Nuccio Ordine, «el profesor rebelde» y· la utilidad de lo inútil·…

Entrevista a Nuccio Ordine en Librería Más Puro Verso

 

La utilidad de lo inútil.  Nuccio Ordine.  Editorial Acantilado, 2013.  176 páginas.  9,50 €

«Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espiritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidadLa utilidad de lo inútil recoge citas y pensamientos coleccionados por Ordine durante muchos años de enseñanza e investigación, centrados en la idea de utilidad de aquellos saberes cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad utilitarista. El libro está dividido en tres partes: una dedicada a la útil inutilidad de la literatura, y a aquellos personajes de la cultura que a lo largo de la historia han tratado este tema; otra que se consagra a los efectos que la lógica del beneficio ha tenido en el campo de la enseñanza, la investigación y las actividades culturales en general; y una tercera, da ejemplos de clásicos que han tenido efectos devastadores sobre la dignitas hominis.

La crónica de sucesos acaecidos en París el 26 de diciembre de 2013 revela que un hombre de letras desesperado, enojado contra unas instituciones indiferentes a su amor apasionado por la cultura, embistió con su coche las puertas enrejadas del palacio del Elíseo. El conductor, Attilio Maggiulli, no pudo soportar lo que consideraba un desprecio oficial hacia el proyecto de su vida, el Théâtre de la Comédie Italiénne —que perdió casi un 50% de subvenciones públicas en tres años—, y no halló forma mejor de presentar su memorial de agravios que estampando su indignación contra la sede oficial de la presidencia de la República Francesa.

Hasta ahí la historia resumida de Maggiulli. Esta crónica aborda, sin embargo, la historia de otro hombre de letras indignado, el profesor italiano Nuccio Ordine (que figura en su partida de bautismo como Diamante Ordine). Con los mismos o parecidos personajes —una cultura apuñalada, una educación asfixiada y un pueblo adormecido—, Ordine (Diamante, 1958) ha preferido usar la palabra para embestir contra la ignorancia promovida desde las instituciones y advertir de sus efectos a la ciudadanía. Si dejamos que nos roben el legado de nuestros antepasados y que se mutile el conocimiento, avisa, no es que dejemos de ser personas cultivadas: es que las generaciones futuras dejarán de ser personas en sentido estricto.

El vehículo empleado por Ordine para su clamor profético es el manifiesto titulado La utilidad de lo inútil, cuya publicación en España debemos a Jaume Vallcorba, padre de las editoriales mellizas Acantilado y Quaderns Crema, y al traductor y profesor de Filosofía Jordi Bayod Brau.

La barbarie de lo útil ha corrompido nuestras relaciones y afectos íntimos”

Ordine, profesor de prestigiosas universidades, experto en el Renacimiento y director de varias colecciones de clásicos en la editorial Les Belles Lettres de París, se dice “emocionado” por la recepción de su libro en Barcelona, donde fue presentado recientemente, y en Madrid (donde fue apadrinado por Fernando Savater). “La gente me abrazaba y me daba las gracias. Un estudiante me dijo: ‘Decidí estudiar Filosofía y Paleografía contra la voluntad de mi padre, que me preguntaba para qué servía eso. Su libro me ha reafirmado en mi decisión”, recuerda.

La tesis central del libro puede ser resumida en la idea de que la literatura, la filosofía y otros saberes humanísticos y científicos no son inútiles, como cabría deducir de su progresivo destierro en los planes educativos y presupuestos ministeriales, sino imprescindibles. “El hecho de ser inmunes [dichos saberes] a toda aspiración al beneficio” constituye, según el autor, “una forma de resistencia a los egoísmos del presente, un antídoto contra la barbarie de lo útil, que ha llegado incluso a corromper nuestras relaciones sociales y nuestros afectos más íntimos”.

Nuccio Ordine, en la sede de la editorial Les Belles Lettres de París.
Nuccio Ordine, en la sede de la editorial Les Belles Lettres de París. PIERRE MOREL

Como en un coro griego, Nuccio Ordine arma una defensa coral del conocimiento apoyándose en aquellos autores que le precedieron en su empeño. Dante, Petrarca, Moro, Campanella, Bruno, Bataille, Keynes, Steiner, García Márquez, Cervantes, Shakespeare, Platón, Sócrates, Séneca, Heidegger, Cioran, García Lorca, Tocqueville, Hugo, Montaigne… son reclutados y contextualizados para mostrar “la carga ilusoria de la posesión y sus efectos devastadores sobre la dignitas hominis, el amor y la verdad”.

¿Por qué este libro? “Llevo 24 años como profesor intentando convencer a mis alumnos de que no se viene a la universidad a obtener un diploma, sino a intentar ser mejores, esto es, a aprender a razonar de forma autónoma”. Para Ordine, la transmisión del amor por el conocimiento es un deporte de combate. Y eso implica desmontar algunas ideas materialistas imbuidas por el sistema capitalista. “La gente piensa que la felicidad es un producto del dinero. ¡Se engañan!”, afirma.

Dicha pretensión se ha extendido ya a todos los ámbitos. “El utilitarismo ha invadido espacios en los que que no debería haber penetrado nunca, como las instituciones educativas”, denuncia el profesor calabrés. Y advierte: “Cuando se recorta el presupuesto para las universidades, las escuelas, los teatros, las investigaciones arqueológicas, las bibliotecas… se está cercenando la excelencia de un país y eliminando cualquier posibilidad de formar a toda una generación”.

UN CV BRILLANTE

Nuccio Ordine es filósofo y profesor de literatura italiana de la Universidad de Calabria.

Ha enseñado en la Universidad de Yale, la de Nueva York, la Sorbona de París o el instituto Warburg de Londres.

Desde 2012 es caballero de la Legión de Honor francesa.

La utilidad de lo inútil es su último ensayo.

El autor se apoya también en un discurso ¡de 1848! de Víctor Hugo ante la Asamblea constituyente de Francia, donde el escritor pronunció estas palabras: “Las reducciones propuestas en el presupuesto especial de las ciencias, las letras y las artes son doblemente perversas. Son insignificantes desde el punto de vista financiero y nocivas desde todos los demás puntos de vista”. Dice Ordine que cuando leyó ese discurso pegó un salto hasta el techo, y hace suyas las tesis de Hugo al afirmar (exclamar, más bien) que “¡es en las épocas de crisis cuando hay que doblar el presupuesto para la cultura!”.

El manifiesto incluye también un escrito premonitorio de Abraham Flexner, publicado en 1939, que evangeliza sobre la importancia de la ciencia. “Quería que quedara claro que la defensa de lo inútil [lo no ligado al afán de lucro] no atañe solo a escritores y humanistas, sino que es una lucha que concierne también a los científicos”, explica Ordine. “El estado no puede renunciar a la ciencia básica [en aras del beneficio]; por eso he escrito un capítulo dedicado a las universidades entendidas como empresas”.

En épocas de crisis hay que doblar el presupuesto para la cultura”

La utilidad de lo inútil no es sólo un argumentario contra la deriva del utilitarismo o el “satánico comercio” (Baudelaire): es también un manual para superar lo que el autor del libro llama “el invierno de la conciencia” y para recordar, con Montaigne, que “es el gozar, no el poseer, lo que nos hace felices”.

