esa limitación la impuso mi abuela. Según ella, no había transcurrido el tiempo necesario para que hubieran llegado a su último destino nuestros más recientes difuntos. Mi abuela se refería a ellos como a viajeros que, con la ropa aún en la maleta, procuran familiarizarse con su nuevo alojamiento y no disponen de minutos para comunicarse con la familia y decirle que llegaron con bien.
II
Respeto el designio de mi abuela. Como sabía que por cuestión de fechas este año no ibas a estar presente en mi ofrenda, decidí no levantarla y la sustituí por un mínimo jardín de violetas en torno a tu retrato. Está en la mesa-baúl donde quedaron tu pluma, tus lentes nuevos, el libro que estabas leyendo, tu agenda y tus cigarros. Viéndolos junto a las flores, estos objetos me provocan la ilusión de que los olvidaste, regresarás para buscarlos y antes de que te vayas otra vez tendré oportunidad de contarte cómo eran los días de muertos en la casa donde crecí y a la que sólo una vez regresé. También de prisa, también por unas horas.
III
Aunque pasáramos la mayor parte del tiempo en la cocina o en los cuartos, la sala era la habitación más importante de la casa. Daba a la calle y sin embargo era una estancia oscura. Por lo general nada más los adultos podían entrar allí, a menos que se tratara de circunstancias especiales: un velorio, la llegada de un pariente distinguido o los días de muertos.
En este caso se cubría el único espejo con una tela oscura y guardábamos el reloj en el trinchador para que los manteles sofocaran su molesto tic-tac y las campanadas con que marcaba los cuartos, las medias y las horas. Los muebles también sufrían cambios. Empujábamos hasta la pared el sillón, las dos góndolas, las rinconeras y las mesas para cederle todo el espacio a la ofrenda.
En la nuestra, como en las de otras casas, desde el día 31 de octubre hasta el primero de noviembre al mediodía, el altar se adornaba con flores blancas, golosinas, juguetes y a veces también con ropita de los niños muertos que estaban a punto de regresar. Algunos –como mis hermanos Guillermo y Angelina– habían vivido apenas lo suficiente para recibir el bautizo, conocer las caricias, divertirse con su primer juguete, deleitarse con los sabores dulces, sentir comezón en la encía, dar un paso y más tarde o más temprano, el último.
En plena mala hora, vestidos con sus chambritas y sus ropones blancos adornados con listones y encajes, Guillermo y Angelina posaron en brazos de mis padres ante la cámara del fotógrafo que dijo, a modo de consuelo: Quedaron chulísimos, hasta parecen dormiditos. Era cierto. Viendo la foto uno podía creer que de un momento a otro los niños iban a despertar, agitarse, pedir atención, hacer ruiditos; sin embargo, nunca salieron de la quietud y el silencio. Se convirtieron en un recuerdo del que procuramos rescatar los gestos graciosos, la mirada, la risa, los momentos felices.
Hasta la fecha los evocamos mientras, después de la una de la tarde (hora en que las ánimas chiquitas se despiden), retiramos del altar la ropita y los juguetes para guardarlos en sus cajas. Quedan en la ofrenda las flores blancas, las veladoras encendidas y dos pequeñas sombras dejadas por la ausencia.
Por último, todos salíamos a la calle para ver a nuestros niños alejarse. Mi madre les aconsejaba caminar juntos, tomados de la mano, no fueran a perderse. Comprendo que hablaba de ese modo para hacerse las ilusiones de que sus hijos mayores aún vivían; para disminuir el dolor de la pérdida, para engañarse. Tal vez lo haya conseguido en aquellos momentos, pero a sabiendas de que jamás lograría burlar a la muerte.
IV
Tañidos, flores amarillas y moradas anunciaban la aparición de los muertos adultos: abuelos, tíos, primos, familiares lejanos, amigos con los que íbamos a convivir desde ese momento hasta las seis de la tarde del día siguiente. En su honor se ponían en la ofrenda vasos de agua, platitos con sal, botellas de aguardiente, café, cigarros, guisos condimentados, salsas, panes, tortillas, fruta, queso y cualquier otro alimento que los halagara y los hiciera saber que con anticipación nos habíamos organizado para recibirlos y hacerles ver que la casa seguía siendo suya, les guardábamos su sitio en la mesa y uno muy especial en el recuerdo.
Como se hace con todo visitante, a los recién llegados les preguntábamos por su viaje, si estaban fatigados, en qué sitio querían tenderse a descansar. Luego les ofrecíamos agua, licor y comida. Mientras ellos saciaban el hambre y la sed los anfitriones tomábamos la palabra a fin de enterarlos de lo ocurrido en su ausencia. El informe aludía, sobre todo, a problemas.
En opinión de mi abuela, si en vez de plantearles nuestros conflictos se los ocultábamos, los visitantes jamás se sentirían en familia. Guiados por ese punto de vista, desde los primeros minutos del rencuentro hablábamos de enfermedades, distanciamientos, equívocos, fracasos, deudas, pleitos, divorcios y todo lo demás que nos sucedía y que pudiera hacer sentir a nuestros difuntos que estaban pasando una auténtica reunión familiar.
Entre desahogos, añoranzas y oraciones, el tiempo siempre se iba demasiado rápido. Parecían un minuto las horas vividas en compañía de nuestros muertos y sin embargo iban a dar las seis de la tarde, hora de la partida, las promesas, las súplicas y el momento de oír la infaltable broma de mi tía Carmen: “Estoy tan enferma que a lo mejor un día de estos allá nos vemos”. Nos reíamos de la chanza como lo habríamos hecho por cualquier otra que nos permitiera fingir ante los muertos que llorábamos de risa.
V
El 3 de noviembre por fin disfrutábamos de la comida y la bebida que habían dejado los difuntos. Apenas los habíamos despedido y ya empezábamos a dolernos de su ausencia. Nos consolaba la idea de que al siguiente noviembre podríamos recibirlos con una nueva ofrenda plagada de luces y flores. En las mías, de ahora en adelante, siempre pondré violetas.
La Jornada, Noviembre 2, 2014.Mar de Historias
El mago (14)
Cristina Pacheco
Durante 16 horas disfrutamos de una tranquilidad que hacía mucho no experimentábamos. Sentir nuestras necesidades cubiertas al menos en lo inmediato nos volvió optimistas, amigables, conversadores. Si durante esa tregua hubiera aparecido alguno de nuestros vecinos –aun Bruno, el más antipático– lo habríamos tratado con amabilidad.
No se presentó nadie, así que disfrutamos en familia de nuestro buen ánimo y hasta nos dimos el lujo de hacer planes: convencer al casero, pagarle a mi tía Delfina, cambiar los tanques de gas, meterle doble chapa a la puerta. Realizaríamos todo eso gracias a Daniel.
I
Daniel es mi hermano mayor. Inteligente, simpático, a todo el mundo le cae bien y es muy exitoso con las mujeres –hasta con la suya, que le soporta sus borracheras y sus infidelidades. Mi cuñada Sandra lo idolatra, le ha dado tres hijos y le tiene una fe ciega. Por locos y absurdos que sean los planes de su marido a ella le resultan viables.
En este sentido a todos nos ocurre lo mismo con Daniel. Cuando estamos en situaciones críticas –sin un centavo, con el casero reclamándonos las rentas atrasadas, mi padre empleado a medias y yo sin trabajo– Daniel inventa salidas que le permitirán a la familia sobrevivir y a mí realizar mi sueño: continuar mis estudios de veterinaria.
Su entusiasmo nos contagia, nos salva de la realidad y del pesimismo. Esta es la mejor prueba de que el éxito de Daniel, en medio del desastre que es su vida, se debe a lo que mi primo Antonio llama don de verbo. Sí, mi hermano habla muy bien, lástima que no se haya valido de ese talento para abrirse camino en el mundo de la abogacía, la política o el magisterio. Cuando se lo decimos se ríe y se menosprecia que da gusto llamándose desde pobre imbécil hasta fracasado de quinta.
No lo sería si al menos aceptara permanecer en un trabajo lo suficiente para ganar posiciones y si fuera menos descuidado con el dinero. Cuando le pagan en efectivo lo gasta enseguida, como si se avergonzara de tenerlo; si recibe un cheque, lo deja en cualquier parte, lo olvida o lo guarda en el bolsillo de alguna camisa. A esto se debe que varios de esos documentos se hayan deshecho en el lavadero.
II
La estabilidad no es ni siquiera el último rasgo de su carácter. De pronto Daniel empieza a ponerse nervioso y a sentirse sofocado por todo, hasta por el amor de su mujer y de sus hijos. Entonces busca y encuentra –es posible que invente– oportunidades de trabajos muy buenos en algún punto de la República y se va, prácticamente sólo con lo que lleva puesto, un pasaje de camión y la promesa de que en cuanto disponga de algún dinero nos mandará regalos. Como lo cree anota en una hoja de su agenda nuestros nombres y lo que deseamos que nos traiga. Sandra sólo le pide que regrese y él, emocionado, le revuelve el cabello y le acaricia la mejilla.
Por lo general Daniel viaja los sábados temprano. De ese modo podrá descansar el domingo y el lunes entrarle duro a la chamba. El viernes anterior a su partida nos desvelamos oyéndolo explicarnos lo que piensa hacer. ¿En dónde? ¿En qué compañía o empresa, en qué puesto? Nunca nos lo aclara y terminamos concentrados en sus proyectos.
Ya tarde, mi madre invita a mis sobrinos a que duerman con ella y con mi padre en la colchoneta que siempre les tienden en el piso. Los niños aceptan encantados pero Sandra dice que no está bien porque son muy latosos; pero al fin, iluminada, autoriza que sus hijos pasen la noche con sus abuelos. Al cabo del trajín viene el silencio. Después la casa se llena de gemidos y rumores.
III
Durante los primeros días, la ausencia de Daniel vuelve a Sandra más lenta, aprensiva y muy apegada a sus hijos. El resto de la familia afronta la situación gracias a la carga de optimismo y fortaleza dejada por mi hermano, que en realidad nunca se va del todo: lo recordamos a cada rato y, pese a las malas experiencias anteriores, planeamos una fiesta para el día en que regrese triunfal.
Conforme pasa el tiempo y ante la falta de noticias, el panorama cambia. Sandra descuida su aspecto, se muestra inapetente, colérica y demasiado estricta con sus hijos. Mi padre califica el viaje de Daniel como otra de sus locuras y saca a relucir las muchas ocasiones en que, por apoyarlo, contrajo deudas. Mi madre se pregunta de dónde habrá salido su hijo mayor tan desobligado y lamenta no haberlo corregido antes de que se convirtiera en lo que es: aprendiz de todo y maestro de nada.
Ese comentario desata los ocultos rencores de Sandra que, sin miramientos, le reclama a mi madre haber sido tapadera de los amoríos de mi hermano y la hace responsable de que Daniel sea un desobligado incapaz de rentarle ni siquiera un cuarto redondo. Mi madre no se queda callada: le recuerda a Sandra que, como vecina de nosotros, sabía muy bien la clase de hombre que es Daniel y sin embargo siempre andaba meneándole la cola hasta que logró atraparlo; y que si tan a disgusto está en la casa, que se regrese a vivir con sus padres, a ver si ellos pueden mantenerla. Asustados, mis sobrinos se aferran a Sandra y ella los abraza como si quisiera tatuárselos.
En esas situaciones no tomo partido, sólo quiero tranquilizar a mi madre pero no lo consigo: llora y asegura que si la situación la mortifica es por sus nietos, a los que adora y sin los que no podría vivir. Mis sobrinos corren a abrazarla y le dicen que no quieren apartarse de ella. Al mismo tiempo Sandra les pide calma: no se irán, en nuestra casa van a esperar a que mi hermano vuelva. La escena termina siempre con la misma pregunta: Niños: ¿quieren cenar? La respuesta es invariable: Abue: ¿nos compras una pizza?
Con el amanecer llega la realidad: malas caras, desgano, olor a comida recalentada y ropa húmeda, recelo. Acorralados, empezamos la búsqueda de soluciones rápidas para cubrir las necesidades más inmediatas. A mi papá no le queda más remedio que presentarse en la carnicería donde siempre lo ocupan por ser muy buen tablajero. Como no hay nada más que empeñar, mi mamá va a la casa de mi tía Delfina y le pide otro préstamo. Sandra y yo nos quedamos para atender los quehaceres de la casa.
IV
Este jueves, como a las cinco de la tarde, estaba lavando la estufa cuando Sandra se me presentó con un cheque en la mano. Le pregunté de dónde lo había sacado y me dijo que acababa de encontrarlo en una chamarra de mi hermano. El documento al portador era por 6 mil pesos y tenía la fecha 5 de agosto, por lo tanto estábamos a tiempo de cobrarlo.
Para mis padres el hallazgo del documento fue un alivio. Hicimos planes: el casero, los tanques nuevos, la chapa doble… Hablamos de mi hermano, lo elogiamos. Sandra dijo que viviría con él hasta en un basurero. Yo agradecí su interés fraternal en mis estudios. Mi madre lo encomendó de nuevo a la Virgen de Guadalupe. Mi padre abandonó la mesa y se fue a la cama: pensaba acompañar a Sandra al banco muy temprano.
El viernes estaban a punto de salir cuando mi padre se detuvo en la puerta y nos leyó la fecha de expedición del cheque: 7 de agosto de 2009. En un segundo nuestra vida volvió a ser una cadena de imposibles, pero antes vivimos l6 horas de felicidad. En cierta forma se la deberemos siempre a mi hermano. Se lo contaré todo cuando él vuelva. Porque él sí volverá.
La Jornada, Octubre 26, 2014Mar de Historias
Uno de estos días (13)
Cristina Pacheco
Aunque tiene derecho a saberlo, Joel no quiere que le hable a mi tía Sara de nuestra situación económica. Ya tiene suficiente con sus problemas. Mis hermanos y yo pensamos que el mayor de todos es que empieza a fallarle la vista. Mi tía afirma que mucho peor es la soledad. Cuando lo dice nos ofendemos, consideramos que menosprecia nuestros esfuerzos por hacerla sentir acompañada.
Tenemos la impresión de que mi tía Sara nada más piensa en los que ya no están. Concentra sus fuerzas en recordarlos, en poner a salvo del olvido sus nombres, sus rasgos y los momentos en que sus historias fueron parte de la suya.
Todos en la familia concordamos en que el gran problema de Sara es la progresiva disminución de la vista, pero tiene otro muy limitante: las piernas. Aunque ella lo disimule, se nota que han perdido fuerza, le duelen, por momentos se le ponen rígidas y la obligan a interrumpir sus caminatas por la casa que ha ido creciendo mientras ella se empequeñece.
La tía Sara insiste en que esos inconvenientes no significan nada frente a la soledad, que es también silencio obligado.
Para combatirlo enciende la radio con la esperanza de oír las voces de los ciudadanos comunes que llaman a la estación para contar su historia en dos o tres minutos. Mi tía Sara lamenta que esos espontáneos pierdan segundos de ese breve tiempo en agradecimientos para la radiodifusora. Si ella estuviera en su lugar hablaría de lo que tanto la obsesiona: la soledad.
Según me cuenta la tía Sara, hay ocasiones, sobre todo en las altas horas de la noche, en que siente el impulso de marcar el número de la estación, identificarse con un nombre falso y ponerse a describir el grave vacío que la rodea. Al final desiste y deja todo el tiempo disponible para que otros tomen la palabra y se refieran por su nombre a personas que le recuerdan nombres, describan situaciones que la remiten a otras semejantes que ha vivido, la llevan a lugares en los que cree haber estado. Comprendo que ese juego de espejos transporta a mi tía Sara en el tiempo y le permite reconstruir en desorden un pasado que nunca volverá.
II
Si no llegara a ser tan irritante, la pérdida de oído que padece mi tía Sara podría resultar simpática. Nada de eso. Hablarle por teléfono es padecer una serie de equivocaciones de su parte, intercambiar preguntas y respuestas que no vienen al caso, silencios. Aunque me duela reconocerlo, esa comunicación es pérdida de tiempo. Por eso he decidido espaciar las conversaciones telefónicas con mi tía Sara y esperarme al momento de visitarla. Realizar mi proyecto no es fácil. Mis horarios de trabajo, las distancias, el tráfico infernal me imposibilitan para hacer el viaje de una o dos horas hasta su casa.
Luego me siento culpable por no verla y, a sabiendas de lo que sucederá, recurro al teléfono. Con toda la paciencia del mundo le pregunto a mi tía cómo están sus ojos, si ya camina mejor, si ha pensado en ponerse un aparato que la haga oír mejor. En vez de responderme sale con que ninguno de sus males tiene importancia. Lo que está acabando con ella es la soledad. Paso por alto el reproche velado y le digo que la sufre porque quiere. Hay jardines, casas, talleres en donde se reúnen las personas de edad que platican, recuerdan, hacen ejercicio, leen en voz alta y aprenden manualidades que podrían significarles un ingreso.
A mi tía Sara ese tema en particular le choca. Busca un pretexto para sustituirlo por otro o inventa que alguien llamó a la puerta y tiene que abrir. Noto que está enojada conmigo porque no me pregunta, como otras veces, que cuándo volveré a verla y cuelga sin que yo tenga necesidad de prometerle que iré a visitarla uno de estos días.
III
Joel y yo estamos pasando por una mala racha. Tenemos problemas en nuestros trabajos y además los que mi tía Sara nos ocasiona con ciertos gastos que hace y nosotros tenemos que pagar (ella, con la pensioncita que le dejó su segundo marido, ni en sueños podría hacerlo). Procuro minimizarlos ante Joel y a veces logro convencerlo de que 500, 800 o mil pesos en realidad no son tanto; pero cuando pasa de allí mejor me callo y le pido a Dios que Joel no pierda la paciencia y me diga: Es tu tía. Hazte cargo. Ya me cansé.
A veces estoy tan intranquila por los gastos excesivos de mi tía que llego a pedirles consejo a mis compañeras de trabajo. Unas opinan que la mande a un asilo, otras que le ponga un hasta aquí. Eloina, que no sale de la casa sin leer su horóscopo y se la pasa ahorrando para asistir a diplomados acerca de la felicidad, siempre recomienda que me tranquilice y le aclare qué es para mí un gasto excesivo.
Le repito que, en primer lugar, no estoy preocupada por uno sino los muchos gastos que hace mi tía. A todas horas llama al súper, a la farmacia, a la tienda de ultramarinos o a la taquería. Pide a domicilio y nosotros, a fin de mes, tenemos que reponerle los 500, los 700 pesos. Esas cantidades me parecían un dineral, pero las veo insignificantes comparadas con la que apareció en el último recibo de teléfono de mi tía.
IV
En cuanto le llega nos lo manda con Perla, su vecina, para que lo paguemos. Iba a guardarlo con los demás pendientes cuando vi la cifra por cubrir: 5 mil 867 pesos. Pensé que se trataba de un error. Supe que no era así cuando revisé el desglose y encontré en varias páginas mi número. Volví a la posibilidad del error ante interminables columnas de llamadas nacionales y una a Madrid. Pero ¿a quiénes iban dirigidas? La única persona capaz de explicármelo era mi tía.
V
En previsión de lo que pueda suceder, tengo llaves de su casa. Llegué en el momento en que mi tía Sara colgaba el teléfono. Se acercó a saludarme y notó mi expresión de enojo. Me preguntó qué me pasaba. Sin tomar en cuenta su interés le mostré el estado de cuenta del teléfono. Me sonrió como diciendo no veo y tuve que leérselo: Cargos del mes: 5 mil 867 pesos. Se llevó la mano a la sien para recordarme que no oye y grité la cifra.
No imaginé que saldría tan caro, murmuró y con eso aceptó su responsabilidad. No supe que decirle. Interpretó mi silencio y me ofreció una agenda con los nombres y los números de primos, tías, madrinas, ahijadas, amigas, vecinas que años atrás se habían dispersado por la República. Por lo general le contestaron personas desconocidas que ignoraban la existencia de los destinatarios de la llamada o la pusieron al tanto de sus fallecimientos; pero la mayor parte de las veces –me dijo– no había obtenido ninguna respuesta. En tales casos, ¿con qué objeto había marcado, decenas de veces, precisamente esos números? Su respuesta me desconcertó: Ver si uno de estos días la persona a la que busco me responde. Temí que hubiera enloquecido pero seguí adelante: ¿Y la comunicación a Madrid? A mi tía se le iluminaron los ojos y guardó silencio. Creo que no me escuchó y también que está en lo cierto cuando nos dice que el mayor de sus problemas es la soledad.
La Jornada, Octubre 19, 2014.
Mar de Historias

No saber 12

Cristina Pacheco
Junto a la única ventana de lasección de Adornos y Acabados está una mesa larga que comparten siete mujeres. Sus tareas consisten en pegar encajes, botones miniatura, pompones, bieses y pequeñas flores que adornarán la ropita para los niños Dios. En la pared del fondo hay una cartulina con las fechas de entrega a los almacenes y después, subrayada y escrita en rojo, una especificación: Todo debe estar listo para finales de octubre. Abajo, entre paréntesis y con letras mayúsculas, se lee una advertencia:Este mes se cancelan los permisos.

Mientras desempeñan sus tareas, las costureras retoman la noticia que desde finales de septiembre es su único tema de conversación: los 43 normalistas desaparecidos en Ayotzinapa. (En su favor, y ante el mandato de no encender veladoras, las mujeres adornaron la imagen de San Judas con la serie de luces que en diciembre ilumina su árbol navideño.)

Leticia: –Lo que más me duele es que todos sean jovencitos.

Arcelia: –¿Estarán vivos?

Rosalba: –Ojalá, pero no lo creo. Ya pasó mucho tiempo…

Enriqueta: –No seas tan pesimista, no hay que perder la fe: ¡aparecerán!

Hortensia: –Será por gracia de Dios. De la justicia, mejor no esperar nada.

Enriqueta: –Sea por lo que fuere, el caso es que aparezcan.

Daniela: –Y si no, díganme: ¿qué va a suceder? ¿Tú qué piensas, Bertha?

La aludida guarda silencio y la pregunta de Daniela queda flotando. Durante el resto de la mañana en el taller sólo se escuchan el roce de las telas, el golpe de las tijeras y después la reiterada afirmación de Enriqueta:Tienen que aparecer.

II

Las costureras entran en la fonda semivacía y se apresuran a unir dos mesas. Se acomodan en desorden, entre ruido de sillas y saludos a Chiquis, el alma del negocio. Leticia toma la hoja con el menú del día y se alegra de que incluya agua de lima, que le trae recuerdos. Arcelia, como siempre, pule los cubiertos de alpaca con una servilleta de papel. Rosalba se masajea el hombro adolorido a causa de la mala posición en que trabaja. Enriqueta se alegra de ver aQuico, tan verde como siempre, dormitando en su jaula. Hortensia se lamenta de que en las mesas ya no pongan saleros. Daniela maldice al jefe que suspendió los permisos durante el resto del mes. Bertha se dirige al baño y le pide a Leticia que ordene por ella, pero sólo el guisado.

Leticia: –Se ve que no tiene hambre.

Arcelia: –Yo tampoco.

Rosalba: –Y ahora ¿qué te picó?

Arcelia: –Sigo pensando en los desaparecidos, en que a lo mejor los están torturando o sabrá Dios qué…

Enriqueta: –¿Por qué ustedes siempre piensan en lo peor? Además, ¿quién tendría motivos para hacerles daño a unos simples estudiantes?

Hortensia: –Esa es otra cosa que me tiene preocupada.

Enriqueta: –A ti te encanta mortificarte, cuando no por una cosa es por otra. ¿Por qué eres así?

Hortensia: –Porque tengo los pies en la tierra. ¿Qué no ves la tele ni lees lo periódicos? ¿Sí? Bueno, pues entonces…

Chiquis: –¿Ya quieren ordenar o esperan a Bertha?

Daniela: –De una vez. A mí tráigame el espagueti y la ensaladita, si hay.

Chiquis: –Claro que sí, y muy buena, nomás que sin aguacate porque además de venir feo está caro.

Rosalba: –Como todo. Va uno al tianguis y con 200 pesos no hace nada. Mire, a mí tráigame sólo el guisado. Allí viene Bertha, de una vez pregúntele.

Chiquis: –¿Qué te sirvo? Hay arroz, espagueti, costillas con verdolagas, frijoles.

Bertha: –Las costillas con poquitito arroz.

Chiquis: –¿Están a dieta o las hizo repelar su jefe?

Arcelia: –Ninguna de las dos cosas. Estuvimos hablando de los desaparecidos y creo que por eso se nos fue el hambre.

Leticia: –Ante una cosa tan terrible es imposible seguir como si nada y no preocuparse por esos muchachos.

Chiquis: –Aunque ni los conozca ni sepa quiénes son, rezo por ellos; pero también por sus padres. Sólo de imaginarme en qué angustia estarán, siento horrible.

Arcelia: –La incertidumbre ha de pesarles mucho. Imagínense: no saber en dónde se encuentran sus hijos, si están vivos o muertos y tampoco por qué desaparecieron. Si un muchacho muere por enfermedad o por un accidente, su familia claro que sufre, pero tiene el consuelo de saber lo que pasó. Lo mismo si un joven se va de la casa por su gusto: uno ya no lo busca ni lo espera ni se quiebra la cabeza imaginándose cosas. Se resigna ante los hechos y punto.

Enriqueta: –No es tan fácil. Mi hijo Reynaldo salió de pleito con Esteban, su hermano mayor, y un día, de buenas a primeras, se me desapareció. Mi esposo me dijo:Déjalo, Si no está a gusto aquí, que se vaya. Pero yo ¿dónde iba a quedarme así nomás? Anduve por aquí y por allá hasta que di con él. Le dije que tenía todo el derecho de elegir su vida y le pregunté si pensaba regresar con nosotros. Me dijo que no, mientras su hermano viviera con nosotros. Y yo, ni modo de correr a Esteban. Veo a Reynaldo muy, pero muy de vez en cuando. No quiero forzarlo a más. Me conformo con saber que está bien y con decirle que si un día quiere volver será bienvenido.

Daniela: –No todo el mundo es así. A una comadre se le fue la hija porque no le permitieron que llevara a la casa a su novio. Para empezar era un hombre mucho mayor que la Karen y luego, sin trabajo. ¿Se imaginan a mis compadres manteniendo a un viejorrón? Para no hacerles el cuento largo un día me enteré de que la muchacha estaba viviendo sola por allá por Cuautitlán. Le dije a mi comadre que hiciera por encontrarla. No quiso. ¿Por qué razón? Lo ignoro y mejor ya no me meto.

