«La tierra sin hombres» de Inma Chacón

La última novela de Inma Chacón(Zafra, Badajoz, 1954) se asienta en una realidad histórica, social y humana muy concreta. Un pueblo de la costa gallega y Ferrol en el primer cuarto del siglo XX con incursiones en el XIX. ¿Por qué el título de Tierra sin hombres?Porque recurre constantemente al asunto de las esposas que se pasan años esperando el regreso de sus maridos que han partido hacia Sudamérica para hacer fortuna. Y por otra razón más importante: porque los personajes masculinos tienen en la novela relevancia muy inferior a la de las mujeres. No obstante, Chacón sabe construir una trama novelística, apropiarse de algunos modos de la novela romántica y del melodrama (por ejemplo, los momentos en que interviene la curandera) y utilizar en el momento adecuado metáforas tradicionales de probada eficacia (“vendaval en medio del océano” para significar la fuerza de una pasión amorosa).

La autora se mantiene fiel a la familia al tratar de conflictos entre hermanas. Elisa es una protagonista siempre en contradicción consigo misma, o acepta los convencionalismos, el marido que le han adjudicado, o sigue el impulso personal, la pasión sexual despertada por un extranjero; su hermana Sabela es su contrafigura, siempre en la sombra, “hermosa, inquietante, perversa”. Rodeando a los personajes relevantes, se mueve el pueblo entero que comenta, habla de lo que ve, oye o tan solo imagina, no siempre es fiable y, desde luego, nunca compasivo; suerte que el narrador, que lo sabe todo, nos dirá luego lo que sucedió o se pensó realmente y, él sí, muestra compasión. Novela escrita para que el lector se intrigue y se divierta. El propósito se cumple bastante bien.

Nació en Extremadura en una familia conservadora, “aristócrata, de derechas y del bando nacional“, según palabras de su hermana. Su padre, Antonio Chacón —que fue alcalde de Zafra durante la dictadura de Franco— tenía inquietudes literarias: escribía poemas4​ con el seudónimo Hache​ y leía poesía a su familia. Falleció cuando Inma y Dulce tenían 11 años. María Gutiérrez, la madre, partió con la niñas al año siguiente a Madrid, donde se instalaron.5

Inma dice que aprendió a leer literatura “muy pronto”: “Mi padre era poeta y mi madre ha sido una gran aficionada a la lectura, así es que desde muy jovencita ella nos elegía los libros”.

Doctora en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, es profesora de Documentación en la Universidad Rey Juan Carlos. Ha sido decana de la facultad de Comunicación y Humanidades en la Universidad Europea, fundadora y directora de la revista digital Binaria y directora del Doctorado en Comunicación, Auge Tecnológico y Renovación Sociocultural.

Es columnista de El Periódico de Extremadura desde fines de 2005 y colabora con diversos medios.

Su primera novela, La princesa india es un homenaje a su hermana, pues era una historia que ella quería escribir cuando enfermó del cáncer que terminaría con su vida en 2003. Dulce le pidió a Inma que realizara ese proyecto, y esta se decidió después de encontrar un extraño colgante que pensó que podría haber sido de la princesa.7

“La historia que Dulce quería contar no la sabe nadie. Tenía su novela en la cabeza desde hacía tiempo, pero no se la contó a nadie. Ella hubiera escrito algo muy distinto, muy desgarrador. Yo he hecho la novela que a mí me hubiera gustado leer. Escribirla ha sido la excusa para sobrevivir a mi hermana. Dulce tuvo el acierto de encargarme este libro y éste es mi homenaje. Es mi venganza sobre su muerte”, ha explicado Inma.7

En 2011 resultó finalista del Premio Planeta con su cuarta novela Tiempo de arena, y la escritora comentó entonces esperar que este galardón le diera identidad propia como autora, porque hasta el momento, según explicó, ha habido mucha tendencia a identificarla con su hermana. “Yo lo entiendo, porque ella era una persona muy querida, admirada, con mucho predicamento, con mucho carisma. La gente la adoraba y cuando yo comencé a publicar querían ver en mí la prolongación de Dulce”, dice la autora.