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

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‘La ciudad invencible’ de Fernanda Trías.

Para quienes escriben o quieren hacerlo… No doy consejos para escribir. Tal vez lo único que podría decir es que hay que saber manejar nuestras herramientas, las herramientas del escritor, con soltura para poder olvidarnos de ellas y concentrarnos en lo que es verdaderamente importante: lo que se quiere decir más allá de las palabras. Es como ser un dibujante y no manejar la técnica o no saber agarrar un lápiz. Alguien que está todo el tiempo pensando en cómo mover la mano, no puede concentrarse por completo en el dibujo en sí. Pero la verdad es que no doy consejos, porque trabajamos sobre los textos mismos, y los textos son todos diferentes, cada uno de ellos necesita algo que no se puede englobar en un consejo general.

En cuanto a la segunda pregunta: no creo en que se necesite ningún ingrediente básico más que la honestidad (al momento de escribir) y las ganas de dedicar la vida entera a una disciplina, un oficio, una artesanía en la que casi seguramente nunca te sentirás satisfecho y que puede ser muy mezquina a nivel de reconocimiento. Quien esté dispuesto, adelante.

 

Fernanda Trías es escritora uruguaya. Nació en Montevideo en 1976. Es autora de las novelas La azotea (2001), Cuaderno para un solo ojo (2002), Bienes muebles (2013), La ciudad invencible (2014), la plaquette de relatos El regreso (2012) y el libro de cuentos No soñarás flores (2016). En 2004 ganó una beca de la Unesco para ir a escribir en Camac, una residencia de artistas en Marnay-sur-Seine. Vivió cinco años en el pueblo medieval de Provins y algunos meses en Londres. Residió un año en Berlín y dos años en Buenos Aires. Realizó una maestría en escritura creativa de la Universidad de Nueva York y fue discípula del escritor uruguayo Mario Levrero. Integró antologías de nueva narrativa en Colombia, Estados Unidos, Uruguay, Alemania (Neues vom Fluss: Junge Literatur aus Argentinien, Uruguay und Paraguay, 2010), Inglaterra (Uruguayan Women Writers, 2012) y Perú (Asamblea portátil, 2009). Su novela La azoteafue seleccionada entre los mejores libros del año 2001 por el suplemento El País Cultural, y obtuvo el tercer premio de narrativa édita en el Premio Nacional de Literatura de Uruguay (2002). En 2006 recibió el Premio de la Fundación BankBoston a la Cultura Nacional.

14 años después de haberse consagrado con “La azotea”, Fernanda Trías volvió a Montevideo para presentar “La ciudad invencible”, novela ya editada en varios países -entre ellos España, Chile y Estados Unidos-. Este nuevo trabajo recurre a la autobiografía y la ficción para explorar el vértigo de los recién llegados, el miedo y la angustia de conquistar un espacio, un círculo de amigos, un lugar en el que poder sobrevivir con miseria o encanto. Así, la narración se convierte en un vaivén fragmentario sobre una Buenos Aires marginal y periférica, una crónica personal que descubre una ciudad claustrofóbica en medio del caos. A esto se suma el acecho violento de una ex pareja y una tradición literaria que amenaza, aunque sea con despojos y nombres lejanos. Un día, su maestro Mario Levrero le dijo “sos una vagabunda”, y esa sentencia parece haber signado sus proyectos literarios, por los que ha recorrido el mundo.

Presentación del libro “La ciudad invencible” – Fernanda Trías

 

 

 

FERNANDA TRÍAS | DEL:ESPAÑOL

LA MEDIDA DE MI AMOR

Se acordó de aquella noche por el asunto de los regalos. Cuando se peleaban y él la echaba de la casa, siempre la obligaba a devolver lo que le había regalado. Las botas, sobre todo, que fueron su primer regalo de cumpleaños. Y se acordó también porque aquella noche, antes de encerrarse en el balcón, Iván había tirado una de las botas por la ventana, y porque a la mañana siguiente cuando sonó el timbre y él pensó que eran los de inmigración que venían a buscarlo, ella recibió de manos de un vecino una bota roja, larga, que parecía una de esas medias de Navidad que se cuelgan de la chimenea y se llenan de caramelos. “¿Esto es suyo?”, dijo el hombre, y levantó la bota, sosteniéndola apenas con dos dedos, como si la locura pudiera contagiarse en ese mínimo contacto. Ella agradeció. Ni siquiera recordaba el momento en que él había abierto la ventana del living. Después, cuando fue al supermercado, encontró un corpiño discretamente colgado de la verja del edificio. Un corpiño blanco, empapado por la última nevada.

No es que la manta que ahora tenía sobre la mesa fuese estrictamente un regalo, pero igual se acordó de aquella noche e intentó reconstruir la pelea. Todas empezaban más o menos igual, aunque no terminaban del mismo modo. Se vio a sí misma, más bien se oyó, gritando a través de la puerta de vidrio que daba al balcón:

—La última vez que lo vieron estaba corriendo desnudo por la calle y tirándose sobre los autos. No quiso matarse, pero terminó muerto. Neumonía y paro cardíaco. Dale, Iván, entrá. ¡La neumonía no es pavada!

Él se lleva el dedo a la sien y le hace señas de que está loca. Por un momento ella piensa que es cierto, que no puede estar cuerda si hace meses que vive con una valija armada junto a la puerta, si ya ha subido y bajado incontables veces los tres pisos por escalera con esa misma valija donde caben todas sus pertenencias (mentira: sus pertenencias caben en dos valijas; en la segunda tiene lo menos importante, lo que no le molestaría abandonar si él volviera a echarla, o si volviera a romper, a arrasar y a pisotear todo lo que encuentra a su paso mientras grita que cada tornillo de esa casa le pertenece porque lo ganó con su talento. “Talento” es su palabra favorita. Talento y “mediocre”. Él tiene talento, ella es una mediocre), no puede estar cuerda, no, si ya arrastró esa valija incontables veces por la vereda tupida de nieve, entre los charcos negros de barro y de mugre líquida que salpican los autos. La nieve después de la nieve; lo que pasa cuando lo inmaculado se mancha, se gasta. ¿Y será que todo termina así, escupido, pisoteado? Hace una semana nomás bajó los tres pisos con la valija, tiró de ella hasta el subte —donde también hay escaleras—, se sentó en el banco de metal y dejó pasar tres o cuatro trenes mientras el frío del banco empezaba a traspasarle el saco de piel y ella seguía llorando, no por tristeza, sino por la rabia de que sus ojos se obstinaran en mirar hacia el puente, esperando que él viniera a buscarla. Cuento hasta diez y me voy. Pero después contó hasta veinte, volvió a mirar el reloj de agujas fluorescentes y dejó pasar un tren más, el último, porque ya estaba oscureciendo y el viento helado le había dormido las mejillas.