Chiquis: –Cada quien actúa según su interior, o no sé cómo decirlo… Ay, bueno: por estar hablando no les tomé la orden. A ver, váyanme diciendo. Bertha, ¿a poco ya se va? ¿Ni siquiera el guisado va a comer? Oigan: ¿me lo figuré o salió llorando?

III

Después de cinco años de no ver a su hijo Kevin, Bertha pensó que se había resignado a la ausencia y sobrepuesto a la incertidumbre. No es así. La historia de los muchachos desaparecidos de Ayotzinapa le ha devuelto avivado su dolor, sus recelos y el ansia de encontrar a Kevin. En cuanto vea a su esposo lo convencerá de que remprendan la búsqueda aunque tal vez fracasen de nuevo. Si Kevin está vivo lo abrazará con toda el ansia acumulada en años. Si está muerto, sabrá en dónde llorarlo. Hasta eso será mejor que no saber…

La Jornada, Octubre 12 del 2014
Mar de Historias
Imagino (11)
Cristina Pacheco
Puedo imaginarme la escena: a las dos de la tarde, la fila de agentes de ventas con sus identificaciones en la mano ansiosos por mostrárselas al policía que vigila la entrada de proveedores, los chalanes compartiendo el peso de un mueble destinado a tal o cual oficina, las vendedoras que regresan de comer y necesitan llegar a sus puestos antes de que la jefa de piso haga su rondín, el bolero que no falta un solo día por más que le hayan dicho que allí no puede estar y en medio de todas esas personas Natalia insistiendo en que necesita hablar con un jefe.

También me imagino la cara del policía en turno –los cambian a cada rato, por eso no puedo referirme a él por su nombre– preguntándole a Natalia cuál es el motivo de su interés. Además, por si no lo sabe, hay muchos jefes, que la señora diga con cuál desearía entrevistarse. Con el que pueda recibirme. Imagino el desconcierto del policía, el intercambio de miradas entre los agentes, la actitud condescendiente de la empleada que se acercó a Natalia para explicarle que si no tiene cita no podrá ver a ningún ejecutivo, no insista.

Imagino a Natalia mordiéndose el labio inferior mientras reflexiona si debe confesar que su nombre no está en ninguna agenda y ni siquiera sabe a quién dirigirse. Al verla tan dudosa, la empleada, altísima en sus zapatos de doble plataforma, le dio un consejo: Lo mejor es que vaya al módulo de atención a clientes.

Imagino a Natalia fortalecida, a cada momento más segura de que tiene que actuar en vez de quedarse callada como otros años y acepta acudir al módulo. De camino, íntimamente se reprocha haber sido tan dócil ante las decisiones que tomaron el dueño, el gerente, los jefes de compras y el publicista de esa tienda de departamentos a la que ella ha sido tan fiel y le paga de nuevo con mala moneda al robarle lo más valioso que posee: el tiempo.

II

Imagino la curiosidad de Natalia por saber qué significarán las pulseras verdes, rojas y azules que adornan la muñeca del empleado que está frente a ella y muestra su buena disposición de servirla preguntándole si tuvo problemas con alguna dependienta. Imagino a Natalia negando con la cabeza. ¿Extravió un paquete, quiere hacer algún cambio, necesita factura?

Imagino a Natalia esforzándose por controlar su impaciencia y diciendo, en el tono más amable posible, que el asunto que quiere tratar con un jefe no tiene nada que ver con eso, sino con un robo. Entonces permítame, dice el empleado que toma el radio y, para no causarles inquietud a los clientes, murmura: Módulo A.C. solicita personal de seguridad. Imagino el asombro de Natalia al verse, en menos de un minuto, custodiada por dos policías uniformados y con chalecos antibalas. Uno de ellos, el más alto, extiende el brazo: Acompáñenos, por favor.

Imagino la alarma con que Natalia le preguntó al empleado de las pulseras si iban a detenerla y el acento afectuoso con que él le aclaró que para nada, sólo iban a llevarla a una oficina donde ella pudiera hacer su declaración. Que la señora no se asuste, será algo de rutina pero indispensable para detener al ladrón y recuperar el o los objetos robados, que de seguro ella podría describir.

Imagino el parpadeo nervioso de Natalia mientras se preguntaba si sería capaz de detallar lo que en esa tienda le han robado, pero no una vez, sino año tras año. Me parece verla mordiéndose el labio inferior y luego sonreír y al fin confesar: No. No puedo. El uniformado de menor estatura declara que eso imposibilita la acción.

Imagino la actitud solícita con que el empleado (sigue siendo el de la muñeca adornada con pulseras) le sugiere que busque en su bolsa las notas de compra. Allí está el nombre de los objetos adquiridos. Imagino el tono indiferente de Natalia cuando dijo que en su bolsa no guardaba ninguna nota, y la expresión derrotada del empleado. Imagino también el tono eficiente con que el policía de menor estatura sugirió otra posibilidad. Que la señora trate de hacernos un retrato hablado del ladrón: estatura, color de piel, cómo iba vestido, si lo acompañaba alguien o iba solo.

Imagino la energía con que Natalia les preguntó de qué hablaban, los acusó de no entenderla y exigió que la llevaran ante un jefe, su jefe. De seguro iba a entenderla porque él también, por joven que fuera, valoraría el tiempo y estaría dispuesto a protestar si alguien se lo robara.

III

Imagino a Natalia sola junto al módulo, parándose en un pie y en otro, en espera de que al fin llegase el señor Ogarrio –¿o Barrios?– para oírla y solucionarle el problema sin atraer la atención de los clientes que merodeaban por los pasillos codiciando accesorios y prendas de otoño, entre las que se veían imágenes que adelantan las tendencias para la primavera 2015.

Imagino la expresión de alivio con que Natalia vio acercarse a un hombre bajo, calvo, de piel lustrosa que sin rodeos, y con paciencia aprendida, le preguntó cuál era su asunto, si deseaba tratarlo allí o prefería subir a su oficina. Antes de contestarle Natalia miró el gafete en la solapa del recién llegado y se sintió feliz de poder dirigirse a él por el nombre correcto y pedirle que bajara con ella al sótano.

Imagino la satisfacción del señor Ogarrio al comprobar sus sospechas de que Natalia era una de esas ancianas algo excéntricas que acuden a las tiendas para sentirse menos solas, cerciorarse de que aún son parte de la comunidad y esperar que alguien le regale una sonrisa aunque sea de pasada. Según estas deducciones, sería mejor darle gusto a la señora y seguirla escaleras abajo mientras se iban haciendo más claros los tintineos, los coros angelicales y el olor a esparto.

IV

Imagino la sonrisa triunfal del señor Ogarrio al ver que el sótano había quedado convertido (según indicaciones superiores) en una gruta mágica en donde, a comienzos del otoño, se respiraba la atmósfera navideña gracias a los pinos nevados, renos, trineos, guirnaldas, gnomos, calcetas llenas de regalos, esferas blancas y rojas que siempre anuncian la inminente aparición de Papá Noel.

Imagino la contrariedad del señor Ogarrio cuando, en vez de secundarlo elogiando las mercancías, Natalia le preguntó si le gustaban los calendarios. Sin esperar respuesta siguió hablando: A mí sí, mucho. Me dicen el mes y el día en que estoy, me recuerdan las fiestas patrias, los onomásticos, los compromisos, las tradiciones. Esas hay que respetarlas, ¿no cree?

Imagino la emoción forzada con que el señor Ogarrio le aseguró a Natalia que sí las veneraba, y mucho, como buen mexicano, y enseguida le pidió que le aclarara si allí, en el sótano, había sufrido el robo y de qué objetos, tal vez ella, más serena, ya los recordaba. Imagino la incomodidad del hombre al oír el comentario de Natalia: Estamos apenas en octubre, falta para que llegue el 2 de noviembre, el único día en que puedo reunirme con mis difuntos, y ustedes me empujan en el tiempo, quieren hacerme creer que estamos en diciembre y así me roban semanas de mi vida. Entienda que para todos, en especial para los ancianos, cada día es lo más valioso porque no sabemos si habrá otro. Este, señor Ogarrio, es octubre. Y si no me lo cree, consulte su calendario.

Imagino la actitud digna con que Natalia dio media vuelta para alejarse del falso ambiente navideño, salir a la calle y esperar lo que este mes le tiene reservado: las últimas lluvias, algo de sol, cierta bruma, la luna prodigiosa y después…

 La Jornada, Octubre 5, 2014.

Mar de Historias
Sofocar el dolor (10)
Cristina Pacheco
Suena el timbre que anuncia el recreo. Los alumnos del Cuarto D se levantan, dejan los cuadernos abiertos a mitad de un ejercicio, corren a la puerta y se precipitan escaleras abajo sin prestar atención a las advertencias de su maestra: No corran. No griten. No se empujen. Entre risas, los muchachos se retan a ver quién llega antes que los demás a la cancha, la cooperativa, los bebederos recién instalados.
Indiferente a la euforia de sus compañeros, Ariel camina despacio y se desvía hacia el segundo patio. Allí, a cielo abierto, se acumulan los objetos inservibles: pizarrones cacarizos, escobas de vara, cubetas desfondadas, mesabancos con las paletas curtidas de iniciales, figuritas grotescas, signos incomprensibles, fechas: todo marcado a punta de compás o de cuter o navaja.
Ariel tiene una en el bolsillo de su pantalón. No la exhibe ni fanfarronea con ella. Si lo hiciera sus condiscípulos lo verían con admiración, con respeto. Renuncia a esas expresiones para no arriesgarse a que la maestra o el prefecto descubran su secreto y lo acosen a preguntas: ¿De dónde sacaste esa navaja? ¿Quién te la dio? ¿Saben tus padres que la tienes? ¿Para qué la quieres?
Ariel se siente capaz de responder a esas preguntas, menos a la última porque en cuanto escucharan su respuesta la maestra o el prefecto, o ambos al mismo tiempo, lo mirarían incrédulos, horrorizados y sin el menor intento de ponerse en sus zapatos y comprender por qué un niño de once años quiere sofocar un dolor con otro.
II
Ariel sabe que verse aborrecido o despreciado duele mucho más que las heridas que se hace cuando, para huir de los insultos y las amenazas de su padre, oculta las manos bajo la mesa y desliza la navaja en uno de sus dedos. Lo hace con firmeza y un solo movimiento, sin quejarse y con expresión serena.
Experto en la materia, Ariel también sabe que un segundo antes de que brote la sangre aparece el dolor. Localizado, agudo, lo atrapa y lo vuelve sordo a las expresiones violentas de su padre y a las súplicas de su madre: Ramón: no le digas esas cosas al niño. No me insultes delante del niño. Si quieres, desquítate conmigo pero no con el niño, que también es tu hijo.
En esos momentos Ariel se concentra en el hilo de sangre que resbala por su piel y es como un río que lo arrastra fuera del cuarto atestado, sofocante, y lo conduce a otra parte: la calle, el estanquillo con las maquinitas, la tienda con diez televisores encendidos en el mismo canal, la escuela, el segundo patio en donde se acumulan pizarrones cacarizos, escobas de vara, cubetas, mesabancos con las paletas heridas a punta de navaja como sus dedos, pero más sus brazos y su pecho, a donde no llegan las miradas de nadie.
III
Las cicatrices, recientes, son el diario íntimo de Ariel pero también cuentan su vida de hijo único, primero amarradito a la pata de una mesa (Por seguridad, para que no se salga del mercado mientras estoy trabajando), después en la silla alta de una guardería y más tarde confundido entre los niños de la escuela que lo ignoran y lo tienen por raro porque es retraído, no se interesa en el futbol y no se quita la camisa para refrescarse en la pileta después de la hora de gimnasia.
A pesar de su aislamiento Ariel disfruta de la escuela que lo salva de su casa y le permite refugiarse en el segundo patio. Teme que llegue el día en que su padre consiga su propósito de alejarlo del estudio y ponerlo a trabajar para que lo ayude con los gastos de la casa, sepa lo que cuestan las cosas y aprenda de una vez a ganarse la vida como lo hizo él, que a los nueve años ya trabajaba en una carbonería y después en un obrador y más tarde en una refaccionaria, luego en un depósito de cartón y en una miscelánea hasta que al fin lo tomaron como dependiente en un tiradero de ropa usada.
Cuando su madre intercede por el derecho de Ariel a seguir estudiando (Tan siquiera hasta que haga su secundaria) su padre la mira con burla (eso duele) y le reclama ser tan exigente, tan desconsiderada después de todo lo que él ha hecho para mantenerlos a ella y a su hijo. Con sólo recordar sus sacrificios se descompone, grita, arroja los platos de la mesa, amenaza con impedirle volver a la escuela y después se lanza sobre su madre para golpearla sin que él –un niño de once años– pueda impedirlo.
Oír el llanto materno le duele a Ariel más que el filo de su navaja desgarrándolo. Con la sangre llega el alivio y sin darse cuenta sonríe. No imagina que con su gesto aviva la furia de su padre. Sin escapatoria posible recibe un golpe en la cara, otro en el pecho, cae al suelo, oye gritos, un portazo. Sin saber cómo llega a su cama y se envuelve en una sábana húmeda porque hace días y días que no tenemos sol.
IV
En el segundo patio hace frío. Apoyado contra la pared, oculto entre la infinidad de objetos inservibles, Ariel contempla su navaja y recuerda la discusión nocturna entre sus padres pero no el motivo ni qué la desató. Pudo haber sido cualquier cosa: el control de la televisión, la falta de cervezas, un gasto en apariencia excesivo, las eternas sospechas de infidelidad por parte de su padre hacia su madre, reproches mutuos, franco desamor.
La evocación le punza más que la herida recién abierta en la muñeca izquierda. Aturdido, fascinado por la sangre que fluye, escucha el timbre que indica el final del recreo pero no se mueve. Quiere permanecer allí, en el patio de los deshechos en donde nadie le hará preguntas, protegido por los mesabancos que tienen las paletas marcadas con la punta de un compás, un cuter o una navaja semejante a la que se le escapa de la mano.
La Jornada, Septiembre 28, 2014.

Mar de Historias
Cartas desde Marte (9)
Cristina Pacheco
Aunque nos viéramos a diario, Rodolfo y yo nos llamábamos todas las noches por teléfono. Niña, cuelga, me decía mi madre con su voz cascada por el cigarro. Yo juntaba el pulgar y el índice para que me diera oportunidad de seguir hablando un poquitito más; pero ella, implacable, negaba con la cabeza. Ni modo. Órdenes son órdenes. De mala gana me despedía de Rodolfo.
Presiento que él vive. Tiene que vivir. Fue, es y será para siempre mi mejor amigo. Lo sabe y de seguro lo piensa aunque sea de vez en cuanto. Supongo que en esos momentos le entrarán sentimientos de culpa por no haberse puesto en contacto conmigo y jurará que va a escribirme hoy mismo.
II
Llevo la cuenta de los años de incomunicación: ocho. En todo ese tiempo deben de haberle pasado a Rodolfo muchas cosas. Lo conozco y sé que le gustaría compartirlas conmigo, entonces ¿por qué no lo ha hecho? Sólo Rodolfo podría aclarármelo. Por desgracia no he recibido la carta que me prometió; es más, ni siquiera he vuelto a oír su voz desde que me llamó para decirme que, por exigencias del trabajo, su padre tendría que cambiar de plaza. Yo entendí de casa. Es un error comprensible si tomo en cuenta que Rodolfo estaba viviendo a cientos de kilómetros de aquí.
Esa distancia enorme se ha ido alargando al paso del tiempo que llevo sin recibir noticias suyas (dividido en meses da 96, contado en días arroja una cifra espeluznante: 4380) y ahora tengo la impresión de que Rodolfo está flotando en el espacio rumbo a Marte. Se me ocurre esa locura porque en una de sus cartas me contó que en su nueva escuela algunos compañeros, en una hora muerta, habían hecho una lista de los interesados en viajar al cuarto planeta. ¿Te inscribiste?, le pregunté a vuelta de correo. Lo habría hecho si creyera que en mis condiciones iban a aceptarme.
El obstáculo a que se refería eran sus piernas tan carentes de vigor como si no las tuviese. Era lógico que se descalificara por ese motivo pero no quise dejarlo indefenso ante una realidad que, al menos hasta aquel momento, era inmodificable: ¡Tonto! Se piensa con la cabeza. Imagino que en una primera expedición a Marte se necesitan personas que piensen y no corredores de fondo. ¡Inscríbete! Si llegas a irte, me cuentas.
Creí expresarme con un tono ligero, indiferente; pero Rodolfo, que me conoce mejor que nadie, adivinó mi nerviosismo y eso le dio oportunidad para divertirse conmigo haciendo cálculos de los muchos años que tardarían sus mensajes desde Marte. “Para cuando llegue ese momento –escribió subrayado– serás mucho mayor que yo y tal vez ya ni me recuerdes.”
El jueguito me ha resultado muy útil para soportar el silencio de Rodolfo. Imagino que sus cartas vienen descendiendo lentamente por el espacio y que un día, el menos pensado, caerán envolviendo piedras arrancadas a la superficie del planeta rojo.
III
Ese método de comunicación lo practicamos Rodolfo y yo mientras fuimos vecinos. Aunque nos hubiésemos visto en la escuela y nos hubiéramos hablado por teléfono antes de comer, por lo general entre cuatro y cinco de la tarde él lanzaba desde su ventana en el tercer piso hasta mi patio una piedrita (o cualquier otro objeto de peso) envuelta en su mensaje.
Esas notas, escritas minutos antes de ser enviadas, llegaban a mí envejecidas a causa de las arrugas en el papel. Aunque repitieran lo que nos habíamos dicho, leerlos era estimulante, alentador y también útil: me protegía contra todo lo que pasaba en mi casa y me hacía esperar con ilusión el momento de levantarme, salir, respirar el aire fresco de las siete de la mañana y correr por la avenida bordeada de fresnos que conducía a la escuela.
A Rodolfo lo llevaba su hermano Ernesto en una camioneta equipada con una silla de ruedas muy ruidosa. En ella mi amigo se dirigía al salón de clase. Con la ayuda del prefecto o del conserje se pasaba al pupitre junto a la puerta, cosa que le hacía fácil la ida al baño.
Para evitarse que dos de nuestros compañeros tuvieran que trasladarlo del mesabanco a la silla y a su vuelta del sanitario realizar la operación a la inversa, Rodolfo decidió salir reptando impulsándose con los codos. La escena, vista ya muchas veces, inspiraba curiosidad y burlas. Eran crueles. Recordarlas aún me horroriza. En este sentido la situación no mejoró cuando pasamos a secundaria.
Para aquel momento Rodolfo y yo habíamos sostenido miles de conversaciones en la escuela y a través del teléfono. Niña, cuelga. Aparte yo tenía acumulada una buena cantidad de piedras-mensajeras. Esa rutina alimentada durante años nos unió como si fuéramos siameses. Era muy viva mi sensación de estar unidos. Cuando me enteré de que sus padres iban a llevárselo a Laredo sentí que se me rasgaba la piel como si fuera una más de las telas con que mi madre hacía vestidos por encargo.
IV
Me pasé la primera tarde en que Rodolfo estuvo ausente haciéndome las ilusiones de que su mensaje caería en mi patio. Imposible. A esas horas –según me dijo en su demorada comunicación telefónica– viajaba en un Greyhound rumbo al norte.
Después de aquel contacto sobrevino el silencio y luego una carta en donde Rodolfo me relataba el viaje y describía algo de su nueva casa: Huele a pintura. No está permitido fijar clavos ni tender ropa en los balcones. Dejó a mi imaginación el resto de su vivienda. Mejor. De ese modo era más fácil figurarme que seguíamos conversando en los lugares consabidos.
Para evitar el gasto del teléfono y reproches familiares, optamos por seguir escribiéndonos cartas. También llegaban envejecidas a causa del pésimo sistema de correos. Ese desajuste enfurecía a Rodolfo; a mí no me disgustaba tanto y acabé por verlo como algo inevitable.
Cambié de opinión la mañana en que, con un mes de retraso, recibí una nota de Rodolfo en donde me informaba que él y su familia se iban a vivir a San Diego. Me pregunté en dónde estarían las cartas que, sin saber de su mudanza, le había enviado a Rodolfo. Preferí seguir leyendo. En las últimas líneas prometía mandarme su dirección.
Leí la fecha de la carta. Habían pasado cuatro semanas desde el momento de su escritura. ¿Cuánto tiempo más tendría que esperar noticias de mi amigo? Lo ignoraba pero seguí escribiéndole con ánimo de enviarle mi correspondencia acumulada en cuanto él me indicara su nuevo domicilio. Ya transcurrieron ocho años y aún no lo recibo. La tardanza puede deberse, entre otras cosas, a falta de tiempo, olvido, pésimo servicio del correo o, en recuerdo de una antigua conversación, a la enorme distancia entre la Tierra y Marte.
La Jornada, Septiembre 21, 2014.
Mar de Historias

Lluvia de septiembre (8)

Cristina Pacheco
Las muchachas y yo llevamos años de conocernos. Con todo y eso hay cosas en las que no logramos ponernos de acuerdo, en particular cuando hablamos de Coral. Ni siquiera coincidimos en cuanto a su edad. Unas creen que debe haber andado por los cincuenta cuando falleció, pero yo le calculo un poquito más. La forma en que mis compañeras hablan del asunto me choca, entre otras razones, porque ninguna se atreve a decir Coral se murió. Prefieren: se nos adelantó en el camino, se nos fue, ya no es de este mundo, dejó de sufrir.

Conociendo a Coral me pregunto qué hará en el otro mundo si de verdad ya no padece luego de que se pasó la vida entera –o al menos la porción de ella que conocí– mortificada por todo: las guerras, el desempleo, la inseguridad, el maltrato a los niños, las mujeres desaparecidas, los suicidios en aumento. Tal vez lo hacía para no pensar en sus problemas, que deben haber sido bastantitos.

Se le extraña, me cae que sí. A nosotras, mientras esperábamos clientes en la Plaza de Loreto, nos hacía reír con sus puntadas. No estoy diciendo que hiciera chistes al estilo de la Márgara, no. Me refiero a las cosas que le sucedían y nos las contaba de una manera muy natural, muy inocentona. Por ejemplo aquello del papel sanitario que un mono le robó o el capítulo de la dentadura postiza que el dichoso Tigre perdió en el hotel.

Todavía lloro de risa imaginándome a Coral, grandota como era, arrastrándose por todo el cuarto para buscar la dentadura de su cliente mientras que él, en calzoncillos y con calcetines, lloraba diciendo: “Mi señora sabe que nada más cuando entro en acción me quito la prótesis por temor a ahogarme. Si me le presento sin dientes adivinará que estuve con otra mujer y entonces sí no me la voy a acabar.”

Gracias a Dios Coral encontró la placa en una de sus pantuflas. Aunque ya estamos grandes, a ninguna de nosotras se nos ocurre salir a trabajar en chancletas. A ella sí –lo hacía por los juanetes– pero me consta que cargaba sus sandalias en una bolsa de plástico por si al cliente se le antojaba que se las pusiera a la hora de la verdad. Hay hombres muy idiáticos a los que les gusta eso.

¿No me cree? Yo tuve un cliente que venía expresamente desde Omitán para quedarse conmigo los primeros viernes de cada mes. Se animaba sólo con verme puestas las sandalias que habían sido de su mujer. Me quedaban muy mal porque la difunta, que en paz descanse, había sido de pie grande, y yo calzo del dos y medio. Conseguir zapatos de mi número es bien difícil, por eso tengo que ir con Elías Raso para que me haga mi calzado.

Coral siempre me chuleaba mis zapatos y yo a ella los broches que se ponía en la cabeza para agarrarse el pelo. Tenía mucho, bien crespo, tirándole a cobrizo. Lo conservó hasta el fin, o sea hasta el día en que se nos adelantó en el camino.

II

¿Era jueves o viernes cuando la enterramos? Ya ni me acuerdo porque los días se van como agua. Lo que sí tengo claro es que entre todas hicimos una colecta para sus misas. Fueron nueve a las siete de la noche. Lo bueno es que la iglesia está cerquita de la plaza en donde nos sentamos a esperar: unas desde el mediodía y se van temprano. A mí me cae mejor presentarme después de las seis de la tarde, aunque luego tenga que irme nochecito, corriendo peligro y a veces sin haber sacado ni cincuenta pesos, que es mi tarifa más baja.

Este asunto es como todos los negocios: tiene sus temporadas buenas y otras malas. Nosotras sabemos que durante las fiestas patrias –quizá porque en septiembre llueve mucho– los clientes escasean; sin embargo, nos presentamos a la chamba y de acuerdo con la fecha nos ponemos rebozos, moños, adornitos tricolores para animar el ambiente. Pero ha habido ocasiones en que ni por esas salimos adelante.

Me acuerdo de un mes de septiembre en que llovió tanto como ahora y hacía bastante frío. Estábamos bien tristes, apagadas y sin que nadie nos pelara, así que decidimos irnos temprano a nuestras periqueras. Nos despedimos. La única que se quedó en la banca fue Coral. Se me hizo feo dejarla sola y la invité a comernos un pozole en la fonda de Genovevo. De seguro estaría abierta porque ese hombre no baja la cortina ni el primero del año.

III

Coral y yo éramos las únicas clientas. Ordenamos rápido. En eso que entra a la fonda una pareja con un chamaquito bien simpático vestido de Cura Hidalgo. Se sentaron cerca de nosotras y pudimos oír que sus papás se burlaban de él porque no había aceptado quitarse el disfraz que le pusieron para el festival de su escuela.

Nos reímos, pero noté que el gesto de Coral no era precisamente de alegría. Aunque sé que no le gusta hablar de sus asuntos personales le pregunté en qué pensaba.

–En un l3 de septiembre. Yo estaba en quinto año cuando me vistieron como a ese niño. Y es que el compañero –Efraín Pons se llamaba– que iba a presentarse en el festival de la escuela como Padre Hidalgo se enfermó y no pudo asistir. Urgía encontrar a alguien que ocupara su sitio. Me eligieron porque como era la más altota del grupo a nadie más le quedaría el disfraz de Hidalgo. No fue fácil ponérmelo: el greñero que tengo se me salía de la peluca y sólo con un montón de pasadores lograron escondérmelo muy bien. De todas formas la maestra Sarita me indicó que al ondear la bandera procurara no mover la cabeza.