 

La escritora Inma Chacón presenta su nueva novela “Tierra sin hombres”, en Objetivo Bizkaia

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille

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In memoriam del periodista y escritor mexicano Javier Valdez

Culiacán, Sinaloa.- El reconocido periodista sinaloense Javier Valdez Cárdenas estudió sociología en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Durante mucho años fue reportero de los noticieros televisivos del Canal 3, a principios de los 90, en Culiacán.

Valdez gracias a tu labor obtuvo el Premio Sinaloa de Periodismo por trabajos en la sección cultural de este noticiero. Trabajó en el periódico Noroeste y desde 1998 es corresponsal del periódico nacional La Jornada.

Fue reportero fundador del semanario Ríodoce, publicación que sin pretenderlo se ha especializado en cobertura del narcotráfico. Algunas de sus crónicas han sido publicadas en revistas como Proceso, Gatopardoy Emeequis.

En 2011, el autor mexicano fue galardonado con el premio International Press Freedom Award, con el que se reconoce la labor de periodistas valientes en el ejercicio de su oficio.

Yo he vivido la inseguridad, varias situaciones difíciles. Por ejemplo, fuentes mías han sido asesinadas, también en  Ríodoce  nos aventaron una granada en 2009, así como otras situaciones que no puedo mencionar con detalles porque es peligroso, pues si yo digo que el narco o un policía me amenazó, cualquiera puede aprovechar para hacerme daño”,

mencionó el escritor y periodista Javier Valdez, cuando pulibó su libro Narcoperiodismo, con el sello editorial Aguilar, en el que aborda el narcotráfico y su relación con el ejercicio del periodismo.

Estamos pisando suelo muy inseguro, pantanoso, de arenas movedizas, de muchos hilos, porque igual te tienes que cuidar del compañero de la redacción, porque las redacciones están infiltradas por el narco…

“Nunca antes habíamos tenido una crisis de seguridad tal en el periodismo y ahora como nunca hay pocas condiciones para hacer nuestro trabajo, es como si hubiéramos descendido 50 escalones hacia el infierno.

SUS LIBROS

Autor del libro “De Azoteas y Olvidos”, crónicas del asfalto, editado por el Ayuntamiento de Culiacán, en 2006. Además, “Malayerba”, de editorial Jus, que reúne crónicas publicadas en Ríodoce, y fue prologado por Carlos Monsiváis.

Con su libro “Miss Narco”, Valdez Cárdenas fue finalista del premio Rodolfo Walsh4 en la Semana Negra de Gijón, España, en el 2010.

En 2011 salió su libro de crónicas y reportajes de niños y jóvenes en el narcotráfico, “Los Morros del Narco”, y en septiembre de 2012 apareció su libro “Levantones“, desaparecidos y víctimas del narco, ambos de editorial Aguilar.

En octubre de 2011, el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ) le otorgó en Nueva York el Premio Internacional a la Libertad de Prensa en 2011,“por su valiente cobertura del narco y ponerles nombre y rostro a las víctimas”.

Más tarde en el mismo año, los administradores de la Universidad de Columbia otorgaron a Ríodoce el Premio de periodismo María Moors Cabot que contribuye al “entendimiento interamericano”.

La revista “Quién”8 en el 2012, lo incluyó en el reconocimiento anual “Los 50 Personajes que Mueven a México”. colaboro en el blog Nuestra Aparente Rendición, que dirige Lolita Bosch.

Fue en noviembre de 2013, Valdez y todo el equipo de Ríodoce recibieron el premio PEN Club a la excelencia editorial.

En febrero de 2014 publicó “Con una Granada en la Boca”, con historias sobre el trauma de vivir en un país violento. En 2015 colaboró como asesor periodístico en la serie de televisión Señorita Pólvora, que se transmite en el canal TNT, para la empresa colombiana Teleset, producida por Sony.

En julio de 2016 publicó su más reciente libro “Huérfanos del Narco“, editado por Aguilar, en el que aborda historias de niños y viudas de personas desaparecidas o ejecutadas: periodistas, empresarios, policías y madres de familia.