Al final siempre subía a algún tren. Pasaba la noche en un hotel o daba una vuelta en redondo en el subte —la vuelta completa tardaba una hora y quince— y volvía a la casa. Él demoraba en abrirle, le decía “andate” hasta que ella se cansaba de repetir que no tenía adonde ir y le pedía por favor. Otras veces, cuando le abría, estaba borracho y desnudo, picando chiles rojos, de los que anestesian la boca. Si ella trataba de sacarle la botella, él le apuntaba con el cuchillo, pero no como apuntaría un delincuente, no, sólo sin querer, moviéndolo distraídamente en su dirección, mientras decía que ésa era su casa y que en su casa tenía derecho a tomar todo el whisky que se le antojara.

Tiene razón, estoy loca. Entonces recuerda que es él el que está desnudo en el balcón y que afuera hace cinco grados bajo cero. Ella está del otro lado de la puerta ventana, con un edredón de plumas en la mano, mostrándoselo como si fueran las alas esponjosas de un ángel. Él hace que no con la cabeza, tironea del picaporte, grita:

—¡Quiero agarrarme una neumonía!

Ella amenaza con irse. Sabe que él está descalzo sobre una fina capa de hielo, la nieve endurecida y resbalosa que no llegará a derretirse hasta la primavera. Cuando por fin abre la puerta, ella aprovecha para tirarle el edredón encima como a un hombre en llamas. Lo envuelve y él se deja guiar hasta la cama. Tirita. Tiene la piel roja, no blanca como uno pensaría, sino roja y seca. Sos loco, Iván, repite ella, mientras traba la ventana e intenta recordar cómo fue que terminaron con él desnudo en el balcón y ella sintiendo, otra vez, que debía protegerlo. La escritora francesa. ¿No fue eso? Él dijo que ser bisexual era una imbecilidad a la moda. Que ahora todas las minitas eran tortilleras. A ella le irritaba su forma de hablar y él sabía usar las palabras exactas que servirían de disparador para una nueva pelea. A menudo sus discusiones empezaban por matices del lenguaje. Todas las feministas son unas amargadas. Aunque al rato ese ataque se volvía contra ella: “Vos te hacés la moderna, pero el hombre y la mujer no son lo mismo”.

Y sin embargo el día había empezado bien. Ella llegó contenta de la caminata en el parque; él la estaba esperando con el almuerzo; se emocionaron juntos mirando el documental de Pulqui; le sacaron punta a los lápices y los ordenaron sobre el escritorio. A fin de cuentas qué importaba si ella tenía razón, por qué se encarnizaba tanto en cambiarlo si podían ser felices así, comiendo mango y chocolate belga en un sillón, él sin camisa, ella recostada en su pecho, aspirando ese olor ácido, de cierto modo desagradable, pero tan concreto que hasta podía existir por fuera de él, como sus zapatos o su ropa. Así y todo, no pudo contenerse: citó a esa escritora francesa, bisexual en el mil novecientos. Él dijo que ésa era otra imbécil. ¿Pero vos la leíste? No, él no necesitaba leerla para saber que era una imbécil. Imbécil y mediocre como tu ex, y como ese amigo tuyo, el muerto. De ahí a lo otro —cosas rotas, insultos, valija por la escalera—, había solo un paso.

¿Quién se acuerda del polvo de la casa de Hemingway?

Desde abajo del edredón, Iván le pide que cierre la cortina. Ya no tirita, pero su voz se hunde en las almohadas.

—Male, vos sos mía, ¿no?

Ella le dice que sí y camina hacia la ventana.

—Nunca nos vamos a separar porque sos mía, ¿no?

Ella se detiene un momento antes de cerrar la cortina y mira hacia afuera. Otra vez el cielo tiene ese resplandor sucio de los inviernos del norte.

—Nieva —dice, y se queda ahí, de espaldas a él, buscando con la mirada los copos débiles que sólo se ven a contraluz, bajo los focos de la calle.

Una iglesia barroca en una plaza principal de una ciudad de provincia. Una plaza como tantas en el sur. En el norte del sur, debería decir. Es que ahora ya no viven en otro continente, ni siquiera viven juntos. Ahora ella está en la terraza de un bar, la noche instalada ya, las estrellas arremolinadas tras la torre de la iglesia, y tal vez por eso piense en la nieve. Porque la nieve mansa de las noches sin viento no cae, sino que parece surgir del aire y quedar suspendida igual que esas estrellas de verano.

¿La había mirado raro el mozo cuando le tomó el pedido? Raro, ¿con pena? Una mujer con la muñeca vendada, la cara seca pero tirante de llanto viejo, el brazo amoratado. ¿La había mirado por eso o simplemente porque era una mujer que tomaba cerveza sola? De las mesas vecinas se escapaban risas, alguien hablaba sobre un partido de fútbol; de vez en cuando pasaba un grupo apurado con vinchas de plumas y tambores. Un auto negro, casi funerario, paró al frente y de él bajaron tres novias. Dos con un vestido blanco tan inflado y barroco como las molduras de la iglesia; la tercera con un vestido lila. Lila el vestido, lila la tiara, lila los zapatos forrados de raso. Un charter de novias, pensó. No le daban envidia, tampoco le daban pena. Sí se dio cuenta de que estaba pensando para qué. ¿Para qué todo? Pero tal vez sólo fuera un pensamiento dirigido a los zapatos de taco y a esos vestidos feos, probablemente alquilados, a ese despilfarro en fotógrafos y sueños. Miró su plato manchado de salsa blanca. La etiqueta de la botella se había humedecido y casi pudo arrancarla entera. Quería pedir otra cerveza pero le daba miedo la mirada del mozo. También le dolía el brazo, ahí donde Iván la había agarrado para arrastrarla fuera de la casa. Siempre le sorprendían los moretones; casi podía decir que le fascinaban. En el momento no sentía dolor. Humillación, sí, impotencia, también, pero no dolor. Después se sorprendía al verlos tan grandes: la sangre acumulada debajo de la piel como los paisajes de la luna.

Otra vez se estaba mirando de afuera. En los peores momentos, tenía la sensación de que la vida era una especie de videojuego. No una película con un guión demasiado elaborado, sino un Pacman, algo absurdo que se manejaba con una palanquita y cuatro botones. La novia de lila estaba recostada contra un farol. El fotógrafo le decía: “¡Más sonrisa, más sonrisa!”. ¿Cuántas cerecitas habría comido ya? ¿Cuántas vidas le quedaban?

Un chico se acercó a su mesa y le mostró algo, una tela. Ella se sobresaltó, se había quedado absorta mirando las latas atadas al guardabarros de la limusina, latas de arvejas sin etiqueta, comunes y corrientes, ahora mudas sobre la calle de adoquines. No oyó lo que el chico dijo, pero hizo un gesto automático de rechazo, no al chico flaquito de cara indígena o a lo que él tuviera para vender, sino a una imagen de sí misma. A mil kilómetros de su casa, mirando novias frente a una iglesia, machucada, imbécil, y hasta con vergüenza de llamar al mozo; los últimos ahorros gastados en un coche cama, un hostal sucio y las empanadas más caras de la ciudad. Así era: un impulso, un solo momento de estupidez, y game over.