Me gustó ver a Coral tan contenta, riéndose y hablando de sus cosas como nunca lo había hecho. Eso y el pozolito caliente me alegraron, pero más seguir oyendo a Coral:

–No creas que mi cabello fue el único problema. Tuve otro y para ese no hubo arreglo. Siempre fui una niña muy desarrollada. A los once ya tenía senos –y bastante grandecitos. La maestra Sara, quien me ayudó a vestirme, no logró aplanarme y tuve que aparecer en el escenario como un cura pechugón… Algunas personas entre el público se rieron y me puse muy nerviosa. Temblaba.

Coral se mordió los labios. Creí que iba a llorar. En vez de hacerlo me sonrió:

–No sé cómo le habré hecho, amiga, pero me controlé y seguí muy tiesa, como de palo, a fin de que no se me desprendiera la peluca. Al final del número mis maestros me felicitaron y mis compañeritos como que me vieron de otra forma. Todo cambió gracias a mi Padre Hidalgo: mis bajas calificaciones no impidieron, como otros años, que participara en el festival; mi estatura, que siempre había sido motivo de burlas y de que me llamaran caballona, se convirtió en una ventaja porque gracias a eso pude hacer el personaje más importante aquel l3 de septiembre.

Le pregunté a Coral si guardaba fotos de su actuación. Me dijo que sólo una y prometió mostrármela alguna noche. Nunca lo hizo ni lo hará. El tiempo no le alcanzó. Los días, como usted bien sabe, se nos van como agua.

La jornada, septiembre 14.

Mar de Historias
Desde el mirador (7)
Cristina Pacheco
En el rancho, desde nuestra casa, podíamos ver el tren lejano avanzando en línea rumbo a la ciudad de México. Al escuchar su silbato y verlo, los niños nos precipitábamos hacia la carretera y corríamos con la inútil esperanza de alcanzarlo. Antes de que se perdiera tras la curva nos deteníamos y agitábamos los brazos seguros de que los viajeros podían distinguirnos y responder, tras las ventanillas iluminadas, a nuestra despedida: Buen viaje. Adiós, adiós.
Aun después de que el horizonte volvía a ser un cuadrado oscuro, impenetrable, nos quedábamos oyendo el silbato metálico del tren hasta que se transformaba en un rumor cada vez más lejano que al fin se desvanecía. Entonces la noche recuperaba su desnudez, los sonidos del campo, el rumor del viento entre las ramas de los árboles: siluetas oscuras, desiguales, que a la luz del día eran compañeros de juego y por la noche presencias misteriosas, amenazantes.
La visión nocturna y fugaz del tren despertaba el interés de la abuela por contarnos su único viaje a San Luis Potosí y el ansia de mi madre de que algún día abordáramos el ferrocarril rumbo a la ciudad de México. Circunstancias muy adversas contribuyeron a que el sueño materno se realizara. Una noche dejamos de ser observadores del tren y nos convertimos en pasajeros. Desde las ventanillas mis hermanos y yo agitábamos las manos imaginando que nuestros conocidos del rancho podían vernos sentados en las bancas corridas de la segunda clase y escuchar nuestros gritos: Adiós, adiós. Ya pronto vendremos a visitarlos.
II
En cuanto llegamos a la ciudad de México descubrimos lo nunca antes visto: edificios, anuncios de neón, calles anchas, tranvías, agentes de tránsito, camiones, semáforos y después, muy altos en el cielo, los aviones. Incrédulos y temerosos, pero al mismo tiempo llenos de curiosidad nos hacíamos cruces por saber cómo serían por dentro, a qué altura se elevaban y cómo era posible que bajaran sin romperse. Sobre todas esas cuestiones dominaba una pregunta: ¿Qué se sentirá al volar?
Estaba claro que no íbamos a saberlo pronto. Subirse a un avión encabezó la lista de imposibles dictada por nuestras precarias condiciones económicas. Por fortuna al poco tiempo de vivir aquí y gracias a la sugerencia de Mercedes, nuestra vecina, encontramos la manera de resarcirnos en algo por la imposibilidad de volar: Vayan al aeropuerto. No les cobrarán nada por subir al mirador. Desde allí verán muy bien cómo despegan y aterrizan los aviones. Seguido llevo a mis chamacos porque no gasto y se divierten como locos.
III
El consejo era muy tentador pero no resultaba fácil acatarlo, entre otras cosas porque ignorábamos dónde estaba el aeropuerto y cuánto nos costaría llegar hasta allí. Mercedes nos dio toda clase de explicaciones y al final, viendo que aún teníamos dudas, nos hizo un mapa y nos escribió el teléfono del estanquillo donde le recibían llamadas para que le habláramos en caso de que nos extraviáramos.
Vencidos los obstáculos y ante la insistencia de mis hermanos mayores, mis padres decidieron llevarnos al siguiente domingo a ver de cerca los aviones. La noche del sábado, a causa de la emoción, estuvimos insomnes, conversando de una cama a otra hasta que un pleitazo en la vivienda de junto nos dejó sin palabras.
La mañana del día señalado mi madre se la pasó haciendo taquitos de fideo seco, tortas de frijoles y agua de limón que puso en un frasco. Todo eso lo metió en un morral. En otro acomodó una bacinica y una cobija. De haber tenido una brújula de seguro la habría agregado a nuestra carga.
A las ocho de la mañana, antes de salir, mi padre nos puso en fila para bendecirnos (como si en vez de llevarnos al aeropuerto fuera a conducirnos a un patio de fusilamientos) y nos hizo repetirle nuestra dirección para estar seguro de que sabríamos adónde regresar si nos perdíamos.
Por su lado, mi madre cumplió con su deber haciéndonos una serie de advertencias: No se alejen de nosotros. Agárrense bien. Cuando lleguemos allá no vayan a sacar la mano ni la cabeza. Supongo que con esa medida creía ponernos a salvo de que un avión, al pasar cerca de nosotros, pudiera dejarnos mutilados o, mucho peor aún, decapitados.
IV
El viaje desde Tacuba al aeropuerto fue larguísimo: dio tiempo a varios trasbordos y a que en el último camión mi padre discutiera con un pasajero impertinente y ebrio, a que mi hermana vomitara asqueada por el olor a gasolina, a que mi madre vaciara las bolsas en busca del papelito con el teléfono apuntado por Mercedes y volviera a llenarlas (indiferente a las risitas causadas por la dichosa bacinica) y a que a mi hermano mayor se le ocurriera hacer una competencia de adivinanzas y trabalenguas entre él y yo.
Debió pasar del mediodía cuando llegamos al aeropuerto: un edificio bajo y relativamente pequeño o al menos así lo recuerdo. Poca gente caminaba por el pasillo y ninguna parecía tener prisa. Nosotros, muy juntos, avanzábamos mirando en todas direcciones sin saber cuál tomar. Estuvimos yendo y viniendo de un lado a otro hasta que al fin mi padre se atrevió a preguntarle a un policía.
Por sus indicaciones y una serie de flechas dimos con las ruidosas escaleras de fierro que llevaban al mirador: una azotea cercada con una malla metálica. Fue difícil encontrar acomodo entre las familias y los grupos de jóvenes que habían llegado hasta allí con el mismo propósito que nosotros: ver el despegue y el aterrizaje de los aviones.
Como los otros visitantes al rústico mirador, mi familia y yo nos pasamos horas de aquel domingo alertas, nerviosos, aturdidos por el estruendo de los motores, minimizados por las ráfagas de aire caliente que nos desordenaban el cabello y la ropa, incrédulos ante la elevación, cegados por los reflejos metálicos de los aviones que parecían ir rumbo al Sol y al esfumarse nos dejaban la sensación de haber estado cerca de contestar la pregunta que nos había tenido desvelados: ¿Qué se sentirá al volar?
A partir de aquel domingo hicimos muchas otras visitas al mirador, pero ninguna tan emocionante como la primera. Ya no viven los miembros de mi familia con quienes compartí aquellas experiencias. Son sólo mías. Es también sólo mía la derrota de recordarlas fragmentadas y en desorden.
La Jornada, Septiembre 7, 2014

Mar de Historias

Volver a empezar (6)
Cristina Pacheco
Como siempre, el cuarto de baño huele a óxido. De la regadera, tras la cortina mohosa, escurre una gota machacona. Su tamborileo sobre el mosaico denuncia el desperdicio. Un crimen, dice Alfredo cuando se acerca y gira la llave para evitar la fuga de agua. Su esfuerzo es inútil. Seguro es el empaque. Voy a decirle a Maira que llame al plomero.
Alfredo se da vuelta hacia el espejo del botiquín y repite la frase para cerciorarse de que es él quien la pronuncia. Se da cuenta de que llevaba dos años sin atreverse a darle órdenes a su hija. Hoy lo hará con una aclaración: No te preocupes: yo pago la compostura. Se pasa la mano por el rostro salpicado con islotes de barba entrecana. Fuera, exclama y abre el botiquín donde están el jabón y la brocha confundidos entre cajas y frasquitos. Guardan remedios contra todos sus males: depresión, insomnio, taquicardia, inapetencia, dolores musculares…
Acepta esos inconvenientes como achaques de la edad; sin embargo Armando, su sobrino médico, le asegura que por lo menos la depresión, el insomnio y la inapetencia terminarán (desde luego, poco a poquito) ahora que él ha comenzado una nueva vida.
A los setenta, ¡quién me lo iba a decir, murmura Alfredo mientras gira la brocha húmeda en la taza de jabón. Se parece a la que su padre usaba. Verlo con la cara embadurnada de espuma y oír el rumor del rastillo cercenándole la barba aumentaba la admiración por su papá y su ansia por dejar de ser un niño al que se le marcan reglas y prohibiciones. No. No. No.
Alfredo siente en la boca el sabor amargo del jabón. El impulso de escupir es menos fuerte que un recuerdo: Niño, no escupas. No eres carretonero ¿o sí? Oír reconvenciones como esa aumentaba su urgencia de convertirse en un adulto independiente al que nadie le daría órdenes. Aunque le moleste, reconoce que en eso, como en tantas otras cosas, estaba equivocado.
II
Lo sabe desde hace tiempo, en concreto a partir del momento en que perdió su puesto en el despacho Zambrano-Vasconcelos. Contadores. Salió de allí aturdido y con una poderosa sensación de incredulidad. Sin pensarlo, hizo lo único que se le ocurrió: ir al panteón y contarle a Gracia, su mujer fallecida nueve años atrás, lo que acababa de ocurrirle y se resistía a aceptar: encontrarse entre los millones de desempleados que hay en el mundo.
De pie frente a la tumba, Alfredo imaginó lo que su Gracia le diría: Sabes mucho, tienes experiencia y sobre todo eres honrado. Si en Zambrano-Vasconcelos no supieron valorarte, ¡allá ellos! Tú ¡adelante! Sobrará quien te contrate. Mientras, aprovecha para descansar.
Concentrado en sus pensamientos, Alfredo apenas entendió que el hombre junto a él, llegado de no sabía dónde, se estaba ofreciendo a limpiar la tumba y remover la tierra de los dos macetones que la adornan. No se atrevió a rechazarlo: ¿Cuánto? “Lo que usted guste darme, patrón”. Está bien. El camposantero se alejó corriendo en busca de sus herramientas y Alfredo se quedó pensando cómo sería la vida de aquel desconocido, qué circunstancias lo obligaban –a los sesenta años o quizá menos– a hacer un trabajo a cambio de “lo que usted quiera darme, patrón.”
En su mente surgieron rápidas conclusiones y celebró tener una profesión, experiencia, amistades, ropa presentable, algo de ahorros: ventajas que hacían imposible que él llegara a verse en la circunstancia del camposantero. Sintió ganas de saber algo más de él pero cuando reapareció con una cubeta, un costal y unas tijeras sólo se atrevió a preguntarle si les pagaban por hacer eso. “Sacamos nada más lo que las personas quieran darnos. Pero hay veces, patrón, que nos vamos en blanco: la gente anda muy jodida y poca es la que viene a visitar a sus difuntos.” Alfredo reconoce ahora que en el comentario no había dobles intenciones pero entonces lo interpretó como reproche: Por el trabajo. A veces, aunque uno quiera venir… “Lo comprendo muy bien, patrón.”
Alfredo recuerda que se sintió incómodo de que el hombre lo llamara patrón por tercera vez en lugar de decirle simplemente señor, pero no hizo comentario y el camposantero siguió exponiéndole su realidad: “Cuando pasan dos, tres días sin que gane nada me voy de aquí decidido a no volver; pero luego me pongo a pensar y me digo yo solito: Cálmalas, Gavino, piensa: ahora es difícil conseguir empleo y más para personas de tu edad. Dale gracias a Dios de que tu compadre Santos te haya metido a su cuadrilla. Ganas poco, pero es mejor que nada. Con esos pensamientos me sereno y al día siguiente me presento aquí antes de que abran la reja.”
A partir de ese momento no dijo más y se dedicó a trabajar con ahínco sin saber cuál sería su paga. Toma: cien pesos. Incrédulo, el camposantero recibió el billete: “Gracias, patrón.” Gracias a ti, Gavino. Alfredo advirtió la satisfacción del trabajador al verse mencionado por su nombre y eso le dio confianza para hacerle otra pregunta: ¿A qué te dedicabas antes? “A ir de un lado a otro haciendo chambitas, nada seguro. Es mi culpa: no quise estudiar. Si hubiera seguido una carrera corta, como tanto me suplicó mi jefe, no andaría en estas, ¿o cree que sí, patrón?”
III
Alfredo mira satisfecho su cara tersa. Le gustaría humedecérsela con la loción que usaba su padre: Aqua Velva. La ha visto en el supermercado, en la sección de cosméticos. Si termina la semana con mejores ganancias que la anterior comprará un frasco, siempre y cuando el plomero no pida demasiado por componer la llave.
Papá: apúrate. La voz de Maira, su hija, le recuerda su principal obligación: la puntualidad. Descorre la cortina, abre la regadera y se toma de la barra metálica que Maira hizo instalar para evitarle un accidente. A él la medida le pareció excesiva pero su yerno (el último ser humano que resuelve crucigramas en la peluquería) le recitó lo que todo el mundo sabe: Para las personas de la tercera edad el cuarto de baño puede ser una trampa mortal.
Protegido por el rumor del agua, piensa en voz alta: ¿Le habrán hecho esa advertencia a Gavino? Se lo preguntará cuando vaya al cementerio y lo busque para que limpie la tumba. Mientras lo ve remover la tierra le contará que él, con un título de contador, cuatro diplomas y experiencia de tres décadas en distintos despachos –la última y más prolongada en Zambrano y Vasconcelos– hoy, a sus setenta años, trabaja como empacador en un supermercado. Tiene horario fijo, no recibe sueldo y sus únicas ganancias son las propinas; sin embargo está contento. Hacer lo que hace lo autoriza a tomar pequeñas iniciativas y pagarse mínimos lujos.
Alfredo sabe que el gerente está satisfecho de su desempeño y lo ha felicitado por su gentileza con los clientes. Desde que llegan ante la Caja 6 él los recibe con una frase amable: ¿Encontró usted todo lo que buscaba? y los despide en el mismo tono: Que tenga usted un día maravilloso.
Según las reglas del supermercado, en esas circunstancias bastaría con que Alfredo empleara el adjetivo buen pero él lo sustituye por otro: “Que tenga usted un día maravilloso”.
La Jornada, Agosto 31, 2014.

 

Mar de Historias
Sembrar olvido (5)
Cristina Pacheco
Las que eran pláticas informales entre Elisa y yo, se han vuelto sesiones sicoanalíticas. Nunca he asistido a una pero Julieta, mi prima que trabajaba en una fábrica de medias, me ha contado cómo son: llegas con un doctor o una doctora, según te toque, y le dices lo que te hace sufrir. Entonces ellos te ayudan a entender cosas de ti, de tu vida y a aceptar que algunos problemas tienen remedio y otros no porque no dependen de ti. En este caso lo mejor es guardarlos en una bolsa (mental, claro), cerrarla bien y ponerla en algún sitio en donde no te estorben.
A Julieta le dieron resultado las terapias. Por lo pronto, dejó de pensar en suicidarse porque Eduardo se había ido cuando a ella acababan de recortarla de la fábrica y sin importarle que se quedara con la sarta de hijos y deudas con todo el mundo, hasta conmigo. No me fijo, que me pague cuando pueda, después de todo somos familia. La bronca son los demás acreedores. En vez de escondérseles, Julieta debería darles la cara y decirles: No manchen, espérense a que me reponga. Eso quién sabe cuándo será, desde luego ni mañana ni pasado. Julieta espera conseguir otra chamba formal. Lo dudo. Anda por los cuarenta pero se ve mayor (Eduardo se la acabó) y en este mundo la edad es un pecado imperdonable.
II
A los patrones sólo les interesa la gente joven con experiencia pero ¿cómo quieren que alguien la tenga si no le dan oportunidad de foguearse? Ahora, supongamos que aunque pases de los treinta, te contratan, como le sucedió a Julieta. Entonces, en prueba de agradecimiento, ella se desvivió por demostrar su capacidad. Aceptó el turno que le dieran. Por el mismo sueldo cubrió las funciones de dos o tres compañeros. Cuando se lo indicaron se presentó a trabajar los fines de semana aunque eso le significara prescindir de la convivencia con su familia.
Varias veces me dijo que se sentía culpable por eso, pero dados los problemas económicos en su casa no le quedaba más remedio que entrarle al toro. Sus patrones no tomaron en cuenta su interés y su buena disposición. Cuando les convino la despidieron sin decirle ni agua va.
Eduardo no se portó mejor. Él, que se veía tan orgulloso de ella y tan comprensivo, fue el primero en reclamarle a Julieta que asistiera a la fábrica sábados y domingos. Un día que estaba de visita en su casa me tocó oírlos discutir el asunto. Me consta que mi prima le dijo en buen plan: Mi amor, si no quieres que los deje a ti y a mis hijos los fines de semana, ¿por qué no buscas un trabajo extra? Con el licenciado te desocupas a las tres. Podrías manejar un taxi de cinco de la tarde a ocho de la noche.
Fue suficiente. Eduardo la puso pinta y la acusó de un montón de cosas enfrentito de sus niños y de mí. Como me enseñaron que entre marido y mujer nadie se debe meter, quise irme pero Eduardo no me lo permitió. Según él, debía enterarme de la clase de mujer que era mi prima. Allí sí ya no me aguanté, salí en defensa de Julieta –para eso somos familia ¿o no?– y le saqué al Eduardo todos, pero todos, sus trapitos al sol.
Con tal de que no siguiera hablando, el muy cabrón se hizo el arrepentido. Se le hincó a Julieta pidiéndole que lo perdonara y le prometió que iba a seguir su consejo de meterse a la ruleteada. Le creí. Bueno, las dos le creímos y, como quien dice, a las dos nos vio la cara de pendejas.
No había pasado ni un año del pleito cuando Eduardo se fue, pero antes envenenó a sus hijos diciéndoles que su madre era una tal por cual, que no iba a la fábrica sino a verse con un fulano. Al fin chamacos, los niños le creyeron y a los pocos meses quisieron irse a vivir con su abuela. Para mí que en aquel momento Julieta comenzó a desequilibrarse y a pensar en el suicidio.
Gracias a Dios aceptó ir con un sicoanalista. Las terapias le hicieron mucho bien, pero más todavía lograr que sus hijos regresaran junto a ella y conseguir trabajo en el restorancito. No gana lo mismo que antes pero ahí la lleva. De repente extraña a Eduardo y me pregunta adónde creo que se haya ido. Le digo que no sé pero no faltan almas caritativas que me vengan con chismes: que si vieron a Eduardo por la Tlaxpana, que si se caía de borracho en la fiesta de Zutanito, que si andaba en el tianguis de la San Felipe con un niño. Esto sí me dio mucho coraje pero fingí que no me interesaba, aunque me imagino que el chamaquito debe de ser un hijo que Eduardo tuvo con La Libre, una putarraca con quien el estúpido se metió al otro día de abandonar a Julieta.
Cuando me enteré del asunto tuve intención de contárselo a mi prima pero Elisa me recomendó que no lo hiciera porque resultaría más provechoso para Julieta permitir que el tiempo sembrara olvido en su corazón. Lo de sembrar olvido me convenció y ahora aplico ese método cuando algo me entristece. No es fácil conseguirlo, y menos sin consultárselo a Elisa. Desde mi ventana le cuento mis cosas y oigo las suyas.
Son raras, especiales y muchas veces no logro entenderlas. Hay algunas muy extrañas. Te las contaré algún día, antes de que el tiempo siembre olvido en mi corazón.
La jornada, Agosto 24, 2014.

Mar de Historias

Mañana olvidarás(4)

Cristina Pacheco
Camina rápido sin importarle tropezar contra los exhibidores de mercancías y los comerciantes que las pregonan. Uno con los brazos tatuados le sale al paso y le pregunta si está ciega o loca. Si tuviera fuerzas, Érika le diría que sólo está cansada, aturdida. El encuentro con Rubén la dejó sin ánimos, sin huesos. Como aquellas noches en el cuartito al que entraba su padrastro oloroso a sudor y a tabaco, exigiéndole el cuerpo e imponiéndole silencio: Tú, calladita. No querrás darle un disgusto a tu madre, verdad. ¿O sí?

Sin responder, Érika se mordía las uñas mientras esperaba oír el golpe de la puerta al cerrarse y los pasos sigilosos alejándose por el corredor hacia la recámara conyugal. Después se acostaba ovillada en el piso, esforzándose por olvidar pero sin saber cómo lograrlo.

II

Lo mismo se pregunta ahora que camina sin rumbo, ansiosa de olvidar, aunque sólo sea por un minuto, la conversación con Rubén. Fue muy breve. Duró los minutos que ella tardó en beber el café tibio y amargo mientras él hablaba indiferente al efecto devastador de sus palabras: Me conoces. Sabes que no me gustan los compromisos y no pienso cambiar. Así que mejor aquí le paramos. Érika siguió con su lucha perdida: “¿Por qué? Nunca te he exigido nada. Si crees que lo he hecho, discúlpame. No volverá a suceder. Hago lo que sea con tal de que…”

Algo en el gesto de Rubén le impidió seguir hablando. Lo miró sonreírle, inclinarse hacia ella y tuvo esperanzas de haberlo convencido de seguir juntos, viéndose ocasionalmente, como a él le gustaba. Pero lo que escuchó fue un tijeretazo: En buen plan, ten un poquito de dignidad y no te arrastres, al menos ante mí, porque eso me jode. ¿Estás llorando otra vez? No, así no podernos hablar.

Como disculpándose, Érika se secó rápido la cara y lo vio levantarse: Tengo que irme, pero si tú quieres, quédate. Alzó el brazo y pidió la cuenta a la mesera que atendía a un numeroso grupo de comensales: Esa señorita se va a tardar horas y me están esperando en el negocio. Te dejo para que pagues. Sacó la cartera y puso un billete sobre la mesa. A Érika le recordó el que su padrastro, algunas noches, le ponía entre las manos para premiarla por su docilidad y su silencio: Y tú, calladita. ¿No querrás darle un disgusto a tu madre, ¿o sí?

III

Érika no tuvo la intención de disgustar a su madre cuando le mostró el primer billete con que había sido gratificada. Mira. ¿De dónde sacaste este dinero? Me lo dio tu marido. Si no quieres decirle papá al menos llámalo por su nombre: Andrés. Es un buen hombre, se preocupa por nosotras, sobre todo por ti. Siempre quiere halagarte, la prueba es que te regaló ese dinero. ¿Qué te vas a comprar? Nada. No lo quiero.

Érika se ha preguntado mil veces qué tendría que hacer para olvidar el enojo de su madre ante su rechazo y la incredulidad con que escuchó su confesión deshilvanada: Entra en mi cuarto. Me habla de cosas feas y me obliga a repetirlas. Me toca. Me dice que no te lo diga porque te vas a enojar mucho. Pero tú no estás enojada conmigo, ¿verdad? Vámonos de aquí.

¿Solas? ¿A dónde? Además no tengo motivos para dejar a Andrés. ¿Te parece poco lo que acabo de decirte o no me oíste? No. Su madre no la había oído porque siguió hablando de su apego: Él me hace feliz. Lo quiero. Tú también deberías quererlo, o por lo menos hacer la lucha, en vez de levantarle falsos.

Que su madre creyera más en Andrés que en ella duplicó su orfandad y le inspiró la urgencia de contarlo todo, aun lo más repugnante, para que ya no hubiese duda de que decía la verdad y le sobraban motivos para querer huir de esa casa, de ese cuarto que tanto aborrecía. Érika concluyó su relato aturdida, horrorizada de sus palabras, de su cuerpo y acabó por estarlo también de su madre cuando la oyó decir: Estás muy jovencita. Malinterpretas. No le des tanta importancia a las cosas que no la tienen y deja de pensar en ellas. Te aseguro que todo lo olvidarás mañana.

IV

Han pasado 10 años y no llega el olvido de aquellas noches sofocantes. ¿Cuántos tendrán que transcurrir para que se borre de su pensamiento lo que acaba de sucederle con Rubén? Tal vez nunca logre perder las humillaciones a que se sometió con tal de retenerlo, aunque fuera bajo las condiciones impuestas por él: nada de compromisos ni de preguntas, y mucho menos de casorio. Expresaba su aversión al matrimonio en términos vulgares: Soy de los hombres que detestan la comida corrida y prefieren las botanas.

Muy pocas veces, y siempre algo borracho, Rubén se dejaba llevar por los sueños de Érika: Aunque no nos casáramos, ¿dime si no sería bonito que tuviéramos un cuarto donde vivir? ¿Un cuarto? No. Mejor una casa, no te digo que lujosa, pero sí amplia. Ay, sí, con dos recámaras: una para nosotros y la otra para el bebé, por si llegamos a tenerlo. En ese caso, me gustaría que fuera mujercita. Las niñas son más cariñosas, más dóciles.

Siempre que Rubén aludía a esa posibilidad, Érika terminaba llorando porque la remitían al cuarto abominado, a la voz de su padrastro: Te has visto en el espejo. Sabes que eres una niña muy linda. Por eso mismo tienes que ser cariñosa y dócil. Ven, acércate. Tan doloroso como esa visión era el recuerdo de los consejos de su madre: “Malinterpretas… Hazme caso… Mañana todo lo olvidarás.”