Expedientes TVC: El libro “Los Huérfanos del Narco”

 

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

 

In memoriam de la periodista Irma Flaquer

Irma Flaquer Azurdia (Ciudad de Guatemala, 5 de septiembre de 1938 – desaparecida en Ciudad de Guatemala el 16 de octubre de 1980) Era hija en un productor teatral catalán, Fernando Flaquer, y de una cantante de ópera guatemalteca, Olga Marina Azurdia.
Pasó su infancia viajando y viviendo en varios países de Centroamérica y Suramérica. Empezó a estudiar Derecho, pero cambió por la carrera de Psicología. En 1955 ―a los 17 años de edad― se casó . Tuvo dos hijos, Sergio y Fernando Valle Flaquer, y en 1958 se divorcio.
Flaquer comenzó trabajando como periodista independiente, y se mantenía escribiendo artículos y comentarios de radio. En 1958, un artículo suyo enfureció a un político, quien les pagó a tres mujeres del mercado para que la golpearan. Ensangrentada, Flaquer se presentó en el diario La Hora y pidió que el prestigioso periodista Clemente Marroquín le tomara fotos y escribiera un artículo acerca de esa agresión. Según Marina Marroquín ―hija del periodista―, Marroquín contrató inmediatamente a Flaquer. Comenzó una columna en el diario, titulada «Lo que otros callan», que se hizo reconocida durante 13 años.
Al año siguiente (1971) fue contratada por el diario La Nación ―bajo la dirección de Roberto Girón Lemus― para publicar la misma columna «Lo que otros callan». En pocos años llegó a ser asistente de dirección del diario. Mientras trabajaba en La Nación, durante poco tiempo publicó su propia revista.
Ocupó diversas funciones durante más de 22 años en distintos periódicos y estaciones de radio de la ciudad de Guatemala
Era psicóloga y periodista. Alguna vez en su juventud pensó ser abogada, pero abandonó los estudios de leyes y se dedicó por entero al periodismo, ocupando por más de 22 años diversas funciones en distintos diarios y estaciones de radio de Guatemala. Irma Flaquer Azurdia fue reconocida como “Hija Predilecta” de la ciudad de Granado, en 1975. Cuatro años después fundaba y presidía en el país la primera Comisión  de Derechos Humanos. A la vez, se convertía en una apasionada activista del Partido Revolucionario.
Su pluma crítica le traía sinsabores en medio de un clima político agitado, con violaciones por parte de grupos paramilitares, fuerza pública y guerrilla, ejecuciones arbitrarias, desapariciones forzadas. En esa misma época (1979) Irma fue víctima de un atentado contra su vida, del cual escapó milagrosamente.  Ese hecho dio origen a que escribiera su libro “A las 12:15, el Sol”, en cuyo prólogo le dedicó la obra a “Mi querido asesino”.
Pero al año siguiente ya no pudo defenderse, cuando el 16 de octubre un grupo de hombres armados movilizados en dos vehículos interceptaron el automóvil que conducía su hijo Fernando. Caía la tarde en Ciudad de Guatemala. Los disparos  mataron al joven de 24 años mientras ella, con el rostro encapuchado, era empujada al interior de una camioneta que de inmediato se dio a la fuga. En el fragor de la violencia, un hombre que presenció lo ocurrido fue ejecutado por los agresores que lo siguieron por dos cuadras.
Nunca más se supo de Irma Flaquer. Las presunciones indican que la mataron  como represalia por sus artículos contra los actos corruptos de funcionarios del gobierno del general Romeo Lucas, de los militares de entonces y contra la opresión de los indígenas y las violaciones a los derechos humanos.
 No hubo esfuerzos oficiales por esclarecer el caso, argumentándose que no existía denuncia formal. Sus familiares fueron amenazados, obligándolos a olvidar del caso y abandonar el país. Pero su ex esposo, Fernando Valle,  del cual se había divorciado en 1958 tras sólo tres años de matrimonio, exigió al Congreso Nacional que se esclareciera el doble crimen, citando tres hipótesis posibles, investigadas poco antes por la SIP y dadas a conocer en la Conferencia Hemisférica “Crímenes sin Castigo Contra Periodistas”: la responsabilidad de la guerrilla, la del ministro del Interior de la época Donaldo Alvarez, y  la del Ejército.
La exhaustiva investigación de la SIP en Guatemala descartó las primeras dos hipótesis, concluyendo que “el Estado Mayor Presidencial, tal vez junto con el jefe de la Policía Nacional, decidieron secuestrar a la periodista Flaquer”. Tal trabajo fue avalado por la Comisión guatemalteca para el Esclarecimiento Histórico (CEH). Sobre la base de aquella investigación, la SIP hizo una presentación ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en marzo de 1997, insistiendo en la responsabilidad del Estado.  La CEH llegó a la convicción de que las autoridades responsables del Estado de Guatemala faltaron gravemente a su deber de investigar y sancionar los hechos, violando el derecho a la justicia. El  año 2000 el gobierno reconoció la responsabilidad ante esa desaparición y concedió una reparación moral e indemnización económica a los familiares de Irma Flaquer. Pero hasta hoy la impunidad continúa.
Periodista valiente, en Guatemala, durante una época oscura y triste.
Ella fue el primer caso llevado a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por el Proyecto contra la Impunidad que forma parte integral de la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP.
La historia de Irma Flaquer es también la de miles de periodistas mexicanos, argentinos, brasileños, venezolanos, colombianos y sí, iraquíes e irlandeses, quienes han sido asesinados, desaparecidos, torturados, censurados o exiliados mientras buscaban la verdad.
Según varios periodistas, una mañana Flaquer se personó en el Congreso, con su libro en la mano, y visitó al diputado Oliverio Castañeda (que había capitaneado varios escuadrones de la muerte a fines de los años sesenta y principios de los setenta). Le leyó el prólogo de su libro, y le dijo: «Como has escuchado, he perdonado a mi asesino».
Les he hecho daño, mucho daño. La violencia de mis artículos periodísticos les hizo desear mi muerte. Ellos provocaron más violencia que la que ustedes ya habían padecido y los convirtió en asesinos. A lo mejor no debían sentirse culpables porque suele suceder que los poseídos por el odio sólo son víctimas de las circunstancias de su vida. Producto de circunstancias adversas. Por su propio dolor, se convierten en verdugos de otros.