¿Qué le había dicho el chico? “Andá a cantarle a tu abuela”, eso es lo primero que entendió. Él se había alejado un poco y la miraba, medio inclinado sobre una mesa vacía, con una expresión que ella interpretó de desprecio. ¿O le había dicho “la concha de tu abuela”?

—¿Cómo? —preguntó.

—Que las hace mi abuela.

Hacía apenas tres horas había arriesgado la vida en una moto manejada por un loco sin casco que gritaba contra el viento: “Hija de puta, te odio, nos vamos a matar. Nos vamos a matar, hija de puta”. A ese loco, una vez, ella lo había querido, y una vez hasta casi lo salva de la neumonía; le calentó la espalda con un secador para aliviarle las contracturas, le calculó la hora de los remedios. En la moto, el viento caliente arrastra las palabras y a ella le pegan en la cara como granizo, reza el Ave María, los guiones de la ruta se disparan junto a las ruedas casi en una línea continua, un camión con zorra toca bocina. Más despacio, dice ella, y se agarra con fuerza a su cintura. Le da asco tocarlo, no lo conoce, no lo recuerda. Y él: “Callate, hija de puta, callate. ¿A qué viniste? ¿A cagarme la vida?”. Él fue caballero; le dio el casco a ella, casi la obligó a subirse a la moto con la mochila en la espalda y el bolso entre las piernas, antes de dejarla en una parada de micros sobre la ruta. ¿Y todo para qué? ¿Para temerle a un chico de siete años con una colcha de hilo en la mano?

Una casa en las afueras

—A ver, vení —le dice—, mostrame.

El chico se acerca; dice que hay de otros colores.

—Es muy linda. Mostrame las otras.

Él las va desplegando una a una. Lo hace con ilusión, como si no supiera lo que va a encontrar adentro, como si cada manta fuera una galera de la que va a salir algo mágico. “Mariposa, flores”, dice él bajito.

—También hay una de panda.

Tiene la sonrisa más linda que ha visto, los ojos bien negros. Ella le pregunta si no va esa noche al carnaval. Él dice que no, que nunca fue a un corso. Le habla de sus hermanos que esperan en la plaza; quiere saber cuándo vuelve a Buenos Aires y cuántas horas tarda el viaje. A lo lejos suenan los tambores de otra tierra. Al final ella dice: “Me llevo la de flores”.

—Es para el viaje, ¿sabés?

Él asiente:

—Así viaja calentita.

Ella le paga y por nada del mundo se le habría ocurrido regatearle el precio. Acaba de decidir que comprará todo lo que le ofrezcan de ahí hasta que se tome el ómnibus de regreso la tarde siguiente. De todos modos ya no tiene nada: ni computadora ni ahorros ni muchas otras cosas que se fueron quebrando en los últimos años. Y quiere tener menos. Quiere llegar al fondo de este asunto. Va a gastarse todo lo que le queda —incluso el almuerzo y el alquiler de la toalla— en regalos. Regalos, piensa, y ahí recuerda las botas. La colcha de flores no es lo que le interesa, sino la sonrisa del chico, la forma amable en que sus ojos la tocaron. “Gracias”, dice ella, y él parece entender algo, porque todavía le ofrece un momento más y la deja que lo ayude a doblar las mantas, cada uno agarrando dos puntas y juntándose en el medio como en la danza de los pañuelos.

Las novias ya se fueron, no las vio entrar al coche ni oyó las latas en los adoquines. La luna subió y el resplandor no deja ver las estrellas. Sobre la mesa se fueron acumulando algunas cosas más: una estampita de la Virgen de los Milagros, una cuchara de algarrobo, una bolsa de caramelos, un cactus hecho de fósforos, una bombilla de alpaca. El bar está cerrando; las sillas dadas vuelta sobre las mesas vacías parecen flores del desierto. Llama al mozo y pide la cuenta. Mientras le cobra, el mozo le dice que es una linda noche.

—Linda noche, ¿no?

—Sí, preciosa.

Antes de volver al hostal se sienta en un banco de la plaza. En el mismo banco, dos amigas hablan sobre una tercera que acaba de mandarles un mensaje de texto. No quiere mirarlas abiertamente pero ve que son muy jóvenes. Les falta poco para ser una de esas novias de lila, y tal vez hasta alquilen juntas el charter del fotógrafo.

—La culpa es de ella —dice una—. Se la chuponeó toda y ella lo dejó. Ahora que no llore.

—Igual, ¿qué le importa? —responde la otra—. Si al tipo no lo va a ver más.

Por un momento delirante, un momento de videojuego, Malena consideró la posibilidad de que ese tipo fuera Iván. Miró las piernas bronceadas de una de las muchachas, la más joven, la que tenía la minifalda, y se preguntó si Iván podría acostarse con ella. Enseguida se preguntó si acaso ella podría hacerlo. La interrumpió una mujer que vendía medias artesanales. Casi no intercambiaron palabra, pero le compró un par de medias gruesas, hechas con lana de llama.

Volvió caminando al hostal. Era sábado y ya no quedaba nadie excepto dos chicas que se estaban maquillando frente a un espejo con luz a pila apoyado sobre una de las cuchetas. Las dos revolvían dentro del mismo neceser lleno de pinturas rotas. Que estaban rotas ella lo sabía sin necesidad de mirar adentro, sólo porque veía el plástico sucio de sombra gris y brillantina. Desde su cama podía oler la sombra hecha picadillo, el labial de Maybelline y el agua de colonia. Era el mismo olor que tenía el neceser de su madre.

No se preocupó por guardar la computadora bajo llave, igual estaba rota; en la mochila se veía la huella del zapato de Iván y unas manchas de pasto. Ella estaba sucia, y se sentía sucia, pero le faltaban los dos pesos para la toalla y de todos modos no quería mojar la venda. Después de comprar las medias, el último cambio se lo dio a un cuidacoches que también se llevó la bolsa de caramelos. Sólo le quedaba un peso veinte para el colectivo desde Retiro hasta su casa, pero tenía la extraña sensación de que, recién ahora, podría empezar a tener algo.

La recepcionista golpeó la puerta y la invitó a mirar una película de terror en la sala. Ella se excusó. La caída (eso fue lo que dijo cuando le preguntaron) y la espera en el hospital la dejaron cansada. Antes de acostarse, sin embargo, miró el correo en la computadora del hall. Cinco mensajes nuevos. Todos de Iván. El último recibido a las 00:37.

Pasó una noche mala, sin poder dormir sobre el lado derecho, su lado. Cada vez que giraba en el sueño, pegaba un salto de dolor. Había pensado dormir hasta tarde pero a las siete ya empezaron a levantarse los demás: puertas que se golpeaban, conversaciones, armado de bolsos. A las nueve se levantó a desayunar. Lo último que quería era verle la cara a un grupo de adolescentes mochileros trasnochados, con sus ojeras de fiesta y alcohol y ese cansancio blancuzco que es el resultado de la alegría. Se sentía cien años más vieja que ellos, y se habría ido a desayunar a otra parte si no fuera porque sólo le quedaba un peso veinte.