V

Mañana es martes y hasta el viernes nos pagan. El comentario de la desconocida que pasa a su lado devuelve a Érika a la realidad: lunes, cinco de la tarde. Faltan horas para que pueda refugiarse en su habitación y evitar las preguntas de su madre. Ruth adoptó la costumbre de interrogarla hasta el cansancio desde que Andrés la abandonó luego de que ella, en un arrebato de celos, lo acusó de engañarla. Ruth, ¿de veras me crees capaz?, preguntó él sin imaginar cuál sería la respuesta: Si te has atrevido a meterte con mi hija, ¡cómo voy a dudar de que lo haces con otras!

Refugiada en su cuarto, Érika escuchó insultos, muebles que caían. Sin pensarlo, tomó unas tijeras y las empuñó como arma para proteger a su madre contra la violencia de Andrés. Los vecinos se acercaron a preguntar qué sucedía. Andrés aprovechó el momento para salir gritando: Ruth y su hija son un par de locas asesinas. Me largo antes de que me maten. Con forcejeos, Érika evitó que su madre fuera en busca de Andrés. Jadeante, llorosa, Ruth apenas tuvo fuerzas para decir: Hija: ¿ves lo que hiciste? “Defenderte. Y te advierto que si ese tipo vuelve…” No volverá, el corazón me dice que no volverá.

De nuevo Érika se sintió desplazada por el hombre que tanto daño le había hecho. La sensación renace cuando su madre le confiesa que su vida no es nada sin Andrés. Entonces, como buena hija, ella se apresta a consolarla valiéndose de las frases que tantas veces escuchó de niña: No debes darle importancia a las cosas que no la tienen. Hazme caso: deja de pensar en ellas. Te aseguro que mañana todo lo olvidarás.

 

Mar de Historias
Un lunes como todos (3)
Cristina Pacheco

Entre la dictadura del despertador y la carrera a la estación, se llevaron a cabo las ceremonias domésticas de siempre en todas sus conjugaciones. Un lunes como todos.
En el metro, los personajes nuestros de cada día: niños somnolientos, muchachas maquillándose, vendedores de rosas embalsamadas en sarcófagos de papel celofán, beatas con sus santos a cuestas, solitarios ávidos, mujeres con sus vidas difíciles asomando por sus ojos opacos llenos de sueño y sin sueños, las quejas contra las frecuentes interrupciones del servicio. Aunque lo saben, los pasajeros se preguntan a qué se deberán. Al fin todos comparten la contrariedad y la espera.
En el túnel largo y oscuro, un movimiento del vagón significa para miles de personas la esperanza de presentarse a tiempo al curso de verano, la fábrica, la refaccionaria, el consultorio, la lonchería, el taller, el salón de belleza, el dispensario, el tianguis, el estudio fotográfico, la distribuidora de cosméticos: una inmensa nave mil veces dividida en secciones.
II
Las mujeres que trabajan allí van directamente hacia al reloj. Cumplido el requisito de checar la tarjeta, se dirigen al vestidor improvisado donde están las batas azules –todas inventariadas– con una florecita de lis y sus nombres bordados con hilo metálico: Anahí, Jade, Hortensia, Jezabel, Flor, Águeda, Carmina.
En cosa de segundos las muchachas se apropian de sus batas. La única prenda que continúa en su sitio es la de Carmina. Al verla, sus compañeras se resisten a aceptar que haya muerto el viernes, a punto de cumplir 40 años de edad, por causa de un infarto masivo. Entre Anahí, Jade, Hortensia, Jezabel, Flor y Águeda dibujan el retrato de Carmina a base de recuerdos: “De tan buena estatura…” “Y el pelo…” “Lo mejor eran sus ojos…” “Era frondosa nada más…” “Tenía bonitas piernas…” La muy tonta siempre andaba diciendo que era fea.
Al final sacan a relucir desde sus hábitos en el trabajo hasta su obstinado silencio. Entre esos dos paréntesis queda toda una vida que nadie conoció, excepto que alegraban a Carmina la esperanza de reconciliarse con su madre y la compañía de un perrito: Canijo.
Anahí se pregunta qué será de ese animal ahora que su dueña ha fallecido. Jade siente lástima por la orfandad en que ha quedado el animal. Hortensia dice que si pudiera lo adoptaría. Jezabel lo imagina aullando mientras busca y espera a su dueña. Flor da por segura la muerte de Canijo.
Suena la chicharra que marca el principio de la jornada. En la distribuidora de cosméticos transcurrirá un lunes como todos, excepto por la falta de Carmina. Quedan de ella su bata con una flor de lis, su nombre y su lugar vacío ante la mesa de trabajo. Al verlo, sus compañeras se preguntan quién llegará a ocuparlo. Imaginan, suponen… Sin advertirlo han empezado a olvidar a Carmina, a sepultarla por segunda ocasión. Descanse en paz.
III
El departamento l2 está en el cuarto piso. En su única recámara sigue encendida la lamparita del buró. La luz que se filtra por la ventana entornada minimiza la potencia del foco ahorrador y acentúa la penumbra. Sobre la cama están un suéter, un paraguas y, entreabierta, una bolsa de charol con boletos del Metro, un paquete de pañuelos desechables, una nota de la tintorería, un estuche de cosméticos con una flor de lis y un apunte garrapateado en un trozo de papel: Pasar al súper por huevos, aceite, pan de gluten, pinol y croquetas.
Una mesa lateral ocupa más espacio que el resto de los muebles. Soporta una televisión con funda de plástico, una grabadora, una columna de cedés en riesgo de caer, el periódico del supermercado con las ofertas de la semana y un recetario de bajas calorías. Quedó abierto en el menú del sábado: Sopa de col, brochetas de hongos y pan de gluten.
En la única pared donde no hay ropa colgada en ganchos luce un cuadro con la Virgen del Perpetuo Socorro. La custodian una marina y el retrato, sin dedicatoria, de una mujer adusta. Debajo está el espejo donde rebotan los rayos de sol que entran por la ventana.
Lo único vivo en esa habitación es un perrito de pelo corto, blanco. Indiferente a sus dos tazones (agua y croquetas) camina despacio, da vueltas, se mete debajo de la única silla y reaparece con un hueso de plástico en el hocico, salta a la cama y olfatea la bolsa con los boletos del Metro, el paquete de pañuelos desechables, la nota de la tintorería y el apunte garrapateado: Pasar al súper por huevos, aceite, pan de gluten, pinol y croquetas.
Fatigado, el perro desdeña el paraguas y se echa encima del suéter que aún conserva el olor de su ama. Se revuelca sobre él, le hunde el hocico, le clava las uñas, lo muerde, lo humedece con su saliva. Repentinamente suspende su actividad para seguir atento, con las orejas levantadas, el rumor de unos pasos en la escalera. Brinca al suelo, corre a la puerta, la araña, agita el rabo, espera.
Todo queda en silencio otra vez. El animal retrocede, se rasca una orejita, sacude su pelambre, regresa a la cama, se tiende a esperar, se adormece y lanza breves quejidos. Tal vez el perro de cabello corto, blanco, sueñe que su ama le habla con las mismas palabras de otras tardes al volver del trabajo: “Canijo: ¡ven, córrele! A que no sabes lo que te compré”. Un trueno lo despierta y lo pone en guardia. Sentado sobre las patas mira hacia la ventana. A medio abrir, deja pasar las primeras gotas de una lluvia que se prolongará la noche entera de un lunes como todos.
La jornada, agosto 3, 2014.

Mar de Historias
Sin control (2)

Cristina Pacheco

Rogelio y yo nos llevamos muy bien pero es lógico que, en 11 años de convivencia, hayamos tenido discusiones, a veces por cosas tan infantiles y absurdas que luego nos resultan increíbles y nos hacen reír. El clima (él odia el calor y yo el frío, entre otras cosas porque me pone la piel de un repulsivo color camote), el desodorante ambiental (a él le gusta el aroma cítrico y a mí el de bosque), el consomé (a Rogelio le fascina el sintético y a mí el natural que se hace con huesos y menudencias de pollo), la comida rápida (lo enloquecen las pizzas y a mí los pastores), las películas pornográficas (lo vuelven loco pero a mí me aburren porque todas son iguales y, la verdad, prefiero la acción).
Por increíble que parezca también las vacaciones han sido motivo de algunas desa¬venencias. A Rogelio lo único que le interesa es llegar al destino turístico lo más rápidamente posible; por eso maneja a mil por hora y no disfruta del paisaje; en cambio a mí el trayecto me parece maravilloso y entre más se prolongue, mejor.
Después de tan larga experiencia creí estar lista para capotear cualquier fricción derivada de una insignificancia, pero jamás imaginé que el desen¬cuentro más serio y violento entre mi esposo y yo surgiría por algo tan estúpido como el control de la televisión.
II
Ocurrió hace dos semanas, el día en que mi abuela cumplió 79 años. Recién salida del hospital para un chequeo minucioso, harta de la preguntadera de los médicos, nos pidió que dejáramos la celebración para otro momento. La llamé temprano para felicitarla y le pregunté si podía visitarla al salir de mi trabajo. Claro, y así platicamos. Su tono vago me inquietó.
¿De qué? No me digas que te sientes mal. Me aseguró que no. Durante su breve estancia en el hospital había visto cosas que la habían hecho pensar. Le pedí que fuera más explícita. En cosas que me preocupan. A lo mejor son tonterías. En fin, tú me dirás. Te espero. Pasé la tarde acosada por toda clase de presentimientos, entre otros que tal vez mi abuela nos ocultaba algo que le habían dicho los médico y era el motivo de su inquietud.
Mi ansiedad desapareció en cuanto saludé a mi abuela. La encontré con buen semblante, bien vestida y con el cabello recién pintado. Una manchita de tinte en su mejilla me recordó su afán de ser autosuficiente. Esa actitud es otro motivo de admiración hacia ella.
Entusiasmada, me contó de las plantas que iba a llevarle don Lorenzo, su antiguo proveedor de Xochimilco, de que se había pasado la mañana contestándoles el teléfono a mis hermanos y a toda la parentela deseosa de felicitarla. Al fin me ofreció una copita de jerez. Esa amabilidad siempre es el preámbulo para abordar asuntos difíciles.
Conmovida, mi abuela me habló de las expresiones de dolor que había visto en el hospital. Me describió escenas familiares que mezclaban temores y esperanzas. Recordaba a niños jugando en la sala de espera y, sobre todo, a un hombre delgadísimo que, sentado frente a ella, hacía enormes esfuerzos para levantar la mano y retirarse con el dorso el constante lagrimeo de su ojo izquierdo. Todos se daban cuenta de eso, menos su acompañante: una muchacha con media cabeza rasurada y una argolla en la nariz.
Mi abuela supo el grado de parentesco que los unía por el trato que él le daba: Hija: ¿traes mis lentes? Sin apartar los ojos de una revista de espectáculos, la muchacha le respondió: Cuando salimos de la casa te los di. Nada más falta que los hayas perdido. El hombre rehuyó el tema con una petición: Me pasas la botellita de agua. Con la misma actitud indiferente, ella le contestó: Acabas de tomar. Espérate porque si no, te vas a hacer de nuevo. El hombre no habló más.
Esa breve escena había provocado en mi abuela temor del momento en que fuera incapaz de valerse por sí misma y tuviese que recurrir a la ayuda de alguien con derecho a tomar decisiones por ella. Antes de llegar a eso, prefería la muerte. Le dije que exageraba y que, según los resultados de su examen médico, era evidente que pasarían muchos años antes de que ella renunciara a su independencia.
Mis palabras le devolvieron la seguridad a mi abuela: Gracias a Dios, puedo valerme por mí misma y hago mi voluntad. Si se me antoja un chocolatito, me lo preparo; si quiero ir a la iglesia, voy. Y algo muy importante: si un programa de la tele no me gusta agarro el control remoto y cambio de canal.
Su explicación me hizo gracia, en particular que le diera tanta importancia al aparato: Búrlate todo lo que quieras pero yo sé lo que te digo: cuando una persona ya no es dueña ni de su control remoto quiere decir que cualquiera puede llegar y ponerle el pie encima. Primero muerta que tolerarlo. Era inútil rebatirla y preferí cambiar de tema. Hicimos planes para la celebración postergada de su cumpleaños y luego pedí un taxi.
III
De camino a la casa pensé en disculparme con Rogelio por mi mal humor y mi nerviosismo durante los dos días que mi abuela estuvo en el hospital. Después de conocer los buenos resultados de los análisis y, sobre todo, después de haberla visto tan bien, no quedaba motivo de preocupación. Me propuse relajarme y disfrutar con mi marido de una cena en nuestra recámara con pizza y todo.
Pasamos un rato maravilloso, tanto que no me importó ver la colcha con restos de peperoni, cascos vacíos y servilletas de papel tan ásperas que podrían servir para una depilación. Le hice el comentario a Rogelio. Él agregó otros que me reservo y encendió la tele. El noticiero estaba a punto de terminar. No tenía caso verlo. En busca de otro programa, tomé el control remoto. Rogelio estiró la mano y me lo quitó: quería ver el programa de deportes. Ay, no: ya no más comentarios de futbol, dije, y recuperé el aparatito mágico.
Oye, ¿qué te pasa? Sin esperar mi respuesta, Rogelio me arrebató el control remoto. Vi su sonrisa admirativa cuando apareció en la pantalla una imagen de Rafa Márquez. Me sentí incómoda, relegada, pero conservé el buen tono: Mi amor, tú siempre decides qué ver. Dame chance, préstamelo tantito. Rogelio no me escuchó: oía fascinado los buenos augurios del comentarista para nuestro jugador estrella. El desinterés de Rogelio me ofendió. Sin pensarlo me eché encima de él y le quité el aparato.
¿Te volviste loca?, preguntó mi esposo, esquivándome con un movimiento tan rápido que estuvo a punto de tirarme de la cama. Me sentí ridícula, débil y lo acusé de egoísta. Si hubiera podido detenerme en ese momento las cosas no habrían pasado a mayores, pero surgió dentro de un sentimiento irrefrenable y acabé gritando: Mi abuela tiene razón: cuando una persona ya no es dueña ni de su control remoto cualquiera puede llegar y ponerle la pata encima. Y eso no voy a permitirlo ni ahora ni nunca.
Rogelio me miraba atónito mientras yo seguía fuera de control acusándolo de machista y autoritario. Esa gota derramó el vaso. Mi marido se levantó y me arrojó el control remoto. Toma esa madre, a ver si así te calmas. Me voy al otro cuarto. No pienso dormir con una loca. Quise detenerlo pero no pude. Me pasé el resto de la noche mirando el control remoto. Incómoda. Relegada. Ofendida. Ridícula. Débil. Sola.
La Jornada, 27 de julio del 2014.

 

Guantes de carnaza (1)
Cristina Pacheco
Caminar de prisa es el único recurso para vencer la humillante sensación de rechazo que agobia a Luis Antonio desde que escuchó las puertas de la fábrica cerrándose a sus espaldas. A partir de ese instante sólo tiene una meta: alejarse de Cromados Ovalle sin volverse ni levantar la mano para despedirse de sus antiguos compañeros. De seguro seguirán mirándolo con lástima y, al mismo tiempo, experimentando la secreta alegría de no ser ellos quienes abandonan la Nave D7 a la hora de mayor actividad.
Cárdenas, Bohórquez, Altamirano, Hernández. Batas azules, guantes de carnaza, lentes protectores, cascos bajo los que el cabello ha ido adelgazándose, blanqueándose, inscribiendo sus nombres en la lista de futuros jubilados. Un día alcanzarán esa condición aunque no quieran, por más que digan: Me siento en plenitud de facultades y con experiencia suficiente para superar mis niveles de productividad. Además, no puedo imaginarme trabajando en otra parte, ni aunque fuera un sitio mejor, con ventanas, extractores, pasillos amplios, gimnasio. No quiero irme. Si me da otra oportunidad no se arrepentirá.
Fue lo que argumentó Luis Antonio ante el jefe de personal quien, después de darle la noticia, lo veía sin mirarlo, permitiendo que hablara de sus momentos felices en Cromados Ovalle, sus pequeños sacrificios en las trances difíciles: pruebas de que él siempre había llevado la camiseta de la fábrica bien puesta o, mejor dicho, tatuada hasta el nivel de sus afectos.
Mientras camina Luis Antonio reconoce que seguirá llevando esa marca mucho después de que logre encontrar otro destino, otra fábrica con siglas propias, horarios, zonas restringidas, un olor especial.
¿A qué olía Cromados Ovalle? En 28 años Luis Antonio jamás sintió necesidad de hacerse esa pregunta, ni de caminar sólo para no quedarse clavado frente al portón de la fábrica con la esperanza de que Rosendo, el guardia del turno matutino, se asomara por la mirilla para decirle lo que Luis Antonio daría cualquier cosa por escuchar: Oye, regresa: el licenciado Morente quiere que subas a su despacho. A esa especie de santuario los empleados accedían sólo por dos motivos: para oír frases de bienvenida o despido. A él acababan de liquidarlo bajo el término jubilación. Esto dejaba abierta la otra posibilidad: ser recontratado.
No era imposible. A la hora en que sus compañeros atravesaron con Luis Antonio la explanada hacia el portón, Bohórquez vaticinó que el jefe de área, tarde o temprano, se daría cuenta de que nunca iba a encontrar un obrero tan capacitado como Luis Antonio para entenderse con la nueva maquinaria electrónica. Hernández estuvo de acuerdo. Altamirano señaló un peligro en el hipotético caso de que su compañero en la Nave D7 fuese recontratado: Ojo: Morente querrá sacar provecho.
Luis Antonio los escuchó con la expresión del enfermo terminal a quien una parienta generosa procura reanimar diciéndole: No pierda la fe. La ciencia avanza a pasos agigantados. No dude que en unos días saquen un nuevo medicamento contra la maldita enfermedad.
II
Luis Antonio pasa frente a una panadería y se detiene. No la reconoce. Cree haberse equivocado de calle. Retrocede hasta la esquina y lee la placa: Huizaches. Delegación Venustiano Carranza. Código Postal… No cabe duda. Es la misma calle que recorrió durante 28 años, dos veces diarias. No se explica el hecho de no haber visto esa panadería, pero no intenta solucionar el enigma. Piensa en las muchas cosas que habrá dejado de ver con tal de presentarse a tiempo en Cromados Ovalle para formarse ante el reloj marcador y ocupar su sitio en la Nave D7. Allí todo estaba programado con precisión y a tal velocidad que el tiempo parecía demorarse, ir más despacio que la máquina, la banda y sus manos enguantadas de carnaza.
Luis Antonio mete la mano en la bolsa de la chamarra y palpa sus guantes amarillos. Debió devolverlos junto con el resto de su equipo. Cuando el bodeguero lo reclasifique y vea que faltan irá a decírselo a su jefa inmediata y ella al encargado de compras y éste a la secretaria del señor Morente, Elvira. Como buena profesional, buscará el momento más oportuno para decirle a su patrón que Luis Antonio no entregó sus guantes. (Una minucia para todo el mundo, excepto para el señor Morente, ufano de saber todo, absolutamente todo, lo que ocurre en su fábrica.)
Luis Antonio piensa que, en su posición, el señor Morente está en condiciones de atribuir la falta de los guantes a lo que quiera: nerviosismo, mala fe, ridículo deseo de venganza o tal vez al impulso romántico de un ex empleado dispuesto a conservar un accesorio que le recuerde los 28 años que pasó en la fábrica.
A Luis Antonio le parecen inaceptables todas esas hipótesis que, además de hacerlo ver como un blandengue en pleno arranque de maldad, mancharán su expediente impecable: ni una falta, ni un retardo, ni una pérdida. Guiado por el sentido del honor, Luis Antonio da media vuelta. Está a tiempo para llegar a Cromados Ovalle, solicitarle la pegatina de acceso a Rosendo, subir al penthouse y entregarle al patrón los guantes en propia mano.
El breve rencuentro ameritará un pequeño discurso que explique la razón de que él, un obrero recién jubilado, tenga en su poder los accesorios de carnaza distintivos de la Nave D7. Luis Antonio confía en que su gesto haga ver a su ex jefe la clase de trabajador que ha sido y lo mucho que ama y respeta la fábrica. Siente urgencia por vivir ese momento que será el broche de oro de su estancia en Cromados Ovalle y aprieta el paso.
Conforme avanza imagina el asombro de Rosendo cuando lo vea, la incredulidad de la recepcionista (¿Tan pronto de vuelta?), la discreción con que Elvira le preguntará por qué necesita ver con tal urgencia al gerente. Antes de que logre concebir la respuesta se ve frente al portón de Cromados Ovalle.
III
Luis Antonio no considera necesario oprimir el timbre. Confía en que el guardia reconocerá su voz: ¿Me abres? Necesito ver al señor Morente. Emocionado, oye a Rosendo manipular el llavero y las barras de seguridad. Al verlo salir da un paso hacia él, pero Rosendo lo frena: ¿Tienes cita? Luis Antonio cree que esa forma de hablarle es una broma y responde en el mismo tono: “El chif es mi cuaderno. Entre nosotros no hay formalidades”.
Inexpresivo, Rosendo señala hacia la libreta notarial en donde los visitantes deben registrar sus datos. (Nombre completo. Procedencia. Área a la que se dirigen. Hora de entrada. Firma.) Desconcertado, Luis Antonio cubre el requisito. Se dispone a seguir adelante pero Rosendo lo detiene: Déjame una identificación. Te la devuelvo a la salida. Luis Antonio se impacienta: Pero qué carajos voy a identificarme. Nos conocemos. No hace ni una hora que nos despedimos. Rosendo levanta los hombros: Lo siento, sin eso no puedes pasar.
Luis Antonio comprende que no le conviene discutir y se explica: No traigo mi credencial del IFE y ya no tengo gafete. Permíteme entrar. No le quitaré al señor Morente ni dos minutos: lo necesario para explicarle que me llevé los guantes por descuido. No quiero que me tome por un… Rosendo no escucha el resto de la frase. Cierra el portón, manipula su llavero y corre las barras de seguridad.
Derrotado, Luis Antonio arroja al suelo los guantes de carnaza y vuelve a caminar sin rumbo, sin prisa, sin que le importe su reputación.

20 de julio del 2014, La jornada

 

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La bomba de Kim Jong-un

¿Cómo es posible que un ser inculto, de inteligencia primaria, que parece una caricatura de sí mismo, llegue a tener la capacidad de extinguir la civilización?

Hijo y nieto de tiranos, tirano él mismo y especialista en el asesinato de familiares, nadie se preocupó demasiado cuando el joven gordinflón y algo payaso Kim Jong-un (tiene ahora 33 años y pesa 130 kilos) tomó el poder en Corea del Norte. Sin embargo, en la actualidad, el mundo reconoce que quien parecía nada más que un pequeño sátrapa mozalbete y malcriado ha materializado el sueño de su abuelo, Kim Il-sung, fundador de la dinastía y de Corea del Norte, pues tiene en sus manos la llave de una catástrofe nuclear de dimensiones apocalípticas que podría retroceder el planeta a la edad de las cavernas o, pura y simplemente, desaparecer en él toda forma de vida. Sin dejar de temblar, hay que quitarse el sombrero: ¡vaya macabra proeza!

Cuando en octubre de 2006 Corea del Norte llevó a cabo su primera prueba nuclear nadie le hizo mucho caso y los científicos occidentales ningunearon aquel experimento ridiculizándolo: tener bombas atómicas estaba fuera del alcance de esa satrapía miserable y hambrienta. Y, en todo caso, si las cosas se ponían serias, China y Rusia, más realistas que su perrito faldero norcoreano, lo pondrían en vereda. En aquella época todavía hubiera sido posible parar en seco a Kim Jong-un mediante una acción militar limitada que pusiera fin a sus sueños de convertir a su país en una potencia nuclear y sirviera de escarmiento preventivo al “Brillante Camarada”, como llaman los norcoreanos al amo del país.

Esta perspectiva parecerá absurda y exagerada a mucha gente racional y sensata, que está a años luz de ese joven extremista que goza de poderes absolutos en su desdichado país, y al que, probablemente, la condición de dios viviente a que ha sido elevado por la adulación y el sometimiento de sus veinticinco millones de vasallos hace vivir una enajenación narcisista demencial que lo induce a creer aquello de lo que alardea: que la minúscula Corea del Norte, dueña ahora de una bomba varias veces más poderosa que las que se abatieron sobre Hiroshima y Nagasaki, puede, si lo quiere, herir de muerte a Estados Unidos. Podrá no desaparecerlo, pero sí infligirle daños monumentales si es verdad que su bomba de hidrógeno es capaz de ser acoplada a uno de esos misiles que, por lo visto, ya podrían alcanzar las costas norteamericanas.

La racionalidad y la sensatez llevaron a los países occidentales a responder al desafío nuclear norcoreano con sanciones, que, aprobadas por las Naciones Unidas, han ido aumentado en consonancia con los experimentos nucleares de Pyongyang, sin llegar, sin embargo, por la oposición de Rusia y China, a los extremos que quería Estados Unidos. En todo caso, convendría reconocer la verdad: esas sanciones, por duras que sean, no servirán absolutamente para nada. En vez de obligar al líder estalinista a dar marcha atrás le permitirán, como las sanciones económicas de Estados Unidos a Cuba, que, al igual que lo hacía Fidel Castro, responsabilice a Washington y al resto de países occidentales de la penuria económica que sus políticas estatistas y colectivistas han acarreado a su nación. Pues, gran paradoja, las sanciones sólo son eficaces contra sistemas abiertos, donde hay una opinión pública que, afectada por aquellas, reacciona y presiona a su Gobierno para que negocie y haga concesiones. Pero, contra una dictadura vertical, cerrada a piedra y lodo contra toda actividad cívica independiente, como es Corea del Norte, las sanciones —que, por otra parte, jamás llegan a materializarse por completo, pues abundan los Gobiernos que las violan, además de los contrabandistas— no afectan a la cúpula ni a la nomenclatura totalitaria, sólo al pueblo que tiene que apretarse cada vez más el cinturón.

Las sanciones no sirven: le permitirán culpar a EE UU de la penuria que sus políticas acarrean

Quienes creen que las sanciones pueden amansar a Kim Jong-un citan el ejemplo de Irán: ¿acaso allí no funcionaron? Sí, es verdad, las sanciones hicieron tanto daño económico y social al régimen de los ayatolás, que la jerarquía se vio obligada a negociar y poner fin a sus experimentos nucleares a cambio de que las sanciones fueran levantadas. Aunque se trate en ambos casos de dictaduras, la iraní está lejos de ser un régimen unipersonal, dependiente exclusivamente de un sátrapa. Irán tiene una estructura dictatorial religiosa que permite una acción cívica, dentro, claro está, de los parámetros rígidos de obediencia a la “legalidad” emanada del propio sistema. En el mismo régimen hay diferencias, a veces grandes, y una acción cívica es capaz de manifestarse.