Irma Flaquer

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

Yaa Gyasi «vuelve a casa»…

Del Castillo de Costa del Cabo en Ghana donde se hacinaban miles de africanos antes de ser vendidos como esclavos, hasta las minas en las que tras la Guerra de Secesión en Estados Unidos los negros cumplían condenas (por delitos inventados) y mantenían en marcha la economía del sur; de las calles de Harlem a las aldeas subsaharianas; de la epidemia del crack en el Nueva York de los ochenta, al nacimiento del movimiento de independencia en la Costa del Oro; la escritora Yaa Gyasi recorre casi tres siglos de historia y miles de kilómetros en su primera novela en Volver a casa(Salamandra). Esta semana se ha alzado con el premio PEN al mejor debut de ficción.

Inmigrante de primera generación, Gyasi nació en Ghana en 1989 y emigró a EE UU con su familia a los dos años. En 2009 obtuvo una beca para viajar al país africano e investigar para un libro. Estaba a punto de cumplir 20 años y la visita que hizo a un viejo castillo determinó el rumbo de su novela. Allí le contaron que los ingleses, que controlaban el tráfico de esclavos, a menudo se casaban con lugareñas. “Vi las mazmorras y comprendí que debía contar una historia que mezclase a dos mujeres: una que estaba con un británico y vivía en la parte alta del castillo, y una que estaba en las mazmorras”, recueda Gyasi por teléfono.

Los siete años que Gyasi pasó escribiendo esta novela, de 2009 a 2016, coincidieron con la presidencia de Barack de Obama en EE UU, y la publicación de Volver a casa ha coincidido con un momento brillante para la cultura afroamericana.

La maldición que recorre la saga familiar que ha construido en Volver a casa tiene por momentos un eco lejano a Cien años de soledad. “Aprendí mucho de ese libro”, admite. “García Márquez se permite jugar, su novela es enorme, parece no tener límites”. En su libro la historia de la descendencia de las dos mujeres ghanesas, fatalmente unidsas, se estructura en torno a una docena de personajes. Cada uno protagoniza un capítulo con un telón de fondo histórico distinto, arrastrando la maldición original y empujando la novela hasta el año 2000. “Armé un árbol de familia, e incluí fechas y un acontecimiento de cada periodo, como las leyes Jim Crow de segregación o la etapa de la reconstrucción tras la Guerra”, explica. Fuera quedaron trágicos hitos como el asesinato de Martin Luther King. Una decisión plenamente consciente. “Quería que tratar la vida íntima, hablar de dos familias distintas, y no ofrecer una lección de historia de los afroamericanos”, aclara.