Domingo

Café con leche y dos medialunas con manteca y mermelada. Come con la vista perdida en el patio donde hay un futbolito y unas cuerdas de colgar ropa. No se puso los lentes de contacto sino sus lentes viejos, torcidos de tanto habérseles sentado encima. Tiene el pelo recogido de cualquier manera, un torniquete que se hizo al despertar, sin siquiera mirarse al espejo; tampoco se lavó la cara y se siente transpirada. No debe ser un gran espectáculo, pero igual nota que alguien la mira. En la mesa de enfrente, en diagonal, un morocho de bermudas verdes y pinta de G.I. Joe, la observa. La observa, sí, porque “mirar” no sería la palabra.

—¿Qué te pasó en la muñeca? —le pregunta, serio, la cara totalmente limpia, el pelo perfecto con gel, los ojos penetrantes. Si bailó hasta las seis de la mañana, nadie podría notarlo. Se lo ve fresco como una lechuga, totalmente despabilado. ¿No puede dejarla en paz? Le da fastidio hablar en el desayuno.

—Estupidez —dice ella.

Espera un poco, toma otro sorbo de café, lo mira.

—Atravesé un vidrio con la mano. Fue sin querer.

Lo que de verdad quiso fue empujar la ventana del living, la que daba justo sobre el escritorio de Iván, y arrasar con todo, lápices, computadora, vasos. Lo que de verdad quería era convertirse en Iván, romper por fin, romperse: abandonar todo intento de cordura. Sólo que calculó mal y su mano atravesó el vidrio sin esfuerzo, como si se hundiera en el agua.

—Ni siquiera lo sentí —le dice al extraño.

Él no duda; hay algo tan incisivo y terrenal en su aplomo, en su forma de pronunciar las palabras, que parece dar órdenes en lugar de hacer preguntas.

—¿Tan enojada estabas?

Ella sonríe, también sin querer, y esa risa improbable, malhumorada, es como un hilito que le tira de la lengua y que le hace decir, por primera vez, la verdad. Las palabras exactas no las recuerda. Sólo la expresión de ese desconocido con brazos fuertes, anguloso, más joven que ella, y la manera en que enarca las cejas. Tamaña confesión para escuchar a las nueve de la mañana en un hostal de mochileros. Y ella cree, cree, que incluso llegó a contarle lo que Iván le dijo una vez: “Yo nunca te pegué con el puño cerrado. Es que vos te marcás de nada”.

Se quedan un rato conversando. Él tiene que dejar el hostal; sale en dos horas para Humahuaca, pero ella le pide que la espere, quiere mostrarle los regalos que compró la noche anterior. Vuelve a su habitación y aprovecha para ponerse los lentes de contacto y soltarse el pelo. De pronto tiene una imagen: ve al desconocido entrar a la habitación y arrinconarla contra la pared. La agarra de la muñeca sana pero no apoya el cuerpo contra el de ella. Va a lamerle la mano, el pliegue flexible entre los dedos; la lengua ancha como un molusco o una cuchara tibia. El pensamiento la asusta. Saca rápido la bolsa de la mochila, vuelve a la sala y desparrama los regalos sobre la mesa. “¿Todo esto compraste?”, dice él. Se ríen. Ella le mira las manos mientras él inspecciona las medias de llama. ¿Soy yo, entonces? ¿Está bien desear este dolor?

—Te regalo las medias —dice de golpe—. Para que te acuerdes de mí en la montaña. Él vuelve a su habitación y regresa cargando una mochila gigante, casi de su misma altura. Ella no siente nada cuando por fin lo abraza, torpemente, por encima de las correas y las cantimploras colgantes. Le hace adiós con la mano hasta que el último trozo de mochila desaparece por la puerta. La sala va quedando vacía, pero ella espera a estar sola antes de sentarse frente a la computadora y mirar el correo. Un nuevo mensaje. De Iván. ¿No ves que este odio es la medida de mi amor? Recibido a las 4:23 a.m.

Cierra el correo enseguida pero no se levanta de la silla. La bolsa con los regalos, menos las medias, quedó sobre la mesa donde desayunaron. Ni siquiera es mediodía, pero el sol ya entra con fuerza al rectángulo del patio interno y las paredes encaladas resplandecen. Al mirar hacia ahí ve algo que cae del cielo. Lento, blanco, liviano. ¿Y eso? Sale al patio y, entre las cuerdas sin ropa, mira hacia arriba, al cielo brillante y sin nubes. Una lluvia de polvo, una lluvia seca. Barre el piso con el pie y el zapato deja una huella alargada.

—Ceniza —dice, y tiene ganas de contárselo a alguien. A Iván, al hombre rumbo a Humahuaca.

Mira alrededor, mira con asombro las habitaciones vacías. Después abre los brazos, espera, deja que las motas blancas se vayan depositando suavemente sobre sus hombros desnudos. Ceniza, no, piensa. Ceniza, no, nieve.


*Este cuento fue publicado en: No soñarás flores, Lagua Libros, 2016.

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

La suma de los ceros, Eduardo Rabasa.

Rabasa fue elegido en la lista Bogotá 39-2017 del Hay Festival, que reconoce el talento de 39 de los mejores escritores de ficción de Latinoamérica menores de 40 años, tema que ha causado polémica por la elección de varios mexicanos.

‘La suma de los ceros’

Eduardo Rabasa

 

Villa Miserias es una ciudad cualquiera de un país indeterminado de América latina, y Max Michels es un hombre enfrentado al poder y su nueva ideología: el «quietismo en movimiento»; un hombre en perpetua disputa con todas y cada una de las formas de la autoridad; con el amor de Nelly López; y también con su propia cabeza, con sus propios y abundantes demonios.

La suma de los ceros es el total de unos personajes únicos e inolvidables que conforman una sátira política que viene a rejuvenecer un género que ya creíamos agotado; una novela muy fresca donde, con la precisión de un bisturí, se diseccionan y muestran las mentiras de la sociedad moderna y el eterno sacrificio del individuo en el altar de los nuevos dioses. 

«La suma de los ceros es una excepcional fantasía política. Eduardo Rabasa ha escrito una novela futurista ubicada en el presente; su inventiva no depende de nuevas tecnologías sino de nuevas formas de relación. Una novela sobre el más complicado de los deportes extremos: la convivencia».-Juan Villoro

«Una novela insólita. Cuando la leía, me sentía inmerso en un mundo que, como en ciertas narraciones de Bolaño, trasciende las señas de identidad que asociamos con el territorio de la novela latinoamericana. La suma de los ceros traslada al lector a lugares de la imaginación que remiten de manera imperceptible a lo mejor de la tradición centroeuropea. […] La prosa se asienta con firmeza en unas coordenadas que solo pueden ser mexicanas, revelando una suma de verdades que nos muestran, en toda su complejidad, la textura de un país y una sociedad inmersos en una época violentamente convulsa. Pocas novelas han conseguido sorprenderme últimamente tanto como la ha hecho La suma de los ceros».-Eduardo Lago

«La suma de los ceros colecciona arrebatos: la pasión amorosa, la conflictiva relación entre un padre y un hijo, y sobre todo, la crítica a la democracia en clave de sátira política. […] Rabasa plantea una inesperada vuelta de tuerca a la novela de crítica social, un laboratorio narrativo de donde el autor espera obtener la fórmula que sirva para pensar y entender el presente».-Leonardo Tarifeño,Revista Vice

«Una novela importante. […] No he visto en ninguna otra parte últimamente un mejor retrato de cómo están montadas las cosas, o cómo las cosas van montándonos a nosotros».-Juan Bonilla

I

Yo solo quería ser otro de los cobardes invisibles, se lamentó en silencio Max Michels conforme una gota de sangre escurría por su cuello recién rasurado. Casi sin advertirlo, había postergado hasta el límite la decisión recién tomada, que ahora le parecía tan inesperada como irrevocable. Estaba por transgredir la regla cardinal de Villa Miserias: se registraría en la elección para presidente de colonos sin el consentimiento de Selon Perdumes.