Si las cosas son así ¿qué cabe hacer? ¿Mirar a otro lado y, por lo menos los creyentes, rezar a los dioses que las cosas no vayan a peor, es decir, que un error o accidente no ponga en marcha el mecanismo de destrucción que podría generar una guerra atómica? Esto es, en cierto modo, lo que está ocurriendo. Basta ver la prensa. Si lo que está en juego es, nada más y nada menos, la posibilidad de un cataclismo planetario, el tema debería seguir ocupando las primeras planas y los comentarios centrales en el mundo de las comunicaciones. El experimento de una bomba de hidrógeno ocupa uno o dos días las primeras planas de los diarios y las televisiones; luego pasa a tercer o cuarto lugar y, por fin, un ominoso silencio cae sobre el asunto, que sólo lo resucitará con un nuevo experimento —sería el séptimo—, que acarrearía nuevas sanciones, etcétera.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? En muchísimos sentidos el mundo ha ido mejorando en las últimas décadas, dando pasos gigantescos en los campos de la educación, de los derechos humanos, de la salud, de las oportunidades, de la libertad, dejando atrás las peores formas de la barbarie que a lo largo de tantos siglos causaron sufrimientos atroces a la mayor parte de la humanidad. Para una mayoría de seres humanos, el mundo es hoy menos cruel y más vivible. Y, sin embargo, jamás ha estado la humanidad tan amenazada de extinción como en esta era de prodigiosos descubrimientos tecnológicos y donde la democracia —el régimen menos inhumano de todos los que se conocen— ha dejado atrás y poco menos que desaparecido a los mayores enemigos que la amenazaban: el fascismo y el comunismo.

No tengo ninguna respuesta a esa pregunta que formulo con un sabor de ceniza en la boca. Y temo mucho que nadie tenga una respuesta convincente sobre por qué hemos llegado a una situación en la que un pobre diablo seguramente inculto, de inteligencia primaria, que en las pantallas parece una caricatura de sí mismo, haya sido capaz de llegar a tener en sus manos la decisión de que la civilización siga existiendo o se extinga en un aquelarre de violencia.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2017.

© Mario Vargas Llosa, 2017.

 

 

 

Venezuela, hoy

No hay precedentes en la historia de América Latina de un país al que la demagogia estatista y colectivista de un Gobierno haya destruido económica y socialmente

El portavoz del PSOE (Partido Socialista Obrero Español) y alcalde de Valladolid, Óscar Puente, declaró hace unos días que, a su juicio, hay en España “un sobredimensionamiento” de lo que ocurre en Venezuela, porque cuando un país vive el drama que experimenta la nación bolivariana aquello no es sólo culpa de un Gobierno sino “responsabilidad colectiva de los venezolanos”.

Semejante afirmación demuestra una total ignorancia de la tragedia que vive Venezuela o un fanatismo ideológico cuadriculado. Hace falta más de un individuo para deshonrar a un partido, desde luego, habiendo socialistas que, con Felipe González a la cabeza, han demostrado una solidaridad tan activa con los demócratas venezolanos que, pese a los asesinatos, las torturas y la represión enloquecida desatada por Maduro y su pandilla, han impedido hasta ahora que el régimen convierta a ese país en una segunda Cuba. Pero que haya en España socialistas capaces de deformar de manera tan extrema la realidad venezolana sin que sean reprobados por la dirección, delata la inquietante deriva de un partido que contribuyó de manera tan decisiva a la democratización de España luego de la Transición.

La verdad es que Venezuela fue, por 40 años (1959 a 1999), una democracia ejemplar y un país muy próspero al que inmigrantes de todo el mundo acudían en busca de trabajo y que, tanto los Gobiernos “adecos” como “copeyanos”, dieron una batalla sin cuartel contra las dictaduras que prosperaban en el resto de América Latina. El presidente Rómulo Betancourt intentó convencer a los Gobiernos democráticos del continente para que rompieran relaciones diplomáticas y comerciales y sometieran a un boicot sistemático a todas las tiranías militares y populistas a fin de acelerar su caída. No fue respaldado, pero, décadas después, su iniciativa acaba de ser reivindicada por la Declaración de Lima, en la que, invitados por el Perú, todos los grandes países de América Latina —Brasil, Argentina, México, Colombia, Chile, Uruguay y cinco países más de la región— además de Estados Unidos, Canadá, Italia y Alemania, han decidido aislar a la dictadura de Maduro y no reconocer las decisiones de la espuria Asamblea Constituyente con la que el régimen trata de reemplazar a la legítima Asamblea Nacional donde la oposición detenta la mayoría de los escaños.

El portavoz socialista no parece haberse enterado tampoco de que las Naciones Unidas han denunciado, a través de su Alto Comisionado para los Derechos Humanos, las torturas a las que la dictadura venezolana somete a los opositores desde hace varios meses, que incluyen descargas eléctricas, palizas sistemáticas, horas colgados de las muñecas o los tobillos, asfixia con gases, violaciones con palos de escoba, detenciones arbitrarias e invasión y destrozos de las viviendas de los sospechosos de colaborar con la oposición. Más de 5.000 personas han sido detenidas sin ser llevadas a los tribunales, las fuerzas de seguridad han asesinado a medio centenar en las últimas manifestaciones y las bandas de malhechores del régimen, llamadas los colectivos, a 27.

El asedio sistemático a los adversarios de la dictadura se extiende a sus familias, que pierden su trabajo, son discriminadas en los racionamientos y víctimas de expropiaciones. Y la corrupción del Gobierno alcanza extremos de vértigo, como acaba de denunciar la fiscal Luisa Ortega en Brasil, revelando, entre otros horrores, que el segundo hombre del chavismo, Diosdado Cabello, recibió 100 millones de dólares de soborno de Odebrecht a través de una compañía española.

Pero, probablemente, con toda la crueldad que denotan las violaciones a los derechos humanos y el saqueo del patrimonio nacional por los jerarcas del régimen, nada de aquello sea tan terrible como el empobrecimiento vertiginoso que la política económica de Chávez y su heredero ha acarreado al pueblo venezolano. Uno de los países más ricos del mundo, que debería tener los niveles de vida de Suecia o Suiza, padece hoy día los índices de supervivencia de las más empobrecidas naciones africanas: la pobreza afecta al 83% de la población, sufre la inflación más alta del mundo —este año alcanzará el 720%— y un PIB que según el Fondo Monetario Internacional cae 7,4%. Sólo se libran del hambre y la escasez de todo —empezando por las medicinas y las divisas y terminando por el papel higiénico— el puñado de privilegiados de la nomenclatura —buen número de generales entre ellos, comprados asociándolos a las grandes operaciones del narcotráfico— que pueden adquirir alimentos, medicinas, repuestos, ropa, a precios de oro, en el mercado negro. La gente común y corriente, entre tanto, ve caer sus niveles de vida día a día.

¿A cuántos cientos de miles de venezolanos han obligado a emigrar las fechorías económicas y sociales del régimen? Es difícil averiguarlo con exactitud, pero los cálculos hablan de por lo menos dos millones de personas que, agobiadas por la inseguridad, la pobreza, el terror, el hambre y la perspectiva de un empeoramiento de la crisis, se han desparramado por el mundo en busca de mejores condiciones de vida, o, cuando menos, un poco más de libertad. No hay precedentes en la historia de América Latina de un país al que la demagogia estatista y colectivista haya destruido económica y socialmente como ha ocurrido en Venezuela. Lo extraordinario es que la política de destruir las empresas privadas, agigantando el sector público de manera elefantiásica, y poniendo cada vez más trabas a la inversión extranjera, se llevara a cabo cuando todo el mundo socialista, de la desaparecida URSS a China, de Vietnam a Cuba, comenzaba a dar marcha atrás, luego del fracaso de la socialización forzada de la economía. ¿Qué idea pasó por la cabeza de semejantes ignorantes? La utopía del paraíso socialista, una fabulación que, pese a los desmentidos que le inflige la realidad, siempre vuelve a levantar la cabeza y a seducir a masas ingenuas, que, pronto, serán las primeras víctimas de ese error.

Es verdad que la Venezuela de la democracia contra la que se rebeló el comandante Chávez había sido víctima de la corrupción —un juego de niños comparada a la de ahora— y que, en la abundancia de recursos de aquellos años, los de la Venezuela saudí, surgieron fortunas ilícitas a la sombra del poder. Pero aquello tenía compostura dentro de la legalidad democrática y los electores podían castigar a los gobernantes corruptos mediante unas elecciones, que entonces eran libres. Ahora ya no lo son, sino manipuladas por un régimen que, en las últimas, por ejemplo, se inventó un millón de votos más de los que tuvo, según la propia compañía contratada para verificar los comicios. Pese a ello, la oposición ha inscrito candidatos para las elecciones regionales de gobernadores convocadas por Maduro. ¿Hay alguna posibilidad de que sean unos comicios de verdad, donde gane el más votado? Yo creo que no y, por supuesto, me gustaría equivocarme. Pero, después de la grotesca patraña de la “elección” de la Asamblea Constituyente y de la defenestración manu militari de la fiscal general Luisa Ortega Díaz, ahora en el exilio, ¿alguien cree a Maduro capaz de dejarse derrotar en las urnas? Él ha hecho todos los últimos embelecos electorales, quitándose la careta y mostrando la verdadera condición dictatorial del régimen, precisamente porque sabe que tiene en contra a la mayoría del país y que él y sus compinches tendrían un exilio muy difícil, por sus robos cuantiosos y su estrecha vinculación con el narcotráfico. En la triste situación a la que ha llegado Venezuela es poco menos que imposible —a menos de una fractura traumática del propio régimen— que recupere la democracia de manera pacífica, a través de unas elecciones limpias.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2017.

© Mario Vargas Llosa, 2017.

 

Sangre derramada

Los fanáticos nunca van a ganar la guerra. La matanza de inocentes será una poda y las viejas Ramblas seguirán inmantando a la misma variopinta humanidad

El terrorismo fascinó siempre a Albert Camus y, además de una obra de teatro sobre el tema, dedicó buen número de páginas de su ensayo sobre el absurdo, El mito de Sísifo, a reflexionar sobre esa insensata costumbre de los seres humanos de creer que asesinando a los adversarios políticos o religiosos se resuelven los problemas. La verdad es que salvo casos excepcionales en que el exterminio de un sátrapa atenuó o puso fin a un régimen despótico –los dedos de una mano sobran para contarlos- esos crímenes suelen empeorar las cosas que quieren mejorar, multiplicando las represiones, persecuciones y abusos. Pero es verdad que, en algunos rarísimos casos, como el de los narodniki rusos citados por Camus, que pagaban con su vida la muerte del que mataban por “la causa”, había, en algunos de los terroristas que se sacrificaban atentando contra un verdugo o un explotador, cierta grandeza moral.

No es el caso, ciertamente, de quienes, como acaba de ocurrir en Cambrils y en las Ramblas de Barcelona, embisten en el volante de una camioneta contra indefensos transeúntes –niños, ancianos, mendigos, jóvenes, turistas, vecinos- tratando de arrollar, herir y mutilar al mayor número de personas. ¿Qué quieren conseguir, demostrar, con semejantes operaciones de salvajismo puro, de inaudita crueldad, como hacer estallar una bomba en un concierto, un café o una sala de baile? Las víctimas suelen ser, en la mayoría de los casos, gentes del común, muchas de ellas con afanes económicos, problemas familiares, tragedias, o jóvenes desocupados, angustiados por un porvenir incierto en este mundo en que conseguir un puesto de trabajo se ha convertido en un privilegio. ¿Se trata de demostrar el desprecio que les merece una cultura que, desde su punto de vista, está moralmente envilecida porque es obscena, sensual y corrompe a las mujeres otorgándoles los mismos derechos que a los hombres? Pero esto no tiene sentido, porque la verdad es que el podrido Occidente atrae como la miel a las moscas a millones de musulmanes que están dispuestos a morir ahogados con tal de introducirse en este supuesto infierno.

Tampoco parece muy convincente que los terroristas del Estado islámico o Al-Qaeda sean hombres desesperados por la marginación y la discriminación que padecen en las ciudades europeas. Lo cierto es que buen número de los terroristas han nacido en ellas y recibido allí su educación, y se han integrado más o menos en las sociedades en las que sus padres o abuelos eligieron vivir. Su frustración no puede ser peor que la de los millones de hombres y mujeres que todavía viven en la pobreza (algunos en la miseria) y no se dedican por ello a despanzurrar a sus prójimos.

La explicación está pura y simplemente en el fanatismo, aquella forma de ceguera ideológica y depravación moral que ha hecho correr tanta sangre e injusticia a lo largo de la historia. Es verdad que ninguna religión ni ideología extremista se ha librado de esa forma extrema de obcecación que hace creer a ciertas personas que tienen derecho a matar a sus semejantes para imponerles sus propias costumbres, creencias y convicciones.

El terrorismo islamista es hoy día el peor enemigo de la civilización. Está detrás de los peores crímenes de los últimos años en Europa, esos que se cometen a ciegas, sin blancos específicos, a bulto, en los que se trata de herir y matar no a personas concretas sino al mayor número de gentes anónimas, pues, para aquella obnubilada y perversa mentalidad, todos los que no son los míos –esa pequeña tribu en la que me siento seguro y solidario- son culpables y deben ser aniquilados.

Para mí las Ramblas son un lugar mítico, la ciudad empezó a liberarse antes que el resto de España

Nunca van a ganar la guerra que han declarado, por supuesto. La misma ceguera mental que delatan en sus actos los condena a ser una minoría que poco a poco –como todos los terrorismos de la historia- irá siendo derrotada por la civilización con la que quieren acabar. Pero desde luego que pueden hacer mucho daño todavía y que seguirán muriendo inocentes en toda Europa como los catorce cadáveres (y los ciento veinte heridos) de las Ramblas de Barcelona y sembrando el horror y la desesperación en incontables familias.

Acaso el peligro mayor de esos crímenes monstruosos sea que lo mejor que tiene Occidente –su democracia, su libertad, su legalidad, la igualdad de derechos para hombres y mujeres, su respeto por las minorías religiosas, políticas y sexuales- se vea de pronto empobrecido en el combate contra este enemigo sinuoso e innoble, que no da la cara, que está enquistado en la sociedad y, por supuesto, alimenta los prejuicios sociales, religiosos y raciales de todos, y lleva a los gobiernos democráticos, empujados por el miedo y la cólera que los presiona, a hacer concesiones cada vez más amplias en los derechos humanos en busca de la eficacia. En América Latina ha ocurrido; la fiebre revolucionaria de los años sesenta y setenta fortaleció (y a veces creó) a las dictaduras militares, y, en vez de traer el paraíso a la tierra, parió al comandante Chávez y al socialismo del siglo XXI en la Venezuela de la muerte lenta de nuestros días.

Para mí, las Ramblas de Barcelona son un lugar mítico. En los cinco años que viví en esa querida ciudad, dos o tres veces por semana íbamos a pasear por ellas, a comprar Le Monde y libros prohibidos en sus quioscos abiertos hasta después de la medianoche, y, por ejemplo, los hermanos Goytisolo conocían mejor que nadie los secretos escabrosos del barrio chino, que estaba a sus orillas, y Jaime Gil de Biedma, luego de cenar en el Amaya, siempre conseguía escabullirse y desaparecer en alguno de esos callejones sombríos. Pero, acaso, el mejor conocedor del mundo de las Ramblas barcelonesas era un madrileño que caía por esa ciudad con puntualidad astral: Juan García Hortelano, una de las personas más buenas que he conocido. Él me llevó una noche a ver en una vitrina que sólo se encendía al oscurecer una truculenta colección de preservativos con crestas de gallo, birretes académicos y tiaras pontificias. El más pintoresco de todos era Carlos Barral, editor, poeta y estilista, que, revolando su capa negra, su bastón medieval y con su eterno cigarrillo en los labios, recitaba a gritos, después de unos gins, al poeta Bocángel. Esos años eran los de las últimas boqueadas de la dictadura franquista. Barcelona comenzó a liberarse de la censura y del régimen antes que el resto de España. Esa era la sensación que teníamos paseando por las Ramblas, que ya eso era Europa, porque allí reinaba la libertad de palabra, y también de obra, pues todos los amigos que estaban allí actuaban, hablaban y escribían como si ya España fuera un país libre y abierto, donde todas las lenguas y culturas estaban representadas en la disímil fauna que poblaba ese paseo por el que, a medida que uno bajaba, se olía (y a veces hasta se oía) la presencia del mar. Allí soñábamos: la liberación era inminente y la cultura sería la gran protagonista de la España nueva que estaba ya asomando en Barcelona.

¿Era precisamente ese símbolo el que los terroristas islámicos querían destruir derramando la sangre de esas decenas de inocentes al que aquella furgoneta apocalíptica –la nueva moda- fue dejando regados en las Ramblas? ¿Ese rincón de modernidad y libertad, de fraterna coexistencia de todas las razas, idiomas, creencias y costumbres, ese espacio donde nadie es extranjero porque todos lo son y donde los quioscos, cafés, tiendas, mercados y antros diversos tienen las mercancías y servicios para todos los gustos del mundo? Por supuesto que no lo conseguirán. La matanza de los inocentes será una poda y las viejas Ramblas seguirán imantando a la misma variopinta humanidad, como antaño y como hoy, cuando el aquelarre terrorista sea apenas una borrosa memoria de los viejos y las nuevas generaciones se pregunten de qué hablan, qué y cómo fue aquello.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2017.

© Mario Vargas Llosa, 2017.

 

 

 

Piedra de Toque

Las ilusiones perdidas

‘Adiós muchachos’, la autobiografía de Sergio Ramírez, describe el entusiasmo efímero que suscitó la revolución sandinista y su descalabro posterior

No había leído la autobiografía de Sergio Ramírez, Adiós muchachos(2007), y acabo de hacerlo, conmovido. Es un libro sereno, muy bien escrito, exaltante en su primera mitad y bastante triste en la segunda. Cuenta la historia de la revolución sandinista que puso fin en 1979 a la horrible dinastía de los Somoza en Nicaragua, una de las dictaduras más corruptas y crueles de la historia de América Latina, y en la que él tuvo un papel importante como conspirador y resistente primero, y, luego, en el Gobierno que presidió el comandante Daniel Ortega, en el que fue vicepresidente.

Fueron muchos años de lucha, muy difíciles, de sacrificio y heroísmo, en los que miles de nicaragüenses perdieron la vida y la libertad, padecieron torturas, exilio, largos años de cárcel, enfrentándose a una Guardia Nacional cuyo salvajismo no tenía límites. Los rebeldes eran, sobre todo al principio, personas humildes, los pobres entre los más pobres, pero luego fueron sumándose gente de la clase media y, al final, profesionales, empresarios y agricultores, y principalmente sus hijos, movidos por un idealismo generoso, la idea de que, con la caída de la dictadura, comenzaría un período de justicia, libertad y progreso para el pueblo de Rubén Darío y de Augusto César Sandino. Muchas mujeres combatieron en la vanguardia de esta revolución, así como los católicos —Nicaragua es tal vez el país donde el catolicismo está más vivo en América Latina— y Ramírez describe con mucha pertinencia las distintas corrientes que conformaban esa disímil alianza de comunistas, socialistas, demócratas, liberales, castristas que respaldaron la revolución en un principio, antes de que comenzaran las inevitables divisiones.

Las páginas de Adiós muchachos que evocan el entusiasmo y la alegría con que vivieron la inmensa mayoría de los nicaragüenses los primeros tiempos de la revolución —las campañas de alfabetización, la conversión de cuarteles en escuelas, la distribución de las tierras y fábricas expropiadas a los Somoza y sus cómplices a los sectores de menores ingresos— son emocionantes, el inicio de lo que parecía ser la gran transformación de Nicaragua en un país de veras libre, democrático y moderno.

No ocurrió así y Sergio Ramírez responsabiliza del fracaso de la revolución sandinista a “la contra”, armada y financiada por la CIA. Yo tengo la impresión de que la contrarrevolución fue más bien un efecto que una causa, por el descontento que cundió en un sector amplio de la sociedad nicaragüense con la política equivocada del régimen destinada a convertir al país en una sociedad estatizada y colectivista, con las nacionalizaciones masivas y la creación de granjas campesinas al estilo soviético, y las emisiones inorgánicas que en vez de impulsar arruinaron la economía nacional y desataron una inflación galopante, que, como siempre, golpeó sobre todo a los más pobres. El desbarajuste y el caos, y, por supuesto, la corrupción que todo ello originó, la llamada piñata —el reparto entre la gente del poder de los bienes y dineros supuestamente públicos—, que Sergio Ramírez describe magistralmente en el capítulo de su libro titulado con agrio humor “Los ríos de leche y miel”, tenían que desencantar y empujar a la oposición a muchos nicaragüenses que odiaban a la dictadura de Somoza pero no querían que la reemplazara una segunda Cuba. (Dicho sea de paso, es fascinante descubrir en Adiós muchachos que una de las personas que más trataba de moderar a los dirigentes sandinistas en sus reformas revolucionarias ¡era Fidel Castro!).

La segunda parte del libro es de una creciente tristeza, pues en ella se describe el progresivo descalabro de la revolución, las divisiones entre los sandinistas, y la lenta pero segura ascensión del comandante Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo al vértice de un poder del que sólo han gozado un puñadito de sátrapas en la historia latinoamericana. Tierra de grandes poetas y excelentes escritores, como el propio Sergio Ramírez, Nicaragua tendrá que producir algún día la novela que eternice la historia de Daniel Ortega, este alucinante personaje que, luego de dirigir la revolución sandinista contra los Somoza, se fue convirtiendo él mismo en un Somoza moderno, es decir, en un dictadorzuelo corrompido y manipulador que, traicionando todos los principios y aliándose con todos sus enemigos de ayer y tras antes de ayer, ha conseguido gozar de un poder absoluto a lo largo de veinte años, haciéndose reelegir en unas elecciones de circo, y, a pesar de todo ello, gozando todavía —por extraordinario que parezca— de cierta popularidad.

Para conocer algo de su historia hay que cerrar Adiós muchachos y leer el espléndido ensayo del mismo Ramírez en El estallido del populismo (2017), “Una fábrica de espejismos”, donde está sintetizada, con trazos maestros de realismo mágico, la trayectoria hasta nuestros días de este inverosímil personaje. Por lo pronto, experimentó una oportuna conversión al catolicismo y ahora comulga devotamente de la mano del cardenal Miguel Obando y Bravo, su antiguo enemigo mortal y ahora aliado acérrimo que ha dado su bendición al Gobierno “cristiano, socialista y solidario” de los Ortega/Murillo. También ha hecho pacto con empresarios mercantilistas que, a condición de no hablar nunca de política, hacen muy buenos negocios con el régimen. Pero, quizás, lo más sorprendente sea que, en la variopinta alianza que han conseguido armar para mantenerse en el poder Daniel Ortega y Rosario Murillo —esta es su vicepresidente y podría ser la próxima presidenta de Nicaragua si su esposo decide tomarse algunas vacaciones— también figuran los brujos, santeros, curanderos, hechiceros y taumaturgos del país. Cito a Ramírez: “La mano abierta de Fátima, hija de Mahoma, con un ojo al centro, que representa bendiciones, poder y fuerza, y también protección contra el mal de ojo, estuvo desde 2006 detrás de la pareja presidencial en el salón de sus comparecencias, en un inmenso mural”.El ensayo también refiere los fantásticos proyectos con que el Gobierno de la ya celebérrima dupla, émula de la de House of Cards,alimenta las ilusiones de sus electores, como el famoso Gran Canal de Nicaragua, que iba a competir con el de Panamá y que sería financiado por el multimillonario chino Wang Ying (ya quebrado y olvidado) y una planta de productos farmacéuticos en Managua llamada a producir nada menos que ¡una vacuna contra el cáncer! La lista de ficciones así es larga y parece salida de Macondo. Todas estas cosas las cuenta Ramírez sin alterarse, con objetividad, aunque detrás de la moderación y elegancia con que escribe, se adivina un hondo desgarramiento. El suyo debe ser el de muchos nicaragüenses que, como él, dedicaron los mejores años de su vida, su tiempo y sus sueños, a luchar por una ilusión histórica que vivió una efímera realidad y se fue luego deshaciendo y transformando en grotesca caricatura.

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Indultar a Fujimori?

Sería un desafuero insensato sacar de la cárcel a un exmandatario que dio un golpe de Estado e instauró una de las dictaduras más corruptas de la historia del Perú

Las conversaciones privadas no deben convertirse en públicas y, por desgracia, la que tuve con el presidente del Perú Pedro Pablo Kuczynski durante su reciente visita a España ha sido objeto de rumores y especulaciones que no siempre corresponden a la verdad. Por eso autoricé a mi hijo Álvaro para que, en una entrevista en El Comercio,reprodujera lo que le dije al mandatario respecto a la posibilidad de que indultara a Fujimori.

Nunca me indicó que tuviera la menor intención de hacerlo; sólo que, como le llegaban numerosas cartas y documentos pidiendo el indulto por razones de salud, había entregado todo ese material a tres médicos a fin de que le informaran sobre el estado del reo. Mi impresión personal es que Kuczynski es un demócrata cabal y una persona demasiado decente para cometer un desafuero tan insensato como sería el sacar de la cárcel y devolver a la vida política a un exmandatario que, habiendo sido elegido en unas elecciones democráticas, dio un golpe de Estado instalando una de las dictaduras más corruptas de la historia del Perú. Y echando por tierra la sentencia de un tribunal civil que en un juicio abierto, con observadores internacionales y de manera impecable, condenó al exdictador por sus crímenes a pasar un cuarto de siglo entre rejas.Ese juicio no tiene precedentes en la historia peruana. Nuestros dictadores o morían en la cama, sin haber devuelto un centavo de todo lo que robaban, o eran asesinados, como Sánchez Cerro. Algunos, como Leguía, murieron en la cárcel, sin haber sido juzgados. Pero, en este sentido, el juicio de Fujimori fue ejemplar. Lo juzgó un tribunal civil, dándole todas las garantías para que ejercitara su derecho de defensa, y, pese a todas las campañas millonarias de sus partidarios, ninguna instancia jurídica o política internacional ha objetado el desarrollo del proceso ni a los magistrados que lo sentenciaron.