En Volver a casa se mueve entre Ghana y EE UU, en un vaivén que conecta dos mundos, dos culturas. “Pensaba mucho en esto de niña. Veía que mis padres tenían una relación muy distinta con EE UU de la que yo tenía. La inmigración en este país es más complicada si eres negro porque hay normas sobre la raza, hay una herencia. Vivir en un lugar que arrastra un legado de trata de esclavos define una cultura. Yo no podía realmente identificarme con aquello, resultaba complicado construirse una identidad”, recuerda.

Los siete años que pasó escribiendo su libro, de 2009 a 2016, coincidieron con la presidencia de Obama, y la publicación de Volver a casa ha llegado en un momento de brillante para los creadores afroamericanos. Ensayistas como Ta-Nehesi Coates, novelistas como Colson Whitehead, artistas como Kerry James Marshall o cineastas como Barry Jenkins han saltado a primera línea. ¿Hay un renacimiento? “Muchos artistas afroamericanos han entrado en el mainstream. El público finalmente se ha enterado de que hay artistas negros han estado creando obra excelente, pero lo venían haciendo desde hace mucho tiempo. ¿Qué ha provocado el éxito? No lo sé, quizá los negros están de moda, o por algún motivo se ha logrado llamar atención hacia un trabajo excelente”.

Ahora, en pleno auge de los creadores afroamericanos ha llegado a la Casa Blanca Trump. ¿Están ellos mejor preparados ellos para afrontar este gobierno? “Los negros en EE UU están siempre alerta, conocen el profundo racismo. Nada te sorprende en ese plano. La idea de que el país es excepcional, no es algo que te creas, de hecho creces pensando en la lucha contra las limitaciones que te son impuestas”, opina Gyasi. “Tras las elecciones alguna gente blanca está en shock, no pueden que su país sea así. Pero muchos afroamericanos son perfectamente conscientes de que sí, así es. Sabes que aquí el sueño y la pesadilla pueden ser ciertos”.

El premiado debut literario de esta alumna del prestigioso taller de escritores de Iowa, vino precedido de una millonaria puja entre casas editoriales y fue saludado con muy buenas críticas. Yaa Gyasi también fue seleccionada como uno de los cinco autores menores de 35 por el National Book Award y recibió el premio de la crítica. “Las pujas tan altas crean una situación peculiar que puede funcionar en tu contra. Llama mucha la atención, pero esto puede ser negativo. Yo estoy agradecida”, apunta.

Volver a casa – Entrevista a Yaa Gyasi

 

 

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

La «Simone» novela de Eduardo Lalo y próximamente película.

En Simone, la última novela del poeta, narrador y artista plástico puertorriqueño Eduardo Lalo, un escritor sin nombre recorre las calles de San Juan, observa desde una dolida distancia a sus habitantes y recoge sus desasosegadas reflexiones en fragmentarias entradas de diario. Es un personaje suspendido en un presente desesperanzado, neuróticamente ligado a una ciudad que lo atrae y repele a la vez, pero que es, sobre todo, su ciudad. Caminando por sus calles siente la maldición del sol inclemente y es testigo de conversaciones que delatan la chatura de sus conciudadanos, su torpeza lingüística, la banalidad de sus preocupaciones: “Esto es lo que escucho y anoto en la calle. Tras las palabras queda el enigma. Pero todo sabe a plástico, a sol, a baterías doble A de un aparato hecho en China. La única salida sería tener dinero para poder encerrarse o viajar, para recuperarse viendo y escuchando otras cosas. Ése es el único verdadero privilegio aquí. La riqueza permite imaginar que  no se tiene nada que ver con esto” (49).

El tono de hastío que inunda las entradas del cuaderno del escritor empieza a transformarse ante la llegada de unos misteriosos mensajes con citas literarias que lo interpelan de forma inquietante. El juego de la sorpresa, desciframiento, pesquisa y seducción que inician estos mensajes abre la segunda línea narrativa de Simone -la del encuentro amoroso- y revela al lector el porqué del título de la novela: es el alias de la remitente, quien se identifica con la forma en que la filósofa francesa Simone Weil vivió la distancia que la separaba de sus contemporáneos. En ese San Juan de soledades y transparencia, la posibilidad de salir del encierro se asocia al milagro de una escritura que busca derroteros distintos a los que imponen la industria editorial, la mirada académica, el gusto masivo de los lectores. La historia de amor de Simone nace de la seducción literaria, ejercida primero por las novelas del escritor sobre su  lectora y después por los mensajes que ésta le envía a él.