     Con el impulso de un resorte oxidado que despierta con violencia, se materializó el recuerdo de la época anterior a su llegada. Max recordaba con nitidez el principal elemento del día en que comenzaron las obras de modernización: el júbilo causado por el polvo. No faltaron quienes inhalaron gustosos las primeras partículas de lo venidero. Pobres diablos, pensaba Max ahora. El polvo ya nunca se esfumó: Villa Miserias permanecería en obra perpetua.

     Entonces como ahora, Villa Miserias funcionaba como reloj, aunque el modelo era del todo distinto. Cada dos años había elecciones para presidente del consejo de la unidad habitacional. Durante once días, los vecinos eran bombardeados por circulares propagandísticas. Las damas más distinguidas recibían chocolates y flores. Las de menor rango debían conformarse con paquetes de arroz y frijoles. En esencia, cada candidato peleaba por convencer a sus votantes de ser el idóneo para no alterar en absoluto el orden existente. Existía incluso un prototipo físico de las autoridades, que abarcaba por igual a gordos, chaparros y calvos. Era un porte, una mirada que emitía una voz maleable. No existía fricción entre las propuestas de campaña y el estado de cosas cotidiano.

     Los cimientos de Villa Miserias se amoldaban a la doctrina básica de Selon Perdumes: el quietismo en movimiento. Sus cuarenta y nueve edificios se construyeron según una técnica ingenieril diseñada para permitir la sacudida pero evitar el derrumbe. La mancha urbana a la que pertenecía era propensa a temblores mortíferos. El andamiaje flexible de la unidad habitacional había prevenido la catástrofe más de una vez.

Entrevista con Eduardo Rabasa por su libro “La suma de los ceros”

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

‘Sucre noir’: Miguel Bonnefoy

L’écrivain français Miguel Bonnefoy, véritable prodige littéraire qui s’inspire à la fois des cultures française et sud-américaine, invite les lecteurs à le suivre dans une formidable chasse au trésor parfumée au rhum et teintée de réalisme magique dans son nouvel opus, Sucre noir.

Ce roman – grand coup de cœur de la rentrée littéraire et figurant dans la première sélection du prix Fémina – raconte avec une plume colorée, riche, palpitante, la vie de la famille Otero, des planteurs de canne à sucre d’un petit village continental qu’on imagine près de la mer des Caraïbes.

Grâce à l’imaginaire foisonnant de Miguel, les chercheurs d’or se succèdent à la recherche d’un trésor laissé dans les parages par le pirate Henry Morgan après le naufrage de son navire.

Chasse au trésor, quête d’amour, parfums tropicaux et notes de rhum, sensualité à fleur de peau, tout est distillé à la perfection dans ce roman où la magie flotte au-dessus de chaque page.

Parfum des mots et du rhum

Miguel Bonnefoy a eu envie d’écrire sur le rhum à la suite d’une soirée où il lisait des pages de son premier roman, Le voyage d’Octavio, alors qu’un maître rhumier assemblait et buvait des verres de rhum, « en essayant de voir s’il y avait des passerelles entre le parfum des mots et celui du rhum », dit-il, en entrevue. « J’ai été surpris de voir qu’il utilisait un champ lexical qui était beaucoup plus proche de la poésie que de l’alcool. »

Inspiré, Miguel est parti pour le Venezuela, dans une ferme-distillerie où il a pu rencontrer un maître rhumier qui lui a montré comment se transformait le rhum, depuis la canne à sucre jusqu’au service d’un petit verre de rhum avec un glaçon et un trait de citron vert.

« Je voyais qu’il y avait là un roman possible. J’ai pris énormément de notes dans un Moleskine et je suis parti à la villa Yourcenar. Je me suis enfermé là et pendant deux ou trois mois, j’ai pu passer au propre tout ce que j’avais noté pour créer une structure narrative, reprendre les personnages, donner un déroulé de l’action, travailler mes scènes et utiliser l’argile de ce que j’avais vu au Venezuela pour pouvoir la mettre dans le roman. »

Magie

En se documentant sur l’histoire de la flibuste et la piraterie, il est tombé sur la figure incontournable de Henry Morgan… « Je me suis dit: “comme il serait beau de pouvoir écrire l’histoire d’un naufrage… et de le relier avec l’univers de la faune et de la flore, c’est-à-dire de la forêt !” Je me suis dit que ce serait beau d’ouvrir le livre par un chapitre en remplaçant les poissons par les oiseaux, les écumes par les feuillages, les vagues par les troncs d’arbre et faire un travail de croisement dans lequel on a d’un côté un naufrage classique maritime et, d’un autre côté, l’imaginaire de la forêt. »

Le personnage d’Éva Fuego, né du feu et qui meurt par le feu, lui fait penser à cette phrase de Baudelaire, « User du glaive et périr par le glaive ». « J’aime bien ce personnage parce qu’il permet de montrer à quel point la femme n’a pas besoin d’être, dans les romans, forcément belle ou devoir se marier. Au contraire, elle peut être digne, souveraine, puissante, forte, robuste. »

Tout son roman est teinté de magie. Y croit-il ? « Je fais partie de ces hommes superstitieux qui pensent qu’on n’est pas seuls, et que les forces invisibles peuvent pénétrer à l’intérieur du monde… et avoir un mouvement silencieux et secret. »

EXTRAIT

 

« Le jour se leva sur un navire naufragé, planté sur la cime des arbres, au milieu d’une forêt. C’était un trois-mâts de dix-huit canons, à voiles carrées, dont la poupe s’était enfoncée dans un manguier à plusieurs mètres de hauteur. À tribord, des fruits pendaient entre les cordages. À bâbord, d’épaisses broussailles recouvraient la coque.

Tout était sec, si bien qu’il ne restait de la mer qu’un peu de sel entre les planches. Il n’y avait pas de vagues, pas de marées. D’aussi loin que s’étendait le regard, on ne voyait que des collines. Parfois, une brise passait, chargée d’un parfum d’amandes sèches, et l’on sentait craquer tout le corps du navire, depuis la hune jusqu’à la cale, comme un vieux trésor qu’on enterre. »

— Miguel Bonnefoy, Sucre noir

Compilation réalisée par Lorena Lacaille.