Por otra parte, él no ha manifestado jamás arrepentimiento alguno por los asesinatos, secuestros y torturas que ordenó y que se perpetraron durante su dictadura, y tampoco ha devuelto un solo centavo de los varios miles de millones de dólares que sacó al extranjero de manera delictuosa durante su Gobierno. (Los únicos 150 millones de dólares que ha recuperado el Perú de los cuantiosos robos de aquellos años los devolvió Suiza, de una cuenta corriente que había abierto Vladimiro Montesinos, el cómplice principal de Fujimori). Su liberación sería un acto ilegal flagrante, como ha afirmado en The New York Times Alberto Vergara, teniendo en cuenta que todavía no ha sido juzgado por otra de las matanzas del Grupo Colina, realizada en Pativilca en 1992. Sería una “aberración jurídica que perdonase a Fujimori hacia el futuro, por crímenes todavía no procesados”. Jamás manifestó arrepentimiento por los asesinatos, secuestros y torturas que ordenó

No sólo sería una ilegalidad; también, una traición a los electores que lo llevamos al poder y a las familias de las víctimas de los asesinatos y desapariciones, a quienes prometió firmemente que no liberaría al exdictador. No nos engañemos. La extraordinaria movilización entre la primera y la segunda vuelta que permitió el triunfo de Pedro Pablo Kuczynski se debió en gran parte al temor de una mayoría del pueblo peruano de que el fujimorismo volviera al poder con Keiko, la hija del condenado. El voto de la izquierda, decisiva para esa victoria, jamás se hubiera volcado masivamente a darle el triunfo si hubiera imaginado que iba a devolver a la vida pública peruana a uno de los peores dictadores de nuestra historia.

Hay quienes piensan que el indulto ablandaría al Parlamento que, hasta ahora, además de tumbar varios ministros del Gobierno, ha paralizado la acción gubernamental obstruyendo de manera sistemática las iniciativas del Ejecutivo para materializar su programa, introduciendo reformas económicas y sociales que dinamizaran la economía y extendieran la ayuda a las familias de menores ingresos. Quienes piensan así, se equivocan garrafalmente. No se aplaca a un tigre echándole corderos; por el contrario, se reconoce su poder y se lo estimula a que prosiga su labor depredadora. Fue una equivocación no haber enfrentado con más firmeza desde un principio la irresponsable oposición del fujimorismo en el Congreso; pero, al menos, ha servido para mostrar a la opinión pública la indigencia intelectual y la catadura moral de quienes, desde las curules parlamentarias, están dispuestos a impedir la gobernabilidad del país, aunque sea hundiéndolo, para que fracase el Gobierno al que detestan por haberlos derrotado en aquella segunda vuelta que ya festejaban como suya.

La dictadura es siempre el mal absoluto, el régimen que destruye no sólo la economía, sino también la vida política, cultural y las instituciones de un país. Las lacras que deja perduran cuando se restablece la democracia y muchas veces son tan mortíferas que impiden la regeneración institucional y cívica. La gran tragedia de América Latina en su vida independiente han sido las dictaduras que se sucedían manteniéndonos en el subdesarrollo y la barbarie pese a los esfuerzos desesperados de unas minorías empeñadas en defender las opciones democráticas. La democracia no libra a los países de pillos, pero permite que sus pillerías sean castigadas

Desde que cayó la dictadura fujimorista, en el año 2000, el Perú vive un período democrático que ha reducido la violencia e impulsado su economía de manera notable al extremo de que su imagen internacional, en estos últimos años, ha sido la de un país modelo que atraía inversiones y parecía un ejemplo a seguir por los países del tercer mundo que aspiran a dejar atrás el subdesarrollo. El indulto a Fujimori echaría por los suelos esta imagen y nos retrocedería otra vez a la condición de república bananera.

Es verdad que, gracias a las revelaciones y denuncias de Odebrecht, la gestión de algunos de los expresidentes de la democracia, como Toledo, primero, y ahora Humala, se ha visto empañada con acusaciones de malos manejos, corrupción y tráficos ilícitos. En buena hora: que todo aquello se ventile hasta las últimas consecuencias y, si ha habido efectivamente delito, que los delincuentes vayan a la cárcel. Esas cosas las permite la democracia, un sistema que no libra a los países de pillos, pero permite que sus pillerías sean denunciadas y castigadas. La democracia no garantiza que se elija siempre a los mejores, y, a veces, los electores se equivocan eligiendo la peor opción. Pero, a diferencia de una dictadura, una democracia, sistema flexible y abierto, puede corregir sus errores y perfeccionarse gracias a la libertad. Fujimori, que llegó al poder, arrasó con todas las libertades y con ese sistema democrático que le había permitido alcanzar la más alta magistratura. No es por ese crimen mayúsculo por el que está en la cárcel, sino porque, además de haber acabado con nuestra precaria democracia, se dedicó a robar de la manera más descarada, y a asesinar, torturar y secuestrar con más alevosía que los peores dictadores que ha padecido el Perú. No puede ni debe ser indultado.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2017.

© Mario Vargas Llosa, 2017.

 

 

 

Los años de plomo

Grupos extremistas decidieron pedirle cuentas al despreciable orden burgués asesinando a sus exponentes más visibles en una oleada terrorista que asoló Italia

Las ciudades italianas, incluso las más pequeñas, chisporrotean en el verano con actividades culturales: ferias del libro, festivales de música o de cine, conciertos, recitales, mesas redondas, conferencias, exposiciones, que atraen masas de espectadores de toda clase y condición. Es un espectáculo que, como decía una publicidad del pisco Vargas en el Perú de mi infancia, “alegra el espíritu y levanta el corazón”.

Paso un par de días en Bolonia, con motivo de las actividades organizadas por el diario La Repubblica, y tengo un diálogo de una hora con su director, Mario Calabresi, ante el frontispicio de una iglesia románica del siglo XIII, en la plaza de Santo Stefano, convertida en auditorio, que está rodeada de bares, cafés y restaurantes donde, mientras hablamos de literatura y política, un público en el que abundan los jóvenes toma cerveza y nos escucha, en apariencia muy atento. Es estimulante y grato estar en ese bello lugar, donde parece que reinan la cultura, la convivencia y la paz.

Pero, después de la cena con el vino, la pasta y el tiramisú obligatorios, otra cara de Italia me tiene despierto muchas horas en mi cuarto de hotel, mientras leo Spingendo la notte più in là, el libro de Mario Calabresi que cuenta la historia de su familia y de otras víctimas del terrorismo.

El padre de Mario, el comisario Luigi Calabresi, fue asesinado de un balazo en la espalda y otro en la nuca, cuando salía de su casa, por tres militantes de Lotta Continua, el 17 de mayo de 1972. El asesinato fue precedido de una campaña fraudulenta, acusándolo de haber asesinado a Guiseppe Pinelli, militante de aquella organización, que cayó de una ventana mientras era interrogado por la policía sobre una bomba que estalló en un banco milanés. Aquella campaña consistía en pancartas, manifiestos de intelectuales progresistas, volantes, denuncias en actos públicos, artículos de prensa, carteles en los muros de Milán. Así se fue imponiendo en la opinión pública aquella patraña. Sin embargo, a lo largo de los años iría siendo desmentida sistemáticamente por varias investigaciones oficiales que probaron de manera inequívoca que el comisario Calabresi no se hallaba en la habitación —las cinco personas que estaban en ella lo atestiguaron— cuando ocurrió la defenestración del militante anarquista. Pero es verdad aquello de “miente, miente que algo queda”. Hasta nuestros días la injusta sospecha, fabricada por el fanatismo y la demagogia, ha perseguido como una sombra la infortunada figura del comisario Calabresi.

Lo que más impresiona en el libro de su hijo son la sobriedad y el pudor con que aquella historia está contada, las catastróficas consecuencias que el asesinato del padre y la denigración de su figura tuvieron para la viuda y los tres hijos pequeños, la estoica supervivencia de la familia en los años siguientes. El libro es a la vez un testimonio y una averiguación muy objetiva de la oleada terrorista que asoló Italia en las últimas décadas del siglo pasado: los años de plomo. Grupos y grupúsculos extremistas habían decidido pedirle cuentas al despreciable orden burgués asesinando a sus exponentes más visibles; recuérdese el secuestro y asesinato de Aldo Moro. No se trataba de algo marginal, los asesinos contaban con una vasta red de cómplices en la prensa, la administración, los partidos políticos, los intelectuales y hasta entre los jueces, donde, por convicción o por miedo, los terroristas encontraban justificaciones, atenuantes, dilaciones e indultos. Estallaban bombas que mataban inocentes, se asesinaba a diestra y siniestra, Italia parecía acercarse al abismo. Todo aquello está resucitado con pericia periodística en el libro de Mario Calabresi y uno se pregunta qué clase de epidemia sanguinaria se apoderó de sus supuestas vanguardias políticas.

No hay siquiera un asomo de amargura en sus páginas, y menos todavía un espíritu de venganza. Se trata de una difícil búsqueda y reconstrucción de la verdad, entre las montañas de tergiversaciones y falsedades que querían sepultarla. Y, también, de la escueta y puntual descripción de las monstruosas injusticias que cometieron esos jóvenes fascinados por las orgías de violencia de la revolución cultural china, que querían lavar con sangre todo aquello que andaba mal en la sociedad italiana. Las imágenes de las viudas, padres, hijos, hermanos, de las decenas de víctimas de aquellas matanzas que aparecen a lo largo del libro, que, además de perder a sus seres queridos, tuvieron también que luchar para reivindicar sus conductas y credenciales, adulteradas hasta el absurdo para justificar los crímenes, mantienen en vilo al lector y le dan la sensación de vivir un aquelarre macabro. Acaso lo peor sean esos kafkianos trámites judiciales donde la vida se vuelve papeleo, jerga, burocracia, y las tragedias vividas y padecidas se evaporan en trajines tan infinitos como estúpidos. Algunos de los criminales pagan sus fechorías, pero otros, muchos otros, salen absueltos, indultados o escapan a Francia. ¿Es posible que aquello ocurriera en uno de los países más cultos y civilizados del planeta?

Es verdad que, comparado el terrorismo que acabó con la vida del padre de Mario Calabresi con el que practican en nuestros días los yihadistas, aquel nos parece un juego de niños. Aquellos asesinos escogían blancos individuales y se daban razones para sus crímenes, aunque para ello tuvieran que reinventar a sus presas. Los terroristas de nuestros días parten del supuesto de que no hay inocentes, todos los que no comparten la verdad religiosa o política que a ellos los convierte en explosivos humanos son culpables. Por lo tanto matan en bulto y en abstracto, al mayor número posible, en trenes, estaciones, conciertos, pues gracias a esos mares de sangre ellos llegarán más pronto al paraíso. Sin embargo, hay un hilo secreto que emparenta muy estrechamente a esas dos barbaries, que hermana a aquellos y estos asesinos. Es otro de los méritos del libro de Mario Calabresi ponerlo en evidencia.

Como ocurrió a finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando media Europa padeció una ola de atentados anarquistas, experiencia que describió Joseph Conrad en una novela extraordinaria, El agente secreto, a lo largo de la historia periódicamente han surgido bandas de fanáticos religiosos y políticos que creían en el baño de sangre purificador, en las matanzas que librarían a la humanidad de sus estigmas y bajarían el cielo a la tierra. En el libro de Mario Calabresi ha quedado retratada de manera ejemplar, en un caso particular, toda la absurdidad y la demencia que sustenta aquella creencia, y el dolor y las atroces injusticias que acarrea.

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© Mario Vargas Llosa, 2017.

 

 

Ese pertinaz don Juan

Goytisolo fue el primero de su época en interesarse por las letras latinoamericanas y de los primeros en comprender que la literatura en lengua española era una sola

Ocurrió a comienzos de los años sesenta, en París, cuando con Juan Goytisolo nos veíamos de tanto en tanto. No sé cómo había llegado a mis manos aquella revista del régimen, con un gran artículo en primera página, Ese pertinaz don Juan, acusándolo de atizar todas las conspiraciones que se tramaban en Francia contra la España de Franco. Se lo llevé y lo leímos juntos en un bistrotde Saint Germain. Pocas veces lo volví a ver tan contento, a él, que era generalmente huraño y reservado. Aquella diatriba le confirmaba que estaba en la buena línea: la disidencia y la rebeldía eran ya su carta de identidad.

Aunque me llevaba cinco años,habíamos tenido la misma formación intelectual, marcada por el existencialismo francés y las tesis de Sartre sobre el compromiso; sí, escribir era actuar, la literatura podía empujar la historia hacia el socialismo sin por ello rendirse al estalinismo, como (queríamos creer) estaba haciendo la Revolución Cubana. Sus primeras novelas, las mejores que escribió, Juegos de manos, Duelo en el paraíso, Fiestas, La resaca, La isla,mostraban un realismo voluntarioso, transparente, bien trabajado, y una intención crítica que daba en el blanco. Luego, en la segunda mitad de la década del sesenta, contagiado por las teorías de Roland Barthes y congéneres, que disecarían la literatura francesa de la época, decidió cambiar brutalmente de forma y contenido. En Señas de identidad, Reivindicación del conde don Julián,Juan sin Tierra, Makbara y otros libros, intentó reinventarse literariamente, ensayando una prosa rebuscada y litúrgica, de largas sentencias y estructuras gaseosas, en las que las inciertas historias parecían pretextos para una retórica sin vida. Creo que se equivocó y es probable que de esos libros imposibles sólo quede el recuerdo de las imprecaciones contra España, recurrentes y atrabiliarias.

El odio de Juan hacia España se parecía mucho al amor; pese a sus vociferaciones contra el país en el que nació y del que se exilió buena parte de su vida, seguía el día a día de su circunstancia, su acontecer político, sus chismes literarios, frecuentaba sus clásicos con amor de erudito, defendía a Américo Castro a brazo partido contra Claudio Sánchez-Albornoz y rescataba a algunos de sus autores olvidados, como Blanco White. Durante algunos años se negó a creer que la Transición hubiera cambiado el país e instaurado una verdadera democracia; sostenía, con su empecinamiento característico, que todo aquello era una delgada apariencia bajo la cual seguían mandando los mismos de siempre.

Por fortuna, siguió escribiendo esos reportajes y libros de viajes que había iniciado con Campos de Níjar, La Chanca y Pueblo en marcha. Sus informes y recorridos por Sarajevo y los Balcanes, Turquía, Egipto, Palestina, Chechenia, eran documentados y ágiles, originales, análisis certeros aunque siempre apasionados.

Los libros mejores que escribió y que se leerán en el futuro como un testimonio excepcional sobre un período particularmente oscurantista de la historia de España, son Coto vedado (1985) y En los reinos de Taifa(1986). Valientes y conmovedores, en ellos revela su vida secreta, sus pulsiones más íntimas, el difícil descubrimiento de su identidad sexual. La homosexualidad es solo uno de los datos que comparecen en esta controlada catarsis. Hay varios otros, entre ellos su fascinación baudelairiana por la mugre urbana, los barrios lumpen y rufianescos, los personajes marginales, malditos, como su admirado Jean Genet, el ladrón que saqueaba las casas de los esnobs que lo invitaban a cenar para oírle jactarse de sus fechorías. Quién le hubiera dicho que el destino arreglaría las cosas para que los enterraran juntos, en el cementerio español de Larache, en Marruecos.

Juan Goytisolo fue el primer escritor español de su época en interesarse por la literatura latinoamericana, en leer y promover a los nuevos novelistas, y, con la ayuda de su mujer, Monique Lange, que trabajaba en la editorial Gallimard, hacerlos traducir al francés. Fue, también, uno de los primeros en comprender que la literatura en lengua española era una sola, y en esforzarse por reunir de nuevo a esas dos comunidades de escribidores de las dos orillas del océano a los que la guerra civil española había apartado e incomunicado. Una de las mentiras que circulaban sobre él es que, por prejuicios políticos, había sido una muralla que frenó las traducciones de escritores españoles en Francia. Me consta que no fue así, y que, en muchos casos, como el de Camilo José Cela, por quien no podía sentir simpatía alguna, movió las influencias que tenía para que fuera traducido.

En política, seguimos trayectorias bastante parecidas. Al gran entusiasmo por la Revolución Cubana de los primeros años, siguió la decepción y la ruptura cuando el caso del poeta Heberto Padilla. Ambos lo habíamos tratado y conocíamos su identificación profunda con la revolución; las absurdas acusaciones de agente de la CIA contra él nos sublevaron y nos llevaron a redactar (en mi departamento de Barcelona, junto a Luis Goytisolo, José María Castellet y Hans Magnus Enzensberger) el manifiesto que consumaría nuestra ruptura con la Cuba castrista y la gran división de lo que parecía hasta entonces la sólida fraternidad entre los novelistas latinoamericanos. Recuerdo aquella época, que fue la de la revista Libre (que él animó y que financiaba Albina du Boisrouvray), los incansables manifiestos y las conspiraciones incesantes, como un juego de niños al que jugábamos los grandes sin darnos cuenta que todo lo que hacíamos no servía de gran cosa pues las decisiones importantes se tomaban muy lejos de nosotros, en ese corazón del poder político al que nunca llegan (ni deben acercarse) los verdaderos escritores.

Cuando murió Monique y Juan se fue a vivir a Marrakech dejamos casi de vernos. Teníamos reuniones esporádicas, siempre cordiales, y yo seguía leyéndolo, con interés sus ensayos literarios y bastante esfuerzo sus textos creativos. Sus artículos de EL PAÍS indicaban que, aunque pasaran los años, él seguía idéntico: belicoso, disonante y arbitrario. En nuestros raros encuentros me animaba a ir a visitarlo y me ofrecía un inolvidable paseo por su amada plaza de Jemaa el Fna, donde alternaban los contadores de cuentos y los encantadores de serpientes.

Sólo después de su muerte me he enterado de la agonía de sus últimos años, desde que se rompió el fémur al desbarrancarse en una escalera del café, en aquella famosa plaza, al que solía ir en las tardes a ver hundirse el sol en las montañas azules; sus padecimientos físicos y sus apuros económicos. Y de los problemas que hubo para encontrarle una tumba laica, como él quería, en un país donde los cementerios son obligatoriamente religiosos. Conociéndolo, pienso que este final revoltoso, enredado y tragicómico no le hubiera disgustado: de alguna manera reflejaba su manera de ser contradictoria y su vida traumática y peripatética. Juan, amigo, descansa en paz.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2017.

© Mario Vargas Llosa, 2017.

 

PIEDRA DE TOQUE

Cara de piña

Noriega servía a la CIA y al castrismo y recibió dinero secreto de ambos. A diferencia de otros dictadorzuelos, que murieron en la cama, pagó sus vilezas entre barrotes.

Mario Vargas Llosa

04-06-2017

Manuel Antonio Noriega, uno de los más corrompidos y brutales dictadores que haya padecido América Latina, acaba de fallecer de un cáncer al cerebro en la ciudad de Panamá, donde estaba preso desde 2011, luego de haber cumplido 17 años de prisión en Estados Unidos y cinco en Francia, por crímenes contra los derechos humanos, colaboración con el narcotráfico, robos, torturas, lavado de dinero sucio y una larga lista de delitos más. Aunque pagó en parte su negro prontuario, es posible que sus hijas hereden una buena cantidad de millones esparcidos en cuentas secretas por el ancho mundo que la justicia de tres países no ha conseguido recuperar.Todo es oscuro y turbio en la vida del célebre Cara de Piña —así apodado por las marcas de viruela de su rostro—, empezando por su nacimiento. Es seguro que nació en un barrio pobre de Panamá y que tenía orígenes colombianos, pero la fecha es incierta, pues él mismo la adulteró varias veces por razones misteriosas, de modo que podría haber tenido 83 u 85 años a la hora de su muerte. Lo seguro es que su siniestra carrera comenzó a la sombra de Omar Torrijos, el cacique golpista que en 1968 depuso por las armas al presidente panameño electo e inició su propia dictadura. Noriega fue su brazo derecho e hizo una carrera meteórica en la Guardia Nacional hasta autoimponerse las insignias de general. En 1983 tomó el poder sin necesidad de elecciones y comenzó su estrambótica odisea.

Servía a la CIA y al castrismo, recibiendo dinero secreto de ambas fuentes. Permitió a Estados Unidos establecer un centro de espionaje en el istmo, a la vez que era informante de la DEA, y simultáneamente trabajaba para el cartel de Medellín, que escondía su dinero en bancos panameños. Al mismo tiempo, hacía pingües negocios con Fidel Castro y Moscú, a quienes vendió 5.000 pasaportes panameños para que los usaran sus agentes secretos en sus correrías por el mundo. Llegó a hacerse popular en América Latina, cuando, blandiendo un machete y rugiendo: “¡Ni un paso atrás!”, encabezaba ruidosas manifestaciones antiimperialistas de sus Brigadas de la Dignidad.

Pero al mandar torturar y decapitar en 1985 al doctor Hugo Spadafora, célebre luchador por los derechos humanos, asesinato que provocó una conmoción en el mundo entero, comenzó a cambiar su suerte. Había jurado morir de pie, combatiendo; sin embargo, cuando la invasión de Estados Unidos, sin haber disparado un solo tiro, corrió a esconderse en la Nunciatura. Allí estuvo 12 días, sometido día y noche a una grotesca sinfonía de música heavy metal que él detestaba y con la que los ocupantes yanquis martirizaron sus oídos hasta que se entregó. Comenzó su larga peregrinación por los tribunales y las celdas de Estados Unidos, Francia y Panamá que ha terminado estos días con su muerte.

Entre la larga lista de dictadorzuelos que ha envilecido la historia de América Latina, la gran mayoría murieron en su cama, ricos y hasta respetados, después de haber bañado en sangre y vergüenza a sus países, y de haberlos saqueado hasta dejarlos exánimes. Cara de Piña, uno de los más abyectos, al menos pagó buena parte de sus vilezas entre barrotes, aunque, por desgracia, no se ha podido rescatar sino un fragmento de la fortuna que levantó con sus fechorías y que ahora podrán disfrutar en paz sus descendientes. Ya han comenzado a hacerlo, por lo demás. Aquí en París, los diarios de esta mañana señalan las magníficas clientas que eran las hijas del difunto en las tiendas de súper lujo de la Rue Saint Honoré.

Me pregunto cómo terminará sus días Nicolás Maduro: ¿igual que Fidel Castro, bien arropado por su guardia pretoriana en el cuartel misérrimo en que habrá convertido Venezuela, o entre rejas como el general Videla, en Argentina, o como Fujimori en el Perú? La verdad es que probablemente ninguno de la larga fila de sátrapas que ha padecido América Latina haya llevado a cabo peores hazañas que el antiguo chofer de autobuses al que el comandante Chávez dejó como heredero (para que no le hiciera sombra). Ha sumido en la ruina más absoluta a uno de los países más ricos del continente, que ahora se muere literalmente de hambre, de falta de medicinas, de trabajo, de salud, tiene la más alta inflación y criminalidad en el mundo, está quebrado y es objeto de la repulsa y condena de todas las democracias del planeta. Antes sólo perseguía y encarcelaba a quienes se atrevían a criticarlo. Ahora también mata, y a mansalva. Sus colectivos chavistas, bandas de malhechores en motos y armados, han perpetrado ya más de sesenta asesinatos en las últimas semanas, ante la respuesta valerosa del pueblo venezolano que se ha volcado a las calles frente a la amenaza gubernamental de reemplazar el Congreso por una asamblea de sirvientes no electos sino nombrados a dedo, como lo hacían Mussolini y la URSS.

Cada día que pasa con Maduro en el poder la agonía de Venezuela se agrava; pero todo parece indicar que el final de ese vía crucis está cerca. Y ojalá que los responsables de la hecatombe económica y social que ha producido el chavismo, empezando por Nicolás Maduro, reciban el castigo que merecen.

 Los dictadores salidos de los cuarteles, como Pinochet, Noriega o Videla, parecen ya de otra era, en una América Latina que, por fortuna, tiene ahora, de uno a otro confín, gobiernos civiles, nacidos de elecciones más o menos libres, y en la que hay largos consensos —que no existieron en el pasado— a favor de instituciones democráticas y de políticas de apertura económica, estímulo a las inversiones extranjeras e inserción en los mercados mundiales. Es verdad que en muchos casos se trata de democracias roídas por la corrupción y que a veces ceden a la tentación populista, pero, aun así, hay que tener en cuenta que una democracia mediocre y demagógica es mil veces preferible a una dictadura, como nos lo recuerdan a diario los venezolanos.

Por eso es muy interesante observar lo que pasa en Brasil. La extraordinaria movilización popular que ha enviado ya a la cárcel a buena parte de su élite política y a buen número de empresarios deshonestos no persigue “una revolución socialista”, sino perfeccionar la democracia, liberándola de los pillos que la estaban descomponiendo, destrozándola por dentro, con unas alianzas mafiosas que enriquecían a verdaderas pandillas de empresarios y políticos,

buena parte de los cuales se hallan ya, gracias a jueces valientes y limpios, en los calabozos o a punto de entrar en ellos. Ese es un movimiento popular en la buena dirección; no quiere regresar al delirante populismo que ha congelado a Cuba en el tiempo y está bañando en sangre y miseria a Venezuela sino purificar un sistema al que estaban deshaciendo por dentro los ladrones de guante blanco y permitirle funcionar. Si lo consiguen, el enorme Brasil dejará de ser el eterno “país del futuro” que ha sido hasta ahora y comenzará a ser un presente en marcha, modelo para el resto de América Latina.

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El muro y el Flaco

Burlar la frontera entre EE UU y México es un negocio próspero para las mafias. Solo abriendo los pasos de par en par acabará el tráfico de drogas y la inmigración ilegal

Un buen reportaje puede ser tan fascinante e instructivo sobre el mundo real como un gran cuento o una magnífica novela. Si alguien lo pone en duda, le ruego que lea la crónica de Ioan Grillo Bring On the Wall que apareció en The New York Times el pasado 7 de mayo. Cuenta la historia del Flaco, un contrabandista mexicano que, desde que estaba en el colegio, a los 15 años, se ha pasado la vida contrabandeando drogas e inmigrantes ilegales a Estados Unidos. Aunque estuvo cinco años en la cárcel no se ha arrepentido del oficio que practica y menos ahora, cuando, dice, su ilícita profesión está más floreciente que nunca.