La transformación del escritor en su encuentro amoroso y erótico con Chao Li es narrada en un ritmo nuevo, que transforma la novela en su segunda parte en un bello relato de intimidad, exploración y descubrimiento mutuo. Una restricción impuesta por ella –y que prefiero no revelar acá- desvía los encuentros sexuales por vericuetos inexplorados: “La prohibición incrementaba nuestra ansía. Nuestras sesiones desconocían el tiempo… Los movimientos se estiraban sin fin y sin esfuerzo. El acto era incolmable, al menos para mí lo era, y la energía transitaba por mi cuerpo sin agotarse. Al unirnos construíamos un lugar para el cual no había mapas ni servía la experiencia y ese ámbito desafiaba todos los presupuestos. Era imposible saber lo que hallaríamos en él y lo que se esperaba de nosotros… La soledad y el sufrimiento acumulado por años, el peso de toda una vida, nos había llevado a este punto. Éramos náufragos que compartían la misma balsa en el océano de San Juan y estaba claro que sin esta indigencia jamás nos hubiéramos encontrado” (106).

Con Chao Li al lado, el escritor descubre que San Juan alberga historias que le eran totalmente desconocidas. El tema de la invisibilidad boricua frente al mundo se agudiza al extremo en el descubrimiento de la comunidad china en la isla. Ésta se compone de migrantes con trayectorias de profundo desarraigo, frágilmente vinculados a los negocios de comida que engullen las vidas de miles de personas que nunca logran aprender bien el castellano, ni desligarse de los compromisos esclavizantes contraídos con los familiares o patrones que alguna vez les permitieron salir de su país. Li vive en un estado de doble alienación: frente a su comunidad de origen y en relación a la sociedad puertorriqueña: “El problema no es la lengua sino la imposibilidad que tienen los demás de imaginarme. ¿Es posible escribir cuando la identidad no es compartida por nadie, cuando la inmensa mayoría de la gente no puede ni siquiera concebirte?” (98).

El encuentro amoroso impulsa el despliegue del talento artístico de Chao Li, quien conjuga el dibujo y la escritura en ejercicios de encriptación y borramiento de los nombres de los personajes que marcan su vida. En el clímax de su relación, Li y el protagonista intervienen la ciudad buscando recuperar el impulso vanguardista de reconectar el arte con la vida. El escritor desempolva su cámara para fotografiar a los cocineros chinos que conoce a través de Li; al pegar sus fotos en calles y paraderos busca llamar la atención sobre rostros ignorados en el paisaje nacional. La energía erótica, artística, literaria que despliegan los amantes suspende el tiempo en un presente gozoso que transforma también la descripción de la ciudad: los espacios se recorren, en estos apartados, con ligereza y confianza, la superficie urbana dibuja las huellas que entreteje la complicidad.

A diferencia de los fragmentos de la primera parte del libro, narradas en presente, como entradas de diario, la historia de amor se relata desde un tiempo posterior, luego del final de una relación potente y frágil: “Entonces, con brazos y piernas entrelazadas, iban renaciendo nuestros cuerpos: descubríamos que los miembros nos pertenecían en exclusividad y que marcaban la diferencia y la distancia. No hacía falta que algún acontecimiento viniera a deshacernos. Éste ya había ocurrido; no se hallaba en la historia que hacíamos, sino que nos precedía. Desde que Li perdió a su padre, desde que cruzó medio mundo y vino aquí, desde que me propuse sobrevivir harto de todo pero abrazado al hartazgo, desde entonces estábamos condenados” (107). El pasado de Li es una historia de desposesión, mientras la vida del narrador parece desplegarse sobre un hartazgo y desasosiego que no tienen ni un antes ni un después, salvo por el corto lapso de su relación amorosa. Atribuir su fracaso al pasado de Li, como pretende el escritor en la cita anterior, más que un fatalismo parece una estrategia para disfrazar su mermado protagonismo en una historia cuyas coordenadas fueron casi enteramente dibujadas por la autora de los mensajes.