“L’Art de perdre” de Alice Zeniter

Alice Zeniter, née d’un père algérien et d’une mère française, a grandi à Champfleur, dans la Sarthe, jusqu’à ses 17 ans, et a suivi une partie de son parcours scolaire à Alençon, dans l’Orne. En 2006, elle est élève à l’École normale supérieure. En 2013, elle est chargée d’enseignement à l’université Sorbonne Nouvelle. Elle enseigne également le français en Hongrie, où elle vit plusieurs années. Elle y est assistante-stagiaire à la mise en scène dans la compagnie théâtrale Kreatakor du metteur en scène Arpad Schilling. Puis elle collabore à plusieurs mises en scène de la compagnie théâtrale Pandora, et travaille en 2013 comme dramaturge pour la compagnie Kobal’t. Elle collabore à l’écriture du long métrage Fever, une adaptation du roman éponyme de Leslie Kaplan, réalisé par Raphaël Neal et sorti en 2015.

Alice Zeniter a publié son premier roman, Deux moins un égal zéro, aux Éditions du Petit Véhicule, à 16 ans7. Son second roman, Jusque dans nos bras, publié en 2010, chez Albin Michel, est traduit en anglais sous le titre Take This Man.

Romans

Alice ZENITER :”L’art de perdre”

 

Compilation réealisée par Lorena Lacaille.

La escritora predilecta de Hichtcockc

La luna entre las nubes, el portalón de hierro de la gran casa… «Anoche soñé que volvía a Manderley». Todo el mundo recuerda el inicio de Rebeca y ha visto la película. Daphne du Maurier comenzó a escribir Rebeca en Alejandría en 1936, adonde había acompañado a su marido, el alto militar Frederick Browning, con el que se había casado cuatro años antes y con el que ya había tenido al primero de sus tres vástagos.

La historia de la jovencita sin nombre que se casa con el maduro señor De Winter y que no imagina el calvario que le espera en la mansión de Manderley, acechada por la vigilante y hostil presencia de la señora Danvers, el ama de llaves obsesionada por la anterior, perversa y fallecida -¿asesinada?- esposa del amo de la casa, fue el mayor y más perenne éxito de Daphne du Maurier.

Pero la escritora, dos años antes, ya había conocido un éxito resonante con La posada de Jamaica (1936), cuya versión cinematográfica fue la última película inglesa de Alfred Hitchcock antes de instalarse en Hollywood. Cuando Hitchcock filmó en 1940 Rebeca, su primera película americana, Daphne du Maurier era para él un valor seguro. Hitchcock, sin duda, contribuyó mucho a la fama de Du Maurier, pero Du Maurier le proporcionó novelas ya consagradas, tramas muy eficaces para los propósitos del cineasta.

De modo que Hitchcock repitió. En 1962, el director rodó Los pájaros -otro éxito, otro clásico- adaptando muy libremente, con el novelista y guionista Evan Hunter-tuvieron una tormentosa relación-, un relato publicado por Daphne du Maurier 10 años antes. Podemos leerlo, para comprobar las enormes diferencias entre el texto y la película, en Los mejores relatos de terror llevados al cine, una antología elaborada por Juan José Plans para Alfaguara.

¿Terror? Du Maurier, que también escribió novelas históricas, de aventuras y hasta de ciencia-ficción, utilizó, sí, el terror en varias de sus narraciones más conocidas o, si se prefiere, el misterio y el suspense, sobre bases enraizadas en el goticismo y en el drama romántico y sentimental decimonónico, creando atmósferas angustiosas generalmente en el ambiente de una gran casa situada en el paisaje de Cornualles -donde residió tantos años en un histórico casoplón-, al suroeste de Inglaterra, y dando protagonismo a mujeres fuertes, ambiguas, manipuladoras y malévolas, que tal vez actúan en agresiva defensa propia.

Mucho de todo esto puede degustarse en Mi prima Rachel (1951), otro de los grandes éxitos de Du Maurier, que el cineasta Henry Koster llevó al cine en 1952 con el protagonismo de un joven Richard Burton y de Olivia de Havilland y que ahora acaba de publicar Alba Editorial.

Las novelas de Du Maurier han sido adaptadas a la pantalla más de una docena de veces, y eso no es precisamente un mérito para los críticos e historiadores de la literatura, que han dejado a la escritora fuera de los manuales, confinada en el apartado de pioneros del best-seller. Lo cierto es que Du Maurier -magnífica creadora de argumentos, personajes, diálogos, clímax y escenarios- fue una escritora anclada en el pasado, totalmente ajena a la modernidad y a la renovación de las letras inglesas.

Daphne du Maurier nació en Londres en 1907 y fue una de las tres hijas -su hermana Ángela también fue novelista- del matrimonio formado por el actor y director teatral Gerald du Maurier y la actriz Muriel Beaumont. Creció, pues, en un entorno culto y refinado, con preceptores particulares, rodeada de libros y de los artistas y escritores amigos de sus padres. Escribió desde muy joven -publicó su primera novela a los 24 años- y amplió sus estudios en París, lugar de origen de su familia.

Si su padre era amigo de James Barrie, el creador de Peter Pan, y había interpretado al capitán Garfio en el teatro -además de ser hermano de Sylvia Llewelyn Davies, cuyos hijos inspiraron la obra de Barrie-, su abuelo, el escritor y dibujante George du Maurier, fue el autor de Peter Ibbetson, la novela que entusiasmó a los surrealistas. Daphne escribiría sendos libros sobre su familia y, una vez muerto, sobre su padre. Y aquí empezamos a meternos en harinas, sí, movedizas.

Años después de su muerte, en 1989, Margaret Forster publicó una muy contestada biografía sobre Daphne du Maurier que documentaba con presuntas cartas inéditas la bisexualidad de la escritora, afirmando que mantuvo relaciones lésbicas con, al menos, otras dos mujeres casadas, la gran actriz británica Gertrude Lawrence y Ellen Doubleday, esposa de su editor americano, a la que conoció, por cierto, cuando tuvo que responder en Nueva York ante los tribunales por una acusación de plagio, por Rebeca, formulada por la novelista Edwina L. McDonald. De lo mismo la acusó la escritora brasileña Carolina Nabuco. Du Maurier salió airosa e inocente de ambos lances, y también de la imputación -un tanto absurda- de que Rebeca se parecía demasiado a Jane Eyre.

El caso es que la biografía de la Forster organizó una buena. Una hija de Gertrude Lawrence llegó a decir que su madre, lejos de ser lesbiana, fue ninfómana perdida. Un telefilme inglés de 2007, Daphne, de Clare Beaven, desarrolló la relación de Du Maurier con Gertrude y Ellen, a quien algunos identifican como la Rachel de Mi prima Rachel, de la que está por estrenarse en España una nueva versión cinematográfica protagonizada por Rachel Weisz.

El padre. Está absolutamente confirmado por la escritora que su padre era un homófobo autoritario, que quiso que ella hubiera nacido varón, que le prohibía salir con jovencitos y que mantuvo con ella una relación posesiva al borde del incesto. El marido, el gran militar elevado al título de Sir por la reina Isabel -Daphne fue nombrada Lady-, volvió de la Segunda Guerra Mundial alcoholizado y con amantes, y acabó petando con una crisis nerviosa. ¿Ocasionó lo uno más lo otro que Daphne du Maurier sintiera predilección por las mujeres? Siempre se ha dicho que el fervor de la señora Danvers por la difunta Rebeca tenía su miga.