Cuando el Flaco empezó a traficar con marihuana, cocaína o compatriotas suyos y centroamericanos que habían cruzado el desierto de Sonora y soñaban con entrar a Estados Unidos, el contrabando era un oficio de los llamados coyotes,que trabajaban por su cuenta y solían cobrar unos cincuenta centavos por inmigrante. Pero como, a medida que las autoridades norteamericanas fortificaban la frontera con rejas, muros, aduanas y policías, el precio fue subiendo —ahora cada ilegal paga un mínimo de 5.000 dólares por el cruce—, los carteles de la droga, sobre todo los de Sinaloa, Juárez, el Golfo y los Zetas, asumieron el negocio y ahora controlan, peleándose a menudo entre ellos con ferocidad, los pasos secretos a través de los 3.000 kilómetros en que esa frontera se extiende, desde las orillas del Pacífico hasta el golfo de México. Al ilegal que pasa por su cuenta, prescindiendo de ellos, los carteles lo castigan, a veces con la muerte.

Las maneras de burlar la frontera son infinitas y el Flaco le ha mostrado a Ioan Grillo buenos ejemplos del ingenio y astucia de los contrabandistas: las catapultas o trampolines que sobrevuelan el muro, los escondites que se construyen en el interior de los trenes, camiones y automóviles, y los túneles, algunos de ellos con luz eléctrica y aire acondicionado para que los usuarios disfruten de una cómoda travesía. ¿Cuántos hay? Deben de ser muchísimos, pese a los 224 que la policía ha descubierto entre 1990 y 2016, pues, según el Flaco, el negocio, en lugar de decaer, prospera con el aumento de la persecución y las prohibiciones. Según sus palabras, hay tantos túneles operando que la frontera méxico-americana “parece un queso suizo”.

¿Significa esto que el famoso muro para el que el presidente Trump busca afanosamente los miles de millones de dólares que costaría no preocupa a los carteles? “Por el contrario”, afirma el Flaco, “mientras más obstáculos haya para cruzar, el negocio es más espléndido”. O sea que aquello de que “nadie sabe para quién trabaja” se cumple en este caso a cabalidad: los carteles mexicanos están encantados con los beneficios que les acarreará la obsesión antiinmigratoria del nuevo mandatario estadounidense. Y, sin duda, servirá también de gran incentivo para que la infraestructura de la ilegalidad alcance nuevas cimas de desarrollo tecnológico.

La ciudad de Nogales, donde nació el Flaco, se extiende hasta la misma frontera, de modo que muchas casas tienen pasajes subterráneos que comunican con casas del otro lado, así que el cruce y descruce es entonces veloz y facilísimo. Ioan Grillo tuvo incluso la oportunidad de ver uno de esos túneles que comenzaba en una tumba del cementerio de la ciudad. Y también le mostraron, a la altura de Arizona, cómo las anchas tuberías del desagüe que comparten ambos países fueron convertidas por la mafia, mediante audaces operaciones tecnológicas, en corredores para el transporte de drogas e inmigrantes.

El negocio es tan próspero que la mafia puede pagar mejores sueldos a choferes, aduaneros, policías, ferroviarios, empleados, que los que reciben del Estado o de las empresas particulares, y contar de este modo con un sistema de informaciones que contrarresta el de las autoridades, y con medios suficientes para defender en los tribunales y en la Administración con buenos abogados a sus colaboradores. Como dice Grillo en su reportaje, resulta bastante absurdo que en esa frontera Estados Unidos esté gastando fortunas vertiginosas para impedir el tráfico ilegal de drogas cuando en muchos Estados norteamericanos se ha legalizado o se va a legalizar pronto el uso de la marihuana y de la cocaína. Y, añadiría yo, donde la demanda de inmigrantes —ilegales o no— sigue siendo muy fuerte, tanto en los campos, sobre todo en épocas de siembra y de cosecha, como en las ciudades donde prácticamente ciertos servicios manuales funcionan gracias a los inmigrantes latinoamericanos. (Aquí en Chicago no he visto un restaurante, café o bar que no esté repleto de ellos).

Grillo recuerda los miles de millones de dólares que Estados Unidos ha gastado desde que Richard Nixon declaró la “guerra a las drogas”, y cómo, a pesar de ello, el consumo de estupefacientes ha ido creciendo paulatinamente, estimulando su producción y el tráfico, y generando en torno una corrupción y una violencia indescriptibles. Basta concentrarse en países como Colombia y México para advertir que la mafia vinculada al narcotráfico ha dado origen a trastornos políticos y sociales enormes, al ascenso canceroso de la criminalidad hasta convertirse en la razón de ser de una supuesta guerra revolucionaria que, por lo menos en teoría, parece estar llegando a su fin.

Con la inmigración ilegal pasa algo parecido. Tanto en Europa como en Estados Unidos ha surgido una paranoia en torno a este tema en el que —una vez más en la historia— sociedades en crisis buscan un chivo expiatorio para los problemas sociales y económicos que padecen y, por supuesto, los inmigrantes —gentes de otro color, otra lengua, otros dioses y otras costumbres— son los elegidos, es decir, quienes vienen a arrebatar los puestos a los nacionales, a cometer desmanes, robar, violar, a traer el terrorismo y atorar los servicios de salud, de educación y de pensiones. De este modo, el racismo, que parecía desaparecido (estaba sólo marginado y oculto), alcanza ahora una suerte de legitimidad incluso en los países como Suecia u Holanda, que hasta hace poco habían sido un modelo de tolerancia y coexistencia.

La verdad es que los inmigrantes aportan a los países que los hospedan mucho más que lo que reciben de ellos: todas las encuestas e investigaciones lo confirman. Y la inmensa mayoría de ellos están en contra del terrorismo, del que, por lo demás, son siempre las víctimas más numerosas. Y, finalmente, aunque sean gente humilde y desvalida, los inmigrantes no son tontos, no van a los países donde no los necesitan sino a aquellas sociedades donde, precisamente por el desarrollo y prosperidad que han alcanzado, los nativos ya no quieren practicar ciertos oficios, funciones y quehaceres imprescindibles para que una sociedad funcione y que están en marcha gracias a ellos. Las agencias internacionales y las fundaciones y centros de estudio nos lo recuerdan a cada momento: si los países más desarrollados quieren seguir teniendo sus altos niveles de vida, necesitan abrir sus fronteras a la inmigración. No de cualquier modo, por supuesto: integrándola, no marginándola en guetos que son nidos de frustración y de violencia, dándole las oportunidades que, por ejemplo, le daba Estados Unidos antes de la demagogia nacionalista y racista de Trump.

En resumidas cuentas, es muy simple: la única manera verdaderamente funcional de acabar con el problema de la inmigración ilegal y de los tráficos mafiosos es legalizando las drogas y abriendo las fronteras de par en par.

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© Mario Vargas Llosa, 2017.

PIEDRA DE TOQUE »

Macron

El nacionalismo y el populismo han acercado a Francia al abismo en los últimos años, pero hoy con la derrota del Frente Nacional puede comenzar la recuperación

Mario Vargas Llosa

07-05-2017

Este artículo aparecerá el mismo día 7 de mayo en que los franceses estarán votando en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Quiero creer, como dicen las encuestas, que Emmanuel Macron derrotará a Marine Le Pen y salvará a Francia de lo que hubiera sido una de las peores catástrofes de su historia. Porque la victoria del Frente Nacional no sólo significaría la subida al poder en un gran país europeo de un movimiento de origen inequívocamente fascista, sino la salida de Francia del euro, la muerte a corto plazo de la Unión Europea, el resurgimiento de los nacionalismos destructivos y, en última instancia, la supremacía en el viejo continente de la renacida Rusia imperial bajo el mando de Vladimir Putin, el nuevo zar.

Pese a lo que han pronosticado las encuestas, el triunfo de Emmanuel Macron, o, mejor dicho, de todo lo que él representa, es una especie de milagro en la Francia de nuestros días. Porque, no nos engañemos, la corriente universalista y libertaria, la de Voltaire, la de Tocqueville, la de parte de la Revolución Francesa, la de los Derechos del Hombre, la de Raymond Aron, estaba tremendamente debilitada por la resurrección de la otra, la tradicionalista y reaccionaria, la nacionalista y conservadora —de la que fue genuina representante el gobierno de Vichy y de la que es emblema y portaestandarte el Frente Nacional—, que abomina de la globalización, de los mercados mundiales, de la sociedad abierta y sin fronteras, de la gran revolución empresarial y tecnológica de nuestro tiempo, y que quisiera retroceder la cronología y volver a la poderosa e inmarcesible Francia de la grandeur, una ilusión a la que la contagiosa voluntad y la seductora retórica del general De Gaulle dieron fugaz vida.

Todo esto es lo que Emmanuel Macron quiere cambiar y lo ha dicho con una claridad casi suicida a lo largo de toda su campaña, sin haber cedido en momento alguno a hacer concesiones populistas, porque sabe muy bien que, si las hace, el día de mañana, en el poder, le será imposible llevar a cabo las reformas que saquen a Francia de su inercia histórica y la transformen en un país moderno, en una democracia operativa y, como ya lo es Alemania, en la otra locomotora de la Unión Europea.

Macron es consciente de que la construcción de una Europa unida, democrática y liberal, es no sólo indispensable para que los viejos países de Occidente, cuna de la libertad y de la cultura democrática, sigan jugando un papel primordial en el mundo de mañana, sino porque, sin ella, aquellos quedarían cada vez más marginados y empobrecidos, en un planeta en que Estados Unidos, China y Rusia, los nuevos gigantes, se disputarían la hegemonía mundial, retrocediendo a la Europa “des anciens parapets” de Rimbaud a una condición tercermundista. ¡Y Dios o el diablo nos libren de un planeta en el que todo el poder quedaría repartido en manos de Vladimir Putin, Xi Jinping y Donald Trump!

El europeísmo de Macron es una de sus mejores credenciales. La Unión Europea es el más ambicioso y admirable proyecto político de nuestra época y ha traído ya enormes beneficios para los 28 países que la integran. A Bruselas se le pueden hacer muchas críticas a fin de contribuir a las reformas y adaptaciones necesarias a las nuevas circunstancias, pero, aun así, gracias a esa unión los países miembros han disfrutado por primera vez en su historia de una coexistencia pacífica tan larga y todos ellos estarían peor, económicamente hablando, si no fuera por los beneficios que les ha traído la integración. Y no creo que pasen muchos años sin que lo descubra Reino Unido cuando las consecuencias del insensato Brexit se hagan sentir.

Ser un liberal, y proclamarlo, como ha hecho Macron en su campaña, es ser un genuino revolucionario en la Francia de nuestros días. Es devolver a la empresa privada su función de herramienta principal de la creación de empleo y motor del desarrollo, es reconocer al empresario, por encima de las caricaturas ideológicas que lo ridiculizan y envilecen, su condición de pionero de la modernidad, y facilitarle la tarea adelgazando el Estado y concentrándolo en lo que de veras le concierne —la administración de la justicia, la seguridad y el orden públicos—, permitiendo que la sociedad civil compita y actúe en la conquista del bienestar y la solución de los desafíos económicos y sociales. Esta tarea ya no está en manos de países aislados y encapsulados como quisieran los nacionalistas; en el mundo globalizado de nuestros días la apertura y la colaboración son indispensables, y eso lo entendieron los países europeos dando el paso feliz de la integración.

Francia es un país riquísimo, al que las malas políticas estatistas, de las que han sido responsables tanto la izquierda como la derecha, han mantenido empobrecido, cada vez más en el atraso, en tanto que Asia y América del Norte, más conscientes de las oportunidades que la globalización iba creando para los países que abrían sus fronteras y se insertaban en los mercados mundiales, lo iban dejando cada vez más rezagado. Con Macron se abre por primera vez en mucho tiempo la posibilidad de que Francia recobre el tiempo perdido e inicie las reformas audaces –y costosas, por supuesto– que adelgacen ese Estado adiposo que, como una hidra, frena y regula hasta la extenuación su vida productiva, y muestre a sus jóvenes más brillantes que no es la burocracia administrativa el mundo más propicio para ejercitar su talento y creatividad, sino el otro vastísimo al que cada día añaden nuevas oportunidades la fantástica revolución científica y tecnológica que estamos viviendo. A lo largo de muchos siglos Francia fue uno de los países que, gracias a la inteligencia y audacia de sus élites intelectuales y científicas, encabezó el avance del progreso no sólo en el mundo del pensamiento y de las artes, sino también en el de las ciencias y las técnicas, y por eso hizo avanzar la cultura de la libertad a pasos de gigante. Esa libertad fue fecunda no sólo en los campos de la filosofía, la literatura, las artes, sino también en el de la política, con la declaración de los Derechos del Hombre, frontera decisiva entre la civilización y la barbarie y uno de los legados más fecundos de la Revolución Francesa. Durmiéndose sobre sus laureles, viviendo en la nostalgia del viejo esplendor, el estatismo y la complacencia mercantilista, Francia se ha ido acercando todos estos años a un inquietante abismo al que el nacionalismo y el populismo han estado a punto de precipitarla. Con Macron, podría comenzar la recuperación, dejando sólo para la literatura la peligrosa costumbre de mirar con obstinación y nostalgia el irrecuperable pasado.

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© Mario Vargas Llosa, 2017.

 

Leer un buen periódico

Por: Mario Vargas Llosa

16-04-17

Leer un buen periódico”, dice un verso de Vallejo, y yo creo que se podría añadir “es la mejor manera de comenzar el día”. Recuerdo que lo hacía cuando andaba todavía de pantalón corto, a mis 12 o 13 años, comprando La Crónica para leer los deportes mientras esperaba el ómnibus que me llevaba al colegio de La Salle a las siete y media de la mañana. Nunca he podido desprenderme de esa costumbre y, luego de la ducha matutina, sigo leyendo dos o tres diarios antes de encerrarme en el escritorio a trabajar. Y, desde luego, los leo de tinta y de papel, porque las versiones digitales me parecen todavía más incompletas y artificiales, menos creíbles, que las otras.Leer varios periódicos es la única manera de saber lo poco serias que suelen ser las informaciones, condicionadas como están por la ideología, las fobias y prejuicios de los propietarios de los medios y de los periodistas y corresponsales. Todo el mundo reconoce la importancia central que tiene la prensa en una sociedad democrática, pero probablemente muy poca gente advierte que la objetividad informativa sólo existe en contadas ocasiones y que, la mayor parte de las veces, la información está lastrada de subjetivismo pues las convicciones políticas, religiosas, culturales, étnicas, etcétera, de los informadores suelen deformar sutilmente los hechos que describen hasta sumir al lector en una gran confusión, al extremo de que a veces parecería que noticiarios y periódicos han pasado a ser, también, como las novelas y los cuentos, expresiones de la ficción.

  ¿A qué viene todo esto? A que estuve cinco días en Salzburgo, adonde ya no llega la prensa en español, tratando de averiguar qué había pasado exactamente en la Siria de Bachar el Asad con el uso de las armas químicas contra inofensivos ciudadanos, consultando periódicos en inglés, italiano y francés, sin llegar a hacerme una idea clara al respecto, salvo lo que ya sabía: que aquello fue un horror más entre los crímenes injustificables y monstruosos que se cometen a diario en ese desdichado país.

Quise averiguar qué había pasado en Siria con el uso de armas químicas contra inofensivos ciudadanos

¿Qué es lo que realmente pasó? Según las primeras noticias, el Gobierno de El Asad lanzó misiles con gases sarín sobre una población inerme, entre la que había muchos niños, violentando una vez más el acuerdo que había firmado ya con la Administración de Obama hace tres años, comprometiéndose a no usar armas químicas en la guerra que lo opone a una oposición dividida entre reformistas y demócratas, de un lado, y, del otro, terroristas islámicos. Esta noticia fue inmediatamente desmentida no sólo por el Gobierno sirio, sino también por la Rusia de Putin, aliada de aquel, según los cuales el bombardeo de las fuerzas gubernamentales hizo estallar un depósito de armas químicas que pertenecía a la oposición yihadista, la que sería, pues, responsable indirecta de la matanza. ¿Cuántas fueron las víctimas? Las cifras varían, según las fuentes, entre algunas decenas y centenares o millares, una buena parte de las cuales son niños a los que la televisión ha mostrado con los miembros carbonizados y agonizando en medio de espantosos suplicios.

Este atroz espectáculo, por lo visto, conmovió al presidente Trump y lo llevó a cambiar espectacularmente su posición de que Estados Unidos no debía intervenir en una guerra que no le incumbía, a participar activamente en ella bombardeando una base aérea siria. Y, al mismo tiempo, a criticar severamente a Rusia, por no moderar los excesos genocidas contra su propio pueblo, de Bachar el Asad, y al expresidente Obama por haberse dejado engañar por el tiranuelo sirio firmando un tratado que éste nunca pensó cumplir. En su campaña y en sus primeras semanas en la Casa Blanca, Donald Trump había mostrado una sorprendente simpatía hacia Putin y su autocrático gobierno con el que parece ahora haber mudado a una abierta hostilidad. Es probablemente la primera vez en toda su historia que la primera potencia mundial carece de una orientación política internacional más o menos definida y procede, en ese ámbito, con la impericia y los zigzags de una satrapía tercermundista.

¿Condenó el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a Bachar el Asad por usar armas químicas contra su propio pueblo? Naturalmente que no, porque la Rusia de Putin vetó una resolución que contaba con el voto favorable de la mayoría inequívoca de países. Desde entonces, el Gobierno de Moscú pide y exige estentóreamente que la ONU nombre una comisión que estudie minuciosa y responsablemente lo que ocurrió con aquellas armas químicas. Por su parte, el nuevo secretario de Estado norteamericano, Mr. Tillerson, después de su glacial viaje a Rusia, ha hecho saber que según fuentes militares de Estados Unidos Bachar el Asad ha “utilizado más de 50 veces armas químicas contra los rebeldes que quieren deponerlo”.

El atroz espectáculo conmovió a Trump y lo llevó a cambiar la posición de Estados Unidos

Aunque es uno de los conflictos más sangrientos en el mundo actual, el de Siria está lejos de ser el único. Hay la pausada y sistemática carnicería de Afganistán, los periódicos atentados que destripan decenas y centenas de pakistaníes, la desintegración de Libia, los secuestros y degollinas que puntúan el avance imparable del terrorismo islámico en África, la porfía subsahariana en escapar al hambre y la violencia que empuja a millares a lanzarse al mar tratando de alcanzar las playas de Europa, la nomenclatura militar de narcos y contrabandistas que sostiene el régimen de Maduro en Venezuela y el deprimente espectáculo de la putrefacción que Odebrecht difundió por Brasil y todo América Latina. Y la lista podría seguir, por muchas horas.

Nunca hemos tenido tantos medios de información a nuestro alcance, pero, paradójicamente, dudo que hayamos estado antes tan aturdidos y desorientados como lo estamos ahora sobre lo que debería hacerse, en nombre de la justicia, de la libertad, de los derechos humanos, en buena parte de las crisis y conflictos que aquejan a la humanidad. Cuando la rebelión siria estalló contra el régimen corrupto y dictatorial de Bachar el Asad, todo parecía muy claro: los rebeldes representaban la opción democrática y había que apoyarlos sin equívocos. Al igual que muchos, yo lamenté que Estados Unidos no lo hiciera así y, asustado con la idea de enredarse en una nueva situación como la de Irak, se abstuviera. Pero, luego las cosas han cambiado. El hecho de que las peores organizaciones terroristas, como Al Qaeda y el Estado Islámico, que seguramente instalarían en Siria un régimen todavía peor que el de El Asad, hayan tomado partido a favor de la rebelión ¿no deslegitima a ésta? Tomar partido a favor de cualquiera de las dos opciones significa condenar al pueblo sirio a un futuro macabro.

“Leer un buen periódico” ya no es, como cuando César Vallejo escribió ese verso, sentirse seguro, en un mundo estable y conocible, sino emprender una excursión en la que, a cada paso, se puede caer en “una jaula de todos los demonios”, como escribió otro poeta.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2017.

© Mario Vargas Llosa, 2017.

Por: Mario Vargas Llosa

02-04-17

Llegaron las aguas

Mi venida al Perú ha coincidido con una de las peores catástrofes naturales que haya sufrido en toda su historia. Desde hace tiempo, en el verano, el fenómeno del Niño acrecienta las lluvias y hay a veces inundaciones y huaycos (aludes y riadas) que provocan daños materiales y humanos, sobre todo a lo largo del litoral norte del país. Pero este año, el calentamiento de las aguas del Pacífico y su consiguiente evaporación al chocar contra la Cordillera de los Andes han causado verdaderos diluvios que desde hace dos semanas destrozan caminos, casas, desaparecen aldeas, inundan ciudades y provocan tragedias por doquier.

Las frías estadísticas -cerca de un centenar de muertos, más de cien mil damnificados, puentes y carreteras destruidos, daños que bajarán por lo menos un punto el producto interior bruto de este año- no dan cuenta del sufrimiento de millares de familias, que, sobre todo en Piura, Lambayeque, Ancash, Apurímac y La Libertad, pero con repercusiones en todo el territorio nacional, han visto desmoronarse sus vidas en tragedias sin cuento, perdiendo seres queridos, medios de sustento y descubriendo que su futuro era devorado de la noche a la mañana por la incertidumbre y la ruina.

Las últimas imágenes que he visto de Piura en la televisión cuando me sentaba a escribir este artículo me han dejado horrorizado, las aguas del río han ocupado todo el centro de la ciudad y en la Plaza de Armas, junto a la catedral, y en la avenida Grau la gente avanzaba con el agua hasta la cintura y, en trechos, hasta los hombros, en un inmenso lago fangoso en el que flotaban animales, enseres domésticos, ropas, muebles, arrebatados por las trombas de agua del interior de las casas y edificios anegados. El colegio San Miguel, donde terminé mis estudios secundarios, antigua y noble casona republicana que era ya una ruina con ratas y que iba a ser convertida en un centro cultural -promesa que la incuria de las autoridades incumplió- pasó ya del todo, por lo visto, a mejor vida. Produce vértigo imaginar a las criaturas y a los ancianos arrastrados por los aniegos y torrenteras armadas de barro, piedras y árboles decapitados.

Cuando yo fui a vivir a Piura por primera vez, en 1946, la ciudad y sus contornos, rodeados de arenales desiertos, se morían de sed. El río Piura era de avenida y las aguas sólo llegaban en el verano, cuando se deshelaba la cordillera y, convertida en cascadas y arroyos, bajaba a traer la vida a las calcinadas tierras de la costa. La llegada de las aguas a Piura era una fiesta con fuegos artificiales, bandas de música, valses y tonderos, y hasta el obispo metía sus pies en el agua para bendecir a las aguas bienhechoras. Los chiquillos más valientes se arrojaban al flamante río Piura desde lo más alto del Puente Viejo. Sesenta y cinco años después, las mismas aguan que traían ilusiones y prosperidad, acarrean la muerte y la devastación a una de las regiones peruanas que se había modernizado y crecido más en los últimos tiempos.

Curiosamente esta tragedia parece haber tocado una fibra íntima en la sociedad en general pues el pueblo entero del Perú da la impresión de haberse volcado en un movimiento de solidaridad y compasión hacia las víctimas. Una movilización extraordinaria ha tenido lugar, de gente de toda condición, que, deponiendo prejuicios, rivalidades políticas o religiosas, presta la ayuda que puede, llevando frazadas y colchones, haciendo colectas, armando tiendas de campaña en las zonas de emergencia, o poniendo en marcha las cocinas populares. Hay que decir que, a la vanguardia de este movimiento, está el Gobierno entero, empezando por el presidente de la República y sus ministros, a quienes se ha visto repartidos por todos los lugares más afectados, dirigiendo las operaciones de salvamento junto a las brigadas de militares y de voluntarios civiles. Y yo mismo he visto a mis dos nietas más pequeñas, Isabella y Anaís, preparando dulces y golosinas con sus compañeros de clase para venderlas y recabar fondos de ayuda a los damnificados. No recuerdo un sobresalto tan generoso y tan unánime de la sociedad peruana ante una tragedia nacional (y eso que, aunque con largos intervalos, nunca dejan de ocurrir).

Tal vez este hecho excepcional sea una respuesta inconsciente a la tremenda injusticia que significa la catástrofe del Niño Costero (así se le ha bautizado). Aunque todavía hay muchas cosas que andan mal en el país, la verdad es que, haciendo las sumas y las restas, desde que en el año 2000 cayó la última dictadura que padecimos, el Perú andaba bastante bien. La democracia funcionaba y, me parece, había un enorme consenso nacional a favor de mantener este sistema, perfeccionándolo y depurándolo, como el más adecuado -el único, en verdad- para progresar de veras, tanto en el campo económico, como en el social y cultural, creando cada vez mayores oportunidades para todos, desarrollando las clases medias, estimulando la inversión y respetando los derechos humanos, la libertad de expresión y la legalidad. Desde aquel año fronterizo hemos tenido cuatro gobiernos nacidos de elecciones libres, y, aunque la corrupción haya envilecido la gestión de por lo menos dos de ellos, lo cierto es que el país ha progresado en estos 17 años más que en el medio siglo anterior. Nadie duda que la corrupción es un tóxico que amenaza la vida democrática. Pero la libertad es el instrumento primordial para combatirla de manera eficaz y erradicarla. Una prensa libre que la denuncie, una justicia independiente y gallarda que no tema enjuiciar y sancionar a los poderosos que delinquen. Una opinión pública que no tolere las picardías y las coimas. Todo eso ha estado ocurriendo en este Perú sobre el cual, de pronto, se desencadenaron los elementos para golpearlo con ferocidad. Tal vez los peruanos que han reaccionado de manera tan rápida, apoyando con tanto empeño a las víctimas, estén diciéndole de este modo a la naturaleza ciega y cruel que no se dejarán abatir por lo ocurrido, que lucharán para reconstruir aquello que ha sido derribado y, aprovechando la lección, tomar precauciones para que los huaycos del futuro sean menos depredadores.

Escribo este artículo en Arequipa, mi ciudad natal, donde he venido a hacer una nueva entrega de libros a la biblioteca que lleva mi nombre. Mientras lo escribía he tenido todo el tiempo en la memoria, junto con las imágenes de los piuranos con el agua hasta el cuello, entre los tamarindos de la Plaza de Armas, a un personaje literario que siempre he admirado: Jean Valjean, el héroe de Los miserables. Las injusticias más monstruosas le cayeron encima; fue a la cárcel muchos años por haber robado un pan; Javert, un policía tenaz y despiadado, lo persiguió toda su vida, sin permitirle un solo día de paz. Pero él nunca se dejó abatir, ni vencer por la rabia, o por la desmoralización. Cada vez se levantó, enfrentándose a la adversidad con su limpia conciencia y su voluntad de supervivencia intacta, hasta aquel instante supremo de la muerte, con los candelabros en las manos de Monseñor Bienvenue, que se los había entregado diciéndole: “Te he ganado para el bien”. Hay momentos privilegiados en que los países pueden ser tan admirables como los grandes personajes literarios.