En Simone hay tres presencias fundamentales que se despliegan e imbrican creando una atmósfera atractiva y seductora: la de la ciudad y su imbricación con la vida del narrador, la de la apasionada relación de Chao Li con la literatura y su amor con el escritor y la de la escritura en sí misma, cuya importancia se revela desde las primeras líneas del texto: “Escribir. ¿Me queda otra opción en este mundo en que tanto estará siempre lejos de mí?” (19).

Simone es un texto de difícil clasificación genérica y no cumple con ninguno de los estereotipos que la industria cultural suele construir en torno a lo caribeño. Me parece que por la originalidad de la propuesta narrativa de Lalo y lo profundamente personal de su mirada sobre el Caribe, es un gran acierto de la Editorial Corregidor el haber elegido su última novela para inaugurar su nueva Colección Archipiélago Caribe.

Lalo, Eduardo. Simone. Buenos Aires: Ediciones Corregidor, 2011.

Próximamente, la película…La larga cultura visual de filmes que son adaptaciones de la literatura ha ofrecido infinidad de respuestas a estas preguntas que, a lo largo de su abarcadora trayectoria, no han dejado de estimular creativamente a la directora Betty Kaplan, venozalana americana, quien hace cuatro años reside en Puerto Rico. Conocida por películas como “Doña Bárbara”, “Of Love and Shadows”, “Almost a Woman” y “One Hot Summer”, -todas ellas adaptaciones de novelas- la directora y guionista compartió con El Nuevo Día, su próximo proyecto, la adaptación al cine de la novela “Simone” de Eduardo Lalo, reconocida con el Premio Rómulo Gallegos en el 2013. Kaplan lleva desde el 2014 laborando en la materialización de este proyecto que ahora camina a paso firme.

Entrevista a Eduardo Lalo

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

 

La «Eva» De Arturo Pérez-Reverte.

Arturo Pérez-Reverte ha decidido recuperar a Falcó, el personaje que protagonizó su anterior novela, una historia de violencia, tramas de poder y suspense en la que realidad y ficción se entretejen de manera brillante para conformar una extraordinaria novela de espías. La primera entrega, ha alcanzado las 300.000 copias vendidas en todo el mundo.

Ahora bien, en esta segunda entrega, tendremos una nueva protagonista que ya apareció en la anterior historia que es la agente soviética, Eva Rengel, una mujer dura y muy peligrosa.

De esta manera, el próximo 17 de octubre llegará a nuestras librerías la nueva novela protagonizada por Lorenzo Falcó y que se titulará “Eva”. La historia tendrá 290 páginas y un precio de 19,90 euros. A continuación, os ofrecemos la sinopsis y todos los detalles que se conocen.

La obra comienza en marzo de 1937.

Mientras la Guerra Civil sigue su trágico curso, una nueva misión lleva a Lorenzo Falcó hasta Tánger, turbulenta encrucijada de espías, tráficos ilícitos y conspiraciones, con el encargo de conseguir que el capitán de un barco cargado con oro del Banco de España cambie de bandera.

Espías nacionales, republicanos y soviéticos, hombres y mujeres, se enfrentan en una guerra oscura y sucia en la que acabarán regresando peligrosos fantasmas del pasado. Da click aquí para ver el avance de la novela: falco-arturo-perez-reverte

Arturo Pérez-Reverte habla de Eva, su nueva novela

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

 

Personajes al borde la «locura»: Liliana Colanzi.

“Todas mis historias tienen que ver con obsesiones, paranoias, juegos con la mente. ¿Qué pasa cuando la razón estalla? Ésa es la pregunta que me interesó explorar a través de la escritura”, dice la autora de Nuestro mundo muerto en esta entrevista con Ivana Romero.

Ph Lourdes Plata

Ph Lourdes Plata

Por Ivana Romero.

“Este es el tronco de todas las historias, habla de nuestro mundo muerto”, dice una canción de los indígenas ayoreos. Liliana Colanzi explica que eligió ese epígrafe para su nuevo libro después de leer la historia de un hombre perteneciente a esta etnia boliviana, originalmente nómade y habitante de los montes. Al ser corridos hacia las ciudades, los ayoreos se vieron privados de su vida y su cultura. Luego de estar en silencio, uno de los indígenas logró explicar lo que sentía a través del canto, recogido por el antropólogo Lucas Bessire. “Me pareció muy poderosa la historia y lo que este ayoreo canta”, afirma Colanzi.