 

Du Maurier también escribió relatos, teatro y ficción fantástica. Y recibió premios y reconocimientos como el National Book Award  en Estados Unidos y la Orden del Imperio Británico. No obstante, sus títulos más famosos y universales fueron estos.

La posada de Jamaica (1937)

Es la historia de Mary Yellan que, tras la muerte de sus padres, va a vivir con sus tíos, a los que apenas conoce. Su tío es propietario de La posada de Jamaica en Cornualles. Cuando Mary llega, se encuentra con una realidad muy dura. Su tío es un borracho que maltrata a su tía y la posada es un antro de mala muerte al que acuden parroquianos de la peor calaña: borrachos, contrabandistas y criminales.

Mary empieza a sospechar que su tío tiene negocios turbios entre manos. A su vez aparece Jem Merlyn, un oficial de la Marina que investiga quién puede estar detrás de los continuos naufragiosde embarcaciones a las que roban sus botines. Sus pesquisas pronto pondrán su vida en peligro. Mary será la única que pueda ayudarlo.

Fue la primera novela de Du Maurier y obtuvo gran éxito. Ha sido objeto de muchas adaptaciones al cine y series de televisión con la misma buena acogida por lectores y público en general. Pero sin duda la más famosa tuvo la dirección de Alfred Hitchcock, admirador confeso de Du Maurier.  No sería la única vez que el legendario director británico adaptara una de sus obras. Contó con un reparto extraordinario encabezado por Charles Laughton, Robert Newton o Maureen O’Hara en su primer papel. Se estrenó en 1939.

Rebeca (1938)

Du Maurier posiblemente alcanzó la inmortalidad literaria con Rebeca (1938), título que de nuevo adaptó Hitchcock para hacerla también inmortal en el cine. Y sir Laurence Olivier, Joan Fontaine y la inolvidable Judith Anderson fueron las mejores caras que pudieron tener el señor Maxim de Winter, la segunda señora de Winter y narradora de la historia, y la señora Danvers, la inquietante ama de llaves de la mansión Manderley, propiedad del señor De Winter.

Durante una estancia en Montecarlo la protagonista conoce a Maxim de Winter, aristócrata viudo muy atractivo cuya esposa murió en extrañas circunstancias. Se enamora de él, que, aunque mucho mayor, le propone matrimonio. Se casan sin apenas conocerse y se trasladan a vivir a Manderley.

Pero allí la presencia de la difunta Rebecca (la primera mujer de Maxim) empieza a enrarecer la relación entre los esposos. Joven e insegura, la segunda señora de Winter se sientecontinuamente comparada con Rebecca, sobre todo por la señora Danvers, quien la considera una intrusa y le hace la vida imposible.

Suspense, romance, drama psicológico, acción e intriga a partes iguales se entrelazan para atrapar al lector y desde luego también al cinéfilo.

 

Los pájaros (1962)

Relato corto con final abrupto que Du Maurier pudo dejar así para la imaginación del lector, esta terrorífica historia quedó plasmada en la retina de todos gracias a la obra maestra del cine que, otra vez, firmó Hitchcock. Con Tippi Hedren y el australiano Rod Taylor como protagonistas.

Un planteamiento de una pregunta: ¿Qué haríamos si un día esas criaturas aparentemente inofensivas que son los pájaros alteraran su comportamiento sin razón y empezaran a atacar a los seres humanos? Pues bien, aquí todos ellos, pequeños, medianos o grandes, se vuelven letales.El protagonista de la historia intentará salvar a su familia, resguardándose como puede de los ataques de miles de pájaros que llegan de todas partes.

El desasosiego, la perturbación y la angustia ante un hecho incomprensible alcanza las cotas insuperables que supo reflejar exactamente el maestro británico del suspense y el terror.

¿Por que leer a Daphne du Maurier? Por lo prolífico y variado de sus novelas, que convencen por igual a amantes de géneros como la novela romántica, de terror, de misterio o de ficción fantástica.

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.

Ryū Murakami y «Los chicos de las taquillas».

No lo confundas con Haruki Murakami. Ryu Murakami es un escritor extravagante a quien le gusta ahondar en los rincones oscuros de Japón, abordando temas como la delincuencia, el individualismo y los defectos de la sociedad japonesa. Se le facilita ser pesimista sobre su propio país.

Hashi y Kiku fueron abandonados por sus madres en las taquillas de una estación de tren. A Kiku lo encontraron porque el calor le hizo gritar. A Hashi, porque el calor le hizo heder. Y eso marcó para siempre el rumbo de sus vidas. Hashi busca un sonido concreto, el latido del corazón de su madre. Huye de la casa de sus padres adoptivos y se instala en el Toxicentro, el paraíso para los proscritos en Tokio. Se pinta las uñas de verde, se prostituye, y entre cliente y cliente recibe lecciones de canto. Hasta que un coche negro aparece en El Mercado, el lugar donde todo lo que se vende se vende ahí, y de él baja D, el cazatalentos. Bajo la piel fresca de Hashi halla la voz más hipnótica que encontró jamás. “Haré de ti una estrella, niño”, le asegura. Contrata a un detective para que busque a la madre de Hashi. El encuentro será en un programa en directo de televisión. D podrá comprarse otro rascacielos. Kiku, porque quiere correr y volar, se hace saltador de pértiga. Entrena su cuerpo, vigila su mente, y durante un instante separa los pies de un mundo que aborrece, un mundo lleno de gente con aspecto de globo hinchado al que le encantaría reventar. Y porque lo aborrece, recuerda una palabra: datura. Un amigo le aconsejó que no la olvidara si alguna vez quería reducir Tokio a cenizas. Y quiere. Delicada y cruda, voraz y discreta, la novela de Murakami transporta al lector a los confines del desaliento. Con parsimonia, y sin estridencias ni concesiones, dibuja a sus personajes de forma tan precisa que no sólo comprendemos por qué desean la destrucción, sino que nos hace partícipes de esa explosión que cubrirá el mundo de blanco.

Ryu Murakami nace en Sasebo, donde realiza sus primeros estudios y forma parte como baterista de una banda de rock.En 1970 se traslada a Tokio para estudiar serigrafía en la Escuela de Arte Gendaishichosha, pero al poco tiempo abandona la carrera y se traslada a Fussa para estudiar en la Universidad de Arte Musashino.

Siendo alumno de la facultad, Ryu Murakami publica su primera obra, “Azul casi transparente” (1976) y gana el Premio Akutagawa.

Tiempo después publicaría “Los chicos de las taquillas” (1980), “Piercing” (1994) y “Sopa de Miso” (1997), entre otros.

Las obras de Ryu Murakamise se caracterizan por la crudeza en las descripciones y la violencia de las situaciones narradas.

Ryu Murakami – Kyoko.flv

 

Compilación realizada por Lorena Lacaille.