Arequipa, marzo de 2017

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2017.

© Mario Vargas Llosa, 2017.

 

Por: Mario Vargas Llosa

19-03-17

Las distracciones del señor Smith

Antes que por su sabiduría, fue famoso por sus distracciones. Un día, el cochero de la diligencia de Edimburgo a Kirkcaldy divisó en pleno descampado, a varias millas de este pueblo, una figura solitaria. Frenó los caballos y preguntó al caballero si necesitaba ayuda. Sólo entonces, éste, mirando sorprendido el rededor, advirtió dónde estaba. Hundido en sus reflexiones, llevaba varias horas andando (mejor dicho, pensando). Y un domingo se lo vio aparecer, embutido todavía en su bata de levantarse, en Dunfermline, a quince millas de Kirkcaldy, mirando el vacío y hablando solo. Años más tarde, los vecinos de Edimburgo se habituarían a las vueltas y revueltas que daba por el barrio antiguo, a horas inesperadas, la mirada perdida y moviendo los labios en silencio, aquel anciano solitario a quien todo el mundo llamaba sabio.

Lo era, y esa es una de las pocas cosas que conocemos de su infancia y juventud. Había nacido en Kirkcaldy un día de 1723. Es una leyenda falsa que lo secuestró una partida de gitanos. Fue a la escuela local y debió de ser un aprovechado estudiante de griego y latín porque la Universidad de Glasgow lo exoneró del primer año, dedicado a las lenguas clásicas, cuando entró en ella a los 14 años. Tres años más tarde obtuvo una beca para Oxford y de los seis años que pasó en Balliol College sólo sabemos que fue reprendido por leer a escondidas el Tratado de la naturaleza humana de David Hume -más tarde su íntimo amigo-, detestado por su ateísmo por la entonces reaccionaria jerarquía académica. Al salir de Oxford, pronunció unas célebres conferencias en Edimburgo, que sólo conocemos por los apuntes de dos estudiantes que asistieron a ellas. Desde entonces se lo consideraría una de las más destacadas figuras de la llamada Ilustración Escocesa.

Fue profesor en la Universidad de Glasgow, primero de Lógica y, luego, de Filosofía Moral y sus clases tuvieron tanto éxito que vinieron a escucharlas estudiantes de muchos lugares del Reino Unido y Europa, entre ellos James Boswell, quien ha dejado un vívido testimonio de su elegancia expositora. Mucho se hubiera sorprendido el señor Smith de que en el futuro lo llamaran el padre de la Economía. Él se consideró siempre un filósofo moral, apasionado por todas las ciencias y las letras, y, como todos los intelectuales escoceses de su generación, intrigado por los sistemas que mantenían el orden natural y social y convencido de que sólo la razón -no la religión- podía llegar a entenderlos y explicarlos.

Su primer libro, que sólo se publicaría póstumamente, fue una Historia de la Astronomía. Y, otro, un estudio sobre el origen de las lenguas. Vivió fascinado por averiguar qué era lo que mantenía unida y estable a la sociedad, siendo los seres humanos tan egoístas, díscolos e insolidarios, por saber si la historia seguía una evolución coherente y qué explicaba el progreso y la civilización de algunos pueblos y el estancamiento y el salvajismo de los otros.

Su primer libro publicado, La teoría de los sentimientos morales (1759) explica aquella argamasa que mantiene unida a una sociedad pese a lo diversa que es y a las fuerzas disolventes que anidan en ella. Adam Smith llama simpatía a ese movimiento natural hacia el prójimo que, apoyado por la imaginación, nos acerca a él y prevalece sobre los instintos y pasiones negativos que nos distanciarían de los otros. Esta visión de las relaciones humanas es positiva, afirma que “los sentimientos morales” terminan siempre por prevalecer sobre las crueldades y horrores que en toda sociedad se cometen. Libro curioso, versátil, que a ratos parece un manual de buenas maneras, explica sin embargo con sutileza cómo se forjan las relaciones humanas y permiten que la sociedad funcione sin disgregarse ni estallar.

Sólo una vez salió Adam Smith del Reino Unido, pero el viaje duró tres años -de 1764 a 1767- y, como tutor del joven duque de Buccleuch, lo llevó a Francia y Suiza, donde conoció a Voltaire, a quien había citado con elogio en La teoría de los sentimientos morales. En París, discutió con François Quesnay y los fisiócratas, a los que criticaría con severidad en su próximo libro, pese a la buena impresión personal que le causó aquél, con quien intercambiaría cartas más tarde. A su regreso a Escocia, se encerró prácticamente en Kirkcaldy, con su madre, a la que adoraba, y buena parte de los próximos años los pasó en su estupenda biblioteca, escribiendo Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones (1776). La primera edición tardó seis meses en agotarse y con ella ganó 300 libras esterlinas. Hubo cinco ediciones más en vida del autor -la tercera con muy importantes correcciones y añadidos- y éste alcanzó a ver las traducciones de su libro al francés, alemán, danés, italiano y español. Los elogios fueron desde el principio casi unánimes y David Hume, convencido de que ese “intrincado” libro tardaría pero conquistaría una gran masa de lectores, lo comparó, en importancia, a Decline and Fall of the Roman Empire, de Edward Gibbon.

Adam Smith nunca sospechó la importancia capital que tendría su libro en los años futuros en el mundo entero, incluso en países donde pocas gentes lo leyeron. Murió apenado por no haber escrito aquel tratado de jurisprudencia que, pensaba, completaría su averiguación de los sistemas que explican el progreso humano. En verdad, él fue el primero en explicar a los seres humanos por qué y cómo opera el sistema que nos sacó de las cavernas y nos fue haciendo progresar en todos los campos -salvo, ay, el de la moral- hasta conquistar el fondo de la materia y llegar a las estrellas. Un sistema simple y a la vez complejísimo, fundado en la libertad, que transforma el egoísmo en una virtud social y que él resumió en una frase: “No obtenemos los alimentos de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, sino de su preocupación por su propio interés. No nos dirigimos a sus sentimientos humanitarios, sino a su egoísmo, y nunca hablamos de nuestras necesidades, sino de sus propias ventajas”.

El libro revolucionó la economía, la historia, la filosofía, la sociología. Estableció que gracias a la propiedad privada y a la división del trabajo se desarrollaron unas fuerzas productivas formidables y que la competencia, en un mercado libre, sin demasiadas trabas, era el mecanismo que mejor distribuía la riqueza, premiaba o penalizaba a los buenos y malos productores, y que no eran éstos, sino los consumidores, los verdaderos reguladores del progreso. Y que la libertad, no sólo en los ámbitos políticos, sociales y culturales, sino también en el económico, era la principal garantía de la prosperidad y la civilización. Mucho pueden haber cambiado el capitalismo, la sociedad y las leyes, desde que Adam Smith escribió ese interminable volumen de 900 páginas en el siglo XVIII. Pero, en lo esencial, ningún otro ha explicado todavía mejor por qué ciertos países progresan y otros retroceden y cuál es la auténtica frontera entre la civilización y la barbarie.

Era feo, torpe de movimientos y el lexicógrafo Samuel Johnson (a quien, en una discusión, Adam Smith mentó la madre) afirmaba que tenía una cara de “perro triste”. Pero fue siempre un hombre modesto, de costumbres austeras y sin vanidades, ávido de saber. Nunca se le conoció una novia y probablemente murió virgen, en 1790.

Madrid, marzo de 2017.

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© Mario Vargas Llosa, 2017.

 

El nuevo enemigo

05-Mar-2017

Mario Vargas Llosa

El comunismo ya no es el enemigo principal de la democracia liberal -de la libertad- sino el populismo. Aquel dejó de serlo cuando desapareció la URSS, por su incapacidad para resolver los problemas económicos y sociales más elementales, y cuando (por los mismos motivos) China Popular se transformó en un régimen capitalista autoritario. Los países comunistas que sobreviven -Cuba, Corea del Norte, Venezuela- se hallan en un estado tan calamitoso que difícilmente podrían ser un modelo, como pareció serlo la URSS en su momento, para sacar de la pobreza y el subdesarrollo a una sociedad. El comunismo es ahora una ideología residual y sus seguidores, grupos y grupúsculos, están en los márgenes de la vida política de las naciones.

Pero, a diferencia de lo que muchos creíamos, que la desaparición del comunismo reforzaría la democracia liberal y la extendería por el mundo, ha surgido la amenaza populista. No se trata de una ideología sino de una epidemia viral -en el sentido más tóxico de la palabra- que ataca por igual a países desarrollados y atrasados, adoptando para cada caso máscaras diversas, de izquierdismo en el tercer mundo y de derechismo en el primero. Ni siquiera los países de más arraigadas tradiciones democráticas, como Gran Bretaña, Francia, Holanda y Estados Unidos están vacunados contra esta enfermedad: lo prueban el triunfo del Brexit, la presidencia de Donald Trump, que el partido del Geert Wilders (el PVV o Partido por la Libertad) encabece todas las encuestas para las próximas elecciones holandesas y el Front National de Marine Le Pen las francesas.

¿Qué es el populismo? Ante todo, la política irresponsable y demagógica de unos gobernantes que no vacilan en sacrificar el futuro de una sociedad por un presente efímero. Por ejemplo, estatizando empresas y congelando los precios y aumentando los salarios, como hizo en el Perú el presidente Alan García durante su primer gobierno, lo que produjo una bonanza momentánea que disparó su popularidad. Después, sobrevendría una hiperinflación que estuvo a punto de destruir la estructura productiva de un país al que aquellas políticas empobrecieron de manera brutal. (Aprendida la lección a costa del pueblo peruano, Alan García hizo una política bastante sensata en su segundo gobierno).

Ingrediente central del populismo es el nacionalismo, la fuente, después de la religión, de las guerras más mortíferas que haya padecido la humanidad. Trump promete a sus electores que “América será grande de nuevo” y que “volverá a ganar guerras”; Estados Unidos ya no se dejará explotar por China, Europa, ni por los demás países del mundo, pues, ahora, sus intereses prevalecerán sobre los de todas las demás naciones. Los partidarios del Brexit -yo estaba en Londres y oí, estupefacto, la sarta de mentiras chauvinistas y xenófobas que propalaron gentes como Boris Johnson y Nigel Farage, el líder de UKIP en la televisión durante la campaña- ganaron el referéndum proclamando que, saliendo de la Unión Europea, el Reino Unido recuperaría su soberanía y su libertad, ahora sometidas a los burócratas de Bruselas.

Inseparable del nacionalismo es el racismo, y se manifiesta sobre todo buscando chivos expiatorios a los que se hace culpables de todo lo que anda mal en el país. Los inmigrantes de color y los musulmanes son por ahora las víctimas propiciatorias del populismo en Occidente. Por ejemplo, esos mexicanos a los que el presidente Trump ha acusado de ser violadores, ladrones y narcotraficantes, y los árabes y africanos a los que Geert Wilders en Holanda, Marine Le Pen en Francia, y no se diga Viktor Orbán en Hungría y Beata Szydlo en Polonia, acusan de quitar el trabajo a los nativos, de abusar de la seguridad social, de degradar la educación pública, etcétera.

En América Latina, gobiernos como los de Rafael Correa en el Ecuador, el comandante Daniel Ortega en Nicaragua y Evo Morales en Bolivia, se jactan de ser antiimperialistas y socialistas, pero, en verdad, son la encarnación misma del populismo. Los tres se cuidan mucho de aplicar las recetas comunistas de nacionalizaciones masivas, colectivismo y estatismo económicos, pues, con mejor olfato que el iletrado Nicolás Maduro, saben el desastre a que conducen esas políticas. Apoyan de viva voz a Cuba y Venezuela, pero no las imitan. Practican, más bien, el mercantilismo de Putin (es decir, el capitalismo corrupto de los compinches), estableciendo alianzas mafiosas con empresarios serviles, a los que favorecen con privilegios y monopolios, siempre y cuando sean sumisos al poder y paguen las comisiones adecuadas. Todos ellos consideran, como el ultra conservador Trump, que la prensa libre es el peor enemigo del progreso y han establecido sistemas de control, directo o indirecto, para sojuzgarla. En esto, Rafael Correa fue más lejos que nadie: aprobó la ley de prensa más antidemocrática de la historia de América Latina. Trump no lo ha hecho todavía, porque la libertad de prensa es un derecho profundamente arraigado en los Estados Unidos y provocaría una reacción negativa enorme de las instituciones y del público. Pero no se puede descartar que, a la corta o a la larga, tome medidas que -como en la Nicaragua sandinista o la Bolivia de Evo Morales- restrinjan y desnaturalicen la libertad de expresión.

El populismo tiene una muy antigua tradición, aunque nunca alcanzó la magnitud actual. Una de las dificultades mayores para combatirlo, es que apela a los instintos más acendrados en los seres humanos, el espíritu tribal, la desconfianza y el miedo al otro, al que es de raza, lengua o religión distintas, la xenofobia, el patrioterismo, la ignorancia. Eso se advierte de manera dramática en los Estados Unidos de hoy. Jamás la división política en el país ha sido tan grande, y nunca ha estado tan clara la línea divisoria: de un lado, toda la América culta, cosmopolita, educada, moderna; del otro, la más primitiva, aislada, provinciana, que ve con desconfianza o miedo pánico la apertura de fronteras, la revolución de las comunicaciones, la globalización. El populismo frenético de Trump la ha convencido que es posible detener el tiempo, retroceder a ese mundo supuestamente feliz y previsible, sin riesgos para los blancos y cristianos, que fue el Estados Unidos de los años cincuenta y sesenta. El despertar de esa ilusión será traumático y, por desgracia, no sólo para el país de Washington y Lincoln, sino también para el resto del mundo.

¿Se puede combatir al populismo? Desde luego que sí. Están dando un ejemplo de ello los brasileños con su formidable movilización contra la corrupción, los estadounidenses que resisten las políticas demenciales de Trump, los ecuatorianos que acaban de infligir una derrota a los planes de Correa imponiendo una segunda vuelta electoral que podría llevar al poder a Guillermo Lasso, un genuino demócrata, y los bolivianos que derrotaron a Evo Morales en el referéndum con el que pretendía hacerse reelegir por los siglos de los siglos. Y lo están dando los venezolanos que, pese al salvajismo de la represión desatada contra ellos por la dictadura narcopopulista de Nicolás Maduro, siguen combatiendo por la libertad. Sin embargo, la derrota definitiva del populismo, como fue la del comunismo, la dará la realidad, el fracaso traumático de unas políticas irresponsables que agravarán todos los problemas sociales y económicos de los países incautos que se rindieron a su hechizo.

Madrid, marzo de 2017

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2017.

© Mario Vargas Llosa, 2017.

 

FEB-19-2017

Las delaciones premiadas

Por: Mario Vargas Llosa

Algún día habrá que levantar un monumento en homenaje a la compañía brasileña Odebrecht, porque ningún gobierno, empresa o partido político ha hecho tanto como ella en América Latina para revelar la corrupción que corroe a sus países ni, por supuesto, obrado con tanto empeño para fomentarla.

La historia tiene todos los ingredientes de un gran thriller. El veterano empresario Marcelo Odebrecht, patrón de la compañía, condenado a diecinueve años y cuatro meses de prisión, junto con sus principales ejecutivos, luego de pasarse un tiempito entre rejas anunció a la policía que estaba dispuesto a contar todas las pillerías que había cometido a fin de que le rebajaran la pena. (En Brasil llaman a esto “las delaciones premiadas”). Comenzó a hablar y de su boca -y las de sus ejecutivos- salieron víboras y ponzoñas que han hecho temblar a todo el continente, empezando por sus presidentes actuales y pasados. El señor Marcelo Odebrecht me recuerda al tenebroso Gilles de Rais, el valiente compañero de Juana de Arco, que, llamado por la Inquisición de Bretaña para preguntarle si era cierto que había participado en un acto de satanismo con un cómico italiano, dijo que sí, y que, además, había violado y acuchillado a más de trescientos niños porque sólo perpetrando esos horrores sentía placer.

La compañía Odebrecht ha gastado cerca de 800 millones de dólares en coimas (sobornos) a jefes de Estado, ministros y funcionarios para obtener licitaciones y contratos, que, casi siempre escandalosamente sobrevaluados, le permitían obtener ganancias sustanciosas. Esto venía ocurriendo hace muchos años y, acaso, nunca hubiera sido castigado si entre sus cómplices no estuviera buena parte de la directiva de Petrobras, la petrolera brasileña que, investigada por un juez fuera de lo común, Sergio Moro -es un milagro que esté todavía vivo-, destapó la caja de los truenos.

Hasta el momento hay tres mandatarios latinoamericanos implicados en los sucios enjuagues de Odebrecht: de Perú, Colombia y Panamá. Y la lista sólo acaba de comenzar. El que está en la situación más difícil es el expresidente peruano Alejandro Toledo, a quien Odebrecht habría pagado 20 millones de dólares para asegurarse los contratos de dos tramos de la Carretera Interoceánica que une, a través de la selva amazónica, al Perú con el Brasil. Un juez ha decretado contra Toledo, que se halla fuera del Perú en condición de prófugo, prisión preventiva de dieciocho meses mientras se investiga su caso; las autoridades peruanas han dado aviso a la Interpol; el presidente Kuczynski ha llamado al presidente Trump pidiendo que lo devuelva al Perú (Toledo tiene un trabajo en la Universidad de Stanford) y el Gobierno israelí ha hecho saber que no lo admitirá en su territorio mientras no se aclare su situación legal. Hasta ahora, él se niega a regresar, alegando que es víctima de una persecución política, algo que ni sus más ardientes partidarios -le quedan ya pocos- pueden creer.

Me apena mucho el caso de Toledo porque, como ha recordado Gustavo Gorriti en uno de sus excelentes artículos, él encabezó con gran carisma y valentía hace diecisiete años la formidable movilización popular en el Perú contra la dictadura asesina y cleptómana de Fujimori y fue un elemento fundamental en su desplome. No sólo yo, toda mi familia se volcó a apoyarlo con denuedo. Mi hijo Gonzalo se gastó los ahorros que tenía en la gran Marcha de los Cuatro Suyos, en la que miles, acaso millones, de peruanos se manifestaron en todo el país a favor de la libertad. Mi hijo Álvaro dejó todos sus trabajos para apoyar a tiempo completo la movilización por la democracia y, a la caída de Fujimori, su campaña presidencial hasta la primera vuelta, y fue uno de sus colaboradores más cercanos. Luego, algo extraño ocurrió: rompió con él, de manera precipitada y ruidosa. Alegó que había oído, en una reunión de Toledo con amigos empresarios, algo que lo alarmó sobremanera: Josef Maiman, el expotentado israelí dijo que quería comprar una refinería que era del Estado y un canal de televisión. (Maiman, según las denuncias de Odebrecht, ha sido el testaferro del expresidente y sirvió de intermediario haciendo llegar a Toledo por lo menos 11 de los 20 millones recibidos bajo mano para favorecer a aquella empresa). Cuando ocurrió aquello, pensé que la susceptibilidad de Álvaro era exagerada e injusta y hasta tuvimos un distanciamiento. Ahora, me excuso con él y alabo sus sospechas y olfato justiciero.

Espero que Toledo regrese al Perú motu propio, o lo regresen, y sea juzgado imparcialmente, algo que, a diferencia de lo que ocurría durante la dictadura fujimorista, es perfectamente posible en nuestros días. Y si es encontrado culpable, que pague sus robos y la enorme traición que habría perpetrado con los millones de peruanos que votamos por él y lo seguimos en su campaña a favor de la democratización del Perú contra los usurpadores y golpistas. Lo traté mucho en esos días y me parecía un hombre sincero y honesto, un peruano de origen muy humilde que por su esfuerzo tenaz había -según le gustaba decir- “derrotado a las estadísticas”, y estaba seguro de que haría un buen gobierno. Lo cierto es que -pillerías aparte, si las hubo- lo hizo bastante bien, pues en esos cinco años se respetaron las libertades públicas, empezando por la libertad para una prensa que se encarnizó con él, y por la buena política económica, de apertura e incentivos a la inversión, que hizo crecer al país. Todo eso ha sido olvidado desde que se descubrió que había adquirido costosos inmuebles y dio unas explicaciones -alegando que todo aquello había sido adquirido por su suegra ¡con dinero del celebérrimo Josef Maiman!- que en vez de exonerarlo nos parecieron a muchos comprometerlo todavía más.

Las “delaciones premiadas” de Odebrecht abren una oportunidad soberbia a los países latinoamericanos para hacer un gran escarmiento contra los mandatarios y ministros corruptos de las frágiles democracias que han reemplazado en la mayor parte de nuestros países (con las excepciones de Cuba y Venezuela) a las antiguas dictaduras. Nada desmoraliza tanto a una sociedad como advertir que los gobernantes que llegaron al poder con los votos de las personas comunes y corrientes aprovecharon ese mandato para enriquecerse, pisoteando las leyes y envileciendo la democracia. La corrupción es, hoy en día, la amenaza mayor para el sistema de libertades que va abriéndose paso en América Latina luego de los grandes fracasos de las dictaduras militares y de los sueños mesiánicos de los revolucionarios. Es una tragedia que, cuando la mayoría de los latinoamericanos parecen haberse convencido de que la democracia liberal es el único sistema que garantiza un desarrollo civilizado, en la convivencia y la legalidad, conspire contra esta tendencia positiva la rapiña frenética de los gobernantes corruptos. Aprovechemos las “delaciones premiadas” de Odebrecht para sancionarlos y demostrar que la democracia es el único sistema capaz de regenerarse a sí mismo.

Madrid, febrero de 2017

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2017.

© Mario Vargas Llosa, 2017.

 

FEB-05-2017

El País de los callados

Por: Mario Vargas Llosa.

Debo haber leído decenas de artículos sobre ETA, y muchos ensayos, pero sólo Patria (Tusquets Editores), la novela de Fernando Aramburu, me ha hecho vivir, desde adentro, no como testigo distante sino como un victimario y una víctima más, los años de sangre y horror que ha sufrido España con el terrorismo etarra. La novela nos seduce, nos soborna con su magia verbal y sus astutas alteraciones de la cronología y los puntos de vista, hasta convencernos de que aquella historia no está escrita, que es la vida pura y simple, y que estamos sumidos en ella viviéndola a la par que sus personajes. Hace tiempo que no leía un libro tan persuasivo y conmovedor, tan inteligentemente concebido, una ficción que es a la vez un testimonio tan elocuente sobre una realidad histórica como lo fueron, en su momento, la novela de Joseph Conrad, The Secret Agent, sobre los anarquistas londinenses del XIX, o La Condition humaine, de André Malraux, sobre la revolución china.

La acción transcurre en un pueblecito innominado, cercano a San Sebastián, donde dos familias, hasta entonces muy unidas, se van enemistando, trastrocando la amistad en odio, por culpa de la política. Mejor dicho, de la violencia disfrazada de política. Al principio, se diría que todos los vecinos hacen causa común con la subversión; eso indicarían las pintas, las pancartas, las manifestaciones ante el ayuntamiento pidiendo la liberación de los presos, los cupos revolucionarios que pagan los pudientes a Patxo, el patrón de la taberna, discreto responsable político de ETA, los insultos y el asco que inspiran los despreciables “españolistas”. Pero, a medida que nos vamos acercando a la intimidad de las familias, y las escuchamos hablar en voz baja, sin testigos, comprendemos que la gran mayoría de los vecinos disfraza sus sentimientos porque tiene miedo, un pánico que los acompaña como su sombra. No es gratuito, porque la pandilla de los que sí creen, los convencidos, son unas temibles máquinas de matar, implacables cuando toman represalias y ahí están como prueba irrefutable los cadáveres que de tanto en tanto aparecen en las calles. Que lo diga Txato, un empresario empeñoso y buena gente, que, además de su familia, adora jugar al mus y hacer dominicales travesías en su bicicleta. ETA le pide cada vez más dinero y él lo entrega, para llevar la fiesta en paz, pero las demandas son cada vez mayores y, pasado cierto límite, deja de hacerlo. Entonces, todas las paredes del lugar se llenan de inscripciones llamándolo traidor, vendido, cobarde y miserable. La gente deja de saludarlo; el repugnante párroco, don Serapio, le aconseja marcharse. Hasta que una tarde lluviosa le clavan cinco tiros por la espalda.

Su viuda, Bittori, irá al cementerio a conversar con su cadáver a lo largo de los años, a contarle los avatares de su destrozada familia y su angustiosa duda respecto al etarra que lo mató: ¿será Joxe Mari, el hijo de su ex íntima amiga Miren, al que de niño el pobre Txato enseñó a montar bici y acostumbraba comprarle chocolates? Joxe Mari, personaje estremecedor, muchacho forzudo, inculto y un tanto bestia, se hace terrorista no por razones ideológicas -su información política no va más allá de creer que España explota a Euskal Herria y que sólo la lucha armada logrará la independencia- sino por amor al riesgo y una confusa fascinación por los violentos. Seguimos muy de cerca su educación de terrorista, en la clandestinidad de Bretaña, su aburrimiento con la teoría y su excitación con las prácticas donde le enseñan a fabricar bombas, preparar emboscadas y matar con rapidez. Estamos con él, dentro de él, cuando comete su primer asesinato, cuando la policía lo captura y es torturado, y durante los largos, lentos años de una cárcel de la que, acaso, nunca saldrá vivo.

Las gentes de Patria no son héroes epónimos ni grandes villanos, sino seres comunes y corrientes, pobres diablos algunos de ellos, que no tendrían el menor interés en otras circunstancias. Los más interesantes no lo son porque posean virtud excepcional alguna, sino por la ferocidad con que se abate sobre ellos la violencia física y moral, condenándolos a unas rutinas hechas de hipocresía y silencio en “este país de los callados”, y por la estoica resignación con que soportan su suerte, sin rebelarse, sometiéndose a ella como si se tratara de un terremoto o un ciclón, es decir, una tragedia natural inevitable.

La atmósfera en que discurren estas vidas es uno de los grandes logros de la novela: pesada, agobiante, repetitiva, amenazadora. El tiempo apenas circula, a veces se detiene. Consigue este efecto una estructura narrativa audaz, hecha de pequeños episodios que no se suceden cronológicamente sino saltando, atrás y adelante, violentando la secuencia temporal, alejados o acercados para establecer entre ellos un contrapunto esclarecedor, una cronología en la que