El cuento que da título al volumen, de hecho, sucede en Marte y trae un acápite de Ray Bradbury, aunque Colanzi explica que no quiso releer Crónicas marcianas para evitar la influencia: “Creo que Marte es la siguiente gran aventura de los humanos”, dice, “y para escribir el cuento quise tener un marte propio, uno mío. A pesar de que leí a Bradbury en el colegio y en la universidad, y es un autor que me gusta muchísimo, esta vez preferí no acercarme para tener la libertad de crear mi propio Marte”.

En el cuento, una mujer que está en una misión en el planeta rojo y sabe que ya no podrá regresar, vive la tragedia de comprender que el amor de su vida quedó en la Tierra. “El punto de partida fue el Mars 1”, sigue Colanzi, “el proyecto privado que pretende mandar a la primera colonia humana a Marte. Me llamó la atención que entre los seleccionados quedó una boliviana y que en la entrevista que le hacían hablaba de la posibilidad de ya no volver a la Tierra con un estoicismo muy propio de la juventud. Realmente no creo que sepa a lo que se está enfrentando”.

Parado en el medio de la vida

Los cuentos de Colanzi transmiten la sensación de estar ante un borde, que puede ser tanto el del universo conocido como el que marca el límite entre realidad y fantasía. La ciencia ficción, Marte y los meteoritos se entrecruzan así con el sermón de una chola que anuncia el Juicio Final luego de visitar el Cielo y el infierno, la presencia de un indígena guaraní que tiene la capacidad de interpretar la historia y anticipar el futuro, o una ola de adolescentes suicidas. El libro tiene un espíritu de frontera: “Creo que todos vivimos en ese borde de lo que es la vida y la muerte”, dice Colanzi. “Es el hecho más misterioso que se puede pensar: en un momento estás y al siguiente no. Y que eso mismo suceda con el resto de las personas que conocemos y amamos, es terriblemente cruel, terriblemente misterioso y, a la vez, muy atrayente”.

La frontera de los cuentos de Nuestro mundo muerto, sin embargo, no es la que determina el paso entre vida y muerte sino que es aquella que trata de comprender cuál es el límite de aquello que entendemos por humano. Un interés que no sólo ocupa la ficción de Liliana Colanzi, sino que también aparece en su tarea como investigadora. En su tesis doctoral, trabajó con textos de Sara Gallardo, Mario Bellatin y Jorge Barón Biza —entre otros— para demostrar que las categorías entre humano, animal y máquina son construcciones de lenguaje:

“Que seamos humanos”, dice, “no es una esencia que tenemos sino un procedimiento lingüístico. En la tesis quería ver cómo se negocia la idea de lo humano y cómo lo no humano puede ser una puerta hacia otras maneras de concebir el deseo y la sexualidad, otra forma de cuestionar al ser humano como ser racional. El cuerpo y todo lo que tiene que ver con el cuerpo es altamente político. Todas las narrativas que tienen que ver con algo que se aleja de lo humano son narrativas sobre el cuerpo: la del animal, la del monstruo y la del ciborg tienen que ver con seres que, por ser menos humanos, son más cuerpo”.

La escritora está de paso por Buenos Aires mientras Eterna Cadencia acaba de editar Nuestro mundo muerto, un volumen que reúne nueve relatos. Escritos en su mayoría en primera persona, estos textos dan espacio a voces diversas, desde un hombre que dice estar poseído por un indio mataco hasta una chica enamorada obsesivamente de una dealer a la que sigue desde Bolivia a París. El rasgo común es que todas están atravesadas por la extrañeza. En ellas pervive una vida ancestral en los montes junto al cosmopolitismo vertiginoso de los grandes centros urbanos.

Nacida en Santa Cruz, Bolivia, en 1981, Colanzi terminó en diciembre su doctorado en literatura comparada en la universidad de Cornell, en Estados Unidos, con una tesis sobre cyborgs, monstruos y animales en la literatura latinoamericana desde los años sesenta hasta acá. En agosto volverá a esa universidad para sumarse al equipo docente.

Liliana Colanzi presenta “Nuestro mundo muerto”

Compilación realizada por Lorena Lacaille.